LA HISTÓRIA DE MONTSE FERNANDEZ

Capitulo I
NACÍ, PERO COMO NO SABRÍA DECIR COMO, cuándo o dónde, y por lo tanto
debo permitirle al lector que acepte esta afirmación mía y que la crea si bien le parece. Otra
cosa es asimismo cierta: el hecho de mi nacimiento no es ni siquiera un átomo menos
cierto que la veracidad de estas memorias, y si el estudiante inteligente que profundice en
estas s se pregunta cómo sucedió que en el transcurso de mi paso por la vida
—o tal vez hubiera debido decir mi brinco por ella— estuve dotada de inteligencia,
dotes de observación y poderes retentivos de memoria que me permitieron conservar el
recuerdo de los maravillosos hechos y descubrimientos que voy a relatar, únicamente
podré contestarle que hay inteligencias insospechadas por el vulgo, y leyes naturales cuya
existencia no ha podido ser descubierta todavía por los más avanzados científicos del
mundo.
Oí decir en alguna parte que mi destino era pasarme la vida chupando sangre. En
modo alguno soy el más insignificante de los seres que pertenecen a esta fraternidad
universal, y si llevo una existencia precaria en los cuerpos de aquellos con quienes entro en
contacto, mi propia experiencia demuestra que lo hago de una manera notablemente
peculiar, ya que hago una advertencia de mi ocupación que raramente ofrecen otros seres
de otros grados en mi misma profesión. Pero mi creencia es que persigo objetivos más
nobles que el de la simple sustentación de mi ser por medio de las contribuciones de los
incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mio, y con un alma que está muy por
encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando alturas de
percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo de la
grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al
describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto,
cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en
que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo
que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me
llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la
verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora
como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general
inexistente.
Estaba entregado a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una
jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como
el aroma de su... pero estoy divagando.
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Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas
atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es
natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el
momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Montse Fernández,
bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que
también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Montse Fernández era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su
juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que
placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave
como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Montse Fernández sabía, desde luego,
cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera
hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya
más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros
se volvieron a mirar a la linda Montse Fernández, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras
de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones
masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de
todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré
que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba
una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la otra con el fin de desatarse las
elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una
de otra sus rollizas pantorrillas, Montse Fernández se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que
el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la
oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo
vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba
sus labios por entre las sombras.
De pronto Montse Fernández dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de
leerla también. los incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mio, y con un alma
que está muy por encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando
alturas de percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo
de la grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al
describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
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De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto,
cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en
que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo
que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me
llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la
verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora
como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general
inexistente.
Estaba entregado a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una
jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como
el aroma de su... pero estoy divagando.
Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas
atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es
natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el
momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Montse Fernández,
bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que
también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Montse Fernández era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su
juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que
placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave
como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Montse Fernández sabía, desde luego,
cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera
hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya
más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros
se volvieron a mirar a la linda Montse Fernández, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras
de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones
masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de
todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré
que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba
una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la otra con el fin de desatarse las
elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
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Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una
de otra sus rollizas pantorrillas, Montse Fernández se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que
el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la
oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo
vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba
sus labios por entre las sombras.
De pronto Montse Fernández dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de
leerla también.
“Esta noche, a las ocho, estaré en el antiguo lugar”. Eran las únicas palabras escritas
en el papel, pero al parecer tenían un particular interés para ella. puesto que se mantuvo en
la misma postura por algún tiempo en actitud pensativa.
Se había despertado mi curiosidad, y deseosa de saber más acerca de la interesante
joven, lo que me proporcionaba la agradable oportunidad de continuar en tan placentera
promiscuidad, me apresuré a permanecer tranquilamente oculta en un lugar recóndito y
cómodo, aunque algo húmedo, y no salí del mismo, con el fin de observar el desarrollo de
los acontecimientos, hasta que se aproximó la hora de la cita.
Montse Fernández se vistió con meticulosa atención, y se dispuso a trasladarse al jardín que
rodeaba la casa de campo donde moraba, fui con ella.
Al llegar al extremo de una larga y sombreada avenida la muchacha se sentó en una
banca rústica, y esperó la llegada de la persona con la que tenía que encontrarse.
No pasaron más de unos cuantos minutos antes de que se presentara el joven que por
la mañana se había puesto en comunicación con mi deliciosa amiguita.
Se entabló una conversación que, sí debo juzgar por la abstracción que en ella se
hacía de todo cuanto no se relacionara con ellos mismos, tenía un interés especial para
ambos.
Anochecía, y estábamos entre dos luces. Soplaba un airecillo caliente y confortable, y
la joven pareja se mantenía entrelazada en el banco, olvidados de todo lo que no fuera su
felicidad mutua.
—No sabes cuánto te quiero, Montse Fernández -murmuró el joven, sellando tiernamente su
declaración con un beso depositado sobre los labios que ella ofrecía.
—Sí, lo sé —contestó ella con aire inocente—. ¿No me lo estás diciendo
constantemente? Llegaré a cansarme de oír esa canción.
Montse Fernández agitaba inquietamente sus lindos pies, y se veía meditabunda.
—¿Cuándo me explicarás y enseñarás todas esas cosas divertidas de que me has
hablado? —preguntó ella por fin, dirigiéndole una mirada, para volver luego a clavar la
vista en el suelo.
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—Ahora —repuso el joven—. Ahora, querida Montse Fernández, que estamos a solas y libres de
interrupciones. ¿Sabes, Montse Fernández? Ya no somos unos chiquillos.
Montse Fernández asintió con un movimiento de cabeza.
—Bien; hay cosas que los niños no saben, y que los amantes no sólo deben conocer,
sino también practicar.
—¡Válgame Dios! —dijo ella, muy seria.
— Sí —continuó su compañero—. Hay entre los que se aman cosas secretas que los
hacen felices, y que son causa de la dicha de amar y ser amado.
—¡Dios mío! —exclamó Montse Fernández—. ¡Qué sentimental te has vuelto, Carlos! Todavía
recuerdo cuando me decías que el sentimentalismo no era más que una patraña.
—Así lo creía, hasta que me enamoré de ti —replicó el joven.
—¡Tonterías! —repuso Montse Fernández—. Pero sigamos adelante, y i cuéntame lo que me
tienes prometido.
—No te lo puedo decir si al mismo tiempo no te lo enseño
—contestó Carlos—. Los conocimientos sólo se aprenden observándolos en la
práctica.
—¡Anda, pues! ¡Sigue adelante y enséñame! —exclamó la muchacha, en cuya
brillante mirada y ardientes mejillas creí- descubrir que tenía perfecto conocimiento de la
clase de instrucción que demandaba.
En su impaciencia había un no sé qué cautivador. El joven cedió a este atractivo y,
cubriendo con su cuerpo el de la Montse Fernández damita, acercó sus labios a los de ella y la besó
embelesado.
Montse Fernández no opuso resistencia; por el contrario colaboró devolviendo las caricias de su
amado.
Entretanto la noche avanzaba; los árboles desaparecían tras. la oscuridad, y extendían
sus altas copas como para proteger a los jóvenes contra la luz que se desvanecía.
De pronto Carlos se deslizó a un lado de ella y efectuó un ligero movimiento. Sin
oposición de parte de Montse Fernández pasó su mano por debajo de las enaguas de la muchacha. No
satisfecho con el goce que le causó tener a su alcance sus medias de seda, intentó seguir
más arriba, y sus inquisitivos dedos entraron en contacto con las suaves y temblorosas
carnes de los muslos de la muchacha.
El ritmo de la respiración de Montse Fernández se apresuró ante este poco delicado ataque a sus
encantos. Estaba, empero, muy lejos de resistirse; indudablemente le placía el excitante
jugueteo.
-Tócalo -murmuró—. Te lo permito.
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Carlos no necesitaba otra invitación. En realidad se disponía a seguir adelante, y
captando en el acto el alcance del permiso, introdujo sus dedos más adentro.
La complaciente muchacha abrió sus muslos cuando él lo hizo, y de inmediato su
mano alcanzó los delicados labios rosados de su linda rendija.
Durante los diez minutos siguientes la pareja permaneció con los labios pegados,
olvidada de todo. Sólo su respiración denotaba la intensidad de las sensaciones que los
embargaba en aquella embriaguez de lascivia. Carlos sintió un delicado objeto que adquiría
rigidez bajo sus ágiles dedos, y que sobresalía de un modo que le era desconocido.
En aquel momento Montse Fernández cerró sus ojos, y dejando caer su cabeza hacia atrás se
estremeció ligeramente, al tiempo que su cuerpo devenía ligero y lánguido, y su cabeza
buscaba apoyo en el brazo de su amado.
—¡Oh, Carlos! —murmuró—. ¿Qué me estás haciendo? ¡Qué deliciosas sensaciones
me proporcionas!
El muchacho no permaneció ocioso, pero habiendo ya explorado todo lo que le
permitía la postura forzada en que se encontraba, se levantó, y comprendiendo la necesidad
de satisfacer la pasión que con sus actos había despertado, le rogó a su compañera que le
permitiera conducir su mano hacia un objeto querido, que le aseguró era capaz de
producirle mucho mayor placer que el que le habían proporcionado sus dedos.
Nada renuente, Montse Fernández se asió a un nuevo y delicioso objeto y, ya fuere porque
experimentaba la curiosidad que simulaba, o porque realmente se sentía transportada por
deseos recién nacidos, no pudo negarse a llevar de la sombra a la luz el erecto objeto de su
amigo.
Aquellos de mis lectores que se hayan encontrado en una situación similar, podrán
comprender rápidamente el calor puesto en empuñar la nueva adquisición, y la mirada de
bienvenida con que acogió su primera aparición en público.
Era la primera vez que Montse Fernández contemplaba un miembro masculino en plena
manifestación de poderío, y aunque no hubiera sido así, el que yo podía ver cómodamente
era de tamaño formidable. Lo que más le incitaba a profundizar en sus conocimientos era
la blancura del tronco y su roja cabeza, de la que se retiraba la suave piel cuando ella
ejercía presión.
Carlos estaba igualmente enternecido. Sus ojos brillaban y su mano seguía
recorriendo el juvenil tesoro del que había tomado posesión.
Mientras tanto los jugueteos de la manecita sobre el juvenil miembro con el que
había entrado en contacto habían producido los efectos que suelen observarse en
circunstancias semejantes en cualquier organismo sano y vigoroso, como el del caso que
nos ocupa.
Arrobado por la suave presión de la mano, los dulces y deliciosos apretones, y la
inexperiencia con que la jovencita tiraba hacia atrás los pliegues que cubrían la exuberante
fruta, para descubrir su roja cabeza encendida por el deseo, y con su diminuto orificio en
espera de la oportunidad de expeler su viscosa ofrenda, el joven estaba enloquecido de
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lujuria, y Montse Fernández era presa de nuevas y raras sensaciones que la arrastraban hacia un
torbellino de apasionada excitación que la hacía anhelar un desahogo todavía desconocido.
Con sus hermosos ojos entornados, entreabiertos sus húmedos labios, la piel caliente
y enardecida a causa de los desconocidos impulsos que se habían apoderado de su persona,
era víctima propicia para quienquiera que tuviese aquel momento la oportunidad. y
quisiera lograr sus favores y arrancarle su delicada rosa juvenil.
No obstante su juventud. Carlos no era tan ciego como para dejar escapar tan
brillante oportunidad. Además su pasión, ahora a su máximo, lo incitaba a seguir adelante,
desoyendo los consejos de prudencia que de otra manera hubiera escuchado.
Encontró palpitante y bien húmedo el centro que se agitaba bajo sus dedos;
contempló a la hermosa muchacha tendida en una invitación al deporte del amor, observó
sus hondos suspiros, que hacían subir y bajar sus senos, y las fuertes emociones sensuales
que daban vida a las radiantes formas de su joven compañera.
Las suaves y turgentes piernas de la muchacha estaban expuestas a las apasionadas
miradas del joven.
A medida que iba alzando cuidadosamente sus ropas íntimas, Carlos descubría los
secretos encantos de su adorable compañera, hasta que sus ojos en llamas se posaron en los
rollizos miembros rematados en las blancas caderas y el vientre palpitante.
Su ardiente mirada se posó entonces en el centro mismo de atracción, en la rosada
hendidura escondida al pie de un turgente monte de Venus, apenas sombreado por el más
suave de los vellos.
El cosquilleo que le había administrado, y las caricias dispensadas al objeto
codiciado, habían provocado el flujo de humedad que suele suceder a la excitación, y Montse Fernández
ofrecía una rendija que antojábase un durazno, bien rociado por el mejor y más dulce
lubricante que pueda ofrecer la naturaleza.
Carlos captó su oportunidad, y apartando suavemente la mano con que ella le asía el
miembro, se lanzó furiosamente, sobre la reclinada figura de ella.
Apresó con su brazo izquierdo su breve cintura; abrazó las mejillas de la muchacha
con su cálido aliento, y sus labios apretaron los de ella en un largo, apasionado y
apremiante beso. Tras de liberar a su mano izquierda, trató de juntar los cuerpos lo más
posible en aquellas partes que desempeñan el papel activo en el placer sensual,
esforzándose ansiosamente por completar la unión.
Montse Fernández sintió por primera vez en su vida el contacto mágico del órgano masculino con
los labios de su rosado orificio.
Tan pronto como percibió el ardiente contacto con la dura cabeza del miembro de
Carlos se estremeció perceptiblemente, y anticipándose a los placeres de los actos
venéreos, dejó escapar una abundante muestra de su susceptible naturaleza.
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Carlos estaba embelesado, y se esforzaba en buscar la máxima perfección en la
consumación del acto.
Pero la naturaleza, que tanto había influido en el desarrollo de las pasiones sexuales
de Montse Fernández, había dispuesto, que algo tenía que realizarse antes de que fuera cortado tan
fácilmente un capullo tan tempranero.
Ella era muy joven, inmadura —incluso en el sentido de estas visitas mensuales que
señalan el comienzo de la pubertad— y sus partes, aun cuando estaban llenas de
perfecciones y de frescura, estaban poco preparadas para la admisión de los miembros
masculinos, aun los tan moderados como el que, con su redonda cabeza intrusa, se luchaba
en aquel momento por buscar alojamiento en ellas.
En vano se esforzaba Carlos presionando con su excitado miembro hacia el interior
de las delicadas partes de la adorable muchachita.
Los rosados pliegues del estrecho orificio resistían todas las tentativas de penetración
en la mística gruta. En vano también la linda Montse Fernández, en aquellos momentos inflamada por
una excitación que rayaba en la furia, y semienloquecida por efecto del cosquilleo que ya
había resentido, secundaba por todos los medios los audaces esfuerzos de su joven amante.
La membrana era fuerte y resistía bravamente. Al fin, en un esfuerzo desesperado por
alcanzar el objetivo propuesto, el joven se hizo atrás por un momento, para lanzarse luego
con todas sus fuerzas hacia adelante, con lo que consiguió abrirse paso taladrando en la
obstrucción, y adelantar la cabeza y parte de su endurecido miembro en el sexo de la
muchacha que yacía bajo él.
Montse Fernández dejó escapar un pequeño grito al sentir forzada la puerta que conducía a sus
secretos encantos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para resistir el dolor con la
esperanza del alivio que parecía estar a punto de llegar.
Se ha dicho que ce n’est que le premier coup qui coute, pero cabe alegar que también
es perfectamente posible que quelquejois il cauto trops, como puede inferir el lector
conmigo en el caso presente.
Sin embargo y por muy extraño que pueda parecer, ninguno de nuestros amantes
tenía la menor idea al respecto, pues entregados por entero a las deliciosas sensaciones que
se habían apoderado de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos
que ambos sentían que iban a llevarlos a un éxtasis.
Todo el cuerpo de Montse Fernández se estremecía de delirante impaciencia, y de sus labios rojos
se escapaban cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregada en
cuerpo y alma a las delicias del coito. Sus contracciones musculares en el arma que en
aquellos momentos la tenía ya ensartada, el firme abrazo con que sujetaba el contorsionado
cuerpo del muchacho, la delicada estrechez de la húmeda funda, ajustada como un guante,
todo ello excitaba los sentidos de Carlos hasta la locura.
Hundió su instrumento hasta la raíz en el cuerpo de ella, hasta que los dos globos que
abastecían de masculinidad al campeón alcanzaron contacto con los firmes cachetes de las
nalgas de ella. No pudo avanzar más, y se entregó de lleno a recoger la cosecha de sus
esfuerzos.
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Pero Montse Fernández, insaciable en su pasión, tan pronto como vio realizada la completa unión
Que deseaba, entregándose al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le
proporcionaba, estaba demasiado excitada para interesarse o preocuparse por lo que
pudiera ocurrir después. Poseída por locos espasmos de lujuria, se apretujaba contra el
objeto de su placer y, acogiéndose a los brazos de su amado, con apagados quejidos de
intensa emoción extática y grititos de sorpresa y deleite, dejo escapar una copiosa emisión
que, en busca de salida, inundó los testículos de Carlos.
Tan pronto como el joven pudo comprobar el placer que le procuraba a la hermosa
Montse Fernández, y advirtió el flujo que tan profusamente había derramado sobre él, fue presa también
de un acceso de furia lujuriosa. Un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas.
Su instrumento se encontraba totalmente hundido en las entrañas de ella. Echándose hacia
atrás, extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza y volvió a hundirlo. Sintió un
cosquilleo crispante, enloquecedor. Apretó el abrazo que le mantenía unido a su joven
amante, y en el mismo instante en que otro grito de arrebatado placer se escapaba del
palpitante pecho de ella, sintió su propio jadeo sobre el seno de Montse Fernández, mientras derramaba
en el interior de su agradecida matriz un verdadero torrente de vigor juvenil.
Un apagado gemido de lujuria satisfecha escapó de los labios entreabiertos de Montse Fernández,
al sentir en su interior el derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de
la emisión le arrancó a Carlos un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido
con los ojos en blanco, como el acto final del drama sensual.
El grito fue la señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las
ramas de los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de pie
delante de los jóvenes amantes.
El horror heló la sangre de ambos.
Carlos, escabulléndose del que había sido su lúbrico y cálido refugio, y con un
esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió ante la aparición, como quien huye de una
espantosa serpiente.
Por su parte la gentil Montse Fernández, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se
cubrió el rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su
goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa del temor, se dispuso a esperar la tormenta
que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse, a ella con toda la presencia de ánimo de que
era capaz.
No se prolongó mucho su incertidumbre.
Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al jovencito
por el brazo, mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que pusiera orden en su
vestimenta.
—¡Muchacho imprudente! —murmuró entre dientes—. ¿Qué hiciste? ¿Hasta qué
extremos te ha arrastrado tu pasión loca y salvaje? ¿Cómo podrás enfrentarte a la ira de tu
ofendido padre? ¿Cómo apaciguarás su justo resentimiento cuando yo, en el ejercicio de mi
deber moral, le haga saber el daño causado por la mano de su único hijo?
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Cuando terminó de hablar, manteniendo a Carlos todavía sujeto por la muñeca, la luz
de la luna descubrió la figura de un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años,
bajo, gordo y más bien corpulento. Su rostro, francamente hermoso, resultaba todavía más
atractivo por efecto de un par de ojos brillantes que, negros como el azabache, lanzaban en
torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento. Vestía hábitos clericales, cuyo
sombrío aspecto y limpieza hacían resaltar todavía más sus notables proporciones
musculares y su sorprendente fisonomía, Carlos estaba confundido por completo, y se
sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el fiero intruso se volvió hacia su joven
compañera de goces libidinosos.
—En cuanto a ti, infeliz muchacha, sólo puedo expresarte mi máximo horror y mí
justa indignación. Olvidándote de los preceptos de nuestra santa madre iglesia, sin
importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso muchacho que pruebe la
fruta prohibida. ¿Qué te queda ahora? Escarnecida por tus amigos y arrojada del hogar de
tu tío, tendrás que asociarte con las bestias del campo, y. como Nabucodonosor, serás
eludida por los tuyos para evitar la contaminación, y tendrás que implorar por los caminos
del Señor un miserable sustento. ¡Ah, hija del pecado, criatura entregada a la lujuria y a
Satán! Yo te digo que...
El extraño había ido tan lejos en su amonestación a la infortunada muchacha, que
Montse Fernández, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió lágrimas y súplicas en
demanda de perdón para ella y para su joven amante,
—No digas más —siguió, al cabo. el fiero sacerdote—. No digas más. Las
confesiones no son válidas, y las humillaciones sólo añaden lodo a tu ofensa. Mi mente no
acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero si obedeciera los
dictados de mis actuales inclinaciones me encaminaría directamente hacia tus custodios
naturales para hacerlas saber de inmediato las infamias que por azar he descubierto.
—;Por piedad! ¡Compadeceos de mí! —suplicó Montse Fernández, cuyas lágrimas se deslizaban
por unas mejillas que hacía poco habían resplandecido de placer.
—¡Perdonadnos. padre! ¡Perdonadnos a los dos! Haremos cuanto esté en nuestras
manos como penitencia. Se dirán seis misas y muchos padrenuestros sufragados por
nosotros, Se emprenderá sin duda la peregrinación al sepulcro de San Engulfo, del que me
hablabais el otro día. Estoy dispuesto a cualquier sacrificio si perdonáis a mi querida Montse Fernández.
El sacerdote impuso silencio con un ademán. Después tomó la palabra, a veces en un
tono piadoso que contrastaba con sus maneras resueltas y su natural duro.
—¡Basta! —dijo—. Necesito tiempo. Necesito invocar la ayuda de la Virgen bendita,
que no conoce e] pecado, pero que, sin experimentar el placer carnal de la copulación de
los mortales, trajo al mundo al niño Jesús en el establo de Belén. Pasa a yerme mañana a la
sacristía, Montse Fernández. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es la voluntad divina con
respecto a tu pecado. En cuanto a ti, joven impetuoso, me reservo todo juicio y toda acción
hasta el día siguiente, en el que te espero a la misma hora.
Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes cuando el padre les
advirtió que debían marcharse ya.
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La noche hacía mucho que había caído, y se levantaba el relente.
—Entretanto, buenas noches, y que la paz sea con vosotros. Vuestro secreto está a
salvo conmigo hasta que nos volvamos a ver —dijo el padre antes de desaparecer.
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Capitulo II
CURIOSA POR SABER EL DESARROLLO DE UNA aventura en la que ya estaba
verdaderamente interesada, al propio tiempo que por la suerte de la gentil y amable Montse Fernández,
me sentí obligada a permanecer junto a ella, y por lo tanto tuve buen cuidado de no
m*****arla con mis atenciones, no fuera a despertar su resistencia y a desencadenar un
ataque a destiempo, en un momento en el que para el buen éxito de mis propósitos
necesitaba estar en el propio campo de operaciones de la joven.
No trataré de describiros el mal rato que pasó mi joven protegida en el intervalo
transcurrido desde el momento en que se produjo el enojoso descubrimiento del padre
confesor y la hora señalada por éste para visitarle en la sacristía, con el fin de decidir sobre
el sino de la infortunada Montse Fernández.
Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, la asustada muchacha se presentó ante
la puerta de aquélla y llamó.
La puerta se abrió y apareció el padre en el umbral.
A un signo del sacerdote Montse Fernández entró, permaneciendo de pie frente a la imponente
figura del santo varón.
Siguió un embarazoso silencio que se prolongó por algunos segundos. El padre
Ambrosio lo rompió al fin para decir:
—Has hecho bien en acudir tan puntualmente, hija mía. La estricta obediencia del
penitente es el primer signo espiritual que conduce al perdón divino.
Al oír aquellas bondadosas palabras Montse Fernández cobró aliento y pareció descargarse de un
peso que oprimía su corazón.
El padre Ambrosio siguió hablando, al tiempo que se sentaba sobre un largo cojín
que cubría una gran arca de roble.
—He pensado mucho en ti, y también rogado por cuenta tuya, hija mía. Durante
algún tiempo no encontré manera alguna de dejar a mi conciencia libre de culpa, salvo la
de acudir a tu protector natural para revelarle el espantoso secreto que involuntariamente
llegué a poseer.
Hizo una pausa, y Montse Fernández, que sabía muy bien el severo carácter de su tío, de quien
además dependía por completo, se echó a temblar al oír tales palabras.
Tomándola de la mano y atrayéndola de manera que tuvo que arrodillarse ante él,
mientras su mano derecha presionaba su bien torneado hombro, continuó el padre:
—Pero me dolía pensar en los espantosos resultados que hubieran seguido a tal
revelación, y pedí a la Virgen Santísima que me asistiera en tal tribulación. Ella me señaló
un camino que, al propio tiempo que sirve a las finalidades de la sagrada iglesia, evita las
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consecuencias que acarrearía el que el hecho llegase a conocimiento de tu tío. Sin
embargo, la primera condición necesaria para que podamos seguir este camino es la
obediencia absoluta.
Montse Fernández, aliviada de su angustia al oír que había un camino de salvación, prometió en el
acto obedecer ciegamente las órdenes de su padre espiritual.
La jovencita estaba arrodillada a sus pies. El padre Ambrosio inclinó su gran cabeza
sobre la postrada figura de ella. Un tinte de color enrojecía sus mejillas, y un fuego extraño
iluminaba sus ojos. Sus manos temblaban ligeramente cuando se apoyaron sobre los
hombros de su penitente, pero no perdió su compostura. Indudablemente su espíritu estaba
conturbado por el conflicto nacido de la necesidad de seguir adelante con el cumplimiento
estricto de su deber, y los tortuosos pasos con que pretendía evitar su cruel exposición.
El santo padre comenzó luego un largo sermón sobre la virtud de la obediencia, y de
la absoluta sumisión a las normas dictadas por el ministro de la santa iglesia.
Montse Fernández reiteró la seguridad de que seria muy paciente, y de que obedecería todo cuanto
se le ordenara.
Entretanto resultaba evidente para mí que el sacerdote era víctima de un espíritu
controlado pero rebelde, que a veces asomaba en su persona y se apoderaba totalmente de
ella, reflejándose en sus ojos centelleantes y sus apasionados y ardientes labios.
El padre Ambrosio atrajo más y más a su hermosa penitente, hasta que sus lindos
brazos descansaron sobre sus rodillas y su rostro se inclinó hacia abajo con piadosa
resignación, casi sumido entre sus manos.
—Y ahora, hija mía —siguió diciendo el santo varón— ha llegado el momento de
que te revele los medios que me han sido señalados por la Virgen bendita como los únicos
que me autorizan a absolverte de la ofensa. Hay espíritus a quienes se ha confiado el alivio
de aquellas pasiones y exigencias que la mayoría de los siervos de la iglesia tienen
prohibido confesar abiertamente, pero que sin duda necesitan satisfacer. Se encuentran
estos pocos elegidos entre aquellos que ya han seguido el camino del desahogo carnal. A
ellos se les confiere el solemne y sagrado deber de atenuar los deseos terrenales de nuestra
comunidad religiosa, dentro del más estricto secreto.
Con voz temblorosa por la emoción, y al tiempo que sus amplias manos descendían
de los hombros de la muchacha hasta su cintura, el padre susurró:
—Para ti, que ya probaste el supremo placer de la copulación, está indicado el
recurso a este sagrado oficio. De esta manera no sólo te será borrado y perdonado el
pecado cometido, sino que se te permitirá disfrutar legítimamente de esos deliciosos
éxtasis, de esas insuperables sensaciones de dicha arrobadora que en todo momento
encontrarás en los brazos de sus fieles servidores. Nadarás en un mar de placeres sensuales,
sin incurrir en las penalidades resultantes de los amores ilícitos. La absolución seguirá a
cada uno de los abandonos de tu dulce cuerpo para recompensar a la iglesia a través de sus
ministros, y serás premiada y sostenida en tu piadosa labor por la contemplación —o mejor
dicho, Montse Fernández, por la participación en ellas— de las intensas y fervientes emociones que el
delicioso disfrute de tu hermosa persona tiene que provocar.
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Montse Fernández oyó la insidiosa proposición con sentimientos mezclados de sorpresa y placer.
Los poderosos y lascivos impulsos de su ardiente naturaleza despertaron en el acto
ante la descripción ofrecida a su fértil imaginación. ¿Cómo dudar?
El piadoso sacerdote acercó su complaciente cuerpo hacia ella, y estampó un largo y
cálido beso en sus rosados labios.
—Madre Santa —murmuró Montse Fernández, sintiendo cada vez más excitados sus instintos
sexuales—. ¡Es demasiado para que pueda soportarlo! Yo quisiera... me pregunto... ¡no sé
qué decir!
—Inocente y dulce criatura. Es misión mía la de instruirte. En mi persona encontrarás
el mejor y más apto preceptor para la realización dc los ejercicios que de hoy en adelante
tendrás que llevar a cabo.
El padre Ambrosio cambió de postura. En aquel momento Montse Fernández advirtió por vez
primera su ardiente mirada de sensualidad, y casi le causó temor descubrirla.
También fue en aquel instante cuando se dio cuenta de la enorme protuberancia que
descollaba en la parte frontal de la sotana del padre santo.
El excitado sacerdote apenas se tomaba ya el trabajo de disimular su estado y sus
intenciones.
Tomando a la hermosa muchacha entre sus brazos la besó larga y apasionadamente.
Apretó el suave cuerpo de ella contra su voluminosa persona, y la atrajo fuertemente para
entrar en contacto cada vez más íntimo con su grácil figura.
Al cabo, consumido por la lujuria, perdió los estribos, y dejando a Montse Fernández parcialmente
en libertad, abrió el frente de su sotana y dejó expuesto a los atónitos ojos de su joven
penitente y sin el menor rubor, un miembro cuyas gigantescas proporciones, erección y
rigidez la dejaron completamente confundida.
Es imposible describir las sensaciones despertadas en Montse Fernández por el repentino
descubrimiento de aquel formidable instrumento.
Su mirada se fijó instantáneamente en él, al tiempo que el padre, advirtiendo ~su
asombro, pero descubriendo que en él no había mezcla alguna de alarma o de temor, lo
colocó tranquilamente entre sus manos. El entablar contacto con tan tremenda cosa se
apoderó de Montse Fernández un terrible estado de excitación.
Como quiera que hasta entonces no había visto más que el miembro de moderadas
proporciones de Carlos, tan notable fenómeno despertó rápidamente en ella la mayor de las
sensaciones lascivas, y asiendo el inmenso objeto lo mejor que pudo con sus manecitas se
acercó a él embargada por un deleite sensual verdaderamente extático.
—Santo Dios! ¡Esto es casi el cielo! —murmuró Montse Fernández—. ¡Oh, padre, quién hubiera
creído que iba yo a ser escogida para semejante dicha!
Esto era demasiado para el padre Ambrosio. Estaba encantado con la lujuria de su
linda penitente y por el éxito de su infame treta. (En efecto, él lo había planeado todo,
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puesto que facilitó la entrevista de los jóvenes, y con ella la oportunidad de que se
entregasen a sus ardorosos juegos, a escondidas de todos menos de él, que se agazapó
cerca del lugar de la cita para contemplar con centelleantes ojos el combate amoroso).
Levantándose rápidamente alzó el ligero cuerpo de la joven Montse Fernández, y colocándola
sobre el cojín en el que estuvo sentado él momentos antes levantó sus rollizas piernas y
separando lo más que pudo sus complacientes muslos, contempló por un instante la
deliciosa hendidura rosada que aparecía debajo del blanco vientre. Luego, sin decir
palabra, avanzó su rostro hacía ella, e introduciendo su impúdica lengua tan adentro como
pudo en la húmeda vaina dióse a succionar tan deliciosamente, que Montse Fernández, en un gran
éxtasis pasional, y sacudido su joven cuerpo por espasmódicas contracciones de placer,
eyaculó abundantemente, emisión que el santo padre engulló cual si fuera un flan.
Siguieron unos instantes de calma.
Montse Fernández reposaba sobre su espalda, con los brazos extendidos a ambos lados y la cabeza
caída hacia atrás, en actitud de delicioso agotamiento tras las violentas emociones provocas
por el lujurioso proceder del reverendo padre.
Su pecho se agitaba todavía bajo la violencia de sus transportes, y sus hermosos ojos
permanecían entornados en lánguido reposo.
El padre Ambrosio era de los contados hombres capaces de controlar sus instintos
pasionales en circunstancias como las presentes. Continuos hábitos de paciencia en espera
de alcanzar los objetos propuestos, el empleo de la tenacidad en todos sus actos, y la
cautela convencional propia de la orden a la que pertenecía, no se habían borrado por
completo no obstante su temperamento fogoso, y aunque de natural incompatible con la
vocación sacerdotal, y de deseos tan violentos que caían fuera de lo común, había
aprendido a controlar sus pasiones hasta la mortificación.
Ya es hora de que descorramos el velo que cubre el verdadero carácter de este
hombre. Lo hago respetuosamente, pero la verdad debe ser dicha.
El padre Ambrosio era la personificación viviente de la lujuria. Su mente estaba en
realidad entregada a satisfacerla, y sus fuertes instintos a****les, su ardiente y vigorosa
constitución, al igual que su indomable naturaleza, lo identificaban con la imagen física y
mental del sátiro de la antigüedad.
Pero Montse Fernández sólo lo conocía como el padre santo que no sólo le había perdonado su
grave delito, sino que le habla también abierto el camino por el que podía dirigirse, sin
pecado, a gozar de los placeres que tan firmemente tenía fijos en su juvenil imaginación.
El osado sacerdote, sumamente complacido por el éxito de una estratagema que había
puesto en sus manos lujuriosas una víctima y también por la extraordinaria sensualidad de
la naturaleza de la joven, y el evidente deleite con que se entregaba a la satisfacción de sus
deseos, se disponía en aquellos momentos a cosechar los frutos de su superchería, y
disfrutaba lo indecible con la idea de que iba a poseer todos los delicados encantos que
Montse Fernández podía ofrecerle para mitigar su espantosa lujuria.
Al fin era suya, y al tiempo que se retiraba de su cuerpo tembloroso, conservando
todavía en sus labios la muestra de la participación que había tenido en el placer
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experimentado por ella, su miembro, todavía hinchado y rígido, presentaba una cabeza
reluciente a causa de la presión de la sangre y el endurecimiento de los músculos.
Tan pronto como la joven Montse Fernández se hubo recuperado del ataque que acabamos de
describir, inferido por su confesor en las partes más sensibles de su persona, y alzó la
cabeza de la posición inclinada en que reposaba, sus ojos volvieron a tropezar con el gran
tronco que el padre mantenía impúdicamente expuesto.
Montse Fernández pudo ver el largo y grueso mástil blanco, y la mata de negros pelos rizados de
donde emergía, oscilando rígidamente hacia arriba, y la cabeza en forma de huevo que
sobresalía en el extremo, roja y desnuda, y que parecía invitar el contacto de su mano.
Contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo y carne, e incapaz de resistir la
tentación la tomó de nuevo entre sus manos.
La apretó, la estrujó, y deslizó hacia atrás los pliegues de piel que la cubrían para
observar la gran nuez que la coronaba. Maravillada, contempló el agujerito que aparecía en
su extremo, y tomándolo con ambas manos lo mantuvo, palpitante, junto a su cara.
—¡Oh. padre! ¡Qué cosa tan maravillosa! —exclamó—. ¡Qué grande! ¡ Por favor,
padre Ambrosio, decidme cómo debo proceder para aliviar a nuestros santos ministros
religiosos de esos sentimientos que según usted tanto los inquietan, y que hasta dolor les
causan!
El padre Ambrosio estaba demasiado excitado para poder contestar, pero tomando la
mano de ella con la suya le enseñó a la inocente muchacha cómo tenía que mover sus
dedos de atrás y adelante en su enorme objeto.
Su placer era intenso, y el de Montse Fernández no parecía ser menor.
Siguió frotando el miembro entre las suaves palmas de sus manos, mientras
contemplaba con aire inocente la cara de él. Después le preguntó en voz queda si ello le
proporcionaba gran placer, y si por lo tanto tenía qué seguir actuando tal como lo hacía.
Entretanto, el gran pene del padre Ambrosio engordaba y crecía todavía más por
efecto del excitante cosquilleo al que lo sometía la jovencita.
—Espera un momento. Si sigues frotándolo de esta manera me voy a venir —dijo por
lo bajo—. Será mejor retardarlo todavía un poco.
—¿Se vendrá, padrecito? —inquirió Montse Fernández ávidamente—. ¿Qué quiere decir eso?
—¡Ah, mi dulce niña, tan adorable por tu belleza como por tu inocencia! ¡Cuán
divinamente llevas a cabo tu excelsa misión! —exclamó Ambrosio, encantado de abusar de
la evidente inexperiencia de su joven penitente, y de poder así envilecería—. Venirse
significa completar el acto por medio del cual se disfruta en su totalidad del placer venéreo
y supone el escape de una gran cantidad de fluido blanco y espeso del interior de la cosa
que sostienes entre tus manos, y que al ser expelido proporciona igual placer al que la
arroja que a la persona que, en el modo que sea, la recibe.
Montse Fernández recordó a Carlos y su éxtasis, y entendió enseguida a lo que el padre se refería.
—¿Y este derrame le proporcionaría alivio, padre?
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—Claro que sí, hija mía, y por ello deseo ofrecerte la oportunidad de que me
proporciones ese alivio bienhechor, como bendito sacrificio de uno de los más humildes
servidores de la iglesia.
—¡Qué delicia! —murmuró Montse Fernández—. Por obra mía correrá esa rica corriente, y es
únicamente a mí a quien el santo varón reserva ese final placentero. ¡Cuánta felicidad me
proporciona poderle causar semejante dicha!
Después de expresar apasionadamente estos pensamientos, inclinó la cabeza. El
objeto de su adoración exhalaba un perfume difícil de definir. Depositó sus húmedos labios
sobre su extremo superior, cubrió con su adorable boca el pequeño orificio, y luego besó
ardientemente el reluciente miembro.
—¿Cómo se llama ese fluido? —preguntó Montse Fernández, alzando una vez más su lindo rostro.
—--Tiene varios nombres —replicó el santo varón—. Depende de la clase social a la
que pertenezca la persona que lo menciona. Pero entre nosotros, hija mía, lo llamaremos
leche.
—¿Leche? —repitió Montse Fernández inocentemente, dejando escapar el erótico vocablo por
entre sus dulces labios, con una unción que en aquellas circunstancias resultaba natural.
—Sí, hija mía, la palabra es leche. Por lo menos así quisiera que lo llamaras tú. Y
enseguida te inundaré con esta esencia tan preciosa.
—¿Cómo tengo que recibirla? —preguntó Montse Fernández, pensando en Carlos, y en la
tremenda diferencia relativa entre su instrumento y el gigantesco pene que en aquellos
instantes tenía ante sí.
—Hay varios modos para ello, todos los cuales tienes que aprender. Pero ahora no
estamos bien acomodados para el principal de los actos del rito venéreo, la copulación
permitida de la que ya hemos hablado. Por consiguiente debemos sustituirlo por otro medio
más sencillo, así que en lugar de que descargue esta esencia llamada leche en el interior de
tu cuerpo, teniendo en cuenta que la suma estrechez de tu hendidura provocaría que fluyera
con extrema abundancia, empezaremos con la fricción por medio de tus obedientes dedos,
hasta que llegue el momento en que se aproximen los espasmos que acompañan a la
emisión. Llegado el instante, a una señal mía tomarás entre tus labios lo más que quepa en
ellos de la cabeza de este objeto. hasta que, expelida la última gota, me retire satisfecho,
por lo menos temporalmente.
Montse Fernández, cuyo lujurioso instinto le había permitido disfrutar la descripción hecha por el
confesor, y que estaba tan ansiosa como él mismo por llevar a cumplimiento el atrevido
programa, manifestó rápidamente su voluntad de complacer.
Ambrosio colocó una vez más su enorme pene en manos de Montse Fernández.
Excitada tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto, que tenía asido
entre ambas manos con verdadero deleite, la joven se dio a cosquillear, frotar y exprimir el
enorme y tieso miembro, de manera que proporcionaba al licencioso cura el mayor de los
goces.
No contenta con friccionarlo con sus delicados dedos, Montse Fernández, dejando escapar
palabras de devoción y satisfacción, llevó la espumeante cabeza a sus rosados labios, y la
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introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus toques y con las
suaves caricias de su lengua la deliciosa eyaculación que debía sobrevenir.
Esto era más de lo que el santo varón había esperado, ya que nunca supuso que iba a
encontrar una discípula tan bien dispuesta para el irregular ataque que había propuesto.
Despertadas al máximo sus sensaciones por el delicioso cosquilleo de que era objeto, se
disponía a inundar la boca y la garganta de la muchachita con el flujo de su poderosa
descarga.
Ambrosio comenzó a sentir que no tardaría en venirse, con lo que iba a terminar su
placer.
Era uno de esos seres excepcionales, cuya abundante eyaculación seminal es mucho
mayor que la de los individuos normales. No sólo estaba dotado del singular don de poder
repetir el acto venéreo con intervalos cortos, sino que la cantidad con que terminaba su
placer era tan tremenda como desusada. La superabundancia parecía estar en relación con
la proporción con que hubieran sido despertadas sus pasiones a****les, y cuando sus
deseos libidinosos habían sido prolongados e intensos, sus emisiones de semen lo eran
igualmente.
Fue en estas circunstancias que la dulce Montse Fernández había emprendido la tarea de dejar
escapar los contenidos torrentes de lujuria de aquel hombre. Iba a ser su dulce boca la
receptora de los espesos y viscosos torrentes que hasta el momento no había
experimentado, e ignorante como se encontraba de los resultados del alivio que tan ansiosa
estaba de administrar, la hermosa doncella deseaba la consumación de su labor, y el
derrame de leche del que le había hablado el buen padre.
El exuberante miembro engrosaba y se enardecía cada vez más, a medida que los
excitantes labios de Montse Fernández apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno
al pequeño orificio. Sus blancas manos lo privaban de su dúctil piel, o cosquilleaban
alternativamente su extremo inferior.
Dos veces retiró Ambrosio la cabeza de su miembro de los rosados labios de la
muchacha, incapaz ya de aguantar los deseos de venirse al delicioso contacto de los
mismos.
Al fin Montse Fernández, impaciente por el retraso, y habiendo al parecer alcanzado un máximo
de perfección en su técnica, presionó con mayor energía que antes el tieso dardo.
Instantáneamente se produjo un envaramiento en las extremidades del buen padre.
Sus piernas se abrieron ampliamente a ambos lados de su penitente. Sus manos se
agarraron convulsivamente del cojín. Su cuerpo se proyectó hacia delante y se enderezó.
—¡Dios santo! ¡Me voy a venir! —exclamó al tiempo que con los labios
entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente víctima. Después
se estremeció profundamente, y entre lamentos y entrecortados gritos histéricos su pene,
por efecto de la provocación de la jovencita, comenzó a expeler torrentes de espeso y
viscoso fluido.
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Montse Fernández, comprendiendo por los chorros que uno tras otro inundaban su boca y
resbalaban garganta abajo, así como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al
máximo los efectos de lo que ella había provocado, siguió succionando y apretujando hasta
que, llena de las descargas viscosas, y semiasfixiada por su abundancia, se vio obligada a
soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros sobre su rostro.
-¡Madre santa! —exclamó Montse Fernández, cuyos labios y cara estaban inundados de la leche
del padre—. ¡Qué placer me ha provocado! Y a usted, padre mío, ¿no le he proporcionado
el preciado alivio que necesitaba?
El padre Ambrosio, demasiado agitado para poder contestar, atrajo a la gentil
muchacha hacia sus brazos, y comprimiendo sus chorreantes labios los cubrió con
húmedos besos de gratitud y de placer.
Transcurrió un cuarto de hora en reposo tranquilo, que ningún signo de turbación
exterior vino a interrumpir.
La puerta estaba bajo cerrojo, y el padre había escogido bien el momento.
Mientras tanto Montse Fernández, terriblemente excitada por la escena que hemos tratado de
describir, había concebido el extravagante deseo de que el rígido miembro de Ambrosio
realizara con ella misma la operación que había sufrido con el arma de moderadas
proporciones de Carlos.
Pasando sus brazos en torno al robusto cuello de su confesor, le susurró tiernas
palabras de invitación, observando, al hacerlo, el efecto que causaban en el instrumento
que adquiría ya rigidez entre sus piernas.
—Me dijisteis que la estrechez de esta hendidura —y Montse Fernández colocó la ancha mano de
él sobre la misma, presionándola luego suavemente— os haría descargar una abundante
cantidad de leche que poseéis. ¿Por qué no he de poder, padre mío, sentirla derramarse
dentro de mi cuerpo por la punta de esta cosa roja?
Era evidente lo mucho que la hermosura de la joven Montse Fernández, así como la inocencia e
ingenuidad de su carácter, inflamaban el natural ya de por sí sensual del sacerdote. Saberse
triunfador, tenerla absolutamente impotente entre sus manos, la delicadeza y refinamiento
de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y
desenfrenados deseos. Era suya, suya para gozarla a voluntad, suya para satisfacer
cualquier capricho de su terrible lujuria, y estaba lista a entregarse a la más desenfrenada
sensualidad.
—¡Por Dios, esto es demasiado! —exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo
encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud—. Dulce muchachita, no
sabes lo que pides. La desproporción es terrible, y sufrirás demasiado al intentarlo.
—Lo soportaré todo —replicó Montse Fernández— con tal de poder sentir esta cosa terrible
dentro de mí, y gustar de los chorros de leche.
—¡Santa madre de Dios! Es demasiado para ti, Montse Fernández. No tienes idea de las medidas
de esta máquina, una vez hinchada, adorable criatura, nadarían en un océano de leche
caliente.
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—-Oh padrecito! ¡Qué dicha celestial!
—Desnúdate, Montse Fernández. Quitate todo lo que pueda entorpecer nuestros movimientos, que
te prometo serán en extremo violentos.
Cumpliendo la orden, Montse Fernández se despojó rápidamente de sus vestidos, y buscando
complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos, a fin de que su miembro
se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se despojó de hasta la
más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo.
El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que se
ofrecían a su vista. La amplitud de sus caderas, los capullos de sus senos, la nívea blancura
de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y lo rotundo de sus muslos, el
blanco y plano vientre con su adorable monte, y, por sobre todo, la encantadora hendidura
rosada que destacaba debajo del mismo, asomándose tímidamente entre los rollizos
muslos, hicieron que él se lanzara sobre la joven con un rugido de lujuria.
Ambrosio atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo suave y
deslumbrante contra el suyo. La cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su
licenciosa lengua prometió a la jovencita todos los goces del paraíso mediante la
introducción de su gran aparato en el interior de su vulva.
Montse Fernández acogió estas palabras con un gritito de éxtasis, y cuando su excitado estuprador
la acostó sobre sus espaldas sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del pene gigantesco
presionando los calientes y húmedos labios de su orificio casi virginal.
El santo varón, encontrando placer en el contacto de su pene con los calientes labios
de la vulva de Montse Fernández, comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la
gran nuez de la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina.
La pasión enfervorizaba a Montse Fernández. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la
cabeza de su miembro entre los húmedos labios de su rendija en lugar de disuadiría la
espoleaban hasta la locura, y finalmente, profiriendo un débil grito, se inclinó hacia
adelante y expulsó el viscoso tributo de su lascivo temperamento.
Esto era exactamente lo que esperaba el desvergonzado cura. Cuando la dulce y
caliente emisión inundó su enormemente desarrollado pene, empujó resueltamente, y de un
solo golpe introdujo la mitad de su voluminoso apéndice en el interior de la hermosa
muchacha.
Tan pronto como Montse Fernández se sintió empalada por la entrada del terrible miembro en el
interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba, y olvidándose del dolor
que sufría rodeó con sus piernas las espaldas de él, y alentó a su enorme invasor a no
guardarle consideraciones.
—Mi tierna y dulce chiquilla —murmuró el lascivo sacerdote—. Mis brazos te
rodean, mi arma está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del
paraíso.
—Lo sé; lo siento. No os hagáis hacia atrás; dadme el delicioso objeto hasta donde
podáis.
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—Toma, pues. Empujo, aprieto, pero estoy demasiado bien dotado para poder
penetrarte fácilmente. Tal vez te reviente. pero ahora ya es demasiado tarde. Tengo que
poseerte... o morir.
Las partes de Montse Fernández se relajaron un poco, y Ambrosio pudo penetrar unos centímetros
más. Su palpitante miembro, húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia
el interior de la jovencita. Su placer era intenso, y la cabeza de su instrumento estaba
deliciosamente comprimida por la vaina de Montse Fernández.
—Adelante, padrecito. Estoy en espera de la leche que me habéis prometido.
El confesor no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus
tremendos poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo
esfuerzo sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo
enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de Montse Fernández.
Esta furiosa introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil
víctima, animada por sus propios deseos, pudo soportar.
Con un desmayado grito de angustia física, Montse Fernández anunció que su estuprador había
vencido toda la resistencia que su juventud había opuesto a la entrada de su miembro, y la
tortura de la forzada introducción de aquella masa borró la sensación de placer con que en
un principio había soportado el ataque.
Ambrosio lanzó un grito de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente
había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete. Sentía el
enloquecedor contacto con inexpresable placer. Veía a la muchacha estremecerse por la
angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero. Pasare lo que
pasare, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus brazos el cuerpo de la
hermosa muchacha, y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro.
—Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar. Te daré la
leche de que te hablaba. Pero antes tengo que despertar mi naturaleza con este lujurioso
cosquilleo. Bésame, Montse Fernández, y luego la tendrás. Y cuando mi caliente leche me deje para
adentrarse en tus juveniles entrañas, experimentarás los exquisitos deleites que estoy
sintiendo yo. ¡Aprieta. Montse Fernández! Déjame también empujar, chiquilla mía! Ahora entra de
nuevo, ¡Oh...! ¡Oh...!
Ambrosio se levantó por un momento y pudo ver el inmenso émbolo a causa del cual
la linda hendidura de Montse Fernández estaba en aquellos momentos extraordinariamente distendida.
Firmemente empotrado en aquella lujuriosa vaina, y saboreando profundamente la
suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en los que estaba encajado, empujó sin
preocuparse del dolor que su miembro provocaba, y sólo ansioso de procurarse el máximo
deleite posible. No era hombre que fuera a detenerse en tales casos ante falsos conceptos
de piedad, en aquellos momentos empujaba hacia dentro lo más posible, mientras que
febrilmente rociaba de besos los abiertos y temblorosos labios de la pobre Montse Fernández.
Por espacio de unos minutos no se oyó Otra cosa que los jadeos y sacudidas con que
el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción, y el glu-glu de su inmenso pene
cuando alternativamente entraba y salía del sexo de la Montse Fernández penitente.
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No cabe suponer que un hombre como Ambrosio ignorara el tremendo poder de goce
que su miembro podía suscitar en una persona del sexo opuesto, ni que su tamaño y
capacidad de descarga eran capaces de provocar las más excitantes emociones en la joven
sobre la que estaba accionando.
Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Montse Fernández.
El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer
provocada por la vigorosa arma del santo varón, y no tardaron los quejidos y lamentos de
la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio sofocados en lo más hondo de su
ser, que expresaban su deleite.
—¡Padre mío! ¡Padrecito, mi querido y generoso padrecito! Empujad, empujad:
puedo soportarlo. Lo deseo. Estoy en el cielo. ¡El bendito instrumento tiene una cabeza tan
ardiente! ¡Oh, corazón mío! ¡Oh... oh! Madre bendita, ¿qué es lo que siento?
Ambrosio veía el efecto que provocaba. Su propio placer llegaba a toda prisa. Se
meneaba furiosamente hacia atrás y hacia adelante, agasajando a Montse Fernández a cada nueva
embestida con todo el largo de su miembro, que se hundía hasta los rizados pelos que
cubrían sus testículos.
Al cabo, Montse Fernández no pudo resistir más, y obsequió al arrebatado violador con una cálida
emisión que inundó todo su rígido miembro.
Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se
apoderó de la joven y encantadora Montse Fernández. Se aferró con desesperación al fornido cuerpo del
sacerdote, que agasajaba a su voluptuoso angelical cuerpo con toda la fuerza y poderío de
sus viriles estocadas, y lo alojó en su estrecha y resbalosa vaina hasta los testículos.
Pero ni aún en su éxtasis Montse Fernández perdió nunca de vista la perfección del goce. El santo
varón tenía que expeler su semen en el interior de ella, tal como lo había hecho Carlos, y la
sola idea de ello añadió combustible al fuego de su lujuria.
Cuando, por consiguiente, el padre Ambrosio pasó sus brazos en torno a su esbelta
cintura, y hundió hasta los pelos su pene de semental en la vulva de Montse Fernández, para anunciar
entre suspiros que al fin llegaba la leche, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo
que pudo, y en medio de gritos de placer recibió los chorros de su emisión en sus órganos
vitales.
Así permaneció él por espacio de dos minutos enteros, durante los que se iban
sucediendo las descargas, cada una de las cuales era recibida por Montse Fernández con profundas
manifestaciones de placer, traducidas en gritos y contorsiones.
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Capitulo III
NO CREO QUE EN NINGUNA OTRA OCASIÓN haya tenido que sonrojarme con
mayor motivo que en esta oportunidad. Y es que hasta una pulga tenía que sentirse
avergonzada ante la proterva visión de lo que acabo de dejar registrado. Una muchacha tan
joven, de apariencia tan inocente, y sin embargo, de inclinaciones y deseos tan lascivos.
Una persona de frescura y belleza infinitas; una mente de llameante sensualidad convertida
por el accidental curso de los acontecimientos en un activo volcán de lujuria.
Muy bien hubiera podido exclamar con el poeta de la antigüedad: ‘¡Oh, Moisés!”, o
como el más práctico descendiente del patriarca: “¡Por las barbas del profeta!”
No es necesario hablar del cambio que se produjo en Montse Fernández después de las
experiencias relatadas. Eran del todo evidentes en su porte y su conducta.
Lo que pasó con su juvenil amante, lamas me he preocupado por averiguarlo, pero
me inclino a creer que el padre Ambrosio no permanecía al margen de esos gustos
irregulares que tan ampliamente le han sido atribuidos a su orden, y que también el
muchacho se vio inducido poco a poco, al igual que su joven amiga, a darle satisfacción a
los insensatos deseos del sacerdote.
Pero volvamos a mis observaciones directas en lo que concierne a la linda Montse Fernández.
Si bien a una pulga no le es posible sonrojarse, sí puede observar, y me impuse la
obligación de encomendar a la pluma y a la tinta la descripción de todos los pasajes
amatorios que consideré pudieran tener interés para los buscadores de la verdad. Podemos
escribir —por lo menos puede hacerlo esta pulga, pues de otro modo estas s no
estarían bajo los ojos del lector— y eso basta.
Transcurrieron varios días antes de que Montse Fernández encontrara la oportunidad de volver a
visitar a su clerical admirador, pero al fin se presentó la ocasión, y ni qué decir tiene que
ella la aprovechó de inmediato.
Había encontrado el medio de hacerle saber a Ambrosio que se proponía visitarlo, y
en consecuencia el astuto individuo pudo disponer de antemano las cosas para recibir a su
linda huésped como la vez anterior.
Tan pronto como Montse Fernández se encontró a solas con su seductor se arrojó en sus brazos, y
apresando su gran humanidad contra su frágil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias.
Ambrosio no se hizo rogar para devolver todo el calor de su abrazo, y así sucedió que
la pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y
reclinada, cara a cara, sobre el cofre acojinado a que aludimos anteriormente.
Pero Montse Fernández no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido, por
experiencia sabía que el padre podía proporcionárselo.
Ambrosio no estaba menos excitado. Su sangre afluía rápidamente, sus negros ojos
llameaban por efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse
en su hábito denunciaba a las claras el estado de sus sentidos.
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Montse Fernández advirtió la situación: ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el
padre no se preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar
mayormente su deseo, antes que en apaciguarlo.
Sin embargo, pronto demostró Ambrosio que no requería incentivos mayores, y
deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente dilatada en forma tal, que su sola vista
despertó deseos frenéticos en Montse Fernández. En cualquiera otra ocasión Ambrosio hubiera sido
mucho más prudente en darse gusto, pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos
habían superado su capacidad de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los
juveniles encantos que se le ofrecían.
Estaba ya sobre su cuerpo. Su gran humanidad cubría por completo el cuerpo de ella.
Su miembro en erección se clavaba en el vientre de Montse Fernández, cuyas ropas estaban recogidas
hasta la cintura.
Con una mano temblorosa llegó Ambrosio al centro de la hendidura objeto de su
deseo; ansiosamente llevó la punta caliente y carmesí hacia los abiertos y húmedos labios.
Empujó, luchó por entrar.., y lo consiguió. La inmensa máquina entró con paso lento pero
firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro.
Unas cuantas firmes y decididas embestidas completaron la conjunción, y Montse Fernández
recibió en toda su longitud el inmenso y excitado miembro de Ambrosio. El estuprador
yacía jadeante sobre ella, en completa posesión de sus más íntimos encantos.
Montse Fernández, dentro de cuyo vientre se había acomodado aquella vigorosa masa, sentía al
máximo los efectos del intruso, cálido y palpitante.
Entretanto Ambrosio había comenzado a moverse hacia atrás y hacia adelante. Montse Fernández
trenzó sus blancos brazos en torno a su cuello, y enroscó sus lindas piernas enfundadas en
seda sobre sus espaldas, presa de la mayor lujuria.
—¡Qué delicia! —murmuró Montse Fernández, besando arrolladoramente sus gruesos labios—.
Empujad más.., todavía más. ¡Oh, cómo me forzáis a abrirme, y cuán largo es! ¡Cuán
cálido. cuan.., oh... oh!
Y soltó un chorro de su almacén, en respuesta a las embestidas del hombre, al mismo
tiempo que su cabeza caía hacia atrás y su boca se abría en el espasmo del coito.
El sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro
anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería prolongar su
placer hasta el máximo.
Montse Fernández comprimió el terrible dardo introducido hasta lo más intimo de su persona, y
sintió crecer y endurecerse todavía más, en tanto que su enrojecida cabeza presionaba su
juvenil matriz.
Casi inmediatamente después su pesado amante, incapaz de controlarse por más
tiempo, sucumbió a la intensidad de las sensaciones, y dejó escapar el torrente de su
viscoso líquido.
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—¡Oh, viene de vos! —gritó la excitada muchacha—. Lo siento a chorros. ¡Oh,
dadme ....... más! ¡Derramadlo en mi interior.., empujad más, no me compadezcáis. . .!
¡Oh, otro chorro! ¡Empujad! -Desgarradme si queréis, pero dadme toda vuestra leche!
Antes hablé de la cantidad de semen que el padre Ambrosio era capaz de derramar,
pero en esta ocasión se excedió a sí mismo. Había estado almacenado por espacio de una
semana, y Montse Fernández recibía en aquellos momentos una corriente tan tremenda, que aquella
descarga parecía más bien emitida por una jeringa, que la eyaculación de los órganos
genitales de un hombre.
Al fin Ambrosio desmontó de su cabalgadura, y cuando Montse Fernández se puso de pie
nuevamente sintió deslizarse una corriente de líquido pegajoso que descendía por sus
rollizos muslos.
Apenas se había separado el padre Ambrosio cuando se abrió la puerta que conducía
a la iglesia, y aparecieron en el portal otros dos sacerdotes. El disimulo resultaba
imposible.
—Ambrosio —exclamó el de más edad de los dos, un hombre que andaría entre los
treinta y los cuarenta años—. Esto va en contra de las normas y privilegios de nuestra
orden, que disponen que toda clase de juegos han de practicarse en común.
—Tomadla entonces —refunfuñó el aludido—. Todavía no es demasiado tarde. Iba a
comunicaros lo que había conseguido cuando...
—. . . cuando la deliciosa tentación de esta rosa fue demasiado fuerte para ti, amigo
nuestro —interrumpió el otro, apoderándose de la atónita Montse Fernández al tiempo que hablaba, e
introduciendo su enorme mano debajo de sus vestimentas para tentar los suaves muslos de
ella.
—Lo he visto todo al través del ojo de la cerradura —susurró el bruto a su oído—.
No tienes nada qué temer; únicamente queremos hacer lo mismo contigo.
Montse Fernández recordó las condiciones en que se le había ofrecido consuelo en la iglesia, y
supuso que ello formaba parte de sus nuevas obligaciones. Por lo tanto permaneció en los
brazos del recién llegado sin oponer resistencia.
En el ínterin su compañero había pasado su fuerte brazo en torno a la cintura de
Montse Fernández, y cubría de besos las mejillas de ésta.
Ambrosio lo contemplaba todo estupefacto y confundido.
Así fue como la jovencita se encontró entre dos fuegos, por no decir nada de la
desbordante pasión de su posesor original. En vano miraba a uno y después a otro en
demanda de respiro, o de algún medio de escapar del predicamento en que se encontraba.
A pesar de que estaba completamente resignada al papel al que la había reducido el
astuto padre Ambrosio, se sentía en aquellos momentos invadida por un poderoso
sentimiento de debilidad y de miedo hacia los nuevos asaltantes.
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Montse Fernández no leía en la mirada de los nuevos intrusos más que deseo rabioso, en tanto que
la impasibilidad de Ambrosio la hacía perder cualquier esperanza de que el mismo fuera a
ofrecer la menor resistencia.
Entre los dos hombres la tenían emparedada, y en tanto que el que habló primero
deslizaba su mano hasta su rosada vulva, el otro no perdió tiempo en posesionarse de los
redondeados cachetes de sus nalgas.
Entre ambos, a Montse Fernández le era imposible resistir.
—Aguardad un momento —dijo al cabo Ambrosio—. Sí tenéis prisa por poseerla
cuando menos desnudadla sin estropear su vestimenta, como al parecer pretendéis hacerlo.
—Desnúdate, Montse Fernández —siguió diciendo—. Según parece, todos tenemos que
compartirte, de manera que disponte a ser instrumento voluntario de nuestros deseos
comunes. En nuestro convento se encuentran otros cofrades no menos exigentes que yo, y
tu tarea no será en modo alguno una sinecura, así que será mejor que recuerdes en todo
momento los privilegios que estás destinada a cumplir, y te dispongas a aliviar a estos
santos varones de los apremiantes deseos que ahora ya sabes cómo suavizar.
Así planteado el asunto, no quedaba alternativa.
Montse Fernández quedó de píe, desnuda ante los tres vigorosos sacerdotes, y levantó un
murmullo general de admiración cuando en aquel estado se adelantó hacia ellos.
Tan pronto como el que había llevado la voz cantante de los recién llegados —el
cual, evidentemente, parecía ser el Superior de los tres— advirtió la hermosa desnudez que
estaba ante su ardiente mirada, sin dudarlo un instante abrió su sotana para poner en
libertad un largo y anchuroso miembro, tomó en sus brazos a la muchacha, la puso de
espaldas sobre el gran cofre acojinado, brincó sobre ella, se colocó entre sus lindos muslos,
y apuntando rápidamente la cabeza de su rabioso campeón hacia el suave orificio de ella,
empujó hacia adelante para hundirlo por completo hasta los testículos.
Montse Fernández dejó escapar un pequeño grito de éxtasis al sentirse empalada por aquella nueva
y poderosa arma.
Para el hombre la posesión entera de la hermosa muchacha suponía un momento
extático, y la sensación de que su erecto pene estaba totalmente enterrado en el cuerpo de
ella le producía una emoción inefable. No creyó poder penetrar tan rápidamente en sus
jóvenes partes, pues no había tomado en cuenta la lubricación producida por el flujo de
semen que ya había recibido.
El Superior, no obstante, no le dio oportunidad de reflexionar, pues dióse a atacar con
tanta energía, que sus poderosas embestidas desde largo produjeron pleno efecto en su
cálido temperamento, y provocaron casi de inmediato la dulce emisión.
Esto fue demasiado para el disoluto sacerdote. Ya firmemente encajado en la estrecha
hendidura, que te quedaba tan ajustada como un guante, tan luego como sintió la cálida
emisión dejó escapar un fuerte gruñido y descargó con furia.
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Montse Fernández disfrutó el torrente de lujuria de aquel hombre, y abriendo las piernas cuanto
pudo lo recibió en lo más hondo de sus entrañas, permitiéndole que saciara su lujuria
arrojando las descargas de su impetuosa naturaleza.
Los sentimientos lascivos más fuertes de Montse Fernández se reavivaron con este segundo y
firme ataque contra su persona, y su excitable naturaleza recibió con exquisito agrado la
abundancia de líquido que el membrudo campeón había derramado en su interior. Pero, por
salaz que fuera, la jovencita se sentía exhausta por esta continua corriente, y por ello
recibió con desmayo al segundo de los intrusos que se disponía a ocupar el puesto recién
abandonado por el superior.
Pero Montse Fernández quedó atónita ante las proporciones del falo que el sacerdote ofrecía ante
ella. Aún no había acabado de quitarse la ropa, y ya surgía de su parte delantera un erecto
miembro ante cuyo tamaño hasta el padre Ambrosio tenía que ceder el paso.
De entre los rizos de rojo pelo emergía la blanca columna de carne, coronada por una
brillante cabeza colorada, cuyo orificio parecía constreñido para evitar una prematura
expulsión de jugos.
Dos grandes y peludas bolas colgaban de su base, y completaban un cuadro a la vista
del cual comenzó a hervir de nuevo la sangre de Montse Fernández, cuyo juvenil espíritu se aprestó a
librar un nuevo y desproporcionado combate.
—¡Oh, padrecito ¡ ¿Cómo podré jamás albergar tamaña cosa dentro de mi personita?
—Preguntó acongojada—. ¿Cómo me será posible soportarlo una vez que esté dentro de
mí? Temo que me va a dañar terriblemente.
—Tendré mucho cuidado, hija mía. Iré despacio. Ahora estás bien preparada por los
jugos de los santos varones que tuvieron la buena fortuna de precederme.
Montse Fernández tentó el gigantesco pene.
El sacerdote era endiabladamente feo, bajo y obeso, pero sus espaldas parecían las de
un Hércules.
La muchacha estaba poseída por una especie de locura erótica. La fealdad de aquel
hombre sólo servía para acentuar su deseo sensual. Sus manos no bastaban para abarcar
todo el grosor del miembro. Sin embargo, no lo soltaba; lo presionaba y le dispensaba
inconscientemente caricias que incrementaban su rigidez. Parecía una barra de acero entre
sus suaves manos.
Un momento después el tercer asaltante estaba encima de ella, y la joven, casi tan
excitada como el padre, luchaba por empalarse con aquella terrible arma.
Durante algunos minutos la proeza pareció imposible, no obstante la buena
lubricación que ella había recibido con las anteriores inundaciones de su vaina.
Al cabo, con una furiosa embestida, introdujo la enorme cabeza y Montse Fernández lanzó un
grito de dolor. Otra arremetida y otra más; el infeliz bruto, ciego a todo lo que no fuera
darse satisfacción, seguía penetrando.
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Montse Fernández gritaba de angustia, y hacía esfuerzos sobrehumanos por deshacerse del salvaje
atacante.
Otra arremetida, otro grito de la víctima, y el sacerdote penetró hasta lo más profundo
en su interior.
Montse Fernández se había desmayado.
Los dos espectadores de este monstruoso acto de corrupción parecieron en un
principio estar prestos a intervenir, pero al propio tiempo daban la impresión de
experimentar un cruel placer al presenciar aquel espectáculo. Y ciertamente así era, como
lo evidenciaron después sus lascivos movimientos y el interés que pusieron en observar el
más minucioso de los detalles.
Correré un velo sobre las escenas de lujuria que siguieron, sobre los
estremecimientos de aquel salvaje a medida que, seguro de estar en posesión de la persona
de la joven y Montse Fernández muchacha, prolongó lentamente su gocé hasta que su enorme y férvida
descarga puso fin a aquel éxtasis, y cedió el paso a un intervalo para devolver la vida a la
pobre muchacha.
El fornido padre había descargado por dos veces en su interior antes de retirar su
largo y vaporoso miembro, y el volumen de semen expelido fue tal, que cayó con ruido
acompasado hasta formar un charco sobre el suelo de madera.
Cuando por fin Montse Fernández se recobró lo bastante para poder moverse, pudo hacerse el
lavado que los abundantes derrames en sus delicadas partes hacían del todo necesario.
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Capitulo IV
SE SACARON ALGUNAS BOTELLAS DE VINO, de una cosecha rara y añeja, y
bajo su poderosa influencia Montse Fernández fue recobrando poco a poco su fortaleza.
Transcurrida una hora, los tres curas consideraron que había tenido tiempo bastante
para recuperarse, y comenzaron de nuevo a presentar síntomas de que deseaban volver a
gozar de su persona.
Excitada tanto por los efectos del vino como por la vista y el contacto con sus
lascivos compañeros, la jovencita comenzó a extraer de debajo las sotanas los miembros de
los tres curas. los cuales estaban evidentemente divertidos con la escena, puesto que no
daban muestra alguna de recato.
En menos de un minuto Montse Fernández tuvo a la vista los tres grandes y enhiestos objetos. Los
besó y jugueteó con ellos, aspirando la rara fragancia que emanaba de cada uno, y
manoseando aquellos enardecidos dardos con toda el ansia de una consumada Chipriota.
—Déjanos joderte —exclamó piadosamente el Superior, cuyo pene se encontraba en
aquellos momentos en los labios de Montse Fernández.
—Amén —cantó Ambrosio.
El tercer eclesiástico permaneció silencioso, pero su enorme artefacto amenazaba al
cielo.
Montse Fernández fue invitada a escoger su primer asaltante en esta segunda vuelta. Eligió a
Ambrosio, pero el Superior interfirió.
Entretanto, aseguradas las puertas, los tres sacerdotes se desnudaron, ofreciendo así a
la mirada de Montse Fernández tres vigorosos campeones en la plenitud de la vida, armado cada uno de
ellos con un membrudo dardo que, una vez más, surgía enhiesto de su parte frontal, y que
oscilaba amenazante.
—~Uf! ;Vaya monstruos! —exclamó la jovencita, cuya vergüenza no le impedía ir
tentando, alternativamente, cada uno de aquellos temibles aparatos.
A continuación la sentaron en el borde de la mesa, y uno tras otro succionaron sus
partes nobles, describiendo círculos con sus cálidas lenguas en torno a la húmeda
hendidura colorada. en la que poco antes habían apaciguado su lujuria. Montse Fernández se abandonó
complacida a este juego, y abrió sus piernas cuanto pudo para agradecerlo.
—Sugiero que nos lo chupe uno tras otro —propuso el Superior.
—Bien dicho —corroboró el padre David Brown, el pelirrojo de temible erección—.
Pero hasta el final. Yo quiero poseerla una vez mas.
—De ninguna manera, David Brown —dijo el Superior—. Ya lo hiciste dos veces; ahora
tienes que pasar a través de su garganta, o conformarte con nada.
Montse Fernández no quería en modo alguno verse sometida a otro ataque de parte de David Brown,
por lo cual cortó la conversación por lo sano asiendo su voluminoso miembro, e
introduciendo lo más que pudo de él entre sus lindos labios.
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La muchacha succionaba suavemente hacia arriba y hacia abajo de la azulada nuez,
haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más posible en el interior de sus
húmedos labios. Sus lindas manos se cerraban alrededor del largo y voluminoso dardo, y lo
agarraban en un trémulo abrazo, mientras ella contemplaba cómo el monstruoso pene se
endurecía cada vez más por efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de
sus toques.
No tardó David Brown ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se
asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas de
pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través de la
garganta de la muchacha.
Montse Fernández retiró la piel del dardo para facilitar la emisión del chorro basta la última gota.
El fluido de David Brown era tan espeso y cálido como abundante. y chorro tras chorro
derramó todo el líquido en la boca de ella.
Montse Fernández se lo tragó todo.
—He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hija mía —dijo el
Superior cuando, a continuación, Montse Fernández aplicó sus dulces labios a su ardiente miembro.
—Hallarás en ella mayor motivo de dolor que de placer, pero los caminos de Venus
son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados gradualmente.
—Me someteré a todas las pruebas, padrecito —replicó la muchacha—. Ahora ya
tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy una de las elegidas para aliviar los
deseos de los buenos padres.
—Así es, hija mía, y recibes por anticipado la bendición del cielo citando obedeces
nuestros más insignificantes deseos, y te sometes a todas nuestras indicaciones, por
extrañas e irregulares que parezcan.
Dicho esto, tomó a la muchacha entre sus robustos brazos y la llevó una vez más al
cofre acojinado, colocándola de cara a él, de manera que dejara expuestas sus desnudas y
hermosas nalgas a los tres santos varones.
Seguidamente, colocándose entre los muslos de su víctima, apuntó la cabeza de su
tieso miembro hacía el pequeño orificio situado entre las rotundas nalgas de Montse Fernández, y
empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a penetrar en su orificio, de
manera novedosa y antinatural.
—¡Oh, Dios! —gritó Montse Fernández—. No es ése el camino. Las-....... ¡Por favor...! ¡Oh, por
favor...! ¡Ah...! ¡Tened piedad! ¡Ob, compadeceos de mí! . . . ¡Madre santa! . . . ¡Me
muero!
