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El fin de semana desvirgué al primo de mi n

Fin de semana. Mi novio y yo produjimos un falso artilugio para actuar traviesamente. Dijimos que estábamos supuestamente “aburridos”. Nuestras miradas producían la transferencia típica que aparentan ser el preludio de los poderes telepáticos que algún día, todos tendremos, pues sabíamos que el primo de Evant había comenzado a disfrutar de sus merecidas vacaciones, y que volvía a la ciudad.

¿Quién es ese primo? ¿Cuál era su mundo? Mariano es el típico joven inteligente, pero con una personalidad totalmente inocua, sin malicia aparente, compañero eterno de su madre. El creció con un manto de sobreprotección que lo cubrió desde pequeño, sin permitirle tener novia. La falta de seguridad con los temas amorosos le llevaron a un presente vacío de experiencias adultas, aun más, ausencia de situaciones que llevan a los adolescentes a experimentar todo tipo de sensaciones sensuales con el sexo opuesto. ¿Cuánto de las acciones de nuestros padres o madres afecta nuestro caminar por los senderos de nuestras propias vidas? En este caso la respuesta salta evidente. Esa superficial religiosidad que carga de doble moral nuestros pensamientos y acciones. ¿Qué se dice de un hombre que a sus 28 años no ha sentido el tacto de la feminidad sobre sí? Pues para Evant y para mí, era hora de ponerle fin a esa maldición.

Unos meses atrás, Evant, mi novio, tuvo una relevante conversación con un tío suyo, ¡Ah, hombres de la vieja escuela! Aquel señor sacó a luz su preocupación chovinista: ¿Hay la posibilidad de que Mariano sea homosexual? Por supuesto que la respuesta de Evant fue acompañada de una carcajada nadita disimulada, porque, ¿y qué demonios le incumbía si era ésta o aquella la preferencia sexual y emocional de Mariano? – ¿No será de llevarlo donde una putica para que lo haga hombre?- insistió el dichoso tío. Y aunque Evant entienda esas cosas fácilmente, así como hay que entender que para unos, María es la madre de quien la creó a ella, no hay que olvidar que son realidades simbólicas que por más ideológicas que sean, hacen parte de sus percepciones. Por eso mi novio no juzgó a su tío, sino que tomó de su sugerencia la idea, y ambos nos encargamos de adaptarla y conducirla sendero a mi centro.

Recuerdo que ya habíamos hablado de esto; aquella conversación ocurrió hace un par de meses, y la fantasía fue inmediata, pero por supuesto que fue salvada en la mente y allí quedó hibernando, latente hasta que las circunstancias de la vida saquen a flote los sucesos preferidos por nuestras mentes traviesillas, por los cuerpos curiosos, por pensamientos sin ataduras, por piernas entreabiertas y trasero dispuesto.
El fin de semana tenía aspecto de sugerencias escritas entre líneas. Evant estaba con ojos pensativos y abiertos, yo apenas despertaba con la sensación de haber tenido sueños eternos, pero que se habían fugado de mi memoria en cuanto salí al encuentro de la luz de un sábado soleado.

Saludé a mi dulce compañero con un: -¿Qué piensas mi amor?- y Evant me miró y sonrió. – ¿Recuerdas que hoy llega Mariano a la ciudad? –Sí, lo sé. ¿Y dónde se va a quedar?- Me imagino que llegará a la casa de algún tío. Luego yo pensé: Mariano aun en esas cortísimas vacaciones, ¿vendrá arrastrando a su mamá? Preguntándole a Evant sobre esa inquieta pequeñez, me respondió con un pesado: “¡Por supuesto que sí!”, y yo con indignación pensé: no hay remedio.

Entonces la pseudo-telepatía actuó, y nos combinamos con el plan que ya se había fraguado días atrás. Ya pensaríamos en algo para secuestrar a Mariano, ya se darían las cosas para que posiblemente la virginidad, o mejor dicho, la materna castidad impuesta sobre él, abandonara a nuestro amigo, que más valía tarde que nunca.
La mañana de ese sábado transcurrió a la manera habitual: algo rico para el desayuno, una televisión que hace de banda sonora de una película sin guion, comer mientras los dibujos animados tratan de hipnotizarnos para no sentir el sabor del pan; y luego, descansar por el enorme esfuerzo de hacer nada un sábado; después pensar si bañarse o no, y así, resignarse a no ser capaz de ducharse para volver a cobijarse bajo la cama aún deshecha, y seguir en búsqueda de algún sueño que no alcanzamos a tener.

