Blanco y negro

Comienzas a andar hacia mí. Andares de gata. Mirada felina. Acción de tigresa

Mes de Enero, Invierno.

Son las diez. Hace rato que ha caído la noche. Acelero la marcha mientras dirijo mis pasos hacia el hotel de costumbre.

En cinco minutos he llegado y subo las escaleras que me dirigen hacia la puerta giratoria de la entrada. Tras ella, el inmenso hall con el recepcionista tras el mostrador. Siempre pienso que todo ese lujo sólo le debe hacer sentir como un gorrión en una jaula de oro. Desde la entrada, y a una distancia considerable se encuentran dos escaleras lujosas, iluminadas por una gigantesca lámpara de araña. Las escaleras giran, dejando en medio las cabinas telefónicas. Los ascensores están situados a la izquierda.

Estoy nervioso. Por alguna razón, tengo el corazón desbocado y las manos sudorosas. Me acerco al recepcionista y le pregunto si tiene correspondencia. Nada.

- Sin embargo, su prima… la señorita Raquel, ha subido. Dijo que le esperaría en la habitación señor.

- Muchas gracias. Y buenas noches.

Subo al ascensor. El ascensorista, con su perpetua sonrisa me pregunta a qué piso voy. Tercer piso. El ascensor es un agobio. Tiene un pequeño sofá, de terciopelo que debe ser rojo y las paredes están mullidas y tapizadas del mismo material.

Claro, no lo he dicho. Desde hace tiempo padezco una rara enfermedad. No es daltonismo, pero hace que para mí el mundo sea en blanco y negro.

Al llegar al piso el ascensor hace su sonido habitual y que tanto me irrita. Meneo la cabeza cabizbajo y me despido del ascensorista. Salgo. Las puertas se cierran y yo soy incapaz de dar un paso más. Miro hacia el final del pasillo. Habitación 313. Por el resquicio de la puerta no se ve ninguna luz. Me pongo más nervioso todavía. Alejándome un poco del ascensor dejo la cartera en el suelo, llena de papeles inútiles que harán más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Me quito la gabardina y me aflojo el nudo de la corbata. Dios mío, estoy sudando…

Haciendo acopio de fuerzas consigo emprender la marcha hacia la alcoba, donde Raquel me está esperando. Hace más de tres años que no nos vemos. No puedo creer que hoy por fin el tiempo de espera llegue a su fin.

Delante de la puerta busco impaciente la maldita tarjeta-llave. Esto es un gran adelanto, ya que así no te hacen cargar con un llavero pesado y además cabe en la billetera. Introduzco la tarjeta-llave y la puerta se abre quedándose entornada haciendo un ruido característico. Supongo que el marco de la misma está en dorado o algún color brillante. Pero desde mi perspectiva, es sólo un tono un poco más brillante que el blanco.

¿Nunca os habéis preguntado de qué color sería la ropa de los actores en películas antiguas? Pues yo me hago esa pregunta día tras día, noche tras noche… Vivir en un mundo sin color es como ir a un parque sin niños.

Agarro el pomo de la puerta y la abro un poco. La habitación está en penumbra. No hay ninguna luz encendida y la única iluminación proviene de la calle. El resplandor de las farolas genera un extraño ambiente dentro. Así, sólo entra esa luz desde el balcón, realzando el contraste entre la parte en sombras y la parte iluminada.

Pero en la parte iluminada hay una sombra más. La sombra de alguien.

Y allí estás. En medio del balcón. Tu cuerpo desnudo a contraluz es precioso. Para mí, que sólo distingo tonos de gris es una visión clara y preciosa. Tu silueta queda perfectamente definida por la luz exterior. Atrapada entre las leves sombras de las cortinas semitransparentes.

