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Cautiverio: día 1

Lo primero que sintió Samanta al despertar fue el sabor de la sangre mezclada con polvo en la boca. Estaba de boca al suelo, pero no recordaba cómo había llegado ahí. Lo último que recordaba es que había ido al cine con tres amigos: Lorena, Ximena y Cristóbal. Estos últimos eran pareja. Y luego… todo era borroso.
Lo segundo que sintió fue un dolor en la cara seguido de una sensación de hinchazón en su mejilla. Intentó decir algo, pero las palabras solo se transformaron en leves balbuceos sin sentido y unos cuantos quejidos, no pudo evitar que un hilo de saliva saliera de su boca. La consciencia volvía con lentitud a ella.
Lo tercero que sintió fue lo peor, y lo que le hizo entender un poco más lo que ocurría. Cuando intentó levantarse sintió el cuerpo muy pesado, algo ejercía una fuerza opresora sobre ella. Y no solo eso, aquello que la oprimía se movía bruscamente sobre su cuerpo, le hacía daño. Cuando se intentó apoyar en el suelo con sus brazos, unas manos grandes y pesadas la sujetaron y los llevaron nuevamente contra el suelo, y luego escuchó un leve susurro que sonó agitado. No lo pudo entenderlo.
Casi al instante otro dolor cobró vida en su cuerpo, uno mucho peor que el de su cara, mucho más desesperante y profundo. En su entrepierna algo ardía, como si le enterraran un fierro al rojo vivo. Todo estaba mal, muy mal, alguien le estaba haciendo daño y ella no podía hacer nada. Sollozó al principio, pero cuando el enorme hombre que la tenía contra el suelo dejó de embestirla y la dejó libre ella lloraba silenciosamente.
Una vez libre inmediatamente lo que hizo fue llevarse una mano a su entrepierna y se comenzó a sobar, aunque el dolor no disminuía, intentaba entender lo que sucedía pero su adormilada mente aún no podía hilar todo lo que sentía. Se sorprendió al descubrir que sus pantalones estaban bajados hasta las rodillas, dejando expuesta la piel desnuda de sus muslos, nalgas… y su vagina, la fuente de su dolor. Al palparse esperaba encontrar algo enterrado, pues eso era lo que sentía ahí, ardiéndole aún, sin embargo, no encontró nada ahí. Todo parecía normal, excepto que al palparse aún más abajo encontró que la estrechez de su virginidad había sido rota, destrozada, y en su reemplazo había un pequeño agujero ardiente. Aquel hueco era la fuente del dolor, se tocó más, viendo que tan grave era, pero el dolor era intenso y muy profundo. Un líquido espeso y caliente salía desde dentro.

Lentamente se volteó, sintiendo un gran mareo. Pudo al fin notar lo terrorífico de la situación. Lo peor del lugar donde estaba era que no podía verlo, se encontraba en el centro de un círculo de luz que provenía del techo, todo lo demás eran sombras. En el círculo también estaba el hombre que había estado sobre ella.

Era gordo, de extremidades gruesas, “con razón no podía moverme”, pensó Samanta; y estaba desnudo, su pene semi-erecto goteaba. Eso fue lo que le hizo entender finalmente a Samanta, finalmente su mente empezaba a despertar, y deseó que no hubiese despertado jamás. Se miró la mano con la que había tocado su vagina y vio el líquido que salía de su interior y se escurría entre sus nalgas: blanco y rojo, semen y sangre.

Consciente de que había sido violada el miedo comenzó a apoderarse de ella, quiso arrancar, pero no podía pararse, por más que lo intentara. Un sudor frio cubría su cuerpo, sentía su ropa adherida a ella, empapada.

Otro hombre entró al círculo de luz, pero iba vestido de traje. Samanta lo miró, pero su rostro estaba cubierto en sombras.

-No te tratí de arrancar, te metimos tranquilizante, asique no vai a llegar a niun lado –dijo con malicia, pero tranquilamente-. Despertaste justo para tu debut, aunque aún te cueste despabilar, pero no importa.

Dejó de dirigirse a Samantha y se volteó hacia el hombre gordo, le dijo algo en voz baja y éste desapareció en las sombras.

-Es turno de nuestro siguiente invitado –dijo el hombre de traje en voz alta, como si se dirigiera a un público- Por favor, disfruten.

Recién entonces entendió, se encontraba en un escenario, y había personas mirándola. Por un momento pensó en pedir ayuda, sin embargo, todos ellos habían mirado cómo la penetraban en el suelo, sin hacer nada. ¿Qué podía hacer? Desesperadamente pensaba en algo mientras otro hombre aparecía en el círculo.
Era un hombre moreno, de unos 30 años, que vestía un buzo azul. Era todo lo contrario del anterior, era firme, se notaba su musculatura tensar su ropa. Llegó al lado de Samanta y habló para que solo ella escuchara.

-Pobrecita… teni la cara super hinchada –dijo acariciándole, lo que le produjo dolor y revivió el sabor a sangre en su boca-. Y lo peor es que te hicieron cagar tu chorito, voy a tener que tomarte por otro lado…

-No…. Pob favo… -balbuceó Samantha, quien había entendido a lo que se refería.
Pero lo único que recibió a cambio fue una bofetada que la dejó tendida en el suelo escupiendo sangre, sin embargo, no fue tan fuerte como para perder la consciencia.

El sudor empapaba la blusa que traía aún puesta, su entrepierna dolía y se sentía pegajosa y nunca dejaba de babear… Samanta se sentía asquerosa, muy sucia, pero su voluntad estaba doblegada.

