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Apuesta numero 1

Hace poco estuve recordando anécdotas, obviamente sexuales, para masturbarme mientras me duchaba… y recordé una que sucedió el año que entre a la universidad, que tiene que ver con una apuesta que perdí.

Después de mi año sabático, donde había trabajado y ahorrado un buen capital, yo ya me consideraba una mujer 100% bisexualmente activa. Ese año entré a estudiar diseño gráfico, carrera de la cual me salí después, pero hice buenos amigos ahí. Entre ellos Claudio, de mi anterior relato.

Pero hubo alguien más especial, una compañera que se volvió una amiga íntima, hasta el día de hoy. Solíamos hacer hartas apuestas sobre todo tipo de cosas, donde la perdedora tenía que comprar una cajetilla de cigarros para las dos, o pagar pasajes, o entradas a algún local, invitar a comer, etc. Nuestras apuestas normalmente iban sobre quien sacaba mejor nota en algún trabajo, si x persona se había comido con y, o sobre qué tan lejos habían llegado, tocarse, acostarse; sobre si alguien era gay, lesbiana, bi o hetero, etc. Ese era nuestro pasatiempo: las apuestas.

Pero nunca pasó de ser más que un juego inocente, aunque a medida que agarrábamos más confianza, la intimidad entre nosotras aumentó también. Las apuestas subieron un poco de tono también. En cierta ocasión me fui a quedar a su casa en viña una noche que la dejaron sola, y compramos un buen número de cervezas. Entonces apostamos: la primera que tuviese que ir al baño le haría un striptease a la otra. Fue completamente idea de ella, y estoy segura que nunca hubo ninguna intención lésbica en su apuesta, era algo más por diversión. Ella perdió, y entonces comenzó a seducirme mientras yo la miraba desde una silla, mientras se reía de la situación. Pero yo me excité, no pude evitarlo, y ya estaba tan borracha que desinhibida comencé a masturbarme. Ella se intimidó, pero estaba tan borracha también que no me detuvo ni se detuvo ella, al final terminó desnuda frente a mí, y yo teniendo un orgasmo. Al final nos reímos juntas de todo aquello, y nuestra amistad, aunque suene raro, se acentuó.

Pero este relato va sobre otra apuesta, mucho más excitante para mí, mucho más atrevida… Sucedió a finales de ese año, ya un poco entrado el verano.

Romina se llama mi amiga, y Romina es una mujer bastante reservada para sus relaciones sexuales, a diferencia mía. Sin embargo, nunca ha sido de fierro, que no se acostara con tantos hombres como yo no quiere decir que no fuese caliente, lo suyo es la autosatisfacción. Y siempre le ha gustado auto complacerse de distintas maneras, experimentar distintas sensaciones de placer, asique era una compradora habitual de juguetes sexuales. Me había mostrado su colección una vez, tenía más de 5 consoladores de distintas formas fálicas; y varios vibradores, muy elegantes algunos. Y sucedió que un día me preguntó si quería acompañarla a comprar uno nuevo, y yo obviamente acepté encantada.

Ese día yo llevaba puesto un vestido azul que me gustaba mucho, a pesar de su sencillez. No era un vestido ajusto, nunca me han gustado mucho esos, era más bien holgado a la altura de mis piernas, y lo suficientemente ajustado arriba para que mi figura se apreciara… en fin, me sentía sexy con él, ya que apretar mis pechos estos parecían más grandes y provocativos en el escote. Debido a los calores era un buen vestido: cómodo, fresco y sexy. Llevaba mis pies en unas sandalias solamente, algo que también encuentro sexy… los pies desnudos.

En el camino me habló sobre el modelo de vibrador que quería comprar. Lo había visto hace poco y le llamó la atención excesivamente. Era una especie de huevo vibrador con un control remoto, donde se puede regular la intensidad de la vibración. Me pareció un juguete perverso.

Por lo tanto, antes de llegar a la sexshop ya había maquinado una apuesta, perversa como el juguete, aunque no sabía aún en que podía consistir.

-¿Apostemos sobre algo atrevido? –le propuse finalmente, para que me ayudara a decidir la apuesta.

-¿Atrevido? –dijo ella, con sonrisa pícara- Suena interesante, ¿de qué trata?

-No sé sobre qué podríamos apostar… en eso espero que me ayudes, pero es esto: la perdedora estrenará tu nuevo juguete, desde la tienda hasta su respectiva casa.

