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Petit, una verdadera amistad

El “nunca digas nunca”, el “no digas: de esta agua no beberé” vinieron a mí como un boomerang. Desde que se abre los ojos a las verdades de la vida, que no nos sorprendan las sorpresas. Yo aborrecía a los hombres cuando se les ocurría sugerir y lanzarme al oído sus sucias fantasías. Saltaba como un resorte cuando un hombre tenía el descaro de confesarme la imagen pervertida de verme a mí junto con otra chica, haciendo quién sabe qué cosas. Simplemente tomaba mis armas y creaba una fortaleza a mí alrededor, para simplemente rechazar toda lujuriosa y ajena idea. Pero si escupes hacia arriba, te puede caer en la cara.
Esa tarde en la casa de mi novio Evant, la atmosfera estaba cargada de esa peculiar sustancia, que avisa que ese día tiene algo diferente. Ya saben, el ambiente raramente cálido. Sin brisas frías, y en las nubes, esos colores violetas y rosas, traviesamente caprichosos y bastante embriagados. No había segundas intensiones, no. Simplemente Evant quería que yo no sea una simple conocida de su hermana Petit, sino que fuéramos amigas. Evant decía que eso sólo se daría si la conversación no sólo tocaba temas superficiales como: Hola, como estás. Sino llevando la plática a niveles más profundos. Sólo si en realidad te interesas por los problemas ajenos, como si fuesen tuyos, conduciría a una verdadera amistad. Y así, en esa tarde que presurosamente se hacía noche, las palabras serían herramientas para unir con miel y cera los lazos de la estructura social humana.
Evant como siempre, enamorado eterno de su vino tinto seco, trajo una botella teñida de rojo oscuro a la “habitación loca” en donde estabamos Petit y Yo, en medio de ese silencio incomodo que sigue después de un saludo informal y un “cómo va todo”. Esa habitación loca estaba así, demente como los sueños, porque Evant la había adornado con la evolución de todas sus ideas surrealistas que las había sacado de los profundos abismos de su insondable inconsciente. Secuestró esas ideas y las atrapó en oleos, acuarelas y dibujos en lápices y tapizó su refugio con estos espejos extraños, casi irrepresentables.
-Evant, deja de tomarte el vino tan rápido. Parece que te fueras a morir de sed- le dije casi sin saber que otra cosa decir. Y Evant respodió con una sonrisa que yo ya sé que significa- es su forma de decir, qué más da. Petit sólo emitió un sonido pequeño y detrás de los labios, que yo lo interpreté como una risa. Ah que si conozco a mi querido Evant, siempre se duerme cuando bebe así. Es por eso que le dije lo que le dije. Pues como muchos, le tenía miedo a los segundos de silencio incomodo que pudieran darse entre dos “desconocidas”. Evant por su parte, se dispuso a engañarme con mi más grande competencia, se fue a poner música en el estéreo, esa música Blues que puede curarte o volverte más loco.
Yo, mientras tanto, me quedé ensimismada viendo y viviendo el extraño sentimiento que me producía esa melodía cancina que le hacía el amor a la tenue luz de esa habitación. A Evant le fascina las medias luces. Ese cuarto en donde hay más sombras que brillos. Ese foco atrapado entre vitrales rojizos y azules, que arrojan rayos de colores extraños que se filtraban por la botella de vino tinto. Y yo allí, viendo sin ver, la tinta embriagadora, ya teniendo ganas de pasarme un trago de esos, casi espesos jugos de uvas lujuriosas. Tomé una copa y la llené, dudé un segundo y preferí ofrecérsela a Petit. Ella estaba allí, en la cama, así, sin preocupaciones. Recostada como si sólo importara el futuro absolutamente inmediato a cada respiración. Con su cabello rubio despeinado, con sus ojos azules, bien abiertos desafiando al cuarto de Evant con su encanto. Petit es como su nombre, pequeña en todo sentido. Todo es pequeño en ella, y tal vez sea eso lo que la vuelve tan grande. Pues atrapa las miradas, obligando a los que la rodean a crear un foco sobre ella. Como si fuese la única persona en las tablas de un teatro, mientras cien personas no saben a dónde más mirar. Miré sus labios finos y rosados, mientras yo apuraba un trago de vino que sin darme cuenta ya me había servido.