Esta última exclamación le fue arrancada por una repentina y vigorosa embestida del
Superior, la que provocó la introducción de su miembro de semental hasta la raíz. Montse Fernández
sintió que se había metido en el interior de su cuerpo hasta los testículos.
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Pasando su fuerte brazo en torno a sus caderas, se apretó Contra su dorso, y comenzó
a restregarse contra sus nalgas con el miembro insertado tan adentro del recto de ella como
le era posible penetrar. Las palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del
henchido miembro y, Montse Fernández, mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho
que bien sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo.
Los otros dos sacerdotes veían aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una
lenta masturbación.
El Superior, enloquecido de placer por la estrechez de aquella nueva y deliciosa
vaina, accioné en torno a las nalgas de Montse Fernández hasta que, con una embestida final, llenó sus
entrañas con una cálida descarga. Después, al tiempo que extraía del cuerpo de ella, su
miembro, todavía erecto y vaporizante, declaré que había abierto una nueva ruta para el
placer, y recomendó al padre Ambrosio que la aprovechara.
Ambrosio, cuyos sentimientos en aquellos momentos deben ser mejor imaginados
que descritos, ardía de deseo.
El espectáculo del placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado
gradualmente un estado de excitación erótica que exigía perentoria satisfacción.
—De acuerdo —grité—. Me introduciré por el templo de Sodoma, mientras tú
llenarás con tu robusto centinela el de Venus.
—Di mejor que con placer legítimo —repuso el Superior con una mueca sarcástica—
. Sea como dices. Me placerá disfrutar nuevamente esta estrecha hendidura
Montse Fernández yacía todavía sobre su vientre, encima del lecho improvisado, con sus
redondeces posteriores totalmente expuestas, más muerta que viva como consecuencia del
brutal ataque que acababa de sufrir. Ni una sola gota del semen que con tanta abundancia
había sido derramado en su oscuro nicho había salido del mismo, pero por debajo su raja
destilaba todavía la mezcla de las emisiones de ambos sacerdotes.
Ambrosio la sujeté. Colocada a través de los muslos del Superior, Montse Fernández se encontré
con el llamado del todavía vigoroso miembro contra su colorada vulva. Lentamente lo guié
hacia su interior, hundiéndose sobre él. Al fin entré totalmente, basta la raíz.
Pero en ese momento el vigoroso Superior pasó sus brazos en torno a su cintura, para
atraerla sobre sí y dejar sus amplias y deliciosas nalgas frente al ansioso miembro de
Ambrosio, que se encamínó directamente hacía la ya bien humedecida abertura entre las
dos lomas.
Hubo que vencer las mil dificultades que se presentaron, pero al cabo el lascivo
Ambrosio se sintió enterrado dentro de las entrañas de su víctima.
Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante del bien lubricado canal.
Retardé lo más posible su desahogo. y pudo así gozar de las vigorosas arremetidas con que
el Superior embestía a Montse Fernández por delante.
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De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Superior llegó al final, y Montse Fernández sintió su
sexo rápidamente invadido por la leche.
No pudo resistir más y se vino abundantemente, mezclándose su derrame con los de
sus asaltantes.
Ambrosio, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo a
la linda muchacha fuertemente empalada.
David Brown no pudo resistir la oportunidad que le ofrecía el hecho de que el Superior se
hubiera retirado para asearse, y se lanzó sobre el regazo de Montse Fernández para conseguir casi
enseguida penetrar en su interior, ahora liberalmente bañado de viscosos residuos.
Con todo y lo enorme que era el monstruo del pelirrojo, Montse Fernández encontré la manera de
recibirlo y durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los
suspiros y los voluptuosos quejidos de los combatientes.
En un momento dado sus movimientos se hicieron más agitados. Montse Fernández sentía como
que cada momento era su último instante. El enorme miembro de Ambrosio estaba
insertado en su conducto posterior hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de
David Brown echaba espuma de nuevo en el interior de su vagina.
La joven era sostenida por los dos hombres, con los pies bien levantados del suelo, y
sustentada por la presión, ora del frente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con
que los sacerdotes introducían sus excitados miembros por sus respectivos orificios.
Cuando Montse Fernández estaba a punto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y la
tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a punto de descargar, y unos
momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el gigantesco pene enviaba en
viscosos chorros.
—¡Ah...! ¡Me vengo! —gritó David Brown, y diciendo esto inundó el interior de Montse Fernández,
con gran deleite de parte de ésta.
—¡A mí también me llega! —gritó Ambrosio, alojando más adentro su poderoso
miembro, al tiempo que lanzaba un chorro de leche dentro de los intestinos de Montse Fernández.
Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus cuerpos en el interior
del de Montse Fernández, a la que proporcionaron con esta doble sensación un verdadero diluvio de
goces.
Cualquiera puede comprender que una pulga de inteligencia mediana tenía que estar
ya asqueada de espectáculos tan desagradables como los que presencié y que creí era mi
deber revelarlos. Pero ciertos sentimientos de amistad y de simpatía por la joven Montse Fernández me
impulsaron a permanecer aún en su compañía.
Los sucesos vinieron a darme la razón y, como veremos mas tarde, determinaron mis
movimientos en el futuro.
No habían transcurrido más de tres días cuando la joven, a petición de ellos, se reunió
con los tres sacerdotes en el mismo lugar.
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En esta oportunidad Montse Fernández había puesto mucha atención en su “toilette”, y como
resultado de ello aparecía más atractiva que nunca, vestida con sedas preciosas, ajustadas
botas de cabritilla, y unos guantes pequeñísimos que hacían magnífico juego con el resto
de las vestimentas.
Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y la recibieron tan
calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó a] rostro, inflamándolo de deseo.
Se aseguró la puerta de inmediato, y enseguida cayeron al suelo los paños menores de
Ion sacerdotes, y Montse Fernández se vio rodeada por el trío y sometida a las más diversas caricias, al
tiempo que contemplaba sus miembros desvergonzadamente desnudos y amenazadores.
El Superior fue el primero en adelantarse con intención de gozar de Montse Fernández.
Colocándose descaradamente frente a ella la tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos
besos sus labios y su rostro.
Montse Fernández estaba tan excitada como él.
Accediendo a su deseo, la muchacha se despojó de sus prendas interiores,
conservando puestos su exquisito vestido, sus medias de seda y sus lindos zapatitos de
cabritilla. Así se ofreció a la admiración y al lascivo manoseo de los padres.
No pasó mucho antes de que el Superior, sumiéndose deliciosamente sobre su
reclinada figura, se entregara por completo a sus juveniles encantos, y se diera a calar la
estrecha hendidura, con resultados evidentemente satisfactorios.
Empujando, prensando, restregándose contra ella, el Superior inició deliciosos
movimientos, que dieron como resultado despertar tanto su susceptibilidad como la de su
compañera. Lo revelaba su pene, cada vez más duro y de mayor tamaño.
—¡Empuja! Oh, empuja más hondo! —murmuró Montse Fernández.
Entretanto Ambrosio y David Brown, cuyo deseo no admitía espera, trataron de
apoderarse de alguna parte de la muchacha.
David Brown puso su enorme miembro en la dulce mano de ella, y Ambrosio, sin
acobardarse, trepó sobre el cofre y llevó la punta de su voluminoso pene a sus delicados
labios.
Al cabo de un momento el Superior dejó de asumir su lasciva posición.
Montse Fernández se alzó sobre el canto del cofre. Ante ella se encontraban los tres hombres, cada
uno de ellos con el miembro erecto, presentando armas. La cabeza del enorme aparato de
David Brown estaba casi volteada contra su craso vientre.
El vestido de Montse Fernández estaba recogido hasta su cintura, dejando expuestas sus piernas y
muslos, y entre éstos la rosada y lujuriosa fisura, en aquellos momentos enrojecida y
excitada por los rápidos movimientos de entrada y salida del miembro del Superior.
—¡Un momento! —ordenó éste—. Vamos a poner orden en nuestros goces. Esta
hermosa muchacha nos tiene que dar satisfacción a los tres: por lo tanto es menester que
regulemos nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que
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desencadenemos. Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero como
Ambrosio se viene como un asno, y llena de humo todas las regiones donde penetra,
propongo pasar yo por delante. Desde luego, David Brown debería ocupar el tercer lugar, ya
que con su enorme miembro puede partir en dos a la muchacha, y echaremos a perder
nuestro juego.
—La vez anterior yo fui el tercero —exclamó David Brown—. No veo razón alguna para
que sea yo siempre el último. Reclamo el segundo lugar.
—Está bien, así será —declaró el Superior—. Tú, Ambrosio, compartirás un nido
resbaladizo.
—No estoy conforme —replicó el decidido eclesiástico....... Si tú vas por delante, y
David Brown tiene que ser el segundo, pasando por delante de mí, yo atacaré la retaguardia, y
así verteré mi ofrenda por otra vía.
—¡Hacerlo como os plazca! —gritó Montse Fernández—. Lo aguantaré todo; pero, padrecitos,
daos prisa en comenzar.
Una vez más el Superior introdujo su arma, inserción que Montse Fernández recibió con todo
agrado. Lo abrazó, se apretó contra él, y recibió los chorros de su eyaculación con
verdadera pasión extática de su parte.
Seguidamente se presentó David Brown. Su monstruoso instrumento se encontraba ya
entre las rollizas piernas de la joven Montse Fernández. La desproporción resultaba evidente, pero el
cura era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y tras de varias tentativas
violentas e infructuosas, consiguió introducir-se. y comenzó a profundizar en las partes de
ella con su miembro de mulo.
No es posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del pene de
aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Montse Fernández, como vano sería también intentar
describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartada y distendida por el
inmenso órgano genital del padre David Brown.
Después de una lucha que se llevó diez minutos completos, Montse Fernández acabó por recibir
aquella ingente masa hasta los testículos, que se comprimían contra su ano.
Montse Fernández se abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo
de sus encantos.
David Brown no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y tardó un cuarto de
hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas descargas.
Montse Fernández las recibió con profundas muestras de deleite, y mezcló una copiosa emisión de
su parte con los espesos derrames del lujurioso padre.
Apenas había retirado David Brown su monstruoso miembro del interior de Montse Fernández,
cuando ésta cayó en los también poderosos brazos de Ambrosio,
De acuerdo con lo que había manifestado anteriormente, Ambrosio dirigió su ataque
a las nalgas, y con bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre
los tiernos pliegues del orificio trasero.
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En vano batallaba para poder alojarlo. La ancha cabeza de su arma era rechazada a
cada nuevo asalto, no obstante la brutal lujuria con que trataba de introducirse, y el
inconveniente que representaba el que se encontraban de pie.
Pero Ambrosio no era fácil de derrotar. Lo intentó una y otra vez, hasta que en uno de
sus ataques consiguió alojar la punta del pene en el delicioso orificio.
Una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar unos cuantos centímetros más, y
de una sola embestida el lascivo sacerdote consiguió enterrarlo hasta los testículos.
Las hermosas nalgas de Montse Fernández ejercían un especial atractivo sobre el lascivo
sacerdote. Una vez que hubo logrado la penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se
sintió excitado en grado extremo, Empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con
verdadero éxtasis, sin importarle el dolor que provocaba con la dilatación, con tal de poder
experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las delicadas y juveniles
partes íntimas de ella.
Montse Fernández lanzó un grito aterrador al sentirse empalada por el tieso miembro de su brutal
violador, y empezó una desesperada lucha por escapar, pero Ambrosio la retuvo, pasando
sus forzudos brazos en torno a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del
febricitante cuerpo de Montse Fernández, sin cejar en su esfuerzo invasor.
Paso a paso, empeñada en esta lucha, la jovencita cruzó toda la estancia, sin que
Ambrosio dejara de tenerla empalada por detrás.
Como es lógico. este lascivo espectáculo tenía que surtir efecto en los espectadores.
Un estallido de risas surgió de las gargantas de éstos, que comenzaron a aplaudir el vigor
de su compañero, cuyo rostro, rojo y contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras
emociones.
Pero el espectáculo despertó. además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos.
cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban
satisfechos.
En su caminata, Montse Fernández había llegado cerca del Superior, el cual la tomó en sus brazos,
circunstancias que aprovechó Ambrosio para comenzar a mover su miembro dentro de las
entrañas de ella, cuyo intenso calor le proporcionaba el mayor de los deleites.
La posición en que se encontraban ponía los encantos naturales de Montse Fernández a la altura de
los labios del Superior, el cual instantáneamente los pegó a aquellos, dándose a succionar
en la húmeda rendija.
Pero la excitación provocada de esta manera exigía un disfrute más sólido, por lo
que, tirando de la muchacha para que se arrodillará, al mismo tiempo que él tomaba asiento
en su silla, puso en libertad a su ardiente miembro, y lo introdujo rápidamente dentro del
suave vientre de ella.
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Así, Montse Fernández se encontró de nuevo entre dos fuegos, y las fieras embestidas del padre
Ambrosio por la retaguardia se vieron complementadas con los tórridos esfuerzos del padre
Superior en otra dirección.
Ambos nadaban en un mar de deleites sensuales: ambos se entregaban de lleno en las
deliciosas sensaciones que experimentaban, mientras que su víctima, perforada por delante
y por detrás por sus engrosados miembros, tenía que soportar de la mejor manera posible
sus excitados movimientos.
Pero todavía le aguardaba a la hermosa otra prueba de fuego, pues no bien el
vigoroso David Brown pudo atestiguar la estrecha conjunción de sus compañeros, se sintió
inflamado por la pasión, se montó en la silla por detrás del Superior, y tomando la cabeza
de la pobre Montse Fernández depositó su ardiente arma en sus rosados labios. Después avanzando su
punta, en cuya estrecha apertura se apercibían ya prematuras gotas, la introdujo en la linda
boca de la muchacha, mientras hacía qóce con su suave mano le frotara el duro y largo
tronco.
Entretanto Ambrosio sintió en el suyo los efectos del miembro introducido por
delante por el Superior, mientras que el de éste, igualmente excitado por la acción trasera
del padre, sentía aproximarse los espasmos que acompañan a la eyaculación.
Empero, David Brown fue el primero en descargar, y arrojó un abundante chaparrón en la
garganta de la pequeña Montse Fernández.
Le siguió Ambrosio, que, echándose sobre sus espaldas, lanzó un torrente de leche en
sus intestinos, al propio tiempo que el Superior inundaba su matriz.
Así rodeada, Montse Fernández recibió la descarga unida de los tres vigorosos sacerdotes.
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Capitulo V
T
TRES DÍAS DESPUES DE LOS ACONTECIMIENTOS relatados en las s
precedentes,
Montse Fernández compareció tan sonrosada y encantadora como siempre en el salón de
recibimiento de su tío.
En el ínterin, mis movimientos habían sido erráticos, ya que en modo alguno era
escaso mi apetito, y cualquier nuevo semblante posee para mí siempre cierto atractivo, que
me hace no prolongar demasiado la residencia en un solo punto.
Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y
que no vacilo en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero.
Por medio de ella tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto
padre Ambrosio.
No voy a reproducir aquí su discurso, tal como lo oí desde mi posición ventajosa.
Bastará con que mencione los puntos principales de su exposición, y que informe acerca de
sus objetivos.
Era manifestó que Ambrosio estaba inconforme y desconcertado por la súbita
participación de sus cofrades en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y
diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que para presentarlo a él
como completamente ajeno a la maniobra.
En resumen, y con tal fin, Ambrosio acudió directamente al tío de Montse Fernández, y le relató
cómo había sorprendido a su sobrina y a su joven amante en el abrazo de Cupido, en forma
que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del
muchacho, y correspondido a ella.
Al dar este paso el malvado sacerdote presequía una finalidad ulterior. Conocía
sobradamente el carácter del hombre con el que trataba, y también sabía que una parte
importante de su propia vida real no era del todo desconocida del tío.
En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Ambrosio era hombre de fuertes
pasiones, sumamente erótico, y lo mismo suceda con el tío de Montse Fernández.
Este último se había confesado a fondo con Ambrosio, y en el curso de sus
confesiones había revelado unos deseos tan irregulares, que el sacerdote no tenía duda
alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado.
Los ojos del señor Verbouc hacía tiempo que habían codiciado en secreto a su
sobrina. Se lo había confesado. Ahora Ambrosio le aportaba pruebas que abrían sus ojos a
la realidad de que ella había comenzado a abrigar sentimientos de la misma naturaleza
hacia el sexo opuesto.
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La condición de Ambrosio se le vino a la mente. Era su confesor espiritual, y le pidió
consejo
.
El santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría
en ventaja para ambos compartir el premio.
Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de Verbouc, la cual Ambrosio
no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sensual, o ponerle más
encanto al mismo, era presenciar el acto de la cópula carnal, y completar luego su
satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio
paciente.
El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario
secreto (la tía de Montse Fernández era una minusválida que no salía de su habitación>, y Ambrosio
preparó a Montse Fernández para el suceso que iba a desarrollarse.
Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola
palabra acerca de su intimidad anterior, y tras de informarle que su tío había sabido, quién
sabe por qué conducto, lo ocurrido con su novio, le fue revelando poco a poco los
proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado en su
tío, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo
resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos, fuesen los que fuesen.
El señor Verbouc era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los
cincuenta años. Como tío suyo que era, siempre le había inspirado profundo respeto a
Montse Fernández, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia. Se
había hecho cargo de ella desde la muerte de su hermano, y la trató siempre, si no con
afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter.
Evidentemente Montse Fernández no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una
ocasión tal, ni siquiera que su pariente encontrara una excusa para ella.
No me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Montse Fernández, el embarazo con
que recibió los abrazos demasiado tiernos de su tío, y las bien merecidas censuras.
La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que el señor Verbouc colocó
a su hermosa sobrina sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se
había formulado de poseerla.
—No debes ofrecer una resistencia tonta, Montse Fernández —explicó su tío—. No dudaré ni
aparentaré recato. Basta con que este buen padre haya santificado la operación, para que
posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente compañerito lo gozó ya con tu
consentimiento.
Montse Fernández estaba profundamente confundida. Aunque sensual, como hemos visto ya, y
hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en
el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su
pariente. Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera
la presencia y supuesta aquiescencia del padre Ambrosio podían aminorar el recelo con
que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente.
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Montse Fernández temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto. Esta
nueva actitud la ofendía.
El cambio habido entre el reservado y severo tío, cuya cólera siempre había
lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituada a recibir con reverencia, y aquel
ardiente admirador, sediento de los favores que ella acababa de conceder a otro, la afectó
profundamente, aturdiéndola y disgustándola
Entretanto el señor Verbouc, que evidentemente no estaba dispuesto a concederle
tiempo para reflexionar. y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su
joven sobrina en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de
besos apasionados y prohibidos.
Ambrosio, hacia el cual se había vuelto la muchacha ante esta exigencia, no le
proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción
ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su
placer y su lujuria.
En tales circunstancias adversas toda resistencia sc hacía difícil.
Montse Fernández era joven e infinitamente impotente, por comparación. bajo el firme abrazo de
su pariente. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía,
Verbone se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su sobrina. Sus
nerviosos dedos apresaban va el hermoso satín de sus muslos. Otro empujón firme, y no
obstante que Montse Fernández sequía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo, la lasciva mano
alcanzó los rosados labios del mismo, y los dedos temblorosos separaron la cerrada y
húmeda hendidura, fortificación que defendía su recato.
Hasta ese momento Ambrosio no había sido más que un callado observador del
excitante conflicto. Pero no llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso
brazo izquierdo en torno a la esbelta cintura de la muchacha, encerró en su derecha las dos
pequeñas manos de ella, las que, así sujetas, la dejaban fácilmente a merced de las lascivas
caricias de su pariente.
—Por caridad —suplico ella, jadeante por sus esfuerzos—. ¡Soltadme! ¡Es
demasiado horrible! ¡Es monstruoso! ¿Cómo podéis ser tan crueles? ¡Estoy perdida!
—En modo alguno estás perdida linda sobrina —replicó el tío—. Sólo despierta a los
placeres que Venus reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen
la valentía de disfrutadlos mientras les es posible hacerlo.
—He sido espantosamente engañada —gritó Montse Fernández, poco convencida por esta
ingeniosa explicación—. Lo veo todo claramente. ¡Qué vergüenza! No puedo permitíroslo.
no puedo! ¡Oh, no de ninguna manera! ¡Madre santa! ¡Soltadne, tío! ¡Oh! ¡Oh!
—Estate tranquila, Montse Fernández, Tienes que someterte. Sí no me lo permites de otra manera,
lo tomaré por la fuerza. Así que abre estas lindas piernas; déjame sentir el exquisito
calorcito de estos suaves y lascivos muslos; permíteme que ponga mí mano sobre este
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divino vientre... ¡Estate quieta, loquita! Al fin eres mía. ¡Oh, cuánto he esperado esto,
Montse Fernández!
Sin embargo, Montse Fernández ofrecía todavía cierta resistencia, que sólo servía para excitar
todavía más el anormal apetito de su asaltante, mientras Ambrosio la seguía sujetando
firmemente.
—¡Oh, qué hermosas nalgas! —exclamó Verbouc, mientras deslizaba sus intrusas
manos por los aterciopelados muslos de la pobre Montse Fernández, y acariciaba los redondos mofletes
de sus posaderas—. ¡Ah, qué glorioso coño! Ahora es todo para mí, y será debidamente
festejado en el momento oportuno.
—¡Soltadme! —gritaba Montse Fernández—. ;Oh. oh!
Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta de la atormentada muchacha
mientras entre los dos hombres se la forzaba a ponerla de espaldas sobre un sofá próximo.
Cuando cayó sobre él se vio obligada a recostarse, por obra del forzudo Ambrosio,
mientras el señor Verbouc, que había levantado los vestidos de ella para poner al
descubierto sus piernas enfundadas en medias de seda, y las formas exquisitas de su
sobrina, se hacía para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que
Montse Fernández se veía forzada a hacer.
—Tío ¿estáis loco? -gritó Montse Fernández una vez más, mientras que con sus temblorosas
extremidades luchaba en vano por esconder las lujuriosas desnudeces exhibidas en toda su
crudeza—. ¡Por favor, soltadme!
—Sí, Montse Fernández, estoy loco, loco de pasión por ti, loco de lujuria por poseerte, por
disfrutarte, por saciarme con tu cuerpo. La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y
disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de esta estrecha y pequeña funda.
Al tiempo que decía esto, el señor Verbouc se aprestaba al acto final del i****tuoso
drama. Desabrochó sus prendas inferiores, y sin consideración alguna de recato exhibió
licenciosamente ante los ojos de su sobrina las voluminosas y rubícundas proporciones de
su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia ella con aire amenazador.
Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas
por el sacerdote, y aplicando su arma rampante contra el tierno orificio, trató de realizar la
conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su
sobrina.
Pero las continuas contorsiones del lindo cuerpo de Montse Fernández, el disgusto y horror que se
habían apoderado de la misma, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes,
constituían efectivos impedimentos para que el tío alcanzara la victoria que esperó
conseguir fácilmente,
Nunca deseé más ardientemente que en aquellos momentos contribuir a desarmar a
un campeón, y enternecida por los lamentos de la gentil Montse Fernández, con el cuerpo de una pulga,
pero con el alma de una avispa, me lancé de un brinco al res**te.
Hundir mi lanceta en la sensible cubierta del escroto del señor Verbouc fue cuestión
de un segundo, y surtió el efecto deseado. Una aguda sensación de dolor y comezón le
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hicieron detenerse. El intervalo fue fatal, ya que unos momentos después los muslos y el
vientre de la joven Montse Fernández se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su
i****tuoso pariente.
Las maldiciones, dichas no en voz alta, pero sí desde lo más hondo, siguieron a este
inesperado contratiempo. El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa
posición e, incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil.
No bien hubo librado el señor Verbouc a su sobrina de la m*****a situación en que se
encontraba, cuando el padre Ambrosio comenzó a manifestar la violencia de su propia
excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena. Mientras daba
satisfacción al sentido del acto, manteniendo firmemente asida con su poderoso abrazo a
Montse Fernández, su hábito no pedía disimular por la parte delantera del estado de rigidez que su
miembro había adquirido. Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones
impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda
cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute.
—¡Ah! exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su
confesor—. He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizo —y tomándolo
deliberadamente en sus manos, dióse a manipularlo con evidente deleite.
— ;Qué monstruo! ¡Cuán fuerte es y cuán tieso se mantiene!
El padre Ambrosio se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo
encendido cíe1 rostro, y colocando a la asustada Montse Fernández en posición más propicia, llevó su
roja protuberancia a la húmeda abertura, y procedió a introducirla dentro con desesperado
esfuerzo.
Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el sistema nervioso de la
víctima de su lujuria a cada nuevo empujón.
Aunque no era esta la primera vez que el padre Ambrosio haba tocado entradas como
aquélla, cubierta de musgo, el hecho de que estuviera presente su tío, lo indecoroso de toda
la escena, el profundo convencimiento —que por vez primera se le hacía presente— del
engaño de que habla sido víctima por parte del padre y de su egoísmo, fueron elementos
que se combinaron para sofocar en su interior aquellas extremas sensaciones de placer que
tan poderosamente se habían manifestado otrora.
Pero la actuación de Ambrosio no le dio tiempo a Montse Fernández para reflexionar, ya que al
sentir la suave presión, como la de un guante, de su delicada vaina, se apresuró a completar
la conjunción lanzándose con unas pocas vigorosas y diestras embestidas a hundir su
miembro en el cuerpo de ella hasta los testículos.
Siguió un intervalo de refocilamíento bárbaro, de rápidas acometidas y presiones,
firmes y continuas, hasta que un murmullo sordo en la garganta de Montse Fernández anunció que la
naturaleza reclamaba en ella sus derechos, y que el combate amoroso había llegado a la
crisis exquisita, en la que espasmos de indescriptible placer recorren rápida y
voluptuosamente el sistema nervioso; con la cabeza echada hacia atrás, los labios partidos
y los dedos crispados, su cuerpo adquirió la rigidez inherente a estos absorbentes efectos,
en el curso de los cuales la ninfa derrama su juvenil esencia para mezclarla con los chorros
evacuados por su amante.
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El contorsionado cuerpo de Montse Fernández, sus ojos vidriosos y sus manos temblorosas,
revelaban a las claras su estado, sin necesidad de que lo delatara también el susurro de
éxtasis que se escapaba trabajosamente de sus labios temblorosos.
La masa entera de aquella potente arma, ahora bien lubricada, trabajaba
deliciosamente en sus juveniles partes. La excitación de Ambrosio iba en aumento por
momentos, y su miembro, rígido como el hierro, amenazaba a cada empujón con descargar
su viscosa esencia.
—¡Oh, no puedo aguantar más! ¡Siento que me viene la leche, Verbouc! Tiene usted
que joderla. Es deliciosa. Su vaina me ajusta como un guante. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
Más vigorosas y más frecuentes embestidas —un brinco poderoso— una verdadera
sumersión del robusto hombre dentro de la débil figurita de ella, un abrazo apretado, y
Montse Fernández, con inefable placer, sintió la cálida inyección que su violador derramaba en chorros
espesos y viscosos muy adentro de sus tiernas entrañas.
Ambrosio retiro su vaporizante pene con evidente desgano, dejando expuestas las
relucientes partes de la jovencita, de las cuales manaba una espesa masa de secreciones.
—Bien —exclamó Verbouc, sobre quien la escena había producido efectos
sumamente excitantes—. Ahora me llegó el turno, buen padre Ambrosio. Ha gozado usted
a mi sobrina bajo mis ojos conforme lo deseaba, y a fe mía que ha sido bien violada. Ella
ha compartido los placeres con usted; mis previsiones se han visto confirmadas; puede
recibir y puede disfrutar, y uno puede saciarse en su cuerpo. Bien. Voy a empezar. Al fin
llegó mi oportunidad; ahora no puede escapárseme. Daré satisfacción a un deseo
largamente acariciado. Apaciguaré esa insaciable sed de lujuria que despierta en mí la hija
de mí hermano. Observad este miembro; ahora levanta su roja cabeza. Expresa mi deseo
por ti, Montse Fernández. Siente, mi querida sobrina, cuánto se han endurecido los testículos de tu tío.
Se han llenado para ti.
Eres tú quien ha logrado que esta cosa se haya agrandado y enderezado tanto: eres tú
la destinada a proporcionarle alivio. ¡Descubre su cabeza, Montse Fernández! Tranquila, mi chiquilla;
permitidme llevar tu mano. ¡Oh, déjate de tonterías! Sin rubores ni recato. Sin resistencia.
¿Puedes advertir su longitud? Tienes que recibirlo todo en esa caliente rendija que el padre
Ambrosio acaba de rellenar tan bien. ¿Puedes ver los grandes globos que penden por
debajo, Montse Fernández? Están llenos del semen que voy a descargar para goce tuyo y mío. Sí, Montse Fernández,
en el vientre de la hija de mi hermano.
La idea del terrible i****to que se proponía consumar ana-día combustible al fuego
de su excitación, y le provocaba una superabundante sensación de lasciva impaciencia,
revelada tanto por su enrojecida apariencia, como por la erección del dardo con el que
amenazaba las húmedas partes de Montse Fernández.
El señor Verbouc tomó medidas de seguridad. No había, en realidad, y tal como lo
había dicho, escapatoria para Montse Fernández. Se subió sobre su cuerpo y le abrió las piernas,
mientras Ambrosio la mantenía firmemente sujeta. El violador vio llegada la oportunidad.
El camino estaba abierto, los blancos muslos bien separados, los rojos y húmedos labios
del coño de la linda jovencita frente a él. No podía esperar más. Abriendo los labios del
sexo de su sobrina, y apuntando la roja cabeza de su arma hacia la prominente vulva, se
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movió hacia adelante, y de un empujón y con un alarido de placer sensual la hundió en
toda su longitud en el vientre de Montse Fernández.
—¡Oh, Dios! ¡Por fin estoy dentro de ella! —chillaba Verbouc—. ¡Oh! ¡Ah! ¡Qué
placer! ¡Cuán hermosa es! ¡Cuán estrecho! ¡Oh!
El buen padre Ambrosio sujetó a Montse Fernández más firmemente.
Esta hizo un esfuerzo violento, y dejó escapar un grito de dolor y de espanto cuando
sintió entrar el turgente miembro de su tío que, firmemente encajado en la cálida persona
de su víctima, comenzó una rápida y briosa carrera hacia un placer egoísta. Era el cordero
en las fauces del lobo, la paloma en las garras del águila. Sin piedad ni atención siquiera
por los sentimientos de ella, atacó por encima de todo hasta que, demasiado pronto para su
propio afán lascivo, dando un grito de placentero arrobo, descargó en el interior de su
sobrina un abundante torrente de su i****tuoso fluido.
Una y otra vez los dos infelices disfrutaron de su víctima. Su fogosa lujuria,
estimulada por la contemplación del placer experimentado por el otro, los arrastró a la
insania.
Bien pronto trató Ambrosio de atacar a Montse Fernández por las nalgas, pero Verbouc, que sin
duda tenía sus motivos para prohibírselos, se opuso a ello. El sacerdote, empero. sin
cohibirse, bajó la cabeza de su enorme instrumento para introducirlo por detrás en el sexo
de ella. Verbouc se arrodilló por delante para contemplar el acto, al concluir el cual —con
verdadero deleite— dióse a succionar los labios del bien relleno coño de su sobrina.
Aquella noche acompañé a Montse Fernández a la cama, pues a pesar de que mis nervios habían
sufrido el impacto de un espantoso choque, no por ello había disminuido mi apetito, y fue
una fortuna que mi joven protegida no poseyera una piel tan irritable como para escocerse
demasiado por mis afanes para satisfacer mi natural apetito.
El descanso siguió a la cena con que repuse mis energías, y hubiera encontrado un
retiro seguro y deliciosamente cálido en eí tierno musgo que cubría el túmulo de la linda
Montse Fernández, de no haber sido porque, a medianoche, un violento alboroto vino a trastornar mi
digno reposo.
La jovencita había sido sujetada por un abrazo rudo y poderoso, y una pesada
humanidad apisonaba fuertemente su delicado cuerpo. Un grito ahogado acudió a los
atemorizados labios de ella, y en medio de sus vanos esfuerzos por escapar, y de sus no
más afortunadas medidas para impedir la consumación de los propósitos de su asaltante,
reconocí la voz y la persona del señor Verbouc.
La sorpresa había sido completa, y al cabo tenía que resultar inútil la débil resistencia
que ella podía ofrecer. Su tío, con prisa febril y terrible excitación provocada por el
contacto con sus aterciopeladas extremidades, tomó posesión de sus más secretos encantos
y presa de su odiosa lujuria adentró su pene rampante en su joven sobrina.
Siguió a continuación una furiosa lucha, en la que cada uno desempeñaba un papel
distinto.
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El violador, igualmente enardecido por las dificultades de su conquista, y por las
exquisitas sensaciones que estaba experimentando, enterró su tieso miembro en la lasciva
funda, y trató por medio de ansiosas acometidas de facilitar una copiosa descarga, mientras
que Montse Fernández, cuyo temperamento no era lo suficientemente prudente como para resistir la
prueba de aquel violento y lascivo ataque, se esforzaba en vano por contener los violentos
imperativos de la naturaleza despertados por la excitante fricción, que amenazaban con
traicionaría, hasta que al cabo, con grandes estremecimientos en sus miembros y la
respiración entrecortada, se rindió y descargó su derrame sobre el henchido dardo que tan
deliciosamente palpitaba en su interior.
El señor Verbone tenía plena conciencia de lo ventajoso de su situación, y cambiando
de táctica como general prudente, tuvo buen cuidado de no expeler todas sus reservas, y
provoco un nuevo avance de parte de su gentil adversaria.
Verbouc no tuvo gran dificultad en lograr su propósito, si bien la pugna pareció
excitarlo hasta el frenesí. La cama se mecía y se cimbraba: la habitación entera vibraba con
la trémula energía de su lascivo ataque; ambos cuerpos se encabritaban y rodaban,
convirtiéndose en una sola masa.
La injuria, fogosa e impaciente, los llevaba hasta el paroxismo en ambos lados. El
daba estocadas, empujaba, embestía, se retiraba hasta dejar ver la ancha cabeza enrojecida
de su hinchado pene junto a los rojos labios de las cálidas partes de Montse Fernández, para hundirlo
luego hasta los negros pelos que le nacían en el vientre, y se enredaban con el suave y
húmedo musgo que cubría el monte de Venus de su sobrina, hasta que un suspiro
entrecortado delató el dolor y el placer de ella.
De nuevo el triunfo le había correspondido a él, y mientras su vigoroso miembro se
envainaba hasta las raíces en el suave cuerpo de ella, un tierno, apagado y doloroso grito
habló de su éxtasis cuando, una vez más, el espasmo de placer recorrió todo su sistema
nervioso. Finalmente, con un brutal gruñido de triunfo, descargó una tórrida corriente de
líquido viscoso en lo más recóndito de la matriz de ella.
Poseído por el frenesí de un deseo recién renacido y todavía no satisfecho con la
posesión de tan linda flor, el brutal Verbouc dio vuelta al cuerpo de su semidesmayada
sobrina, para dejar a la vista sus atractivas nalgas. Su objeto era evidente, y lo fue más
cuando, untando el ano de ella con la leche que inundaba su sexo, empujó su índice lo más
adentro que pudo.
Su pasión había llegado de nuevo a un punto febril. Encaminó su pene hacia las
rotundas nalgas, y encimándose sobre su cuerpo recostado, situó su reluciente cabeza sobre
el pequeño orificio, esforzándose luego por adentrarse en él. Al cabo consiguió su
propósito, y Montse Fernández recibió en su recto, en toda su extensión, la vara de su tío. La estrechez
de su ano proporcionó al mismo el mayor de los placeres, y siguió trabajando lentamente
de atrás hacía adelante durante un cuarto de hora por lo menos, al cabo de cuyo lapso su
aparato habla adquirido la rigidez del hierro, y descargó en las entrañas de su sobrina
torrentes de leche.
Ya había amanecido cuando el señor Verbouc soltó a su sobrina del abrazo lujurioso
en que había saciado su pasión, logrado lo cual se deslizó exhausto para buscar abrigo en
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su trío lecho. Montse Fernández, por su parte, ahíta y rendida, se sumió en un pesado sueño, del que no
despertó hasta bien avanzado el día.
Cuando salió de nuevo de su alcoba. Montse Fernández había experimentado un cambio que no le
importaba ni se esforzaba en lo más mínimo por analizar. La pasión se había posesionado
de ella para formar parte de su carácter; se habían despertado en su interior fuertes
emociones sexuales, y les había dado satisfacción. El refinamiento en la entrega a las
mismas había generado la lujuria, y la lascivia había facilitado el camino hacia la
satisfacción de los sentidos sin comedimiento, e incluso por vías no naturales.
—Montse Fernández —casi una chiquilla inocente hasta bacía bien poco— se había convertido de
repente en una mujer de pasiones vio-. lentas y de lujuria incontenible.
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Capitulo VI
NO DE INCOMODAR AL LECTOR CON EL relato de cómo sucedió que un día
me encontré cómodamente oculto en la persona del buen padre David Brown; ni me detendré a
explicar cómo fue que estuve presente cuando el mismo eclesiástico recibió en confesión a
una elegante damita de unos veinte años de edad.
Pronto descubrí, por la marcha de su conversación, que aunque relacionada de cerca
con personas de rango, la dama no poseía títulos, si bien estaba casada con uno de los más
ricos terratenientes de la población.
Los nombres no interesan aquí. Por lo tanto suprimo el de esta linda penitente.
Después que el confesor hubo impartido su bendición tras de poner fin a la ceremonia
por medio de la cual había entrado en posesión de lo más selecto de los secretos de la joven
se-flora, nada renuente, la condujo de la nave de la iglesia a la misma pequeña sacristía
donde Montse Fernández recibió su primera lección de copulación santificada.
Pasó el cerrojo a la puerta y no se perdió tiempo. La dama se despojó de sus ropas, y
el fornido confesor abrió su sotana para dejar al descubierto su enorme arma, cuya
enrojecida cabeza se alzaba con aire amenazador. No bien se dio cuenta de esta aparición,
la dama se apoderó del miembro, como quien se posesiona a como dé lugar de un objeto de
deleite que no le es de ninguna manera desconocido.
Su delicada mano estrujó gentilmente el enhiesto pilar que constituía aquel tieso
músculo, mientras con los ojos lo devoraba en toda su extensión y sus henchidas
proporciones.
—Tienes que metérmelo por detrás —comenté la dama—. En leorette. Pero debes
tener mucho cuidado, ¡es tan terriblemente grande!
Los ojos del padre David Brown centelleaban en su pelirroja cabezota, y en su enorme
arma se produjo un latido espasmódico que hubiera podido alzar una silla.
Un segundo después la damita se había arrodillado sobre la silla, y el padre
David Brown, aproximándose a ella, levantó sus finas y blancas ropas interiores para dejar
expuesto un rechoncho y redondeado trasero, bajo el cual, medio escondido entre unos
turgentes muslos, se veían los rojos labios de una deliciosa vulva, profusamente sombreada
por matas de pelos castaños que se rizaban en torno a ella.
David Brown no esperó mayores incentivos. Escupiendo en la punta de su miembro,
colocó su cálida cabeza entre los húmedos labios y después, tras muchas embestidas y
esfuerzos, consiguió hacerlo entrar hasta los testículos.
Se adentró más... y más.., y más, hasta que dio la impresión de que el hermoso
recipiente no podría admitir más sin peligro de sufrir daño en sus órganos vitales, Entre
tanto el rostro de ella reflejaba el extraordinario placer que le provocaba el gigantesco
miembro.
De pronto el padre David Brown se detuvo. Estaba dentro hasta los testículos. Sus pelos
rojos y crispados acosaban los orondos cachetes de las nalgas de la dama. Esta había
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recibido en el interior de su cuerpo, en toda su longitud, la vaina del cura. Entonces
comenzó un encuentro que sacudía la banca y todos los muebles de la habitación.
Asiéndose con ambos brazos en torno al frágil cuerpo de ella, el sensual sacerdote se
tiraba a fondo en cada embestida, sin retirar más que la mitad de la longitud de su
miembro, para poder adentrarse mejor en cada ataque, hasta que la dama comenzó a
estremecerse por efecto de las exquisitas sensaciones que le proporcionaba un asalto de tal
naturaleza. A poco, con los ojos cerrados y la cabeza caída hacia adelante, derramé sobre el
invasor la cálida esencia de su naturaleza,
El padre David Brown, entretanto, seguía accionando en el interior de la caliente vaina, y
a cada momento su arma se endurecía más, hasta llegar a asemejarse a una barra de acero
sólido.
Pero todo tiene su fin, y también lo tuvo el placer del buen sacerdote, ya que después
de haber empujado, luchado, apretado y batido con furia, su vara no pudo resistir más, y
sintió alcanzar el punto de la descarga de su savia, llegando de esta suerte al éxtasis.
Llego por fin. Dejando escapar un grito hundió hasta la raíz su miembro en el interior
de la dama, y derramé en su matriz un abundante chorro de leche. Todo había terminado,
había pasado el último espasmo. Había sido derramada la última gota, y David Brown yacía
como muerto.
El lector no imaginará que el buen padre David Brown iba a quedar satisfecho con sólo
este único coup que acababa de asestar con tan excelentes efectos, ni tampoco que la dama,
cuyos licenciosos apetitos habían sido tan poderosamente apaciguados, no deseaba ya
nuevos escarceos. Por el contrarío, esta cópula no había hecho más que despertar las
adormecidas facultades sensuales de ambos, y de nuevo sintieron despertar la llama del
deseo.
La dama yacía sobre su espalda; su fornido violador se lanzó sobre ella, y hundiendo
su ariete hasta que se juntaron los pelos de ambos, se vino de nuevo, llenando su matriz de
un viscoso torrente.
Todavía insatisfecha, la lasciva pareja continuó en su excitante pasatiempo. Esta vez
David Brown se recostó sobre su espalda, y la damita, tras de juguetear lascivamente con sus
enormes órganos genitales, tomó la roja cabeza de su pene entre sus rosados labios, al
tiempo que lo estimulaba con toquecitos enloquecedores hasta conseguir el máximo de
tensión, todo ello con una avidez que acabé por provocar una abundante descarga de fluido
espeso y caliente, que esta vez inundó su linda boca y corrió garganta abajo.
Luego la dama, cuya lascivia era por lo menos igual a la de su confesor, se colocó
sobre la corpulenta figura de éste, y tras de haber asegurado otra gran erección, se empaló
en el palpitante dardo hasta no dejar a la vista nada más que las grandes bolas que colgaban
debajo de la endurecida arma. De esta manera succionó hasta conseguir una cuarta
descarga de David Brown. Exhalando un fuerte olor a semen, en virtud de las abundantes
eyaculaciones del sacerdote, y fatigada por la excepcional duración del entretenimiento,
dióse luego a contemplar cómodamente las monstruosas proporciones y la capacidad fuera
de lo común de su gigantesco confesor.
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Capitulo VII
MONTSE FERNÁNDEZ TENÍA UNA AMIGA, UNA DAMITA SÓLO unos pocos meses mayor que
ella, hija de un adinerado caballero, que vivía cerca del señor Verbouc. Julia, sin embargo.
era de temperamento menos ardiente y voluptuoso, y Montse Fernández comprendió pronto que no
habla madurado lo bastante para entender los sentimientos pasionales, ni comprender los
fuertes instintos que despierta el placer.
Julia era ligeramente más alta que su joven amiga, algo menos rolliza, pero con
formas capaces de deleitar los ojos y cautivar el corazón de un artista por lo perfecto de su
corte y lo exquisito de sus detalles.
Se supone que una pulga no puede describir la belleza de las personas. ni siquiera la
de aquellas que la alimentan. Todo lo que puedo decir, por lo tanto, es que Julia Delmont
constituía a mi modo de ver un estupendo regalo, y algún día lo sería para alguien del sexo
opuesto, ya que estaba hecha para despertar el deseo del más insensible de los hombres, y
para encantar con sus graciosos modales y su siempre placentera figura al más exigente
adorador de Venus.
El padre de Julia poseía, como hemos dicho, amplios recursos; su madre era una
bobalicona que se ocupaba bien poco de su hija, o de otra cosa que no fueran sus deberes
religiosos, en el ejercicio de los cuales empleaba la mayor parte de su tiempo, así como en
visitar a las viejas devotas de la vecindad que estimulaban sus predilecciones.
El señor Delmont era relativamente joven. De constitución robusta, estaba lleno de
vida, y como quiera que su piadosa cónyuge estaba demasiado ocupada para permitirle los
goces matrimoniales a los que el pobre hombre tenía derecho, éste los buscaba por Otros
lados.
El señor Delmont tenía una amiga, una muchacha joven y linda que, según deduje, no
estaba satisfecha con limitarse a su adinerado protector.
El señor Delmont en modo alguno limitaba sus atenciones a su amiga; sus
costumbres eran erráticas, y sus inclinaciones francamente eróticas.
En tales circunstancias, nada tiene de extraño que sus ojos se fijaran en el hermoso
cuerpo de aquel capullo en flor que era la sobrina de su amigo, Montse Fernández. Ya había tenido
oportunidad de oprimir su enguantada mano, de besar —desde luego con aire paternal— su
blanca mejilla, e incluso de colocar su mano temblorosa —claro que por accidente— sobre
sus rollizos muslos.
En realidad, Montse Fernández, mucho más experimentada que la mayoría de las muchachas de su
tierna edad, se había dado cuenta de que el señor Delmont sólo esperaba una oportunidad
para llevar las cosas a sus últimos extremos.
Y esto era precisamente lo que hubiera complacido a Montse Fernández, pero era vigilada
demasiado de cerca, y la nueva y desdichada situación en que acababa de entrar acaparaba
todos sus pensamientos
.
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El padre Ambrosio, empero, se percataba bien de la necesidad de permanecer sobre
aviso, y no dejaba pasar oportunidad alguna, cuando la joven acudía a su confesionario,
para hacer preguntas directas y pertinentes acerca de su comportamiento para con los
demás, y de la conducta que los otros observaban con su penitente.
Así fue como Montse Fernández llegó a confesarle a su guía espiritual los sentimientos
engendrados en ella por el lúbrico proceder del señor Delmont.
El padre Ambrosio le dio buenos consejos, y puso inmediatamente a Montse Fernández a la tarea
de succionarle el pene.
Una vez pasado este delicioso episodio, y borradas que fueron las huellas del placer,
el digno sacerdote se dispuso con su habitual astucia, a sacar provecho de los hechos de
que acababa de tener conocimiento.
Su sensual y vicioso cerebro no tardó en concebir un plan cuya audacia e inquietud
yo, un humilde insecto, no sé que haya sido nunca igualada.
Desde luego, en el acto decidió que la joven Julia tenía algún día que ser suya. Esto
era del todo natural. Pero para lograr este objetivo, y divertirse al mismo tiempo con la
pasión que indiscutiblemente Montse Fernández había despertado en el señor Delmont, concibió una
doble consumación, que debía llevarse a cabo por medio del más indecoroso y repulsivo
plan que jamás haya oído el lector.
Lo primero que había que hacer era despertar la imaginación de Julia, y avivar en ella
los latentes fuegos de la lujuria.
Esta noble tarea la confiaría el buen sacerdote a Montse Fernández, la que, debidamente instruida,
se comprometió fácilmente a realizarla.
Puesto que ya se había roto el hielo en su propio caso, Montse Fernández, a decir verdad, no
deseaba otra cosa sino conseguir que Julia fuera tan culpable como ella. Así que se dio a la
tarea de corromper a su joven amiga. Cómo lo logró, vamos a verlo a su debido tiempo.
Fue sólo unos días después de la iniciación de la joven Montse Fernández en los deleites del delito
en su forma i****tuosa que hemos ya relatado, y en los que no había tenido mayor
experiencia porque el señor Verbouc tuvo que ausentarse del bogar. A la larga, sin
embargo, tenía que presentarse la nueva oportunidad, y Montse Fernández se encontró por segunda vez,
sola y serena, en compañía de su tío y del padre Ambrosio.
La tarde era fría, pero en la estancia reinaba un calor-cito placentero por efecto de
una estufa instalada en el lujoso departamento. Los suaves y mullidos sofás y otomanas
que amueblaban la habitación proporcionaban a la misma un aire de indolencia y
abandono. A la brillante luz de una lámpara exquisitamente perfumada los dos hombres
parecían elegantes devotos de Baco y de Venus cuando se sentaron, ligeros de ropa,
después de una suntuosa colación.
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En cuanto a Montse Fernández, estaba por así decirlo excedida en belleza. Vistiendo un
encantador ‘negligie’, medio descubría y medio ocultaba aquellos encantos en flor de que
tan orgullosa podía mostrarse.
Sus brazos, admirablemente bien torneados, sus suaves piernas revestidas de seda, el
seno palpitante, por el que asomaban dos manzanitas blancas, exquisitamente redondeadas
y rematadas en otras tantas fresas, las bien formadas caderas, y unos diminutos pies
aprisionados en ajustados zapatitos, eran encantos que, sumados a otros muchos, formaban
un delicado y delicioso conjunto con el que se hubieran intoxicado las deidades mismas, y
en las que iban a complacerse los dos lascivos mortales.
Se necesitaba, empero, un pequeño incentivo más para aumentar la excitación de los
infames y anormales deseos de aquellos dos hombres que en dicho momento, con ojos
inyectados por la lujuria, contemplaban a su antojo el despliegue los tesoros que estaba a
su alcance.
Seguros de que no habían de ser interrumpidos, se disponían ambos a hacer los
lascivos attouchernents que darían satisfacción al deseo de solazarse con lo que tenían a la
vista.
Incapaz de contener su ansiedad, el sensual tío extendió su mano, y atrayendo hacia
sí a su sobrina, deslizó sus dedos entre sus piernas a modo de sondeo. Por su parte el
sacerdote se posesionó de sus dulces senos, para sumir su cara en ellos.
Ninguno de los dos se detuvo en consideraciones de pudor que interfirieran con su
placer, así que los miembros de los dos robustos hombres fueron exhibidos luego en toda
su extensión, y permanecieron excitados y erectos, con las cabezas ardientes por efecto de
la presión sanguínea y la tensión muscular.
—¡Oh, qué forma de tocarme! —murmuró Montse Fernández, abriendo voluntariamente sus
muslos a las temblorosas manos de su tío, mientras Ambrosio casi la ahogaba al prodigarle
deliciosos besos con sus gruesos labios,
En un momento determinado la complaciente mano de Montse Fernández apresó en el interior de
su cálida palma el rígido miembro del vigoroso sacerdote.
—¿Qué, amorcito, no es grande? ¿Y no arde en deseos de expeler su jugo dentro de
ti? ¡Oh, cómo me excitas, hija mía! Tu mano. .. tu dulce mano. .. ¡Ay! ¡Me muero por
insertarlo en tu suave vientre! ¡Bésame, Montse Fernández! ¡Verbouc, vea en qué forma me excita su
sobrina!
—¡Madre santa, qué carajo! ¡Ve, Montse Fernández, qué cabeza la suya! ¡Cómo brilla! ¡Qué
tronco tan largo y tan blanco! ¡Y observa cómo se encorva cual si fuera una serpiente en
acecho de su víctima! ¡Ya asoma una gota en la punta! ¡Mira, Montse Fernández!
—¡Oh, cuán dura es! ¡Cómo vibra! ¡Cómo acomete! ¡Apenas puedo abarcarla! ¡ Me
matáis con estos besos, me sorbéis la vida!
El señor Verbouc hizo un movimiento hacia adelante, y en el mismo momento puso
al descubierto su propia arma, erecta y al rojo vivo, desnuda y húmeda la cabeza.
Los ojos de Montse Fernández se iluminaron ante el prospecto.
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—Tenemos que establecer un orden para nuestros placeres, Montse Fernández —dijo su tío—.
Debemos prolongar lo más que nos sea posible nuestros éxtasis. Ambrosio es
desenfrenado. ¡Qué espléndido a****l es! ¡Hay que ver qué miembro! ; Está dotado como
un garañón! ¡Ah, sobrinita mía, mi criatura, con eso va a dilatar tu rendija. La hundirá
hasta tus entrañas, y tras de una buena carrera descargará un torrente de leche para placer
tuyo!
—¡Qué gusto! —murmuró Montse Fernández—. Anhelo recibirlo hasta mi cintura. Sí, sí. No
apresuremos el delicioso final; trabajemos todos para ello.
Hubiera dicho algo más, pero en aquel momento la roja punta del rígido miembro del
señor Verbouc entró en su boca.
Con la mayor avidez Montse Fernández recibió el duro y palpitante objeto entre sus labios de
coral, y admitió tanto como pudo de ella. Comenzó a lamer alrededor con su lengua, y
hasta trató de introducirla en la roja abertura de la extremidad. Estaba excitada hasta el
frenesí. Sus mejillas ardían, su respiración iba y venía con ansiedad espasmódica. Se aferró
más aún al miembro del lúbrico sacerdote, y su juvenil estrecho coño palpitaba de placer
anticipado.
Hubiera querido continuar cosquilleando, frotando y excitando el henchido tronco del
lascivo Ambrosio, pero el fornido sacerdote le hizo seña de que se detuviera.
—Aguarda un momento, Montse Fernández —suspiró—, vas a hacer que me venga.
Montse Fernández soltó el enorme dardo blanco y se echó hacia atrás, de manera que su tío pudo
accionar despaciosamente hacia dentro y hacia fuera de su boca, sin que la mirada de ella
dejara por un solo momento de prestar ansiosamente atención a las extraordinarias
dimensiones del miembro de Ambrosio.
Nunca había gustado Montse Fernández con tanto deleite de un pene, como ahora estaba
disfrutando el respetable miembro de su tío. Por tal razón aplicó sus labios al mismo con la
mayor fruición, sorbiendo morbosamente la secreción que de vez en cuando exudaba la
punta. El señor Verbouc estaba arrobado con sus atentos servicios.
A continuación el cura se arrodilló, y pasando la rasurada cabeza por entre las piernas
de Verbouc, que estaba de pie ante su sobrina, abrió los rollizos muslos de ésta para apartar
después con sus dedos los rojos labios de su vulva, e introducir su lengua hacia dentro, al
tiempo que con sus gruesos labios cubría sus juveniles y excitadas partes.
Montse Fernández se estremecía de placer. Su tío se puso aún más rígido, y empujó fuertemente
dentro de la Montse Fernández boca de la muchacha, la cual tomó sus testículos entre sus manos para
estrujarlos con suavidad. Retiró hacía atrás la piel del ardiente tronco, y reanudó su succión
con evidente deleite.
— Vente ya! —dijo Montse Fernández, abandonando por un momento la viscosa cabeza con
objeto de poder hablar y tomar aliento—. ¡Vente, tío! ¡Me agrada tanto saborearlo!
—Podrás hacerlo, queridita, pero todavía no. No debemos ir tan aprisa.
—¡Oh, cómo me mama! ¡Cómo me lame su lengua! ¡Estoy ardiendo! ¡Me mata!
—¡Ah, Montse Fernández! Ahora no sientes más que placer: te has reconciliado con los goces de
nuestros contactos i****tuosos.
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—De veras que sí, querido tío. Ponme tu carajo de nuevo en la boca.
—Todavía no, Montse Fernández, amor mío.
—No me hagas aguardar demasiado. Me estáis enloqueciendo. ¡Padre! ¡Padre! ¡Oh,
ya viene hacia mí, se prepara para joderme! ¡Dios santo, qué carajo! ¡Piedad! ¡Me partirá
en dos!
Entretanto Ambrosio, enardecido por el delicioso jugueteo con el que estuvo
entretenido, devino demasiado excitado para permanecer como estaba, y aprovechando la
oportunidad de una momentánea retirada de Verbouc, se puso de píe y tumbó sobre sus
espaldas, en el blando sofá, a la hermosa muchacha.
Verbouc tomó en su mano el formidable pene del santo padre, le dio un par de
sacudidas preliminares, retiro la piel que rodeaba su cabeza en forma de huevo, y
encaminando la punta anchurosa y ardiente hacia la rosada hendidura, la empujó
vigorosamente dentro del vientre de ella.
La humedad que lubricaba las partes nobles de la criatura facilitó la entrada de la
cabeza y la parte delantera, y el arma del sacerdote pronto quedó sumida. Siguieron fuertes
embestidas, y con brutal lujuria reflejada en el rostro, y escasa piedad por la juventud de su
víctima, Ambrosio la ensartó. La excitación de Montse Fernández superaba el dolor, por lo que se abrió
de piernas hasta donde le fue posible para permitirle regodearse según su deseo en la
posesión de su belleza.
Un ahogado lamento escapó de los entreabiertos labios de Montse Fernández cuando sintió aquella
gran arma, dura como el hierro, presionando su matriz, y dilatándola con su gran tamaño.
El señor Verbouc no perdía detalle del lujurioso espectáculo que se ofrecía a su vista,
y se mantuvo al efecto cerca de la excitada pareja. En un momento dado depositó su poco
menos vigoroso miembro en la mano convulsa de su sobrina.
Ambrosio, tan pronto como se sintió firmemente alojado en el lindo cuerpo que
estaba debajo de él, refrenó su ansiedad. Llamando en auxilio suyo el extraordinario poder
de autocontrol con el que estaba dotado, pasó sus manos temblorosas sobre las caderas de
la muchacha, y apartando sus ropas descubrió su velludo vientre, con el que a cada
sacudida frotaba el mullido monte de ella.
De pronto el sacerdote aceleró su trabajo. Con poderosas y rítmicas embestidas se
enterraba en el tierno cuerpo que yacía debajo de él. Apretó fuertemente hacia adelante, y
Montse Fernández enlazó sus blancos brazos en torno a su musculoso cuello. Sus testículos golpeaban
las rechonchas posaderas de ella, su instrumento había penetrado hasta los pelos que,
negros y rizados, cubrían por completo el sexo de ella.
—Ahora lo tiene. Observa, Verbouc, a tu sobrina. Ve cómo disfruta los ritos
eclesiásticos. ¡Ah, qué placer! ¡Cómo me mordisquen con su estrecho coñito!
—¡Oh, querido, querido...! ¡Oh, buen padre, jodedme! Me estoy viniendo. ¡Empujad!
¡Empujad! Matadme con él, si gustáis, pero no dejéis de moveros! ¡Así! ¡Oh! ¡Cielos! ¡Ah!
¡Ah! ¡Cuán grande es! ¡Cómo se adentra en mí!
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El canapé crujía a causa de sus rápidas sacudidas.
—¡Oh. Dios! —gritó Montse Fernández—. ¡Me está matando.., realmente es demasiado... Me
muero... Me estoy viniendo! Y dejando escapar un grito abogado, la muchacha se vino,
inundando el grueso miembro que tan deliciosamente la estaba jodiendo.
El largo pene engruesó y se enardeció todavía más. También la bola que lo remataba
se hinchó, y todo el tremendo aparato parecía que iba a estallar de lujuria. La joven Montse Fernández
susurraba frases incoherentes, de las que sólo se entendía la palabra joder.
Ambrosio, también completamente enardecido, y sintiendo su enorme yerga atrapada
en las juveniles carnes de la muchacha, no pudo aguantar más, y agarrando las nalgas de
Montse Fernández con ambas manos, empujó hacia el interior toda la tremenda longitud de su miembro
y descargó, arrojando los espesos chorros de su fluido, uno tras otro, muy adentro de su
compañera de juego.
Un bramido como de bestia salvaje escapó de su pecho a medida que arrojaba su
cálida leche.
—¡Oh, ya viene! ¡Me está inundando! ¡La siento! ¡Ah, qué delicia!
Mientras tanto el carajo del sacerdote, bien hundido en el cuerpo de Montse Fernández, seguía
emitiendo por su henchida cabeza el semen perlino que inundaba la juvenil matriz de ella.
—¡Ah, qué cantidad me estáis dando! —comentó Montse Fernández, mientras se bamboleaba
sobre sus pies, y sentía correr en todas direcciones, piernas abajo, el cálido fluido—. ¡Cuán
blanco y viscoso es!
Esta era exactamente la situación que más ansiosamente esperaba el tío, y por lo tanto
procedió sosegadamente a aprovecharla. Miró sus lindas medias de seda empapadas, metió
sus dedos entre los rojos labios de su coño, embarró el semen exudado sobre su lampiño
sexo. Seguidamente, colocando a su sobrina adecuadamente frente a él, Verbouc exhibió
una vez más su tieso y peludo campeón, y excitado por las excepcionales escenas que tanto
le habían deleitado, contempló con ansioso celo las tiernas partes de la joven Montse Fernández,
completamente cubiertas como estaban por las descargas del sacerdote, y exudando todavía
espesas y copiosas gotas de su prolífico fluido.
Montse Fernández, obedeciendo a sus deseos, abrió lo más posible sus piernas. Su tío colocó
ansiosamente su desnuda persona entre los rollizos muslos de la joven.
—Estate quieta, mi querida sobrina. Mí carajo no es tan gordo ni tan largo como el
del padre Ambrosio, pero sé muy bien cómo joder, y podrás comprobar sí la leche de tu tío
no es tan espesa y pungente como la de cualquier eclesiástico. Ve cómo estoy de envarado.
..—¡Y cómo me haces esperar! —dijo Montse Fernández—. Veo tu querida yerga aguardando
turno. ¡Cuán roja se ve! ¡Empújame, querido tío! Ya estoy lista de nuevo, y el buen padre
Ambrosio te ha aceitado bien el camino.
El duro miembro tocó con su enrojecida cabeza los abiertos labios, todavía
completamente resbalosos, y su punta se afianzó con firmeza. Luego comenzó a penetrar el
miembro propiamente dicho, y tras unas cuantas embestidas firmes aquel ejemplar pariente
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se había adentrado hasta los testículos en el vientre de su sobrina, solazándose
lujuriosamente entre el tufo que evidenciaba sus anteriores e impías venidas con el padre.
—Querido tío —exclamó la muchacha—. Acuérdate de quién estás jodiendo. No se
trata de una extraña, es la hija de tu hermano, tu propia sobrina. Jódeme bien, entonces, tío.
Entrégame todo el poder de tu vigoroso carajo. ¡Jódeme! ¡Jódeme hasta que tu i****tuosa
leche se derrame en mi interior! ¡Ah! ¡Oh! ¡Oh!
Y sin poderse contener ante el conjuro de sus propias ideas lujuriosas, Montse Fernández se
entregó a la más desenfrenada sensualidad, con gran deleite de su tío.
El vigoroso hombre, gozando la satisfacción de su lujuria preferida, se dedicó a
efectuar una serie de rápidas y poderosas embestidas. No obstante lo anegada que se
encontraba, la vulva de su linda oponente era de por sí pequeña, y lo bastante estrecha para
pellizcarle deliciosamente en la abertura, y provocar así que su placer aumentara
rápidamente.
Verbouc se alzó para lanzarse con rabia dentro del cuerpo de ella, y la hermosa joven
se asió con el apremio de una lujuria todavía no saciada. Su yerga engrosó y se endureció
todavía más.
El cosquilleo se hizo pronto casi insoportable. Montse Fernández se entregó por entero al placer
del acto i****tuoso, hasta que el señor Verbouc, dejando escapar un suspiro, se vino dentro
de su sobrina, inundando de nuevo la matriz de ella con su cálido fluido. Montse Fernández llegó
también al éxtasis, y al propio tiempo que recibía la poderosa inyección, placenteramente
acogida, derramaba una no menos ardiente prueba de su goce.
Habiéndose así completado el acto, se le dio tiempo a Montse Fernández para hacer sus
abluciones, y después, tras de apurar un tonificante vaso lleno de vino hasta los bordes, se
sentaron los tres para concertar un diabólico plan para la violación y el goce de la Montse Fernández
Julia Delmont.
Montse Fernández confesó que el señor Delmont la deseaba, y que evidentemente estaba en espera
de la oportunidad para encaminar las cosas hacia la satisfacción de su capricho.
Por su parte, el padre Ambrosio confesó que su miembro se enderezaba a la sola
mención del nombre de la muchacha. La había confesado, y admitió jocosamente que
durante la ceremonia no había podido controlar sus manos, ya que su simple aliento
despertaba en él ansías sensuales incontenibles.
El señor Verbouc declaró que estaba igualmente ansioso de proporcionarse solaz en
sus dulces encantos, cuya sola descripción lo enloquecía. Pero el problema estaba en cómo
poner en marcha el plan.
—Si la violara sin preparación, la destrozaría —exclamó el padre Ambrosio,
exhibiendo una vez más su rubicunda máquina, todavía rezumando las pruebas de su
último goce, que aún no había enjugado.
—Yo no puedo gozarla primero. Necesito la excitación de una copulación previa —
objetó Verbouc.
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—Me gustaría ver a la muchacha bien violada —dijo Montse Fernández—. Observaría la
operación con deleite, y cuando el padre Ambrosio hubiese introducido su enorme cosa en
el interior de ella, tú podrías hacer lo mismo conmigo para compensarme el obsequio que
le haríamos a la linda Julia.
—Sí, esa combinación podría resultar deliciosa.
—¿Qué habrá que hacer? —inquirió Montse Fernández—. ¡Madre santa, cuán tiesa está de nuevo
vuestra yerga, querido padre Ambrosio!
—Se me ocurre una idea que sólo de pensar en ella me provoca una violenta
erección. Puesta en práctica sería el colmo de la lujuria, y por lo tanto del placer.
—Veamos de qué se trata —exclamaron los otros dos al Unísono.
—Aguardad un poco —dijo el santo varón, mientras Montse Fernández desnudaba la roja cabeza
de su instrumento para cosquillear cn el húmedo orificio con la punta de su lengua.
—Escuchadme bien —dijo Ambrosio—. El señor Delmont está enamorado de Montse Fernández.
Nosotros lo estamos de su hija, y a esta criatura que ahora me está chupando el cara jo le
gustaría ver a la tierna Julia ensartada en él hasta lo más hondo de sus órganos vitales, con
el único y lujurioso afán de proporcionarse una dosis extra de placer. Hasta aquí todos
estamos de acuerdo. Ahora prestadme atención, y tú, Montse Fernández, deja en paz mí instrumento. He
aquí mi plan: me consta que la pequeña Julia no es insensible a sus instintos a****les. En
efecto, ese diablito siente ya la comezón de la carne.
Un poco de persuasión y Otro poco de astucia pueden hacer el resto. Julia accederá a
que se le alivien esas angustias del apetito carnal. Montse Fernández debe alentaría al efecto. Entretanto
la misma Montse Fernández inducirá al señor Delmont a ser más atrevido. Le permitirá que se le
declare, si así lo desea él. En realidad, ello es indispensable para que el plan resulte. Ese
será el momento en que debo intervenir yo. Le sugeriré a Delmont que el señor Verbouc es
un hombre por encima de los prejuicios vulgares, y que por cierta suma de dinero estará
conforme en entregarle a su hermosa y virginal sobrina para que sacie sus apetitos.
—No alcanzo a entenderlo bien —comentó Montse Fernández.
—No veo el objeto —intervino Verbouc—. Ello no nos aproximará más a la
consumación de nuestro plan.
—Aguardad un momento —continuó el buen padre—. Hasta este momento todos
hemos estado de acuerdo. Ahora Montse Fernández será vendida a Delmont. Se le permitirá que
satisfaga secretamente sus deseos en los hermosos encantos de ella. Pero la víctima no
deberá verlo a él, ni él a ella, a.—fin de guardar las apariencias. Se le introducirá en una
alcoba agradable, podrá ver el cuerpo totalmente desnudo de una encantadora mujer, se le
hará saber que se trata de su víctima, y que puede gozarla.
—¿Yo? —interrumpió Montse Fernández—. ¿Para qué todo este misterio?
El padre Ambrosio sonrió malévolamente.
—Ya lo sabrás, Montse Fernández, ten paciencia. Lo que deseamos es disfrutar de Julia Delmont,
y lo que el señor Delmont quiere es disfrutar de tu persona. Únicamente podemos alcanzar
nuestro objetivo evitando al propio tiempo toda posibilidad de escándalo. Es preciso que el
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señor Delmont sea silenciado, pues de lo contrario podríamos resultar perjudicados por la
violación de su hija. Mi propósito es que el lascivo señor Delmont viole a su propia hija, en
lugar de a Montse Fernández, y que una vez que de esta suerte nos haya abierto el camino, podamos
nosotros entregarnos a la satisfacción de nuestra lujuria. Si Delmont cae en la trampa,
podremos revelarle el i****to cometido, y recompensárselo con la verdadera posesión de
Montse Fernández, a cambio de la persona de su hija, o bien actuar de acuerdo con las circunstancias.
—¡Oh, casi me estoy viniendo ya! —gritó el señor Verbouc—. ¡Mi arma está que
arde! ¡Qué trampa! ¡Qué espectáculo tan maravilloso!
Ambos hombres se levantaron, y Montse Fernández se vio envuelta en sus abrazos. Dos duros y
largos dardos se incrustaban contra su gentil cuerpo a medida que la trasladaban al canapé.
Ambrosio se tumbó sobre sus espaldas, Montse Fernández se le montó encima, y tomó su pene de
semental entre las manos para llevárselo a la vulva.
El señor Verbouc contemplaba la escena.
Montse Fernández se dejó caer lo bastante para que la enorme arma se adentrara por completo;
luego se acomodó encima del ardiente sacerdote, y comenzó una deliciosa serie de
movimientos Ondulatorios.
El señor Verbouc contemplaba sus hermosas nalgas subir y bajar, abriéndose y
cerrándose a cada sucesiva embestida.
Ambrosio se había adentrado hasta la raíz, esto era evidente. Sus grandes testículos
estaban pegados debajo de ella, y los gruesos labios de Montse Fernández llegaban a ellos cada vez que
la muchacha se dejaba caer.
El espectáculo le sentó muy bien a Verbouc. El virtuoso tío se subió al canapé,
dirigió su largo y henchido pene hacia el trasero de Montse Fernández, y sin gran dificultad consiguió
enterrarlo por completo hasta sus entrañas.
El culito de su sobrina era ancho y suave como un guante, y la piel de las nalgas
blanca como el alabastro. Verbouc, empero, no prestaba la menor atención a estos detalles.
Su miembro estaba dentro, y sentía la estrecha compresión del músculo del pequeño
orificio de entrada como algo exquisito. Los dos carajos se frotaban mutuamente, sólo
separados por una tenue membrana.
Montse Fernández experimentaba los enloquecedores efectos de este doble deleite. Tras una
terrible excitación llegaron los transportes finales conducentes al alivio, y chorros de leche
inundaron a la grácil Montse Fernández.
Después Ambrosio descargó por dos veces en la boca de Montse Fernández, en la que también
vertió luego su tío su i****tuoso fluido, y así terminó la sesión.
La forma en que Montse Fernández realizó sus funciones fue tal, que mereció sinceros encomios
de sus dos compañeros. Sentada en el canto de una silla, se colocó frente a ambos de
manera que los tiesos miembros de uno y otro quedaron a nivel con sus labios de coral,
Luego, tomando entre sus labios el aterciopelado glande, aplicó ambas manos a frotar,
cosquillear y excitar el falo y sus apéndices.
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De esta manera puso en acción en todo el poder nervioso de los miembros de sus
compañeros de juego, que, con sus miembros distendidos a su máximo, pudieron gozar del
lascivo cosquilleo hasta que los toquecitos de Montse Fernández se hicieron irresistibles, y entre
suspiros de éxtasis su boca y su garganta fueron inundadas con chorros de semen.
La pequeña glotona los bebió por completo. Y lo mismo habría hecho con los de una
docena, si hubiera tenido oportunidad para ello.
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Capitulo VIII
MONTSE FERNÁNDEZ SEGUIA PROPORCIONANDOME EL MAS delicioso de los alimentos.
Sus juveniles miembros nunca echaron de menos las sangrías carmesí provocadas por mis
piquetes, los que, muy a pesar mío, me veía obligada a dar para obtener mi sustento.
Determiné, por consiguiente, continuar con ella, no obstante que, a decir verdad, su
conducta en los últimos tiempos había devenido discutible y ligeramente irregular.
Una cosa manifiestamente cierta era que había perdido todo sentido de la delicadeza
y del recato propio de una doncella, y vivía sólo para dar satisfacción a sus deleites
sexuales.
Pronto pudo verse que la jovencita no había desperdiciado ninguna de las
instrucciones que se le dieron sobre la parte que tenía que desempeñar en la conspiración
urdida. Ahora me propongo relatar en qué forma desempeñó su papel.
No tardó mucho en encontrarse Montse Fernández en la mansión del se-flor Delmont, y tal vez por
azar, o quizás más bien porque así lo había preparado aquel respetable ciudadano, a solas
con él.
El señor Delmont advirtió su oportunidad y cual inteligente general, se dispuso al
asalto. Se encontró con que su linda compañera, o estaba en el limbo en cuanto a sus
intenciones, o estaba bien dispuesta a alentarías.
El señor Delmont había ya colocado sus brazos en torno a la cintura de Montse Fernández y, como
por accidente la suave mano derecha de ésta comprimía ya bajo su nerviosa palma el
varonil miembro de él.
