Sexo a los 70 años

Las Setentas

A pesar de mis setenta años y de que la vida no me ha favorecido en mucho, lo que no he perdido son las ganas de echarme un buen polvo de vez en cuando.
Mientras vivía mi marido era un martirio, porque al pobre se le paraba poco y nada la polla, pero debía guardarlas apariencias, así que muchas veces me tenía que contentar con una paja, añorando sentir dentro de la concha un buen pedazo de carne.
No soy fea, aún me quedan rastros de los rasgos bonitos de mi juventud, aunque las arrugas abundan, el pelo está blanco y mi cuerpo ya no es lo que era.
Lo miro al espejo luego de bañarme y no me hago muchas ilusiones: las tetas están caídas, las aureolas se han agrandado, pero los pezones siguen gordos y se estremecen cuando los masajeo un poco.
Apenas tengo vientre y la mata de pelo de mi concha ha disminuido bastante, aparte de que también tengo canas.
Pero la raja sigue rosadita y los labios siguen escondiendo bellamente el botón del placer.
Las piernas están firmes, aunque los muslos están algo flojitos, pero mirada de atrás, como las nalgas son chicas, tengo un culo bastante atractivo.
De todos modos, no aspiraba a mucho, porque a esta edad, solo los viejos del club de abuelos me echaban algunas miradas.
Pero, sinceramente, de pollas que apenas se endurecían y ya estaban largando lastimosos chorritos de leche, ya estaba cansada.
¡Que tremendas calenturas me he agarrado, teniendo arriba a un viejo que solo alcanzaba a frotar mi clítoris! No bastaban los chupeteos a mis tetas y las caricias a mis labios para hacerme correr.
En realidad lo que ansiaba era una polla dura frotando fuerte el interior de la concha y el golpeteo de los huevos en el ojo del culo.
Generalmente, cuando lograba que el viejo se fuera, terminaba la labor con un grueso pepino, logrando orgasmos artificiales, pero orgasmos al fin.
Pero mis oraciones fueron escuchadas.
Como tenía una casa grande, al quedarme sola decidí alquilar una habitación a estudiantes, así que publiqué un aviso en el periódico y vinieron varios.
De los me visitaron seleccioné uno que me gustó por su humildad y porque provenía del interior del país, así que finalmente arreglamos su estadía. Tenía 23 años y sus padres eran granjeros.
Todo anduvo perfecto: compartíamos la cocina e incluso algunas veces le cocinaba al muchacho algún alimento, que el agradecía afectuosamente.
También compartíamos el baño y la sala. En esta última nos reuníamos al final del día, él a estudiar y yo a leer o realizar labores manuales. Incluso algunas veces veíamos juntos la televisión, en especial los programas de noticias.
Siempre me levanté muy temprano y siempre, también, tuve costumbre de bañarme apenas me levantaba.
Un día ya estaba en proceso de secarme cuando se abre la puerta del baño y entra el joven.
Aún estaba algo adormilado, pero terminó de despertarse cuando me vió.
Sorprendido me pidió disculpas, pero estaba realmente apurado ya que debía concurrir temprano a sus estudios y se había olvidado de avisarme que lo despertara.
Así que sin dudarlo se quitó el calzoncillo y se metió a la ducha.
Yo estaba realmente sorprendida por esta actitud desaforada, pero el me tranquilizó:
- Doña Sara... ¿no me diga que tiene vergüenza de que nos veamos desnudos? Somos lo bastante adultos para eso ¿no le parece? Estamos en el siglo XXI!!!
- Si, hijo -le contesté- lo que pasa es que me tomaste de sorpresa... Además considera que yo soy del siglo pasado y hay cosas a las que me cuesta adaptarme- contesté sonriendo.
La verdad era que ver ese cuerpo joven desnudo me había hecho vibrar el vientre y me temblaban las manos y las piernas, teniendo que hacer ingentes esfuerzos para no clavar los ojos en el hermoso miembro que asomaba entre la abundante mata de vellos negros y enrulados.
Antonio se sonrió y continuó enjabonándose y yo me di vuelta, me envolví en la toalla y salí.
