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Feelin' II



No puedo hacer un cálculo exacto de las horas que pasé allí, ni siquiera puedo acertar a decir si fueron tan solo minutos, pero después del transcurso de un tiempo determinado escuché la puerta abriéndose y noté cómo entraba nuevo aire y salía algo del viciado.
Mis extremidades estaban doloridas y tirantes. La humedad entre mis muslos se secó, dejando una incómoda sensación junto al semen una asquerosa capa pegajosa.

Escuché que chocabas algo contra la mano después de acariciarme una nalga y acto seguido la punta de una fusta de cuero cortó el aire y azotó mi culo con fuerza. Aquello me arrancó un grito, que fue sucedido por otros ante el incesante castigo repentino.
De vez en cuando pasabas una mano por las rojeces que me dejabas para calmar un poco la picazón, o sencillamente palmeabas para que me doliera más.
Nuevamente me empezaba a mojar, a tirar de las cintas de seda negra. Apretaba los dientes y empezaste a darme en el interior de los muslos abiertos y la espalda.
El dolor era terrible y a la vez delicioso. Al ver que me empezó a gustar, paraste.
Aún con la cinta en los ojos, me desataste. Pude frotarme las muñecas, pero poniéndome una correa en el cuello me guiaste a otra a habitación a ciegas.

- Sube.

Dijiste sin más. Me ayudaste a colocarme sobre una especie de columpio con dos arneses que me hacían tener las piernas levantadas y flexionadas hacia mí, dejando mi sexo totalmente expuesto. Los brazos también atados tras la cabeza me m*****aban un poco, así que para que no me quejase metiste una soga con bola de plástico que me ataste tras la nuca. La mordía incómoda, me costaba respirar por la nariz por el dolor del culo, los muslos y la espalda.
Estar tan abierta y suspendida en el aire me excitaba. Ser tan vulnerable a ti es algo que me encanta, y bien que lo aprovechabas.

De repente noté el frío de un par de pinzas de metal que se aferraron a mis pezones. Los piercings de estos hicieron que se me empitonasen inmediatamente por el helado tacto que los recorría.
Quise gemir, pero la bola del arnés me lo impedía. Tampoco podía cerrar los muslos al sentir tus dedos por mis piernas, que lentamente subían hasta el centro de mi cuerpo. Lo saltaste y colocaste tu mano sobre mi vientre.
Siempre calientes y suaves... Adoro tus manos.
Me relajé dentro de lo que significa no poder hablar, ver, ni moverme.
Escuché cómo te alejabas y cogías algo dentro de la habitación. Ese algo me lo metiste en la boca y me lo obligaste a lamer. Era estrecho por la punta y se agrandaba a medida que pasaba la lengua por el lateral, además de un extremo caían unas cuerdas planas de cuero.
Después de estar chupando aquello, lo hiciste rodar por mi pecho. Golpeaste las pinzas en mis pezones, rodó por mi barriga y rodeó mi ombligo hasta llegar casi a rozar el clítoris dejando una película de mi saliva por mi cuerpo.

Las cuerdas de cuero reposaban sobre los labios, ya húmedos y dispuestos a recibir lo que fuera. Pero qué ilusa, aquello no era para rellenarme la raja, si no para mi culo. Aquel instrumento se iba abriendo paso por el estrecho agujero. Dolía un poco y me intentaba encoger, pero aferraste el arnés más cercano y me impediste balancearme. Aquello se me introdujo por completo. Mordía con tanta fuerza la bola que me ocupaba la boca, que la saliva empezó a escurrirse entre las comisuras.
Caí en la cuenta de que era un "pony tail". Las cuerdecitas colgaban de mí y las golpeabas, no con la mano precisamente...
Escuché el chasquido al meneártela, tan mojada. La deseaba totalmente dentro de mí y eso me puso más nerviosa. Los pezones me dolían y mi culo se estrechaba al rededor del "pony tail".
Agarrando de nuevo uno de los arneses me acercaste a ti. Me masturbaste moviendo frenéticamente la punta contra mi clítoris. A los lados, sin parar... Hasta que me corrí e intenté cerrar las piernas, pero no podía al estar atada. Ni gritar, ni moverme. Estaba indefensa, así que tan solo pude dejar caer la cabeza hacia detrás.

Satisfecho decidiste agarrarme de las cuerdas que sujetaban mis piernas y la hundiste totalmente dentro de mí.
Dejaste escapar un soplido cuando contraje los músculos de dentro al tomarla de sorpresa.
Tus movimientos fueron lentos, pausados, relajados, disfrutando de cada contracción que te profesaba.
Quería llorar cuando hacías tope y la ensanchabas en mi interior. Las embestidas las intentabas hacer suaves, pero te ibas alterando y cada vez eran más fuertes y seguidas...



Continuará...

Hahahaha, me encanta dejaros con la miel en los labios. O mejor, con la gota en la punta.


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