Lo que Montse Fernández podía palpar puso de manifiesto la violencia de su emoción. Un
espasmo recorrió el duro objeto de referencia a todo lo largo, y Montse Fernández no dejó de
experimentar otro similar de placer sensual.
El enamorado señor Delmont la atrajo suavemente necia sí, y abrazó su cuerpo
complaciente. Rápidamente estampó un cálido beso en su mejilla y le susurró palabras
halagüe.as para apartar su atención de sus maniobras. Intentó algo más: frotó la mano de
Montse Fernández sobre el duro objeto, lo que le permitió a la jovencita advertir que h excitación podría
ser demasiado rápida.
Montse Fernández se atuvo estrictamente a su papel en todo momento: era una muchacha inocente
y recatada.
El señor Delmont, alentado por la falta de resistencia de parte de su joven amiga, dio
otros pasos todavía más decididos. Su inquieta mano vagó por entre los ligeros vestidos de
Montse Fernández, y acarició sus complacientes pantorrillas. Luego, de repente, al tiempo que besaba
con verdadera pasión sus rojos labios, pasó sus temblorosos dedos por debajo para tentar
su rollizo muslo.
Montse Fernández lo rechazó. En cualquier otro momento se hubiera acostado sobre sus espaldas
y le hubiera permitido hacer lo peor, pero recordaba la lección, y desempeñó su papel
perfectamente.
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—¡Oh, qué atrevimiento el de usted! —gritó la jovencita—. ¡Qué groserías son éstas!
¡No puedo permitírselas! Mi tío dice que no debo consentir que nadie me toque ahí. En
todo caso nunca antes de...
Montse Fernández dudó, se detuvo, y su rostro adquirió una expresión boba.
El señor Delmont era tan curioso como enamoradizo.
—¿Antes de qué. Montse Fernández?
—¡Oh, no debo explicárselo! No debí decir nada al respecto. Sólo sus rudos modales
me lo han hecho olvidar.
—¿Olvidar qué?
—Algo de lo que me ha hablado a menudo mi tío —contestó sencillamente Montse Fernández.
—¿Pero qué es? ¡Dímelo!
—No me atrevo. Además, no entiendo lo que significa.
—Te lo explicaré si me dices de qué se trata.
—¿Me promete no contarlo?
- Desde luego.
—Bien. Pues lo que él dice es que nunca tengo que permitir que me pongan las
manos ahí, y que sí alguien quiere hacerlo tiene que pagar mucho por ello.
~¿Dijo eso, realmente?
—Sí, claro que sí. Dijo que puedo proporcionarle una buena suma de dinero, y que
hay muchos caballeros ricos que pagarían por lo que usted quiere hacerme, y dijo también
que no era tan estúpido como para dejar perder semejante oportunidad.
—Realmente, Montse Fernández, tu tío es un perfecto hombre de negocios, pero no creí que fuera
un hombre de esa clase.
—Pues sí que lo es —gritó Montse Fernández—. Está engreído con el dinero, ¿sabe usted?, y yo
apenas si sé lo que ello significa, pero a veces dice que va a vender mi doncellez.
—¿Es posible? —pensó Delmont—. ¡Qué tipo debe ser ése! ¡Qué buen ojo para los
negocios ha de tener!
Cuanto más pensaba el señor Delmont acerca de ello, más convencido estaba de la
verdad que encerraba la ingenua explicación dada por Montse Fernández. Estaba en venta, y él iba a
comprarla. Era mejor seguir este camino que arriesgarse a ser descubierto y castigado por
sus relaciones secretas.
Antes, empero, de que pudiera terminar de hacerse estas prudentes reflexiones, se
produjo una interrupción provocada por la llegada de su hija Julia. y, aunque
renuentemente, tuvo que dejar la compañía de Montse Fernández y componer sus ropas debidamente.
Montse Fernández dio pronto una excusa y regresó a su hogar, dejando que los acontecimientos
siguieran su curso.
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El camino emprendido por la linda muchachita pasaba a través de praderas, y era un
camino de carretas que salía al camino real muy cerca de la residencia de su tío.
En esta ocasión había caído ya la tarde, y el tiempo era apacible. El sendero tenía
varias curvas pronunciadas, y a medida que Montse Fernández seguía camino adelante se entretenía en
contemplar el ganado que pastaba en los alrededores.
Llegó a un punto en el que el camino estaba bordeado por árboles, y donde tina serie
de troncos en línea recta separaba la carretera propiamente dicha del sendero para
peatones. En las praderas próximas vio a varios hombres que cultivaban el campo, y un
poco más lejos a un grupo de mujeres que descansaba un momento de las labores de la
siembra, entretenidas en interesantes coloquios.
Al otro lado del camino había una cerca de setos, y como se le ocurriera mirar hacia
allá, vio algo que la asombró. En la pradera había dos a****les, un garañón y una yegua.
Evidentemente el primero se había dedicado a perseguir a la segunda, hasta que consiguió
darle alcance no lejos de donde se encontraba Montse Fernández.
Pero lo que más sorprendió y espantó a ésta fue el maravilloso espectáculo del gran
miembro parduzco que, erecto por la excitación, colgaba del vientre del semental, y que de
vez en cuando se encorvaba en impaciente búsqueda del cuerpo de la hembra.
Esta debía haber advertido también aquel miembro palpitante, puesto que se había
detenido y permanecía tranquila, ofreciendo su parte trasera al agresor.
El macho estaba demasiado urgido por sus instintos amorosos para perder mucho
tiempo con requiebros, y ante los maravillados ojos de la jovencita montó sobre la hembra
y trató de introducir su instrumento.
Montse Fernández contemplaba el espectáculo con el aliento contenido, y pudo ver cómo, por fin,
el largo y henchido miembro del caballo desaparecía por entero en las partes posteriores de
la hembra.
Decir que sus sentimientos sexuales se excitaron no sería más que expresar el
resultado natural del lúbrico espectáculo. En realidad estaba más que excitada; sus instintos
libidinosos se habían desatado. Mesándose las manos clavó la mirada para observar con
todo interés el lascivo espectáculo, y cuando, tras una carrera rápida y furiosa, el a****l
retiró su goteante pene, Montse Fernández dirigió a éste una golosa mirada, concibiendo la insania de
apoderarse de él para darse gusto a sí misma.
Obsesionada con tal idea, Montse Fernández comprendió que tenía que hacer algo para borrar de
su mente la poderosa influencia que la oprimía. Sacando fuerzas de flaqueza apartó los
ojos y reanudó su camino, pero apenas había avanzado una docena de pasos cuando su
mirada tropezó con algo que ciertamente no iba a aliviar su pasión.
Precisamente frente a ella se encontraba un joven rústico de unos dieciocho años, de
facciones Montse Fernándezs, aunque de expresión bobalicona, con la mirada puesta en los amorosos
corceles entregados a su pasatiempo. Una brecha entre los matorrales que bordeaban el
camino le proporcionaba un excelente ángulo de vista, y estaba entregado a la
contemplación del espectáculo con un interés tan evidente como el de Montse Fernández.
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Pero lo que encadenó la atención de ésta en el muchacho fue el estado en que
aparecía su vestimenta, y la aparición de un tremendo miembro, de roja y bien desarrollada
cabeza. que desnudo y exhibiéndose en su totalidad, se erguía impúdico.
No cabía duda sobre el efecto que el espectáculo desarrollado en la pradera había
causado en el muchacho, puesto que éste se había desabrochado los bastos calzones para
apresar entre sus nerviosas manos un arma de la que se hubiera enorgullecido un carmelita.
Con ojos ansiosos devoraba la escena que se desarrollaba en la pradera, mientras que con
la mano derecha desnudaba la firme columna para friccionaría vigorosamente hacia arriba
y hacía abajo, completamente ajeno al hecho de que un espíritu afín era testigo de sus
actos.
Una exclamación de sobresalto que involuntariamente se le escapó a Montse Fernández motivó
que él mirara en derredor suyo. y descubriera frente a él a la hermosa muchacha, en el
momento en que su lujurioso miembro estaba completamente expuesto en toda su gloriosa
erección.
—¡Por Dios! —exclamó Montse Fernández tan pronto como pudo recobrar el habla—. ¡Qué
visión tan espantosa! ¡Muchacho desvergonzado! ¿Qué estás haciendo con esta cosa roja?
El mozo, humillado, trató de introducir nuevamente en su bragueta el objeto que
había motivado la pregunta, pero su evidente confusión y la rigidez adquirida por el
miembro hacían difícil la operación. por no decir que enfadosa.
Montse Fernández acudió solícita en su auxilio.
—¿Qué es esto? Deja que te ayude. ¿Cómo se salió? ¡Cuán grande y dura es! ¡Y qué
larga! ¡A fe mía que es tremenda tu cosa, muchacho travieso!
Uniendo la acción a las palabras, la jovencita posó su pequeña mano en el erecto
pene del muchacho, y estrujándolo en su cálida palma hizo más difícil aún la posibilidad de
poder regresarlo a su escondite.
Entretanto el muchacho, que gradualmente recobraba su estólida presencia de ánimo,
y advertía la inocencia de su nueva desconocida, se abstuvo de hacer nada en ayuda de sus
loables propósitos de esconder el rígido y ofensivo miembro. En realidad se hizo
imposible, aun cuando hubiera puesto algo de SU parte, ya que tan pronto corno su mano
lo asió adquirió proporciones todavía mayores, al mismo tiempo que la hinchada y roja
cabeza brillaba como una ciruela madura.
—¡Ah, muchacho travieso! —observó Montse Fernández—. ¿Qué debo hacer? —siguió diciendo,
al tiempo que dirigía una mirada de enojo a la hermosa faz del rústico muchacho.
—¡Ah, cuán divertido es! —suspiró el mozuelo—. ¿Quién hubiera podido decir que
usted estaba tan cerca de mí cuando me sentí tan mal, y comenzó a palpitar y engrosar
hasta ponerse como está ahora?
—Esto es incorrecto —observó la damita-, apretando más aún y sintiendo que las
llamas de la lujuria crecían cada vez mas dentro de ella—. Esto es terriblemente incorrecto,
pícaruelo.
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—¿Vio usted lo que hacían los caballos en la pradera?
—preguntó el muchacho, mirando con aire interrogativo a Montse Fernández, cuya belleza parecía
proyectarse sobre su embotada mente como el sol se cuela al través de un paisaje lluvioso.
—Sí, lo vi. —replicó la muchacha con aire inocente—. ¿Qué estaban haciendo? ¿Qué
significaba aquello?
—Estaban jodiendo —repuso el muchacho con una sonrisa de lujuria—. Él deseaba a
la hembra y la hembra deseaba al semental, así es que se juntaron y se dedicaron a joder.
—¡Vaya, qué curioso! —contestó la joven, contemplando con la más infantil
sencillez el gran objeto que todavía estaba entre sus manos, ante el desconcierto del
mozuelo.
—De veras que fue divertido, ¿verdad? ¡Y qué instrumento el suyo! ¿Verdad,
señorita?
—Inmenso —murmuró Montse Fernández sin dejar de pensar un solo momento en la cosa que
estaba frotando de arriba para abajo con su mano.
—¡Oh, cómo me cosquillea! —suspiró su compañero—. ¡Qué hermosa es usted! ¡Y
qué bien lo frota! Por favor, siga, señorita. Tengo ganas de venirme.
—¿De veras? —murmuró Montse Fernández—. ¿Puedo hacer que te vengas?
Montse Fernández miró el henchido objeto, endurecido por efecto del suave cosquilleo que le
estaba aplicando; y cuya cabeza tumefacta parecía que iba a estallar. El prurito de observar
cuál sería el efecto de su interrumpida fricción se posesionó por completo de ella, por lo
que se aplicó con redoblado empeño a la tarea.
—¡Oh, si, por favor! ¡Siga! ¡Estoy próximo a venirme! ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué bien lo hace!
¡Apriete más. . ., frote más aprisa. . . pélela bien. . .! Ahora otra vez.. . ¡Oh, cielos! ¡Oh!
El largo y duro instrumento engrosaba y se calentaba cada vez más a medida que ella
lo frotaba de arriba abajo.
—¡Ah! ¡Uf! ¡Ya viene! ¡Uf! ¡Oooh! —exclamó el rústico entrecortadamente
mientras sus rodillas se estremecían y su cuerpo adquiría rigidez, y entre contorsiones y
gritos ahogados su enorme y poderoso pene expelió un chorro de líquido espeso sobre las
manecitas de Montse Fernández, que, ansiosa por bañarlas en el calor del viscoso fluido, rodeó por
completo el enorme dardo, ayudándolo a emitir hasta la última gota de semen.
Montse Fernández, sorprendida y gozosa. bombeó cada gota —que hubiera chupado de haberse
atrevido— y extrajo luego su delicado pañuelo de Holanda para limpiar de sus manos la
espesa y perlina masa.
Después eí jovenzuelo, humillado y con aire estúpido, se guardó el desfallecido
miembro, y miró a su compañera con una mezcla de curiosidad y extrañeza.
—¿Dónde vives? —preguntó al fin, cuando encontró palabras para hablar..
—No muy lejos de aquí —repuso Montse Fernández—. Pero no debes seguirme ni tratar de
buscarme, ¿sabes? Si lo haces te iría mal
—prosiguió la damita—, porque nunca más volvería a hacértelo, y encima serias
castigado.
—¿Por qué no jodemos como el semental y la potranca?
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—sugirió el joven, cuyo ardor, apenas apaciguado, comenzaba a manifestarse de
nuevo.
—Tal vez lo hagamos algún día, pero ahora, no. Llevo prisa porque estoy retrasada.
Tengo que irme enseguida.
—Déjame tentarte por debajo de tus vestidos. Dime, ¿cuándo vendrás de nuevo?
—Ahora no —dijo Montse Fernández, retirándose poco a poco—, pero nos encontraremos otra
vez.
Montse Fernández acariciaba la idea de darse gusto con el formidable objeto que escondía tras sus
calzones.
—Dime —preguntó ella—. ¿Alguna vez has. .. has jodido?
—No, pero deseo hacerlo. ¿No me crees? Está bien, entonces te diré que. .. si, lo he
hecho.
—¡Qué barbaridad! —comentó la jovencita
—A mi padre le gustaría también joderte —agregó sin titubear ni prestar atención a
su movimiento de retirada.
—¿Tu padre? ¡Qué terrible! ¿Y cómo lo sabes?
—Porque mi padre y yo jodemos a las muchachas juntos. Su instrumento es mayor
que el mío.
—Eso dices tú. Pero ¿será cierto que tu padre y tú hacéis estas horribles cosas juntos?
—Sí, claro está que cuando se nos presenta la oportunidad. Deberías verlo joder. ¡
Uyuy!
Y rió como un idiota.
—No pareces un muchacho muy despierto —dijo Montse Fernández.
—Mi padre no es tan listo como yo —replicó el jovenzuelo riendo más todavía, al
tiempo que mostraba otra vez la yerga semienhiesta—. Ahora ya sé cómo joderte, aunque
sólo lo haya hecho una vez. Deberías yerme joder.
Lo que Montse Fernández pudo ver fue el gran instrumento del muchacho, palpitante y erguido.
—¿Con quién lo hiciste, malvado muchacho?
—Con una jovencita de catorce años. Ambos la jodimos, mi padre y yo nos la
dividimos.
—¿Quién fue el primero? —inquirió Montse Fernández.
—Yo, y mi padre me sorprendió. Entonces él quiso hacerlo también y me hizo
sujetarla. Lo hubieras visto joder... ¡Uyuy!
Unos minutos después Montse Fernández había reanudado su camino, y llegó a su hogar sin
posteriores aventuras.
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Capitulo IX
CUANDO MONTSE FERNÁNDEZ RELATO EL RESULTADO DE su entrevista de aquella tarde
con el señor Delmont, unas ahogadas risitas de deleite escaparon de los labios de los otros
dos conspiradores. No habló, sin embargo, del rústico jovenzuelo con quien había
tropezado por el camino. De aquella parte de sus aventuras del día consideró del todo
innecesario informar al astuto padre Ambrosio o a su no menos sagaz pariente.
El complot estaba evidentemente a punto de tener éxito. La semilla tan discretamente
sembrada tenía que fructificar necesariamente, y cuando el padre Ambrosio pensaba en el
delicioso agasajo que algún día iba a darse en la persona de la hermosa Julia Delmont, se
alegraban por igual su espíritu y sus pasiones a****les, solazándose por anticipado con las
tiernas exquisiteces próximas a ser suyas, con el ostensible resultado de que se produjera
una gran distensión de su miembro y que su modo de proceder denunciara la profunda
excitación que se había apoderado de él.
Tampoco el señor Verbouc permanecía impasible. Sensual en grado extremo, se
prometía un estupendo agasajo con los encantos de la hija de su vecino, y el sólo
pensamiento de este convite producía los correspondientes efectos en su temperamento
nerviosa.
Empero, quedaban algunos detalles por solucionar. Estaba claro que el simple del
señor Delmont daría los pasos necesarios para averiguar lo que había de cierto en la
afirmación de Montse Fernández de que su tío estaba dispuesto a vender su virginidad.
El padre Ambrosio, cuyo conocimiento del hombre le había hecho concebir tal idea,
sabia perfectamente con quién estaba tratando. En efecto, ¿quién, en el sagrado sacramento
de la confesión, no ha revelado lo más intimo de su ser al pío varón que ha tenido el
privilegio de ser su confesor?
El padre Ambrosio era discreto; guardaba al pie de la letra el silencio que le ordenaba
su religión. Pero no tenía empacho en valerse de los hechos de los que tenía conocimiento
por este camino para sus propios fines, y cuáles eran ellos ya los sabe nuestro lector a estas
alturas.
El plan quedó, pues, ultimado. Cierto día, a convenir de común acuerdo, Montse Fernández
invitaría a Julia a pasar el día en casa de su tío, y se acordó asimismo que el señor Delmont
seria invitado a pasar a recogerla en dicha ocasión. Después de cierto lapso de inocente
coqueteo por parte de Montse Fernández, ateniéndose a lo que previamente se le habría explicado, ella
se retiraría, y bajo el pretexto de que había que tomar algunas precauciones para evitar un
posible escándalo, le seria presentada en una habitación idónea, acostada sobre un sofá, en
el que quedarían a merced suya sus encantos personales. si bien la cabeza permanecería
oculta tras una cortina cuidadosamente corrida. De esta manera el señor Delmont ansioso
de tener el tierno encuentro, podría arrebatar la codiciada joya que tanto apetecía de su
adorable víctima, mientras que ella, ignorante de quién pudiera ser el agresor, nunca podría
acusarlo posteriormente de violación, ni tampoco avergonzarse delante de él.
A Delmont tenía que explicársele todo esto, y se daba por seguro su consentimiento.
Una sola cosa tenía que ocultársele: el que su propia hija iba a sustituir a Montse Fernández. Esto no
debía saberlo hasta que fuera demasiado tarde.
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Mientras tanto Julia tendría que ser preparada gradualmente y en secreto sobre lo que
iba a ocurrir, sin mencionar, naturalmente, el final catastrófico y la persona que en realidad
consumaría el acto. En este aspecto, el padre Ambrosio se sentía en su elemento, y por
medio de preguntas bien encaminadas y de gran número de explicaciones en el
confesionario, en realidad innecesarias, había ya puesto a la muchacha en antecedentes de
cosas en las que nunca antes había soñado, todo lo cual Montse Fernández se habría apresurado a
explicar y confirmar.
Todos los detalles fueron acordados finalmente en una reunión con junta, y la
consideración del caso despertó por anticipado apetitos tan violentos en ambos hombres,
que se dispusieron a celebrar su buena suerte entregándose a la posesión de la linda y joven
Montse Fernández con una pasión nunca alcanzada hasta aquel entonces.
La damita, por su parte, tampoco estaba renuente a prestarse a las fantasías, y como
quiera que en aquellos momentos estaba tendida sobre el blando sofá con un endurecido
miembro en cada mano, sus emociones subieron de intensidad, y se mostraba ansiosa de
entregarse a los vigorosos brazos que sabía estaban a punto de reclamaría.
Como de costumbre, el padre Ambrosio fue el primero. La volteó boca abajo,
haciéndola que exhibiera sus rollizas nalgas lo más posible. Permaneció unos momentos
extasiado en la contemplación de la deliciosa prospectiva, y de la pequeña y delicada
rendija apenas visible debajo de ellas. Su arma, temible y bien aprovisionada de esencia, se
enderezó bravamente, amenazando las dos encantadoras entradas del amor.
El señor Verbouc, como en otras ocasiones, se aprestaba a ser testigo del
desproporcionado asalto, con el evidente objeto de desempeñar a continuación su papel
favorito.
El padre Ambrosio contempló con expresión lasciva los blancos y redondeados
promontorios que tenía enfrente. Las tendencias clericales de su educación lo invitaban a la
comisión de un acto de infidelidad a la diosa, pero sabedor de lo que esperaba de él su
amigo y patrono, se contuvo por el momento.
—Las dilaciones son peligrosas —dijo—. Mis testículos están repletos, la querida
niña debe recibir su contenido, y usted, amigo mío, tiene que deleitarse con la abundante
lubricación que puedo proporcionarle.
Esta vez, cuando menos, Ambrosio no había dicho sino la verdad. Su poderosa
arma, en cuya cima aparecía la chata y roja cabeza de amplias proporciones, y que daba la
impresión de un hermoso fruto en sazón, se erguía frente a su vientre, y sus inmensos
testículos, pesados y redondos, se veían sobrecargados del venenoso licor que se
aprestaban a descargar. Una espesa y opaca gota —un auant courrier del chorro que había
de seguir— asomó a la roma punta de su pene cuando, ardiendo en lujuria el sátiro se
aproximaba a su víctima.
Inclinando rápidamente su enorme dardo, Ambrosio llevó la gran nuez de su
extremidad junto a los labios da la tierna vulva de Montse Fernández, y comenzó a empujar hacia
adentro.
—¡Oh, qué dura! ¡Cuán grande es! —comentó Montse Fernández—. ¡Me hacéis daño! ¡Entra
demasiado aprisa! ¡Oh, detenéos!
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Igual hubiera sido que Montse Fernández implorara a los vientos. Una rápida sucesión de
sacudidas, unas cuantas pausas entre ellas, más esfuerzos, y Montse Fernández quedó empalada.
—¡Ah! —exclamó el violador, volviéndose con aire triunfal hacia su coadjutor, con
los ojos centelleantes y sus lujuriosos labios babeando de gusto—. ¡Ah, esto es
verdaderamente sabroso. Cuán estrecha es y, sin embargo, lo tiene todo adentro. Estoy en
su interior hasta los testículos!
El señor Verbouc practicó un detenido examen. Ambrosio estaba en lo cierto. Nada
de sus órganos genitales, aparte de sus grandes bolas, quedaba a la vista, y éstas estaban
apretadas contra las piernas de Montse Fernández.
Mientras tanto Montse Fernández sentía el calor del invasor en su vientre. Podía darse cuenta de
cómo el inmenso miembro que tenía adentro se descubría y se volvía a cubrir, y acometida
en el acto por un acceso de lujuria se vino profusamente, al tiempo que dejaba escapar un
grito desmayado.
El señor Verbouc estaba encantado.
—¡Empuja, empuja! —decía—. Ahora le da gusto. Dáselo todo... ¡Empuja!
Ambrosio no necesitaba mayores incentivos, y tomando a Montse Fernández por las caderas se
enterraba hasta lo más hondo a cada embestida. El goce llegó pronto; se hizo atrás hasta
retirar todo el pene, salvo la punta, para lanzarse luego a fondo y emitir un sordo gruñido
mientras arrojaba un verdadero diluvio de caliente fluido en el interior del delicado cuerpo
de Montse Fernández.
La muchacha sintió el cálido y cosquilléante chorro disparado a toda violencia en su
interior, y una vez más rindió su tributo. Los grandes chorros que a intervalos inundaban
sus órganos vitales, procedentes de las poderosas reservas del padre Ambrosio —cuyo
singular don al respecto expusimos ya anteriormente— le causaban a Montse Fernández las más
deliciosas sensaciones, y elevaban su placer al máximo durante las descargas.
Apenas se hubo retirado Ambrosio cuando se posesionó de su sobrina el señor
Verbouc, y comenzó un lento disfrute de sus más secretos encantos. Un lapso de veinte
minutos bien contados transcurrió desde el momento en que el lujurioso tío inició su goce,
hasta que dio completa satisfacción a su lascivia con una copiosa descarga, la que Montse Fernández
recibió con estremecimientos de deleite sólo capaces de ser imaginados por una mente
enferma.
—Me pregunto —dijo el señor Verbouc después de haber recobrado el aliento, y de
reanimarse con un buen trago de vino—, me pregunto por qué es que esta querida chiquilla
me inspira tan completo arrobo. En sus brazos me olvido de mí y del mundo entero.
Arrastrado por la embriaguez del momento me transporto hasta el límite del éxtasis.
La observación del tío —o reflexión, llámenle ustedes como gusten— iba en parte
dirigida al buen padre, y en parte era producto de elucubraciones espirituales interiores que
afloraban involuntariamente convertidas en palabras.
—Creo poder decírtelo —repuso Ambrosio sentenciosamente—. Sólo que tal vez no
quieras seguir mi razonamiento.
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—De todos modos puedes exponérmelo —replicó Verbouc—. Soy todo oídos, y me
interesa mucho saber cuál es la razón, según tú.
—Mí razón, o quizá debiera decir mis razones —observó el padre Ambrosio— te
resultarán evidentes cuando conozcas mi hipótesis.
Después, tomando un poco de rapé —lo cual era un hábito suyo cuando estaba
entregado a alguna reflexión importante— prosiguió:
—El placer sensual debe estar siempre en proporción a las circunstancias que se
supone lo producen. Y esto resulta paradójico, ya que cuando más nos adentramos en la
sensualidad y cuanto más voluptuosos se hacen nuestros gustos, mayor necesidad hay de
introducir variación en dichas circunstancias.
Hay que entender bien lo que quiero decir, y por ello trataré de explicarme más
claramente. ¿Por qué tiene que cometer un hombre una violación, cuando está rodeado de
mujeres deseosas de facilitarle el uso de su cuerpo? Simplemente porque no le satisface
estar de acuerdo con la parte opuesta en la satisfacción de sus apetitos.
Precisamente es en la [alta de Consentimiento donde encuentra el placer. No cabe
duda de que en ciertos momentos un hombre de mente cruel, que busca sólo su satisfacción
sensual y no encuentra una mujer que se preste a saciar sus apetitos, viola a una mujer o
una niña, sin mayor motivo que la inmediata satisfacción de los deseos que lo enloquecen;
pero escudriña en los anales de tales delitos, y encontrarás que la mayor parte de ellos son
el resultado de designios deliberados, planeados y ejecutados en circunstancias que
implican el acceso legal y fácil de medios de satisfacción. La oposición al goce proyectado
sirve para abrir el apetito sexual, y añadir al acto características de delito, o de violencia
que agregan un deleite que de otro modo no existiría. Es malo, está prohibido, luego vale la
pena perseguirlo; se convierte en una verdadera obsesión poder alcanzarlo.
—¿Por qué, también —siguió diciendo— un hombre de constitución vigorosa y
capaz de proporcionar satisfacción a una mujer adulta prefiere una criatura de apenas
catorce años? Contestó: porque el deleite lo encuentra en lo anormal de la situación, que
proporciona placer a su imaginación, y constituye una exacta adaptación a las
circunstancias de que hablaba. En efecto, lo que trabaja es, desde luego, la imaginación. La
ley de los contrastes opera lo mismo en este caso como en todos los demás.
La simple diferencia de sexos no le basta al sibarita; le es necesario añadir otros
contrastes especiales para perfeccionar la idea que ha concebido. Las variantes son
infinitas, pero todas están regidas por la misma norma; los hombres altos prefieren las
mujeres pequeñas; los bien parecidos, las mujeres feas; los fuertes seleccionan a las
mujeres tiernas y endebles, y éstas, a la inversa, anhelan compañeros robustos y vigorosos.
Los dardos de Cupido llevan la incompatibilidad en sus puntas, y su plumaje es el de las
más increíbles incongruencias.
Nadie, salvo los a****les inferiores, los verdaderos brutos, se entregan a la cópula
indiscriminada con el sexo opuesto, e incluso éstos manifiestan a veces preferencias y
deseos tan irregulares como los de los hombres. ¿Quién no ha visto el comportamiento
fuera de lo común de una pareja de perros callejeros, o no se ha reído de los apuros de la
vieja vaca que, llevada al mercado con su rebaño, desahoga sus instintos sexuales
montándose sobre el lomo de su vecina más próxima?
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—De esta manera contesto a tus preguntas —terminó diciendo— y explico tus
preferencias por tu sobrina, tu dulce pero prohibida compañera de juegos, cuyas deliciosas
piernas estoy acariciando en estos momentos.
Cuando el padre Ambrosio hubo concluido su disertación, dirigió una fugaz mirada a
la linda muchacha, cosa que bastó para hacer que su gran arma adquiriera sus mayores
dimensiones.
—Ven, mi fruto prohibido —dijo él—. Déjame que te joda; déjame disfrutar de tu
persona a plena satisfacción. Ese es mi mayor placer, mi éxtasis, mi delirante disfrute. Te
inundaré de semen, te poseeré a pesar de los dictados de la sociedad. Eres mía ¡ven!
Montse Fernández echó una mirada al enrojecido y rígido miembro de su confesor, y pudo
observar la mirada de él fija en su cuerpo juvenil. Sabedora de sus intenciones, se dispuso a
darles satisfacción.
Como ya su majestuoso pene había entrado con frecuencia en su cuerpo en toda su
extensión, el dolor de la distensión había ya cedido su lugar al placer, y su juvenil y
elástica carne se abrió para recibir aquella gigantesca columna con dificultad apenas
limitada a tener que efectuar la introducción cautelosamente.
El buen hombre se detuvo por unos momentos a contemplar el buen prospecto que
tenía ante sí; luego, adelantándose, separó los rojos labios de la vulva de Montse Fernández, y metió
entre ellos la lisa bellota que coronaba su gran arma. Montse Fernández la recibió con un
estremecimiento de emoción.
Ambrosio siguió penetrando hasta que, tras de unas cuantas embestidas furiosas,
hundió toda la longitud del miembro en el estrecho cuerpo juvenil que lo recibió hasta los
testículos.
Siguieron una serie de embestidas, de vigorosas contorsiones de parte de uno, y de
sollozos espasmódicos y gritos ahogados de la otra. Si el placer del hombre pío era intenso,
el de su joven compañera de juego era por igual inefable, y el duro miembro estaba ya bien
lubricado como consecuencia de las anteriores descargas. Dejando escapar un quejido de
intensa emoción logró una vez más la satisfacción de su apetito, y Montse Fernández sintió los chorros
de semen abrasándole violentamente las entrañas.
—¡Ah, cómo me habéis inundado los dos! —dijo Montse Fernández. Y mientras hablaba podía
observarse un abundante escurrimiento que, procedente de la conjunción de los muslos,
corría por sus piernas basta llegar al suelo.
Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar a la observación, llegó a la
tranquila alcoba un griterío procedente del exterior. que acabó por atraer la atención de
todos los presentes, no obstante que cada vez se debilitaba mas.
Llegando a este momento debo poner a mis lectores en antecedentes de una o dos
cosas que hasta ahora, dadas mis dificultades de desplazamiento, no consideré del caso
mencionar. El hecho es que las pulgas, aunque miembros ágiles de la sociedad, no pueden
llegar a todas partes de inmediato, aunque pueden superar esta desventaja con el despliegue
de una rara agilidad, no común en otros insectos.
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Debería haber explicado, como cualquier novelista, aunque tal vez con más
veracidad, que la tía de Montse Fernández, la señora Verbouc, que ya presenté a mis lectores
someramente en el capítulo inicial de mi historia, ocupaba una habitación en una de las
alas de la casa, donde, al igual que la señora Delmont, pasaba la mayor parte del tiempo
entregada a quehaceres devotos, y totalmente despreocupada de los asuntos mundanos, ya
que acostumbraba dejar en manos de su sobrina el manejo de los asuntos domésticos de la
casa.
El señor Verbouc había ya alcanzado el estado de indiferencia ante los requiebros de
su cara mitad, y rara vez visitaba su alcoba, o perturbaba su descanso con objeto de
ejercitar sus derechos maritales.
La señora Verbouc, sin embargo, era todavía joven —treinta y dos primaveras habían
transcurrido sobre su devota y piadosa cabeza— era hermosa, y había aportado a su esposo
una considerable fortuna.
No obstante sus píos sentimientos, la señora Verbouc apetecía a veces el consuelo
más terrenal de los brazos de su esposo. y saboreaba con verdadero deleite el ejercicio de
sus derechos en las ocasionales visitas que él hacía a su recámara.
En esta ocasión la señora Verbouc se había retirado a la temprana hora en que
acostumbraba hacerlo, y la presente disgresión se hace indispensable para poder explicar lo
que sigue. Dejemos a esta amable señora entregada a los deberes de la toilette, que ni
siquiera una pulga osa profanar, y hablemos de otro y no menos importante personaje,
cuyo comportamiento será también necesario que analicemos.
Sucedió, pues, que el padre David Brown, cuyas proezas en el campo de la diosa del
amor hemos ya tenido ocasión de relatar, estaba resentido por la retirada de la joven Montse Fernández
de la Sociedad de la Sacristía, y sabiendo bien quién era ella y dónde podía encontrarla,
rondó durante varios días la residencia del señor Verbouc, a fin de recobrar la posesión de
la deliciosa prenda que el marrullero padre Ambrosio les había escamoteado a sus
confreres
Le ayudó en la empresa el Superior, que lamentaba asimismo amargamente la
pérdida sufrida, aunque no sospechaba el papel que en la misma había desempeñado el
padre Ambrosio.
Aquella tarde el padre David Brown se había apostado en las proximidades de la casa, y.
en busca de una oportunidad, se aproximó a una ventana para atisbar al través de ella,
seguro de que era la que daba a la habitación de Montse Fernández.
¡Cuán vanos son, empero, los cálculos humanos! Cuando el desdichado David Brown, a
quien le habían sido arrebatados sus placeres, estaba observando la habitación sin perder
detalle, el objeto de sus cuitas estaba entregado en otra habitación a la satisfacción de su
lujuria, en brazos de sus rivales.
Mientras, la noche avanzaba, y observando David Brown que todo estaba tranquilo, logró
empinarse hasta alcanzar el nivel de la ventana. Una débil luz iluminaba la habitación en la
que el ansioso cure pudo descubrir una dama entregada al pleno disfrute de un sueño
profundo.
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Sin dudar que sería capaz de ganarse una vez más los favores de Montse Fernández con sólo poder
hacer que escuchara sus palabras, y recordando la felicidad que representó el haber
disfrutado de sus encantos, el audaz pícaro abrió furtivamente la ventana y se adentró en el
dormitorio. Bien envuelto en el holgado hábito monacal, y escondiendo su faz bajo la
cogulla, se deslizó dentro de la cama mientras su gigantesco miembro. ya despierto al
placer que se le prometía, se erguía contra su hirsuto vientre.
La señora Verbouc, despertada de un sueño placentero, y sin siquiera poder
sospechar que fuera otro y no su fiel esposo quien la abrazara tan cálidamente, se volvió
con amor hacia el intruso, y. nada renuente, abrió por propia voluntad sus muslos para
facilitar el ataque.
David Brown, por su parte, seguro de que era la joven Montse Fernández a quien tenía entre sus
brazos, con mayor motivo dado que no oponía resistencia a sus caricias, apresuró los
preliminares, trepando con la mayor celeridad sobre las piernas de la señora para llevar su
enorme pene a los labios de una vulva bien humedecida. Plenamente sabedor de las
dificultades que esperaba encontrar en una muchacha tan joven, empujó con fuerza hacia el
interior.
Hubo un movimiento: dio otro empujón hacia abajo, se oyó un quejido de la dama, y
lentamente, pero de modo seguro, la gigantesca masa de carne endurecida se fue sumiendo,
hasta que quedó completamente enterrada. Entonces, mientras, entraba, la señora Verbouc
advirtió por vez primera la extraordinaria diferencia: aquel pene era por lo menos de doble
tamaño que el de su esposo. A la duda siguió la certeza. En la penumbra alzó la cabeza, y
pudo ver encima de ella el excitado rostro del feroz padre David Brown.
Instantáneamente se produjo una lucha, un violento alboroto, y una yana tentativa por
parte de la dama para librarse del fuerte abrazo con que la sujetaba su asaltante.
Pero pasara lo que pasara. David Brown estaba en completa posesión y goce de su
persona. No hizo pausa alguna: por el contrario, sordo a los gritos, hundió el miembro en
toda su longitud, y se dio gran prisa en consumar su horrible victoria. Ciego de ira y de
lujuria no advirtió siquiera la apertura de la puerta de la habitación, ni la lluvia de golpes
que caía sobre sus posaderas, hasta que, con los dientes apretados y el sordo bramido de un
toro, le llegó la crisis, y arrojó un torrente de semen en la renuente matriz de su víctima.
Sólo entonces despertó a la realidad y, temeroso de las consecuencias de su ultraje, se
levantó a toda prisa, escondió su húmeda arma, y se deslizó fuera de la cama por el lado
opuesto a aquel en que se encontraba su asaltante.
Esquivando lo mejor que pudo los golpes del señor Verbouc, y manteniendo los
vuelos de su sayo por encima de la cabeza, a fin de evitar ser reconocido, corrió hacia la
ventana por la cual había entrado, para dar desde ella un gran brinco. Al fin consiguió
desaparecer rápidamente en la oscuridad, seguido por las imprecaciones del enfurecido
marido.
Ya antes habíamos dicho que la señora Verbouc estaba inválida, o por lo menos así lo
creía ella, y ya podrá imaginar el lector el efecto que sobre una persona de nervios
desquiciados y de maneras recatadas había de causar el ultraje inferido. Las enormes
proporciones del hombre, su fuerza y su furia casi la habían matado, y yacía inconsciente
sobre el lecho que fue mudo testigo de su violación.
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El señor Verbouc no estaba dotado por la naturaleza con asombrosos atributos de
valor personal, y cuando vio que el asaltante de su esposa se alzaba satisfecho de su
proeza, lo dejó escapar pacíficamente.
Mientras, el padre Ambrosio y Montse Fernández, que siguieron al marido ultrajado desde una
prudente distancia, presenciaron desde la puerta entreabierta el desenlace de la extraña
escena,
Tan pronto como el violador se levantó tanto Montse Fernández como Ambrosio lo reconocieron.
La primera desde luego tenía buenas razones, que ya le constan al lector, para recordar el
enorme miembro oscilante que le colgaba entre las piernas.
Mutuamente interesados en guardar el secreto, fue bastante el intercambio de una
mirada para indicar la necesidad de mantener la reserva, y se retiraron del aposento antes
de que cualquier movimiento de parte de la ultrajada pudiera denunciar su proximidad.
Tuvieron que transcurrir varios días antes de que la pobre señora Verbouc se
recuperara y pudiera abandonar la cama. El choque nervioso había sido espantoso, y sólo la
conciliatoria actitud de su esposo pudo hacerle levantar cabeza.
El señor Verbouc tenía sus propios motivos para dejar que el asunto se olvidara, y no
se detuvo en miramientos para aligerarse del peso del mismo.
Al día siguiente de la catástrofe que acabo de relatar, el señor Verbouc recibió la
visita de su querido amigo y vecino, el señor Delmont, y después de haber permanecido
encerrado con él durante una hora, se separaron con amplias sonrisas en los labios y los
más extravagantes cumplidos.
Uno había vendido a su sobrina, y el otro creyó haber comprado esa preciosa joya
llamada doncellez.
Cuando por la noche el tío de Montse Fernández anunció que la venta había sido convenida, y que
el asunto estaba arreglado, reinó gran regocijo entre los confabulados.
El padre Ambrosio tomó inmediatamente posesión de la supuesta doncellez, e
introduciendo en el interior de la muchacha toda la longitud de su miembro, procedió,
según sus propias palabras, a mantener el calor en aquel hogar. El señor Verbouc, que
como de costumbre se reservó para entrar en acción después de que hubiere terminado su
confrere. atacó en seguida la misma húmeda fortaleza, como la nombraba él jocosamente,
simplemente para aceitarle el paso a su amigo.
Después se ultimó hasta el postrer detalle, y la reunión se levantó, confiados todos en
el éxito de su estratagema.
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Capitulo X
DESDE SU ENCUENTRO CON EL RÚSTICO MOZUELO cuya simpleza tanto le
había interesado, en la rústica vereda que la conducía a su casa, Montse Fernández no dejó de pensar en
los términos en los que aquél se había expresado, y en la extraña confesión que el
jovenzuelo le había hecho sobre la complicidad de su padre en sus actos sexuales.
Estaba claro que su amante era tan simple que se acercaba a la idiotez, y, a juzgar por
su observación de que “mi padre no es tan listo como yo” suponía que el defecto era
congénito. Y lo que ella se preguntaba era si el padre de aquel simplón poseía —tal como
lo declaró el muchacho— un miembro de proporciones todavía mayores que las del hijo.
Dado su hábito de pensar casi siempre en voz alta, yo sabía a la perfección que a
Montse Fernández no le importaba la opinión de su tío, ni le temía ya al padre Ambrosio. Sin duda
alguna estaba resuelta a seguir su propio camino, pasare lo que pasare, y por lo tanto no me
admiré lo más mínimo cuando al día siguiente, aproximadamente a la misma hora, la vi
encaminarse hacia la pradera.
En un campo muy próximo al punto en que observó el encuentro sexual entre el
caballo y la yegua, Montse Fernández descubrió al mozo entregado a una sencilla labor agrícola. Junto a
él se encontraba una persona alta y notablemente morena, de unos cuarenta y cinco años.
Casi al mismo tiempo que ella divisó a los individuos, el jovenzuelo la advirtió a ella,
y corrió a su encuentro, después de que, al parecer, le dijera una palabra de explicación a
su compañero, mostrando su alegría con una amplia sonrisa de satisfacción.
—Este es mi padre —dijo, señalando al que se encontraba a sus espaldas—, ven y
pélasela.
—¡Qué desvergüenza es esta, picaruelo! —repuso Montse Fernández más inclinada a reírse que a
enojarse—. ¿Cómo te atreves a usar ese lenguaje?
—¿A qué viniste? —preguntó el muchacho—. ¿No fue para joder?
En ese momento habían llegado al punto donde se encontraba el hombre, el cual
clavó su azadón en el suelo, y le sonrió a la muchacha en forma muy parecida a como lo
hacía el chico.
Era fuerte y bien formado, y. a juzgar por las apariencias, Montse Fernández pudo comprobar que
si poseía los atributos de que su hijo le habló en su primera entrevista.
—Mira a mi padre, ¿no es como te dije? —observó el jovenzuelo—. ¡Deberías verlo
joder!
No cabía disimulo. Se entendían entre ellos a la perfección, y sus sonrisas eran más
amplias que nunca. El hombre pareció aceptar las palabras del hijo como un cumplido, y
posó su mirada sobre la delicada jovencita. Probablemente nunca se había tropezado con
una de su clase, y resultaba imposible no advertir en sus ojos una sensualidad que se
reflejaba en el brillo de sus ojazos negros.
Montse Fernández comenzó a pensar que hubiera sido mejor no haber ido nunca a aquel lugar.
—Me gustaría enseñarte la macana que tiene mi padre
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—dijo el jovenzuelo, y, dicho y hecho, comenzó a desabrochar los pantalones de su
respetable progenitor.
Montse Fernández se cubrió los ojos e hizo ademán de marcharse. En el acto el hijo le interceptó
el paso, cortándole el acceso al camino.
—Me gustaría joderte —exclamó el padre con voz ronca—. A Tim también le
gustaría joderte, de manera que no debes irte. Quédate y serás jodida.
Montse Fernández estaba realmente asustada.
—No puedo -dijo—. De veras, debéis dejarme marchar. No podéis sujetarme así. No
me arrastréis. ¡Soltadme! ¿A dónde me lleváis?
Había una casita en un rincón del campo, y se encontraban ya a las puertas de la
misma. Un segundo después la pareja la había empujado hacia dentro, cerrando la puerta
detrás de ellos, y asegurándola luego con una gran tranca de madera.
Montse Fernández echó una mirada en derredor, y pudo ver que el lugar estaba limpio y lleno de
pacas de heno. También pudo darse cuenta de que era inútil resistir. Sería mejor estarse
quieta, y tal vez a fin de cuentas la pareja aquella no le haría daño. Advirtió, empero, las
protuberancias en las partes delanteras de los pantalones de ambos, y no tuvo la menor
duda de que sus ideas andaban de acuerdo con aquella excitación.
—Quiero que veas la yerga de mi padre ¡y también tienes que ver sus bolas!
Y siguió desabrochando los botones de la bragueta de su progenitor. Asomó el faldón
de la camisa, con algo debajo que abultaba de manera singular.
~¡Oh!, estate ya quieto, padre —susurró el hijo—. Déjale ver a la señorita tu macana.
Dicho esto alzó la camisa, y exhibió a la vista de Montse Fernández un miembro tremendamente
erecto, con una cabeza ancha como una ciruela, muy roja y gruesa, pero no de tamaño muy
fuera de lo común. Se encorvaba considerablemente hacia arriba, y la cabeza, dividida en
su mitad por la tirantez del frenillo, se inclinaba mucho más hacia su velludo vientre. El
arma era sumamente gruesa, bastante aplastada y tremendamente hinchada.
La joven sintió el hormigueo de la sangre a la vista de aquel miembro. La nuez era
tan grande como un huevo, regordeta, de color púrpura, y despedía un fuerte olor. El
muchacho hizo que se acercara, y que con su blanca manecita lo apretara.
—¿No le dije que era mayor que el mío? -siguió diciendo el jovenzuelo—. Véalo, el
mío ni siquiera se aproxima en tamaño al de mi padre.
Montse Fernández se volvió. El muchacho había abierto sus pantalones para dejar totalmente a la
vista su formidable pene. Estaba en lo cierto: no podía compararse en tamaño con el del
padre.
El mayor de los dos agarró a Montse Fernández por la cintura. También Tim intentó hacerlo, así
como meter sus manos por debajo de sus ropas. Entrambos la zarandearon de un lado a
otro, hasta que un repentino empujón la hizo caer sobre el heno. Su falda no tardó en volar
hacia arriba.
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El vestido de Montse Fernández era ligero y amplio, y la muchacha no llevaba calzones. Tan
pronto vio la pareja de hombres sus bien torneadas y blancas piernas, que dando un
resoplido se arrojaron ambos a un tiempo sobre ella. Siguió una lucha en la que el padre,
de más peso y más fuerte que el muchacho, llevó la ventaja. Sus calzones estaban caídos
hasta los talones y su grande y grueso carajo llegaba muy cerca del ombligo de Montse Fernández. Esta
se abrió de piernas, ansiosa de probarlo.
Pasó su mano por debajo y lo encontró caliente como la lumbre, y tan duro como una
barra de hierro. El hombre, que malinterpretó sus propósitos, apartó con rudeza su mano, y
sin ayuda colocó la punta de su pene sobre los rojos labios del sexo de Montse Fernández. Esta abrió lo
más que pudo sus juveniles miembros, y el campesino consiguió con varias estocadas
alojarlo hasta la mitad.
Llegado este momento se vio abrumado por la excitación y dejó escapar un terrible
torrente de fluido sumamente espeso. Descargó con violencia y, al tiempo de hacerlo, se
introdujo dentro de ella hasta que la gran cabeza dio contra su matriz, en el interior de la
cual virtió parte de su semen.
Me estás matando! —gritó la muchacha, medio sofocada—. ¿Qué es esto que
derramas en mi interior?
—Es la leche, eso es lo que es —observó Tim, que se había agachado para deleitarse
con la contemplación del espectáculo—. ¿No te dije que era bueno para joder?
Montse Fernández pensó que el hombre la soltaría, y que le permitiría levantarse, pero estaba
equivocada. El largo miembro, que en aquellos momentos se insertaba hasta lo más hondo
de su ser, engrosaba y se envaraba mucho más que antes.
El campesino empezó a moverse hacia adelante y hacía atrás, empujando sin piedad
en las partes íntimas de Montse Fernández a cada nueva embestida. Su gozo parecía ser infinito. La
descarga anterior hacía que el miembro se deslizara sin dificultades en los movimientos de
avance y retroceso, y que con la brusquedad de los mismos alcanzara las regiones más
blandas.
Poco a poco Montse Fernández llegó a un grado extremo de excitación. Se entreabrió su boca,
pasó sus piernas sobre las espaldas de el y se asió a las mismas convulsivamente. De esta
manera pudo favorecer cualquier movimiento suyo, y se deleitaba al sentir las fieras
sacudidas con que el sensual sujeto hundía su ardiente arma en sus entrañas.
Por espacio de un cuarto de hora se libró una batalla entre ambos. Montse Fernández se había
venido con frecuencia, y estaba a punto de hacerlo de nuevo, cuando una furiosa cascada
de semen surgió del miembro del hombre e inundó sus entrañas.
El individuo se levantó después, y retirando su carajo, que todavía exudaba las
últimas gotas de su abundante eyaculación, se quedó contemplando pensativamente el
jadeante cuerpo que acababa de abandonar.
Su miembro todavía se alzaba amenazador frente a ella, vaporizante aún por efecto
del calor de la vaina. Tim, con verdadera devoción filial, procedió a secarlo y a devolverlo,
hinchado todavía por la excitación a que estuvo sometido, a la bragueta del pantalón de su
padre.
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Hecho esto el joven comenzó a ver con ojos de carnero a Montse Fernández, que seguía acostada
en el heno, recuperándose poco a poco. Sin encontrar resistencia, se fue sobre ella y
comenzó a hurgar con sus dedos en las partes intimas de la muchacha.
Esta vez fue el padre quien acudió en su auxilio. Tomó en su mano el arma del hijo y
comenzó a pelarla, con movimientos de avance y retroceso, hasta que adquirió rigidez. Era
una formidable masa de carne que se bamboleaba frente al rostro de Montse Fernández.
—¡Que los cielos me amparen! Espero que no vayas a introducir eso dentro de mí —
murmuró Montse Fernández.
—Claro que si —contestó el muchacho con una de sus estúpidas sonrisas. Papá me la
frota y me da gusto, y ahora voy a joderte a ti.
El padre conducía en aquellos momentos el taladro hacia los muslos de la muchacha.
Su vulva, todavía inundada con las eyaculaciones que el campesino había vertido en su
interior, recibió rápidamente la roja cabeza. Tim empujó, y doblándose sobre ella introdujo
el aparato hasta que sus pelos rozaron la piel de Montse Fernández.
—¡Oh, es terriblemente larga! —gritó ella—. Lo tienes demasiado grande,
muchachito tonto. No seas tan violento. ¡Oh, me matas! ¡Cómo empujas! ¡No puedes ir
más adentro ya!
¡Con suavidad, por favor! Está totalmente dentro. Lo siento en la cintura. ¡Oh, Tim!
¡Muchacho horrible!
—Dáselo —murmuró el padre, al mismo tiempo que le cosquilleaba los testículos y
las piernas—. Tiene que caberle entero, Tim. ¿No es una belleza? ¡Qué coñito tan apretado
tiene! ¿no es así muchachito?
—¡Uf! No hables, padre, así no puedo joder.
Durante unos minutos se hizo el silencio. No se oía mas ruido que el que hacían los
dos cuerpos en la lucha entablada sobre el heno. Al cabo, el muchacho se detuvo. Su cara
jo, aunque duro como el hierro, y firme como la cera, no había expelido una sola gota, al
parecer. Lo extrajo completamente enhiesto, vaporoso y reluciente por la humedad.
—No puedo venirme —dijo, apesadumbrado.
—Es la masturbación —explicó el padre.
—Se la hago tan a menudo que ahora la extraña.
Montse Fernández yacía jadeante y en completa exhibición.
Entonces el hombre llevó su mano a la yerga de Tim, y comenzó a frotarla
vigorosamente hacia atrás y hacia adelante. La muchacha esperaba a cada momento que se
viniera sobre su cara.
Después de un rato de esta sobreexcitación del hijo, el padre llevó de repente la
ardiente cabeza de la yerga a la vulva de Montse Fernández, y cuando la introducía un verdadero diluvio
de esperma salió de ella, para anegar el interior de la muchacha. Tim empezó a retorcerse y
a luchar, y terminó por mordería en el brazo.
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Cuando hubo terminado por completo esta descarga, y el enorme miembro del
muchacho dejó de estremerse, el jovenzuelo lo retiró lentamente del cuerpo de Montse Fernández, y ésta
pudo levantarse.
Sin embargo, ellos no tenían intención de dejarla marchar, ya que, después de abrir la
puerta, el muchacho miró cautelosamente en torno, y luego, volviendo a colocar la tranca,
se volvió hacia Montse Fernández para decirle:
—Fue divertido, ¿no? —observó—, le dije que mi padre era bueno para esto.
—Si, me lo dijiste, pero ahora tienes que dejarme marchar. Anda, sé bueno.
Una mueca a modo de sonrisa fue su única respuesta.
Montse Fernández miró hacia el hombre y quedó aterrorizada al verlo completamente desnudo,
desprovisto de toda prenda de vestir, excepción hecha de su camisa y sus zapatos, y en un
estado de erección que hacía temer otro asalto contra sus encantos, todavía más terrible que
los anteriores.
Su miembro estaba literalmente lívido por efecto de la tensión, y se erguía hasta tocar
su velludo vientre. La cabeza había engrosado enormemente por efecto de la irritación
previa, y de su punta pendía una gota reluciente.
~¿Me dejarás que te joda de nuevo? —preguntó el hombre, al tiempo que agarraba a
la damita por la cintura y llevaba la mano de ella a su instrumento.
—Haré lo posible —murmuró Montse Fernández.
Y viendo que no podía contar con ayuda alguna, sugirió que él se sentara sobre el
heno para montarse ella a caballo sobre sus rodillas y tratar de insertarse la masa de carne
pardusca.
Tras de algunas arremetidas y retrocesos entró el miembro, y comenzó una segunda
batalla no menos violenta que la primera. Transcurrió un cuarto de hora completo. Al
parecer, era el de mayor edad el que ahora no podía lograr la eyaculación.
¡Cuán fastidiosos son!, pensó Montse Fernández.
—Frótamelo, querida —dijo el hombre, extrayendo su miembro del interior del
cuerpo de ella, todavía más duro que antes.
Montse Fernández lo agarró con sus manecitas y lo frotó hacia arriba y hacia abajo. Tras un rato
de esta clase de excitación, se detuvo al observar que el enorme pomo exudaba un chorrito
de semen. Apenas lo había encajado de nuevo en su interior, cuando un torrente de leche
irrumpió en su seno.
Alzándose y dejándose caer sobre él alternativamente, Montse Fernández bombeó hasta que él
hubo terminado por completo, después de lo cual la dejaron irse.
Al fin llegó el día; despuntó la mañana fatídica en la que la hermosa Julia Delmont
había de perder el codiciado tesoro que con tanta avidez se solicita por una parte, y tan
irreflexivamente se pierde por otra.
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Era todavía temprano cuando Montse Fernández oyó sus pasos en las escaleras, y no bien
estuvieron juntas cuando un millar de agradables temas de charla dieron pábulo a tina
conversación animada, hasta que Julia advirtió que habla algo que Montse Fernández se reservaba. En
efecto, su hablar animoso no era sino una mas-cara quc escondía algo que se mostraba
renuente a confiar a su compañera.
—Adivino que tienes algo qué decirme, Montse Fernández; algo que todavía no me dices, aunque
deseas hacerlo. ¿De qué se trata. Montse Fernández?
—¿No lo adivinas? —preguntó ésta, con una maliciosa sonrisa que jugueteaba
alrededor de los hoyuelos que se formaban junto a las comisuras de sus rojos labios.
—¿Será algo relacionado con el padre Ambrosio? —preguntó Julia—. ¡Oh, me siento
tan terriblemente culpable y apenada cuando le veo ahora, no obstante que él me dijo que
no había malicia en lo que hizo!
—No la había, de eso puedes estar segura. Pero, ¿qué fue lo que hizo?
—¡Oh, si te contara! Me dijo unas cosas.., y luego pasó su brazo en torno a mi cintura
y me besó hasta casi quitarme el aliento.
—¿Y luego? —preguntó Montse Fernández.
—¡Qué quieres que te diga, querida! Dijo e hizo mil cosas, ¡hasta llequé a pensar que
iba a perder la razón!
—Dime algunas de ellas, cuando menos.
—Bueno, pues después de haberme besado tan fuertemente, metió sus manos por
debajo de mis ropas y jugueteó con mis pies y con mis medias.., y luego deslizó su mano
más arriba.., hasta que creí que me iba a desvanecer.
— ¡Ah, picaruela! Estoy segura que en todo momento te gustaron sus caricias.
—Claro que si. ¿Cómo podría ser de otro modo? Me hizo sentir lo que nunca antes
había sentido en toda mi vida.
—Vamos, Julia, eso no fue todo. No se detuvo ahí, tú lo sabes.
—¡Oh, no, claro que no! Pero no puedo hablarte de lo que hizo después.
—¡Déjate de niñerías! —exclamó Montse Fernández, simulando estar m*****a por la reticencia de
su amiga—. ¿Por qué no me lo confiesas todo?
—Supongo que no tiene remedio, pero parecía tan escandaloso, y era todo tan nuevo
para mí, y sin embargo tan sin malicia... Después de haberme hecho sentir que moría por
efecto de un delicioso estremecimiento provocado con sus dedos, de repente tomó mi mano
con la suya y la posó sobre algo que tenía él, y que parecía como el brazo de un niño. Me
invitó a agarrarlo estrechamente. Hice lo que me indicaba, y luego miré hacía abajo y vi
una cosa roja, de piel completamente blanca y con venas azules, con una curiosa punta
redonda color púrpura, parecida a una ciruela. Después me di cuenta de que aquella cosa
salía entre sus piernas, y que estaba cubierta en su base por una gran mata de pelo negro y
rizado.
Julia dudó un instante.
—Sigue —le dijo Montse Fernández, alentándola.
—Pues bien; mantuvo mi mano sobre ella e hizo que la frotara una y otra vez. ¡Era
tan larga, estaba tan rígida y tan caliente!
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No cabía dudarlo, sometida como estaba a la excitación por parte de aquella pequeña
beldad.
—Después tomó mi otra mano y las puso ambas sobre aquel objeto peludo. Me
espanté al ver el brillo que adquirían sus ojos, y que su respiración se aceleraba, pero él me
tranquilizó. Me llamó querida niña, y, levantándose, me pidió que acariciara aquella cosa
dura con mis senos. Me la mostró muy cerca de mi cara.
—¿Fue todo? -preguntó Montse Fernández, en tono persuasivo.
—No, no. Desde luego, no fue todo; ¡pero siento tanta vergüenza...! ¿Debo
continuar? ¿Será correcto que divulgue estas cosas? Bien. Después de haber cobijado aquel
monstruo en mí seno por algún tiempo, durante el cual latía y me presionaba ardiente y
deliciosamente, me pidió que lo besara.
Lo complací en el acto. Cuando puse mis labios sobre él, sentí que exhalaba un
aroma sensual. A petición suya seguí besándolo. Me pidió que abriera mis labios y que
frotara la punta de aquella cosa entre ellos. Enseguida percibí una humedad en mi lengua y
unos instantes después un espeso chorro de cálido fluido se derramó sobre mi boca y bañó
luego mi cara y mis manos.
Todavía estaba jugando con aquella cosa, cuando el ruido de una puerta que se abría
en el otro extremo de la iglesia obligó al buen padre a esconder lo que me había confiado,
porque —dijo— la gente vulgar no debe saber lo que tú sabes, ni hacer lo que yo te he
permitido hacer”.
Sus modales eran tan gentiles y corteses, que me hicieron sentir que yo era
completamente distinta a todas las demás muchachas. Pero dime querida Montse Fernández, ¿cuáles
eran las misteriosas noticias que querías comunicarme? Me muero por saberlas.
—Primero quiero saber si el buen padre Ambrosio te habló o no de los goces... o
placeres que proporciona el objeto con el que estuviste jugueteando, y si te explicó alguna
de las maneras por medio de las cuales tales deleites pueden alcanzarse sin pecar.
—Claro que sí. Me dijo que en determinados casos el entregarse a ellos constituía un
mérito.
—Supongo que después de casarse, por ejemplo.
—No dijo nada al respecto, salvo que a veces el matrimonio trae consigo muchas
calamidades, y que en ocasiones es hasta conveniente la ruptura de la promesa
matrimonial.
Montse Fernández sonrió. Recordó haber oído algo del mismo tenor de los sensuales labios del
cura.
—Entonces, ¿en qué circunstancias, según él, estarían permitidos estos goces?
—Sólo cuando la razón se encuentra frente a justos motivos, aparte de los de
complacencia, y esto sólo sucede cuando alguna jovencita, seleccionada por los demás por
sus cualidades anímicas, es dedicada a dar alivio a los servidores de la religión.
—Ya veo —comenté Montse Fernández—. Sigue.
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—Entonces me hizo ver lo buena que era yo, y lo muy meritorio que sería para mí el
ejercicio del privilegio que me concedía, y que me entregara al alivio de sus sentidos y de
los de aquellos otros a quienes sus votos les prohibían casarse, o la satisfacción por otros
medios de las necesidades que la naturaleza ha dado a todo ser viviente. Pero Montse Fernández, tú
tienes algo qué decirme, estoy segura de ello.
—Está bien, puesto que debo decirlo, lo diré; supongo que no hay más remedio.
Debes saber, entonces, que el buen padre Ambrosio decidió que lo mejor para ti sería que
te iniciaras luego, y ha tomado medidas para que ello ocurra hoy.
—¡No me digas! ¡Ay de mí! ¡Me dará tanta vergüenza! ¡Soy tan terriblemente
tímida!
~¡Oh, no, querida! Se ha pensado en todo ello. Sólo un hombre tan piadoso y
considerado como nuestro querido confesor hubiera podido disponerlo todo en la forma
como la ha hecho. Ha arreglado las cosas de modo que el buen padre podrá disfrutar de
todas las bellezas que tu encantadora persona puede ofrecerle sin que tú lo veas a él, ni él
te vea a ti.
~¿Cómo? ¿Será en la oscuridad, entonces?
—De ninguna manera; eso impediría darle satisfacción al sentido de la vista, y
perderse el gran gusto de contemplar los deliciosos encantos en cuya posesión tiene puesta
su ilusión el querido padre Ambrosio.
—Tus lisonjas me hacen sonrojarme, Montse Fernández. Pero entonces, ¿cómo sucederán las
cosas?
—A plena luz —explicó Montse Fernández en el tono en que una madre se dirige a su hija—. Será
en una linda habitación de mi casa; se te acostará sobre un diván adecuado, y tu cabeza
quedará oculta tras una cortina, la que hará las veces de puerta de una habitación más
interior, de modo que únicamente tu cuerpo, totalmente desnudo, quede a disposición de tu
asaltante.
—¡Desnuda! ¡Qué vergüenza!
—¡Ah, Julia. mi dulce y tierna Julia! —murmuró Montse Fernández—, al mismo tiempo que un
estremecimiento de éxtasis recorría su cuerpo—. ¡ Pronto gozarás grandes delicias! ¡
Despertarás los goces exquisitos reservados para los inmortales, y te darás así cuenta de
que te estás aproximando al periodo llamado pubertad, cuyos goces estoy segura de que ya
necesitas!
—¡Por favor, Montse Fernández, no digas eso!
—Y cuando al fin —siguió diciendo su compañera, cuya imaginación la había
conducido ya a sueños carnales que exigían imperiosamente su satisfacción—, termine la
lucha, llegue el espasmo, y la gran cosa palpitante dispare su viscoso torrente de líquido
enloquecedor. . . ¡Oh! entonces ella sentirá el éxtasis, y hará entrega de su propia ofrenda.
—¿Qué es lo que murmuras?
Montse Fernández se levantó.
—Estaba pensando —dijo con aire soñador— en las delicias de eso de lo que tan mal
te expresas tú.
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Siguió una conversación en torno a minucias, y mientras la misma se desarrollaba,
encontré oportunidad para oír otro diálogo. no menos interesante para mí, y del cual, sin
embargo, no daré más que un extracto a mis lectores.
Sucedió en la biblioteca, y eran los interlocutores los señores Delmont y Verbouc.
Era evidente que había versado, por increible que ello pudiera parecer, sobre la entrega de
la persona de Montse Fernández al señor Delmont, previo pago de determinada cantidad, la cual
posteriormente sería invertida por el complaciente señor Verbouc para provecho de ‘su
querida sobrina
No obstante lo bribón y sensual que aquel hombre era, no podía dejar de sobornar de
algún modo su propia conciencia por el infame trato convenido.
—Sí —decía el complaciente y bondadoso tío—, los intereses de mi sobrina están
por encima de todo, estimado señor. No es que sea imposible un matrimonio en el futuro,
pero el pequeño favor que usted pide creo que queda compensado por parte nuestra —
como hombres de mundo que somos, usted me entiende, puramente como hombres de
mundo— por el pago de una suma suficiente para compensaría por la pérdida de tan frágil
pertenencia.
En este momento dejó escapar la risa, principalmente porque su obtuso interlocutor
no pudo entenderle.
Al fin se llegó a un acuerdo, y quedaron por arreglarse Únicamente los actos
preliminares. El señor Delmont quedó encantado, saliendo de su torpe y estólida
indiferencia cuando se le informó que la venta debía efectuarse en el acto, y que por
consiguiente tenía que posesionarse de inmediato de la deliciosa virginidad que durante
tanto tiempo anheló conquistar.
En el ínterin, el bueno y generoso de nuestro querido padre Ambrosio hacia ya algún
tiempo que se encontraba en aquella mansión, y tenía lista la habitación donde estaba
prevista la consumación del sacrificio.
Llegado este momento, después de un festín a título de desayuno, el señor Delmont
se encontró con que sólo existía una puerta entre él y la víctima de su lujuria. De lo que no
tenía la más remota idea era de quién iba a ser en realidad su víctima. No pensaba más que
en Montse Fernández.
Seguidamente dio vuelta a la cerradura y entró en la habitación, cuyo suave calor
templó los estimulados instintos sexuales que estaban a punto de entrar en acción,
¡Qué maravillosa visión se ofreció a sus ojos extasiados! Frente a él, recostado sobre
un diván y totalmente desnudo, estaba el cuerpo de una jovencita. Una simple ojeada era
suficiente para revelar que era una belleza, pero se hubieran necesitado varios minutos para
describirla en detalle, después de descubrir por separado cada una de sus deliciosas partes
sus bien torneadas extremidades, de proporciones infantiles; con Unos senos formados por
dos de las más selectas y blancas colinas de suave carne, coronadas con dos rosáceos
botones; las venas azules que corrían serpenteando aquí y allá, que se veían al través de
una superficie nacarada como riachuelos de fluido sanguíneo, y que daban mayor realce a
la deslumbrante blancura de la piel.
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Y además, ¡oh! además el punto central por el que suspiran los hombres: los
sonrosados y apretados labios en los que la naturaleza gusta de solozarse, de la que ella
nace y a la que vuelve: ¡la source! Allí estaba, a la vista, en casi toda su infantil perfección.
Todo estaba allí menos.., la cabeza. Esta importante parte se hacia notar por su
ausencia, y las suaves ondulaciones de la hermosa virgen evidenciaban que para ella no era
inconveniente que no estuviera a la vista.
El señor Delmont no se asombró ante aquel fenómeno, ya que había sido preparado
para él, así como para guardar silencio. Se dedicó, en consecuencia, a observar con deleite
los encantos que habían sido preparados para solaz suyo.
No bien se hubo repuesto de la sorpresa y la emoción causadas por su primera visión
de la beldad desnuda, comenzó a sentir los efectos provocados por el espectáculo en los
órganos sexuales que responden bien pronto en hombre de su temperamento a las
emociones que normalmente deben causarlos.
Su miembro, duro y henchido, se destacaba en su bragueta, y amenazaba con salir de
su confinamiento. Por lo tanto lo liberé permitiéndole a la gigantesca arma que apareciera
sin obstáculos, y a su roja punta que se irguiera en presencia de su presa.
Lector: yo no soy más que una pulga, y por lo tanto mis facultades de percepción son
limitadas. Por lo mismo carezco de capacidad para describir los pasos lentos y la forma
cautelosa en que el embelesado violador se fue aproximando gradualmente a su víctima.
Sintiéndose seguro y disfrutando esta confianza, el señor Delmont recorrió con sus
ojos y con sus manos todo el cuerpo. Sus dedos abrieron la vulva, en la que apenas había
florecido un ligero vello, en tanto que la muchacha se estremeció y contorsionaba al sentir
el intruso en sus partes más intimas, para evitar el manoseo lujurioso, con el recato propio
de las circunstancias.
Luego la atrajo hacia si, y posó sus cálidos labios en el bajo vientre y en los tiernos y
sensibles pezones de sus juveniles senos. Con mano ansiosa la tomó por sus ampulosas
caderas, y atrayéndola más hacia él le abrió las blancas piernas y se colocó en medio de
ellas.
Lector: acabo de recordarte que no soy más que una pulga. Pero aun las pulgas
tenemos sentimientos, y no trataré de explicarte cuáles fueron los míos cuando contemplé
aquel excitado miembro aproximarse a los prominentes labios de la húmeda vulva de Julia.
Cerré los ojos. Los instintos sexuales de la pulga macho despertaron en mi, y hubiera
deseado —si, lo hubiera deseado ardientemente— estar en el lugar del señor Delmont.
Mientras tanto, con firmeza y sin miramientos, él se dio a la tarea demoledora. Dando
un repentino brinco trató de adentrarse en las partes vírgenes de la joven Julia, falló el
golpe. Lo intentó de nuevo, y otra vez el frustrado aparato quedó tieso y jadeante sobre el
palpitante vientre de su víctima.
Durante este periodo de prueba Julia hubiera podido sin duda echar a rodar el
complot gritando más o menos fuerte, de no haber sido por las precauciones tomadas por el
prudente corruptor y sacerdote, el padre Ambrosio.
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Julia estaba narcotizada.
Una vez más Delmont se lanzó al ataque. Empujó con fuerza hacia adelante, afianzó
sus pies en el piso, se enfureció, echó espumarajos y... ¡por fin! la elástica y suave barrera
cedió, permitiéndole entrar. Dentro, con una sensación de éxtasis triunfal. Dentro, de modo
que el placer de la estrecha y húmeda compresión arrancó a sus labios sellados un gemido
de placer. Dentro, basta que su arma, enterrada hasta los pelos de su bajo vientre, quedó
instalada, palpitante y engruesando por momentos en la funda de ella, ajustada como un
guante.
Siguió entonces una lucha que ninguna pulga sería capaz de describir. Gemidos de
dicha y de sensaciones de arrobo escaparon de sus labios babeantes. Empujó y se inclinó
hacia adelante con los ojos extraviados y los labios entreabiertos, e incapaz de impedir la
rápida consumación de su libidinoso placer, aquel hombrón entregó su alma, y con ella un
torrente de fluido seminal que, disparado con fuerza hacia adentro, bañó la matriz de su
propia hija.
De todo ello fue testigo Ambrosio, que se escondió para presenciar el lujurioso
drama, mientras Montse Fernández, al otro lado de la cortina, estaba lista para impedir cualquier
comunicación hablada de parte de su joven visitante.
Esta precaución fue, empero, completamente innecesaria, ya que Julia, lo bastante
recobrada de los efectos del narcótico para poder sentir el dolor, se había desmayado.
Capítulo XI
TAN PRONTO COMO HUBO ACABADO EL COMBATE, y el vencedor,
levantándose del tembloroso cuerpo de la muchacha, Comenzó a recobrarse del éxtasis
provocado por tan delicioso encuentro, se corrió repentinamente la cortina, y apareció la
propia Montse Fernández detrás de la misma.
Si de repente una bala de cañón hubiera pasado junto al atónito señor Delmont, no le
habría causado ni la mitad de la consternación que sintió cuando, sin dar completo crédito
a sus ojos, se quedó boquiabierto contemplando, alternativamente, el cuerpo postrado de su
víctima y la aparición de la que creía que acababa de poseer.
Montse Fernández, cuyo encantador “negligée” destacaba a la perfección sus juveniles encantos,
aparentó estar igualmente estupefacta, pero, simulando haberse recuperado, dio un paso
atrás con una perfectamente bien estudiada expresión de alarma.
—¿Qué... qué es todo esto? —preguntó Delmont, cuyo estado de agitación le impidió
incluso advertir que todavía no había puesto orden en su ropa, y que aún colgaba entre sus
piernas el muy importante instrumento con el que acababa de dar satisfacción a sus
impulsos sexuales, todavía abotagado y goteante, plenamente expuesto entre sus piernas.
—¡Cielos! ¿Será posible que haya cometido yo un error tan espantoso? —exclamó
Montse Fernández, echando miradas furtivas a lo que constituía una atractiva invitación.
