EL PORTA LIGAS Y LA TANGA

A mis diecinueve años de edad, aún conservaba la apariencia de un adolescente o mejor dicho de una adolescente, merced a mis rasgos y a mi figura tan pero tan femenina y sobre todo porque, fuera de la facultad a donde aún concurría “vestido de varón” (aunque había dejado definitivamente de usar “calzoncillos”), vivía directamente travestido ya que, como mis tres hermanas estaban casadas y viviendo con sus respectivos esposos, me había convertido en “hijo único” y también en “hija única”.
Mi padre continuaba pasando días enteros fuera de casa, por razones laborales y el horario de trabajo de mi madre era muy extendido, motivo por el cual yo podía pasar horas enteras travistiéndome a mi antojo y sobre todo por todo el vestuario, accesorios, maquillaje, etc., que habían dejado en casa mis tres hermanas; pero además de ello, podía planificar y organizar con total y absoluta libertad, encuentros sexuales con la comodidad y la reserva de llevarlos a cabo en mi propio domicilio.
En aquel entonces ya contaba en mi haber, con muchachos que estaban bien al tanto, no solo de mi condición sexual de “gay ultra, híper y súper pasivo”, sino de mi especial gusto por travestirme, por lo que no me resultaba para nada difícil satisfacer mis necesidades, mis deseos y mis fantasías de esa índole, sino que, por el contrario, a pesar de mi corta edad aún, ya era todo un experto en la materia.
Si bien ya lo he mencionado en varios de mis relatos anteriores, vuelvo a hacer hincapié en el hecho de que, travestido, maquillado, pintado, etc., era yo una mujer y salvo por mi entrepierna, estoy completamente seguro y persuadido que nadie, pero absolutamente nadie se hubiese atrevido a dudar tan siquiera de ello, tal mis rasgos faciales y mi figura ciento por ciento femenina.
Una tarde, estaba en casa preparándome para travestirme, porque había invitado a un muchacho a casa (obviamente con fines sexuales) y revolviendo los cajones de una cómoda, que aún conservada prendas de mis hermanas, me encontré con una por demás agradable y gratificante sorpresa; un “porta ligas”, que muy probablemente una de mis queridas hermanitas, debió haber usado para excitar o a alguno de sus novios o a su actual marido, durante su época de noviazgo.
Por supuesto que inmediatamente me probé aquel “porta ligas” y, como no podía ser de otra manera, merced a mis muslos rellenos y a mi espectacular y maravillosa cola, con esos “cachetes” tan blancos, suaves y aterciopelados, como carnosos, me calzaba a la perfección. Toda mujer que haya usado alguna vez un “porta ligas”, sabe lo excitante que resulta ello para los hombres y como los “ratonea” y cuanto más excitados y más calientes estén ellos, más satisfacción recibiremos “nosotras”.
Llegado el día “D”, me puse unas medias negras, tanga “hilo dental”, el porta ligas, un diminuto corpiño negro y un hermoso camisolín de tela de raso, translúcido y me produje con un maquillaje suave, por razones más que obvias; la imagen que me devolvía el espejo era espectacular, maravillosa, alucinante, al punto tal que nuevamente volví a agradecerle a la madre naturaleza, el haberme agraciado en esa figura tan pero tan absolutamente femenina.
Roberto, tal el nombre del muchacho (un veinteañero muy lindo por cierto), si bien venia cojiéndome desde hacía ya muchísimos años atrás y en más de una ocasión me había visto travestido, volvió a quedarse “boquiabierto”, anonadado y alucinado ante mi femenina y sensual presencia y era esa reacción por parte de los hombres, lo que me invadía de una increíble sensación de gozo, placer, satisfacción y bienestar personal; era como realizarme por completo en mi condición circunstancial de mujer.
Mi vestuario y todo el entorno, habían excitado de tal forma a Roberto, que apenas se desvistió noté que su verga ya estaba absolutamente “al palo”; yo, mientras, tanto, me arrodillé sobre la cama y quedé, erguida, frente a un gran espejo en la pared, que reflejaba mi imagen de “perra en celo” e inmediatamente giré mi cabeza hacia atrás, como para apurar a mi amigo, quien ya estaba quitándose las medias, para quedar total y completamente desnudo.

