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Amor al trabajo

Un cómplice no es fácil de encontrar, y Julia, al rechazarme se negaba a sí misma la posibilidad de ser feliz. Sólo conmigo, pensaba yo, ella podría ser ella, pues en una sociedad de machos pocos hombres soportarían que su compañera tenga sus mismos antojos sexuales, pero yo sí. Quizás por sentirme incluido en sus fantasías o el deseo de que los demás conozcan el origen de mi felicidad. Lo cierto era que extrañaba estar tenso ante sus inesperadas ocurrencias.
El nombre del bar en un lujoso hotel brilló en mi cel, el mensaje decía que si quería gozarla fingiera no conocerla y que la obedeciera en todo sin reclamos. Mi excitación duró todo el camino, y más.

Coctel en su mano. Ropa fina. Olor caro. Sonrisas e insistencias. Verdaderos desconocidos entre ella y yo. Su delgado brazo cruzó entre ellos y jaló mi corbata. “Mejor me voy contigo”. Algunos protestaron. “Y ellos?”, pregunté. “Si no se pelearan los complacería a todos, pero como son unos envidiosos no obtendrán nada, tú sí, porque se ve que quieres conmigo y no repelas”. El cambio de actitud fue notorio, hasta pidieron la master suite, cena y champaña. La seguíamos expectantes. Después de pararse en la cama como si fuera un escenario y de pedir que nos sentemos donde pudiéramos, nos modeló su vestido. Se lo levantaba de repente para mostrar sus largas piernas o lo ceñía para que resaltara la brevedad de su cintura y sus nalgas. Nos ordenaba que le dijéramos qué queríamos hacerle, que nos sacáramos la verga y nos masturbemos mientras ofrecía su show. Preguntó si queríamos verla sin ropa. Y apareció ella.
Bajó de su pedestal y se dejó manosear, a algunos le ponía las nalgas en la cara, a otros le acariciaba los huevos y a los más afortunados se los lamía. De repente se separó de nosotros y, en medio de la estancia se arrodilló poniendo su cara al piso. Nos ofreció su tafanario con todo descaro sicalíptico a fin de que uno por uno lo usáramos al antojo, siempre y cuando nuestro afán acabara sobre ella, lo extendía como si de crema para el cuerpo se tratara.
Otras veces, con ropa y olor a teibolera, recorría la entrepierna de obreros amontonados en los vagones del metro y se entregaba al desamparo de sus manos bruscas. No cobraba, sólo a mí, cuando quería sentirse una puta de verdad, y con ese dinero me invitaba a cenar —donde no cabía palabra indecente—, o compraba lencería o juguetes que satisficieran mis instintos voyeristas y su anhelo exhibicionista —donde cabían todas las palabras impositivas y humillantes que se me ocurrieran.
Pero algo me pasó. Empecé a salir con otras chicas y a cometer errores, quizás a propósito, para probar si ella resistiría lo mismo que yo, o tal vez era la sensación de que todo lo que habíamos hecho juntos había sido en función a ella, quizás inconscientemente quería castigarla por ello. Pero me salió el tiro por la culata:;.,_,…---————---+%/|*!”””””°°°°° °,° °’° ‘’’’´´´’’’’’’]¨¨*°“¨´”°*…* +++

Escuché por ahí que Julia ya tenía novio. En nuestro juego yo podía soportar que se cogiera a cuanto desconocido se le antojara, pero nunca que me dejara por ellos. En esa agonía que produce la impotencia traté de aclarar mis pensamientos. Escribí:

“Para qué buscas en otros lo que tuvimos juntos? Regresemos”