Ah Evant, que si te conozco cuando bebes así. Ya estaba dormido en su mueble, parecía que había ya salido de cacería a los intersticios de sus mundos brutalmente extraños. Mañana seguramente me traerá una nueva historia que me pondrá los bellos de la nuca erizados.
Yo si que no tenía sueño, tomé una frazada, y arropé a Evant para que siguiera explorando en su propia dimensión. Regresé la mirada y Petit me había estado viendo el trasero. Claro, la pequeña rubia desvió su mirada a un lado y sonrió con esa sonrisa torcida hacia el otro lado. Que curioso gesto, pero esos gestos hacían que cualquiera se encantara, pues a veces, si ponías atención, veías a los que la rodeaban, tratar de imitar los adorables gestos de Petit.
Petit se levantó y tomó el vino sangre. Tomó directo de la botella como diciendo, me vale un culo las prepotentes copas. Y luego me pasó la botella también, como diciendo, bebe un poco de mi saliva loca, no seas tan ordenada en tus pensamientos. Y yo me contagié con esa frescura de Blue Jeans desteñidos y cabellos rubios despeinados. Tomé cuatro grandes sorbos y me senté junto a ella. Y Petit me dijo: “Me caes bien Alicia. Dime A-li-cia. –Y separó bien las silabas con su voz medio ronca-¿Has caído por el agujero del conejo?” y finalizó con una risa corta y coqueta. Y yo digo un “No” de esos que ni se piensa. -Yo conozco el camino- dijo con voz sobrada- Evant una vez me lo enseñó- Y yo al escuchar ese nombre me puse atenta, con el vino en las venas, pero igual, atenta. Y yo me relajé y le dije.- Dime más. Todo lo que tenga que ver con él, me interesa mucho. Es como mi droga- y reí. Evant se sobresaltó, se giró a la derecha y siguió en las profundidades.
Petit le miró como si mirara hacia una distancia extraordinariamente lejana y volvió a verme con luces azules. Se adelantó un poco, y su espalda abandonó la pared que poco antes sostenía. Y me puso la mano detrás de mi cuello, tiró suavemente de mí y me hundió su lengua rosada en mi boca de los labios hinchados que todos me quieren arrebatar. Buscó mi lengua triangular, pues yo la tenía atrás, ya que no es mi costumbre besar con ella. Pero ese vino, esa habitación hipnotizante, esa música del diablo erotizado, esas luces, malditas luces, malditos cristales teñidos. Maldito Evant. Todo eso me conjuró para liberar mi lengua prisionera y esta húmeda cosa timida, fue a probar el sabor de Petit, los dientes de Petit, la parte suave debajo de la lengua de Petit, Los labios delgados y criminales de Petit, el Puto sabor a menta y vino de Petit.
Ah, tierna y violenta chiquilla. Me agarró de la blusa y en ese tirón, los botones flojos simplemente se rindieron. Estos pechos míos, una vez maldecidos, y ahora redimidos y benditos por la enorme voluptuosidad de la que ahora presumo, quedaron soportados por el sostén y por la mirada de Petit, que los veía como si tuviese hambre de ellos. Parecía que Petit de repente ganaba un odio contra su chaqueta, y se la quitó, la lanzó lejos y se apresuró a quitarse la camiseta que decía el cliché Rock&Roll. Sólo se dejó el sostén de color indescifrable. Me tomó de las manos y allí juntas y arrodilladas en la cama de Evant nos acercamos, ella miró mis pechos de nuevo y me dijo: -Desde que te vi, ya sabía que tus tetas iban a ser mías- Yo sentí el sonrojo, incluso teniendo el calor del vino en la cara, en las tetas, en el puto culo, y en el corazón. Me sentí orgullosa, incluso conscientemente presioné mis pechos contra sus pequeñas tetas, y juntas y al mismo tiempo retiramos cada una, nuestros sostenes. Mis tetas sintieron el alivio de la libertad, y los pezones rosados de las tetitas de Petit buscaron mi pezones grandes y duros, como para sentirse abrazados por una feminidad suprema.
