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Cautiverio: día 2

Un portazo despertó de golpe a Samanta. Estaba acostada en una cama, lo que al principio le hizo pensar que estaba a salvo, y todo había sido un mal sueño, pero el dolor acudió de inmediato: su cara hinchada por las bofetadas, su culo arañado y penetrado, al igual que su vagina. Todo eso le dolía, y también otros moratones que tenía en los brazos y piernas, que antes no había notado.

A su lado yacía una mujer durmiendo, tenía pelo negro y corto, pero le daba la espalda, por lo que no pudo ver su cara. Tenía puesto un pijama de un azul gastadísimo. Samanta misma llevaba un pijama puesto, y no recordaba cómo. De hecho, no sabía cómo había llegado ahí. Intentó recordar, pero pronto su mente la llevaba a la noche anterior, y recordaba cómo era penetrada sin piedad, mientras lloraba y lloraba.

La habitación donde estaban era amplia, y no tenía ventanas, pero a excepción de eso parecía normal. Notó que la puerta había sido abierta. Una mujer entraba, traía una bandeja con dos panes y vasos con leche. Pero lo más llamativo fue que la mujer llevaba un bozal pelota que le obligaba a mantener la boca abierta, por lo que un hilo de saliva bajaba desde sus labios por su mentón y luego una parte goteaba al suelo y otra fluía por su cuello. Llevaba un peto gris, sin embargo exhibía su pecho izquierdo, el cual le produjo un escalofrío, ya que desde el pezón había un hilo de sangre seca, debido a un piercing que seguramente había sido hecho hace poco. También al lado de su pezón había unos dientes marcados, parecía aún más reciente. Abajo vestía unas calzas que llegaban hasta sus rodillas. Iba descalza. Sus manos las notó después, cuando dejó la bandeja sobra una mesa junto a la puerta; estaban esposadas, apenas podía separarlas.

Y a pesar de que el estado de esta mujer parecía ser cansado y gastado, poseía una belleza increíble. Sus ojos eran verdes, que resaltaban en su pálida y ojerosa cara, eran bellos a pesar de que estaban irritados de tanto haber llorado. Su pelo, aunque pajoso y despeinado, poseía un café oscuro precioso, lo llevaba tomado atrás, con una simple cola de caballo.

A pesar del dolor de ella misma, la primera reacción de Samanta al ver a la mujer de la bandeja fue levantarse, pero solo logró sentarse en el borde de la cama.

-¡¿Qué te pasó?! Deja que te ayude… qué horror–dijo Samanta, estirando las manos para que la mujer se acercara y pudiera sacarle el bozal.

Sin embargo, la mujer se alejó, negando con la cabeza, envuelta en un terror indescriptible. Sus ojos se pusieron llorosos y comenzó a temblar. Al verla así Samanta se detuvo, temiendo asustarla más, la mujer aprovechó ese momento y dio media vuelta y comenzó a devolverse se fue. Caminaba de forma extraña. “Obvio, también la han violado”, dedujo Samanta, “y quizá durante más tiempo…”
Una llave cerró la puerta cuando la sirvienta se fue.

Entonces Samanta comenzó a llorar en silencio, acurrucándose en el espacio que tenía en la cama. No sabía dónde estaban sus amigas. Quizá ellas la habían pasado peor, quizá ellas estuvieran muertas. Quizá ellas estaban siendo violadas en ese momento. Se sentía sucia, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que estaba ahí, no sabía qué hora era, seguramente estaban todos preocupados en su casa. Y entre sollozos volvió a caer en el sueño.

***

Un movimiento suave en el hombro la volvió a despertar.

-Oye, oye. Tenemos que comer –dijo una voz.

Al mirarla se fijó en que era la mujer que estaba a su lado durmiendo. Pero ya no tenía puesto el pijama, sino que llevaba un vestido floreado, bastante gastado y delgado, casi transparente; sus pezones sobresalían casi exageradamente, pues tenía unos grandes pechos, que hacían que el vestido se le ajustara demasiado, además que el ambiente era fresco, seguramente estaban duros.

-Sí… –respondió Samanta, levantándose.

-El pan que nos dan siempre es añejo… pero es mejor que nada.

-¿Cuánto tiempo llevai aquí?

Silencio. Le estiró un pan a Samanta.

-¿Eri nueva, cierto? –dijo al fin.

