Mi Cuñada...

Eran las 10:30 de la noche y comenzaba a desesperar porque mi esposa no aparecía y el frío arreciaba. Había quedado muy formal de pasar por mí a las 10:00 a mi oficina para ir a bailar en compañía de una pareja de amigos suyos en un nuevo antro en la Zona Rosa de la Ciudad de México.


Tuve que salir de mi oficina a las 10:00 porque siendo viernes el edificio lo cierran a esa hora, así es que de plano estaba en plena calle, con el frío entumeciendo mis manos y con un creciente enojo reflejado en mi rostro.


El plan inicial era ir a cenar en algún lugar en la Condesa o en la Roma y esperar mientras Claudia y Arturo llegaban y después ir a bailar salsa hasta la mad**gada. Tal plan no me emocionaba demasiado, porque la idea de ir a bailar de por si no me gusta, y si encima es en compañía de amigos de mi esposa, pues es aún menos interesante; sin embargo, ella insistió tanto que no pude negarme.


A las 10:45, cuando estaba a punto de tomar un taxi para ir a mi casa, pude observar el auto de mi esposa acercándose a lo lejos, y percibí entonces lo que consideré en ese momento sería la gota que derramaría el vaso (cuan equivocado estaba): mi cuñada, hermana mayor de mi esposa y a sus 28 años aún soltera y sin visos de matrimonio en el corto plazo, venía cómodamente sentada al lado de mi esposa; esperé ilusamente que en el asiento trasero viniera algún amigo para hacerle compañía, ya que de lo contrario mi esposa pasaría la noche preocupada por que su hermanita estaría sentada sola o bailando con un desconocido; y su sentimiento de culpa acabaría por arruinar la noche.


Cuando el auto se estacionó frente a mí asomé mi cabeza al asiento trasero y como me lo temía, estaba vacío. Mi esposa notó inmediatamente mi m*****ia, y con la mejor de sus sonrisas me dijo:


- ¡Mira quien vino!, me tardé por que esperé a que Gaby se preparara y se pusiera muy bonita para acompañarnos.


Sonreí, pero mi sonrisa se hizo más real cuando saludé a mi cuñada metiendo la mitad de mi cuerpo por la ventanilla abierta y noté que iba vestida como nunca la había visto, ni siquiera imaginado.


Gaby es una mujer de 28 años, delgada y de estatura media, muy deportista y muy tímida, siempre vestida con ropa holgada que no muestra nada y no deja nada a la imaginación, porque con esa ropa no te puedes imaginar nada; se la pasa horas en el gimnasio, corriendo, o haciendo ejercicio en su casa; casi no tiene amistades, va de su casa al trabajo, del trabajo al gimnasio o a correr y de regreso a su casa. Desde que me casé con mi esposa no le he conocido un solo novio o amigo, había llegado a pensar incluso que era lesbiana.


Esa noche, descubrí en ella, un cuerpo de mujer increíble, por primera vez libre de su ropa masculina. Llevaba puesta una blusa negra semi-transparente con un marcado escote hacia el frente, por primera vez conocía el color de su pecho: un moreno apiñonado que iba muy bien con sus ojos. Sus senos, del tamaño exacto para poderlos besar y amasar a placer, desafiaban la gravedad, no se si era por el tipo de brassiere que llevaba o por el suave calor que lentamente iba creciendo en mi cuerpo, me parecieron perfectos, pude ver únicamente el contorno superior, que brillaba tímidamente tal vez por la aplicación del algún maquillaje. Llevaba también una minifalda del mismo color, que dejaba al descubierto sus largas y bien torneadas piernas; mi mirada agradeció las horas entregadas en el gimnasio y en la pista de carrera, porque se podía notar el trabajo intenso que realizaban todos los días.


En tono suplicante Gaby me dijo:


- No te enojes cuñis, me voy a portar muy bien.


Al pronunciar estas palabras me sacó de mis profundas cavilaciones y me hizo retirar la mirada de sus deliciosas piernas, levanté la mirada y por la vergüenza de haber sido descubierto, eché el cuerpo hacia atrás, golpeándome la cabeza muy fuerte; las dos estallaron en carcajadas.


Mi esposa le pidió a Gaby que se pasara al asiento trasero para que pudiera sentarme en su lugar, inmediatamente ella abrió la puerta y yo me hice a un lado para dejarla pasar, y fue entonces que me hizo el que pensé sería el más grande regalo de la noche: al bajar pude ver su esbelta figura en toda su magnitud: su cabello largo recogido dejaba ver sus delgados hombros en plenitud, la caída de su delgada blusa permitía casi sentir sus pechos, noté entonces que la blusa le llegaba justo a la altura del ombligo, y éste se asomaba coqueto por entre las telas; su minifalda ya no me parecía tan corta, estaba justo por arriba de sus rodillas; cuando caminó a la puerta trasera pude ver su increíblemente redondo y duro trasero, que se levantaba imponente por debajo de la ropa.


Abrí la puerta trasera y cuando subió tuve que hacer un enorme esfuerzo para no asomarme un poco y ver que escondía debajo de su falda, ya que mi esposa podría m*****arse.


Al subir al auto, mi esposa me sacó de mi incipiente calentura al decirme que sus amigos venían tarde, por lo que tendríamos que esperarlos un poco más. Les dije entonces que fuéramos a un pequeño restaurante cercano, muy bien iluminado (no quería perder detalle del recientemente descubierto cuerpo de mi cuñada); ellas accedieron y allá nos dirigimos.


Al llegar al lugar bajé rápidamente del auto y abrí la puerta de mi esposa (no quería que se sintiera desplazada); mientras tanto un Valet Parking se daba el agasajo visual de su vida al abrir la puerta a mi cuñada y ayudarla a bajar, cuando le entregué las llaves, mi mirada revelaba mi m*****ia y mi esposa me preguntó:


- ¿Porqué te has m*****ado?


A lo que respondí un tanto apenado:


- Lo que sucede este tipo vio a Gaby de una manera muy lasciva (igual que yo hacía no menos de 15 minutos antes)


Ella desaprobó la actitud del conductor y sonrió (yo era su héroe), mientras que para mi sorpresa, mi cuñada me tomó muy fuerte del brazo diciéndome al oído:
- Muchas gracias, creo que no estoy acostumbrada a esta ropa y de pronto puedo enseñar de más.


Sonreí y le dije arriesgándome un poco:


- No te preocupes Gaby, luces espectacular y en cierta forma entiendo a este muchacho que al verte no ha podido evitar mirar de más.


Ella sonrió y me dio un sonoro beso en la mejilla


A partir de ese momento las cosas transitaron de manera muy tranquila, llegamos a la mesa y como siempre he sido muy caballeroso ayudé a mis dos acompañantes a sentarse y ponerse cómodas, llamé al mesero y pedí Margaritas para los tres. Mi esposa me miró extrañada porque yo no acostumbro tomar, pero le dije que estaba muy contento de estar con dos mujeres tan hermosas.


No se si mi subconsciente estaba preparando el camino para lo que sucedería después, pero de no ser así fue un enorme aliciente, ya que al calor de las copas, las lenguas tienden a soltarse y los temas de conversación pueden hacerse más y más picantes. Tal fue el caso y después de la tercera margarita, la conversación derivó a temas personales, muy personales diría yo.


Comenzamos a hablar de las relaciones sexuales prematrimoniales, mi esposa proviene de una familia muy conservadora y yo lo sabía, pero el alcohol me animó a revelar uno de nuestros más profundos secretos: nosotros habíamos hecho el amor antes de casarnos (y no una, sino muchas veces). Al escucharlo, mi cuñada mostró una enorme sorpresa y miró a su hermana con profunda desaprobación. A mí me miró como si estuviera decepcionada por mi conducta, tuve entonces que contraatacar y le pregunté directamente:


- No me vas a decir que a tus 28 años no te has acostado con nadie


Gaby no esperaba una pregunta tan franca, me miró directamente a los ojos y me dijo:


- No; yo soy VIRGEN


La palabra quedó retumbando entre nosotros: Virgen, virgen, virgen.


Quedamos en silencio durante algunos eternos minutos, en primera porque el tema seguramente era muy delicado para mi cuñada, pero por otro lado porque personalmente comencé a sentir una enorme atracción por ella, más allá de su ya comentado bien formado cuerpo, sino el hecho de ser virgen representaba para mí algo totalmente nuevo.


Siempre había considerado la virginidad como una forma de control de los padres a los hijos, hacer el amor a mi esposa antes del matrimonio fue para mí de lo más normal, y casarme con ella, siendo que ya no era virgen, no me afectó moralmente en lo más mínimo, pensaba que todos experimentábamos nuestra sexualidad desde muy jóvenes. El saber que Gaby era virgen, creaba para mí un morbo impresionante, pensar que ningún hombre había llegado hasta su intimidad y la había hecho gozar como toda una mujer provocaba en mí un enorme deseo de hacerlo; imaginar al menos 15 años de energía sexual contenida en ese hermoso cuerpo, y lista para ser encendida y explotada a placer me causaba una excitación única.


Mi mujer rompió el silencio con una suave reprimenda para mí:


- Si, Gaby es virgen y es algo que a ti no te concierne.


Las miré y me disculpé, y mi cuñada me dijo:


- Está bien, tampoco es para tanto, estoy segura de que no soy ni seré la última mujer virgen a los 28 años.


Por su comentario supuse que le había dolido lo que había dicho, me entristeció el tono de su voz, y no supe que más decir.


Entonces, como decimos por acá: Me salvó la campana; el teléfono celular de mi esposa timbró en repetidas ocasiones, eran sus amigos, ya estaban por llegar al antro y tendríamos que apresurarnos para no perder nuestra reservación.


Pagué entonces la cuenta y subimos al auto, esta vez manejé yo y mi esposa se subió al asiento de atrás con mi cuñada, hablaban en secreto y no podía entender lo que decían, aunque estaba seguro de que seguían hablando del tema. Por mi parte esperaba que los amigos de mi mujer llegaran con algún amigo, de esa forma mi cuñada no estaría sola tendría que bailar con desconocidos, cosa improbable debido a su timidez.


Al llegar una vez más me decepcioné, solo estaban Claudia y Arturo fuera del antro. Entramos, nos asignaron nuestra mesa y al sentarnos Gaby se sentó junto a mí me dijo:


- Vamos cuñis, invítame otra margarita y te perdono.


Accedí de inmediato y pedí una vez más margaritas para todos.


Bailé un rato con mi esposa, la pista estaba demasiado llena y el ritmo de la música hacía que constantemente chocara contra su cuerpo o contra los vecinos de baile. Mi esposa volteaba constantemente a la mesa y Gaby seguía ahí, sola, varios “aventados” se habían animado a sacarla a bailar, pero ella solo sonreía tímidamente y negaba con la cabeza. Pensaba en invitarla a bailar, pero mi mujer estaba muy entretenida.


Después de cerca de 30 minutos de baile en la pista, el conjunto en vivo fue a descansar y comenzaron a poner música grabada, empezó una canción lenta que no logro recordar, y mi esposa me dijo


- Anda, saca a bailar a Gaby, está muy solita.


Con una enorme sonrisa me dirigí a la mesa, mientras mi mujer iba al servicio. Al llegar, le dije a Gaby


- Porqué tan solita, estoy seguro que no menos de 10 ilusos se acercaron y los has bateado como bolas de beisbol


Ella soltó una sonora carcajada y me dijo que no sentía confianza de bailar con nadie, porque temía que se propasaran. Yo le dije


- Si prometo no propasarme, ¿bailas conmigo?


Ella dijo entonces lo que de plano cambiaría el rumbo de los acontecimientos aquella noche:


- Bailo contigo solo si prometes propasarte.


Me dejó helado y por ende mudo, me quedé inmóvil unos segundos y ella se levantó y me dijo


- Vamos, quita esa cara de tonto que has puesto y llévame a la pista porque esa canción me encanta.


Bailamos muy juntitos el resto de la canción, pero yo intentaba no estar demasiado cerca para que no fuera a notar la discreta erección que habían provocado su último comentario y todo lo ocurrido a lo largo de la noche.


Al terminar la canción pusieron una tanda de rock nacional que a mi esposa no le gusta, por lo que seguimos bailando un buen rato. Al terminar la tanda, el grupo en vivo regresó al escenario, y yo pensé que ahí terminaría mi corta aventura, pero para mi sorpresa mi esposa se acercó a nosotros y nos dijo que sus zapatos le apretaban un poco y prefería estar sentada, que nosotros le “sacáramos brillo a la pista”.


El grupo comenzó a tocar salsa. Lo cadencioso de la música, acompañado de los movimientos sensuales de mi cuñada, me sumergieron en un estado de excitación nunca antes experimentado. Sus movimientos eran cada vez más cercanos a mí, y conforme la pista se llenaba de personas, nuestros cuerpos tenían que juntarse con mayor frecuencia y con mayor fuerza; en una vuelta en la que ella quedó de espaldas a mí, el destino hizo de las suyas, porque simultáneamente yo fui empujado por la espalda, quedando mi cuerpo pegado al suyo y unos brazos chocaron con los míos quedando mi brazo derecho abrazándola por detrás, justo por debajo de sus pechos, mi mano derecha se posó durante fracciones de segundo en su seno izquierdo, mientras que mi pene erecto se recargaba en su poderoso trasero.


Retiré de inmediato mi mano y me separé de ella esperando que no hubiese notado mi enorme erección en sus nalgas, al fin de cuentas era la hermana de mi esposa, además de una mujer hasta entonces muy conservadora, y no quería tener problemas con nadie. Al terminar la canción decidí que era momento de terminar con aquella locura y acompañé a mi cuñada a la mesa con la intención de bailar otra vez con mi esposa, además yo ya estaba muy caliente y tenía que buscar con quien desahogarme, y quien mejor que mi bella mujer.


Mi esposa me dijo que me sentara un momento para descansar, quedé sentado en medio de las dos. Miré a mi esposa con unos ojos que revelaban la cachondez que recorría mi cuerpo y comencé a besarla apasionadamente, discretamente introduje mi mano debajo de su blusa y sobaba la parte inferior de sus tetas por encima del brassiere, ella reaccionó de inmediato y pasó su mano por detrás de mi cuello con fuerza para acercarme más a ella. Nuestro intenso beso duró algunos minutos, en los que ella constantemente sobaba mi pene por encima del pantalón.


Al terminar nuestra sesión de besos, volví a sentarme cómodamente en la silla y tomé mi copa para brindar por el hecho de estar juntos, pero noté entonces que mi cuñada me miraba, y no podía evitar mostrar un dejo de m*****ia y tal vez celos en su mirada.


Comenzó una vez más la música grabada, y fue entonces mi cuñada quien tomó la iniciativa y me pidió bailar con ella, miré a mi esposa como pidiendo su aprobación y ella me sonrió y me dijo:


- Ve a bailar, yo aquí te espero para que me vuelvas a dar un poco de amor…


Gaby se levantó y en dos segundos ya estábamos en la pista, estaban tocando Reggaeton, género musical que hasta entonces despreciaba, y digo hasta entonces porque al observar las caderas de Gaby moviéndose al ritmo de “La gasolina”, idolatré al creador de semejante ritmo que hacía que el imponente trasero de mi cuñada se moviera tan sugerentemente, tan cerca de mí.


Las copas y el entorno, junto con el mujerón que era mi pareja me llevaron a donde no pensé que pudiera, comencé a moverme al ritmo de la música, al principio conservando el espacio fundamental con mi cuñada para evitar una bofetada, pero ya después, “entrados en gastos y en confianza”, rozando descaradamente sus curvas so pretexto del baile. Ah, el reggaeton, hermosa justificación para poder gozar el cuerpo de una mujer frente a los demás, incluso de tu cuñada frente a tu propia esposa.


La música seguía y seguía, parecía interminable, las curvas de mi cuñada se movían cada vez más sugerentemente, apoyaba constantemente mis manos en sus caderas justo ahí, en donde la curva de sus nalgas se hacía más profusa y no había riesgo de que se m*****ara, y ella ponía sus manos sobre las mías, moviendo sus caderas de un lado a otro, y ayudando disimuladamente a bajar milímetro a milímetro mis manos, en una peligrosa operación en la que ambos éramos cómplices, pero que no nos atrevíamos a confesar. Pasados unos minutos, mis manos ya no estaban apoyadas en sus caderas, sino que ayudaban descaradamente en el delicioso movimiento de su redondo culo, subían y bajaban con toda libertad siempre acompañadas por las suyas, comenzando en su diminuta cintura en donde mis dedos tenían la posibilidad de tocar su piel desnuda, y bajando cadenciosamente por los costados de sus nalgas y hasta sus bien formados muslos, por encima de su falda. La suave tela se deslizaba entre mis dedos fácilmente, pero yo me preguntaba como sería su piel, como se sentiría el rose de mis dedos directamente con la piel desnuda en sus piernas.


El reggaeton seguía sonando con toda su fuerza, y las parejas en la pista cada vez nos arremolinábamos con más sensualidad; de cuando en cuando mi cuñada me miraba a los ojos, no podía más que interpretar lujuria en su mirada, probablemente me equivocaba, pero como el borracho piensa que todos a su alrededor están borrachos, yo pensaba y juraba que mi cuñada estaba experimentando en su cuerpo las mismas sensaciones que recorrían el mío desde hacía un rato.


Llevé entonces nuestra travesura un poco más allá, cada vez que mis manos bajaban por sus piernas, intentaba bajarlas un poco más, hasta conseguir tocar su piel directamente, eventualmente lo logré, en una de tantas caricias, mis manos se deslizaron por debajo de su falda, y lentamente las fui subiendo hasta sentir el sudor de sus muslos, fue una sensación indescriptible; el sudor lubricó por decirlo así el movimiento, haciéndolo si es posible más erótico, Gaby se detuvo una fracción de segundo y volteó a mirarme, por un momento pensé que el juego terminaba ahí; pero no fue así, sonrió y siguió bailando como si nada hubiera pasado.


Con la confianza que ello representaba, mis manos ya no sintieron temor alguno, y empezaron a subir y bajar por debajo de su falda. Nuestros cuerpos estaban tan pegados que la operación era casi imperceptible para los que nos rodeaban, que pensándolo bien se habían vuelvo cómplices de nuestro pecado.


El sudor de mis manos combinado con el de sus piernas acabó por excitarme aún más, esta vez la operación era a la inversa, mis manos iban subiendo disimuladamente por sus piernas, con el firme y descabellado propósito de llegar a ese anhelado culo que me esperaba a tan solo unos centímetros de distancia. Ella por su parte seguía moviéndose, sus manos ya no me acompañaban, al parecer había decidido dejarme tomar mi propio camino, interpreté la señal como una luz verde, y mis manos lentamente llegaron a posarse en ese increíble trasero que horas atrás solo imaginaba y días atrás ni siquiera consideraba existente.


La sensación era increíble, Gaby llevaba puesta una diminuta tanga que apenas podía sentir, por lo que mis manos se convirtieron en dueñas absolutas de aquel terreno virgen que seguramente nadie había disfrutado aún. Su culo estaba duro como una piedra gracias a las horas sacrificadas en el gimnasio, era redondo, muy redondo, su piel era tan suave como un durazno y mis manos se dedicaron a recorrerlo en cada centímetro, desde el punto en el que formaba esa deliciosa curva en el final de sus piernas, hasta cerca de su espalda; ella por su parte simplemente se hacía cada vez más hacia atrás, con una desesperación que no conocía en nadie.


A esas alturas ya no bailábamos, nos dejábamos llevar en una cadencia sensual infinita digna de cualquier película pornográfica; de cuando en cuando ella se paraba totalmente derecha y yo aprovechaba para acercarla hacia mí y dejarla sentir mi erección justo en donde mis manos recientemente se habían deleitado.


Ya no me importaba nada, en ese momento bien podría haber llegado a la pista mi mujer y yo hubiera seguido con mi deliciosa faena, tener esa magnífica y caliente hembra en mis manos, saber que era virgen y que tendría contenidos en si toda clase de bajos instintos; y además saberme elegible para la importante tarea de descubrirlos y explotarlos, me tenía absolutamente extasiado.