Cuanta pereza, casi para sentirse drogado. Me desperté una que otra vez, y cuando miraba a Evant profundo, se me quitaba cualquier ánimo de saltar afuera para quitarme el sopor, entonces me hundía de nuevo en la almohada.

Cuando una sensación superyoica se había apoderado de mí, desperté finalmente con hambre, y la habitación estaba en penumbras. No creáis que sea la primera vez que pasamos un sábado así. Ya es casi un ritual, a quién le importa si está correcto o no, sólo esos resquicios de discurso paterno terminan por inquietar a esta amante del sueño, que si no fuera por ese ruido, sigo derecho y me pierdo de cosas que son mejores estando despierta.

Evant ya se había levantado, había salido a comprar provisiones para una noche esperada. Volvió con esas latas de cerveza, unos cigarrillos y condones. No dijimos mucho, sólo sonreímos cuales cómplices que van a robar un banco guardando desde antes el silencio.

Nuestra cama es pequeña, Evant parecía determinado a creer que todo se daría, estaba tan confiado que me transmitía aquella seguridad. Desarmamos la cama, pusimos el colchón en el piso, fuimos a la otra habitación y sacamos de su lugar el pequeño colchón que sirve para un huésped que dormiría a solas en otras circunstancias. Unimos los colchones y le pusimos muchos almohadones, además de unas cuantas cobijas; después nos sentamos un rato en silencio, pero con las mejillas sonrojadas y adoloridas por la sonrisa permanente a causa de lo que estábamos haciendo y pensando.

Evant tomó su móvil, buscó el número de Mariano y no llamó, sino que sorpresivamente ¡me pasó el aparato! -¡No! le dije, ¡no le llamaré yo! – ¡Claro que lo harás!- me replicó Evant decidido: - Entiéndelo, tú nunca le llamas, y exageró diciendo: ¡ni siquiera has intercambiado tres frases completas con él!; por esa razón, él ya sospechará, y esa sospecha es la que le sembrará la inquieta curiosidad que alimenta las acciones voluptuosas. Yo me quedé sin argumento, y sin decir nada más, llamé.

Tragué mis nervios y esperé a que contestara: Escuché un “aló” y en seguida hablé casi sin parar: “hola, soy Alicia, la novia de Evant. El me respondió con su usual tono excesivamente respetuoso: “Hola Alicia, ¿cómo estás?, ¿cómo está Evant?”. Se podía notar la inseguridad y la sorpresa en su voz. “¡Bien!, ¡todo está bien! Y tú… ¿qué me cuentas, qué haces?” – No, nada. Estoy en la ciudad, en unas mini vacaciones- Sí, lo sé. Es por eso que te llamamos, Evant y yo pensamos que podríamos hacer algo, no sé, tomarnos unas cervezas, y hablar… En eso llegó una respuesta que prácticamente la esperábamos. “Eh…no creo que pueda, estoy en la casa del tío Marco, y estoy con mi mamá.” En seguida vi en mi mente la imagen que se figuraba nítidamente, pues podía escuchar dos voces al fondo, una de una mujer mayor que con tono pesimista y cargado de obstinación, decía: “No Mariano, ¿cómo se va a ir? Es una falta de delicadeza dejar al tío sólo. No, no, no.” Mariano le respondía: “Es Evant, sólo es para hablar un rato”. La otra voz, que obviamente era la del tío Marco, con tono conciliador y cómplice total de Mariano decía: “¡Claro que no! Qué delicadeza ni qué nada, déjelo ir Carmen. Ya está grandecito como para estar pegado a la mamá”. Eso pareció haber cortado un poco esa tensa sensación de cordón umbilical que se filtraba por el teléfono móvil, Y Mariano con esa ingenuidad que lo caracteriza dijo: “… ¿Y hasta qué hora vamos a estar?” y yo le dije un poco dubitativa: “Toda la noche” y eso pareció derrumbar aún más la esperanza de que viniera, pues él, en modo de pregunta repitió lo que yo dije: “¿toda la noche?” Y la tía Carmen se agarró de esa frase como aferrándose de un salvavidas para no ahogarse con la sensación de separarse de su amado hijo. Sonará muy exagerado, pero si eso pensáis, es porque no conocéis la capacidad de apego que puede generar una madre por su retoño. “Pero el tío Marco estaba resuelto a salvar la situación; no alcancé a escuchar qué dijo exactamente, pero se alcanzaba a percibir un tono intermediario y dispuesto a permitir que Mariano escapara. Pero Mariano me habló, y sólo dijo: “Ya los llamo, y si puedo, voy”. Colgó el teléfono y yo pude percatarme de la verdadera situación, que hasta ahora solo había concebido de manera intelectual por lo que Evant me había contado de su primo. Nos quedamos allí, sentados en el colchón que habíamos preparado, con pocas esperanzas y desalentados.

