Desvirgando a Berenice

Ese día no fui a la escuela. Deben comprender, antes que nada, queridos lectores, que yo era un jovencito ansioso por perder mi virginidad. Y Berenice (como pueden comprender si vieron las fotos) era todo lo que buscaba. Tenía las tetas más bonitas que hubiera visto, unos labios que me fascinaba besar y un culo que me ponía la verga más dura que una piedra.
Así que ese día, cuando a las ocho de la mañana Bere me dijo que necesitaba que le ayudara a arreglar un cuarto para una prima suya, no lo dudé.
Antes, debo decir que estaba enamorad, que habría dado cualquier cosa por esa niña.
Ese día llevaba puesto, como de costumbre, un pantalón de mezclilla que se embarraba en su piel. A mí me fascinaba que se pusiera esa ropa -aunque odiaba que los otros hombres la miraran- porque me hacía pensar, sobre todo cuando la abrazaba, que sólo unos milímetros de tela separaban nuestra piel desnuda. Igualmente embarrada estaba su playera, que dejaba ver la mitad de sus pechos.
Antes de seguir describiendo su cuerpo debo hablar de su rostro. Su piel era color café con leche, moreno claro, y dulce como el azúcar mascabado. Tenía -tiene más bien- los ojos color marrón, muy oscuros, pero bellísimos; cuando te miran, crees, casi de forma invariable, que todos los problemas del mundo tienen solución. Ella parecía sonreir sólo con los ojos. Su boca es una de las cosas más besables con las que me he cruzado jamás. El labio superior forma una eme casi perfecta, sólo un poco más oscura que el resto de su rostro; el labio inferior, protuberancia carnosa y deliciosa que casi se deshacía entre mis labios. Y sus mejillas: son hermosas. Aún lo pienso cuando veo sus fotografías: redondas, senos en miniatura, sólo un adelanto de lo que esconde su sujetador. En conjunto, su rostro te hacía enamorarte. La cereza del pastel es esa cabellera negra azabache que le cae hasta la parte baja de la espalda, ese cabello que ruega ser jalado o enrollado en unos dedos, que pide a gritos que jueguen con él. Debo ser sincero: a esa mujer yo le rendí pleitesía, jamás me había gustado una chica tanto, nunca deliré como con ese cuerpo (esas tetas, su cintura, su culito) o esa cara (par de labios, qué ojos, sus cachetes).
Pero me estoy desviando del tema. Decía que ese día no fui a la escuela. Berenice me citó en un motel, no muy lejos de donde estudiábamos. En ese entonces, incluso eso representaba un gasto considerable para nosotros (y como ninguno había tenido sexo antes, no sabíamos bien cuánto costaba una habitación). Por eso no sospeché nada, en un inicio. Yo, confiado y joven como era, vestía un pantalón de mezclilla lleno de agujeros: casi se me veían las nalgas por los huecos que tenía. Pero eso es lo de menos. En mi teléfono, a las nueve de la mañana, había un mensaje que decía: "habitación 215". Y nada más.
En la recepción no hicieron demasiadas preguntas. Fue cuestión, práctimanete, de pasar como si no sucediera nada extraordinario. Cuando llegué a la habitación, la puerta se abrió apenas cinco centímetros. Y se asomó el hermoso rostro de Berenice. Igual que entonces, su rostro me roba sonrisas. Sonrió desde detrás de la puerta y me dijo: "pasa".
El cuarto estaba vacío. Sobre una silla descansaba la mochila de mi novia, y sobre los muebles había velas.
Cuando la volteé a ver ella sólo sonrío. Con las manos en el vientre y la mirada clavada en el piso, dijo: "Te mentí, no vendrá mi prima". "¿Ah, no? Entonces qué estoy haciendo aquí", le pregunté. Ella caminó hasta donde me encontraba, puso sus manos en mi cintura y me dijo: "quítate la chamarra". Cuando lo hice, ella continuó: "te pedí que vinieras porque ya no aguanto. Te amo y quiero hacer el amor contigo. Es mi regalo para ti". Yo sonreí; no sabía qué responder, así que la besé. Es, aún ahora, uno de los mejores besos que me han dado.
Mientras nuestros labios y nuestras lenguas emprendían una batalla sin tregua, nuestros cuerpos poco a poco se fueron desplazando hasta la cama. Antes de que nos diéramos cuenta estábamos acostados. "Tengo un poco de frío", dijo ella de pronto, así que nos cobijamos. Y no bien estuvimos cubiertos por las sábanas, sus manos casi me arrancaron la camisa. Yo la dejé hacer y la seguí besando. Asimismo, mis manos comenzaron, por primera vez, a recorrer su cuerpo. Al tiempo que su pelvis se presionaba contra la mía, mis dedos acariciaban sus pechos, aún cubiertos por tela. De cuando en cuando, cuando nuestras bocas se separaban, nos decíamos te amo, pero eso no sucedía mucho. Un ruido de succión predominaba en el cuarto.
Entonces le quité la camisa. Ella era muy tímida, y no era para menos, pues era su primera vez. Por eso, cuando se quitó el brassiere, cubierta por las sábanas casi transparentes de aquel motel, ella se tapaba los pechos, aunque no servía de mucho, pues su piel morena hacía contraste y me dejaba verla casi en plenitud, belleza a todo lo que daba. Aún ahora, casi cuatro años después, sonrío y me excito cuando recuerdo eso.
Tardamos casi veinte minutos en quedar sólo con los calzones puestos. E incluso así ella se cubría con las sábanas. Su inocencia me cautiva. En este punto debo describir sus pechos a fondo. Eran perfectos: tienen la combinación perfecta entre firmeza y maleabilidad, se ajustaban a mis manos mejor que cualquier cosa, y sus pezones estaban hechos para entrar en mi boca. El contorno de esas tetas vuelve loco a cualquiera, y más cuando las ves moverse arriba y abajo, al compás de la respiración de Berenice, mientras mi verga embestía su coñito, húmedo, ansioso y bien dispuesto.
Pero continúo. Cuando por fin la ropa no fue un estorbo me sumergí entre las sábanas. Ante mí se mostraba el paraíso: bajo la delgada piel de Berenice se distinguían los músculos a la perfección. Besé sus tetas por primera vez y poco a poco fui bajando, hasta que llegué al monte de Venus, donde una hermosa montaña de cabello rizado se alzaba ante mí.
Por primera vez, mientras lamía su ombligo, mis dedos le acariciaron el coño, y la humedad que sintieron me puso el pito como piedra. Una de mis manos jugaba con su pecho izquierdo, mi boca trazaba figuras en su vientre y mi otra mano estaba ocupada entrando y saliendo de su cueva húmeda. De su vagina se desprendía un olor poderoso, no obstante, no del todo desagradable. Cuando por fin subí de nuevo a su boca, apenas diez minutos después, su rostro era una mueca desconocida, más hermoso aún -si es posible- de lo que normalmente era. La besé.
La primera vez que mi pene entró en Berenice para ella fue doloroso. Recuerdo la manera en que su cara mostraba el miedo, luego el dolor, y la belleza de su rostro que se convertía en placer. Media hora después, las primeras punzadas de dolor de la primera vez se habían convertido en gemidos, en uñas clavadas en mi espalda, en sus piernas contra mis riñones, en su boca entreabierta y jadeante. Sin embargo, yo estaba tan nervioso que no terminé.
Cuando por fin nos separamos, ella propuso que tomáramos un baño.
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Categories: Sex Humor
Posted by marcolopezlit
1 year ago    Views: 393
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