—Por piedad, dime de qué error se trata, y quién está ahí
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—clamó el tembloroso violador, señalando mientras hablaba la desnuda persona
recostada frente a él.
—¡Oh, retírese! ¡Váyase! —gritó Montse Fernández, dirigiéndose rápidamente hacia la muerta
seguida por el señor Delmont, ansioso de que se le explicara el misterio.
Montse Fernández se encaminó a un tocador adjunto, cerró la puerta, asegurándola bien, y se dejó
caer sobre un lujoso diván, de manera que quedaran a la vista sus encantos, al mismo
tiempo que simulaba estar tan sobrecogida de horror, que no se daba cuenta de la
indecencia de su postura.
—¡Oh! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? —sollozaba, con el rostro escondido entre
sus manos, aparentemente angustiada.
Una terrible sospecha cruzó como rayo por la mente de su acompañante, quien
jadeante y semiahogado por la emoción, indagó:
—¡Habla! ¿Quién era...? ¿Quién?
—No tuve la culpa. No podía saber que era usted el que habían traído para mí... y no
sabiéndolo.., puse a Julia en mi lugar.
El señor Delmont se fue para atrás, tambaleándose. Una sensación todavía confusa de
que algo horrible había sucedido se apoderó de su ser; un vértigo nubló su vista, y luego,
gradualmente, fue despertando a la realidad. Sin embargo, antes de que pudiera articular
una sola palabra, Montse Fernández —bien adiestrada sobre la forma en que tenía que actuar— se
apresuró a impedirle que tuviera tiempo de pensar.
—¡Chist! Ella no sabe nada. Ha sido un error, un espantoso error, y nada más. Si está
decepcionado es por culpa mía, no suya. Jamás me pasó por el pensamiento que pudiera
ser usted. Creo —añadió haciendo un lindo puchero, sin dejar por ello de lanzar una
significativa mirada de reojo al todavía protuberante miembro— que fue muy poco amable
de ellos no haberme dicho que se trataba de usted.
El señor Delmont tenía frente a él a la hermosa muchacha. Lo cierto era que,
independientemente del placer que hubiere encontrado en el i****to involuntario, se había
visto frustrado en su intención original, perdiendo algo por lo que había pagado muy buen
precio.
~¡Oh, si ellos descubrieran lo que he hecho! —murmuró Montse Fernández, modificando
ligeramente su postura para dejar a la vista una de sus piernas hasta la altura de la rodilla.
Los ojos de Delmont centellearon. A despecho suyo volvía a sentirse calmado; sus
pasiones a****les afloraban de nuevo.
—¡Si ellos lo descubrieran! —gimió otra vez Montse Fernández.
Al tiempo que lo decía, se medio incorporó para pasar sus lindos brazos en torno al
cuello del engañado padre.
El señor Delmont la estrechó en un firme abrazo.
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—¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? —susurró Montse Fernández, que con una mano había asido el
pegajoso dardo de su acompañante, y se entretenía en estrujarlo y moldearlo con su cálida
mano.
El cuitado hombre, sensible a sus toques y a todos sus encantos, y enardecido de
nuevo por la lujuria, consideró que lo mejor que le deparaba su sino era gozar su juvenil
doncellez.
—Si tengo que ceder —dijo Montse Fernández—, tráteme con blandura. ¡Oh, qué manera de
tocarme ¡Oh, quite de ahí esa mano! ¡Cielos! ¿Qué hace usted?
No tuvo tiempo más que para echar un vistazo a su miembro de cabeza enrojecida,
rígido y más hinchado que nunca, y unos momentos después estaba ya sobre ella.
Montse Fernández no ofreció resistencia, y enardecido por su ansia amorosa, el señor Delmont
encontró enseguida el punto exacto.
Aprovechándose de su posición ventajosa empujó violentamente con su pene todavía
lubricado hacia el interior de las tiernas y juveniles partes íntimas de la muchacha.
Montse Fernández gimió.
Poco a poco el dardo caliente se fue introduciendo más y más adentro, hasta que se
juntaron sus vientres, y estuvo él metido hasta los testículos.
Seguidamente dio comienzo una violenta y deliciosa batalla, en la que Montse Fernández
desempeñó a la perfección el papel que le estaba asignado, y excitada por el nuevo
instrumento de placer, se abandonó a un verdadero torrente de deleites. El señor Delmont
siguió pronto su ejemplo, y descargó en el interior de Montse Fernández una copiosa corriente de su
prolífica esperma.
Durante algunos momentos permanecieron ambos ausentes, bañados en la exudación
de sus mutuos raptos, y jadeantes por el esfuerzo realizado, hasta que un ligero ruido les
devolvió la noción del mundo. Y antes de que pudieran siquiera intentar una retirada, o un
cambio en la inequívoca postura en que se encontraban, se abrió la puerta del tocador y
aparecieron, casi simultáneamente, tres personas.
Estas eran el padre Ambrosio, el señor Verbouc y la gentil Julia Delmont.
Entre los dos hombres sostenían el semidesvanecido cuerpo de la muchacha, cuya
cabeza se inclinaba lánguidamente a un lado, reposando sobre el robusto hombro del padre,
mientras Verbouc, no menos favorecido por la proximidad de la muchacha, sostenía el
liviano cuerpo de ésta con un brazo nervioso, y contemplaba su cara con mirada de lujuria
insatisfecha, que sólo podría igualar la reencarnación del diablo. Ambos hombres iban en
desabillé apenas decente, y la infortunada Julia estaba desnuda, tal como, apenas un cuarto
de hora antes, había sido violentamente mancillada por su propio padre.
—¡Chist! —susurró Montse Fernández, poniendo su mano sobre los labios de su amoroso
compañero—. Por el amor de Dios, no se culpe a si mismo. Ellos no pueden saber quién
hizo esto. Sométase a todo antes que confesar tan espantoso hecho. No tendría piedad.
Estése atento a no desbaratar sus planes.
El señor Delmont pudo ver de inmediato cuán ciertos eran los augurios de Montse Fernández.
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—¡Ve, hombre lujurioso! —exclamó el piadoso padre Ambrosio—. ¡Contempla el
estado en que hemos encontrado a esta pobre criatura! Y posando su manaza sobre el
lampiño monte de Venus de la joven Julia, exhibió impúdicamente a los otros sus dedos
escurriendo la descarga paternal.
—¡Espantoso! —comentó Verbouc—. ¡Y si llegara a quedar embarazada!
—¡Abominable! —gritó el padre Ambrosio—. Desde luego tenemos que impedirlo.
Delmont gemiro
Mientras tanto., Ambrosio y su coadjutor introdujeron a su joven víctima en la
habitación, y comenzaron a tentar y a acariciar todo su cuerpo, y a dedicarse a ejecutar
todos los actos lascivos que preceden a la desenfrenada entrega a la posesión lujuriosa.
Julia, aún bajo los efectos del sedante que le habían administrado, y totalmente confundida
por el proceder de aquella virtuosa pareja, apenas se daba cuenta de la presencia de su
digno padre. que todavía se encontraba sujeto por los blancos brazos de Montse Fernández, y con su
miembro empotrado aún en su dulce vientre.
~¡Vean cómo corre la leche piernas abajo! —exclamó Verbouc, introduciendo
nerviosamente su mano entre los muslos de Julia—. ¡Qué vergüenza!
—Ha escurrido hasta sus lindos píececítos —observó Ambrosio, alzándole una de sus
bien torneadas piernas, con la pretensión de proceder al examen de sus finas botas de
cabritilla, sobre las que se podía ver más de una gota de líquido seminal, al mismo tiempo
que con ojos de fuego exploraba con avidez la rosada grieta que de aquella manera quedó
expuesta a su mirada.
Delmont gimió de nuevo.
—¡Oh. Dios qué belleza! —gritó Verbouc, dando una palmada en sus redondas
nalgas—. Ambrosio: proceda para evitar cualquier posible consecuencia de un hecho tan
fuera de lo común. Únicamente la emisión de un hombre vigoroso puede remediar una
situación semejante.
—Sí, es cierto, hay que administrársela —murmuró Ambrosio, cuyo estado de
excitación durante este intervalo puede ser mejor imaginado que descrito.
Su sotana se alzaba manifiestamente por la parte delantera, y todo su comportamiento
delataba sus violentas emociones.
Ambrosio se despojó de su sotana y dejó en libertad su enorme miembro, cuya
rubicunda e hinchada cabeza parecía amenazar a los cielos.
Julia, terriblemente asustada, inició un débil movimiento de huida mientras el señor
Verbouc, gozoso, la sostenía exhibiéndola en su totalidad.
Julia contempló por segunda vez el miembro terriblemente erecto de su confesor, y.
adivinando sus intenciones por razón de la experiencia de iniciación por la que acababa de
pasar, casi se desvaneció de pánico.
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Ambrosio, como sí tratara de ofender los sentimientos de ambos —padre e hija—
dejó totalmente expuestos sus tremendos órganos genitales, y agitó el gigantesco pene en
sus rostros.
Delmont, presa del terror, y sintiéndose en manos de los dos complotados, contuvo la
respiración y se refugió tras de Montse Fernández, la que, plenamente satisfecha por el éxito de la
trama, se dedicó a aconsejarle que no hiciera nada y les permitiese hacer su voluntad.
Verbouc, que había estado tentando con sus dedos las húmedas partes íntimas de la
pequeña Julia, cedió la muchacha a la furiosa lujuria de su amigo, disponiéndose a gozar
de su pasatiempo favorito de contemplar la violación.
El sacerdote, fuera de sí a causa de la lujuria que lo embargaba, se quitó las prendas
de vestir más íntimas, sin que por ello perdiera rigidez su miembro durante la operación y
procedió a la deliciosa tarea que le esperaba, “Al fin es mía”. murmuro.
Ambrosio se apoderó en el acto de su presa, pasó sus brazos en torno a su cuerpo, y
la levantó en vilo para llevar a la temblorosa muchacha al sofá próximo y lanzarse sobre su
cuerpo desnudo. Y se entregó en cuerpo y alma a darse satisfacción. Su monstruosa arma,
dura como el acero, tocaba ya la rajita rosada, la que, si bien había sido lubricada por el
semen del señor Delmont, no era una funda cómoda para el gigantesco pene que la
amenazaba ahora.
Ambrosio proseguía sus esfuerzos, y el señor Delmont sólo podía ver, mientras lz~
figura del cura se retorcía sobre el cuerpo de su hijita, una ondulante masa negra y sedosa.
Con sobrada experiencia para verse obstaculizado durante mucho rato, Ambrosio iba
ganando terreno, y era también lo bastante dueño de sí para no dejarse arrastrar demasiado
pronto por el placer, venció toda oposición, y un grito desgarrador de Julia anunció la
penetración del inmenso ariete.
Grito tras grito se fueron sucediendo hasta que Ambrosio, al fin firmemente enterrado
en el interior de la jovencita, advirtió que no podía ahondar más, y comenzó los deliciosos
movimientos de bombeo que habían de poner término a su placer, a la vez que a la tortura
de su víctima.
Entretanto Verbouc, cuya lujuria había despertado con violencia a la vista de la
escena entre el señor Delmont y su hija, y la que subsecuentemente protagonizaron aquel
insensato hombre y su sobrina, corrió hacia Montse Fernández y, apartándola del abrazo en que la tenía
su desdichado amigo, le abrió de inmediato las piernas, dirigió una mirada a su orificio, y
de un solo empujón hundió su pene en su cuerpo, para disfrutar de las más intensas
emociones, en una vulva ya bien lubricada por la abundancia de semen que había recibido.
Ambas parejas estaban en aquel momento entregadas a su delirante copulación, en un
silencio sólo alterado por los quejidos de la semiconsciente Julia, el estertor de la
respiración del bárbaro Ambrosio, y los gemidos y sollozos del señor Verbouc.
La carrera se hizo más rápida y deliciosa. Ambrosio, que a la fuerza había adentrado
en la estrecha rendija de la jovencita su gigantesco pene, hasta la mata de pelos negros y
rizados que cubrían su raíz, estaba lívido de lujuria. Empujaba. impelía y embestía con la
fuerza de un toro, y de no haber sido porque al fin la naturaleza la favoreció llevando su
éxtasis a su culminación, hubiera sucumbido a los efectos de tan tremenda excitación, para
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caer presa de un ataque que probablemente hubiera imposibilitado para siempre la
repetición de una escena semejante.
Un fuerte grito se escapó de la garganta de Ambrosio. Verbouc sabía bien lo que ello
representaba: se estaba viniendo. Su éxtasis sirvió para apresurar a la otra pareja, y un
aullido de lujuria llenó el ámbito mientras los dos monstruos inundaban a sus víctimas de
líquido seminal. Pero no bastó una, sino que fueron precisas tres descargas de la prolífica
esencia del cura en la matriz de la tierna joven, para que se apaciguara la fiebre de deseo
que había hecho presa de él.
Decir simplemente que Ambrosio había descargado, no daría una idea real de los
hechos. Lo que en realidad hizo fue arrojar verdaderos borbotones de semen en el interior
de Julia, en espesos y fuertes chorros, al tiempo que no cesaba de lanzar gemidos de éxtasis
cada vez que una de aquellas viscosas inyecciones corría a lo largo de su enorme uretra, y
fluían en torrentes en el interior del dilatado receptáculo. Transcurrieron algunos minutos
antes de que todo terminara, y el brutal cura abandonara su ensangrentada y desgarrada
víctima.
Al propio tiempo el señor Verbouc dejaba expuestos los abiertos muslos y la
embadurnada vulva de su sobrina, la cual yacía todavía en el soñoliento trance que sigue al
deleite intenso, despreocupada de la espesa exudación que, gota a gota, iba formando un
charco en el suelo, entre sus piernas enfundadas en seda.
—¡Ah, qué delicia! —exclamó Verbouc—. Después de todo, se encuentra deleite en
el cumplimiento del deber, ¿no es asi, Delmont?
Y volviéndose hacia el anhelado sujeto, continuó:
—Si el padre Ambrosio y yo mismo no hubiéramos mezclado nuestras humildes
ofrendas con la prolífica esencia que al parecer aprovecha usted tan bien, nadie hubiera
podido predecir qué entuerto habría acontecido. ¡Oh, sí!, no hay nada como hacer las cosas
debidamente, ¿no es cierto, Delmont?
—No lo sé; me siento enfermo, estoy como en un sueño, sin que por ello sea
insensible a sensaciones que me provocan un renovado deleite. No puedo dudar de su
amistad.., de que sabrán mantener el secreto. He gozado mucho, y sin embargo, sigo
excitado. No sabría decir lo que deseo. ¿Qué será, amigos míos?
El padre Ambrosio se aproximó, y posando su manaza sobre el hombro del pobre
hombre, le dio aliento con unas cuantas palabras susurradas en tono reconfortante.
Como una pulga que soy, no puedo permitirme la libertad de mencionar cuáles
fueron dichas palabras, pero surtieron el efecto de disipar pronto las nubes de horror que
obscurecían la vida del señor Delmont. Se sentó, y poco a poco fue recobrando la calma.
Julia, también recuperada ya, tomó asiento junto al fornido sacerdote, que al otro lado
tenía a Montse Fernández. Hacía ya tiempo que ambas muchachas se sentían más o menos a gusto. El
santo varón les hablaba como un padre bondadoso, y consiguió que el señor Delmont
abandonara su actitud retraída, y que este honorable hombre, tras una copiosa libación de
vino, comen-zara asimismo a sentirse a sus anchas en el medio en que se encontraba,
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Pronto los vigorizantes vapores del vino surtieron su efecto en el señor Delmont, que
empezó a lanzar ávidas miradas hacia su hija. Su excitación era evidente, y se manifestaba
en el bulto que se advertía balo sus ropas.
Ambrosio se dio cuenta de su deseo y lo alentó. Lo llevó junto a Julia. la que, todavía
desnuda, no tenía manera de ocultar sus encantos. Su padre la miró con ojos en los que
predominaba la lujuria. Una segunda vez ya no sería tan pecaminosa, pensó.
Ambrosio asintió con la cabeza para alentarlo, mientras Montse Fernández desabrochaba sus
pantalones para apoderarse de su rígido pene, y apretarlo dulcemente entre sus manos.
El señor Delmont entendió la posición, y pocos instantes después estaba encima de su
hija. Montse Fernández condujo el i****tuoso miembro a los rojos labios del sexo de Julia, y tras unos
empujones más, el semienloquecido padre había penetrado por completo en el interior del
cuerpo de su linda hija.
La lucha que siguió se vio intensificada por las circunstancias de aquella horrible
conexión. Tras de un brutal y rápido galope el señor Delmont descargó, y su hija recibió en
lo más recóndito de su juvenil matriz las culpables emisiones de su desnaturalizado padre.
El padre Ambrosio, en quien predominaba el instinto sexual, tenía otra debilidad más,
que era la de predicar. Lo hizo por espacío de una hora, no tanto sobre temas religiosos,
sino refiriéndose a otras cuestiones más mundanas, y que desde luego no suelen ser
sancionadas por la santa madre iglesia. En esta ocasión pronunció un discurso que me fue
imposible seguir, por lo que decidí echarme a dormir en la axila de Montse Fernández.
Ignoro cuánto tiempo más hubiera durado su disertación, pero como en aquel punto
la gentil Montse Fernández se posesionó de su enorme colgajo entre sus manecitas y comenzó a
cosquillearlo, el buen hombre se vio obligado a hacer una pausa, justificada por las
sensaciones despertadas por ella,
Verbouc, por su parte, que según se recordará lo único que codiciaba era un coño
bien lubricado, sólo se preocupaba por lo bien aceitadas que estaban las deliciosas partes
íntimas de la recién ganada para la causa, Julia. Además, la presencia del padre contribuía
a aumentar el apetito, en lugar de constituir un impedimento para que aquellos dos
libidinosos hombres se abstuvieran de gozar de los encantos de su hija. Y Montse Fernández, que
todavía sentía escurrir el semen de su cálida vulva, era presa de anhelos que las batallas
anteriores no habían conseguido apaciguar del todo.
Verbouc comenzó a ocuparse de nuevo de los infantiles encantos de Julia
aplicándoles lascivos toquecitos, pasando impúdicamente sus manos sobre las redondeces
de sus nalgas, y deslizando de vez en cuando sus dedos entre las colinas.
El padre Ambrosio, no menos activo, había pasado su brazo en torno a la cintura de
Montse Fernández, y acercando a él su semidesnudo cuerpo depositaba en sus lindos labios ardientes
besos.
A medida que ambos hombres se entregaban a estos jugueteos, el deseo se
comunicaba en sus armas, enrojecidas e inflamadas por efecto de los anteriores escarceos,
y firmemente alzadas con la amenazadora mira puesta en las jóvenes criaturas que estaban
en su poder.
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Ambrosio, cuya lujuria nunca requería de grandes incentivos, se apoderé bien pronto
de Montse Fernández. Esta se dejó ser acostada sobre el sofá que ya había sido testigo de dos encuentros
anteriores, donde, nada renuente, siguió por el contrario estimulando el desnudo y
llameante carajo. para permitirle después introducirse entre sus muslos, favoreciendo el
desproporcionado ataque lo más que le fue posible, hasta enterrar por entero en su húmeda
hendidura el terrible instrumento.
El espectáculo excité de tal modo los sentimientos del señor Delmont, que se hizo
evidente que no necesitaba ya de mayor estímulo para intentar un segundo coup una vez
que el cura hubiese terminado su asalto.
El señor Verbouc, que durante algún tiempo estuvo lanzando lascivas miradas a la
hija del señor Delmont, estaba también en condiciones de gozar una vez más. Reflexionaba
que las repetidas violaciones que ya había experimentado ella de parte de su padre y del
sacerdote, la habrían dejado preparada para la clase de trabajo que le gustaba realizar, y se
daba cuenta, tanto por la vista como por el tacto, de que sus partes intimas estaban
suficientemente lubricadas para dar satisfacción a sus más caros antojos, debido a las
violentas descargas que habían recibido.
Verbouc lanzó una mirada en dirección al cura, que en aquellos momentos estaba
entretenido en gozar de su sobrina, y acercándose después a la Montse Fernández Julia la colocó sobre
un canapé en postura idónea para poder hundir hasta los testículos su rígido miembro en el
delicado cuerpo de ella, lo que consiguió, aunque con considerable esfuerzo.
Este nuevo e intenso goce llevó a Verbouc a los bordes de la enajenación;
presionando contra la apretada vulva de la jovencita, que le ajustaba como un guante, se
estremecía de gozo de pies a cabeza.
—¡Oh, esto es el mismo cielo! —murmuró, mientras hundía su qran miembro hasta
los testículos pegados a la base del mismo.
~—¡Dios mío, qué estrechez! ¡Qué lúbrico deleite!
Y otra firme embestida le arrancó un quejido a la pobre Julia.
Entretanto el padre Ambrosio, con los ojos semicerrados, los labios entreabiertos y
las ventanas de la nariz dilatadas, no cesaba de batirse contra las hermosas partes íntimas
de la joven Montse Fernández, cuya satisfacción sexual denunciaban sus lamentos de placer.
—¡Oh, Dios mío! ¡Es... es demasiado grande... enorme vuestra inmensa cosa! ¡Ay de
mi, me llega hasta la cintura! ¡Oh! ¡Oh! ¡Es demasiado; no tan recio, querido padre!
¡Cómo empujáis! ¡Me mataréis! Suavemente.., más despacio. . . Siento vuestras grandes
bolas contra mis nalgas.
—¡Detente un momento! —gritó Ambrosio, cuyo placer era ya incontenible, y cuya
leche estaba a punto de vertirse—. Hagamos una pausa. ¿Cambiamos de pareja, amigo
mío? Creo que la idea es atractiva.
—¡No, oh, no! ¡Ya no puedo más! Tengo que seguir. Esta hermosa criatura es la
delicia en persona.
—Estate quieta, querida Montse Fernández, o harás que me venga. No oprimas mi arma tan
arrebatadoramente.
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—No puedo evitarlo, me matas de placer. Anda, sigue, pero suavemente. ¡Oh, no tan
bruscamente! No empujes tan brutalmente. ¡Cielos, va a venirse! Sus ojos se cierran, sus
labios se abren... ¡Dios mío! Me estáis matando, me descuartizáis con esa enorme cosa.
¡Ah! ¡Oh! ¡Veníos, entonces! Veníos querido.., padre... Ambrosio. Dadme vuestra ardiente
leche... ¡Oh! ¡Empujad ahora! ¡Más fuerte.., más.., matadme si así lo deseáis!
Montse Fernández pasó sus blancos brazos en torno al bronceado cuello de él, abrió lo más que
pudo sus blandos y hermosos muslos, y engulló totalmente el enorme instrumento, hasta
confundir y restregar su vello con el de su monte de Venus.
Ambrosio sintió que estaba a punto de lanzar una gran emisión directamente a los
órganos vitales de la criatura que se encontraba debajo de él.
—¡Empujad, empujad ahora! —gritó Montse Fernández, olvidando todo sentido de recato, y
arrojando su propia descarga entre espasmos de placer—. ¡Empujad... empujad... metedlo
bien adentro...! ¡Oh, sí de esa manera! ¡Dios mío, qué tamaño, qué longitud! Me estáis
partiendo en dos, bruto mío. ¡Oh, oh! ¡Os estáis viniendo. . . lo siento...! ¡Dios ..... . qué
leche! iOh, qué chorros!
Ambrosio descargaba furiosamente, como el semental que era, embistiendo con todas
sus fuerzas el cálido vientre que estaba debajo de él.
Al fin se levantó de mala gana de encima de Montse Fernández, la cual, libre de sus tenazas, se
volteó para ver a la otra pareja. Su tío estaba administrando una rápida serie de cortas
embestidas a su amiguita, y era evidente que estaba próximo al éxtasis.
Julia, por su parte, cuya reciente violación y el tremendo trato que recibió después a
manos del bruto de Ambrosio la habían lastimado y enervado, no experimentaba el menor
gusto, pero dejaba hacer, como una masa inerte en brazos de su asaltante.
Cuando al fin, tras algunos empujones más, Verbouc cayó hacia adelante al momento
de hacer su voluptuosa descarga, de lo único que ella se dio cuenta fue de que algo caliente
era inyectado con fuerza en su interior, sin que experimentara más sensaciones que las de
languidez y fatiga.
Siguió otra pausa tras de este tercer ultraje, durante la cual el señor Delmont se
desplomó en un rincón, y aparentemente se quedó dormido. Comenzó entonces una serie
de actividades eróticas. Ambrosio se recostó sobre el canapé, e hizo que Montse Fernández se
arrodillara sobre él con el fin de aplicar sus labios sobre su húmeda vulva, para llenarla de
besos y toques de lo más lascivo y depravado que imaginarse pueda.
El señor Verbouc, no queriendo ser menos que su compañero, jugueteó de manera
igualmente libidinosa con la inocente Julia. Después la tendieron sobre el sofá, y
prodigaron toda clase de caricias a sus encantos, no ocultando su admiración por su
lampiño monte de Venus, y los rojos labios de su coño juvenil.
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No tardaron en verse evidenciados sus deseos por el enderezamiento de dos rígidos
miembros, otra vez ansiosos de gustar placeres tan selectos y extáticos como los gozados
anteriormente.
Sin embargo, en aquel momento se puso en ejecución un nuevo programa. Ambrosio
fue el primero en proponerlo.
—Ya nos hemos hartado de sus coños —dijo crudamente, volviéndose hacia
Verbouc, que estaba jugueteando con los pezones de Montse Fernández—. Ahora veamos de qué están
hechos sus traseros. Esta adorable criatura sería un bocado digno del propio Papa, y Montse Fernández
tiene nalgas de terciopelo, y un culo digno de que un emperador se venga dentro de él.
La idea fue aceptada enseguida, y se procedió a asegurar a las víctimas para poder
llevarla a cabo. Resultaba monstruoso. y parecía imposible el poderlo consumar, a la vista
de la desproporción existente. El enorme miembro del cura quedó apuntando al pequeño
orificio posterior de Julia, en tanto que Verbouc amenazaba a su sobrina en la misma
dirección. Un cuarto de hora se consumió en los preparativos, y después de una espantosa
escena de lujuria y libertinaje, ambas jóvenes recibieron en sus entrañas los cálidos chorros
de las impías descargas.
Al fin la calma sucedió a las violentas emociones que habían hecho presa en los
actores de tan monstruosa escena, y la atención se fijó de nuevo en el señor Delmont.
Aquel digno ciudadano, como ya señalé anteriormente, se había retirado a un rincón
apartado, quedando al parecer vencido por el sueño, o embriagado por el vino, o tal vez por
ambas cosas.
—Está muy tranquilo —observó Verbouc.
—Una conciencia diabólica es mala compañía —observó el padre Ambrosio, con su
atención concentrada en el lavado de su oscilante instrumento.
—Vamos, amigo, llegó tu turno. He aquí un regalo para ti —siguió diciendo
Verbouc, al tiempo que mostraba en todo su esplendor, para darle el adecuado ambiente a
sus palabras, los encantos más íntimos de la casi insensible Julia—. Levántate y
disfrútalos. ¿Pero, qué ocurre con este hombre? ¡Cielos!, que... ¿qué es esto?
Verbouc dio un paso atrás.
El padre Ambrosio se inclinó sobre el desdichado Delmont para auscultar su corazón.
—Está muerto —dijo tranquilamente.
Efectivamente, había fallecido.
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Capitulo XII
LA MUERTE REPENTINA ES UN SUCESO COMUN, especialmente los casos de
personas cuyos antecedentes han hecho suponer la existencia de algún trastorno funcional,
de manera que la sorpresa pronto cede su lugar a los habituales testimonios de condolencia,
y luego a un estado de resignación a un suceso que nada tiene de extraño.
La transición puede expresarse de la siguiente manera:
—¿Quién iba a creerlo?
—¿Es posible?
—Siempre lo sospeché.
—¡Pobre amigo!
—Nadie debe sorprenderse.
Esta interesante fórmula fue debidamente aplicada cuando el infeliz señor Delmont
rindió su tributo a la madre tierra, como dice la frase común.
Una quincena después que el infortunado caballero hubo abandonado esta vida, todos
sus amigos estuvieron acordes en que desde hacia tiempo habían descubierto síntomas que
más tarde o más temprano tenían que resultar fatales. Casi se enorgullecían de su
perspicacia, aun cuando admitían reverentemente los inescrutables designios de la
providencia.
Por lo que hace a mí, seguía mi vida más o menos como de ordinario, salvo que se
me figuró que las piernas de Julia debían tener un saborcillo más picante que las de Montse Fernández,
y en consecuencia las sangré regularmente para mi sustento, por la mañana y por la noche.
Nada más natural que Julia pasara la mayor parte de su tiempo junto a su querida
amiga Montse Fernández, y que el sensual padre Ambrosio y su protector, el libidinoso pariente de mi
querida Montse Fernández, trataran de encontrar el momento oportuno para repetir las anteriores
experiencias con la joven y dócil muchacha.
Que asi fue puedo atestiguarlo bien, ya que mis noches fueron de lo más
desagradables e incómodas, siempre expuesta a interrupciones en mi reposo por las
incursiones de largos y peludos miembros por los vericuetos de las ingles en que me había
refugiado yo temporalmente, y siempre en peligro de yerme arrastrada por los
horriblemente espesos torrentes de viscoso semen a****l.
En resumen, la joven e impresionable Julia estaba completamente ahormada, y
Ambrosio y su amigo disfrutaban a sus anchas poseyéndola. Ellos habían alcanzado sus
objetivos. ¿Qué les importaban los sacrificios de ellos?
Mientras tanto, otros y muy distintos eran los pensamientos de Montse Fernández, a la que yo
había abandonado. Pero a la larga, sintiéndome hasta cierto punto asqueada por la
demasiada frecuencia con que me entregaba a la nueva dieta, resolví abandonar las medias
de la linda Julia, y retornar —revenir a mon mouton, como dicen los franceses— a la dulce
y suculenta alimentación de la salaz Montse Fernández.
Así lo hice, y voici le resultat:
Una noche Montse Fernández se acostó bastante más temprano que de costumbre. El padre
Ambrosio estaba ausente por haber sido enviado en misión a una apartada parroquia, y su
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querido y complaciente tío padecía un fuerte ataque de gota, padecimiento que en los
últimos tiempos lo aquejaba con relativa frecuencia.
La muchacha se había ya arreglado el cabello para pasar la noche, y se había también
desprovisto de algunas de sus ropas. Se estaba quitando su camisa de noche, la que tenía
que pasar por la cabeza, y en el curso de esta operación inadvertidamente se le cayeron los
calzones, dejando al descubierto, frente al espejo, las hermosas protuberancias y la
exquisita suavidad y transparencia de la piel de sus nalgas.
Tanta belleza hubiera enardecido a un anacoreta, pero ¡ay! no había en aquel
momento ningún asceta a la vista susceptible de enardecerse. En cuanto a mí, poco faltó
para que me quebrara la más larga de mis antenas, y me torciera mi pata derecha en sus
contorsiones por extraer la prenda por encima de su cabeza.
Llegados a este punto debo explicar que desde que el astuto padre David Brown se había
visto privado de gozar los encantos de Montse Fernández, renovó el bestial y nada piadoso juramento de
que, aunque fuere por sorpresa, se apoderaría de nuevo de la fortaleza que ya una vez había
sido suya. El recuerdo de su felicidad arrancaba lágrimas a sus sensuales ojitos, al tiempo
que, por reflejo, se distendía su enorme miembro.
David Brown formuló el terrible juramento de que jodería a Montse Fernández en estado natural,
según sus propias y brutales palabras, y yo, que no soy más que una pulga, las oí y
comprendí su alcance.
La noche era oscura y llovía. Ambrosio estaba ausente y Verbouc enfermo y
desamparado. Era forzoso que Montse Fernández estuviera sola. Todas estas circunstancias las conocía
bien David Brown, y obró en consecuencia. Alentado por sus recientes experiencias sobre la
geografía de la vecindad, se encaminó directamente a la ventana de la habitación de Montse Fernández,
y habiéndola encontrado como esperaba, sin correr el pestillo y. por lo tanto, abierta, entró
con toda tranquilidad y gateó hasta meterse debajo de la cama.
Desde este punto de vista David Brown contempló con pulso palpitante la toilette de la
hermosa Montse Fernández, hasta el momento en que comenzó a quitarse la camisa en la forma que ya
he descrito. Entonces pudo David Brown gozar de la vista de la muchacha en toda su
espléndida desnudez, y mugió ahogadamente como un toro.
En la posición yacente en que se encontraba no tenía dificultad alguna para ver de
cintura abajo la totalidad del cuerpo de ella y sus ojos se solazaban en la contemplación de
los globos gemelos que formaban sus nalgas, abriéndose y cerrándose a medida que la
muchacha retorcía su elástico cuerpo en el esfuerzo por pasar la camisa por encima de su
cabeza.
David Brown no pudo aguantar más tiempo; su deseo alcanzó el punto de ebullición, y
sin ruido pero prontamente, se deslizó fuera de su escondite para alzarse frente a ella, y sin
pérdida de tiempo abrazó el desnudo cuerpo con una de sus manos, mientras colocaba la
otra sobre sus rojos labios.
El primer impulso de Montse Fernández fue el de gritar, pero este recurso femenino le estaba
vedado. Su segunda idea fue desmayarse, y es por la que hubiera optado de no haber
mediado cierta circunstancia. Esta circunstancia era el hecho de que mientras el audaz
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asaltante la mantenía firmemente sujeta junto a él, algo duro, largo y caliente presionaba de
modo insistente entre sus suaves nalgas, y yacía palpitante entre la separación de ellas y a
lo largo de su espalda. En ese crítico momento los ojos de Montse Fernández tropezaron con la imagen
de él en el espejo de la cómoda, y reconocieron a sus espaldas el feo y abotagado rostro del
sensual sacerdote, coronado por un círculo de rebelde cabello rojo.
Montse Fernández comprendió la situación en un abrir y cerrar de ojos. Hacia ya casi una semana
que se había desprendido de los abrazos de Ambrosio y su tío, y tal hecho tuvo mucho que
ver, desde luego, en lo que siguió. Lo que hizo a partir de aquel momento fue puro
disimulo de la lasciva muchacha.
Se dejó caer suavemente de espaldas sobre la vigorosa figura del padre David Brown, y
creyendo este feliz individuo que realmente se desmayaba, al mismo tiempo que retiraba la
mano con que le cerraba la boca empleó ambos brazos para sostenerla.
La irresistible belleza de la persona que sostenía entre sus brazos llevó la excitación
de David Brown casi hasta la locura. Montse Fernández estaba prácticamente desnuda, y él deslizó sus
manos sobre su pulida piel, mientras su inmensa arma, ya rígida y distendida por efecto de
la impaciencia, palpitaba vigorosamente al contacto con la hermosa que tenía abrazada.
Tembloroso, David Brown acercó su rostro al de ella, e imprimió un largo y voluptuoso
beso sobre sus dulces labios.
Montse Fernández se estremeció y abrió los ojos.
David Brown renovó sus caricias.
—¡Oh! —exclamó lánguidamente—. ¿Cómo osáis venir aquí? ¡Por favor, soltadme
en el acto! ¡Es vergonzoso!
David Brown sonrió con aire de satisfacción. Siempre había sido feo, pero en aquel
momento resultaba verdaderamente odioso por su terrible lujuria.
—Así es —dijo—. Es una vergüenza tratar de esta manera a una muchacha tan linda,
¡pero es tan delicioso, vida mía!
Montse Fernández suspiró.
Más besos y un deslizamiento de manos sobre su desnudo cuerpo. Una mano grande
y tosca se posó sobre su monte de Venus, y un atrevido dedo, separando los húmedos
labios, se introdujo en el interior de la cálida rendija para tocar el sensible clítoris.
Montse Fernández cerró los ojos y dejó escapar otro suspiro, al propio tiempo que aquel sensible
órgano comenzaba a su vez a distenderse. En el caso de mi joven amiga no era en modo
alguno un órgano diminuto, ya que a causa del lascivo masaje del feo David Brown se alzó, se
puso rígido, y se asomó partiendo casi los labios por sí solo.
Montse Fernández estaba ardiendo, y el brillo del deseo se asomaba a sus ojos. Se había
contagiado, y lanzando una mirada a su seductor pudo ver la terrible mirada de lascivia
retratada en su rostro mientras jugueteaba con sus secretos encantos.
La muchacha se agitaba temblorosa; un ardiente deseo del placer del coito se
posesionó de ella, e incapaz de controlar por más tiempo sus afanes, llevó con rapidez su
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mano derecha hacia atrás para asir la inmensa arma que amenazaba sus nalgas, aunque no
pudo hacerlo en toda su envergadura.
Se encontraron las miradas de ambos; la lujuria ardía en ellas. Montse Fernández sonrió, David Brown
repitió su beso sensual, e introdujo en la boca de ella su inquieta lengua. La muchacha no
tardó en secundar sus lascivas caricias, y dejó el campo libre tanto a sus inquietas manos
como a sus cálidos besos. Poco a poco la atrajo hacia una silla, en la que se sentó Montse Fernández en
impaciente espera de lo que el sacerdote quisiera hacer después.
David Brown se quedó de pie frente a ella. Su sotana de seda negra, que le llegaba hasta
los talones, se alzaba prominente en la parte delantera; sus mejillas, al rojo vivo por la
violencia de sus deseos, sólo encontraban rival en sus encendidos labios, y su respiración
era agitada, como anticipo del éxtasis. Sabía que no tenía nada que temer y mucho que
gozar.
—Esto es demasiado —murmuró Montse Fernández—, ¡idos!
—Imposible, después de haberme tomado la m*****ia de entrar.
—Pero podéis ser descubierto, y entonces mi reputación estará arruinada.
—No es probable. Sabes que estamos completamente solos, y que no hay
probabilidad alguna de que nos m*****en. Además, eres tan deliciosa, chiquilla mía, tan
fresca, tan juvenil y tan hermosa, que. .. no retires la pierna; únicamente ponía mi mano
sobre tu suave muslo. El hecho es que quiero joderte, querida.
Montse Fernández pudo ver cómo el enorme bulto se enderezaba más.
—¡Qué obsceno sois! ¡Qué palabras empleáis!
—¿Lo crees así, mi niñita mimada? —dijo David Brown, tomando de nuevo el sensible
clítoris entre sus dedos pulgar e índice, para masajearlo convenientemente—. Me nacen
por el placer de sentir este coñito entreabierto que trata astutamente de esquivar mis
toques.
—¡Vergüenza debería daros! —exclamó Montse Fernández, riendo, empero, a su pesar.
David Brown se aproximó para inclinarse hacia ella y tomar su lindo rostro entre sus
manos. Al hacerlo, Montse Fernández pudo advertir que la sotana, casi levantada por la fuerza de los
deseos comunicados al miembro del padre, se encontraba a escasos centímetros del pecho
de ella, de modo que podía percibir los latidos que hacían que la prenda de seda negra
subiera y bajara alternativamente.
La tentación resultaba irresistible, y acabó por pasar su delicada manecíta por debajo
de las ropas del cura y subirla lo bastante más arriba para agarrar una gran masa peluda de
la que pendían dos bolas tan grandes como huevos de gallina.
—¡Oh, Dios mío! ¡Qué cosa tan enorme! —murmuró la muchacha.
—Toda llena de preciosa leche espesa —suspiró David Brown, mientras jugueteaba con
los dos lindos senos tan próximos a él.
Montse Fernández se acomodó mejor, y de nuevo atrapó con ambas manos el duro y tieso tronco
del enorme pene.
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—¡Qué espanto! ¡Este es un monstruo! —exclamó la lasciva muchacha—. ¡De veras
que es grande! ¡Qué tamaño el suyo!
—Si; ¿no es un buen carajo? —observó David Brown, adelantándose y alzando la sotana
para poder mostrar mejor el gigantesco miembro.
Montse Fernández no pudo resistir la tentación, y alzando todavía más las ropas del cura dejó el
pene en completa libertad y expuesto en toda su longitud.
Las pulgas no sabemos mucho de medidas de espacio y de tiempo, y por ello no
puedo daros las dimensiones exactas del arma en la que la muchacha tenía en aquellos
momentos puestos los ojos. Era, sin embargo, de proporciones gigantescas.
Tenía una gran cabeza roma y roja que emergía en el extremo de un largo tronco
parduzco. El agujero que se veía en su cima, que habitualmente es tan pequeño, era en el
caso que consideramos una verdadera grieta humedecida por el fluido seminal acumulado
ahí. A todo lo largo de aquel tronco corrían gruesas venas azules, y al pie del mismo crecía
una verdadera maraña de hirsutos pelos rojos. Dos grandes testículos colgaban debajo.
—¡Cielos! ¡Madre santa! —murmuró Montse Fernández, cerrando sus ojos al tiempo que les daba
un ligero apretón.
La ancha y roma cabeza, hinchada y enrojecida por efecto del exquisito cosquilleo de
la muchacha, se encontraba en aquel momento totalmente desnuda, y emergía tiesa, libre
de los pliegues de la piel que Montse Fernández restiraba hacia atrás de la gran columna blanca. Ella
jugueteaba gozosa con su adquisición, y cada vez retiraba más atrás la aterciopelada piel
del objeto que tenía entre sus manos.
David Brown suspiró.
—¡Qué deliciosa criatura eres! —dijo, mirándola con ojos centelleantes—. Tengo
que joderte enseguida o lo arrojaré todo sobre ti.
—¡No, no debéis desperdiciar ni una gota! —exclamó Montse Fernández—. Debéis estar muy
urgido para querer veniros tan pronto.
—No puedo evitarlo. Por favor estate quieta un momento me vendré.
—¡Qué cosa tan grande! ¿Cuánta leche dará?
David Brown se detuvo y susurró al oído de la muchacha algo que no pude oír.
— ¡Verdaderamente delicioso, pero es increíble!
—Es cierto, dame una oportunidad de probártelo. Estoy ansioso de hacerlo, lindura.
¡Míralo! ¡Tengo que joderte!
Blandió su monstruoso pene colocándolo frente a ella. Después lo inclinó hacia
abajo, para después soltarlo de repente. Saltó hacia arriba como un resorte, y al hacerlo se
descubrió espontáneamente, dejando paso a la roja nuez, que exudaba una gota de semen
por la uretra.
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Todo esto sucedió cerca de la cara de Montse Fernández, que sintió un sensual olorcillo emanado
del miembro, el que vino a incrementar el trastorno de sus sentidos. Continuó jugando con
el pene, y acariciándolo.
—Basta, te lo ruego, querida, o lo desperdiciaré todo en el aire.
Montse Fernández se estuvo quieta unos segundos, aunque asida con toda la fuerza de su mano al
carajo de David Brown.
Entretanto él se divertía en moldear con una de sus manos los juveniles senos de la
muchacha, mientras con los dedos de la otra recorría en toda su extensión su húmedo coño.
El jugueteo la enloqueció. Su clítoris se hinchó y devino caliente, se aceleró su respiración,
y las llamas del deseo encendieron su lindo rostro.
La nuez se endurecía cada vez más: brillaba ya como fruta en sazón. Al observar a
hurtadillas el feo y desnudo vientre del hombre, lleno de pelos rojos, y sus parduscos
muslos, velludos como los de un mono, Montse Fernández devino carmesí de lujuria. El gran pene, cada
vez más grueso, amenazaba los cielos y provocaba en su ser las más indescriptibles
emociones.
Excitada sobremanera, enlazó con sus brazos el vigoroso cuerpo del gran bruto y lo
cubrió de sensuales besos. Su misma fealdad incrementaba sus sensaciones libidinosas.
—No, no debéis desperdiciarlo; no permitiré que lo desperdiciéis
.
Después, deteniéndose por un instante, gimió con un peculiar acento de placer, y
bajando su complaciente cabeza abrió sus rosados labios para recibir de inmediato lo más
que pudo del lascivo manjar.
—¡Oh, qué delicia! ¡Cómo cosquilleas! ¡Qué... qué gusto me das!
—No os permitiré desperdiciarlo: beberé hasta la última gota —susurró Montse Fernández
apartando por un momento su cabeza de la reluciente nuez.
Después, bajándola de nuevo, posó sus labios, proyectados hacia adelante, sobre la
gran cabeza, y abriéndolos con delicadeza recibió entre ellos el orificio de la ancha uretra.
—¡Madre santa¡ —exclamó David Brown—. ¡Esto es el cielo! ¡Cómo voy a venirme! ¡
Dios mío, cómo lames y chupas!
Montse Fernández aplicó su puntiaguda lengua al orificio, y dio de lengüetazas a todos sus
contornos.
~¡Qué bien sabe! Tenéis que darme todavía una o dos gotas mas.
—No puedo seguir, no puedo —murmuraba el sacerdote, empujando hacia adelante
al mismo tiempo que con sus dedos cosquilleaba el endurecido clítoris de Montse Fernández, puesto al
alcance de su mano.
Después Montse Fernández tomó de nuevo entre sus labios la cabeza de aquella gran yerga, mas
no pudo conseguir que la nuez entrara en su boca por completo, tan monstruosamente
ancho era.
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Lamiendo y succionando, deslizando con lentos y deliciosos movimientos la piel que
rodeaba el rojo y sensible lomo de la tremenda yerga, Montse Fernández estaba provocando unos
resultados que ella sabía no iban a dilatar mucho en producirse.
—¡Ah, madre santa! ¡Casi me estoy viniendo! Siento.,. ¡Oh. chupa ahora! ¡Vas a
recibirlo!
David Brown alzó sus brazos al aíre, su cabeza cayó hacía atrás, abrió las piernas, se
retorcieron convulsivamente sus manos, quedaron en blanco sus ojos, y Montse Fernández sintió que un
fuerte espasmo recorría el monstruoso pene.
Momentos después fue casi derribada de espaldas por el chorro continuo que como
un torrente arrojaban los órganos genitales del cura y le corrían garganta abajo.
No obstante todos sus deseos y esfuerzos, la voraz muchacha no pudo evitar que un
chorro escapara por la comisura de sus labios cuando David Brown, fuera de sí por efecto del
placer, empujaba hacia adelante con sacudidas sucesivas, con cada una de las cuales
enviaba a la garganta de ella un nuevo chorro de leche. Montse Fernández resistió todos sus empellones,
y se mantuvo asida al arma de la que manaban aquellos borbotones, hasta que todo hubo
terminado.
—¿Cuánto dijisteis? —musitó ella—. ¿Una taza de té llena? Fueron dos.
—¡Adorable criatura! —exclamó David Brown cuando al fin pudo recuperar el aliento—.
¡Qué placer tan divino me proporcionaste! Ahora me toca a mí, y tienes que permitirme
examinar todas estas cositas tuyas que tanto adoro.
—¡Ah, qué delicioso fue! Estoy casi ahogada —comentó Montse Fernández—. ¡Cuán viscosa era!
¡Dios mío, qué cantidad!
—Sí, lindura. Te la prometí toda, y me excitaste de tal modo que de seguro recibiste
una buena dosis. Fluía a borbotones.
—Sí, efectivamente así fue.
—Ahora verás qué buena lamida te doy, y cuán deliciosa-. mente te joderé después.
Uniendo la acción a la palabra, el sensual cura se colocó entre los muslos de Montse Fernández,
blancos como la leche, y adelantando su cara hacia ellos introdujo su lengua entre los
labios de la roja grieta. Después, moviéndola en torno al endurecido clítoris, la obsequió
con un cosquilleo tan exquisito, que la muchacha difícilmente podía contener sus gritos.
—¡Oh, Dios mío! ¡Me chupas la vida! ¡Oh...! Estoy... ¡Voy a venirme! ¡Me. vengo!
Y con un repentino movimiento de avance hacia la activa lengua, Montse Fernández se vino
abundantemente en el rostro de David Brown, el que recibió lo más que pudo dentro de su
boca, con epicúreo deleite.
Después el cura se alzó. Su enorme pene, que se había apenas reblandecido, se
encontraba otra vez en tensión viril, y emergía ante él en estado de terrible erección.
Literalmente resoplaba de lujuria a la vista de la Montse Fernández y bien dispuesta muchacha.
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—Ahora tengo que joderte —le dijo al tiempo que la empujaba hacia la cama—.
Tengo que poseerte y darte una probada de esta yerga en tu cuerpecito. ¡Ah, qué jodida te
voy a dar!
Despojándose rápidamente de su sotana y sus prendas interiores, el gran bruto, cuyo
cuerpo estaba totalmente cubierto de pelo y de piel tan morena como la de un mulato, tomó
el frágil cuerpo de la hermosa Montse Fernández en sus musculosos brazos y lo depositó suavemente
sobre la cama. David Brown contempló por unos instantes su cuerpo tendido y palpitante,
mitad por efecto del deseo y mitad a causa del terror que le causaba la furiosa embestida.
Luego contempló con aire satisfecho su tremendo pene, erecto de lujuria, y subiéndose
presto al lecho se arrojó sobre ella y se cubrió con las ropas de la cama.
Montse Fernández, medio ahogada debajo del gran bruto peludo, sintió el tieso pene entre sus
piernas, y bajó la mano para tentarlo de nuevo.
—¡Cielos, qué tamaño! ¡Nunca me cabrá!
—Sí, claro que si: lo tendrás todo: entrará hasta los testículos, sólo que tendrás que
cooperar para que no te lastime.
Montse Fernández se ahorró la m*****ia de contestar, porque enseguida una lengua ansiosa penetró
en su boca hasta casi sofocarla.
Después pudo darse cuenta de que el sacerdote se había levantado poco a poco, y de
que la caliente cabeza de su gigantesco pene estaba tratando de abrirse paso a través de los
húmedos labios de su rosada rendija.
No puedo seguir adelante con el relato detallado de los actos preliminares. Se
llevaron díez minutos, pero al término de ellos el torpe David Brown estaba enterrado hasta los
testículos en el lindo cuerpo de la joven, que, con sus suaves piernas enlazadas sobre la
espalda del moreno sacerdote, recibía las caricias de éste, que se solazaba sobre su víctima,
y daba comienzo a los lascivos movimientos que habían de conducirle a desembarazarse de
su ardiente fluido.
Veinticinco centímetros, cuando menos, de endurecido músculo habían calado las
partes íntimas de la jovencita, y palpitaban en el interior de ellas, al propio tiempo que una
mata de pelos hirsutos frotaba el delicado monte de la infeliz Montse Fernández.
—¡Oh, Dios mío! ¡Cómo me lastimáis! —se quejó ella—. -Cielos! ¡Me estáis
descuartizando!
David Brown inició un movimiento.
—¡No lo puedo aguantar! ¡Realmente está demasiado grande! ¡Oh! ¡Sacadlo! ¡Ay,
qué embestidas!
David Brown empujó sin piedad dos o tres veces.
—Aguarda un momento, diablita; sólo hasta que te ahogue con mi leche. ¡Oh, cuán
estrecha eres! ¡Parece que me estás sorbiendo la yerga! ¡Al fin! ahora está dentro, ya es
todo tuvo.
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—¡Piedad, por favor!
David Brown embistió duro y rápido, empujón tras empujón al mismo tiempo que giraba
y se contorsionaba sobre el muelle cuerpo de la muchacha, y sufría un verdadero ataque de
lujuria. Su enorme pene amenazaba estallar por la intensidad de su placer y el
enloquecedor deleite del momento.
—Ahora por fin te estoy jodiendo.
— ¡Jodedme! —Murmuró Montse Fernández, abriéndose todavía más de piernas, a medida que la
intensidad de las sensaciones se iban posesionando de su persona—. ¡Jodedme bien! ¡Más
duro!
Y con un hondo gemido de placer inundó a su brutal violador con una copiosa
descarqa, al propio tiempo que se arrojaba hacia adelante para recibir una formidable
embestida del hombre.
Las piernas de Montse Fernández se flexionaban espasmódicamente cuando David Brown se lanzó
entre ellas, siguió metiendo y sacando su largo y ardiente miembro entre las mismas, con
movimientos lujuriosos. Algunos suspiros mezclados con besos de los apretados labios del
lascivo invasor; unos quejidos de pacer y las rápidas vibraciones del armazón de la cama,
todo ello denunciaba la excitación de la escena.
David Brown no necesitaba incentivos. La eyaculación de su complaciente compañera le
había proporcionado el húmedo medio que deseaba, y se aprovechó del mismo para iniciar
una serie de movimientos de entrada y salida que causaron a Montse Fernández tanto placer como dolor.
La muchacha lo secundó con todas sus fuerzas. Atiborrada por completo, suspiraba
hondo y se estremecía bajo sus firmes embestidas. Su respiración se convirtió en un
estertor; se cerraron sus-ojos por efecto del brutal placer que experimentaba en un casi
ininterrumpido espasmo de la emisión. Las posaderas de su rudo amante se abrían y
cerraban a cada nuevo esfuerzo que hacia para asestar estocadas en el cuerpo de la linda
chiquilla.
Después de mucho batallar se detuvo un momento.
— Ya no puedo aguantar más, me voy a venir. Toma mi leche, Montse Fernández. Vas a recibir
torrentes de ella, ricura.
Montse Fernández lo .sabía. Todas las venas de su monstruoso cara jo estaban henchidas a su
máxima tensión. Resultaba insoportablemente grande. Parecía el gigantesco miembro de
un asno.
David Brown empezó a moverse de nuevo. De sus labios caía la saliva. Con una
sensación de éxtasis, Montse Fernández esperaba la corriente seminal.
David Brown asestó uno o dos golpes cortos, pero profundos, lanzó un gemido y se
quedó rígido, estremeciéndose sólo ligeramente de pies a cabeza, y a continuación salió de
su yerga un tremendo chorro de semen que inundó la matriz de la jovencita. El gran bruto
enterró su cabeza en las almohadas, hizo un postrer esfuerzo para adentrarse más en ella,
apoyándose con los pies en el pie de la cama.
—¡Oh, la leche! —chilló Montse Fernández—. ¡La siento! ¡Qué torrente! ¡Oh, dádmela! ¡Padre
santo, qué placer!
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~¡Ahí está! ¡Tómala! -grító el cura mientras, tras el primer chorro arrojado en el
interior de ella, embestía de nuevo salvajemente hacia adentro, enviando con cada empujón
un nuevo torrente de cálida leche.
~¡Oh, qué placer!
Aun cuando Montse Fernández había anticipado lo peor, no tuvo idea de la inmensa cantidad de
semen que aquel hombre era capaz de emitir. La arrojaba hacia fuera en espesos
borbotones que iban a estrellarse contra su misma matriz.
—¡Oh, me estoy viniendo otra vez!
Y Montse Fernández se hundió semidesfallecida bajo el robusto hombre, mientras su ardiente
fluido seguía inundándola con sus chorros viscosos.
Otras cinco veces, aquella misma noche, Montse Fernández recibió el contenido de los grandes
testículos de David Brown, y de no haber sido porque la claridad del día les advirtió que era
tiempo de que él se marchara, hubieran empezado de nuevo.
Cuando el astuto David Brown abandonó la casa y se apresuró a retirarse a su humilde
celda, amaneciendo ya, se vio forzado a admitir que había llenado su vientre de
satisfacción, de la misma manera que Montse Fernández vio inundadas de leche sus entrañas. Y suerte
tuvo la jovencita de que sus dos protectores estuvieran incapacitados, porque de otra
manera habrían descubierto, por el lastimoso estado en que se encontraban sus juveniles
partes intimas, que un intruso había traspasado los umbrales de las mismas.
La juventud es elástica, todo el mundo lo sabe. Y Montse Fernández era muy joven y muy elástica.
Si vosotros hubieseis visto la inmensa máquina de David Brown, lo habríais aseverado
conmigo Su elasticidad natural le permitió admitir no sólo la introducción de aquel ariete,
sino también dejar de sentir la menor m*****ia al cabo de un par de días.
Tres días después de este interesante episodio regresó el padre Ambrosio. Una de sus
primeras preocupaciones fue buscar a Montse Fernández. Al encontrarla la invitó a entrar en un boudoir.
—¡Vela! —gritó, mostrándole su instrumento, inflamado y en actitud de presentar
armas—. No he tenido distracción alguna durante una semana, y mi yerga está que arde,
querida Montse Fernández.
Dos minutos después, la cabeza de Montse Fernández reposaba sobre la mesa del departamento
mientras que, con la ropa recogida sobre su espalda, dejaba al descubierto sus turgentes
nalgas, las que el lascivo cura golpeó vigorosamente con su largo miembro, después de
haber solazado su vista en la contemplación de sus rollizas nalgas.
Tras otro minuto ya su instrumento se había introducido en el coño por detrás, basta
aplastar contra las posaderas el negro y rizado pelo de la base. Tras sólo unas cuantas
embestidas arrojó borbotones de leche hasta la cintura de ella.
El buen padre estaba demasiado excitado por la larga abstinencia para que con sólo
esto perdiera rigidez su miembro, por lo que retiró aquel instrumento propio de un
semental, todavía resbaladizo y vaporoso, para llevarlo al pequeño orificio situado entre el
par de deliciosas nalgas de su amiga. Montse Fernández le ayudó y, dado lo bien aceitado como estaba,
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se deslizó hacia adentro, para no tardar en obsequiar a la muchacha con otra tremenda
dosis procedente de sus prolíficos testículos. Montse Fernández sintió la ardiente descarga, y recibió
gustosa la cálida leche proyectada contra sus entrañas. Después la puso de espaldas sobre
la mesa y le succionó el clítoris por espacio de un cuarto de hora, obligándola a venirse dos
veces en su boca. A continuación la jodió en la forma natural.
Acto seguido se retiró Montse Fernández a su habitación para lavarse, y tras un ligero descanso se
puso su vestido de calle y se fue.
Aquella noche se informó que el señor Verbouc había empeorado. El ataque había
alcanzado regiones que fueron motivo de alarma para su médico de cabecera. Montse Fernández le
deseó a su tío que pasara una buena noche y se retiró a su habitación.
Julia se había instalado en la alcoba de Montse Fernández para pasar la noche, y ambas
muchachas, para aquel entonces ya bien enteradas de la naturaleza y las propiedades del
sexo masculino, estaban recostadas intercambiando ideas y aventuras.
—Pensé que iba a morir —dijo Julia— cuando el padre Ambrosio introdujo su cosa
grande y fea muy adentro de mi pobre cuerpo, y cuando acabó creí que le había dado un
ataque, y no podía entender qué era aquella cosa viscosa, aquella sustancia caliente que
arrojaba dentro de mí. ¡Oh!
—Entonces, querida, comenzaste a sentir la fricción en tu sensible cosita, y la
caliente leche del padre Ambrosio brotó a chorros, cubriéndolo todo.
—Si, así fue, y todavía me siento inundada cuando lo hace.
—¡Silencio! ¿No oíste?
Ambas muchachas se levantaron y se pusieron a escuchar. Montse Fernández, más habituada a las
características de su alcoba de lo que pudiera estarlo Julia, concentró su atención en la
ventana. En el momento de hacerlo el postigo cedió gradualmente, y apareció la cabeza de
un hombre.
Julia descubrió también al aparecido y estuvo a punto de gritar, pero Montse Fernández le hizo una
seña para que guardara silencio.
—¡Chist! No te alarmes —susurró Montse Fernández—. No nos quiere comer; sólo que es
indebido m*****arle a una de tan cruel manera.
—¿Qué quiere? —preguntó Julia, semiescondiendo su linda cabeza entre sus prendas
de dormir, pero sin dejar de observar con ojo atento al intruso.
Durante esta breve conversación el hombre se estuvo preparando para entrar en la
alcoba, y habiendo ya abierto lo bastante la ventana para poder hacerlo, deslizó su amplia
humanidad al través de la abertura. Al poner pie en el piso de la habitación quedaron al
descubierto la voluminosa figura y las feas facciones del sensual padre David Brown.
—¡Madre santa, un cura! —exclamó la joven huésped de Montse Fernández—. ¡Y bien gordo por
cierto! ¡Oh Montse Fernández! ¿Qué quiere?
—Pronto lo sabremos —susurró la otra.
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Entretanto David Brown se había aproximado a la cama.
—¿Qué? ¿Será posible? ¿Un doble agasajo? —exclamó él—. ¡ Encantadora Montse Fernández! Es
realmente un placer inesperado.
—¡Qué vergüenza, padre David Brown!
Julia había desaparecido bajo las ropas de la cama.
En dos minutos se despojó el cura de sus vestimentas, y sin esperar a que se le
invitara a hacerlo, se lanzó como rayo sobre la cama.
—¡Oh! —gritó Julia—. ¡Me está tentando!
— ¡Ah, sí! Las dos seremos bien manoseadas, te lo aseguro
—murmuró Montse Fernández al sentir la enorme arma de David Brown presionando su espalda—.
¡Que vergonzoso comportamiento el de usted, al entrar sin nuestro permiso!
—En tal caso, ¿puedo entrar, preciosidad? —repuso el cura, al tiempo que ponía en
manos de Montse Fernández su tieso instrumento.
—Puede quedarse, puesto que ya está dentro.
—Gracias —murmuro David Brown, apartando las piernas de Montse Fernández e insertando la
enorme cabeza de su pene entre ellas.
Montse Fernández sintió la estocada, y mecánicamente pasó sus brazos en torno al dorso de Julia.
David Brown empujó de nuevo, pero Montse Fernández se escabulló de un brinco. Se levantó, y
apartando las ropas de la cama dejó al descubierto el peludo cuerpo del sacerdote y la
gentil figura de su compañera.
Julia se volvió instintivamente y se encontró con que, apuntando en línea recta a su
nariz, se enderezaba el rígido pene del buen padre, que parecía próximo a estallar a causa
de la lujuria despertada en su poseedor por la compañía en que se encontraba.
—Tiéntalo —susurró Montse Fernández.
Sin atemorizarse, Julia lo agarró con su blanca manita.
—¡Cómo late! Se va haciendo cada vez mayor, a fe mía. Ambas muchachas se
bajaron entonces de la cama, y ansiosas por divertirse comenzaron a estrujar y a frotar el
voluminoso pene del sacerdote, hasta que éste estuvo a punto de venirse.
— ¡ Esto es el cielo! —dijo el padre David Brown con la mirada perdida, y un ligero
movimiento convulsivo en sus dedos que denotaba su placer.
—Basta, querida, de lo contrario se vendrá —observó Montse Fernández, adoptando un aire de
persona experimentada, al que creía tener derecho, según ella, en virtud de sus anteriores
relaciones con el monstruo.
Por su parte, el padre David Brown no estaba dispuesto a desperdiciar sus disparos
cuando estaban a su alcance dos objetivos tan lindos.
Permaneció inactivo durante el manoseo al que las muchachas sometieron su pene,
pero ahora había atraído suavemente hacia si a la joven Julia, para alzarle la camisa y dejar
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a la vista todos sus secretos encantos. Deslizó sus ansiosas manos en torno a los adorables
muslos y las nalgas de la muchacha, y con los pulgares abrió después la rosada vulva, para
introducir su lasciva lengua en su interior, y besarla en forma por demás excitante en la
misma matriz.
Julia no podía permanecer insensible a este tratamiento y cuando al fin, tembloroso
de deseo y de desenfrenada lujuria, el osado cura la puso de espaldas sobre la cama, abrió
sus juveniles muslos y le permitió ver los sonrosados bordes de su bien ajustada rendija.
David Brown se metió entre sus piernas, y adelantándose hacia ella mojó la gruesa punta de su
miembro en los húmedos labios del coño. Montse Fernández prestó entonces su ayuda, y tomando entre
sus manos el inmenso pene, le descubrió y encaminó adecuadamente hacia el orificio.
Julia contuvo el aliento y se mordió los labios. David Brown asestó una violenta
estocada. Julia, brava como una leona, aguantó el golpe, y la cabeza se introdujo. Más
empujones, mayor presión, y en menos tiempo que toma para escribirlo Julia había
engullido totalmente el enorme pene del sacerdote.
Una vez cómodamente posesionado de su cuerpo, David Brown inició una serie de
rítmicas embestidas a fondo, y Julia, presa de sensaciones indescriptibles, echó hacia atrás
la cabeza, y se cubrió el rostro con una mano mientras con la otra se asía de la cintura de
Montse Fernández.
—¡Oh, es enorme, pero qué gusto me da!
— ¡ Está completamente dentro! ¡ Se ha enterrado hasta las bolas! —exclamó Montse Fernández.
—¡Ah! ¡Qué delicia! ¡Voy a venirme! ¡No puedo aguantar! ¡Su vientre es como
terciopelo! ¡Toma! ¡Toma esto!
Aquí siguió una feroz embestida.
—¡Oh! —exclamó Julia.
En aquel momento se le ocurrió una fantasía al libidinoso gigante, y extrayendo el
vaporizante miembro de las partes íntimas de Julia. se lanzó entre las piernas de Montse Fernández y lo
alojó en el interior de su deliciosa vulva. El palpitante objeto se metió muy adentro de su
juvenil coño, mientras el propietario del mismo babeaba de gusto por la tarea a que estaba
entregado.
Julia veía asombrada la aparente facilidad con que el padre hundía su gran yerga en el
interior del blanco cuerpo de su amiga.
Tras de pasar un cuarto de hora en esta erótica postura, tiempo en el cual Montse Fernández
oprimió al padre contra su pecho y rindió por dos veces su cálido tributo sobre la cabeza de
la enorme vara, una vez más se retira David Brown, y buscó calmar el ardor que le consumía
derramando su caliente leche en el interior de la delicada personita de Julia.
Tomó a la damita entre sus brazos, de nuevo se montó sobre su cuerpo, y sin gran
dificultad, presionando su ardiente yerga contra el suave coño de ella, se dispuso a
inundarlo con una lasciva descarga.
Siguió una furiosa serie de estocadas rápidas pero profundas, al final de las cuales
David Brown, al tiempo que dejaba escapar un hondo suspiro, empujó hasta lo más hondo de
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la delicada muchacha, y comenzó a vomitar en su interior un verdadero diluvio de semen.
Chorro tras chorro brotaba de su pene mientras él, con los ojos en blanco y los labios
temblorosos, llegaba al éxtasis.
La excitación de Julia había alcanzado su máximo, y se sumó al goce de su violador
en el paroxismo final, a un grado de terrible enajenación que no hay pulga capaz de
describir.
Las orgías que siguieron en esta lasciva noche fueron algo que excede también mis
capacidades narrativas. Tan pronto como David Brown se hubo recobrado de su primera
eyaculación, anunció con palabras de grueso calibre su propósito de gozar de Montse Fernández. Y,
dicho y hecho, puso inmediatamente manos a la obra.
Durante un largo cuarto de hora permaneció enterrado hasta los pelos en el coño de
ella, conteniéndose hasta que la naturaleza se impuso, para que Montse Fernández recibiera la descarga
en su matriz.
El padre sacó su pañuelo de Holanda, con el que enjugó los chorreantes coños de
ambas beldades. Entonces las dos muchachas asieron el miembro del sacerdote, y le
aplicaron tantos tiernos y lascivos toques que excitaron de nuevo el fogoso temperamento
del sacerdote, hasta el punto de lograr infundirle nuevas fuerzas y virilidad imposibles de
describir. Su enorme pene, enrojecido y engrosado en virtud de los ejercicios anteriores,
veía amenazador a la pareja que lo manoseaba llevándolo ora a un lado, ora a otro. Varias
veces Montse Fernández chupó la enardecida cabeza y cosquilleó con la punta de su lengua el orificio
de la uretra.
Esta era, por lo visto, una de las formas favoritas de gozar de David Brown. ya que
rápidamente introdujo lo más que pudo la cabeza de su gran yerga en la boca de la
muchacha.
Después las hizo rodar una y otra vez, desnudas tal como vinieron al mundo, pegando
sus gruesos labios en sus chorreantes coños, una y otra vez. Besó ruidosamente y manoteó
las redondeces de sus nalgas, introduciendo de vez en cuando uno de sus dedos en los
orificios de los culos.
Luego David Brown y Montse Fernández, ambos a una, convencieron a Julia para que le permitiera al
padre meter en su boca la punta de su pene, y tras un buen rato de cosquillear y excitar al
monstruoso carajo, vomitó tal torrente en la garganta de la muchacha, que casi la ahogó.
Siguió un corto intervalo, y de nuevo el inusitado hecho de poder gozar de dos
muchachas tan tentadoras y espirituales despertó todo el vigor de David Brown.
Colocándolas una junto a otra comenzó a introducir su miembro alternativamente en
cada una, y tras de algunas brutales embestidas lo retiraba de un coño para meterlo en el
otro. Después se tumbó sobre su espalda, y atrayendo a las muchachas sobre él le chupó el
coño a una mientras la otra se enterraba en su yerga hasta juntarse los pelos de ambos
cuerpos. Una y otra vez arrojó en el interior de ellas su prolífica esencia.
Sólo el alba puso término a aquellas escenas de orgía.
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Mientras tales escenas se desarrollaban en aquella casa, otra muy diferente tenía lugar
en la alcoba del señor Verbouc, y cuando tres días más tarde el padre Ambrosio regresaba
de otra de sus ausencias, encontró a su amigo y protector al borde de la muerte.
Unas pocas horas bastaron para poner término a la vida y aventuras de tan excéntrico
caballero.
Después de su deceso su viuda, que nunca se distinguió por sus luces intelectuales,
comenzó a presentar síntomas de locura, y en el paroxismo de su desvarío nunca dejaba de
llamar al sacerdote. Pero cuando en cierta ocasión un anciano y respetable padre fue
llamado de urgencia, la buena señora negó indignada que aquel hombre pudiera ser un
sacerdote, y pidió a gritos que se le enviara “el del gran instrumento”. Su lenguaje y su
comportamiento fueron motivo de escándalo general, por lo que se la tuvo que encerrar en
un asilo, en el que sigue delirando en demanda del gran pene.
Montse Fernández, que de esta suerte se quedó sin protectores, bien pronto prestó oídos a los
consejos de su confesor, y aceptó tomar los velos.
Julia, huérfana también, resolvió compartir la suerte de su amiga, y como quiera que
su madre otorgó enseguida su consentimiento, ambas jóvenes fueron recibidas en los
brazos de la Santa Madre Iglesia el mismo día, y una vez pasado el noviciado hicieron a un
tiempo los votos definitivos.
Cómo fueron observados estos votos de castidad no es cosa que yo, una humilde
pulga, deba juzgar. Únicamente puedo decir que al terminar la ceremonia ambas
muchachas fueron trasladadas privadamente al seminario, en el que las aguardaban catorce
curas.
Sin darles apenas tiempo a las nuevas devotas a desvestirse, los canallas,
enfervorecidos por la perspectiva de tan preciada recompensa, se lanzaron sobre ellas, y
uno tras otro saciaron su diabólica lujuria.
Montse Fernández recibió arriba de veinte férvidas descargas en todas las posturas imaginables, y
Julia, apenas menos vigorosamente asaltada, acabó por desmayarse, exhausta por la rudeza
del trato a que se vio sometida.
La habitación estaba bien asegurada, por lo que no había que temer interrupciones, y
la sensual comunidad, reunida para honrar a las recién admitidas hermanas, disfrutó de sus
encantos a sus anchas.
También Ambrosio estaba allí, ya que hacía tiempo que se había convencido de la
imposibilidad de conservar a Montse Fernández para él solo, y a mayor abundamiento temía la
animosidad de sus cofrades
.
David Brown también formaba parte de su equipo, y su enorme miembro causaba
estragos en los juveniles encantos que atacaba.
El Superior tenía asimismo oportunidad de dar rienda suelta a sus perversos gustos, y
ni siquiera la recién desflorada y débil Julia escapó a la ordalía de sus ataques. Tuvo que
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someterse y permitir que, entre indescriptibles emociones placenteras, arrojara su viscoso
semen en sus entrañas.
Los gritos de los que se venían, la respiración entrecortada de aquellos otros que
estaban entregados al acto sensual, el chirriar y crujir del mobiliario, las apagadas voces y
las interrumpidas conversaciones de los observadores, todo tendía a dar mayor magnitud a
la monstruosidad de las libidinosas escenas, y a hacer más repulsivos los detalles de esta
batahola eclesiástica.
Obsesionada por estas ideas, y disgustada sobremanera por las proporciones de la
orgía, huí, y no me detuve hasta no haber puesto muchos kilómetros de distancia entre mi
ser y los protagonistas de esta odiosa historia, ni tampoco, desde aquel momento, acaricié
la idea de volver a entrar en relaciones de familiaridad con Montse Fernández o con Julia.
Bien sé que ellas vinieron a ser los medios normales de dar satisfacción a los
internados en el seminario. Sin duda la constante y fuerte excitación sexual que tenían que
resentir había de marchitar en poco tiempo los hermosos encantos juveniles que tanta
admiración me inspiraron. Pero, hasta donde cabe. mi tarea ha terminado, he cumplido mi
promesa y se han terminado mis primeras memorias. Y si bien no es atributo de una pulga
el moralizar, sí está en su mano escoger su propio alimento.