¡Qué calor de un infierno Azul aterciopelado se sentía en ese cuarto! Parecía que el lugar respiraba y transpiraba perfumes de una mujer demonio de nombre Eróticarium. Yo tragaba la respiración de Petit, y ella devoraba las formas perfectamente redondeadas de mis grandes tetas calientes. En su mirada se podía ver la crudeza de su deseo por mí. Ven me susurraba, ven mi amor, con esa voz consentida y mimada. Ven acá, ven sobre mí, y la descarada ronroneaba. Mi gatita Petit de pezones rosa pensaba yo, bebe de mi sobrada feminidad, pensaba yo. Así me decía Evant, me decía que yo era una mujer mujer. Y con Petit lo creí. Ella veía en mí una mujer dos veces mujer. Así lo gritaba mi cuerpo, de tetas grandes, piel blanca, cabello largo y rojo, labios como fresas criminalmente rojas, ¡Qué cintura delgada! me dice Evant, Amo tu cintura dice en esos momentos Petit. Y así va Petit buscando más piel para tragar con su mirada. Busca quitarme el Pantalón fastidiosamente apretado que llevaba. Yo le ayudo por supuesto, pues quiero servir de alimento. Me baja el pantalón y quiere ver mi trasero cuando quede al descubierto, no se quería perder ese momento. Y yo le miro a Petit con curiosidad lasciva. Mira mi trasero de grandes y blancas nalgas, a las que mi Evant les dice “mis duraznos” y Petit parece hambrienta. Me lame la piel del trasero, me da pequeños besos y con sus pequeñas manos de uñas pintadas de rosa fuerte, me agarra un poco violenta y se siente el hundimiento en mi piel.
Y yo había permitido que la pequeña bola de nieve, descendiera vertiginosamente. Con un poco de mente abierta y de deseos desatados, la avalancha no hace más que crecer. Petit me agarra una nalga, un poco violenta, un poco dulce, y se siente el hundimiento en mi piel. Sus dedos delgados y atrevidos sabían tocar a su manera. Mi Petit tiene sus procedimientos desordenados. Sigue bajando mi estrecho pantalón, y los zapatos de tacón pudieron ser limites para las ganas frenéticas de mi Petit, pero yo no era tan cruel, ni tonta, para no ayudarle en su intento por tener un poco más de mí. Me quité los zapatos, y ella me miró a los ojos como si no quisiera que yo le diera de a cucharadas el alimento sensual, miró mis calcetines rojos y le dejé hacer. Se bajó de la cama, me senté frente a ella y Petit se echo allí como posando para un óleo, o mejor, para una fotografía de dos tintas, con sus pequeñas tetas de chica rubia, su cabellos más despeinados, y las piernas dobladas hacia atrás y a los lados. Mirando mis calcetines como si quisiera atrapar su imagen para no olvidar sensaciones preciosas para ella. Tomó mi pie izquierdo y lo llevo a su mejilla, se acarició con la parte interna de mi pie y yo me sentí un poco enamorada, un poco inspirada, muy encantada.
Qué apetitoso ritual se puede llevar cuando las delicias de los aromas, de las formas y de los sabores, se prueban con el máximo asombro, con las chispas de cada percepción, llenando los sentidos, sobrecargándolos con sensaciones sin tiempo y sin prejuicio. Me quitó un calcetín tras otro, como si al hacerlo, estuviera descubriendo la flor más delicada, evitando al máximo dañar los tiernos y rosados pétalos. Quedaron mis pies desnudos y Petit los tomaba de mis talones y bajaba uno, mientras subía el otro. Parecía que se le iba la vida en ello, se acercaba a mis dedos y abría sus labios húmedos. Me besó la punta de los pies mientras me miraba desde allá abajo, y subió de nuevo a la cama, como si retomara el ritual que religiosamente había estado creando.