Para mi mala suerte, la música terminó y tuvimos que separarnos inmediatamente, caminamos de la mano hacia la mesa en donde mi esposa nos esperaba con una enorme sonrisa. Al sentarnos, una vez más quedé en medio de las dos, y mi mujer aprovechó para seguir lo que habíamos dejado pendiente, comenzó a besarme el cuello mientras acariciaba mi pene que ya denotaba para entonces una considerable erección. Me sonrió sorprendida y me dijo


- Que bien, estás listo para todo


Yo sonreí y Gaby, como no queriendo la cosa dijo


- ¿Listo para qué?


Mi mujer muy apenada respondió que no era nada y se volteó a comentar algo con sus amigos, mientras que mi cuñada acercándose a mi oído y esta vez ella acariciando descaradamente mi erecto miembro me dijo:


- Si, ya me imagino para que estás listo


Me dejó boquiabierto, de plano era una persona distinta a la que había conocido hasta el momento, probablemente eran una gran cantidad de elementos que estaban poniendo a esta hembra a punto, y yo era el afortunado que estaría ahí cuando sucediera.


Me hubiera gustado dejar el antro de inmediato y llevarme a Gaby al primer hotel que encontrara, pero era imposible, la presencia de mi esposa y de sus amigos me limitaban demasiado, sin embargo no estaba dispuesto a dejar el asunto ahí, además de que no podía dejar pasar la noche sin que ocurriera algo, porque pasado el efecto del alcohol y la calentura en ambos tal vez no nos animaríamos a nada.


En ese momento hice “mi movimiento”, era algo que había aprendido hace más de 15 años y siempre parecía tener el mismo efecto en todas las mujeres la primera vez que lo hacía: coloqué mi mano derecha cerrada con los dedos en punta sobre la rodilla desnuda de mi cuñada y suavemente deslicé mis dedos hacia fuera abriendo la mano; repetí la operación varias veces obteniendo el resultado deseado, la piel de la pierna de mi cuñada se había erizado y su respiración sufrió un vuelco.


Para disimular mi accionar, con mi mano libre abracé a mi esposa por la baja espalda, pero creo que ella también estaba un poco cachonda, y discretamente la bajó a sus nalgas mientras seguía platicando muy quitada de la pena con sus amigos. La escena era irrepetible, con una mano estaba acariciando el hermoso culo de mi esposa, ahí frente a sus amigos, y con la otra acariciaba tímidamente la pierna de mi cuñada, en las mismas narices de mi esposa. Hoy entiendo el riesgo que corría, pero tal vez ese factor hacía más excitante la situación.


Gaby tomó mi mano, quizás sentía que habíamos llegado demasiado lejos y detendría todo de inmediato. Pero no fue así, lentamente fue subiéndola por su pierna, recorriendo palmo a palmo sus músculos y carne caliente, sintiendo cada imperfección y detalle de su piel desnuda bajo mis dedos. Subió mi mano por debajo de su falda, y se perdió con la oscuridad de la tela. Mi erección parecía no conocer de limites fisiológicos, cada segundo transcurrido mi pene crecía mas y mas y pedía a gritos ser liberado de su prisión de tela.


Mi mano seguía recorriendo hacia arriba y hacia abajo la pierna de Gaby, tratando en cada movimiento llegar mas arriba, para tocar por primera vez su preciado tesoro, su triángulo de energía jamás tocado por hombre alguno, su ardiente sexo necesitado de un hombre que le enseñara a tocar el cielo.


En el instante mismo en que mi mano alcanzaba su destino final, una poderosa descarga eléctrica pareció apoderarse de nosotros, ella apretó mi mano con una fuerza increíble y yo estuve a punto de alcanzar un orgasmo sin necesidad de más contacto que ese. Su tanga estaba muy mojada, pude percibir por un instante la viscosidad de sus flujos vaginales, el calor de su sexo encendido ansioso de batalla, y yo estaba dispuesto a librarla.


Ella se detuvo intempestivamente, tomó mi mano y la alejó con fuerza de su entrepierna. Me miró, me guiñó el ojo, acto seguido dijo a mi esposa que iría al servicio, que no tardaba.


Yo me quedé ahí sentado con un palmo de narices y sin entender que demonios había pasado. Con una increíble calentura que solo podría liberar con una larga sesión de sexo con mi mujer horas mas tarde.


Tan solo unos segundos después regreso Gaby con el rostro visiblemente desencajado, algo le dijo a mi mujer y por un momento pensé que le estaría contando de nuestra candente aventura. Los colores se me subieron a la cara, y pensé que ahí terminaba todo. Mi esposa me miró y me dijo en secreto que Gaby le había pedido que yo acompañara al servicio porque en el camino se había encontrado a un grupo de muchachos que la incomodó, voltee a mirar a gaby que mostraba una sonrisa entre preocupada y sugerente. Entendí entonces su plan: esa era la única forma en que podríamos estar lejos de mi esposa al menos unos minutos


Me levanté de inmediato, no sin antes esconder como pude mi ya muy visible paquete. Gaby me tomó de la mano y me llevó prácticamente a rastras hacia los baños, que se encontraban en el segundo piso del local. Metros antes de llegar, se detuvo, me miro a los ojos y me dijo:


- ¿Qué te has propuesto, porqué me haces esto?


Yo no sabía que decir, pero atiné a balbucear la respuesta exacta:


- Porque te gusta


Ella sonrió y preguntó:


- ¿Cómo sabes que me gusta?


Yo en plan tan aventado como estaba, tomé mi mano derecha y me la llevé a mi nariz, la olfatee detenidamente y al terminar le dije:


- El olor y la humedad de mi mano me dicen que estás tan excitada como yo.


Definitivamente ambos sabíamos lo que deseábamos, los juegos previos no dejaban lugar a dudas, sin embargo, ninguno se decidía a atravesar esa delgada línea después de la cual no hay retorno. La vieja "moral mexicana" nos frenaba, pero pensándolo bien ya estábamos mas allá: minutos atrás mis manos habían acariciado desesperadamente sus nalgas y ella misma había llegado hasta ahí no solo permitiéndomelo sino ayudándome en la tarea y definitivamente la sobada de mi pene frente a mi esposa no era algo que pudiera pasar inadvertido.


Con todos estos pensamientos, me convencí que las mismas consecuencias tendría llegar hasta el final que cancelar la aventura en ese momento.


Tomé entonces por primera vez en la ajetreada noche la iniciativa, después de todo Gaby era la “inexperta” en estos asuntos. La tomé por la cintura con firmeza y caminé junto a ella a un lugar apartado y suficientemente oscuro y la recargué contra la pared. Sin mediar una palabra más, me acerqué a su rostro y pose mis labios sobre los suyos, primero delicadamente mostrando incluso cierta timidez, y luego, al ir sintiendo la humedad de su boca con una pasión indescriptible. Mi lengua jugaba con la suya en una persecución de ida y vuelta en la que cada roce incrementaba su respiración, sus labios, sin maquillaje alguno y humedecidos con nuestra saliva eran un verdadero manjar. La besé unos segundos, pero mis manos estaba ávidas de seguir descubriendo su cuerpo, fueron entonces en busca de territorio ya conocido y se posaron solo un segundo en su cintura para posteriormente dejarse caer a sus maravillosas nalgas y esta vez ya sin ningún tapujo las deslicé por debajo de su falda para luego levantarla y tener a mi disposición el mejor culo que jamás hubiese tocado.


Estábamos frente a frente y mis manos subían y bajaban por sus nalgas y muslos, podía sentir el encaje de su tanga y de vez en cuando introducía mis dedos entre la delgada tela y la línea que separaba sus nalgas. Las apretaba, las estrujaba y pellizcaba con fuerza, ella por su parte no cesaba de besarme con desesperación, su lengua entraba y salía de mi boca de una manera increíble, y por un momento me imaginé como sería tenerla lamiendo mi miembro.


Cada que mis manos apretaban sus nalgas la acercaba hacia mía, rozando con mi verga su delicioso sexo, con cada roce su cuerpo se estremecía con más fuerza y su respiración se agitaba a tal punto que pensé que alguien podría escucharnos. Gaby abrió un poco las piernas y aproveché para colocarme entre ellas, la posición si bien incómoda me permitía tallar mi pene con franca fuerza en su cueva parcialmente abierta, y esto parecía provocarle un goce nunca antes experimentado.


Tomé entonces otro camino, quería sentir esos turgentes pechos entre mis manos, aunque no quise hacerlo tan directamente porque temía que aún podría arrepentirse, dejé de besarla en los labios y pasé a recorrer con mi boca sus mejillas y disimuladamente llegué a sus oreja izquierda; tenía un as bajo la manga: años atrás mi esposa me había platicado que Gaby era increíblemente sensible en ese punto.


En cuanto mis húmedos labios llegaron a su oreja, su cuerpo reaccionó, y aunque parecía resistirse a la caricia moviendo un poco la cabeza, sus manos me decían lo contrario, ya que inmediatamente fueron a posarse en mi marcada erección y comenzaron a sobarla con fuerza inusitada. Aproveché el derroche de erotismo para subir mis manos y acariciar sus pechos por encima de su blusa, eran magníficos, tan duros como una roca, si no supiera que Gaby era adicta al ejercicio hubiera pensado que eran operados; pero no, sus preciosas tetas eran resultado de la genética y de la entrega a la disciplina diaria. Los acaricié desde los laterales juntándolos al centro de su pecho, al hacerlo podía mirarlos mejor porque sobresalían de la blusa, los apreté así en varias ocasiones, podía sentir a través de la tela de su blusa y del brassiere sus erectos pezones, los pellizqué un poco y ella reaccionó de inmediato abriendo el cierre de mi pantalón, con dificultad pudo sacar al deseoso cíclope de su prisión, y comenzó a acariciarlo en toda su extensión.


Yo seguía con mi deliciosa asignatura de sobar sus gloriosas tetas, pero esta vez lo hacía con una mano mientras que con la otra seguía apretando su culo y atrayéndola más a mí. Gaby hizo algo que de plano me sorprendió aún más, dejó de sobar mi paquete por unos segundos, subió sus manos a la altura de sus pechos y desabotonó su blusa totalmente, quedando sus pechos cubiertos únicamente por su brassiere. Francamente me quedé anonadado, eran formidables, mucho mejores de lo que dejaba entrever su escote; siempre había pensado que mi mujer tenía las mejores tetas que había tocado, pero las de Gaby eran superiores, francamente estaban fuera de la realidad.


Pensé entonces que hasta ahí llegaría con sus pechos, pero cual fue mi sorpresa que su bra tenía un pequeño broche al frente; ¡eureka! bendije al inventor de semejante artilugio. Con la mano libre abrí el broche, el brassiere se deslizó a los costados de su cuerpo, y sus magníficos senos quedaron mostrándose con toda su vanidad. Eran del mismo color que sus hombros, con sus pezones mirando hacia el cielo y una aureola un poco más clara que hacía juego con el conjunto. No pude más que agacharme y deleitar mi paladar con semejante bocado, no cabía en mí de excitación, mi boca recorría cada milímetro, pasaba de una teta a la otra como tratando de ser equitativo en el placer, mordía ligeramente sus pezones, recorría una y otra vez el camino; podría haber estado ahí para siempre, gozando de ese par de “melones” que nunca imaginé tener en mi boca.


Ella por su parte seguía masajeando mi pene que estaba a punto de estallar, tuve que contenerme en repetidas ocasiones para no venirme y acabar manchando su ropa y la mía; además no quería terminar, lo estaba disfrutando sobremanera. De su boca salían palabras, más susurros como:


- ¿No espera, no podemos, que va a decir mi hermana?


Pero no lo decía con firmeza, seguramente eran parte de los prejuicios que aún ocupaban su mente, pero yo me encargaría de que pronto se fueran.


Salí de mi aislamiento y noté que dos parejitas mucho más jóvenes nos miraban insistentemente a lo lejos, pero no me importó, una faceta exhibicionista nunca antes conocida se ponía de manifiesto en mí. Yo cubría a Gabriela con mi cuerpo, por lo que nuestros nuevos espectadores no podrían ver demasiado y tendrían que conformarse con el poder de su imaginación; no se que me motivó en ese instante, tal vez la locura se apoderó de mí; miré fijamente al limitado auditorio, y sin más, dimos un giro de 180º, quedando yo recargado en la pared y Gaby dándoles la espalda; acto seguido llevé mis manos a su trasero, las bajé hasta el final de su falda, y lentamente, muy lentamente la subí para acariciarlas directamente. Seguramente aquellos muchachos se estarían dando un festín visual mirando el poderoso culo de mi cuñada, con su sublime y sensual tanga partiéndolo a la mitad; masaje unos segundos más sus nalgas e hice entonces lo más alucinado que podría imaginar: giré a Gaby para que quedara de espaldas a mí, sus enormes tetas quedaron al aire, libres de blusa y brassiere y pude observar los ojos cuadrados de nuestros jóvenes vouyeristas, seguramente ellos como yo, jamás habían visto un par de tetas semejantes.


Mientras tanto ella recorría con sus manos mi cabeza, yo le restregaba mi descomunal erección en el trasero y seguía besando sus orejas alternadamente, tocaba sus tetas desde atrás y pellizcaba con fuerza sus pezones, las amasaba, las degustaba con mis manos.


Gaby respiraba con mucha agitación, tenía los ojos entrecerrados y su cuerpo estaba totalmente entregado al tremendo “faje” que le estaba propinando, me supe entonces dueño de esta hembra que durante toda la noche me había vuelto loco, pero que en este momento tenía a mi entera disposición. Estaba seguro de que ella hubiera echo en ese instante cualquier cosa que le hubiese pedido, sin importarle nada, ni su hermana o su bien cuidada por tantos años virginidad.


En semejante posición mis manos recorrían libremente su anatomía, subía y bajaba desde sus rodillas hasta sus pechos, reconociendo cada centímetro cuadrado y a haciendo mío cada pedazo de esa majestuosa mujer. Caí en cuenta de que tan entretenido estaba con sus tetas y nalgas, que prácticamente me había olvidado del centro de su universo, y ni siquiera había intentado acariciarlo. Deslicé entonces lentamente mis manos a su entrepierna, y justo cuando comenzaba a palpar su humedad me detuvo abruptamente con ambas manos y me dijo:


- Espera, debemos regresar


Desgraciadamente tenía razón, hasta el momento nuestro breve idilio no había despertado sospechas, pero seria mejor que siguiera así para llevarlo a feliz y cachondo término.


Gaby notó entonces los ojos de sus admiradores en sus tetas, y rápidamente se cubrió con las manos y volteó hacia mí para guarecerse con mi cuerpo. Le ayudé a colocar el brassiere y la blusa en su lugar y me dio un profundo beso. Al terminar me dijo con una voz enronquecida por la agitación:


- Me estaban viendo las bubis


En tono muy serio le dije:


- No los culpo, están riquísimas


Ella sonrió un poco apenada, acomodó su ropa y se dirigió al servicio rápidamente. Permanecí de pie esperando su regreso, encendí un cigarrillo y miré de reojo a nuestros espectadores, sus rostros denotaban una lujuria in-crescendo, y sus miradas dejaban ver claramente la envidia que sentían.


Mientras Gaby volvía, maquiné un plan que me permitiría disfrutarla el resto de la noche: busqué al muchacho que atendía nuestra mesa y le pedí que desde ya, a mi me sirviera solo refresco, a Gaby normal y a mi mujer le sirviera el doble de alcohol en cada copa; el muchacho me miró con complicidad cuando le entregué el billete por sus servicios "adicionales", seguramente pensando que mi plan era "aprovecharme" de mi mujer... Volví al servicio y Gaby iba saliendo, la besé por ultima vez antes de regresar a nuestra mesa. Mi esposa me preguntó:


- Y bien, ¿ha sido necesaria tu intervención?


A lo que respondí:


- No ha sido nada, solo un grupo de ilusos que devoraban a tu hermana con la mirada (y si que lo hacían)


A partir de ese momento prácticamente dejamos el baile, ordenamos ronda tras ronda y mi esposa y yo parecíamos cada vez más alegres. En cierto momento me dijo un tanto preocupada:


- Estamos tomando mucho y tenemos que llevar a Gabriela a su casa


A lo que respondí:


- Gaby se ve muy fresca, que ella maneje y se quede en casa con nosotros


Ella me miró inocentemente y afirmó convencida. Mi plan tomaba forma: Gaby pasaría la noche en mi casa y mi esposa ingeriría alcohol en cantidades industriales.


Para mantener a Gaby a punto, en cada oportunidad acariciaba sus piernas y un poco más por debajo de la mesa, o le decía cosas calientes al oído, tales como: que deliciosa estás, que escondido te tenías ese cuerpazo, me ha encantado acariciarte toda... Ella sonreía y respondía con vedadas caricias en mi pierna y entrepierna.


Transcurrió solo una hora y mi esposa ya se estaba cayendo de borracha, no acostumbraba beber, y aunado a que le estaban sirviendo un poco más,.. Musité a su oído que teníamos que irnos, y ella accedió inmediatamente. Miré de reojo a Gabriela, sus ojos brillaban como los de un niño que espera a Santa Claus, y más tarde recibiría su "regalo" por portarse "tan bien".


Pedí la cuenta y pagué rápidamente, no quería que las cosas se enfriaran. Tomé del brazo a mi esposa y de la cintura a Gaby, nos despedimos de Claudia y Arturo: ella me reprochó con una mueca y mirándome directamente a los ojos, él por su parte se despidió diciéndome en secreto:


- Quien fuera tu Toño, se ve que te darás un “atracón” esta noche


Su comentario me sorprendió y más aún la reacción de Claudia, ¿será que se habían percatado de nuestro jueguito? No le di importancia, porque en efecto, lo que me esperaba era un banquete magnífico digno de una fiesta griega.


Subimos al auto, esta vez mi cuñada tomó el volante y ayudé a mi esposa a subir al asiento trasero, se le veía muy mal, acomodé sus piernas como pude y subí en el asiento del copiloto. Por las condiciones de Gaby hubiera sido más prudente que yo manejara, pero hubiera desperdiciado minutos valiosos para mantener el horno a la temperatura exacta.


Gaby arrancó y emprendimos el camino a casa. Su falda con el movimiento de sus piernas para conducir se subió un poco, casi hasta sus muslos, y yo aproveché este pequeño “accidente” para comenzar a acariciarlas discretamente, subía mi mano desde su rodilla hasta casi tocar su sexo y regresaba, mi intención era seguir con esos jueguitos que calentarían más y más a mi excitada cuñada. Con cada intento de llegar a su sexo ella tomaba mi mano, pero contrariamente a lo que pudiera pensar, la empujaba con fuerza hacia su sensual fruta prohibida; yo resistía, tenía que hacer un esfuerzo descomunal para no tocarla y poseerla en ese mismo lugar.


Para entonces noté que mi esposa se había quedado profundamente dormida. Aproveché tal situación para pasar a sus tremendas tetas que habían quedado totalmente a mi merced; desabroché todos y cada uno de los botones de su blusa y después a mi querido amigo brassiere con broche al frente (estoy seguro de que tiene un nombre, pero no lo se). Una vez más sus increíbles “melones” salieron de su cautiverio, y yo los comencé a acariciar con desesperación; ella intentó contenerme y cerrar su blusa, la detuve diciéndole en voz muy baja:


- Déjalo así, no me digas que no te ha excitado que te miren…


Gaby me miró muy seria, pensé que había cometido el error catastrófico que pondría fin al sueño que estaba viviendo, pero no fue así, sonrió y me dejo hacer. Acariciaba alternadamente sus tetas y sus piernas, sin tocar por supuesto su sexo para mantenerla a punto, su respiración estaba fuera de control, por un momento pensé que tendría un orgasmo ahí mismo.