Roberto se arrodilló detrás de mí y antes de rozarme tan siquiera, me levantó el camisolín para observar, aún atónito, mi hermosa cola realzada en su figura y como no en su tamaño, gracias a aquel “porta ligas”; mientras tanto, el espejo me devolvía la imagen de alguien, cuyo estado de excitación era fácilmente imaginable; mi respiración ya entrecortada y el tenue cambio de coloración en mi piel, eran un claro síntoma de cómo subía mi temperatura corporal.
A todo esto, yo, con solo girar mi cabeza hacia atrás y hacia abajo, podía ver mi increíble masa glútea y como Roberto, acercaba su pija ya totalmente erecta, precisamente hacia ese lugar, para luego de correr la tirita posterior de mi tanga, comenzar a buscar ese orificio anal, destino final para ese miembro viril alucinante; mientras Roberto me penetraba suave pero firmemente, yo comenzaba a sentir esa por demás agradable y increíble sensación de “tenerla adentro”.
El cuadro era alucinante, maravillo y sublime; Roberto detrás de mí, moviendo ligeramente su pelvis, suave al principio pero aumentando su intensidad en forma proporcional a su excitación y a su calentura y yo, acompañando esos movimientos, a punto tal que uno de los breteles de mi corpiño se deslizó sobre mi hombro y quedó alojado en mi codo.
-¡Ah! ¡Qué buena que estás! ¡Qué hermoso culo tenés! ¡Cómo me gusta ponértela así!
Exclamaba Roberto una y otra vez ante cada embestida, a lo que yo respondía.
-¿Viste que soy una mujer? ¡Decime si no soy una mujer!
-¡Sí que sos mujer! ¡Obvio que sos mujer! ¡Sos una mina hermosa, preciosa! – Agregó Roberto.
-¡Y una mina puta! ¡Bien puta! ¡Muy puta! ¿Te gusta que sea tan puta? – Exclamé jadeando y gimiendo.
-¡Sí que me gusta! ¡Claro que me gusta que seas puta! ¡Que seas bien puta! – Replicó mi amigo.
-¡Ay si! ¡Me encanta como me cojés! ¡Me encanta como me metés esa hermosa pija que tenés! ¡Cojeme” ¡Cojeme más! ¡Cojeme con todo! – Exclamé casi a gritos, para inmediatamente girar mi cabeza y buscar su boca con la mía; Roberto estaba también tan o más caliente que yo y entonces comenzó a comerme la boca a besos; yo aproveché esa situación de extrema excitación para buscar su lengua y hacerla jugar con la mía y para chuparla cada vez que daba con ella.
Aquello era lo que más me gustaba en la vida, es decir, estar travestido, sentirme y verme como mujer y a la vez siendo alucinantemente cojido por un muchacho, que encima de todo me gustaba y vaya si me gustaba.
Gotas de sudor ya corrían por mis muslos, mis piernas y el rico jugo del sexo invadía toda mi preciosa cola hambrienta e insaciable y el camisolín de raso se pegaba a mi espalda, hasta que sin mediar palabra alguna, me puse en la posición “cuatro patas”, para que Roberto continuase con su frenética cojida.
Por suerte para mí, aquella tarde no era una de esas en la que, el dulce néctar del semen masculino, corona una espectacular velada, pero al mismo tiempo marca el final de la misma, por lo que aquella maravillosa cojida duró muchísimo más de lo que a priori, hubiese yo supuesto, merced al clima que se estaba generando en mi habitación.
En un felino movimiento, me di vuelta y me puse de espaldas a la cama, con las piernas bien abiertas y ofreciendo mi también insaciable y hambriento orificio anal, comúnmente denominado “orto”, para que Roberto continuase cojiéndome pero “por adelante”, eso sí, sin quitarme la tanga, la que aún ocultaba lo único que podría llegar a delatar mi condición de “no mujer”.
El cuadro no podía ser más alucinante; yo en posición de parto y Roberto dándome unos pijazos que me movían todo dentro de mí.
Jadeos, gemidos y hasta gritos de gozo y de placer retumbaban en las paredes de mi habitación, hasta que el mayor de los alaridos acompañó el abundando “chorro de leche caliente”, que se desparramó por todo mi bien cojido culo de mujer en celo.
Por supuesto, aquel estado de semejante excitación, decayó de golpe junto la última gota de ese semen masculino e hizo que Roberto se vistiese rápidamente y se fuera sin siquiera pasar por el baño, pero sobre todo porque su casa no distaba mucho de la mía.
Yo, en cambio, permanecí desparramada sobre la cama, total y absolutamente exhausta, pero con una sensación de haberlo dado todo, de haber entregado todo de mí; me sentía realizada por completo, satisfecha a más no poder, pero por sobre todas las cosas, me sentía mujer, me veía mujer, independientemente de eso que aún escondía en mi entrepierna, mi diminuta tanga.
¡Ah! Me olvidaba ¿El porta ligas? Aún permanecía en su lugar.



100% (9/0)
 
Posted by Mistyca
1 year ago    Views: 356
Comments (2)
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1 year ago
wauu yo quiero lo miso para mi
gracias
Jay
1 year ago
Wouu me encanto tu relato aver si ases una sesion de bondage algun dia seria muy exitante!! saludos!