Una película que habíamos visto estaba ya por la mitad en la televisión. Nos dejamos hipnotizar por la historia conocida y olvidamos por un momento el asunto. Yo me levanté y fui a por las cervezas, pero cuando Evant me vio, me dijo: No amor, esperemos. Yo le miré escéptica, pues la situación me había dejado atónita, habíamos dejado pasar una hora, y no había indicios de que aún se mantuviera la posibilidad. El caso era peor de lo que yo pensaba, la presión que ejercía la señora Carmen sobre Mariano era extrema, había condicionado a su hijo, ya mayor, a actuar como un crío. Y mientras deambulaba en cavilaciones el celular timbró: “Hola, ya voy en camino”

“! Ah ¡ ¡Lo sabía!” sólo eso acertó a decir Evant, pero era exactamente lo que había que decirse.
A la media hora sonó el timbre, Mariano estaba en la puerta. Yo salí a abrir, lo saludé y él saludó de vuelta, con esa expresión tímida que casi siempre está acompañada por un sonrojo. Saqué las palabras del cajón y comencé una conversación usual. Evant salió de la habitación y le dio un cálido abrazo a Mariano, que se quedaba con la mano extendida. Se preguntaron mutuamente sobre la salud de los parientes respectivos, y de ese tipo de plática ya habrán probado mis lectores en su cotidianidad.

Siguieron así como por una hora, hablando de todo un poco, de trivialidades y del trabajo de Mariano. Le ofrecí algo de comer al invitado, pero rechazó amablemente, asegurando que en la casa del tío Marco ya habían cenado. Y entonces, sin más reparo, Evant condujo a su primo a la habitación, con el colchón improvisado en el suelo, que daba una señal sugerente sobre lo que se intentaba hacer esa noche. Yo creo que hasta la persona más ingenua se habría dado cuenta de ello, pero hablando de Mariano, cualquier cosa se podía esperar. Evant lo invitó a sentarse y él fue a acomodarse en la parte norte del colchón. Yo estaba inquieta, nerviosa y llena de incertidumbre. Todo tenía un tinte de incomodidad y de duda. El escepticismo me embargaba, era la primera vez que teníamos a un hombre sentado en nuestra “cama”. Pero esa tensión sexual estaba muy disminuida, estaba presente, pero parecía estar escondida en algún rincón de esa habitación, como un gatito asustado que se niega a salir de debajo de el sofá. No soporté ese ambiente, por lo que ahora fui directamente a por las cervezas, las destapé sin preguntar y las repartí. Yo me tomé unos tragos en seguidilla que le hicieron bien a mis entrañas, mientras ellos apenas sorbían un pequeño bocado.

No sentí el transcurrir de los minutos, ni tampoco los matices de la conversación, que cuando pasó el tiempo, ya Evant había empezado a tocar temas sutilmente candentes, pues preguntó sobre si Mariano ya tenía novia, la respuesta, sin mucha sorpresa, fue un retraído “No, aún no”; y Evant endulzaba el entorno con esa charla psicoactiva que relaja las tensiones, que invita a disolver los prejuicios, que erotiza los sentidos, y Mariano cayó en los humos psicotrópicos de ese discurso embriagador. Evant decía: -Yo no ando ocultando mis deseos, si veo las tetas de una mujer hermosa, lo digo y lo acepto, y si veo a un hombre desnudo y bien parecido, que suda erotismo por sus músculos, también lo reconozco.- Mientras Evant hablaba de esto y aquello, Mariano asentía ya más tranquilo. Las latas de cerveza se iban vaciando en las gargantas y la conversación ya había confinado todo trozo de hielo. Claro que yo sólo escuchaba, Mariano hacía lo mismo por su parte y Evant seguía drogándonos con su divagación báquica.