Quería decírselo de frente, donde no me rehuyera, por fin se me ocurrió un lugar donde creí que no haría ninguna escena que me dejara en ridículo. Doblé la nota con el cuidado que procuran los japoneses con las cosas y, antes de ir a mis clases del diplomado, fui a su oficina, muy cerca de ahí.
La recepcionista dijo que Julia estaba ocupada, que regresara a la hora de salida. Le comuniqué que no necesitaría más de 10 minutos para entregarle algo. Que ella lo podría entregar, que yo prefería hacerlo personalmente. Que era imposible. Sin mostrar m*****ia dije que la esperaría. Que como yo quisiera.
Me senté con actitud de que la vida se acomoda a mí y no yo a ella, era martes, mi maestra del diplomado no pasaba lista. La recepcionista me veía nerviosa, como ocultando algo, era una mujer madura. Yo hojeaba una revista, llegaron dos hombres de traje, me dieron la espalda. Venían a la fiesta, yo lo escuché. La señorita les permitió pasar por una puerta que estaba junto al mostrador. Luego llegaron otros. También pasaron. Me dieron ganas de meterme a la fuerza, pero sólo me atreví a maltratarla con la mirada, ella fingía no darse cuenta. Entonces sonó el conmutador y contestó.
—…Sí, licenciado. Son todos. No puedo, licenciado,,, es que tenemos una visita... No, busca a Julia... Ya le dije, pero insiste... Sí, licenciado, como Ud. diga.
Colgó.
—La señorita Hurtado está en una junta, me informan que saldrá en unas cuatro horas, o cinco.
—Vengo a la fiesta —dije con toda seguridad, mientras le mandaba un SMS. No tenía intención de pasar e incomodarla, pero quizás así saldría. Entonces me arrodillaría ante ella.
—Señor, usted no está invitado —me miraba fijamente y yo a ella, le dije que la esperaría hasta que Julia saliera y fingí leer.
Por fin desapareció tras la puerta dejando un zumbido apenas perceptible. Pasaron unos minutos. Yo seguía fingiendo que leía, pero el zumbido era inquietante. Me acerqué al mostrador para indagar su procedencia. Parecía emanar de la silla giratoria, mi mano confirmó que la protuberancia acojinada del asiento vibraba. Junté y separé varias veces mis dedos en el intento de reconocer la consistencia de la humedad. Los llevé a mi nariz… entonces vi sobre el escritorio un pequeño calendario de mesa, el segundo martes del mes decía: “entrega de objetos”. Era una fiesta de intercambio de regalos. Supuse.
Julia no respondía mi recado. Tal vez sí estaba ocupada, tal vez la esposa del vigilante, quien debía tener algo contra mí, se había entrometido de nuevo. Hubiera sido más sensato esperarla a la salida. Pero ya estaba en esto. Por una repentina ocurrencia crucé la puerta con el sobre en la mano, al fin y al cabo traía un objeto para ella.
Se oía música guapachosa. “Bienvenido”, me decía un letrero, no leí una larga lista de instrucciones, a quién se le ocurre escribir algo tan largo en México, excepto las letras más grandes que decían: Tome dos. Una flecha señalaba una bombonera con preservativos. No tomé ninguno, siempre traigo en el bolsillo. Una sospecha hizo que parte de mí se tensara. Pasé. Olía a perfume de mujer, y oculto en éste, el mismo aroma de mis dedos. La casa Art Deco adaptada a oficina coincidía con la descripción de Julia, el pequeño jardín entre ésta y la nueva construcción me parecía más bonito de lo imaginado. La escalera de lámina al fondo debía ser aquella que amplificaba el sonido de sus tacones y la oficina a mi derecha, aquella desde donde el patrón la espiaba. Ella se daba cuenta. Atravesé arriesgándome en el intento. Unos gemidos me hicieron voltear a donde yo no quería y descubrí a una mujer regordeta besando un señor canoso en un sillón de respaldo alto. La recepcionista arrodillada, con la falda levantada hasta a cintura saboreaba su pene, los pechos de ellas desbordaban las manos masculinas. Aceleré el paso. Por suerte no me vieron, pero estoy seguro que al menos uno de los que estaban en un rincón oculto por velos me vio pasar. Eran unas diez personas sobre tapetes y cojines mediorientales en una especie de Kama Sutra; las damas parecían edecanes; los hombres, que eran menos, funcionarios públicos. Julia no debía estar entre ellos, no se atrevería a eso en su trabajo. Subí procurando que el sonido de mis pies no los distrajera.
Varias chicas en hilera con las pantaletas abajo e inclinadas hacia unas computadoras, seleccionaban videos pornográficos, hombres se introducían en ellas y pronto cambiaban a la siguiente. Julia tampoco estaba allí, Mariana sí. Julia me decía que me iba a gustar antes de presentármela. En realidad, iba a continuar mi ascenso. Pero me vio.
—Hola!, ven! —me acerqué. Sus ojos, de miel, su piel, bronceada. Sujetó mi hombro al sentir que le abrían las nalgas, gimió, me dio un beso en los labios—, no sabía que tu oficina había sido invitada —Pregunté por Julia—. Está arriba, con nuestros compañeros, a ti te tocaría con nosotras, fórmate para que nos la metas.
—Me encantaría, pero vine verla.
—Por lo visto, hoy quiere revivir amores... —otro la penetró, sus pestañas parecían viudas negras copulando en una gota de miel, apretó mi brazo. Volvió a verme—. No te gustaría sentirme?
—Ahorita no, gracias.
—Pero estás más que dispuesto!!! —su mano hurgaba la tela de mi erección—, aprovecha!
—Gracias, en otro momento, con ella presente.
—Qué bueno que ya te perdonó! Desde el principio lo iba a hacer, pero no quería pasar como una tonta.
Asentí sin saber qué decir. Al menos sabía que obtendría el perdón. En eso, bajó alguien haciendo señas a otro alguien. Se pararon atrás de mí, evitando que oyeran las chicas.
—Oye, arriba hay una flaquita que no mames!, está bien buena! Me la chupó y no sabes qué delicia! Es la revelación. Vamos a ver si nos la cogemos
—Pues vamos!
Subí tras ellos. El salón era pequeño, lleno de hombres desnudos, y tres chicas. La “flaquita” era Julia, esplendorosa, con liguero y tacones altos; su trasero y la brevedad de su cintura eran de antología. Las otras dos, también eran delgadas, pero sin las curvas de “mi” Julia... Mis amigos murmuraban que qué le veía, sus ojos inexpertos no visualizaban los atributos que la ropa floja disimula y menos a la mujer oculta en la limpieza de su sonrisa y la inocencia de su cara. Tampoco sabían que al apretar sus senos de niña brotaba leche; que el hueco entre sus largas piernas al juntarse con las nalgas en forma de corazón, exponía los labios de una manera tan invitante que ningún macho resistía a restregarse entre ellos. Tal vez, pensé, por ese desconocimiento asignaron a mi Julia con sus compañeros de su oficina y a Mariana para los visitantes. Mi Julia. Que ya no era mía, o nunca lo había sido, sino de otros, o de nadie, montaba a alguien en el piso y otro penetraba su culo perfecto hecho para mí, y al parecer, para ellos también. Julia no gustaba de desperdiciar recursos, pues a la vez despachaba con ambas manos la fila de vergas y lamía la concha de una güera de pezones oscuros, a quien otro perforaba por detrás.
—Ayúdame con estos —dijo Julia inclinando las vergas entre sus dedos—, porque ahorita mi boca es para ti.
Los dos tipos se formaron en cada una de las filas que esperaban a Julia. Yo no sabía qué hacer. El que la perforaba por detrás había sido su compañero de carrera, era alto y fornido. Al de abajo no lo conocía, pero estaba más feo que yo. La otra mujer saltaba sobre alguien en un sillón, tenía pocos fans. Julia los acaparaba. No era momento para que mi exnovia se pusiera a recibir documentos, así que rápido encontré el método para darle oportunidad a que me perdonara. Me quité la ropa y toqué el hombro del que estaba en el ano de la güera, me cedió su puesto, en vez de entrar al hoyo dilatado, mi falo en su entrepierna alcanzó la lengua de Julia. Entonces la bendije en silencio. Insertó mi pene en la raja de la rubia, ésta zarandeó las vergas que agarraba. Mi Julia acariciaba mis testículos, luego lo volvió a lamer.
—Éste me gusta —dijo entre gemidos—. Amorcito, me dejas metérmelo? Sólo la puntita, sí?
Un “como quieras, pero después que terminemos” vino de abajo. Se lo tragó lentamente. Qué riiiiiiiiico!!! Masaje laríngeo. Sabía satisfacer hombres... por lo visto, también a las mujeres. Oí mis gemidos,,,, ella se detuvo.
—Qué haces aquí!! Quién te invitó?
—Y tú qué haces con todos estos...
—Lo que hago no es de tu incumbencia, no tienes nada que hacer aquí.
—Claro que sí, decirte que te amo, que quiero compartir mi vida contigo...
—Ya tengo a alguien que sí me trata bien —acarició la cara del tonto que montaba. Saludó.
—...Dejaría que probaras a otros hombres y mujeres, pero quédate conmigo.
—Jaja! Mira cómo estoy, hacen cola. Me ofreces lo que ya tengo. Es más, puedes formarte, verdad, amorcito? —el tonto asintió—. Pero mejor no, ya te has aprovechado de mí muchas veces.
—Nunca me aproveché de ti, gozábamos porque nos queríamos... Soy el hombre de tu vida...
Los dos debieron disfrutar las carcajadas de Julia.
—Me gusta que me hagas reír, pero no entiendes nada, crees que lo único que quiero es sexo? Todo lo que yo hice lo hice contigo. Nunca te pedí nada, pero esperaba honestidad de ti.
—Por eso vine a decirte que me arrepiento, hagamos todo juntos y empec…
—Qué parte de “NO” no entiendes? Ya es tarde, eres historia. Ahora sí entendiste?
—Si no te la vas a coger —dijo levantándose el que estaba en el piso—, vete a la verga y déjanos continuar!!!
—Que lo haga con otras, conmigo ya no!
La güera quiso revivirme, pero el responsable de mis erecciones, mi corazón, estaba roto.
Humillado, bajé las escaleras queriendo olvidarla……………… Necesitaba olvidarla.

