Outdoor Runner: El Maduro Del Parque

A mis veinte años me encontraba desempleado. Había terminado mi formación profesional y llevaba tres meses sin trabajar desde la última semana que pasé de mozo de supermercado, cargando cajas de productos y colocándolas en los lineales. Pronto se me acabaría la ayuda que el gobierno me daba por estar parado y mi situación se hacía cada vez más delicada. Mi padre trabajaba y mi madre echaba un par de horas al día ayudando a cuidar ancianos. Vivía con ellos, lo que me hacía sentir ciertamente más seguro, pero mi situación económica no me permitía demasiados lujos. Eso me había hecho dejar de quedar incluso con mis amigos. Apenas nos veíamos. Así que mi única válvula de escape era el deporte.

Como cada mañana, me enfundé las ajustadas mallas de correr, me puse el forro polar, los guantes, el gorro y las deportivas, y salí a hacer mi marcha matutina.Corría hasta un parque cercano y daba varias vueltas, hasta hacer al menos tres cuartos de hora de carrera.

Ya me había acostumbrado a ver a la misma gente todos los días. Los de la parada del autobús, los que iban camino de la estación de tren, los que paseaban a sus perros y los que salían a correr igual que yo.

Hacía frío, pues era pleno enero y los arbustos y la hierba de los jardines estaba cubierta de una importante capa de escarcha.

Iba por la segunda vuelta cuando me crucé con él. Era la primera vez que le veía. Era un hombre mayor, maduro, seguramente tendría mucho más de cincuenta. Tenía un rictus serio, barba de un par de días que hacía que su piel pareciera recia como el frío que hacía, y plateada como la escarcha de los jardines.

Vestía mallas de correr, como yo, llevaba gorro, guantes y un forro polar. Llevaba buen ritmo. En cuanto nos pasamos, no nos dijimos nada. Ni unos míseros “buenos días”. Me percaté de la forma en que se me quedaba mirando y cómo giraba su cuello para continuar observándome cuando pasaba por delante de él. Quizás le recordara a alguien, pensé. El caso es que seguí corriendo sin darle mayor importancia.

Cuando estaba dando la vuelta al amplio y redondo estanque que ocupaba la parte central del parque, le vi atravesando el camino de cipreses que quedaba más allá. Le estudié detenidamente.

Para ser mayor corría con agilidad. Sus mallas negras le marcaban unas piernas fibrosas, potentes y delgadas. Eran largas, pues el tipo era alto y delgado. No era uno de esos maduros o viejos gordos, de barriga imponente y carnes fláccidas y sebosas. Éste era más bien lo contrario. Sin duda, un deportista en esencia.

Me crucé con otros dos corredores más. Una chica y un chico con los que me cruzaba bastante a menudo. Les saludé con un movimiento de barbilla y una sonrisa, y encaré el camino oeste del parque, el que quedaba entre dos filas de gruesos y, ahora desnudos, chopos.

Fue al girar hacia el camino norte cuando le vi llegar. Desde lejos detecté sus ojos clavándose en los míos. Sin saber la razón me puse ligeramente tenso e incómodo. Estando tan sólo a un par de metros, le vi, preparado a decirme algo.

-¡Hola! Buenos días –me saludó.
-Buenos días –respondí.

Justo cuando iba a sobrepasarme, giró su cuello hacia el lado contrario a donde yo pasaba y rascó con su garganta, soltando un potente esputo.

Continué sin aminorar el ritmo, siempre a un trote uniforme.

Aquel simple saludo me había provocado un peculiar cosquilleo en el vientre. Jamás me había pasado aquello. Pero el caso es que aquel tipo maduro era realmente atractivo. Me había detenido esta vez a estudiar sus facciones. Eran duras, algo cuadradas, con unos pómulos marcados. No tenía excesivas arrugas en la cara, por lo que quizás me hubiese equivocado y no fuera tan mayor como para tener cincuenta y muchos años. Tal vez sólo tuviera cincuenta y pocos.

Irracionalmente pensé que quería volver a cruzarme con él, así que a la primera oportunidad giré hacia el este, con intención de interceptarle nuevamente en la zona de los cipreses. Apreté el paso y le vi llegar desde dirección sur. Giré hacia allí y bajé el ritmo de mi carrera. El maduro, al verme, esbozó una tímida y chulesca sonrisa. No pude evitarlo yo también.