Manejaba a gran velocidad, creo que tenía tanta prisa como yo de que llegáramos a un lugar privado, a esas horas el tráfico era inexistente y los semáforos parpadeaban en color ámbar a lo largo de la avenida de los Insurgentes, y Gabriela aprovechaba para acelerar a fondo. Minutos después llegamos a la casa, abrió la cochera y estacionó el auto; intentó abrochar su blusa y con una seña de mi mano le ordené que no lo hiciera. Bajamos del auto y yo tomé en brazos a mi esposa y la subí rápidamente a nuestra recámara, cuando la recosté me dijo:


- Te encargo mucho a Gaby, la vi muy triste en la tarde y por eso quise que viniera con nosotros.


La besé y le dije:


- No te preocupes, voy a “platicar” un rato con ella, estoy seguro que después se sentirá super bien


No podía creerlo, mi propia esposa me estaba dando el pretexto ideal para dejarla dormida mientras me tiraba a su hermana en la sala de nuestra casa, de esta forma no me preguntaría al día siguiente porque había tardado tanto, ni nada por el estilo. Tomé como precaución extra el cerrar la puerta de nuestra recámara con llave por fuera, si algo me reclamaba le diría que como la vi tan pasada de copas, pensé que era mejor “encerrarla” para que no fuera a caer por las escaleras. Mi plan estaba saliendo de maravilla, aunque en realidad parecía que los astros se alineaban para que pudiera gozar de la deliciosa mujer que me esperaba a unos cuantos pasos.


Bajé corriendo las escaleras, ahí estaba ella, caminando por la sala viendo la enorme pecera de agua salada que es el orgullo de mi mujer. Si bien tenía la certeza de que estaba super cachonda, quería que todo fuera perfecto, no me la iba a “coger” como a una puta, le iba a “hacer el amor” como a toda una mujer. Mario Puzzo escribió en “El Padrino” que una mujer virgen puede esclavizar a un hombre durante meses a cambio de su preciado tesoro, pero una vez que el hombre logra poseerla, si logra hacerlo bien, los papeles se invierten de inmediato y ella se convierte en su esclava sexual por un largo periodo, dispuesta a aprender y experimentar con “su maestro”. Yo me había ahorrado los meses de esclavitud, pero mi intención era convertir a Gaby en mi esclava, en mi puta personal con la que podría llevar a cabo mis más grandes perversiones.


Me acerqué y la tomé de la mano, la llevé lentamente al sofá y me senté junto a ella. Comencé a besarla delicadamente, como si fuéramos enamorados de años atrás, ella correspondía a cada beso simétricamente, si yo metía mi lengua para tocar su paladar ella lo repetía de inmediato, si yo chupaba su lengua y la succionaba, ella me devolvía el favor, si durante toda la noche ocurriría lo mismo, pasaría uno de los mejores momentos de mi vida.


Ella seguía con los pechos al aire libre, y yo pasaba mis manos muy cerca de ellos, apenas tocándolos, provocando en Gaby toda clase de suspiros. Podía notar como su piel se erizaba más y más. Al pasar por sus pezones la cosa cambiaba, los apretaba discretamente una y otra vez. Proseguí besando su cuello, mi lengua recorrió en repetidas ocasiones cada resquicio, mientras ella simplemente me tomó de la nuca para intentar guiarme. Bajé hacia sus pechos y me reencontré con ellos, los besé y besé hasta el cansancio, mientras mis manos retiraban hábilmente su blusa y su brassiere.


Tenía a Gaby ahí, sentada en mi sala, sin blusa ni brassiere, con las tetas libres y lista para todo. Yo seguí con lo mío y Gaby no atinaba más que a respirar con mayor rapidez sin soltar un instante mi nuca, guiando mi cabeza a los rincones que debían recorrer mis labios, besé sus pechos, pasé por sus axilas que tenían un delicioso sabor salado, besé los costados de su pecho y bajé un poco más, a su abdomen y aquí fue el acabose, Gaby estaba como loca, y comenzó a decirme, casi a gritarme:


- Hazme el amor, quiero que me hagas el amor!!!!!


Sonreí maliciosamente, Gaby no tenía idea de hasta donde era capaz de llevarla antes de penetrarla, estaba seguro de que la volvería loca con mis besos y caricias. Seguí en mi trabajo, pero ahora mientras besaba sus tetas y su abdomen acariciaba sus piernas, quité uno a uno sus zapatos, y encontré unos maravillosos pies que no desentonaban con el todo. Dejé un momento sus pechos y la recosté sobre el sillón, ella dijo:


- Ya, por favor, no puedo más


Hice caso omiso de sus súplicas, levanté sus piernas sobre el sillón y puse uno de sus pies a la altura de mi boca, besé uno a uno sus dedos, presioné su planta y mordí su talón, repetí la operación con su compañero y Gaby se notaba increíblemente excitada, al tenerme tan lejos, bajó su mano y comenzó a desabotonar su falda.


Subí me lengua desde su pie izquierdo hasta su rodilla y un poco más arriba, para entonces su falda estaba lista para ser retirada y me empujó para hacerlo, quedó únicamente con su maravillosa tanga color negro de encajes en el triángulo y en la línea que partía su culo. Era una visión maravillosa, toda ella era sensualidad, derrochaba cadencia a más no poder.


Seguí subiendo con mi lengua por su pierna hasta su muslo, pero una vez más regresé, volví por el mismo camino y cambié de pie, subí una vez más por su pierna, y justo cuando estaba llegando a su muslo, ella me tomó por los cabellos y me atrajo para darme un delicioso y apasionado beso en los labios, me suplicó entonces:


- Ya Toño, por favor, quiero sentirte dentro!!


Aún no era tiempo, quería que lubricara lo mejor posible para hacer menos doloroso el trance. La ayudé a ponerse en pie y quedó de espaldas a mí, la visión era indescriptible, ese enorme culo frente a mis narices, me levanté y me quité toda la ropa en un santiamén, apoyé mi pene erecto en la raya de su culo y comencé a besarle los hombros, mientras lo hacía acariciaba sus tetas una y otra vez y después accidentalmente bajaba hacia su ombligo, y un poco más. Ella acompañaba a mis manos en su intenso recorrido, siempre sobre las mías; tallaba mi pene contra su culo, el roce del encaje era maravilloso, y sentía como si sus nalgas se cerraran para atraparlo entre ellas y no liberarlo más.


Hice entonces lo que más me ha gustado en todas mis experiencias sexuales: así como estábamos, ella de espaldas a mí, y con mis brazos abrazándola con un dejo de protección, inserté mi mano derecha entre su tanga y su piel, el resultado es único, la mujer experimenta una profunda sensación de seguridad mientras te entrega su más preciado valor: su sexo.


Gaby dio un pequeño brinco y empezó a moverse más como si masturbara mi pene entre sus nalgas, sus manos me abrazaban como podían por la espalda, sus bajos instintos afloraban con suma facilidad. Una mujer es como una caja fuerte de máxima seguridad, pero si logras descifrar su combinación, se abre sin mayor problema.


Acaricié su vello púbico con mucho cuidado, era abundante como el de mi esposa. Sentía su humedad, sus flujos estaban produciéndose en buena cantidad, el trabajo previo estaba funcionando. Bajé un poco más mi mano estirando el dedo medio y logré tocar por vez primera el canal que sabía en unos minutos me haría tocar al cielo mismo; aprovechando la humedad mi dedo se deslizó con suma facilidad unos 2 centímetros a su interior, Gaby dio un grito de placer:


- Ahhhhhh, que ricooooooo


Comencé a mover mi dedo lentamente sin introducirlo demasiado, no quería desvirgarla en nuestro “tiempo de calentamiento”. Gaby no sabía que hacer con sus manos, me jalaba los cabellos, agarraba mis nalgas, y de vez en cuando, con cierta timidez apretaba sus magníficas tetas. Saqué mi mano de su núcleo vital y me despegué bruscamente de su cuerpo, ella quedó ahí, temblando, su pecho subía y bajaba producto del esfuerzo físico y la excitación. Me senté en el sillón y la giré para que quedara frente a mí, aún de pie. Gaby hacía todo lo que le pedía sin oponer la menor resistencia; en ese momento su mirada además de una increíble lujuria denotaba una curiosidad por lo que seguiría; parecía conciente de que la penetraría cuando Yo quisiera, pero definitivamente disfrutaba enormemente el preámbulo.


Acerqué mi boca a su cintura, la moví a uno de sus costados y mordí su tanga, la deslice con la boca unos centímetros hacia abajo, repetí la operación con el otro lado, su tanga estaba a la mitad de sus nalgas, y su sexo apenas era cubierto por un poco de tela; mordí entonces exactamente esa zona, quería que mi boca rozara un poco su sexo para causar si es posible un poco más de expectación, mordí la tanga y la bajé; Gaby volvió a gritar:


- Sigue, dame más!!!


Ya libre de la opresión de su culo, la tanga era presa fácil para mi poca, y la deslicé hasta sus pies con gran rapidez. Ahí estaba Gabriela, mi cuñada virgen, con su figura espectacular totalmente desnuda en mi sala, y rogándome que la penetrara. Qué maravilla.


La ayudé a recostarse sobre el sillón, abrí lentamente sus piernas, comencé a besar sus pechos, bajé por su abdomen, hasta llegar al inicio de su vello púbico y de ahí brinqué a su ingle, bajé hasta sus rodillas y de ahí hasta sus pies, una vez más mordí su talón derecho. Retomé el mismo camino pero en el hemisferio contrario y al llegar a su ingle, mi lengua se detuvo, voltee a mirarla y ella me suplicó con un gesto. Delicadamente deslicé mi lengua por su vagina, estaba totalmente lubricada, la introduje una y otra vez mientras Gaby se contoneaba de placer, sus manos me tomaron con fuerza de los cabellos y una vez más guiaron su goce, ya no sabía si yo incrustaba mi boca en su sexo o si su sexo se incrustaba en mi boca. Ese característico sabor salado del sexo de la mujer es delicioso, pero en mi cuñada tenía un sabor particularmente fuerte, tal vez por tanto tiempo de contención y espera.


Mientras le daba una sesión de sexo oral digna de admiración, acariciaba su exuberante culo, lo guiaba hacia mí, y ella cooperaba con sus movimientos y con su ronroneo de gata en celo.


Era el momento indicado, Gaby estaba lista para darme el más grande regalo que una mujer puede dar a un hombre: su virginidad. La miré a los ojos en una actitud muy seria y le dije:


- ¿Quieres hacerlo?


Quería darle la oportunidad de arrepentirse de última hora, parece mentira pero quería que lo que hacíamos fuera de común acuerdo. Con una mirada más que elocuente ella respondió:


- Si, hazme el amor por favor


“¿Por favor?”, una hembra como ésta podría tener a los hombres que quisiera solo con un guiño, y a mí me lo estaba pidiendo “por favor”, no cabe duda que en ese preciso instante yo era el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra.


La ayudé a recostarse a todo lo largo en el sillón, y me recosté sobre ella, abrí un poco sus piernas y apunté mi desesperada erección a su sexo. Mientras la besaba en los labios, lentamente fui ingresando en el paraíso, el calor que rodeaba mi pene era único, su humedad, juro que podía sentir en mi pene los latidos de su corazón a través de su vagina; procedí con toda calma, no quería lastimarla, no quería desperdiciar este momento único en la vida de una mujer. La lubricación de los juegos previos había funcionado a la perfección, hubiera podido hundir mi virilidad hasta el fondo con un solo empujón; pero no lo hice, tomé el camino difícil pero más redituable: la paciencia.


Esperé a que Gaby se acostumbrara a mi miembro dentro de ella, tenía sus uñas enterradas en mi espalda, los ojos entrecerrados, la respiración contenida, no se movía. Mientras tanto yo hacía pequeños movimientos hacia los lados para dilatar un poco su conducto al centro del universo; sabía que ella me indicaría cuando estuviera lista y así fue; de pronto empezó a empujar su pelvis hacia mi pene, noté que estaba ansiosa por sentirme. Con esta indicación me inicié un viaje hacia el fin del mundo, comencé a embestir ese delicioso y virgen coño, en cada penetración profundizaba si acaso un milímetro o dos, quería que durara por siempre.


Después de algunas embestidas, en las que me era prácticamente imposible no penetrar más, toqué esa delicada tela que divide a las señoritas de las señoras, la punta de mi pene sintió con toda claridad esa fina capa que divide la edad de la inocencia de la perversión, me detuve un segundo, tan solo un segundo para grabar en mi memoria la deliciosa sensación de recibir tan preciado tesoro de Gaby. Sentí la ruptura de su himen en mi pene y en mi espalda, porque Gaby enterró con violencia sus uñas; pensé que sería el dolor, pero en realidad era de placer.


Planeaba seguir con calma todo el proceso, pero Gaby me abrazó con más fuerza y me susurró al oido:


- Más, más, dame más


Salvada esta barrera mi pene se sintió en total libertad de penetrar a mi hembra, mis embestidas subieron de velocidad y muy pronto de profundidad, podía sentir centímetro a centímetro los pliegues de su sexo, mi verga y su coño estaban fundidos en un solo ser. Gaby por su parte respiraba con dificultad producto del placer, me acariciaba torpemente la espalda y las nalgas, levantaba como podía su pubis para pedir penetraciones más profundas y no cesaba de repetir:


- Más, más, dame más


Seguí penetrándola una y otra vez, me contenía para no terminar aún, tenía que hacerla llegar al clímax con mi pene dentro, era mi desesperada misión en esa noche de locos; tenía que hacerla llegar al cielo aunque en ello sacrificara mi propio placer, tenía que hacerla sentir que yo era el único que podía hacerla vivir esas sensaciones para que fuera mía, al menos por un tiempo.


Así fue, después de unos minutos de penetración, Gaby tensó el cuerpo, volvió a enterrar sus uñas en mi espalda, contuvo la respiración, puso sus ojos en blanco, y dejó escapar un grito que creí despertaría a mi esposa y a todos mis vecinos:


- Ahhhh, Ahhhh, Toño, Ahhhh, que rico


Sentí perfectamente como todos los músculos de su vagina se contraían alrededor de mi pene, la contracción era alterna, es decir, contraía y aflojaba; este fue el acabose de la noche, el movimiento de mi cuñada en su orgasmo, provocó en mí una oleada de placer infinito que derivó en la más larga corrida que jamás haya tenido. Gaby lo notó y siguió moviéndose con fuerza hasta dejar mi verga libre de todo rastro de semen.


Me abrazó con fuerza y nos quedamos así, unidos en uno solo por unos minutos. Quise separarme de ella, pero me lo impidió abrazándome con sus piernas, acercó mi oído a su boca y me digo casi sin fuerzas:


- Gracias


-----


Me hubiera encantado permanecer la noche entera entrelazado con ella en el sofá, sin embargo era virtualmente imposible porque tendría que subir con mi esposa en breve.


Minutos después le di un apasionado beso en los labios y me puse de pie, fui a mi estudio en el que tenemos un futón para estas ocasiones y lo preparé, busqué almohadas y cobijas y salí a buscar a Gaby para avisarle que todo estaba listo. Cuando llegué a la sala casi me desmayo, Gaby se había puesto su diminuta tanga y su blusa sin bra. Se veía increíble pero no podía arriesgarme, debía meterla a la cama cuanto antes y regresar al lecho matrimonial, ya llegaría el tiempo de volver a poseer ese exquisito cuerpo.


El resto de la mad**gada lo pasé sin pegar un ojo, reflexionando sobre lo sucedido y elucubrando en lo que seria mi vida sexual a partir de ese día. Me negaba a pensar que Gaby sería una aventura de una sola noche, lo que vivimos había sido excepcional, pero quien sabe como reaccionaría al día siguiente, cuando el calor de las copas y el sabor de la aventura hubieran pasado; también existía la posibilidad de que experimentara un ataque de moral y le dijera todo a su hermana, con lo que viviría una tragedia griega. Entre estas y otras cavilaciones transcurrió la noche.


….


El constante repiqueteo sonaba en mi cabeza: piii, piiii, piiii. Mi cerebro reaccionaba parcialmente al ruido pero no lograba despertar del todo; concilié el sueño a las 6 de la mañana, miré el reloj y eran apenas las 8. El ruido persistía: piii, piiii: quien carajos tocaba el claxon tan insistentemente en domingo...


Reaccioné por fin, seguramente eran Juan y Carlos, viejos amigos de la infancia, habíamos quedado de ir con ellos a jugar tenis: demonios. Desperté a mi mujer y me dijo que de plano no estaba en condiciones ni siquiera de levantarse: la cruda; me sugirió ir solo o invitar a Gabriela.


Entonces no había sido un sueño, en efecto había hecho el amor a mi deliciosa cuñada y ella dormía plácidamente en mi estudio. Salí al balcón y le grité a Juan que se adelantaran, yo los alcanzaría en un rato.


El momento decisivo había llegado, tendría que despertar a Gaby y conocer su sentir después de nuestro furtivo encuentro. Antes de hacerlo me di un rápido regaderazo, lavé mis dientes, me afeité rápidamente y rocié todo mi cuerpo con una loción que a mi esposa le encanta (esperaba que en eso también tuvieran gustos afines).


Bajé las escaleras y encontré a Gaby sentada en el sillón, dubitativa, acariciando y alisando la tela que la noche anterior habíamos desajustado, se veía hermosa, vestía lo mismo que cuando la dejé para dormir, tenía las piernas encogidas pegadas en su pecho y su cabeza descansaba plácidamente sobre sus rodillas; su oscuro cabello estaba fuera de su lugar y su rostro denotaba una profunda tranquilidad.


Me acerqué a ella, sabía que tenía que esperar su reacción, no podía aventurarme a ser rechazado porque la mañana podría derivar en una serie de reproches que podían llegar a oídos de mi esposa. Gaby levantó la mirada, seguía acariciando la tela con mucha calma, los segundos me parecieron eternos hasta que dijo:


- Hola cariño, ¿cómo has dormido?


Respiré tranquilo, al parecer todo estaba bien; me acerqué a ella para saludarla, planeaba darle un beso en la mejilla y esperar su reacción. Al tocar su mejilla con mis labios, ella giró su rostro y me dio un delicioso beso en los labios que me devolvió el alma al cuerpo. Al terminar le dije:


- He dormido de maravilla, después de semejante sueño erótico que me regalaste. ¿y tu?


- Soñé con tus manos acariciando todo mi cuerpo.


Eureka y recontraeureka; todo había salido a pedir de boca, esta maravillosa mujer se había prendado de mis caricias y mis besos, toda traza de moral y principios había sido borrada por la pasión. Si, lo se, era mi cuñada, su hermana era mi esposa y la sociedad castigaría o juzgaría nuestros actos; pero no importaba, éramos dos seres entregados al placer de poseerse el uno al otro, las reglas básicas del reino a****l nos aplicaban: una hembra en celo requiere y busca al macho que pueda satisfacer sus necesidades y el macho más apto, o en este caso el más afortunado, se aparea con ella tantas veces como sus cuerpos se los permitan.


Invité a Gaby a jugar tenis con nosotros, aunque obviamente no tenía nada que ponerse, podría usar algo de mi esposa; se emocionó como una niña y subió corriendo las escaleras a mi recámara, supuse que tardaría un largo rato y pensé que sería bueno preparar un jugo energético para recuperar fuerzas. Estaba partiendo las frutas cuando Gaby bajó, parecía una diosa. Estaba recién bañada, su ensortijado cabello estaba amarrado en una coqueta “colita de caballo”, llevaba puesta una blusa roja pegada a su cuerpo, se podía notar que no era la dueña, porque sus preciosos pechos reclamaban espacio a la elástica tela, se marcaban muy ligeramente los pezones; lo que de plano era un espectáculo digno de admirar era su majestuoso culo, entallado a unas mallas blancas del tipo que mi esposa usaba para hacer ejercicio todas las mañanas, esas mallas me encantaban, cuando despertaba y veía a mi esposa luciendo su hermoso trasero con ellas, no podía más que admirarlo y sentirme afortunado de tener a mi disposición semejante delicia, Gaby lucía las mallas con la misma soltura que mi mujer, pero justo en el abultamiento de su culo, la tela parecía tomar vida propia, sus curvas eran increíblemente sugerentes, sus nalgas se levantaban sin pudor alguno por debajo de la prenda, si las mallas no hubieran sido blancas, pudiera haber pensado que no llevaba prenda alguna; al frente su triángulo de poder lucía simplemente magnífico, la tela se incrustaba discretamente, creando un espectáculo de ensueño.


