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El poder de Osvaldo (1: Obediencia absoluta) por M

Osvaldo nunca fue un chico normal. Ya en el colegio se distinguía de entre el resto de niños, además de por su inteligencia, por su carácter taciturno y reservado. No tardó mucho en ganarse la fama de “rarito” y, a medida que se acercaba a la adolescencia, las burlas de sus compañeros empezaron a ser algo cotidiano.

El pobre chico aguantaba todo lo que podía refugiándose en sus libros. Pensaba ser un gran científico. Incluso podría haber sobrellevado bien las burlas diarias de esa jauría de no ser por las chicas.

Ellas eran siempre las que más se cebaban en el pobre Osvaldo y aquello era algo que realmente le estaba destrozando. Y más aún cuando sus hormonas empezaron a desarrollarse pidiéndole guerra. Era una frustración continua.

Osvaldo llegó a pensar que nunca encontraría una chica para él. Pues el mundo que conocía le cerraba las puertas con candado. Sin embargo su suerte pronto iba a cambiar en el lugar que menos habría esperado, en la misma biblioteca en la que Osvaldo pasaba la mayor parte de su tiempo libre.

Seguramente fue una mezcla de curiosidad y aburrimiento lo que le condujo a revisar una por una las secciones más remotas de aquella antigua biblioteca. Buscaba algo nuevo con lo que entretenerse. Ya estaba harto de novelas y más aún de consultar aburridos libros que le prepararan para su inminente entrada en la universidad.

Quería algo más. Y en esa búsqueda estaba cuando se encontró de bruces con una escueta y olvidada sección de la biblioteca en la que, escrito en un desgastado papel ocre, se leía la palaba "ocultismo".

Aquello despertó una viva curiosidad en nuestro joven protagonista quien minuciosamente examinó uno a uno los volúmenes que en esa sección se encontraban. De entre ellos le llamó especialmente la atención un viejo y polvoriento libro de alguna antigua colección científica titulado "Sugestión Hipnótica: el poder de la dominación".

Osvaldo buscó un lugar discreto en el que examinar aquel curioso libro sin que nadie le m*****ara. Nada más empezar a ojearlo se dio cuenta de que había hallado una joya. Estuvo absorto en su lectura durante horas. Tan abstraído estaba que le sorprendió la hora del cierre sin poder darse ni cuenta.

Aún y así, antes de irse, tuvo tiempo de encontrar un escondite adecuado para su recién adquirido tesoro entre dos viejas estanterías. Y, una vez se hubo asegurado de que su escondite no era visible desde ningún punto, fue directo hacia la salida. Ya en la calle, sonrió sospechando que su vida estaba a punto de cambiar.

Desde aquel día pasó todas las tardes de la semana en la biblioteca. Iba directo al salir de clase. Para no levantar sospechas traía sus apuntes y los libros del instituto entre los cuales deslizaba su preciado tesoro. Al cabo de las semanas, ya confiado, comenzó a sustraerlo escondido entre sus libros. Y así empezó a pasar también largas noches en vela leyendo, estudiando y tratando de memorizar una por una las enseñanzas de tan preciado objeto.

Pronto se hizo con los conceptos básicos sobre manipulación mental. Y no pasó mucho tiempo hasta que al fin se decidió a poner sus conocimientos en práctica. Tenía que encontrar a alguien con quien experimentar. Lo mejor es que fuera alguien conocido, lo más cercano posible, para así poder analizar todas sus reacciones. Decidió empezar por su propia familia. Y, fríamente, fue calculando una a una sus posibilidades.

Los padres de Osvaldo se habían divorciado muchos años atrás. De su padre nunca se volvió a saber más salvo, por supuesto, las cuantiosas pensiones que recibían cada mes. En cuanto a Teresa, la madre de Osvaldo, enseguida se volvió a casar con un tal Ramón, al cual Osvaldo odiaba a muerte. En realidad fue éste el primer blanco que se le ocurrió para sus experimentos. Quizás podría conseguir que se largara de casa. Pero pronto se dio cuenta de que, si algo salía mal, podría meterse en problemas serios. Tenía que empezar por algo fácil. Y enseguida empezó a preguntarse por sus hermanas.

