El tanga de Borja

Suena el teléfono y una voz masculina que no reconozco me pide una cita para esa misma tarde. Ante el tuteo, la familiaridad y las pistas que me da, no puedo negar que en alguna vida anterior, o en alguna de mis más olvidables noches, he debido conocer a este tal Pablo que, con dulzura, insiste en visitarme.
Quizás yo sea un soñador, pero no un ingenuo. A estas alturas de la película, por mucho que me encante fantasear, sé que la anunciada visita no me va a traer pasiones casi olvidadas o nuevos amores de final amargo. No. Así que me olvido de la llamada, del tal Pablo y de todo, literalmente. Me ayudan las pastillas bicolores, claro: mi memoria ya no es ni selectiva. Lo olvido todo y en paz.
Y cuando más liado estoy, cuando menos ganas tengo de abrirle la puerta a nadie, suena el telefonillo.
- “¿Z? Somos Pablo y Borja.”
¿Pablo y Borja? El último Borja que hizo acto de presencia en mi vida no se materializó y era como una amenaza, cosas mías.
Abro la puerta y al fin veo a Pablo, reconozco a Pablo más por la mirada dulce que por la voz, más por la sonrisa que por sus intenciones, que ya he adivinado. Y quiero abrazarle, pero no debo. Hace tiempo que he aprendido a no dejarme llevar por impresiones que, al final, son solo patéticas historias mías. Así que le doy la mano, con lo poco que me gusta, y sonrío con franqueza.
Al principio, a Borja ni le vi. Sí, noté un bulto azul que se escondía detrás de Pablo, pero no le había visto. En realidad no le había mirado, hasta que me estrujó la mano con la suya y cruzó su mirada con la mía una milésima de segundo.
Describir a Borja, al que Pablo me presenta como un amigo, no es fácil, porque es de ese tipo de chicos a los que el cuerpo, o la cara, no acompaña. Y yo, que estoy fatal, lo único que veo cuando le miro es un cuerpo perfecto, quizá demasiado perfecto para mi gusto. Con la insolencia de quien conoce sus tesoros, Borja se ha embutido en una camiseta azul que no deja nada a la imaginación y mucho a los sueños, y mantiene sujeto un pantalón imposible, como por arte de magia, en un lugar impreciso de su precioso culo.
Cuando consigo levantar la vista de todo aquello (haciendo escala en los brazos, un buen lugar donde perderse) me encuentro con que Fernando Torres ha poseído ese cuerpo y ha venido a visitarme. El contraste de la carita de ángel con ese cuerpo pornográfico me deja un poco desconcertado, no sé dónde mirar. Borja, además, no me pone las cosas fáciles porque es tímido y mantiene baja la mirada.
¿Cómo se puede ser tan tímido y vestirse así? ¿De qué sirve esa bonita cara y ese precioso cuerpo si no vas con la vista bien alta por todos sitios? ¿Cuántas horas pasa este chico en el gimnasio? ¿Cómo se sujeta los pantalones? ¿Cada cuánto tendrá que depilarse los brazos? ¿Cómo follarse esto si levantas la vista y te topas con esa carita tan sosa…?
Todas estas preguntas y alguna menos simple me hago yo mientras Pablo, todo dulzura y sonrisas, me pide trabajo para ambos, trabajo que no puedo darles. ¿Que a Borja me lo llevaría de mayordomo a mi casa? Sin duda. Tendría que elegir el uniforme, aunque en verano con un tanguita le bastaría. Pero a mí, tener servicio, me m*****a; bastante tengo con aguantar las charlitas y penurias de la asistenta. Y no sé para qué otra cosa podría yo querer a Borja, salvo las obvias. Lo que pasa es que uno aún puede –creo- permitirse el lujo de no pagar por esto. Y no creo que Borja aceptase ese tipo de trabajo, la verdad: los obreros son así de raritos.
Y de pronto, a través de la nebulosa rojiblanca de la Lyrica, me doy cuenta de que ya no veo a Borja y solo tengo ojos para las cejas desbaratadas de Pablo, para su sonrisa perpetua, lo oscuro de su piel y las manos de dedos largos y sorprendentemente delicados.
Besaría a Pablo.
Besaría esa boca sonriente que me habla como si fuésemos amigos, como si se preocupara por mí… Pero no: cojo aire, sonrío una vez más y los despacho rápidamente, más por el corte inexplicable que me da no poder darles trabajo que por otra cosa.
Cuando el culo perfecto desaparece provocador por el rellano de la escalera, me siento delante de mi jefe y le pregunto: “¿Desde cuándo existen obreros que se llaman Borja?” Ante su aburrido silencio, insisto: “¿Desde cuándo un tipo que se llama Borja se viste así?” Antes de que me diga que ni se ha fijado, le cuento mi idea de llevármelo y tenerlo revoloteando por casa en tanguita. Mi jefe me mira con cara de pocos amigos, se lleva un dedo a la sien indicándome que estoy pirado, señala mi mesa y dice: “En tanga o como quieras, pero acaba el presupuesto de los cojones, por favor.”
Mi jefe, todo el mundo lo sabe, es muy, muy aburrido.

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Categories: Gay Male
Posted by motero
3 years ago    Views: 873
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