Entre preguntas, respuestas y frases sueltas, Evant ya le había dicho algo de lo que se pretendía esa noche, aún con la sutileza que se requiere para no perturbar susceptibilidades. A lo que Mariano respondió: “Si lo supuse, pues desde que Alicia llamó, ya se me hizo raro”. También añadió: “además esto del colchón…y le dio risa nerviosa.”

El tiempo tenía poca importancia en esos momentos. Cuando me di cuenta, Evant dijo: “Entonces qué, ¿Vamos a dormir?” Y no me van a creer esto, pero Mariano asintió, y en seguida sacó de su morral ¡un pijama! Y continuadamente y deprisa se cambió allí mismo, vistiendo esas prendas que revelaban aún más de su persona. Y yo definitivamente volví a confirmar que estábamos ante un hombre niño, lo cual prendió en mí, pensamientos pervertidos.

Yo fui a ducharme, mientras ellos apagaron la luz, dejando la habitación con una única fuente luminosa, la de la televisión encendida. Duré sólo un par de minutos en la regadera, y vestí lo que previamente había preparado, una camisa blanco perla, que alcanza a cubrir mis nalgas, y debajo, unos cacheteros de encaje violeta que vuelven loco a Evant. Me vestí rápido y salí del baño. Tomé un par de bocanadas de aire, para calmarme un poco, pues los nervios habían subido de nuevo, alcanzando picos portentosos. Quería y no quería entrar a la habitación, siempre es difícil una primera vez, sea lo que sea que trate la cuestión. Tomé un respiro más y fui entrando a la habitación aparentando tranquilidad todo lo que pude. Y dije tontamente: “¿Qué hay de bueno en la tele muchachos?” Y Evant respondió: “Nada, están pasando kama-sutra, esa aburrida película que no pasan ni una teta”. Pero yo estaba allí, acercándome al colchón, con esa ropa reveladora que me tenía nerviosísima, sabiendo que me iba a meter justo en medio de los dos primos, en ese colchón armado apenas, que aún “remendado” y todo, aún era muy estrecho. ¡Dios! ¡Qué momento más difícil y al mismo tiempo atravesado con hilos traviesos!” Mariano por su parte, con su ingenua caballerosidad, trataba de no verme, si es que eso era posible con todas mis formas voluptuosas interponiéndose entre él y la pantalla de televisión, ¡yo pasando por encima de él, y metiéndome entre las cobijas, quedando todos apretujados! Yo dibujaba una sonrisa en mi rostro, tratando de ocultar mi nerviosismo, y Evant realmente tranquilo a mi derecha. Esa es la estampa que quedó allí, por un momento de dos minutos eternos, en los que nada se dijo, sólo nosotros tres viendo esa película en la que no pasan las tetas suficientes que los hombres quisieran ver.
Evant, sintiendo esa obvia tensión, mintió: ¡No! ¡Qué película más mala! Amor, busca algo más, a ver si hay algo realmente bueno. Mariano sólo accedía a pronunciar nerviosas risitas, y yo tomando el control remoto de las manos de Evant, empecé a cambiar canales sin saber en dónde parar, haciendo todo esto automáticamente, hasta que encontré la típica película “softporn” de sábado por la noche. Evant por reacción en seguida dijo: ¡Eso! ¡Déjalo ahí! Y nos quedamos otra vez, viendo sin ver la televisión, viendo como la chica de la película hace acrobacias para que no se vea en pantalla su pubis. Alguno de nosotros tenía que derretir esa tensa situación que se había apoderado de esa habitación. Con tres cuerpos rosándose sin intensión bajo las cobijas, yo apretujada allí justo en medio, entre mi novio y su primo virgen a los 28.

