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La primera experiencia transexual

Posted by Kurono27 2 years ago  |  Categories: Anal, Group Sex, Shemales  |  Views: 379  |  
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La primera experiencia fuera del sexo convencional

Os cuento como una amiga mia me convencio de probar una experincia fuera del sexo convencional, ella os lo cuenta aquí:

Esta es la primera experiencia que tuve dentro de lo que podamos llamar dominación o bondage , no identifico bien que es cada una, pero al fin y al cabo lo que importa es la experiencia, os la intentare contar como la recuerdo, aunque hace ya unos años y hay detalles que se olvidan. También es mi primer relato, hace poquitos días que se lo conté a un chico y la verdad es que me libero bastante, ahora he decidido contarlo a todos, para que aprendan una lección o para que disfrutes, según cada uno.

Soy una mujer que nunca tuve problemas para encontrar pareja, más bien al contrario, me resultaba difícil elegir entre pretendientes, eran muchos los chicos que se me acercaban pretendiendo conversar, conocerme, ser solo amigos, eran agradable y me parecía de****tés no atenderles, solía quedar siempre que podía y no rechazar a ningún chico, esto me creaba problemas, me faltaba tiempo para mí, pero creía que actuaba bien.

No tuve relaciones en mucho tiempo con ninguno, pero sin saber por qué, comencé a tener una fama no merecida entre chicos y chicas de la población y alrededores.
Llego a mis oídos que era una chica fácil, que cualquiera se lo montaba conmigo. Las chicas comenzaron a rechazarme en el mejor de los casos, otras veces me perjudicaban todo lo que podían, pero siempre por la espalda, de esto no me entere hasta mucho tiempo después.

Otras veces me decían que era una calientapollas, por mal que suene, que los ponía calientes, que les daba falsas esperanzas y al final nada de nada, les hacía perder el tiempo y el dinero, con invitaciones y regalos. Desde mi punto de vista no era así, casi ni me quedaba tiempo para mí, yo tenía poco dinero y así se lo hacía saber, que no podía salir por ese problema, ellos insistían diciendo siempre que no me preocupase por eso, que ellos no tenían problemas de ese tipo. A pesar de hablar así de mi, seguían encima, esto me m*****aba bastante.

Hubo acontecimientos indeseados que me hicieron plantearme las cosas más en serio, tuve que optar por cortar en seco, perdiendo muchas relaciones y dedicándome más a mí misma.
A partir de este momento evitaba relaciones con chicos de mi entorno o de los alrededores.

Cuando tenía ganas de divertirme, salía con una amiga o sola, debido a la naturaleza y al gimnasio no tenia problema alguno en estar acompañada a los 5 minutos. Pase unos años así, era divertido, lo pasaba bien, durante la semana tenía tiempo para mí y los fines de semana que no trabajaba, le daba alegría al cuerpo.
He querido hacer una pequeña introducción, muy resumida de lo que había sido mi vida, como decía es le primera historia y comenzarla en frio me costaba, no quería que os hicieseis una imagen equivocada de mi, aunque después cada uno interpreta la información como quiere.

Comenzare ya con la vivencia que me marco bastante y me hizo afrontar la vida de otra manera.
Conocí un chico en una agencia mientras preparaba un viajecito, me cayó bien, no sé porqué pero me atrajo, se prestó a ser mi guía en una visita a una zona cercana pero desconocida, cosa habitual por desgracia, me lo describió de tal manera que le hubiese pagado por hacerme de guía, me dijo que me tenia vista de hace tiempo, que en alguna ocasión intento presentarse pero se temió el rechazo, por lo visto si me conocía y le habían llegado comentarios despectivos, a los cuales no hace ni caso porque sabía que suelen provocarlos la envidia, esto me gusto.

Quedamos para el sábado siguiente, a 180 km de donde resido, quedamos allí directamente, veníamos de direccione distintas. Primero me enseñó los paisajes de la zona, rodeando el pueblo, parajes preciosos cercanos, ya cansada de caminar le propuse ir a comer, nos acercamos al pueblo, comimos en un restaurante familiar, encantador, comida hecha con cariño, nos trataron como a su familia, le invite a comer, era lo menos que podía hacer. Después me enseño el pueblo, pequeñito pero muy bien restaurado, parecía estar en otro tiempo, me sentía como una princesa en su castillo, me enseño alguna casa de la antigua nobleza, la iglesia, el castillo y un palacete ya fuera del pueblo, del cual tenía las llaves , era de los padres de un amigo que nunca estaban y se las guardaba para dar vuelta de cuando en cuando, era como el túnel del tiempo, me enseño las bodegas, reconvertidas a salas de tortura por la inquisición, con todo restaurado y por lo que vi, actualizado. Me ponía los pelos de punta de imaginar los tormentos que habrían sufrido allí inocentes personas, el resto de la casa impecable, como para rodar una película.

Se nos hizo tarde muy pronto, comenzaba a refrescar, me propuso tomar un chocolate caliente, me encanta, en un barecito también encantador, no defraudo, todo de cuento de hadas, de otro tiempo.
Aquí cambio el tema de conversación, apareció el sexo, me sorprendió, no pude desviar el tema, entro directo, me hizo una propuesta para el siguiente sábado de sexo no convencional.

Aquí me quede sin repuestas, me estaba pidiendo sexo, directamente, sin rodeos, además no del normal... . Me decía que una mujer como yo debía estar cansada de los hombres, siempre lo mismo, colocar la pica en Flandes y ya está, el me proponía una fantasía en la que habría un poco de todo...
Al no decir que no y por lo visto me lo estaba pensando o hasta digamos que me gustaba la idea, el chico continuo, me aclaro que no se trataba de hacerme, solo situaciones muy excitantes que me harían gozar.

Aclare que por supuesto que no permitiría que me hiciese daño, con esta aclaración estaba dando por sentado, sin darme cuenta, que aceptaba. Me quede a cuadros, pero el continuo con el programa del sábado, lo tendría todo previsto yo solo tenía que preocuparme de ser puntual y aceptar lo que me proponía, dejándome claro que si no quería que no fuese y si necesitaba aclaraciones las pidiese, también dio por sentado que yo estaba dispuesta a mantener relaciones sexuales con él sin impedimentos.

Planteado así asustaba o quedaba poco o nada romántico, pero qué demonios, si lo hubiese conocido una noche en un bar de copas habríamos acabado en la cama, en esta situación desde luego se lo estaba currando mas, aunque quería que se le garantizase el resultado (sexo), pero me gustaba , la idea de la sorpresa, de lo no convencional, me comenzaba a excitar.

Acepte, preguntando si tendría que vestir de alguna forma determina o llevar algo especial, no hacía falta, no había pistas, mas excitación.
Pase toda la semana imaginando que me depararía el sábado, que sorpresas habría, que me haría, una princesa raptada y res**tada por mi príncipe, al que tendría que recompensar. Un cruel inquisidor que quisiese quemarme en la hoguera, una campesina a la que su señor el exigía el derecho de pernada, esto me excitaba noche tras noche.
Llego el sábado y allí me presente, con un poco de retraso eso si, me despiste en un cruce.

Esto lo aprovecho mi anfitrión muy hábilmente, nos saludamos, dos besos de cortesía, para quienes van a acostarse poco después parece un poco frio pero más emoción, dejamos mi coche aparcado en el pueblo y fuimos en el suyo hacia el palacete que he mencionado, al pasar la verja de entrada, me hizo bajar del coche y cerrar la verja, salió el coche y comenzó a desabrocharme los pantalones, me quede paralizada, por lo visto ya habíamos comenzado, me dijo que había comenzado mal llegando tarde y que eso merecía un castigo, que dijo que me bajase los pantalones y me los quitase, objete que podrían vernos si pasaba alguien, entonces dijo que me diese prisa y así no me verían, cuanto más tiempo pase peor. Procedí, dándole un toque sensual, me los quite, mostrando mis elegantes piernas y mi tremendo culazo, lo digo así por que me siento muy orgullosa de él, hoy en día también , sigue igual. El me miraba y decía que no esperaba un monumento así, esto me gustaba, me gusta que me valoren, pero no se quedó en eso, me bajo el tanga, trate de impedirlo pero no pude y con el f***ejeo me lo arrancó, en una acto reflejo me cubrí el pubis, aprovechando que tenía las manos ocupadas y la retaguardia sin protección, me dio una tunda de azotes con la mano,
.- por llegar tarde, así aprenderás a ser puntual,

Pasaron varios coches por al lado, me asustaba cada vez que oía uno. Me hizo caminar, dar una vuelta al palacete por los jardines, moviendo el culo y dando saltitos, me hizo subirme en un columpio, en un caballito de madera, disfrutaba de mi paisaje, yo también , me gustaba esa sensación, entre una y otra me magreaba el trasero y lo que no era el trasero. Me mando quitarme la blusa y sujetador, no replique, si objete que no hacía calor.

.- no te preocupes, te calentaras enseguida, ahora te toca correr un poquito
Corría detrás mío dándome azotes en el culo, por lo visto le excitaba, hasta que tropecé y me caí, sobre hierba por suerte, no me hice daño, aprovecho para sobarme en el suelo, todavía no me había metido mano en las tetas, allí se explayo,
.-déjame que te revise, puedes estar herida,
piernas culo, tetas, coño... todo , revisión completa.

Nos dirigimos a la casa, dimos una vuelta, bajamos a la bodega, me hizo subir, para verme el culo desde abajo, bajo primero y después yo de nuevo, despacio, peldaño a peldaño separando las piernas...

Me hizo pasar a la bodega o mejor dicho sala de la inquisición, asustaba, aquí me hizo subirme en una mesa de tortura, arrodillada, me ató los tobillos a unas argollas, cada tobillo en una esquina, después las muñecas a otras argollas delante de la mesa, no podía apoyar los brazo y mi posición era de lo mas.. imaginaos, para entrar sin preguntar. Comenzó a tocarme a sobarme a saco, recorriendo todo el cuerpo, entreteniéndose con mi sexo, con las tetas, pezones , en los glúteos me daba azotes, fuertes, con mucha fuerza, dolían un poquito pero me causaba mas placer y excitación que dolor, me restregaba el chocho, el clítoris, pellizcaba los pezones, así estuvo bastante rato, de vez en cuando me insultaba:

.-puta , ramera, zurrón, calientapollas, jamona come pollas, guarra...
los repetía con rabia que acompañaba de fuertes azotes
.-vas a tener tu merecido
Me metio los dedos en el chocho, comprobó que estaba muy excitada, casi a punto de correrme, comenzó a masturbarme, con los dedos en el chocho, con fuerza, después metió uno en el ano, esto me excito mas, el se percato y metió otro, no paraba, me corrí, grite como una ... me gusto, sin tiempo a mas me puso aceite por todo, de oliva, me lo extendió sobándome una vez más, se deleito con mi ano y mi chocho, con mis glúteos y mis tetas, yo me dejaba llevar, experimentaba sensaciones muy placenteras, azotes que antes hubiesen sido dolorosos me ponían a cien.

Se desnudó, delgado, fibroso, poquito vello, pene adecuado para no hacer daño usándose sin control. El chico salvo para insultarme no hablaba, pero sabía lo que sentía, me gustaba, yo solo daba gemidos de placer, allí podía liberarme , nadie nos escucharía, aprovechaba a gritar más que gemir, esto me costó alguna que otra bofetada, pero me gustaba mas todavía..
Me m*****aban mis ataduras, que no me dejaban tocarme o acariciarlo o cambiar de posición, pero no se puede querer todo.

Subió sobre la mesa, sin perder el tiempo comenzó a follarme, mientras me acariciaba, comenzó despacio y suave pero no tardó en aumentar el ritmo, el ángulo, todas las variaciones posibles dentro de la posición limitada de movimientos en la que estaba, me masturbaba el clítoris, disfrutaba como una loca, tuve un orgasmo el continuo todavía bastante, yo seguía gimiendo y gritando todo lo que pasaba por mi cabeza, me gustaba muchísimo, volví a tener otro orgasmo, la saco corriéndose sobre mi culo, me lo extendió, se veía satisfecho, al igual que yo, bebió agua ofreciéndome a mi también, me la tuvo que llevar a la boca, me decía:
.-bebe puta bebe, todavía te queda...calientapollas de mierda..
Solo insultos, pero me excitaba...

Yo todavía jadeaba, el todavía en erección, volvió a subirse en la mesa echándome en el mi culazo todo el aceite que quedaba, lo extendió haciendo hincapié en el ano, en dos segundos la tenia dentro, de golpe, al estar algo abierto por los dedos casi no me dolió, además de ser de tamaño adecuado para mi cerito, no excitaba a la vista pero funcionaba, continuo como antes a saco, parecía no estar cansado, me puso a doscientos, me metía los dedos por el coño masturbándome, no se cuantos, acompañaba las embestidas con azotes con la otra mano, tuve otro orgasmo, esto hizo que se excitase mas y embistiese más deprisa, me corrí, me corrí eyaculando como un grifo, aquí si que habló, se excito más si cabe y se acabo corriendo, dentro ...
Se dejo caer sobre mi espalda sin sacarla pellizcándome los pezones y el clítoris, yo estaba derretida y el por lo visto también, estuvimos así unos minutos.
Se incorporo, la saco y se limpio con una toalla. Yo lo miraba, le di las gracias por aquella sesión bien preparada, pocas veces me había tenido orgasmos así.
No te olvidas de algo, le dije, tendrás que desatarme,
.- No tengas prisa, tú no has acabado..

Todavía mas, pero yo, el había acabado?, me preocupo esto que dijo. Se dirigió a la puerta, entro diciendo:

.-Aquí tienes dos amigos que han venido a visitarte, sería una pena no darte más placer, así que como son unos caballeros te lo darán.
Estaban justo detrás y no podía verlos, cuando pasaran a mi lado...un chico de mi edad de la cuadrilla de hace años, bastante chulo y desagradable, no me caía bien. El otro, el dueño del restaurante en el que trabaje un verano con veinte años, me fui porque tuve que darle una bofetada por que solía tocarme el culo, le avisaba y un día le di.

Pensaba que eso no era real, que era un juego, o no sé qué, pero no podía ser.
Esta parte es muy desagradable, aquellos malnacidos me dieron por todo, se turnaron, utilizaron mas bancos de tortura, mas posiciones, se deleitaron violándome hasta que ya no pudieron mas, estuvieron mucho tiempo. No contaré esta parte , tratamos de disfrutar, aquí no disfruté fue muy doloroso en todos los sentidos.
El chico me desato, lo mire preguntando por qué, no tuve respuesta. Lo de denunciar, con la fama que tenia por la zona no habría servido, también lo grabaron, así que lo deje e intente olvidar.

Lo que aprendí es que porque un día te cruces con malnacidos en tu camino, has de continuar y no dejar que te afecte la mala experiencia, decidí disfrutar del sexo y no darles el placer de acobardarme, hoy , es verdad que todavía me altera cuando lo recuerdo, pero disfruto cada ocasión que se presenta.
´´´´´
Si os ha gustado la comentais, y asi la convenzo para que ademá me deje publicar sus fotos...jjejejeje... Continue»
Posted by Cermega 4 years ago  |  Categories: Hardcore  |  Views: 295  |  
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Mi primera Experiencia

Una noche al platicar con mi prima fanny se me ocurrió una idea descabellada después de leer algunos comentarios decidí atreverme a realizas mi primera experiencia en el mundo del bondage o esclavitud no tenia muchas personas de confianza a quien pedírselo así que recurrí a la única persona que me podría ayudar mi prima! pero antes de realizar estoy tenia en mente comprar algunos artículos que quería usar...

Al día siguiente pase por mi prima a su escuela para ir al centro de la ciudad a comprar lo que necesitaba después de buscar un poco en Internet encontré un local donde podrían vender lo que quería que eran unas correas de cuero o mínimo unas esposas antes de llegar mi prima preguntaba esta segura de lo que aras yo siempre le respondía que si !! al estar frente ala tienda un sensación rara entro en ya no quería llevar acabo esto pensaba en retirarme pero pero mi fanny me detuvo dijo "no ya estamos aquí así que no te rajes" y entramos en la tienda mi primera impresión fue algo raro ya que no era como lo espere si había mucho objetos pero no los que yo buscaba ! mi prima hizo todas las pregunta ya que pues bueno yo estaba algo apenada por entrar y no sabia como preguntarle la chica encargada del ligar dijo si claro que tenemos lo que buscas y trajo varios paquetes donde uno tenia mas correas que el otro escoji el que tenia las suficientes y el mas barato xD

Después de hacer la compra la chica nos dijo así que son una pareja de juegos jaja yo no respondí para nada pero mi prima dijo si y hoy aremos algo que esta nena no olvidara y la chava con una sonrisa nos despidió diciéndonos diviértanse mucho!!...

Al ir rumbo a nuestra casa en la estación del metro mi prima pregunto
-y que usaras !
y yo dije
-este usar como??
-si usar no que no ves que esto se usa con ropa sexy o desnuda!
Yo sin pensarlo le dije
-solamente mm la usare asi sin pantalón y descalza solo con ropa interior no tiene nada de malo!
-estas loca tienes esto y es lo que se te ocurre hay mija por eso estas soltera mira antes de llegar a casa compramos algo de ropa ya veras
Después de esa conversación sabia que mi prima se lo tomaba muy enserio y no tuve mas que acceder al llegar a uno de los centros comerciales de mi ciudad buscamos en 3 tiendas yo solamente como perrito siguiendo al dueño sin preguntar hasta en una tienda mi prima dijo "aquí hay algo para ti" entramos en la tienda preguntando por si tenían unos leggings de latex pero esta no los tenia respire por un instante pero la encarga de la tienda tenemos unos de cuero no se si quieras unos así mi prima me miro con una sonrisa malvada -si me los puede mostrar son para ella. Señalándome estos son talla G al verlos dije no me quedaran y la encarga en lugar de apoyarme claro que te quedan estiran y se ajustan no me quedo de otra mas que aceptarlos y comprarlos.

Al ir camino a casa de mi prima ella me dijo llama a tu mama para minimo que sepas donde estas e inventale algo no se que aras galletas conmigo o algo llame ami madre
-ma ire a casa de fanny
-y que aran ??
-pues hornearemos unos pasteles que ella quiere vender en su prepa!!
-a ok esta bien cuidate y ya sabes que usar si les falta relleno
-OK ma esta bien!! chao!
No es por presumir pero soy buena horneando pasteles :P
MI primar al escuchar esta mentira !! solo se puso a reir y yo mirándola con cara de que tienes solo me dijo sii hornear pasteles !! jaja si supiera que su pastelito ara travesuras ... Puse una cara de WTF!! y le exclame PASTELITO?? ella SI!! jaja se oye bonito te queda perfecto yo solo rei y le dije si como no jaja algo exclamo en mi pensamiento se escuchara bien como nombre artistico "SUMISA PASTELITO" jaaja estoy loca!!..

Al llegar a casa de mi prima era como las 5:00pm mi prima dijo mis padres llegan alas 10 asi que tenemos un buen de tiempo para hacer esto asi que manos ala obra llegmaos ala sala sacamos los leggings y las correas era 7 2 cortas como esposas 2 medias y 2 largas y un extra en forma de Y que creo saber donde va esa!! :O mi prima preparo un plan algo bien elaborado
-Mira cerrare la puesta del frente con candado y las puerta de la casa con doble llave asi no m*****aran y si encaso que lleguen mis papa o tu mama te metes al baño a cambiarte mientras vale
-ok valee

No me quedo de otra fui al cuarto de mi prima para ponerme los leggings que mas bien cuando los toque solo los mire y pensaba como entrare aqui tome aire sumí la panza y comencé primero un pie luego el otro era fácil solo tenia que subirlo sentía una sensación increíble cuando comense a enfundar mis piernas en cuero fue algo increíble tarde un poco en ponerlo en mis caderas ya que bueno jaja!! son algo grandes pero en un arranque de desesperación logre ponérmelos camine un poco por el cuarto ya que era incomodo para mi caminar con ellos era lo mas ajustado que había usado me costo trabajo bajar las escalera ya que no podia doblar muy bien mis rodillas al llegar abajo busque a fanny quien estaba en la cocina
-Que ase le pregunte
-pues horneo uno pasteles para tener una cuartada
-OOHH cierto te ayudo
-Claro oye mi pastelito que sexy te ves con esos leggings
Despues de un tiempo me acostumbre al apodo y bueno mi prima al verme asi se puso algo nerviosa ya que todo se le caía al suelo
-por que tiras todo!
-Esque me pones nerviosa !! tonta
Bueno aqui explico el porque esque mi prima fanny es bixesual y pues por eso el apodo y el a fan de llevarme a lograr esto.
Al darnos cuenta eran las 7 pm y casi no habia tiempo para hacerlo despues de descansar un poco mi prima llamo a sus papas quienes salen de su trabajo despues delas 8
-NO te preocupes mi padre siempre va por mi mama asu trabajo ya lo confirme y dije que estabas aquí asi que no hay problema.

Al estar arriba en el cuarto viendo como usar las correas fanny me dijo
-y asi estaras descalza
-si que tiene de malo
-no reina usa unos zapatos ESPÉRAME!!
Mi prima trajo 4 cajas de zapatos de su madre ya que me podrían quedar luego de calzarme unas botas de frio unas plataforma y otras botas blancas me decidí por unos zapatos de charol negro de tacon de aguja de 7cm que me quedaban muy bien lastima que no me apretaban al verme en un espejo dios me veía increíble ! y me agrado mucho mi prima también se arreglo para hacer eso se puso solo un vestido negro y unos zapatos de tacon pequeño
-estas lista prima
-sii estoy lista como empezamos!!??

Despues de pensar un poco un darnos ideas legue solo a atar mis piernas ya que no tenia la suficiente confianza de atar mis manos todavía conociendo lo morbosa de mi prima no accedí...
Use las correas para las manos en cada tobillo mi prima sin piedad los ajusto muy bien a tal grado que era incomodo pero me gustaba! al calar las otras correas vi que ninguna me quedaba casi ya que pues los leggings y mis piernas quedaron un poco mas anchas asi que solo puse una correa sobre mis muslos y aparte que era algo difícil mantener el equilibrio en esos tacones es lo que me fascino de ellos me quede un momento sola con mis muslos juntos y muy ajustados lo bueno que tenia una pared donde apoyarme al regreso de fanny me mostró un gran candado
-Y eso para que es yo te dije una cuerda
-Pero no tengo cuerdas y fue lo que encontré en el cuarto de herramientas de mi papa ándale te va a gustar
No me quedo de otra mas que decir si al enorme candado solo escuche un !clik! y listo moví mis piernas y era imposible tanto los tobillos y los muslo solo escuchaba el ruido de los tacones y del candado golpeando las argollas de las correa en un intento inútil de escaparme mi prima me volvió a dejar sola fue donde entre en pánico pensé si me caigo dios al regreso traía una cámara fotográfica
-Espera y la cámara por que o que??
-Es para que captures este momento para siempre
-pero yo no quiero
-claro que quieres
-ok esta bien pero solo yo las tendré tu las borras
Despues de unas cuantas fotos le dije fanny ya quitame esto por favor ya !!!
-NO
-pero ya son las 8:30 ya terminamos!!
-No mis papa llegar tarden ademas creo que hay trafico
-enserio fanny ya suéltame
-no quiere probar algo mas tenemos tiempo y correar no quieres llevar mas aya tu fantasía
-Bueno si pero en otro momento
-No ahorita tengo algo que te gustara !
Luego de que se fue di unos salto asta el pasillo a ver a donde se abria ido tenia un miedo espantoso casi vomitaba muchas cosas pasaron por mi cabeza ne ese momento "abra invitado a alguien llamo a mi mama o algo por el estilo y yo toda amarrada dios quien sera o que seraa!!". Fanny salio de su cuarto con unas medias
-Mira ponte estas tengo una idea te ato con medias !!
-pero no son tuya
-no ya no las usare te las regalo
-ok ahora quitame esto!! YA
-NO escondi la llave buscala
Al escuchar estoy casi me desmayo y mas al saber que ya no tenia mucho tiempo una sensación de alivio llego a mi cuando me dijo no es cierto es mentira aquí tengo la llave como pude me quiete los leggings y me puse las medias negras la cuales en conjunto con los tacones se miraban hermosas para esta nueva idea mi prima me dijo que me acostara en la cama para poder usar todas las correas si que me cayera al suelo usamos 4 correas las cuales ahora si me quedaron en 1 ato mis muslos otra mas abajo otra en mis tobillo y una extra en mis pies ya que mi prima exclamo para que no te intentes quitarte los zapatos me intente liberar sin usar las manos era imposible por pasa que me retorcía no podía liberarme me movía de un lado al otro y mi prima tomando fotos como loca en lo entretenida que estaba se me avia olvidado de la hora y pues por suerte eran las 9:00 pm apenas
-nos queda 1 hora fanny ya ay que guardar esto y le aviso a mi mama que mi tio me llevara a casa
-por que tan pronto te veías tan a gusto toda atadita
-si claro me encanta estar asi pero ya tenemos que guardar todo
-podemos aser algo ultimo andale si!!
-como que??
-mira ponte el vestido que traigo y ahorita vengo
Enfrente de mi se quito el vestido y me lo dio no era un vestido de cierre asi que si me queda
-mira ponte estas medias claras se te verán mejor que con las negras
-ok
luego nuevamente me recosté en la cama y volvo a atar 2 correas en mis muslos y otra a la altura de las rodillas y la ultima en mis tobillos fue algo mas genial que la ves pasa ya que tenia un vestido que me quedaba bien y me asi sentir mas femenina y mas sexy en un arranque de no se que mi prima me levanto el vestido asta la altura de mi pechos
-que haces totanta nada mas una foto de tus calzones
-no como cres!! (y quería que atara mis manos)
-ándale solo una
-ok solo una y ya
y así fue tomo una foto de mi ropa interior ya para finalizar me ayudo a sentarme en la cama para la ultima foto que bueno según ella para cerrar el álbum despues de esto me quito las correa no podria creer las marcas que habia en mis piernas dolian pero me encanto hacer esto..
Antes de que llegaran mis tios mi fanny y yo platicamos en la sala
-sabes disfrute esto y eso que la que estaba amarrada eras tu
-enserio jaja que loco fue esto la mera verdad yo tambien lo disfrute y me encanto talves luego lo vuelva aser
-me llamas eehh?? quiero participar
-que tal si para la otra tu eres la atada!?? vale
-CLARO pero para que veas yo si me dejo atar de manos no como tu miedosa!
-si claro lo que digas!

Despues de un rato mis tios llegaron y bueno me llevaron ami casa esa noche no podía dejar de pensar en lo que avia echo senti una satisfacción total y ganas de compartirlo con ustedes aqui que despues de leer esta historia comentenla y si quieren ver mas subiere las fotos y podrán verlas

ESPERO Y LES AYA GUSTADO POR QUE AMI ME FACINO HACERLO NO ENTRE EN MUCHO DETALLE YA QUE NO RECUERDO MUCHAS COSAS POR PENSAR EN LO QUE ME PUDO AVER ECHO MI PRIMA FANNY TALVES LUEGO Y LOGRE PODER ARRIESGARME A ATAR MIS MANOS

NOZ VEMOS PRONTO CHAO CHAO BY MARY CUIDENSE Y BESOS!! ... Continue»
Posted by maryuzagi 1 year ago  |  Categories: BDSM, Fetish, Hardcore  |  Views: 1242  |  
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Mi primera experiencia


Siempre tuve curiosidad por saber que se sentía estar con otra mujer, el saber como una le podía dar placer a otra. Mi esposo sabía que esa era mi fantasía desde antes de casarnos y el tenía la intriga de verme con otra mujer. Siempre me habló de su amiga que también le interesaba experimentar con otra mujer, pero yo no me atrevía a dar ese paso. Mi esposo intercambio nuestros números de celulares para que empezáramos a textiar. Pues así comenzamos, textiando pero las conversaciones se fueron poniendo cada vez mas calientes y empazamos a enviarnos fotos de nosotras con ropita ligera hasta que entramos en plena confianza y empezamos a enviarnos fotos de nuestras panochas, tetas hasta masturbandonos mmmm tan rica que se veía. Ya estaba loca que se diera el encuentro. Un día nos encontramos a tomarnos un cafe nosotras tímidas porque era la primera vez que nos veíamos en personas yo con mi bellaquera y ella en la suya bien pendejas no hicimos nada. Mi esposo quería que sucediera lo que debió suceder cuando nos vimos así que organizamos salir luego. Mi esposo y yo llegamos a su casa, después de estar hablar un ratito en la sala entramos en calor yo estaba en la falda de mi esposo y ella se aventó a mi besandome, siguió bajando hasta empezar a mamarme las tetas mientra mi esposo me acariciaba todita por atrás mmmm que cosa mas rica yo estaba loca de chuparle esas tetas grandes que tenía. Ella en confianza sigio bajando hasta que me quito el pantalón empezó a tocarme la panocha hasta que puso su boquita en ella y empezó a mamarmela se sentía tan rico tener su boca ahí era lo que yo quería. Y a estaba todo encendido y nos llevo a su cuarto. Mi esposo viendonos como nos chupábamos toditas empezó a acariciarnos a las dos le deje que se lo metiera sin perdón quería ver como el le daba placer a ella mientras ella gemía y ella me la mamaba sin piedad. Ver la cara de los dos me encantaba. Luego la cogí a ella le mame la panocha hasta que se vino en mi boca mmmm que rico esos líquidos de su venia en mi boca y mi esposo dandome por el culo ella empezó a masturbarse frente a nosotros con su juguete mientras me daban por el culo hasta que el se vino encima de mi culo y ella se chupo esa venia bien rico. Mi primera experiencia fue totalmente mejor de lo que pensaba. Hasta hubo una segunda vez ........ Continue»
Posted by boricuacouple 3 years ago  |  Categories: Anal, Fetish, Lesbian Sex  |  Views: 836  |  
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Mi Primera Experiencia

Siempre tuve curiosidad por saber que se sentía estar con otra mujer, el saber como una le podía dar placer a otra. Mi esposo sabía que esa era mi fantasía desde antes de casarnos y el tenía la intriga de verme con otra mujer. Siempre me habló de su amiga que también le interesaba experimentar con otra mujer, pero yo no me atrevía a dar ese paso. Mi esposo intercambio nuestros números de celulares para que empezáramos a textiar. Pues así comenzamos, textiando pero las conversaciones se fueron poniendo cada vez mas calientes y empazamos a enviarnos fotos de nosotras con ropita ligera hasta que entramos en plena confianza y empezamos a enviarnos fotos de nuestras panochas, tetas hasta masturbandonos mmmm tan rica que se veía. Ya estaba loca que se diera el encuentro. Un día nos encontramos a tomarnos un cafe nosotras tímidas porque era la primera vez que nos veíamos en personas yo con mi bellaquera y ella en la suya bien pendejas no hicimos nada. Mi esposo quería que sucediera lo que debió suceder cuando nos vimos así que organizamos salir luego. Mi esposo y yo llegamos a su casa, después de estar hablar un ratito en la sala entramos en calor yo estaba en la falda de mi esposo y ella se aventó a mi besandome, siguió bajando hasta empezar a mamarme las tetas mientra mi esposo me acariciaba todita por atrás mmmm que cosa mas rica yo estaba loca de chuparle esas tetas grandes que tenía. Ella en confianza sigio bajando hasta que me quito el pantalón empezó a tocarme la panocha hasta que puso su boquita en ella y empezó a mamarmela se sentía tan rico tener su boca ahí era lo que yo quería. Y a estaba todo encendido y nos llevo a su cuarto. Mi esposo viendonos como nos chupábamos toditas empezó a acariciarnos a las dos le deje que se lo metiera sin perdón quería ver como el le daba placer a ella mientras ella gemía y ella me la mamaba sin piedad. Ver la cara de los dos me encantaba. Luego la cogí a ella le mame la panocha hasta que se vino en mi boca mmmm que rico esos líquidos de su venia en mi boca y mi esposo dandome por el culo ella empezó a masturbarse frente a nosotros con su juguete mientras me daban por el culo hasta que el se vino encima de mi culo y ella se chupo esa venia bien rico. Mi primera experiencia fue totalmente mejor de lo que pensaba. Hasta hubo una segunda vez ........ Continue»
Posted by boricuacouple88 2 years ago  |  Categories: First Time, Lesbian Sex, Masturbation  |  Views: 1063  |  
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Primera experiencia