Esa música, compuesta por orgasmos y escalas musicales libidinales, no paraba de producir maravillosos estragos en mi mente desviada. Música que decía: sigue desnudándote mi amor, que quiero que te vistas de tu sudor transparente. Y yo le hice caso a la melodía y a su maestra de nombre pequeño, de nombre Petit. Pequeña perversa, a propósito dejó mi tanga negra puesta. El último bocado para su pequeño final. Yo allí, casi desnuda. Haciendo la pose de una sirena que podría tomar el sol y dejarme ver del marinero más perverso que pueda haber. Casi totalmente expuesta a las ganas de mi pequeña pervertidora. Entonces ella bailó un poco, o al menos eso me pareció, viendo su cadera sacudirse al ritmo hipnótico. Removiendo lo que quedaba de su ropa de rockera rebelde. Blancas piernas, delgadas y cortas, que terminaban en unos pies tatuados de flores azules turquesa. Maldita y deseable mujer. Una maestra de lo que quiere ser y tener. No se le puede negar a alguien así el cuerpo que ella desea. -Ven Alicia,-me dijo susurrándome al oído- déjame encontrar el escondite del conejo- y un escalofrío me recorrió por la espalda, terminando la pulsación en medio de mis piernas. Me senté en la parte septentrional de la cama de mi Evant, y ella me quiso acostada. Exploró con su nariz fina desde los dedos de mis pies, subiendo y respirando, subiendo más y respirando más, como si yo fuese un blanco polvo que produce las alucinaciones preferidas de mi Petit, llegaba a mis rodillas que temblaban, y ella decía:- rosas rosadas, fresas, aceite de fresas, -decía. Petit Tomó delicada los extremos de mi tanga negra. De esa tanga con la que Evant suele matarse respirando sus perfumes, diciendo “hueles a té de jazmín y a océano turquesa.” La misma tanga que ahora tiene dos dueños. Mi Petit la retiró y se la llevó a su nariz rastreadora de pecaditos. Y la expresión de Petit me supo a Evant. -No hay duda- pensé- Son hermanos.
Qué fatiga sentí en medio de las piernas, una sensación tensa, quería ser estimulada. Pero no me atrevía a decirlo. Petit se limitó a mirarme con sus ojos entre abiertos, o entre cerrados, haciendo cara de mujer fatal. Bajó su nariz rastreadora al monte de mi venus personal y respiró profundamente. Me embriagaba el sonido de sus aspiraciones. Sentía que cuando ella hacía eso, algo de mi vida pasaba a ser de ella. Y yo me sentía la victima que se entregaba sin resistencia a su vampira violadora. En seguida la pequeña Petit jugó un poco con su rubia cabellera, la peinó con sus manos hacia atrás, y comenzó a avanzar en sus rodillas con movimientos felinos. Desató su tanga amarilla de cordones laterales, y dejó su pubis expuesto a la luz de esa lámpara de vitrales infernales. Esos labios -que parecerían virginales aun cuando ella se tirara a toda la humanidad- los dejó a la vista de las sombras de esa habitación. Blancos labios mayores, tan Petit, tan limpios, tan puros, sin un rastro de bello en ellos. Tomó entre sus dedos ese pedazo de tela que cubría su amor pulsante, y adelanto su mano hacia mí. Metió dulcemente su pequeña tanga amarilla entre mi boca semiabierta, y yo acepté muy hambrienta su ofrenda. Sus movimientos se aceleraron y subió sobre mis pechos, levantó su pubis hacia mi cara, y yo con mi boca de los labios preferidos de Evant, solté la prenda por la deliciosa sorpresa, y sentí el aroma de los labios íntimos de Petit. Ella bailaba al ritmo de ese Blues fatal, con movimientos hacia atrás, y hacia el frente, y yo sacaba mi pequeña lengua triangular para probar la línea delgada que separaba desde abajo los labios mayores de mi “amiga en progreso”.