Evant salió al res**te. No sé cuanto tiempo había estado planeando esa estrategia, que me salvó de ese momento inquietante. Esa frase, y la idea detrás de ella, cortaron el nudo gordiano que se había formado. Evant dijo: Alicia, tú estás mil veces más buena que esas mujeres. – ¡Qué va!- le dije, y Evant buscó sustentar su argumento: Sí, sino trae la laptop y enséñale a Mariano las fotos que te he tomado. Que él nos de su opinión. Y yo salí de entre las cobijas como un resorte, cuidé de no pisar las piernas de mis compañeros de colchón y fui a por la laptop que estaba en un compartimento cerca del televisor, me empine en las puntas de los pies para alcanzar el ordenador, aprovechando el momento fugaz para que al menos a contraluz, mis observadores pudieran ver algo de mis nalgas cubiertas por el cachetero de encaje. No sé si podían verme, pero yo me concentraba en imaginar que así era. Me sentía animada por ese ímpetu exhibicionista que ya comenzaba a poseer mis sentidos. Con la laptop cerrada, llevándola entre manos, esquivé extremidades, adivinando mis pasos, y metiéndome de nuevo en la “cama”, insertándome entre el angosto espacio. Prendí yo misma la laptop, y abrí la carpeta en la que estaban unas fotos que eran mis preferidas, en blanco y negro, bastante sugestivas. Evant me dio un ligero pellizco, pero me dejó hacer. “Mira Mariano, qué piensas”, pero él sólo se limitaba a ver y a decir muy quedamente: “están bonitas”, como si por cortesía, resaltara la belleza de la fotografía, y no la de la modelo. Evant entonces se adelantó y me pidió que le mostrara la carpeta oculta, y yo me llené de nerviosismo, pero me excitó la idea, ya que en ese momento sentí que el camino estaba llevándonos al punto del no retorno.
La carpeta oculta guardaba celosamente las fotos que Evant me había tomado en situaciones explicitas, enseñando las profundidades húmedas de mis hendiduras rosadas. Yo, apretando los pechos voluptuosos, y estaba también aquella foto que Evant me suplicó que me dejara tomar, en la que cumplí muy a regañadientes su fantasía básica de verme lamer yo misma mis pezones. Abrí la carpeta y sentí fuertes pulsaciones en mi pecho, sentí la vergüenza en lucha con el descaro, sentí tragos gruesos en la garganta, me sentí expuesta pero segura. Sentí el sabor del aperitivo intensificándose en mi cerebro.

No me atreví a ver la expresión de la cara de nuestro invitado, sólo me limité a ver con mis amigos esas fotos que eran mi reflejo, cargadas de mi esencia expuesta al flash de una cámara. Fotos pornográficas que carecían de la sutileza de la elegancia, pero que debieron estar volviendo loco a Mariano, quien permanecía con su mutismo, quizás esperando a que en cualquier momento todo perdería los estribos y los valores morales y religiosos largamente acariciados, pronto quedarían sepultados por “actos impuros”. Evant me dio un sutil empujón con el codo, nos miramos y entendí que ya era tiempo. Postergamos esto por tantos largos minutos, exhibiendo actitudes de cobardía, pero esas fotos me embriagaron de descaro y me lancé de un golpe a decirle a Mariano: “¿Te gustaría probar algo nuevo esta noche? No sé, hacer algo diferente, algo divertido” y Mariano, con la voz quebrada por los nervios sólo apuntó a decir: “Si, si, eh, bueno”. - ¡Ah!, ¡qué bueno!- le respondí, y Evant me apoyó diciendo: “¡Eso! No es bueno ser tan ordenado” Y yo me zambullí en mi sensualidad.
No voy a mentir, no me metí en el personaje de una perra en celo. No, la situación no daba para eso. Mariano temblaba, y yo me sentí responsable sin dejar de sentirme erotizada. Le pregunté: -¿Qué es lo que más te gusta de una mujer? – “eh…, Las piernas”- respondió. ¿Quieres ponerme crema en ellas? Le sugerí, y él simplemente asintió con la cabeza. Fui a por el pote de crema humectante y de paso eché una mirada a mi Evant. Él había desaparecido, no literalmente, sino que estaba ausente, profundamente silencioso.