El episodio pasó, pero no pude sacar de mi cabeza la hermosa visión. Varias noches me desperté con la entrepierna húmeda y un ansia tremenda de tener ese cuerpo apretándome.
Pasaron varias semanas y un día de lluvia tremenda, me agarré una fuerte mojadura y no me cayó bien.
No engripé, pero sentía mucho malestar, así que me metí temprano en la cama, habiendo tomado un par de aspirinas y un té fuerte.
En el reloj de sala habían dado apenas las seis de la tarde, cuando escuché la puerta de calle que se cerraba: Antonio había regresado.
Me llamó y yo le respondí.
- ¿Qué pasa Sarita? ¿Está enferma?
- No hijo, es un poco de malestar porque salí sin paraguas y me mojé mucho ¿Viste que tarde espantosa la de hoy?
- Si ¡tremenda! ¿Quiere que le haga un té?
- No, gracias. Pero si quieres hacer algo por mí trae el televisor de la sala que quiero ver las noticias...
El chico empujó la mesa del televisor y la instaló delante de mi cama, y lo encendió.
- Sarita ¿puedo ver con usted, o prefiere estar sola?
- No Antonio, ven, siéntate al lado mío.
Me corrí hacia un costado de la cama y le hice lugar para que se sentara.
Antonio se recostó en el espaldar de la cama, a mi lado y naturalmente mi cabeza quedó a la altura de su pecho. Para mayor comodidad suya, pasó el brazo por encima de mis almohadones y estiró las piernas sobre el lecho.
Yo me había puesto un camisón de dormir algo viejito, pero muy bonito, de color borravino con un escote que terminaba donde nacían las tetas.
Los diversos movimientos habían abierto el camisón y gran parte de la teta derecha asomaba por la abertura.
En determinado momento hice un comentario sobre algo que estaba pasando y percibí, por la respuesta, que Antonio lo menos que hacía era ver televisión.
Alcé los ojos y el apresuradamente levantó la vista hacia el aparato. ¡El tontito había estado mirando mis tetas!
Enternecida acaricié su faz limpia y besé su mejilla.
El chico reaccionó como una chispa y pasando su brazo por mi nuca, tomó mi cara y me besó los labios.
Respondí al beso generosamente, hasta que sentí su lengua acariciar los labios y le dí la mía.
Las lenguas juguetearon un rato, las salivas se mezclaron y Antonio, con un gemido doloroso metio la mano libre en el escote y se apoderó de mis tetas.
Las acarició largamente, jugueteando con los pezones que al poco los sentí duros y tensos.
La verdad era que el chiquillo me estaba calentando sobremanera.
Como todo se estaba yendo en besos y caricias, supuse que tenía que hacer valer mi experiencia, así que acaricié su entrepierna.
La polla abultaba en el pantalón y la sentí cálida.
Bajé el cierre y luché con su ropa interior hasta que conseguí apoderarme de ella. Era grande, cálida y daba botes ansiosos.
Separé a Antonio y eché la ropa de cama a los pies, quitándome el camisón y quedando tan solo con la braga,
El chico me miró largamente
–Supongo –dije– que no estarás avergonzado tú, ahora. ¿éramos adultos, no?
–Por supuesto, Sarita –respondió–, me tomó de sorpresa...
–Bueno, pero no pierdas más el tiempo ¡afuera con esa ropa!
Antonio se desvistió y quedó totalmente en bolas. Quiso subirse a la cama, pero le pedí que encendiera las luces y me dejara apreciarlo.
El chico fue hasta la llave y la encendió ¡que belleza!
Tenía un culo hermoso, bien formado, de carnes firmes y largas piernas.
Cuando volvía me regodée con el miembro casi erecto que se bamboleaba en medio de un denso matorral de rulos negros.
El vientre plano, la piel casi transparente, los labios generosos, los ojos oscuros.
Era un hermoso ejemplar de macho ¡e iba a ser para mi!
Me senté en el borde de la cama y lo hice acercar. Con mis arrugadas aunque suaves manos masajée la bolsa de las bolas y acaricié los muslos. Luego, tomé la piel del prepucio y la deslicé a lo largo del tronco, descubriendo la cabeza, grande y roja que se oscurecía hacia la cresta.
Con fruición estiré mis arrugados labios y tomé entre ellos la roja fruta, disfrutando del suave olor a orina y del agridulce sabor de la polla.
Antonio volvió a gemir...