Eramos vecinos en un pueblo de playa en verano. Ella era una mujer madura de unos 40 y yo tenia 17. Alguna vez habia jugado con sus hijos en la piscina de su casa y ya habia notado que me atraia. Como cualquier chaval de mi edad yo me pajeaba muchas veces pensando en mis fantasias con ella y no podia ni imaginar lo que ocurrio despues. Un dia se hizo una cena en mi casa y ella vino con su marido y sus hijos. Como era una cena de vecinos todos andabamos como en casa, yo con mi bañador y camiseta y ella con una camiseta larga de las de estar por casa en verano. Despues de la cena me meti en la casa con la intencion de masturbarme antes de volver a salir porque me daba mucho morbo haber estado durante la cena con la vecina que tanto me ponia. Por eso aproveche cuando crei que podia estar mas tranqilo me meti en la casa y cerre la puerta. Me tumbe en el sofa de la casa y empece a pensar en ella llevando mi mano a mi bañador notando como me crecia la polla mientras la imaginaba en la piscina de su casa rozandose conmigo. Lo siguiente fue sacarla y empezar a menearla despacio disfrutando la fantasia. Cuando estaba bien dura para ese momento escuche la puerta abrirse y de repente vi que entraba mi vecina. Ella se hizo la despistada pero yo estaba seguro de que me habia visto la polla mientras estaba masturbandola mas que nada porque no me dio tiempo a reaccionar.
A los dias fui a su casa para bañarme en su piscina. En un momento ella me dijo si la podia ayudar. Yo deje de jugar con sus hijos y le dije que si. Me dijo que la ayudara para arreglar su habitacion. Cuando entre en la casa cerro la puerta y me dirigio a su habitacion a la que se llegaba subiendo unas escaleras. Entonces ni lo pensaba pero con el tiempo he sabido que era el lugar en el que podiamos estar mas tranqilos. Me dijo que tenia que hacer la cama y que la ayudara a estirar las sabanas. Ella llevaba un vestido con una blusa algo escotada. Me dio una parte de la sabana y me dijo que la agarrara mientras ella metia esa sabana por el colchon desde el otro lado. Cuando empezo a hacerlo pude ver como su blusa caia un poco dejandome ver sus pechos debajo. Mientras la estaba mirando asi ella me pregunto donde miraba y me sonrio. Yo me puse muy nervioso y le dije que no miraba nada pero ella no lo creyo. Al meter la otra parte de la sabana hizo lo mismo y tambien me pillo mirandole. Me pregunto si le estaba mirando las tetas y me dijo que estuviera tranqilo porque lo comprendia. Yo volvi a negarlo aunque era verdad y entonces ella me dijo que el dia anterior me habia visto masturbandome que estuviera tranqilo y que era algo natural. Yo estaba muy cortado. Lo siguiente que me pregunto fue si me gustaba si la encontraba atractiva y yo le dije que si. Luego me pregunto si me habia masturbado pensando en ella alguna vez y pensando en que me habia dicho que me comprendia le dije que si. Despues me dijo que ibamos a estirar la sabana para dejarla sin arrugas y me dijo que me pusiera detras de ella mientras lo hacia. Al ir a hacerlo se inclino pegando su culo a mi bañador y me dijo que que era aquello que notaba. Yo no pude ni responder pero ella me dijo que la agarrara de la cintura mientras estiraba el otro lado de la sabana. Intentando hacerlo me dijo que era mejor que no estuviera tan cortado y que me pegara a ella para hacerlo mejor. Yo la cogi algo mas tranqilo y ella me dijo que aun debia pegarme algo mas, que si no me importaba que ella subiera su vestido estando yo detras para estar mas pegados. Yo le dije que no. Ella se inclino sobre la cama y subio su vestido dejandome ver sus bragas y me dijo que me pegara a su culo. Yo hice lo que me decia y ella me dijo que asi era mas facil. Se empezo a balancear mientras estiraba la sabana y yo empece a empalmarme notando su culo rozandose en mi bañador. En un momento ella me dijo que me notaba empalmado y que si me gustaba notarla asi. Yo le dije que si estaba empalmandome y ella me dijo que eso estaba bien. Rozandonos asi note como me iba saliendo el capullo poco a poco. Giro la cabeza y me dijo que se preguntaba como era mi polla y si queria sacarmela y masturbarme con ella delante de mi como estabamos. Yo le dije que si me gustaria. Ella se dio la vuelta y mirandome metio la mano en mi bañador. Cuando note su mano tocando mi polla se me endurecio mas. Comenzo a masajear mis huevos suavemente y me dijo que le metiera la mano debajo de las bragas para tocarle el coño. Mi polla se puso durisima en su mano. Yo meti mi mano debajo de sus bragas subiendo su vestido. Note como su coño se iba mojando mientras pasaba mi mano entre sus bragas y su coño. Ella movia sus caderas mientras seguia manoseando mi polla. Entonces se sento sobre la cama y me dijo que queria mamarmela. Acabo de sacarme el capullo y metio mi polla en su boca. La mamaba con ansiedad mojandola mucho. Yo estaba entre nervioso y excitadisimo porque era la primera vez que me la mamaban y lo habia fantaseado muchas veces. Ella me dijo que me tumbara en la cama y se quito el vestido. Luego se arrodillo sobre mi. Pude notar sus pezones hinchados rozandolos sobre mi boca y se metio la polla en el coño. Note como mi capullo entraba en su coño entre sus labios mojados. Ella empezo a moverse sobre mi mientras le manoseaba el culo. Se movia apretando sus piernas sobre mi y con movimientos cada vez mas fuertes. Yo notaba como mi polla le entraba cada vez mas. Los dos estabamos follando en su cama como tantas veces habia fantaseado. Ella me hizo mirar como mi polla le entraba en el coño y se puso a mirarlo tambien pasando su dedo sobre su clitoris mojado y masturbandose asi mientras seguiamos follando. Yo la agarraba de la cintura moviendo mis caderas para metersela mas dentro en cada embestida. Note como se corria al sentir las contracciones de su coño y escuchar sus jadeos diciendome que se la metiera mas fuerte. Notandola asi senti que me iba a correr. Entonces ella siguio follando hasta que noto que me corria y saco mi polla para que me corriera fuera. Mi polla tiro todo mi semen sobre su coño llenando todo su vello de gotas de lefa. Estabamos sudando los dos. Me dijo si me habia gustado y yo le dije que mucho. Luego nos volvimos a vestir y mas tranquilos volvimos a lo que estabamos haciendo antes. Esta fue mi primera vez.... Continue»
Posted by jalarriki 20 days ago  |  Categories: Mature, Masturbation, First Time  |  Views: 1059  |  
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La primera vez como pasivo

Eran las 18 horas de uno de esos días nublados que no sentís mucho frío pero el calor escasea, aburrido dejé a mi socio trabajando en la oficina con unos presupuestos, salí con la excusa de hacer trámites pidiéndole que cerrara, ya que no regresaría hasta el día siguiente, me dirigí a un ciber cercano a chatear en dos de los canales de mi ciudad, uno general y otro gay.
En mis primeras ocasiones cuando quise probar que se sentía estar con otro, sólo me animé a los clásicos "touch and go" con tiempos mínimos, en los que al conocer a la otra persona y tener la sensación que hay piel llegaba a franeleár, besar, algún toqueteo pero no pasaba de un 69, aunque en tres ocasiones de estos encuentros, me pidieron penetrarlos, acción que no les negué.

Como es casi costumbre en los chats, al contactar con alguien seguís un "formulario virtual" con las mismas preguntas. Creo que, llama mas la atención cuando hay una encuesta mas original. En vez de interesarte en un segundo, conocer la búsqueda de la otra persona se puede llegar a saberlo de una forma mas interesante. Entiendo que muchos intentan concretar rápidamente, sin embargo me parece que una buena charla con algo de seducción y comprensión, ayuda a conocer el perfil del otro sin aburrirse.
Tener sexo después de chatear en pocos minutos, con personas totalmente desconocidas, no es mi estilo, pero éste día, mi novia estaba de viaje y me dieron ganas de hacer algo con otro.
Al conectarme, estuve un rato entretenido charlando en la sala general, hasta que soy contactado por un nick apodado "benjamín", quien me cuenta que, recién llegaba del trabajo a su casa y quería conocer a alguien para hacer algo esa noche ya que un amigo con quien compartía el departamento, había viajado por una semana. Él se encontraba solo, igual que yo, con ganas de liberar el libido.

Mientras íbamos conociéndonos, se describió como una persona tranquila, discreta, bisexual, siete años menor, morocho, pelo corto, ojos marrones, 170 centímetros de estatura, con poca experiencia entre hombres, de contextura normal, no era de esta ciudad pero intentaba establecerse, por eso compartía el alquiler con un amigo de su lugar nativo. También me comentó que era tímido, no tenía muchos amigos, tampoco era de salir a lugares de ambiente. Tanto su cuerpo, como la forma de expresarse eran similares a mi perfil corporal y de búsqueda.
Entre nuestras preferencias existía la idea de pasarla bien con alguien que por mas de estar con otro hombre no perdiera la condición de tal, en un marco de respeto e higiene. Éstas coincidencias nos hicieron sentir cómodos y acordé ir a su casa a las 22:00.

Rondaba en mi cabeza sentirme penetrado, ya que una noche de verano contraté un travesti para que me practicara el sexo oral y al mismo tiempo me fue introduciendo muy lentamente un dedo, hasta que acabé en su boca cuando sentí que eran dos. También alguna que otra vez, en momentos de calentura, estando sólo, había probado meterme algún dedo como así el mango de un cepillo lo cual esos roces con las "paredes anales" me producían placer que me generaban deseos de probar alguna vez, tener un rol mas pasivo, opuesto a las anteriores.
Mientras me daba un baño, empecé a prepararme, lubricando con saliva e introduciéndome primero uno, hasta lograr que entraran dos dedos, pero no lo hice por mucho tiempo ya que prefería hacerlo con él.
Marché a su casa, encontrándome que era igual a como se había descrito. Nos sentamos en un sillón, nos tomamos un café que luego de dejar las tazas no aguantamos mas el deseo de fundirnos en un abrazo, besos, caricias, que nos llevaron a dirigirnos a su habitación caminando con los pantalones bajos a la rodilla, no existiendo casi parte corporal que no fuera acariciada, manoseada o besada.

Tenía una cama de dos plazas, vestida con un acolchado verde y sábanas blancas las cuales cubrieron nuestras caricias por corto plazo ya que muy lentamente fui llegando con la boca acompañada de las manos para chuparle la pija llenándola de saliva mientras me metía un dedo en mi ano llegando rápidamente a ponerme arriba suyo e intentar meterme su pene. Al entrar solo su cabeza, por mi lado sentí muchísimo dolor lo que tuve que subir y sacármela, él por su lado estaba tan excitado que no se pudo contener y eyaculó ni bien dejó de estar adentro mio, ésta vez los nervios nos habían traicionado, fuimos al baño, mi culo había sangrado un poco, nos lavamos y le propuse si no quería que nos viéramos al día siguiente mas o menos a la misma hora contestándome que si bien nuestros nervios nos jugaron una mala pasada, sentía que teníamos mucha piel.

Al día siguiente después de contenerme y no masturbarme llegó la hora, fui mas preparado aún, me había puesto gel lubricante, mientras me secaba de la ducha. Al entrar a su hogar, no llegaron a pasar ni dos minutos de saludarnos y sentarnos en el sillón del living que nuevamente nos estábamos fundiendo en un beso casi interminable. Ésta vez Benja, habia preparado un sommier al lado del sillón lugar que esa noche nos acostamos mucho mas relajados, me confesó que mientras armaba todo, no había resistido la tentación de masturbarse pensando en lo que iba a vivir, nos fuimos desvistiendo lentamente, entre caricias y lenguas, quedándonos bajo una sábana blanca, girando uno arriba de otro, rozándonos nuestros instrumentos que se encontraban en su punto máximo de erección.

Ambos sabíamos que no teníamos que ir rápido. Entre revolcadas, aparte de un 69 que fue tan excitante que casi nos hace acabar, volvimos a apoyar nuestras cabezas en la almohada. No pasaron dos minutos, que tomé la iniciativa de bajar a su verga, me la metí esta vez casi entera nuevamente en la boca para volverla a llenar de saliva tras algunas arcadas, con las dos manos iba acariciandosela, esparciendo el liquido para que no tuviera un solo centímetro sin lubricar, era un instrumento que mediría 18 x 4, con la cabeza un poco mas gruesa. La chupé como si de ello hubiese dependido la existencia humana, razón por la cual me la retiró de la boca porque no quería que terminaramos ahí. Me sentía preparado para montarlo. No estabamos nerviosos, encima nos comunicabamos todo el disfrute que estabamos viviendo.

Volví a su boca, él me acarició mi cola en toda su extension, luego me incorporé encima suyo, llevé mi mano hacia atras, dirigí su miembro a mi ano, el cual ésta vez, aceptó casi sin dolor el ingreso lentamente de su cabeza para despues al mismo ritmo pasar a tener todo el tronco adentro. Le había pedido que me dejara hacerlo solo y no se moviera, pedido que accedió por un rato. Cada centímetro que entraba y salía eran caricias dentro mio, por esto fuimos aumentando la intensidad, se notaba en él, el goce. Al pasar unos minutos de acostumbrarme, me tomó de la cintura para que en el momento de bajar darme una estocada cada vez mas intensa, sin cambiar nunca de posicion noté a mi amigo como una fiera, un león enjaulado. Mi culo ardía de felicidad, aceptaba esas embestidas buscando llegar mas profundo. Era tal, todo lo que nos pasaba que llegamos a un punto de sentir que eramos dos protagonistas de una pelicula porno.

No nos dimos cuenta que había transcurrido mas de media hora estando arriba suyo, de a ratos, pasaba mi mano por sus testículos y comprobaba que ese pedazo de carne entraba y salía de mi cuerpo dándome una mezcla de morbo y placer inigualable, a su vez preguntaba si le gustaba, comentándo que era una sensación intensa, caliente, algo que tampoco nunca habia vivido. Desde mi visión observaba eso, su cara lo transmitía. Me acerque a besarlo, se incorporó un poco y comenzó a chuparme los pezones suavemente, acción que pedí que parara porque estaba por estallar de placer, respondiéndome que no me preocupara porque él también, luego apoyó su cabeza nuevamente en la almohada, y en ese momento como su fuera una recta final en un carrera, con una mano tomó mi pene, con la otra pelllizcaba suavemente mis pechos provocando que aumenté mi cabalgata, de repente sentí como su pene crecía aun mas, eyaculando, llenando mi interior de semen y al mismo tiempo lo estaba haciendo yo coronando la primera vez que adoptaba un rol pasivo, acabando sobre su estomago y pecho.

No queria parar, seguí montando un rato, ya que todavía sentía su dureza, encima su leche estaba bajando lubricando aun más, siendo sincero, me encontraba disfrutando tanto que hubiese podido continuar varias horas. Cuando siento que se había relajado, abandoné la posición, acostándome a su lado quedándonos dormidos unas horas.

Al despertarme miré el reloj y tenía que ir a encontrarme con unos amigos, nos levantamos para asearnos, cambiarnos y despedirnos, no sin antes pasarnos nuestros teléfonos para concretar una proxima vez que ya relataré.... Continue»
Posted by matialejo 1 year ago  |  Categories: Gay Male, First Time  |  Views: 762  |  
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La primera cogida anal de Claudia

Habían pasado tres meses de la primera vez que nos acostamos y el sexo se había convertido en algo habitual para nosotros. Mi verga era el complemento perfecto para su coño. Además, se mojaba en cuanto empezaba a sobarle las piernas, o cuando sabía que la estaban viendo e incluso si le acariciaba la espalda.
Era verano y, casi por regla general, usaba sólo vestidos cortos. A mí me encantaba eso porque me daba la oportunidad de jugar con sus nalgas y tocarle la raja: sus calzones se ensuciaban casi de inmediato. Asimismo, nos habíamos vuelto más descarados en nuestros juegos. En una ocasión, en el patio de la escuela, ella se me acercó, colocó su mano derecha sobre mi entrepierna y, mientras le daba suaves apretones, me dijo al oído: "se me está derritiendo la vagina, quiero que me dedees pero ya".
De inmediato, nos dirigimos a un espacio vacío que quedaba detrás de los salones donde, sin perder ni un sólo segundo, le desabroché el diminuto short que traía puesto. No mentía. Su coño era una sopa, una aromática y deliciosa sopa en la que no tardé en meter la lengua. Casi al instante empezó a gemir. Mi pene se había endurecido mientras jugueteaba con el clítoris de Claudia. Con una mano mantenía abierta su vagina y con la otra me masturbaba. Ella se dio cuenta. En su rostro había una sonrisa imposible de contener. Tenía que morder una de sus manos para no gritar. La otra estrujaba sus pechos, alternando entre el derecho y el izquierdo. Sus pezones casi traspasaban el sostén.
Cuando ella estaba a punto de venirse se puso de espaldas a mí: me ofrecía el coño y el culo. Aunque ella tomaba pastillas anticonceptivas, procurábamos no tener sexo sin condón, pero en esa ocasión no pude contenerme: irrumpí en su vagina casi con desesperación, tratando de prolongar el orgasmo hasta el último segundo. Cuando sentí que la tensión en su cuerpo desaparecía y que su piel se erizaba, decidí no aguantar más y me vine en ella. Con la misma sonrisa pícara se subió la ropa interior y se acarició el coño hasta que mi semen le manchó los calzones.
Pero la historia que hoy contaré tiene que ver con la ocasión en que desvirgué el ano de Claudita, el ojete delicioso que aprieta y estruja y duele pero proporciona los orgasmos más poderosos que he visto en una mujer.
Como decía era verano y Claudia usaba un vestido estampado de flores. Sus piernas eran un manjar que nadie más que yo degustaba y sus pechos, firmes debajo del vestido sin necesidad de un brassiere, una fiesta para mi lengua, mis manos y mi pene.
Antes de que accediera a dejar que le penetrara el ano, debo explicar algo que sucedió y que sentó las bases para que eso sucediera.
Estábamos, como siempre, en casa de sus padres, ambos viendo televisión, ambos calientes. Sus piernas estaban cruzadas y yo notaba cómo apretaba y relajaba el abdomen: se estaba masturbando a mi lado.
Yo, que tenía el pito medio endurecido, no podía quedarme quedarme quieto, así que sin mediar palabra comencé a besarla y acariciar sus tetas. Sus pezones parecían hechos de granito, y nuestros cuerpos estuvieron desnudos en un parpadeo. Sin embargo, ella dijo estar en sus días y no tener demasiadas ganas de que la follara, así que comencé a sobarle la rajita de forma superficial, es decir, sólo estimulando los labios y el clítoris, lo que también la volvía loca. Ella, por su parte, me estaba haciendo una mamada espectacular. No sé en qué momento comencé a acariciar su ano, pero ella no dijo nada e incluso gimió de placer cuando mi pulgar entró a su cuerpo. Los dedos medio y anular seguían jugueteando con su coño, y momentos después de que mis mecos le llenaran la boca, ella se vino. Antes, lo había tragado todo.
Cuando le pregunté qué sintió cuando le metí el pulgar, dijo que había sido como una explosión y que no le había dolido más de dos segundos. Estaba más que dispuesta, me dijo, a probar el sexo anal.
El día que sucedió, repito, ella llevaba puesto un vestido floreado. Estábamos en el bar con algunos amigos y hacía un calor de los mil demonios. Luego de la primera dedeada anal, compramos un pequeño dilatador que ella usaba a menudo cuando se masturbaba, lo que hacía cada vez con más frecuencia.
Esa noche, mientras bebíamos y reíamos con nuestros amigos, jugueteé con el coño permanentemente mojado de Claudia casi enfrente de todos. Sólo que los demás no se daban cuenta.
Hacia la media noche ella se levantó al baño y cinco o siete minutos después recibí un mensaje que decía: "Ven al baño, estoy caliente y tengo el dilatador metido hasta el fondo ;)". La invitación me pareció sublime, así que me levanté y entré, con discreción, al baño de mujeres. Por suerte no había nadie más, así que de inmediato supe en cuál cubículo estaba. Cuando entré, su vestido ya estaba doblado sobre la tapa del baño, y lo único que traía puesto eran los zapatos azules y una tanga negra y diminuta que se incrustaba en sus labios como si quisiera partirla a la mitad.
Me precipité a besarla mientras me desabrochaba el pantalón y le sobaba su puchita mojada y sus nalgas. Entre ellas, debajo del hilo dental, estaba el círculo de plástico del dilatador.
Se dio media vuelta y levantó las nalgas: "No me quites la tanga, se siente riquísimo que me roce el coño", dijo con el tono de voz más cachondo que jamás ha salido de su boca. Luego metí dos dedos en su vagina ardiente y la masturbé hasta que gritó. Con la verga le rozaba el ano, abierto, y los labios que abrazaban mis dedos y trataban de succionarme a su interior. También jugueteaba con sus pechos y sus pezones, con su espalda y su vientre. Ella se mordía el labio inferior y me acariciaba el pito con una mano; con la otra se apoyaba en la pared. Pasaron diez minutos antes de que, entre gemidos, me dijera: "jódeme por el culo, quiero sentirte en las entrañas".
Saqué, con mucho cuidado, el dilatador. Tres dedos tomaron su lugar mientras trataba de ponerme un condón con una sola mano. "No te pongas nada, quiero sentir tu semen saliendome del culo en nuestra primera vez". Jamás me había hablado de una manera tan sucia. Eso me encantó, así que puse ambas manos en sus pechos y, poco a poco, introduje mi pene en su ano.
Nunca en mi vida había sentido nada igual. Es diferente, no hay humedad, no resbala tan fácil. Pero la fricción y la manera en que aprieta el culo... parece una guillotina que intenta cortarte la verga pero sólo logra apretarla... Es delicioso.
Su reacción, por otra parte, fue deliciosa también. En un principio sólo era dolor, ella lo dijo, sintió ganas de llorar, pero pasados unos minutos comenzó a disfrutarlo en serio. De nuevo, dijo que era como una explosión.
Mientras le deshacía el culo, un delgadísimo hilillo de sangre escurrió entre sus piernas, no hay que olvidar que era la primera vez que algo más que un dedo entraba por su ojete.
Sin embargo no se detenía, culeaba con una fuerza increíble, gritaba se retorcía y gemía, apretaba las piernas cada que estaba a punto de venirse y se pellizacaba las tetas con mucha fuerza. Además, su espalda, arqueada casi todo el tiempo, brillaba de sudor. Veinte minutos después, mientras combinaba las arremetidas anales con un masaje y pellizcos a su vagina, eyaculé. Hacía un buen rato que su culo ya no sangraba. Cuando por fin salí de su cuerpo, el orificio tardó un par de segundos en cerrarse. Momentos después, un sonido suave, el aire que escapaba de su cuerpo, acompañó a mis fluidos por su recorrido hacia abajo.
Tomé un pedazo de papel y comencé a limpiarla. Cuando terminé, le di unos cuantos lenguetazos a su coñito antes de regresar la tanga a su lugar original. Entonces me di cuenta de cómo había quedado su cuerpo. Sus piernas y su espalda estaban llenas de arañazos y sus nalgas en extremo enrojecidas. Además, su ano y su vagina parecían estar en carne viva. Sus pechos tenían moretones y sus pezones estaban completamente morados. Sin embargo, en su rostro sólo había placer. "Me vine dos veces y casi llego a la tercera", me dijo con picardía. Le acaricié el coño por encima de la tanga hasta que gritó.
Cuando salimos nuestros amigos ya se habían ido, pero nosotros nos quedamos en el bar a tomar una copa. Después de todo, necesitábamos rehidratarnos.


¿Les gustó el relato? El próximo será sobre Berenice: chica nueva, aventuras nuevas. ¡Espero sus comentarios!... Continue»
Posted by marcolopezlit 2 years ago  |  Categories: Anal, Fetish, Taboo  |  Views: 320  |  
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La primera venida de mi amiga

Esta es la historia de la primera vez que mi amiga se vino... y también de la primera vez que me vine en su interior.
Por cuestiones de privacidad, ella se llamará simplemente Claudia. Ella mide un metro con sesenta y cinco centímetros, tiene la piel de color caramelo y unos ojos de mide que a más de uno le arrancan suspiros.
Además, está consciente de que su cuerpo es fantástico, así que se viste para invitar a pecar. ¡Si pudiera recordar en cuántas ocasiones me masturbé pensando en ella...!
Nos conocimos en la escuela, hace unos dos o tres años. Desde el principio me sentí atraído hacia ella, aunque el destino quiso que nos hiciéramos amigos, por lo que nunca me decidí a dar el paso decisivo.
Por lo anterior, en más de una ocasión nos reunimos a estudiar en casa. En la suya, por lo general, no había nadie durante las tardes, pues tanto su madre como su padre trabajaban todo el día. De esa manera sucedió en esta ocasión. Transcurrían los primeros días de abril, y el calor era casi insoportable. Nuestras pieles brillaban un poco a causa del sudor, y ella aprovechaba el clima para sacar de sus cajones las prendas más diminutas que puedan imaginar.
Unos días antes llegó a la escuela con una falda tan corta que en ocasiones nos dejaba ver la parte baja de sus nalgas, cubiertas apenas por unas braguitas cacheteras que a uno le provocan una erección casi al instante.
Además, sus pechos, firmes y redondos, tenían la buena costumbre de viajar sin sostén, por lo que verla caminar -incluso si se ignoraba el suculento contoneo de sus caderas y el hipnótico movimiento de sus nalgas- era un deleite para hombres y mujeres por igual.
Ese día llevaba una playera blanca que, debido al sudor, parecía ser casi transparente y sus pezones, dos perfectas monedas, parecían querer atravesar la tela que los recubría. Ella es generosa con los escotes y, bendito sea el calor, trabajábamos sobre el piso, por lo que en todo momento la piel de sus pechos era visible para mí.
Llevábamos casi una hora trabajando cuando ella se levantó para ir al baño. La imagen de sus largas piernas, sedosas, suaves y casi desnudas, cubiertas sólo por un short blanco que dejaba adivinar el color amarillo de su diminuta tanga, se adueñó por completo de mi mente y consiguió que mi pene se alzara entre mis piernas. De inmediato oculté la erección.
Tan pronto ella desapareció por la puerta del baño me levanté y me puse a husmear en sus cajones. Pronto descubrí su ropa interior. Un par de brassieres e incontables calzones de todas formas, tamaños y colores, todos oliendo a ella, aparecían ante mis ojos. Mi mano izquierda de inmediato se puso sobre mi entrepierna y, por encima del pantalón, comencé a tocar mi verga. No habían pasado más de tres minutos cuando sentí que manchaba los calzones.
Satisfecho, me senté de nuevo en el lugar que ocupaba, aunque la erección no desapareció por completo.
Cuando regresó, Claudia me preguntó si no quería tomar algo, así que bajamos a la cocina a preparar limonadas. Vaciamos un par de recipientes de hielo en la jarra para que el líquido estuviera bien frío. Mientras lo hacíamos, mis ojos no se apartaban de sus pechos, que se movían al compás del cuchillo. Ella, estoy seguro, se dio cuenta. Pero no dijo nada. Mientras lavábamos los limones un par de chorros de agua salpicaron a Claudia, dejando a la vista amplios parches de piel.
Y, pese a que se sonrojó bastante, no se cambió de ropa.
Más tarde, mientras bebíamos la limonada, me puse a jugar con los hielos, pasándolo por sus brazos y su cuello. Casi al instante, vi cómo sus pezones se ponían erectos. Ella se dio cuenta. Seguí pasando el hielo por su piel hasta que llegué a sus piernas, en donde arrancó ligeros gemidos de placer. Su rostro se había convertido en una máscara roja.
Sin embargo, supe aprovechar mi oportunidad. La tomé de la cintura y le planté un beso en la boca con toda la suavidad que fui capaz de imprimir en el beso. Su cadera de inmediato se pegó a la mía, y por su mirada me di cuenta de que ella sentía mi erección.
Claudia se rió un poco y luego me tomó de la mano. Subimos a su habitación y lo primero que hizo fue quitarme la camisa. Luego, puso una de mis manos sobre sus pechos, vestidos aún. El tacto era increíble. Jugué con su pezón derecho durante un par de segundos, antes de que la tumbara sobre la cama, le quitara la playera y comenzara a chupárselos. Los gemidos de placer no se hicieron esperar.
Procedimos a quitarnos los pantalones y casi de inmediato la ropa interior. La visión de su cuerpo desnudo me persigue desde entonces. Su pubis, sin depilar, era un área salvaje e inexplorada que me estaba esperando desde hacía tiempo. Mis manos se tomaron su tiempo en llegar desde su boca hasta su vagina, húmeda y caliente. Mis dedos se deslizaron a su interior como si se tratara de un cuchillo entrando a mantequilla caliente. Sentí su mordida en un hombro.
Me aseguré de que las yemas de mis dedos recorrieran la totalidad de su caliente coñito y, luego de varios minutos de jugueteo, le pedí que se pusiera sobre sus rodillas. Sus nalgas perfectas se alzaban ante mí. Le di un par de nalgadas, lamí sus nalgas, acaricié cada centímetro de sus glúteos como si se tratara de la tela más suave, pues su culito era más suave que cualquier tela. Acto seguido, presioné su ano con mi pulgar y con una lentitud calculada con frialdad lo deslicé hacia abajo, hacia la raja que esperaba una embestida. Cuando mi dedo alcanzó su clítoris -los temblores que se adueñaron de su cuerpo me lo dijeron- mi lengua se introdujo en los pliegues de su vagina, acariciando, lamiendo y saboreando cada segundo que pasaba ahí.
Ella se encontraba gimiendo de verdad y por entre sus piernas escurrían chorros hirvientes. De pronto, sentí que todo su cuerpo se ponía en tensión y, unos segundos más tarde, se relajaba. "Me vine", me dijo, y era verdad. Mi boca se había llenado de ese extraño pero delicioso líquido que guardaba en sus entrañas.
Con sus manos aún sobre su vientre y pellizcando sus pezones, ella me pidió que me sentara. Claudia tenía una mirada salvaje. Y de pronto, sin decir palabra alguna, se abalanzó sobre mi verga, la recorrió con su boca, con sus dientes, dejó que entrara hasta el fondo de su garganta, y cuando un líquido transparente y viscoso comenzó a manar de mí, ella se puso sobre sus rodillas, teniendo cuidado de que sus pechos fueran bien visibles para mí, y luego, con la punta de la lengua, recogió el agua bendita y se la tragó.
Casi me vengo en ese momento, así que le pedí que parara y que se pusiera boca arriba. Ella, bien dispuesta, obedeció. Tan pronto nuestros cuerpos se unieron, su mano guió a mi pena hacia su coñito. "Un momento, no tenemos condones", le dije. "No importa, hoy es un día seguro", respondió con un suspiro. La penetración fue espectacular. Pude ver cómo se transformaba su rostro, escuché la aceleración de su respiración y mordí con delectación sus pezones oscuros.
Pasaron cinco minutos, tal vez más, antes de que Claudia subiera sus piernas a mis hombros. Desde ahí, tanto su culo como su chochito eran una opción genial. Sin embargo, aún no hablábamos sobre sexo anal, así que me limité a "destrozarle el coño", como ella diría más tarde.
Quince minutos más tarde, le dije, sin preámbulos ni contemplaciones ni tacto alguno, "ponte en cuatro, corazón", y ella obedeció. Sus nalgas se levantaban frente a mí de nuevo, y esta ves no dudé en lamer su ano. Ella se estremeció. Luego, mientras mi verga irrumpía en su vagina de nuevo, dejó escapar una frase: "me encanta dártelas".
Me vine diez minutos después, y fue una sorpresa para ambos. Ella, confesó, se había venido en otra ocasión, un par de minutos antes. Sin embargo, me dijo que jamás se había sentido tan bien, y no le importó limpiarse mi semen, que escurría ya entre sus piernas, frente a mí.
Le dije que tenía un culo espectacular y, mientras metía mis dedos en su vagina de nuevo, lo acaricié un poco. Su agujero parecía respirar.
Esa tarde hicimos el amor dos veces más. Sus padres no sospecharon nada. Desde entonces, el sexo se ha convertido en parte de nuestra cotidianidad.

¿Les gustó? El próximo relato hablará de la primera vez que decidimos probar el sexo anal. ¡Espero sus comentarios!
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Posted by marcolopezlit 2 years ago  |  Categories: First Time, Masturbation  |  Views: 771  |  
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La primera vez con la puta.

Paso a relatar palabra a palabra lo que un gran amigo me conto de su primera vez con una prostituta.

Estaba caliente, muy caliente, pero Carlos y su mujer Silvia no follaban en absoluto. Tal vez por dejadez, tal vez por aburrimiento, los hijos, el no aprovechar las oportunidades, pero hacia mucho que no follaban.

Estaba cansado de hacerse pajas, tambien estaba seguro que aunque su mujer lo negara categoricamente, ella de vez en cuando "tocaba la guitarra". -No es posible! - se lamentaba Carlos... - No puede ser que siempre haya una excusa para no follar. No tuve mas remedio que darle la razon, sobre todo porque yo pertenecia al mismo club que Carlos, solo que él, al ser mas joven, tenia los ardores sexuales mucho maspotentes y frecuentes que yo.

Alguna vez se habia planteado ir con una prostituta, pero siempre desechaba la idea ya que lo asociaba a todo lo peor, como drogas, sida, asesinatos...

Pero no podia mas. Después de una dura pelea con su mujer, Carlos salió dando un portazo.
Atras quedaba su mujer gritandole, increpandole, acusandole...

Y ese dia Carlos explotó. Aún no se decidia. Más tarde, esa misma noche, Carlos salió a contemplar el panorama. Aparcado en una de las plazas del parking del centro comercial, a las 2 prostitutas que frecuentaban el lugar. Apenas debilmente iluminadas por las farolas y las luces de los coches que pasaban, no lograba mas que adivinar la silueta rechoncheta de una de las putas. Hablaba constantemente muy azorada por el telefono en un idioma que no comprendia.

La sibila se le acerco y le toco en la ventanilla del coche, diciendole a las claras que si queria follar o que si no, que se fuera de alli.
Carlos arrancó el coche y comenzo a moverse lentamente, bajo la ventanilla y le pregunto cortésmente por el precio de sus servicios.

- 20 euros chupar y follar. Si quieres mas, paga mas. - dijo la profesional del sexo.

Carlos salio de alli como alma que lleva el diablo. Sus pasos le condujeron hasta un monte cercano donde contemplando la ciudad de noche, martilleaba en su cerebro la idea de hacerlo con una puta, junto con las constantes peleas de su mujer.

Arrancó el coche y de camino a casa y sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron hasta la puta.

Su mente se nubló entonces e invitó a la puta a subir al coche.
Ella le guió hasta un paraje cercano donde nadie les m*****aria.

Estaba muy nervioso y la puta lo notaba. Trataba sin exito de calmarse mientras la puta le daba indicaciones de donde aparcar.
Carlos le dijo a la puta: por favor, tratame bien, es la primera vez q lo hago con una "profesional".

Intercambiaron dos besos y el nombre. Y acto seguido se desnudaron a medias mientras la putona no paraba de hablar sin parar. Carlos preferia que fuera ella misma y hablara todo lo posible.

No conseguia empalmarse entre el condon y el nerviosismo. Pero la puta insistia hasta que consiguio empalmarl pajeando y chupando hasta conseguirlo.
- me quieres follar ya? - Dijo la puta.
Cogieron postura y comenzo a penetrarla mientras la puta fingia placer. En ese momento Carlos disfrutaba mas del cariño y las caricias fingidas que las de su mujer.

