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This is a print version of story Espiando desde las sombras by Anitaslut44 from xHamster.com

Espiando desde las sombras

Esa tarde regresé a casa después de pasar tres horas en el aeropuerto.
Mi vuelo finalmente se canceló y luego de una comunicación telefónica con mi jefe, decidimos que saldría en la primera oportunidad que hubiera.

No quise llamar a Ana para que me viniera a buscar, sino que decidí regresar a casa en taxi y darle una sorpresa. Me imaginé que ella se alegraría de tenerme otra noche más en casa y en la cama.

Al llegar a la entrada, encontré un auto desconocido estacionado frente a nuestro porche. Entré al salón y desde allí pude distinguir unos suaves gemidos que provenían del dormitorio. Subí las escaleras despacio; sin hacer ruido…
A través de la rendija de la puerta entreabierta del dormitorio alcancé a ver un par de piernas musculosas y velludas, junto con una gruesa verga erecta y bastante oscura. La mano de mi delicada esposa, arrodillada entre esas piernas, estrangulaba esa verga por la base, acentuando su relieve.

Mi fiel Ana se inclinaba sobre ella y la chupaba. La sacaba de su boca y podía ver ese glande rosado brillando en la escasa luz de la habitación…
Cuando no tenía la boca ocupada, ella le hablaba en un tono suave, como si ronroneara. Le preguntaba a él si le gustaba cómo se la estaba chupando…Parecía otra mujer totalmente distinta a mi esposa…

Cada tanto, el desconocido empujaba con su mano la cabeza de Ana hacia abajo, obligándola a tragársela entera y la mantenía por un rato así. Veía su rostro enrojecer primero, para ir adquiriendo poco a poco un tono azulado. Cuando Ana estaba a punto de ahogarse la soltaba y ella tosía jadeando, sus lágrimas corriendo el rimmel que se deslizaba sobre sus mejillas.
El tipo le hablaba con una mezcla de dulzura y cariño. La llamaba “puta” y a ella eso parecía encantarle. Le daba órdenes tajantes sobre cómo comérsela y mi esposa obedecía al instante…

Ella se acariciaba los labios vaginales mientras lamía esa verga dura.
De repente el hombre se levantó de la cama, diciéndole a mi esposa que todavía no quería acabar. Ella tampoco podía hacerlo, necesitaba el permiso de su nuevo amante para poder alcanzar un orgasmo…
Agarrándola del pelo, la obligó a colocarse a cuatro patas sobre la cama.

Entonces desapareció de mi vista. Solamente podía ver el rostro de Ana, mirando hacia abajo, con cierta expresión de miedo en su bello rostro.
De repente sonó una palmada y pude ver su cara crispándose. Jadeaba, pero yo no podía saber si era por miedo o por placer. Ana emitió un leve quejido y su cara volvió a crisparse.
“Es un dedo solamente, puta… Nunca te lo metió el cornudo de tu marido?”
“No, nunca…” Respondió mi delicada esposa entre quejidos.
“No sabe lo que se pierde…” Insistió el tipo.

Entonces pude ver que sus brazos temblaban y apenas la sostenían. Tenía la expresión tensa. De cuando en cuando se oía nueva palmada y enseguida su bello se tensaba en otro gesto de dolor.
Adiviné que le había introducido un dedo más en esa estrecha abertura.
“Bueno, puta… ahora bien quieta, así te duele menos…”

De repente me di cuenta de que Anita me había visto. Me miró directo a los ojos sin decir ni palabra; pero justo en ese mismo momento los cerró, crispándose su expresión en un tremendo gesto de dolor.
Respiró aceleradamente, cómo si tuviera miedo y abrió sus ojos otra vez para mirarme. Me imaginé esa verga dura y gruesa atravesando su apretado esfínter.

Pude ver sus manos agarrando las sábanas hasta que sus nudillos se ponían blancos de tanto crisparse. Entonces comenzó un bamboleo suave y cadencioso, traducido en quejidos agudos, casi chillidos leves.
Se le salieron las lágrimas mientras ese tipo la sodomizaba. Ella estaba excitada a pesar de sentir dolor. Sus pezones erectos y duros me lo confirmaron. Cada tanto se oía palmadas y Ana gemía de placer…

A veces él se inclinaba sobre ella y la tomaba por las tetas, acariciando sus endurecidos pezones y tironeando de ellos para provocarle dolor a propósito…
Ana resoplaba y jadeaba y otra vez su rostro denotaba dolor…
“Así es, puta…No entiendo cómo tu marido nunca te rompió este lindo culo”
“Despacio, no seas tan bruto… me duele mucho…” Le suplicó ella llorando.
La sodomizaba con frenesí, como si no le importara el dolor de ella.

Ana de repente comenzó a llorar de dolor, mirándome a los ojos mientras ese hijo de puta le destrozaba el culo, metiéndole la gruesa verga a fondo.
Cerró sus ojos y apretó los dientes. A pesar de ese abuso brutal en su trasero, parecía estar teniendo un orgasmo, aunque se cuidó de gritarlo.

De repente, un golpe más violento, casi un empujón, la tiró de la cama.
“Te dije que no podías acabar sin mi permiso, puta…” Rugió el tipo.

El hombre, de rodillas, avanzó hasta el borde de la cama. Se inclinó y tomó a Ana por los cabellos, obligándola a arrodillarse sobre el piso. Tironeó de ella y entonces vi su pija dura clavarse hasta el fondo de la garganta de mi esposa.
Ella comenzó a ahogarse, a sufrir espasmos violentos, mientras se debatía para sacarse esa mordaza enorme de su boca, que no la dejaba respirar.

Pero él insistía y no cejaba en su empeño, atravesando la garganta de mi esposa cada vez con más violencia. Anita lloraba y otra vez sus lágrimas negras de rimmel se deslizaban por sus mejillas coloradas.
“Buena puta…” Fue el único comentario de ese turro, mientras se tensaba hacia atrás, llenando la boca de ella con una buena cantidad de semen…

Apenas se la sacó de la boca, Anita se deslizó hasta el suelo, llorando y temblando. Sus propios dedos buscaron su concha humedecida y entraron furiosamente entre sus labios vaginales. Respiraba agitadamente mientras se tocaba, buscando acabar nuevamente.
De repente se crispó y entonces supe que había tenido otro orgasmo, otra vez bien silencioso…

Se levantó temblando, me miró de reojo y rodeó la cama, mirando al tipo con furia y desprecio. Lo insultó y luego se encerró en el baño.
Me quedé ahí de pie, detrás de la puerta, sintiendo mi verga endurecida por toda esa tremenda escena que había presenciado desde las sombras.

La dura voz de ese hombre me sacó de mis pensamientos:
“Te gusta espiar, cornudo…? Podrías entrar y sentarte más cómodo, para ver ahora cómo me cojo otra vez a la puta de tu mujercita…”
Humillado y confuso, di un paso adelante y abrí la puerta…
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