Hastiada de aquellas mujercitas sobre las que he disertado, hice lo que hacen tantos
otros que, no obstante no ser pulgas, tal como lo recordé a mis lectores al comenzar esta
primera narración, hacen lo mismo, chupar la sangre: emigré, con la nueva promesa a misCapitulo I
NACÍ, PERO COMO NO SABRÍA DECIR COMO, cuándo o dónde, y por lo tanto
debo permitirle al lector que acepte esta afirmación mía y que la crea si bien le parece. Otra
cosa es asimismo cierta: el hecho de mi nacimiento no es ni siquiera un átomo menos
cierto que la veracidad de estas memorias, y si el estudiante inteligente que profundice en
estas s se pregunta cómo sucedió que en el transcurso de mi paso por la vida
—o tal vez hubiera debido decir mi brinco por ella— estuve dotada de inteligencia,
dotes de observación y poderes retentivos de memoria que me permitieron conservar el
recuerdo de los maravillosos hechos y descubrimientos que voy a relatar, únicamente
podré contestarle que hay inteligencias insospechadas por el vulgo, y leyes naturales cuya
existencia no ha podido ser descubierta todavía por los más avanzados científicos del
mundo.
Oí decir en alguna parte que mi destino era pasarme la vida chupando sangre. En
modo alguno soy el más insignificante de los seres que pertenecen a esta fraternidad
universal, y si llevo una existencia precaria en los cuerpos de aquellos con quienes entro en
contacto, mi propia experiencia demuestra que lo hago de una manera notablemente
peculiar, ya que hago una advertencia de mi ocupación que raramente ofrecen otros seres
de otros grados en mi misma profesión. Pero mi creencia es que persigo objetivos más
nobles que el de la simple sustentación de mi ser por medio de las contribuciones de los
incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mio, y con un alma que está muy por
encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando alturas de
percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo de la
grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al
describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto,
cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en
que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo
que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me
llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la
verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora
como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general
inexistente.
Estaba entregado a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una
jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como
el aroma de su... pero estoy divagando.
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Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas
atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es
natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el
momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Montse Fernández,
bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que
también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Montse Fernández era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su
juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que
placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave
como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Montse Fernández sabía, desde luego,
cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera
hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya
más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros
se volvieron a mirar a la linda Montse Fernández, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras
de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones
masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de
todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré
que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba
una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la otra con el fin de desatarse las
elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una
de otra sus rollizas pantorrillas, Montse Fernández se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que
el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la
oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo
vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba
sus labios por entre las sombras.
De pronto Montse Fernández dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de
leerla también. los incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mio, y con un alma
que está muy por encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando
alturas de percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo
de la grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al
describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
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De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto,
cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en
que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo
que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me
llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la
verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora
como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general
inexistente.
Estaba entregado a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una
jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como
el aroma de su... pero estoy divagando.
Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas
atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es
natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el
momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Montse Fernández,
bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que
también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Montse Fernández era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su
juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que
placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave
como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Montse Fernández sabía, desde luego,
cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera
hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya
más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros
se volvieron a mirar a la linda Montse Fernández, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras
de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones
masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de
todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré
que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba
una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la otra con el fin de desatarse las
elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
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Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una
de otra sus rollizas pantorrillas, Montse Fernández se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que
el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la
oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo
vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba
sus labios por entre las sombras.
De pronto Montse Fernández dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de
leerla también.
“Esta noche, a las ocho, estaré en el antiguo lugar”. Eran las únicas palabras escritas
en el papel, pero al parecer tenían un particular interés para ella. puesto que se mantuvo en
la misma postura por algún tiempo en actitud pensativa.
Se había despertado mi curiosidad, y deseosa de saber más acerca de la interesante
joven, lo que me proporcionaba la agradable oportunidad de continuar en tan placentera
promiscuidad, me apresuré a permanecer tranquilamente oculta en un lugar recóndito y
cómodo, aunque algo húmedo, y no salí del mismo, con el fin de observar el desarrollo de
los acontecimientos, hasta que se aproximó la hora de la cita.
Montse Fernández se vistió con meticulosa atención, y se dispuso a trasladarse al jardín que
rodeaba la casa de campo donde moraba, fui con ella.
Al llegar al extremo de una larga y sombreada avenida la muchacha se sentó en una
banca rústica, y esperó la llegada de la persona con la que tenía que encontrarse.
No pasaron más de unos cuantos minutos antes de que se presentara el joven que por
la mañana se había puesto en comunicación con mi deliciosa amiguita.
Se entabló una conversación que, sí debo juzgar por la abstracción que en ella se
hacía de todo cuanto no se relacionara con ellos mismos, tenía un interés especial para
ambos.
Anochecía, y estábamos entre dos luces. Soplaba un airecillo caliente y confortable, y
la joven pareja se mantenía entrelazada en el banco, olvidados de todo lo que no fuera su
felicidad mutua.
—No sabes cuánto te quiero, Montse Fernández -murmuró el joven, sellando tiernamente su
declaración con un beso depositado sobre los labios que ella ofrecía.
—Sí, lo sé —contestó ella con aire inocente—. ¿No me lo estás diciendo
constantemente? Llegaré a cansarme de oír esa canción.
Montse Fernández agitaba inquietamente sus lindos pies, y se veía meditabunda.
—¿Cuándo me explicarás y enseñarás todas esas cosas divertidas de que me has
hablado? —preguntó ella por fin, dirigiéndole una mirada, para volver luego a clavar la
vista en el suelo.
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—Ahora —repuso el joven—. Ahora, querida Montse Fernández, que estamos a solas y libres de
interrupciones. ¿Sabes, Montse Fernández? Ya no somos unos chiquillos.
Montse Fernández asintió con un movimiento de cabeza.
—Bien; hay cosas que los niños no saben, y que los amantes no sólo deben conocer,
sino también practicar.
—¡Válgame Dios! —dijo ella, muy seria.
— Sí —continuó su compañero—. Hay entre los que se aman cosas secretas que los
hacen felices, y que son causa de la dicha de amar y ser amado.
—¡Dios mío! —exclamó Montse Fernández—. ¡Qué sentimental te has vuelto, Carlos! Todavía
recuerdo cuando me decías que el sentimentalismo no era más que una patraña.
—Así lo creía, hasta que me enamoré de ti —replicó el joven.
—¡Tonterías! —repuso Montse Fernández—. Pero sigamos adelante, y i cuéntame lo que me
tienes prometido.
—No te lo puedo decir si al mismo tiempo no te lo enseño
—contestó Carlos—. Los conocimientos sólo se aprenden observándolos en la
práctica.
—¡Anda, pues! ¡Sigue adelante y enséñame! —exclamó la muchacha, en cuya
brillante mirada y ardientes mejillas creí- descubrir que tenía perfecto conocimiento de la
clase de instrucción que demandaba.
En su impaciencia había un no sé qué cautivador. El joven cedió a este atractivo y,
cubriendo con su cuerpo el de la Montse Fernández damita, acercó sus labios a los de ella y la besó
embelesado.
Montse Fernández no opuso resistencia; por el contrario colaboró devolviendo las caricias de su
amado.
Entretanto la noche avanzaba; los árboles desaparecían tras. la oscuridad, y extendían
sus altas copas como para proteger a los jóvenes contra la luz que se desvanecía.
De pronto Carlos se deslizó a un lado de ella y efectuó un ligero movimiento. Sin
oposición de parte de Montse Fernández pasó su mano por debajo de las enaguas de la muchacha. No
satisfecho con el goce que le causó tener a su alcance sus medias de seda, intentó seguir
más arriba, y sus inquisitivos dedos entraron en contacto con las suaves y temblorosas
carnes de los muslos de la muchacha.
El ritmo de la respiración de Montse Fernández se apresuró ante este poco delicado ataque a sus
encantos. Estaba, empero, muy lejos de resistirse; indudablemente le placía el excitante
jugueteo.
-Tócalo -murmuró—. Te lo permito.
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Carlos no necesitaba otra invitación. En realidad se disponía a seguir adelante, y
captando en el acto el alcance del permiso, introdujo sus dedos más adentro.
La complaciente muchacha abrió sus muslos cuando él lo hizo, y de inmediato su
mano alcanzó los delicados labios rosados de su linda rendija.
Durante los diez minutos siguientes la pareja permaneció con los labios pegados,
olvidada de todo. Sólo su respiración denotaba la intensidad de las sensaciones que los
embargaba en aquella embriaguez de lascivia. Carlos sintió un delicado objeto que adquiría
rigidez bajo sus ágiles dedos, y que sobresalía de un modo que le era desconocido.
En aquel momento Montse Fernández cerró sus ojos, y dejando caer su cabeza hacia atrás se
estremeció ligeramente, al tiempo que su cuerpo devenía ligero y lánguido, y su cabeza
buscaba apoyo en el brazo de su amado.
—¡Oh, Carlos! —murmuró—. ¿Qué me estás haciendo? ¡Qué deliciosas sensaciones
me proporcionas!
El muchacho no permaneció ocioso, pero habiendo ya explorado todo lo que le
permitía la postura forzada en que se encontraba, se levantó, y comprendiendo la necesidad
de satisfacer la pasión que con sus actos había despertado, le rogó a su compañera que le
permitiera conducir su mano hacia un objeto querido, que le aseguró era capaz de
producirle mucho mayor placer que el que le habían proporcionado sus dedos.
Nada renuente, Montse Fernández se asió a un nuevo y delicioso objeto y, ya fuere porque
experimentaba la curiosidad que simulaba, o porque realmente se sentía transportada por
deseos recién nacidos, no pudo negarse a llevar de la sombra a la luz el erecto objeto de su
amigo.
Aquellos de mis lectores que se hayan encontrado en una situación similar, podrán
comprender rápidamente el calor puesto en empuñar la nueva adquisición, y la mirada de
bienvenida con que acogió su primera aparición en público.
Era la primera vez que Montse Fernández contemplaba un miembro masculino en plena
manifestación de poderío, y aunque no hubiera sido así, el que yo podía ver cómodamente
era de tamaño formidable. Lo que más le incitaba a profundizar en sus conocimientos era
la blancura del tronco y su roja cabeza, de la que se retiraba la suave piel cuando ella
ejercía presión.
Carlos estaba igualmente enternecido. Sus ojos brillaban y su mano seguía
recorriendo el juvenil tesoro del que había tomado posesión.
Mientras tanto los jugueteos de la manecita sobre el juvenil miembro con el que
había entrado en contacto habían producido los efectos que suelen observarse en
circunstancias semejantes en cualquier organismo sano y vigoroso, como el del caso que
nos ocupa.
Arrobado por la suave presión de la mano, los dulces y deliciosos apretones, y la
inexperiencia con que la jovencita tiraba hacia atrás los pliegues que cubrían la exuberante
fruta, para descubrir su roja cabeza encendida por el deseo, y con su diminuto orificio en
espera de la oportunidad de expeler su viscosa ofrenda, el joven estaba enloquecido de
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lujuria, y Montse Fernández era presa de nuevas y raras sensaciones que la arrastraban hacia un
torbellino de apasionada excitación que la hacía anhelar un desahogo todavía desconocido.
Con sus hermosos ojos entornados, entreabiertos sus húmedos labios, la piel caliente
y enardecida a causa de los desconocidos impulsos que se habían apoderado de su persona,
era víctima propicia para quienquiera que tuviese aquel momento la oportunidad. y
quisiera lograr sus favores y arrancarle su delicada rosa juvenil.
No obstante su juventud. Carlos no era tan ciego como para dejar escapar tan
brillante oportunidad. Además su pasión, ahora a su máximo, lo incitaba a seguir adelante,
desoyendo los consejos de prudencia que de otra manera hubiera escuchado.
Encontró palpitante y bien húmedo el centro que se agitaba bajo sus dedos;
contempló a la hermosa muchacha tendida en una invitación al deporte del amor, observó
sus hondos suspiros, que hacían subir y bajar sus senos, y las fuertes emociones sensuales
que daban vida a las radiantes formas de su joven compañera.
Las suaves y turgentes piernas de la muchacha estaban expuestas a las apasionadas
miradas del joven.
A medida que iba alzando cuidadosamente sus ropas íntimas, Carlos descubría los
secretos encantos de su adorable compañera, hasta que sus ojos en llamas se posaron en los
rollizos miembros rematados en las blancas caderas y el vientre palpitante.
Su ardiente mirada se posó entonces en el centro mismo de atracción, en la rosada
hendidura escondida al pie de un turgente monte de Venus, apenas sombreado por el más
suave de los vellos.
El cosquilleo que le había administrado, y las caricias dispensadas al objeto
codiciado, habían provocado el flujo de humedad que suele suceder a la excitación, y Montse Fernández
ofrecía una rendija que antojábase un durazno, bien rociado por el mejor y más dulce
lubricante que pueda ofrecer la naturaleza.
Carlos captó su oportunidad, y apartando suavemente la mano con que ella le asía el
miembro, se lanzó furiosamente, sobre la reclinada figura de ella.
Apresó con su brazo izquierdo su breve cintura; abrazó las mejillas de la muchacha
con su cálido aliento, y sus labios apretaron los de ella en un largo, apasionado y
apremiante beso. Tras de liberar a su mano izquierda, trató de juntar los cuerpos lo más
posible en aquellas partes que desempeñan el papel activo en el placer sensual,
esforzándose ansiosamente por completar la unión.
Montse Fernández sintió por primera vez en su vida el contacto mágico del órgano masculino con
los labios de su rosado orificio.
Tan pronto como percibió el ardiente contacto con la dura cabeza del miembro de
Carlos se estremeció perceptiblemente, y anticipándose a los placeres de los actos
venéreos, dejó escapar una abundante muestra de su susceptible naturaleza.
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Carlos estaba embelesado, y se esforzaba en buscar la máxima perfección en la
consumación del acto.
Pero la naturaleza, que tanto había influido en el desarrollo de las pasiones sexuales
de Montse Fernández, había dispuesto, que algo tenía que realizarse antes de que fuera cortado tan
fácilmente un capullo tan tempranero.
Ella era muy joven, inmadura —incluso en el sentido de estas visitas mensuales que
señalan el comienzo de la pubertad— y sus partes, aun cuando estaban llenas de
perfecciones y de frescura, estaban poco preparadas para la admisión de los miembros
masculinos, aun los tan moderados como el que, con su redonda cabeza intrusa, se luchaba
en aquel momento por buscar alojamiento en ellas.
En vano se esforzaba Carlos presionando con su excitado miembro hacia el interior
de las delicadas partes de la adorable muchachita.
Los rosados pliegues del estrecho orificio resistían todas las tentativas de penetración
en la mística gruta. En vano también la linda Montse Fernández, en aquellos momentos inflamada por
una excitación que rayaba en la furia, y semienloquecida por efecto del cosquilleo que ya
había resentido, secundaba por todos los medios los audaces esfuerzos de su joven amante.
La membrana era fuerte y resistía bravamente. Al fin, en un esfuerzo desesperado por
alcanzar el objetivo propuesto, el joven se hizo atrás por un momento, para lanzarse luego
con todas sus fuerzas hacia adelante, con lo que consiguió abrirse paso taladrando en la
obstrucción, y adelantar la cabeza y parte de su endurecido miembro en el sexo de la
muchacha que yacía bajo él.
Montse Fernández dejó escapar un pequeño grito al sentir forzada la puerta que conducía a sus
secretos encantos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para resistir el dolor con la
esperanza del alivio que parecía estar a punto de llegar.
Se ha dicho que ce n’est que le premier coup qui coute, pero cabe alegar que también
es perfectamente posible que quelquejois il cauto trops, como puede inferir el lector
conmigo en el caso presente.
Sin embargo y por muy extraño que pueda parecer, ninguno de nuestros amantes
tenía la menor idea al respecto, pues entregados por entero a las deliciosas sensaciones que
se habían apoderado de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos
que ambos sentían que iban a llevarlos a un éxtasis.
Todo el cuerpo de Montse Fernández se estremecía de delirante impaciencia, y de sus labios rojos
se escapaban cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregada en
cuerpo y alma a las delicias del coito. Sus contracciones musculares en el arma que en
aquellos momentos la tenía ya ensartada, el firme abrazo con que sujetaba el contorsionado
cuerpo del muchacho, la delicada estrechez de la húmeda funda, ajustada como un guante,
todo ello excitaba los sentidos de Carlos hasta la locura.
Hundió su instrumento hasta la raíz en el cuerpo de ella, hasta que los dos globos que
abastecían de masculinidad al campeón alcanzaron contacto con los firmes cachetes de las
nalgas de ella. No pudo avanzar más, y se entregó de lleno a recoger la cosecha de sus
esfuerzos.
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Pero Montse Fernández, insaciable en su pasión, tan pronto como vio realizada la completa unión
Que deseaba, entregándose al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le
proporcionaba, estaba demasiado excitada para interesarse o preocuparse por lo que
pudiera ocurrir después. Poseída por locos espasmos de lujuria, se apretujaba contra el
objeto de su placer y, acogiéndose a los brazos de su amado, con apagados quejidos de
intensa emoción extática y grititos de sorpresa y deleite, dejo escapar una copiosa emisión
que, en busca de salida, inundó los testículos de Carlos.
Tan pronto como el joven pudo comprobar el placer que le procuraba a la hermosa
Montse Fernández, y advirtió el flujo que tan profusamente había derramado sobre él, fue presa también
de un acceso de furia lujuriosa. Un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas.
Su instrumento se encontraba totalmente hundido en las entrañas de ella. Echándose hacia
atrás, extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza y volvió a hundirlo. Sintió un
cosquilleo crispante, enloquecedor. Apretó el abrazo que le mantenía unido a su joven
amante, y en el mismo instante en que otro grito de arrebatado placer se escapaba del
palpitante pecho de ella, sintió su propio jadeo sobre el seno de Montse Fernández, mientras derramaba
en el interior de su agradecida matriz un verdadero torrente de vigor juvenil.
Un apagado gemido de lujuria satisfecha escapó de los labios entreabiertos de Montse Fernández,
al sentir en su interior el derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de
la emisión le arrancó a Carlos un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido
con los ojos en blanco, como el acto final del drama sensual.
El grito fue la señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las
ramas de los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de pie
delante de los jóvenes amantes.
El horror heló la sangre de ambos.
Carlos, escabulléndose del que había sido su lúbrico y cálido refugio, y con un
esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió ante la aparición, como quien huye de una
espantosa serpiente.
Por su parte la gentil Montse Fernández, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se
cubrió el rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su
goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa del temor, se dispuso a esperar la tormenta
que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse, a ella con toda la presencia de ánimo de que
era capaz.
No se prolongó mucho su incertidumbre.
Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al jovencito
por el brazo, mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que pusiera orden en su
vestimenta.
—¡Muchacho imprudente! —murmuró entre dientes—. ¿Qué hiciste? ¿Hasta qué
extremos te ha arrastrado tu pasión loca y salvaje? ¿Cómo podrás enfrentarte a la ira de tu
ofendido padre? ¿Cómo apaciguarás su justo resentimiento cuando yo, en el ejercicio de mi
deber moral, le haga saber el daño causado por la mano de su único hijo?
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Cuando terminó de hablar, manteniendo a Carlos todavía sujeto por la muñeca, la luz
de la luna descubrió la figura de un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años,
bajo, gordo y más bien corpulento. Su rostro, francamente hermoso, resultaba todavía más
atractivo por efecto de un par de ojos brillantes que, negros como el azabache, lanzaban en
torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento. Vestía hábitos clericales, cuyo
sombrío aspecto y limpieza hacían resaltar todavía más sus notables proporciones
musculares y su sorprendente fisonomía, Carlos estaba confundido por completo, y se
sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el fiero intruso se volvió hacia su joven
compañera de goces libidinosos.
—En cuanto a ti, infeliz muchacha, sólo puedo expresarte mi máximo horror y mí
justa indignación. Olvidándote de los preceptos de nuestra santa madre iglesia, sin
importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso muchacho que pruebe la
fruta prohibida. ¿Qué te queda ahora? Escarnecida por tus amigos y arrojada del hogar de
tu tío, tendrás que asociarte con las bestias del campo, y. como Nabucodonosor, serás
eludida por los tuyos para evitar la contaminación, y tendrás que implorar por los caminos
del Señor un miserable sustento. ¡Ah, hija del pecado, criatura entregada a la lujuria y a
Satán! Yo te digo que...
El extraño había ido tan lejos en su amonestación a la infortunada muchacha, que
Montse Fernández, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió lágrimas y súplicas en
demanda de perdón para ella y para su joven amante,
—No digas más —siguió, al cabo. el fiero sacerdote—. No digas más. Las
confesiones no son válidas, y las humillaciones sólo añaden lodo a tu ofensa. Mi mente no
acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero si obedeciera los
dictados de mis actuales inclinaciones me encaminaría directamente hacia tus custodios
naturales para hacerlas saber de inmediato las infamias que por azar he descubierto.
—;Por piedad! ¡Compadeceos de mí! —suplicó Montse Fernández, cuyas lágrimas se deslizaban
por unas mejillas que hacía poco habían resplandecido de placer.
—¡Perdonadnos. padre! ¡Perdonadnos a los dos! Haremos cuanto esté en nuestras
manos como penitencia. Se dirán seis misas y muchos padrenuestros sufragados por
nosotros, Se emprenderá sin duda la peregrinación al sepulcro de San Engulfo, del que me
hablabais el otro día. Estoy dispuesto a cualquier sacrificio si perdonáis a mi querida Montse Fernández.
El sacerdote impuso silencio con un ademán. Después tomó la palabra, a veces en un
tono piadoso que contrastaba con sus maneras resueltas y su natural duro.
—¡Basta! —dijo—. Necesito tiempo. Necesito invocar la ayuda de la Virgen bendita,
que no conoce e] pecado, pero que, sin experimentar el placer carnal de la copulación de
los mortales, trajo al mundo al niño Jesús en el establo de Belén. Pasa a yerme mañana a la
sacristía, Montse Fernández. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es la voluntad divina con
respecto a tu pecado. En cuanto a ti, joven impetuoso, me reservo todo juicio y toda acción
hasta el día siguiente, en el que te espero a la misma hora.
Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes cuando el padre les
advirtió que debían marcharse ya.
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La noche hacía mucho que había caído, y se levantaba el relente.
—Entretanto, buenas noches, y que la paz sea con vosotros. Vuestro secreto está a
salvo conmigo hasta que nos volvamos a ver —dijo el padre antes de desaparecer.
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Capitulo II
CURIOSA POR SABER EL DESARROLLO DE UNA aventura en la que ya estaba
verdaderamente interesada, al propio tiempo que por la suerte de la gentil y amable Montse Fernández,
me sentí obligada a permanecer junto a ella, y por lo tanto tuve buen cuidado de no
m*****arla con mis atenciones, no fuera a despertar su resistencia y a desencadenar un
ataque a destiempo, en un momento en el que para el buen éxito de mis propósitos
necesitaba estar en el propio campo de operaciones de la joven.
No trataré de describiros el mal rato que pasó mi joven protegida en el intervalo
transcurrido desde el momento en que se produjo el enojoso descubrimiento del padre
confesor y la hora señalada por éste para visitarle en la sacristía, con el fin de decidir sobre
el sino de la infortunada Montse Fernández.
Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, la asustada muchacha se presentó ante
la puerta de aquélla y llamó.
La puerta se abrió y apareció el padre en el umbral.
A un signo del sacerdote Montse Fernández entró, permaneciendo de pie frente a la imponente
figura del santo varón.
Siguió un embarazoso silencio que se prolongó por algunos segundos. El padre
Ambrosio lo rompió al fin para decir:
—Has hecho bien en acudir tan puntualmente, hija mía. La estricta obediencia del
penitente es el primer signo espiritual que conduce al perdón divino.
Al oír aquellas bondadosas palabras Montse Fernández cobró aliento y pareció descargarse de un
peso que oprimía su corazón.
El padre Ambrosio siguió hablando, al tiempo que se sentaba sobre un largo cojín
que cubría una gran arca de roble.
—He pensado mucho en ti, y también rogado por cuenta tuya, hija mía. Durante
algún tiempo no encontré manera alguna de dejar a mi conciencia libre de culpa, salvo la
de acudir a tu protector natural para revelarle el espantoso secreto que involuntariamente
llegué a poseer.
Hizo una pausa, y Montse Fernández, que sabía muy bien el severo carácter de su tío, de quien
además dependía por completo, se echó a temblar al oír tales palabras.
Tomándola de la mano y atrayéndola de manera que tuvo que arrodillarse ante él,
mientras su mano derecha presionaba su bien torneado hombro, continuó el padre:
—Pero me dolía pensar en los espantosos resultados que hubieran seguido a tal
revelación, y pedí a la Virgen Santísima que me asistiera en tal tribulación. Ella me señaló
un camino que, al propio tiempo que sirve a las finalidades de la sagrada iglesia, evita las
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consecuencias que acarrearía el que el hecho llegase a conocimiento de tu tío. Sin
embargo, la primera condición necesaria para que podamos seguir este camino es la
obediencia absoluta.
Montse Fernández, aliviada de su angustia al oír que había un camino de salvación, prometió en el
acto obedecer ciegamente las órdenes de su padre espiritual.
La jovencita estaba arrodillada a sus pies. El padre Ambrosio inclinó su gran cabeza
sobre la postrada figura de ella. Un tinte de color enrojecía sus mejillas, y un fuego extraño
iluminaba sus ojos. Sus manos temblaban ligeramente cuando se apoyaron sobre los
hombros de su penitente, pero no perdió su compostura. Indudablemente su espíritu estaba
conturbado por el conflicto nacido de la necesidad de seguir adelante con el cumplimiento
estricto de su deber, y los tortuosos pasos con que pretendía evitar su cruel exposición.
El santo padre comenzó luego un largo sermón sobre la virtud de la obediencia, y de
la absoluta sumisión a las normas dictadas por el ministro de la santa iglesia.
Montse Fernández reiteró la seguridad de que seria muy paciente, y de que obedecería todo cuanto
se le ordenara.
Entretanto resultaba evidente para mí que el sacerdote era víctima de un espíritu
controlado pero rebelde, que a veces asomaba en su persona y se apoderaba totalmente de
ella, reflejándose en sus ojos centelleantes y sus apasionados y ardientes labios.
El padre Ambrosio atrajo más y más a su hermosa penitente, hasta que sus lindos
brazos descansaron sobre sus rodillas y su rostro se inclinó hacia abajo con piadosa
resignación, casi sumido entre sus manos.
—Y ahora, hija mía —siguió diciendo el santo varón— ha llegado el momento de
que te revele los medios que me han sido señalados por la Virgen bendita como los únicos
que me autorizan a absolverte de la ofensa. Hay espíritus a quienes se ha confiado el alivio
de aquellas pasiones y exigencias que la mayoría de los siervos de la iglesia tienen
prohibido confesar abiertamente, pero que sin duda necesitan satisfacer. Se encuentran
estos pocos elegidos entre aquellos que ya han seguido el camino del desahogo carnal. A
ellos se les confiere el solemne y sagrado deber de atenuar los deseos terrenales de nuestra
comunidad religiosa, dentro del más estricto secreto.
Con voz temblorosa por la emoción, y al tiempo que sus amplias manos descendían
de los hombros de la muchacha hasta su cintura, el padre susurró:
—Para ti, que ya probaste el supremo placer de la copulación, está indicado el
recurso a este sagrado oficio. De esta manera no sólo te será borrado y perdonado el
pecado cometido, sino que se te permitirá disfrutar legítimamente de esos deliciosos
éxtasis, de esas insuperables sensaciones de dicha arrobadora que en todo momento
encontrarás en los brazos de sus fieles servidores. Nadarás en un mar de placeres sensuales,
sin incurrir en las penalidades resultantes de los amores ilícitos. La absolución seguirá a
cada uno de los abandonos de tu dulce cuerpo para recompensar a la iglesia a través de sus
ministros, y serás premiada y sostenida en tu piadosa labor por la contemplación —o mejor
dicho, Montse Fernández, por la participación en ellas— de las intensas y fervientes emociones que el
delicioso disfrute de tu hermosa persona tiene que provocar.
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Montse Fernández oyó la insidiosa proposición con sentimientos mezclados de sorpresa y placer.
Los poderosos y lascivos impulsos de su ardiente naturaleza despertaron en el acto
ante la descripción ofrecida a su fértil imaginación. ¿Cómo dudar?
El piadoso sacerdote acercó su complaciente cuerpo hacia ella, y estampó un largo y
cálido beso en sus rosados labios.
—Madre Santa —murmuró Montse Fernández, sintiendo cada vez más excitados sus instintos
sexuales—. ¡Es demasiado para que pueda soportarlo! Yo quisiera... me pregunto... ¡no sé
qué decir!
—Inocente y dulce criatura. Es misión mía la de instruirte. En mi persona encontrarás
el mejor y más apto preceptor para la realización dc los ejercicios que de hoy en adelante
tendrás que llevar a cabo.
El padre Ambrosio cambió de postura. En aquel momento Montse Fernández advirtió por vez
primera su ardiente mirada de sensualidad, y casi le causó temor descubrirla.
También fue en aquel instante cuando se dio cuenta de la enorme protuberancia que
descollaba en la parte frontal de la sotana del padre santo.
El excitado sacerdote apenas se tomaba ya el trabajo de disimular su estado y sus
intenciones.
Tomando a la hermosa muchacha entre sus brazos la besó larga y apasionadamente.
Apretó el suave cuerpo de ella contra su voluminosa persona, y la atrajo fuertemente para
entrar en contacto cada vez más íntimo con su grácil figura.
Al cabo, consumido por la lujuria, perdió los estribos, y dejando a Montse Fernández parcialmente
en libertad, abrió el frente de su sotana y dejó expuesto a los atónitos ojos de su joven
penitente y sin el menor rubor, un miembro cuyas gigantescas proporciones, erección y
rigidez la dejaron completamente confundida.
Es imposible describir las sensaciones despertadas en Montse Fernández por el repentino
descubrimiento de aquel formidable instrumento.
Su mirada se fijó instantáneamente en él, al tiempo que el padre, advirtiendo ~su
asombro, pero descubriendo que en él no había mezcla alguna de alarma o de temor, lo
colocó tranquilamente entre sus manos. El entablar contacto con tan tremenda cosa se
apoderó de Montse Fernández un terrible estado de excitación.
Como quiera que hasta entonces no había visto más que el miembro de moderadas
proporciones de Carlos, tan notable fenómeno despertó rápidamente en ella la mayor de las
sensaciones lascivas, y asiendo el inmenso objeto lo mejor que pudo con sus manecitas se
acercó a él embargada por un deleite sensual verdaderamente extático.
—Santo Dios! ¡Esto es casi el cielo! —murmuró Montse Fernández—. ¡Oh, padre, quién hubiera
creído que iba yo a ser escogida para semejante dicha!
Esto era demasiado para el padre Ambrosio. Estaba encantado con la lujuria de su
linda penitente y por el éxito de su infame treta. (En efecto, él lo había planeado todo,
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puesto que facilitó la entrevista de los jóvenes, y con ella la oportunidad de que se
entregasen a sus ardorosos juegos, a escondidas de todos menos de él, que se agazapó
cerca del lugar de la cita para contemplar con centelleantes ojos el combate amoroso).
Levantándose rápidamente alzó el ligero cuerpo de la joven Montse Fernández, y colocándola
sobre el cojín en el que estuvo sentado él momentos antes levantó sus rollizas piernas y
separando lo más que pudo sus complacientes muslos, contempló por un instante la
deliciosa hendidura rosada que aparecía debajo del blanco vientre. Luego, sin decir
palabra, avanzó su rostro hacía ella, e introduciendo su impúdica lengua tan adentro como
pudo en la húmeda vaina dióse a succionar tan deliciosamente, que Montse Fernández, en un gran
éxtasis pasional, y sacudido su joven cuerpo por espasmódicas contracciones de placer,
eyaculó abundantemente, emisión que el santo padre engulló cual si fuera un flan.
Siguieron unos instantes de calma.
Montse Fernández reposaba sobre su espalda, con los brazos extendidos a ambos lados y la cabeza
caída hacia atrás, en actitud de delicioso agotamiento tras las violentas emociones provocas
por el lujurioso proceder del reverendo padre.
Su pecho se agitaba todavía bajo la violencia de sus transportes, y sus hermosos ojos
permanecían entornados en lánguido reposo.
El padre Ambrosio era de los contados hombres capaces de controlar sus instintos
pasionales en circunstancias como las presentes. Continuos hábitos de paciencia en espera
de alcanzar los objetos propuestos, el empleo de la tenacidad en todos sus actos, y la
cautela convencional propia de la orden a la que pertenecía, no se habían borrado por
completo no obstante su temperamento fogoso, y aunque de natural incompatible con la
vocación sacerdotal, y de deseos tan violentos que caían fuera de lo común, había
aprendido a controlar sus pasiones hasta la mortificación.
Ya es hora de que descorramos el velo que cubre el verdadero carácter de este
hombre. Lo hago respetuosamente, pero la verdad debe ser dicha.
El padre Ambrosio era la personificación viviente de la lujuria. Su mente estaba en
realidad entregada a satisfacerla, y sus fuertes instintos a****les, su ardiente y vigorosa
constitución, al igual que su indomable naturaleza, lo identificaban con la imagen física y
mental del sátiro de la antigüedad.
Pero Montse Fernández sólo lo conocía como el padre santo que no sólo le había perdonado su
grave delito, sino que le habla también abierto el camino por el que podía dirigirse, sin
pecado, a gozar de los placeres que tan firmemente tenía fijos en su juvenil imaginación.
El osado sacerdote, sumamente complacido por el éxito de una estratagema que había
puesto en sus manos lujuriosas una víctima y también por la extraordinaria sensualidad de
la naturaleza de la joven, y el evidente deleite con que se entregaba a la satisfacción de sus
deseos, se disponía en aquellos momentos a cosechar los frutos de su superchería, y
disfrutaba lo indecible con la idea de que iba a poseer todos los delicados encantos que
Montse Fernández podía ofrecerle para mitigar su espantosa lujuria.
Al fin era suya, y al tiempo que se retiraba de su cuerpo tembloroso, conservando
todavía en sus labios la muestra de la participación que había tenido en el placer
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experimentado por ella, su miembro, todavía hinchado y rígido, presentaba una cabeza
reluciente a causa de la presión de la sangre y el endurecimiento de los músculos.
Tan pronto como la joven Montse Fernández se hubo recuperado del ataque que acabamos de
describir, inferido por su confesor en las partes más sensibles de su persona, y alzó la
cabeza de la posición inclinada en que reposaba, sus ojos volvieron a tropezar con el gran
tronco que el padre mantenía impúdicamente expuesto.
Montse Fernández pudo ver el largo y grueso mástil blanco, y la mata de negros pelos rizados de
donde emergía, oscilando rígidamente hacia arriba, y la cabeza en forma de huevo que
sobresalía en el extremo, roja y desnuda, y que parecía invitar el contacto de su mano.
Contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo y carne, e incapaz de resistir la
tentación la tomó de nuevo entre sus manos.
La apretó, la estrujó, y deslizó hacia atrás los pliegues de piel que la cubrían para
observar la gran nuez que la coronaba. Maravillada, contempló el agujerito que aparecía en
su extremo, y tomándolo con ambas manos lo mantuvo, palpitante, junto a su cara.
—¡Oh. padre! ¡Qué cosa tan maravillosa! —exclamó—. ¡Qué grande! ¡ Por favor,
padre Ambrosio, decidme cómo debo proceder para aliviar a nuestros santos ministros
religiosos de esos sentimientos que según usted tanto los inquietan, y que hasta dolor les
causan!
El padre Ambrosio estaba demasiado excitado para poder contestar, pero tomando la
mano de ella con la suya le enseñó a la inocente muchacha cómo tenía que mover sus
dedos de atrás y adelante en su enorme objeto.
Su placer era intenso, y el de Montse Fernández no parecía ser menor.
Siguió frotando el miembro entre las suaves palmas de sus manos, mientras
contemplaba con aire inocente la cara de él. Después le preguntó en voz queda si ello le
proporcionaba gran placer, y si por lo tanto tenía qué seguir actuando tal como lo hacía.
Entretanto, el gran pene del padre Ambrosio engordaba y crecía todavía más por
efecto del excitante cosquilleo al que lo sometía la jovencita.
—Espera un momento. Si sigues frotándolo de esta manera me voy a venir —dijo por
lo bajo—. Será mejor retardarlo todavía un poco.
—¿Se vendrá, padrecito? —inquirió Montse Fernández ávidamente—. ¿Qué quiere decir eso?
—¡Ah, mi dulce niña, tan adorable por tu belleza como por tu inocencia! ¡Cuán
divinamente llevas a cabo tu excelsa misión! —exclamó Ambrosio, encantado de abusar de
la evidente inexperiencia de su joven penitente, y de poder así envilecería—. Venirse
significa completar el acto por medio del cual se disfruta en su totalidad del placer venéreo
y supone el escape de una gran cantidad de fluido blanco y espeso del interior de la cosa
que sostienes entre tus manos, y que al ser expelido proporciona igual placer al que la
arroja que a la persona que, en el modo que sea, la recibe.
Montse Fernández recordó a Carlos y su éxtasis, y entendió enseguida a lo que el padre se refería.
—¿Y este derrame le proporcionaría alivio, padre?
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—Claro que sí, hija mía, y por ello deseo ofrecerte la oportunidad de que me
proporciones ese alivio bienhechor, como bendito sacrificio de uno de los más humildes
servidores de la iglesia.
—¡Qué delicia! —murmuró Montse Fernández—. Por obra mía correrá esa rica corriente, y es
únicamente a mí a quien el santo varón reserva ese final placentero. ¡Cuánta felicidad me
proporciona poderle causar semejante dicha!
Después de expresar apasionadamente estos pensamientos, inclinó la cabeza. El
objeto de su adoración exhalaba un perfume difícil de definir. Depositó sus húmedos labios
sobre su extremo superior, cubrió con su adorable boca el pequeño orificio, y luego besó
ardientemente el reluciente miembro.
—¿Cómo se llama ese fluido? —preguntó Montse Fernández, alzando una vez más su lindo rostro.
—--Tiene varios nombres —replicó el santo varón—. Depende de la clase social a la
que pertenezca la persona que lo menciona. Pero entre nosotros, hija mía, lo llamaremos
leche.
—¿Leche? —repitió Montse Fernández inocentemente, dejando escapar el erótico vocablo por
entre sus dulces labios, con una unción que en aquellas circunstancias resultaba natural.
—Sí, hija mía, la palabra es leche. Por lo menos así quisiera que lo llamaras tú. Y
enseguida te inundaré con esta esencia tan preciosa.
—¿Cómo tengo que recibirla? —preguntó Montse Fernández, pensando en Carlos, y en la
tremenda diferencia relativa entre su instrumento y el gigantesco pene que en aquellos
instantes tenía ante sí.
—Hay varios modos para ello, todos los cuales tienes que aprender. Pero ahora no
estamos bien acomodados para el principal de los actos del rito venéreo, la copulación
permitida de la que ya hemos hablado. Por consiguiente debemos sustituirlo por otro medio
más sencillo, así que en lugar de que descargue esta esencia llamada leche en el interior de
tu cuerpo, teniendo en cuenta que la suma estrechez de tu hendidura provocaría que fluyera
con extrema abundancia, empezaremos con la fricción por medio de tus obedientes dedos,
hasta que llegue el momento en que se aproximen los espasmos que acompañan a la
emisión. Llegado el instante, a una señal mía tomarás entre tus labios lo más que quepa en
ellos de la cabeza de este objeto. hasta que, expelida la última gota, me retire satisfecho,
por lo menos temporalmente.
Montse Fernández, cuyo lujurioso instinto le había permitido disfrutar la descripción hecha por el
confesor, y que estaba tan ansiosa como él mismo por llevar a cumplimiento el atrevido
programa, manifestó rápidamente su voluntad de complacer.
Ambrosio colocó una vez más su enorme pene en manos de Montse Fernández.
Excitada tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto, que tenía asido
entre ambas manos con verdadero deleite, la joven se dio a cosquillear, frotar y exprimir el
enorme y tieso miembro, de manera que proporcionaba al licencioso cura el mayor de los
goces.
No contenta con friccionarlo con sus delicados dedos, Montse Fernández, dejando escapar
palabras de devoción y satisfacción, llevó la espumeante cabeza a sus rosados labios, y la
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introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus toques y con las
suaves caricias de su lengua la deliciosa eyaculación que debía sobrevenir.
Esto era más de lo que el santo varón había esperado, ya que nunca supuso que iba a
encontrar una discípula tan bien dispuesta para el irregular ataque que había propuesto.
Despertadas al máximo sus sensaciones por el delicioso cosquilleo de que era objeto, se
disponía a inundar la boca y la garganta de la muchachita con el flujo de su poderosa
descarga.
Ambrosio comenzó a sentir que no tardaría en venirse, con lo que iba a terminar su
placer.
Era uno de esos seres excepcionales, cuya abundante eyaculación seminal es mucho
mayor que la de los individuos normales. No sólo estaba dotado del singular don de poder
repetir el acto venéreo con intervalos cortos, sino que la cantidad con que terminaba su
placer era tan tremenda como desusada. La superabundancia parecía estar en relación con
la proporción con que hubieran sido despertadas sus pasiones a****les, y cuando sus
deseos libidinosos habían sido prolongados e intensos, sus emisiones de semen lo eran
igualmente.
Fue en estas circunstancias que la dulce Montse Fernández había emprendido la tarea de dejar
escapar los contenidos torrentes de lujuria de aquel hombre. Iba a ser su dulce boca la
receptora de los espesos y viscosos torrentes que hasta el momento no había
experimentado, e ignorante como se encontraba de los resultados del alivio que tan ansiosa
estaba de administrar, la hermosa doncella deseaba la consumación de su labor, y el
derrame de leche del que le había hablado el buen padre.
El exuberante miembro engrosaba y se enardecía cada vez más, a medida que los
excitantes labios de Montse Fernández apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno
al pequeño orificio. Sus blancas manos lo privaban de su dúctil piel, o cosquilleaban
alternativamente su extremo inferior.
Dos veces retiró Ambrosio la cabeza de su miembro de los rosados labios de la
muchacha, incapaz ya de aguantar los deseos de venirse al delicioso contacto de los
mismos.
Al fin Montse Fernández, impaciente por el retraso, y habiendo al parecer alcanzado un máximo
de perfección en su técnica, presionó con mayor energía que antes el tieso dardo.
Instantáneamente se produjo un envaramiento en las extremidades del buen padre.
Sus piernas se abrieron ampliamente a ambos lados de su penitente. Sus manos se
agarraron convulsivamente del cojín. Su cuerpo se proyectó hacia delante y se enderezó.
—¡Dios santo! ¡Me voy a venir! —exclamó al tiempo que con los labios
entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente víctima. Después
se estremeció profundamente, y entre lamentos y entrecortados gritos histéricos su pene,
por efecto de la provocación de la jovencita, comenzó a expeler torrentes de espeso y
viscoso fluido.
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Montse Fernández, comprendiendo por los chorros que uno tras otro inundaban su boca y
resbalaban garganta abajo, así como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al
máximo los efectos de lo que ella había provocado, siguió succionando y apretujando hasta
que, llena de las descargas viscosas, y semiasfixiada por su abundancia, se vio obligada a
soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros sobre su rostro.
-¡Madre santa! —exclamó Montse Fernández, cuyos labios y cara estaban inundados de la leche
del padre—. ¡Qué placer me ha provocado! Y a usted, padre mío, ¿no le he proporcionado
el preciado alivio que necesitaba?
El padre Ambrosio, demasiado agitado para poder contestar, atrajo a la gentil
muchacha hacia sus brazos, y comprimiendo sus chorreantes labios los cubrió con
húmedos besos de gratitud y de placer.
Transcurrió un cuarto de hora en reposo tranquilo, que ningún signo de turbación
exterior vino a interrumpir.
La puerta estaba bajo cerrojo, y el padre había escogido bien el momento.
Mientras tanto Montse Fernández, terriblemente excitada por la escena que hemos tratado de
describir, había concebido el extravagante deseo de que el rígido miembro de Ambrosio
realizara con ella misma la operación que había sufrido con el arma de moderadas
proporciones de Carlos.
Pasando sus brazos en torno al robusto cuello de su confesor, le susurró tiernas
palabras de invitación, observando, al hacerlo, el efecto que causaban en el instrumento
que adquiría ya rigidez entre sus piernas.
—Me dijisteis que la estrechez de esta hendidura —y Montse Fernández colocó la ancha mano de
él sobre la misma, presionándola luego suavemente— os haría descargar una abundante
cantidad de leche que poseéis. ¿Por qué no he de poder, padre mío, sentirla derramarse
dentro de mi cuerpo por la punta de esta cosa roja?
Era evidente lo mucho que la hermosura de la joven Montse Fernández, así como la inocencia e
ingenuidad de su carácter, inflamaban el natural ya de por sí sensual del sacerdote. Saberse
triunfador, tenerla absolutamente impotente entre sus manos, la delicadeza y refinamiento
de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y
desenfrenados deseos. Era suya, suya para gozarla a voluntad, suya para satisfacer
cualquier capricho de su terrible lujuria, y estaba lista a entregarse a la más desenfrenada
sensualidad.
—¡Por Dios, esto es demasiado! —exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo
encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud—. Dulce muchachita, no
sabes lo que pides. La desproporción es terrible, y sufrirás demasiado al intentarlo.
—Lo soportaré todo —replicó Montse Fernández— con tal de poder sentir esta cosa terrible
dentro de mí, y gustar de los chorros de leche.
—¡Santa madre de Dios! Es demasiado para ti, Montse Fernández. No tienes idea de las medidas
de esta máquina, una vez hinchada, adorable criatura, nadarían en un océano de leche
caliente.
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—-Oh padrecito! ¡Qué dicha celestial!
—Desnúdate, Montse Fernández. Quitate todo lo que pueda entorpecer nuestros movimientos, que
te prometo serán en extremo violentos.
Cumpliendo la orden, Montse Fernández se despojó rápidamente de sus vestidos, y buscando
complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos, a fin de que su miembro
se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se despojó de hasta la
más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo.
El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que se
ofrecían a su vista. La amplitud de sus caderas, los capullos de sus senos, la nívea blancura
de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y lo rotundo de sus muslos, el
blanco y plano vientre con su adorable monte, y, por sobre todo, la encantadora hendidura
rosada que destacaba debajo del mismo, asomándose tímidamente entre los rollizos
muslos, hicieron que él se lanzara sobre la joven con un rugido de lujuria.
Ambrosio atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo suave y
deslumbrante contra el suyo. La cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su
licenciosa lengua prometió a la jovencita todos los goces del paraíso mediante la
introducción de su gran aparato en el interior de su vulva.
Montse Fernández acogió estas palabras con un gritito de éxtasis, y cuando su excitado estuprador
la acostó sobre sus espaldas sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del pene gigantesco
presionando los calientes y húmedos labios de su orificio casi virginal.
El santo varón, encontrando placer en el contacto de su pene con los calientes labios
de la vulva de Montse Fernández, comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la
gran nuez de la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina.
La pasión enfervorizaba a Montse Fernández. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la
cabeza de su miembro entre los húmedos labios de su rendija en lugar de disuadiría la
espoleaban hasta la locura, y finalmente, profiriendo un débil grito, se inclinó hacia
adelante y expulsó el viscoso tributo de su lascivo temperamento.
Esto era exactamente lo que esperaba el desvergonzado cura. Cuando la dulce y
caliente emisión inundó su enormemente desarrollado pene, empujó resueltamente, y de un
solo golpe introdujo la mitad de su voluminoso apéndice en el interior de la hermosa
muchacha.
Tan pronto como Montse Fernández se sintió empalada por la entrada del terrible miembro en el
interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba, y olvidándose del dolor
que sufría rodeó con sus piernas las espaldas de él, y alentó a su enorme invasor a no
guardarle consideraciones.
—Mi tierna y dulce chiquilla —murmuró el lascivo sacerdote—. Mis brazos te
rodean, mi arma está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del
paraíso.
—Lo sé; lo siento. No os hagáis hacia atrás; dadme el delicioso objeto hasta donde
podáis.
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—Toma, pues. Empujo, aprieto, pero estoy demasiado bien dotado para poder
penetrarte fácilmente. Tal vez te reviente. pero ahora ya es demasiado tarde. Tengo que
poseerte... o morir.
Las partes de Montse Fernández se relajaron un poco, y Ambrosio pudo penetrar unos centímetros
más. Su palpitante miembro, húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia
el interior de la jovencita. Su placer era intenso, y la cabeza de su instrumento estaba
deliciosamente comprimida por la vaina de Montse Fernández.
—Adelante, padrecito. Estoy en espera de la leche que me habéis prometido.
El confesor no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus
tremendos poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo
esfuerzo sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo
enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de Montse Fernández.
Esta furiosa introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil
víctima, animada por sus propios deseos, pudo soportar.
Con un desmayado grito de angustia física, Montse Fernández anunció que su estuprador había
vencido toda la resistencia que su juventud había opuesto a la entrada de su miembro, y la
tortura de la forzada introducción de aquella masa borró la sensación de placer con que en
un principio había soportado el ataque.
Ambrosio lanzó un grito de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente
había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete. Sentía el
enloquecedor contacto con inexpresable placer. Veía a la muchacha estremecerse por la
angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero. Pasare lo que
pasare, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus brazos el cuerpo de la
hermosa muchacha, y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro.
—Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar. Te daré la
leche de que te hablaba. Pero antes tengo que despertar mi naturaleza con este lujurioso
cosquilleo. Bésame, Montse Fernández, y luego la tendrás. Y cuando mi caliente leche me deje para
adentrarse en tus juveniles entrañas, experimentarás los exquisitos deleites que estoy
sintiendo yo. ¡Aprieta. Montse Fernández! Déjame también empujar, chiquilla mía! Ahora entra de
nuevo, ¡Oh...! ¡Oh...!
Ambrosio se levantó por un momento y pudo ver el inmenso émbolo a causa del cual
la linda hendidura de Montse Fernández estaba en aquellos momentos extraordinariamente distendida.
Firmemente empotrado en aquella lujuriosa vaina, y saboreando profundamente la
suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en los que estaba encajado, empujó sin
preocuparse del dolor que su miembro provocaba, y sólo ansioso de procurarse el máximo
deleite posible. No era hombre que fuera a detenerse en tales casos ante falsos conceptos
de piedad, en aquellos momentos empujaba hacia dentro lo más posible, mientras que
febrilmente rociaba de besos los abiertos y temblorosos labios de la pobre Montse Fernández.
Por espacio de unos minutos no se oyó Otra cosa que los jadeos y sacudidas con que
el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción, y el glu-glu de su inmenso pene
cuando alternativamente entraba y salía del sexo de la Montse Fernández penitente.
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No cabe suponer que un hombre como Ambrosio ignorara el tremendo poder de goce
que su miembro podía suscitar en una persona del sexo opuesto, ni que su tamaño y
capacidad de descarga eran capaces de provocar las más excitantes emociones en la joven
sobre la que estaba accionando.
Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Montse Fernández.
El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer
provocada por la vigorosa arma del santo varón, y no tardaron los quejidos y lamentos de
la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio sofocados en lo más hondo de su
ser, que expresaban su deleite.
—¡Padre mío! ¡Padrecito, mi querido y generoso padrecito! Empujad, empujad:
puedo soportarlo. Lo deseo. Estoy en el cielo. ¡El bendito instrumento tiene una cabeza tan
ardiente! ¡Oh, corazón mío! ¡Oh... oh! Madre bendita, ¿qué es lo que siento?
Ambrosio veía el efecto que provocaba. Su propio placer llegaba a toda prisa. Se
meneaba furiosamente hacia atrás y hacia adelante, agasajando a Montse Fernández a cada nueva
embestida con todo el largo de su miembro, que se hundía hasta los rizados pelos que
cubrían sus testículos.
Al cabo, Montse Fernández no pudo resistir más, y obsequió al arrebatado violador con una cálida
emisión que inundó todo su rígido miembro.
Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se
apoderó de la joven y encantadora Montse Fernández. Se aferró con desesperación al fornido cuerpo del
sacerdote, que agasajaba a su voluptuoso angelical cuerpo con toda la fuerza y poderío de
sus viriles estocadas, y lo alojó en su estrecha y resbalosa vaina hasta los testículos.
Pero ni aún en su éxtasis Montse Fernández perdió nunca de vista la perfección del goce. El santo
varón tenía que expeler su semen en el interior de ella, tal como lo había hecho Carlos, y la
sola idea de ello añadió combustible al fuego de su lujuria.
Cuando, por consiguiente, el padre Ambrosio pasó sus brazos en torno a su esbelta
cintura, y hundió hasta los pelos su pene de semental en la vulva de Montse Fernández, para anunciar
entre suspiros que al fin llegaba la leche, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo
que pudo, y en medio de gritos de placer recibió los chorros de su emisión en sus órganos
vitales.
Así permaneció él por espacio de dos minutos enteros, durante los que se iban
sucediendo las descargas, cada una de las cuales era recibida por Montse Fernández con profundas
manifestaciones de placer, traducidas en gritos y contorsiones.
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Capitulo III
NO CREO QUE EN NINGUNA OTRA OCASIÓN haya tenido que sonrojarme con
mayor motivo que en esta oportunidad. Y es que hasta una pulga tenía que sentirse
avergonzada ante la proterva visión de lo que acabo de dejar registrado. Una muchacha tan
joven, de apariencia tan inocente, y sin embargo, de inclinaciones y deseos tan lascivos.
Una persona de frescura y belleza infinitas; una mente de llameante sensualidad convertida
por el accidental curso de los acontecimientos en un activo volcán de lujuria.
Muy bien hubiera podido exclamar con el poeta de la antigüedad: ‘¡Oh, Moisés!”, o
como el más práctico descendiente del patriarca: “¡Por las barbas del profeta!”
No es necesario hablar del cambio que se produjo en Montse Fernández después de las
experiencias relatadas. Eran del todo evidentes en su porte y su conducta.
Lo que pasó con su juvenil amante, lamas me he preocupado por averiguarlo, pero
me inclino a creer que el padre Ambrosio no permanecía al margen de esos gustos
irregulares que tan ampliamente le han sido atribuidos a su orden, y que también el
muchacho se vio inducido poco a poco, al igual que su joven amiga, a darle satisfacción a
los insensatos deseos del sacerdote.
Pero volvamos a mis observaciones directas en lo que concierne a la linda Montse Fernández.
Si bien a una pulga no le es posible sonrojarse, sí puede observar, y me impuse la
obligación de encomendar a la pluma y a la tinta la descripción de todos los pasajes
amatorios que consideré pudieran tener interés para los buscadores de la verdad. Podemos
escribir —por lo menos puede hacerlo esta pulga, pues de otro modo estas s no
estarían bajo los ojos del lector— y eso basta.
Transcurrieron varios días antes de que Montse Fernández encontrara la oportunidad de volver a
visitar a su clerical admirador, pero al fin se presentó la ocasión, y ni qué decir tiene que
ella la aprovechó de inmediato.
Había encontrado el medio de hacerle saber a Ambrosio que se proponía visitarlo, y
en consecuencia el astuto individuo pudo disponer de antemano las cosas para recibir a su
linda huésped como la vez anterior.
Tan pronto como Montse Fernández se encontró a solas con su seductor se arrojó en sus brazos, y
apresando su gran humanidad contra su frágil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias.
Ambrosio no se hizo rogar para devolver todo el calor de su abrazo, y así sucedió que
la pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y
reclinada, cara a cara, sobre el cofre acojinado a que aludimos anteriormente.
Pero Montse Fernández no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido, por
experiencia sabía que el padre podía proporcionárselo.
Ambrosio no estaba menos excitado. Su sangre afluía rápidamente, sus negros ojos
llameaban por efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse
en su hábito denunciaba a las claras el estado de sus sentidos.
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Montse Fernández advirtió la situación: ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el
padre no se preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar
mayormente su deseo, antes que en apaciguarlo.
Sin embargo, pronto demostró Ambrosio que no requería incentivos mayores, y
deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente dilatada en forma tal, que su sola vista
despertó deseos frenéticos en Montse Fernández. En cualquiera otra ocasión Ambrosio hubiera sido
mucho más prudente en darse gusto, pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos
habían superado su capacidad de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los
juveniles encantos que se le ofrecían.
Estaba ya sobre su cuerpo. Su gran humanidad cubría por completo el cuerpo de ella.
Su miembro en erección se clavaba en el vientre de Montse Fernández, cuyas ropas estaban recogidas
hasta la cintura.
Con una mano temblorosa llegó Ambrosio al centro de la hendidura objeto de su
deseo; ansiosamente llevó la punta caliente y carmesí hacia los abiertos y húmedos labios.
Empujó, luchó por entrar.., y lo consiguió. La inmensa máquina entró con paso lento pero
firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro.
Unas cuantas firmes y decididas embestidas completaron la conjunción, y Montse Fernández
recibió en toda su longitud el inmenso y excitado miembro de Ambrosio. El estuprador
yacía jadeante sobre ella, en completa posesión de sus más íntimos encantos.
Montse Fernández, dentro de cuyo vientre se había acomodado aquella vigorosa masa, sentía al
máximo los efectos del intruso, cálido y palpitante.
Entretanto Ambrosio había comenzado a moverse hacia atrás y hacia adelante. Montse Fernández
trenzó sus blancos brazos en torno a su cuello, y enroscó sus lindas piernas enfundadas en
seda sobre sus espaldas, presa de la mayor lujuria.
—¡Qué delicia! —murmuró Montse Fernández, besando arrolladoramente sus gruesos labios—.
Empujad más.., todavía más. ¡Oh, cómo me forzáis a abrirme, y cuán largo es! ¡Cuán
cálido. cuan.., oh... oh!
Y soltó un chorro de su almacén, en respuesta a las embestidas del hombre, al mismo
tiempo que su cabeza caía hacia atrás y su boca se abría en el espasmo del coito.
El sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro
anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería prolongar su
placer hasta el máximo.
Montse Fernández comprimió el terrible dardo introducido hasta lo más intimo de su persona, y
sintió crecer y endurecerse todavía más, en tanto que su enrojecida cabeza presionaba su
juvenil matriz.
Casi inmediatamente después su pesado amante, incapaz de controlarse por más
tiempo, sucumbió a la intensidad de las sensaciones, y dejó escapar el torrente de su
viscoso líquido.
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—¡Oh, viene de vos! —gritó la excitada muchacha—. Lo siento a chorros. ¡Oh,
dadme ....... más! ¡Derramadlo en mi interior.., empujad más, no me compadezcáis. . .!
¡Oh, otro chorro! ¡Empujad! -Desgarradme si queréis, pero dadme toda vuestra leche!
Antes hablé de la cantidad de semen que el padre Ambrosio era capaz de derramar,
pero en esta ocasión se excedió a sí mismo. Había estado almacenado por espacio de una
semana, y Montse Fernández recibía en aquellos momentos una corriente tan tremenda, que aquella
descarga parecía más bien emitida por una jeringa, que la eyaculación de los órganos
genitales de un hombre.
Al fin Ambrosio desmontó de su cabalgadura, y cuando Montse Fernández se puso de pie
nuevamente sintió deslizarse una corriente de líquido pegajoso que descendía por sus
rollizos muslos.
Apenas se había separado el padre Ambrosio cuando se abrió la puerta que conducía
a la iglesia, y aparecieron en el portal otros dos sacerdotes. El disimulo resultaba
imposible.
—Ambrosio —exclamó el de más edad de los dos, un hombre que andaría entre los
treinta y los cuarenta años—. Esto va en contra de las normas y privilegios de nuestra
orden, que disponen que toda clase de juegos han de practicarse en común.
—Tomadla entonces —refunfuñó el aludido—. Todavía no es demasiado tarde. Iba a
comunicaros lo que había conseguido cuando...
—. . . cuando la deliciosa tentación de esta rosa fue demasiado fuerte para ti, amigo
nuestro —interrumpió el otro, apoderándose de la atónita Montse Fernández al tiempo que hablaba, e
introduciendo su enorme mano debajo de sus vestimentas para tentar los suaves muslos de
ella.
—Lo he visto todo al través del ojo de la cerradura —susurró el bruto a su oído—.
No tienes nada qué temer; únicamente queremos hacer lo mismo contigo.
Montse Fernández recordó las condiciones en que se le había ofrecido consuelo en la iglesia, y
supuso que ello formaba parte de sus nuevas obligaciones. Por lo tanto permaneció en los
brazos del recién llegado sin oponer resistencia.
En el ínterin su compañero había pasado su fuerte brazo en torno a la cintura de
Montse Fernández, y cubría de besos las mejillas de ésta.
Ambrosio lo contemplaba todo estupefacto y confundido.
Así fue como la jovencita se encontró entre dos fuegos, por no decir nada de la
desbordante pasión de su posesor original. En vano miraba a uno y después a otro en
demanda de respiro, o de algún medio de escapar del predicamento en que se encontraba.
A pesar de que estaba completamente resignada al papel al que la había reducido el
astuto padre Ambrosio, se sentía en aquellos momentos invadida por un poderoso
sentimiento de debilidad y de miedo hacia los nuevos asaltantes.
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Montse Fernández no leía en la mirada de los nuevos intrusos más que deseo rabioso, en tanto que
la impasibilidad de Ambrosio la hacía perder cualquier esperanza de que el mismo fuera a
ofrecer la menor resistencia.
Entre los dos hombres la tenían emparedada, y en tanto que el que habló primero
deslizaba su mano hasta su rosada vulva, el otro no perdió tiempo en posesionarse de los
redondeados cachetes de sus nalgas.
Entre ambos, a Montse Fernández le era imposible resistir.
—Aguardad un momento —dijo al cabo Ambrosio—. Sí tenéis prisa por poseerla
cuando menos desnudadla sin estropear su vestimenta, como al parecer pretendéis hacerlo.
—Desnúdate, Montse Fernández —siguió diciendo—. Según parece, todos tenemos que
compartirte, de manera que disponte a ser instrumento voluntario de nuestros deseos
comunes. En nuestro convento se encuentran otros cofrades no menos exigentes que yo, y
tu tarea no será en modo alguno una sinecura, así que será mejor que recuerdes en todo
momento los privilegios que estás destinada a cumplir, y te dispongas a aliviar a estos
santos varones de los apremiantes deseos que ahora ya sabes cómo suavizar.
Así planteado el asunto, no quedaba alternativa.
Montse Fernández quedó de píe, desnuda ante los tres vigorosos sacerdotes, y levantó un
murmullo general de admiración cuando en aquel estado se adelantó hacia ellos.
Tan pronto como el que había llevado la voz cantante de los recién llegados —el
cual, evidentemente, parecía ser el Superior de los tres— advirtió la hermosa desnudez que
estaba ante su ardiente mirada, sin dudarlo un instante abrió su sotana para poner en
libertad un largo y anchuroso miembro, tomó en sus brazos a la muchacha, la puso de
espaldas sobre el gran cofre acojinado, brincó sobre ella, se colocó entre sus lindos muslos,
y apuntando rápidamente la cabeza de su rabioso campeón hacia el suave orificio de ella,
empujó hacia adelante para hundirlo por completo hasta los testículos.
Montse Fernández dejó escapar un pequeño grito de éxtasis al sentirse empalada por aquella nueva
y poderosa arma.
Para el hombre la posesión entera de la hermosa muchacha suponía un momento
extático, y la sensación de que su erecto pene estaba totalmente enterrado en el cuerpo de
ella le producía una emoción inefable. No creyó poder penetrar tan rápidamente en sus
jóvenes partes, pues no había tomado en cuenta la lubricación producida por el flujo de
semen que ya había recibido.
El Superior, no obstante, no le dio oportunidad de reflexionar, pues dióse a atacar con
tanta energía, que sus poderosas embestidas desde largo produjeron pleno efecto en su
cálido temperamento, y provocaron casi de inmediato la dulce emisión.
Esto fue demasiado para el disoluto sacerdote. Ya firmemente encajado en la estrecha
hendidura, que te quedaba tan ajustada como un guante, tan luego como sintió la cálida
emisión dejó escapar un fuerte gruñido y descargó con furia.
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Montse Fernández disfrutó el torrente de lujuria de aquel hombre, y abriendo las piernas cuanto
pudo lo recibió en lo más hondo de sus entrañas, permitiéndole que saciara su lujuria
arrojando las descargas de su impetuosa naturaleza.
Los sentimientos lascivos más fuertes de Montse Fernández se reavivaron con este segundo y
firme ataque contra su persona, y su excitable naturaleza recibió con exquisito agrado la
abundancia de líquido que el membrudo campeón había derramado en su interior. Pero, por
salaz que fuera, la jovencita se sentía exhausta por esta continua corriente, y por ello
recibió con desmayo al segundo de los intrusos que se disponía a ocupar el puesto recién
abandonado por el superior.
Pero Montse Fernández quedó atónita ante las proporciones del falo que el sacerdote ofrecía ante
ella. Aún no había acabado de quitarse la ropa, y ya surgía de su parte delantera un erecto
miembro ante cuyo tamaño hasta el padre Ambrosio tenía que ceder el paso.
De entre los rizos de rojo pelo emergía la blanca columna de carne, coronada por una
brillante cabeza colorada, cuyo orificio parecía constreñido para evitar una prematura
expulsión de jugos.
Dos grandes y peludas bolas colgaban de su base, y completaban un cuadro a la vista
del cual comenzó a hervir de nuevo la sangre de Montse Fernández, cuyo juvenil espíritu se aprestó a
librar un nuevo y desproporcionado combate.
—¡Oh, padrecito ¡ ¿Cómo podré jamás albergar tamaña cosa dentro de mi personita?
—Preguntó acongojada—. ¿Cómo me será posible soportarlo una vez que esté dentro de
mí? Temo que me va a dañar terriblemente.
—Tendré mucho cuidado, hija mía. Iré despacio. Ahora estás bien preparada por los
jugos de los santos varones que tuvieron la buena fortuna de precederme.
Montse Fernández tentó el gigantesco pene.
El sacerdote era endiabladamente feo, bajo y obeso, pero sus espaldas parecían las de
un Hércules.
La muchacha estaba poseída por una especie de locura erótica. La fealdad de aquel
hombre sólo servía para acentuar su deseo sensual. Sus manos no bastaban para abarcar
todo el grosor del miembro. Sin embargo, no lo soltaba; lo presionaba y le dispensaba
inconscientemente caricias que incrementaban su rigidez. Parecía una barra de acero entre
sus suaves manos.
Un momento después el tercer asaltante estaba encima de ella, y la joven, casi tan
excitada como el padre, luchaba por empalarse con aquella terrible arma.
Durante algunos minutos la proeza pareció imposible, no obstante la buena
lubricación que ella había recibido con las anteriores inundaciones de su vaina.
Al cabo, con una furiosa embestida, introdujo la enorme cabeza y Montse Fernández lanzó un
grito de dolor. Otra arremetida y otra más; el infeliz bruto, ciego a todo lo que no fuera
darse satisfacción, seguía penetrando.
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Montse Fernández gritaba de angustia, y hacía esfuerzos sobrehumanos por deshacerse del salvaje
atacante.
Otra arremetida, otro grito de la víctima, y el sacerdote penetró hasta lo más profundo
en su interior.
Montse Fernández se había desmayado.
Los dos espectadores de este monstruoso acto de corrupción parecieron en un
principio estar prestos a intervenir, pero al propio tiempo daban la impresión de
experimentar un cruel placer al presenciar aquel espectáculo. Y ciertamente así era, como
lo evidenciaron después sus lascivos movimientos y el interés que pusieron en observar el
más minucioso de los detalles.
Correré un velo sobre las escenas de lujuria que siguieron, sobre los
estremecimientos de aquel salvaje a medida que, seguro de estar en posesión de la persona
de la joven y Montse Fernández muchacha, prolongó lentamente su gocé hasta que su enorme y férvida
descarga puso fin a aquel éxtasis, y cedió el paso a un intervalo para devolver la vida a la
pobre muchacha.
El fornido padre había descargado por dos veces en su interior antes de retirar su
largo y vaporoso miembro, y el volumen de semen expelido fue tal, que cayó con ruido
acompasado hasta formar un charco sobre el suelo de madera.
Cuando por fin Montse Fernández se recobró lo bastante para poder moverse, pudo hacerse el
lavado que los abundantes derrames en sus delicadas partes hacían del todo necesario.
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Capitulo IV
SE SACARON ALGUNAS BOTELLAS DE VINO, de una cosecha rara y añeja, y
bajo su poderosa influencia Montse Fernández fue recobrando poco a poco su fortaleza.
Transcurrida una hora, los tres curas consideraron que había tenido tiempo bastante
para recuperarse, y comenzaron de nuevo a presentar síntomas de que deseaban volver a
gozar de su persona.
Excitada tanto por los efectos del vino como por la vista y el contacto con sus
lascivos compañeros, la jovencita comenzó a extraer de debajo las sotanas los miembros de
los tres curas. los cuales estaban evidentemente divertidos con la escena, puesto que no
daban muestra alguna de recato.
En menos de un minuto Montse Fernández tuvo a la vista los tres grandes y enhiestos objetos. Los
besó y jugueteó con ellos, aspirando la rara fragancia que emanaba de cada uno, y
manoseando aquellos enardecidos dardos con toda el ansia de una consumada Chipriota.
—Déjanos joderte —exclamó piadosamente el Superior, cuyo pene se encontraba en
aquellos momentos en los labios de Montse Fernández.
—Amén —cantó Ambrosio.
El tercer eclesiástico permaneció silencioso, pero su enorme artefacto amenazaba al
cielo.
Montse Fernández fue invitada a escoger su primer asaltante en esta segunda vuelta. Eligió a
Ambrosio, pero el Superior interfirió.
Entretanto, aseguradas las puertas, los tres sacerdotes se desnudaron, ofreciendo así a
la mirada de Montse Fernández tres vigorosos campeones en la plenitud de la vida, armado cada uno de
ellos con un membrudo dardo que, una vez más, surgía enhiesto de su parte frontal, y que
oscilaba amenazante.
—~Uf! ;Vaya monstruos! —exclamó la jovencita, cuya vergüenza no le impedía ir
tentando, alternativamente, cada uno de aquellos temibles aparatos.
A continuación la sentaron en el borde de la mesa, y uno tras otro succionaron sus
partes nobles, describiendo círculos con sus cálidas lenguas en torno a la húmeda
hendidura colorada. en la que poco antes habían apaciguado su lujuria. Montse Fernández se abandonó
complacida a este juego, y abrió sus piernas cuanto pudo para agradecerlo.
—Sugiero que nos lo chupe uno tras otro —propuso el Superior.
—Bien dicho —corroboró el padre David Brown, el pelirrojo de temible erección—.
Pero hasta el final. Yo quiero poseerla una vez mas.
—De ninguna manera, David Brown —dijo el Superior—. Ya lo hiciste dos veces; ahora
tienes que pasar a través de su garganta, o conformarte con nada.
Montse Fernández no quería en modo alguno verse sometida a otro ataque de parte de David Brown,
por lo cual cortó la conversación por lo sano asiendo su voluminoso miembro, e
introduciendo lo más que pudo de él entre sus lindos labios.
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La muchacha succionaba suavemente hacia arriba y hacia abajo de la azulada nuez,
haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más posible en el interior de sus
húmedos labios. Sus lindas manos se cerraban alrededor del largo y voluminoso dardo, y lo
agarraban en un trémulo abrazo, mientras ella contemplaba cómo el monstruoso pene se
endurecía cada vez más por efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de
sus toques.
No tardó David Brown ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se
asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas de
pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través de la
garganta de la muchacha.
Montse Fernández retiró la piel del dardo para facilitar la emisión del chorro basta la última gota.
El fluido de David Brown era tan espeso y cálido como abundante. y chorro tras chorro
derramó todo el líquido en la boca de ella.
Montse Fernández se lo tragó todo.
—He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hija mía —dijo el
Superior cuando, a continuación, Montse Fernández aplicó sus dulces labios a su ardiente miembro.
—Hallarás en ella mayor motivo de dolor que de placer, pero los caminos de Venus
son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados gradualmente.
—Me someteré a todas las pruebas, padrecito —replicó la muchacha—. Ahora ya
tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy una de las elegidas para aliviar los
deseos de los buenos padres.
—Así es, hija mía, y recibes por anticipado la bendición del cielo citando obedeces
nuestros más insignificantes deseos, y te sometes a todas nuestras indicaciones, por
extrañas e irregulares que parezcan.
Dicho esto, tomó a la muchacha entre sus robustos brazos y la llevó una vez más al
cofre acojinado, colocándola de cara a él, de manera que dejara expuestas sus desnudas y
hermosas nalgas a los tres santos varones.
Seguidamente, colocándose entre los muslos de su víctima, apuntó la cabeza de su
tieso miembro hacía el pequeño orificio situado entre las rotundas nalgas de Montse Fernández, y
empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a penetrar en su orificio, de
manera novedosa y antinatural.
—¡Oh, Dios! —gritó Montse Fernández—. No es ése el camino. Las-....... ¡Por favor...! ¡Oh, por
favor...! ¡Ah...! ¡Tened piedad! ¡Ob, compadeceos de mí! . . . ¡Madre santa! . . . ¡Me
muero!