Osvaldo tenía dos hermanas. Laura era la mayor y estaba en una edad en la que, de no haber repetido varios cursos, ya habría entrado en la universidad. Ella era la rebelde de la familia, quizás demasiado lista para su edad. Demasiado lista, sin duda, por eso ella no era la adecuada para sus experimentos.

Así que al fin se decidió por su hermana pequeña, Marta. Aunque ya hacía tiempo que la pequeña Marta se había convertido en una preciosa adolescente, su mente seguía siendo la de una niña. A veces daba la sensación de que todavía no distinguía bien la realidad de la fantasía. Jugaba con muñecas y nunca hablaba con chicos. De hecho era extremadamente tímida y prácticamente nunca compartía su intimidad con nadie. Marta era perfecta para su propósito.

Esperó a que se quedaran solos. Su madre y su padrastro acostumbraban a salir al menos una vez al mes. Iban al cine, a cenar o al teatro y, como el pendón de su hermana Laura se pasaba toda la noche de copas con sus amigas, le dejaban a él como amo y señor de la casa. Osvaldo ya empezaba a ser todo un hombre, y además mostraba un carácter maduro, así que ni su madre ni tampoco el señor Ramón veían la necesidad de pagar una canguro estando Osvaldo perfectamente capacitado para cuidar de su hermana menor. Confiaban en él, así que lo único que tuvo que hacer Osvaldo fue esperar a que la ocasión se presentara.

Pronto llegó el sábado y, como ya había previsto, sus padres se dispusieron a salir. Aunque ésta vez no llegarían muy tarde. Salieron después de comer y llegarían poco después de cenar. Era posible que a medianoche ya estuvieran en casa. Sin embargo su hermana Laura estaba pasando el fin de semana en casa de su novio, así que iba a quedarse toda la tarde a solas con su hermana pequeña. Era la ocasión perfecta para poner su plan en marcha. El momento había llegado.

Osvaldo y su hermana estaban viendo la televisión. Ella estaba tumbada en el sofá y él sentado en el suelo. Hacía un momento que habían estado discutiendo por el sofá, pues ella no quería hacerle sitio. Decía que quería dormir la siesta aunque en realidad solo estaba viendo su serial favorito todavía con el pijama puesto. A Osvaldo el corazón ya no le cabía en su pecho cuando escuchó el sonido de la puerta al cerrarse. Al fin estaban solos.

Miró fijamente a su hermana, concentrándose en todo lo que había aprendido, y con voz decidida dijo:

“-Levántate del sofá.”

Inmediatamente su hermana se levantó del sofá y se quedó unos segundos de pié mirándole con cara de boba. Osvaldo no le dio tiempo a reaccionar ni a pensar en lo que había ocurrido e inmediatamente volvió a ordenarle:

“-Vuelve a tumbarte en el sofá y duérmete.”

Y Marta, sin decir ni una palabra, volvió a sentarse en aquel sofá, y se fue tumbando mientras empezaba a sentirse cada vez más relajada. Finalmente, cayó en un sueño profundo. Aquello estaba funcionando. Osvaldo sintió su pulso acelerarse y cómo su joven poya empezaba a endurecerse irremediablemente.

“-¿Marta, puedes oírme,?”

Prosiguió Osvaldo

“-Sí.”

Contestó una lacónica Marta.

“-Bien, a partir de ahora estás bajo mi poder. Vas a hacer todo lo que yo te diga sin cuestionarlo. ¿Lo has entendido?”

“-Sí, estoy bajo tu poder, haré todo lo que me digas sin cuestionármelo.”

La expresión de la pequeña Marta no denotaba emoción alguna al repetir tan terribles palabras. La cara de Osvaldo, por el contrario, irradiaba satisfacción.