Yo me acerqué a Mariano, le pedí sus palmas y se las llené de crema, la habitación se llenó de ese perfume femenino, y mi invitado, temblando de inseguridad, me pasó sus manos acariciando mis rodillas, y subió muy tímidamente a mis muslos. Yo estiré completamente las piernas y me apoyé con las manos a los lados. Procuraba transmitirle la máxima comodidad que fuera posible. Dejé que él tomara su propio ritmo, y se notó una disminución en sus ataduras mentales, aceleró su ritmo y recorrió con más apropio la piel de mis piernas blancas; llegó hasta mis pies y los embadurnó de un poco más de crema, que él mismo pidió; se entretuvo con mis dedos unos largos segundos y luego se ensañó con las plantas de mis pies. Cuando ya me sentí suficientemente humectada, me puse de pie y para su estupefacción, me quité un poco deprisa el cachetero violeta, y me tendí en el colchón. Mariano entendió el paso a seguir, comenzó a tomar él mismo el pote de crema, y lubricó mis talones, subió lentamente a mis pantorrillas; segundos después llegó aun más “arriba” y abandonó su vergüenza un poco más cuando tiño de blanca crema mi trasero. Primero solamente por los costados de mi trasero, y luego se atrevió a alcanzar cada vez más la línea poco prohibida que queda entre mis nalgas. Mariano Parecía un niño con juguete nuevo, y yo me sentía perversa. Sentía que me alimentaba de esa falta de experiencia. Le dejé explorar, y cuando sentí el momento le dije: – ¿Quieres aplicarme crema en los pechos?- él asintió con la cabeza de nuevo acompañando ese gesto repetido con un “ajá”. Me quité la camisa, pero no iba a poner a prueba su inexperiencia. Así que yo misma desabroché mi sostén negro. Al fin miré su expresión, permanecía con la boca abierta, aunque estábamos solamente con la luz azul del televisor, pude ver que Mariano estaba sudando y con el rostro saturado de color por un sonrojo intenso. Acaricié mis voluminosos pechos un par de veces, como enseñándole los mimos que se deben dar, y me tendí sobre mis espaldas, presentándome como el plato fuerte de un banquete libidinal. Mariano no perdió tiempo, se mostraba animado, se untó de crema y se apresuró a masajear mis tetas, con un poco de adorable torpeza, que fue sublimando poco a poco. Mi veloz aprendiz se acoplaba rápidamente a mis formas voluptuosas.

El siguiente paso lo di yo misma, mi intuición sabe reconocer cuando continuar, cuando avanzar: me levanté, me acerqué a él y le quité la parte de arriba de su infantil y odiosa pijama. Le invité a que se levantara un poco y le bajé el pantalón con todo y ropa interior. En seguida, ¡me asombró el hecho de que no la tuviera dura!, pero en seguida comprendí que sus nervios habían edificado una gran fortaleza que ocultaba y reprimía sus impulsos sexuales. ¡Tantos años en ese infernal celibato beato! Le entendí y le invité a recostarse. Traté de intercambiar miradas con Evant. Quien seguía silencioso con la mirada posada en la televisión, con expresión tranquila, pero ausente. Sin embargo él sintió mi perplejidad, y comprendió. Así que se levantó y con un “Ya vuelvo” se fue, entró al baño y abrió la ducha.