Las fuertes manos del hombre tomaron sus piernas y jalaron de ella, dejándola de estómago sobre el suelo. Sin mucha sutileza le sacó las zapatillas y los pantalones, dejándola desnuda a medias. También recogió sus calzones y los olió.

-Hueles a puta, muy puta para haber sido virgen –le espetó, y sujetándole el cabello con una mano levantó su cabeza y le colocó sus calzones frente a su cara, y se los restregó una y otra vez, hasta que le obligó a abrir la boca y los metió ahí, entre sollozos y gritos-. Si los botas antes de que acabe te irá mal, perra.

Entonces la tomó de las caderas y se las levantó hasta dejarla con el culo levantado, dejando expuesto su culo, apretado y húmedo de sudor y del semen que había chorreado del tipo gordo.

Todo terminó más rápido de lo que pensaba, o eso le pareció. La penetración fue brutal, Samanta sintió como si la estuvieran partiendo cada vez que la penetraban, su ano se rasgaba cada vez más, el dolor era cada vez peor. Pero después de unas veinte embestidas el hombre le agarró las nalgas con tanta fuerza que las uñas quedaron marcadas y entre gemidos y llanto eyaculó dentro de ella por un buen rato.

Sacó su pene aún duro de su ano y la arrojó a un lado. Samanta lo miro desde abajo, adolorida y muerta de miedo, temblando como un perrito bajo la lluvia. Era imponente, muy musculoso, y con un gran pene, duro como la roca, apuntando a los cielos, por el cual un hilo de semen se escurría hasta sus testículos.
-Escupe tus calzones y límpiame el pico –ordenó el hombre-, y si intentai morderme hago que se pongan en fila 50 weones para que te hagan cagar. Agradece que después de eso terminai.

Llorando Samanta supo que tenía que obedecer, se imaginó a 50 hombres haciendo fila para violarla. Pero más que eso… había dicho que después de eso terminaba. Así fue que se acercó gateando, mientras el semen que estaba en su ano comenzaba a salir, sonando pegajosamente. Estaba hecha un desastre. Intentó arrodillarse para llegar hasta los genitales del hombre, pero las fuerzas le fallaban, y se mareaba al intentar levantarse. Pero quería acabar con todo eso de una vez, asique se afirmó en las fuertes piernas del hombre hasta que su boca alcanzó la altura de sus testículos.

Tenía asco, mucho asco, pero el hombre la miraba, y de alguna forma no le quedaba dignidad. Sacó su lengua y comenzó a lamer el semen que chorreaba por los testículo del hombre. Intentaba pensar en otra cosa, pero su mente adormilada solo le hacían repasar los últimos acontecimientos: ella tirada en el suelo mientras le rompían la vagina...

Comenzó a subir su lengua, lamiéndole la erección, dura y fuerte. Apenas podía con el calor que sentía, sudaba y sudaba, lo que le quedaba de ropa se le pegaba al cuerpo y le pesaba. Llegó hasta el glande del enorme pene que saboreaba, y justo en ese momento el hombre le agarró la cabeza y comenzó a meterle el pene en su boca, cada vez más profundo.

Las arcadas eran cada vez más fuerte, botando buenas cantidades de saliva, así como él le penetraba su garganta cada vez más profundo. La saliva escurría por su boca y la mojaba cada vez más, y sus lágrimas no paraban de brotar. La desesperación fue tanta que ella misma tiró de su camisa pegada a su cuerpo, sacando todos sus botones del tirón… pero así se sentía algo más fresca, y de todas formas, la humillación era tanta que solo quería terminar todo. La volvieron a penetrar la garganta fuertemente y se bañaba cada vez más en su propia saliva, chorreando hasta sus pechos y piernas.

Finalmente el hombre se detuvo y empujó con fuerza su cabeza hacia sí, alcanzando esa vez la penetración máxima. No la dejaba respirar mientras eyaculaba dentro de su garganta. Y cuando estuvo a punto de perder la consciencia él la empujó para que cayera de espalda, mientras tosía y tosía el semen, que salía desde su boca y narices.

En ese momento estuvo a punto de ahogarse en su vómito de fluidos perversos, sin embargo alguien la sujetó desde las axilas y ella terminó de vomitar fuera de su propia boca, terminando de empaparse.

Lo que sucedió ahí no lo recordó muy bien después, solo supo que le entregaron una toalla y la llevaron fuera del círculo de luz, sentándola en algún lado entre las sombras, adolorida pero al menos seca… excepto su vagina y su ano, que no dejaban de secretar líquidos desconocidos para ella.

Cuando empezó a quedarse dormida del cansancio físico y mental vio que en el círculo entraban tres personas, dos de ellos eran Cristóbal y Ximena, quienes al parecer se encontraban mejor que ellas, excepto por el miedo en su cara y su desnudez.

Samanta se quedó dormida unos instantes y lo que vio al abrir los ojos era a sus amigos teniendo relaciones sexuales, ella estaba en cuatro mientras gemía de dolor, y se volvió a quedar dormida. La siguiente vez que despertó todo era diferente, y peor. Cristóbal era ahora el que estaba en cuatro, mientras la tercera persona que estaba ahí lo penetraba, Ximena lloraba a un lado.

Así estuvo bastante rato, hasta que no despertó más, solo recordaba pocas cosas, pocas imágenes de sus amigos siendo obligados a hacer perversiones impensadas…

Y solo era la primera noche de su cautiverio.



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