Una amistad así, se siente diferente. Es como un latir de corazón, pero a un ritmo más acelerado. Una taquicardia de emociones. Como cuando metí la punta de mi lengua y como en cámara lenta, se hundió entre los labios mayores rosados de Petit. Fue como lamer un pastelito muy lentamente, y encontrar dentro de él un pequeño y cálido punto húmedo. Su clítoris me supo a una combinación de sudor joven, esencia de ambrosia y sexo suplicante. Allí estaba ese pubis inmaculado, yendo y viniendo, alejándose, y al acercarse abriéndose por la presión de mi lengua en el intento de dividir y de sentir el abrazo de sus labios vaginales en mi lengua triangular. Acepté y abracé mi locura y mi delicioso pecado. La agarré de las nalgas blancas y la atraje hacia mí, pues ese jueguito de ir y venir me estaba matando de ansiedad. Le metí la lengua y chupé lo que pude de su humedad, al principio parecía que su vagina estaba un tanto seca, pero cuando hundí mi lengua con más fuerza, tratando de alcanzar la abertura del escondite del que ella me había hablado, abrí la fuente de los jugos libidinales y sentí el pleno sabor de las lagrimas de gusto que la dulce vagina de Petit podía derramar. Mientras tanto ella jadeaba roncamente, y me daba besos seguidos y pequeños, como gotas de una lluvia que apenas se empieza a desatar, besos en mi cabeza, en mis mejillas sonrosadas, en la frente, y cuando yo levanté la mirada para embriagarme con sus gestos de chica excitada me besó de nuevo, y yo, como una mujer que emocionada quiere enseñar lo que había descubierto en el sabor de ese lubricante néctar de su flor, le pasé su propio sabor mezclado con mi saliva que produje en cantidad extra para que nos ahoguemos en nuestra secreción secreta.
Entonces, en medio de esa candente sensación, Petit estiró la mano y alcanzó la botella culpable de los eventos que estaba adorando que sucedieran, y vertió en su boca un chorro rojo que se derramo delicioso por las comisuras de los delgados labios de esa amante dorada. Hilos de vino seco que se dibujaron misteriosos y yo me puse un poco celosa por las caricias que ese río ebrio le daba a mi pequeña Petit, así que le lamí aquellos afluentes que pasando por sus tetas, desembocaban en su ombligo. Ella subió de nuevo la botella en alto y soltó un chorro sobre mis tetas grandes, y mojamos la cama de sudor y tinta roja. ¡Qué bien recibida la humedad de ese veneno en medio de mis piernas! Le dije: ¡bebe, mi amor, por favor bebe!- sentí como de mis ganas surgía la súplica, pues suplica era. Que se lleve lejos de mí todo rastro de vergüenza, que chupe de mí el vino que alcanzó a penetrarme la vulva ardiendo. Y ella me lamió encantada, mientras parecía que murmuraba sonidos de estar bebiendo, y su lengua me traía descanso de esos que no son pasivos, sino que demandan momentos aun más atrevidos.
Le ofrecí mis piernas abiertas y su lengua se hundió en mi vagina húmeda de jugos míos y vinos de todos. Fue en ese momento que mi vista buscó el estado de Evant, y allí estaba con una media sonrisa, viendo desde el fondo, sentado complacido en ese sillón de terciopelo rojo. No sé desde cuando había estado viendo. Evant se levantó de su sillón y se fue del cuarto, y con otra sonrisa dijo: - ¡Qué bella es la vida! Continúen ustedes tejiendo el amor, yo vuelvo en seguida- Y yo tragué saliva y trague complacencia. Petit ni siquiera se había inmutado, seguía y seguía lamiendo mi clítoris palpitante e hinchado, con intentos intermitentes de alcanzar mi ano con su pequeña lengua. Yo estaba sonrosada por las formas de la espalda de mi Petit, la manera en que se arqueaba, la silueta que terminaba en ese corazón elegante formado por sus nalgas, un culo precioso que me traía nuevas hambres. Entonces en ese momento volvió Evant, traía en su mano un objeto brillante, parecía un cristal azul. Se acercó, le dio una nalgada a Petit y luego me agarró las tetas besándome en la boca de manera un poco salvaje, pero al mirar sus ojos recordé y entendí lo que Evant siempre me había dicho con respecto a su fantasía de verme haciendo el amor con una mujer. Recuerdo que yo solía mostrarme tan indignada ante la sola idea. Y le decía que él pensaba eso, sólo porque en realidad quería acostarse con dos mujeres al mismo tiempo. Pero él insistía en que la imagen que le satisfacía, era verme chupando otras tetas, un coño húmedo, entregándome a una mujer, para poder ver dos rosas que mezclan sus perfumes para crear la máxima esencia femenina. Ahora que lo entendía, ahora que lo volvía realidad, me saciaba con las posibilidades de volverme una vigorosa bisexual, una mujer amante de tetas y coños, ama y esclava de mi Evant, pero también hermana intima de su hermana.