Nos dejó solos. Sé que Evant consideró que lo mejor era crear un ambiente lo más intimo posible, para que Mariano se sintiera confiado, y para que ataduras fortalecidas por el tiempo , de pesados grilletes represores cedieran finalmente, dando libertad para que ese cuerpo dé vía libre a su naturaleza. Yo sería su maestra, yo a solas con el querido primo de mi Evant. Me subí a horcajadas sobre él. Su pene estaba aún flácido, los labios de mi vagina le besaron la verga suave y blanda, me moví muy suavemente, y entonces, como por un arte mágico, infundido por el cálido fluido que escurría mi vagina, fue a mojar su falo, que comenzó a cobrar lentamente la dureza que una mujer demanda. Seguí moviéndome hacia atrás y hacia delante, continuaba acariciándole su creciente erección con mi vulva húmeda; como para no permitirle que volviera a ceder. Yo le miraba el rostro, y él sólo miraba en dirección a ese rincón oscuro en donde ocurría la acción. Entonces con el paso de varios minutos, finalmente él dio una especie de brinco, ¡Un condón! dijo con tono preocupado; y yo sonreí en mis adentros, comprendí y no dudé en satisfacer su preocupada demanda. Confié en que Mariano no perdería su erección, me levanté y agarré uno de los preservativos que Evant había traído. Le pregunté si quería ponérselo él mismo, asintió y le dejé hacer. Se demoró un poco, pero la erección era constante, no iba a decaer. No se lo puso muy bien según sé, pero él lo ignoraba, así que le resté importancia y subí de nuevo en él.
Su pene se deslizó deprisa, abriendo suavemente las paredes de mi vagina. De manera un poco tosca y torpe me agarró de la cintura y empezó a tirar de mí. Intentando escurrirse dentro mío. Yo le veía con ternura y con una caliente perversión. Comencé a moverme rítmicamente, su verga ahora estaba muy vital, tenía un tamaño que me sorprendió después de haberlo visto marchito poco antes. Me estaba gustando mucho ese ángulo en el que entraba su verga. Daba golpes profundos en ese punto milagroso que vive dentro mio, no había dudas, mi futuro orgasmo estaba siendo precisamente estimulado para que se de muy pronto. Evant estaba tomando una ducha larga, haciendo tiempo para que Mariano disfrutara tranquilamente de su primera vez. Yo en tanto me incliné hacia el pecho de mi condiscípulo, le hundí el sonrojado y sudado rostro en medio de mis tetas; en seguida el buscó mis pezones y los chupó sin ninguna sutileza, me dolió un poco, pero le perdoné la natural falta de tacto. Chupó una y otra vez, buscó probar el sabor del otro pezón. Para mi sorpresa, las idas y venidas de su pene en mi ardiente vagina, llevaban un ritmo acelerado y duradero. Su verga se salió de mis entrañas un par de veces, pero yo con mi mano la devolvía de prisa en la cavidad viscosa y sedienta de mi vagina. Yo ya podía sentir mi orgasmo inminente. Le negué mis tetas al echarme hacia atrás, pues quería disfrutar del mejor ángulo para correrme cómodamente. Y arrecié en mis movimientos, aceleré mi vaivén y grité con los dientes apretados “¡Hijo de puta!!” ¡Y mi vagina se escurrió entre jadeos incesantes! “¡Ay! ¡Qué rico!” pronuncié. Y traté de atrapar oxigeno mientras seguía moviéndome para salvar pulsaciones deliciosas en mi coño lastimado por esos golpes intermitentes que continuaban arreciando dentro mío.

Entonces comencé a sentir una fuerte presión que lastimaba la piel de mis caderas. Mariano hundía sus dedos sin pensar en nada más que en su corrida, que estaba ya cerca por llegar. Me mantuve pasiva con respecto a esa presión aguda en la piel de entre mis caderas y la cintura, y le seguí alimentando la presión en su verga. Le apreté el pene con mis músculos vaginales y me moví deprisa. Él seguía metiendo sus dedos en mi piel, apretándome, sujetándome fuerte, y con ese golpeteo lento, una, dos, tres, cuatro veces sentí las duras convulsiones que avisaban que ya se había corrido finalmente, allí en ese impertinente condón mal puesto. Obviamente su semen se escurrió fuera del preservativo y manchó su pelvis, mis labios vaginales, y fue a parar a mis muslos. Y él preocupadamente volvió un poco en sí y se apresuró a limpiar. Me retiré comprendiendo su inquietud y traté de ayudarle a absorber el reguero con un poco de papel sanitario que tenía cerca en un cajón.
Evant ya había salido de su ducha inusualmente larga (risas) y entró con tanta naturalidad a la habitación. Mientras Mariano salía rápidamente dirigiéndose al baño, dispuesto a bañarse y tal vez a asimilar todo lo que había sucedido.

