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EL ABRAZO

Ella no me conocía, más allá de las escuetas letras que le había dejado caligrafiadas en un pequeño papel, sujeto al parabrisas de su coche.

Yo no la conocía más allá de haberla visto en dos ocasiones, la primera de forma casual y que fue la que me inundó el estómago de nervios y el espíritu de un ansia que no me dejaba pensar. La segunda, ya con la mente nublada y dispuesto solamente a abrazarla en la oscuridad.

No podía pensar en nada que no fuera ella entre mis brazos, nada más obsceno ni fantasioso que cogerla por los hombros y acercarla a mí para luego rodearla y abrazarla, nada más.

Podía haber pensado en muchas perversiones y fantasías, encuentros morbosos y situaciones llenas de lujuria y sexo desbordado, pero nada de eso me motivaba para acercarme a ella, simplemente abrazarla.

No era amor, ni el deseo de un encuentro romántico a la luz del atardecer con una mujer relativamente madura y suficientemente joven, no era el deseo de una aventura entre susurros de promesas imposibles y futuribles dudosos, no.

Era algo visceral, sin nombre ni sonido. No había palabras en mi deseo de abrazarla ni continuación en la acción. Pero esa simple acción estaba para mi cargada de excitación y adrenalina, de forma que la imposibilidad de aguantar la tensión que crecía en mi me impulsó a dejar aquel papel manuscrito en el parabrisas del que suponía era su coche.

Supongo que era una manera muy vulgar y nada efectiva de darme a conocer, pero eso lo pensé luego de haberlo hecho y de que dejara escrito en un papel lo siguiente:

“Necesito abrazarte, nada más. Tú no me conoces de nada y yo tampoco. Mañana estaré a las 6 de la tarde a la terminal marítima, en el muelle del puerto”

A esa hora yo estaba efectivamente en el muelle del puerto de nuestra ciudad, frente al edificio de la terminal marítima y aunque solo había un pescador solitario, pensé que la mujer no sabría quien era yo. Ese pensamiento dejó paso a otro, cuando dieron las 6:30, y en el cual pensé lo ingenuo que era mientras miraba al mar en calma de la dársena.


Lo normal habría sido no percatarse siquiera de la existencia del papelito en el cristal del coche cuando me subí, pero me llamó la atención que no parecía propaganda y salí a cogerlo y tirarlo. No lo hice cuando me di cuenta que era manuscrito y empecé a leerlo, con sorpresa, susto y confusión ante lo que ponía.

Era una broma de mal gusto y se perdió por la ventanilla cuando lo lancé hecho una pelotita, pero justo antes de acostarme me vino a la cabeza, el tiempo justo para arrancarme una mueca amarga. Si era una broma era de mal gusto y además parecía que hundía el dedo en la llaga de mi insatisfacción, que removía el poso ya asentado de mi conformismo en la vida actual y eso no era bueno. Cuando estas decidida a no cambiar algo que no te gusta, las sorpresitas y bromitas de mal gusto no son bien recibidas.

El papel paso a segundo plano, mientras las imágenes de mi vida circulaban por delante de mí, recordándome que, aunque todos mi allegados, incluido mi marido y mis hijos, pensaban que yo era estupenda y mi vida estaba plena, mi cabeza no pensaba lo mismo ni mucho menos y mis ojos le daban la razón.

Nada era pleno y nada era maravilloso. Todo funcionaba como un reloj, con los sobresaltos propios de una vida normal y acomodada, sin lujo pero sin penurias, sin celos ni envidias y sin pasión ni arrebatos, ni bueno ni malo y así hasta que todo terminara y mis probables nietos por venir dijeran que la abuelita era muy buena.

La amargura contenida y silenciada al menos me dejó algunas lágrimas, no muchas, como consuelo liberador y estas me acompañaron en el sueño que por fin pude conciliar.

Por eso digo que lo normal era que todo aquello no hubiera tenido mayor vida que la nada, historia más larga ni compleja que ninguna, pero sin embargo allí estaba yo, dentro de mi coche y mirando con la respiración difícil de los momentos jadeantes de la tensión. Con dolor de cabeza por los nervios y sin poder pensar con claridad.

No parecía un loco ni un pervertido, pero eso era lo de menos. No era él la cuestión, era yo y el por qué estaba allí, acudiendo rauda a una cita a la menor ocasión, escapándome del trabajo un poco antes y teniendo que mentir.

No eran ganas de follar con un extraño, ni de tener una aventura, eran ganas de nada, de escapar de todo y de cerrar los ojos al paso del tiempo. De poder volver atrás, pero de no perder nada de lo vivido, un lio tremendo que ni yo sabía plantearme con claridad.

Inmóvil en el coche, sin poder de decisión sobre mis piernas, vi como el único hombre que había en el muelle de pie y en actitud de espera, miraba su reloj y dando media vuelta se dirigía al aparcamiento, cerca de mi coche.

Nos miramos a través del cristal de mi coche, yo dentro y el fuera, sin movernos y sin hacer ningún movimiento. No era como en las películas, no era romántico ni sonaba música de fondo, solo nuestras miradas, neutras y algo perdidas.



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