“-Ahora eres mi esclava y lo único que existe en tu mente es satisfacer TODOS mis deseos. Será lo único en lo que puedas pensar siempre que nos quedemos solos.”

“-Sí.”

“-Sí, ¿qué?”

Ésta vez tardo algo más de tiempo en responder mientras su joven cabecita se afanaba por encontrar la respuesta adecuada, aunque enseguida respondió:

“-Sí, amo.”

“-Bien, esclava. Ahora despierta y ejecuta todo lo que te he ordenado.”

Marta abrió los ojos. Parecía consciente aunque algo en ella había cambiado. Su expresión al mirar a su hermano, ya no reflejaba esa inquina propia de las peleas de hermanos. Tampoco reflejaba cariño, iba más allá de eso. Lo que su expresión así como todo su cuerpo mostraba era una total sumisión.

Osvaldo escudriñó a su hermana analizando con cuidado cada uno de sus gestos y expresiones. Temía que estuviera fingiendo. Sin embargo estos pensamientos se disiparon al observar la total entrega con que su hermana le observaba. Y decidió empezar su experimento con una orden directa y seca con la que llevaba semanas fantaseando.

“-Desnúdate.”

Y Marta lentamente comenzó a desabrochar los botones de la parte de arriba de su pijama. Osvaldo observó que, aun estando totalmente subyugada por su poder, su hermana todavía conservaba su carácter tímido. Una parte de ella seguía consciente y. a medida que sus dos puntiagudos pezones rosados asomaban por la abertura de su camisa, empezó a ruborizarse.

Ella no dijo ni una palabra pero, al sacarse por completo la camisa de dormir, sus pómulos adquirieron un intenso color rojo y se le puso la piel de gallina. Se estaba acalorando. Y una pequeña lágrima de impotencia cruzó su mejilla al deslizar por sus muslos la goma de sus pantalones, dejando por momentos su coñito rubio expuesto ante la lasciva mirada de su hermano mayor.

Al terminar la operación, no teniendo todavía muy claro lo que le estaba pasando, dirigió sus manos a cubrir como mejor pudo sus recién expuestas intimidades.

“-Saca las manos y ponte de pie. Quiero verte entera.”

Su recién adquirida esclava no tuvo más remedio que obedecer, sintió en lo más profundo de ella que debía hacerlo. Así que apartó sus temblorosas manos de su cuerpo y se puso de pié a escasos centímetros de su hermano, donde éste pudiera ver con claridad cada rincón de su cuerpo.

Osvaldo se tomó un tiempo en contemplar la hermosa figura que ahora se revelaba ante él en todo su esplendor. A decir verdad, Osvaldo nunca se había fijado en el cuerpo de su hermanita. Era consciente de los cambios que había sufrido pero siempre había estado más pendiente de su otra hermana, Laura, a la que consideraba una guarra y con la cual se había hecho más de una paja. Pero ahora que tenía la oportunidad de mirarla bien, se dio cuenta de que Marta no tenía nada que envidiarle a su hermana mayor.

Aunque era bastante pequeña de tamaño, Marta tenía unas curvas muy pronunciadas. Su fina y delicada espalda terminaba en un delicioso culito respingón con las nalgas ligeramente separadas. Tenía las caderas bastante pronunciadas y las piernas no muy largas. Sus pechos, aunque más bien pequeños, eran compactos, firmes, y redondos, coronados por dos pezones puntiagudos en forma de cono.

Su cara angelical era la de una niña buena que nunca ha roto un plato, aunque una sonrisa picara hacía pensar que quizás se tratara de una mosquita muerta. Además sus ojos azules y su larga melena rubia contribuían a esa imagen de muñeca que ya de por sí daban sus facciones.

Osvaldo se quedó unos minutos absorto contemplando el coñito de su hermana que se encontraba a pocos centímetros de su cara. No la había visto desnuda desde que era una niña y nunca había podido contemplar esa suave mata de pelo rubio que ahora lo cubría. Su hermana tenía el coño no muy grande aunque algo abultado, de forma que podía distinguirse bien el relieve de su vulva. Su pubis no estaba muy poblado y a través de aquella pequeña mata rubia se podía distinguir una hendidura rosada y ligeramente entreabierta.