Romina rio nerviosa y miró para otro lado, pensé que iba a rechazarlo, sin embargo, aceptó encantada. Y después de dar varias ideas sobre qué podríamos apostar la decisión final fue una idea de Romina: preguntarle a la mujer (pues ya sabíamos eso gracias a que Romina siempre venía a la misma tienda) que atiende su tendencia sexual. Y si ninguna adivinaba ya apostaríamos por otra cosa.

Ella dijo lesbiana. Yo aposté por la bisexualidad, me parecía consecuente con su trabajo, creí que el grado de liberalidad para eso calzaba.
Ella me prometió que no sabía nada sobre la mina que atendía, asique la apuesta era justa.

Llegamos al fin, y fui directo al grano. La caja registradora estaba justo a la derecha de la entrada, estaba atendiendo a una mujer mayor, bastante arreglada, lo cual me dio tiempo de admirarla… pues aunque no era la más linda de cara su cuerpo era exquisito. Y se veía muy bien su cuerpo, pues llevaba poca ropa, y lo entiendo… adentro hacía un calor infernal, a pesar de los ventiladores.

Quizá en esas tiendas siempre está todo caliente. Traía puesto un peto azul que guardaba sus pechos, que tenían un tamaño perfecto según yo, no eran grandes, pero tampoco pequeños… copa B seguramente… su peto dejaba ver todo su vientre, hermoso, sexy, su piel morena era atractiva. Tenía un piercing en el ombligo.

De hecho tenía varios piercings, en su labio, en su lengua, en su ceja y en sus orejas… y estaba segura que en sus pezones había uno, al menos. Y su short de mezclilla dejaba al aire sus piernas, algo flacas para mi gusto, pero piernas son piernas…

-Hola –me saludó cuando la señora ya se iba.

-Hola –respondí de vuelta, algo atontada.

-¿Te puedo ayudar en algo?

-Sí… es que con mi amiga tenemos una apuesta… ¿te puedo hacer una pregunta bien íntima?

Me miró curiosa, con una sonrisa algo insegura. Saludó a Romina, que estaba detrás de mí. Y entonces se relajó.

-Ya… dale. ¿De qué se trata?

-Humm… -titubeé- ¿Eres bi, lesbiana o hetero?

Se rio. Yo también me hubiese reído si alguien se me acerca y me pregunta eso.
-Soy lesbiana –dijo, y miró a Romina, sonrojándose.

Maldije, me gustaba ganarle. No es que lamentara un vibrador en mi vagina… aunque nunca había usado uno, pero quería yo tener el control sobre Romina, y gozar viendo sus expresiones.

Leslie, la mina que atendía, nos preguntó qué estaba en juego y saciamos su curiosidad. Le pareció genial la apuesta, entretenida. Me ofreció el baño si quería para introducirme el huevo, después de haberlo comprado y haberle colocado la batería.

Bajé mis calzones, con el huevo en mi mano. Era suave, muy suave, y tenía el tamaño perfecto. Me toqué un poco entre las piernas para abrir los labios vaginales y descubrí que estaba completamente lubricada, pero de todas formas me acaricié un poco y luego metí unos dedos… sentí escalofríos. Entonces lo metí, de a poco, cuidando dejar la cuerdita hacia fuera, para sacarlo con facilidad. Se sentía deliciosa la presión al entrar, me mojé más aún… y finalmente ahí se quedó, quieto dentro de mí, justo sobre mi punto G. Sentí más escalofríos.

Al caminar yo pensé que se iba a sentir incómodo, como un bulto entre las piernas, sin embargo, no lo notaba. Podía sentirlo dentro de mí, pero no era incómodo, tampoco agradable, solo lo sentía.

Romina estaba junto a la caja, esperando sonriente con el control remoto en la mano. Y la mina que nos atendió también sonreía, picarona… quizá nunca había tenido clientes así. Aún estaba caminando hacia ellas cuando Romina activó el vibrador. Como no me lo esperaba me sobresalté y me quedé quieta en el lugar, dejando salir un pequeño pero audible “oh”. Ellas se sonrieron y me sentí algo avergonzada, pero aun así podía disimularlo. No se sentía placentero todavía… no tanto.

-Se siente relajante… y rico –dije al llegar junto a ellas.

-Aún nos queda un buen camino –me respondió Romina, pícara, divertida.