-Si… ayer desperté y…

-Lo sé, lo sé. A todas nos lo hacen… acostúmbrate. Yo llevo meses… aunque han parecido años. Espera, perdón…

Samanta estaba pálida, aterrada.

-No… no te preocupí… prefiero saber esas cosas altiro…

La mujer dudó antes de recoger un vaso y comenzar a beberlo, de a poco.

-Disculpa, ¿cómo te llamas?

-Samanta.

-Yo soy Lorena, disculpa si fui algo brusca… hace tiempo que no estaba acompañada, a veces olvido lo difícil que fue al principio. Si te hace sentir mejor, yo estaba peor que tu…

El resto fue silencio, cada una en su propio mundo. Ninguna sabía qué decir, a pesar de que Samanta quería preguntar muchas cosas.

Pasaron horas, Samanta estaba aún agotada, se quedó dormida nuevamente en poco tiempo. Ya debía ser más de medio día y Lorena parecía cada vez más incómoda, se había sentado en la cama y movía las piernas impacientemente, gesto que despertó a Samanta.

-¿Estai bien? –preguntó, preocupada.

-No… creo que tuve mala suerte.

-¿Cómo así?

-Es que… estos weones, cuando compartes pieza siempre le echan laxante a una de las comidas.

-O sea que tú…

-Sí… necesito salir, no quiero hacerlo aquí.

A duras penas se levantó de la cama, con las piernas juntas y con una mano entre ellas. Golpeó la puerta tres veces, sin decir nada.

Un hombre habló del otro lado.

-¿Qué? –dijo.

-Tengo que ir al baño –respondió Lorena, el hombre se rió. Lorena, miró a Samanta, quien miraba sin decir nada. Le sonrió mientras abrían la puerta-. Tendré que irme por un rato, seguramente ninguna de las dos la pase muy bien las próximas horas… sé fuerte.

Y se fue.

A cambio entro el hombre que había abierto, miro a Samanta de arriba abajo y le lanzó un vestido, igual de gastado que el de Lorena.

-Ponte esto y sígueme.

Samanta lo recogió, aguantando el dolor de su trasero. Sabía que tenía que obedecer. Miró nuevamente al hombre, y éste no tenía intenciones de marcharse, la miraba expectante.

-Apúrate.

Intentando siempre mantener la calma comenzó a desvestirse lentamente, pero las manos y las piernas le temblaban. El hombre la devoraba con los ojos, casi sentía como si la mirada se transformara en serpientes y estas la comenzaran a rodear, metiéndose en cada parte de su cuerpo, en cada agujero.

Finalmente salieron por la puerta con su “nuevo” vestido puesto, sin embargo, estaba descalza. Fuera había un pasillo hacia la izquierda y la derecha, y había otras habitaciones, todas con un candado. Estimó que habían en total unas 20 habitaciones, y en cada una de ellas al menos un prisionero…

Dudó, pero su captor la llevó hacia la izquierda, donde al fondo del pasillo había una puerta, pero ésta sin candado.

No de todas, pero de varias puertas se escuchaban ruidos. A veces parecían ser golpes, otros eran quejidos de dolor, e incluso alguno de placer, escuchó risas también, llantos, arcadas… nada que le ayudara a sentirse mejor.

El hombre golpeó la puerta y abrieron de inmediato. La habitación no era grande, pero ciertamente era mucho más amplia que la habitación donde había despertado. La iluminación pobre, habían lámparas en los muros con una luz blanca muy débil. En el centro del techo había un candelabro con velas encendidas. Tampoco habían ventanas en esta habitación.

Samanta descubrió entonces que el miedo previo no era nada comparado con el miedo que sintió ahí dentro, donde también había al menos 10 hombres desnudos, apoyándose en los muros, y en el centro habían otro hombre encadenado de las manos y colgado para que se mantuviese en pie, tenía su pene erecto. A su lado había otra mujer, vestida con su mismo vestido andrajoso. Ambos estaban con la cabeza escondida en una especie de máscara de cuero. También estaba el hombre de la noche anterior, vestido con el mismo traje, también ocultaba su rostro, con un gorro montañés, dejando solo sus ojos y boca al descubierto.

-Aquí llega una de nuestras últimas adquisiciones –anunció-. Quizá algunos de ustedes ya la habrán visto anoche perder su pureza… por todas partes, y sabrán que tiene un buen futuro aquí.