Osvaldo creyó detectar algo de humedad en ella, detalle que le interesó bastante. Así que decidió investigar y, tras ordenar a su hermana que no se moviera, llevó su mano hasta su rubia cueva y comprobó que, efectivamente, estaba empapada. Aquello no estaba previsto, así que decidió indagar en ello. Ya tendría tiempo para disfrutar.

“-Escúchame Marta, ahora voy a hacerte toda clase de preguntas, seguirás en la misma postura como hasta ahora a menos que yo te diga que cambies, y contestarás a todo lo que te pregunte con la verdad sin guardarte nada. ¿Lo has entendido?”

“-Si amo.”

“Dime cómo te sientes.”

“-No lo sé, estoy confundida. Tengo miedo. No entiendo lo que está pasando. ¿Qué me has hecho?”

“-Yo hago las preguntas! Dime, ¿te gusta que te mire?”

“-No, me da mucha vergüenza. Además eres mi hermano y, la forma en que me estás mirando… me siento mal.”

“-Pues si no es eso… ¿por qué estas cachonda?”

Esta vez la jovencita volvió a tomarse su tiempo para responder. Se encontraba tan confundida por la situación que ni siquiera había reparado en el pujante ardor que se estaba apoderando de su entrepierna desde hacía rato. A estas alturas del interrogatorio su desnudo coñito ya rezumaba tal cantidad de jugos que algunos goterones se escapaban de entre sus labios exteriores y seguían resbalando por sus muslos.

Una vez fue plenamente consciente de su estado, trató de escudriñar sus sentidos con todas sus fuerzas para hallar una respuesta satisfactoria. Necesitaba obedecer y ese pensamiento hizo que su excitación fuera en aumento. Al fin encontró la respuesta:

“-Son tus ordenes. Creo que me gusta obedecer.”

Osvaldo se sintió algo decepcionado por no ser la fuente directa de la excitación de su hermana, sin embargo aquella nueva perspectiva sobre la reprimida adolescente empezó a interesarle y decidió indagar.

“-¿Alguna vez te habías sentido así conmigo?”

“-No.”

De nuevo Osvaldo sintió una punzada en su orgullo de varón, una punzada que llevaba demasiado tiempo sintiendo. Aunque era ya consciente que aquello se iba a acabar. Así que contuvo sus ganas de acción y continuo indagando sobre el carácter oculto de su hermana.

“-¿Te habías sentido así con alguna otra persona?”

“-Sí”

Osvaldo sonrió al ver como su hermana bajaba la mirada, pues se dio cuenta que acababa de dar con algo.

“-Dime quién fue y como pasó. Quiero que me lo cuentes todo.”

Ésta vez Marta titubeo y hasta llegó a ofrecer un conato de resistencia antes de hablar. Cuando al final lo hizo, sus mejillas volvieron a teñirse de rojo y sus palabras sonaron como un llanto, poniendo en evidencia que acababa de robarle uno de sus más preciados secretos.

“-Fue con Ramón, el marido de mama. Es muy estricto y siempre nos da órdenes, pero algunas veces le he pillado espiándome mientras me ducho. Además, a veces aprovecha distracciones para tocarme el culo o rozarme disimuladamente los pechos. Yo hago ver que no me doy cuenta. Al principio lo hacía porque me daba miedo que se enfadara conmigo. Además, veía a mama tan segura que no quería disgustarla. Pero últimamente sus roces son cada vez más descarados y creo que empiezo a excitarme. Hasta ahora no lo había pensado, pero es exactamente así como me siento. Ahora me siento como cuando él me toca.”