Alucinado como estaba balbucee:


- ¿En donde habías estado?


- Me estaba bañando y poniendo bonita para ti.


- Quiero decir, ¿en donde habías estado todo este tiempo? ¡Nunca te había visto tan sensual como hoy!


- Tal vez es porque me siento así, muuuy sensual, y todo es gracias a ti.

Se acercó y me dio un coqueto beso en la comisura de los labios. Me encontraba perplejo, en verdad había logrado mi cometido, Gaby se comportaba como una leona en celo, y paseaba su escultural anatomía frente a mí para provocarme como agradecimiento por haberla hecho sentir mujer.


Terminé de preparar el jugo y lo puse en sendas botellas refrigerantes. Salimos a la cochera, subimos a mi auto y salimos con rumbo al club en donde nos esperaban mis amigos. En el camino iba pensando en lucir mi nueva “adquisición” frente a mis ex compañeros de parvulario, sin embargo, si bien confiaba en ellos y sabía que podría contarles cualquier cosa sin correr ningún peligro, siempre existía la posibilidad de encontrarnos con alguna “vieja guacamaya” que pusiera en riesgo todo. Además, pensándolo mejor, para que demonios iría a jugar tenis, si podía ir a jugar volleybol con los balones de mi cuñada. Tomé el celular y marqué a Juan, le dije que tenía que atender algo “urgente” en la oficina y que tenía que salir para allá de inmediato, él atinó a responder:


- ¿En domingo?, nos vas a dejar plantados pinche Toño.


Le dije que lo dejáramos para la próxima semana, ya los resarciría con un buen whisky en la partida de dominó del jueves siguiente. Gaby me miró con cierta preocupación y un dejo de tristeza:


- ¿qué ha pasado? ¿es verdaderamente muy urgente?


- Gabriela: la urgencia que tengo es la de tenerte una vez más entre mis brazos


Di vuelta en U en la siguiente intersección rechinando los neumáticos, alcancé la avenida de los Insurgentes en un par de minutos, y enfilé a toda velocidad hacia la colonia Roma. Al llegar toqué el claxon para que el vigilante abriera, me miró sorprendido y dijo:


- ¡Licenciado Antonio, que milagro verlo en domingo!.


- Tengo que atender unos pendientes don Margarito, pero no se preocupe, usted siga en lo que está. Mire le presento a mi cuñada Gabriela, es hermana de mi esposa.


Que don Margarito me viera entrar con una mujer podía resultar riesgoso, pero al presentarla como mi cuñada, todo se volvía totalmente inocente. Abrió la puerta de entrada y estacioné mi auto al fondo, como siempre. Cortésmente el entrado en años vigilante se acercó a abrir la puerta de mi acompañante, casi se infarta al ver salir al monumento de mujer que se erguía cuan larga era fuera del auto, dio un par de pasos hacia atrás y la miró; yo creo que lo traicionó el subconsciente, porque dijo con voz entrecortada:


- Pero que guaaaapa está usted señorita…


Pasada solo una fracción de segundo, me miró y se disculpó. Gaby agradeció el cumplido con una sonrisa y entramos a la oficina. Don Margarito no podía retirar la mirada del maravilloso culo de mi compañera, y eso creaba más excitación en el ambiente.


Entramos a mi oficina, un privado en el cuarto piso del edificio, personalmente había supervisado la decoración de ese lugar, porque gusto mucho de escuchar música a alto volumen y no quería que el personal se distrajera o m*****ara en mis largas sesiones melómanas. Mi oficina entonces era un bunker aislante del sonido, ideal para lo que estaba a punto de ocurrir.


Gaby entró al baño, y mientras tanto telefonee a mi esposa, le comenté del cambio de planes y ella preguntó si podía ayudar en algo, le dije que no era necesario, la vería en casa de sus papás para la comida. Preguntó por Gaby, le dije que estaba bien, que ya encontraría con que entretenerse…


Cuando Gaby salió del baño parecía una niña, reconociendo cada espacio en mi oficina, paseando descaradamente su cuerpo por cada rincón, llamando mi atención, al parecer el día de hoy ella quería tener el control de las cosas. Se acercó a mí, me empujó lentamente hacia el escritorio, me senté en él y comenzó a besarme. Mis manos comenzaron a acariciar su cabello, su rostro, su cuello, y al llegar a sus tetas ella se separó de mí y me hizo una negativa con uno de sus dedos, muy lentamente y moviendo su cuerpo cadenciosamente como al ritmo de una canción fue quitando su blusa, quedó de espaldas a mí y yo estaba ansioso por ver una vez más sus hermosas tetas, giró rápidamente, y ahí estaban, cubiertas únicamente por su brassiere, se veían mejor de día, parecían más erguidas que la noche anterior.


Gaby se acercó a mí, y tomó mi cabeza, comenzó a restregar mi cara contra sus pechos, yo intentaba desabrochar a mi eterno amigo, pero en cada intento ella se movía y hacía mi labor imposible; sus manos bajaron a mi ya abultado pene y comenzó a acariciarlo, intenté atraerla hacia mí para restregarlo contra su sexo, pero una vez más se alejó, siguió con su desesperante striptease, giró nuevamente 180º y bajó lentamente las mallas, y me llevé la más grande sorpresa: no llevaba ropa interior, sus nalgas estaban ahí, desnudas, magníficas. Terminó de quitarse las mallas quitándose al mismo tiempo los zapatos tenis y volteó, me miró como una gata en celo y preguntó:


- ¿Te gusto más así, al natural?


- Tú me gustas como sea preciosa.


Volvió a acercarse, la única prenda que llevaba ahora era su brassiere, intenté en vano desabrocharlo una vez más, me hizo poner en pie, hizo que le diera la espalda y comenzó a rozar suavemente sus tetas contra mi espalda, la sensación era indescriptible. Hizo una pausa, y comenzó a besar mi cuello y mis orejas. Giré desesperado, y ella estaba totalmente desnuda frente a mí, sus preciosos pezones lucían erectos, su sexo se mostraba impúdico a mi vista, su perfecta anatomía era un atentado a la cordura.


Yo estaba completamente vestido, intenté quitarme mi playera pero no me lo permitió. Me estaba dando una sopa de mi propio chocolate, la noche anterior la había llevado al extremo de suplicarme que la poseyera, y al parecer esa era su intención en este nuevo capítulo de nuestra recién comenzada historia. Era una excelente alumna, aprendía muy rápido, supe entonces que acababa de encontrar un tesoro escondido, Gaby sería mía durante un largo periodo de tiempo. Decidí doblegarme a sus eróticas intenciones, entregando mi voluntad a la suya, si ella quería provocarme, yo estaba dispuesto a ser la “víctima”.


Gaby se puso en cuclillas, desató las cintas de mis tenis lentamente, los retiró junto con los calcetines y subió lentamente acariciando los vellos de mis piernas hasta llegar al short que llevaba puesto, introdujo sus manos por ambas piernas entre el short y mi piel, hasta casi tocar mi pene que ya estaba más que listo para la batalla. Una vez más se detuvo, ¡demonios!, había creado un monstruo. Bajó sus manos y repitió la operación no menos de 10 veces, me estaba volviendo loco; una de tantas veces tocó mi pene con ambas manos, reaccioné inmediatamente tomando su cabeza y acercándola a mi entrepierna, no ofreció resistencia alguna. Sacó sus manos de entre mi short y lo desabotonó, bajándolo junto con mis boxers de un jalón hasta el suelo. Mi verga quedó ahí, a la altura de su rostro, rebotando como un resorte. En ese punto ella se quedó congelada, sabía lo que quería hacer pero no se aventuraba a hacerlo, levantó la mirada y asentí con la cabeza.


Gaby tímidamente tomó mi pene totalmente erecto entre sus manos, y muy despacio lo llevó a su boca, primero puso la punta en sus labios, los humedeció con su lengua y sentí su roce en el glande, abrió su boca y lo introdujo, como saboreando cada fragmento, sentía la humedad de su cavidad bucal, su lengua lo tocaba parcialmente mientras la iba penetrando. Hubo un punto en el que no pudo más, hizo entonces el recorrido en dirección opuesta, su lengua revisaba una vez más cada resquicio y liberaba lentamente mi pene de su nueva casa. Por mi parte no podía más, creí estar experimentando las mismas sensaciones que Gaby la noche anterior, deseaba desesperadamente penetrarla de inmediato, hacerla mía, con lujo de violencia y pasión, pero ella aún no estaba lista, se quedó durante varios minutos haciendo el primer oral de toda su vida, descubriendo nuevos sabores y sensaciones, reconociendo un terreno nunca antes explorado.


Me quité la playera quedando a su entera disposición, estaba a punto para penetrarla en cuanto ella me ofreciera su sexo abierto de par en par. Acariciaba su cabeza, y ayudaba en el viaje de entrada y salida de mi pene, como podía tocaba sus tetas, me quedaban muy lejos. Quería devolverle el favor, pero sabía que tenía que dejarla tomar la iniciativa.


Una mujer con iniciativa puede ser un regalo de dios; y Gaby se estaba educando en los placeres del sexo, si en ese momento la hubiera tomado para corresponderla, ella hubiese pensado que la mujer se tiene que dejar hacer, pero no es así, la mujer está en posibilidad de hacer cuanto quiera, y su hombre debe estar dispuesto a vivirlo y aguantarlo, en el mejor sentido de la palabra. Estaba entrenando un esparring para el cuadrilátero que es la cama, y ella aprendía de maravilla, se sacaba un diez.


Gaby terminó su tarea, estuve a punto de terminar en su boca un par de veces pero como pude me contuve, ella parecía saberlo, en ambas ocasiones notó como me retorcía de placer y ella aumentaba el ritmo, tenía que detenerla para evitar una catástrofe; ya llegaría el tiempo de terminar en su boca y experimentar toda clase de guarradas, pero aún no, su inocencia era un arma de dos filos y no podía equivocarme.


Se puso en pie y esta vez fue ella quien me guió a una mesa que tengo en una improvisada sala de juntas dentro de mi oficina. Al ir tras ella una vez más quedé maravillado con su portentoso físico, aún desnuda nada temblaba, todo estaba perfectamente en su lugar. Al llegar a la mesa se recostó de espaldas como pudo, el frío de la madera erectó sus pezones. Francamente no veía como poder poseerla en esa posición, la mesa podría ser muy incómoda, entonces la tomé de las piernas, las abrí y la jalé hacia mí quedando ella con la espalda recostada en la mesa, y yo de pie frente a ella con sus piernas abrazando mi cuerpo a la altura de las nalgas.


Quise bajar a besar su sexo, pero ella me contuvo, definitivamente tenía el control de la situación. Con sus piernas me atrajo a su entrada, obedecí como un esclavo, introduje de un jalón mi sexo en su coño, ella emitió un potente grito:


- Ahhhh, ahhhhh


Y comencé mi labor desesperadamente, entraba y salía de ella mientras sobaba sus tetas, pellizcaba sus pezones, jalaba su cuello hacia mí; ella se agarraba los cabellos, prácticamente los jalaba con todas sus fuerzas, me atraía más y más con sus piernas, llevábamos un ritmo increíble, definitivamente estábamos hechos para coger el uno con el otro, su cuerpo se amoldaba a mí como un guante a una mano; me doblé hacia el frente para besarla, supe entonces que era exactamente lo que estaba esperando porque me tomó de la nuca y nos sumergimos en un delicioso beso en el que labios, lenguas y encías se encontraban y se disfrutaban. Mientras tanto seguía penetrándola, quería llegar lo más profundo posible, quería tocar su fondo y dejarle sentir que el único pene que podría concebir en ese lugar era el mío.


Estuvimos así algunos minutos, me detuve, y salí de ella, quiso retenerme con sus piernas pero se lo impedí. La ayudé a levantarse, la hice girar y recliné su cuerpo sobre la mesa. Esta vez sus pechos descansaron sobre la superficie y su culo se mostraba majestuoso ante mí. Acaricie sus nalgas, estaba extasiado, no era posible tanta belleza y sensualidad en una sola persona; me regodee tocando ese enorme trasero, acariciando desde sus muslos, pasando por sus nalgas y llegando hasta su deliciosa cintura e incluso hasta su espalda. Gaby estaba recargada en la mesa, con sus brazos extendidos y lista para la nueva experiencia, me dijo:


- Métemelo ya Toño, no puedo más…


Introduje entonces mi verga totalmente erecta en su sexo, su vagina me recibió maravillosamente, y la penetración fue mucho más profunda que en las dos ocasiones anteriores, pude notar como su excitación crecía hasta niveles inimaginables, Gaby gritaba:


- Más, más, más


En cada embestida su cuerpo brincaba, sabía que le estaba encantando. Comenzó a moverse a mi ritmo, mientras mi verga salía de ella, ella movía su culo en dirección opuesta, y cuando la penetraba, ella lo acercaba y refregaba hacia mí sin piedad. Comencé a trazar semicírculos con mi verga dentro de ella, y entendió muy bien el mensaje porque hizo exactamente lo mismo, era delicioso entrar en ella, éramos una máquina de coger perfectamente ajustada, sus movimientos estaban en directa proporción a los míos y su goce estaba ligado absolutamente al mío.


En cierto momento me detuve, y ella lejos de quedarse contenta con mi decisión siguió moviéndose con la misma intensidad, mi verga se convirtió en una suerte de asidero de su coño, y ella misma hacía que entrara y saliera a gran velocidad con sus movimientos. Era una sensación indescriptible, tenía ese monumento moviéndose para mí, agitando su delicioso culo en todas direcciones sin perderse de mi pene; mi eyaculación era inminente, pero tenía que esperar a que ella terminara, no sabía si lo lograría. Siguió moviéndose como una licuadora, estaba como poseída, sus gritos retumbaban en las cuatro paredes de mi oficina:


- Más, más, quiero sentirte más adentro


Ante tan impactante espectáculo supe que no podría aguantar más, y empecé a contraer mis músculos para dejar ir toda mi energía en un flujo de semen en el interior de mi cuñada; para mi fortuna, Gaby comenzó a moverse con mayor intensidad, y dos o tres embestidas después comenzó a gritar sin tapujo alguno:


- Antonio, Antonio, que rico coges, q u e r i c o c o g e s….


Ese fue el acabose, dejé ir todo mi semen a su interior, ella dejó de moverse en el momento justo en que mi última gota me abandonaba y se integraba a sus flujos vaginales, fue apoteósico, era la segunda vez que hacíamos el amor y terminábamos simultáneamente. Se de cierto que la mayor parte de las parejas nunca logran esta hazaña en toda su vida en común, y Gaby y yo lo habíamos logrado sin siquiera proponérnoslo.


Caí rendido encima de ella y comencé a besar su cuello y orejas. Ella ronroneaba como una gata y me dijo con voz muy queda:


- Que rico, no quiero que esto termine nunca.


Yo sabía que a partir de la noche anterior había ingresado en un intrincado laberinto que probablemente me llevaría a una tragedia; después de todo estaba tirándome a la hermana de mi esposa. El riesgo era inminente, si mi mujer se llegara a enterar no solo se sentiría traicionada por su esposo sino también por su hermana, y este sería un golpe brutal en su vida; tan solo de pensar en mis suegros, que desde que me conocieron me abrieron las puertas de su familia y me hicieron sentir como un hijo más o en mis padres que seguramente se sentirían decepcionados por mi conducta. Sin embargo nada de eso importaba ya, me había subido a un veloz tren que no tenía destino fijo y que podía descarrilar en cualquier momento y estaba dispuesto a asumir las consecuencias cualesquiera que fueran, si en el proceso podía disfrutar del delicioso y virginal cuerpo de Gabriela.
Al llegar a casa de mis suegros para comer, mi esposa plantó un efusivo beso en mis labios, y al saludar a mi cuñada, noté como su rostro de mostrar una enorme sonrisa revelaba una incipiente m*****ia:


- Qué raro Gaby, hueles a la loción que Toño acostumbra usar.


Había cometido mi primer y gravísimo error, por la mañana me había literalmente bañado en Fahrenheit, y después de restregar mi cuerpo al de Gabriela durante un par de horas, el suyo había absorbido mi aroma como si sus poros hubieran actuado como tubos capilares. Traté de mantener la calma en espera de la respuesta; mi cuñada, con una tranquilidad pasmosa y una desfachatez a toda prueba comentó:


- Ja, después de bañarme vi el frasco en tu cómoda y se me antojó, así es que me la puse en todo el cuerpo, me gustó mucho, está deliciosa.


¡Pero que descaro!, definitivamente Gabriela estaba mostrando una nueva faceta de su personalidad, acababa de inventar a bote pronto una mentira totalmente creíble para sacarnos del problema. Supe entonces que para seguir con nuestro erótico juego debería tener mucho más cuidado, lo que había ocurrido ese día podría despertar en mi mujer sospechas innecesarias que de repetirse constantemente acabarían por tirar el teatrito que había levantado en menos de 24 horas.


La comida transcurrió sin sobresaltos. Los padres de mis mujeres estaban sorprendidos con el cambio de apariencia de su hija mayor, su mamá comentó que ya era hora de comenzar a vestir como una mujercita, Gaby mi guiñó un ojo y le dijo:


- Si mamá, esto de ser una mujercita me está gustando mucho. Creo que se lo debo a mi hermana.


Mi mujer sonrió satisfecha, todos parecían muy contentos con el reciente cambio de look de Gabriela.


En los días posteriores tuve que salir en viaje de trabajo fuera del país, por más que intenté cancelarlo no fue posible, no quería que las cosas con Gabriela se enfriaran y que a mi regreso nuestra situación hubiera cambiado. Por la mañana, tarde y noche llamaba a mi esposa para ver como iba todo por la casa, pero durante todo el día enviaba mensajes llenos de lujuria a Gabriela.


Dicen que el teléfono celular es el principal implemento con el que una esposa puede descubrir una infidelidad, pero eso no me iba a pasar a mí. Antes de salir de viaje, en el aeropuerto, compré un teléfono de prepago, extraje el chip y lo guardé en un pequeñísimo compartimiento secreto de mi cartera. Cada que enviaba un mensaje a Gabriela, extraía el chip de mi número original, que afortunadamente salía con suma facilidad, ingresaba el chip de mi “hot line” y leía y enviaba mensajes, acto seguido reintegraba el chip original y guardaba el otro en mi cartera. Era un proceso largo y tedioso, pero era la única forma de no dejar rastros de mis conversaciones con Gabriela; decidí también no usar ese número para hacer o recibir llamadas, ya que mi mujer podría tenerlo a su alcance en cualquier momento e hilar con mucha facilidad los hechos. Si Gabriela me hablaba tendría que hacerlo a mi teléfono personal, y yo podría entonces contestar con toda confianza, y si yo llamaba a mi cuñada, podría hacerlo con toda inocencia. El único riesgo era que mi mujer descubriera el chip en mi cartera, cosa poco probable porque yo mismo tardé en descubrir ese espacio varios días después de comprarla.


En mi primer mensaje a Gabriela, escribí:


- Hola leoncita. Soy tu amante bandido. Para seguir esta comunicación debes prometerme: no utilizar mi nombre real, no llamarme a este número y borrar este mensaje de inmediato.


Unos segundos después ella respondió:


- Está bien León. ¿Cuándo voy a volver a verte? Estoy ansiosa por sentirte otra vez.


El teléfono celular se convirtió en un inmejorable aliado para mantener muy caliente mi relación con mi cuñada. Nuestras conversaciones por mensaje subieron de tono, al punto de que tuve que masturbarme hasta dos veces en un día pensando en ella. Pasaron los larguísimos días y pude regresar a casa, después de haber resuelto algunos conflictos con proveedores en el extranjero.