-Hoy no dejamos de cruzarnos –le escuché decir. Y conforme se acercaba a mí ralentizó su trote hasta quedar parado. –A lo mejor deberíamos correr juntos. Así nos hacemos compañía.

Me quedé junto a él, trotando en el sitio, cambiando de una pierna a otra, para no cortar el ritmo tan de repente.

-¿Ya has acabado? –le pregunté, como si le conociera de toda la vida.
-Sí –miró su reloj de muñeca.
-En ese caso, quizás otro día –comenté, ciertamente nervioso, no pudiendo evitar mirar aquel enorme bulto que se le formaba en las ajustadas mallas.
-Todavía puedo correr un poco más –miró él su reloj y pulsímetro. –Contigo.
-De acuerdo –acepté, sonriente.

En aquel momento supe perfectamente que allí había algo más.

Salí corriendo hacia delante. Por un momento, él se quedó rezagado, pero me cogió en seguida.

-Eres muy joven para estar a estas horas corriendo en el parque. ¿No estudias? –preguntó.
-No –negué.
-¿Y tampoco trabajas?
-Tampoco –dije.
-¡Vaya! Eres uno de esos jóvenes afectados por la situación económica, ¿verdad?
-Exacto.

Durante un instante trotamos el uno al lado del otro.

-¿Y tú? –le pregunté.
-Estoy prejubilado –comentó.
-¿Prejubilado? ¿Qué edad tienes? –pregunté, curioso.
-¿Cuántos me echas?

Yo era realmente malo para lo de acertar edades, pero me lancé, por decir alguna cosa.

-¿Cincuenta y cuatro?

El tipo se rió.

-Eso es un halago. Muchacho. Tengo sesenta y un años.
-¿Cómo? ¡Joder! –exclamé. El tipo sonreía. –No los aparentas para nada. Y además, con lo que corres…
-Estoy bien entrenado. Soy deportista desde siempre.
-¿Sí?
-Tengo un corazón fuerte.
-Pues quiero tu secreto. Mi padre con muchos menos años que tú está para que le manden al desguace.
-¿Secreto? –pensó el hombre. –Mi único secreto es tener mucho sexo y comer sano.

Sonreí al escuchar aquello, pues el tipo había utilizado un tono ciertamente incitador.

-Sexo y comida. ¡Vaya!
-Sé que eres joven, pero deberías empezar a seguir esa dieta tú también –valoró el maduro.
-Tengo veinte años.
-Lo que yo decía. Joven.
-¿Y con quien tienes sexo? ¿Con tu mujer? –pregunté, esperando que el hombre picara en un anzuelo tan obvio.
-Mi mujer que en paz descanse no sé si me aguantaría el ritmo que llevo ahora –comentó de lo más neutro.
-Lo siento –me disculpé.
-No es nada. Era una buena esposa. Aunque en la cama era más bien escueta.
-¿Entonces?
-Se conoce mucha gente haciendo footing, ¿sabes? –me miró directamente a los ojos. Le sostuve la mirada en aquel instante.
-¿Gente con la que tener sexo? –tragué saliva, intentando no perder el ritmo de la respiración mientras una fuerte tenazón se me agarraba en el estómago.
-También para tener sexo –sonrió el maduro.
-¿Cómo te llamas? –le pregunté.
-Prefiero no decírtelo, chaval. Tampoco me interesa saber cómo te llamas tú. Es más. Creo que en realidad ya sabes qué es lo que me interesa.
-Sí –respondí sencillo.
-¿Y a ti te interesa? No vivo lejos de aquí.
-No lo he hecho nunca –comenté.
-¿El qué? ¿Follar con otro hombre? ¿Irte a casa de un desconocido?
-Lo segundo –solté sincero.
-No te preocupes. Será breve. Vamos a casa, me la chupas y te largas. No tenemos porqué follar. Es más, no sé si te gusta que te follen el culo.
-Me gusta –respondí rápidamente.
-¿Entonces?
-Está bien –acepté.
-Buen chico –me dijo, dándome una palmadita en el hombro. –Sígueme –y aumentó el trote de su carrera.
Le seguí a cierta distancia hasta el borde del parque. Allí nos detuvimos y fuimos andando en el más absoluto silencio.