Oír aquella confesión de los labios de su propia y desvalida hermana, sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo… aquello fue demasiado para el joven Osvaldo. Se sacó la poya a punto de reventar del pantalón que la aprisionaba y la apretó fuerte con las manos. Se tumbó en el suelo y se dispuso a hacerse el mejor pajote de su corta vida. No quería desvirgar a su hermanita, al menos no tan pronto. Sin embargo se le ocurrió una última perversión para terminar su primer y muy exitoso experimento.

“-Ahora quiero que te sientes sobre mi boca para que te pueda comer el coño. Vas a sentir todo el placer que te de mi lengua cien veces ampliado y, mientras tanto, te imaginarás a Ramón haciéndote cochinadas. Pero no te correrás hasta que yo te lo diga, solo conseguirás ponerte más cachonda.”

Antes de que Marta llegara a asimilar las obscenidades que su hermano acababa de decirle se encontró con una pierna a cada lado de la cabeza de su hermano mientras su coño descendía lenta pero irremediablemente hacia la perversa lengua fraternal. Una oleada de placer la invadió cuando sintió al fin unos labios rozar suavemente la entrada de su hendidura. Entonces le vino a la cabeza una imagen de su padrastro.

Era de un momento reciente, justo esa misma semana, al ir a buscarles al instituto. Recordó como, al ayudarla a subir al coche, le había tocado la parte inferior del culo como por accidente. Volvió a revivir la escena y se dio cuenta (aunque en el fondo ya lo sabía) de que no fue ningún accidente. Rememoró claramente como su mano se había llegado a colar unos instantes bajo la faldita e incluso como un dedo se deslizó entre sus nalgas hasta rozar su tierno montículo.

En ese momento recordó haber visto de reojo el enorme bulto que se formó en sus pantalones y se excitó pensando en haberle provocado una erección al marido de su madre. La lengua de su hermano la devolvió a la realidad. Sintió claramente como chapoteaba en su encharcado agujero.

Estaba más cachonda de lo que recordaba haber estado nunca. Sus caderas empezaron a moverse mientras se follaba literalmente la cara de su hermano Osvaldo, pero lo único que consiguió fue ponerse más y más caliente. Su carita antes angelical estaba completamente roja y desencajada por el placer. Había una chispa en sus ojos que indicaba querer más y más. Mientras tanto su mente siguió pensando en el pene erecto de Ramón.

Aunque esta vez su imaginación fue mucho más allá. Imaginaba a su padrastro follándosela como un salvaje, dándole por el culo. Se imaginó a sí misma mamándole la poya al maridito de su madre y su excitación llego al límite.

No podía más, su cuerpo le exigía guerra, así que alargó la mano en busca de la poya de su hermano. Éste estaba muy atareado comiéndole el coñito mientras se machacaba el nabo con fuerza, y no fue consciente de la maniobra de su hermana hasta que ésta le agarró la poya y empezó a girar sobre sí misma sin dejar que su coñito perdiese contacto con la boca de su hermano. Mientras Osvaldo siguió comiendo ávidamente aquel dulce coñito.

Entonces Marta, en pleno delirio de placer, fue acercando su carita hacia el duro y palpitante miembro de su hermano y se lo introdujo en la boca. No le cupo entero, pues estaba ya duro y en todo su esplendor. Pero solo con darle unas chupaditas a la punta de aquél endurecido miembro hizo que Osvaldo se corriera abundantemente. Y entonces Osvaldo le dió entre gemidos una nueva orden:

“-Trágate toda mi corrida, hasta la última gota y cuando te lo hayas tragado todo tendrás el orgasmo más grande que puedas imaginar.”

Inmediatamente su hermana comenzó a devorarle la poya limpiando todos los restos de lefa que pudiera haber y siguió lamiéndole los restos de semen que habían ido a parar sobre su pecho y abdomen. Después se fijo en algo de lefa que había en el suelo y la lamió como lo haría una perra mientras comenzaba a sentir los primeros estertores de su inminente orgasmo.

Aquella morbosa visión hizo que el miembro de su hermano volviera a reaccionar expulsando algo de líquido pre seminal. Su hermana no pareció pasar por alto ese detalle, pues se lanzó rápidamente a lamer de nuevo la punta de aquel pene mientras empezaba a correrse. Parecía que le iba la vida en ello.