Esta última exclamación le fue arrancada por una repentina y vigorosa embestida del
Superior, la que provocó la introducción de su miembro de semental hasta la raíz. Montse Fernández
sintió que se había metido en el interior de su cuerpo hasta los testículos.
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Pasando su fuerte brazo en torno a sus caderas, se apretó Contra su dorso, y comenzó
a restregarse contra sus nalgas con el miembro insertado tan adentro del recto de ella como
le era posible penetrar. Las palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del
henchido miembro y, Montse Fernández, mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho
que bien sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo.
Los otros dos sacerdotes veían aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una
lenta masturbación.
El Superior, enloquecido de placer por la estrechez de aquella nueva y deliciosa
vaina, accioné en torno a las nalgas de Montse Fernández hasta que, con una embestida final, llenó sus
entrañas con una cálida descarga. Después, al tiempo que extraía del cuerpo de ella, su
miembro, todavía erecto y vaporizante, declaré que había abierto una nueva ruta para el
placer, y recomendó al padre Ambrosio que la aprovechara.
Ambrosio, cuyos sentimientos en aquellos momentos deben ser mejor imaginados
que descritos, ardía de deseo.
El espectáculo del placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado
gradualmente un estado de excitación erótica que exigía perentoria satisfacción.
—De acuerdo —grité—. Me introduciré por el templo de Sodoma, mientras tú
llenarás con tu robusto centinela el de Venus.
—Di mejor que con placer legítimo —repuso el Superior con una mueca sarcástica—
. Sea como dices. Me placerá disfrutar nuevamente esta estrecha hendidura
Montse Fernández yacía todavía sobre su vientre, encima del lecho improvisado, con sus
redondeces posteriores totalmente expuestas, más muerta que viva como consecuencia del
brutal ataque que acababa de sufrir. Ni una sola gota del semen que con tanta abundancia
había sido derramado en su oscuro nicho había salido del mismo, pero por debajo su raja
destilaba todavía la mezcla de las emisiones de ambos sacerdotes.
Ambrosio la sujeté. Colocada a través de los muslos del Superior, Montse Fernández se encontré
con el llamado del todavía vigoroso miembro contra su colorada vulva. Lentamente lo guié
hacia su interior, hundiéndose sobre él. Al fin entré totalmente, basta la raíz.
Pero en ese momento el vigoroso Superior pasó sus brazos en torno a su cintura, para
atraerla sobre sí y dejar sus amplias y deliciosas nalgas frente al ansioso miembro de
Ambrosio, que se encamínó directamente hacía la ya bien humedecida abertura entre las
dos lomas.
Hubo que vencer las mil dificultades que se presentaron, pero al cabo el lascivo
Ambrosio se sintió enterrado dentro de las entrañas de su víctima.
Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante del bien lubricado canal.
Retardé lo más posible su desahogo. y pudo así gozar de las vigorosas arremetidas con que
el Superior embestía a Montse Fernández por delante.
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De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Superior llegó al final, y Montse Fernández sintió su
sexo rápidamente invadido por la leche.
No pudo resistir más y se vino abundantemente, mezclándose su derrame con los de
sus asaltantes.
Ambrosio, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo a
la linda muchacha fuertemente empalada.
David Brown no pudo resistir la oportunidad que le ofrecía el hecho de que el Superior se
hubiera retirado para asearse, y se lanzó sobre el regazo de Montse Fernández para conseguir casi
enseguida penetrar en su interior, ahora liberalmente bañado de viscosos residuos.
Con todo y lo enorme que era el monstruo del pelirrojo, Montse Fernández encontré la manera de
recibirlo y durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los
suspiros y los voluptuosos quejidos de los combatientes.
En un momento dado sus movimientos se hicieron más agitados. Montse Fernández sentía como
que cada momento era su último instante. El enorme miembro de Ambrosio estaba
insertado en su conducto posterior hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de
David Brown echaba espuma de nuevo en el interior de su vagina.
La joven era sostenida por los dos hombres, con los pies bien levantados del suelo, y
sustentada por la presión, ora del frente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con
que los sacerdotes introducían sus excitados miembros por sus respectivos orificios.
Cuando Montse Fernández estaba a punto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y la
tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a punto de descargar, y unos
momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el gigantesco pene enviaba en
viscosos chorros.
—¡Ah...! ¡Me vengo! —gritó David Brown, y diciendo esto inundó el interior de Montse Fernández,
con gran deleite de parte de ésta.
—¡A mí también me llega! —gritó Ambrosio, alojando más adentro su poderoso
miembro, al tiempo que lanzaba un chorro de leche dentro de los intestinos de Montse Fernández.
Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus cuerpos en el interior
del de Montse Fernández, a la que proporcionaron con esta doble sensación un verdadero diluvio de
goces.
Cualquiera puede comprender que una pulga de inteligencia mediana tenía que estar
ya asqueada de espectáculos tan desagradables como los que presencié y que creí era mi
deber revelarlos. Pero ciertos sentimientos de amistad y de simpatía por la joven Montse Fernández me
impulsaron a permanecer aún en su compañía.
Los sucesos vinieron a darme la razón y, como veremos mas tarde, determinaron mis
movimientos en el futuro.
No habían transcurrido más de tres días cuando la joven, a petición de ellos, se reunió
con los tres sacerdotes en el mismo lugar.
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En esta oportunidad Montse Fernández había puesto mucha atención en su “toilette”, y como
resultado de ello aparecía más atractiva que nunca, vestida con sedas preciosas, ajustadas
botas de cabritilla, y unos guantes pequeñísimos que hacían magnífico juego con el resto
de las vestimentas.
Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y la recibieron tan
calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó a] rostro, inflamándolo de deseo.
Se aseguró la puerta de inmediato, y enseguida cayeron al suelo los paños menores de
Ion sacerdotes, y Montse Fernández se vio rodeada por el trío y sometida a las más diversas caricias, al
tiempo que contemplaba sus miembros desvergonzadamente desnudos y amenazadores.
El Superior fue el primero en adelantarse con intención de gozar de Montse Fernández.
Colocándose descaradamente frente a ella la tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos
besos sus labios y su rostro.
Montse Fernández estaba tan excitada como él.
Accediendo a su deseo, la muchacha se despojó de sus prendas interiores,
conservando puestos su exquisito vestido, sus medias de seda y sus lindos zapatitos de
cabritilla. Así se ofreció a la admiración y al lascivo manoseo de los padres.
No pasó mucho antes de que el Superior, sumiéndose deliciosamente sobre su
reclinada figura, se entregara por completo a sus juveniles encantos, y se diera a calar la
estrecha hendidura, con resultados evidentemente satisfactorios.
Empujando, prensando, restregándose contra ella, el Superior inició deliciosos
movimientos, que dieron como resultado despertar tanto su susceptibilidad como la de su
compañera. Lo revelaba su pene, cada vez más duro y de mayor tamaño.
—¡Empuja! Oh, empuja más hondo! —murmuró Montse Fernández.
Entretanto Ambrosio y David Brown, cuyo deseo no admitía espera, trataron de
apoderarse de alguna parte de la muchacha.
David Brown puso su enorme miembro en la dulce mano de ella, y Ambrosio, sin
acobardarse, trepó sobre el cofre y llevó la punta de su voluminoso pene a sus delicados
labios.
Al cabo de un momento el Superior dejó de asumir su lasciva posición.
Montse Fernández se alzó sobre el canto del cofre. Ante ella se encontraban los tres hombres, cada
uno de ellos con el miembro erecto, presentando armas. La cabeza del enorme aparato de
David Brown estaba casi volteada contra su craso vientre.
El vestido de Montse Fernández estaba recogido hasta su cintura, dejando expuestas sus piernas y
muslos, y entre éstos la rosada y lujuriosa fisura, en aquellos momentos enrojecida y
excitada por los rápidos movimientos de entrada y salida del miembro del Superior.
—¡Un momento! —ordenó éste—. Vamos a poner orden en nuestros goces. Esta
hermosa muchacha nos tiene que dar satisfacción a los tres: por lo tanto es menester que
regulemos nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que
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desencadenemos. Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero como
Ambrosio se viene como un asno, y llena de humo todas las regiones donde penetra,
propongo pasar yo por delante. Desde luego, David Brown debería ocupar el tercer lugar, ya
que con su enorme miembro puede partir en dos a la muchacha, y echaremos a perder
nuestro juego.
—La vez anterior yo fui el tercero —exclamó David Brown—. No veo razón alguna para
que sea yo siempre el último. Reclamo el segundo lugar.
—Está bien, así será —declaró el Superior—. Tú, Ambrosio, compartirás un nido
resbaladizo.
—No estoy conforme —replicó el decidido eclesiástico....... Si tú vas por delante, y
David Brown tiene que ser el segundo, pasando por delante de mí, yo atacaré la retaguardia, y
así verteré mi ofrenda por otra vía.
—¡Hacerlo como os plazca! —gritó Montse Fernández—. Lo aguantaré todo; pero, padrecitos,
daos prisa en comenzar.
Una vez más el Superior introdujo su arma, inserción que Montse Fernández recibió con todo
agrado. Lo abrazó, se apretó contra él, y recibió los chorros de su eyaculación con
verdadera pasión extática de su parte.
Seguidamente se presentó David Brown. Su monstruoso instrumento se encontraba ya
entre las rollizas piernas de la joven Montse Fernández. La desproporción resultaba evidente, pero el
cura era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y tras de varias tentativas
violentas e infructuosas, consiguió introducir-se. y comenzó a profundizar en las partes de
ella con su miembro de mulo.
No es posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del pene de
aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Montse Fernández, como vano sería también intentar
describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartada y distendida por el
inmenso órgano genital del padre David Brown.
Después de una lucha que se llevó diez minutos completos, Montse Fernández acabó por recibir
aquella ingente masa hasta los testículos, que se comprimían contra su ano.
Montse Fernández se abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo
de sus encantos.
David Brown no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y tardó un cuarto de
hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas descargas.
Montse Fernández las recibió con profundas muestras de deleite, y mezcló una copiosa emisión de
su parte con los espesos derrames del lujurioso padre.
Apenas había retirado David Brown su monstruoso miembro del interior de Montse Fernández,
cuando ésta cayó en los también poderosos brazos de Ambrosio,
De acuerdo con lo que había manifestado anteriormente, Ambrosio dirigió su ataque
a las nalgas, y con bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre
los tiernos pliegues del orificio trasero.
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En vano batallaba para poder alojarlo. La ancha cabeza de su arma era rechazada a
cada nuevo asalto, no obstante la brutal lujuria con que trataba de introducirse, y el
inconveniente que representaba el que se encontraban de pie.
Pero Ambrosio no era fácil de derrotar. Lo intentó una y otra vez, hasta que en uno de
sus ataques consiguió alojar la punta del pene en el delicioso orificio.
Una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar unos cuantos centímetros más, y
de una sola embestida el lascivo sacerdote consiguió enterrarlo hasta los testículos.
Las hermosas nalgas de Montse Fernández ejercían un especial atractivo sobre el lascivo
sacerdote. Una vez que hubo logrado la penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se
sintió excitado en grado extremo, Empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con
verdadero éxtasis, sin importarle el dolor que provocaba con la dilatación, con tal de poder
experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las delicadas y juveniles
partes íntimas de ella.
Montse Fernández lanzó un grito aterrador al sentirse empalada por el tieso miembro de su brutal
violador, y empezó una desesperada lucha por escapar, pero Ambrosio la retuvo, pasando
sus forzudos brazos en torno a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del
febricitante cuerpo de Montse Fernández, sin cejar en su esfuerzo invasor.
Paso a paso, empeñada en esta lucha, la jovencita cruzó toda la estancia, sin que
Ambrosio dejara de tenerla empalada por detrás.
Como es lógico. este lascivo espectáculo tenía que surtir efecto en los espectadores.
Un estallido de risas surgió de las gargantas de éstos, que comenzaron a aplaudir el vigor
de su compañero, cuyo rostro, rojo y contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras
emociones.
Pero el espectáculo despertó. además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos.
cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban
satisfechos.
En su caminata, Montse Fernández había llegado cerca del Superior, el cual la tomó en sus brazos,
circunstancias que aprovechó Ambrosio para comenzar a mover su miembro dentro de las
entrañas de ella, cuyo intenso calor le proporcionaba el mayor de los deleites.
La posición en que se encontraban ponía los encantos naturales de Montse Fernández a la altura de
los labios del Superior, el cual instantáneamente los pegó a aquellos, dándose a succionar
en la húmeda rendija.
Pero la excitación provocada de esta manera exigía un disfrute más sólido, por lo
que, tirando de la muchacha para que se arrodillará, al mismo tiempo que él tomaba asiento
en su silla, puso en libertad a su ardiente miembro, y lo introdujo rápidamente dentro del
suave vientre de ella.
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Así, Montse Fernández se encontró de nuevo entre dos fuegos, y las fieras embestidas del padre
Ambrosio por la retaguardia se vieron complementadas con los tórridos esfuerzos del padre
Superior en otra dirección.
Ambos nadaban en un mar de deleites sensuales: ambos se entregaban de lleno en las
deliciosas sensaciones que experimentaban, mientras que su víctima, perforada por delante
y por detrás por sus engrosados miembros, tenía que soportar de la mejor manera posible
sus excitados movimientos.
Pero todavía le aguardaba a la hermosa otra prueba de fuego, pues no bien el
vigoroso David Brown pudo atestiguar la estrecha conjunción de sus compañeros, se sintió
inflamado por la pasión, se montó en la silla por detrás del Superior, y tomando la cabeza
de la pobre Montse Fernández depositó su ardiente arma en sus rosados labios. Después avanzando su
punta, en cuya estrecha apertura se apercibían ya prematuras gotas, la introdujo en la linda
boca de la muchacha, mientras hacía qóce con su suave mano le frotara el duro y largo
tronco.
Entretanto Ambrosio sintió en el suyo los efectos del miembro introducido por
delante por el Superior, mientras que el de éste, igualmente excitado por la acción trasera
del padre, sentía aproximarse los espasmos que acompañan a la eyaculación.
Empero, David Brown fue el primero en descargar, y arrojó un abundante chaparrón en la
garganta de la pequeña Montse Fernández.
Le siguió Ambrosio, que, echándose sobre sus espaldas, lanzó un torrente de leche en
sus intestinos, al propio tiempo que el Superior inundaba su matriz.
Así rodeada, Montse Fernández recibió la descarga unida de los tres vigorosos sacerdotes.
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Capitulo V
T
TRES DÍAS DESPUES DE LOS ACONTECIMIENTOS relatados en las s
precedentes,
Montse Fernández compareció tan sonrosada y encantadora como siempre en el salón de
recibimiento de su tío.
En el ínterin, mis movimientos habían sido erráticos, ya que en modo alguno era
escaso mi apetito, y cualquier nuevo semblante posee para mí siempre cierto atractivo, que
me hace no prolongar demasiado la residencia en un solo punto.
Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y
que no vacilo en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero.
Por medio de ella tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto
padre Ambrosio.
No voy a reproducir aquí su discurso, tal como lo oí desde mi posición ventajosa.
Bastará con que mencione los puntos principales de su exposición, y que informe acerca de
sus objetivos.
Era manifestó que Ambrosio estaba inconforme y desconcertado por la súbita
participación de sus cofrades en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y
diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que para presentarlo a él
como completamente ajeno a la maniobra.
En resumen, y con tal fin, Ambrosio acudió directamente al tío de Montse Fernández, y le relató
cómo había sorprendido a su sobrina y a su joven amante en el abrazo de Cupido, en forma
que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del
muchacho, y correspondido a ella.
Al dar este paso el malvado sacerdote presequía una finalidad ulterior. Conocía
sobradamente el carácter del hombre con el que trataba, y también sabía que una parte
importante de su propia vida real no era del todo desconocida del tío.
En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Ambrosio era hombre de fuertes
pasiones, sumamente erótico, y lo mismo suceda con el tío de Montse Fernández.
Este último se había confesado a fondo con Ambrosio, y en el curso de sus
confesiones había revelado unos deseos tan irregulares, que el sacerdote no tenía duda
alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado.
Los ojos del señor Verbouc hacía tiempo que habían codiciado en secreto a su
sobrina. Se lo había confesado. Ahora Ambrosio le aportaba pruebas que abrían sus ojos a
la realidad de que ella había comenzado a abrigar sentimientos de la misma naturaleza
hacia el sexo opuesto.
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La condición de Ambrosio se le vino a la mente. Era su confesor espiritual, y le pidió
consejo
.
El santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría
en ventaja para ambos compartir el premio.
Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de Verbouc, la cual Ambrosio
no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sensual, o ponerle más
encanto al mismo, era presenciar el acto de la cópula carnal, y completar luego su
satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio
paciente.
El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario
secreto (la tía de Montse Fernández era una minusválida que no salía de su habitación>, y Ambrosio
preparó a Montse Fernández para el suceso que iba a desarrollarse.
Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola
palabra acerca de su intimidad anterior, y tras de informarle que su tío había sabido, quién
sabe por qué conducto, lo ocurrido con su novio, le fue revelando poco a poco los
proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado en su
tío, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo
resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos, fuesen los que fuesen.
El señor Verbouc era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los
cincuenta años. Como tío suyo que era, siempre le había inspirado profundo respeto a
Montse Fernández, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia. Se
había hecho cargo de ella desde la muerte de su hermano, y la trató siempre, si no con
afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter.
Evidentemente Montse Fernández no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una
ocasión tal, ni siquiera que su pariente encontrara una excusa para ella.
No me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Montse Fernández, el embarazo con
que recibió los abrazos demasiado tiernos de su tío, y las bien merecidas censuras.
La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que el señor Verbouc colocó
a su hermosa sobrina sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se
había formulado de poseerla.
—No debes ofrecer una resistencia tonta, Montse Fernández —explicó su tío—. No dudaré ni
aparentaré recato. Basta con que este buen padre haya santificado la operación, para que
posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente compañerito lo gozó ya con tu
consentimiento.
Montse Fernández estaba profundamente confundida. Aunque sensual, como hemos visto ya, y
hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en
el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su
pariente. Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera
la presencia y supuesta aquiescencia del padre Ambrosio podían aminorar el recelo con
que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente.
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Montse Fernández temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto. Esta
nueva actitud la ofendía.
El cambio habido entre el reservado y severo tío, cuya cólera siempre había
lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituada a recibir con reverencia, y aquel
ardiente admirador, sediento de los favores que ella acababa de conceder a otro, la afectó
profundamente, aturdiéndola y disgustándola
Entretanto el señor Verbouc, que evidentemente no estaba dispuesto a concederle
tiempo para reflexionar. y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su
joven sobrina en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de
besos apasionados y prohibidos.
Ambrosio, hacia el cual se había vuelto la muchacha ante esta exigencia, no le
proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción
ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su
placer y su lujuria.
En tales circunstancias adversas toda resistencia sc hacía difícil.
Montse Fernández era joven e infinitamente impotente, por comparación. bajo el firme abrazo de
su pariente. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía,
Verbone se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su sobrina. Sus
nerviosos dedos apresaban va el hermoso satín de sus muslos. Otro empujón firme, y no
obstante que Montse Fernández sequía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo, la lasciva mano
alcanzó los rosados labios del mismo, y los dedos temblorosos separaron la cerrada y
húmeda hendidura, fortificación que defendía su recato.
Hasta ese momento Ambrosio no había sido más que un callado observador del
excitante conflicto. Pero no llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso
brazo izquierdo en torno a la esbelta cintura de la muchacha, encerró en su derecha las dos
pequeñas manos de ella, las que, así sujetas, la dejaban fácilmente a merced de las lascivas
caricias de su pariente.
—Por caridad —suplico ella, jadeante por sus esfuerzos—. ¡Soltadme! ¡Es
demasiado horrible! ¡Es monstruoso! ¿Cómo podéis ser tan crueles? ¡Estoy perdida!
—En modo alguno estás perdida linda sobrina —replicó el tío—. Sólo despierta a los
placeres que Venus reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen
la valentía de disfrutadlos mientras les es posible hacerlo.
—He sido espantosamente engañada —gritó Montse Fernández, poco convencida por esta
ingeniosa explicación—. Lo veo todo claramente. ¡Qué vergüenza! No puedo permitíroslo.
no puedo! ¡Oh, no de ninguna manera! ¡Madre santa! ¡Soltadne, tío! ¡Oh! ¡Oh!
—Estate tranquila, Montse Fernández, Tienes que someterte. Sí no me lo permites de otra manera,
lo tomaré por la fuerza. Así que abre estas lindas piernas; déjame sentir el exquisito
calorcito de estos suaves y lascivos muslos; permíteme que ponga mí mano sobre este
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divino vientre... ¡Estate quieta, loquita! Al fin eres mía. ¡Oh, cuánto he esperado esto,
Montse Fernández!
Sin embargo, Montse Fernández ofrecía todavía cierta resistencia, que sólo servía para excitar
todavía más el anormal apetito de su asaltante, mientras Ambrosio la seguía sujetando
firmemente.
—¡Oh, qué hermosas nalgas! —exclamó Verbouc, mientras deslizaba sus intrusas
manos por los aterciopelados muslos de la pobre Montse Fernández, y acariciaba los redondos mofletes
de sus posaderas—. ¡Ah, qué glorioso coño! Ahora es todo para mí, y será debidamente
festejado en el momento oportuno.
—¡Soltadme! —gritaba Montse Fernández—. ;Oh. oh!
Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta de la atormentada muchacha
mientras entre los dos hombres se la forzaba a ponerla de espaldas sobre un sofá próximo.
Cuando cayó sobre él se vio obligada a recostarse, por obra del forzudo Ambrosio,
mientras el señor Verbouc, que había levantado los vestidos de ella para poner al
descubierto sus piernas enfundadas en medias de seda, y las formas exquisitas de su
sobrina, se hacía para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que
Montse Fernández se veía forzada a hacer.
—Tío ¿estáis loco? -gritó Montse Fernández una vez más, mientras que con sus temblorosas
extremidades luchaba en vano por esconder las lujuriosas desnudeces exhibidas en toda su
crudeza—. ¡Por favor, soltadme!
—Sí, Montse Fernández, estoy loco, loco de pasión por ti, loco de lujuria por poseerte, por
disfrutarte, por saciarme con tu cuerpo. La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y
disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de esta estrecha y pequeña funda.
Al tiempo que decía esto, el señor Verbouc se aprestaba al acto final del i****tuoso
drama. Desabrochó sus prendas inferiores, y sin consideración alguna de recato exhibió
licenciosamente ante los ojos de su sobrina las voluminosas y rubícundas proporciones de
su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia ella con aire amenazador.
Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas
por el sacerdote, y aplicando su arma rampante contra el tierno orificio, trató de realizar la
conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su
sobrina.
Pero las continuas contorsiones del lindo cuerpo de Montse Fernández, el disgusto y horror que se
habían apoderado de la misma, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes,
constituían efectivos impedimentos para que el tío alcanzara la victoria que esperó
conseguir fácilmente,
Nunca deseé más ardientemente que en aquellos momentos contribuir a desarmar a
un campeón, y enternecida por los lamentos de la gentil Montse Fernández, con el cuerpo de una pulga,
pero con el alma de una avispa, me lancé de un brinco al res**te.
Hundir mi lanceta en la sensible cubierta del escroto del señor Verbouc fue cuestión
de un segundo, y surtió el efecto deseado. Una aguda sensación de dolor y comezón le
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hicieron detenerse. El intervalo fue fatal, ya que unos momentos después los muslos y el
vientre de la joven Montse Fernández se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su
i****tuoso pariente.
Las maldiciones, dichas no en voz alta, pero sí desde lo más hondo, siguieron a este
inesperado contratiempo. El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa
posición e, incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil.
No bien hubo librado el señor Verbouc a su sobrina de la m*****a situación en que se
encontraba, cuando el padre Ambrosio comenzó a manifestar la violencia de su propia
excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena. Mientras daba
satisfacción al sentido del acto, manteniendo firmemente asida con su poderoso abrazo a
Montse Fernández, su hábito no pedía disimular por la parte delantera del estado de rigidez que su
miembro había adquirido. Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones
impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda
cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute.
—¡Ah! exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su
confesor—. He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizo —y tomándolo
deliberadamente en sus manos, dióse a manipularlo con evidente deleite.
— ;Qué monstruo! ¡Cuán fuerte es y cuán tieso se mantiene!
El padre Ambrosio se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo
encendido cíe1 rostro, y colocando a la asustada Montse Fernández en posición más propicia, llevó su
roja protuberancia a la húmeda abertura, y procedió a introducirla dentro con desesperado
esfuerzo.
Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el sistema nervioso de la
víctima de su lujuria a cada nuevo empujón.
Aunque no era esta la primera vez que el padre Ambrosio haba tocado entradas como
aquélla, cubierta de musgo, el hecho de que estuviera presente su tío, lo indecoroso de toda
la escena, el profundo convencimiento —que por vez primera se le hacía presente— del
engaño de que habla sido víctima por parte del padre y de su egoísmo, fueron elementos
que se combinaron para sofocar en su interior aquellas extremas sensaciones de placer que
tan poderosamente se habían manifestado otrora.
Pero la actuación de Ambrosio no le dio tiempo a Montse Fernández para reflexionar, ya que al
sentir la suave presión, como la de un guante, de su delicada vaina, se apresuró a completar
la conjunción lanzándose con unas pocas vigorosas y diestras embestidas a hundir su
miembro en el cuerpo de ella hasta los testículos.
Siguió un intervalo de refocilamíento bárbaro, de rápidas acometidas y presiones,
firmes y continuas, hasta que un murmullo sordo en la garganta de Montse Fernández anunció que la
naturaleza reclamaba en ella sus derechos, y que el combate amoroso había llegado a la
crisis exquisita, en la que espasmos de indescriptible placer recorren rápida y
voluptuosamente el sistema nervioso; con la cabeza echada hacia atrás, los labios partidos
y los dedos crispados, su cuerpo adquirió la rigidez inherente a estos absorbentes efectos,
en el curso de los cuales la ninfa derrama su juvenil esencia para mezclarla con los chorros
evacuados por su amante.
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El contorsionado cuerpo de Montse Fernández, sus ojos vidriosos y sus manos temblorosas,
revelaban a las claras su estado, sin necesidad de que lo delatara también el susurro de
éxtasis que se escapaba trabajosamente de sus labios temblorosos.
La masa entera de aquella potente arma, ahora bien lubricada, trabajaba
deliciosamente en sus juveniles partes. La excitación de Ambrosio iba en aumento por
momentos, y su miembro, rígido como el hierro, amenazaba a cada empujón con descargar
su viscosa esencia.
—¡Oh, no puedo aguantar más! ¡Siento que me viene la leche, Verbouc! Tiene usted
que joderla. Es deliciosa. Su vaina me ajusta como un guante. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
Más vigorosas y más frecuentes embestidas —un brinco poderoso— una verdadera
sumersión del robusto hombre dentro de la débil figurita de ella, un abrazo apretado, y
Montse Fernández, con inefable placer, sintió la cálida inyección que su violador derramaba en chorros
espesos y viscosos muy adentro de sus tiernas entrañas.
Ambrosio retiro su vaporizante pene con evidente desgano, dejando expuestas las
relucientes partes de la jovencita, de las cuales manaba una espesa masa de secreciones.
—Bien —exclamó Verbouc, sobre quien la escena había producido efectos
sumamente excitantes—. Ahora me llegó el turno, buen padre Ambrosio. Ha gozado usted
a mi sobrina bajo mis ojos conforme lo deseaba, y a fe mía que ha sido bien violada. Ella
ha compartido los placeres con usted; mis previsiones se han visto confirmadas; puede
recibir y puede disfrutar, y uno puede saciarse en su cuerpo. Bien. Voy a empezar. Al fin
llegó mi oportunidad; ahora no puede escapárseme. Daré satisfacción a un deseo
largamente acariciado. Apaciguaré esa insaciable sed de lujuria que despierta en mí la hija
de mí hermano. Observad este miembro; ahora levanta su roja cabeza. Expresa mi deseo
por ti, Montse Fernández. Siente, mi querida sobrina, cuánto se han endurecido los testículos de tu tío.
Se han llenado para ti.
Eres tú quien ha logrado que esta cosa se haya agrandado y enderezado tanto: eres tú
la destinada a proporcionarle alivio. ¡Descubre su cabeza, Montse Fernández! Tranquila, mi chiquilla;
permitidme llevar tu mano. ¡Oh, déjate de tonterías! Sin rubores ni recato. Sin resistencia.
¿Puedes advertir su longitud? Tienes que recibirlo todo en esa caliente rendija que el padre
Ambrosio acaba de rellenar tan bien. ¿Puedes ver los grandes globos que penden por
debajo, Montse Fernández? Están llenos del semen que voy a descargar para goce tuyo y mío. Sí, Montse Fernández,
en el vientre de la hija de mi hermano.
La idea del terrible i****to que se proponía consumar ana-día combustible al fuego
de su excitación, y le provocaba una superabundante sensación de lasciva impaciencia,
revelada tanto por su enrojecida apariencia, como por la erección del dardo con el que
amenazaba las húmedas partes de Montse Fernández.
El señor Verbouc tomó medidas de seguridad. No había, en realidad, y tal como lo
había dicho, escapatoria para Montse Fernández. Se subió sobre su cuerpo y le abrió las piernas,
mientras Ambrosio la mantenía firmemente sujeta. El violador vio llegada la oportunidad.
El camino estaba abierto, los blancos muslos bien separados, los rojos y húmedos labios
del coño de la linda jovencita frente a él. No podía esperar más. Abriendo los labios del
sexo de su sobrina, y apuntando la roja cabeza de su arma hacia la prominente vulva, se
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movió hacia adelante, y de un empujón y con un alarido de placer sensual la hundió en
toda su longitud en el vientre de Montse Fernández.
—¡Oh, Dios! ¡Por fin estoy dentro de ella! —chillaba Verbouc—. ¡Oh! ¡Ah! ¡Qué
placer! ¡Cuán hermosa es! ¡Cuán estrecho! ¡Oh!
El buen padre Ambrosio sujetó a Montse Fernández más firmemente.
Esta hizo un esfuerzo violento, y dejó escapar un grito de dolor y de espanto cuando
sintió entrar el turgente miembro de su tío que, firmemente encajado en la cálida persona
de su víctima, comenzó una rápida y briosa carrera hacia un placer egoísta. Era el cordero
en las fauces del lobo, la paloma en las garras del águila. Sin piedad ni atención siquiera
por los sentimientos de ella, atacó por encima de todo hasta que, demasiado pronto para su
propio afán lascivo, dando un grito de placentero arrobo, descargó en el interior de su
sobrina un abundante torrente de su i****tuoso fluido.
Una y otra vez los dos infelices disfrutaron de su víctima. Su fogosa lujuria,
estimulada por la contemplación del placer experimentado por el otro, los arrastró a la
insania.
Bien pronto trató Ambrosio de atacar a Montse Fernández por las nalgas, pero Verbouc, que sin
duda tenía sus motivos para prohibírselos, se opuso a ello. El sacerdote, empero. sin
cohibirse, bajó la cabeza de su enorme instrumento para introducirlo por detrás en el sexo
de ella. Verbouc se arrodilló por delante para contemplar el acto, al concluir el cual —con
verdadero deleite— dióse a succionar los labios del bien relleno coño de su sobrina.
Aquella noche acompañé a Montse Fernández a la cama, pues a pesar de que mis nervios habían
sufrido el impacto de un espantoso choque, no por ello había disminuido mi apetito, y fue
una fortuna que mi joven protegida no poseyera una piel tan irritable como para escocerse
demasiado por mis afanes para satisfacer mi natural apetito.
El descanso siguió a la cena con que repuse mis energías, y hubiera encontrado un
retiro seguro y deliciosamente cálido en eí tierno musgo que cubría el túmulo de la linda
Montse Fernández, de no haber sido porque, a medianoche, un violento alboroto vino a trastornar mi
digno reposo.
La jovencita había sido sujetada por un abrazo rudo y poderoso, y una pesada
humanidad apisonaba fuertemente su delicado cuerpo. Un grito ahogado acudió a los
atemorizados labios de ella, y en medio de sus vanos esfuerzos por escapar, y de sus no
más afortunadas medidas para impedir la consumación de los propósitos de su asaltante,
reconocí la voz y la persona del señor Verbouc.
La sorpresa había sido completa, y al cabo tenía que resultar inútil la débil resistencia
que ella podía ofrecer. Su tío, con prisa febril y terrible excitación provocada por el
contacto con sus aterciopeladas extremidades, tomó posesión de sus más secretos encantos
y presa de su odiosa lujuria adentró su pene rampante en su joven sobrina.
Siguió a continuación una furiosa lucha, en la que cada uno desempeñaba un papel
distinto.
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El violador, igualmente enardecido por las dificultades de su conquista, y por las
exquisitas sensaciones que estaba experimentando, enterró su tieso miembro en la lasciva
funda, y trató por medio de ansiosas acometidas de facilitar una copiosa descarga, mientras
que Montse Fernández, cuyo temperamento no era lo suficientemente prudente como para resistir la
prueba de aquel violento y lascivo ataque, se esforzaba en vano por contener los violentos
imperativos de la naturaleza despertados por la excitante fricción, que amenazaban con
traicionaría, hasta que al cabo, con grandes estremecimientos en sus miembros y la
respiración entrecortada, se rindió y descargó su derrame sobre el henchido dardo que tan
deliciosamente palpitaba en su interior.
El señor Verbone tenía plena conciencia de lo ventajoso de su situación, y cambiando
de táctica como general prudente, tuvo buen cuidado de no expeler todas sus reservas, y
provoco un nuevo avance de parte de su gentil adversaria.
Verbouc no tuvo gran dificultad en lograr su propósito, si bien la pugna pareció
excitarlo hasta el frenesí. La cama se mecía y se cimbraba: la habitación entera vibraba con
la trémula energía de su lascivo ataque; ambos cuerpos se encabritaban y rodaban,
convirtiéndose en una sola masa.
La injuria, fogosa e impaciente, los llevaba hasta el paroxismo en ambos lados. El
daba estocadas, empujaba, embestía, se retiraba hasta dejar ver la ancha cabeza enrojecida
de su hinchado pene junto a los rojos labios de las cálidas partes de Montse Fernández, para hundirlo
luego hasta los negros pelos que le nacían en el vientre, y se enredaban con el suave y
húmedo musgo que cubría el monte de Venus de su sobrina, hasta que un suspiro
entrecortado delató el dolor y el placer de ella.
De nuevo el triunfo le había correspondido a él, y mientras su vigoroso miembro se
envainaba hasta las raíces en el suave cuerpo de ella, un tierno, apagado y doloroso grito
habló de su éxtasis cuando, una vez más, el espasmo de placer recorrió todo su sistema
nervioso. Finalmente, con un brutal gruñido de triunfo, descargó una tórrida corriente de
líquido viscoso en lo más recóndito de la matriz de ella.
Poseído por el frenesí de un deseo recién renacido y todavía no satisfecho con la
posesión de tan linda flor, el brutal Verbouc dio vuelta al cuerpo de su semidesmayada
sobrina, para dejar a la vista sus atractivas nalgas. Su objeto era evidente, y lo fue más
cuando, untando el ano de ella con la leche que inundaba su sexo, empujó su índice lo más
adentro que pudo.
Su pasión había llegado de nuevo a un punto febril. Encaminó su pene hacia las
rotundas nalgas, y encimándose sobre su cuerpo recostado, situó su reluciente cabeza sobre
el pequeño orificio, esforzándose luego por adentrarse en él. Al cabo consiguió su
propósito, y Montse Fernández recibió en su recto, en toda su extensión, la vara de su tío. La estrechez
de su ano proporcionó al mismo el mayor de los placeres, y siguió trabajando lentamente
de atrás hacía adelante durante un cuarto de hora por lo menos, al cabo de cuyo lapso su
aparato habla adquirido la rigidez del hierro, y descargó en las entrañas de su sobrina
torrentes de leche.
Ya había amanecido cuando el señor Verbouc soltó a su sobrina del abrazo lujurioso
en que había saciado su pasión, logrado lo cual se deslizó exhausto para buscar abrigo en
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su trío lecho. Montse Fernández, por su parte, ahíta y rendida, se sumió en un pesado sueño, del que no
despertó hasta bien avanzado el día.
Cuando salió de nuevo de su alcoba. Montse Fernández había experimentado un cambio que no le
importaba ni se esforzaba en lo más mínimo por analizar. La pasión se había posesionado
de ella para formar parte de su carácter; se habían despertado en su interior fuertes
emociones sexuales, y les había dado satisfacción. El refinamiento en la entrega a las
mismas había generado la lujuria, y la lascivia había facilitado el camino hacia la
satisfacción de los sentidos sin comedimiento, e incluso por vías no naturales.
—Montse Fernández —casi una chiquilla inocente hasta bacía bien poco— se había convertido de
repente en una mujer de pasiones vio-. lentas y de lujuria incontenible.
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Capitulo VI
NO DE INCOMODAR AL LECTOR CON EL relato de cómo sucedió que un día
me encontré cómodamente oculto en la persona del buen padre David Brown; ni me detendré a
explicar cómo fue que estuve presente cuando el mismo eclesiástico recibió en confesión a
una elegante damita de unos veinte años de edad.
Pronto descubrí, por la marcha de su conversación, que aunque relacionada de cerca
con personas de rango, la dama no poseía títulos, si bien estaba casada con uno de los más
ricos terratenientes de la población.
Los nombres no interesan aquí. Por lo tanto suprimo el de esta linda penitente.
Después que el confesor hubo impartido su bendición tras de poner fin a la ceremonia
por medio de la cual había entrado en posesión de lo más selecto de los secretos de la joven
se-flora, nada renuente, la condujo de la nave de la iglesia a la misma pequeña sacristía
donde Montse Fernández recibió su primera lección de copulación santificada.
Pasó el cerrojo a la puerta y no se perdió tiempo. La dama se despojó de sus ropas, y
el fornido confesor abrió su sotana para dejar al descubierto su enorme arma, cuya
enrojecida cabeza se alzaba con aire amenazador. No bien se dio cuenta de esta aparición,
la dama se apoderó del miembro, como quien se posesiona a como dé lugar de un objeto de
deleite que no le es de ninguna manera desconocido.
Su delicada mano estrujó gentilmente el enhiesto pilar que constituía aquel tieso
músculo, mientras con los ojos lo devoraba en toda su extensión y sus henchidas
proporciones.
—Tienes que metérmelo por detrás —comenté la dama—. En leorette. Pero debes
tener mucho cuidado, ¡es tan terriblemente grande!
Los ojos del padre David Brown centelleaban en su pelirroja cabezota, y en su enorme
arma se produjo un latido espasmódico que hubiera podido alzar una silla.
Un segundo después la damita se había arrodillado sobre la silla, y el padre
David Brown, aproximándose a ella, levantó sus finas y blancas ropas interiores para dejar
expuesto un rechoncho y redondeado trasero, bajo el cual, medio escondido entre unos
turgentes muslos, se veían los rojos labios de una deliciosa vulva, profusamente sombreada
por matas de pelos castaños que se rizaban en torno a ella.
David Brown no esperó mayores incentivos. Escupiendo en la punta de su miembro,
colocó su cálida cabeza entre los húmedos labios y después, tras muchas embestidas y
esfuerzos, consiguió hacerlo entrar hasta los testículos.
Se adentró más... y más.., y más, hasta que dio la impresión de que el hermoso
recipiente no podría admitir más sin peligro de sufrir daño en sus órganos vitales, Entre
tanto el rostro de ella reflejaba el extraordinario placer que le provocaba el gigantesco
miembro.
De pronto el padre David Brown se detuvo. Estaba dentro hasta los testículos. Sus pelos
rojos y crispados acosaban los orondos cachetes de las nalgas de la dama. Esta había
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recibido en el interior de su cuerpo, en toda su longitud, la vaina del cura. Entonces
comenzó un encuentro que sacudía la banca y todos los muebles de la habitación.
Asiéndose con ambos brazos en torno al frágil cuerpo de ella, el sensual sacerdote se
tiraba a fondo en cada embestida, sin retirar más que la mitad de la longitud de su
miembro, para poder adentrarse mejor en cada ataque, hasta que la dama comenzó a
estremecerse por efecto de las exquisitas sensaciones que le proporcionaba un asalto de tal
naturaleza. A poco, con los ojos cerrados y la cabeza caída hacia adelante, derramé sobre el
invasor la cálida esencia de su naturaleza,
El padre David Brown, entretanto, seguía accionando en el interior de la caliente vaina, y
a cada momento su arma se endurecía más, hasta llegar a asemejarse a una barra de acero
sólido.
Pero todo tiene su fin, y también lo tuvo el placer del buen sacerdote, ya que después
de haber empujado, luchado, apretado y batido con furia, su vara no pudo resistir más, y
sintió alcanzar el punto de la descarga de su savia, llegando de esta suerte al éxtasis.
Llego por fin. Dejando escapar un grito hundió hasta la raíz su miembro en el interior
de la dama, y derramé en su matriz un abundante chorro de leche. Todo había terminado,
había pasado el último espasmo. Había sido derramada la última gota, y David Brown yacía
como muerto.
El lector no imaginará que el buen padre David Brown iba a quedar satisfecho con sólo
este único coup que acababa de asestar con tan excelentes efectos, ni tampoco que la dama,
cuyos licenciosos apetitos habían sido tan poderosamente apaciguados, no deseaba ya
nuevos escarceos. Por el contrarío, esta cópula no había hecho más que despertar las
adormecidas facultades sensuales de ambos, y de nuevo sintieron despertar la llama del
deseo.
La dama yacía sobre su espalda; su fornido violador se lanzó sobre ella, y hundiendo
su ariete hasta que se juntaron los pelos de ambos, se vino de nuevo, llenando su matriz de
un viscoso torrente.
Todavía insatisfecha, la lasciva pareja continuó en su excitante pasatiempo. Esta vez
David Brown se recostó sobre su espalda, y la damita, tras de juguetear lascivamente con sus
enormes órganos genitales, tomó la roja cabeza de su pene entre sus rosados labios, al
tiempo que lo estimulaba con toquecitos enloquecedores hasta conseguir el máximo de
tensión, todo ello con una avidez que acabé por provocar una abundante descarga de fluido
espeso y caliente, que esta vez inundó su linda boca y corrió garganta abajo.
Luego la dama, cuya lascivia era por lo menos igual a la de su confesor, se colocó
sobre la corpulenta figura de éste, y tras de haber asegurado otra gran erección, se empaló
en el palpitante dardo hasta no dejar a la vista nada más que las grandes bolas que colgaban
debajo de la endurecida arma. De esta manera succionó hasta conseguir una cuarta
descarga de David Brown. Exhalando un fuerte olor a semen, en virtud de las abundantes
eyaculaciones del sacerdote, y fatigada por la excepcional duración del entretenimiento,
dióse luego a contemplar cómodamente las monstruosas proporciones y la capacidad fuera
de lo común de su gigantesco confesor.
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Capitulo VII
MONTSE FERNÁNDEZ TENÍA UNA AMIGA, UNA DAMITA SÓLO unos pocos meses mayor que
ella, hija de un adinerado caballero, que vivía cerca del señor Verbouc. Julia, sin embargo.
era de temperamento menos ardiente y voluptuoso, y Montse Fernández comprendió pronto que no
habla madurado lo bastante para entender los sentimientos pasionales, ni comprender los
fuertes instintos que despierta el placer.
Julia era ligeramente más alta que su joven amiga, algo menos rolliza, pero con
formas capaces de deleitar los ojos y cautivar el corazón de un artista por lo perfecto de su
corte y lo exquisito de sus detalles.
Se supone que una pulga no puede describir la belleza de las personas. ni siquiera la
de aquellas que la alimentan. Todo lo que puedo decir, por lo tanto, es que Julia Delmont
constituía a mi modo de ver un estupendo regalo, y algún día lo sería para alguien del sexo
opuesto, ya que estaba hecha para despertar el deseo del más insensible de los hombres, y
para encantar con sus graciosos modales y su siempre placentera figura al más exigente
adorador de Venus.
El padre de Julia poseía, como hemos dicho, amplios recursos; su madre era una
bobalicona que se ocupaba bien poco de su hija, o de otra cosa que no fueran sus deberes
religiosos, en el ejercicio de los cuales empleaba la mayor parte de su tiempo, así como en
visitar a las viejas devotas de la vecindad que estimulaban sus predilecciones.
El señor Delmont era relativamente joven. De constitución robusta, estaba lleno de
vida, y como quiera que su piadosa cónyuge estaba demasiado ocupada para permitirle los
goces matrimoniales a los que el pobre hombre tenía derecho, éste los buscaba por Otros
lados.
El señor Delmont tenía una amiga, una muchacha joven y linda que, según deduje, no
estaba satisfecha con limitarse a su adinerado protector.
El señor Delmont en modo alguno limitaba sus atenciones a su amiga; sus
costumbres eran erráticas, y sus inclinaciones francamente eróticas.
En tales circunstancias, nada tiene de extraño que sus ojos se fijaran en el hermoso
cuerpo de aquel capullo en flor que era la sobrina de su amigo, Montse Fernández. Ya había tenido
oportunidad de oprimir su enguantada mano, de besar —desde luego con aire paternal— su
blanca mejilla, e incluso de colocar su mano temblorosa —claro que por accidente— sobre
sus rollizos muslos.
En realidad, Montse Fernández, mucho más experimentada que la mayoría de las muchachas de su
tierna edad, se había dado cuenta de que el señor Delmont sólo esperaba una oportunidad
para llevar las cosas a sus últimos extremos.
Y esto era precisamente lo que hubiera complacido a Montse Fernández, pero era vigilada
demasiado de cerca, y la nueva y desdichada situación en que acababa de entrar acaparaba
todos sus pensamientos
.
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El padre Ambrosio, empero, se percataba bien de la necesidad de permanecer sobre
aviso, y no dejaba pasar oportunidad alguna, cuando la joven acudía a su confesionario,
para hacer preguntas directas y pertinentes acerca de su comportamiento para con los
demás, y de la conducta que los otros observaban con su penitente.
Así fue como Montse Fernández llegó a confesarle a su guía espiritual los sentimientos
engendrados en ella por el lúbrico proceder del señor Delmont.
El padre Ambrosio le dio buenos consejos, y puso inmediatamente a Montse Fernández a la tarea
de succionarle el pene.
Una vez pasado este delicioso episodio, y borradas que fueron las huellas del placer,
el digno sacerdote se dispuso con su habitual astucia, a sacar provecho de los hechos de
que acababa de tener conocimiento.
Su sensual y vicioso cerebro no tardó en concebir un plan cuya audacia e inquietud
yo, un humilde insecto, no sé que haya sido nunca igualada.
Desde luego, en el acto decidió que la joven Julia tenía algún día que ser suya. Esto
era del todo natural. Pero para lograr este objetivo, y divertirse al mismo tiempo con la
pasión que indiscutiblemente Montse Fernández había despertado en el señor Delmont, concibió una
doble consumación, que debía llevarse a cabo por medio del más indecoroso y repulsivo
plan que jamás haya oído el lector.
Lo primero que había que hacer era despertar la imaginación de Julia, y avivar en ella
los latentes fuegos de la lujuria.
Esta noble tarea la confiaría el buen sacerdote a Montse Fernández, la que, debidamente instruida,
se comprometió fácilmente a realizarla.
Puesto que ya se había roto el hielo en su propio caso, Montse Fernández, a decir verdad, no
deseaba otra cosa sino conseguir que Julia fuera tan culpable como ella. Así que se dio a la
tarea de corromper a su joven amiga. Cómo lo logró, vamos a verlo a su debido tiempo.
Fue sólo unos días después de la iniciación de la joven Montse Fernández en los deleites del delito
en su forma i****tuosa que hemos ya relatado, y en los que no había tenido mayor
experiencia porque el señor Verbouc tuvo que ausentarse del bogar. A la larga, sin
embargo, tenía que presentarse la nueva oportunidad, y Montse Fernández se encontró por segunda vez,
sola y serena, en compañía de su tío y del padre Ambrosio.
La tarde era fría, pero en la estancia reinaba un calor-cito placentero por efecto de
una estufa instalada en el lujoso departamento. Los suaves y mullidos sofás y otomanas
que amueblaban la habitación proporcionaban a la misma un aire de indolencia y
abandono. A la brillante luz de una lámpara exquisitamente perfumada los dos hombres
parecían elegantes devotos de Baco y de Venus cuando se sentaron, ligeros de ropa,
después de una suntuosa colación.
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En cuanto a Montse Fernández, estaba por así decirlo excedida en belleza. Vistiendo un
encantador ‘negligie’, medio descubría y medio ocultaba aquellos encantos en flor de que
tan orgullosa podía mostrarse.
Sus brazos, admirablemente bien torneados, sus suaves piernas revestidas de seda, el
seno palpitante, por el que asomaban dos manzanitas blancas, exquisitamente redondeadas
y rematadas en otras tantas fresas, las bien formadas caderas, y unos diminutos pies
aprisionados en ajustados zapatitos, eran encantos que, sumados a otros muchos, formaban
un delicado y delicioso conjunto con el que se hubieran intoxicado las deidades mismas, y
en las que iban a complacerse los dos lascivos mortales.
Se necesitaba, empero, un pequeño incentivo más para aumentar la excitación de los
infames y anormales deseos de aquellos dos hombres que en dicho momento, con ojos
inyectados por la lujuria, contemplaban a su antojo el despliegue los tesoros que estaba a
su alcance.
Seguros de que no habían de ser interrumpidos, se disponían ambos a hacer los
lascivos attouchernents que darían satisfacción al deseo de solazarse con lo que tenían a la
vista.
Incapaz de contener su ansiedad, el sensual tío extendió su mano, y atrayendo hacia
sí a su sobrina, deslizó sus dedos entre sus piernas a modo de sondeo. Por su parte el
sacerdote se posesionó de sus dulces senos, para sumir su cara en ellos.
Ninguno de los dos se detuvo en consideraciones de pudor que interfirieran con su
placer, así que los miembros de los dos robustos hombres fueron exhibidos luego en toda
su extensión, y permanecieron excitados y erectos, con las cabezas ardientes por efecto de
la presión sanguínea y la tensión muscular.
—¡Oh, qué forma de tocarme! —murmuró Montse Fernández, abriendo voluntariamente sus
muslos a las temblorosas manos de su tío, mientras Ambrosio casi la ahogaba al prodigarle
deliciosos besos con sus gruesos labios,
En un momento determinado la complaciente mano de Montse Fernández apresó en el interior de
su cálida palma el rígido miembro del vigoroso sacerdote.
—¿Qué, amorcito, no es grande? ¿Y no arde en deseos de expeler su jugo dentro de
ti? ¡Oh, cómo me excitas, hija mía! Tu mano. .. tu dulce mano. .. ¡Ay! ¡Me muero por
insertarlo en tu suave vientre! ¡Bésame, Montse Fernández! ¡Verbouc, vea en qué forma me excita su
sobrina!
—¡Madre santa, qué carajo! ¡Ve, Montse Fernández, qué cabeza la suya! ¡Cómo brilla! ¡Qué
tronco tan largo y tan blanco! ¡Y observa cómo se encorva cual si fuera una serpiente en
acecho de su víctima! ¡Ya asoma una gota en la punta! ¡Mira, Montse Fernández!
—¡Oh, cuán dura es! ¡Cómo vibra! ¡Cómo acomete! ¡Apenas puedo abarcarla! ¡ Me
matáis con estos besos, me sorbéis la vida!
El señor Verbouc hizo un movimiento hacia adelante, y en el mismo momento puso
al descubierto su propia arma, erecta y al rojo vivo, desnuda y húmeda la cabeza.
Los ojos de Montse Fernández se iluminaron ante el prospecto.
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—Tenemos que establecer un orden para nuestros placeres, Montse Fernández —dijo su tío—.
Debemos prolongar lo más que nos sea posible nuestros éxtasis. Ambrosio es
desenfrenado. ¡Qué espléndido a****l es! ¡Hay que ver qué miembro! ; Está dotado como
un garañón! ¡Ah, sobrinita mía, mi criatura, con eso va a dilatar tu rendija. La hundirá
hasta tus entrañas, y tras de una buena carrera descargará un torrente de leche para placer
tuyo!
—¡Qué gusto! —murmuró Montse Fernández—. Anhelo recibirlo hasta mi cintura. Sí, sí. No
apresuremos el delicioso final; trabajemos todos para ello.
Hubiera dicho algo más, pero en aquel momento la roja punta del rígido miembro del
señor Verbouc entró en su boca.
Con la mayor avidez Montse Fernández recibió el duro y palpitante objeto entre sus labios de
coral, y admitió tanto como pudo de ella. Comenzó a lamer alrededor con su lengua, y
hasta trató de introducirla en la roja abertura de la extremidad. Estaba excitada hasta el
frenesí. Sus mejillas ardían, su respiración iba y venía con ansiedad espasmódica. Se aferró
más aún al miembro del lúbrico sacerdote, y su juvenil estrecho coño palpitaba de placer
anticipado.
Hubiera querido continuar cosquilleando, frotando y excitando el henchido tronco del
lascivo Ambrosio, pero el fornido sacerdote le hizo seña de que se detuviera.
—Aguarda un momento, Montse Fernández —suspiró—, vas a hacer que me venga.
Montse Fernández soltó el enorme dardo blanco y se echó hacia atrás, de manera que su tío pudo
accionar despaciosamente hacia dentro y hacia fuera de su boca, sin que la mirada de ella
dejara por un solo momento de prestar ansiosamente atención a las extraordinarias
dimensiones del miembro de Ambrosio.
Nunca había gustado Montse Fernández con tanto deleite de un pene, como ahora estaba
disfrutando el respetable miembro de su tío. Por tal razón aplicó sus labios al mismo con la
mayor fruición, sorbiendo morbosamente la secreción que de vez en cuando exudaba la
punta. El señor Verbouc estaba arrobado con sus atentos servicios.
A continuación el cura se arrodilló, y pasando la rasurada cabeza por entre las piernas
de Verbouc, que estaba de pie ante su sobrina, abrió los rollizos muslos de ésta para apartar
después con sus dedos los rojos labios de su vulva, e introducir su lengua hacia dentro, al
tiempo que con sus gruesos labios cubría sus juveniles y excitadas partes.
Montse Fernández se estremecía de placer. Su tío se puso aún más rígido, y empujó fuertemente
dentro de la Montse Fernández boca de la muchacha, la cual tomó sus testículos entre sus manos para
estrujarlos con suavidad. Retiró hacía atrás la piel del ardiente tronco, y reanudó su succión
con evidente deleite.
— Vente ya! —dijo Montse Fernández, abandonando por un momento la viscosa cabeza con
objeto de poder hablar y tomar aliento—. ¡Vente, tío! ¡Me agrada tanto saborearlo!
—Podrás hacerlo, queridita, pero todavía no. No debemos ir tan aprisa.
—¡Oh, cómo me mama! ¡Cómo me lame su lengua! ¡Estoy ardiendo! ¡Me mata!
—¡Ah, Montse Fernández! Ahora no sientes más que placer: te has reconciliado con los goces de
nuestros contactos i****tuosos.
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—De veras que sí, querido tío. Ponme tu carajo de nuevo en la boca.
—Todavía no, Montse Fernández, amor mío.
—No me hagas aguardar demasiado. Me estáis enloqueciendo. ¡Padre! ¡Padre! ¡Oh,
ya viene hacia mí, se prepara para joderme! ¡Dios santo, qué carajo! ¡Piedad! ¡Me partirá
en dos!
Entretanto Ambrosio, enardecido por el delicioso jugueteo con el que estuvo
entretenido, devino demasiado excitado para permanecer como estaba, y aprovechando la
oportunidad de una momentánea retirada de Verbouc, se puso de píe y tumbó sobre sus
espaldas, en el blando sofá, a la hermosa muchacha.
Verbouc tomó en su mano el formidable pene del santo padre, le dio un par de
sacudidas preliminares, retiro la piel que rodeaba su cabeza en forma de huevo, y
encaminando la punta anchurosa y ardiente hacia la rosada hendidura, la empujó
vigorosamente dentro del vientre de ella.
La humedad que lubricaba las partes nobles de la criatura facilitó la entrada de la
cabeza y la parte delantera, y el arma del sacerdote pronto quedó sumida. Siguieron fuertes
embestidas, y con brutal lujuria reflejada en el rostro, y escasa piedad por la juventud de su
víctima, Ambrosio la ensartó. La excitación de Montse Fernández superaba el dolor, por lo que se abrió
de piernas hasta donde le fue posible para permitirle regodearse según su deseo en la
posesión de su belleza.
Un ahogado lamento escapó de los entreabiertos labios de Montse Fernández cuando sintió aquella
gran arma, dura como el hierro, presionando su matriz, y dilatándola con su gran tamaño.
El señor Verbouc no perdía detalle del lujurioso espectáculo que se ofrecía a su vista,
y se mantuvo al efecto cerca de la excitada pareja. En un momento dado depositó su poco
menos vigoroso miembro en la mano convulsa de su sobrina.
Ambrosio, tan pronto como se sintió firmemente alojado en el lindo cuerpo que
estaba debajo de él, refrenó su ansiedad. Llamando en auxilio suyo el extraordinario poder
de autocontrol con el que estaba dotado, pasó sus manos temblorosas sobre las caderas de
la muchacha, y apartando sus ropas descubrió su velludo vientre, con el que a cada
sacudida frotaba el mullido monte de ella.
De pronto el sacerdote aceleró su trabajo. Con poderosas y rítmicas embestidas se
enterraba en el tierno cuerpo que yacía debajo de él. Apretó fuertemente hacia adelante, y
Montse Fernández enlazó sus blancos brazos en torno a su musculoso cuello. Sus testículos golpeaban
las rechonchas posaderas de ella, su instrumento había penetrado hasta los pelos que,
negros y rizados, cubrían por completo el sexo de ella.
—Ahora lo tiene. Observa, Verbouc, a tu sobrina. Ve cómo disfruta los ritos
eclesiásticos. ¡Ah, qué placer! ¡Cómo me mordisquen con su estrecho coñito!
—¡Oh, querido, querido...! ¡Oh, buen padre, jodedme! Me estoy viniendo. ¡Empujad!
¡Empujad! Matadme con él, si gustáis, pero no dejéis de moveros! ¡Así! ¡Oh! ¡Cielos! ¡Ah!
¡Ah! ¡Cuán grande es! ¡Cómo se adentra en mí!
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El canapé crujía a causa de sus rápidas sacudidas.
—¡Oh. Dios! —gritó Montse Fernández—. ¡Me está matando.., realmente es demasiado... Me
muero... Me estoy viniendo! Y dejando escapar un grito abogado, la muchacha se vino,
inundando el grueso miembro que tan deliciosamente la estaba jodiendo.
El largo pene engruesó y se enardeció todavía más. También la bola que lo remataba
se hinchó, y todo el tremendo aparato parecía que iba a estallar de lujuria. La joven Montse Fernández
susurraba frases incoherentes, de las que sólo se entendía la palabra joder.
Ambrosio, también completamente enardecido, y sintiendo su enorme yerga atrapada
en las juveniles carnes de la muchacha, no pudo aguantar más, y agarrando las nalgas de
Montse Fernández con ambas manos, empujó hacia el interior toda la tremenda longitud de su miembro
y descargó, arrojando los espesos chorros de su fluido, uno tras otro, muy adentro de su
compañera de juego.
Un bramido como de bestia salvaje escapó de su pecho a medida que arrojaba su
cálida leche.
—¡Oh, ya viene! ¡Me está inundando! ¡La siento! ¡Ah, qué delicia!
Mientras tanto el carajo del sacerdote, bien hundido en el cuerpo de Montse Fernández, seguía
emitiendo por su henchida cabeza el semen perlino que inundaba la juvenil matriz de ella.
—¡Ah, qué cantidad me estáis dando! —comentó Montse Fernández, mientras se bamboleaba
sobre sus pies, y sentía correr en todas direcciones, piernas abajo, el cálido fluido—. ¡Cuán
blanco y viscoso es!
Esta era exactamente la situación que más ansiosamente esperaba el tío, y por lo tanto
procedió sosegadamente a aprovecharla. Miró sus lindas medias de seda empapadas, metió
sus dedos entre los rojos labios de su coño, embarró el semen exudado sobre su lampiño
sexo. Seguidamente, colocando a su sobrina adecuadamente frente a él, Verbouc exhibió
una vez más su tieso y peludo campeón, y excitado por las excepcionales escenas que tanto
le habían deleitado, contempló con ansioso celo las tiernas partes de la joven Montse Fernández,
completamente cubiertas como estaban por las descargas del sacerdote, y exudando todavía
espesas y copiosas gotas de su prolífico fluido.
Montse Fernández, obedeciendo a sus deseos, abrió lo más posible sus piernas. Su tío colocó
ansiosamente su desnuda persona entre los rollizos muslos de la joven.
—Estate quieta, mi querida sobrina. Mí carajo no es tan gordo ni tan largo como el
del padre Ambrosio, pero sé muy bien cómo joder, y podrás comprobar sí la leche de tu tío
no es tan espesa y pungente como la de cualquier eclesiástico. Ve cómo estoy de envarado.
..—¡Y cómo me haces esperar! —dijo Montse Fernández—. Veo tu querida yerga aguardando
turno. ¡Cuán roja se ve! ¡Empújame, querido tío! Ya estoy lista de nuevo, y el buen padre
Ambrosio te ha aceitado bien el camino.
El duro miembro tocó con su enrojecida cabeza los abiertos labios, todavía
completamente resbalosos, y su punta se afianzó con firmeza. Luego comenzó a penetrar el
miembro propiamente dicho, y tras unas cuantas embestidas firmes aquel ejemplar pariente
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se había adentrado hasta los testículos en el vientre de su sobrina, solazándose
lujuriosamente entre el tufo que evidenciaba sus anteriores e impías venidas con el padre.
—Querido tío —exclamó la muchacha—. Acuérdate de quién estás jodiendo. No se
trata de una extraña, es la hija de tu hermano, tu propia sobrina. Jódeme bien, entonces, tío.
Entrégame todo el poder de tu vigoroso carajo. ¡Jódeme! ¡Jódeme hasta que tu i****tuosa
leche se derrame en mi interior! ¡Ah! ¡Oh! ¡Oh!
Y sin poderse contener ante el conjuro de sus propias ideas lujuriosas, Montse Fernández se
entregó a la más desenfrenada sensualidad, con gran deleite de su tío.
El vigoroso hombre, gozando la satisfacción de su lujuria preferida, se dedicó a
efectuar una serie de rápidas y poderosas embestidas. No obstante lo anegada que se
encontraba, la vulva de su linda oponente era de por sí pequeña, y lo bastante estrecha para
pellizcarle deliciosamente en la abertura, y provocar así que su placer aumentara
rápidamente.
Verbouc se alzó para lanzarse con rabia dentro del cuerpo de ella, y la hermosa joven
se asió con el apremio de una lujuria todavía no saciada. Su yerga engrosó y se endureció
todavía más.
El cosquilleo se hizo pronto casi insoportable. Montse Fernández se entregó por entero al placer
del acto i****tuoso, hasta que el señor Verbouc, dejando escapar un suspiro, se vino dentro
de su sobrina, inundando de nuevo la matriz de ella con su cálido fluido. Montse Fernández llegó
también al éxtasis, y al propio tiempo que recibía la poderosa inyección, placenteramente
acogida, derramaba una no menos ardiente prueba de su goce.
Habiéndose así completado el acto, se le dio tiempo a Montse Fernández para hacer sus
abluciones, y después, tras de apurar un tonificante vaso lleno de vino hasta los bordes, se
sentaron los tres para concertar un diabólico plan para la violación y el goce de la Montse Fernández
Julia Delmont.
Montse Fernández confesó que el señor Delmont la deseaba, y que evidentemente estaba en espera
de la oportunidad para encaminar las cosas hacia la satisfacción de su capricho.
Por su parte, el padre Ambrosio confesó que su miembro se enderezaba a la sola
mención del nombre de la muchacha. La había confesado, y admitió jocosamente que
durante la ceremonia no había podido controlar sus manos, ya que su simple aliento
despertaba en él ansías sensuales incontenibles.
El señor Verbouc declaró que estaba igualmente ansioso de proporcionarse solaz en
sus dulces encantos, cuya sola descripción lo enloquecía. Pero el problema estaba en cómo
poner en marcha el plan.
—Si la violara sin preparación, la destrozaría —exclamó el padre Ambrosio,
exhibiendo una vez más su rubicunda máquina, todavía rezumando las pruebas de su
último goce, que aún no había enjugado.
—Yo no puedo gozarla primero. Necesito la excitación de una copulación previa —
objetó Verbouc.
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—Me gustaría ver a la muchacha bien violada —dijo Montse Fernández—. Observaría la
operación con deleite, y cuando el padre Ambrosio hubiese introducido su enorme cosa en
el interior de ella, tú podrías hacer lo mismo conmigo para compensarme el obsequio que
le haríamos a la linda Julia.
—Sí, esa combinación podría resultar deliciosa.
—¿Qué habrá que hacer? —inquirió Montse Fernández—. ¡Madre santa, cuán tiesa está de nuevo
vuestra yerga, querido padre Ambrosio!
—Se me ocurre una idea que sólo de pensar en ella me provoca una violenta
erección. Puesta en práctica sería el colmo de la lujuria, y por lo tanto del placer.
—Veamos de qué se trata —exclamaron los otros dos al Unísono.
—Aguardad un poco —dijo el santo varón, mientras Montse Fernández desnudaba la roja cabeza
de su instrumento para cosquillear cn el húmedo orificio con la punta de su lengua.
—Escuchadme bien —dijo Ambrosio—. El señor Delmont está enamorado de Montse Fernández.
Nosotros lo estamos de su hija, y a esta criatura que ahora me está chupando el cara jo le
gustaría ver a la tierna Julia ensartada en él hasta lo más hondo de sus órganos vitales, con
el único y lujurioso afán de proporcionarse una dosis extra de placer. Hasta aquí todos
estamos de acuerdo. Ahora prestadme atención, y tú, Montse Fernández, deja en paz mí instrumento. He
aquí mi plan: me consta que la pequeña Julia no es insensible a sus instintos a****les. En
efecto, ese diablito siente ya la comezón de la carne.
Un poco de persuasión y Otro poco de astucia pueden hacer el resto. Julia accederá a
que se le alivien esas angustias del apetito carnal. Montse Fernández debe alentaría al efecto. Entretanto
la misma Montse Fernández inducirá al señor Delmont a ser más atrevido. Le permitirá que se le
declare, si así lo desea él. En realidad, ello es indispensable para que el plan resulte. Ese
será el momento en que debo intervenir yo. Le sugeriré a Delmont que el señor Verbouc es
un hombre por encima de los prejuicios vulgares, y que por cierta suma de dinero estará
conforme en entregarle a su hermosa y virginal sobrina para que sacie sus apetitos.
—No alcanzo a entenderlo bien —comentó Montse Fernández.
—No veo el objeto —intervino Verbouc—. Ello no nos aproximará más a la
consumación de nuestro plan.
—Aguardad un momento —continuó el buen padre—. Hasta este momento todos
hemos estado de acuerdo. Ahora Montse Fernández será vendida a Delmont. Se le permitirá que
satisfaga secretamente sus deseos en los hermosos encantos de ella. Pero la víctima no
deberá verlo a él, ni él a ella, a.—fin de guardar las apariencias. Se le introducirá en una
alcoba agradable, podrá ver el cuerpo totalmente desnudo de una encantadora mujer, se le
hará saber que se trata de su víctima, y que puede gozarla.
—¿Yo? —interrumpió Montse Fernández—. ¿Para qué todo este misterio?
El padre Ambrosio sonrió malévolamente.
—Ya lo sabrás, Montse Fernández, ten paciencia. Lo que deseamos es disfrutar de Julia Delmont,
y lo que el señor Delmont quiere es disfrutar de tu persona. Únicamente podemos alcanzar
nuestro objetivo evitando al propio tiempo toda posibilidad de escándalo. Es preciso que el
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señor Delmont sea silenciado, pues de lo contrario podríamos resultar perjudicados por la
violación de su hija. Mi propósito es que el lascivo señor Delmont viole a su propia hija, en
lugar de a Montse Fernández, y que una vez que de esta suerte nos haya abierto el camino, podamos
nosotros entregarnos a la satisfacción de nuestra lujuria. Si Delmont cae en la trampa,
podremos revelarle el i****to cometido, y recompensárselo con la verdadera posesión de
Montse Fernández, a cambio de la persona de su hija, o bien actuar de acuerdo con las circunstancias.
—¡Oh, casi me estoy viniendo ya! —gritó el señor Verbouc—. ¡Mi arma está que
arde! ¡Qué trampa! ¡Qué espectáculo tan maravilloso!
Ambos hombres se levantaron, y Montse Fernández se vio envuelta en sus abrazos. Dos duros y
largos dardos se incrustaban contra su gentil cuerpo a medida que la trasladaban al canapé.
Ambrosio se tumbó sobre sus espaldas, Montse Fernández se le montó encima, y tomó su pene de
semental entre las manos para llevárselo a la vulva.
El señor Verbouc contemplaba la escena.
Montse Fernández se dejó caer lo bastante para que la enorme arma se adentrara por completo;
luego se acomodó encima del ardiente sacerdote, y comenzó una deliciosa serie de
movimientos Ondulatorios.
El señor Verbouc contemplaba sus hermosas nalgas subir y bajar, abriéndose y
cerrándose a cada sucesiva embestida.
Ambrosio se había adentrado hasta la raíz, esto era evidente. Sus grandes testículos
estaban pegados debajo de ella, y los gruesos labios de Montse Fernández llegaban a ellos cada vez que
la muchacha se dejaba caer.
El espectáculo le sentó muy bien a Verbouc. El virtuoso tío se subió al canapé,
dirigió su largo y henchido pene hacia el trasero de Montse Fernández, y sin gran dificultad consiguió
enterrarlo por completo hasta sus entrañas.
El culito de su sobrina era ancho y suave como un guante, y la piel de las nalgas
blanca como el alabastro. Verbouc, empero, no prestaba la menor atención a estos detalles.
Su miembro estaba dentro, y sentía la estrecha compresión del músculo del pequeño
orificio de entrada como algo exquisito. Los dos carajos se frotaban mutuamente, sólo
separados por una tenue membrana.
Montse Fernández experimentaba los enloquecedores efectos de este doble deleite. Tras una
terrible excitación llegaron los transportes finales conducentes al alivio, y chorros de leche
inundaron a la grácil Montse Fernández.
Después Ambrosio descargó por dos veces en la boca de Montse Fernández, en la que también
vertió luego su tío su i****tuoso fluido, y así terminó la sesión.
La forma en que Montse Fernández realizó sus funciones fue tal, que mereció sinceros encomios
de sus dos compañeros. Sentada en el canto de una silla, se colocó frente a ambos de
manera que los tiesos miembros de uno y otro quedaron a nivel con sus labios de coral,
Luego, tomando entre sus labios el aterciopelado glande, aplicó ambas manos a frotar,
cosquillear y excitar el falo y sus apéndices.
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De esta manera puso en acción en todo el poder nervioso de los miembros de sus
compañeros de juego, que, con sus miembros distendidos a su máximo, pudieron gozar del
lascivo cosquilleo hasta que los toquecitos de Montse Fernández se hicieron irresistibles, y entre
suspiros de éxtasis su boca y su garganta fueron inundadas con chorros de semen.
La pequeña glotona los bebió por completo. Y lo mismo habría hecho con los de una
docena, si hubiera tenido oportunidad para ello.
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Capitulo VIII
MONTSE FERNÁNDEZ SEGUIA PROPORCIONANDOME EL MAS delicioso de los alimentos.
Sus juveniles miembros nunca echaron de menos las sangrías carmesí provocadas por mis
piquetes, los que, muy a pesar mío, me veía obligada a dar para obtener mi sustento.
Determiné, por consiguiente, continuar con ella, no obstante que, a decir verdad, su
conducta en los últimos tiempos había devenido discutible y ligeramente irregular.
Una cosa manifiestamente cierta era que había perdido todo sentido de la delicadeza
y del recato propio de una doncella, y vivía sólo para dar satisfacción a sus deleites
sexuales.
Pronto pudo verse que la jovencita no había desperdiciado ninguna de las
instrucciones que se le dieron sobre la parte que tenía que desempeñar en la conspiración
urdida. Ahora me propongo relatar en qué forma desempeñó su papel.
No tardó mucho en encontrarse Montse Fernández en la mansión del se-flor Delmont, y tal vez por
azar, o quizás más bien porque así lo había preparado aquel respetable ciudadano, a solas
con él.
El señor Delmont advirtió su oportunidad y cual inteligente general, se dispuso al
asalto. Se encontró con que su linda compañera, o estaba en el limbo en cuanto a sus
intenciones, o estaba bien dispuesta a alentarías.
El señor Delmont había ya colocado sus brazos en torno a la cintura de Montse Fernández y, como
por accidente la suave mano derecha de ésta comprimía ya bajo su nerviosa palma el
varonil miembro de él.