Evant no perdió tiempo déjenme decirles. Me condujo directo al colchón, me puso una almohada bajo las nalgas, y sabiendo que esta vez, y por obvias razones, no se necesitaba ningún juego previo, me penetró fuertemente poniendo mis pies en sus hombros. Él sabe que esa pose me duele, pues su pene entra muy profundo en mí. Pero no pareció importarle, casi me destroza con esas embestidas que se repetían muy deprisa, me lastimaban y me estimulaban; y tras cada penetrada, murmuraba, mientras yo jadeaba subiendo el volumen de voz tras cada clavada. Evant teniendo mis pies muy cerca de su rostro, buscó mis dedos y los chupó hambriento, me estremecí, me recorrió un escalofrío de gusto, y sin más miramientos, con un orgasmo eterno mojé el colchón y mojé a Evant que aún no parecía tener su propia corrida cerca. Me dio cinco o seis estocadas lentas y fuertes para que yo dejara fluir mis últimas pulsaciones orgásmicas, y sin esperar más, me condujo a que me subiera encima de él. Cuando me estaba acomodando, me dijo que así estaba bien, pero que me girara. Y así me hundió de nuevo esa verga que se levantaba venosa e inflada. Le fascinaba verme en esa posición. Quedaba mi culo justo en su campo deseado de visión. Y yo le alimentaba ese sentido plácidamente, agachándome sobre sus piernas. Me penetraba y sus manos quedaban libres para que juegue con mi hendidura anal. Sentía como me levantaba con sus idas y venidas. Estaba enloquecido penetrándome y yo no quería quejarme, me dejaba llevar y me sentí un poco abusada, un poco trastornada por violentos impulsos de ricura. Quería esos fluidos seminales refrescando la entrada de mi útero, pero Evant parecía no querer descargar su lechosa sustancia todavía. Se mojó un dedo con su saliva y con dos o tres intentos, penetró mi culo. Yo sé que él sabe que eso es un orgasmo seguro para mí; no hay lugar a dudas, me siento depravada cuando juegan con mi entrada trasera, me voy preparando para la secreción de mis jugos orgásmicos y con un par de estimulaciones más profundas, mi clímax anal, vaginal y clitoriano se funden en una sola explosión que recorre mis partes poco privadas y enviciadas, subiendo por mi pelvis, tomando los voltajes de mi ano, haciendo temblar mis nalgas, sube por mi columna, doy un alarido que intento reprimir, y digo ¡puta mierda! ¡Puta, puta, puta! Y me siento desmayar. Pero Evant no se queda quieto. ¡Maldito Evant! Ya se moría sudando, pero el imbécil seguía martillándome, como queriendo encontrar un pozo de petróleo. Dejó de insertar su pene, la sacó de mi vagina, permitiéndole a mi adolorido agujero liberar ese jugo que produzco cada vez que me vengo. Escurrí un poco, pero Evant me pidió que me pusiera en cuatro. Le obedecí sin decir nada, me agarró fuerte de las caderas, y sentí que estaba un tanto lastimada en esa piel, recordé los dedos de Mariano cuando se convulsionó viniéndose. Y Evant hizo lo propio, me penetró otra vez, apartando mis cabellos largos que cubrían mi espalda. Sé que le fascina la curvatura que conduce a mi culo levantado, y allí se ensañó dándome bofetadas en el trasero. Rebotando y rebotando, yo nada más podía emitir gemido corto tras cada topetazo. Me embistió minutos eternos que aún no bastaron para que se viniera llenándome, pero arreció en velocidad; entonces allí estaba, su orgasmo ya venía. ¡Lo necesitaba, yo necesitaba descansar ya! Pero sacó su verga, se acercó a mi cara y me la metió a la boca sin que casi yo me percatara de cuando ocurrió esto, y entonces me llenó la boca de su blanco semen que fluía con el ritmo de sus pulsaciones. Ese sabor extraño se escapó hacia dentro de mi garganta. No alcancé a evacuarlo fuera de mis labios. Resbaló caliente hacia dentro y yo me sentí embriagada y amada.


Si esperaban una escena pornográfica en la que dos hombres me penetraran al mismo tiempo por mis dos hendiduras, se llevarán una decepción. No fue el momento, y las circunstancias no daban para ello. Fue un maravilloso ritual de bienvenida al mundo de la pasión, que se celebró para Mariano, y que Evant y yo aprovechamos para terminar la fiesta en un candente compartir. La noche no terminó allí, pero temo extenderme demasiado y aburrir a mis lectores con una verborrea demasiado larga.
Sólo déjenme decirles que dormimos después de esa faena, pero unas horas después de sueño reavivaron a mis compañeros, y se desató otra tormenta. La mañana llegaría, y no alcanzaron los condones para mi invitado Mariano, que le tocó tragarse su preocupación y rociar los interiores de mi vagina con su semen recién estrenado en las profundidades de una mujer.


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