Cuando la puta comenzo a decir guarradas del estilo "dame tu leche", se puso muy alterado y se corrio al instante.
Sus gemidos asustaron a la puta. -¿te pasa algo?
-se interesaba al menos por la salud del cliente.

A la vuelta a dejar a la puta, el le explico que tenia pareja pero que no follaban.

La puta tranquilamente le dijo que eso era lo mas normal del mundo y que a ella le venian muchos esposos descalabrados por seguir con sus esposas.

Finalmente un gran argumento de peso antes de bajarse del coche, demolió la mente de Carlos. La puta le dijo: Si no follas con tu mujer dejala, no sabe lo que se pierde. Las españolas son unas frigidas y muy tontas. Si yo no fuera puta, me gustaria tener un marido como tu, que me follara todos los dias.

De camino a casa la mente de Carlos se despejaba como un dia gris daba lugar al sol: Todo esto le habia marcado. Desde ahora seria un hombre nuevo. Esta vez iba a hacer lo que le diera la gana. Gracias a la puta, se convirtio en un hombre nuevo. Lo que paso despues... Ya es otra historia.... Continue»
Posted by chiconecesitado 1 year ago  |  Categories: First Time  |  Views: 302  |  
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La primera noche en Cuba

La primera noche en Cuba

Había sido un día bastante trajinado. Despertarse temprano, taxi hasta el aeropuerto, las valijas, el embarque y algunas otras demoras, pero por fin esa tarde estábamos en Cuba, dispuestos a pasar una semana de merecido descanso.
Todavía con algo de buena voluntad, a pesar del cansancio del día, arrastré a Pablo fuera del hotel, como para no perder ni un solo instante y esa misma noche salimos a recorrer la ciudad. Nos gustó mucho el clima cálido, el ambiente agradable y caminamos bastante, hasta que decidimos parar un rato en un boliche a tomar algo.
Aún cansados como estábamos, sentimos que la música nos inundaba, por lo que en pocos minutos y todavía con los mojitos en mano estábamos bailando al compás de la rumba.
-No puedo más, me voy a sentar- me dijo Pablo agotado.
Yo seguía todavía con un poco de pilas, y me quedé entusiasmada bailando sola, mientras mi esposo ya se había hecho de dos nuevos amigos en la mesa. Observé con sorpresa como Pablo aceptaba y brindaba con ellos muy alegremente y muy pronto me pareció que comenzaba a mostrar los efectos del alcohol. Los dos tipos se ocupaban de mantener lleno el vaso de mi lindo maridito y él entusiasmado no dejaba de brindar y beber.
Al rato era una piltrafa humana y entonces decidí que era tiempo de retirarse a descansar.
-¿Vamos amor?- le pregunté acercándome a la mesa.
-No creo que pueda ir a ningún lado así- dijo uno de los hombres, con acento argentino.
-Nosotros te podemos ayudar- propuso el otro.
-Bueno, pero solamente a tomar un taxi- les respondí

Me encontré finalmente apretada entre ambos en un viejo taxi que nos llevó hasta nuestro hotel, mientras Pablo dormitaba su curda en el asiento delantero. Podía sentir que los dos tipos me rozaban las piernas y las tetas haciéndose los distraídos. La situación era algo m*****a, pero al mismo tiempo sentía que me empezaba a excitar y calentar un poco toda la cuestión.
Al llegar al hotel llevaron a Pablo desmayado hasta nuestra habitación y lo depositaron en la cama. Realmente me daba pena verlo en ese estado calamitoso.
-Muchas gracias chicos, realmente fueron de mucha ayuda- les agradecí.
-Así nos vas a agradecer?- dijo el morocho.
-De que manera se te ocurre que les voy a agradecer?- pregunté haciéndome la sorprendida, aunque en el fondo, el morbo y un poco de excitación comenzaban a aflorar con más fuerza.

El rubio se me acercó repentinamente, haciéndome retroceder hasta apoyarme contra una mesa.
-Bueno, hicimos mucha fuerza con el paquete- dijo, mientras señalaba a Pablo que dormía despatarrado sobre la cama.
Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa. De pronto me sentí deseada, y la morbosidad de la situación me calentó aún más. Ya comenzaba a fantasear con que estos dos desconocidos me cogieran allí mismo, mientras mi maridito dormía la mona a unos metros.
-Bueno…, muchas gracias- dije, mientras buscaba su mejilla para darle un beso inocente.
El rubio rápidamente giró la cara y me estampó un beso en la boca. Quise alejarme hacia atrás, pero mi cola chocó contra la verga endurecida del morocho, que también muy velozmente se había colocado detrás de mí, sin que yo lo notara.
-¡Chicos por favor, no se equivoquen!- dije suavemente, poniendo cara de virgen violada.
-¿Qué pasa?, ¿no te gusta?- preguntó el morocho.
-Soy una mujer casada… y fiel a mi marido…- contesté, sintiéndome un poco sobrepasada.
-Tu maridito duerme como un bebé, no se despertaría con nada- dijo el morocho aferrándome por la cintura y haciendo presión con su pija contra mi cola.

Entonces el rubio volvió al ataque, su mano acarició mi rostro, mientras su boca buscaba el contacto con la mía. El otro seguía apretando cada vez más fuerte mi cintura, para facilitar que su pija se apoyara en el lugar preciso, entre mis redondeadas nalgas, ahora casi indefensas, solamente cubiertas por el liviano vestido de verano que llevaba y una tanga de algodón muy diminuta. Finalmente vencieron mi poca resistencia y los dejé hacer lo que quisieran.

Ahora las manos del rubio fueron directo a mis tetas, su contacto suave me provocó dejar escapar un suspiro, muestra de que estaba disfrutando bastante de lo que ocurría. No podía negar que el sentir esa pija contra mi culo y esas manos adueñándose de mis tetas formaban parte de la más oscura de mis fantasías.
-Paremos acá… por favor, muchachos- les supliqué casi sollozando.
Por toda respuesta, mientras el rubio ya me soltaba los breteles del vestido, descubriendo mis pechos, el morocho lo levantó por detrás, dejando expuesta mi cola y acariciando ahora mi pubis con una de sus manos.
-Por favor…- alcancé a repetir, mientras me invadía una excitación inexplicable.
Pero al parecer mi cuerpo estaba en una sintonía distinta a mi cerebro, ya que, casi sin pensarlo, mi mano bajó a buscar la verga del morocho y comencé a acariciarla por sobre el pantalón.
El rubio por delante ya me deslizaba el vestido hasta el suelo. Le brindé una sonrisa cómplice, mientras miraba por sobre su hombro hacia mi esposo para comprobar que aún dormía.
El morocho ya se había abierto la bragueta del pantalón y entonces pude tocar su verga que me pareció bastante grande al tacto. Por supuesto, ya estaba durísima, tremendamente dura, mis dedos recorrieron las rugosidades de las venas, me pareció una verga muy agresiva.
El rubio ahora me había deslizado la tanga a un lado y estaba metiendo un par de dedos en mi concha, que cada vez se humedecía más con ese contacto. Gemí suavemente y me sentí completamente entregada a merced de estos dos machos.
Despacio me hicieron arrodillar y me encontré entonces dos hermosas pijas a la altura de mi boca. Una la tomé entre mis labios y a la otra comencé a masajearla suavemente.
-Dos pijas para mi solita- dije cuando tuve la boca libre.
El morocho me tomó con fuerza de la nuca y me obligó a introducirme la pija hasta el fondo.
-Qué bien la chupa esta putita!- dijo uno.
-Tenías hambre?- preguntó el otro.

El rubio pareció m*****o por no gozar de toda mi atención y me tomó de los hombros, intentando que me pusiera de pie. Pero yo estaba totalmente subyugada por la pija de su amigo, así que lo hice a medias, enderezando solamente mis piernas, pero con mi boca aún prendida de la pija del morocho, lo que me dejó en posición de ofrecer mi redondo culo en alto al rubio.
Este último inmediatamente comenzó a frotar su verga entre mis piernas y luego directamente contra mis humedecidos labios mayores. Casi mecánicamente respondí con suaves movimientos, como si tratara de no dejar escapar esa pija que me estaba asaltando desde atrás.
Sentí sus dedos por debajo de la tanga, que comenzaban a deslizarla hacia abajo. Después me tocaron el clítoris. Solté por un instante la pija del otro, para poder dejar escapar un leve gemido.

La embestida fue repentina, casi brutal. El rubio me penetró con rudeza y lancé un quejido lastimero de dolor mientras mi concha luchaba por soportar la dura pija que se introducía rápidamente. Giré mi rostro hacia él, intenté mirarlo, pero cerré mis ojos mientras mi boca se abría casi completamente para tratar de expresar el placer del que era objeto.
Con igual violencia, el morocho volvió a tomarme por la nuca, y me obligó a volver a chuparle la pija, tuve que sostenerme de sus caderas para aguantar las embestidas de su amigo, que también me aferraba fuertemente por mi cintura.
Por momentos miraba hacia mi esposo que seguía entregado a un inocente y pesado sueño.
-Qué pedazo de putita resultaste- comentó el morocho entre gemidos.
-Te gusta que te cojan entre dos?- preguntó.
-Si…entre dos- repetí casi mecánicamente, sin pensarlo.
Todo fue al mismo tiempo. El morocho comenzó a gruñir mientras eyaculaba con potencia. Intenté sacarme su pija de mi boca, pero no pude, pues él me obligó con sus manos a “degustar” su leche. El rubio también de pronto comenzó igualmente a quejarse, pero al contario de su compañero, él alcanzó a sacar su pija, y acabó con fuerza derramándose sobre mi culo y espalda. En ese mismo instante yo sentí una oleada de calor en mi interior y estuve a punto de acabar, pero la acción del rubio no me permitió llegar al clímax, se interrumpió unos segundos antes.

El morocho rápidamente terminó de sacarse la ropa y se recostó en el piso. Yo en forma casi mecánica me acomodé sobre él y lentamente fui bajando hasta sentarme. Tomé su enorme verga y me fui empalando muy despacio.
-Qué dura está!- exclamé sorprendida - La siento enorme!-
Comencé a balancearme de adelante hacia atrás sobre esa maravillosa pija, mis manos se apoyaron en su pecho y fue en ese momento que sentí la verga del rubio buscando mi ano.
-No...por favor…por atrás no- le supliqué.
Pero sin compasión empujó su dura pija y mientras me penetraba sonreía preguntando
-El idiota de tu marido nunca te hizo el culito?
-Aahhh, no…el culo no…- mentí mientras me quejaba y lloriqueaba.
-Ahora se lo vas a poder entregar, te lo vamos a dejar estrenado- dijo el morocho desde abajo
-No…el culo…no, no sean así- seguía rogando yo con cara compungida

Ante el sorpresivo ataque por atrás, me había quedado unos segundos inmóvil, por lo que también el morocho comenzó a moverse lentamente, haciéndome subir y bajar sobre su verga. Ahora me encontraba dominada por ambos machos, prácticamente me desplomé sobre el morocho, que pasando sus manos por mi espalda me abrazó con fuerza para inmovilizarla aún más. Me entregué a mi propio orgasmo. Mis jadeos y quejidos eran cada vez más fuertes, mientras desde atrás el rubio seguía embistiendo desaforadamente mi ya entregado culo. Ninguno de los dos tipos bajó el ritmo y yo prolongué mi orgasmo por lo que pareció una eternidad. Por fin extasiada, agotada, totalmente vencida, me dejé caer sobre el pecho del morocho, mientras los dos todavía seguían moviéndose lentamente en mi interior.
-Ayyy , me destruyeron- dije, completamente extenuada por el placer.

Un suave movimiento sobre la cama me trajo repentinamente a la realidad. Parecía que Pablo podía despertarse en cualquier momento. Obviamente los dos hombres también reaccionaron, sacaron sus cosas todavía endurecidas de mi cuerpo y en menos de un minuto ya estaban los dos vestidos nuevamente, listos para irse.
-Nos vemos mañana?- preguntaron desde la puerta a modo de despedida. Me acerqué a besarlos como agradecimiento, pero declinaron mi gesto. Entonces me di cuenta que todavía en mis labios tenía semen. Desaparecieron en silencio, dejándome con la curiosidad de saber sus nombres.
Me arrastré hasta el baño, antes de meterme bajo la ducha comprobé que tenía restos de semen en la espalda, la cola, entre mis piernas y hasta en mis cabellos. La concha me titilaba, con mis labios mayores bien enrojecidos y dilatados. La cola me ardía bastante…
Al salir encontré a Pablo todavía profundamente dormido. Lo desvestí como pude y me acosté abrazada a él. Lo amaba con toda mi alma, pero estos dos tipos me habían hecho descubrir la perra que hay en mi interior. Recordé cómo me habían dominado, el sabor de sus vergas en mi boca, su semen caliente inundando mi cuerpo, sus embestidas brutales y el dolor en mi culo.
Sí, realmente me habían hecho sentir una completa puta y yo lo había disfrutado.
Me relajé y traté de no pensar que apenas era la primera noche y que todavía tenía unas cuantas noches más por delante…



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Posted by sandritamdq 1 year ago  |  Categories: Lesbian Sex, Voyeur  |  Views: 226  |  
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LA HISTÓRIA DE MONTSE FERNANDEZ