Lo que Montse Fernández podía palpar puso de manifiesto la violencia de su emoción. Un
espasmo recorrió el duro objeto de referencia a todo lo largo, y Montse Fernández no dejó de
experimentar otro similar de placer sensual.
El enamorado señor Delmont la atrajo suavemente necia sí, y abrazó su cuerpo
complaciente. Rápidamente estampó un cálido beso en su mejilla y le susurró palabras
halagüe.as para apartar su atención de sus maniobras. Intentó algo más: frotó la mano de
Montse Fernández sobre el duro objeto, lo que le permitió a la jovencita advertir que h excitación podría
ser demasiado rápida.
Montse Fernández se atuvo estrictamente a su papel en todo momento: era una muchacha inocente
y recatada.
El señor Delmont, alentado por la falta de resistencia de parte de su joven amiga, dio
otros pasos todavía más decididos. Su inquieta mano vagó por entre los ligeros vestidos de
Montse Fernández, y acarició sus complacientes pantorrillas. Luego, de repente, al tiempo que besaba
con verdadera pasión sus rojos labios, pasó sus temblorosos dedos por debajo para tentar
su rollizo muslo.
Montse Fernández lo rechazó. En cualquier otro momento se hubiera acostado sobre sus espaldas
y le hubiera permitido hacer lo peor, pero recordaba la lección, y desempeñó su papel
perfectamente.
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—¡Oh, qué atrevimiento el de usted! —gritó la jovencita—. ¡Qué groserías son éstas!
¡No puedo permitírselas! Mi tío dice que no debo consentir que nadie me toque ahí. En
todo caso nunca antes de...
Montse Fernández dudó, se detuvo, y su rostro adquirió una expresión boba.
El señor Delmont era tan curioso como enamoradizo.
—¿Antes de qué. Montse Fernández?
—¡Oh, no debo explicárselo! No debí decir nada al respecto. Sólo sus rudos modales
me lo han hecho olvidar.
—¿Olvidar qué?
—Algo de lo que me ha hablado a menudo mi tío —contestó sencillamente Montse Fernández.
—¿Pero qué es? ¡Dímelo!
—No me atrevo. Además, no entiendo lo que significa.
—Te lo explicaré si me dices de qué se trata.
—¿Me promete no contarlo?
- Desde luego.
—Bien. Pues lo que él dice es que nunca tengo que permitir que me pongan las
manos ahí, y que sí alguien quiere hacerlo tiene que pagar mucho por ello.
~¿Dijo eso, realmente?
—Sí, claro que sí. Dijo que puedo proporcionarle una buena suma de dinero, y que
hay muchos caballeros ricos que pagarían por lo que usted quiere hacerme, y dijo también
que no era tan estúpido como para dejar perder semejante oportunidad.
—Realmente, Montse Fernández, tu tío es un perfecto hombre de negocios, pero no creí que fuera
un hombre de esa clase.
—Pues sí que lo es —gritó Montse Fernández—. Está engreído con el dinero, ¿sabe usted?, y yo
apenas si sé lo que ello significa, pero a veces dice que va a vender mi doncellez.
—¿Es posible? —pensó Delmont—. ¡Qué tipo debe ser ése! ¡Qué buen ojo para los
negocios ha de tener!
Cuanto más pensaba el señor Delmont acerca de ello, más convencido estaba de la
verdad que encerraba la ingenua explicación dada por Montse Fernández. Estaba en venta, y él iba a
comprarla. Era mejor seguir este camino que arriesgarse a ser descubierto y castigado por
sus relaciones secretas.
Antes, empero, de que pudiera terminar de hacerse estas prudentes reflexiones, se
produjo una interrupción provocada por la llegada de su hija Julia. y, aunque
renuentemente, tuvo que dejar la compañía de Montse Fernández y componer sus ropas debidamente.
Montse Fernández dio pronto una excusa y regresó a su hogar, dejando que los acontecimientos
siguieran su curso.
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El camino emprendido por la linda muchachita pasaba a través de praderas, y era un
camino de carretas que salía al camino real muy cerca de la residencia de su tío.
En esta ocasión había caído ya la tarde, y el tiempo era apacible. El sendero tenía
varias curvas pronunciadas, y a medida que Montse Fernández seguía camino adelante se entretenía en
contemplar el ganado que pastaba en los alrededores.
Llegó a un punto en el que el camino estaba bordeado por árboles, y donde tina serie
de troncos en línea recta separaba la carretera propiamente dicha del sendero para
peatones. En las praderas próximas vio a varios hombres que cultivaban el campo, y un
poco más lejos a un grupo de mujeres que descansaba un momento de las labores de la
siembra, entretenidas en interesantes coloquios.
Al otro lado del camino había una cerca de setos, y como se le ocurriera mirar hacia
allá, vio algo que la asombró. En la pradera había dos a****les, un garañón y una yegua.
Evidentemente el primero se había dedicado a perseguir a la segunda, hasta que consiguió
darle alcance no lejos de donde se encontraba Montse Fernández.
Pero lo que más sorprendió y espantó a ésta fue el maravilloso espectáculo del gran
miembro parduzco que, erecto por la excitación, colgaba del vientre del semental, y que de
vez en cuando se encorvaba en impaciente búsqueda del cuerpo de la hembra.
Esta debía haber advertido también aquel miembro palpitante, puesto que se había
detenido y permanecía tranquila, ofreciendo su parte trasera al agresor.
El macho estaba demasiado urgido por sus instintos amorosos para perder mucho
tiempo con requiebros, y ante los maravillados ojos de la jovencita montó sobre la hembra
y trató de introducir su instrumento.
Montse Fernández contemplaba el espectáculo con el aliento contenido, y pudo ver cómo, por fin,
el largo y henchido miembro del caballo desaparecía por entero en las partes posteriores de
la hembra.
Decir que sus sentimientos sexuales se excitaron no sería más que expresar el
resultado natural del lúbrico espectáculo. En realidad estaba más que excitada; sus instintos
libidinosos se habían desatado. Mesándose las manos clavó la mirada para observar con
todo interés el lascivo espectáculo, y cuando, tras una carrera rápida y furiosa, el a****l
retiró su goteante pene, Montse Fernández dirigió a éste una golosa mirada, concibiendo la insania de
apoderarse de él para darse gusto a sí misma.
Obsesionada con tal idea, Montse Fernández comprendió que tenía que hacer algo para borrar de
su mente la poderosa influencia que la oprimía. Sacando fuerzas de flaqueza apartó los
ojos y reanudó su camino, pero apenas había avanzado una docena de pasos cuando su
mirada tropezó con algo que ciertamente no iba a aliviar su pasión.
Precisamente frente a ella se encontraba un joven rústico de unos dieciocho años, de
facciones Montse Fernándezs, aunque de expresión bobalicona, con la mirada puesta en los amorosos
corceles entregados a su pasatiempo. Una brecha entre los matorrales que bordeaban el
camino le proporcionaba un excelente ángulo de vista, y estaba entregado a la
contemplación del espectáculo con un interés tan evidente como el de Montse Fernández.
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Pero lo que encadenó la atención de ésta en el muchacho fue el estado en que
aparecía su vestimenta, y la aparición de un tremendo miembro, de roja y bien desarrollada
cabeza. que desnudo y exhibiéndose en su totalidad, se erguía impúdico.
No cabía duda sobre el efecto que el espectáculo desarrollado en la pradera había
causado en el muchacho, puesto que éste se había desabrochado los bastos calzones para
apresar entre sus nerviosas manos un arma de la que se hubiera enorgullecido un carmelita.
Con ojos ansiosos devoraba la escena que se desarrollaba en la pradera, mientras que con
la mano derecha desnudaba la firme columna para friccionaría vigorosamente hacia arriba
y hacía abajo, completamente ajeno al hecho de que un espíritu afín era testigo de sus
actos.
Una exclamación de sobresalto que involuntariamente se le escapó a Montse Fernández motivó
que él mirara en derredor suyo. y descubriera frente a él a la hermosa muchacha, en el
momento en que su lujurioso miembro estaba completamente expuesto en toda su gloriosa
erección.
—¡Por Dios! —exclamó Montse Fernández tan pronto como pudo recobrar el habla—. ¡Qué
visión tan espantosa! ¡Muchacho desvergonzado! ¿Qué estás haciendo con esta cosa roja?
El mozo, humillado, trató de introducir nuevamente en su bragueta el objeto que
había motivado la pregunta, pero su evidente confusión y la rigidez adquirida por el
miembro hacían difícil la operación. por no decir que enfadosa.
Montse Fernández acudió solícita en su auxilio.
—¿Qué es esto? Deja que te ayude. ¿Cómo se salió? ¡Cuán grande y dura es! ¡Y qué
larga! ¡A fe mía que es tremenda tu cosa, muchacho travieso!
Uniendo la acción a las palabras, la jovencita posó su pequeña mano en el erecto
pene del muchacho, y estrujándolo en su cálida palma hizo más difícil aún la posibilidad de
poder regresarlo a su escondite.
Entretanto el muchacho, que gradualmente recobraba su estólida presencia de ánimo,
y advertía la inocencia de su nueva desconocida, se abstuvo de hacer nada en ayuda de sus
loables propósitos de esconder el rígido y ofensivo miembro. En realidad se hizo
imposible, aun cuando hubiera puesto algo de SU parte, ya que tan pronto corno su mano
lo asió adquirió proporciones todavía mayores, al mismo tiempo que la hinchada y roja
cabeza brillaba como una ciruela madura.
—¡Ah, muchacho travieso! —observó Montse Fernández—. ¿Qué debo hacer? —siguió diciendo,
al tiempo que dirigía una mirada de enojo a la hermosa faz del rústico muchacho.
—¡Ah, cuán divertido es! —suspiró el mozuelo—. ¿Quién hubiera podido decir que
usted estaba tan cerca de mí cuando me sentí tan mal, y comenzó a palpitar y engrosar
hasta ponerse como está ahora?
—Esto es incorrecto —observó la damita-, apretando más aún y sintiendo que las
llamas de la lujuria crecían cada vez mas dentro de ella—. Esto es terriblemente incorrecto,
pícaruelo.
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—¿Vio usted lo que hacían los caballos en la pradera?
—preguntó el muchacho, mirando con aire interrogativo a Montse Fernández, cuya belleza parecía
proyectarse sobre su embotada mente como el sol se cuela al través de un paisaje lluvioso.
—Sí, lo vi. —replicó la muchacha con aire inocente—. ¿Qué estaban haciendo? ¿Qué
significaba aquello?
—Estaban jodiendo —repuso el muchacho con una sonrisa de lujuria—. Él deseaba a
la hembra y la hembra deseaba al semental, así es que se juntaron y se dedicaron a joder.
—¡Vaya, qué curioso! —contestó la joven, contemplando con la más infantil
sencillez el gran objeto que todavía estaba entre sus manos, ante el desconcierto del
mozuelo.
—De veras que fue divertido, ¿verdad? ¡Y qué instrumento el suyo! ¿Verdad,
señorita?
—Inmenso —murmuró Montse Fernández sin dejar de pensar un solo momento en la cosa que
estaba frotando de arriba para abajo con su mano.
—¡Oh, cómo me cosquillea! —suspiró su compañero—. ¡Qué hermosa es usted! ¡Y
qué bien lo frota! Por favor, siga, señorita. Tengo ganas de venirme.
—¿De veras? —murmuró Montse Fernández—. ¿Puedo hacer que te vengas?
Montse Fernández miró el henchido objeto, endurecido por efecto del suave cosquilleo que le
estaba aplicando; y cuya cabeza tumefacta parecía que iba a estallar. El prurito de observar
cuál sería el efecto de su interrumpida fricción se posesionó por completo de ella, por lo
que se aplicó con redoblado empeño a la tarea.
—¡Oh, si, por favor! ¡Siga! ¡Estoy próximo a venirme! ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué bien lo hace!
¡Apriete más. . ., frote más aprisa. . . pélela bien. . .! Ahora otra vez.. . ¡Oh, cielos! ¡Oh!
El largo y duro instrumento engrosaba y se calentaba cada vez más a medida que ella
lo frotaba de arriba abajo.
—¡Ah! ¡Uf! ¡Ya viene! ¡Uf! ¡Oooh! —exclamó el rústico entrecortadamente
mientras sus rodillas se estremecían y su cuerpo adquiría rigidez, y entre contorsiones y
gritos ahogados su enorme y poderoso pene expelió un chorro de líquido espeso sobre las
manecitas de Montse Fernández, que, ansiosa por bañarlas en el calor del viscoso fluido, rodeó por
completo el enorme dardo, ayudándolo a emitir hasta la última gota de semen.
Montse Fernández, sorprendida y gozosa. bombeó cada gota —que hubiera chupado de haberse
atrevido— y extrajo luego su delicado pañuelo de Holanda para limpiar de sus manos la
espesa y perlina masa.
Después eí jovenzuelo, humillado y con aire estúpido, se guardó el desfallecido
miembro, y miró a su compañera con una mezcla de curiosidad y extrañeza.
—¿Dónde vives? —preguntó al fin, cuando encontró palabras para hablar..
—No muy lejos de aquí —repuso Montse Fernández—. Pero no debes seguirme ni tratar de
buscarme, ¿sabes? Si lo haces te iría mal
—prosiguió la damita—, porque nunca más volvería a hacértelo, y encima serias
castigado.
—¿Por qué no jodemos como el semental y la potranca?
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—sugirió el joven, cuyo ardor, apenas apaciguado, comenzaba a manifestarse de
nuevo.
—Tal vez lo hagamos algún día, pero ahora, no. Llevo prisa porque estoy retrasada.
Tengo que irme enseguida.
—Déjame tentarte por debajo de tus vestidos. Dime, ¿cuándo vendrás de nuevo?
—Ahora no —dijo Montse Fernández, retirándose poco a poco—, pero nos encontraremos otra
vez.
Montse Fernández acariciaba la idea de darse gusto con el formidable objeto que escondía tras sus
calzones.
—Dime —preguntó ella—. ¿Alguna vez has. .. has jodido?
—No, pero deseo hacerlo. ¿No me crees? Está bien, entonces te diré que. .. si, lo he
hecho.
—¡Qué barbaridad! —comentó la jovencita
—A mi padre le gustaría también joderte —agregó sin titubear ni prestar atención a
su movimiento de retirada.
—¿Tu padre? ¡Qué terrible! ¿Y cómo lo sabes?
—Porque mi padre y yo jodemos a las muchachas juntos. Su instrumento es mayor
que el mío.
—Eso dices tú. Pero ¿será cierto que tu padre y tú hacéis estas horribles cosas juntos?
—Sí, claro está que cuando se nos presenta la oportunidad. Deberías verlo joder. ¡
Uyuy!
Y rió como un idiota.
—No pareces un muchacho muy despierto —dijo Montse Fernández.
—Mi padre no es tan listo como yo —replicó el jovenzuelo riendo más todavía, al
tiempo que mostraba otra vez la yerga semienhiesta—. Ahora ya sé cómo joderte, aunque
sólo lo haya hecho una vez. Deberías yerme joder.
Lo que Montse Fernández pudo ver fue el gran instrumento del muchacho, palpitante y erguido.
—¿Con quién lo hiciste, malvado muchacho?
—Con una jovencita de catorce años. Ambos la jodimos, mi padre y yo nos la
dividimos.
—¿Quién fue el primero? —inquirió Montse Fernández.
—Yo, y mi padre me sorprendió. Entonces él quiso hacerlo también y me hizo
sujetarla. Lo hubieras visto joder... ¡Uyuy!
Unos minutos después Montse Fernández había reanudado su camino, y llegó a su hogar sin
posteriores aventuras.
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Capitulo IX
CUANDO MONTSE FERNÁNDEZ RELATO EL RESULTADO DE su entrevista de aquella tarde
con el señor Delmont, unas ahogadas risitas de deleite escaparon de los labios de los otros
dos conspiradores. No habló, sin embargo, del rústico jovenzuelo con quien había
tropezado por el camino. De aquella parte de sus aventuras del día consideró del todo
innecesario informar al astuto padre Ambrosio o a su no menos sagaz pariente.
El complot estaba evidentemente a punto de tener éxito. La semilla tan discretamente
sembrada tenía que fructificar necesariamente, y cuando el padre Ambrosio pensaba en el
delicioso agasajo que algún día iba a darse en la persona de la hermosa Julia Delmont, se
alegraban por igual su espíritu y sus pasiones a****les, solazándose por anticipado con las
tiernas exquisiteces próximas a ser suyas, con el ostensible resultado de que se produjera
una gran distensión de su miembro y que su modo de proceder denunciara la profunda
excitación que se había apoderado de él.
Tampoco el señor Verbouc permanecía impasible. Sensual en grado extremo, se
prometía un estupendo agasajo con los encantos de la hija de su vecino, y el sólo
pensamiento de este convite producía los correspondientes efectos en su temperamento
nerviosa.
Empero, quedaban algunos detalles por solucionar. Estaba claro que el simple del
señor Delmont daría los pasos necesarios para averiguar lo que había de cierto en la
afirmación de Montse Fernández de que su tío estaba dispuesto a vender su virginidad.
El padre Ambrosio, cuyo conocimiento del hombre le había hecho concebir tal idea,
sabia perfectamente con quién estaba tratando. En efecto, ¿quién, en el sagrado sacramento
de la confesión, no ha revelado lo más intimo de su ser al pío varón que ha tenido el
privilegio de ser su confesor?
El padre Ambrosio era discreto; guardaba al pie de la letra el silencio que le ordenaba
su religión. Pero no tenía empacho en valerse de los hechos de los que tenía conocimiento
por este camino para sus propios fines, y cuáles eran ellos ya los sabe nuestro lector a estas
alturas.
El plan quedó, pues, ultimado. Cierto día, a convenir de común acuerdo, Montse Fernández
invitaría a Julia a pasar el día en casa de su tío, y se acordó asimismo que el señor Delmont
seria invitado a pasar a recogerla en dicha ocasión. Después de cierto lapso de inocente
coqueteo por parte de Montse Fernández, ateniéndose a lo que previamente se le habría explicado, ella
se retiraría, y bajo el pretexto de que había que tomar algunas precauciones para evitar un
posible escándalo, le seria presentada en una habitación idónea, acostada sobre un sofá, en
el que quedarían a merced suya sus encantos personales. si bien la cabeza permanecería
oculta tras una cortina cuidadosamente corrida. De esta manera el señor Delmont ansioso
de tener el tierno encuentro, podría arrebatar la codiciada joya que tanto apetecía de su
adorable víctima, mientras que ella, ignorante de quién pudiera ser el agresor, nunca podría
acusarlo posteriormente de violación, ni tampoco avergonzarse delante de él.
A Delmont tenía que explicársele todo esto, y se daba por seguro su consentimiento.
Una sola cosa tenía que ocultársele: el que su propia hija iba a sustituir a Montse Fernández. Esto no
debía saberlo hasta que fuera demasiado tarde.
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Mientras tanto Julia tendría que ser preparada gradualmente y en secreto sobre lo que
iba a ocurrir, sin mencionar, naturalmente, el final catastrófico y la persona que en realidad
consumaría el acto. En este aspecto, el padre Ambrosio se sentía en su elemento, y por
medio de preguntas bien encaminadas y de gran número de explicaciones en el
confesionario, en realidad innecesarias, había ya puesto a la muchacha en antecedentes de
cosas en las que nunca antes había soñado, todo lo cual Montse Fernández se habría apresurado a
explicar y confirmar.
Todos los detalles fueron acordados finalmente en una reunión con junta, y la
consideración del caso despertó por anticipado apetitos tan violentos en ambos hombres,
que se dispusieron a celebrar su buena suerte entregándose a la posesión de la linda y joven
Montse Fernández con una pasión nunca alcanzada hasta aquel entonces.
La damita, por su parte, tampoco estaba renuente a prestarse a las fantasías, y como
quiera que en aquellos momentos estaba tendida sobre el blando sofá con un endurecido
miembro en cada mano, sus emociones subieron de intensidad, y se mostraba ansiosa de
entregarse a los vigorosos brazos que sabía estaban a punto de reclamaría.
Como de costumbre, el padre Ambrosio fue el primero. La volteó boca abajo,
haciéndola que exhibiera sus rollizas nalgas lo más posible. Permaneció unos momentos
extasiado en la contemplación de la deliciosa prospectiva, y de la pequeña y delicada
rendija apenas visible debajo de ellas. Su arma, temible y bien aprovisionada de esencia, se
enderezó bravamente, amenazando las dos encantadoras entradas del amor.
El señor Verbouc, como en otras ocasiones, se aprestaba a ser testigo del
desproporcionado asalto, con el evidente objeto de desempeñar a continuación su papel
favorito.
El padre Ambrosio contempló con expresión lasciva los blancos y redondeados
promontorios que tenía enfrente. Las tendencias clericales de su educación lo invitaban a la
comisión de un acto de infidelidad a la diosa, pero sabedor de lo que esperaba de él su
amigo y patrono, se contuvo por el momento.
—Las dilaciones son peligrosas —dijo—. Mis testículos están repletos, la querida
niña debe recibir su contenido, y usted, amigo mío, tiene que deleitarse con la abundante
lubricación que puedo proporcionarle.
Esta vez, cuando menos, Ambrosio no había dicho sino la verdad. Su poderosa
arma, en cuya cima aparecía la chata y roja cabeza de amplias proporciones, y que daba la
impresión de un hermoso fruto en sazón, se erguía frente a su vientre, y sus inmensos
testículos, pesados y redondos, se veían sobrecargados del venenoso licor que se
aprestaban a descargar. Una espesa y opaca gota —un auant courrier del chorro que había
de seguir— asomó a la roma punta de su pene cuando, ardiendo en lujuria el sátiro se
aproximaba a su víctima.
Inclinando rápidamente su enorme dardo, Ambrosio llevó la gran nuez de su
extremidad junto a los labios da la tierna vulva de Montse Fernández, y comenzó a empujar hacia
adentro.
—¡Oh, qué dura! ¡Cuán grande es! —comentó Montse Fernández—. ¡Me hacéis daño! ¡Entra
demasiado aprisa! ¡Oh, detenéos!
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Igual hubiera sido que Montse Fernández implorara a los vientos. Una rápida sucesión de
sacudidas, unas cuantas pausas entre ellas, más esfuerzos, y Montse Fernández quedó empalada.
—¡Ah! —exclamó el violador, volviéndose con aire triunfal hacia su coadjutor, con
los ojos centelleantes y sus lujuriosos labios babeando de gusto—. ¡Ah, esto es
verdaderamente sabroso. Cuán estrecha es y, sin embargo, lo tiene todo adentro. Estoy en
su interior hasta los testículos!
El señor Verbouc practicó un detenido examen. Ambrosio estaba en lo cierto. Nada
de sus órganos genitales, aparte de sus grandes bolas, quedaba a la vista, y éstas estaban
apretadas contra las piernas de Montse Fernández.
Mientras tanto Montse Fernández sentía el calor del invasor en su vientre. Podía darse cuenta de
cómo el inmenso miembro que tenía adentro se descubría y se volvía a cubrir, y acometida
en el acto por un acceso de lujuria se vino profusamente, al tiempo que dejaba escapar un
grito desmayado.
El señor Verbouc estaba encantado.
—¡Empuja, empuja! —decía—. Ahora le da gusto. Dáselo todo... ¡Empuja!
Ambrosio no necesitaba mayores incentivos, y tomando a Montse Fernández por las caderas se
enterraba hasta lo más hondo a cada embestida. El goce llegó pronto; se hizo atrás hasta
retirar todo el pene, salvo la punta, para lanzarse luego a fondo y emitir un sordo gruñido
mientras arrojaba un verdadero diluvio de caliente fluido en el interior del delicado cuerpo
de Montse Fernández.
La muchacha sintió el cálido y cosquilléante chorro disparado a toda violencia en su
interior, y una vez más rindió su tributo. Los grandes chorros que a intervalos inundaban
sus órganos vitales, procedentes de las poderosas reservas del padre Ambrosio —cuyo
singular don al respecto expusimos ya anteriormente— le causaban a Montse Fernández las más
deliciosas sensaciones, y elevaban su placer al máximo durante las descargas.
Apenas se hubo retirado Ambrosio cuando se posesionó de su sobrina el señor
Verbouc, y comenzó un lento disfrute de sus más secretos encantos. Un lapso de veinte
minutos bien contados transcurrió desde el momento en que el lujurioso tío inició su goce,
hasta que dio completa satisfacción a su lascivia con una copiosa descarga, la que Montse Fernández
recibió con estremecimientos de deleite sólo capaces de ser imaginados por una mente
enferma.
—Me pregunto —dijo el señor Verbouc después de haber recobrado el aliento, y de
reanimarse con un buen trago de vino—, me pregunto por qué es que esta querida chiquilla
me inspira tan completo arrobo. En sus brazos me olvido de mí y del mundo entero.
Arrastrado por la embriaguez del momento me transporto hasta el límite del éxtasis.
La observación del tío —o reflexión, llámenle ustedes como gusten— iba en parte
dirigida al buen padre, y en parte era producto de elucubraciones espirituales interiores que
afloraban involuntariamente convertidas en palabras.
—Creo poder decírtelo —repuso Ambrosio sentenciosamente—. Sólo que tal vez no
quieras seguir mi razonamiento.
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—De todos modos puedes exponérmelo —replicó Verbouc—. Soy todo oídos, y me
interesa mucho saber cuál es la razón, según tú.
—Mí razón, o quizá debiera decir mis razones —observó el padre Ambrosio— te
resultarán evidentes cuando conozcas mi hipótesis.
Después, tomando un poco de rapé —lo cual era un hábito suyo cuando estaba
entregado a alguna reflexión importante— prosiguió:
—El placer sensual debe estar siempre en proporción a las circunstancias que se
supone lo producen. Y esto resulta paradójico, ya que cuando más nos adentramos en la
sensualidad y cuanto más voluptuosos se hacen nuestros gustos, mayor necesidad hay de
introducir variación en dichas circunstancias.
Hay que entender bien lo que quiero decir, y por ello trataré de explicarme más
claramente. ¿Por qué tiene que cometer un hombre una violación, cuando está rodeado de
mujeres deseosas de facilitarle el uso de su cuerpo? Simplemente porque no le satisface
estar de acuerdo con la parte opuesta en la satisfacción de sus apetitos.
Precisamente es en la [alta de Consentimiento donde encuentra el placer. No cabe
duda de que en ciertos momentos un hombre de mente cruel, que busca sólo su satisfacción
sensual y no encuentra una mujer que se preste a saciar sus apetitos, viola a una mujer o
una niña, sin mayor motivo que la inmediata satisfacción de los deseos que lo enloquecen;
pero escudriña en los anales de tales delitos, y encontrarás que la mayor parte de ellos son
el resultado de designios deliberados, planeados y ejecutados en circunstancias que
implican el acceso legal y fácil de medios de satisfacción. La oposición al goce proyectado
sirve para abrir el apetito sexual, y añadir al acto características de delito, o de violencia
que agregan un deleite que de otro modo no existiría. Es malo, está prohibido, luego vale la
pena perseguirlo; se convierte en una verdadera obsesión poder alcanzarlo.
—¿Por qué, también —siguió diciendo— un hombre de constitución vigorosa y
capaz de proporcionar satisfacción a una mujer adulta prefiere una criatura de apenas
catorce años? Contestó: porque el deleite lo encuentra en lo anormal de la situación, que
proporciona placer a su imaginación, y constituye una exacta adaptación a las
circunstancias de que hablaba. En efecto, lo que trabaja es, desde luego, la imaginación. La
ley de los contrastes opera lo mismo en este caso como en todos los demás.
La simple diferencia de sexos no le basta al sibarita; le es necesario añadir otros
contrastes especiales para perfeccionar la idea que ha concebido. Las variantes son
infinitas, pero todas están regidas por la misma norma; los hombres altos prefieren las
mujeres pequeñas; los bien parecidos, las mujeres feas; los fuertes seleccionan a las
mujeres tiernas y endebles, y éstas, a la inversa, anhelan compañeros robustos y vigorosos.
Los dardos de Cupido llevan la incompatibilidad en sus puntas, y su plumaje es el de las
más increíbles incongruencias.
Nadie, salvo los a****les inferiores, los verdaderos brutos, se entregan a la cópula
indiscriminada con el sexo opuesto, e incluso éstos manifiestan a veces preferencias y
deseos tan irregulares como los de los hombres. ¿Quién no ha visto el comportamiento
fuera de lo común de una pareja de perros callejeros, o no se ha reído de los apuros de la
vieja vaca que, llevada al mercado con su rebaño, desahoga sus instintos sexuales
montándose sobre el lomo de su vecina más próxima?
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—De esta manera contesto a tus preguntas —terminó diciendo— y explico tus
preferencias por tu sobrina, tu dulce pero prohibida compañera de juegos, cuyas deliciosas
piernas estoy acariciando en estos momentos.
Cuando el padre Ambrosio hubo concluido su disertación, dirigió una fugaz mirada a
la linda muchacha, cosa que bastó para hacer que su gran arma adquiriera sus mayores
dimensiones.
—Ven, mi fruto prohibido —dijo él—. Déjame que te joda; déjame disfrutar de tu
persona a plena satisfacción. Ese es mi mayor placer, mi éxtasis, mi delirante disfrute. Te
inundaré de semen, te poseeré a pesar de los dictados de la sociedad. Eres mía ¡ven!
Montse Fernández echó una mirada al enrojecido y rígido miembro de su confesor, y pudo
observar la mirada de él fija en su cuerpo juvenil. Sabedora de sus intenciones, se dispuso a
darles satisfacción.
Como ya su majestuoso pene había entrado con frecuencia en su cuerpo en toda su
extensión, el dolor de la distensión había ya cedido su lugar al placer, y su juvenil y
elástica carne se abrió para recibir aquella gigantesca columna con dificultad apenas
limitada a tener que efectuar la introducción cautelosamente.
El buen hombre se detuvo por unos momentos a contemplar el buen prospecto que
tenía ante sí; luego, adelantándose, separó los rojos labios de la vulva de Montse Fernández, y metió
entre ellos la lisa bellota que coronaba su gran arma. Montse Fernández la recibió con un
estremecimiento de emoción.
Ambrosio siguió penetrando hasta que, tras de unas cuantas embestidas furiosas,
hundió toda la longitud del miembro en el estrecho cuerpo juvenil que lo recibió hasta los
testículos.
Siguieron una serie de embestidas, de vigorosas contorsiones de parte de uno, y de
sollozos espasmódicos y gritos ahogados de la otra. Si el placer del hombre pío era intenso,
el de su joven compañera de juego era por igual inefable, y el duro miembro estaba ya bien
lubricado como consecuencia de las anteriores descargas. Dejando escapar un quejido de
intensa emoción logró una vez más la satisfacción de su apetito, y Montse Fernández sintió los chorros
de semen abrasándole violentamente las entrañas.
—¡Ah, cómo me habéis inundado los dos! —dijo Montse Fernández. Y mientras hablaba podía
observarse un abundante escurrimiento que, procedente de la conjunción de los muslos,
corría por sus piernas basta llegar al suelo.
Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar a la observación, llegó a la
tranquila alcoba un griterío procedente del exterior. que acabó por atraer la atención de
todos los presentes, no obstante que cada vez se debilitaba mas.
Llegando a este momento debo poner a mis lectores en antecedentes de una o dos
cosas que hasta ahora, dadas mis dificultades de desplazamiento, no consideré del caso
mencionar. El hecho es que las pulgas, aunque miembros ágiles de la sociedad, no pueden
llegar a todas partes de inmediato, aunque pueden superar esta desventaja con el despliegue
de una rara agilidad, no común en otros insectos.
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Debería haber explicado, como cualquier novelista, aunque tal vez con más
veracidad, que la tía de Montse Fernández, la señora Verbouc, que ya presenté a mis lectores
someramente en el capítulo inicial de mi historia, ocupaba una habitación en una de las
alas de la casa, donde, al igual que la señora Delmont, pasaba la mayor parte del tiempo
entregada a quehaceres devotos, y totalmente despreocupada de los asuntos mundanos, ya
que acostumbraba dejar en manos de su sobrina el manejo de los asuntos domésticos de la
casa.
El señor Verbouc había ya alcanzado el estado de indiferencia ante los requiebros de
su cara mitad, y rara vez visitaba su alcoba, o perturbaba su descanso con objeto de
ejercitar sus derechos maritales.
La señora Verbouc, sin embargo, era todavía joven —treinta y dos primaveras habían
transcurrido sobre su devota y piadosa cabeza— era hermosa, y había aportado a su esposo
una considerable fortuna.
No obstante sus píos sentimientos, la señora Verbouc apetecía a veces el consuelo
más terrenal de los brazos de su esposo. y saboreaba con verdadero deleite el ejercicio de
sus derechos en las ocasionales visitas que él hacía a su recámara.
En esta ocasión la señora Verbouc se había retirado a la temprana hora en que
acostumbraba hacerlo, y la presente disgresión se hace indispensable para poder explicar lo
que sigue. Dejemos a esta amable señora entregada a los deberes de la toilette, que ni
siquiera una pulga osa profanar, y hablemos de otro y no menos importante personaje,
cuyo comportamiento será también necesario que analicemos.
Sucedió, pues, que el padre David Brown, cuyas proezas en el campo de la diosa del
amor hemos ya tenido ocasión de relatar, estaba resentido por la retirada de la joven Montse Fernández
de la Sociedad de la Sacristía, y sabiendo bien quién era ella y dónde podía encontrarla,
rondó durante varios días la residencia del señor Verbouc, a fin de recobrar la posesión de
la deliciosa prenda que el marrullero padre Ambrosio les había escamoteado a sus
confreres
Le ayudó en la empresa el Superior, que lamentaba asimismo amargamente la
pérdida sufrida, aunque no sospechaba el papel que en la misma había desempeñado el
padre Ambrosio.
Aquella tarde el padre David Brown se había apostado en las proximidades de la casa, y.
en busca de una oportunidad, se aproximó a una ventana para atisbar al través de ella,
seguro de que era la que daba a la habitación de Montse Fernández.
¡Cuán vanos son, empero, los cálculos humanos! Cuando el desdichado David Brown, a
quien le habían sido arrebatados sus placeres, estaba observando la habitación sin perder
detalle, el objeto de sus cuitas estaba entregado en otra habitación a la satisfacción de su
lujuria, en brazos de sus rivales.
Mientras, la noche avanzaba, y observando David Brown que todo estaba tranquilo, logró
empinarse hasta alcanzar el nivel de la ventana. Una débil luz iluminaba la habitación en la
que el ansioso cure pudo descubrir una dama entregada al pleno disfrute de un sueño
profundo.
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Sin dudar que sería capaz de ganarse una vez más los favores de Montse Fernández con sólo poder
hacer que escuchara sus palabras, y recordando la felicidad que representó el haber
disfrutado de sus encantos, el audaz pícaro abrió furtivamente la ventana y se adentró en el
dormitorio. Bien envuelto en el holgado hábito monacal, y escondiendo su faz bajo la
cogulla, se deslizó dentro de la cama mientras su gigantesco miembro. ya despierto al
placer que se le prometía, se erguía contra su hirsuto vientre.
La señora Verbouc, despertada de un sueño placentero, y sin siquiera poder
sospechar que fuera otro y no su fiel esposo quien la abrazara tan cálidamente, se volvió
con amor hacia el intruso, y. nada renuente, abrió por propia voluntad sus muslos para
facilitar el ataque.
David Brown, por su parte, seguro de que era la joven Montse Fernández a quien tenía entre sus
brazos, con mayor motivo dado que no oponía resistencia a sus caricias, apresuró los
preliminares, trepando con la mayor celeridad sobre las piernas de la señora para llevar su
enorme pene a los labios de una vulva bien humedecida. Plenamente sabedor de las
dificultades que esperaba encontrar en una muchacha tan joven, empujó con fuerza hacia el
interior.
Hubo un movimiento: dio otro empujón hacia abajo, se oyó un quejido de la dama, y
lentamente, pero de modo seguro, la gigantesca masa de carne endurecida se fue sumiendo,
hasta que quedó completamente enterrada. Entonces, mientras, entraba, la señora Verbouc
advirtió por vez primera la extraordinaria diferencia: aquel pene era por lo menos de doble
tamaño que el de su esposo. A la duda siguió la certeza. En la penumbra alzó la cabeza, y
pudo ver encima de ella el excitado rostro del feroz padre David Brown.
Instantáneamente se produjo una lucha, un violento alboroto, y una yana tentativa por
parte de la dama para librarse del fuerte abrazo con que la sujetaba su asaltante.
Pero pasara lo que pasara. David Brown estaba en completa posesión y goce de su
persona. No hizo pausa alguna: por el contrario, sordo a los gritos, hundió el miembro en
toda su longitud, y se dio gran prisa en consumar su horrible victoria. Ciego de ira y de
lujuria no advirtió siquiera la apertura de la puerta de la habitación, ni la lluvia de golpes
que caía sobre sus posaderas, hasta que, con los dientes apretados y el sordo bramido de un
toro, le llegó la crisis, y arrojó un torrente de semen en la renuente matriz de su víctima.
Sólo entonces despertó a la realidad y, temeroso de las consecuencias de su ultraje, se
levantó a toda prisa, escondió su húmeda arma, y se deslizó fuera de la cama por el lado
opuesto a aquel en que se encontraba su asaltante.
Esquivando lo mejor que pudo los golpes del señor Verbouc, y manteniendo los
vuelos de su sayo por encima de la cabeza, a fin de evitar ser reconocido, corrió hacia la
ventana por la cual había entrado, para dar desde ella un gran brinco. Al fin consiguió
desaparecer rápidamente en la oscuridad, seguido por las imprecaciones del enfurecido
marido.
Ya antes habíamos dicho que la señora Verbouc estaba inválida, o por lo menos así lo
creía ella, y ya podrá imaginar el lector el efecto que sobre una persona de nervios
desquiciados y de maneras recatadas había de causar el ultraje inferido. Las enormes
proporciones del hombre, su fuerza y su furia casi la habían matado, y yacía inconsciente
sobre el lecho que fue mudo testigo de su violación.
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El señor Verbouc no estaba dotado por la naturaleza con asombrosos atributos de
valor personal, y cuando vio que el asaltante de su esposa se alzaba satisfecho de su
proeza, lo dejó escapar pacíficamente.
Mientras, el padre Ambrosio y Montse Fernández, que siguieron al marido ultrajado desde una
prudente distancia, presenciaron desde la puerta entreabierta el desenlace de la extraña
escena,
Tan pronto como el violador se levantó tanto Montse Fernández como Ambrosio lo reconocieron.
La primera desde luego tenía buenas razones, que ya le constan al lector, para recordar el
enorme miembro oscilante que le colgaba entre las piernas.
Mutuamente interesados en guardar el secreto, fue bastante el intercambio de una
mirada para indicar la necesidad de mantener la reserva, y se retiraron del aposento antes
de que cualquier movimiento de parte de la ultrajada pudiera denunciar su proximidad.
Tuvieron que transcurrir varios días antes de que la pobre señora Verbouc se
recuperara y pudiera abandonar la cama. El choque nervioso había sido espantoso, y sólo la
conciliatoria actitud de su esposo pudo hacerle levantar cabeza.
El señor Verbouc tenía sus propios motivos para dejar que el asunto se olvidara, y no
se detuvo en miramientos para aligerarse del peso del mismo.
Al día siguiente de la catástrofe que acabo de relatar, el señor Verbouc recibió la
visita de su querido amigo y vecino, el señor Delmont, y después de haber permanecido
encerrado con él durante una hora, se separaron con amplias sonrisas en los labios y los
más extravagantes cumplidos.
Uno había vendido a su sobrina, y el otro creyó haber comprado esa preciosa joya
llamada doncellez.
Cuando por la noche el tío de Montse Fernández anunció que la venta había sido convenida, y que
el asunto estaba arreglado, reinó gran regocijo entre los confabulados.
El padre Ambrosio tomó inmediatamente posesión de la supuesta doncellez, e
introduciendo en el interior de la muchacha toda la longitud de su miembro, procedió,
según sus propias palabras, a mantener el calor en aquel hogar. El señor Verbouc, que
como de costumbre se reservó para entrar en acción después de que hubiere terminado su
confrere. atacó en seguida la misma húmeda fortaleza, como la nombraba él jocosamente,
simplemente para aceitarle el paso a su amigo.
Después se ultimó hasta el postrer detalle, y la reunión se levantó, confiados todos en
el éxito de su estratagema.
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Capitulo X
DESDE SU ENCUENTRO CON EL RÚSTICO MOZUELO cuya simpleza tanto le
había interesado, en la rústica vereda que la conducía a su casa, Montse Fernández no dejó de pensar en
los términos en los que aquél se había expresado, y en la extraña confesión que el
jovenzuelo le había hecho sobre la complicidad de su padre en sus actos sexuales.
Estaba claro que su amante era tan simple que se acercaba a la idiotez, y, a juzgar por
su observación de que “mi padre no es tan listo como yo” suponía que el defecto era
congénito. Y lo que ella se preguntaba era si el padre de aquel simplón poseía —tal como
lo declaró el muchacho— un miembro de proporciones todavía mayores que las del hijo.
Dado su hábito de pensar casi siempre en voz alta, yo sabía a la perfección que a
Montse Fernández no le importaba la opinión de su tío, ni le temía ya al padre Ambrosio. Sin duda
alguna estaba resuelta a seguir su propio camino, pasare lo que pasare, y por lo tanto no me
admiré lo más mínimo cuando al día siguiente, aproximadamente a la misma hora, la vi
encaminarse hacia la pradera.
En un campo muy próximo al punto en que observó el encuentro sexual entre el
caballo y la yegua, Montse Fernández descubrió al mozo entregado a una sencilla labor agrícola. Junto a
él se encontraba una persona alta y notablemente morena, de unos cuarenta y cinco años.
Casi al mismo tiempo que ella divisó a los individuos, el jovenzuelo la advirtió a ella,
y corrió a su encuentro, después de que, al parecer, le dijera una palabra de explicación a
su compañero, mostrando su alegría con una amplia sonrisa de satisfacción.
—Este es mi padre —dijo, señalando al que se encontraba a sus espaldas—, ven y
pélasela.
—¡Qué desvergüenza es esta, picaruelo! —repuso Montse Fernández más inclinada a reírse que a
enojarse—. ¿Cómo te atreves a usar ese lenguaje?
—¿A qué viniste? —preguntó el muchacho—. ¿No fue para joder?
En ese momento habían llegado al punto donde se encontraba el hombre, el cual
clavó su azadón en el suelo, y le sonrió a la muchacha en forma muy parecida a como lo
hacía el chico.
Era fuerte y bien formado, y. a juzgar por las apariencias, Montse Fernández pudo comprobar que
si poseía los atributos de que su hijo le habló en su primera entrevista.
—Mira a mi padre, ¿no es como te dije? —observó el jovenzuelo—. ¡Deberías verlo
joder!
No cabía disimulo. Se entendían entre ellos a la perfección, y sus sonrisas eran más
amplias que nunca. El hombre pareció aceptar las palabras del hijo como un cumplido, y
posó su mirada sobre la delicada jovencita. Probablemente nunca se había tropezado con
una de su clase, y resultaba imposible no advertir en sus ojos una sensualidad que se
reflejaba en el brillo de sus ojazos negros.
Montse Fernández comenzó a pensar que hubiera sido mejor no haber ido nunca a aquel lugar.
—Me gustaría enseñarte la macana que tiene mi padre
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—dijo el jovenzuelo, y, dicho y hecho, comenzó a desabrochar los pantalones de su
respetable progenitor.
Montse Fernández se cubrió los ojos e hizo ademán de marcharse. En el acto el hijo le interceptó
el paso, cortándole el acceso al camino.
—Me gustaría joderte —exclamó el padre con voz ronca—. A Tim también le
gustaría joderte, de manera que no debes irte. Quédate y serás jodida.
Montse Fernández estaba realmente asustada.
—No puedo -dijo—. De veras, debéis dejarme marchar. No podéis sujetarme así. No
me arrastréis. ¡Soltadme! ¿A dónde me lleváis?
Había una casita en un rincón del campo, y se encontraban ya a las puertas de la
misma. Un segundo después la pareja la había empujado hacia dentro, cerrando la puerta
detrás de ellos, y asegurándola luego con una gran tranca de madera.
Montse Fernández echó una mirada en derredor, y pudo ver que el lugar estaba limpio y lleno de
pacas de heno. También pudo darse cuenta de que era inútil resistir. Sería mejor estarse
quieta, y tal vez a fin de cuentas la pareja aquella no le haría daño. Advirtió, empero, las
protuberancias en las partes delanteras de los pantalones de ambos, y no tuvo la menor
duda de que sus ideas andaban de acuerdo con aquella excitación.
—Quiero que veas la yerga de mi padre ¡y también tienes que ver sus bolas!
Y siguió desabrochando los botones de la bragueta de su progenitor. Asomó el faldón
de la camisa, con algo debajo que abultaba de manera singular.
~¡Oh!, estate ya quieto, padre —susurró el hijo—. Déjale ver a la señorita tu macana.
Dicho esto alzó la camisa, y exhibió a la vista de Montse Fernández un miembro tremendamente
erecto, con una cabeza ancha como una ciruela, muy roja y gruesa, pero no de tamaño muy
fuera de lo común. Se encorvaba considerablemente hacia arriba, y la cabeza, dividida en
su mitad por la tirantez del frenillo, se inclinaba mucho más hacia su velludo vientre. El
arma era sumamente gruesa, bastante aplastada y tremendamente hinchada.
La joven sintió el hormigueo de la sangre a la vista de aquel miembro. La nuez era
tan grande como un huevo, regordeta, de color púrpura, y despedía un fuerte olor. El
muchacho hizo que se acercara, y que con su blanca manecita lo apretara.
—¿No le dije que era mayor que el mío? -siguió diciendo el jovenzuelo—. Véalo, el
mío ni siquiera se aproxima en tamaño al de mi padre.
Montse Fernández se volvió. El muchacho había abierto sus pantalones para dejar totalmente a la
vista su formidable pene. Estaba en lo cierto: no podía compararse en tamaño con el del
padre.
El mayor de los dos agarró a Montse Fernández por la cintura. También Tim intentó hacerlo, así
como meter sus manos por debajo de sus ropas. Entrambos la zarandearon de un lado a
otro, hasta que un repentino empujón la hizo caer sobre el heno. Su falda no tardó en volar
hacia arriba.
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El vestido de Montse Fernández era ligero y amplio, y la muchacha no llevaba calzones. Tan
pronto vio la pareja de hombres sus bien torneadas y blancas piernas, que dando un
resoplido se arrojaron ambos a un tiempo sobre ella. Siguió una lucha en la que el padre,
de más peso y más fuerte que el muchacho, llevó la ventaja. Sus calzones estaban caídos
hasta los talones y su grande y grueso carajo llegaba muy cerca del ombligo de Montse Fernández. Esta
se abrió de piernas, ansiosa de probarlo.
Pasó su mano por debajo y lo encontró caliente como la lumbre, y tan duro como una
barra de hierro. El hombre, que malinterpretó sus propósitos, apartó con rudeza su mano, y
sin ayuda colocó la punta de su pene sobre los rojos labios del sexo de Montse Fernández. Esta abrió lo
más que pudo sus juveniles miembros, y el campesino consiguió con varias estocadas
alojarlo hasta la mitad.
Llegado este momento se vio abrumado por la excitación y dejó escapar un terrible
torrente de fluido sumamente espeso. Descargó con violencia y, al tiempo de hacerlo, se
introdujo dentro de ella hasta que la gran cabeza dio contra su matriz, en el interior de la
cual virtió parte de su semen.
Me estás matando! —gritó la muchacha, medio sofocada—. ¿Qué es esto que
derramas en mi interior?
—Es la leche, eso es lo que es —observó Tim, que se había agachado para deleitarse
con la contemplación del espectáculo—. ¿No te dije que era bueno para joder?
Montse Fernández pensó que el hombre la soltaría, y que le permitiría levantarse, pero estaba
equivocada. El largo miembro, que en aquellos momentos se insertaba hasta lo más hondo
de su ser, engrosaba y se envaraba mucho más que antes.
El campesino empezó a moverse hacia adelante y hacía atrás, empujando sin piedad
en las partes íntimas de Montse Fernández a cada nueva embestida. Su gozo parecía ser infinito. La
descarga anterior hacía que el miembro se deslizara sin dificultades en los movimientos de
avance y retroceso, y que con la brusquedad de los mismos alcanzara las regiones más
blandas.
Poco a poco Montse Fernández llegó a un grado extremo de excitación. Se entreabrió su boca,
pasó sus piernas sobre las espaldas de el y se asió a las mismas convulsivamente. De esta
manera pudo favorecer cualquier movimiento suyo, y se deleitaba al sentir las fieras
sacudidas con que el sensual sujeto hundía su ardiente arma en sus entrañas.
Por espacio de un cuarto de hora se libró una batalla entre ambos. Montse Fernández se había
venido con frecuencia, y estaba a punto de hacerlo de nuevo, cuando una furiosa cascada
de semen surgió del miembro del hombre e inundó sus entrañas.
El individuo se levantó después, y retirando su carajo, que todavía exudaba las
últimas gotas de su abundante eyaculación, se quedó contemplando pensativamente el
jadeante cuerpo que acababa de abandonar.
Su miembro todavía se alzaba amenazador frente a ella, vaporizante aún por efecto
del calor de la vaina. Tim, con verdadera devoción filial, procedió a secarlo y a devolverlo,
hinchado todavía por la excitación a que estuvo sometido, a la bragueta del pantalón de su
padre.
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Hecho esto el joven comenzó a ver con ojos de carnero a Montse Fernández, que seguía acostada
en el heno, recuperándose poco a poco. Sin encontrar resistencia, se fue sobre ella y
comenzó a hurgar con sus dedos en las partes intimas de la muchacha.
Esta vez fue el padre quien acudió en su auxilio. Tomó en su mano el arma del hijo y
comenzó a pelarla, con movimientos de avance y retroceso, hasta que adquirió rigidez. Era
una formidable masa de carne que se bamboleaba frente al rostro de Montse Fernández.
—¡Que los cielos me amparen! Espero que no vayas a introducir eso dentro de mí —
murmuró Montse Fernández.
—Claro que si —contestó el muchacho con una de sus estúpidas sonrisas. Papá me la
frota y me da gusto, y ahora voy a joderte a ti.
El padre conducía en aquellos momentos el taladro hacia los muslos de la muchacha.
Su vulva, todavía inundada con las eyaculaciones que el campesino había vertido en su
interior, recibió rápidamente la roja cabeza. Tim empujó, y doblándose sobre ella introdujo
el aparato hasta que sus pelos rozaron la piel de Montse Fernández.
—¡Oh, es terriblemente larga! —gritó ella—. Lo tienes demasiado grande,
muchachito tonto. No seas tan violento. ¡Oh, me matas! ¡Cómo empujas! ¡No puedes ir
más adentro ya!
¡Con suavidad, por favor! Está totalmente dentro. Lo siento en la cintura. ¡Oh, Tim!
¡Muchacho horrible!
—Dáselo —murmuró el padre, al mismo tiempo que le cosquilleaba los testículos y
las piernas—. Tiene que caberle entero, Tim. ¿No es una belleza? ¡Qué coñito tan apretado
tiene! ¿no es así muchachito?
—¡Uf! No hables, padre, así no puedo joder.
Durante unos minutos se hizo el silencio. No se oía mas ruido que el que hacían los
dos cuerpos en la lucha entablada sobre el heno. Al cabo, el muchacho se detuvo. Su cara
jo, aunque duro como el hierro, y firme como la cera, no había expelido una sola gota, al
parecer. Lo extrajo completamente enhiesto, vaporoso y reluciente por la humedad.
—No puedo venirme —dijo, apesadumbrado.
—Es la masturbación —explicó el padre.
—Se la hago tan a menudo que ahora la extraña.
Montse Fernández yacía jadeante y en completa exhibición.
Entonces el hombre llevó su mano a la yerga de Tim, y comenzó a frotarla
vigorosamente hacia atrás y hacia adelante. La muchacha esperaba a cada momento que se
viniera sobre su cara.
Después de un rato de esta sobreexcitación del hijo, el padre llevó de repente la
ardiente cabeza de la yerga a la vulva de Montse Fernández, y cuando la introducía un verdadero diluvio
de esperma salió de ella, para anegar el interior de la muchacha. Tim empezó a retorcerse y
a luchar, y terminó por mordería en el brazo.
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Cuando hubo terminado por completo esta descarga, y el enorme miembro del
muchacho dejó de estremerse, el jovenzuelo lo retiró lentamente del cuerpo de Montse Fernández, y ésta
pudo levantarse.
Sin embargo, ellos no tenían intención de dejarla marchar, ya que, después de abrir la
puerta, el muchacho miró cautelosamente en torno, y luego, volviendo a colocar la tranca,
se volvió hacia Montse Fernández para decirle:
—Fue divertido, ¿no? —observó—, le dije que mi padre era bueno para esto.
—Si, me lo dijiste, pero ahora tienes que dejarme marchar. Anda, sé bueno.
Una mueca a modo de sonrisa fue su única respuesta.
Montse Fernández miró hacia el hombre y quedó aterrorizada al verlo completamente desnudo,
desprovisto de toda prenda de vestir, excepción hecha de su camisa y sus zapatos, y en un
estado de erección que hacía temer otro asalto contra sus encantos, todavía más terrible que
los anteriores.
Su miembro estaba literalmente lívido por efecto de la tensión, y se erguía hasta tocar
su velludo vientre. La cabeza había engrosado enormemente por efecto de la irritación
previa, y de su punta pendía una gota reluciente.
~¿Me dejarás que te joda de nuevo? —preguntó el hombre, al tiempo que agarraba a
la damita por la cintura y llevaba la mano de ella a su instrumento.
—Haré lo posible —murmuró Montse Fernández.
Y viendo que no podía contar con ayuda alguna, sugirió que él se sentara sobre el
heno para montarse ella a caballo sobre sus rodillas y tratar de insertarse la masa de carne
pardusca.
Tras de algunas arremetidas y retrocesos entró el miembro, y comenzó una segunda
batalla no menos violenta que la primera. Transcurrió un cuarto de hora completo. Al
parecer, era el de mayor edad el que ahora no podía lograr la eyaculación.
¡Cuán fastidiosos son!, pensó Montse Fernández.
—Frótamelo, querida —dijo el hombre, extrayendo su miembro del interior del
cuerpo de ella, todavía más duro que antes.
Montse Fernández lo agarró con sus manecitas y lo frotó hacia arriba y hacia abajo. Tras un rato
de esta clase de excitación, se detuvo al observar que el enorme pomo exudaba un chorrito
de semen. Apenas lo había encajado de nuevo en su interior, cuando un torrente de leche
irrumpió en su seno.
Alzándose y dejándose caer sobre él alternativamente, Montse Fernández bombeó hasta que él
hubo terminado por completo, después de lo cual la dejaron irse.
Al fin llegó el día; despuntó la mañana fatídica en la que la hermosa Julia Delmont
había de perder el codiciado tesoro que con tanta avidez se solicita por una parte, y tan
irreflexivamente se pierde por otra.
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Era todavía temprano cuando Montse Fernández oyó sus pasos en las escaleras, y no bien
estuvieron juntas cuando un millar de agradables temas de charla dieron pábulo a tina
conversación animada, hasta que Julia advirtió que habla algo que Montse Fernández se reservaba. En
efecto, su hablar animoso no era sino una mas-cara quc escondía algo que se mostraba
renuente a confiar a su compañera.
—Adivino que tienes algo qué decirme, Montse Fernández; algo que todavía no me dices, aunque
deseas hacerlo. ¿De qué se trata. Montse Fernández?
—¿No lo adivinas? —preguntó ésta, con una maliciosa sonrisa que jugueteaba
alrededor de los hoyuelos que se formaban junto a las comisuras de sus rojos labios.
—¿Será algo relacionado con el padre Ambrosio? —preguntó Julia—. ¡Oh, me siento
tan terriblemente culpable y apenada cuando le veo ahora, no obstante que él me dijo que
no había malicia en lo que hizo!
—No la había, de eso puedes estar segura. Pero, ¿qué fue lo que hizo?
—¡Oh, si te contara! Me dijo unas cosas.., y luego pasó su brazo en torno a mi cintura
y me besó hasta casi quitarme el aliento.
—¿Y luego? —preguntó Montse Fernández.
—¡Qué quieres que te diga, querida! Dijo e hizo mil cosas, ¡hasta llequé a pensar que
iba a perder la razón!
—Dime algunas de ellas, cuando menos.
—Bueno, pues después de haberme besado tan fuertemente, metió sus manos por
debajo de mis ropas y jugueteó con mis pies y con mis medias.., y luego deslizó su mano
más arriba.., hasta que creí que me iba a desvanecer.
— ¡Ah, picaruela! Estoy segura que en todo momento te gustaron sus caricias.
—Claro que si. ¿Cómo podría ser de otro modo? Me hizo sentir lo que nunca antes
había sentido en toda mi vida.
—Vamos, Julia, eso no fue todo. No se detuvo ahí, tú lo sabes.
—¡Oh, no, claro que no! Pero no puedo hablarte de lo que hizo después.
—¡Déjate de niñerías! —exclamó Montse Fernández, simulando estar m*****a por la reticencia de
su amiga—. ¿Por qué no me lo confiesas todo?
—Supongo que no tiene remedio, pero parecía tan escandaloso, y era todo tan nuevo
para mí, y sin embargo tan sin malicia... Después de haberme hecho sentir que moría por
efecto de un delicioso estremecimiento provocado con sus dedos, de repente tomó mi mano
con la suya y la posó sobre algo que tenía él, y que parecía como el brazo de un niño. Me
invitó a agarrarlo estrechamente. Hice lo que me indicaba, y luego miré hacía abajo y vi
una cosa roja, de piel completamente blanca y con venas azules, con una curiosa punta
redonda color púrpura, parecida a una ciruela. Después me di cuenta de que aquella cosa
salía entre sus piernas, y que estaba cubierta en su base por una gran mata de pelo negro y
rizado.
Julia dudó un instante.
—Sigue —le dijo Montse Fernández, alentándola.
—Pues bien; mantuvo mi mano sobre ella e hizo que la frotara una y otra vez. ¡Era
tan larga, estaba tan rígida y tan caliente!
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No cabía dudarlo, sometida como estaba a la excitación por parte de aquella pequeña
beldad.
—Después tomó mi otra mano y las puso ambas sobre aquel objeto peludo. Me
espanté al ver el brillo que adquirían sus ojos, y que su respiración se aceleraba, pero él me
tranquilizó. Me llamó querida niña, y, levantándose, me pidió que acariciara aquella cosa
dura con mis senos. Me la mostró muy cerca de mi cara.
—¿Fue todo? -preguntó Montse Fernández, en tono persuasivo.
—No, no. Desde luego, no fue todo; ¡pero siento tanta vergüenza...! ¿Debo
continuar? ¿Será correcto que divulgue estas cosas? Bien. Después de haber cobijado aquel
monstruo en mí seno por algún tiempo, durante el cual latía y me presionaba ardiente y
deliciosamente, me pidió que lo besara.
Lo complací en el acto. Cuando puse mis labios sobre él, sentí que exhalaba un
aroma sensual. A petición suya seguí besándolo. Me pidió que abriera mis labios y que
frotara la punta de aquella cosa entre ellos. Enseguida percibí una humedad en mi lengua y
unos instantes después un espeso chorro de cálido fluido se derramó sobre mi boca y bañó
luego mi cara y mis manos.
Todavía estaba jugando con aquella cosa, cuando el ruido de una puerta que se abría
en el otro extremo de la iglesia obligó al buen padre a esconder lo que me había confiado,
porque —dijo— la gente vulgar no debe saber lo que tú sabes, ni hacer lo que yo te he
permitido hacer”.
Sus modales eran tan gentiles y corteses, que me hicieron sentir que yo era
completamente distinta a todas las demás muchachas. Pero dime querida Montse Fernández, ¿cuáles
eran las misteriosas noticias que querías comunicarme? Me muero por saberlas.
—Primero quiero saber si el buen padre Ambrosio te habló o no de los goces... o
placeres que proporciona el objeto con el que estuviste jugueteando, y si te explicó alguna
de las maneras por medio de las cuales tales deleites pueden alcanzarse sin pecar.
—Claro que sí. Me dijo que en determinados casos el entregarse a ellos constituía un
mérito.
—Supongo que después de casarse, por ejemplo.
—No dijo nada al respecto, salvo que a veces el matrimonio trae consigo muchas
calamidades, y que en ocasiones es hasta conveniente la ruptura de la promesa
matrimonial.
Montse Fernández sonrió. Recordó haber oído algo del mismo tenor de los sensuales labios del
cura.
—Entonces, ¿en qué circunstancias, según él, estarían permitidos estos goces?
—Sólo cuando la razón se encuentra frente a justos motivos, aparte de los de
complacencia, y esto sólo sucede cuando alguna jovencita, seleccionada por los demás por
sus cualidades anímicas, es dedicada a dar alivio a los servidores de la religión.
—Ya veo —comenté Montse Fernández—. Sigue.
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—Entonces me hizo ver lo buena que era yo, y lo muy meritorio que sería para mí el
ejercicio del privilegio que me concedía, y que me entregara al alivio de sus sentidos y de
los de aquellos otros a quienes sus votos les prohibían casarse, o la satisfacción por otros
medios de las necesidades que la naturaleza ha dado a todo ser viviente. Pero Montse Fernández, tú
tienes algo qué decirme, estoy segura de ello.
—Está bien, puesto que debo decirlo, lo diré; supongo que no hay más remedio.
Debes saber, entonces, que el buen padre Ambrosio decidió que lo mejor para ti sería que
te iniciaras luego, y ha tomado medidas para que ello ocurra hoy.
—¡No me digas! ¡Ay de mí! ¡Me dará tanta vergüenza! ¡Soy tan terriblemente
tímida!
~¡Oh, no, querida! Se ha pensado en todo ello. Sólo un hombre tan piadoso y
considerado como nuestro querido confesor hubiera podido disponerlo todo en la forma
como la ha hecho. Ha arreglado las cosas de modo que el buen padre podrá disfrutar de
todas las bellezas que tu encantadora persona puede ofrecerle sin que tú lo veas a él, ni él
te vea a ti.
~¿Cómo? ¿Será en la oscuridad, entonces?
—De ninguna manera; eso impediría darle satisfacción al sentido de la vista, y
perderse el gran gusto de contemplar los deliciosos encantos en cuya posesión tiene puesta
su ilusión el querido padre Ambrosio.
—Tus lisonjas me hacen sonrojarme, Montse Fernández. Pero entonces, ¿cómo sucederán las
cosas?
—A plena luz —explicó Montse Fernández en el tono en que una madre se dirige a su hija—. Será
en una linda habitación de mi casa; se te acostará sobre un diván adecuado, y tu cabeza
quedará oculta tras una cortina, la que hará las veces de puerta de una habitación más
interior, de modo que únicamente tu cuerpo, totalmente desnudo, quede a disposición de tu
asaltante.
—¡Desnuda! ¡Qué vergüenza!
—¡Ah, Julia. mi dulce y tierna Julia! —murmuró Montse Fernández—, al mismo tiempo que un
estremecimiento de éxtasis recorría su cuerpo—. ¡ Pronto gozarás grandes delicias! ¡
Despertarás los goces exquisitos reservados para los inmortales, y te darás así cuenta de
que te estás aproximando al periodo llamado pubertad, cuyos goces estoy segura de que ya
necesitas!
—¡Por favor, Montse Fernández, no digas eso!
—Y cuando al fin —siguió diciendo su compañera, cuya imaginación la había
conducido ya a sueños carnales que exigían imperiosamente su satisfacción—, termine la
lucha, llegue el espasmo, y la gran cosa palpitante dispare su viscoso torrente de líquido
enloquecedor. . . ¡Oh! entonces ella sentirá el éxtasis, y hará entrega de su propia ofrenda.
—¿Qué es lo que murmuras?
Montse Fernández se levantó.
—Estaba pensando —dijo con aire soñador— en las delicias de eso de lo que tan mal
te expresas tú.
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Siguió una conversación en torno a minucias, y mientras la misma se desarrollaba,
encontré oportunidad para oír otro diálogo. no menos interesante para mí, y del cual, sin
embargo, no daré más que un extracto a mis lectores.
Sucedió en la biblioteca, y eran los interlocutores los señores Delmont y Verbouc.
Era evidente que había versado, por increible que ello pudiera parecer, sobre la entrega de
la persona de Montse Fernández al señor Delmont, previo pago de determinada cantidad, la cual
posteriormente sería invertida por el complaciente señor Verbouc para provecho de ‘su
querida sobrina
No obstante lo bribón y sensual que aquel hombre era, no podía dejar de sobornar de
algún modo su propia conciencia por el infame trato convenido.
—Sí —decía el complaciente y bondadoso tío—, los intereses de mi sobrina están
por encima de todo, estimado señor. No es que sea imposible un matrimonio en el futuro,
pero el pequeño favor que usted pide creo que queda compensado por parte nuestra —
como hombres de mundo que somos, usted me entiende, puramente como hombres de
mundo— por el pago de una suma suficiente para compensaría por la pérdida de tan frágil
pertenencia.
En este momento dejó escapar la risa, principalmente porque su obtuso interlocutor
no pudo entenderle.
Al fin se llegó a un acuerdo, y quedaron por arreglarse Únicamente los actos
preliminares. El señor Delmont quedó encantado, saliendo de su torpe y estólida
indiferencia cuando se le informó que la venta debía efectuarse en el acto, y que por
consiguiente tenía que posesionarse de inmediato de la deliciosa virginidad que durante
tanto tiempo anheló conquistar.
En el ínterin, el bueno y generoso de nuestro querido padre Ambrosio hacia ya algún
tiempo que se encontraba en aquella mansión, y tenía lista la habitación donde estaba
prevista la consumación del sacrificio.
Llegado este momento, después de un festín a título de desayuno, el señor Delmont
se encontró con que sólo existía una puerta entre él y la víctima de su lujuria. De lo que no
tenía la más remota idea era de quién iba a ser en realidad su víctima. No pensaba más que
en Montse Fernández.
Seguidamente dio vuelta a la cerradura y entró en la habitación, cuyo suave calor
templó los estimulados instintos sexuales que estaban a punto de entrar en acción,
¡Qué maravillosa visión se ofreció a sus ojos extasiados! Frente a él, recostado sobre
un diván y totalmente desnudo, estaba el cuerpo de una jovencita. Una simple ojeada era
suficiente para revelar que era una belleza, pero se hubieran necesitado varios minutos para
describirla en detalle, después de descubrir por separado cada una de sus deliciosas partes
sus bien torneadas extremidades, de proporciones infantiles; con Unos senos formados por
dos de las más selectas y blancas colinas de suave carne, coronadas con dos rosáceos
botones; las venas azules que corrían serpenteando aquí y allá, que se veían al través de
una superficie nacarada como riachuelos de fluido sanguíneo, y que daban mayor realce a
la deslumbrante blancura de la piel.
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Y además, ¡oh! además el punto central por el que suspiran los hombres: los
sonrosados y apretados labios en los que la naturaleza gusta de solozarse, de la que ella
nace y a la que vuelve: ¡la source! Allí estaba, a la vista, en casi toda su infantil perfección.
Todo estaba allí menos.., la cabeza. Esta importante parte se hacia notar por su
ausencia, y las suaves ondulaciones de la hermosa virgen evidenciaban que para ella no era
inconveniente que no estuviera a la vista.
El señor Delmont no se asombró ante aquel fenómeno, ya que había sido preparado
para él, así como para guardar silencio. Se dedicó, en consecuencia, a observar con deleite
los encantos que habían sido preparados para solaz suyo.
No bien se hubo repuesto de la sorpresa y la emoción causadas por su primera visión
de la beldad desnuda, comenzó a sentir los efectos provocados por el espectáculo en los
órganos sexuales que responden bien pronto en hombre de su temperamento a las
emociones que normalmente deben causarlos.
Su miembro, duro y henchido, se destacaba en su bragueta, y amenazaba con salir de
su confinamiento. Por lo tanto lo liberé permitiéndole a la gigantesca arma que apareciera
sin obstáculos, y a su roja punta que se irguiera en presencia de su presa.
Lector: yo no soy más que una pulga, y por lo tanto mis facultades de percepción son
limitadas. Por lo mismo carezco de capacidad para describir los pasos lentos y la forma
cautelosa en que el embelesado violador se fue aproximando gradualmente a su víctima.
Sintiéndose seguro y disfrutando esta confianza, el señor Delmont recorrió con sus
ojos y con sus manos todo el cuerpo. Sus dedos abrieron la vulva, en la que apenas había
florecido un ligero vello, en tanto que la muchacha se estremeció y contorsionaba al sentir
el intruso en sus partes más intimas, para evitar el manoseo lujurioso, con el recato propio
de las circunstancias.
Luego la atrajo hacia si, y posó sus cálidos labios en el bajo vientre y en los tiernos y
sensibles pezones de sus juveniles senos. Con mano ansiosa la tomó por sus ampulosas
caderas, y atrayéndola más hacia él le abrió las blancas piernas y se colocó en medio de
ellas.
Lector: acabo de recordarte que no soy más que una pulga. Pero aun las pulgas
tenemos sentimientos, y no trataré de explicarte cuáles fueron los míos cuando contemplé
aquel excitado miembro aproximarse a los prominentes labios de la húmeda vulva de Julia.
Cerré los ojos. Los instintos sexuales de la pulga macho despertaron en mi, y hubiera
deseado —si, lo hubiera deseado ardientemente— estar en el lugar del señor Delmont.
Mientras tanto, con firmeza y sin miramientos, él se dio a la tarea demoledora. Dando
un repentino brinco trató de adentrarse en las partes vírgenes de la joven Julia, falló el
golpe. Lo intentó de nuevo, y otra vez el frustrado aparato quedó tieso y jadeante sobre el
palpitante vientre de su víctima.
Durante este periodo de prueba Julia hubiera podido sin duda echar a rodar el
complot gritando más o menos fuerte, de no haber sido por las precauciones tomadas por el
prudente corruptor y sacerdote, el padre Ambrosio.
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Julia estaba narcotizada.
Una vez más Delmont se lanzó al ataque. Empujó con fuerza hacia adelante, afianzó
sus pies en el piso, se enfureció, echó espumarajos y... ¡por fin! la elástica y suave barrera
cedió, permitiéndole entrar. Dentro, con una sensación de éxtasis triunfal. Dentro, de modo
que el placer de la estrecha y húmeda compresión arrancó a sus labios sellados un gemido
de placer. Dentro, basta que su arma, enterrada hasta los pelos de su bajo vientre, quedó
instalada, palpitante y engruesando por momentos en la funda de ella, ajustada como un
guante.
Siguió entonces una lucha que ninguna pulga sería capaz de describir. Gemidos de
dicha y de sensaciones de arrobo escaparon de sus labios babeantes. Empujó y se inclinó
hacia adelante con los ojos extraviados y los labios entreabiertos, e incapaz de impedir la
rápida consumación de su libidinoso placer, aquel hombrón entregó su alma, y con ella un
torrente de fluido seminal que, disparado con fuerza hacia adentro, bañó la matriz de su
propia hija.
De todo ello fue testigo Ambrosio, que se escondió para presenciar el lujurioso
drama, mientras Montse Fernández, al otro lado de la cortina, estaba lista para impedir cualquier
comunicación hablada de parte de su joven visitante.
Esta precaución fue, empero, completamente innecesaria, ya que Julia, lo bastante
recobrada de los efectos del narcótico para poder sentir el dolor, se había desmayado.
Capítulo XI
TAN PRONTO COMO HUBO ACABADO EL COMBATE, y el vencedor,
levantándose del tembloroso cuerpo de la muchacha, Comenzó a recobrarse del éxtasis
provocado por tan delicioso encuentro, se corrió repentinamente la cortina, y apareció la
propia Montse Fernández detrás de la misma.
Si de repente una bala de cañón hubiera pasado junto al atónito señor Delmont, no le
habría causado ni la mitad de la consternación que sintió cuando, sin dar completo crédito
a sus ojos, se quedó boquiabierto contemplando, alternativamente, el cuerpo postrado de su
víctima y la aparición de la que creía que acababa de poseer.
Montse Fernández, cuyo encantador “negligée” destacaba a la perfección sus juveniles encantos,
aparentó estar igualmente estupefacta, pero, simulando haberse recuperado, dio un paso
atrás con una perfectamente bien estudiada expresión de alarma.
—¿Qué... qué es todo esto? —preguntó Delmont, cuyo estado de agitación le impidió
incluso advertir que todavía no había puesto orden en su ropa, y que aún colgaba entre sus
piernas el muy importante instrumento con el que acababa de dar satisfacción a sus
impulsos sexuales, todavía abotagado y goteante, plenamente expuesto entre sus piernas.
—¡Cielos! ¿Será posible que haya cometido yo un error tan espantoso? —exclamó
Montse Fernández, echando miradas furtivas a lo que constituía una atractiva invitación.
—Por piedad, dime de qué error se trata, y quién está ahí
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—clamó el tembloroso violador, señalando mientras hablaba la desnuda persona
recostada frente a él.