Fue increíble la forma en que la vieja me chupó la polla.
Comenzó tomando la cabeza entre los labios y deslizando la lengua por la base.
El cuerpo me temblaba.
Luego, sin dejar de mamarme, comenzó a subir y bajar el cuero a lo largo del tronco, haciendome una increíble paja, mientras su otra mano me sobaba los huevos y de vez en cuando deslizaba un dedo entre ellos hasta tocar el ojo del culo y acariciarlo levemente, para volver a jugar con los huevos.
Debo reconocer que Magela trata a mi polla como un chupetín comparado con este tratamiento.
El placer era inmenso y las vibraciones subían y bajaban de la punta hasta el vientre y la polla estaba tan hinchada que lo único que quería escupir toda la leche, aunque por otro lado no quería que esta mamada terminara.

Sentía la polla como se iba hinchando cada vez mas y los movimientos espasmódicos de las caderas de Antonio me dieron la pauta que si seguía el pobre chico iba a acabar muy pronto.... y la verdad es que ansiaba más de ese miembro.
Así que lo abandoné y me acosté de espaldas sobre la cama, con las piernas abiertas.
Antonio no sabía bien como seguir, pero lo incité levantando mis tetas sobre mi pecho y deslizando una mano debajo de la braga, acaricié mi pubis.
El chico respondió bien.
Me quitó la prenda y acarició el matorral de vellos. Luego me hizo sentar apoyada en los almohadones y él se arrodilló entre mis piernas.
Con las manos tomó las tetas y las masajeó mientras me miraba en silencio.
Su polla, dura y enhiesta apuntaba a mi vientre.
Doblé las piernas y tomándola suavemente, la apoyé sobre la raja de la concha y con el glande comencé a masajear mi clítoris, deslizándolo despacio entre los labios que estaban cada vez más humedos.
Cerré los ojos y me abandoné al placer.

Tenía a la vieja delante mío, con los ojos cerrados.
Tenía unas tetas fabulosas, medio vacías, pero los pezones eran increibles y con todo este jugueteo estaban duritos, con las aureolas hinchadas y tersas.
Sarita había tomado la polla y la fregaba lentamente contra su concha, entre dos gruesos labios cubiertos de vellos grises.
En determinado momento se deslizó sobre su espalda y sentí como el miembro se hundía en la carne. ¡delicioso! el calor dentro de ella era espectacular y las paredes empapadas me dieron la sensación de hundir la polla en un frasco de crema tibia.
Siguió empujando hasta que sentí la cabeza golpear el fondo.

La había metido hasta la cerviz. Me senti llena de este macho. Pero era tan larga que aún quedaba parte del tronco afuera. Me hubiera gustado sentir los huevos golpear contra el ojo del culo.
Antonio se retiró hasta quedar solamente la cabeza entre los labios y volví a sentir todo su largor penetrarme otra vez.
Volvió a retirarse y jugueteó con la cabeza entre los labios, entrando y sacando la voluminosa punta del inicio de mi cueva, para luego volver a hundirse profundamente.
Esto me sacaba de quicio.
El placer era tremendo y a poco sentí que todo el cuerpo me temblaba y que las paredes de la concha vibraban enloquecidas como hacía tiempo no sentía. El aire me faltaba y solamente quería estallar en mil pedazos.
El orgasmo me brotó de las entrañas y sentí que ondas de calor me recorrían el cuerpo.
Y estallé.
Fue el orgasmo más delicioso que recordara.

Sarita se sacudía como epiléptica.
Las manos agarraban freneticamente la sábana y subía y bajaba la pelvis desesperada con cada embate que daba con la polla.
Estaba teniendo un orgasmo de primera, y yo estaba a punto de reventar, pero quise dejarla que disfrutara.
Cuando se quedó quieta, extenuada evidentemente, respirando fatigosamente, saqué la polla y me senté frente a ella.
Luego de unos segundos Sara preguntó?
–¿Acabaste, hermoso?
–No, me guardé para mi propio final...
–¿Que final?
–Quiero que me mames, como al principio...
Me levanté y me paré al costado de la cama, con la polla dura.
Sara se sentó en el borde y sin tocarme tomó la cabeza en la boca y comenzó a lamer la base.
De vez en cuando metía el tronco hasta donde daba su garganta, para volver a sacarlo y deslizar la lengua por él, volviendo nuevamente a mordisquear la cabeza.
Luego ponía el glande entre los labios y lo chupaba como un pirulín, frotando con la lengua la base de la cabeza.
Yo comencé a sentir un calorcito delicioso en los riñones y el placer comenzó a vibrar a lo largo del tronco.
Sentí que los huevos se apretaban y que la polla se endurecía tremendamente.
Sara, ahora si, tomó la piel del tronco con una mano y comenzó a deslizarla atrás y adelante, mientras que la otra mano la pasó entre los huevos y haciendo presión sobre el ojo del culo, introdujo el dedo medio.
Fue como si me hubieran enchufado a la corriente eléctrica.
La polla se estremeció y sentí como la leche corría por el canal para salir despedida hasta el fondo de la garganta de la vieja.
Cuando sintió que había comenzado a eyacular, Sara retiró la polla de la boca y la masajeó fuertemente, provocando que nuevos chorros de blanca leche salieran fuertemente y golpearan su rostro.
Cuando acabé, observé como lentos cuajarones de semen se escurrían de su cara y goteaban lentamente sobre las tetas y las piernas, mientras ella me miraba con sus ajados ojos oscuros.
Limpié su rostro y la besé agradecido.
Desde entonces hemos sido amantes.

E N D E


100% (3/0)
 
Categories: Mature
Posted by pengo56
6 months ago    Views: 1,458
Comments (1)
Reply for:
Reply text
Please login or register to post comments.
3 months ago
Capo y sarita una genia, espero sigan disfrutando de tan exquisita relación.Por no dejen favor seguir contando , muy buen relato !!!