Capitulo I
NACÍ, PERO COMO NO SABRÍA DECIR COMO, cuándo o dónde, y por lo tanto
debo permitirle al lector que acepte esta afirmación mía y que la crea si bien le parece. Otra
cosa es asimismo cierta: el hecho de mi nacimiento no es ni siquiera un átomo menos
cierto que la veracidad de estas memorias, y si el estudiante inteligente que profundice en
estas s se pregunta cómo sucedió que en el transcurso de mi paso por la vida
—o tal vez hubiera debido decir mi brinco por ella— estuve dotada de inteligencia,
dotes de observación y poderes retentivos de memoria que me permitieron conservar el
recuerdo de los maravillosos hechos y descubrimientos que voy a relatar, únicamente
podré contestarle que hay inteligencias insospechadas por el vulgo, y leyes naturales cuya
existencia no ha podido ser descubierta todavía por los más avanzados científicos del
mundo.
Oí decir en alguna parte que mi destino era pasarme la vida chupando sangre. En
modo alguno soy el más insignificante de los seres que pertenecen a esta fraternidad
universal, y si llevo una existencia precaria en los cuerpos de aquellos con quienes entro en
contacto, mi propia experiencia demuestra que lo hago de una manera notablemente
peculiar, ya que hago una advertencia de mi ocupación que raramente ofrecen otros seres
de otros grados en mi misma profesión. Pero mi creencia es que persigo objetivos más
nobles que el de la simple sustentación de mi ser por medio de las contribuciones de los
incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mio, y con un alma que está muy por
encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando alturas de
percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo de la
grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al
describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto,
cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en
que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo
que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me
llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la
verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora
como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general
inexistente.
Estaba entregado a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una
jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como
el aroma de su... pero estoy divagando.
2 de 107
Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas
atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es
natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el
momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Montse Fernández,
bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que
también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Montse Fernández era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su
juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que
placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave
como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Montse Fernández sabía, desde luego,
cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera
hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya
más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros
se volvieron a mirar a la linda Montse Fernández, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras
de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones
masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de
todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré
que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba
una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la otra con el fin de desatarse las
elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una
de otra sus rollizas pantorrillas, Montse Fernández se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que
el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la
oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo
vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba
sus labios por entre las sombras.
De pronto Montse Fernández dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de
leerla también. los incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mio, y con un alma
que está muy por encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando
alturas de percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo
de la grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al
describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
3 de 107
De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto,
cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en
que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo
que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me
llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la
verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora
como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general
inexistente.
Estaba entregado a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una
jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como
el aroma de su... pero estoy divagando.
Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas
atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es
natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el
momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Montse Fernández,
bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que
también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Montse Fernández era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su
juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que
placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave
como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Montse Fernández sabía, desde luego,
cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera
hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya
más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros
se volvieron a mirar a la linda Montse Fernández, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras
de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones
masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de
todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré
que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba
una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la otra con el fin de desatarse las
elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
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Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una
de otra sus rollizas pantorrillas, Montse Fernández se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que
el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la
oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo
vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba
sus labios por entre las sombras.
De pronto Montse Fernández dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de
leerla también.
“Esta noche, a las ocho, estaré en el antiguo lugar”. Eran las únicas palabras escritas
en el papel, pero al parecer tenían un particular interés para ella. puesto que se mantuvo en
la misma postura por algún tiempo en actitud pensativa.
Se había despertado mi curiosidad, y deseosa de saber más acerca de la interesante
joven, lo que me proporcionaba la agradable oportunidad de continuar en tan placentera
promiscuidad, me apresuré a permanecer tranquilamente oculta en un lugar recóndito y
cómodo, aunque algo húmedo, y no salí del mismo, con el fin de observar el desarrollo de
los acontecimientos, hasta que se aproximó la hora de la cita.
Montse Fernández se vistió con meticulosa atención, y se dispuso a trasladarse al jardín que
rodeaba la casa de campo donde moraba, fui con ella.
Al llegar al extremo de una larga y sombreada avenida la muchacha se sentó en una
banca rústica, y esperó la llegada de la persona con la que tenía que encontrarse.
No pasaron más de unos cuantos minutos antes de que se presentara el joven que por
la mañana se había puesto en comunicación con mi deliciosa amiguita.
Se entabló una conversación que, sí debo juzgar por la abstracción que en ella se
hacía de todo cuanto no se relacionara con ellos mismos, tenía un interés especial para
ambos.
Anochecía, y estábamos entre dos luces. Soplaba un airecillo caliente y confortable, y
la joven pareja se mantenía entrelazada en el banco, olvidados de todo lo que no fuera su
felicidad mutua.
—No sabes cuánto te quiero, Montse Fernández -murmuró el joven, sellando tiernamente su
declaración con un beso depositado sobre los labios que ella ofrecía.
—Sí, lo sé —contestó ella con aire inocente—. ¿No me lo estás diciendo
constantemente? Llegaré a cansarme de oír esa canción.
Montse Fernández agitaba inquietamente sus lindos pies, y se veía meditabunda.
—¿Cuándo me explicarás y enseñarás todas esas cosas divertidas de que me has
hablado? —preguntó ella por fin, dirigiéndole una mirada, para volver luego a clavar la
vista en el suelo.
5 de 107
—Ahora —repuso el joven—. Ahora, querida Montse Fernández, que estamos a solas y libres de
interrupciones. ¿Sabes, Montse Fernández? Ya no somos unos chiquillos.
Montse Fernández asintió con un movimiento de cabeza.
—Bien; hay cosas que los niños no saben, y que los amantes no sólo deben conocer,
sino también practicar.
—¡Válgame Dios! —dijo ella, muy seria.
— Sí —continuó su compañero—. Hay entre los que se aman cosas secretas que los
hacen felices, y que son causa de la dicha de amar y ser amado.
—¡Dios mío! —exclamó Montse Fernández—. ¡Qué sentimental te has vuelto, Carlos! Todavía
recuerdo cuando me decías que el sentimentalismo no era más que una patraña.
—Así lo creía, hasta que me enamoré de ti —replicó el joven.
—¡Tonterías! —repuso Montse Fernández—. Pero sigamos adelante, y i cuéntame lo que me
tienes prometido.
—No te lo puedo decir si al mismo tiempo no te lo enseño
—contestó Carlos—. Los conocimientos sólo se aprenden observándolos en la
práctica.
—¡Anda, pues! ¡Sigue adelante y enséñame! —exclamó la muchacha, en cuya
brillante mirada y ardientes mejillas creí- descubrir que tenía perfecto conocimiento de la
clase de instrucción que demandaba.
En su impaciencia había un no sé qué cautivador. El joven cedió a este atractivo y,
cubriendo con su cuerpo el de la Montse Fernández damita, acercó sus labios a los de ella y la besó
embelesado.
Montse Fernández no opuso resistencia; por el contrario colaboró devolviendo las caricias de su
amado.
Entretanto la noche avanzaba; los árboles desaparecían tras. la oscuridad, y extendían
sus altas copas como para proteger a los jóvenes contra la luz que se desvanecía.
De pronto Carlos se deslizó a un lado de ella y efectuó un ligero movimiento. Sin
oposición de parte de Montse Fernández pasó su mano por debajo de las enaguas de la muchacha. No
satisfecho con el goce que le causó tener a su alcance sus medias de seda, intentó seguir
más arriba, y sus inquisitivos dedos entraron en contacto con las suaves y temblorosas
carnes de los muslos de la muchacha.
El ritmo de la respiración de Montse Fernández se apresuró ante este poco delicado ataque a sus
encantos. Estaba, empero, muy lejos de resistirse; indudablemente le placía el excitante
jugueteo.
-Tócalo -murmuró—. Te lo permito.
6 de 107
Carlos no necesitaba otra invitación. En realidad se disponía a seguir adelante, y
captando en el acto el alcance del permiso, introdujo sus dedos más adentro.
La complaciente muchacha abrió sus muslos cuando él lo hizo, y de inmediato su
mano alcanzó los delicados labios rosados de su linda rendija.
Durante los diez minutos siguientes la pareja permaneció con los labios pegados,
olvidada de todo. Sólo su respiración denotaba la intensidad de las sensaciones que los
embargaba en aquella embriaguez de lascivia. Carlos sintió un delicado objeto que adquiría
rigidez bajo sus ágiles dedos, y que sobresalía de un modo que le era desconocido.
En aquel momento Montse Fernández cerró sus ojos, y dejando caer su cabeza hacia atrás se
estremeció ligeramente, al tiempo que su cuerpo devenía ligero y lánguido, y su cabeza
buscaba apoyo en el brazo de su amado.
—¡Oh, Carlos! —murmuró—. ¿Qué me estás haciendo? ¡Qué deliciosas sensaciones
me proporcionas!
El muchacho no permaneció ocioso, pero habiendo ya explorado todo lo que le
permitía la postura forzada en que se encontraba, se levantó, y comprendiendo la necesidad
de satisfacer la pasión que con sus actos había despertado, le rogó a su compañera que le
permitiera conducir su mano hacia un objeto querido, que le aseguró era capaz de
producirle mucho mayor placer que el que le habían proporcionado sus dedos.
Nada renuente, Montse Fernández se asió a un nuevo y delicioso objeto y, ya fuere porque
experimentaba la curiosidad que simulaba, o porque realmente se sentía transportada por
deseos recién nacidos, no pudo negarse a llevar de la sombra a la luz el erecto objeto de su
amigo.
Aquellos de mis lectores que se hayan encontrado en una situación similar, podrán
comprender rápidamente el calor puesto en empuñar la nueva adquisición, y la mirada de
bienvenida con que acogió su primera aparición en público.
Era la primera vez que Montse Fernández contemplaba un miembro masculino en plena
manifestación de poderío, y aunque no hubiera sido así, el que yo podía ver cómodamente
era de tamaño formidable. Lo que más le incitaba a profundizar en sus conocimientos era
la blancura del tronco y su roja cabeza, de la que se retiraba la suave piel cuando ella
ejercía presión.
Carlos estaba igualmente enternecido. Sus ojos brillaban y su mano seguía
recorriendo el juvenil tesoro del que había tomado posesión.
Mientras tanto los jugueteos de la manecita sobre el juvenil miembro con el que
había entrado en contacto habían producido los efectos que suelen observarse en
circunstancias semejantes en cualquier organismo sano y vigoroso, como el del caso que
nos ocupa.
Arrobado por la suave presión de la mano, los dulces y deliciosos apretones, y la
inexperiencia con que la jovencita tiraba hacia atrás los pliegues que cubrían la exuberante
fruta, para descubrir su roja cabeza encendida por el deseo, y con su diminuto orificio en
espera de la oportunidad de expeler su viscosa ofrenda, el joven estaba enloquecido de
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lujuria, y Montse Fernández era presa de nuevas y raras sensaciones que la arrastraban hacia un
torbellino de apasionada excitación que la hacía anhelar un desahogo todavía desconocido.
Con sus hermosos ojos entornados, entreabiertos sus húmedos labios, la piel caliente
y enardecida a causa de los desconocidos impulsos que se habían apoderado de su persona,
era víctima propicia para quienquiera que tuviese aquel momento la oportunidad. y
quisiera lograr sus favores y arrancarle su delicada rosa juvenil.
No obstante su juventud. Carlos no era tan ciego como para dejar escapar tan
brillante oportunidad. Además su pasión, ahora a su máximo, lo incitaba a seguir adelante,
desoyendo los consejos de prudencia que de otra manera hubiera escuchado.
Encontró palpitante y bien húmedo el centro que se agitaba bajo sus dedos;
contempló a la hermosa muchacha tendida en una invitación al deporte del amor, observó
sus hondos suspiros, que hacían subir y bajar sus senos, y las fuertes emociones sensuales
que daban vida a las radiantes formas de su joven compañera.
Las suaves y turgentes piernas de la muchacha estaban expuestas a las apasionadas
miradas del joven.
A medida que iba alzando cuidadosamente sus ropas íntimas, Carlos descubría los
secretos encantos de su adorable compañera, hasta que sus ojos en llamas se posaron en los
rollizos miembros rematados en las blancas caderas y el vientre palpitante.
Su ardiente mirada se posó entonces en el centro mismo de atracción, en la rosada
hendidura escondida al pie de un turgente monte de Venus, apenas sombreado por el más
suave de los vellos.
El cosquilleo que le había administrado, y las caricias dispensadas al objeto
codiciado, habían provocado el flujo de humedad que suele suceder a la excitación, y Montse Fernández
ofrecía una rendija que antojábase un durazno, bien rociado por el mejor y más dulce
lubricante que pueda ofrecer la naturaleza.
Carlos captó su oportunidad, y apartando suavemente la mano con que ella le asía el
miembro, se lanzó furiosamente, sobre la reclinada figura de ella.
Apresó con su brazo izquierdo su breve cintura; abrazó las mejillas de la muchacha
con su cálido aliento, y sus labios apretaron los de ella en un largo, apasionado y
apremiante beso. Tras de liberar a su mano izquierda, trató de juntar los cuerpos lo más
posible en aquellas partes que desempeñan el papel activo en el placer sensual,
esforzándose ansiosamente por completar la unión.
Montse Fernández sintió por primera vez en su vida el contacto mágico del órgano masculino con
los labios de su rosado orificio.
Tan pronto como percibió el ardiente contacto con la dura cabeza del miembro de
Carlos se estremeció perceptiblemente, y anticipándose a los placeres de los actos
venéreos, dejó escapar una abundante muestra de su susceptible naturaleza.
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Carlos estaba embelesado, y se esforzaba en buscar la máxima perfección en la
consumación del acto.
Pero la naturaleza, que tanto había influido en el desarrollo de las pasiones sexuales
de Montse Fernández, había dispuesto, que algo tenía que realizarse antes de que fuera cortado tan
fácilmente un capullo tan tempranero.
Ella era muy joven, inmadura —incluso en el sentido de estas visitas mensuales que
señalan el comienzo de la pubertad— y sus partes, aun cuando estaban llenas de
perfecciones y de frescura, estaban poco preparadas para la admisión de los miembros
masculinos, aun los tan moderados como el que, con su redonda cabeza intrusa, se luchaba
en aquel momento por buscar alojamiento en ellas.
En vano se esforzaba Carlos presionando con su excitado miembro hacia el interior
de las delicadas partes de la adorable muchachita.
Los rosados pliegues del estrecho orificio resistían todas las tentativas de penetración
en la mística gruta. En vano también la linda Montse Fernández, en aquellos momentos inflamada por
una excitación que rayaba en la furia, y semienloquecida por efecto del cosquilleo que ya
había resentido, secundaba por todos los medios los audaces esfuerzos de su joven amante.
La membrana era fuerte y resistía bravamente. Al fin, en un esfuerzo desesperado por
alcanzar el objetivo propuesto, el joven se hizo atrás por un momento, para lanzarse luego
con todas sus fuerzas hacia adelante, con lo que consiguió abrirse paso taladrando en la
obstrucción, y adelantar la cabeza y parte de su endurecido miembro en el sexo de la
muchacha que yacía bajo él.
Montse Fernández dejó escapar un pequeño grito al sentir forzada la puerta que conducía a sus
secretos encantos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para resistir el dolor con la
esperanza del alivio que parecía estar a punto de llegar.
Se ha dicho que ce n’est que le premier coup qui coute, pero cabe alegar que también
es perfectamente posible que quelquejois il cauto trops, como puede inferir el lector
conmigo en el caso presente.
Sin embargo y por muy extraño que pueda parecer, ninguno de nuestros amantes
tenía la menor idea al respecto, pues entregados por entero a las deliciosas sensaciones que
se habían apoderado de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos
que ambos sentían que iban a llevarlos a un éxtasis.
Todo el cuerpo de Montse Fernández se estremecía de delirante impaciencia, y de sus labios rojos
se escapaban cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregada en
cuerpo y alma a las delicias del coito. Sus contracciones musculares en el arma que en
aquellos momentos la tenía ya ensartada, el firme abrazo con que sujetaba el contorsionado
cuerpo del muchacho, la delicada estrechez de la húmeda funda, ajustada como un guante,
todo ello excitaba los sentidos de Carlos hasta la locura.
Hundió su instrumento hasta la raíz en el cuerpo de ella, hasta que los dos globos que
abastecían de masculinidad al campeón alcanzaron contacto con los firmes cachetes de las
nalgas de ella. No pudo avanzar más, y se entregó de lleno a recoger la cosecha de sus
esfuerzos.
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Pero Montse Fernández, insaciable en su pasión, tan pronto como vio realizada la completa unión
Que deseaba, entregándose al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le
proporcionaba, estaba demasiado excitada para interesarse o preocuparse por lo que
pudiera ocurrir después. Poseída por locos espasmos de lujuria, se apretujaba contra el
objeto de su placer y, acogiéndose a los brazos de su amado, con apagados quejidos de
intensa emoción extática y grititos de sorpresa y deleite, dejo escapar una copiosa emisión
que, en busca de salida, inundó los testículos de Carlos.
Tan pronto como el joven pudo comprobar el placer que le procuraba a la hermosa
Montse Fernández, y advirtió el flujo que tan profusamente había derramado sobre él, fue presa también
de un acceso de furia lujuriosa. Un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas.
Su instrumento se encontraba totalmente hundido en las entrañas de ella. Echándose hacia
atrás, extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza y volvió a hundirlo. Sintió un
cosquilleo crispante, enloquecedor. Apretó el abrazo que le mantenía unido a su joven
amante, y en el mismo instante en que otro grito de arrebatado placer se escapaba del
palpitante pecho de ella, sintió su propio jadeo sobre el seno de Montse Fernández, mientras derramaba
en el interior de su agradecida matriz un verdadero torrente de vigor juvenil.
Un apagado gemido de lujuria satisfecha escapó de los labios entreabiertos de Montse Fernández,
al sentir en su interior el derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de
la emisión le arrancó a Carlos un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido
con los ojos en blanco, como el acto final del drama sensual.
El grito fue la señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las
ramas de los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de pie
delante de los jóvenes amantes.
El horror heló la sangre de ambos.
Carlos, escabulléndose del que había sido su lúbrico y cálido refugio, y con un
esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió ante la aparición, como quien huye de una
espantosa serpiente.
Por su parte la gentil Montse Fernández, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se
cubrió el rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su
goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa del temor, se dispuso a esperar la tormenta
que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse, a ella con toda la presencia de ánimo de que
era capaz.
No se prolongó mucho su incertidumbre.
Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al jovencito
por el brazo, mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que pusiera orden en su
vestimenta.
—¡Muchacho imprudente! —murmuró entre dientes—. ¿Qué hiciste? ¿Hasta qué
extremos te ha arrastrado tu pasión loca y salvaje? ¿Cómo podrás enfrentarte a la ira de tu
ofendido padre? ¿Cómo apaciguarás su justo resentimiento cuando yo, en el ejercicio de mi
deber moral, le haga saber el daño causado por la mano de su único hijo?
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Cuando terminó de hablar, manteniendo a Carlos todavía sujeto por la muñeca, la luz
de la luna descubrió la figura de un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años,
bajo, gordo y más bien corpulento. Su rostro, francamente hermoso, resultaba todavía más
atractivo por efecto de un par de ojos brillantes que, negros como el azabache, lanzaban en
torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento. Vestía hábitos clericales, cuyo
sombrío aspecto y limpieza hacían resaltar todavía más sus notables proporciones
musculares y su sorprendente fisonomía, Carlos estaba confundido por completo, y se
sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el fiero intruso se volvió hacia su joven
compañera de goces libidinosos.
—En cuanto a ti, infeliz muchacha, sólo puedo expresarte mi máximo horror y mí
justa indignación. Olvidándote de los preceptos de nuestra santa madre iglesia, sin
importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso muchacho que pruebe la
fruta prohibida. ¿Qué te queda ahora? Escarnecida por tus amigos y arrojada del hogar de
tu tío, tendrás que asociarte con las bestias del campo, y. como Nabucodonosor, serás
eludida por los tuyos para evitar la contaminación, y tendrás que implorar por los caminos
del Señor un miserable sustento. ¡Ah, hija del pecado, criatura entregada a la lujuria y a
Satán! Yo te digo que...
El extraño había ido tan lejos en su amonestación a la infortunada muchacha, que
Montse Fernández, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió lágrimas y súplicas en
demanda de perdón para ella y para su joven amante,
—No digas más —siguió, al cabo. el fiero sacerdote—. No digas más. Las
confesiones no son válidas, y las humillaciones sólo añaden lodo a tu ofensa. Mi mente no
acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero si obedeciera los
dictados de mis actuales inclinaciones me encaminaría directamente hacia tus custodios
naturales para hacerlas saber de inmediato las infamias que por azar he descubierto.
—;Por piedad! ¡Compadeceos de mí! —suplicó Montse Fernández, cuyas lágrimas se deslizaban
por unas mejillas que hacía poco habían resplandecido de placer.
—¡Perdonadnos. padre! ¡Perdonadnos a los dos! Haremos cuanto esté en nuestras
manos como penitencia. Se dirán seis misas y muchos padrenuestros sufragados por
nosotros, Se emprenderá sin duda la peregrinación al sepulcro de San Engulfo, del que me
hablabais el otro día. Estoy dispuesto a cualquier sacrificio si perdonáis a mi querida Montse Fernández.
El sacerdote impuso silencio con un ademán. Después tomó la palabra, a veces en un
tono piadoso que contrastaba con sus maneras resueltas y su natural duro.
—¡Basta! —dijo—. Necesito tiempo. Necesito invocar la ayuda de la Virgen bendita,
que no conoce e] pecado, pero que, sin experimentar el placer carnal de la copulación de
los mortales, trajo al mundo al niño Jesús en el establo de Belén. Pasa a yerme mañana a la
sacristía, Montse Fernández. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es la voluntad divina con
respecto a tu pecado. En cuanto a ti, joven impetuoso, me reservo todo juicio y toda acción
hasta el día siguiente, en el que te espero a la misma hora.
Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes cuando el padre les
advirtió que debían marcharse ya.
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La noche hacía mucho que había caído, y se levantaba el relente.
—Entretanto, buenas noches, y que la paz sea con vosotros. Vuestro secreto está a
salvo conmigo hasta que nos volvamos a ver —dijo el padre antes de desaparecer.
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Capitulo II
CURIOSA POR SABER EL DESARROLLO DE UNA aventura en la que ya estaba
verdaderamente interesada, al propio tiempo que por la suerte de la gentil y amable Montse Fernández,
me sentí obligada a permanecer junto a ella, y por lo tanto tuve buen cuidado de no
m*****arla con mis atenciones, no fuera a despertar su resistencia y a desencadenar un
ataque a destiempo, en un momento en el que para el buen éxito de mis propósitos
necesitaba estar en el propio campo de operaciones de la joven.
No trataré de describiros el mal rato que pasó mi joven protegida en el intervalo
transcurrido desde el momento en que se produjo el enojoso descubrimiento del padre
confesor y la hora señalada por éste para visitarle en la sacristía, con el fin de decidir sobre
el sino de la infortunada Montse Fernández.
Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, la asustada muchacha se presentó ante
la puerta de aquélla y llamó.
La puerta se abrió y apareció el padre en el umbral.
A un signo del sacerdote Montse Fernández entró, permaneciendo de pie frente a la imponente
figura del santo varón.
Siguió un embarazoso silencio que se prolongó por algunos segundos. El padre
Ambrosio lo rompió al fin para decir:
—Has hecho bien en acudir tan puntualmente, hija mía. La estricta obediencia del
penitente es el primer signo espiritual que conduce al perdón divino.
Al oír aquellas bondadosas palabras Montse Fernández cobró aliento y pareció descargarse de un
peso que oprimía su corazón.
El padre Ambrosio siguió hablando, al tiempo que se sentaba sobre un largo cojín
que cubría una gran arca de roble.
—He pensado mucho en ti, y también rogado por cuenta tuya, hija mía. Durante
algún tiempo no encontré manera alguna de dejar a mi conciencia libre de culpa, salvo la
de acudir a tu protector natural para revelarle el espantoso secreto que involuntariamente
llegué a poseer.
Hizo una pausa, y Montse Fernández, que sabía muy bien el severo carácter de su tío, de quien
además dependía por completo, se echó a temblar al oír tales palabras.
Tomándola de la mano y atrayéndola de manera que tuvo que arrodillarse ante él,
mientras su mano derecha presionaba su bien torneado hombro, continuó el padre:
—Pero me dolía pensar en los espantosos resultados que hubieran seguido a tal
revelación, y pedí a la Virgen Santísima que me asistiera en tal tribulación. Ella me señaló
un camino que, al propio tiempo que sirve a las finalidades de la sagrada iglesia, evita las
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consecuencias que acarrearía el que el hecho llegase a conocimiento de tu tío. Sin
embargo, la primera condición necesaria para que podamos seguir este camino es la
obediencia absoluta.
Montse Fernández, aliviada de su angustia al oír que había un camino de salvación, prometió en el
acto obedecer ciegamente las órdenes de su padre espiritual.
La jovencita estaba arrodillada a sus pies. El padre Ambrosio inclinó su gran cabeza
sobre la postrada figura de ella. Un tinte de color enrojecía sus mejillas, y un fuego extraño
iluminaba sus ojos. Sus manos temblaban ligeramente cuando se apoyaron sobre los
hombros de su penitente, pero no perdió su compostura. Indudablemente su espíritu estaba
conturbado por el conflicto nacido de la necesidad de seguir adelante con el cumplimiento
estricto de su deber, y los tortuosos pasos con que pretendía evitar su cruel exposición.
El santo padre comenzó luego un largo sermón sobre la virtud de la obediencia, y de
la absoluta sumisión a las normas dictadas por el ministro de la santa iglesia.
Montse Fernández reiteró la seguridad de que seria muy paciente, y de que obedecería todo cuanto
se le ordenara.
Entretanto resultaba evidente para mí que el sacerdote era víctima de un espíritu
controlado pero rebelde, que a veces asomaba en su persona y se apoderaba totalmente de
ella, reflejándose en sus ojos centelleantes y sus apasionados y ardientes labios.
El padre Ambrosio atrajo más y más a su hermosa penitente, hasta que sus lindos
brazos descansaron sobre sus rodillas y su rostro se inclinó hacia abajo con piadosa
resignación, casi sumido entre sus manos.
—Y ahora, hija mía —siguió diciendo el santo varón— ha llegado el momento de
que te revele los medios que me han sido señalados por la Virgen bendita como los únicos
que me autorizan a absolverte de la ofensa. Hay espíritus a quienes se ha confiado el alivio
de aquellas pasiones y exigencias que la mayoría de los siervos de la iglesia tienen
prohibido confesar abiertamente, pero que sin duda necesitan satisfacer. Se encuentran
estos pocos elegidos entre aquellos que ya han seguido el camino del desahogo carnal. A
ellos se les confiere el solemne y sagrado deber de atenuar los deseos terrenales de nuestra
comunidad religiosa, dentro del más estricto secreto.
Con voz temblorosa por la emoción, y al tiempo que sus amplias manos descendían
de los hombros de la muchacha hasta su cintura, el padre susurró:
—Para ti, que ya probaste el supremo placer de la copulación, está indicado el
recurso a este sagrado oficio. De esta manera no sólo te será borrado y perdonado el
pecado cometido, sino que se te permitirá disfrutar legítimamente de esos deliciosos
éxtasis, de esas insuperables sensaciones de dicha arrobadora que en todo momento
encontrarás en los brazos de sus fieles servidores. Nadarás en un mar de placeres sensuales,
sin incurrir en las penalidades resultantes de los amores ilícitos. La absolución seguirá a
cada uno de los abandonos de tu dulce cuerpo para recompensar a la iglesia a través de sus
ministros, y serás premiada y sostenida en tu piadosa labor por la contemplación —o mejor
dicho, Montse Fernández, por la participación en ellas— de las intensas y fervientes emociones que el
delicioso disfrute de tu hermosa persona tiene que provocar.
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Montse Fernández oyó la insidiosa proposición con sentimientos mezclados de sorpresa y placer.
Los poderosos y lascivos impulsos de su ardiente naturaleza despertaron en el acto
ante la descripción ofrecida a su fértil imaginación. ¿Cómo dudar?
El piadoso sacerdote acercó su complaciente cuerpo hacia ella, y estampó un largo y
cálido beso en sus rosados labios.
—Madre Santa —murmuró Montse Fernández, sintiendo cada vez más excitados sus instintos
sexuales—. ¡Es demasiado para que pueda soportarlo! Yo quisiera... me pregunto... ¡no sé
qué decir!
—Inocente y dulce criatura. Es misión mía la de instruirte. En mi persona encontrarás
el mejor y más apto preceptor para la realización dc los ejercicios que de hoy en adelante
tendrás que llevar a cabo.
El padre Ambrosio cambió de postura. En aquel momento Montse Fernández advirtió por vez
primera su ardiente mirada de sensualidad, y casi le causó temor descubrirla.
También fue en aquel instante cuando se dio cuenta de la enorme protuberancia que
descollaba en la parte frontal de la sotana del padre santo.
El excitado sacerdote apenas se tomaba ya el trabajo de disimular su estado y sus
intenciones.
Tomando a la hermosa muchacha entre sus brazos la besó larga y apasionadamente.
Apretó el suave cuerpo de ella contra su voluminosa persona, y la atrajo fuertemente para
entrar en contacto cada vez más íntimo con su grácil figura.
Al cabo, consumido por la lujuria, perdió los estribos, y dejando a Montse Fernández parcialmente
en libertad, abrió el frente de su sotana y dejó expuesto a los atónitos ojos de su joven
penitente y sin el menor rubor, un miembro cuyas gigantescas proporciones, erección y
rigidez la dejaron completamente confundida.
Es imposible describir las sensaciones despertadas en Montse Fernández por el repentino
descubrimiento de aquel formidable instrumento.
Su mirada se fijó instantáneamente en él, al tiempo que el padre, advirtiendo ~su
asombro, pero descubriendo que en él no había mezcla alguna de alarma o de temor, lo
colocó tranquilamente entre sus manos. El entablar contacto con tan tremenda cosa se
apoderó de Montse Fernández un terrible estado de excitación.
Como quiera que hasta entonces no había visto más que el miembro de moderadas
proporciones de Carlos, tan notable fenómeno despertó rápidamente en ella la mayor de las
sensaciones lascivas, y asiendo el inmenso objeto lo mejor que pudo con sus manecitas se
acercó a él embargada por un deleite sensual verdaderamente extático.
—Santo Dios! ¡Esto es casi el cielo! —murmuró Montse Fernández—. ¡Oh, padre, quién hubiera
creído que iba yo a ser escogida para semejante dicha!
Esto era demasiado para el padre Ambrosio. Estaba encantado con la lujuria de su
linda penitente y por el éxito de su infame treta. (En efecto, él lo había planeado todo,
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puesto que facilitó la entrevista de los jóvenes, y con ella la oportunidad de que se
entregasen a sus ardorosos juegos, a escondidas de todos menos de él, que se agazapó
cerca del lugar de la cita para contemplar con centelleantes ojos el combate amoroso).
Levantándose rápidamente alzó el ligero cuerpo de la joven Montse Fernández, y colocándola
sobre el cojín en el que estuvo sentado él momentos antes levantó sus rollizas piernas y
separando lo más que pudo sus complacientes muslos, contempló por un instante la
deliciosa hendidura rosada que aparecía debajo del blanco vientre. Luego, sin decir
palabra, avanzó su rostro hacía ella, e introduciendo su impúdica lengua tan adentro como
pudo en la húmeda vaina dióse a succionar tan deliciosamente, que Montse Fernández, en un gran
éxtasis pasional, y sacudido su joven cuerpo por espasmódicas contracciones de placer,
eyaculó abundantemente, emisión que el santo padre engulló cual si fuera un flan.
Siguieron unos instantes de calma.
Montse Fernández reposaba sobre su espalda, con los brazos extendidos a ambos lados y la cabeza
caída hacia atrás, en actitud de delicioso agotamiento tras las violentas emociones provocas
por el lujurioso proceder del reverendo padre.
Su pecho se agitaba todavía bajo la violencia de sus transportes, y sus hermosos ojos
permanecían entornados en lánguido reposo.
El padre Ambrosio era de los contados hombres capaces de controlar sus instintos
pasionales en circunstancias como las presentes. Continuos hábitos de paciencia en espera
de alcanzar los objetos propuestos, el empleo de la tenacidad en todos sus actos, y la
cautela convencional propia de la orden a la que pertenecía, no se habían borrado por
completo no obstante su temperamento fogoso, y aunque de natural incompatible con la
vocación sacerdotal, y de deseos tan violentos que caían fuera de lo común, había
aprendido a controlar sus pasiones hasta la mortificación.
Ya es hora de que descorramos el velo que cubre el verdadero carácter de este
hombre. Lo hago respetuosamente, pero la verdad debe ser dicha.
El padre Ambrosio era la personificación viviente de la lujuria. Su mente estaba en
realidad entregada a satisfacerla, y sus fuertes instintos a****les, su ardiente y vigorosa
constitución, al igual que su indomable naturaleza, lo identificaban con la imagen física y
mental del sátiro de la antigüedad.
Pero Montse Fernández sólo lo conocía como el padre santo que no sólo le había perdonado su
grave delito, sino que le habla también abierto el camino por el que podía dirigirse, sin
pecado, a gozar de los placeres que tan firmemente tenía fijos en su juvenil imaginación.
El osado sacerdote, sumamente complacido por el éxito de una estratagema que había
puesto en sus manos lujuriosas una víctima y también por la extraordinaria sensualidad de
la naturaleza de la joven, y el evidente deleite con que se entregaba a la satisfacción de sus
deseos, se disponía en aquellos momentos a cosechar los frutos de su superchería, y
disfrutaba lo indecible con la idea de que iba a poseer todos los delicados encantos que
Montse Fernández podía ofrecerle para mitigar su espantosa lujuria.
Al fin era suya, y al tiempo que se retiraba de su cuerpo tembloroso, conservando
todavía en sus labios la muestra de la participación que había tenido en el placer
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experimentado por ella, su miembro, todavía hinchado y rígido, presentaba una cabeza
reluciente a causa de la presión de la sangre y el endurecimiento de los músculos.
Tan pronto como la joven Montse Fernández se hubo recuperado del ataque que acabamos de
describir, inferido por su confesor en las partes más sensibles de su persona, y alzó la
cabeza de la posición inclinada en que reposaba, sus ojos volvieron a tropezar con el gran
tronco que el padre mantenía impúdicamente expuesto.
Montse Fernández pudo ver el largo y grueso mástil blanco, y la mata de negros pelos rizados de
donde emergía, oscilando rígidamente hacia arriba, y la cabeza en forma de huevo que
sobresalía en el extremo, roja y desnuda, y que parecía invitar el contacto de su mano.
Contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo y carne, e incapaz de resistir la
tentación la tomó de nuevo entre sus manos.
La apretó, la estrujó, y deslizó hacia atrás los pliegues de piel que la cubrían para
