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Mis primeras experiencias anales

Mis 18 fue mi año de sexo hetero. Luciano, que es el chico con el que mantuve relaciones sexuales por primera vez fue un gran amante, no me podía quejar por nada. Aún me masturbo a veces pensando en él, y en la forma en que me tocaba y me sostenía, y cómo me besaba, y cómo me penetraba… a veces tan salvajemente, a veces tan cariñoso.

Nuestro primer mes de relaciones no fue el mejor que tuve, lo admito, no lo disfruté mucho, excepto cuando le hacía sexo oral o el me lo hacía a mí, pero el sexo en sí no lo lograba disfrutar. Pero era solo cuestión de costumbre, pues progresivamente se comenzó a sentir más rico, hasta que un día finalmente me corrí de una manera única hasta ese entonces. Y desde esa vez que me corrí cada vez que lo hacíamos, me volví adicta a su pene, y al olor que quedaba en mí tras el sexo… olor a sudor, semen y mi propia humedad sexual.

Pero todo se terminó debido a que él se tuvo que ir de Limache, la ciudad donde aún vivo, para ir a vivir al sur, porque iba a estudiar allá, después de un año sabático. Aún hablamos, y aun cuando él viene a Limache me entrego a él, y él se entrega a mí, a pesar de saber que nos acostamos con otras personas, y especialmente a pesar de que él tiene una polola allá en el sur, que nada sabe de nosotros.

Pero al grano, bastante tiempo después de estar sola y gozar de mi mano, empecé a desear algo más intenso. Yo me declaraba una mina caliente y dispuesta a experiencias nuevas. Asi fue como, a través del porno, caí en la tentación del placer anal.

Al principio solo me lo acariciaba mientras me duchaba, era una sensación extraña, sensible, pero aún lejos de producirme placer. Asique comencé a acariciármelo mientras me masturbaba, después de haberme aseado bien. Me echaba en mi cama de costado y, levantando mi falda, con una mano estimulaba mi suave y húmeda vagina; y con la otra hurgaba entre mis cachetes, tocando el nudo que era mi ano, tan tenso y tan sensible. De esa forma lo comencé a encontrar cada vez más erótico y rico.

El siguiente paso, por supuesto fue comenzar a introducir mi dedo en aquel agujero que era la salida de mis deshechos. Masturbándome de la misma forma comencé de a poco a ejercer presión con mi dedo índice en mi ano. Tuve que relajarme un momento antes de que la tensión desapareciera un poco y éste dejase entrar a mi dedo. Solo lo había entrado un poco antes de que mis músculos se tensaran nuevamente. Era una sensación muy extraña… como un calor o un ardor dentro de mí. Seguí haciendo presión, dispuesta a llegar hasta donde pudiera resistir. Y no me dolió en ningún momento, solo existía esa sensación de ardor que era algo incómoda. Y esta sensación no hizo más que aumentar en cuanto, tras haber introducido todo mi dedo, lo comencé a sacar.

Seguí haciendo aquello durante un rato, esperando que comenzara a gustarme, pero nunca sentí placer real hasta que acompañé esa maniobra con una estimulación a mi clítoris. No sé muy bien cómo describirlo, pero el ardor que sentía en mi culo parecía expandirse a medida que sentía placer en mi vagina. Todo se sentía extraño, el placer en mi culo era mucho más lento que el que sentía al masturbarme. Tuve un orgasmo finalmente, y el dedo que tenía introducido se vio atrapado porque al apretar mis musculos durante el orgasmo este se vio atrapado. Cuando finalmente lo saqué la sensación de ardor persistía en mi ano, y dentro de él, era a la vez incómodo y a la vez erótico.
Seguí practicando aquello, pero antes de que pudiese llegar a sentir placer, conocí a un tipo en la fiesta de una amiga que logro hacerme caer en sus brazos por aquella noche. Era varios años mayor que yo, aunque no me importaba para nada, me había calentado y ahora tenía que terminar lo que empezó. Nos fuimos juntos de la fiesta en el auto que le había prestado su papá. Manejó directamente hacia el estero de Limache, donde solo hay un camino por donde pueden pasar los autos sin contar el puente principal.