Se escucharon aprobaciones y risas cómplices, llenas de perversión.

-Pero bueno, basta de palabras, ya han esperado suficiente, vayamos directo a la acción. Empiecen con él.

Y el hombre hizo sonar un chasquido con sus dedos. Samanta estaba muy tensa, claramente otra sesión como la de la noche anterior iba a comenzar, tan solo recordándolo le dolía los músculos, pero los hombres que estaban desnudos pasaron de ella.

De a poco empezaban a rodear al hombre que estaba colgado de las manos, siempre dejando la vista despejada, para que Samanta, la mujer de la máscara y el hombre de traje pudiesen ver.

Parecía que el colgado no estuviese ahí, no se movió sino hasta que una mano comenzó a acariciar su pecho. Otra mano acariciaba su brazo, mientras todos decían cosas sucias sobre él. El colgado comenzó a inquietarse entonces, decía algo parecido a un “no”, que apenas se entendía, pero las manos no dejaron de sumarse.

Pronto su turgente pene estaba siendo manoseado una y otra vez. El colgado se retorcía, inevitablemente sentía placer, aunque él estuviese sollozando, pidiendo piedad.

Samanta estaba aterrada observando todo, las piernas le temblaban. Cuando uno de los hombres se colocó detrás del colgado y agarró sus glúteos el hombre con traje se acercó a ella, junto a la mujer enmascarada.

-Quiero que mirí atentamente, pues eventualmente nuestro amigo encadenado tendrá que explotar… y ahí vai a estar tú, lista para poner la boca. Y cuando eso pase tu besaras a esta amiga de aquí y le pasaras toda la leche, sin que derramí ni una gota.

Samanta tragó saliva y miró a la enmascarada y notó recién que donde debía estar su boca había un cierre, y el hombre de traje lo abrió, dejándole ver sus labios rojizos y gruesos. Eran hermosos.

Mientras tanto, el encadenado se quejaba cada vez más fuerte, pues ya habían empezado a penetrarlo por su ano, mientras otros le tocaban la erección y él insistía en decir “no”. El hombre que estaba violándolo entonces acabó, lo embistió fuertemente un par de veces y se retiró, dejando salir varias gotas de semen, que sonaron en el suelo pegajosamente. El encadenado sollozaba cada vez más, y otra vez se quejó cuando el siguiente hombre comenzó a penetrarlo en reemplazo.

-Es hermoso, ¿no? –preguntó el hombre de traje. Samanta sintió un escalofrío y volvió a mirar a la mujer enmascarada. Respiraba agitadamente, y podía notar sus pezones sobresaliendo en su delgado vestido-. Estate atenta, pero por ahora… ayúdame un poco.

Y el hombre de traje señaló hacia abajo. Se había bajado el cierre de su pantalón, y su pene estaba ahí, grueso y largo, pero flácido.

-¿Cómo? –dijo Samanta.

-¿Cómo que cómo? ¿No aprendiste nada anoche? Quizá no fueron suficientes golpes.

-¡No! Perdón… -dijo Samanta, no quería más golpes.

-Entonces agáchate y cumple tu función de mujer. Yo te aviso cuando nuestro amigo colgado vaya a explotar.

Samanta obedeció. Se puso de rodillas frente al hombre y llena de asco y dudas sostuvo su pene con su mano, para luego llevarlo lentamente a su boca. Sin embargo, a medida que empujaba el prepucio con sus labios al meterlo y sacarlo de su boca, el sabor que sentía no era aquél nauseabundo que imaginaba. Lo cual, dentro de lo horrible de la situación, era algo bueno.

Aun así, no sabía qué hacer, ella sabía del sexo oral, pero nunca había visto ni oído como se hacía, asique lo único que estaba haciendo era chuparle el pene al hombre como si fuese un helado, apenas usaba la lengua, solamente sus labios, metiéndolo y sacándolo, mientras de a poco éste empezaba a agrandarse.

-Así, así –decía el hombre-. Mójalo más, con la lengua. Oh…. Sí. Así.

Pasaron unos cuantos minutos solamente, en los cuales había estado chupando y chupando, mojando cada vez más aquel pene que entraba y salía de su boca, cada vez más profundo, cuando le tomó el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás.
-Anda pa’llá, solo quedan dos en la fila. Chúpaselo y acabalo.