observar la gran nuez que la coronaba. Maravillada, contempló el agujerito que aparecía en
su extremo, y tomándolo con ambas manos lo mantuvo, palpitante, junto a su cara.
—¡Oh. padre! ¡Qué cosa tan maravillosa! —exclamó—. ¡Qué grande! ¡ Por favor,
padre Ambrosio, decidme cómo debo proceder para aliviar a nuestros santos ministros
religiosos de esos sentimientos que según usted tanto los inquietan, y que hasta dolor les
causan!
El padre Ambrosio estaba demasiado excitado para poder contestar, pero tomando la
mano de ella con la suya le enseñó a la inocente muchacha cómo tenía que mover sus
dedos de atrás y adelante en su enorme objeto.
Su placer era intenso, y el de Montse Fernández no parecía ser menor.
Siguió frotando el miembro entre las suaves palmas de sus manos, mientras
contemplaba con aire inocente la cara de él. Después le preguntó en voz queda si ello le
proporcionaba gran placer, y si por lo tanto tenía qué seguir actuando tal como lo hacía.
Entretanto, el gran pene del padre Ambrosio engordaba y crecía todavía más por
efecto del excitante cosquilleo al que lo sometía la jovencita.
—Espera un momento. Si sigues frotándolo de esta manera me voy a venir —dijo por
lo bajo—. Será mejor retardarlo todavía un poco.
—¿Se vendrá, padrecito? —inquirió Montse Fernández ávidamente—. ¿Qué quiere decir eso?
—¡Ah, mi dulce niña, tan adorable por tu belleza como por tu inocencia! ¡Cuán
divinamente llevas a cabo tu excelsa misión! —exclamó Ambrosio, encantado de abusar de
la evidente inexperiencia de su joven penitente, y de poder así envilecería—. Venirse
significa completar el acto por medio del cual se disfruta en su totalidad del placer venéreo
y supone el escape de una gran cantidad de fluido blanco y espeso del interior de la cosa
que sostienes entre tus manos, y que al ser expelido proporciona igual placer al que la
arroja que a la persona que, en el modo que sea, la recibe.
Montse Fernández recordó a Carlos y su éxtasis, y entendió enseguida a lo que el padre se refería.
—¿Y este derrame le proporcionaría alivio, padre?
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—Claro que sí, hija mía, y por ello deseo ofrecerte la oportunidad de que me
proporciones ese alivio bienhechor, como bendito sacrificio de uno de los más humildes
servidores de la iglesia.
—¡Qué delicia! —murmuró Montse Fernández—. Por obra mía correrá esa rica corriente, y es
únicamente a mí a quien el santo varón reserva ese final placentero. ¡Cuánta felicidad me
proporciona poderle causar semejante dicha!
Después de expresar apasionadamente estos pensamientos, inclinó la cabeza. El
objeto de su adoración exhalaba un perfume difícil de definir. Depositó sus húmedos labios
sobre su extremo superior, cubrió con su adorable boca el pequeño orificio, y luego besó
ardientemente el reluciente miembro.
—¿Cómo se llama ese fluido? —preguntó Montse Fernández, alzando una vez más su lindo rostro.
—--Tiene varios nombres —replicó el santo varón—. Depende de la clase social a la
que pertenezca la persona que lo menciona. Pero entre nosotros, hija mía, lo llamaremos
leche.
—¿Leche? —repitió Montse Fernández inocentemente, dejando escapar el erótico vocablo por
entre sus dulces labios, con una unción que en aquellas circunstancias resultaba natural.
—Sí, hija mía, la palabra es leche. Por lo menos así quisiera que lo llamaras tú. Y
enseguida te inundaré con esta esencia tan preciosa.
—¿Cómo tengo que recibirla? —preguntó Montse Fernández, pensando en Carlos, y en la
tremenda diferencia relativa entre su instrumento y el gigantesco pene que en aquellos
instantes tenía ante sí.
—Hay varios modos para ello, todos los cuales tienes que aprender. Pero ahora no
estamos bien acomodados para el principal de los actos del rito venéreo, la copulación
permitida de la que ya hemos hablado. Por consiguiente debemos sustituirlo por otro medio
más sencillo, así que en lugar de que descargue esta esencia llamada leche en el interior de
tu cuerpo, teniendo en cuenta que la suma estrechez de tu hendidura provocaría que fluyera
con extrema abundancia, empezaremos con la fricción por medio de tus obedientes dedos,
hasta que llegue el momento en que se aproximen los espasmos que acompañan a la
emisión. Llegado el instante, a una señal mía tomarás entre tus labios lo más que quepa en
ellos de la cabeza de este objeto. hasta que, expelida la última gota, me retire satisfecho,
por lo menos temporalmente.
Montse Fernández, cuyo lujurioso instinto le había permitido disfrutar la descripción hecha por el
confesor, y que estaba tan ansiosa como él mismo por llevar a cumplimiento el atrevido
programa, manifestó rápidamente su voluntad de complacer.
Ambrosio colocó una vez más su enorme pene en manos de Montse Fernández.
Excitada tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto, que tenía asido
entre ambas manos con verdadero deleite, la joven se dio a cosquillear, frotar y exprimir el
enorme y tieso miembro, de manera que proporcionaba al licencioso cura el mayor de los
goces.
No contenta con friccionarlo con sus delicados dedos, Montse Fernández, dejando escapar
palabras de devoción y satisfacción, llevó la espumeante cabeza a sus rosados labios, y la
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introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus toques y con las
suaves caricias de su lengua la deliciosa eyaculación que debía sobrevenir.
Esto era más de lo que el santo varón había esperado, ya que nunca supuso que iba a
encontrar una discípula tan bien dispuesta para el irregular ataque que había propuesto.
Despertadas al máximo sus sensaciones por el delicioso cosquilleo de que era objeto, se
disponía a inundar la boca y la garganta de la muchachita con el flujo de su poderosa
descarga.
Ambrosio comenzó a sentir que no tardaría en venirse, con lo que iba a terminar su
placer.
Era uno de esos seres excepcionales, cuya abundante eyaculación seminal es mucho
mayor que la de los individuos normales. No sólo estaba dotado del singular don de poder
repetir el acto venéreo con intervalos cortos, sino que la cantidad con que terminaba su
placer era tan tremenda como desusada. La superabundancia parecía estar en relación con
la proporción con que hubieran sido despertadas sus pasiones a****les, y cuando sus
deseos libidinosos habían sido prolongados e intensos, sus emisiones de semen lo eran
igualmente.
Fue en estas circunstancias que la dulce Montse Fernández había emprendido la tarea de dejar
escapar los contenidos torrentes de lujuria de aquel hombre. Iba a ser su dulce boca la
receptora de los espesos y viscosos torrentes que hasta el momento no había
experimentado, e ignorante como se encontraba de los resultados del alivio que tan ansiosa
estaba de administrar, la hermosa doncella deseaba la consumación de su labor, y el
derrame de leche del que le había hablado el buen padre.
El exuberante miembro engrosaba y se enardecía cada vez más, a medida que los
excitantes labios de Montse Fernández apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno
al pequeño orificio. Sus blancas manos lo privaban de su dúctil piel, o cosquilleaban
alternativamente su extremo inferior.
Dos veces retiró Ambrosio la cabeza de su miembro de los rosados labios de la
muchacha, incapaz ya de aguantar los deseos de venirse al delicioso contacto de los
mismos.
Al fin Montse Fernández, impaciente por el retraso, y habiendo al parecer alcanzado un máximo
de perfección en su técnica, presionó con mayor energía que antes el tieso dardo.
Instantáneamente se produjo un envaramiento en las extremidades del buen padre.
Sus piernas se abrieron ampliamente a ambos lados de su penitente. Sus manos se
agarraron convulsivamente del cojín. Su cuerpo se proyectó hacia delante y se enderezó.
—¡Dios santo! ¡Me voy a venir! —exclamó al tiempo que con los labios
entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente víctima. Después
se estremeció profundamente, y entre lamentos y entrecortados gritos histéricos su pene,
por efecto de la provocación de la jovencita, comenzó a expeler torrentes de espeso y
viscoso fluido.
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Montse Fernández, comprendiendo por los chorros que uno tras otro inundaban su boca y
resbalaban garganta abajo, así como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al
máximo los efectos de lo que ella había provocado, siguió succionando y apretujando hasta
que, llena de las descargas viscosas, y semiasfixiada por su abundancia, se vio obligada a
soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros sobre su rostro.
-¡Madre santa! —exclamó Montse Fernández, cuyos labios y cara estaban inundados de la leche
del padre—. ¡Qué placer me ha provocado! Y a usted, padre mío, ¿no le he proporcionado
el preciado alivio que necesitaba?
El padre Ambrosio, demasiado agitado para poder contestar, atrajo a la gentil
muchacha hacia sus brazos, y comprimiendo sus chorreantes labios los cubrió con
húmedos besos de gratitud y de placer.
Transcurrió un cuarto de hora en reposo tranquilo, que ningún signo de turbación
exterior vino a interrumpir.
La puerta estaba bajo cerrojo, y el padre había escogido bien el momento.
Mientras tanto Montse Fernández, terriblemente excitada por la escena que hemos tratado de
describir, había concebido el extravagante deseo de que el rígido miembro de Ambrosio
realizara con ella misma la operación que había sufrido con el arma de moderadas
proporciones de Carlos.
Pasando sus brazos en torno al robusto cuello de su confesor, le susurró tiernas
palabras de invitación, observando, al hacerlo, el efecto que causaban en el instrumento
que adquiría ya rigidez entre sus piernas.
—Me dijisteis que la estrechez de esta hendidura —y Montse Fernández colocó la ancha mano de
él sobre la misma, presionándola luego suavemente— os haría descargar una abundante
cantidad de leche que poseéis. ¿Por qué no he de poder, padre mío, sentirla derramarse
dentro de mi cuerpo por la punta de esta cosa roja?
Era evidente lo mucho que la hermosura de la joven Montse Fernández, así como la inocencia e
ingenuidad de su carácter, inflamaban el natural ya de por sí sensual del sacerdote. Saberse
triunfador, tenerla absolutamente impotente entre sus manos, la delicadeza y refinamiento
de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y
desenfrenados deseos. Era suya, suya para gozarla a voluntad, suya para satisfacer
cualquier capricho de su terrible lujuria, y estaba lista a entregarse a la más desenfrenada
sensualidad.
—¡Por Dios, esto es demasiado! —exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo
encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud—. Dulce muchachita, no
sabes lo que pides. La desproporción es terrible, y sufrirás demasiado al intentarlo.
—Lo soportaré todo —replicó Montse Fernández— con tal de poder sentir esta cosa terrible
dentro de mí, y gustar de los chorros de leche.
—¡Santa madre de Dios! Es demasiado para ti, Montse Fernández. No tienes idea de las medidas
de esta máquina, una vez hinchada, adorable criatura, nadarían en un océano de leche
caliente.
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—-Oh padrecito! ¡Qué dicha celestial!
—Desnúdate, Montse Fernández. Quitate todo lo que pueda entorpecer nuestros movimientos, que
te prometo serán en extremo violentos.
Cumpliendo la orden, Montse Fernández se despojó rápidamente de sus vestidos, y buscando
complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos, a fin de que su miembro
se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se despojó de hasta la
más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo.
El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que se
ofrecían a su vista. La amplitud de sus caderas, los capullos de sus senos, la nívea blancura
de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y lo rotundo de sus muslos, el
blanco y plano vientre con su adorable monte, y, por sobre todo, la encantadora hendidura
rosada que destacaba debajo del mismo, asomándose tímidamente entre los rollizos
muslos, hicieron que él se lanzara sobre la joven con un rugido de lujuria.
Ambrosio atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo suave y
deslumbrante contra el suyo. La cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su
licenciosa lengua prometió a la jovencita todos los goces del paraíso mediante la
introducción de su gran aparato en el interior de su vulva.
Montse Fernández acogió estas palabras con un gritito de éxtasis, y cuando su excitado estuprador
la acostó sobre sus espaldas sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del pene gigantesco
presionando los calientes y húmedos labios de su orificio casi virginal.
El santo varón, encontrando placer en el contacto de su pene con los calientes labios
de la vulva de Montse Fernández, comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la
gran nuez de la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina.
La pasión enfervorizaba a Montse Fernández. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la
cabeza de su miembro entre los húmedos labios de su rendija en lugar de disuadiría la
espoleaban hasta la locura, y finalmente, profiriendo un débil grito, se inclinó hacia
adelante y expulsó el viscoso tributo de su lascivo temperamento.
Esto era exactamente lo que esperaba el desvergonzado cura. Cuando la dulce y
caliente emisión inundó su enormemente desarrollado pene, empujó resueltamente, y de un
solo golpe introdujo la mitad de su voluminoso apéndice en el interior de la hermosa
muchacha.
Tan pronto como Montse Fernández se sintió empalada por la entrada del terrible miembro en el
interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba, y olvidándose del dolor
que sufría rodeó con sus piernas las espaldas de él, y alentó a su enorme invasor a no
guardarle consideraciones.
—Mi tierna y dulce chiquilla —murmuró el lascivo sacerdote—. Mis brazos te
rodean, mi arma está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del
paraíso.
—Lo sé; lo siento. No os hagáis hacia atrás; dadme el delicioso objeto hasta donde
podáis.
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—Toma, pues. Empujo, aprieto, pero estoy demasiado bien dotado para poder
penetrarte fácilmente. Tal vez te reviente. pero ahora ya es demasiado tarde. Tengo que
poseerte... o morir.
Las partes de Montse Fernández se relajaron un poco, y Ambrosio pudo penetrar unos centímetros
más. Su palpitante miembro, húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia
el interior de la jovencita. Su placer era intenso, y la cabeza de su instrumento estaba
deliciosamente comprimida por la vaina de Montse Fernández.
—Adelante, padrecito. Estoy en espera de la leche que me habéis prometido.
El confesor no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus
tremendos poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo
esfuerzo sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo
enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de Montse Fernández.
Esta furiosa introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil
víctima, animada por sus propios deseos, pudo soportar.
Con un desmayado grito de angustia física, Montse Fernández anunció que su estuprador había
vencido toda la resistencia que su juventud había opuesto a la entrada de su miembro, y la
tortura de la forzada introducción de aquella masa borró la sensación de placer con que en
un principio había soportado el ataque.
Ambrosio lanzó un grito de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente
había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete. Sentía el
enloquecedor contacto con inexpresable placer. Veía a la muchacha estremecerse por la
angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero. Pasare lo que
pasare, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus brazos el cuerpo de la
hermosa muchacha, y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro.
—Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar. Te daré la
leche de que te hablaba. Pero antes tengo que despertar mi naturaleza con este lujurioso
cosquilleo. Bésame, Montse Fernández, y luego la tendrás. Y cuando mi caliente leche me deje para
adentrarse en tus juveniles entrañas, experimentarás los exquisitos deleites que estoy
sintiendo yo. ¡Aprieta. Montse Fernández! Déjame también empujar, chiquilla mía! Ahora entra de
nuevo, ¡Oh...! ¡Oh...!
Ambrosio se levantó por un momento y pudo ver el inmenso émbolo a causa del cual
la linda hendidura de Montse Fernández estaba en aquellos momentos extraordinariamente distendida.
Firmemente empotrado en aquella lujuriosa vaina, y saboreando profundamente la
suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en los que estaba encajado, empujó sin
preocuparse del dolor que su miembro provocaba, y sólo ansioso de procurarse el máximo
deleite posible. No era hombre que fuera a detenerse en tales casos ante falsos conceptos
de piedad, en aquellos momentos empujaba hacia dentro lo más posible, mientras que
febrilmente rociaba de besos los abiertos y temblorosos labios de la pobre Montse Fernández.
Por espacio de unos minutos no se oyó Otra cosa que los jadeos y sacudidas con que
el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción, y el glu-glu de su inmenso pene
cuando alternativamente entraba y salía del sexo de la Montse Fernández penitente.
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No cabe suponer que un hombre como Ambrosio ignorara el tremendo poder de goce
que su miembro podía suscitar en una persona del sexo opuesto, ni que su tamaño y
capacidad de descarga eran capaces de provocar las más excitantes emociones en la joven
sobre la que estaba accionando.
Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Montse Fernández.
El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer
provocada por la vigorosa arma del santo varón, y no tardaron los quejidos y lamentos de
la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio sofocados en lo más hondo de su
ser, que expresaban su deleite.
—¡Padre mío! ¡Padrecito, mi querido y generoso padrecito! Empujad, empujad:
puedo soportarlo. Lo deseo. Estoy en el cielo. ¡El bendito instrumento tiene una cabeza tan
ardiente! ¡Oh, corazón mío! ¡Oh... oh! Madre bendita, ¿qué es lo que siento?
Ambrosio veía el efecto que provocaba. Su propio placer llegaba a toda prisa. Se
meneaba furiosamente hacia atrás y hacia adelante, agasajando a Montse Fernández a cada nueva
embestida con todo el largo de su miembro, que se hundía hasta los rizados pelos que
cubrían sus testículos.
Al cabo, Montse Fernández no pudo resistir más, y obsequió al arrebatado violador con una cálida
emisión que inundó todo su rígido miembro.
Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se
apoderó de la joven y encantadora Montse Fernández. Se aferró con desesperación al fornido cuerpo del
sacerdote, que agasajaba a su voluptuoso angelical cuerpo con toda la fuerza y poderío de
sus viriles estocadas, y lo alojó en su estrecha y resbalosa vaina hasta los testículos.
Pero ni aún en su éxtasis Montse Fernández perdió nunca de vista la perfección del goce. El santo
varón tenía que expeler su semen en el interior de ella, tal como lo había hecho Carlos, y la
sola idea de ello añadió combustible al fuego de su lujuria.
Cuando, por consiguiente, el padre Ambrosio pasó sus brazos en torno a su esbelta
cintura, y hundió hasta los pelos su pene de semental en la vulva de Montse Fernández, para anunciar
entre suspiros que al fin llegaba la leche, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo
que pudo, y en medio de gritos de placer recibió los chorros de su emisión en sus órganos
vitales.
Así permaneció él por espacio de dos minutos enteros, durante los que se iban
sucediendo las descargas, cada una de las cuales era recibida por Montse Fernández con profundas
manifestaciones de placer, traducidas en gritos y contorsiones.
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Capitulo III
NO CREO QUE EN NINGUNA OTRA OCASIÓN haya tenido que sonrojarme con
mayor motivo que en esta oportunidad. Y es que hasta una pulga tenía que sentirse
avergonzada ante la proterva visión de lo que acabo de dejar registrado. Una muchacha tan
joven, de apariencia tan inocente, y sin embargo, de inclinaciones y deseos tan lascivos.
Una persona de frescura y belleza infinitas; una mente de llameante sensualidad convertida
por el accidental curso de los acontecimientos en un activo volcán de lujuria.
Muy bien hubiera podido exclamar con el poeta de la antigüedad: ‘¡Oh, Moisés!”, o
como el más práctico descendiente del patriarca: “¡Por las barbas del profeta!”
No es necesario hablar del cambio que se produjo en Montse Fernández después de las
experiencias relatadas. Eran del todo evidentes en su porte y su conducta.
Lo que pasó con su juvenil amante, lamas me he preocupado por averiguarlo, pero
me inclino a creer que el padre Ambrosio no permanecía al margen de esos gustos
irregulares que tan ampliamente le han sido atribuidos a su orden, y que también el
muchacho se vio inducido poco a poco, al igual que su joven amiga, a darle satisfacción a
los insensatos deseos del sacerdote.
Pero volvamos a mis observaciones directas en lo que concierne a la linda Montse Fernández.
Si bien a una pulga no le es posible sonrojarse, sí puede observar, y me impuse la
obligación de encomendar a la pluma y a la tinta la descripción de todos los pasajes
amatorios que consideré pudieran tener interés para los buscadores de la verdad. Podemos
escribir —por lo menos puede hacerlo esta pulga, pues de otro modo estas s no
estarían bajo los ojos del lector— y eso basta.
Transcurrieron varios días antes de que Montse Fernández encontrara la oportunidad de volver a
visitar a su clerical admirador, pero al fin se presentó la ocasión, y ni qué decir tiene que
ella la aprovechó de inmediato.
Había encontrado el medio de hacerle saber a Ambrosio que se proponía visitarlo, y
en consecuencia el astuto individuo pudo disponer de antemano las cosas para recibir a su
linda huésped como la vez anterior.
Tan pronto como Montse Fernández se encontró a solas con su seductor se arrojó en sus brazos, y
apresando su gran humanidad contra su frágil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias.
Ambrosio no se hizo rogar para devolver todo el calor de su abrazo, y así sucedió que
la pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y
reclinada, cara a cara, sobre el cofre acojinado a que aludimos anteriormente.
Pero Montse Fernández no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido, por
experiencia sabía que el padre podía proporcionárselo.
Ambrosio no estaba menos excitado. Su sangre afluía rápidamente, sus negros ojos
llameaban por efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse
en su hábito denunciaba a las claras el estado de sus sentidos.
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Montse Fernández advirtió la situación: ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el
padre no se preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar
mayormente su deseo, antes que en apaciguarlo.
Sin embargo, pronto demostró Ambrosio que no requería incentivos mayores, y
deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente dilatada en forma tal, que su sola vista
despertó deseos frenéticos en Montse Fernández. En cualquiera otra ocasión Ambrosio hubiera sido
mucho más prudente en darse gusto, pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos
habían superado su capacidad de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los
juveniles encantos que se le ofrecían.
Estaba ya sobre su cuerpo. Su gran humanidad cubría por completo el cuerpo de ella.
Su miembro en erección se clavaba en el vientre de Montse Fernández, cuyas ropas estaban recogidas
hasta la cintura.
Con una mano temblorosa llegó Ambrosio al centro de la hendidura objeto de su
deseo; ansiosamente llevó la punta caliente y carmesí hacia los abiertos y húmedos labios.
Empujó, luchó por entrar.., y lo consiguió. La inmensa máquina entró con paso lento pero
firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro.
Unas cuantas firmes y decididas embestidas completaron la conjunción, y Montse Fernández
recibió en toda su longitud el inmenso y excitado miembro de Ambrosio. El estuprador
yacía jadeante sobre ella, en completa posesión de sus más íntimos encantos.
Montse Fernández, dentro de cuyo vientre se había acomodado aquella vigorosa masa, sentía al
máximo los efectos del intruso, cálido y palpitante.
Entretanto Ambrosio había comenzado a moverse hacia atrás y hacia adelante. Montse Fernández
trenzó sus blancos brazos en torno a su cuello, y enroscó sus lindas piernas enfundadas en
seda sobre sus espaldas, presa de la mayor lujuria.
—¡Qué delicia! —murmuró Montse Fernández, besando arrolladoramente sus gruesos labios—.
Empujad más.., todavía más. ¡Oh, cómo me forzáis a abrirme, y cuán largo es! ¡Cuán
cálido. cuan.., oh... oh!
Y soltó un chorro de su almacén, en respuesta a las embestidas del hombre, al mismo
tiempo que su cabeza caía hacia atrás y su boca se abría en el espasmo del coito.
El sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro
anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería prolongar su
placer hasta el máximo.
Montse Fernández comprimió el terrible dardo introducido hasta lo más intimo de su persona, y
sintió crecer y endurecerse todavía más, en tanto que su enrojecida cabeza presionaba su
juvenil matriz.
Casi inmediatamente después su pesado amante, incapaz de controlarse por más
tiempo, sucumbió a la intensidad de las sensaciones, y dejó escapar el torrente de su
viscoso líquido.
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—¡Oh, viene de vos! —gritó la excitada muchacha—. Lo siento a chorros. ¡Oh,
dadme ....... más! ¡Derramadlo en mi interior.., empujad más, no me compadezcáis. . .!
¡Oh, otro chorro! ¡Empujad! -Desgarradme si queréis, pero dadme toda vuestra leche!
Antes hablé de la cantidad de semen que el padre Ambrosio era capaz de derramar,
pero en esta ocasión se excedió a sí mismo. Había estado almacenado por espacio de una
semana, y Montse Fernández recibía en aquellos momentos una corriente tan tremenda, que aquella
descarga parecía más bien emitida por una jeringa, que la eyaculación de los órganos
genitales de un hombre.
Al fin Ambrosio desmontó de su cabalgadura, y cuando Montse Fernández se puso de pie
nuevamente sintió deslizarse una corriente de líquido pegajoso que descendía por sus
rollizos muslos.
Apenas se había separado el padre Ambrosio cuando se abrió la puerta que conducía
a la iglesia, y aparecieron en el portal otros dos sacerdotes. El disimulo resultaba
imposible.
—Ambrosio —exclamó el de más edad de los dos, un hombre que andaría entre los
treinta y los cuarenta años—. Esto va en contra de las normas y privilegios de nuestra
orden, que disponen que toda clase de juegos han de practicarse en común.
—Tomadla entonces —refunfuñó el aludido—. Todavía no es demasiado tarde. Iba a
comunicaros lo que había conseguido cuando...
—. . . cuando la deliciosa tentación de esta rosa fue demasiado fuerte para ti, amigo
nuestro —interrumpió el otro, apoderándose de la atónita Montse Fernández al tiempo que hablaba, e
introduciendo su enorme mano debajo de sus vestimentas para tentar los suaves muslos de
ella.
—Lo he visto todo al través del ojo de la cerradura —susurró el bruto a su oído—.
No tienes nada qué temer; únicamente queremos hacer lo mismo contigo.
Montse Fernández recordó las condiciones en que se le había ofrecido consuelo en la iglesia, y
supuso que ello formaba parte de sus nuevas obligaciones. Por lo tanto permaneció en los
brazos del recién llegado sin oponer resistencia.
En el ínterin su compañero había pasado su fuerte brazo en torno a la cintura de
Montse Fernández, y cubría de besos las mejillas de ésta.
Ambrosio lo contemplaba todo estupefacto y confundido.
Así fue como la jovencita se encontró entre dos fuegos, por no decir nada de la
desbordante pasión de su posesor original. En vano miraba a uno y después a otro en
demanda de respiro, o de algún medio de escapar del predicamento en que se encontraba.
A pesar de que estaba completamente resignada al papel al que la había reducido el
astuto padre Ambrosio, se sentía en aquellos momentos invadida por un poderoso
sentimiento de debilidad y de miedo hacia los nuevos asaltantes.
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Montse Fernández no leía en la mirada de los nuevos intrusos más que deseo rabioso, en tanto que
la impasibilidad de Ambrosio la hacía perder cualquier esperanza de que el mismo fuera a
ofrecer la menor resistencia.
Entre los dos hombres la tenían emparedada, y en tanto que el que habló primero
deslizaba su mano hasta su rosada vulva, el otro no perdió tiempo en posesionarse de los
redondeados cachetes de sus nalgas.
Entre ambos, a Montse Fernández le era imposible resistir.
—Aguardad un momento —dijo al cabo Ambrosio—. Sí tenéis prisa por poseerla
cuando menos desnudadla sin estropear su vestimenta, como al parecer pretendéis hacerlo.
—Desnúdate, Montse Fernández —siguió diciendo—. Según parece, todos tenemos que
compartirte, de manera que disponte a ser instrumento voluntario de nuestros deseos
comunes. En nuestro convento se encuentran otros cofrades no menos exigentes que yo, y
tu tarea no será en modo alguno una sinecura, así que será mejor que recuerdes en todo
momento los privilegios que estás destinada a cumplir, y te dispongas a aliviar a estos
santos varones de los apremiantes deseos que ahora ya sabes cómo suavizar.
Así planteado el asunto, no quedaba alternativa.
Montse Fernández quedó de píe, desnuda ante los tres vigorosos sacerdotes, y levantó un
murmullo general de admiración cuando en aquel estado se adelantó hacia ellos.
Tan pronto como el que había llevado la voz cantante de los recién llegados —el
cual, evidentemente, parecía ser el Superior de los tres— advirtió la hermosa desnudez que
estaba ante su ardiente mirada, sin dudarlo un instante abrió su sotana para poner en
libertad un largo y anchuroso miembro, tomó en sus brazos a la muchacha, la puso de
espaldas sobre el gran cofre acojinado, brincó sobre ella, se colocó entre sus lindos muslos,
y apuntando rápidamente la cabeza de su rabioso campeón hacia el suave orificio de ella,
empujó hacia adelante para hundirlo por completo hasta los testículos.
Montse Fernández dejó escapar un pequeño grito de éxtasis al sentirse empalada por aquella nueva
y poderosa arma.
Para el hombre la posesión entera de la hermosa muchacha suponía un momento
extático, y la sensación de que su erecto pene estaba totalmente enterrado en el cuerpo de
ella le producía una emoción inefable. No creyó poder penetrar tan rápidamente en sus
jóvenes partes, pues no había tomado en cuenta la lubricación producida por el flujo de
semen que ya había recibido.
El Superior, no obstante, no le dio oportunidad de reflexionar, pues dióse a atacar con
tanta energía, que sus poderosas embestidas desde largo produjeron pleno efecto en su
cálido temperamento, y provocaron casi de inmediato la dulce emisión.
Esto fue demasiado para el disoluto sacerdote. Ya firmemente encajado en la estrecha
hendidura, que te quedaba tan ajustada como un guante, tan luego como sintió la cálida
emisión dejó escapar un fuerte gruñido y descargó con furia.
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Montse Fernández disfrutó el torrente de lujuria de aquel hombre, y abriendo las piernas cuanto
pudo lo recibió en lo más hondo de sus entrañas, permitiéndole que saciara su lujuria
arrojando las descargas de su impetuosa naturaleza.
Los sentimientos lascivos más fuertes de Montse Fernández se reavivaron con este segundo y
firme ataque contra su persona, y su excitable naturaleza recibió con exquisito agrado la
abundancia de líquido que el membrudo campeón había derramado en su interior. Pero, por
salaz que fuera, la jovencita se sentía exhausta por esta continua corriente, y por ello
recibió con desmayo al segundo de los intrusos que se disponía a ocupar el puesto recién
abandonado por el superior.
Pero Montse Fernández quedó atónita ante las proporciones del falo que el sacerdote ofrecía ante
ella. Aún no había acabado de quitarse la ropa, y ya surgía de su parte delantera un erecto
miembro ante cuyo tamaño hasta el padre Ambrosio tenía que ceder el paso.
De entre los rizos de rojo pelo emergía la blanca columna de carne, coronada por una
brillante cabeza colorada, cuyo orificio parecía constreñido para evitar una prematura
expulsión de jugos.
Dos grandes y peludas bolas colgaban de su base, y completaban un cuadro a la vista
del cual comenzó a hervir de nuevo la sangre de Montse Fernández, cuyo juvenil espíritu se aprestó a
librar un nuevo y desproporcionado combate.
—¡Oh, padrecito ¡ ¿Cómo podré jamás albergar tamaña cosa dentro de mi personita?
—Preguntó acongojada—. ¿Cómo me será posible soportarlo una vez que esté dentro de
mí? Temo que me va a dañar terriblemente.
—Tendré mucho cuidado, hija mía. Iré despacio. Ahora estás bien preparada por los
jugos de los santos varones que tuvieron la buena fortuna de precederme.
Montse Fernández tentó el gigantesco pene.
El sacerdote era endiabladamente feo, bajo y obeso, pero sus espaldas parecían las de
un Hércules.
La muchacha estaba poseída por una especie de locura erótica. La fealdad de aquel
hombre sólo servía para acentuar su deseo sensual. Sus manos no bastaban para abarcar
todo el grosor del miembro. Sin embargo, no lo soltaba; lo presionaba y le dispensaba
inconscientemente caricias que incrementaban su rigidez. Parecía una barra de acero entre
sus suaves manos.
Un momento después el tercer asaltante estaba encima de ella, y la joven, casi tan
excitada como el padre, luchaba por empalarse con aquella terrible arma.
Durante algunos minutos la proeza pareció imposible, no obstante la buena
lubricación que ella había recibido con las anteriores inundaciones de su vaina.
Al cabo, con una furiosa embestida, introdujo la enorme cabeza y Montse Fernández lanzó un
grito de dolor. Otra arremetida y otra más; el infeliz bruto, ciego a todo lo que no fuera
darse satisfacción, seguía penetrando.
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Montse Fernández gritaba de angustia, y hacía esfuerzos sobrehumanos por deshacerse del salvaje
atacante.
Otra arremetida, otro grito de la víctima, y el sacerdote penetró hasta lo más profundo
en su interior.
Montse Fernández se había desmayado.
Los dos espectadores de este monstruoso acto de corrupción parecieron en un
principio estar prestos a intervenir, pero al propio tiempo daban la impresión de
experimentar un cruel placer al presenciar aquel espectáculo. Y ciertamente así era, como
lo evidenciaron después sus lascivos movimientos y el interés que pusieron en observar el
más minucioso de los detalles.
Correré un velo sobre las escenas de lujuria que siguieron, sobre los
estremecimientos de aquel salvaje a medida que, seguro de estar en posesión de la persona
de la joven y Montse Fernández muchacha, prolongó lentamente su gocé hasta que su enorme y férvida
descarga puso fin a aquel éxtasis, y cedió el paso a un intervalo para devolver la vida a la
pobre muchacha.
El fornido padre había descargado por dos veces en su interior antes de retirar su
largo y vaporoso miembro, y el volumen de semen expelido fue tal, que cayó con ruido
acompasado hasta formar un charco sobre el suelo de madera.
Cuando por fin Montse Fernández se recobró lo bastante para poder moverse, pudo hacerse el
lavado que los abundantes derrames en sus delicadas partes hacían del todo necesario.
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Capitulo IV
SE SACARON ALGUNAS BOTELLAS DE VINO, de una cosecha rara y añeja, y
bajo su poderosa influencia Montse Fernández fue recobrando poco a poco su fortaleza.
Transcurrida una hora, los tres curas consideraron que había tenido tiempo bastante
para recuperarse, y comenzaron de nuevo a presentar síntomas de que deseaban volver a
gozar de su persona.
Excitada tanto por los efectos del vino como por la vista y el contacto con sus
lascivos compañeros, la jovencita comenzó a extraer de debajo las sotanas los miembros de
los tres curas. los cuales estaban evidentemente divertidos con la escena, puesto que no
daban muestra alguna de recato.
En menos de un minuto Montse Fernández tuvo a la vista los tres grandes y enhiestos objetos. Los
besó y jugueteó con ellos, aspirando la rara fragancia que emanaba de cada uno, y
manoseando aquellos enardecidos dardos con toda el ansia de una consumada Chipriota.
—Déjanos joderte —exclamó piadosamente el Superior, cuyo pene se encontraba en
aquellos momentos en los labios de Montse Fernández.
—Amén —cantó Ambrosio.
El tercer eclesiástico permaneció silencioso, pero su enorme artefacto amenazaba al
cielo.
Montse Fernández fue invitada a escoger su primer asaltante en esta segunda vuelta. Eligió a
Ambrosio, pero el Superior interfirió.
Entretanto, aseguradas las puertas, los tres sacerdotes se desnudaron, ofreciendo así a
la mirada de Montse Fernández tres vigorosos campeones en la plenitud de la vida, armado cada uno de
ellos con un membrudo dardo que, una vez más, surgía enhiesto de su parte frontal, y que
oscilaba amenazante.
—~Uf! ;Vaya monstruos! —exclamó la jovencita, cuya vergüenza no le impedía ir
tentando, alternativamente, cada uno de aquellos temibles aparatos.
A continuación la sentaron en el borde de la mesa, y uno tras otro succionaron sus
partes nobles, describiendo círculos con sus cálidas lenguas en torno a la húmeda
hendidura colorada. en la que poco antes habían apaciguado su lujuria. Montse Fernández se abandonó
complacida a este juego, y abrió sus piernas cuanto pudo para agradecerlo.
—Sugiero que nos lo chupe uno tras otro —propuso el Superior.
—Bien dicho —corroboró el padre David Brown, el pelirrojo de temible erección—.
Pero hasta el final. Yo quiero poseerla una vez mas.
—De ninguna manera, David Brown —dijo el Superior—. Ya lo hiciste dos veces; ahora
tienes que pasar a través de su garganta, o conformarte con nada.
Montse Fernández no quería en modo alguno verse sometida a otro ataque de parte de David Brown,
por lo cual cortó la conversación por lo sano asiendo su voluminoso miembro, e
introduciendo lo más que pudo de él entre sus lindos labios.
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La muchacha succionaba suavemente hacia arriba y hacia abajo de la azulada nuez,
haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más posible en el interior de sus
húmedos labios. Sus lindas manos se cerraban alrededor del largo y voluminoso dardo, y lo
agarraban en un trémulo abrazo, mientras ella contemplaba cómo el monstruoso pene se
endurecía cada vez más por efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de
sus toques.
No tardó David Brown ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se
asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas de
pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través de la
garganta de la muchacha.
Montse Fernández retiró la piel del dardo para facilitar la emisión del chorro basta la última gota.
El fluido de David Brown era tan espeso y cálido como abundante. y chorro tras chorro
derramó todo el líquido en la boca de ella.
Montse Fernández se lo tragó todo.
—He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hija mía —dijo el
Superior cuando, a continuación, Montse Fernández aplicó sus dulces labios a su ardiente miembro.
—Hallarás en ella mayor motivo de dolor que de placer, pero los caminos de Venus
son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados gradualmente.
—Me someteré a todas las pruebas, padrecito —replicó la muchacha—. Ahora ya
tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy una de las elegidas para aliviar los
deseos de los buenos padres.
—Así es, hija mía, y recibes por anticipado la bendición del cielo citando obedeces
nuestros más insignificantes deseos, y te sometes a todas nuestras indicaciones, por
extrañas e irregulares que parezcan.