Cierro la puerta, y la oscuridad se hace más acuciante. Dejo la cartera en una mesa que está situada a la izquierda de la entrada y me deshago de la gabardina dejándola encima de la cartera. Completamente inmóvil me quedo mirándote, estupefacto. Recordando. Viviendo. Oliendo. Sintiendo esa calidez en el ambiente. Notando como gotas de sudor recorren mi frente y mi mejilla hasta llegar al cuello, donde se pierden.

Comienzas a andar hacia mí. Andares de gata. Mirada felina. Acción de tigresa.

Está justo enfrente de mí. Ahora puedo verte la cara. Qué hermosa. Qué perfecta. Qué bella. Qué delicado rostro es aquel que tengo justo enfrente.

Estoy completamente inmóvil. No has dicho nada. Sólo acercas tus manos

a mi cara y la acaricias. Yo me dejo. Esto debe ser lo más cercano a la felicidad que puede estar un hombre. Continuas tocándome hasta llegar a mis labios. Y una leve sonrisa se esboza en tu boca. Te pones de puntillas y te acercas un poco más. Entreabres los labios y depositas un largo y húmedo beso en mi.

Poco a poco voy recuperando movilidad. Y ahora convierto el beso de “hola” en un apasionado beso de “cuánto tiempo”. No has abierto los ojos en todo el tiempo. Disfrutas de las sensaciones dejándote llevar.

Bajas las manos por mi cuello quitando el nudo de la corbata. Un poco más abajo y los botones de la camisa no oponen resistencia a la magia de tus dedos, finos, largos… Manos de pianista.

Así me has dejado desnudo de cintura para arriba. Pero a la corbata le has dado otro lugar en vez de la mesa. La coges, la tocas, la hueles… y con un movimiento suave la pones en tus ojos haciendo un nudo por detrás de tu nuca. Por encima del pelo suelto y sedoso.

Ese es tu juego preferido. Jugar a no ver, a sentir y a olvidarte de quién es la persona que tienes enfrente. Me agarras del cinturón y me conduces por la gigantesca habitación hacia el otro lado. El dormitorio.

Tras subir los dos escalones que separan la entrada del nido me doy cuenta que algo ha cambiado. Faltan cosas. No hay lámparas, y el leve resplandor que venía del balcón ha desaparecido. La sombra nos envuelve casi por completo. Así, estaremos en igualdad de condiciones. Tan sólo llego a distinguir tu figura levemente. Te diriges a la cama y te subes a ella, siempre de frente a mí, gateando de espaldas, ronroneando… Trepas por la sabana hasta dar con tu espalda en el cabecero de la cama, que chirría queriendo escapar de tan embarazosa situación. A veces, me pasa como a Amèlie. Y me hago preguntas estúpidas, como cuántas parejas habrán hecho el amor en esta cama.

Sentada como estás, apoyada en el cabecero me haces con el índice el gesto para que me acerque. Un cierto olor amargo, a sexo, invade la habitación cuando al acercarme entreabres ligeramente las piernas. De rodillas voy andando hasta acercarme lo suficiente a ti como para que sepas que estoy a esa distancia. Ahí me quedo, parado, nervioso… mientras tus dedos, haciendo uso del arma mortal que son tus uñas arañan suavemente mi pecho bajando poco a poco hasta chocar con el cinturón.

En ese momento se me ocurrió decir algo, ni siquiera sé el qué, pero como adivinando mi intención te pusiste un dedo en la boca indicando que no dijera nada. Te dejo hacer, y con una mano liberas mi cintura de su opresor y con la otra desabrochas los pantalones. Lo estás oliendo. Sé que puedes. Siempre lo has hecho. Detectas mi olor en el ambiente, rodeándote, intenso. Sabes lo que se avecina, y adivinándolo humedeces ligeramente tus labios (o eso creo yo, en la penumbra).