El tipo tenía razón. No vivía lejos de allí. En cosa de cinco minutos llegamos a aquellos edificios altos de ladrillo naranja y toldos verdes en las ventanas. Penetramos en el oscuro portal y entramos en el ascensor. Presionó el botón del quinto piso y durante los instantes en los que ascendíamos me sentí profundamente incómodo con aquel silencio y su presencia.

Me encontraba nervioso y turbado. Sobre todo porque el tipo me miraba con ojos fríos y aguzados. Entonces dio un paso adelante, puso una de sus fuertes y grandes manos en mi nuca y me quitó el gorro. Saltaron fuera mis despeinados y enmarañados pelos de color castaño. Hundió sus dedos en mi cabellera y me arrastró hacia él.

Empecé a besarme profusamente con aquel hombre que superaba por un año los sesenta. Aquel cabronazo me sacaba cuarenta y un años de diferencia. Pero estaba tan bueno y era tan atractivo...

Llegamos a su piso. Bajamos del ascensor y entramos en el casa. La penumbra lo inundaba todo. Me hizo que le siguiera hasta la que debía de ser su habitación. Tenía la persiana aún bajada y la cama deshecha.

Apenas encendió la luz de un flexo que reposaba sobre una mesa de escritorio que tenía papeles, libros y ropa arrugada. Sin más tardanza, se sacó por la cabeza el forro polar y la camiseta interior. Quedé estupefacto al ver aquel torso, pues a sus sesenta y un años, aún guardaba algo de su musculado cuerpo de antaño.

Le imité y dejé mi joven torso al aire, delgado, de piel láctea. El hombre se acercó a mí, quedando frente a frente. Tenía que levantar ligeramente mi rostro para mirarle, pues era más alto que yo. Su pelo era muy corto, casi rasurado, plateado y escaso. Le daba un aire más rudo si cabía.

Supe perfectamente cuál era el siguiente paso que yo debía dar y él parecía esperarlo.

Atrapé con mis dedos la goma de sus mallas. Lo realmente importante ahora era lo que había debajo de aquella ajustada prenda. Tiré de ella hacia abajo, hasta dejárselas arrugadas a medio muslo. Quedó a la luz aquel slip blanco que apenas podía guardar aquella fruta prohibida. Tuve que tragar saliva y respirar hondo, pues la taquicardia vapuleó mi corazón y me sentí descompensar el ritmo al que batía la sangre en mi cuerpo.

-¿Cuánto…? –titubeé, admirado y extasiado ante aquel portentoso bulto.

-Aún está dormida –comentó el maduro. –Son casi veinticuatro.
-Veinticua… -repetí incrédulo. –Centímetros…

Aquel viejo cabrón tenía la polla más grande y tremenda que yo jamás hubiera chupado o, siquiera, tenido cerca.

-Arrodíllate y empieza a chupar –me ordenó, rodeando mi cráneo con su manaza y empujándome hacia abajo.

Me quedé con su descomunal paquete frente a mi cara. Fue entonces cuando me di cuenta que le había seguido creciendo en aquellos instantes transcurridos desde que le había bajado las mallas. Ahora tenía el cipote tan erecto que se le salía por encima de la goma del slip blanco.

Con cierto recato, le bajé lentamente el calzoncillo y aquel cipote equino saltó al exterior. Cerré los párpados, abrí mi boca hambrienta de desayuno y me acerqué muy poco a poco. Entonces, la punta de su cárdeno cipote tocó la superficie de mi lengua y al cerrar mis labios sobre aquel glande, comencé a libar el delicioso néctar con sabor a macho y orina marchita.

Lentamente, mi chupada se volvió más afanosa, teniendo que comerme aquel cimbel desde arriba, apoyando mi cara casi contra su diafragma, de lo tieso y grande que lo tenía. Apenas podía estar de rodillas. Tenía que estar acuclillado, elevando y genuflexionando las rodillas insistentemente, haciendo una dura sentadilla que dejaba doloridas mis nalgas y muslos.