Dicho esto, tomó a la muchacha entre sus robustos brazos y la llevó una vez más al
cofre acojinado, colocándola de cara a él, de manera que dejara expuestas sus desnudas y
hermosas nalgas a los tres santos varones.
Seguidamente, colocándose entre los muslos de su víctima, apuntó la cabeza de su
tieso miembro hacía el pequeño orificio situado entre las rotundas nalgas de Montse Fernández, y
empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a penetrar en su orificio, de
manera novedosa y antinatural.
—¡Oh, Dios! —gritó Montse Fernández—. No es ése el camino. Las-....... ¡Por favor...! ¡Oh, por
favor...! ¡Ah...! ¡Tened piedad! ¡Ob, compadeceos de mí! . . . ¡Madre santa! . . . ¡Me
muero!
Esta última exclamación le fue arrancada por una repentina y vigorosa embestida del
Superior, la que provocó la introducción de su miembro de semental hasta la raíz. Montse Fernández
sintió que se había metido en el interior de su cuerpo hasta los testículos.
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Pasando su fuerte brazo en torno a sus caderas, se apretó Contra su dorso, y comenzó
a restregarse contra sus nalgas con el miembro insertado tan adentro del recto de ella como
le era posible penetrar. Las palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del
henchido miembro y, Montse Fernández, mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho
que bien sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo.
Los otros dos sacerdotes veían aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una
lenta masturbación.
El Superior, enloquecido de placer por la estrechez de aquella nueva y deliciosa
vaina, accioné en torno a las nalgas de Montse Fernández hasta que, con una embestida final, llenó sus
entrañas con una cálida descarga. Después, al tiempo que extraía del cuerpo de ella, su
miembro, todavía erecto y vaporizante, declaré que había abierto una nueva ruta para el
placer, y recomendó al padre Ambrosio que la aprovechara.
Ambrosio, cuyos sentimientos en aquellos momentos deben ser mejor imaginados
que descritos, ardía de deseo.
El espectáculo del placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado
gradualmente un estado de excitación erótica que exigía perentoria satisfacción.
—De acuerdo —grité—. Me introduciré por el templo de Sodoma, mientras tú
llenarás con tu robusto centinela el de Venus.
—Di mejor que con placer legítimo —repuso el Superior con una mueca sarcástica—
. Sea como dices. Me placerá disfrutar nuevamente esta estrecha hendidura
Montse Fernández yacía todavía sobre su vientre, encima del lecho improvisado, con sus
redondeces posteriores totalmente expuestas, más muerta que viva como consecuencia del
brutal ataque que acababa de sufrir. Ni una sola gota del semen que con tanta abundancia
había sido derramado en su oscuro nicho había salido del mismo, pero por debajo su raja
destilaba todavía la mezcla de las emisiones de ambos sacerdotes.
Ambrosio la sujeté. Colocada a través de los muslos del Superior, Montse Fernández se encontré
con el llamado del todavía vigoroso miembro contra su colorada vulva. Lentamente lo guié
hacia su interior, hundiéndose sobre él. Al fin entré totalmente, basta la raíz.
Pero en ese momento el vigoroso Superior pasó sus brazos en torno a su cintura, para
atraerla sobre sí y dejar sus amplias y deliciosas nalgas frente al ansioso miembro de
Ambrosio, que se encamínó directamente hacía la ya bien humedecida abertura entre las
dos lomas.
Hubo que vencer las mil dificultades que se presentaron, pero al cabo el lascivo
Ambrosio se sintió enterrado dentro de las entrañas de su víctima.
Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante del bien lubricado canal.
Retardé lo más posible su desahogo. y pudo así gozar de las vigorosas arremetidas con que
el Superior embestía a Montse Fernández por delante.
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De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Superior llegó al final, y Montse Fernández sintió su
sexo rápidamente invadido por la leche.
No pudo resistir más y se vino abundantemente, mezclándose su derrame con los de
sus asaltantes.
Ambrosio, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo a
la linda muchacha fuertemente empalada.
David Brown no pudo resistir la oportunidad que le ofrecía el hecho de que el Superior se
hubiera retirado para asearse, y se lanzó sobre el regazo de Montse Fernández para conseguir casi
enseguida penetrar en su interior, ahora liberalmente bañado de viscosos residuos.
Con todo y lo enorme que era el monstruo del pelirrojo, Montse Fernández encontré la manera de
recibirlo y durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los
suspiros y los voluptuosos quejidos de los combatientes.
En un momento dado sus movimientos se hicieron más agitados. Montse Fernández sentía como
que cada momento era su último instante. El enorme miembro de Ambrosio estaba
insertado en su conducto posterior hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de
David Brown echaba espuma de nuevo en el interior de su vagina.
La joven era sostenida por los dos hombres, con los pies bien levantados del suelo, y
sustentada por la presión, ora del frente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con
que los sacerdotes introducían sus excitados miembros por sus respectivos orificios.
Cuando Montse Fernández estaba a punto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y la
tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a punto de descargar, y unos
momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el gigantesco pene enviaba en
viscosos chorros.
—¡Ah...! ¡Me vengo! —gritó David Brown, y diciendo esto inundó el interior de Montse Fernández,
con gran deleite de parte de ésta.
—¡A mí también me llega! —gritó Ambrosio, alojando más adentro su poderoso
miembro, al tiempo que lanzaba un chorro de leche dentro de los intestinos de Montse Fernández.
Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus cuerpos en el interior
del de Montse Fernández, a la que proporcionaron con esta doble sensación un verdadero diluvio de
goces.
Cualquiera puede comprender que una pulga de inteligencia mediana tenía que estar
ya asqueada de espectáculos tan desagradables como los que presencié y que creí era mi
deber revelarlos. Pero ciertos sentimientos de amistad y de simpatía por la joven Montse Fernández me
impulsaron a permanecer aún en su compañía.
Los sucesos vinieron a darme la razón y, como veremos mas tarde, determinaron mis
movimientos en el futuro.
No habían transcurrido más de tres días cuando la joven, a petición de ellos, se reunió
con los tres sacerdotes en el mismo lugar.
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En esta oportunidad Montse Fernández había puesto mucha atención en su “toilette”, y como
resultado de ello aparecía más atractiva que nunca, vestida con sedas preciosas, ajustadas
botas de cabritilla, y unos guantes pequeñísimos que hacían magnífico juego con el resto
de las vestimentas.
Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y la recibieron tan
calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó a] rostro, inflamándolo de deseo.
Se aseguró la puerta de inmediato, y enseguida cayeron al suelo los paños menores de
Ion sacerdotes, y Montse Fernández se vio rodeada por el trío y sometida a las más diversas caricias, al
tiempo que contemplaba sus miembros desvergonzadamente desnudos y amenazadores.
El Superior fue el primero en adelantarse con intención de gozar de Montse Fernández.
Colocándose descaradamente frente a ella la tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos
besos sus labios y su rostro.
Montse Fernández estaba tan excitada como él.
Accediendo a su deseo, la muchacha se despojó de sus prendas interiores,
conservando puestos su exquisito vestido, sus medias de seda y sus lindos zapatitos de
cabritilla. Así se ofreció a la admiración y al lascivo manoseo de los padres.
No pasó mucho antes de que el Superior, sumiéndose deliciosamente sobre su
reclinada figura, se entregara por completo a sus juveniles encantos, y se diera a calar la
estrecha hendidura, con resultados evidentemente satisfactorios.
Empujando, prensando, restregándose contra ella, el Superior inició deliciosos
movimientos, que dieron como resultado despertar tanto su susceptibilidad como la de su
compañera. Lo revelaba su pene, cada vez más duro y de mayor tamaño.
—¡Empuja! Oh, empuja más hondo! —murmuró Montse Fernández.
Entretanto Ambrosio y David Brown, cuyo deseo no admitía espera, trataron de
apoderarse de alguna parte de la muchacha.
David Brown puso su enorme miembro en la dulce mano de ella, y Ambrosio, sin
acobardarse, trepó sobre el cofre y llevó la punta de su voluminoso pene a sus delicados
labios.
Al cabo de un momento el Superior dejó de asumir su lasciva posición.
Montse Fernández se alzó sobre el canto del cofre. Ante ella se encontraban los tres hombres, cada
uno de ellos con el miembro erecto, presentando armas. La cabeza del enorme aparato de
David Brown estaba casi volteada contra su craso vientre.
El vestido de Montse Fernández estaba recogido hasta su cintura, dejando expuestas sus piernas y
muslos, y entre éstos la rosada y lujuriosa fisura, en aquellos momentos enrojecida y
excitada por los rápidos movimientos de entrada y salida del miembro del Superior.
—¡Un momento! —ordenó éste—. Vamos a poner orden en nuestros goces. Esta
hermosa muchacha nos tiene que dar satisfacción a los tres: por lo tanto es menester que
regulemos nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que
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desencadenemos. Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero como
Ambrosio se viene como un asno, y llena de humo todas las regiones donde penetra,
propongo pasar yo por delante. Desde luego, David Brown debería ocupar el tercer lugar, ya
que con su enorme miembro puede partir en dos a la muchacha, y echaremos a perder
nuestro juego.
—La vez anterior yo fui el tercero —exclamó David Brown—. No veo razón alguna para
que sea yo siempre el último. Reclamo el segundo lugar.
—Está bien, así será —declaró el Superior—. Tú, Ambrosio, compartirás un nido
resbaladizo.
—No estoy conforme —replicó el decidido eclesiástico....... Si tú vas por delante, y
David Brown tiene que ser el segundo, pasando por delante de mí, yo atacaré la retaguardia, y
así verteré mi ofrenda por otra vía.
—¡Hacerlo como os plazca! —gritó Montse Fernández—. Lo aguantaré todo; pero, padrecitos,
daos prisa en comenzar.
Una vez más el Superior introdujo su arma, inserción que Montse Fernández recibió con todo
agrado. Lo abrazó, se apretó contra él, y recibió los chorros de su eyaculación con
verdadera pasión extática de su parte.
Seguidamente se presentó David Brown. Su monstruoso instrumento se encontraba ya
entre las rollizas piernas de la joven Montse Fernández. La desproporción resultaba evidente, pero el
cura era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y tras de varias tentativas
violentas e infructuosas, consiguió introducir-se. y comenzó a profundizar en las partes de
ella con su miembro de mulo.
No es posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del pene de
aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Montse Fernández, como vano sería también intentar
describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartada y distendida por el
inmenso órgano genital del padre David Brown.
Después de una lucha que se llevó diez minutos completos, Montse Fernández acabó por recibir
aquella ingente masa hasta los testículos, que se comprimían contra su ano.
Montse Fernández se abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo
de sus encantos.
David Brown no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y tardó un cuarto de
hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas descargas.
Montse Fernández las recibió con profundas muestras de deleite, y mezcló una copiosa emisión de
su parte con los espesos derrames del lujurioso padre.
Apenas había retirado David Brown su monstruoso miembro del interior de Montse Fernández,
cuando ésta cayó en los también poderosos brazos de Ambrosio,
De acuerdo con lo que había manifestado anteriormente, Ambrosio dirigió su ataque
a las nalgas, y con bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre
los tiernos pliegues del orificio trasero.
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En vano batallaba para poder alojarlo. La ancha cabeza de su arma era rechazada a
cada nuevo asalto, no obstante la brutal lujuria con que trataba de introducirse, y el
inconveniente que representaba el que se encontraban de pie.
Pero Ambrosio no era fácil de derrotar. Lo intentó una y otra vez, hasta que en uno de
sus ataques consiguió alojar la punta del pene en el delicioso orificio.
Una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar unos cuantos centímetros más, y
de una sola embestida el lascivo sacerdote consiguió enterrarlo hasta los testículos.
Las hermosas nalgas de Montse Fernández ejercían un especial atractivo sobre el lascivo
sacerdote. Una vez que hubo logrado la penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se
sintió excitado en grado extremo, Empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con
verdadero éxtasis, sin importarle el dolor que provocaba con la dilatación, con tal de poder
experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las delicadas y juveniles
partes íntimas de ella.
Montse Fernández lanzó un grito aterrador al sentirse empalada por el tieso miembro de su brutal
violador, y empezó una desesperada lucha por escapar, pero Ambrosio la retuvo, pasando
sus forzudos brazos en torno a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del
febricitante cuerpo de Montse Fernández, sin cejar en su esfuerzo invasor.
Paso a paso, empeñada en esta lucha, la jovencita cruzó toda la estancia, sin que
Ambrosio dejara de tenerla empalada por detrás.
Como es lógico. este lascivo espectáculo tenía que surtir efecto en los espectadores.
Un estallido de risas surgió de las gargantas de éstos, que comenzaron a aplaudir el vigor
de su compañero, cuyo rostro, rojo y contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras
emociones.
Pero el espectáculo despertó. además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos.
cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban
satisfechos.
En su caminata, Montse Fernández había llegado cerca del Superior, el cual la tomó en sus brazos,
circunstancias que aprovechó Ambrosio para comenzar a mover su miembro dentro de las
entrañas de ella, cuyo intenso calor le proporcionaba el mayor de los deleites.
La posición en que se encontraban ponía los encantos naturales de Montse Fernández a la altura de
los labios del Superior, el cual instantáneamente los pegó a aquellos, dándose a succionar
en la húmeda rendija.
Pero la excitación provocada de esta manera exigía un disfrute más sólido, por lo
que, tirando de la muchacha para que se arrodillará, al mismo tiempo que él tomaba asiento
en su silla, puso en libertad a su ardiente miembro, y lo introdujo rápidamente dentro del
suave vientre de ella.
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Así, Montse Fernández se encontró de nuevo entre dos fuegos, y las fieras embestidas del padre
Ambrosio por la retaguardia se vieron complementadas con los tórridos esfuerzos del padre
Superior en otra dirección.
Ambos nadaban en un mar de deleites sensuales: ambos se entregaban de lleno en las
deliciosas sensaciones que experimentaban, mientras que su víctima, perforada por delante
y por detrás por sus engrosados miembros, tenía que soportar de la mejor manera posible
sus excitados movimientos.
Pero todavía le aguardaba a la hermosa otra prueba de fuego, pues no bien el
vigoroso David Brown pudo atestiguar la estrecha conjunción de sus compañeros, se sintió
inflamado por la pasión, se montó en la silla por detrás del Superior, y tomando la cabeza
de la pobre Montse Fernández depositó su ardiente arma en sus rosados labios. Después avanzando su
punta, en cuya estrecha apertura se apercibían ya prematuras gotas, la introdujo en la linda
boca de la muchacha, mientras hacía qóce con su suave mano le frotara el duro y largo
tronco.
Entretanto Ambrosio sintió en el suyo los efectos del miembro introducido por
delante por el Superior, mientras que el de éste, igualmente excitado por la acción trasera
del padre, sentía aproximarse los espasmos que acompañan a la eyaculación.
Empero, David Brown fue el primero en descargar, y arrojó un abundante chaparrón en la
garganta de la pequeña Montse Fernández.
Le siguió Ambrosio, que, echándose sobre sus espaldas, lanzó un torrente de leche en
sus intestinos, al propio tiempo que el Superior inundaba su matriz.
Así rodeada, Montse Fernández recibió la descarga unida de los tres vigorosos sacerdotes.
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Capitulo V
T
TRES DÍAS DESPUES DE LOS ACONTECIMIENTOS relatados en las s
precedentes,
Montse Fernández compareció tan sonrosada y encantadora como siempre en el salón de
recibimiento de su tío.
En el ínterin, mis movimientos habían sido erráticos, ya que en modo alguno era
escaso mi apetito, y cualquier nuevo semblante posee para mí siempre cierto atractivo, que
me hace no prolongar demasiado la residencia en un solo punto.
Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y
que no vacilo en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero.
Por medio de ella tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto
padre Ambrosio.
No voy a reproducir aquí su discurso, tal como lo oí desde mi posición ventajosa.
Bastará con que mencione los puntos principales de su exposición, y que informe acerca de
sus objetivos.
Era manifestó que Ambrosio estaba inconforme y desconcertado por la súbita
participación de sus cofrades en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y
diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que para presentarlo a él
como completamente ajeno a la maniobra.
En resumen, y con tal fin, Ambrosio acudió directamente al tío de Montse Fernández, y le relató
cómo había sorprendido a su sobrina y a su joven amante en el abrazo de Cupido, en forma
que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del
muchacho, y correspondido a ella.
Al dar este paso el malvado sacerdote presequía una finalidad ulterior. Conocía
sobradamente el carácter del hombre con el que trataba, y también sabía que una parte
importante de su propia vida real no era del todo desconocida del tío.
En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Ambrosio era hombre de fuertes
pasiones, sumamente erótico, y lo mismo suceda con el tío de Montse Fernández.
Este último se había confesado a fondo con Ambrosio, y en el curso de sus
confesiones había revelado unos deseos tan irregulares, que el sacerdote no tenía duda
alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado.
Los ojos del señor Verbouc hacía tiempo que habían codiciado en secreto a su
sobrina. Se lo había confesado. Ahora Ambrosio le aportaba pruebas que abrían sus ojos a
la realidad de que ella había comenzado a abrigar sentimientos de la misma naturaleza
hacia el sexo opuesto.
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La condición de Ambrosio se le vino a la mente. Era su confesor espiritual, y le pidió
consejo
.
El santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría
en ventaja para ambos compartir el premio.
Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de Verbouc, la cual Ambrosio
no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sensual, o ponerle más
encanto al mismo, era presenciar el acto de la cópula carnal, y completar luego su
satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio
paciente.
El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario
secreto (la tía de Montse Fernández era una minusválida que no salía de su habitación>, y Ambrosio
preparó a Montse Fernández para el suceso que iba a desarrollarse.
Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola
palabra acerca de su intimidad anterior, y tras de informarle que su tío había sabido, quién
sabe por qué conducto, lo ocurrido con su novio, le fue revelando poco a poco los
proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado en su
tío, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo
resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos, fuesen los que fuesen.
El señor Verbouc era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los
cincuenta años. Como tío suyo que era, siempre le había inspirado profundo respeto a
Montse Fernández, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia. Se
había hecho cargo de ella desde la muerte de su hermano, y la trató siempre, si no con
afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter.
Evidentemente Montse Fernández no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una
ocasión tal, ni siquiera que su pariente encontrara una excusa para ella.
No me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Montse Fernández, el embarazo con
que recibió los abrazos demasiado tiernos de su tío, y las bien merecidas censuras.
La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que el señor Verbouc colocó
a su hermosa sobrina sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se
había formulado de poseerla.
—No debes ofrecer una resistencia tonta, Montse Fernández —explicó su tío—. No dudaré ni
aparentaré recato. Basta con que este buen padre haya santificado la operación, para que
posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente compañerito lo gozó ya con tu
consentimiento.
Montse Fernández estaba profundamente confundida. Aunque sensual, como hemos visto ya, y
hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en
el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su
pariente. Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera
la presencia y supuesta aquiescencia del padre Ambrosio podían aminorar el recelo con
que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente.
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Montse Fernández temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto. Esta
nueva actitud la ofendía.
El cambio habido entre el reservado y severo tío, cuya cólera siempre había
lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituada a recibir con reverencia, y aquel
ardiente admirador, sediento de los favores que ella acababa de conceder a otro, la afectó
profundamente, aturdiéndola y disgustándola
Entretanto el señor Verbouc, que evidentemente no estaba dispuesto a concederle
tiempo para reflexionar. y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su
joven sobrina en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de
besos apasionados y prohibidos.
Ambrosio, hacia el cual se había vuelto la muchacha ante esta exigencia, no le
proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción
ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su
placer y su lujuria.
En tales circunstancias adversas toda resistencia sc hacía difícil.
Montse Fernández era joven e infinitamente impotente, por comparación. bajo el firme abrazo de
su pariente. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía,
Verbone se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su sobrina. Sus
nerviosos dedos apresaban va el hermoso satín de sus muslos. Otro empujón firme, y no
obstante que Montse Fernández sequía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo, la lasciva mano
alcanzó los rosados labios del mismo, y los dedos temblorosos separaron la cerrada y
húmeda hendidura, fortificación que defendía su recato.
Hasta ese momento Ambrosio no había sido más que un callado observador del
excitante conflicto. Pero no llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso
brazo izquierdo en torno a la esbelta cintura de la muchacha, encerró en su derecha las dos
pequeñas manos de ella, las que, así sujetas, la dejaban fácilmente a merced de las lascivas
caricias de su pariente.
—Por caridad —suplico ella, jadeante por sus esfuerzos—. ¡Soltadme! ¡Es
demasiado horrible! ¡Es monstruoso! ¿Cómo podéis ser tan crueles? ¡Estoy perdida!
—En modo alguno estás perdida linda sobrina —replicó el tío—. Sólo despierta a los
placeres que Venus reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen
la valentía de disfrutadlos mientras les es posible hacerlo.
—He sido espantosamente engañada —gritó Montse Fernández, poco convencida por esta
ingeniosa explicación—. Lo veo todo claramente. ¡Qué vergüenza! No puedo permitíroslo.
no puedo! ¡Oh, no de ninguna manera! ¡Madre santa! ¡Soltadne, tío! ¡Oh! ¡Oh!
—Estate tranquila, Montse Fernández, Tienes que someterte. Sí no me lo permites de otra manera,
lo tomaré por la fuerza. Así que abre estas lindas piernas; déjame sentir el exquisito
calorcito de estos suaves y lascivos muslos; permíteme que ponga mí mano sobre este
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divino vientre... ¡Estate quieta, loquita! Al fin eres mía. ¡Oh, cuánto he esperado esto,
Montse Fernández!
Sin embargo, Montse Fernández ofrecía todavía cierta resistencia, que sólo servía para excitar
todavía más el anormal apetito de su asaltante, mientras Ambrosio la seguía sujetando
firmemente.
—¡Oh, qué hermosas nalgas! —exclamó Verbouc, mientras deslizaba sus intrusas
manos por los aterciopelados muslos de la pobre Montse Fernández, y acariciaba los redondos mofletes
de sus posaderas—. ¡Ah, qué glorioso coño! Ahora es todo para mí, y será debidamente
festejado en el momento oportuno.
—¡Soltadme! —gritaba Montse Fernández—. ;Oh. oh!
Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta de la atormentada muchacha
mientras entre los dos hombres se la forzaba a ponerla de espaldas sobre un sofá próximo.
Cuando cayó sobre él se vio obligada a recostarse, por obra del forzudo Ambrosio,
mientras el señor Verbouc, que había levantado los vestidos de ella para poner al
descubierto sus piernas enfundadas en medias de seda, y las formas exquisitas de su
sobrina, se hacía para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que
Montse Fernández se veía forzada a hacer.
—Tío ¿estáis loco? -gritó Montse Fernández una vez más, mientras que con sus temblorosas
extremidades luchaba en vano por esconder las lujuriosas desnudeces exhibidas en toda su
crudeza—. ¡Por favor, soltadme!
—Sí, Montse Fernández, estoy loco, loco de pasión por ti, loco de lujuria por poseerte, por
disfrutarte, por saciarme con tu cuerpo. La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y
disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de esta estrecha y pequeña funda.
Al tiempo que decía esto, el señor Verbouc se aprestaba al acto final del i****tuoso
drama. Desabrochó sus prendas inferiores, y sin consideración alguna de recato exhibió
licenciosamente ante los ojos de su sobrina las voluminosas y rubícundas proporciones de
su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia ella con aire amenazador.
Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas
por el sacerdote, y aplicando su arma rampante contra el tierno orificio, trató de realizar la
conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su
sobrina.
Pero las continuas contorsiones del lindo cuerpo de Montse Fernández, el disgusto y horror que se
habían apoderado de la misma, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes,
constituían efectivos impedimentos para que el tío alcanzara la victoria que esperó
conseguir fácilmente,
Nunca deseé más ardientemente que en aquellos momentos contribuir a desarmar a
un campeón, y enternecida por los lamentos de la gentil Montse Fernández, con el cuerpo de una pulga,
pero con el alma de una avispa, me lancé de un brinco al res**te.
Hundir mi lanceta en la sensible cubierta del escroto del señor Verbouc fue cuestión
de un segundo, y surtió el efecto deseado. Una aguda sensación de dolor y comezón le
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hicieron detenerse. El intervalo fue fatal, ya que unos momentos después los muslos y el
vientre de la joven Montse Fernández se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su
i****tuoso pariente.
Las maldiciones, dichas no en voz alta, pero sí desde lo más hondo, siguieron a este
inesperado contratiempo. El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa
posición e, incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil.
No bien hubo librado el señor Verbouc a su sobrina de la m*****a situación en que se
encontraba, cuando el padre Ambrosio comenzó a manifestar la violencia de su propia
excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena. Mientras daba
satisfacción al sentido del acto, manteniendo firmemente asida con su poderoso abrazo a
Montse Fernández, su hábito no pedía disimular por la parte delantera del estado de rigidez que su
miembro había adquirido. Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones
impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda
cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute.
—¡Ah! exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su
confesor—. He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizo —y tomándolo
deliberadamente en sus manos, dióse a manipularlo con evidente deleite.
— ;Qué monstruo! ¡Cuán fuerte es y cuán tieso se mantiene!
El padre Ambrosio se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo
encendido cíe1 rostro, y colocando a la asustada Montse Fernández en posición más propicia, llevó su
roja protuberancia a la húmeda abertura, y procedió a introducirla dentro con desesperado
esfuerzo.
Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el sistema nervioso de la
víctima de su lujuria a cada nuevo empujón.
Aunque no era esta la primera vez que el padre Ambrosio haba tocado entradas como
aquélla, cubierta de musgo, el hecho de que estuviera presente su tío, lo indecoroso de toda
la escena, el profundo convencimiento —que por vez primera se le hacía presente— del
engaño de que habla sido víctima por parte del padre y de su egoísmo, fueron elementos
que se combinaron para sofocar en su interior aquellas extremas sensaciones de placer que
tan poderosamente se habían manifestado otrora.
Pero la actuación de Ambrosio no le dio tiempo a Montse Fernández para reflexionar, ya que al
sentir la suave presión, como la de un guante, de su delicada vaina, se apresuró a completar
la conjunción lanzándose con unas pocas vigorosas y diestras embestidas a hundir su
miembro en el cuerpo de ella hasta los testículos.
Siguió un intervalo de refocilamíento bárbaro, de rápidas acometidas y presiones,
firmes y continuas, hasta que un murmullo sordo en la garganta de Montse Fernández anunció que la
naturaleza reclamaba en ella sus derechos, y que el combate amoroso había llegado a la
crisis exquisita, en la que espasmos de indescriptible placer recorren rápida y
voluptuosamente el sistema nervioso; con la cabeza echada hacia atrás, los labios partidos
y los dedos crispados, su cuerpo adquirió la rigidez inherente a estos absorbentes efectos,
en el curso de los cuales la ninfa derrama su juvenil esencia para mezclarla con los chorros
evacuados por su amante.
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El contorsionado cuerpo de Montse Fernández, sus ojos vidriosos y sus manos temblorosas,
revelaban a las claras su estado, sin necesidad de que lo delatara también el susurro de
éxtasis que se escapaba trabajosamente de sus labios temblorosos.
La masa entera de aquella potente arma, ahora bien lubricada, trabajaba
deliciosamente en sus juveniles partes. La excitación de Ambrosio iba en aumento por
momentos, y su miembro, rígido como el hierro, amenazaba a cada empujón con descargar
su viscosa esencia.
—¡Oh, no puedo aguantar más! ¡Siento que me viene la leche, Verbouc! Tiene usted
que joderla. Es deliciosa. Su vaina me ajusta como un guante. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
Más vigorosas y más frecuentes embestidas —un brinco poderoso— una verdadera
sumersión del robusto hombre dentro de la débil figurita de ella, un abrazo apretado, y
Montse Fernández, con inefable placer, sintió la cálida inyección que su violador derramaba en chorros
espesos y viscosos muy adentro de sus tiernas entrañas.
Ambrosio retiro su vaporizante pene con evidente desgano, dejando expuestas las
relucientes partes de la jovencita, de las cuales manaba una espesa masa de secreciones.
—Bien —exclamó Verbouc, sobre quien la escena había producido efectos
sumamente excitantes—. Ahora me llegó el turno, buen padre Ambrosio. Ha gozado usted
a mi sobrina bajo mis ojos conforme lo deseaba, y a fe mía que ha sido bien violada. Ella
ha compartido los placeres con usted; mis previsiones se han visto confirmadas; puede
recibir y puede disfrutar, y uno puede saciarse en su cuerpo. Bien. Voy a empezar. Al fin
llegó mi oportunidad; ahora no puede escapárseme. Daré satisfacción a un deseo
largamente acariciado. Apaciguaré esa insaciable sed de lujuria que despierta en mí la hija
de mí hermano. Observad este miembro; ahora levanta su roja cabeza. Expresa mi deseo
por ti, Montse Fernández. Siente, mi querida sobrina, cuánto se han endurecido los testículos de tu tío.
Se han llenado para ti.
Eres tú quien ha logrado que esta cosa se haya agrandado y enderezado tanto: eres tú
la destinada a proporcionarle alivio. ¡Descubre su cabeza, Montse Fernández! Tranquila, mi chiquilla;
permitidme llevar tu mano. ¡Oh, déjate de tonterías! Sin rubores ni recato. Sin resistencia.
¿Puedes advertir su longitud? Tienes que recibirlo todo en esa caliente rendija que el padre
Ambrosio acaba de rellenar tan bien. ¿Puedes ver los grandes globos que penden por
debajo, Montse Fernández? Están llenos del semen que voy a descargar para goce tuyo y mío. Sí, Montse Fernández,
en el vientre de la hija de mi hermano.
La idea del terrible i****to que se proponía consumar ana-día combustible al fuego
de su excitación, y le provocaba una superabundante sensación de lasciva impaciencia,
revelada tanto por su enrojecida apariencia, como por la erección del dardo con el que
amenazaba las húmedas partes de Montse Fernández.
El señor Verbouc tomó medidas de seguridad. No había, en realidad, y tal como lo
había dicho, escapatoria para Montse Fernández. Se subió sobre su cuerpo y le abrió las piernas,
mientras Ambrosio la mantenía firmemente sujeta. El violador vio llegada la oportunidad.
El camino estaba abierto, los blancos muslos bien separados, los rojos y húmedos labios
del coño de la linda jovencita frente a él. No podía esperar más. Abriendo los labios del
sexo de su sobrina, y apuntando la roja cabeza de su arma hacia la prominente vulva, se
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movió hacia adelante, y de un empujón y con un alarido de placer sensual la hundió en
toda su longitud en el vientre de Montse Fernández.
—¡Oh, Dios! ¡Por fin estoy dentro de ella! —chillaba Verbouc—. ¡Oh! ¡Ah! ¡Qué
placer! ¡Cuán hermosa es! ¡Cuán estrecho! ¡Oh!
El buen padre Ambrosio sujetó a Montse Fernández más firmemente.
Esta hizo un esfuerzo violento, y dejó escapar un grito de dolor y de espanto cuando
sintió entrar el turgente miembro de su tío que, firmemente encajado en la cálida persona
de su víctima, comenzó una rápida y briosa carrera hacia un placer egoísta. Era el cordero
en las fauces del lobo, la paloma en las garras del águila. Sin piedad ni atención siquiera
por los sentimientos de ella, atacó por encima de todo hasta que, demasiado pronto para su
propio afán lascivo, dando un grito de placentero arrobo, descargó en el interior de su
sobrina un abundante torrente de su i****tuoso fluido.
Una y otra vez los dos infelices disfrutaron de su víctima. Su fogosa lujuria,
estimulada por la contemplación del placer experimentado por el otro, los arrastró a la
insania.
Bien pronto trató Ambrosio de atacar a Montse Fernández por las nalgas, pero Verbouc, que sin
duda tenía sus motivos para prohibírselos, se opuso a ello. El sacerdote, empero. sin
cohibirse, bajó la cabeza de su enorme instrumento para introducirlo por detrás en el sexo
de ella. Verbouc se arrodilló por delante para contemplar el acto, al concluir el cual —con
verdadero deleite— dióse a succionar los labios del bien relleno coño de su sobrina.
Aquella noche acompañé a Montse Fernández a la cama, pues a pesar de que mis nervios habían
sufrido el impacto de un espantoso choque, no por ello había disminuido mi apetito, y fue
una fortuna que mi joven protegida no poseyera una piel tan irritable como para escocerse
demasiado por mis afanes para satisfacer mi natural apetito.
El descanso siguió a la cena con que repuse mis energías, y hubiera encontrado un
retiro seguro y deliciosamente cálido en eí tierno musgo que cubría el túmulo de la linda
Montse Fernández, de no haber sido porque, a medianoche, un violento alboroto vino a trastornar mi
digno reposo.
La jovencita había sido sujetada por un abrazo rudo y poderoso, y una pesada
humanidad apisonaba fuertemente su delicado cuerpo. Un grito ahogado acudió a los
atemorizados labios de ella, y en medio de sus vanos esfuerzos por escapar, y de sus no
más afortunadas medidas para impedir la consumación de los propósitos de su asaltante,
reconocí la voz y la persona del señor Verbouc.
La sorpresa había sido completa, y al cabo tenía que resultar inútil la débil resistencia
que ella podía ofrecer. Su tío, con prisa febril y terrible excitación provocada por el
contacto con sus aterciopeladas extremidades, tomó posesión de sus más secretos encantos
y presa de su odiosa lujuria adentró su pene rampante en su joven sobrina.
Siguió a continuación una furiosa lucha, en la que cada uno desempeñaba un papel
distinto.
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El violador, igualmente enardecido por las dificultades de su conquista, y por las
exquisitas sensaciones que estaba experimentando, enterró su tieso miembro en la lasciva
funda, y trató por medio de ansiosas acometidas de facilitar una copiosa descarga, mientras
que Montse Fernández, cuyo temperamento no era lo suficientemente prudente como para resistir la
prueba de aquel violento y lascivo ataque, se esforzaba en vano por contener los violentos
imperativos de la naturaleza despertados por la excitante fricción, que amenazaban con
traicionaría, hasta que al cabo, con grandes estremecimientos en sus miembros y la
respiración entrecortada, se rindió y descargó su derrame sobre el henchido dardo que tan
deliciosamente palpitaba en su interior.
El señor Verbone tenía plena conciencia de lo ventajoso de su situación, y cambiando
de táctica como general prudente, tuvo buen cuidado de no expeler todas sus reservas, y
provoco un nuevo avance de parte de su gentil adversaria.
Verbouc no tuvo gran dificultad en lograr su propósito, si bien la pugna pareció
excitarlo hasta el frenesí. La cama se mecía y se cimbraba: la habitación entera vibraba con
la trémula energía de su lascivo ataque; ambos cuerpos se encabritaban y rodaban,
convirtiéndose en una sola masa.
La injuria, fogosa e impaciente, los llevaba hasta el paroxismo en ambos lados. El
daba estocadas, empujaba, embestía, se retiraba hasta dejar ver la ancha cabeza enrojecida
de su hinchado pene junto a los rojos labios de las cálidas partes de Montse Fernández, para hundirlo
luego hasta los negros pelos que le nacían en el vientre, y se enredaban con el suave y
húmedo musgo que cubría el monte de Venus de su sobrina, hasta que un suspiro
entrecortado delató el dolor y el placer de ella.
De nuevo el triunfo le había correspondido a él, y mientras su vigoroso miembro se
envainaba hasta las raíces en el suave cuerpo de ella, un tierno, apagado y doloroso grito
habló de su éxtasis cuando, una vez más, el espasmo de placer recorrió todo su sistema
nervioso. Finalmente, con un brutal gruñido de triunfo, descargó una tórrida corriente de
líquido viscoso en lo más recóndito de la matriz de ella.
Poseído por el frenesí de un deseo recién renacido y todavía no satisfecho con la
posesión de tan linda flor, el brutal Verbouc dio vuelta al cuerpo de su semidesmayada