Mi esposa se ofreció a recogerme pero yo tenía otros planes, mi vuelo arribaría a las 3:00 PM, le dije que tenía que atender a un cliente a las 4:00 cerca del aeropuerto y llegaría por la noche a casa. Cuando colgué el teléfono, mandé un mensaje a Gaby con el siguiente texto:


- Hoy serás mi e****t, ve al Camino Real Aeropuerto, a las 3:30 de la tarde. Pide por la suite del Ing. Pedro Segura, y espérame unos minutos.


Ella respondió:


- De acuerdo Leoncito


Esperaba que esta nueva argucia funcionara como las anteriores, era común que para recibir clientes del interior de la república o del extranjero reserváramos en hoteles cercanos al aeropuerto, de esa forma, no perdían tiempo en traslados, los teníamos muy cómodos, y en ocasiones, cuando de negociaciones importante$$$ se trataba, contratábamos servicios de acompañantes para “entretener” a nuestros cansados hombres de negocios. El Camino Real era nuestro consentido, ya que tiene un puente que te conduce directamente al aeropuerto, muy buenas instalaciones, y ciertos elementos del personal del hotel se habían convertido por así decirlo en nuestros amigos, además de tener una tarifa preferencial. Todo lo anterior estaba perfectamente justificado y documentado en la contabilidad de la empresa, así es que además de todo, haría mi inusual aventura “deducible de impuestos”.


Llamé al hotel y pedí una reservación a nombre de la empresa para el Ingeniero Pedro Segura, pedí hablar con el responsable de turno y le dije que antes del Ingeniero llegaría una representante nuestra y que hiciera el favor de entregarle la llave, además, pedí el número de habitación que asignarían; escuché una risita cómplice al otro lado del teléfono y no pude más que sentirme satisfecho por disponer de los medios necesarios para llevar mi aventura de la forma más segura posible.


En el aeropuerto de Dallas estaba muy emocionado, decidí comprar un perfume para mi hermosa leoncita y que mejor que la parte femenina del Fahrenheit: Poison; entré a una tienda Duty Free y compré el perfume, pedí que lo envolvieran para regalo y al pagar noté una sonrisa coqueta en la vendedora que me preguntó:


- Is it a gift for your loving wife?


Y yo, en un tono totalmente natural respondí:


- No, it is for my beautiful and horny lover…


La muchacha sonrió nerviosa y no atinó a decir una sola palabra más. Salí de la tienda con una enorme sonrisa, en realidad Gabriela había implementado un cambio en mi personalidad, de ser un tipo más bien tímido, me había vuelto extrovertido e incluso sugestivo; la semana que estuve fuera del país, en más de una ocasión me encontré sonriendo o platicando con mujeres desconocidas, e incluso salí a cenar un par de veces con la directora de ventas de uno de nuestros proveedores, una gringuita de larga cabellera rubia y lindo cuerpo; estaba seguro de que pude haber acabado en la cama con ella, pero no podía quitarme a Gaby de la cabeza. Nunca había sido infiel a mi mujer, de hecho me sentía muy afortunado de haber encontrado una mujer tan hermosa, y ahora que lo era, no podía ser infiel a mi amante: que paradoja.


Durante todo el trayecto sentía la opresión en el estómago del primer amor, en realidad tenía la certeza de no estar enamorado de Gabriela, lo que experimentaba era un deseo profundo de posesión. Deseaba poseer a Gabriela como el pobre desea poseer dinero, como el que cultiva tierra ajena desea poseer la propia, como el hambriento desea comida. En solo un par de días Gabriela se había convertido en el centro de mis pensamientos: una obsesión.


Al llegar al aeropuerto de la Ciudad de México fui el primero en salir del avión, prácticamente corrí al carrusel del equipaje, esperé con cierta desesperación a que mi maleta apareciera, y como siempre sucede, mientras más prisa tienes de salir del maldito aeropuerto, resulta que tu maleta es la última en aparecer, después de que el resto de los pasajeros del mismo vuelo salieron y te miraron con cara triunfal. Tomé mi maleta y salí corriendo a migración, pase los trámites de rigor, el semáforo en la aduana, y para mi mala suerte me tocó en rojo.


- C h i n g a d a m a d r e


Los tipos de la aduana revisaron meticulosamente mi maleta, llena de ropa sucia, insistían en encontrar algo, como si de un narcotraficante se tratara, o quizás de un contrabandista de joyas o de especies, que se yo. Me parece que vieron en mí la desesperación de salir cuanto antes, y eso me convirtió en blanco de la revisión. En fin, los nervios me estaban traicionando y no podía permitir que Gabriela me viera así, necesitaba tranquilizarme, mi conducta tendría que ser plenamente controlada.


Salí del aeropuerto, atravesé el puente hacia el hotel, llegué al lobby, prácticamente iba corriendo. No quería que nadie me reconociera, si bien no era un lugar que frecuentara, ya he dicho que algunos empleados me conocían. Fui directamente al elevador, piso 6 habitación 609.


- Carajo, que buena suerte, no podía haber sido un mejor número.


Llegué a la habitación un tanto agitado por la carrera, hice una pausa para recomponerme y toqué 3 veces: tac tac tac. Nadie respondía, eran pasadas las cuatro de la tarde; volví a tocar: tac tac tac. Esperé unos segundos, Acaso sería posible que Gabriela no hubiera asistido a nuestra cita, o peor aún que se hubiera cansado de esperar y se hubiera ido m*****a por mi retraso. Maldición, maldito aeropuerto, maldita migración, maldita aduana; el enojo subía a mi cabeza en un torrente de adrenalina y bilis combinado que sabía me haría estallar en cualquier momento. Insistí sin éxito, Gabriela no estaba detrás de la puerta, la aventura no continuaría el día de hoy.

Enfilé al elevador bufando de coraje y mentando madres en voz baja. Metros antes de llegar, escuché el timbrazo y vi salir una maravillosa imagen: Gabriela, lucía un vestido gris con rayas en colores obscuros de alguna tela que lucía muy elástica, la parte superior se ceñía perfectamente a su busto, sus pechos se levantaba majestuosos por debajo de la tela; la parte inferior le llegaba solo por debajo de sus nalgas, casi a medio muslo, dejando al descubierto sus portentosas piernas morenas, como la noche de nuestro primer encuentro, sin medias; y sus zapatos, sus zapatos la hacían lucir increíblemente sexy, se trataba de zapatillas de tacón alto, con tiras que se amarraban alrededor de sus piernas, justo por debajo de sus rodillas. Llevaba su cabello suelto y le llegaba por debajo de los hombros. De plano parecía una e****t, pero de las que salen en las películas, que te imaginas que esas mujeres no son reales, que seguramente están en otro plano de la existencia.

Al mirarme, sonrió y caminó rápidamente a mi encuentro, al hacerlo, me dio un abrazo delicioso en el que sentí el contacto de sus senos con mi pecho, y nos besamos apasionadamente por un momento. Verdaderamente la había extrañado y al tenerla de nuevo junto a mí me sentía virtualmente feliz y tremendamente excitado. Ella me dijo:


- Te extrañé mucho Leoncito… pero como que tu e****t, ¿así es como ves?, ¿como una prostituta?


Yo sabía la intención de sus palabras y respondí:


- ¿Por qué viniste vestida así entonces?


Sonrió, y contraatacó:


- Entonces debes pagarme, ¿Cuánto cuestan mis servicios?


Yo le dije:


- Si no te gusta lo que haga tú pones el precio, de lo contrario, quedamos a mano ok?


Sonrió y me dijo:


- Estoy segura entonces que te quedaré a deber…


La tomé de la cintura y caminé con ella a mi lado, me atreví a bajar mi mano para acariciar su delicioso culo y ella suspiró, fui más allá y arrastré mi mano más abajo, hasta sentir la piel de sus piernas desnudas, acaricié y subí de regreso hasta llegar hasta sus nalgas, sentí la tela de la tanga encajada en su raya divisoria. Llegamos a la habitación, y mientras ella intentaba abrir la puerta acaricié descaradamente su culo, levanté su vestido hasta la cintura, me puse de rodillas y comencé a besarlas, recorriendo con mi lengua la profunda curva que forman. Entre la excitación y los nervios ella no atinaba a abrir la puerta, y aproveché para sacar su tanga de su lugar y hacerla a un lado, deslicé mi lengua desde el inicio de su espalda hasta el inicio de sus nalgas, y la moví lentamente por en medio hasta llegar a su ano, dio un brinquito y se restregó contra cara, acaricié en repetidas ocasiones el recién descubierto botón de placer con la punta de mi lengua, Gaby había cejado en su intento de abrir la puerta y estaba entregada al placer de mi lengua en su culo, se movía bruscamente buscando que me introdujera más en ella; mientras tanto mis manos subían y bajaban por sus piernas, el tacto de los cordones de sus zapatillas enredados en sus piernas era delicioso e increíblemente excitante, nunca había sido un tipo fetichista, pero con Gabriela estaba descubriendo algunas perversiones que no creí sufrir.


El exhibicionismo era una de esas perversiones, y estar fuera de la habitación con la mitad de su cuerpo desnudo me ponía a mil, el pensar que en cualquier momento alguna puerta se abriría y alguien nos vería me parecía excitante, el mejor afrodisíaco conocido hasta el momento. Seguí en mi nuevo placer, metiendo y sacando mi lengua de su apretado ano, Gaby comenzó a gemir con fuerza, acariciaba mi cabeza e insistía en llevar mi lengua a nuevas profundidades.


Sonó el timbre del elevador lo que trajo de regreso a Gabriela. Se separó de mí rápidamente y trató de acomodar su desajustado vestido. Un empleado del hotel se acercó y preguntó si algo estaba mal, Gaby respondió que no podía abrir la puerta y el muchacho solicitó la tarjeta; yo mientras tanto acariciaba descaradamente el culo de mi cuñada por debajo del vestido e intentaba insertar uno de mis dedos en su ano. El joven abrió la puerta y se retiró, seguramente mirando de reojo las largas piernas de Gabriela y el extraño bulto que se formaba en su culo: mi mano.


Entramos y al cerrar la puerta nos entregamos a una inigualable sesión de sexo. Gabriela se puso a gatas en la cama su mirada denotaba una lujuria exacerbada, dirigió a mí su espléndido culo y comenzó a moverse cadenciosamente, de un lado a otro, de arriba abajo; su vestido subía producto del movimiento y dejaba ver paulatinamente su preciosas nalgas y su sexo causante de mis locuras:


- ¿Qué esperas Antonio? Afuera parecías muy interesado y aquí estás demasiado tímido.


Estas palabras acabaron por descomponer cualquier rasgo de cordura en mi cabeza; me acerqué a ella y me puse en cuclillas, retomé me sesión de besos en sus nalgas, mientras bajaba lentamente la tanga negra lisa que vestía, la forma en que se incrustaba era deliciosa, y bajarla lentamente mientras movía su enorme en culo en círculos era un espectáculo digno de un rey. Cuando volví a meter mi lengua en su ano se movió con más violencia, utilizaba mis manos para subir más y más su vestido que en este punto ya parecía una ombliguera, acariciaba su abdomen, su vello púbico y su portentoso sexo. Gaby se movía cada vez más rápido:


- Ahh, que bien, mete otra vez tu dedo ahí…


No podía fallarle, remojé mi dedo en saliva y lo inserté en su apretado ano lentamente, comencé un mete saca despacio, para acostumbrar su nuevo espacio a mi dedo, a ella parecía encantarle, se movía y más y más rápido; mientras tanto mi boca se entretenía en recorrer sin descanso su culo excitado, me encantaba subir desde la parte trasera de sus rodillas lentamente por sus muslos, llegar a sus nalgas y hacer círculos de saliva en ellas.


Bajé el cierre de mi pantalón y saqué me erecto miembro de su prisión, de un tirón metí mi pene hasta el fondo en su vagina. Creo que no se lo esperaba porque de inicio detuvo sus ronroneos; metí y saqué mi pene unas 10 veces de su apretadísimo coño, mientras nalgueaba con fuerza su hermoso culo que para entonces había tomado una tonalidad rojiza. Gaby estaba sorprendida y tal vez un poco asustada, en nuestros encuentros previos me había comportado muy cariñoso y ahora el estilo era radicalmente diferente. Le dije al oído mientras la penetraba con fuerza hasta lo más profundo de su ser:


- Por que pones esa cara putita, se ve que te encanta que te lo meta…


- Si, si, mételo más, mételo más, me encanta tenerlo dentro…


Había entrado a mi juego y me encantó. Saqué mi verga de su vagina sin previo aviso, lucía brillante gracias a sus jugos vaginales, inmediatamente la acerqué a su boca; por un momento temí que se negara, pero la tomó con singular alegría y la metió hasta el fondo en una sola emisión, comenzó a chuparla sin siquiera sonrojarse, pude notar que le encantaba tenerla entre sus labios. Recorría una y otra vez con su lengua desde la punta hasta el tronco, le dije entonces:


- Besa mis huevos preciosa…


Asomó una sonrisa en su rostro, tal vez por el uso de semejante palabra, pero muy obediente comenzó a besarlos alternadamente, mientras que con la mano masturbaba mi pene de arriba abajo. Mientras tanto acariciaba sus tetas aún cubiertas por el ajustado vestido. Saqué mi pene de su boca, estaba perfectamente lubricado, la hice levantarse de la cama y me senté, le pedí que se pusiera de espaldas a mí y la hice sentarse en mis piernas, pero con mi enorme erección taladrando su vagina con fuerza. Creo que nunca había llegado tan profundo en ella, y estoy seguro de que le encantó. Comenzó a moverse con violencia, como si estuviera montando un potro corriendo a toda velocidad, mi verga entraba y salía de su delicioso coño con una rapidez escalofriante, ella se movía con tal destreza que por un momento pensé que sería una excelente puta, gritaba una y otra vez:


- Ahh. Ahhh, me encanta, me encanta


Mis manos estaban entretenidas en sobar sus pechos, había desabotonado el vestido en su parte superior y sus tetas habían brincado de su lugar ansiosas de mis caricias, pellizqué sus pezones, y al hacerlos ella subió sus manos para acompañar a las mías. Recorrí su cuello, sus pechos, su abdomen, siempre con sus manos sobre las mías, y al llegar a su sexo en franco movimiento y totalmente abierto, acaricié su clítoris con mi dedo medio, Gaby gritó:


- Si, si…


Puse su mano debajo de la mía y comencé a acariciar su sexo con su propia mano. Esto pareció encantarle, porque se movió si es posible aún más rápido, su mano restregaba su sexo con fuerza y en cada movimiento acaba acariciando mis testículos. Mientras dejaba a Gabriela entretenida en su propio cuerpo, terminé por desabrochar cada botón del vestido y quité su brassiere, apreté sus enormes pechos con fuerza, pellizqué sus pezones con la intención de arrancarlos; ella respiraba intensamente, gritaba palabras in entendibles y se movía cual una leona en celo siendo poseída por su macho. Levanté su rostro y la hice mirarse en el espejo frente a nosotros, fue demasiado para Gabriela, porque al hacerlo comenzó a tener un larguísimo orgasmo, primero se movió más rápido y de pronto se detuvo con mi verga tocando prácticamente sus rincones más secretos, en ese momento, su culo comenzó a temblar con fuerza y toda su piel se erizó, pellizcó mis piernas brutalmente y liberó un grito que seguramente se escuchó en todo el hotel:


- Ahhhhh que rico….


Se quedó inmóvil un momento, pero no le iba a dar tregua. Salí de ella, intentó detenerme pero no lo permití. La recosté boca arriba y abrí sus piernas, hundí entonces mi lengua en su húmedo sexo, sus jugos vaginales inundaron de inmediato mi boca, fue delicioso; moví mi lengua tocando específicamente su clítoris que minutos antes había masajeado con fiereza, Gabriela estaba como desmayada, su cuerpo reaccionaba a mis caricias pero su mente estaba en otro lugar. La volví a levantar, quité con fuerza el resto de su ropa, dejando únicamente sus zapatos, la hice poner sus rodillas sobre la cama y empujé su torso hacia la cama; su culo se veía más grande en esa posición, sus nalgas apuntaban al aire y su rostro estaba apoyado sobre la cama. Mi lengua volvió a su delicioso ano y lo acaricié una y otra vez; Gabriela se movía lentamente, estaba disfrutando sobremanera mis bucales caricias. Me detuve, fui hacia mi maleta y saqué de la bolsa de enfrente un tubo con gel base agua, unté un poco en su abertura y un poco más en mi erección. Me miró con miedo, pero no le di tiempo a pronunciar palabra alguna, inserté mi dedo medio lentamente por su ano hasta que desapareció totalmente entre sus nalgas, Gaby ahogó un grito de dolor y placer, comenzó a moverse para disfrutar de su recién llegado invitado; metí y saqué mi dedo en repetidas ocasiones y de pronto lo saqué del todo, su culo pareció seguirlo, incluso lo levantó un poco como quien sigue una guía en el espacio.


Apoyé entonces mi poderosa erección en la entrada de su ano, y sin mediar palabra comencé a introducirme en su apretadísimo agujero. Fue una tarea difícil que me tomó más de 5 minutos, durante los cuales Gabriela pasó del dolorido llanto a los gritos de placer y de regreso. Al principio trataba de alejarse de mí, pero la tomé fuertemente de sus nalgas y no lo permití. La sensación alrededor de mi verga era deliciosa, su ano apretaba increíblemente y la visión de su maravilloso culo totalmente a mi disposición me iba a volver loco.


Después del primer ingreso, me retiré muy lentamente, y antes de salir, ataqué una vez más y volví hasta el fondo, siempre muy despacio, mi intención era que Gaby se acostumbrara y fuera ella quien comenzara a moverse para mí. Pasaron diez largos minutos, pensé que había sido en vano, porque en cada acercamiento rompía en llanto, de pronto, como si se hubiese resignado a tener mi erecta verga en su ano, comenzó a moverse, con el ánimo puesto en disfrutarlo; esa era la señal que yo necesitaba, comencé a moverme a su ritmo y una vez más la excitación se apoderó de nosotros, nos movimos una y otra vez, ahora sus gritos reflejaban un profundo placer y mi verga estaba plenamente acostumbrada al reducido espacio entre sus nalgas.


No se como hicimos pero logré recostarme en la cama mientras Gabriela quedó sobre mí, todo sin separarnos un momento, ella quedó prácticamente en cuclillas en la cama siguió moviendo su delicioso culo hacia arriba y hacia abajo. Yo estaba a su merced, no podía ni quería moverme, ella se encargaba de todo el trabajo, entraba y salía de su ano ya con mucha facilidad y Gabriela lo disfrutaba muchísimo. Deslicé mis manos por debajo de sus nalgas hasta alcanzar su sexo, que me esperaba ansioso y comencé a acariciarlo. Inserté uno, dos, tres dedos y ella perdió totalmente el control:


- Que rico coges toño, soy tuya, soy tu esclava mi amor…


Realmente no se que pasó por mi cabeza en ese instante, pero pronuncié una frase que bien podría haber roto con el embrujo sexual que estábamos viviendo, pero que sin embargo acabó por provocar el orgasmo más placentero que jamás haya sentido. Le susurré a Gaby:


- ¿Te gustaría que alguien chupara tu sexo en este momento?


- Mmm, que rico, si, quisiera una lengua tocando por todas partes…


Me arriesgué un poco más:


- ¿Te gustaría que fuera un hombre o una mujer quién lo hiciera?


Gaby se movió con más violencia, y respondió:


- Me da igual, quiero tener una lengua acariciando mi coñito mientras me lo haces por atrás…


- ¿Y te gustaría que fuera mi mujer quien lo hiciera?