Ésta vez trato de meterse todo el aparato en la boca, tarea que resultó más fácil que la última vez puesto que aún no presentaba toda su consistencia. Sintió el incesante goteo de aquella poya inundándole lentamente la tráquea y, cada gota que sentía, hacían que su orgasmo pareciera más salvaje.

Su coño se frotaba espasmódicamente contra la cara de su hermano mayor buscando su lengua. De pronto la poya de Osvaldo se volvió a poner dura de golpe y empezó a escupir una corrida aún más abundante que la anterior mientras le sujetaba la cabeza con fuerza a su hermana.

Tardó varios segundos en vaciar toda su carga y Marta llegó a creer que iba a ahogarse. Cuando finalmente logró sacarse aquel miembro goteante de la boca y tragar toda la carga. Levantó su chorreante coño de la cara de su Osvaldo y se entretuvo en mirarse unos segundos en los ojos de su amo. Vio en ellos una mirada de lascivia y sintió que no reconocía a su propio hermano. En realidad tampoco se reconocía a sí misma.

Inmediatamente volvió su mirada al aún duro miembro de su hermano mayor y mecánicamente buscó en él restos de semen. Aún quedaban algunas gotas así que las limpió enseguida con la lengua hasta dejarlo reluciente. Y, una vez se hubo tragado las gotas que quedaban, sintió el orgasmo más grande que había sentido en toda su vida. No pudo evitar llevarse las manos a sus puntiagudos pezones y apretárselos con fuerza mientras se aferraba febrilmente a la cabeza de Osvaldo restregando frenéticamente su coño contra aquella ansiosa boca.

Sus jugos resbalaban por las mejillas de su hermano dejando un reguero que bajaba por su barbilla hasta dejar varios charquitos en el suelo. Marta aullaba como una loca totalmente fuera de sí y se imaginaba a Ramón, su padrastro, rompiéndole el culo contra la cómoda del recibidor mientras su madre los miraba escandalizada. Sintió a su hermano deslizarle un dedo en el recto. Entonces Marta explotó de placer.

Ambos hermanos tardaron unos minutos en recuperarse de sus respectivas corridas. Al fin Osvaldo pareció volver en sí y, tras percatarse de que sus padres no tardarían mucho en volver, decidió terminar con ésta fase del experimento y se dispuso a dar unas últimas indicaciones a su hermana:

“-A partir de ahora y para siempre vas a ser mi esclava. Cuando haya otras personas presentes o cuando yo no esté contigo, volverás a tu vida normal y no recordarás nada de lo que haya ocurrido. Ejecutarás todas las órdenes que te haya dado como si salieran de ti misma y no pudieras evitarlo. Durante el resto del tiempo no recordarás nada de lo que hayamos hecho, pero aprovecharás cualquier momento para tocarte pensando en la poya de tu hermano. ¿Lo has entendido?”

“-Sí, amo.”

“-Bien, ahora ponte el pijama vete a tu habitación y hazte la dormida hasta que mama y Ramón lleguen.”

“-Sí, amo.”

Y, como si fuera una autómata, Marta volvió a enfundar su cuerpo sudado en aquel pijama infantil y se dirigió a su habitación mientras su mente se mantenía completamente en blanco. Su mirada estaba vacía. Osvaldo se quedó aún durante unos segundos reponiéndose de todas aquellas emociones. Después cenó algo rápido y se fue a dormir. Prefería no cruzarse con Ramón o su madre, al menos no esa misma noche. Pues temía que pudieran notar algo raro.

Aún y así aquella noche tuvo que hacerse varios porros y cascársela infinidad de veces antes de poder conciliar el sueño. No podía dejar de pensar en el coño de su hermana, en su aroma y en todo lo que había pasado. Aunque lo mejor estaba por venir.

Y al final se durmió aún con la poya tiesa.


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