sobrina, para dejar a la vista sus atractivas nalgas. Su objeto era evidente, y lo fue más
cuando, untando el ano de ella con la leche que inundaba su sexo, empujó su índice lo más
adentro que pudo.
Su pasión había llegado de nuevo a un punto febril. Encaminó su pene hacia las
rotundas nalgas, y encimándose sobre su cuerpo recostado, situó su reluciente cabeza sobre
el pequeño orificio, esforzándose luego por adentrarse en él. Al cabo consiguió su
propósito, y Montse Fernández recibió en su recto, en toda su extensión, la vara de su tío. La estrechez
de su ano proporcionó al mismo el mayor de los placeres, y siguió trabajando lentamente
de atrás hacía adelante durante un cuarto de hora por lo menos, al cabo de cuyo lapso su
aparato habla adquirido la rigidez del hierro, y descargó en las entrañas de su sobrina
torrentes de leche.
Ya había amanecido cuando el señor Verbouc soltó a su sobrina del abrazo lujurioso
en que había saciado su pasión, logrado lo cual se deslizó exhausto para buscar abrigo en
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su trío lecho. Montse Fernández, por su parte, ahíta y rendida, se sumió en un pesado sueño, del que no
despertó hasta bien avanzado el día.
Cuando salió de nuevo de su alcoba. Montse Fernández había experimentado un cambio que no le
importaba ni se esforzaba en lo más mínimo por analizar. La pasión se había posesionado
de ella para formar parte de su carácter; se habían despertado en su interior fuertes
emociones sexuales, y les había dado satisfacción. El refinamiento en la entrega a las
mismas había generado la lujuria, y la lascivia había facilitado el camino hacia la
satisfacción de los sentidos sin comedimiento, e incluso por vías no naturales.
—Montse Fernández —casi una chiquilla inocente hasta bacía bien poco— se había convertido de
repente en una mujer de pasiones vio-. lentas y de lujuria incontenible.
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Capitulo VI
NO DE INCOMODAR AL LECTOR CON EL relato de cómo sucedió que un día
me encontré cómodamente oculto en la persona del buen padre David Brown; ni me detendré a
explicar cómo fue que estuve presente cuando el mismo eclesiástico recibió en confesión a
una elegante damita de unos veinte años de edad.
Pronto descubrí, por la marcha de su conversación, que aunque relacionada de cerca
con personas de rango, la dama no poseía títulos, si bien estaba casada con uno de los más
ricos terratenientes de la población.
Los nombres no interesan aquí. Por lo tanto suprimo el de esta linda penitente.
Después que el confesor hubo impartido su bendición tras de poner fin a la ceremonia
por medio de la cual había entrado en posesión de lo más selecto de los secretos de la joven
se-flora, nada renuente, la condujo de la nave de la iglesia a la misma pequeña sacristía
donde Montse Fernández recibió su primera lección de copulación santificada.
Pasó el cerrojo a la puerta y no se perdió tiempo. La dama se despojó de sus ropas, y
el fornido confesor abrió su sotana para dejar al descubierto su enorme arma, cuya
enrojecida cabeza se alzaba con aire amenazador. No bien se dio cuenta de esta aparición,
la dama se apoderó del miembro, como quien se posesiona a como dé lugar de un objeto de
deleite que no le es de ninguna manera desconocido.
Su delicada mano estrujó gentilmente el enhiesto pilar que constituía aquel tieso
músculo, mientras con los ojos lo devoraba en toda su extensión y sus henchidas
proporciones.
—Tienes que metérmelo por detrás —comenté la dama—. En leorette. Pero debes
tener mucho cuidado, ¡es tan terriblemente grande!
Los ojos del padre David Brown centelleaban en su pelirroja cabezota, y en su enorme
arma se produjo un latido espasmódico que hubiera podido alzar una silla.
Un segundo después la damita se había arrodillado sobre la silla, y el padre
David Brown, aproximándose a ella, levantó sus finas y blancas ropas interiores para dejar
expuesto un rechoncho y redondeado trasero, bajo el cual, medio escondido entre unos
turgentes muslos, se veían los rojos labios de una deliciosa vulva, profusamente sombreada
por matas de pelos castaños que se rizaban en torno a ella.
David Brown no esperó mayores incentivos. Escupiendo en la punta de su miembro,
colocó su cálida cabeza entre los húmedos labios y después, tras muchas embestidas y
esfuerzos, consiguió hacerlo entrar hasta los testículos.
Se adentró más... y más.., y más, hasta que dio la impresión de que el hermoso
recipiente no podría admitir más sin peligro de sufrir daño en sus órganos vitales, Entre
tanto el rostro de ella reflejaba el extraordinario placer que le provocaba el gigantesco
miembro.
De pronto el padre David Brown se detuvo. Estaba dentro hasta los testículos. Sus pelos
rojos y crispados acosaban los orondos cachetes de las nalgas de la dama. Esta había
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recibido en el interior de su cuerpo, en toda su longitud, la vaina del cura. Entonces
comenzó un encuentro que sacudía la banca y todos los muebles de la habitación.
Asiéndose con ambos brazos en torno al frágil cuerpo de ella, el sensual sacerdote se
tiraba a fondo en cada embestida, sin retirar más que la mitad de la longitud de su
miembro, para poder adentrarse mejor en cada ataque, hasta que la dama comenzó a
estremecerse por efecto de las exquisitas sensaciones que le proporcionaba un asalto de tal
naturaleza. A poco, con los ojos cerrados y la cabeza caída hacia adelante, derramé sobre el
invasor la cálida esencia de su naturaleza,
El padre David Brown, entretanto, seguía accionando en el interior de la caliente vaina, y
a cada momento su arma se endurecía más, hasta llegar a asemejarse a una barra de acero
sólido.
Pero todo tiene su fin, y también lo tuvo el placer del buen sacerdote, ya que después
de haber empujado, luchado, apretado y batido con furia, su vara no pudo resistir más, y
sintió alcanzar el punto de la descarga de su savia, llegando de esta suerte al éxtasis.
Llego por fin. Dejando escapar un grito hundió hasta la raíz su miembro en el interior
de la dama, y derramé en su matriz un abundante chorro de leche. Todo había terminado,
había pasado el último espasmo. Había sido derramada la última gota, y David Brown yacía
como muerto.
El lector no imaginará que el buen padre David Brown iba a quedar satisfecho con sólo
este único coup que acababa de asestar con tan excelentes efectos, ni tampoco que la dama,
cuyos licenciosos apetitos habían sido tan poderosamente apaciguados, no deseaba ya
nuevos escarceos. Por el contrarío, esta cópula no había hecho más que despertar las
adormecidas facultades sensuales de ambos, y de nuevo sintieron despertar la llama del
deseo.
La dama yacía sobre su espalda; su fornido violador se lanzó sobre ella, y hundiendo
su ariete hasta que se juntaron los pelos de ambos, se vino de nuevo, llenando su matriz de
un viscoso torrente.
Todavía insatisfecha, la lasciva pareja continuó en su excitante pasatiempo. Esta vez
David Brown se recostó sobre su espalda, y la damita, tras de juguetear lascivamente con sus
enormes órganos genitales, tomó la roja cabeza de su pene entre sus rosados labios, al
tiempo que lo estimulaba con toquecitos enloquecedores hasta conseguir el máximo de
tensión, todo ello con una avidez que acabé por provocar una abundante descarga de fluido
espeso y caliente, que esta vez inundó su linda boca y corrió garganta abajo.
Luego la dama, cuya lascivia era por lo menos igual a la de su confesor, se colocó
sobre la corpulenta figura de éste, y tras de haber asegurado otra gran erección, se empaló
en el palpitante dardo hasta no dejar a la vista nada más que las grandes bolas que colgaban
debajo de la endurecida arma. De esta manera succionó hasta conseguir una cuarta
descarga de David Brown. Exhalando un fuerte olor a semen, en virtud de las abundantes
eyaculaciones del sacerdote, y fatigada por la excepcional duración del entretenimiento,
dióse luego a contemplar cómodamente las monstruosas proporciones y la capacidad fuera
de lo común de su gigantesco confesor.
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Capitulo VII
MONTSE FERNÁNDEZ TENÍA UNA AMIGA, UNA DAMITA SÓLO unos pocos meses mayor que
ella, hija de un adinerado caballero, que vivía cerca del señor Verbouc. Julia, sin embargo.
era de temperamento menos ardiente y voluptuoso, y Montse Fernández comprendió pronto que no
habla madurado lo bastante para entender los sentimientos pasionales, ni comprender los
fuertes instintos que despierta el placer.
Julia era ligeramente más alta que su joven amiga, algo menos rolliza, pero con
formas capaces de deleitar los ojos y cautivar el corazón de un artista por lo perfecto de su
corte y lo exquisito de sus detalles.
Se supone que una pulga no puede describir la belleza de las personas. ni siquiera la
de aquellas que la alimentan. Todo lo que puedo decir, por lo tanto, es que Julia Delmont
constituía a mi modo de ver un estupendo regalo, y algún día lo sería para alguien del sexo
opuesto, ya que estaba hecha para despertar el deseo del más insensible de los hombres, y
para encantar con sus graciosos modales y su siempre placentera figura al más exigente
adorador de Venus.
El padre de Julia poseía, como hemos dicho, amplios recursos; su madre era una
bobalicona que se ocupaba bien poco de su hija, o de otra cosa que no fueran sus deberes
religiosos, en el ejercicio de los cuales empleaba la mayor parte de su tiempo, así como en
visitar a las viejas devotas de la vecindad que estimulaban sus predilecciones.
El señor Delmont era relativamente joven. De constitución robusta, estaba lleno de
vida, y como quiera que su piadosa cónyuge estaba demasiado ocupada para permitirle los
goces matrimoniales a los que el pobre hombre tenía derecho, éste los buscaba por Otros
lados.
El señor Delmont tenía una amiga, una muchacha joven y linda que, según deduje, no
estaba satisfecha con limitarse a su adinerado protector.
El señor Delmont en modo alguno limitaba sus atenciones a su amiga; sus
costumbres eran erráticas, y sus inclinaciones francamente eróticas.
En tales circunstancias, nada tiene de extraño que sus ojos se fijaran en el hermoso
cuerpo de aquel capullo en flor que era la sobrina de su amigo, Montse Fernández. Ya había tenido
oportunidad de oprimir su enguantada mano, de besar —desde luego con aire paternal— su
blanca mejilla, e incluso de colocar su mano temblorosa —claro que por accidente— sobre
sus rollizos muslos.
En realidad, Montse Fernández, mucho más experimentada que la mayoría de las muchachas de su
tierna edad, se había dado cuenta de que el señor Delmont sólo esperaba una oportunidad
para llevar las cosas a sus últimos extremos.
Y esto era precisamente lo que hubiera complacido a Montse Fernández, pero era vigilada
demasiado de cerca, y la nueva y desdichada situación en que acababa de entrar acaparaba
todos sus pensamientos
.
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El padre Ambrosio, empero, se percataba bien de la necesidad de permanecer sobre
aviso, y no dejaba pasar oportunidad alguna, cuando la joven acudía a su confesionario,
para hacer preguntas directas y pertinentes acerca de su comportamiento para con los
demás, y de la conducta que los otros observaban con su penitente.
Así fue como Montse Fernández llegó a confesarle a su guía espiritual los sentimientos
engendrados en ella por el lúbrico proceder del señor Delmont.
El padre Ambrosio le dio buenos consejos, y puso inmediatamente a Montse Fernández a la tarea
de succionarle el pene.
Una vez pasado este delicioso episodio, y borradas que fueron las huellas del placer,
el digno sacerdote se dispuso con su habitual astucia, a sacar provecho de los hechos de
que acababa de tener conocimiento.
Su sensual y vicioso cerebro no tardó en concebir un plan cuya audacia e inquietud
yo, un humilde insecto, no sé que haya sido nunca igualada.
Desde luego, en el acto decidió que la joven Julia tenía algún día que ser suya. Esto
era del todo natural. Pero para lograr este objetivo, y divertirse al mismo tiempo con la
pasión que indiscutiblemente Montse Fernández había despertado en el señor Delmont, concibió una
doble consumación, que debía llevarse a cabo por medio del más indecoroso y repulsivo
plan que jamás haya oído el lector.
Lo primero que había que hacer era despertar la imaginación de Julia, y avivar en ella
los latentes fuegos de la lujuria.
Esta noble tarea la confiaría el buen sacerdote a Montse Fernández, la que, debidamente instruida,
se comprometió fácilmente a realizarla.
Puesto que ya se había roto el hielo en su propio caso, Montse Fernández, a decir verdad, no
deseaba otra cosa sino conseguir que Julia fuera tan culpable como ella. Así que se dio a la
tarea de corromper a su joven amiga. Cómo lo logró, vamos a verlo a su debido tiempo.
Fue sólo unos días después de la iniciación de la joven Montse Fernández en los deleites del delito
en su forma i****tuosa que hemos ya relatado, y en los que no había tenido mayor
experiencia porque el señor Verbouc tuvo que ausentarse del bogar. A la larga, sin
embargo, tenía que presentarse la nueva oportunidad, y Montse Fernández se encontró por segunda vez,
sola y serena, en compañía de su tío y del padre Ambrosio.
La tarde era fría, pero en la estancia reinaba un calor-cito placentero por efecto de
una estufa instalada en el lujoso departamento. Los suaves y mullidos sofás y otomanas
que amueblaban la habitación proporcionaban a la misma un aire de indolencia y
abandono. A la brillante luz de una lámpara exquisitamente perfumada los dos hombres
parecían elegantes devotos de Baco y de Venus cuando se sentaron, ligeros de ropa,
después de una suntuosa colación.
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En cuanto a Montse Fernández, estaba por así decirlo excedida en belleza. Vistiendo un
encantador ‘negligie’, medio descubría y medio ocultaba aquellos encantos en flor de que
tan orgullosa podía mostrarse.
Sus brazos, admirablemente bien torneados, sus suaves piernas revestidas de seda, el
seno palpitante, por el que asomaban dos manzanitas blancas, exquisitamente redondeadas
y rematadas en otras tantas fresas, las bien formadas caderas, y unos diminutos pies
aprisionados en ajustados zapatitos, eran encantos que, sumados a otros muchos, formaban
un delicado y delicioso conjunto con el que se hubieran intoxicado las deidades mismas, y
en las que iban a complacerse los dos lascivos mortales.
Se necesitaba, empero, un pequeño incentivo más para aumentar la excitación de los
infames y anormales deseos de aquellos dos hombres que en dicho momento, con ojos
inyectados por la lujuria, contemplaban a su antojo el despliegue los tesoros que estaba a
su alcance.
Seguros de que no habían de ser interrumpidos, se disponían ambos a hacer los
lascivos attouchernents que darían satisfacción al deseo de solazarse con lo que tenían a la
vista.
Incapaz de contener su ansiedad, el sensual tío extendió su mano, y atrayendo hacia
sí a su sobrina, deslizó sus dedos entre sus piernas a modo de sondeo. Por su parte el
sacerdote se posesionó de sus dulces senos, para sumir su cara en ellos.
Ninguno de los dos se detuvo en consideraciones de pudor que interfirieran con su
placer, así que los miembros de los dos robustos hombres fueron exhibidos luego en toda
su extensión, y permanecieron excitados y erectos, con las cabezas ardientes por efecto de
la presión sanguínea y la tensión muscular.
—¡Oh, qué forma de tocarme! —murmuró Montse Fernández, abriendo voluntariamente sus
muslos a las temblorosas manos de su tío, mientras Ambrosio casi la ahogaba al prodigarle
deliciosos besos con sus gruesos labios,
En un momento determinado la complaciente mano de Montse Fernández apresó en el interior de
su cálida palma el rígido miembro del vigoroso sacerdote.
—¿Qué, amorcito, no es grande? ¿Y no arde en deseos de expeler su jugo dentro de
ti? ¡Oh, cómo me excitas, hija mía! Tu mano. .. tu dulce mano. .. ¡Ay! ¡Me muero por
insertarlo en tu suave vientre! ¡Bésame, Montse Fernández! ¡Verbouc, vea en qué forma me excita su
sobrina!
—¡Madre santa, qué carajo! ¡Ve, Montse Fernández, qué cabeza la suya! ¡Cómo brilla! ¡Qué
tronco tan largo y tan blanco! ¡Y observa cómo se encorva cual si fuera una serpiente en
acecho de su víctima! ¡Ya asoma una gota en la punta! ¡Mira, Montse Fernández!
—¡Oh, cuán dura es! ¡Cómo vibra! ¡Cómo acomete! ¡Apenas puedo abarcarla! ¡ Me
matáis con estos besos, me sorbéis la vida!
El señor Verbouc hizo un movimiento hacia adelante, y en el mismo momento puso
al descubierto su propia arma, erecta y al rojo vivo, desnuda y húmeda la cabeza.
Los ojos de Montse Fernández se iluminaron ante el prospecto.
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—Tenemos que establecer un orden para nuestros placeres, Montse Fernández —dijo su tío—.
Debemos prolongar lo más que nos sea posible nuestros éxtasis. Ambrosio es
desenfrenado. ¡Qué espléndido a****l es! ¡Hay que ver qué miembro! ; Está dotado como
un garañón! ¡Ah, sobrinita mía, mi criatura, con eso va a dilatar tu rendija. La hundirá
hasta tus entrañas, y tras de una buena carrera descargará un torrente de leche para placer
tuyo!
—¡Qué gusto! —murmuró Montse Fernández—. Anhelo recibirlo hasta mi cintura. Sí, sí. No
apresuremos el delicioso final; trabajemos todos para ello.
Hubiera dicho algo más, pero en aquel momento la roja punta del rígido miembro del
señor Verbouc entró en su boca.
Con la mayor avidez Montse Fernández recibió el duro y palpitante objeto entre sus labios de
coral, y admitió tanto como pudo de ella. Comenzó a lamer alrededor con su lengua, y
hasta trató de introducirla en la roja abertura de la extremidad. Estaba excitada hasta el
frenesí. Sus mejillas ardían, su respiración iba y venía con ansiedad espasmódica. Se aferró
más aún al miembro del lúbrico sacerdote, y su juvenil estrecho coño palpitaba de placer
anticipado.
Hubiera querido continuar cosquilleando, frotando y excitando el henchido tronco del
lascivo Ambrosio, pero el fornido sacerdote le hizo seña de que se detuviera.
—Aguarda un momento, Montse Fernández —suspiró—, vas a hacer que me venga.
Montse Fernández soltó el enorme dardo blanco y se echó hacia atrás, de manera que su tío pudo
accionar despaciosamente hacia dentro y hacia fuera de su boca, sin que la mirada de ella
dejara por un solo momento de prestar ansiosamente atención a las extraordinarias
dimensiones del miembro de Ambrosio.
Nunca había gustado Montse Fernández con tanto deleite de un pene, como ahora estaba
disfrutando el respetable miembro de su tío. Por tal razón aplicó sus labios al mismo con la
mayor fruición, sorbiendo morbosamente la secreción que de vez en cuando exudaba la
punta. El señor Verbouc estaba arrobado con sus atentos servicios.
A continuación el cura se arrodilló, y pasando la rasurada cabeza por entre las piernas
de Verbouc, que estaba de pie ante su sobrina, abrió los rollizos muslos de ésta para apartar
después con sus dedos los rojos labios de su vulva, e introducir su lengua hacia dentro, al
tiempo que con sus gruesos labios cubría sus juveniles y excitadas partes.
Montse Fernández se estremecía de placer. Su tío se puso aún más rígido, y empujó fuertemente
dentro de la Montse Fernández boca de la muchacha, la cual tomó sus testículos entre sus manos para
estrujarlos con suavidad. Retiró hacía atrás la piel del ardiente tronco, y reanudó su succión
con evidente deleite.
— Vente ya! —dijo Montse Fernández, abandonando por un momento la viscosa cabeza con
objeto de poder hablar y tomar aliento—. ¡Vente, tío! ¡Me agrada tanto saborearlo!
—Podrás hacerlo, queridita, pero todavía no. No debemos ir tan aprisa.
—¡Oh, cómo me mama! ¡Cómo me lame su lengua! ¡Estoy ardiendo! ¡Me mata!
—¡Ah, Montse Fernández! Ahora no sientes más que placer: te has reconciliado con los goces de
nuestros contactos i****tuosos.
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—De veras que sí, querido tío. Ponme tu carajo de nuevo en la boca.
—Todavía no, Montse Fernández, amor mío.
—No me hagas aguardar demasiado. Me estáis enloqueciendo. ¡Padre! ¡Padre! ¡Oh,
ya viene hacia mí, se prepara para joderme! ¡Dios santo, qué carajo! ¡Piedad! ¡Me partirá
en dos!
Entretanto Ambrosio, enardecido por el delicioso jugueteo con el que estuvo
entretenido, devino demasiado excitado para permanecer como estaba, y aprovechando la
oportunidad de una momentánea retirada de Verbouc, se puso de píe y tumbó sobre sus
espaldas, en el blando sofá, a la hermosa muchacha.
Verbouc tomó en su mano el formidable pene del santo padre, le dio un par de
sacudidas preliminares, retiro la piel que rodeaba su cabeza en forma de huevo, y
encaminando la punta anchurosa y ardiente hacia la rosada hendidura, la empujó
vigorosamente dentro del vientre de ella.
La humedad que lubricaba las partes nobles de la criatura facilitó la entrada de la
cabeza y la parte delantera, y el arma del sacerdote pronto quedó sumida. Siguieron fuertes
embestidas, y con brutal lujuria reflejada en el rostro, y escasa piedad por la juventud de su
víctima, Ambrosio la ensartó. La excitación de Montse Fernández superaba el dolor, por lo que se abrió
de piernas hasta donde le fue posible para permitirle regodearse según su deseo en la
posesión de su belleza.
Un ahogado lamento escapó de los entreabiertos labios de Montse Fernández cuando sintió aquella
gran arma, dura como el hierro, presionando su matriz, y dilatándola con su gran tamaño.
El señor Verbouc no perdía detalle del lujurioso espectáculo que se ofrecía a su vista,
y se mantuvo al efecto cerca de la excitada pareja. En un momento dado depositó su poco
menos vigoroso miembro en la mano convulsa de su sobrina.
Ambrosio, tan pronto como se sintió firmemente alojado en el lindo cuerpo que
estaba debajo de él, refrenó su ansiedad. Llamando en auxilio suyo el extraordinario poder
de autocontrol con el que estaba dotado, pasó sus manos temblorosas sobre las caderas de
la muchacha, y apartando sus ropas descubrió su velludo vientre, con el que a cada
sacudida frotaba el mullido monte de ella.
De pronto el sacerdote aceleró su trabajo. Con poderosas y rítmicas embestidas se
enterraba en el tierno cuerpo que yacía debajo de él. Apretó fuertemente hacia adelante, y
Montse Fernández enlazó sus blancos brazos en torno a su musculoso cuello. Sus testículos golpeaban
las rechonchas posaderas de ella, su instrumento había penetrado hasta los pelos que,
negros y rizados, cubrían por completo el sexo de ella.
—Ahora lo tiene. Observa, Verbouc, a tu sobrina. Ve cómo disfruta los ritos
eclesiásticos. ¡Ah, qué placer! ¡Cómo me mordisquen con su estrecho coñito!
—¡Oh, querido, querido...! ¡Oh, buen padre, jodedme! Me estoy viniendo. ¡Empujad!
¡Empujad! Matadme con él, si gustáis, pero no dejéis de moveros! ¡Así! ¡Oh! ¡Cielos! ¡Ah!
¡Ah! ¡Cuán grande es! ¡Cómo se adentra en mí!
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El canapé crujía a causa de sus rápidas sacudidas.
—¡Oh. Dios! —gritó Montse Fernández—. ¡Me está matando.., realmente es demasiado... Me
muero... Me estoy viniendo! Y dejando escapar un grito abogado, la muchacha se vino,
inundando el grueso miembro que tan deliciosamente la estaba jodiendo.
El largo pene engruesó y se enardeció todavía más. También la bola que lo remataba
se hinchó, y todo el tremendo aparato parecía que iba a estallar de lujuria. La joven Montse Fernández
susurraba frases incoherentes, de las que sólo se entendía la palabra joder.
Ambrosio, también completamente enardecido, y sintiendo su enorme yerga atrapada
en las juveniles carnes de la muchacha, no pudo aguantar más, y agarrando las nalgas de
Montse Fernández con ambas manos, empujó hacia el interior toda la tremenda longitud de su miembro
y descargó, arrojando los espesos chorros de su fluido, uno tras otro, muy adentro de su
compañera de juego.
Un bramido como de bestia salvaje escapó de su pecho a medida que arrojaba su
cálida leche.
—¡Oh, ya viene! ¡Me está inundando! ¡La siento! ¡Ah, qué delicia!
Mientras tanto el carajo del sacerdote, bien hundido en el cuerpo de Montse Fernández, seguía
emitiendo por su henchida cabeza el semen perlino que inundaba la juvenil matriz de ella.
—¡Ah, qué cantidad me estáis dando! —comentó Montse Fernández, mientras se bamboleaba
sobre sus pies, y sentía correr en todas direcciones, piernas abajo, el cálido fluido—. ¡Cuán
blanco y viscoso es!
Esta era exactamente la situación que más ansiosamente esperaba el tío, y por lo tanto
procedió sosegadamente a aprovecharla. Miró sus lindas medias de seda empapadas, metió
sus dedos entre los rojos labios de su coño, embarró el semen exudado sobre su lampiño
sexo. Seguidamente, colocando a su sobrina adecuadamente frente a él, Verbouc exhibió
una vez más su tieso y peludo campeón, y excitado por las excepcionales escenas que tanto
le habían deleitado, contempló con ansioso celo las tiernas partes de la joven Montse Fernández,
completamente cubiertas como estaban por las descargas del sacerdote, y exudando todavía
espesas y copiosas gotas de su prolífico fluido.
Montse Fernández, obedeciendo a sus deseos, abrió lo más posible sus piernas. Su tío colocó
ansiosamente su desnuda persona entre los rollizos muslos de la joven.
—Estate quieta, mi querida sobrina. Mí carajo no es tan gordo ni tan largo como el
del padre Ambrosio, pero sé muy bien cómo joder, y podrás comprobar sí la leche de tu tío
no es tan espesa y pungente como la de cualquier eclesiástico. Ve cómo estoy de envarado.
..—¡Y cómo me haces esperar! —dijo Montse Fernández—. Veo tu querida yerga aguardando
turno. ¡Cuán roja se ve! ¡Empújame, querido tío! Ya estoy lista de nuevo, y el buen padre
Ambrosio te ha aceitado bien el camino.
El duro miembro tocó con su enrojecida cabeza los abiertos labios, todavía
completamente resbalosos, y su punta se afianzó con firmeza. Luego comenzó a penetrar el
miembro propiamente dicho, y tras unas cuantas embestidas firmes aquel ejemplar pariente
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se había adentrado hasta los testículos en el vientre de su sobrina, solazándose
lujuriosamente entre el tufo que evidenciaba sus anteriores e impías venidas con el padre.
—Querido tío —exclamó la muchacha—. Acuérdate de quién estás jodiendo. No se
trata de una extraña, es la hija de tu hermano, tu propia sobrina. Jódeme bien, entonces, tío.
Entrégame todo el poder de tu vigoroso carajo. ¡Jódeme! ¡Jódeme hasta que tu i****tuosa
leche se derrame en mi interior! ¡Ah! ¡Oh! ¡Oh!
Y sin poderse contener ante el conjuro de sus propias ideas lujuriosas, Montse Fernández se
entregó a la más desenfrenada sensualidad, con gran deleite de su tío.
El vigoroso hombre, gozando la satisfacción de su lujuria preferida, se dedicó a
efectuar una serie de rápidas y poderosas embestidas. No obstante lo anegada que se
encontraba, la vulva de su linda oponente era de por sí pequeña, y lo bastante estrecha para
pellizcarle deliciosamente en la abertura, y provocar así que su placer aumentara
rápidamente.
Verbouc se alzó para lanzarse con rabia dentro del cuerpo de ella, y la hermosa joven
se asió con el apremio de una lujuria todavía no saciada. Su yerga engrosó y se endureció
todavía más.
El cosquilleo se hizo pronto casi insoportable. Montse Fernández se entregó por entero al placer
del acto i****tuoso, hasta que el señor Verbouc, dejando escapar un suspiro, se vino dentro
de su sobrina, inundando de nuevo la matriz de ella con su cálido fluido. Montse Fernández llegó
también al éxtasis, y al propio tiempo que recibía la poderosa inyección, placenteramente
acogida, derramaba una no menos ardiente prueba de su goce.
Habiéndose así completado el acto, se le dio tiempo a Montse Fernández para hacer sus
abluciones, y después, tras de apurar un tonificante vaso lleno de vino hasta los bordes, se
sentaron los tres para concertar un diabólico plan para la violación y el goce de la Montse Fernández
Julia Delmont.
Montse Fernández confesó que el señor Delmont la deseaba, y que evidentemente estaba en espera
de la oportunidad para encaminar las cosas hacia la satisfacción de su capricho.
Por su parte, el padre Ambrosio confesó que su miembro se enderezaba a la sola
mención del nombre de la muchacha. La había confesado, y admitió jocosamente que
durante la ceremonia no había podido controlar sus manos, ya que su simple aliento
despertaba en él ansías sensuales incontenibles.
El señor Verbouc declaró que estaba igualmente ansioso de proporcionarse solaz en
sus dulces encantos, cuya sola descripción lo enloquecía. Pero el problema estaba en cómo
poner en marcha el plan.
—Si la violara sin preparación, la destrozaría —exclamó el padre Ambrosio,
exhibiendo una vez más su rubicunda máquina, todavía rezumando las pruebas de su
último goce, que aún no había enjugado.
—Yo no puedo gozarla primero. Necesito la excitación de una copulación previa —
objetó Verbouc.
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—Me gustaría ver a la muchacha bien violada —dijo Montse Fernández—. Observaría la
operación con deleite, y cuando el padre Ambrosio hubiese introducido su enorme cosa en
el interior de ella, tú podrías hacer lo mismo conmigo para compensarme el obsequio que
le haríamos a la linda Julia.
—Sí, esa combinación podría resultar deliciosa.
—¿Qué habrá que hacer? —inquirió Montse Fernández—. ¡Madre santa, cuán tiesa está de nuevo
vuestra yerga, querido padre Ambrosio!
—Se me ocurre una idea que sólo de pensar en ella me provoca una violenta
erección. Puesta en práctica sería el colmo de la lujuria, y por lo tanto del placer.
—Veamos de qué se trata —exclamaron los otros dos al Unísono.
—Aguardad un poco —dijo el santo varón, mientras Montse Fernández desnudaba la roja cabeza
de su instrumento para cosquillear cn el húmedo orificio con la punta de su lengua.
—Escuchadme bien —dijo Ambrosio—. El señor Delmont está enamorado de Montse Fernández.
Nosotros lo estamos de su hija, y a esta criatura que ahora me está chupando el cara jo le
gustaría ver a la tierna Julia ensartada en él hasta lo más hondo de sus órganos vitales, con
el único y lujurioso afán de proporcionarse una dosis extra de placer. Hasta aquí todos
estamos de acuerdo. Ahora prestadme atención, y tú, Montse Fernández, deja en paz mí instrumento. He
aquí mi plan: me consta que la pequeña Julia no es insensible a sus instintos a****les. En
efecto, ese diablito siente ya la comezón de la carne.
Un poco de persuasión y Otro poco de astucia pueden hacer el resto. Julia accederá a
que se le alivien esas angustias del apetito carnal. Montse Fernández debe alentaría al efecto. Entretanto
la misma Montse Fernández inducirá al señor Delmont a ser más atrevido. Le permitirá que se le
declare, si así lo desea él. En realidad, ello es indispensable para que el plan resulte. Ese
será el momento en que debo intervenir yo. Le sugeriré a Delmont que el señor Verbouc es
un hombre por encima de los prejuicios vulgares, y que por cierta suma de dinero estará
conforme en entregarle a su hermosa y virginal sobrina para que sacie sus apetitos.
—No alcanzo a entenderlo bien —comentó Montse Fernández.
—No veo el objeto —intervino Verbouc—. Ello no nos aproximará más a la
consumación de nuestro plan.
—Aguardad un momento —continuó el buen padre—. Hasta este momento todos
hemos estado de acuerdo. Ahora Montse Fernández será vendida a Delmont. Se le permitirá que
satisfaga secretamente sus deseos en los hermosos encantos de ella. Pero la víctima no
deberá verlo a él, ni él a ella, a.—fin de guardar las apariencias. Se le introducirá en una
alcoba agradable, podrá ver el cuerpo totalmente desnudo de una encantadora mujer, se le
hará saber que se trata de su víctima, y que puede gozarla.
—¿Yo? —interrumpió Montse Fernández—. ¿Para qué todo este misterio?
El padre Ambrosio sonrió malévolamente.
—Ya lo sabrás, Montse Fernández, ten paciencia. Lo que deseamos es disfrutar de Julia Delmont,
y lo que el señor Delmont quiere es disfrutar de tu persona. Únicamente podemos alcanzar
nuestro objetivo evitando al propio tiempo toda posibilidad de escándalo. Es preciso que el
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señor Delmont sea silenciado, pues de lo contrario podríamos resultar perjudicados por la
violación de su hija. Mi propósito es que el lascivo señor Delmont viole a su propia hija, en
lugar de a Montse Fernández, y que una vez que de esta suerte nos haya abierto el camino, podamos
nosotros entregarnos a la satisfacción de nuestra lujuria. Si Delmont cae en la trampa,
podremos revelarle el i****to cometido, y recompensárselo con la verdadera posesión de
Montse Fernández, a cambio de la persona de su hija, o bien actuar de acuerdo con las circunstancias.
—¡Oh, casi me estoy viniendo ya! —gritó el señor Verbouc—. ¡Mi arma está que
arde! ¡Qué trampa! ¡Qué espectáculo tan maravilloso!
Ambos hombres se levantaron, y Montse Fernández se vio envuelta en sus abrazos. Dos duros y
largos dardos se incrustaban contra su gentil cuerpo a medida que la trasladaban al canapé.
Ambrosio se tumbó sobre sus espaldas, Montse Fernández se le montó encima, y tomó su pene de
semental entre las manos para llevárselo a la vulva.
El señor Verbouc contemplaba la escena.
Montse Fernández se dejó caer lo bastante para que la enorme arma se adentrara por completo;
luego se acomodó encima del ardiente sacerdote, y comenzó una deliciosa serie de
movimientos Ondulatorios.
El señor Verbouc contemplaba sus hermosas nalgas subir y bajar, abriéndose y
cerrándose a cada sucesiva embestida.
Ambrosio se había adentrado hasta la raíz, esto era evidente. Sus grandes testículos
estaban pegados debajo de ella, y los gruesos labios de Montse Fernández llegaban a ellos cada vez que
la muchacha se dejaba caer.
El espectáculo le sentó muy bien a Verbouc. El virtuoso tío se subió al canapé,
dirigió su largo y henchido pene hacia el trasero de Montse Fernández, y sin gran dificultad consiguió
enterrarlo por completo hasta sus entrañas.
El culito de su sobrina era ancho y suave como un guante, y la piel de las nalgas
blanca como el alabastro. Verbouc, empero, no prestaba la menor atención a estos detalles.
Su miembro estaba dentro, y sentía la estrecha compresión del músculo del pequeño
orificio de entrada como algo exquisito. Los dos carajos se frotaban mutuamente, sólo
separados por una tenue membrana.
Montse Fernández experimentaba los enloquecedores efectos de este doble deleite. Tras una
terrible excitación llegaron los transportes finales conducentes al alivio, y chorros de leche
inundaron a la grácil Montse Fernández.
Después Ambrosio descargó por dos veces en la boca de Montse Fernández, en la que también
vertió luego su tío su i****tuoso fluido, y así terminó la sesión.
La forma en que Montse Fernández realizó sus funciones fue tal, que mereció sinceros encomios
de sus dos compañeros. Sentada en el canto de una silla, se colocó frente a ambos de
manera que los tiesos miembros de uno y otro quedaron a nivel con sus labios de coral,
Luego, tomando entre sus labios el aterciopelado glande, aplicó ambas manos a frotar,
cosquillear y excitar el falo y sus apéndices.
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De esta manera puso en acción en todo el poder nervioso de los miembros de sus
compañeros de juego, que, con sus miembros distendidos a su máximo, pudieron gozar del
lascivo cosquilleo hasta que los toquecitos de Montse Fernández se hicieron irresistibles, y entre
suspiros de éxtasis su boca y su garganta fueron inundadas con chorros de semen.
La pequeña glotona los bebió por completo. Y lo mismo habría hecho con los de una
docena, si hubiera tenido oportunidad para ello.
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Capitulo VIII
MONTSE FERNÁNDEZ SEGUIA PROPORCIONANDOME EL MAS delicioso de los alimentos.
Sus juveniles miembros nunca echaron de menos las sangrías carmesí provocadas por mis
piquetes, los que, muy a pesar mío, me veía obligada a dar para obtener mi sustento.
Determiné, por consiguiente, continuar con ella, no obstante que, a decir verdad, su
conducta en los últimos tiempos había devenido discutible y ligeramente irregular.
Una cosa manifiestamente cierta era que había perdido todo sentido de la delicadeza
y del recato propio de una doncella, y vivía sólo para dar satisfacción a sus deleites
sexuales.
Pronto pudo verse que la jovencita no había desperdiciado ninguna de las
instrucciones que se le dieron sobre la parte que tenía que desempeñar en la conspiración
urdida. Ahora me propongo relatar en qué forma desempeñó su papel.
No tardó mucho en encontrarse Montse Fernández en la mansión del se-flor Delmont, y tal vez por
azar, o quizás más bien porque así lo había preparado aquel respetable ciudadano, a solas
con él.
El señor Delmont advirtió su oportunidad y cual inteligente general, se dispuso al
asalto. Se encontró con que su linda compañera, o estaba en el limbo en cuanto a sus
intenciones, o estaba bien dispuesta a alentarías.
El señor Delmont había ya colocado sus brazos en torno a la cintura de Montse Fernández y, como
por accidente la suave mano derecha de ésta comprimía ya bajo su nerviosa palma el
varonil miembro de él.
Lo que Montse Fernández podía palpar puso de manifiesto la violencia de su emoción. Un
espasmo recorrió el duro objeto de referencia a todo lo largo, y Montse Fernández no dejó de
experimentar otro similar de placer sensual.
El enamorado señor Delmont la atrajo suavemente necia sí, y abrazó su cuerpo
complaciente. Rápidamente estampó un cálido beso en su mejilla y le susurró palabras
halagüe.as para apartar su atención de sus maniobras. Intentó algo más: frotó la mano de
Montse Fernández sobre el duro objeto, lo que le permitió a la jovencita advertir que h excitación podría
ser demasiado rápida.
Montse Fernández se atuvo estrictamente a su papel en todo momento: era una muchacha inocente
y recatada.
El señor Delmont, alentado por la falta de resistencia de parte de su joven amiga, dio
otros pasos todavía más decididos. Su inquieta mano vagó por entre los ligeros vestidos de
Montse Fernández, y acarició sus complacientes pantorrillas. Luego, de repente, al tiempo que besaba
con verdadera pasión sus rojos labios, pasó sus temblorosos dedos por debajo para tentar
su rollizo muslo.
Montse Fernández lo rechazó. En cualquier otro momento se hubiera acostado sobre sus espaldas
y le hubiera permitido hacer lo peor, pero recordaba la lección, y desempeñó su papel
perfectamente.
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—¡Oh, qué atrevimiento el de usted! —gritó la jovencita—. ¡Qué groserías son éstas!
¡No puedo permitírselas! Mi tío dice que no debo consentir que nadie me toque ahí. En
todo caso nunca antes de...
Montse Fernández dudó, se detuvo, y su rostro adquirió una expresión boba.
El señor Delmont era tan curioso como enamoradizo.
—¿Antes de qué. Montse Fernández?
—¡Oh, no debo explicárselo! No debí decir nada al respecto. Sólo sus rudos modales
me lo han hecho olvidar.
—¿Olvidar qué?
—Algo de lo que me ha hablado a menudo mi tío —contestó sencillamente Montse Fernández.
—¿Pero qué es? ¡Dímelo!
—No me atrevo. Además, no entiendo lo que significa.
—Te lo explicaré si me dices de qué se trata.
—¿Me promete no contarlo?
- Desde luego.
—Bien. Pues lo que él dice es que nunca tengo que permitir que me pongan las
manos ahí, y que sí alguien quiere hacerlo tiene que pagar mucho por ello.
~¿Dijo eso, realmente?
—Sí, claro que sí. Dijo que puedo proporcionarle una buena suma de dinero, y que
hay muchos caballeros ricos que pagarían por lo que usted quiere hacerme, y dijo también
que no era tan estúpido como para dejar perder semejante oportunidad.
—Realmente, Montse Fernández, tu tío es un perfecto hombre de negocios, pero no creí que fuera
un hombre de esa clase.
—Pues sí que lo es —gritó Montse Fernández—. Está engreído con el dinero, ¿sabe usted?, y yo
apenas si sé lo que ello significa, pero a veces dice que va a vender mi doncellez.
—¿Es posible? —pensó Delmont—. ¡Qué tipo debe ser ése! ¡Qué buen ojo para los
negocios ha de tener!
Cuanto más pensaba el señor Delmont acerca de ello, más convencido estaba de la