Samanta se paró, limpiándose con su antebrazo el mentón, por el cual corría un hilo de saliva y líquidos pre seminales. Tenía calor, le sudaba la frente, y sentía la espalda húmeda, al igual que sus piernas y pecho. Hasta ahora tragarse su orgullo había sido lo más difícil, pues incluso se puede decir que el hombre de traje había sido amable.

El colgado seguía gimiendo mientras era penetrado brutalmente. Samanta notó que entre sus piernas se escurría un río de semen que chorreaba desde su ano. El olor a sexo duro era fuerte, no lo conocía, pero estaba segura de que era eso, un olor entre sudor y semen. Casi como un zombie, Samanta se acercó, pasando entre algunos hombres que estaban descansando después de haber acabado en el culo del colgado.

Al acercarse se fijó que el duro pene del colgado chorreaba un líquido transparente y espeso desde la punta, donde su glande palpitaba, lubricado. Varios de los hombres desnudos se rieron en voz baja, comentando algo, y Samanta se dio cuenta que se había quedado unos segundos quieta, mirando el pene frente a ella. Cerró los ojos aguantando su respiración abrió la boca e introdujo el húmedo glande del colgado.

Sin sacarlo de su boca le pasó la lengua alrededor, tal y como le había indicado el hombre de traje, sin embargo, éste ya estaba más que húmedo. El colgado gimió, estremeciéndose, y su pene se introdujo más en la boca de Samanta. Pasó lo mismo cada vez que lo embestían por detrás. No dejaba de salir aquél líquido espeso, lo sentía salir con la lengua, saboreándolo un poco antes de que fluyera desde su boca hacia su mentón y luego hacia su cuello, y así, de a poco comenzaba a mojar su vestido, empapando su pecho, además del sudor.

El hombre que penetraba al colgado terminó. Sintió su última estocada en su boca, más fuerte y larga. Cuando se retiró de su ano cayeron gotas de semen al piso, donde había una pequeña poza. El último de la fila había comenzado a penetrarlo cuando el hombre de traje habló a su costado:

-Párate y dóblate en noventa grados.

Samanta dejó el pene del colgado por un momento, y al separarse de éste cayó saliva y ese líquido espeso de su boca, mojando aún más su pecho y vestido, también tenía mojada sus piernas, especialmente entre sus nalgas y sus muslos, donde sentía especialmente caluroso. Hizo lo que dijo el hombre de traje. Se paró y luego se dobló, dejando su culo expuesto. Se sostuvo con sus manos apoyadas en sus rodillas.

-Sigue chupándoselo.

Y Samanta obedeció, no tenía opción, estaba completamente sometida, prefería eso a seguir siendo golpeada. Siguió haciéndole sexo oral al hombre colgado, esperando el propósito de esa posición.

Y al poco rato sintió un roce en su trasero, suave y cálido. Sintió una fría brisa que acarició sus húmedas piernas y entrepierna. Cerró los ojos y siguió chupando, mientras un escalofrío recorría su cuerpo. Sintió de nuevo la caricia, seguida del contacto de algo mucho más suave y cálido, resbaladizo y húmedo, que de a poco cruzó sus glúteos por completo, llegando hasta su centro. Dos manos suaves y sensibles la agarraron de las nalgas y la abrieron. Samanta quería llorar, pero todo era tan suave que prefería eso a intentar huir. Pronto unos temblores acudieron a su cuerpo y tuvo que sujetarse firmemente en las caderas del colgado, mientras su pene entraba en su boca, y de a poco algo duro comenzó a tocarla justo donde le dolía la vagina. Sintió una presión, pero no era tanta como la de la noche anterior. De alguna forma algo se había metido dentro de ella.

-Sigue chupando. Y cuando éste termine que se pongan los que puedan –dijo el hombre de traje a los demás.

Samanta solo siguió chupando, mientras alguien comenzaba a moverse en su vagina, entrando y saliendo, haciéndole doler. Y al poco rato sintió como el último hombre de la fila acababa: una estocada fuerte y larga, y luego se salió, dejando caer gotas de semen al suelo. Y no mucho más rato después de eso el colgado se vino.

-No lo botes, no lo botes –decía el hombre de traje.

El líquido caliente y espeso salió disparado dentro de su boca, haciendo que se ahogara y comenzara a toser. Intentó no alejarse del cuerpo en convulsión orgásmica, pero la tos pudo más, y tuvo que escupir todo el semen que tenía dentro, mientras el colgado seguía eyaculando.