Entonces el tipo se acomodó. Se fue hacia su cama sin hacer, con las sábanas revueltas y arrugadas, y se tumbó. Me fui con él, busqué su boca y la encontré. Mientras nos morreábamos de forma cerda, con mucha salivaza chorreando entre nuestras lenguas, él me trabajaba los pezones mientras yo me pelaba mi propia polla. Con la otra mano le sujetaba la suya por la base, se la meneaba con fuerza, hasta hacerle gemir entre el gusto y el placer, y descubrí con gozo e incredulidad que todavía sobraba tronco para cubrirlo con otra mano y media más.

Buscó mi polla con sus dedos. Empezó a pajearme él, haciéndose cargo. Me terminé de desnudar como pude.

El vello que cubría su maduro cuerpo era ralo y de color ceniza, y en alguna áreas caneaba.

-Vuelve a comérmela. Vamos. Para eso has venido aquí –me hizo volver a bajar hasta su entrepierna.

Obediente, bajé una vez más hasta su rabazo gigantesco. Me la metí en la boca y le felé. Apretaba mis labios fuertemente contra su polla, lo que empezó a darle mogollón de gusto, pues empezó a gemir y a respirar entrecortadamente. Tanto fue así, que se puso de pie en la cama y me hizo tragar en aquella nueva postura. A duras penas conseguía comerme la mitad de su descomunal plátano macho.

Con lágrimas que se escapaban de mis ojos a causa del esfuerzo, la asfixia y la tos que me provocaba aquel cimbel trepanando mi garganta, intentaba mirar hacia arriba y observar su cara de chulo. El cabrón estaba realmente bueno para ser un buen madurito. Tenía un cuerpazo fibroso.

Entonces se agachó. Agarró con sus fuertes manos mis caderas y, en vez de rodillas, me hizo ponerme a cuatro patas. De aquella forma comenzó a ensalivarme mi bondadoso culo. Pronto me robó su rabo y me dejó expectante, viendo cómo revolvía un cajón en busca de algo. Finalmente lo encontró.

Observé cómo se calzaba un condón extragrande en aquel pepino de veinticuatro centímetros que tenía entre las piernas.

-¿Estás preparado para que te folle? –me preguntó.
-Creo que no –le dije admirando su inconmensurable virilidad. –Nunca me han metido algo así.
-Eres un buen cerdo. Al principio puede que te duela. Luego te gustará. Echaré bien de lubricante –alcanzó lo que parecía ser un bote de dicho líquido.

Inseguro y dubitativo estudié mi rabo. Lo tenía super duro tan sólo ante la expectativa de que aquel viejo me metiera tan magno cipote por el culo. Ya me había metido pollas gordas antes. Pero nada como aquello. Debía de arriesgarme a probar. Tenía que relajar mi culo y dejar que el maduro hiciera sabiamente aquello. Seguro que era experto en petarse ojetes estrechos.

-De acuerdo –acepté.

Continué con el culo en pompa, hincado de rodillas sobre el colchón. Abracé la mullida almohada, apretándola contra mi pecho. Aquel cabronazo se fue hasta mi culo, detrás de mí. Se meneaba su martillo, bien tieso, duro y cubierto por el condón. Sentí el tacto del látex a la entrada de mi esfínter, y al momento sentí un aceitoso dedo pujando por entrar. Y me entró. Claro que me entró. Primero un dedo y luego otro. Y, de repente, lo noté a él. Noté su blindado capullazo gordo, amoratado y redondeado.

Empezó a clavármela. Arrugué mi rostro, impresionado y pesaroso. Era la misma sensación que en la comisura de los labios cuando me había estado comiendo su rabo. Pero ahora lo notaba en mi ojete, que se daba de sí por propia supervivencia. Me entraba dentro. Pero no parecía ser suficiente. Tenía que relajarme más. Más. Más.

-Ahhhh –grité. Llegado un punto tuve que echar un brazo hacia atrás y empujarle para que se detuviera. –No puedo más. No puedo. Para. No puedo.
-Sí puedes –dijo él. –Lo estás haciendo muy bien, chico. La tienes casi hasta la mitad.
-No me metas más. Déjala así. Sácamela despacio, pero no empujes más –le rogué.
-De acuerdo –aceptó.

Me soltó la muñeca y entonces relajé ligeramente el cuerpo, esperando a que echara su cintura hacia atrás y me la sacara un poco. Noté como empezaba a hacerlo, muy ligeramente. Entonces, empujó a tope y sentí desgarrarme entero por dentro.