Gaby se movió aún con más fuerza y me dijo:


- Si, si, ahh, ahh, quién tu quieras mi amor, ahh haré todo lo que tu quieras…


Sentí una oleada de semen recorriendo mi cuerpo, y comencé a venirme en el delicioso ano de mi cuñada. Creo que perdí el conocimiento durante algunos segundos, porque cuando volví en mí, Gabriela estaba recostada a mi lado y me besaba con gran pasión; correspondí a sus besos y nos quedamos en silencio unos minutos:


- ¿De verdad te gustaría hacerlo con mi hermana y conmigo?


Era una pregunta directa y merecía una respuesta directa:


- Si, sería una experiencia maravillosa.


Gabriela sonrió tímidamente y me dijo:


- Pero ¿Cómo haríamos para convencerla?


Me quedé pasmado, en realidad Gabriela, la mujer que creía lesbiana hace menos de dos semanas y que se había convertido en mi amante en un santiamén, estaba considerando la posibilidad de hacer un trío con su propia hermana y conmigo. De verdad que era un tipo afortunado, ahora solo tenía que encontrar la manera de “colocar” a mi esposa en posición y disposición de tener una aventura con nosotros…


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El cumpleaños de mi esposa es el pretexto ideal para organizar una comida en casa con la familia cercana y los amigos. Perla, mi esposa, se ha puesto guapísima para tal ocasión, lleva puesto un vestido gris ceñido al talle, medias negras y zapatos altos de punta de aguja; el vestido le llega por debajo del muslo y se ajusta de tal forma que le permite lucir su figura en forma envidiable. Lleva el cabello recogido en un chongo que la hace lucir más alta y permite disfrutar de la visión de sus hombros desnudos y seguir con sus muy bien formados pechos. A sus 26 años luce francamente bellísima, siempre fue una mujer delgada y más bien con poco busto, pero tras su embarazo 3 años atrás, sus tetas quedaron de un tamaño perfecto. Desde que la conocí y nos hicimos novios, me he sentido muy orgulloso de la mujer que me acompaña; cuando anuncie mi compromiso, mis amigos no podían creer que iba a casarme con semejante hermosura.


Organizamos la comida con unos días de anticipación, e insistí en ofrecer sushi para los invitados, a Perla le encanta, en particular el sake que consume en cantidades generosas. Están invitados familiares y amigos, en total unas 15 personas, se trata de una reunión muy privada con los más cercanos. Comienzan a llegar a eso de las tres de la tarde y poco a poco el recibidor y la sala de nuestra casa se van llenando de caras conocidas. La última en llegar es Gaby, llega acompañada de un compañero del trabajo, un tipo que a todas luces se ve emocionado por su pareja, pero que no sabe que será solo un instrumento de mis más obscuros planes.


Sé que Gabriela sale ocasionalmente con algunos amigos, pero no se atreve a serme infiel, como dentro de la que cabe yo tampoco me atrevo a tener una tercera mujer en mi vida, es decir, soy un bígamo fiel a su esposa y amante.


Pasadas las ocho de la noche la mayoría de los comensales se disponen a retirarse, solo permanecen Claudia y Arturo, amigos de mi esposa, Gabriela y su acompañante Mauricio, mi mujer y yo mismo. A lo largo de la tarde me he encargado de calentar la cabeza de mi “rival” en el sentido de que Gabriela es una hembra súper caliente, dispuesta a todo incluso en la primera cita, el rostro de Mauricio luce emocionado, seguramente se imagina que esta noche tendrá suerte con mi cuñada, el monumento de mujer que le ha invitado al cumpleaños de su hermana.


Sirvo copas para todos, en particular la de mi mujer y la de Mauricio están mejor “servidas”. Pongo música muy suave, que invita a bailar y tomó de la mano a mi mujer en una sugerente invitación. Perla se levanta de su lugar, caminamos al centro de la sala y comenzamos a movernos; la abrazo fuertemente, por la cintura, la beso en los labios y acaricio muy lentamente su espalda, llego a sus nalgas y deslizo mis manos disimuladamente para acariciarlas en toda su extensión; Perla me dice al oído:


- Nos están viendo


- Y eso qué, estoy en mi casa con mi mujer y si quiero acariciarla soy totalmente libre


Ella me mira sorprendida y un tanto intrigada y me dice:


- ¿De veras no te importa que Mauricio y Arturo me miren?


Muy tranquilo respondo que en absoluto, me encanta presumir la hembra que tengo por mujer. Sigo acariciando sus nalgas muy despacio y la beso cada vez con más pasión. Nuestros invitados están sorprendidos, Arturo tiene los ojos como platos mientras que su mujer lo mira un poco m*****a, aunque estoy seguro de que a ella también se le antoja un baile así de cachondo, siempre me ha parecido una mujer muy sexual. Por su parte Mauricio no decide entre mirar el espectáculo o atender a su espectacular pareja, que se ha sentado muy sugestivamente con las piernas ligeramente abiertas.


No puedo pasar al siguiente paso hasta deshacerme de Claudia y Arturo, no quiero que arruinen la fiesta. Opto por la agresión, y le digo en tono burlón a Claudia:


- ¿Qué es lo que te sorprende? ¿Acaso Arturo no te da servicio con regularidad?


Todos rompen en carcajadas, incluso Arturo. Claudia se ve muy m*****a y atina a decir con voz triunfante:


- Si, pero no lo andamos luciendo frente a los demás.


Su respuesta me m*****a, y reviro con un poco de sorna:


- Será entonces que no hay nada que lucir entonces… ¿no Arturo?


Perla me mira entre m*****a y coqueta, acabo de compararla con su amiga y la he puesto muy por encima de ella. Arturo debe contener la risa, y Claudia hace lo que debe hacer: se levanta y pide a su esposo que se retiren, afirma que no le gusta discutir con borrachos. Si supiera que en toda la tarde-noche no he probado una gota de alcohol para estar al 100% en lo que se avecina…


Arturo me mira con un poco de m*****ia y se despide, Claudia de plano ni siquiera me voltea a ver, se despide de los demás y sale azotando la puerta. Creo que me propasé, pero ya mañana tendré suficiente tiempo para disculparme, al final de cuentas tengo el mejor de los pretextos: estoy borracho.


Sonrío a Gabriela y pregunto imperativamente


- ¿Acaso no bailas Mauricio?


Parece que solo necesitaba ese pretexto, inmediatamente se levanta y pide a Gabriela bailar con él. Se levantan y comienzan a bailar junto a nosotros. Yo sigo en mi tarea de acariciar descaradamente a mi mujer, ya no lo hago delicadamente, magreo con fuerza su magnífico trasero. Mauricio está asombrado, quizás se imagina que formará parte de una orgía o algo por el estilo, he sembrado tantas ideas en su cabeza respecto a Gabriela y luego al vernos así, tan “descarados” a mi mujer y a mí, seguro piensa que somos unos degenerados; y lo somos, pero no lo incluiremos en nuestro degenere.


Cada que mi mirada se encuentra con la de Gabriela, sonríe maliciosamente, luce muy emocionada con nuestro plan, mientras que Mauricio luce cada vez más acalorado y porque no decirlo, excitado. En cierto momento, en que Mauricio queda de frente a mí, le guiño un ojo y aprieto con más fuerza el culo de mi mujer, su vestido se levanta un poco y estoy seguro que él logra ver parcialmente sus blancas nalgas.


No puede más, baja sus manos al culo de Gabriela, me excita sobremanera mirar a otro hombre acariciar algo que es de mi uso exclusivo; Gabriela explota:


- Qué haces estúpido, no me toques, no me toques


Mauricio no sabe donde meter la cabeza, mi esposa pregunta que ha sucedido y Gaby responde casi llorando:


- Este idiota que se ha querido propasar conmigo y me ha acariciado las pompas…


Mi mujer luce furiosa y me mira rogándome que haga algo. Airadamente reclamo a Mauricio y lo saco de la casa casi a patadas, no está en condiciones de defenderse, intenta dar una explicación pero no se lo permito y en un dos por tres me he quedado a solas con mi mujer y mi amante.


Gabriela llora amargamente y Perla intenta consolarla, se sientan en un sillón (en el que hice por primera vez el amor a Gaby) la abraza, acaricia su cabello y le dice que no ha sido su culpa. Me siento junto a mi esposa y sigo con mi juego, esta vez me pegó a ella y comienzo a acariciar su cuello bajando disimuladamente mis manos a sus pechos; ella protesta, dice que su hermana se siente muy mal; Gaby le dice:


- No te preocupes Perla, sigan en lo que estaban, yo no voy a arruinar la noche. Mejor me voy.


Mi mujer responde:


- Ni hablar, ¿cómo que te vas?, que tal que el fulano anda por allá fuera esperándote. Mejor te quedas


- Pero no quiero importunar…


Sonrío y le digo que no importuna, si no le m*****a ver como acaricio un poco a su hermana. Gaby sonríe y dice que no, que para nada, que hasta le gusta ver como lo hago…


Perla sonríe y dice:


- Es un hecho, te quedas con nosotros.


El plan va de maravilla, estoy a un paso de hacer realidad mi más grande anhelo en muchos años, un buen plan y un poco de ayuda del alcohol funcionaron de maravilla. Vuelvo a tomar de la mano a mi mujer y la llevo una vez más al centro de la sala; acaricio su cabello, la beso con pasión y mis manos se pierden más en su culo, la acaricio una y otra vez, ella por su parte clava su boca en mi cuello y comienza a chuparlo, me encanta cuando hace eso, es un indicador de que está a punto para que la posea.


Subo mis manos por su espalda y bajo lentamente el cierre del vestido hasta por encima de la cintura, intenta detenerme, pero hago caso omiso a sus reclamos; me dice:


- Ahí está Gaby…


- Si lo se, no pierde ningún detalle.


Subo mis manos por su cintura, siento su suave piel desnuda en mis dedos, mis manos llegan a sus hombros y deslizo el vestido por el frente, liberando sus preciosos pechos solo cubiertos por un transparente brassiere; antes de que otra cosa suceda, beso inmediatamente sus pechos, se que le encanta y no podrá resistirse y mucho menos detenerse, el alcohol acompañado del sensual baile y los juegos previos han desinhibido a Perla y actúa siguiendo a sus instintos. Beso sus pechos con fuerza, paseo la lengua alrededor de su aureola una y otra vez, toma mi nuca y respira agitadamente, se que está a punto de pedirme que la posea ahí mismo.


Estoy muy cerca de conseguirlo. Deslizo su vestido hasta el suelo y ella está totalmente entregada: lo único que se te interpone entre nosotros son sus medias y su deliciosa ropa interior. Meto las manos entre su ropa y su piel y la bajo con cierta brusquedad y la dejo ahí, desnuda frente a mí y frente a su hermana, mi amante, mi inesperada obsesión. Acaricio su cuerpo de arriba a abajo, luce magnífica, sus preciosas tetas, su abdomen, su cuello extendido, su sexo depilado recientemente. Mis manos recorren desesperadamente todo su cuerpo y ella está en otra dimensión, gozando de mis caricias como nunca lo ha hecho.


Meto un par de dedos en su coño, le encanta, me muerde el oído y me dice:


- Cógeme mi amor…


La levanto en vilo, me abraza con las piernas y hace más fácil mi labor; al parecer se ha olvidado de la presencia de su hermana y si no, no le importa en lo más mínimo. Volteo a ver a Gabriela y luce como una gata en celo, sus piernas parcialmente abiertas dejan ver casi hasta su sexo maravilloso, ha desabrochado los botones superiores de su blusa color blanco y sus pechos asoman tímidamente por debajo de la tela. Su falda color negro se ha deslizado hacia arriba dejando ver más de lo que uno puede siquiera imaginar. Me sonríe, sabe que estamos cerca de conseguirlo.


Con mi esposa abrazándome con las piernas, hago algo que generalmente me cuesta mucho trabajo pero que esta vez me sale a la perfección: la penetro estando yo de pie y ella montada en mí. Perla tensa cada músculo, cada fibra y comienza a gozar como una loca de mi verga en su coño.


Después de penetrarla unas 20 veces su respiración está increíblemente agitada, camino con ella, sin salirme un centímetro de su delicioso coño y la recuesto junto a su hermana, que con todo lo sucedido se ha desprendido de su blusa y ha dejado sus tetas expuestas a la mirada atónita de mi esposa. Gabriela acaricia sus enormes tetas descaradamente, mirando a su hermana a los ojos; Perla, con mi verga metida hasta el fondo no atina a decir nada y yo sigo con mi movimiento en una posición mucho más cómoda y que por ende me permite llegar mucho más profundo en mi tarea. Perla gime plácidamente, me araña la espalda, se acaricia las tetas, está profundamente excitada por todo lo vivido.


Gaby ahora se ha quitado su falda y ha quedado luciendo su deliciosa y ya conocida tanga, luce simplemente espectacular cuando se pone en pie, me abraza por la espalda y comienza a acariciar mi pecho muy despacio, bajando paulatinamente sus manos por mi estómago y llegando a donde mi erecta verga perfora a su hermana menor. Acaricia la base de mi verga y el sexo de Perla en cada penetración. Mi mujer abre los ojos desorbitados por la sorpresa, pero no voy a detenerme así llegue un ejército entero y me pida hacerlo. Perla me mira de forma interrogante, las manos de Gabriela bajan por su abdomen y comienzan a acariciar las tetas de mi mujer, ella pierde el control, cierra los ojos y se entrega al goce.


Gaby pasa de acariciar las tetas de su hermana, mi verga y posteriormente mi pecho y espalda, parece muy entretenida en su actividad pero se que es demasiado caliente y necesitará atención muy pronto. Saco mi pene de Perla, me pongo en cuclillas y comienzo a lamer su sexo con mucha habilidad, Gabriela me sigue en la tarea y pronto su lengua se encuentra con la mía con el delicioso sabor del coño de mi mujer; lo hacemos alternadamente, lamemos insistentemente el coño de Perla y luego nos unimos en un apasionado peso en los labios; compartir los jugos de mi mujer es lo más sensual que he hecho en toda mi vida.


Mis manos ya recorren libremente ambos cuerpos, paso del culo de Gabriela a las tetas de Perla y viceversa. De vez en cuando ingreso dos o tres dedos en el ano ya acostumbrado de mi cuñada. Ya en eso, dejo de lamer el sexo de mi esposa y dedico enteramente mi atención a Gabriela, beso cada parte de su cuerpo y preparo su sexo para lo que sigue: meto de un jalón mi verga en lo más profundo de Gabriela, ella está en 4 puntos, lamiendo el coño de mi mujer y desde donde estoy puedo ver las deliciosas tetas de Perla, sus piernas abiertas de par en par recibiendo lenguetazos por parte de su hermana, y aún más cerca su precioso culo moviéndose para mí.


Mi mujer abre los ojos y me mira extrañada, me estoy cogiendo a su hermana y está a punto de decir algo, pero su excitación es superior, se mueve al ritmo de la lengua de Gabriela, ronronea, grita. Saco mi verga del coño de Gabriela y la llevo a la boca de mi esposa, la abre sin protestar y comienza a comerla sin pensárselo dos veces. Gaby acaricia las tetas de su hermana una y otra vez, mete sus húmedos dedos en el interior de su coño y luego los lleva al de mi esposa, es maravilloso verlas como dos gatas en celo.


Tomo a Perla de la mano y la pongo de rodillas sobre la alfombra, la penetro sin previo aviso y ella chilla de placer; mientras tanto Gaby se pone frente a ella con las piernas abiertas y masturbándose. La cabeza de mi esposa está a escasos centímetros del coño de su hermana pero no se atreve a hacer lo que debe hacer. La penetro con más y más fuerza, me sostengo de sus nalgas para penetrar con más profundidad y paulatinamente la voy empujando al abismo; de pronto no puede más y comienza a comerse el coño de Gabriela, ella toma su cabeza con ambas manos y la guía en sus movimientos, mi mujer está increíblemente excitada y grita cuando su labor se lo permite. Gabriela pellizca sus pezones, empuja su impúdico sexo a la boca de Perla. Después de algunas embestidas más mi mujer tensa todos los músculos de su cuerpo y experimenta el más grande orgasmo que hayamos compartido en nuestras vidas.


No le doy cuartel, comienzo a lamer su ano mientras que Gaby se ha recompuesto y besa sus labios, Perla recupera el deseo inmediatamente y Gabriela lo nota, porque sin más mete tres dedos en su coño; mi mujer grita de placer.


Gabriela mi pide sentarme en el sillón e indica a mi mujer que chupe mi pene, juntas lo hacen por unos segundos. Acto seguido Gabriela se pone de espaldas a mí y se mete mi verga completa en el ano, de un jalón mis huevos chocan contra sus nalgas. Comienza a moverse con violencia, entra y sale con toda naturalidad puesto que su ano está acostumbrado a recibir a mi pene. Mi esposa nos mira, y cuando está a punto de articular palabra Gabriela le grita


- Cómeme Perla, por favor cómeme…


Perla me mira y comienza a chupar simultáneamente el coño de su hermana y mis testículos cuando le es posible, mientras se masturba con ambas manos. La escena dura cerca de 5 minutos, cuando de pronto Gabriela comienza a moverse con más y más fuerza, indicándome con los movimientos de sus manos que está a punto de terminar e invitándome a hacerlo junto a ella. Mi mujer no cesa en su trabajo, lame y lame el sexo de Gabriela mirándome de reojo, como tratando de interpretar lo que está sucediendo.


Simultáneamente, como tantas veces lo hemos hecho, Gabriela y yo terminamos en un profundo orgasmo mientras mi mujer nos no se cansa de chupar nuestros sexos y masturbarse. Una vez que terminamos, saco mi verga de Gabriela, ayudamos a mi mujer a sentarse en el sillón y la recorremos toda con nuestras lenguas, no hay rincón de Perla que quede sin ser recorrido una y otra vez, ponemos especial atención en sus orificios, alternadamente Gabriela y yo compartimos entre su ano y su coño, mientras mi mujer está vuelta loca por las caricias que le estamos propinando. Minutos después, mi mujer experimenta su segundo orgasmo como preludio a los múltiples finales que tendremos a lo largo de la noche de pasión que compartiremos…


En los días posteriores a nuestro increíble trío, mi esposa no mencionó nada al respecto, pensándolo bien, prácticamente no me dirigió la palabra en poco menos de dos semanas, solo me hablaba para resolver problemas domésticos y asuntos de la oficina. Durante el transcurso de esa semana preferí no ver a Gaby, quería tener las cosas muy claras con mi esposa antes de cualquier movimiento. No obstante la deliciosa noche de pasión que los tres habíamos vivido, ya no estaba seguro de haber hecho lo ideal para mi matrimonio ni para mi relación con Gaby, antes de esa noche mi esposa no tenía sospecha alguna respecto a mi trato con su hermana y por ende podía pasar tiempo de sobra con ella y nadie podría reclamarme nada, sin embargo, después de lo ocurrido, eso era prácticamente imposible, ahora Perla sospecharía de cualquier encuentro "casual" con mi cuñada.


Viví unas semanas de perros, con la incertidumbre a flor de piel y sobresaltado con cada timbrazo del teléfono esperando que mi esposa finalmente rompiera el hielo, además de que mi libido andaba por las nubes después de haber tenido a ese par de calientes mujeres.


Nada pasó hasta el sábado siguiente. Como siempre, me levanté muy temprano para jugar tenis con mis amigos, acto seguido tomamos un par de tragos en el bar del club y mas tarde, cuando iba de regreso a la casa, sonó mi teléfono, era mi esposa diciéndome que teníamos invitados a cenar y que no llegara tarde.