Allí estaba Evant, seguía sentado en su lugar, mientras Petit se acercó a él y tomó de sus manos el falo de cristal azul, que Petit ya parecía conocer, (alguna historia tendrá). Entoces Petit se me acercó, tomó el enorme pene transparente y lo introdujo suavemente en mi vagina mojada por saliva, vino y jugos lubricantes. Petit acercó su vulva como pudo e introdujo el otro extremo de ese objeto precioso, y nuestras vaginas se unieron en pacto de amor y sexo. Nos movíamos devorando los centímetros, uno a uno hasta que nuestros labios íntimos se besaron desviada y apasionadamente, y no aguanté más la presión, dejé correr mi squirt que tanto le fascina a Evant, mojé su cama como una fuente incontenible de orgasmo de mujer. Era como si orinara todas las sensaciones que en esa noche inolvidable tragué. Mi Petit emitió su grito de orgasmo también y sus contorsiones, su vientre tembloroso y su boca me excitaron tanto que tan solo segundos después me vine otra vez, y otra oleada de humedad broto de mi vagina. No lo podía creer. En seguida mi pequeña Petit tomó el falo azul, para que no se saliera, intentó un movimiento acrobático y se puso en cuatro, yo le seguí el juego y quedamos como dos perras, ensartadas. Entonces vi a mi Evant que tenía su pene agarrado en su mano derecha, meneando adelante y atrás. Debió ser una imagen sumamente intensa para él. Nosotras seguimos moviéndonos, Pero el falo era demasiado grande para que nuestros culos se juntaran, presionaba mi útero, hasta que al final su trasero empezó a rebotar en el mio. La sola estimulación psicológica fue suficiente para venirme una tercera vez. Una sensación de ser la mujer más puta del planeta me invadió y me llevó a los infiernos más eróticos y de vuelta a los cielos más depravados en donde mil ángeles me penetraban uno detrás de otro. Ya no aguantaba, mis piernas no daban más, me temblaban, como me temblaban las tetas. Mi mente perdió toda percepción del tiempo, Petit parecía venirse una y otra vez sin detenerse y la habitación se llenó de olor a sexo, a vaginas mojadas, a pene sudoroso, a tetas que endulzan el aire con sus aromas, a saliva que refrescaba los labios de bocas que gemían. Minutos que corrían como segundos, transcurrir de momentos de coños hinchádos por el roce de ese pene sobrenatural. Entonces Evant se acercó lentamente con su pene empalmado y señalando el núcleo de nuestro placer, derramó toda su carga de semen en medio de las cuatro nalgas que formaron aquel palacio erótico, listo para ser bendecido por la leche blanca y tibia de nuestro señor. Sentí como la carga de mi hombre rodaba y bañaba nuestros culos. Mientras Petit y yo continuábamos en ese meter y sacar, se podía sentir el semen espeso pegándose en ambos traseros y cayendo finalmente en los coños calientes, tocando por último la cama del hermoso pecado.
Nos separamos sacando el adorado falo azul de cristal, parecía mágico y delicioso con todos esos jugos humanos, sobrehumanos. Y ambas sabíamos qué hacer, pues el hambre se sentía en los libidinales sentidos. Lo lamimos una vez y otra vez, cada gota, cada espeso brebaje, y los mil sabores del amor entraron en las papilas gustativas de mi lengua como liquido divino para mi sed de perversión. Limpio quedó. Brilló a la luz de la lámpara multicolor y entonces llegó el sueño que en un abrazo cálido aún más nos unió y dormimos hasta que el sol salió.


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