-Mal, mal, muy mal, perra –escuchó Samanta del hombre de traje, pero solo había diversión en su tono -. Ahora tendremos que llenarte de nuevo, qué pena… por ti. Caballeros…

Alguien le sujetó fuertemente el cabello y jaló su cabeza. Todo pasó rápido, antes de poder ver quien la jalaba otro pene erecto la encaraba. Le sujetó la cabeza con ambas manos y el desconocido le frotó el pene por la cara. Olía mal. Samanta se quejaba e intentaba zafarse, pero cada vez que tironeaba era peor, más fuerte la sujetaban del pelo y más profundo la penetraban vaginalmente.
-Abre la boca.

Pero Samanta no lo hacía, estaba asqueada, sentía el estómago revuelto. Una bofetada en la cara le hizo gritar y comenzó a llorar.

-Abre la boca.

Apenas la abrió un poco el hombre puso su erección en sus labios y la jaló hacía sí, introduciéndole violentamente todo su pene. Samanta se ahogaba, pero el hombre comenzó a penetrarla fuertemente, gruñendo cada vez que le embestía la cara, cada vez que Samanta se contraía por las arcadas.

Sin poder aguantarlo Samanta vomitó mientras el hombre volvía a embestirla. Lo poco que tenía en su estómago ahora estaba chorreando en las piernas del desconocido, desde su pene.

Coincidió con que el hombre comenzaba a eyacular, y sus gruñidos fueron cada vez más fuertes. Un violento tirón de su pelo la levantó de su actual posición, parandola de un solo movimiento. Entonces sintió que lo que la penetraba vaginalmente se salía de ella, y un líquido cálido corría entre sus muslos.
Miró al hombre que le penetraba la boca, y vio la furia de su rostro.

-Perra culiá, maricona sucia –le espetó, apretando los dientes, y con fuerza estiró las manos hacia su cuello, el que sujetó con fuerza.

Si antes se estaba ahogando ahora era mucho peor, el aire la faltaba, le dolía la garganta. Intentaba con desesperación sacar las manos de su cuello, luchaba por liberarse, sin embargo, las fuerzas le fallaban, y los sonidos comenzaron a oírse lejanos.

Una de las últimas cosas que notó fue que por alguna razón no podía contenerse y se orinó encima, mientras pataleaba con atenuadas fuerzas. Se oyeron gritos, y después caía hacia el suelo, mientras la presión en su cuello disminuía y el aire volvía a ella y todo se volvía negro. Lo último que vio fue a la mujer enmascarada detrás de ella, tenía puesto un cinturón con un enorme falo en él, húmedo.

***

Cuando despertó estaba nuevamente en la habitación que había despertado. A su lado estaba Lorena, la miraba con preocupación, mientras le acariciaba el lado del rostro que no tenía hinchado. Le sonrió.

-¿Cómo te sentí? –le preguntó, su voz parecía cansada.

-Me duele todo… pero estoy bien.

-Sí… cuando llegaste… lo primero pensé en que mi día había sido bueno. Esos culiaos… ¿cómo podí decir que estai bien?

-Perdona… yo… es que no quiero dar pena.

-No seai tonta. No das pena, todas estamos en la misma situación, a todas nos tocan días malos y días horribles, como el tuyo. Y pa’más te dejaron acá inconsciente, llena de…

Lorena puso cara de asco.

-No importa, estuve inconsciente, asique lo que me hayan hecho en ese rato no me acuerdo… aunque ahora me duele, me arde.

-Al menos…

Sin embargo, Samanta creía saber parte de lo que le habían hecho, además de seguirla violando mientras estaba inconsciente. Su pelo olía a orina, y estaba levemente tieso.

Se sentó en el borde de la cama junto a Lorena con dificultad, sintió un líquido salir de su ano, haciéndole doler.

-Gracias, Lorena.

-¿Por qué lo dices?

-Bueno… después de hoy, lo primero que esperaba era terminar hedionda a… bueno, a todo… pero me lavaste, ¿cierto?

-Ah, obvio. Apestabas… y sangrabas.


-Gracias.

-Si no nos apoyamos entre nosotras… tu cachai.

-Sí.

Ambas se sonrieron, y terminaron abrazándose. Pocos minutos después estaban durmiendo en la cama, profundamente. El segundo día había acabado.



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