Comenzamos a besarnos mientras yo acariciaba su erecto pene, notorio en su pantalón, totalmente duro, como si fuese a explotar ahí mismo. Esa noche yo no andaba con falda, asique el no podía tocarme ahí abajo, sin embargo, me agarraba las tetas con mucha firmeza, casi brutalidad. Esas manos eran fuertes y decididas, como nunca había sentido antes. De hecho, fue el segundo hombre con el que tuve sexo.

De pronto se me ocurrió una idea, aunque me daba miedo, porque sabía que me dolería. Pero decidí entregarle mi culo a él. Ni siquiera supe su nombre. A esas horas de la noche nadie pasaba por ahí, asique decidí también ir un poco más lejos y le dije que me lo hiciera sobre el capó de su auto. Recuerdo que el ni siquiera titubeó. Salió del auto, y le seguí. Estabamos al frente de su auto ya, y comenzó a besarme mientras me tocaba el poto con fuerza. Y luego me sacó la chaqueta con la que iba, dejándome solamente en polera. Hacía frío, pero pronto la calentura me lo haría olvidar. Me levantó la polera hasta dejarla sobre mis pechos, también desabrochó mi sostén y lo levantó.

La fuerza con la que agarró mis tetas al principio me dolió, pero todo lo que hacía, toda esa brutalidad, me mojaba. Definitivamente esa noche quería que me dominaran. Desabrochó mis bluejeans y me los bajó junto a mis calzones, metiendo inmediatamente su mano entre mis piernas, mojándose sus dedos al tocar mi palpitante vagina. Irremediablemente mis piernas se doblaron de placer mientras el me acariciaba ahí, pero duró poco pues pronto me soltó y comenzó a desabrocharse su pantalón.

-Mójamelo –me dijo.

Y yo sin responder me arrodillé obedientemente, y agarré su erecto pene para introducírmelo en la boca. Solo fueron unos pocos minutos que estuve chupándoselo, llenándolo con mi saliva cuando me dijo que me parara y le mostrara el culo. Entonces, llena de miedo y excitación me puse cómo siempre imaginé que estaría, y apoyando mis manos sobre el capó del auto abrí lo más que pude mis piernas y levanté mi trasero. De inmediato él me agarró el redondo culo con sus dos manos, apretándolo fuertemente, mientras yo no hacía mas que mojarme, estoy segura que mi vagina chorreaba. El placer se detuvo cuando sin previo aviso empezó a ejercer presión en mi ano. “Aquí viene”, pensé, y apreté los dientes, esperando lo peor. Escuché cómo escupió entre mis cachetes y después sentí de nuevo la presión ahí atrás. Se sentía muy grueso, y lo era.

Comenzó a entrar de a poco, luchando contra la presión que hacían mis musculos al sentir dolor, pues lo sentí. Yo no dije nada mientras me lo metía, solo lanzaba gritos ahogados de dolor. Además el ardor era mucho peor que antes.
Cuando lo hubo introducido entero yo lo supe, porque sentía todo su pene dentro de mí, haciendo presión. Aún estaba excitada, pero dolía, y esto empeoró cuando comenzó a embestirme, mientras apretaba mis pezones. Me quejaba de dolor, aunque parecían también de placer. Él no notó la diferencia al menos, o no les prestó atención, pues no disminuyó la frecuencia ni la fuerza de sus clavadas dentro de mí. Pronto no pude más, mis brazos flaquearon y caí de guata contra el capó, pero el jamás paró de penetrarme el culo.

Estuve a punto de pedir que parara de culearme cuando de pronto el ardor comenzó a expandirse por mi cuerpo como se expande un trago de alcohol fuerte. Y en ese instante que el dolor comenzaba a volverse placer… el acabó. Él no dijo nada pero lo noté por su respiración y porque dejó de penetrarme. Sí, definitivamente había acabado dentro de mi culo. Y no esperaba que sus fluidos salieran de mi ano hasta llegar a mi casa y limpiarme… pero cuando me paré del asiento de su auto cuando me fue a dejar sentí la humedad entre mis cachetes, y supe que todo se había derramado. Probablemente esto es algo que debía incomodarme… pero sentí morbo.

A él nunca más lo ví, pero él había abierto mi puerta trasera. Fue bruto y todo eso, pero al final igual fue para bien. Desde aquella noche empecé a culear con más gente, prestando mi ano de vez en cuando, hasta que comencé a sentir placer… hasta que a veces llegaba a un orgasmo solamente a través de estimulación anal.



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