—¡Oh, retírese! ¡Váyase! —gritó Montse Fernández, dirigiéndose rápidamente hacia la muerta
seguida por el señor Delmont, ansioso de que se le explicara el misterio.
Montse Fernández se encaminó a un tocador adjunto, cerró la puerta, asegurándola bien, y se dejó
caer sobre un lujoso diván, de manera que quedaran a la vista sus encantos, al mismo
tiempo que simulaba estar tan sobrecogida de horror, que no se daba cuenta de la
indecencia de su postura.
—¡Oh! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? —sollozaba, con el rostro escondido entre
sus manos, aparentemente angustiada.
Una terrible sospecha cruzó como rayo por la mente de su acompañante, quien
jadeante y semiahogado por la emoción, indagó:
—¡Habla! ¿Quién era...? ¿Quién?
—No tuve la culpa. No podía saber que era usted el que habían traído para mí... y no
sabiéndolo.., puse a Julia en mi lugar.
El señor Delmont se fue para atrás, tambaleándose. Una sensación todavía confusa de
que algo horrible había sucedido se apoderó de su ser; un vértigo nubló su vista, y luego,
gradualmente, fue despertando a la realidad. Sin embargo, antes de que pudiera articular
una sola palabra, Montse Fernández —bien adiestrada sobre la forma en que tenía que actuar— se
apresuró a impedirle que tuviera tiempo de pensar.
—¡Chist! Ella no sabe nada. Ha sido un error, un espantoso error, y nada más. Si está
decepcionado es por culpa mía, no suya. Jamás me pasó por el pensamiento que pudiera
ser usted. Creo —añadió haciendo un lindo puchero, sin dejar por ello de lanzar una
significativa mirada de reojo al todavía protuberante miembro— que fue muy poco amable
de ellos no haberme dicho que se trataba de usted.
El señor Delmont tenía frente a él a la hermosa muchacha. Lo cierto era que,
independientemente del placer que hubiere encontrado en el i****to involuntario, se había
visto frustrado en su intención original, perdiendo algo por lo que había pagado muy buen
precio.
~¡Oh, si ellos descubrieran lo que he hecho! —murmuró Montse Fernández, modificando
ligeramente su postura para dejar a la vista una de sus piernas hasta la altura de la rodilla.
Los ojos de Delmont centellearon. A despecho suyo volvía a sentirse calmado; sus
pasiones a****les afloraban de nuevo.
—¡Si ellos lo descubrieran! —gimió otra vez Montse Fernández.
Al tiempo que lo decía, se medio incorporó para pasar sus lindos brazos en torno al
cuello del engañado padre.
El señor Delmont la estrechó en un firme abrazo.
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—¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? —susurró Montse Fernández, que con una mano había asido el
pegajoso dardo de su acompañante, y se entretenía en estrujarlo y moldearlo con su cálida
mano.
El cuitado hombre, sensible a sus toques y a todos sus encantos, y enardecido de
nuevo por la lujuria, consideró que lo mejor que le deparaba su sino era gozar su juvenil
doncellez.
—Si tengo que ceder —dijo Montse Fernández—, tráteme con blandura. ¡Oh, qué manera de
tocarme ¡Oh, quite de ahí esa mano! ¡Cielos! ¿Qué hace usted?
No tuvo tiempo más que para echar un vistazo a su miembro de cabeza enrojecida,
rígido y más hinchado que nunca, y unos momentos después estaba ya sobre ella.
Montse Fernández no ofreció resistencia, y enardecido por su ansia amorosa, el señor Delmont
encontró enseguida el punto exacto.
Aprovechándose de su posición ventajosa empujó violentamente con su pene todavía
lubricado hacia el interior de las tiernas y juveniles partes íntimas de la muchacha.
Montse Fernández gimió.
Poco a poco el dardo caliente se fue introduciendo más y más adentro, hasta que se
juntaron sus vientres, y estuvo él metido hasta los testículos.
Seguidamente dio comienzo una violenta y deliciosa batalla, en la que Montse Fernández
desempeñó a la perfección el papel que le estaba asignado, y excitada por el nuevo
instrumento de placer, se abandonó a un verdadero torrente de deleites. El señor Delmont
siguió pronto su ejemplo, y descargó en el interior de Montse Fernández una copiosa corriente de su
prolífica esperma.
Durante algunos momentos permanecieron ambos ausentes, bañados en la exudación
de sus mutuos raptos, y jadeantes por el esfuerzo realizado, hasta que un ligero ruido les
devolvió la noción del mundo. Y antes de que pudieran siquiera intentar una retirada, o un
cambio en la inequívoca postura en que se encontraban, se abrió la puerta del tocador y
aparecieron, casi simultáneamente, tres personas.
Estas eran el padre Ambrosio, el señor Verbouc y la gentil Julia Delmont.
Entre los dos hombres sostenían el semidesvanecido cuerpo de la muchacha, cuya
cabeza se inclinaba lánguidamente a un lado, reposando sobre el robusto hombro del padre,
mientras Verbouc, no menos favorecido por la proximidad de la muchacha, sostenía el
liviano cuerpo de ésta con un brazo nervioso, y contemplaba su cara con mirada de lujuria
insatisfecha, que sólo podría igualar la reencarnación del diablo. Ambos hombres iban en
desabillé apenas decente, y la infortunada Julia estaba desnuda, tal como, apenas un cuarto
de hora antes, había sido violentamente mancillada por su propio padre.
—¡Chist! —susurró Montse Fernández, poniendo su mano sobre los labios de su amoroso
compañero—. Por el amor de Dios, no se culpe a si mismo. Ellos no pueden saber quién
hizo esto. Sométase a todo antes que confesar tan espantoso hecho. No tendría piedad.
Estése atento a no desbaratar sus planes.
El señor Delmont pudo ver de inmediato cuán ciertos eran los augurios de Montse Fernández.
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—¡Ve, hombre lujurioso! —exclamó el piadoso padre Ambrosio—. ¡Contempla el
estado en que hemos encontrado a esta pobre criatura! Y posando su manaza sobre el
lampiño monte de Venus de la joven Julia, exhibió impúdicamente a los otros sus dedos
escurriendo la descarga paternal.
—¡Espantoso! —comentó Verbouc—. ¡Y si llegara a quedar embarazada!
—¡Abominable! —gritó el padre Ambrosio—. Desde luego tenemos que impedirlo.
Delmont gemiro
Mientras tanto., Ambrosio y su coadjutor introdujeron a su joven víctima en la
habitación, y comenzaron a tentar y a acariciar todo su cuerpo, y a dedicarse a ejecutar
todos los actos lascivos que preceden a la desenfrenada entrega a la posesión lujuriosa.
Julia, aún bajo los efectos del sedante que le habían administrado, y totalmente confundida
por el proceder de aquella virtuosa pareja, apenas se daba cuenta de la presencia de su
digno padre. que todavía se encontraba sujeto por los blancos brazos de Montse Fernández, y con su
miembro empotrado aún en su dulce vientre.
~¡Vean cómo corre la leche piernas abajo! —exclamó Verbouc, introduciendo
nerviosamente su mano entre los muslos de Julia—. ¡Qué vergüenza!
—Ha escurrido hasta sus lindos píececítos —observó Ambrosio, alzándole una de sus
bien torneadas piernas, con la pretensión de proceder al examen de sus finas botas de
cabritilla, sobre las que se podía ver más de una gota de líquido seminal, al mismo tiempo
que con ojos de fuego exploraba con avidez la rosada grieta que de aquella manera quedó
expuesta a su mirada.
Delmont gimió de nuevo.
—¡Oh. Dios qué belleza! —gritó Verbouc, dando una palmada en sus redondas
nalgas—. Ambrosio: proceda para evitar cualquier posible consecuencia de un hecho tan
fuera de lo común. Únicamente la emisión de un hombre vigoroso puede remediar una
situación semejante.
—Sí, es cierto, hay que administrársela —murmuró Ambrosio, cuyo estado de
excitación durante este intervalo puede ser mejor imaginado que descrito.
Su sotana se alzaba manifiestamente por la parte delantera, y todo su comportamiento
delataba sus violentas emociones.
Ambrosio se despojó de su sotana y dejó en libertad su enorme miembro, cuya
rubicunda e hinchada cabeza parecía amenazar a los cielos.
Julia, terriblemente asustada, inició un débil movimiento de huida mientras el señor
Verbouc, gozoso, la sostenía exhibiéndola en su totalidad.
Julia contempló por segunda vez el miembro terriblemente erecto de su confesor, y.
adivinando sus intenciones por razón de la experiencia de iniciación por la que acababa de
pasar, casi se desvaneció de pánico.
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Ambrosio, como sí tratara de ofender los sentimientos de ambos —padre e hija—
dejó totalmente expuestos sus tremendos órganos genitales, y agitó el gigantesco pene en
sus rostros.
Delmont, presa del terror, y sintiéndose en manos de los dos complotados, contuvo la
respiración y se refugió tras de Montse Fernández, la que, plenamente satisfecha por el éxito de la
trama, se dedicó a aconsejarle que no hiciera nada y les permitiese hacer su voluntad.
Verbouc, que había estado tentando con sus dedos las húmedas partes íntimas de la
pequeña Julia, cedió la muchacha a la furiosa lujuria de su amigo, disponiéndose a gozar
de su pasatiempo favorito de contemplar la violación.
El sacerdote, fuera de sí a causa de la lujuria que lo embargaba, se quitó las prendas
de vestir más íntimas, sin que por ello perdiera rigidez su miembro durante la operación y
procedió a la deliciosa tarea que le esperaba, “Al fin es mía”. murmuro.
Ambrosio se apoderó en el acto de su presa, pasó sus brazos en torno a su cuerpo, y
la levantó en vilo para llevar a la temblorosa muchacha al sofá próximo y lanzarse sobre su
cuerpo desnudo. Y se entregó en cuerpo y alma a darse satisfacción. Su monstruosa arma,
dura como el acero, tocaba ya la rajita rosada, la que, si bien había sido lubricada por el
semen del señor Delmont, no era una funda cómoda para el gigantesco pene que la
amenazaba ahora.
Ambrosio proseguía sus esfuerzos, y el señor Delmont sólo podía ver, mientras lz~
figura del cura se retorcía sobre el cuerpo de su hijita, una ondulante masa negra y sedosa.
Con sobrada experiencia para verse obstaculizado durante mucho rato, Ambrosio iba
ganando terreno, y era también lo bastante dueño de sí para no dejarse arrastrar demasiado
pronto por el placer, venció toda oposición, y un grito desgarrador de Julia anunció la
penetración del inmenso ariete.
Grito tras grito se fueron sucediendo hasta que Ambrosio, al fin firmemente enterrado
en el interior de la jovencita, advirtió que no podía ahondar más, y comenzó los deliciosos
movimientos de bombeo que habían de poner término a su placer, a la vez que a la tortura
de su víctima.
Entretanto Verbouc, cuya lujuria había despertado con violencia a la vista de la
escena entre el señor Delmont y su hija, y la que subsecuentemente protagonizaron aquel
insensato hombre y su sobrina, corrió hacia Montse Fernández y, apartándola del abrazo en que la tenía
su desdichado amigo, le abrió de inmediato las piernas, dirigió una mirada a su orificio, y
de un solo empujón hundió su pene en su cuerpo, para disfrutar de las más intensas
emociones, en una vulva ya bien lubricada por la abundancia de semen que había recibido.
Ambas parejas estaban en aquel momento entregadas a su delirante copulación, en un
silencio sólo alterado por los quejidos de la semiconsciente Julia, el estertor de la
respiración del bárbaro Ambrosio, y los gemidos y sollozos del señor Verbouc.
La carrera se hizo más rápida y deliciosa. Ambrosio, que a la fuerza había adentrado
en la estrecha rendija de la jovencita su gigantesco pene, hasta la mata de pelos negros y
rizados que cubrían su raíz, estaba lívido de lujuria. Empujaba. impelía y embestía con la
fuerza de un toro, y de no haber sido porque al fin la naturaleza la favoreció llevando su
éxtasis a su culminación, hubiera sucumbido a los efectos de tan tremenda excitación, para
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caer presa de un ataque que probablemente hubiera imposibilitado para siempre la
repetición de una escena semejante.
Un fuerte grito se escapó de la garganta de Ambrosio. Verbouc sabía bien lo que ello
representaba: se estaba viniendo. Su éxtasis sirvió para apresurar a la otra pareja, y un
aullido de lujuria llenó el ámbito mientras los dos monstruos inundaban a sus víctimas de
líquido seminal. Pero no bastó una, sino que fueron precisas tres descargas de la prolífica
esencia del cura en la matriz de la tierna joven, para que se apaciguara la fiebre de deseo
que había hecho presa de él.
Decir simplemente que Ambrosio había descargado, no daría una idea real de los
hechos. Lo que en realidad hizo fue arrojar verdaderos borbotones de semen en el interior
de Julia, en espesos y fuertes chorros, al tiempo que no cesaba de lanzar gemidos de éxtasis
cada vez que una de aquellas viscosas inyecciones corría a lo largo de su enorme uretra, y
fluían en torrentes en el interior del dilatado receptáculo. Transcurrieron algunos minutos
antes de que todo terminara, y el brutal cura abandonara su ensangrentada y desgarrada
víctima.
Al propio tiempo el señor Verbouc dejaba expuestos los abiertos muslos y la
embadurnada vulva de su sobrina, la cual yacía todavía en el soñoliento trance que sigue al
deleite intenso, despreocupada de la espesa exudación que, gota a gota, iba formando un
charco en el suelo, entre sus piernas enfundadas en seda.
—¡Ah, qué delicia! —exclamó Verbouc—. Después de todo, se encuentra deleite en
el cumplimiento del deber, ¿no es asi, Delmont?
Y volviéndose hacia el anhelado sujeto, continuó:
—Si el padre Ambrosio y yo mismo no hubiéramos mezclado nuestras humildes
ofrendas con la prolífica esencia que al parecer aprovecha usted tan bien, nadie hubiera
podido predecir qué entuerto habría acontecido. ¡Oh, sí!, no hay nada como hacer las cosas
debidamente, ¿no es cierto, Delmont?
—No lo sé; me siento enfermo, estoy como en un sueño, sin que por ello sea
insensible a sensaciones que me provocan un renovado deleite. No puedo dudar de su
amistad.., de que sabrán mantener el secreto. He gozado mucho, y sin embargo, sigo
excitado. No sabría decir lo que deseo. ¿Qué será, amigos míos?
El padre Ambrosio se aproximó, y posando su manaza sobre el hombro del pobre
hombre, le dio aliento con unas cuantas palabras susurradas en tono reconfortante.
Como una pulga que soy, no puedo permitirme la libertad de mencionar cuáles
fueron dichas palabras, pero surtieron el efecto de disipar pronto las nubes de horror que
obscurecían la vida del señor Delmont. Se sentó, y poco a poco fue recobrando la calma.
Julia, también recuperada ya, tomó asiento junto al fornido sacerdote, que al otro lado
tenía a Montse Fernández. Hacía ya tiempo que ambas muchachas se sentían más o menos a gusto. El
santo varón les hablaba como un padre bondadoso, y consiguió que el señor Delmont
abandonara su actitud retraída, y que este honorable hombre, tras una copiosa libación de
vino, comen-zara asimismo a sentirse a sus anchas en el medio en que se encontraba,
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Pronto los vigorizantes vapores del vino surtieron su efecto en el señor Delmont, que
empezó a lanzar ávidas miradas hacia su hija. Su excitación era evidente, y se manifestaba
en el bulto que se advertía balo sus ropas.
Ambrosio se dio cuenta de su deseo y lo alentó. Lo llevó junto a Julia. la que, todavía
desnuda, no tenía manera de ocultar sus encantos. Su padre la miró con ojos en los que
predominaba la lujuria. Una segunda vez ya no sería tan pecaminosa, pensó.
Ambrosio asintió con la cabeza para alentarlo, mientras Montse Fernández desabrochaba sus
pantalones para apoderarse de su rígido pene, y apretarlo dulcemente entre sus manos.
El señor Delmont entendió la posición, y pocos instantes después estaba encima de su
hija. Montse Fernández condujo el i****tuoso miembro a los rojos labios del sexo de Julia, y tras unos
empujones más, el semienloquecido padre había penetrado por completo en el interior del
cuerpo de su linda hija.
La lucha que siguió se vio intensificada por las circunstancias de aquella horrible
conexión. Tras de un brutal y rápido galope el señor Delmont descargó, y su hija recibió en
lo más recóndito de su juvenil matriz las culpables emisiones de su desnaturalizado padre.
El padre Ambrosio, en quien predominaba el instinto sexual, tenía otra debilidad más,
que era la de predicar. Lo hizo por espacío de una hora, no tanto sobre temas religiosos,
sino refiriéndose a otras cuestiones más mundanas, y que desde luego no suelen ser
sancionadas por la santa madre iglesia. En esta ocasión pronunció un discurso que me fue
imposible seguir, por lo que decidí echarme a dormir en la axila de Montse Fernández.
Ignoro cuánto tiempo más hubiera durado su disertación, pero como en aquel punto
la gentil Montse Fernández se posesionó de su enorme colgajo entre sus manecitas y comenzó a
cosquillearlo, el buen hombre se vio obligado a hacer una pausa, justificada por las
sensaciones despertadas por ella,
Verbouc, por su parte, que según se recordará lo único que codiciaba era un coño
bien lubricado, sólo se preocupaba por lo bien aceitadas que estaban las deliciosas partes
íntimas de la recién ganada para la causa, Julia. Además, la presencia del padre contribuía
a aumentar el apetito, en lugar de constituir un impedimento para que aquellos dos
libidinosos hombres se abstuvieran de gozar de los encantos de su hija. Y Montse Fernández, que
todavía sentía escurrir el semen de su cálida vulva, era presa de anhelos que las batallas
anteriores no habían conseguido apaciguar del todo.
Verbouc comenzó a ocuparse de nuevo de los infantiles encantos de Julia
aplicándoles lascivos toquecitos, pasando impúdicamente sus manos sobre las redondeces
de sus nalgas, y deslizando de vez en cuando sus dedos entre las colinas.
El padre Ambrosio, no menos activo, había pasado su brazo en torno a la cintura de
Montse Fernández, y acercando a él su semidesnudo cuerpo depositaba en sus lindos labios ardientes
besos.
A medida que ambos hombres se entregaban a estos jugueteos, el deseo se
comunicaba en sus armas, enrojecidas e inflamadas por efecto de los anteriores escarceos,
y firmemente alzadas con la amenazadora mira puesta en las jóvenes criaturas que estaban
en su poder.
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Ambrosio, cuya lujuria nunca requería de grandes incentivos, se apoderé bien pronto
de Montse Fernández. Esta se dejó ser acostada sobre el sofá que ya había sido testigo de dos encuentros
anteriores, donde, nada renuente, siguió por el contrario estimulando el desnudo y
llameante carajo. para permitirle después introducirse entre sus muslos, favoreciendo el
desproporcionado ataque lo más que le fue posible, hasta enterrar por entero en su húmeda
hendidura el terrible instrumento.
El espectáculo excité de tal modo los sentimientos del señor Delmont, que se hizo
evidente que no necesitaba ya de mayor estímulo para intentar un segundo coup una vez
que el cura hubiese terminado su asalto.
El señor Verbouc, que durante algún tiempo estuvo lanzando lascivas miradas a la
hija del señor Delmont, estaba también en condiciones de gozar una vez más. Reflexionaba
que las repetidas violaciones que ya había experimentado ella de parte de su padre y del
sacerdote, la habrían dejado preparada para la clase de trabajo que le gustaba realizar, y se
daba cuenta, tanto por la vista como por el tacto, de que sus partes intimas estaban
suficientemente lubricadas para dar satisfacción a sus más caros antojos, debido a las
violentas descargas que habían recibido.
Verbouc lanzó una mirada en dirección al cura, que en aquellos momentos estaba
entretenido en gozar de su sobrina, y acercándose después a la Montse Fernández Julia la colocó sobre
un canapé en postura idónea para poder hundir hasta los testículos su rígido miembro en el
delicado cuerpo de ella, lo que consiguió, aunque con considerable esfuerzo.
Este nuevo e intenso goce llevó a Verbouc a los bordes de la enajenación;
presionando contra la apretada vulva de la jovencita, que le ajustaba como un guante, se
estremecía de gozo de pies a cabeza.
—¡Oh, esto es el mismo cielo! —murmuró, mientras hundía su qran miembro hasta
los testículos pegados a la base del mismo.
~—¡Dios mío, qué estrechez! ¡Qué lúbrico deleite!
Y otra firme embestida le arrancó un quejido a la pobre Julia.
Entretanto el padre Ambrosio, con los ojos semicerrados, los labios entreabiertos y
las ventanas de la nariz dilatadas, no cesaba de batirse contra las hermosas partes íntimas
de la joven Montse Fernández, cuya satisfacción sexual denunciaban sus lamentos de placer.
—¡Oh, Dios mío! ¡Es... es demasiado grande... enorme vuestra inmensa cosa! ¡Ay de
mi, me llega hasta la cintura! ¡Oh! ¡Oh! ¡Es demasiado; no tan recio, querido padre!
¡Cómo empujáis! ¡Me mataréis! Suavemente.., más despacio. . . Siento vuestras grandes
bolas contra mis nalgas.
—¡Detente un momento! —gritó Ambrosio, cuyo placer era ya incontenible, y cuya
leche estaba a punto de vertirse—. Hagamos una pausa. ¿Cambiamos de pareja, amigo
mío? Creo que la idea es atractiva.
—¡No, oh, no! ¡Ya no puedo más! Tengo que seguir. Esta hermosa criatura es la
delicia en persona.
—Estate quieta, querida Montse Fernández, o harás que me venga. No oprimas mi arma tan
arrebatadoramente.
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—No puedo evitarlo, me matas de placer. Anda, sigue, pero suavemente. ¡Oh, no tan
bruscamente! No empujes tan brutalmente. ¡Cielos, va a venirse! Sus ojos se cierran, sus
labios se abren... ¡Dios mío! Me estáis matando, me descuartizáis con esa enorme cosa.
¡Ah! ¡Oh! ¡Veníos, entonces! Veníos querido.., padre... Ambrosio. Dadme vuestra ardiente
leche... ¡Oh! ¡Empujad ahora! ¡Más fuerte.., más.., matadme si así lo deseáis!
Montse Fernández pasó sus blancos brazos en torno al bronceado cuello de él, abrió lo más que
pudo sus blandos y hermosos muslos, y engulló totalmente el enorme instrumento, hasta
confundir y restregar su vello con el de su monte de Venus.
Ambrosio sintió que estaba a punto de lanzar una gran emisión directamente a los
órganos vitales de la criatura que se encontraba debajo de él.
—¡Empujad, empujad ahora! —gritó Montse Fernández, olvidando todo sentido de recato, y
arrojando su propia descarga entre espasmos de placer—. ¡Empujad... empujad... metedlo
bien adentro...! ¡Oh, sí de esa manera! ¡Dios mío, qué tamaño, qué longitud! Me estáis
partiendo en dos, bruto mío. ¡Oh, oh! ¡Os estáis viniendo. . . lo siento...! ¡Dios ..... . qué
leche! iOh, qué chorros!
Ambrosio descargaba furiosamente, como el semental que era, embistiendo con todas
sus fuerzas el cálido vientre que estaba debajo de él.
Al fin se levantó de mala gana de encima de Montse Fernández, la cual, libre de sus tenazas, se
volteó para ver a la otra pareja. Su tío estaba administrando una rápida serie de cortas
embestidas a su amiguita, y era evidente que estaba próximo al éxtasis.
Julia, por su parte, cuya reciente violación y el tremendo trato que recibió después a
manos del bruto de Ambrosio la habían lastimado y enervado, no experimentaba el menor
gusto, pero dejaba hacer, como una masa inerte en brazos de su asaltante.
Cuando al fin, tras algunos empujones más, Verbouc cayó hacia adelante al momento
de hacer su voluptuosa descarga, de lo único que ella se dio cuenta fue de que algo caliente
era inyectado con fuerza en su interior, sin que experimentara más sensaciones que las de
languidez y fatiga.
Siguió otra pausa tras de este tercer ultraje, durante la cual el señor Delmont se
desplomó en un rincón, y aparentemente se quedó dormido. Comenzó entonces una serie
de actividades eróticas. Ambrosio se recostó sobre el canapé, e hizo que Montse Fernández se
arrodillara sobre él con el fin de aplicar sus labios sobre su húmeda vulva, para llenarla de
besos y toques de lo más lascivo y depravado que imaginarse pueda.
El señor Verbouc, no queriendo ser menos que su compañero, jugueteó de manera
igualmente libidinosa con la inocente Julia. Después la tendieron sobre el sofá, y
prodigaron toda clase de caricias a sus encantos, no ocultando su admiración por su
lampiño monte de Venus, y los rojos labios de su coño juvenil.
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No tardaron en verse evidenciados sus deseos por el enderezamiento de dos rígidos
miembros, otra vez ansiosos de gustar placeres tan selectos y extáticos como los gozados
anteriormente.
Sin embargo, en aquel momento se puso en ejecución un nuevo programa. Ambrosio
fue el primero en proponerlo.
—Ya nos hemos hartado de sus coños —dijo crudamente, volviéndose hacia
Verbouc, que estaba jugueteando con los pezones de Montse Fernández—. Ahora veamos de qué están
hechos sus traseros. Esta adorable criatura sería un bocado digno del propio Papa, y Montse Fernández
tiene nalgas de terciopelo, y un culo digno de que un emperador se venga dentro de él.
La idea fue aceptada enseguida, y se procedió a asegurar a las víctimas para poder
llevarla a cabo. Resultaba monstruoso. y parecía imposible el poderlo consumar, a la vista
de la desproporción existente. El enorme miembro del cura quedó apuntando al pequeño
orificio posterior de Julia, en tanto que Verbouc amenazaba a su sobrina en la misma
dirección. Un cuarto de hora se consumió en los preparativos, y después de una espantosa
escena de lujuria y libertinaje, ambas jóvenes recibieron en sus entrañas los cálidos chorros
de las impías descargas.
Al fin la calma sucedió a las violentas emociones que habían hecho presa en los
actores de tan monstruosa escena, y la atención se fijó de nuevo en el señor Delmont.
Aquel digno ciudadano, como ya señalé anteriormente, se había retirado a un rincón
apartado, quedando al parecer vencido por el sueño, o embriagado por el vino, o tal vez por
ambas cosas.
—Está muy tranquilo —observó Verbouc.
—Una conciencia diabólica es mala compañía —observó el padre Ambrosio, con su
atención concentrada en el lavado de su oscilante instrumento.
—Vamos, amigo, llegó tu turno. He aquí un regalo para ti —siguió diciendo
Verbouc, al tiempo que mostraba en todo su esplendor, para darle el adecuado ambiente a
sus palabras, los encantos más íntimos de la casi insensible Julia—. Levántate y
disfrútalos. ¿Pero, qué ocurre con este hombre? ¡Cielos!, que... ¿qué es esto?
Verbouc dio un paso atrás.
El padre Ambrosio se inclinó sobre el desdichado Delmont para auscultar su corazón.
—Está muerto —dijo tranquilamente.
Efectivamente, había fallecido.
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Capitulo XII
LA MUERTE REPENTINA ES UN SUCESO COMUN, especialmente los casos de
personas cuyos antecedentes han hecho suponer la existencia de algún trastorno funcional,
de manera que la sorpresa pronto cede su lugar a los habituales testimonios de condolencia,
y luego a un estado de resignación a un suceso que nada tiene de extraño.
La transición puede expresarse de la siguiente manera:
—¿Quién iba a creerlo?
—¿Es posible?
—Siempre lo sospeché.
—¡Pobre amigo!
—Nadie debe sorprenderse.
Esta interesante fórmula fue debidamente aplicada cuando el infeliz señor Delmont
rindió su tributo a la madre tierra, como dice la frase común.
Una quincena después que el infortunado caballero hubo abandonado esta vida, todos
sus amigos estuvieron acordes en que desde hacia tiempo habían descubierto síntomas que
más tarde o más temprano tenían que resultar fatales. Casi se enorgullecían de su
perspicacia, aun cuando admitían reverentemente los inescrutables designios de la
providencia.
Por lo que hace a mí, seguía mi vida más o menos como de ordinario, salvo que se
me figuró que las piernas de Julia debían tener un saborcillo más picante que las de Montse Fernández,
y en consecuencia las sangré regularmente para mi sustento, por la mañana y por la noche.
Nada más natural que Julia pasara la mayor parte de su tiempo junto a su querida
amiga Montse Fernández, y que el sensual padre Ambrosio y su protector, el libidinoso pariente de mi
querida Montse Fernández, trataran de encontrar el momento oportuno para repetir las anteriores
experiencias con la joven y dócil muchacha.
Que asi fue puedo atestiguarlo bien, ya que mis noches fueron de lo más
desagradables e incómodas, siempre expuesta a interrupciones en mi reposo por las
incursiones de largos y peludos miembros por los vericuetos de las ingles en que me había
refugiado yo temporalmente, y siempre en peligro de yerme arrastrada por los
horriblemente espesos torrentes de viscoso semen a****l.
En resumen, la joven e impresionable Julia estaba completamente ahormada, y
Ambrosio y su amigo disfrutaban a sus anchas poseyéndola. Ellos habían alcanzado sus
objetivos. ¿Qué les importaban los sacrificios de ellos?
Mientras tanto, otros y muy distintos eran los pensamientos de Montse Fernández, a la que yo
había abandonado. Pero a la larga, sintiéndome hasta cierto punto asqueada por la
demasiada frecuencia con que me entregaba a la nueva dieta, resolví abandonar las medias
de la linda Julia, y retornar —revenir a mon mouton, como dicen los franceses— a la dulce
y suculenta alimentación de la salaz Montse Fernández.
Así lo hice, y voici le resultat:
Una noche Montse Fernández se acostó bastante más temprano que de costumbre. El padre
Ambrosio estaba ausente por haber sido enviado en misión a una apartada parroquia, y su
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querido y complaciente tío padecía un fuerte ataque de gota, padecimiento que en los
últimos tiempos lo aquejaba con relativa frecuencia.
La muchacha se había ya arreglado el cabello para pasar la noche, y se había también
desprovisto de algunas de sus ropas. Se estaba quitando su camisa de noche, la que tenía
que pasar por la cabeza, y en el curso de esta operación inadvertidamente se le cayeron los
calzones, dejando al descubierto, frente al espejo, las hermosas protuberancias y la
exquisita suavidad y transparencia de la piel de sus nalgas.
Tanta belleza hubiera enardecido a un anacoreta, pero ¡ay! no había en aquel
momento ningún asceta a la vista susceptible de enardecerse. En cuanto a mí, poco faltó
para que me quebrara la más larga de mis antenas, y me torciera mi pata derecha en sus
contorsiones por extraer la prenda por encima de su cabeza.
Llegados a este punto debo explicar que desde que el astuto padre David Brown se había
visto privado de gozar los encantos de Montse Fernández, renovó el bestial y nada piadoso juramento de
que, aunque fuere por sorpresa, se apoderaría de nuevo de la fortaleza que ya una vez había
sido suya. El recuerdo de su felicidad arrancaba lágrimas a sus sensuales ojitos, al tiempo
que, por reflejo, se distendía su enorme miembro.
David Brown formuló el terrible juramento de que jodería a Montse Fernández en estado natural,
según sus propias y brutales palabras, y yo, que no soy más que una pulga, las oí y
comprendí su alcance.
La noche era oscura y llovía. Ambrosio estaba ausente y Verbouc enfermo y
desamparado. Era forzoso que Montse Fernández estuviera sola. Todas estas circunstancias las conocía
bien David Brown, y obró en consecuencia. Alentado por sus recientes experiencias sobre la
geografía de la vecindad, se encaminó directamente a la ventana de la habitación de Montse Fernández,
y habiéndola encontrado como esperaba, sin correr el pestillo y. por lo tanto, abierta, entró
con toda tranquilidad y gateó hasta meterse debajo de la cama.
Desde este punto de vista David Brown contempló con pulso palpitante la toilette de la
hermosa Montse Fernández, hasta el momento en que comenzó a quitarse la camisa en la forma que ya
he descrito. Entonces pudo David Brown gozar de la vista de la muchacha en toda su
espléndida desnudez, y mugió ahogadamente como un toro.
En la posición yacente en que se encontraba no tenía dificultad alguna para ver de
cintura abajo la totalidad del cuerpo de ella y sus ojos se solazaban en la contemplación de
los globos gemelos que formaban sus nalgas, abriéndose y cerrándose a medida que la
muchacha retorcía su elástico cuerpo en el esfuerzo por pasar la camisa por encima de su
cabeza.
David Brown no pudo aguantar más tiempo; su deseo alcanzó el punto de ebullición, y
sin ruido pero prontamente, se deslizó fuera de su escondite para alzarse frente a ella, y sin
pérdida de tiempo abrazó el desnudo cuerpo con una de sus manos, mientras colocaba la
otra sobre sus rojos labios.
El primer impulso de Montse Fernández fue el de gritar, pero este recurso femenino le estaba
vedado. Su segunda idea fue desmayarse, y es por la que hubiera optado de no haber
mediado cierta circunstancia. Esta circunstancia era el hecho de que mientras el audaz
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asaltante la mantenía firmemente sujeta junto a él, algo duro, largo y caliente presionaba de
modo insistente entre sus suaves nalgas, y yacía palpitante entre la separación de ellas y a
lo largo de su espalda. En ese crítico momento los ojos de Montse Fernández tropezaron con la imagen
de él en el espejo de la cómoda, y reconocieron a sus espaldas el feo y abotagado rostro del
sensual sacerdote, coronado por un círculo de rebelde cabello rojo.
Montse Fernández comprendió la situación en un abrir y cerrar de ojos. Hacia ya casi una semana
que se había desprendido de los abrazos de Ambrosio y su tío, y tal hecho tuvo mucho que
ver, desde luego, en lo que siguió. Lo que hizo a partir de aquel momento fue puro
disimulo de la lasciva muchacha.
Se dejó caer suavemente de espaldas sobre la vigorosa figura del padre David Brown, y
creyendo este feliz individuo que realmente se desmayaba, al mismo tiempo que retiraba la
mano con que le cerraba la boca empleó ambos brazos para sostenerla.
La irresistible belleza de la persona que sostenía entre sus brazos llevó la excitación
de David Brown casi hasta la locura. Montse Fernández estaba prácticamente desnuda, y él deslizó sus
manos sobre su pulida piel, mientras su inmensa arma, ya rígida y distendida por efecto de
la impaciencia, palpitaba vigorosamente al contacto con la hermosa que tenía abrazada.
Tembloroso, David Brown acercó su rostro al de ella, e imprimió un largo y voluptuoso
beso sobre sus dulces labios.
Montse Fernández se estremeció y abrió los ojos.
David Brown renovó sus caricias.
—¡Oh! —exclamó lánguidamente—. ¿Cómo osáis venir aquí? ¡Por favor, soltadme
en el acto! ¡Es vergonzoso!
David Brown sonrió con aire de satisfacción. Siempre había sido feo, pero en aquel
momento resultaba verdaderamente odioso por su terrible lujuria.
—Así es —dijo—. Es una vergüenza tratar de esta manera a una muchacha tan linda,
¡pero es tan delicioso, vida mía!
Montse Fernández suspiró.
Más besos y un deslizamiento de manos sobre su desnudo cuerpo. Una mano grande
y tosca se posó sobre su monte de Venus, y un atrevido dedo, separando los húmedos
labios, se introdujo en el interior de la cálida rendija para tocar el sensible clítoris.
Montse Fernández cerró los ojos y dejó escapar otro suspiro, al propio tiempo que aquel sensible
órgano comenzaba a su vez a distenderse. En el caso de mi joven amiga no era en modo
alguno un órgano diminuto, ya que a causa del lascivo masaje del feo David Brown se alzó, se
puso rígido, y se asomó partiendo casi los labios por sí solo.
Montse Fernández estaba ardiendo, y el brillo del deseo se asomaba a sus ojos. Se había
contagiado, y lanzando una mirada a su seductor pudo ver la terrible mirada de lascivia
retratada en su rostro mientras jugueteaba con sus secretos encantos.
La muchacha se agitaba temblorosa; un ardiente deseo del placer del coito se
posesionó de ella, e incapaz de controlar por más tiempo sus afanes, llevó con rapidez su
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mano derecha hacia atrás para asir la inmensa arma que amenazaba sus nalgas, aunque no
pudo hacerlo en toda su envergadura.
Se encontraron las miradas de ambos; la lujuria ardía en ellas. Montse Fernández sonrió, David Brown
repitió su beso sensual, e introdujo en la boca de ella su inquieta lengua. La muchacha no
tardó en secundar sus lascivas caricias, y dejó el campo libre tanto a sus inquietas manos
como a sus cálidos besos. Poco a poco la atrajo hacia una silla, en la que se sentó Montse Fernández en
impaciente espera de lo que el sacerdote quisiera hacer después.
David Brown se quedó de pie frente a ella. Su sotana de seda negra, que le llegaba hasta
los talones, se alzaba prominente en la parte delantera; sus mejillas, al rojo vivo por la
violencia de sus deseos, sólo encontraban rival en sus encendidos labios, y su respiración
era agitada, como anticipo del éxtasis. Sabía que no tenía nada que temer y mucho que
gozar.
—Esto es demasiado —murmuró Montse Fernández—, ¡idos!
—Imposible, después de haberme tomado la m*****ia de entrar.
—Pero podéis ser descubierto, y entonces mi reputación estará arruinada.
—No es probable. Sabes que estamos completamente solos, y que no hay
probabilidad alguna de que nos m*****en. Además, eres tan deliciosa, chiquilla mía, tan
fresca, tan juvenil y tan hermosa, que. .. no retires la pierna; únicamente ponía mi mano
sobre tu suave muslo. El hecho es que quiero joderte, querida.
Montse Fernández pudo ver cómo el enorme bulto se enderezaba más.
—¡Qué obsceno sois! ¡Qué palabras empleáis!
—¿Lo crees así, mi niñita mimada? —dijo David Brown, tomando de nuevo el sensible
clítoris entre sus dedos pulgar e índice, para masajearlo convenientemente—. Me nacen
por el placer de sentir este coñito entreabierto que trata astutamente de esquivar mis
toques.
—¡Vergüenza debería daros! —exclamó Montse Fernández, riendo, empero, a su pesar.
David Brown se aproximó para inclinarse hacia ella y tomar su lindo rostro entre sus
manos. Al hacerlo, Montse Fernández pudo advertir que la sotana, casi levantada por la fuerza de los
deseos comunicados al miembro del padre, se encontraba a escasos centímetros del pecho
de ella, de modo que podía percibir los latidos que hacían que la prenda de seda negra
subiera y bajara alternativamente.
La tentación resultaba irresistible, y acabó por pasar su delicada manecíta por debajo
de las ropas del cura y subirla lo bastante más arriba para agarrar una gran masa peluda de
la que pendían dos bolas tan grandes como huevos de gallina.
—¡Oh, Dios mío! ¡Qué cosa tan enorme! —murmuró la muchacha.
—Toda llena de preciosa leche espesa —suspiró David Brown, mientras jugueteaba con
los dos lindos senos tan próximos a él.
Montse Fernández se acomodó mejor, y de nuevo atrapó con ambas manos el duro y tieso tronco
del enorme pene.
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—¡Qué espanto! ¡Este es un monstruo! —exclamó la lasciva muchacha—. ¡De veras
que es grande! ¡Qué tamaño el suyo!
—Si; ¿no es un buen carajo? —observó David Brown, adelantándose y alzando la sotana
para poder mostrar mejor el gigantesco miembro.
Montse Fernández no pudo resistir la tentación, y alzando todavía más las ropas del cura dejó el
pene en completa libertad y expuesto en toda su longitud.
Las pulgas no sabemos mucho de medidas de espacio y de tiempo, y por ello no
puedo daros las dimensiones exactas del arma en la que la muchacha tenía en aquellos
momentos puestos los ojos. Era, sin embargo, de proporciones gigantescas.
Tenía una gran cabeza roma y roja que emergía en el extremo de un largo tronco
parduzco. El agujero que se veía en su cima, que habitualmente es tan pequeño, era en el
caso que consideramos una verdadera grieta humedecida por el fluido seminal acumulado
ahí. A todo lo largo de aquel tronco corrían gruesas venas azules, y al pie del mismo crecía
una verdadera maraña de hirsutos pelos rojos. Dos grandes testículos colgaban debajo.
—¡Cielos! ¡Madre santa! —murmuró Montse Fernández, cerrando sus ojos al tiempo que les daba
un ligero apretón.
La ancha y roma cabeza, hinchada y enrojecida por efecto del exquisito cosquilleo de
la muchacha, se encontraba en aquel momento totalmente desnuda, y emergía tiesa, libre
de los pliegues de la piel que Montse Fernández restiraba hacia atrás de la gran columna blanca. Ella
jugueteaba gozosa con su adquisición, y cada vez retiraba más atrás la aterciopelada piel
del objeto que tenía entre sus manos.
David Brown suspiró.
—¡Qué deliciosa criatura eres! —dijo, mirándola con ojos centelleantes—. Tengo
que joderte enseguida o lo arrojaré todo sobre ti.
—¡No, no debéis desperdiciar ni una gota! —exclamó Montse Fernández—. Debéis estar muy
urgido para querer veniros tan pronto.
—No puedo evitarlo. Por favor estate quieta un momento me vendré.
—¡Qué cosa tan grande! ¿Cuánta leche dará?
David Brown se detuvo y susurró al oído de la muchacha algo que no pude oír.
— ¡Verdaderamente delicioso, pero es increíble!
—Es cierto, dame una oportunidad de probártelo. Estoy ansioso de hacerlo, lindura.
¡Míralo! ¡Tengo que joderte!
Blandió su monstruoso pene colocándolo frente a ella. Después lo inclinó hacia
abajo, para después soltarlo de repente. Saltó hacia arriba como un resorte, y al hacerlo se
descubrió espontáneamente, dejando paso a la roja nuez, que exudaba una gota de semen
por la uretra.
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Todo esto sucedió cerca de la cara de Montse Fernández, que sintió un sensual olorcillo emanado
del miembro, el que vino a incrementar el trastorno de sus sentidos. Continuó jugando con
el pene, y acariciándolo.
—Basta, te lo ruego, querida, o lo desperdiciaré todo en el aire.
Montse Fernández se estuvo quieta unos segundos, aunque asida con toda la fuerza de su mano al
carajo de David Brown.
Entretanto él se divertía en moldear con una de sus manos los juveniles senos de la
muchacha, mientras con los dedos de la otra recorría en toda su extensión su húmedo coño.
El jugueteo la enloqueció. Su clítoris se hinchó y devino caliente, se aceleró su respiración,
y las llamas del deseo encendieron su lindo rostro.
La nuez se endurecía cada vez más: brillaba ya como fruta en sazón. Al observar a
hurtadillas el feo y desnudo vientre del hombre, lleno de pelos rojos, y sus parduscos
muslos, velludos como los de un mono, Montse Fernández devino carmesí de lujuria. El gran pene, cada
vez más grueso, amenazaba los cielos y provocaba en su ser las más indescriptibles
emociones.
Excitada sobremanera, enlazó con sus brazos el vigoroso cuerpo del gran bruto y lo
cubrió de sensuales besos. Su misma fealdad incrementaba sus sensaciones libidinosas.
—No, no debéis desperdiciarlo; no permitiré que lo desperdiciéis
.
Después, deteniéndose por un instante, gimió con un peculiar acento de placer, y
bajando su complaciente cabeza abrió sus rosados labios para recibir de inmediato lo más
que pudo del lascivo manjar.
—¡Oh, qué delicia! ¡Cómo cosquilleas! ¡Qué... qué gusto me das!
—No os permitiré desperdiciarlo: beberé hasta la última gota —susurró Montse Fernández
apartando por un momento su cabeza de la reluciente nuez.
Después, bajándola de nuevo, posó sus labios, proyectados hacia adelante, sobre la
gran cabeza, y abriéndolos con delicadeza recibió entre ellos el orificio de la ancha uretra.
—¡Madre santa¡ —exclamó David Brown—. ¡Esto es el cielo! ¡Cómo voy a venirme! ¡
Dios mío, cómo lames y chupas!
Montse Fernández aplicó su puntiaguda lengua al orificio, y dio de lengüetazas a todos sus
contornos.
~¡Qué bien sabe! Tenéis que darme todavía una o dos gotas mas.
—No puedo seguir, no puedo —murmuraba el sacerdote, empujando hacia adelante
al mismo tiempo que con sus dedos cosquilleaba el endurecido clítoris de Montse Fernández, puesto al
alcance de su mano.
Después Montse Fernández tomó de nuevo entre sus labios la cabeza de aquella gran yerga, mas
no pudo conseguir que la nuez entrara en su boca por completo, tan monstruosamente
ancho era.
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Lamiendo y succionando, deslizando con lentos y deliciosos movimientos la piel que
rodeaba el rojo y sensible lomo de la tremenda yerga, Montse Fernández estaba provocando unos
resultados que ella sabía no iban a dilatar mucho en producirse.
—¡Ah, madre santa! ¡Casi me estoy viniendo! Siento.,. ¡Oh. chupa ahora! ¡Vas a
recibirlo!
David Brown alzó sus brazos al aíre, su cabeza cayó hacía atrás, abrió las piernas, se
retorcieron convulsivamente sus manos, quedaron en blanco sus ojos, y Montse Fernández sintió que un
fuerte espasmo recorría el monstruoso pene.
Momentos después fue casi derribada de espaldas por el chorro continuo que como
un torrente arrojaban los órganos genitales del cura y le corrían garganta abajo.
No obstante todos sus deseos y esfuerzos, la voraz muchacha no pudo evitar que un
chorro escapara por la comisura de sus labios cuando David Brown, fuera de sí por efecto del
placer, empujaba hacia adelante con sacudidas sucesivas, con cada una de las cuales
enviaba a la garganta de ella un nuevo chorro de leche. Montse Fernández resistió todos sus empellones,
y se mantuvo asida al arma de la que manaban aquellos borbotones, hasta que todo hubo
terminado.
—¿Cuánto dijisteis? —musitó ella—. ¿Una taza de té llena? Fueron dos.
—¡Adorable criatura! —exclamó David Brown cuando al fin pudo recuperar el aliento—.
¡Qué placer tan divino me proporcionaste! Ahora me toca a mí, y tienes que permitirme
examinar todas estas cositas tuyas que tanto adoro.
—¡Ah, qué delicioso fue! Estoy casi ahogada —comentó Montse Fernández—. ¡Cuán viscosa era!
¡Dios mío, qué cantidad!
—Sí, lindura. Te la prometí toda, y me excitaste de tal modo que de seguro recibiste
una buena dosis. Fluía a borbotones.
—Sí, efectivamente así fue.
—Ahora verás qué buena lamida te doy, y cuán deliciosa-. mente te joderé después.
Uniendo la acción a la palabra, el sensual cura se colocó entre los muslos de Montse Fernández,
blancos como la leche, y adelantando su cara hacia ellos introdujo su lengua entre los
labios de la roja grieta. Después, moviéndola en torno al endurecido clítoris, la obsequió
con un cosquilleo tan exquisito, que la muchacha difícilmente podía contener sus gritos.
—¡Oh, Dios mío! ¡Me chupas la vida! ¡Oh...! Estoy... ¡Voy a venirme! ¡Me. vengo!
Y con un repentino movimiento de avance hacia la activa lengua, Montse Fernández se vino
abundantemente en el rostro de David Brown, el que recibió lo más que pudo dentro de su
boca, con epicúreo deleite.
Después el cura se alzó. Su enorme pene, que se había apenas reblandecido, se
encontraba otra vez en tensión viril, y emergía ante él en estado de terrible erección.
Literalmente resoplaba de lujuria a la vista de la Montse Fernández y bien dispuesta muchacha.
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—Ahora tengo que joderte —le dijo al tiempo que la empujaba hacia la cama—.
Tengo que poseerte y darte una probada de esta yerga en tu cuerpecito. ¡Ah, qué jodida te
voy a dar!
Despojándose rápidamente de su sotana y sus prendas interiores, el gran bruto, cuyo
cuerpo estaba totalmente cubierto de pelo y de piel tan morena como la de un mulato, tomó
el frágil cuerpo de la hermosa Montse Fernández en sus musculosos brazos y lo depositó suavemente
sobre la cama. David Brown contempló por unos instantes su cuerpo tendido y palpitante,
mitad por efecto del deseo y mitad a causa del terror que le causaba la furiosa embestida.
Luego contempló con aire satisfecho su tremendo pene, erecto de lujuria, y subiéndose
presto al lecho se arrojó sobre ella y se cubrió con las ropas de la cama.
Montse Fernández, medio ahogada debajo del gran bruto peludo, sintió el tieso pene entre sus
piernas, y bajó la mano para tentarlo de nuevo.
—¡Cielos, qué tamaño! ¡Nunca me cabrá!
—Sí, claro que si: lo tendrás todo: entrará hasta los testículos, sólo que tendrás que
cooperar para que no te lastime.
Montse Fernández se ahorró la m*****ia de contestar, porque enseguida una lengua ansiosa penetró
en su boca hasta casi sofocarla.
Después pudo darse cuenta de que el sacerdote se había levantado poco a poco, y de
que la caliente cabeza de su gigantesco pene estaba tratando de abrirse paso a través de los
húmedos labios de su rosada rendija.
No puedo seguir adelante con el relato detallado de los actos preliminares. Se
llevaron díez minutos, pero al término de ellos el torpe David Brown estaba enterrado hasta los
testículos en el lindo cuerpo de la joven, que, con sus suaves piernas enlazadas sobre la
espalda del moreno sacerdote, recibía las caricias de éste, que se solazaba sobre su víctima,
y daba comienzo a los lascivos movimientos que habían de conducirle a desembarazarse de
su ardiente fluido.
Veinticinco centímetros, cuando menos, de endurecido músculo habían calado las
partes íntimas de la jovencita, y palpitaban en el interior de ellas, al propio tiempo que una
mata de pelos hirsutos frotaba el delicado monte de la infeliz Montse Fernández.
—¡Oh, Dios mío! ¡Cómo me lastimáis! —se quejó ella—. -Cielos! ¡Me estáis
descuartizando!
David Brown inició un movimiento.
—¡No lo puedo aguantar! ¡Realmente está demasiado grande! ¡Oh! ¡Sacadlo! ¡Ay,
qué embestidas!
David Brown empujó sin piedad dos o tres veces.
—Aguarda un momento, diablita; sólo hasta que te ahogue con mi leche. ¡Oh, cuán
estrecha eres! ¡Parece que me estás sorbiendo la yerga! ¡Al fin! ahora está dentro, ya es
todo tuvo.
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—¡Piedad, por favor!
David Brown embistió duro y rápido, empujón tras empujón al mismo tiempo que giraba
y se contorsionaba sobre el muelle cuerpo de la muchacha, y sufría un verdadero ataque de
lujuria. Su enorme pene amenazaba estallar por la intensidad de su placer y el
enloquecedor deleite del momento.
—Ahora por fin te estoy jodiendo.
— ¡Jodedme! —Murmuró Montse Fernández, abriéndose todavía más de piernas, a medida que la
intensidad de las sensaciones se iban posesionando de su persona—. ¡Jodedme bien! ¡Más
duro!
Y con un hondo gemido de placer inundó a su brutal violador con una copiosa
descarqa, al propio tiempo que se arrojaba hacia adelante para recibir una formidable
embestida del hombre.
Las piernas de Montse Fernández se flexionaban espasmódicamente cuando David Brown se lanzó
entre ellas, siguió metiendo y sacando su largo y ardiente miembro entre las mismas, con
movimientos lujuriosos. Algunos suspiros mezclados con besos de los apretados labios del
lascivo invasor; unos quejidos de pacer y las rápidas vibraciones del armazón de la cama,
todo ello denunciaba la excitación de la escena.
David Brown no necesitaba incentivos. La eyaculación de su complaciente compañera le
había proporcionado el húmedo medio que deseaba, y se aprovechó del mismo para iniciar
una serie de movimientos de entrada y salida que causaron a Montse Fernández tanto placer como dolor.
La muchacha lo secundó con todas sus fuerzas. Atiborrada por completo, suspiraba
hondo y se estremecía bajo sus firmes embestidas. Su respiración se convirtió en un
estertor; se cerraron sus-ojos por efecto del brutal placer que experimentaba en un casi
ininterrumpido espasmo de la emisión. Las posaderas de su rudo amante se abrían y
cerraban a cada nuevo esfuerzo que hacia para asestar estocadas en el cuerpo de la linda
chiquilla.
Después de mucho batallar se detuvo un momento.
— Ya no puedo aguantar más, me voy a venir. Toma mi leche, Montse Fernández. Vas a recibir
torrentes de ella, ricura.
Montse Fernández lo .sabía. Todas las venas de su monstruoso cara jo estaban henchidas a su
máxima tensión. Resultaba insoportablemente grande. Parecía el gigantesco miembro de
un asno.
David Brown empezó a moverse de nuevo. De sus labios caía la saliva. Con una
sensación de éxtasis, Montse Fernández esperaba la corriente seminal.
David Brown asestó uno o dos golpes cortos, pero profundos, lanzó un gemido y se
quedó rígido, estremeciéndose sólo ligeramente de pies a cabeza, y a continuación salió de
su yerga un tremendo chorro de semen que inundó la matriz de la jovencita. El gran bruto
enterró su cabeza en las almohadas, hizo un postrer esfuerzo para adentrarse más en ella,
apoyándose con los pies en el pie de la cama.
—¡Oh, la leche! —chilló Montse Fernández—. ¡La siento! ¡Qué torrente! ¡Oh, dádmela! ¡Padre
santo, qué placer!
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~¡Ahí está! ¡Tómala! -grító el cura mientras, tras el primer chorro arrojado en el
interior de ella, embestía de nuevo salvajemente hacia adentro, enviando con cada empujón
un nuevo torrente de cálida leche.
~¡Oh, qué placer!
Aun cuando Montse Fernández había anticipado lo peor, no tuvo idea de la inmensa cantidad de
semen que aquel hombre era capaz de emitir. La arrojaba hacia fuera en espesos
borbotones que iban a estrellarse contra su misma matriz.
—¡Oh, me estoy viniendo otra vez!
Y Montse Fernández se hundió semidesfallecida bajo el robusto hombre, mientras su ardiente
fluido seguía inundándola con sus chorros viscosos.
Otras cinco veces, aquella misma noche, Montse Fernández recibió el contenido de los grandes
testículos de David Brown, y de no haber sido porque la claridad del día les advirtió que era
tiempo de que él se marchara, hubieran empezado de nuevo.
Cuando el astuto David Brown abandonó la casa y se apresuró a retirarse a su humilde
celda, amaneciendo ya, se vio forzado a admitir que había llenado su vientre de
satisfacción, de la misma manera que Montse Fernández vio inundadas de leche sus entrañas. Y suerte
tuvo la jovencita de que sus dos protectores estuvieran incapacitados, porque de otra
manera habrían descubierto, por el lastimoso estado en que se encontraban sus juveniles
partes intimas, que un intruso había traspasado los umbrales de las mismas.
La juventud es elástica, todo el mundo lo sabe. Y Montse Fernández era muy joven y muy elástica.
Si vosotros hubieseis visto la inmensa máquina de David Brown, lo habríais aseverado
conmigo Su elasticidad natural le permitió admitir no sólo la introducción de aquel ariete,
sino también dejar de sentir la menor m*****ia al cabo de un par de días.
Tres días después de este interesante episodio regresó el padre Ambrosio. Una de sus
primeras preocupaciones fue buscar a Montse Fernández. Al encontrarla la invitó a entrar en un boudoir.
—¡Vela! —gritó, mostrándole su instrumento, inflamado y en actitud de presentar
armas—. No he tenido distracción alguna durante una semana, y mi yerga está que arde,
querida Montse Fernández.
Dos minutos después, la cabeza de Montse Fernández reposaba sobre la mesa del departamento
mientras que, con la ropa recogida sobre su espalda, dejaba al descubierto sus turgentes
nalgas, las que el lascivo cura golpeó vigorosamente con su largo miembro, después de
haber solazado su vista en la contemplación de sus rollizas nalgas.
Tras otro minuto ya su instrumento se había introducido en el coño por detrás, basta
aplastar contra las posaderas el negro y rizado pelo de la base. Tras sólo unas cuantas
embestidas arrojó borbotones de leche hasta la cintura de ella.
El buen padre estaba demasiado excitado por la larga abstinencia para que con sólo
esto perdiera rigidez su miembro, por lo que retiró aquel instrumento propio de un
semental, todavía resbaladizo y vaporoso, para llevarlo al pequeño orificio situado entre el
par de deliciosas nalgas de su amiga. Montse Fernández le ayudó y, dado lo bien aceitado como estaba,
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se deslizó hacia adentro, para no tardar en obsequiar a la muchacha con otra tremenda
dosis procedente de sus prolíficos testículos. Montse Fernández sintió la ardiente descarga, y recibió
gustosa la cálida leche proyectada contra sus entrañas. Después la puso de espaldas sobre
la mesa y le succionó el clítoris por espacio de un cuarto de hora, obligándola a venirse dos
veces en su boca. A continuación la jodió en la forma natural.
Acto seguido se retiró Montse Fernández a su habitación para lavarse, y tras un ligero descanso se
puso su vestido de calle y se fue.
Aquella noche se informó que el señor Verbouc había empeorado. El ataque había
alcanzado regiones que fueron motivo de alarma para su médico de cabecera. Montse Fernández le
deseó a su tío que pasara una buena noche y se retiró a su habitación.
Julia se había instalado en la alcoba de Montse Fernández para pasar la noche, y ambas
muchachas, para aquel entonces ya bien enteradas de la naturaleza y las propiedades del
sexo masculino, estaban recostadas intercambiando ideas y aventuras.
—Pensé que iba a morir —dijo Julia— cuando el padre Ambrosio introdujo su cosa
grande y fea muy adentro de mi pobre cuerpo, y cuando acabó creí que le había dado un
ataque, y no podía entender qué era aquella cosa viscosa, aquella sustancia caliente que
arrojaba dentro de mí. ¡Oh!
—Entonces, querida, comenzaste a sentir la fricción en tu sensible cosita, y la
caliente leche del padre Ambrosio brotó a chorros, cubriéndolo todo.
—Si, así fue, y todavía me siento inundada cuando lo hace.
—¡Silencio! ¿No oíste?
Ambas muchachas se levantaron y se pusieron a escuchar. Montse Fernández, más habituada a las
características de su alcoba de lo que pudiera estarlo Julia, concentró su atención en la
ventana. En el momento de hacerlo el postigo cedió gradualmente, y apareció la cabeza de
un hombre.
Julia descubrió también al aparecido y estuvo a punto de gritar, pero Montse Fernández le hizo una
seña para que guardara silencio.
—¡Chist! No te alarmes —susurró Montse Fernández—. No nos quiere comer; sólo que es
indebido m*****arle a una de tan cruel manera.
—¿Qué quiere? —preguntó Julia, semiescondiendo su linda cabeza entre sus prendas
de dormir, pero sin dejar de observar con ojo atento al intruso.
Durante esta breve conversación el hombre se estuvo preparando para entrar en la
alcoba, y habiendo ya abierto lo bastante la ventana para poder hacerlo, deslizó su amplia
humanidad al través de la abertura. Al poner pie en el piso de la habitación quedaron al
descubierto la voluminosa figura y las feas facciones del sensual padre David Brown.
—¡Madre santa, un cura! —exclamó la joven huésped de Montse Fernández—. ¡Y bien gordo por
cierto! ¡Oh Montse Fernández! ¿Qué quiere?
—Pronto lo sabremos —susurró la otra.
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Entretanto David Brown se había aproximado a la cama.
—¿Qué? ¿Será posible? ¿Un doble agasajo? —exclamó él—. ¡ Encantadora Montse Fernández! Es
realmente un placer inesperado.
—¡Qué vergüenza, padre David Brown!
Julia había desaparecido bajo las ropas de la cama.
En dos minutos se despojó el cura de sus vestimentas, y sin esperar a que se le
invitara a hacerlo, se lanzó como rayo sobre la cama.
—¡Oh! —gritó Julia—. ¡Me está tentando!
— ¡Ah, sí! Las dos seremos bien manoseadas, te lo aseguro
—murmuró Montse Fernández al sentir la enorme arma de David Brown presionando su espalda—.
¡Que vergonzoso comportamiento el de usted, al entrar sin nuestro permiso!
—En tal caso, ¿puedo entrar, preciosidad? —repuso el cura, al tiempo que ponía en
manos de Montse Fernández su tieso instrumento.
—Puede quedarse, puesto que ya está dentro.
—Gracias —murmuro David Brown, apartando las piernas de Montse Fernández e insertando la
enorme cabeza de su pene entre ellas.
Montse Fernández sintió la estocada, y mecánicamente pasó sus brazos en torno al dorso de Julia.
David Brown empujó de nuevo, pero Montse Fernández se escabulló de un brinco. Se levantó, y
apartando las ropas de la cama dejó al descubierto el peludo cuerpo del sacerdote y la
gentil figura de su compañera.
Julia se volvió instintivamente y se encontró con que, apuntando en línea recta a su
nariz, se enderezaba el rígido pene del buen padre, que parecía próximo a estallar a causa
de la lujuria despertada en su poseedor por la compañía en que se encontraba.
—Tiéntalo —susurró Montse Fernández.
Sin atemorizarse, Julia lo agarró con su blanca manita.
—¡Cómo late! Se va haciendo cada vez mayor, a fe mía. Ambas muchachas se
bajaron entonces de la cama, y ansiosas por divertirse comenzaron a estrujar y a frotar el
voluminoso pene del sacerdote, hasta que éste estuvo a punto de venirse.
— ¡ Esto es el cielo! —dijo el padre David Brown con la mirada perdida, y un ligero
movimiento convulsivo en sus dedos que denotaba su placer.
—Basta, querida, de lo contrario se vendrá —observó Montse Fernández, adoptando un aire de
persona experimentada, al que creía tener derecho, según ella, en virtud de sus anteriores
relaciones con el monstruo.
Por su parte, el padre David Brown no estaba dispuesto a desperdiciar sus disparos
cuando estaban a su alcance dos objetivos tan lindos.
Permaneció inactivo durante el manoseo al que las muchachas sometieron su pene,
pero ahora había atraído suavemente hacia si a la joven Julia, para alzarle la camisa y dejar
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a la vista todos sus secretos encantos. Deslizó sus ansiosas manos en torno a los adorables
muslos y las nalgas de la muchacha, y con los pulgares abrió después la rosada vulva, para
introducir su lasciva lengua en su interior, y besarla en forma por demás excitante en la
misma matriz.
Julia no podía permanecer insensible a este tratamiento y cuando al fin, tembloroso
de deseo y de desenfrenada lujuria, el osado cura la puso de espaldas sobre la cama, abrió
sus juveniles muslos y le permitió ver los sonrosados bordes de su bien ajustada rendija.
David Brown se metió entre sus piernas, y adelantándose hacia ella mojó la gruesa punta de su
miembro en los húmedos labios del coño. Montse Fernández prestó entonces su ayuda, y tomando entre
sus manos el inmenso pene, le descubrió y encaminó adecuadamente hacia el orificio.
Julia contuvo el aliento y se mordió los labios. David Brown asestó una violenta
estocada. Julia, brava como una leona, aguantó el golpe, y la cabeza se introdujo. Más
empujones, mayor presión, y en menos tiempo que toma para escribirlo Julia había
engullido totalmente el enorme pene del sacerdote.
Una vez cómodamente posesionado de su cuerpo, David Brown inició una serie de
rítmicas embestidas a fondo, y Julia, presa de sensaciones indescriptibles, echó hacia atrás
la cabeza, y se cubrió el rostro con una mano mientras con la otra se asía de la cintura de
Montse Fernández.
—¡Oh, es enorme, pero qué gusto me da!
— ¡ Está completamente dentro! ¡ Se ha enterrado hasta las bolas! —exclamó Montse Fernández.
—¡Ah! ¡Qué delicia! ¡Voy a venirme! ¡No puedo aguantar! ¡Su vientre es como
terciopelo! ¡Toma! ¡Toma esto!
Aquí siguió una feroz embestida.
—¡Oh! —exclamó Julia.
En aquel momento se le ocurrió una fantasía al libidinoso gigante, y extrayendo el
vaporizante miembro de las partes íntimas de Julia. se lanzó entre las piernas de Montse Fernández y lo
alojó en el interior de su deliciosa vulva. El palpitante objeto se metió muy adentro de su
juvenil coño, mientras el propietario del mismo babeaba de gusto por la tarea a que estaba
entregado.
Julia veía asombrada la aparente facilidad con que el padre hundía su gran yerga en el
interior del blanco cuerpo de su amiga.
Tras de pasar un cuarto de hora en esta erótica postura, tiempo en el cual Montse Fernández
oprimió al padre contra su pecho y rindió por dos veces su cálido tributo sobre la cabeza de
la enorme vara, una vez más se retira David Brown, y buscó calmar el ardor que le consumía
derramando su caliente leche en el interior de la delicada personita de Julia.
Tomó a la damita entre sus brazos, de nuevo se montó sobre su cuerpo, y sin gran
dificultad, presionando su ardiente yerga contra el suave coño de ella, se dispuso a
inundarlo con una lasciva descarga.
Siguió una furiosa serie de estocadas rápidas pero profundas, al final de las cuales
David Brown, al tiempo que dejaba escapar un hondo suspiro, empujó hasta lo más hondo de
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la delicada muchacha, y comenzó a vomitar en su interior un verdadero diluvio de semen.
Chorro tras chorro brotaba de su pene mientras él, con los ojos en blanco y los labios
temblorosos, llegaba al éxtasis.
La excitación de Julia había alcanzado su máximo, y se sumó al goce de su violador
en el paroxismo final, a un grado de terrible enajenación que no hay pulga capaz de
describir.
Las orgías que siguieron en esta lasciva noche fueron algo que excede también mis
capacidades narrativas. Tan pronto como David Brown se hubo recobrado de su primera
eyaculación, anunció con palabras de grueso calibre su propósito de gozar de Montse Fernández. Y,
dicho y hecho, puso inmediatamente manos a la obra.
Durante un largo cuarto de hora permaneció enterrado hasta los pelos en el coño de
ella, conteniéndose hasta que la naturaleza se impuso, para que Montse Fernández recibiera la descarga
en su matriz.
El padre sacó su pañuelo de Holanda, con el que enjugó los chorreantes coños de
ambas beldades. Entonces las dos muchachas asieron el miembro del sacerdote, y le
aplicaron tantos tiernos y lascivos toques que excitaron de nuevo el fogoso temperamento
del sacerdote, hasta el punto de lograr infundirle nuevas fuerzas y virilidad imposibles de
describir. Su enorme pene, enrojecido y engrosado en virtud de los ejercicios anteriores,
veía amenazador a la pareja que lo manoseaba llevándolo ora a un lado, ora a otro. Varias
veces Montse Fernández chupó la enardecida cabeza y cosquilleó con la punta de su lengua el orificio
de la uretra.
Esta era, por lo visto, una de las formas favoritas de gozar de David Brown. ya que
rápidamente introdujo lo más que pudo la cabeza de su gran yerga en la boca de la
muchacha.
Después las hizo rodar una y otra vez, desnudas tal como vinieron al mundo, pegando
sus gruesos labios en sus chorreantes coños, una y otra vez. Besó ruidosamente y manoteó
las redondeces de sus nalgas, introduciendo de vez en cuando uno de sus dedos en los
orificios de los culos.
Luego David Brown y Montse Fernández, ambos a una, convencieron a Julia para que le permitiera al
padre meter en su boca la punta de su pene, y tras un buen rato de cosquillear y excitar al
monstruoso carajo, vomitó tal torrente en la garganta de la muchacha, que casi la ahogó.
Siguió un corto intervalo, y de nuevo el inusitado hecho de poder gozar de dos
muchachas tan tentadoras y espirituales despertó todo el vigor de David Brown.
Colocándolas una junto a otra comenzó a introducir su miembro alternativamente en
cada una, y tras de algunas brutales embestidas lo retiraba de un coño para meterlo en el
otro. Después se tumbó sobre su espalda, y atrayendo a las muchachas sobre él le chupó el
coño a una mientras la otra se enterraba en su yerga hasta juntarse los pelos de ambos
cuerpos. Una y otra vez arrojó en el interior de ellas su prolífica esencia.
Sólo el alba puso término a aquellas escenas de orgía.
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Mientras tales escenas se desarrollaban en aquella casa, otra muy diferente tenía lugar
en la alcoba del señor Verbouc, y cuando tres días más tarde el padre Ambrosio regresaba
de otra de sus ausencias, encontró a su amigo y protector al borde de la muerte.
Unas pocas horas bastaron para poner término a la vida y aventuras de tan excéntrico
caballero.
Después de su deceso su viuda, que nunca se distinguió por sus luces intelectuales,
comenzó a presentar síntomas de locura, y en el paroxismo de su desvarío nunca dejaba de
llamar al sacerdote. Pero cuando en cierta ocasión un anciano y respetable padre fue
llamado de urgencia, la buena señora negó indignada que aquel hombre pudiera ser un
sacerdote, y pidió a gritos que se le enviara “el del gran instrumento”. Su lenguaje y su
comportamiento fueron motivo de escándalo general, por lo que se la tuvo que encerrar en
un asilo, en el que sigue delirando en demanda del gran pene.
Montse Fernández, que de esta suerte se quedó sin protectores, bien pronto prestó oídos a los
consejos de su confesor, y aceptó tomar los velos.
Julia, huérfana también, resolvió compartir la suerte de su amiga, y como quiera que
su madre otorgó enseguida su consentimiento, ambas jóvenes fueron recibidas en los
brazos de la Santa Madre Iglesia el mismo día, y una vez pasado el noviciado hicieron a un
tiempo los votos definitivos.
Cómo fueron observados estos votos de castidad no es cosa que yo, una humilde
pulga, deba juzgar. Únicamente puedo decir que al terminar la ceremonia ambas
muchachas fueron trasladadas privadamente al seminario, en el que las aguardaban catorce
curas.
Sin darles apenas tiempo a las nuevas devotas a desvestirse, los canallas,
enfervorecidos por la perspectiva de tan preciada recompensa, se lanzaron sobre ellas, y
uno tras otro saciaron su diabólica lujuria.
Montse Fernández recibió arriba de veinte férvidas descargas en todas las posturas imaginables, y
Julia, apenas menos vigorosamente asaltada, acabó por desmayarse, exhausta por la rudeza
del trato a que se vio sometida.
La habitación estaba bien asegurada, por lo que no había que temer interrupciones, y
la sensual comunidad, reunida para honrar a las recién admitidas hermanas, disfrutó de sus
encantos a sus anchas.
También Ambrosio estaba allí, ya que hacía tiempo que se había convencido de la
imposibilidad de conservar a Montse Fernández para él solo, y a mayor abundamiento temía la
animosidad de sus cofrades
.
David Brown también formaba parte de su equipo, y su enorme miembro causaba
estragos en los juveniles encantos que atacaba.
El Superior tenía asimismo oportunidad de dar rienda suelta a sus perversos gustos, y
ni siquiera la recién desflorada y débil Julia escapó a la ordalía de sus ataques. Tuvo que
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someterse y permitir que, entre indescriptibles emociones placenteras, arrojara su viscoso
semen en sus entrañas.
Los gritos de los que se venían, la respiración entrecortada de aquellos otros que
estaban entregados al acto sensual, el chirriar y crujir del mobiliario, las apagadas voces y
las interrumpidas conversaciones de los observadores, todo tendía a dar mayor magnitud a
la monstruosidad de las libidinosas escenas, y a hacer más repulsivos los detalles de esta
batahola eclesiástica.
Obsesionada por estas ideas, y disgustada sobremanera por las proporciones de la
orgía, huí, y no me detuve hasta no haber puesto muchos kilómetros de distancia entre mi
ser y los protagonistas de esta odiosa historia, ni tampoco, desde aquel momento, acaricié
la idea de volver a entrar en relaciones de familiaridad con Montse Fernández o con Julia.
Bien sé que ellas vinieron a ser los medios normales de dar satisfacción a los
internados en el seminario. Sin duda la constante y fuerte excitación sexual que tenían que
resentir había de marchitar en poco tiempo los hermosos encantos juveniles que tanta
admiración me inspiraron. Pero, hasta donde cabe. mi tarea ha terminado, he cumplido mi
promesa y se han terminado mis primeras memorias. Y si bien no es atributo de una pulga
el moralizar, sí está en su mano escoger su propio alimento.
Hastiada de aquellas mujercitas sobre las que he disertado, hice lo que hacen tantos
otros que, no obstante no ser pulgas, tal como lo recordé a mis lectores al comenzar esta
primera narración, hacen lo mismo, chupar la sangre: emigré, con la nueva promesa a mis
lectores de un segundo volumen, en el peregrinar por escoger mi propio alimento.
lectores de un segundo volumen, en el peregrinar por escoger mi propio alimento.

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Posted by reininblack
1 year ago    Views: 777
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