Apresuré el paso y llegué a casa más temprano de lo acostumbrado. Al entrar escuché a Perla cantando alegremente en la cocina, cuando la vi, no pude mas que sonreír lascivamente, se veía preciosa, llevaba puesto un vestido negro muy corto que bien podría ser un babydoll con un generoso escote que dejaba asomar desafiantes sus deliciosos pechos, medias negras de un material muy brillante que las hacía lucir aun más bonitas y unas altísimas zapatillas de punta que hacían sus piernas eternas... Llevaba el cabello recogido en un chongo con un broche en forma de rosa decorando el tocado. Supuse entonces que la vigilia había terminado, ya estaría dispuesta a retomar nuestra vida en común. Me acerqué y la besé apasionadamente, diciéndole al oído las guarradas que tanto la excitan, seguí besándola algunos minutos y di el siguiente paso, la levanté en vilo y ella abriendo sus piernas rodeó mi cintura, apreté con fuerza sus nalgas por debajo del vestido, y me llevé una agradable sorpresa: llevaba puesto un delicioso liguero y cero ropa interior. Después de 2 semanas de inactividad, mi miembro salió disparado de su lugar buscando pelea, y mi esposa lo notó de inmediato porque comenzó a moverse pausadamente rozando su sexo contra el mío. La levanté un poco más y la senté delicadamente en la barra de la cocina, la seguí besando y mis manos comenzaron a acariciar sus pechos por encima del vestido, acariciando accidentalmente su piel. Agaché mi cuerpo con el objeto de llegar a sus piernas, pero ella me detuvo abruptamente, diciendo que los invitados estaban por llegar.


Dio un brinquito desde la barra, acomodó de regreso su vestido y me regaló una coqueta sonrisa.


- ¿Quién viene a cenar?


Respondió con una frialdad hasta ahora desconocida para mí:


- Invité a Gabriela y a un amigo suyo.


La respuesta me dejó la cabeza llena de confusión, ¿Qué era lo que Perla buscaba?, ¿porqué buscar un encuentro con su hermana en esas condiciones? ¿Acaso quería repetir nuestra aventura?, pero de ser así, ¿Por qué la presencia de un invitado misterioso? Estaba seguro de que algo tramaba pero no atinaba a adivinar qué.


Ayudé un poco en la preparación de la espléndida comida, además del sexo uno de los principales atributos de mi esposa es la cocina. Preparó una crema de ostiones al vino blanco, colocó una fuente de camarones gigantes en el centro de la mesa y terminó de preparar el plato fuerte: un exquisito filete de salmón preparado al gratin y coronado con champiñones portobello rellenos de pequeños trozos de nuez.


La mesa era digna de un palacio, Perla se había esmerado en la preparación de los alimentos, pero especialmente en la selección del vino, una rareza del valle de Napa, combinación de uvas Sauvignon Blanc y Zinfandel que mi esposa y yo habíamos conocido en diferentes momentos de nuestras vidas pero que habíamos aprendido a disfrutar en común. Por mi parte había descubierto esta delicia en un viaje mochilero por la costa este de Estados Unidos que hice con mi padre 18 años atrás, aún recuerdo las acaloradas discusiones que mi viejo sostenía con los gueritos que consideraban que su país era el mismísimo ombligo del mundo. Perla nunca quiso contarme cuándo había probado ese vino por primera vez, y para ser franco tampoco me interesaba demasiado, lo que me parecía un detalle sublime era que lo hubiera buscado en México para nuestra cena con su hermana, seguramente tendría planes muy especiales para nosotros.


Sonó el timbre y corrí como adolescente para abrir la puerta, ahí estaba ella, la deliciosa hembra que ocupaba la mitad de mis pensamientos: Gabriela. Desde nuestro primer encuentro se había vuelto increíblemente audaz en su arreglo personal, había renovado totalmente su guardarropa para llenarlo de minifaldas, pantalones ajustados, escotes y zapatillas muy altas. Llevaba puesto un vestido muy similar al de mi esposa, pero en color verde botella, sus enormes pechos saludaban coquetamente por debajo de la tela y sus maravillosas piernas lucían unas deliciosas medias con un sensual calado. Cuando me dio su abrigo y volteó pude notar lo más atractivo de su vestido, el escote de posterior se pronunciaba hasta bien terminada su espalda, y dejaba entrever solo un poco de su magnífico trasero.


Me saludó con un cariñoso beso en la mejilla, rozando la comisura de mis labios, me dijo al oído:


- Te he extrañado mucho mi amor


Detrás de ella venía la mayor sorpresa de la noche: Esteban Torres Andaluz. Cuando lo vi la sonrisa de mis labios se esfumó y con voz más que formal lo saludé con un fuerte apretón de manos.


Esteban es el único amigo de mi esposa que puede sacarme de balance, fueron novios durante más de un año, de hecho cuando comencé a salir con Perla ellos tenían graves problemas en su noviazgo, y yo estuve ahí para confortarla y hacer mi labor para conquistarla, enamorarla y contraer matrimonio. En cierta ocasión, cuando aún éramos novios, Esteban me abordó camino a mi casa con un fuerte cerrón y me amenazó airadamente, llegamos a los golpes, llevando ambos daños similares; poco tiempo después me pidió disculpas y ofreció su amistad, argumentando que prefería “la felicidad de Perla, aunque fuera lejos de él”. Nunca me pareció honesto, acepté sus disculpas por tranquilizar a mi entonces novia, pero siempre me pareció que no pudo superar la ruptura con ella y su eventual casamiento conmigo.


Durante los años de nuestro matrimonio lo encontramos una vez en un centro comercial y otra en el aeropuerto, y nunca lo habíamos frecuentado; por eso, tenerlo sorpresivamente de visita en mi casa sin previo aviso y con la situación como estaba con mi esposa y mi cuñada, no me gustaba en lo más mínimo.


Perla salió del comedor y prácticamente corrió a abrazar a Esteban, a éste se le salían los ojos al mirar a mi esposa tantos años después luciendo tan hermosa. Estoy seguro de que puso especial atención en sus pechos; maldición, los celos estaban consumiéndome, y la noche apenas comenzaba.


Entendí entonces el juego de mi esposa, quería darme celos, seguramente estaba m*****a por lo ocurrido, aunque al final de cuentas no tenía porque estarlo, si mal no recuerdo ella fue partícipe de nuestra aventura, el alcohol que había consumido era mínimo y bien pudo haberse detenido. Sin embargo entendía su m*****ia y sus celos, y si quería jugar a dar celos, yo llevaba las de ganar: Gabriela.

Pasamos a la sala, Esteban se sentó en un sillón junto con Gabriela, mientras que mi esposa ocupó un chase lounge frente a ellos. Por mi parte me dirigí a servir bebidas, tome una botella de vino y sendas copas de cristal cortado, regalo por cierto de Gabriela el día de nuestra boda. Coloqué las copas y el vino en una mesa al centro de la sala, Esteban se levantó para tomar la botella de la mesa y al verla dijo sorprendido:


- ¡No puedo creerlo, un Arietta 2002, y por si fuera poco Blanc!, ¡En verdad no puedo creerlo!


Mi esposa me dedicó una mirada triunfal:


- Claro, ¿te acuerdas?


La mirada de Esteban brillaba de gusto, por su puesto que se acordaba, y yo ahora caía en cuenta del porqué no sabía como mi esposa había conocido ese vino: Años atrás había hecho un viaje universitario a San Francisco y por supuesto que Esteban era su novio en la universidad, la conclusión era muy sencilla y dolorosa: habían conocido el vino juntos y justo hoy mi esposa había conseguido esas botellas para él, y no para mí como lo pensaba. Me sentí como un idiota, horas antes estaba muy contento por el detalle, pero ahora ardía en celos.


Gaby lo notó inmediatamente, y con una franca sonrisa comentó:


- La verdad a mi no me importa la marca, mientras tenga el efecto adecuado…


Al pronunciar estas palabras me miró fijamente y sonrió mostrando su hermosa dentadura. Serví las copas y entregué una a cada quién, tuve que sentarme en un sofá porque mi esposa estaba recostada en su lugar y no me dejó espacio.


- Por los viejos tiempos.


Mi esposa levantó su copa y dedicó una mirada cómplice a Esteban, que no atinó a decir nada seguramente porque sintió el peso de mi mirada. Gaby se levantó de su lugar y se sentó en el brazo de mi sofá, me gustaba mucho que me “defendiera” de los ataques de su hermana.


Durante cerca de una hora platicamos de todo un poco, durante todo ese tiempo mi mujer coqueteaba descaradamente con Esteban, ella estaba recostada de lado, sus piernas juntas, su pequeño vestido se deslizaba constantemente dejando ver más de lo que un esposo en condiciones normales permitiría, sus piernas se movían constantemente, su liguero asomaba lujuriosamente por debajo de la tela; su generoso escote dejaba ver la parte superior de sus pechos cuando se agachaba a tomar su copa que dejaba en una pequeña mesa a un costado. Esteban no perdía detalle, lucía acalorado, turbado por la situación, estoy seguro de que si Gaby y yo no estuviéramos ahí ya se hubiera abalanzado sobre Perla.


En un par de horas tomamos dos botellas de vino y cenamos. Durante toda la cena mi esposa no cesaba de elogiar a Esteban y recordar los momentos compartidos en su juventud, que estaba fuera de sí ante la conducta tan sugerente de mi mujer, por nuestra parte Gaby y yo permanecimos como espectadores de todo lo que decían. Me sentía fuera de lugar, lleno de celos, pero al mismo tiempo muy excitado, no sabía a donde nos llevaría todo esto, pero al menos algo estaba ocurriendo, a diferencia de las últimas dos semanas.


Nos levantamos del comedor y Perla me pidió preparar un café de la alta montaña de Veracruz que a todo el mundo encanta, Gaby fue conmigo en la cocina para ayudarme mientras que mi mujer y el sorprendido Esteban fueron a la sala.


- ¿Pero que le pasa a Perla?


No atiné a articular palabra, no me gustaba sentirme tan vulnerable, sin argumentos, y tampoco quería mostrarme demasiado celoso frente a Gabriela. Mientras servía el café, Gaby se situó a mi espalda y comenzó a acariciarla, y sin más pasó sus manos al frente y comenzó a tocar mi pene por encima de la ropa.


- No te preocupes mi amor, pronto nos desquitaremos…


Me hizo sentir muy bien, necesitaba un poco de ayuda y esas caricias y sus palabras fueron un gran aliciente. Regresamos a la sala, y cuál fue mi sorpresa al encontrar a mi esposa sentada junto a Esteban, pero literalmente junto a él, acariciaba descaradamente su pierna y reía a carcajadas. Cuando entramos él se sobresaltó, pero ella permaneció impávida, mirándome con un espíritu retador.


Tomé de la mano a Gaby y nos sentamos en el sillón frente a ellos. La plática subía paulatinamente de color, Perla hablaba de penes y vaginas como si de manzanas y peras se tratara. En cierto punto comentó:


- Mi marido es super liberal en lo que al sexo se refiere, estoy segura de que esta dispuesto a todo...


Esteban me miró, no se que esperaba que le dijera, ¿Acaso quería una propuesta indecorosa? Seguro ya estaba pensando en cogerse a mi mujer desde hace un rato, pero no sabía articularlo. Perla se encargo de ello:


- Es más, podrías darme un beso y a él te aseguro no le disgustaría…


Esteban me miró con los ojos desorbitados, no decía nada, pero con la mirada me estaba preguntando si podía hacerlo. El jueguito de Perla me estaba m*****ando de veras, pero también me estaba excitando. La idea de hacer el amor con mi esposa y mi cuñada tenía un morbo muy especial por tratarse de dos mujeres, además de todo hermanas, y por si fuera poco increíblemente hermosas. Sin embargo, el que otro fulano, y en especial un exnovio de mi mujer la besara y en mis propias narices era algo muy diferente.


El ego me derrotó, no iba a mostrarme débil frente a mi mujer y en cierta forma era justo, al final del camino yo andaba tirándome con regularidad a mi cuñada y había logrado hacerlo con las dos al mismo tiempo, si Perla quería experimentar iba a contar conmigo, y si quería vengarse, no sabía con quien se metía, ya que yo estaba dispuesto a llevar esto hasta sus últimas consecuencias.


Miré calmadamente a Esteban, y asentí con la cabeza.


- ¿De verdad?, ¿Quieres que la bese?


Comenzaba a retomar el control de la situación, Perla me miró entre sorprendida y excitada, estoy seguro de que no esperaba esa conducta, con un tono retador dije:


- anda mi amor, por mi no te detengas


Perla no supo que hacer, no se decidía a moverse y entonces un impulso inexplicable surgió de lo mas profundo de mi ser.


- Mira, yo te enseño...


Voltee a mirar a Gabriela, deslice delicadamente mi mano por su nuca y la atraje hacia mi, acerqué mi boca a sus labios y le di un profundo beso, mi lengua recorrió lentamente el interior de su cavidad bucal, era una verdadera delicia volver a probar su caliente saliva. Gaby acariciaba mi nuca y cuello, y recibía mi beso con cierta emoción.


Me separé de Gaby y dirigí mi atención a mi mujer y su sorprendido amigo, ella por su parte estaba sobresaltada y me miraba furiosa, Esteban no podía ocultar la lujuria en su mirada


- Vamos Esteban, hazle los honores a mi mujer


Esteban la miró y torpemente la besó, primero en la comisura de los labios y muy pronto sus bocas se encontraron en un apasionado beso. No movían sus manos, simplemente movían sus labios y respiraban agitadamente.


Por mi parte seguí con lo mío, volví a besar a Gaby, pero esta vez acaricié su cuello y fui mas allá, deslicé mi mano hacia sus pechos y los acaricie sin pudor alguno, primero lentamente y después con lujo de violencia, los apretaba con fuerza, estiraba sus pezones como tanto le gustaba, todo por encima de la ropa. Los suspiros de Gaby interrumpieron a nuestros compañeros que suspendieron su tarea para contemplar el magnifico magreo que le daba a mi cuñada.


De reojo pude ver sus reacciones, Esteban no cabía en si de emoción, y mi mujer nos miraba con una combinación de sorpresa, enojo y excitación. Estaba sentada en la orilla del sillón, sus pezones tremendamente erectos se notaban a través del vestido, tenía la boca semiabierta y la posición de sus piernas me permitían ver casi hasta su sexo desnudo.


Por mi parte estaba muy excitado, el ver a mi mujer besando a Esteban había provocado en mi una extraña mezcla de celos y deseo, no sabía hasta donde llegaría ese juego pero definitivamente lo estaba disfrutando.


Me levanté, caminé por detrás del sillón en que se encontraban Perla y Esteban y me detuve justo detrás de ella, la atraje hacia mi con fuerza logrando que se recargara en el respaldo del sillón


- Que te parece Esteban, esta muy guapa mi mujer no?


- Si, está mejor que nunca


- mmm y te falta ver sus tetas, después de tantas horas de gimnasio están de concurso...


Acto seguido tomé el vestido de Perla desde los hombros y lo deslicé hacia abajo dejando los hermosos pechos de mi mujer al descubierto, únicamente ocultos por la delgada tela del brassiere.


Intempestivamente detuvo mis manos con furia contenida


- No soy una puta, no me voy a acostar con cualquiera solo porque te acuestas con mi hermana


- Pero no soy yo quien lo quiere. ¿Tu invitaste a Esteban o no?


La tortilla había dado la vuelta, los desorbitados ojos de Esteban me hacían saber su sorpresa, miraba a Gaby y de vuelta a mi mujer pero no pronunciaba palabra alguna. Por su parte Gaby estaba sentada en el sillón en donde la había dejado, sonreía altanera, al fin se había revelado su secreto y estaba orgullosa de ello.


Mi mujer la miró y le dijo


- ¿Acaso crees que pienso que lo que pasó en mi cumpleaños fue un encuentro casual? ¿Un accidente?. Se que desde hace tiempo te acuestas con mi esposo, y lo que me hicieron no tiene nombre, me sedujeron y me hicieron consumar actos que nunca imaginé...


Esteban estaba con la boca literalmente abierta, no se imaginaba que la velada se tornaría en la revelación de un encuentro sexual entre mi esposa y su hermana.


Noté que en ningún momento Perla dijo que no le había gustado lo ocurrido, reclamaba el hecho moralmente hablando, pero en el fondo no negaba que le hubiese gustado. Actué en consecuencia.


- No negarás que fue delicioso, nunca habías terminado tantas veces como esa noche.


Gaby sonrió maliciosamente, se sabía en parte responsable del goce de su hermana.


- No se trata de eso Antonio, me lo hubieras propuesto, me hubieras dicho antes de Gabriela.


- ¿Entonces hubiera sido diferente?


El silencio invadió la sala de mi casa, nadie se atrevía a interrumpirlo por temor a las consecuencias.


- Si, me gustó mucho, pero...


Interrumpí...


- Entonces cual es el problema, acaso quieres equilibrar la balanza? Yo no tengo hermanos, pero si quieres le decimos a una de mis hermanas a ver si se animan


Perla sonrió, finalmente la estaba suavizando.


- ¿Quieres acostarte con otro? ¿Por eso lo invitaste?


- Si, me gustó tanto hacerlo con Gaby y contigo que quisiera repetirlo, pero me siento traicionada y no podría hacerlo hasta estar en igualdad de condiciones


Me encontraba gratamente sorprendido, entonces podríamos repetir nuestra aventura. Ahora lo único que necesitaba era superar los celos y el ego personal y dejar a mi esposa coger con otro hombre. Era una difícil pero excitante encrucijada, y de antemano sabía lo que ocurriría, solo tenia que dar el paso decisivo.


Bese a mi esposa en los labios, acaricié sus hombros desnudos y mis manos se escurrieron entre la tela del bra y su piel, apreté sus pechos un par de veces y los liberé de su prisión, quedaron ahí, frente a las narices de Esteban y de Gaby.


Levanté a Perla del sillón y dejé caer su vestido hasta el piso. No vestía mas que el liguero y las zapatillas, sus blancas nalgas se veían esplendidas y su sexo recién depilado lucía espectacular. Besé cada uno de sus pechos y miré a Esteban, el idiota estaba impávido, le estaba ofreciendo a mi mujer prácticamente desnuda y dispuesta a todo y sin embargo el ni siquiera se movía, acaso esperaba que lo invitara a actuar?


No fue necesario, Perla se le acercó así como estaba, de pie, luciendo su desnudez y poniendo sus pechos prácticamente en su boca. Esteban no pudo mas, atrajo hacia si a mi esposa agarrándola de las desnudas nalgas y comenzó a besar sus pechos, parecía desesperado, su lengua recorría toda su superficie pero ponía especial atención en sus pezones. Perla se dejaba hacer y parecía disfrutarlo mucho.


Comencé a recorrer con mi lengua sus hombros y espalda, una y otra vez la recorrí de arriba a abajo y de un lado a otro, su respiración se entrecortaba y pude notar cuando Esteban comenzó a acariciar su delicioso sexo por que Perla dio un pequeño respingo y empezó a decir:


- mmmm, no se detengan, sigan


Pareció ser la invitación que Gaby esperaba para entrar en acción, porque se puso en pie y se acercó a su hermana, jalándola violentamente de los cabellos para plantarle un beso de antología mientras acariciaba sus pechos, permitiendo a sus manos encontrarse con las de Esteban y las mías.


El cuerpo desnudo de mi mujer era acariciado por 6 manos y 3 lenguas, ella parecía estar fuera de si, ya no suspiraba, gritaba de placer, su cuerpo parecía derretirse por el calor generado, se contorsionaba en todas direcciones, ya cuando Esteban besaba su vientre o metía hasta 3 dedos en su vagina, ya cuando Gaby la besaba con fuerza o acariciaba su cabellera, ya cuando yo besaba sus hombros o introducía un dedo humedecido con saliva de su propia hermana en su apretado culito.


Esteban se puso en pie y bajó sus pantalones y ropa interior hasta quitárselos dejando ver una regular erección, tomó asiento una vez más y siguió con su excitante labor. Tomé de la cabeza a Perla y la empujé lentamente hacia el pene de su nuevo amante sin dejarla doblar las piernas. Lucía increíble, su cuerpo formaba un ángulo recto, sus piernas cubiertas por las medias estaban totalmente estiradas y su torso doblado hacían lucir su culo deliciosamente, sus sensuales zapatillas daban a la escena un toque único.