-Noooo –chillé, con los ojos y la mandíbula desencajada.

El ardor de mis entrañas pasó rápido, como un fulminante rayo. Y el caso es que el tipo me había vuelto a sujetar de los brazos, pues inconscientemente había intentado empujarle y librarme de él. Pero me tenía clavado a hierro.

-Por favor –le rogué.

Intenté echarme hacia delante para salirme de él. Pero entonces el muy hijo de puta, teniéndome a su merced, se inclinó hacia delante, echando todo su peso sobre mí. Otro par de centímetros me entraron dentro. Simplemente se me nubló la vista, abrí mucho la boca y expulsé el aire de mis pulmones en un largo gemido.

-No lo estropees. Lo estás haciendo muy bien. Sigue así. Vamos. Si te relajas será lo mejor que hayas sentido nunca.

No me quedaba más opción. El caso es que, contra la almohada, mi pene había perdido dureza, pero seguía semierecto y había inundado de líquido preseminal la funda de tela amarilla.

-Vale. Pero con cuidado. Es… demasiado grande –rogué.

Aún así, desconfiado, el viejo me mantuvo las muñecas presas en mi espalda. Empezó a menearse muy levemente atrás y adelante.

Acarició mis muslos y mis nalgas mientras yo, poco a poco, acostumbrándome a tenerle allí, comenzaba a hacer movimientos cortísimos y lentos de vaivén, hacia delante y hacia atrás.

Gemía como un moribundo. No podía evitarlo. Y casi sin darme cuenta era yo el que me lo follaba a él, muy poco a poco. Mis caderas cogieron velocidad inconscientemente, mis entrañas empezaron a despertar con un atenuado gozo, pues aquel enorme cimbel de elefante tocaba diferentes puntos de mi interior. Y entonces ya empecé a penetrarme a buen ritmo, cada vez con una cadencia más veloz.

Comencé a elevar mi cuerpo, a separarlo de la almohada, volviendo a ponerme a cuatro patas. Hacía que mi espalda se arqueara y echaba mi cuello hacia atrás, elevando el rostro y jadeando cada vez más.

-¡Puto cabrón! –insulté al viejo. -¡Vaya rabo! –me iba poniendo cada vez más incandescente, siendo más sucio, más cerdo, más puta.

-Te gusta mi polla gigante, zorra –me insultó, soltándome una hostia hizo picar mi mejilla. Acto seguido, el maduro buenorro me escupió en mi entreabierta boca.

El salivazo escurrió por mi barbilla y lo noté chorrear y caer sobre las manidas sábanas que tan impregnadas de olor a macho maduro estaban.

Entonces, ante el placer que empezaba a sentir mi culo, mi polla resucitó bien erecta. No pude evitar sonreír al tiempo que me entraba dentro más y más de aquel hombre. En realidad el viejo atleta bombeaba como un veinteañero. O mejor que muchos a los que había tenido dentro.

-¡Cómo te gusta que te den polla en el culo! –decía él.
-Sí. Soy tu puta, tío. Mi culo es tuyo –le dije abiertamente. Y era totalmente cierto, pues en aquel instante más de 18 centímetros de su cipote curvado me penetraban el recto.

El tipo, cachondo al escuchar eso, me la sacó. Se masturbó y pensé que iba a correrse ya. Pero me la volvió a clavar. Con parsimonia y profundidad. Mi culazo la albergaba dentro con fiereza. Continuaba a cuatro patas sobe la cama del tipo, la cual desprendía aquel aroma tan peculiar a él. Bajé mi rostro y lo hundí en ellas, aspirando con fuerza e intentando grabarlo en mi cerebro.

Entonces me empujó hacia delante, saliéndose de mí. Estaba sudando ya el muy cabrón. Se tumbó boca arriba, en la cama. Me robó la almohada y se la puso en el cuello. Yo me coloqué rápidamente encima de él con la intención de cabalgarle. Así lo hice. Empecé a botar y saltar sobre su erectísimo pene. Tenía una buena tuba de 24 centímetros que podían volver loco a cualquiera.

No me cansaba de cabalgarle como el semental que era.