—Hey! Ya te vas, tan rápido?
Mariana se acercó, puso la mano donde la había puesto antes y con una sonrisa maliciosa, dijo:
—Veo que te dejaron satisfecho!, yo quería que lo usaras con nosotras. Sabes?, mis compañeras te iban a dar el culo por obligación, pero yo iba a darte un trato especial...
—Te agradezco, pero debo irme.
—...Fui la única que no habló mal de ti cuando la chismosa de la portera le enseñó frente a todas nosotras y a Julia tu video.
—Ella cree que lo hice a propósito...
—Y tú cómo ibas a saber que una cámara te filmaba dándote esos besotes con tu amiga, hasta se antojaban... Además ya no eran novios cuando pasó,,, debieron disfrutar la reconciliación.
—Oye, me tengo que ir. —dije con ganas de llorar solo—,,, pero...
Intenté despedirme con un beso en su mejilla, besó la comisura de mis labios. No correspondí.
—No le besé el pito a nadie, eh?
Su mano sobre mi bragueta interrumpió mi sonrisa triste.
—Mira, está reviviendo! y si le damos respiración de boca a boca?
—Es que ya me voy,,, —bajó el cierre, mi pene saltó.
—Mmmm!, tenía muchas ganas de conocerlo! Está muy bonito!
Lo mojó cuidadosamente con la lengua mientras su mano subía y bajaba. La delicadeza de sus labios me rodeó. Me dejé. La miel de sus ojos se ofrecía a los míos. Luego nos besamos.
—Ahora cachondéame,,,, muerde mis pezones, ,,,,, suavecito,,, no te preocupes, me acabo de lavar con gel. Mmmmmm!, qué rico!! No se te antojaba?,,,… Quieres que te la chupe? siempre que Julia nos contaba lo que hacían, se me hacía agua la;;;;; mmmhh, me encanta chupaghla... te gugsta??.. Yo también podría ponerte un condón con la boca, eh? Julia tiene la culpahm,,, yagh vehs que síghh pueggdo?,,,…,,, ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,Voltéame,,,,…,,, mira cómo estoy, me entraría muy fácil, no crees?,,, recórrelos, así!,,, ábrelos. Con la lengua nooo!!!, si te sabe a látex no es mi culpa,,,,,,,,qué pasa? métela,,,, anda, métemela ya!! Aych!, así!!!.... Te gusta?, te gusta que mueva las nalgas? así!, más fuerte!..:;, Asssíiii!!!!
Terminé agradecido, pero con la persistencia de una pesadumbre. Vine a ver a Julia y acabé con su compañera. Antes de irme recordé que no le había dado la nota. Subí de nuevo.