Perla comenzó a chupar ávidamente el pene de Esteban, el se reclinó totalmente en el sillón y acariciaba sus cabellos ayudándola en el sube y baja. Gaby había empezado a recorrerme con sus manos, bajó el cierre de mi pantalón y sacó mi verga totalmente erecta, sin más la dirigió al trasero de su hermana, metió dos dedos en su vagina y los sacó prácticamente empapados, embarró los flujos de Perla en mi pene y lo dirigió a su sexo. De una sola embestida penetré a mi mujer que inmediatamente comenzó a moverse a mi ritmo, sus nalgas iban y venían, era delicioso ver ese blanco trasero levantado más de lo normal por las zapatillas. Gaby acariciaba alternadamente las tetas de Perla y su sexo, me besaba en los labios, nuestras lenguas se entrelazaban cadenciosamente.


Perla chupaba hambrienta el pene de Esteban que se había liberado de su camisa y gesticulaba disfrutando plenamente tan deliciosa felación. Las manos de Perla recorrían su pecho y de vez en vez acariciaban su propio sexo y mis testículos. Jadeaba con intensidad, abria un poco sus piernas para permitirme llegar mas profundo, y al hacerlo podía sentir que tocaba su fondo infinito.


Esteban intentó acariciar a Gabriela pero esta se alejó de él y me abrazó por la espalda, acariciaba mi cuello, mi pecho, mi estomago y de vez en vez daba pequeñas nalgadas al trasero de su hermana, que con el esfuerzo y los golpes habían tomado una coloración rosada. Desabrochó mi camisa y la tiró al suelo, terminó de quitar mis pantalones y boxers y al hacerlo recorrió con su lengua mis nalgas y piernas. Ella era la única que estaba totalmente vestida, y yo no veía el momento de desnudarla completamente y presumir a nuestro compañero conjuntamente a los dos monumentos que calentaban mi cama.


Perla tenso los músculos de sus piernas y quedó totalmente inmóvil, sabia que estaba a punto de terminar y aceleré el ritmo de mis embestidas, su sexo era taladrado a gran velocidad y comenzó a gritar como una loca...


- mas mas mi amor, mas mas


Esteban se quedó sorprendido, Perla había dejado de complacerlo para preparar el que probablemente sería el mejor orgasmo de su vida. Se agitó una, dos, tres veces y comenzó a gritar


- ayy ayyy ayyyy


Cuando su cuerpo se relajó supe que había terminado, me detuve, no quería terminar aun, me faltaba mucho por delante.


Se incorporó, volteó hacia Gabriela y le dijo:


- Dame un condón, hay un paquete en la cajonera de la recepción.


Gabriela mi miró interrogante, si quería que aprobara la petición no lo iba a hacer:


- Que me des un condón carajo!!!


Gaby fue al mueble en cuestión y volvió inmediatamente.


Mi mujer estaba irreconocible, autoritaria, tenía el control de la situación y a todos nosotros sorprendidos. Tomó el preservativo y lo colocó cuidadosamente en el pene erecto de Esteban, se puso entonces de espaldas a él y sin previo aviso, como si de una operación quirúrgica se tratara, fue bajando su humanidad e insertándolo en su caliente sexo, usaba una mano para dirigirlo y con la otra se apoyaba en una de sus rodillas, cuando hubo terminado comenzó a moverse de arriba a abajo con violencia, se podía escuchar el sonido provocado por el choque de sus carnes con las piernas de este suertudo que se estaba cogiendo a mi esposa en mis narices.


Mi esposa no cesaba de moverse, subía y bajaba y se veía que realmente estaba disfrutando del suceso. Gaby y yo estábamos un tanto desconcertados, pero increíblemente excitados, jamás pensé que ver a mi esposa cogiendo con otro me podría excitar en lo más mínimo, pero ahora que estaba ocurriendo experimentaba una sensación indescriptible, escuchar sus ronroneos, sus gritos, era simplemente espectacular. Mientras tanto Gaby se agachó y comenzó a chupar mi miembro erecto, empezó pasando su lengua por la punta, intentó introducirla en la uretra lo que me causó un grito de placer, después de tres o cuatro intentos, siguió recorriendo mi glande por toda la orilla, se había vuelto una experta en el sexo oral, recorría lentamente de un lado a otro y con sus labios rozaba suavemente mi piel, con sus manos acariciaba alternadamente mis testículos y mis nalgas. De pronto, introdujo completamente mi verga en su boca hasta provocarse arcadas por el contacto con la parte posterior de su paladar y comenzó con un frenético mete y saca que me volvió literalmente loco.


Gaby estaba totalmente vestida, no se había despeinado un cabello y solo podía sospecharse lo que había estado ocurriendo por lo sonrojado de su rostro y el maquillaje y cabello fuera de su lugar, la hice ponerse en pie y deslicé los tirantes de su vestido por sus brazos, dejando al descubierto sus enormes tetas cubiertas por un delicado brassiere negro con increíbles transparencias en sus pezones, seguí deslizando hacia abajo y su delicada ropa interior fue revelada, se veía como nunca, era una diminuta tanga color negro con transparencia justo en su depilado sexo, parecía que las hermanas se habían puesto de acuerdo, porque sus vellos lucían muy parecidos. Deslicé su vestido a todo lo largo de sus piernas y ella me ayudó levantando alternadamente cada uno de sus pies.


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Después de algunos minutos de ver a mi mujer moviéndose como una posesa en el miembro de Esteban, tuvo un tremendo choque de conciencia: el exnovio de mi esposa se la estaba cogiendo en mi propia casa y yo era un espectador del numerito. Una oleada de celos y furia se dejó sentir por todo mi cuerpo, no sabía a ciencia cierta que haría pero debía tomar cartas en el asunto inmediatamente.


Violentamente tomé a Perla por los cabellos separándola con facilidad de su amante. Esteban me miró un tanto desconcertado y quizo reclamar por la interrupción; antes de que articulara una palabra di un fuerte puñetazo en su rostro, quería vengar el agravio y en ese momento lo único que funcionaría sería que corriera sangre. Perla intentó reaccioner pero bastó una mirada para mantenerla quieta en el sofá en donde había caído después del empellón.


Esteban se levantó furioso y se puso en guardia. Era una escena ridícula: dos hombres desnudos dispuestos a liarse a golpes por una mujer. Intentó contactar con su puño izquierdo en mi rostro pero logré esquivar el golpee y recibirlo con un impacto en el hígado que lo dejó un momento sin respiración. En su segundo ataque logró impactar mi mejilla izquierda, pero una vez más el salió perdiendo, ya que con el puño totalmente cerrado y a gran velocidad golpee su nariz, que inmediatamente empezó a sangrar copiosamente.


Llevó ambas manos a su rostro intentando contener la hemorragia, pero para mí no era suficiente: con una rápida combinación abajo y arriba golpee su estómago y su cara. El intentó cubrirse en vano porque mis golpes eran certeros. Me regodeaba en la ira y en mi capacidad para impartir semejante castigo ante su atrevimiento de haberse cogido a mi esposa.


Perla me miraba desafiante mientras que Gaby no podía ocultar su satisfacción y excitación.


Esteban se incorporó como pudo, tomó su ropa y se vistió con rapidez. Salió sin despedirse y ni Perla ni Gabriela se movieron un ápice.


Miré a mi esposa con una sonrisa de triunfo dibujada en mi rostro y le dije:


- Ahí está tu macho, se ha ido con la cola entre las patas...


Perla no dijo nada, solo me miró con un dejo de tristeza en los ojos.


Me dirigí entonces a Gaby, la atraje hacia mí con fuerza y la besé profundamente en los labios. Mientras lo hacía acariciaba su cuerpo despojándolo rápidamente de su ropa. Comencé con su falta, desabrochando el botón superior y bajando el cierre con sumo cuidado, para después deslizarla hasta sus pies, al hacerlo rosé sus deliciosas nalgas y pude sentir el fino encaje de su ropa interior, para posteriormente colocar cada una de mis manos en su culo, atraerla hacia mi y restregarle mi creciente erección. Solté sus nalgas y subí mis manos hasta su espalda y nuca.


Seguí besándola en una deliciosa batalla en la que nuestras lenguas eran protagonistas y víctimas: en todo este tiempo Gaby había adquirido gran destreza para proporcionarme placer con su boca en cada terminal nerviosa de mi cuerpo, y justo en ese momento me volvi conciente de semejante cualidad.


La alejé un poco de mí, tomé su blusa por cada lado y la abrí violentamente, los botones cedieron al movimiento y salieron disparados en todas direcciones. Retiré la blusa de su lugar y levanté inmediatam su brassiere, sus tetas brincaron y yo me agaché para comenzar a lamerlas y besarlas, pasé mi lengua por toda su extensión y besé con dedicación sus erectos pezones.


Gabriela suspiraba cada vez con más fuerza, pero no me correspondía, solo se dejaba hacer. Perla por su parte nos miraba con fiereza, había en su mirada un gran enojo combinado con una especial sensualidad, después de todo se había quedado a medias y estaba seguro de que su coño quería más.


La miré directo a los ojos y ella desvió la mirada y le dije:


- Ahora te toca a tí contemplar el numerito, cuando quieras puedes acompañarnos.


- Estás loco, yo no voy a jugar tus juegos


Sin embargo, seguía ahi.


Seguí besando las tetas de Gaby mientras dos de mis dedos habían movido a un lado la tela de su ropa interior a la altura de su sexo, para posteriormente refugiarse en su interior. Los movía frenéticamente en todas direcciones para que Gabriela alcanzara una mayor excitación si esto fuera posible.


Gaby acariciaba mis cabellos y de vez en cuando tiraba de ellos intensamente, mientras me decía casi suplicante:


- Métemelo ya, hazme el amor mi amor.


La llevé hasta el sofá en donde yacía desnuda su hermana y la hice sentarse, no sin antes deslizar su ropa interior por sus piernas y hasta sus tobillos para retirarlas del todo. Se sentó a la derecha de Perla que se quedó completamente inmóvil. Abrí sus piernas hasta lograr que su pierna izquierda rozara disimuladamente a mi mujer, y entonces me sumergí en el centro vital de mi cuñada, recorriendo muy despacio con mi lengua de arriba a abajo su vagina totalmente abierta, humedeciéndola con mi saliva y combinándola con sus jugos sexuales en una deliciosa mezcla que bien podría ser un elixir afrodisíaco de alto octanaje.


Mis manos se entretenían en sus tetas, amasaba y sentía cada accidente en su piel. Ella por su parte guiaba mi accionar atrayendo mi cabeza en la dirección precisa para proporcionarle más placer.


Su pierna seguía rozando a mi mujer que seguía impávida ante el espectáculo, sin embargo pude concluir que Perla estaba muy excitada: sus pezones desafiaban la gravedad y apuntaban directo al cielo. Discretamente deslicé una mano por su rodilla y comencé a acariciarla, no protestó; después de unos segundos decidí aventurarme y comencé a acariciar su muslo con sumo cuidado, siguió en lo mismo; el momento era ideal, y debía jugarme el todo por el todo, por lo que lelvé mi mano a su sexo, acariciando suavemente al principio para después insertar uno y luego dos dedos. Inmediatamente reaccionó con un fuerte movimiento de caderas hacia adelante y hacia atrás, y un casi imperceptible gemido.


Ahí las tenía otra vez, a la una le introducía mi mengua fálica mientras que a la otra le introducía mis dedos, ambas a mis pies y mis deseos, dispuestas a cumplir mis más pervertidas fantasías y anhelos.


Seguí con mi deliciosa labor por un par de minutos más, no estaba dispuesto a hacer nada extra con Perla hasta que ella misma lo pidiera. No tuve que esperar mucho, sin previo aviso, Perla tomó una de las manos de su hermana y la llevó a sus tetas, Gabriela como era de esperarse no protestó y acarició los pechos de mi mujer con ahínco, Gaby parecía más exitada que nunca, seguramente la idea de no volver a coger los tres habia rondado su cabeza, pero ahora todo había cambiado, estábamos juntos una vez más y los disfrutábamos muchísimo.


De pronto, Gabriela alejó mi cabeza de su concha, me atrajo hacia sus labios y me dio un profundo beso, para después levantarse y ponerse a horcajadas encima de Perla; el espectáculo era inigualable, el culo de Gaby lucía imponente, sus sexos se rozaban uno cono otro, sus tetas se tocaban casi imperceptiblemente y sus labios.... Se dieron un larguísimo beso en los labios, era un beso lleno de pasión pero ciertamente también de amor, después de todo eran dos hermanas que se querían mucho desde niñas y ahora habían descubierto una nueva forma de demostrarse sus emociones, sus manos recorrían el cuerpo de la otra como explorando nuevos rincones jamás visitados, las piernas, las nalgas, los pechos, el cuello, el rostro, era un espectáculo digno de la mejor escena pornográfica jamás filmada: el amor y el placer carnal en su máxima expresión.


Por primera vez Perla era conciente de estar cogiendo con su hermana y se notaba que lo disfrutaba muchísimo; su rostro reflejaba además de placer un dejo de felicidad inesperada.


Aproveché el momento para contemplar el espectáculo, pero no iba a quedarme fuera de él por mucho tiempo, así es que me puse en cuclillas para después acercarme el ano de Gabriela y comenzar a acariciarlo primero con mis manos y posteriormente con mi lengua; ella reaccionó de inmediato y comenzó a moverse al ritmo de mis caricias bucales. En cada movimiento dejaba al descubierto el sexo de mi mujer, cosa que yo aprovechaba para dar lenguetasos furtivos en tan sabroso manjar; Perla reaccionaba con pequeños gritos de placer ahogados por los besos de Gaby.


Me puse en pie y acerqué mi pene a sus rostros, ambas se abalanzaron sobre él como dos leonas lo harían con un buen pedazo de carne, lo besaron simultáneamente sin dejar de besarse. Las sensaciones físicas combinadas con el factor psicológico me tenían en un grado de excitación nunca antes experimentado, sentía que estaba a punto de correrme pero podía controlarlo sin ningún problema. Volví a alejarme de ellas y se quedaron en lo suyo; con mi pene totalmente lubricado con su saliva me arrodillé detrás de Gabriela, y de una sola embestida penetré en su ano que estaba perfectamente abierto después del masaje previo. Un grito se ahogó con los besos de su hermana, escuché que intentaba decir:


- Que grande está, está más grande que nunca.


Probablemente era cierto, probablemente la excitación había hecho crecer a mi pene a límites insospechados.


- Tienes que sentirlo Perla, está riquísimo...


Materialmente Perla levantó a su hermana de su regazo forzándome a salir de su culo, y la obligó a sentarse para después corresponderle el abrazo previo poniéndose sobre ella con las piernas abiertas. Siguieron besándose y yo entendí el mensaje a la perfección pero hice caso omiso. Perla un poco desesperada me dijo:


- Métemelo Toño, por favor métemelo ya


Yo hice como que no escuchaba y comencé a besarlas por todo el cuerpo. Perla insistió...


- Anda mi amor, métemelo, quiero sentirte ya...


Seguí con lo mío, quería hacerla sufrir por lo que sucedido con Esteban. Tomó sus nalgas con sus manos y las abrió lo más que pudo, mostrándome su delicioso ano dispuesto a dar batalla...


- Dámelo ya, métemelo por favor...


Con una sonrisa triunfal le dije:


- ¿No quieres que venga tu macho a satisfacerte?


- Claro que no, tu eres el único hombre en mi vida, perdóname por favor, no volverá a suceder...


Eureka y recontraeureka, todo había caído en su lugar después del trago amargo, textualmente mi mujer me había dicho que era el único hombre en su vida, sin embargo estaba montada en su hermana, lo que significaba que Gaby podía estar incluida en nuestra vida sexual, y quizás, solo quizás no solo Gaby, sino alguna que otra amiguita que pudiésemos enganchar....


Con la certeza de que nuestras aventuras apenas comenzaban y con el mejor afrodisiaco del mundo: el poder, me abalancé sobre su culo abierto y la penetré lentamente. Cada centímetro de mi verga en su ano la hacían gemir de placer, al parecer si estaba más grande que de costumbre porque Perla repetía casi suplicando:


- Despacito mi amor, me duele, me duele....


Al escuchar esto lo que tenía que hacer fue inmediato, la penetré de un solo golpe, ella gritó tan fuerte que Gaby le tapó la boca para evitar que algún vecino nos escuchara. Comencé un frenético mete y saca que llevó a Perla a un estado de excitación nunca antes experimentado, sollozaba por el dolor pero gemía de placer, se movía a mi ritmo mientras que su hermana la acariciaba toda, poniendo especial atención en sus tetas.


De vez en vez y cuando la física se lo permitía, Gaby acariciaba mis nalgas y las jalaba aún más hacia ella. Yo sabía que pronto tendría que atenderla otra vez, porque su incontenible volcán sexual no podía estar más de unos minutos sin energía.


Perla seguía moviéndose con fuerza, y justo cuando sentí que su orgasmo estaba próximo me salí de ella, por más que intentó retenerme en su interior le fue imposible por la posición. Hice que se levantara y de inmediato penetré a su hermana en el coño, dejando a Perla fuera de la acción. Mientras penetraba a Gaby cada vez con más velocidad, miraba a Perla directamente a los ojos, parecía no entender porque la había hecho un lado así es que tuve que decírselo directamente:


- Quiero que te masturbes para nosotros...


Su mirada fue de sorpresa, pero obedeció inmediatamente, comenzó por acariciar sus tetas con una mano mientras que con la otra acariciaba tímidamente su sexo, le dije entonces:


- Hazlo bien mi amor, quiero te masturbes para nosotros....


Muy decidida se acarició con más fuerza, tocando sus pechos, pellizcando sus pezones, y de pronto introduciendo un par de dedos en su vagina, se recostó en el sillón dejando su coño al aire, lo que nos permitía contemplarla totalmente abierta.


Levanté a Gaby y la arrodillé frente al coño de su hermana, la penetré desde atrás y con la fuerza su boca quedó a tan solo unos centímetros, su reacción fue instintiva y comenzó a dar lenguetasos en la vagina de Perla, que una vez más gemía de placer por su propia masturbación y por la sesión de sexo oral que Gaby le estaba obsequiando.


Después de algunos minutos, pude sentir en las fibras de Gabriela que estaba a punto de terminar, por lo que aceleré el ritmo, y les dije:


- Son unas deliciosas putas...


El efecto fue inmediato, Perla comenzó a gemir más fuerte y Gaby movía sus caderas a gran velocidad, ambas llegarían al clímax casi simultáneamente. Perla me miraba a los ojos y podía adivinar en su mirada el deseo.


Una después de la otra llegaron al orgasmo y se quedaron quietas por un par de minutos, tiempo que aproveché para sentarme en el sillón y ponerme cómodo para lo que se avecinaba...

Fin...

Etalon30
100% (45/0)
 
Posted by Etalon30
10 months ago    Views: 23,118
Comments (8)
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3 days ago
You're such a great writer, didn't understand some parts but hey xD i don't speak spanish at 100% this really make me horny! thumbs up !
3 months ago
uuuufff como me he puestoo!!!mmmmmm
5 months ago
Que maestria al escribir, estoy extasiado de tanta lectura pero excitadisimo por el contenido.
Excelente.
Me complacerias agregandome a tu selecta lista de amigos?
Saludos.
5 months ago
Puede que sea algo larga, pero la historia y su forma de contarla es EXCEPCIONAL. Felicitaciones!! Ojala mi cunhadita quisiera hacer un trio asi con nosotros. Es una cachonda idea y de solo pensarlo nos pusimos a fantasear mientras lo haciamos.
voyeurman...
retired
6 months ago
pfff todo el tiempo tuve la verga mega dura, cabe mencionar que me relaciones mucho con la historia ya que tengo una cuñada q esta mmmm...daría lo que fuera por un trío así!!! MUY BUENA HISTORIA AMIGO...SALUDOS
10 months ago
Muy buenoi. Bueníisimo !!!, perto debías haberlo hecho en episodios
10 months ago
muyyyy largo casi me quedo dormido pero esta bueno..
10 months ago
Muy buena historia amigo!!