-¿Sabes cómo se siente más una buena polla? –me dijo pasados algunos minutos. –Tumbándote bocarriba y abriendo bien las piernas.
-¿Sí? –pregunté dubitativo.

Obediente y sumiso, me salí de él y me coloqué en aquella nueva posición. Esperé entonces a que me entrara. Lo hizo muy despacio, para demostrarme cuanta razón tenían sus palabras.

Sujeté mis piernas en alto, agarrándolas como pude. Con la mano libre me masturbaba el nardo y el sesentón agarró algo que quedaba por allí tirado, revuelto entre las sábanas. Cuando lo acercó a mi cara y me lo metió en la boca descubrí que era su calzoncillo usado y sudado. El que había llevado para correr.

¡Qué placer! Descubrí con deleite qué razón tenía. Notaba cada tramo de su polla. Y si antes había tenido dentro 18 centímetros. Ahora realmente casi llegaba a clavarme los veintimuchos. Era el mayor cipote que había estado en mi interior. Y en todo momento mi pene había estado, como poco, morcillón e hinchado de placer. No podía parar de gemir y de pedirle que no parara, que continuara haciéndome ver las estrellas.

Finalmente, al borde de su propia cachondez. El cabrón sacó su pepino de mí. Se arrancó el condón y se puso en pie sobre el colchón, a la altura de mi cara. Giré mi rostro y alargando la lengua empecé a relamerle aquellos dedos de los pies grandes y gordos, sudados tras la carrera matutina. El tipo gimoteó y no paró masturbarse.

Cuando estuvo a punto de eyacular, se clavó de rodillas en el colchón, plantó su enorme capullo contra la piel de mi cara, recolocándolo mejor segundos después en mis labios y barbilla. De repente, sin avisar, me bañó el rostro entero con trallazos de esperma. Fueron cinco o seis acuosos y ardientes chorros de blanco líquido licuado, de leche de cojones maduros de un buen macho como aquel.

Mi rostro embadurnado atisbaba entre mis párpados entreabiertos, pues desde mi frente también había chorreado su lefote hasta mis ojos, escociendo. El tipo, para culminar, me soltó una bofetada. Cegado como estaba. Me senté sobre el colchón y acabé de pelarme el rabo. No tardé ni treinta segundos en bañar mi vientre con mi propia simiente.

A tientas descubrí el calzoncillo usado del viejo que momentos antes me había metido en la boca. Con él me limpié la cara. Al abrir los ojos, allí estaba él, mirándome.

-Lárgate de aquí echando leches, maricón –me dijo. –Y si vuelvo a cruzarme contigo no me dirijas la palabra o te partiré la cabeza. ¿Entendido?
-¿Eso quiere decir que no me volverás a follar el culo? –pregunté serio.

El tipo esbozó entonces una sonrisa maliciosa. Se giró, dándome la espalda, y rebuscó de nuevo en un cajón.

-¿Es eso lo que quieres? –volvió a girarse hacia mí. –Porque si ese es el juego… Podemos jugar fuerte.

Levantó la mano y aparecieron unas esposas allí. ¿Qué quería decir con aquello? ¿Qué cojones…?

-¿Cómo de fuerte? –sonreí con malicia.

-¿Cómo de fuerte te gusta jugar?
-Después de lo que acabó de ver. Tan fuerte como tú quieras –acepté de lleno, sin pensármelo…

Dieciocho horas después logré llegar andando a duras penas hasta mi casa. Mis piernas apenas respondían, tenía las muñecas descarnadas y sangrientas. Apenas conseguía mantenerme en pie.

T. Voodoo
100% (22/0)
 
Categories: Gay MaleMature
Posted by micboc
1 year ago    Views: 675
Comments (6)
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1 year ago
Muy buena historia, me quedó durísima...
1 year ago
qu8e cabron eres Micdoc me chorre todo quieero conoser este viejo
Gracias
Jay
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retired
1 year ago
donde hay uno de eesos para mi
1 year ago
Una Buena historia?, extraordinaria y brillantemente relatada. Me corri siendo penetrado por el maduro y lami sus sudados calzoncillos
1 year ago
¡Vaya un cabrón el corredor! me encantaría ser sometida así por semejante pollón.
1 year ago
Una buena historia... me ha dejado con algo bien duro entre las piernas.