Los que antes se movían frenéticos ahora yacían exhaustos. Las tres chicas hacían un “trenecito” al centro. La rubia metía y sacaba dos dedos en la panocha de la otra mujer, ésta chupaba la de Julia, y Julia lamía el semen que la rubia tenía en las nalgas.
—Ya terminaste??! —dijo al verme, sus dedos dirigieron la leche de no sé cuántos hombres a su sonrisa—. Te viniste de pensar que se la ibas a meter a una de mis compañeras, verdad???? Había olvidado que no duras nada.
El papel se arrugó en mis manos, no por sus palabras, sino porque al pronunciarlas descubrí en su sonrisa satisfacción al percibir que me hería. Algo se rompió, lo sentí muy claro, sabía que en cada oportunidad se vengaría de mí. Le deseé lo mejor. Se despidió con un beso amargo y una lengua desesperada. Si ella hubiera escrito esto, sería la historia de un triunfo, pero esta es la historia del vencido. Me tragué el sabor a semen como un permiso a su última burla que costeaba mi culpa. Era mejor que ella gananara la guerra que yo no iba a pelear.
Al bajar escuché a Mariana.
—Espero que la próxima vez que Julia organice otro evento así, yo sea el primero en usarte!
Al pasar por la recepción leí el papel antes de romperlo. Era yo, y no Julia, quién necesitaba encontrar esa complicidad perdida, no quería encontrarla en nadie más. :( Tomé una pluma del mostrador y reescribí en el papel maltratado:

“Buscaré en otras lo que tuvimos juntos, y no podré encontrarlo, ni en ti”

Lo firmé y, oliéndome los dedos, salí presuroso a ver a Claudia, mi maestra, quien amaba su trabajo y se enojaba si yo llegaba tarde. Tiré el papel junto a la puerta, por si la portera lo encontraba y le daba la nota que se convertiría en la historia de mi vida.


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