Y así partimos de la tienda, con un huevo dando pequeñas vibraciones en mi interior. Noté que mina que nos atendió lamentaba un poco que nos fuésemos, pero no dijo nada. En cambio, estuve segura de que al despedirse de mí me miró de una forma extraña… algo hizo con su boca, que a pesar de no tener facciones tan bellas, me hicieron encontrarla sexy… miré sus pechos por última vez, pero ella lo notó, pues me seguía mirando. Sonrió, y salimos de la tienda.

Estuve un buen rato pensando en sus pechos, imaginando si tenía un piercing o no en algún pezón. Y de pronto la vibración paró. Descubrí lo sensible que estaba, sentía mis pezones durísimos.

-¿Por qué lo paraste?

-Aaaah –exclamó ella, triunfante- ¡asique quieres que siga!

Reí.

-Bueno, tu ganaste la apuesta… tu eres dueña del huevo… asique tu eres dueña de lo que suceda. Pero si quieres saber… sí, quiero que sigas po.

Y es obvio que quería eso, ¿no? ¿Quién no querría?

Ibamos caminando hacia la estación Miramar, conversando y ella de nuevo encendió el vibrador, pero esta vez en un nivel mayor. No pude evitar nuevamente dejar salir una exclamación, un suspiro sonoro, evidentemente de placer. Pues bueno, esa vez se sintió más rico… quise doblarme del placer, pero frené como pude ese instinto.

Romina me seguía conversando, pero me miraba constantemente sin dejar de sonreir pícaramente, para ir viendo mis reacciones, yo le respondía, manteniendo la compostura, a pesar de que el placer comenzaba a aumentar. Sentía palpitar a mi vagina, quería tocarme locamente, explotar. Fue desesperante el placer creciendo constantemente ante una estimulación que no cambiaba, era solo una leve caricia.

-Necesito sentarme –le dije a Romina de pronto, con la voz agitada.

-Aguanta hasta la estación.

-Perra.

Nos reímos de la situación, ella sabía hacerme sufrir, eso fue inesperado. Entramos a la estación y bajamos al subterráneo para esperar el metro, los asientos en esa estación estaban casi al final, en dirección a Limache. Romina había decidido acompañarme a mi casa. Al sentarme comprobé que estaba muy mojada, y a segundos de correrme.

-Ven –le pedí a Romina, indicándole que se sentara a mi lado. No había mucha gente, y nadie cerca, pero quería que estuviese a mi lado cuando me viniera, para ocultarme lo mejor posible. Ella se sentó y le dije:- voy… a terminar.
Apoyé mi cabeza en su hombro y con una mano estrujé su camisa. Junté mis piernas y sentí que me iba a correr, dejé salir un leve quejido y entonces… acabó. No, yo no acabé. Acabó el huevo, dejó de vibrar y mi excitación quedó en suspenso. Al principio no lo entendí, pero cuando miré a Romina, vi que ella se reía silenciosamente.

-No tan luego po –me dijo mientras yo, roja de placer y vergüenza me limpiaba el sudor de la frente.

-Eres una perra más cruel de lo que pensaba –le dije, odiándola, pero gozando esa crueldad.

Mi vagina palpitaba, la sensación de venirme en segundos no desapareció. No podía concentrarme en nada más. Pasaron unos 5 minutos y llegó el metro. Ya se había llenado un poco más de gente, asique cuando paró el tren, se acumuló un grupo de unas 10 personas además de Romina y yo en la puerta donde nos íbamos a subir.

Como estábamos antes, nosotras estábamos frente a la puerta, nosotras teníamos que presionar el botón para abrirla. Mis piernas temblaban por la excitación, sentía que mis pezones iban a explotar de lo duro que estaban, un sudor sexual humedecía mis piernas, mi espalda, y mi calzón, totalmente húmedo, se metía entre mis nalgas, muy pegado a la piel.

El botón se puso en verde, presioné el botón y la maldita desgraciada activó el vibrador, aún más intenso que antes. Di un paso dentro del tren y me doblé un poco, intentando no quebrarme. Eché un vistazo rápido a los asientos, pero no había ninguno desocupado, asique me apresuré en llegar hasta uno de los fierros y me apoyé en él fuertemente. Apreté mi mandíbula, contraje mis músculos y trate de no desfallecer, pues me corrí ahí mismo, muy intensamente, gracias a lo acumulada que iba. Quise gritar, quise revolcarme, pero tuve que contenerme.
Al terminar la vibración también cesó, tenía un ojo atento mi amiga. Entonces me fijé en el metro, había algunas miradas curiosas, estoy segura que mi aspecto no era el mejor.

-Pareces adolorida, tienes unas grandes ojeras…. ¿estás bien? –bromeó Romina.