Estoy a la altura justa y tus brazos rodean mi cintura con firmeza mientras acercas tu cara poco a poco a mi pene, que está ansioso por recibir esos placeres tan exclusivos. Abres ligeramente la boca y lo introduces poco a poco. Haciéndome disfrutar de cada milímetro que entra, de cada sensación. Eres consciente de cuán buenos son los placeres de recibir, pero también lo eres de cuánto mayores pueden ser los placeres del dar.

Sin ver, sin pudor… lames y saboreas el mástil en que se ha convertido mi pene tras la excitación del momento. Noto el palpitar de mi corazón en consonancia con el tuyo mientras aceleras el ritmo del masaje bucal. Hace un rato que una de tus manos ya no me rodea. Yo sé donde está, y tú también. Llevas un tiempo acariciándote y se nota. Con la mano con que te has estado masturbando acaricias ahora mi verga. Y la vuelves a introducir en tu boca. Eso te encanta. Te hace sentir mala y perversa.

Cuando has considerado que ha sido bastante me empujas ligeramente hacia atrás. Sonríes y te das la vuelta mientras yo me deshago de los pantalones y demás vestimenta. Ahora estoy arrodillado y veo tu espalda majestuosa. Es una preciosidad. Fina, delicada… ni un solo defecto…

Sigues vendada, tumbada boca abajo. Arqueas ligeramente la espalda. Ya sé lo que eso significa. Me agacho y empiezo a besarte la espalda, y de vez en cuando, algún pequeño mordisco. Te estremeces. Te agitas mientras voy bajando dejando surcos con las uñas y marcas de los mordiscos. Sabes a dónde me dirijo, y eso, te excita aún más. Por fin, llego donde la espalda pierde su verdadero nombre, y gimes. Te agitas nerviosa mien

tras mi lengua va recorriendo suavemente esa línea indecorosa. Notas que me voy acercando a ese lugar prohibido y agarras fuertemente la almohada.

Por fin. Ya estoy. Lamo, rodeo, introduzco… todo a la vez, perdido en un mar de sensaciones mientras tu mano, obediente a tus propios placeres recorre tu fuente de placer en busca del orgasmo.

Te agitas cada vez más fuerte. Haces sonidos mudos contra la sábana esperando. Gimiendo, como si por el ojo que fueras a ser penetrada vieras lo que se te venía encima.

Coloco la punta en la entrada. Noto como te intentas relajar mientras consigo que ceda con un ligero empujón. Y ahí me quedo. Sin poder creérmelo todavía. Esperando a que el estrecho esfínter ceda ante la intrusión. Conforme esto sucede arqueas tu espalda esperando conseguir algo más de lo que quieres… algo más de lo que estás deseando. El movimiento de tu mano es cada vez más rápido, y oigo el ligero chapoteo característico… ese que indica que todo va bien, que estás a la espera. Me das vía libre y el ariete prosigue su camino hacia la más oscura zona de tu cuerpo.

Cuando por fin consigo introducirlo por completo tu vaivén es incontrolable, y sólo puede llevar a una cosa. Dejo que seas tu la que se mueva. Así, cuando tu movimiento es más frenético, cuando tus dedos no dan abasto, cuando tu orgasmo es inminente, también lo el mío. Desgarras la almohada y haces que chirríe la cama. El cabecero golpea la pared. Es sin duda el momento más intenso. Tu espalda brilla por el sudor del esfuerzo, y en un golpe final, subiendo las nalgas lo más que la postura te permite te quedas quieta… yo descargo todo lo que llevo en tu interior. Y los dos, quietos, intentamos disfrutar y creernos ese momento de felicidad tan breve… Durante un segundo creo distinguir los colores…

Me dejo caer, mientras sigo dentro de ti. Todo mi peso. Y beso tu nuca sudorosa.

Me quiero quedar así para siempre. Quiero que seas mía. Quiero tenerte.

Pero sólo puedo esperar que me vuelvas a citar.

Y yo lo sigo viendo todo en blanco y negro.
65% (3/1)
 
Categories: AnalTaboo
Posted by EddMad
2 years ago    Views: 63
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