-Sí, muy bien –dije yo, y era verdad.

Yo aún estaba algo afectada por el placer, y nunca en el viaje dejé de estarlo realmente, porque la desgraciada nunca apagó el vibrador, solo le bajó la intensidad lo suficiente para que yo no me volviera loca.

-Es bien bueno el juguete, parece –me comentaba en voz baja. Suspiré.

-Ni te imaginas… además en este lugar… es como morboso.

-¿En público? ¿Te gusta eso?

-Sí –admití, ruborizándome.

Ella no dijo nada pero sonrió para si misma. Algo planeaba.

-¿Estás lista? –soltó al fin.

-¿Qué, de nuevo? –Dije yo-, dudosa pero después de unos segundos tomé una decisión- Si… lista.

Entonces el huevo comenzó a vibrar, tal y como vibraba cuando me había corrido. Mi entrepierna comenzó a humedecerse aún más, entre sudor y líquidos sexuales, y mis calzones seguían adheridos a la piel de mi culo. Yo solo quería desnudarme de una vez y comenzar a tocarme ahí mismo, pero sabía que no podía.
Abrí un poco las piernas, para tener mejor equilibrio mientras el metro doblaba, sentí que mis muslos estaban algo pegajosos por el sudor. Me sentía sucia, pero no podía dejar de disfrutarlo. Sin querer mis caderas se movían levemente, como si intentara cabalgarme a alguien. Sentía cada vez más calor, comencé a sudar bastante.

Quedaba solo el último tramo, entre Peña Blanca y Limache, uno de los más largos, y se desocuparon mis asientos favoritos, los que son para dos personas, y el resto de la gente te da la espalda. Me senté ahí con Romina.

Fue mucho mejor, pues ahí podía mover más mis caderas sin ser notada. Romina me miraba con ojos curiosos, atentos.

Subió la intensidad. Inevitablemente mis ojos se fueron, se pusieron blancos y comencé a jadear, doblándome en el asiento.

Me acerqué de nuevo a Romina.

-Estoy por irme… por favor, acábame.

Ella con una mano acarició un poco mi rostro húmedo y con la otra me mostró el control, y subió al último nivel de intensidad.

Apreté mis mandíbulas nuevamente, muy fuerte. Era increíble lo rico que se sentía. Pero quería más, aún más. Ya no me importaba estar en público (aunque igual ahogara mis gritos), abrí mis piernas y levanté mi falda.
Romina no se esperaba eso para nada, pues dijo algo, intentó detenerme, pero no le hice caso. Ambas lo vimos, mi calzón estaba empapado de placer, y mis muslos húmedos de sudor. Ella miró a todos lados y me confirmó que nadie miraba, sabía que no me podía detener asique me ayudó… y me miró, aún más atenta.
Corrí mi calzón y dejé al aire mi palpitante zorrita, y sin rodeos llevé mis dedos a mi clítoris y comencé a acariciarme ferozmente.

Acabé en cosa de segundos, agaché mi cabeza y ahogué mis quejidos mordiéndome fuertemente el labio y cerrando mis ojos. Mis pies se levantaron del suelo con las contracciones, seguí tocándome por un buen rato, hasta que mi amiga me sacudió fuertemente porque la gente se comenzaba a parar y acercar, pues estábamos llegando a la estación.

Fue notorio, pues me bajé la falda rápidamente, más de alguno habrá intuido lo que hacía… pero me daba igual, ahora solo comenzaba a sentir paz.

Una vez en mi casa me saqué el huevo dentro de mí, chorreando varios hilos de placer que lo unían con mis labios vaginales. Esto lo hice frente a Romina, a quién no le importó, yo consideré estúpido fingir avergonzarme después de lo que habíamos vivido.

-¿Sabes qué fue lo mejor? –me preguntó ella.

-¿Qué? –dije yo, con falsa m*****ia.

-Cuando doblabas los deditos de tus pies al llegar.

Ni me había fijado, pero lo imaginé… y sí, era una imagen muy sexy.

-¿Y sabes qué es lo mejor? –Añadió, pero siguió antes de que yo preguntara- La Javi me supo llevar el juego.

-¿Javi?

-La Javi po –dijo riendo- La mina de la sexshop, la conozco de hace tiempo, siempre supe que era lesbiana.

Claro, todo tenía sentido.

-Algún día –dije yo- te voy a violar.

Ella rio fuertemente. Y finalmente dijo:

-Bueno.




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