verdad que encerraba la ingenua explicación dada por Montse Fernández. Estaba en venta, y él iba a
comprarla. Era mejor seguir este camino que arriesgarse a ser descubierto y castigado por
sus relaciones secretas.
Antes, empero, de que pudiera terminar de hacerse estas prudentes reflexiones, se
produjo una interrupción provocada por la llegada de su hija Julia. y, aunque
renuentemente, tuvo que dejar la compañía de Montse Fernández y componer sus ropas debidamente.
Montse Fernández dio pronto una excusa y regresó a su hogar, dejando que los acontecimientos
siguieran su curso.
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El camino emprendido por la linda muchachita pasaba a través de praderas, y era un
camino de carretas que salía al camino real muy cerca de la residencia de su tío.
En esta ocasión había caído ya la tarde, y el tiempo era apacible. El sendero tenía
varias curvas pronunciadas, y a medida que Montse Fernández seguía camino adelante se entretenía en
contemplar el ganado que pastaba en los alrededores.
Llegó a un punto en el que el camino estaba bordeado por árboles, y donde tina serie
de troncos en línea recta separaba la carretera propiamente dicha del sendero para
peatones. En las praderas próximas vio a varios hombres que cultivaban el campo, y un
poco más lejos a un grupo de mujeres que descansaba un momento de las labores de la
siembra, entretenidas en interesantes coloquios.
Al otro lado del camino había una cerca de setos, y como se le ocurriera mirar hacia
allá, vio algo que la asombró. En la pradera había dos a****les, un garañón y una yegua.
Evidentemente el primero se había dedicado a perseguir a la segunda, hasta que consiguió
darle alcance no lejos de donde se encontraba Montse Fernández.
Pero lo que más sorprendió y espantó a ésta fue el maravilloso espectáculo del gran
miembro parduzco que, erecto por la excitación, colgaba del vientre del semental, y que de
vez en cuando se encorvaba en impaciente búsqueda del cuerpo de la hembra.
Esta debía haber advertido también aquel miembro palpitante, puesto que se había
detenido y permanecía tranquila, ofreciendo su parte trasera al agresor.
El macho estaba demasiado urgido por sus instintos amorosos para perder mucho
tiempo con requiebros, y ante los maravillados ojos de la jovencita montó sobre la hembra
y trató de introducir su instrumento.
Montse Fernández contemplaba el espectáculo con el aliento contenido, y pudo ver cómo, por fin,
el largo y henchido miembro del caballo desaparecía por entero en las partes posteriores de
la hembra.
Decir que sus sentimientos sexuales se excitaron no sería más que expresar el
resultado natural del lúbrico espectáculo. En realidad estaba más que excitada; sus instintos
libidinosos se habían desatado. Mesándose las manos clavó la mirada para observar con
todo interés el lascivo espectáculo, y cuando, tras una carrera rápida y furiosa, el a****l
retiró su goteante pene, Montse Fernández dirigió a éste una golosa mirada, concibiendo la insania de
apoderarse de él para darse gusto a sí misma.
Obsesionada con tal idea, Montse Fernández comprendió que tenía que hacer algo para borrar de
su mente la poderosa influencia que la oprimía. Sacando fuerzas de flaqueza apartó los
ojos y reanudó su camino, pero apenas había avanzado una docena de pasos cuando su
mirada tropezó con algo que ciertamente no iba a aliviar su pasión.
Precisamente frente a ella se encontraba un joven rústico de unos dieciocho años, de
facciones Montse Fernándezs, aunque de expresión bobalicona, con la mirada puesta en los amorosos
corceles entregados a su pasatiempo. Una brecha entre los matorrales que bordeaban el
camino le proporcionaba un excelente ángulo de vista, y estaba entregado a la
contemplación del espectáculo con un interés tan evidente como el de Montse Fernández.
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Pero lo que encadenó la atención de ésta en el muchacho fue el estado en que
aparecía su vestimenta, y la aparición de un tremendo miembro, de roja y bien desarrollada
cabeza. que desnudo y exhibiéndose en su totalidad, se erguía impúdico.
No cabía duda sobre el efecto que el espectáculo desarrollado en la pradera había
causado en el muchacho, puesto que éste se había desabrochado los bastos calzones para
apresar entre sus nerviosas manos un arma de la que se hubiera enorgullecido un carmelita.
Con ojos ansiosos devoraba la escena que se desarrollaba en la pradera, mientras que con
la mano derecha desnudaba la firme columna para friccionaría vigorosamente hacia arriba
y hacía abajo, completamente ajeno al hecho de que un espíritu afín era testigo de sus
actos.
Una exclamación de sobresalto que involuntariamente se le escapó a Montse Fernández motivó
que él mirara en derredor suyo. y descubriera frente a él a la hermosa muchacha, en el
momento en que su lujurioso miembro estaba completamente expuesto en toda su gloriosa
erección.
—¡Por Dios! —exclamó Montse Fernández tan pronto como pudo recobrar el habla—. ¡Qué
visión tan espantosa! ¡Muchacho desvergonzado! ¿Qué estás haciendo con esta cosa roja?
El mozo, humillado, trató de introducir nuevamente en su bragueta el objeto que
había motivado la pregunta, pero su evidente confusión y la rigidez adquirida por el
miembro hacían difícil la operación. por no decir que enfadosa.
Montse Fernández acudió solícita en su auxilio.
—¿Qué es esto? Deja que te ayude. ¿Cómo se salió? ¡Cuán grande y dura es! ¡Y qué
larga! ¡A fe mía que es tremenda tu cosa, muchacho travieso!
Uniendo la acción a las palabras, la jovencita posó su pequeña mano en el erecto
pene del muchacho, y estrujándolo en su cálida palma hizo más difícil aún la posibilidad de
poder regresarlo a su escondite.
Entretanto el muchacho, que gradualmente recobraba su estólida presencia de ánimo,
y advertía la inocencia de su nueva desconocida, se abstuvo de hacer nada en ayuda de sus
loables propósitos de esconder el rígido y ofensivo miembro. En realidad se hizo
imposible, aun cuando hubiera puesto algo de SU parte, ya que tan pronto corno su mano
lo asió adquirió proporciones todavía mayores, al mismo tiempo que la hinchada y roja
cabeza brillaba como una ciruela madura.
—¡Ah, muchacho travieso! —observó Montse Fernández—. ¿Qué debo hacer? —siguió diciendo,
al tiempo que dirigía una mirada de enojo a la hermosa faz del rústico muchacho.
—¡Ah, cuán divertido es! —suspiró el mozuelo—. ¿Quién hubiera podido decir que
usted estaba tan cerca de mí cuando me sentí tan mal, y comenzó a palpitar y engrosar
hasta ponerse como está ahora?
—Esto es incorrecto —observó la damita-, apretando más aún y sintiendo que las
llamas de la lujuria crecían cada vez mas dentro de ella—. Esto es terriblemente incorrecto,
pícaruelo.
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—¿Vio usted lo que hacían los caballos en la pradera?
—preguntó el muchacho, mirando con aire interrogativo a Montse Fernández, cuya belleza parecía
proyectarse sobre su embotada mente como el sol se cuela al través de un paisaje lluvioso.
—Sí, lo vi. —replicó la muchacha con aire inocente—. ¿Qué estaban haciendo? ¿Qué
significaba aquello?
—Estaban jodiendo —repuso el muchacho con una sonrisa de lujuria—. Él deseaba a
la hembra y la hembra deseaba al semental, así es que se juntaron y se dedicaron a joder.
—¡Vaya, qué curioso! —contestó la joven, contemplando con la más infantil
sencillez el gran objeto que todavía estaba entre sus manos, ante el desconcierto del
mozuelo.
—De veras que fue divertido, ¿verdad? ¡Y qué instrumento el suyo! ¿Verdad,
señorita?
—Inmenso —murmuró Montse Fernández sin dejar de pensar un solo momento en la cosa que
estaba frotando de arriba para abajo con su mano.
—¡Oh, cómo me cosquillea! —suspiró su compañero—. ¡Qué hermosa es usted! ¡Y
qué bien lo frota! Por favor, siga, señorita. Tengo ganas de venirme.
—¿De veras? —murmuró Montse Fernández—. ¿Puedo hacer que te vengas?
Montse Fernández miró el henchido objeto, endurecido por efecto del suave cosquilleo que le
estaba aplicando; y cuya cabeza tumefacta parecía que iba a estallar. El prurito de observar
cuál sería el efecto de su interrumpida fricción se posesionó por completo de ella, por lo
que se aplicó con redoblado empeño a la tarea.
—¡Oh, si, por favor! ¡Siga! ¡Estoy próximo a venirme! ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué bien lo hace!
¡Apriete más. . ., frote más aprisa. . . pélela bien. . .! Ahora otra vez.. . ¡Oh, cielos! ¡Oh!
El largo y duro instrumento engrosaba y se calentaba cada vez más a medida que ella
lo frotaba de arriba abajo.
—¡Ah! ¡Uf! ¡Ya viene! ¡Uf! ¡Oooh! —exclamó el rústico entrecortadamente
mientras sus rodillas se estremecían y su cuerpo adquiría rigidez, y entre contorsiones y
gritos ahogados su enorme y poderoso pene expelió un chorro de líquido espeso sobre las
manecitas de Montse Fernández, que, ansiosa por bañarlas en el calor del viscoso fluido, rodeó por
completo el enorme dardo, ayudándolo a emitir hasta la última gota de semen.
Montse Fernández, sorprendida y gozosa. bombeó cada gota —que hubiera chupado de haberse
atrevido— y extrajo luego su delicado pañuelo de Holanda para limpiar de sus manos la
espesa y perlina masa.
Después eí jovenzuelo, humillado y con aire estúpido, se guardó el desfallecido
miembro, y miró a su compañera con una mezcla de curiosidad y extrañeza.
—¿Dónde vives? —preguntó al fin, cuando encontró palabras para hablar..
—No muy lejos de aquí —repuso Montse Fernández—. Pero no debes seguirme ni tratar de
buscarme, ¿sabes? Si lo haces te iría mal
—prosiguió la damita—, porque nunca más volvería a hacértelo, y encima serias
castigado.
—¿Por qué no jodemos como el semental y la potranca?
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—sugirió el joven, cuyo ardor, apenas apaciguado, comenzaba a manifestarse de
nuevo.
—Tal vez lo hagamos algún día, pero ahora, no. Llevo prisa porque estoy retrasada.
Tengo que irme enseguida.
—Déjame tentarte por debajo de tus vestidos. Dime, ¿cuándo vendrás de nuevo?
—Ahora no —dijo Montse Fernández, retirándose poco a poco—, pero nos encontraremos otra
vez.
Montse Fernández acariciaba la idea de darse gusto con el formidable objeto que escondía tras sus
calzones.
—Dime —preguntó ella—. ¿Alguna vez has. .. has jodido?
—No, pero deseo hacerlo. ¿No me crees? Está bien, entonces te diré que. .. si, lo he
hecho.
—¡Qué barbaridad! —comentó la jovencita
—A mi padre le gustaría también joderte —agregó sin titubear ni prestar atención a
su movimiento de retirada.
—¿Tu padre? ¡Qué terrible! ¿Y cómo lo sabes?
—Porque mi padre y yo jodemos a las muchachas juntos. Su instrumento es mayor
que el mío.
—Eso dices tú. Pero ¿será cierto que tu padre y tú hacéis estas horribles cosas juntos?
—Sí, claro está que cuando se nos presenta la oportunidad. Deberías verlo joder. ¡
Uyuy!
Y rió como un idiota.
—No pareces un muchacho muy despierto —dijo Montse Fernández.
—Mi padre no es tan listo como yo —replicó el jovenzuelo riendo más todavía, al
tiempo que mostraba otra vez la yerga semienhiesta—. Ahora ya sé cómo joderte, aunque
sólo lo haya hecho una vez. Deberías yerme joder.
Lo que Montse Fernández pudo ver fue el gran instrumento del muchacho, palpitante y erguido.
—¿Con quién lo hiciste, malvado muchacho?
—Con una jovencita de catorce años. Ambos la jodimos, mi padre y yo nos la
dividimos.
—¿Quién fue el primero? —inquirió Montse Fernández.
—Yo, y mi padre me sorprendió. Entonces él quiso hacerlo también y me hizo
sujetarla. Lo hubieras visto joder... ¡Uyuy!
Unos minutos después Montse Fernández había reanudado su camino, y llegó a su hogar sin
posteriores aventuras.
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Capitulo IX
CUANDO MONTSE FERNÁNDEZ RELATO EL RESULTADO DE su entrevista de aquella tarde
con el señor Delmont, unas ahogadas risitas de deleite escaparon de los labios de los otros
dos conspiradores. No habló, sin embargo, del rústico jovenzuelo con quien había
tropezado por el camino. De aquella parte de sus aventuras del día consideró del todo
innecesario informar al astuto padre Ambrosio o a su no menos sagaz pariente.
El complot estaba evidentemente a punto de tener éxito. La semilla tan discretamente
sembrada tenía que fructificar necesariamente, y cuando el padre Ambrosio pensaba en el
delicioso agasajo que algún día iba a darse en la persona de la hermosa Julia Delmont, se
alegraban por igual su espíritu y sus pasiones a****les, solazándose por anticipado con las
tiernas exquisiteces próximas a ser suyas, con el ostensible resultado de que se produjera
una gran distensión de su miembro y que su modo de proceder denunciara la profunda
excitación que se había apoderado de él.
Tampoco el señor Verbouc permanecía impasible. Sensual en grado extremo, se
prometía un estupendo agasajo con los encantos de la hija de su vecino, y el sólo
pensamiento de este convite producía los correspondientes efectos en su temperamento
nerviosa.
Empero, quedaban algunos detalles por solucionar. Estaba claro que el simple del
señor Delmont daría los pasos necesarios para averiguar lo que había de cierto en la
afirmación de Montse Fernández de que su tío estaba dispuesto a vender su virginidad.
El padre Ambrosio, cuyo conocimiento del hombre le había hecho concebir tal idea,
sabia perfectamente con quién estaba tratando. En efecto, ¿quién, en el sagrado sacramento
de la confesión, no ha revelado lo más intimo de su ser al pío varón que ha tenido el
privilegio de ser su confesor?
El padre Ambrosio era discreto; guardaba al pie de la letra el silencio que le ordenaba
su religión. Pero no tenía empacho en valerse de los hechos de los que tenía conocimiento
por este camino para sus propios fines, y cuáles eran ellos ya los sabe nuestro lector a estas
alturas.
El plan quedó, pues, ultimado. Cierto día, a convenir de común acuerdo, Montse Fernández
invitaría a Julia a pasar el día en casa de su tío, y se acordó asimismo que el señor Delmont
seria invitado a pasar a recogerla en dicha ocasión. Después de cierto lapso de inocente
coqueteo por parte de Montse Fernández, ateniéndose a lo que previamente se le habría explicado, ella
se retiraría, y bajo el pretexto de que había que tomar algunas precauciones para evitar un
posible escándalo, le seria presentada en una habitación idónea, acostada sobre un sofá, en
el que quedarían a merced suya sus encantos personales. si bien la cabeza permanecería
oculta tras una cortina cuidadosamente corrida. De esta manera el señor Delmont ansioso
de tener el tierno encuentro, podría arrebatar la codiciada joya que tanto apetecía de su
adorable víctima, mientras que ella, ignorante de quién pudiera ser el agresor, nunca podría
acusarlo posteriormente de violación, ni tampoco avergonzarse delante de él.
A Delmont tenía que explicársele todo esto, y se daba por seguro su consentimiento.
Una sola cosa tenía que ocultársele: el que su propia hija iba a sustituir a Montse Fernández. Esto no
debía saberlo hasta que fuera demasiado tarde.
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Mientras tanto Julia tendría que ser preparada gradualmente y en secreto sobre lo que
iba a ocurrir, sin mencionar, naturalmente, el final catastrófico y la persona que en realidad
consumaría el acto. En este aspecto, el padre Ambrosio se sentía en su elemento, y por
medio de preguntas bien encaminadas y de gran número de explicaciones en el
confesionario, en realidad innecesarias, había ya puesto a la muchacha en antecedentes de
cosas en las que nunca antes había soñado, todo lo cual Montse Fernández se habría apresurado a
explicar y confirmar.
Todos los detalles fueron acordados finalmente en una reunión con junta, y la
consideración del caso despertó por anticipado apetitos tan violentos en ambos hombres,
que se dispusieron a celebrar su buena suerte entregándose a la posesión de la linda y joven
Montse Fernández con una pasión nunca alcanzada hasta aquel entonces.
La damita, por su parte, tampoco estaba renuente a prestarse a las fantasías, y como
quiera que en aquellos momentos estaba tendida sobre el blando sofá con un endurecido
miembro en cada mano, sus emociones subieron de intensidad, y se mostraba ansiosa de
entregarse a los vigorosos brazos que sabía estaban a punto de reclamaría.
Como de costumbre, el padre Ambrosio fue el primero. La volteó boca abajo,
haciéndola que exhibiera sus rollizas nalgas lo más posible. Permaneció unos momentos
extasiado en la contemplación de la deliciosa prospectiva, y de la pequeña y delicada
rendija apenas visible debajo de ellas. Su arma, temible y bien aprovisionada de esencia, se
enderezó bravamente, amenazando las dos encantadoras entradas del amor.
El señor Verbouc, como en otras ocasiones, se aprestaba a ser testigo del
desproporcionado asalto, con el evidente objeto de desempeñar a continuación su papel
favorito.
El padre Ambrosio contempló con expresión lasciva los blancos y redondeados
promontorios que tenía enfrente. Las tendencias clericales de su educación lo invitaban a la
comisión de un acto de infidelidad a la diosa, pero sabedor de lo que esperaba de él su
amigo y patrono, se contuvo por el momento.
—Las dilaciones son peligrosas —dijo—. Mis testículos están repletos, la querida
niña debe recibir su contenido, y usted, amigo mío, tiene que deleitarse con la abundante
lubricación que puedo proporcionarle.
Esta vez, cuando menos, Ambrosio no había dicho sino la verdad. Su poderosa
arma, en cuya cima aparecía la chata y roja cabeza de amplias proporciones, y que daba la
impresión de un hermoso fruto en sazón, se erguía frente a su vientre, y sus inmensos
testículos, pesados y redondos, se veían sobrecargados del venenoso licor que se
aprestaban a descargar. Una espesa y opaca gota —un auant courrier del chorro que había
de seguir— asomó a la roma punta de su pene cuando, ardiendo en lujuria el sátiro se
aproximaba a su víctima.
Inclinando rápidamente su enorme dardo, Ambrosio llevó la gran nuez de su
extremidad junto a los labios da la tierna vulva de Montse Fernández, y comenzó a empujar hacia
adentro.
—¡Oh, qué dura! ¡Cuán grande es! —comentó Montse Fernández—. ¡Me hacéis daño! ¡Entra
demasiado aprisa! ¡Oh, detenéos!
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Igual hubiera sido que Montse Fernández implorara a los vientos. Una rápida sucesión de
sacudidas, unas cuantas pausas entre ellas, más esfuerzos, y Montse Fernández quedó empalada.
—¡Ah! —exclamó el violador, volviéndose con aire triunfal hacia su coadjutor, con
los ojos centelleantes y sus lujuriosos labios babeando de gusto—. ¡Ah, esto es
verdaderamente sabroso. Cuán estrecha es y, sin embargo, lo tiene todo adentro. Estoy en
su interior hasta los testículos!
El señor Verbouc practicó un detenido examen. Ambrosio estaba en lo cierto. Nada
de sus órganos genitales, aparte de sus grandes bolas, quedaba a la vista, y éstas estaban
apretadas contra las piernas de Montse Fernández.
Mientras tanto Montse Fernández sentía el calor del invasor en su vientre. Podía darse cuenta de
cómo el inmenso miembro que tenía adentro se descubría y se volvía a cubrir, y acometida
en el acto por un acceso de lujuria se vino profusamente, al tiempo que dejaba escapar un
grito desmayado.
El señor Verbouc estaba encantado.
—¡Empuja, empuja! —decía—. Ahora le da gusto. Dáselo todo... ¡Empuja!
Ambrosio no necesitaba mayores incentivos, y tomando a Montse Fernández por las caderas se
enterraba hasta lo más hondo a cada embestida. El goce llegó pronto; se hizo atrás hasta
retirar todo el pene, salvo la punta, para lanzarse luego a fondo y emitir un sordo gruñido
mientras arrojaba un verdadero diluvio de caliente fluido en el interior del delicado cuerpo
de Montse Fernández.
La muchacha sintió el cálido y cosquilléante chorro disparado a toda violencia en su
interior, y una vez más rindió su tributo. Los grandes chorros que a intervalos inundaban
sus órganos vitales, procedentes de las poderosas reservas del padre Ambrosio —cuyo
singular don al respecto expusimos ya anteriormente— le causaban a Montse Fernández las más
deliciosas sensaciones, y elevaban su placer al máximo durante las descargas.
Apenas se hubo retirado Ambrosio cuando se posesionó de su sobrina el señor
Verbouc, y comenzó un lento disfrute de sus más secretos encantos. Un lapso de veinte
minutos bien contados transcurrió desde el momento en que el lujurioso tío inició su goce,
hasta que dio completa satisfacción a su lascivia con una copiosa descarga, la que Montse Fernández
recibió con estremecimientos de deleite sólo capaces de ser imaginados por una mente
enferma.
—Me pregunto —dijo el señor Verbouc después de haber recobrado el aliento, y de
reanimarse con un buen trago de vino—, me pregunto por qué es que esta querida chiquilla
me inspira tan completo arrobo. En sus brazos me olvido de mí y del mundo entero.
Arrastrado por la embriaguez del momento me transporto hasta el límite del éxtasis.
La observación del tío —o reflexión, llámenle ustedes como gusten— iba en parte
dirigida al buen padre, y en parte era producto de elucubraciones espirituales interiores que
afloraban involuntariamente convertidas en palabras.
—Creo poder decírtelo —repuso Ambrosio sentenciosamente—. Sólo que tal vez no
quieras seguir mi razonamiento.
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—De todos modos puedes exponérmelo —replicó Verbouc—. Soy todo oídos, y me
interesa mucho saber cuál es la razón, según tú.
—Mí razón, o quizá debiera decir mis razones —observó el padre Ambrosio— te
resultarán evidentes cuando conozcas mi hipótesis.
Después, tomando un poco de rapé —lo cual era un hábito suyo cuando estaba
entregado a alguna reflexión importante— prosiguió:
—El placer sensual debe estar siempre en proporción a las circunstancias que se
supone lo producen. Y esto resulta paradójico, ya que cuando más nos adentramos en la
sensualidad y cuanto más voluptuosos se hacen nuestros gustos, mayor necesidad hay de
introducir variación en dichas circunstancias.
Hay que entender bien lo que quiero decir, y por ello trataré de explicarme más
claramente. ¿Por qué tiene que cometer un hombre una violación, cuando está rodeado de
mujeres deseosas de facilitarle el uso de su cuerpo? Simplemente porque no le satisface
estar de acuerdo con la parte opuesta en la satisfacción de sus apetitos.
Precisamente es en la [alta de Consentimiento donde encuentra el placer. No cabe
duda de que en ciertos momentos un hombre de mente cruel, que busca sólo su satisfacción
sensual y no encuentra una mujer que se preste a saciar sus apetitos, viola a una mujer o
una niña, sin mayor motivo que la inmediata satisfacción de los deseos que lo enloquecen;
pero escudriña en los anales de tales delitos, y encontrarás que la mayor parte de ellos son
el resultado de designios deliberados, planeados y ejecutados en circunstancias que
implican el acceso legal y fácil de medios de satisfacción. La oposición al goce proyectado
sirve para abrir el apetito sexual, y añadir al acto características de delito, o de violencia
que agregan un deleite que de otro modo no existiría. Es malo, está prohibido, luego vale la
pena perseguirlo; se convierte en una verdadera obsesión poder alcanzarlo.
—¿Por qué, también —siguió diciendo— un hombre de constitución vigorosa y
capaz de proporcionar satisfacción a una mujer adulta prefiere una criatura de apenas
catorce años? Contestó: porque el deleite lo encuentra en lo anormal de la situación, que
proporciona placer a su imaginación, y constituye una exacta adaptación a las
circunstancias de que hablaba. En efecto, lo que trabaja es, desde luego, la imaginación. La
ley de los contrastes opera lo mismo en este caso como en todos los demás.
La simple diferencia de sexos no le basta al sibarita; le es necesario añadir otros
contrastes especiales para perfeccionar la idea que ha concebido. Las variantes son
infinitas, pero todas están regidas por la misma norma; los hombres altos prefieren las
mujeres pequeñas; los bien parecidos, las mujeres feas; los fuertes seleccionan a las
mujeres tiernas y endebles, y éstas, a la inversa, anhelan compañeros robustos y vigorosos.
Los dardos de Cupido llevan la incompatibilidad en sus puntas, y su plumaje es el de las
más increíbles incongruencias.
Nadie, salvo los a****les inferiores, los verdaderos brutos, se entregan a la cópula
indiscriminada con el sexo opuesto, e incluso éstos manifiestan a veces preferencias y
deseos tan irregulares como los de los hombres. ¿Quién no ha visto el comportamiento
fuera de lo común de una pareja de perros callejeros, o no se ha reído de los apuros de la
vieja vaca que, llevada al mercado con su rebaño, desahoga sus instintos sexuales
montándose sobre el lomo de su vecina más próxima?
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—De esta manera contesto a tus preguntas —terminó diciendo— y explico tus
preferencias por tu sobrina, tu dulce pero prohibida compañera de juegos, cuyas deliciosas
piernas estoy acariciando en estos momentos.
Cuando el padre Ambrosio hubo concluido su disertación, dirigió una fugaz mirada a
la linda muchacha, cosa que bastó para hacer que su gran arma adquiriera sus mayores
dimensiones.
—Ven, mi fruto prohibido —dijo él—. Déjame que te joda; déjame disfrutar de tu
persona a plena satisfacción. Ese es mi mayor placer, mi éxtasis, mi delirante disfrute. Te
inundaré de semen, te poseeré a pesar de los dictados de la sociedad. Eres mía ¡ven!
Montse Fernández echó una mirada al enrojecido y rígido miembro de su confesor, y pudo
observar la mirada de él fija en su cuerpo juvenil. Sabedora de sus intenciones, se dispuso a
darles satisfacción.
Como ya su majestuoso pene había entrado con frecuencia en su cuerpo en toda su
extensión, el dolor de la distensión había ya cedido su lugar al placer, y su juvenil y
elástica carne se abrió para recibir aquella gigantesca columna con dificultad apenas
limitada a tener que efectuar la introducción cautelosamente.
El buen hombre se detuvo por unos momentos a contemplar el buen prospecto que
tenía ante sí; luego, adelantándose, separó los rojos labios de la vulva de Montse Fernández, y metió
entre ellos la lisa bellota que coronaba su gran arma. Montse Fernández la recibió con un
estremecimiento de emoción.
Ambrosio siguió penetrando hasta que, tras de unas cuantas embestidas furiosas,
hundió toda la longitud del miembro en el estrecho cuerpo juvenil que lo recibió hasta los
testículos.
Siguieron una serie de embestidas, de vigorosas contorsiones de parte de uno, y de
sollozos espasmódicos y gritos ahogados de la otra. Si el placer del hombre pío era intenso,
el de su joven compañera de juego era por igual inefable, y el duro miembro estaba ya bien
lubricado como consecuencia de las anteriores descargas. Dejando escapar un quejido de
intensa emoción logró una vez más la satisfacción de su apetito, y Montse Fernández sintió los chorros
de semen abrasándole violentamente las entrañas.
—¡Ah, cómo me habéis inundado los dos! —dijo Montse Fernández. Y mientras hablaba podía
observarse un abundante escurrimiento que, procedente de la conjunción de los muslos,
corría por sus piernas basta llegar al suelo.
Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar a la observación, llegó a la
tranquila alcoba un griterío procedente del exterior. que acabó por atraer la atención de
todos los presentes, no obstante que cada vez se debilitaba mas.
Llegando a este momento debo poner a mis lectores en antecedentes de una o dos
cosas que hasta ahora, dadas mis dificultades de desplazamiento, no consideré del caso
mencionar. El hecho es que las pulgas, aunque miembros ágiles de la sociedad, no pueden
llegar a todas partes de inmediato, aunque pueden superar esta desventaja con el despliegue
de una rara agilidad, no común en otros insectos.
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Debería haber explicado, como cualquier novelista, aunque tal vez con más
veracidad, que la tía de Montse Fernández, la señora Verbouc, que ya presenté a mis lectores
someramente en el capítulo inicial de mi historia, ocupaba una habitación en una de las
alas de la casa, donde, al igual que la señora Delmont, pasaba la mayor parte del tiempo
entregada a quehaceres devotos, y totalmente despreocupada de los asuntos mundanos, ya
que acostumbraba dejar en manos de su sobrina el manejo de los asuntos domésticos de la
casa.
El señor Verbouc había ya alcanzado el estado de indiferencia ante los requiebros de
su cara mitad, y rara vez visitaba su alcoba, o perturbaba su descanso con objeto de
ejercitar sus derechos maritales.
La señora Verbouc, sin embargo, era todavía joven —treinta y dos primaveras habían
transcurrido sobre su devota y piadosa cabeza— era hermosa, y había aportado a su esposo
una considerable fortuna.
No obstante sus píos sentimientos, la señora Verbouc apetecía a veces el consuelo
más terrenal de los brazos de su esposo. y saboreaba con verdadero deleite el ejercicio de
sus derechos en las ocasionales visitas que él hacía a su recámara.
En esta ocasión la señora Verbouc se había retirado a la temprana hora en que
acostumbraba hacerlo, y la presente disgresión se hace indispensable para poder explicar lo
que sigue. Dejemos a esta amable señora entregada a los deberes de la toilette, que ni
siquiera una pulga osa profanar, y hablemos de otro y no menos importante personaje,
cuyo comportamiento será también necesario que analicemos.
Sucedió, pues, que el padre David Brown, cuyas proezas en el campo de la diosa del
amor hemos ya tenido ocasión de relatar, estaba resentido por la retirada de la joven Montse Fernández
de la Sociedad de la Sacristía, y sabiendo bien quién era ella y dónde podía encontrarla,
rondó durante varios días la residencia del señor Verbouc, a fin de recobrar la posesión de
la deliciosa prenda que el marrullero padre Ambrosio les había escamoteado a sus
confreres
Le ayudó en la empresa el Superior, que lamentaba asimismo amargamente la
pérdida sufrida, aunque no sospechaba el papel que en la misma había desempeñado el
padre Ambrosio.
Aquella tarde el padre David Brown se había apostado en las proximidades de la casa, y.
en busca de una oportunidad, se aproximó a una ventana para atisbar al través de ella,
seguro de que era la que daba a la habitación de Montse Fernández.
¡Cuán vanos son, empero, los cálculos humanos! Cuando el desdichado David Brown, a
quien le habían sido arrebatados sus placeres, estaba observando la habitación sin perder
detalle, el objeto de sus cuitas estaba entregado en otra habitación a la satisfacción de su
lujuria, en brazos de sus rivales.
Mientras, la noche avanzaba, y observando David Brown que todo estaba tranquilo, logró
empinarse hasta alcanzar el nivel de la ventana. Una débil luz iluminaba la habitación en la
que el ansioso cure pudo descubrir una dama entregada al pleno disfrute de un sueño
profundo.
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Sin dudar que sería capaz de ganarse una vez más los favores de Montse Fernández con sólo poder
hacer que escuchara sus palabras, y recordando la felicidad que representó el haber
disfrutado de sus encantos, el audaz pícaro abrió furtivamente la ventana y se adentró en el
dormitorio. Bien envuelto en el holgado hábito monacal, y escondiendo su faz bajo la
cogulla, se deslizó dentro de la cama mientras su gigantesco miembro. ya despierto al
placer que se le prometía, se erguía contra su hirsuto vientre.
La señora Verbouc, despertada de un sueño placentero, y sin siquiera poder
sospechar que fuera otro y no su fiel esposo quien la abrazara tan cálidamente, se volvió
con amor hacia el intruso, y. nada renuente, abrió por propia voluntad sus muslos para
facilitar el ataque.
David Brown, por su parte, seguro de que era la joven Montse Fernández a quien tenía entre sus
brazos, con mayor motivo dado que no oponía resistencia a sus caricias, apresuró los
preliminares, trepando con la mayor celeridad sobre las piernas de la señora para llevar su
enorme pene a los labios de una vulva bien humedecida. Plenamente sabedor de las
dificultades que esperaba encontrar en una muchacha tan joven, empujó con fuerza hacia el
interior.
Hubo un movimiento: dio otro empujón hacia abajo, se oyó un quejido de la dama, y
lentamente, pero de modo seguro, la gigantesca masa de carne endurecida se fue sumiendo,
hasta que quedó completamente enterrada. Entonces, mientras, entraba, la señora Verbouc
advirtió por vez primera la extraordinaria diferencia: aquel pene era por lo menos de doble
tamaño que el de su esposo. A la duda siguió la certeza. En la penumbra alzó la cabeza, y
pudo ver encima de ella el excitado rostro del feroz padre David Brown.
Instantáneamente se produjo una lucha, un violento alboroto, y una yana tentativa por
parte de la dama para librarse del fuerte abrazo con que la sujetaba su asaltante.
Pero pasara lo que pasara. David Brown estaba en completa posesión y goce de su
persona. No hizo pausa alguna: por el contrario, sordo a los gritos, hundió el miembro en
toda su longitud, y se dio gran prisa en consumar su horrible victoria. Ciego de ira y de
lujuria no advirtió siquiera la apertura de la puerta de la habitación, ni la lluvia de golpes
que caía sobre sus posaderas, hasta que, con los dientes apretados y el sordo bramido de un
toro, le llegó la crisis, y arrojó un torrente de semen en la renuente matriz de su víctima.
Sólo entonces despertó a la realidad y, temeroso de las consecuencias de su ultraje, se
levantó a toda prisa, escondió su húmeda arma, y se deslizó fuera de la cama por el lado
opuesto a aquel en que se encontraba su asaltante.
Esquivando lo mejor que pudo los golpes del señor Verbouc, y manteniendo los
vuelos de su sayo por encima de la cabeza, a fin de evitar ser reconocido, corrió hacia la
ventana por la cual había entrado, para dar desde ella un gran brinco. Al fin consiguió
desaparecer rápidamente en la oscuridad, seguido por las imprecaciones del enfurecido
marido.
Ya antes habíamos dicho que la señora Verbouc estaba inválida, o por lo menos así lo
creía ella, y ya podrá imaginar el lector el efecto que sobre una persona de nervios
desquiciados y de maneras recatadas había de causar el ultraje inferido. Las enormes
proporciones del hombre, su fuerza y su furia casi la habían matado, y yacía inconsciente
sobre el lecho que fue mudo testigo de su violación.
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El señor Verbouc no estaba dotado por la naturaleza con asombrosos atributos de
valor personal, y cuando vio que el asaltante de su esposa se alzaba satisfecho de su
proeza, lo dejó escapar pacíficamente.
Mientras, el padre Ambrosio y Montse Fernández, que siguieron al marido ultrajado desde una
prudente distancia, presenciaron desde la puerta entreabierta el desenlace de la extraña
escena,
Tan pronto como el violador se levantó tanto Montse Fernández como Ambrosio lo reconocieron.
La primera desde luego tenía buenas razones, que ya le constan al lector, para recordar el
enorme miembro oscilante que le colgaba entre las piernas.
Mutuamente interesados en guardar el secreto, fue bastante el intercambio de una
mirada para indicar la necesidad de mantener la reserva, y se retiraron del aposento antes
de que cualquier movimiento de parte de la ultrajada pudiera denunciar su proximidad.
Tuvieron que transcurrir varios días antes de que la pobre señora Verbouc se
recuperara y pudiera abandonar la cama. El choque nervioso había sido espantoso, y sólo la
conciliatoria actitud de su esposo pudo hacerle levantar cabeza.
El señor Verbouc tenía sus propios motivos para dejar que el asunto se olvidara, y no
se detuvo en miramientos para aligerarse del peso del mismo.
Al día siguiente de la catástrofe que acabo de relatar, el señor Verbouc recibió la
visita de su querido amigo y vecino, el señor Delmont, y después de haber permanecido
encerrado con él durante una hora, se separaron con amplias sonrisas en los labios y los
más extravagantes cumplidos.
Uno había vendido a su sobrina, y el otro creyó haber comprado esa preciosa joya
llamada doncellez.
Cuando por la noche el tío de Montse Fernández anunció que la venta había sido convenida, y que
el asunto estaba arreglado, reinó gran regocijo entre los confabulados.
El padre Ambrosio tomó inmediatamente posesión de la supuesta doncellez, e
introduciendo en el interior de la muchacha toda la longitud de su miembro, procedió,
según sus propias palabras, a mantener el calor en aquel hogar. El señor Verbouc, que
como de costumbre se reservó para entrar en acción después de que hubiere terminado su
confrere. atacó en seguida la misma húmeda fortaleza, como la nombraba él jocosamente,
simplemente para aceitarle el paso a su amigo.
Después se ultimó hasta el postrer detalle, y la reunión se levantó, confiados todos en
el éxito de su estratagema.
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Capitulo X
DESDE SU ENCUENTRO CON EL RÚSTICO MOZUELO cuya simpleza tanto le
había interesado, en la rústica vereda que la conducía a su casa, Montse Fernández no dejó de pensar en
los términos en los que aquél se había expresado, y en la extraña confesión que el
jovenzuelo le había hecho sobre la complicidad de su padre en sus actos sexuales.
Estaba claro que su amante era tan simple que se acercaba a la idiotez, y, a juzgar por
su observación de que “mi padre no es tan listo como yo” suponía que el defecto era
congénito. Y lo que ella se preguntaba era si el padre de aquel simplón poseía —tal como
lo declaró el muchacho— un miembro de proporciones todavía mayores que las del hijo.
Dado su hábito de pensar casi siempre en voz alta, yo sabía a la perfección que a
Montse Fernández no le importaba la opinión de su tío, ni le temía ya al padre Ambrosio. Sin duda
alguna estaba resuelta a seguir su propio camino, pasare lo que pasare, y por lo tanto no me
admiré lo más mínimo cuando al día siguiente, aproximadamente a la misma hora, la vi
encaminarse hacia la pradera.
En un campo muy próximo al punto en que observó el encuentro sexual entre el
caballo y la yegua, Montse Fernández descubrió al mozo entregado a una sencilla labor agrícola. Junto a
él se encontraba una persona alta y notablemente morena, de unos cuarenta y cinco años.
Casi al mismo tiempo que ella divisó a los individuos, el jovenzuelo la advirtió a ella,
y corrió a su encuentro, después de que, al parecer, le dijera una palabra de explicación a
su compañero, mostrando su alegría con una amplia sonrisa de satisfacción.
—Este es mi padre —dijo, señalando al que se encontraba a sus espaldas—, ven y
pélasela.
—¡Qué desvergüenza es esta, picaruelo! —repuso Montse Fernández más inclinada a reírse que a
enojarse—. ¿Cómo te atreves a usar ese lenguaje?
—¿A qué viniste? —preguntó el muchacho—. ¿No fue para joder?
En ese momento habían llegado al punto donde se encontraba el hombre, el cual
clavó su azadón en el suelo, y le sonrió a la muchacha en forma muy parecida a como lo
hacía el chico.
Era fuerte y bien formado, y. a juzgar por las apariencias, Montse Fernández pudo comprobar que
si poseía los atributos de que su hijo le habló en su primera entrevista.
—Mira a mi padre, ¿no es como te dije? —observó el jovenzuelo—. ¡Deberías verlo
joder!
No cabía disimulo. Se entendían entre ellos a la perfección, y sus sonrisas eran más
amplias que nunca. El hombre pareció aceptar las palabras del hijo como un cumplido, y
posó su mirada sobre la delicada jovencita. Probablemente nunca se había tropezado con
una de su clase, y resultaba imposible no advertir en sus ojos una sensualidad que se
reflejaba en el brillo de sus ojazos negros.
Montse Fernández comenzó a pensar que hubiera sido mejor no haber ido nunca a aquel lugar.
—Me gustaría enseñarte la macana que tiene mi padre
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—dijo el jovenzuelo, y, dicho y hecho, comenzó a desabrochar los pantalones de su
respetable progenitor.
Montse Fernández se cubrió los ojos e hizo ademán de marcharse. En el acto el hijo le interceptó
el paso, cortándole el acceso al camino.
—Me gustaría joderte —exclamó el padre con voz ronca—. A Tim también le
gustaría joderte, de manera que no debes irte. Quédate y serás jodida.
Montse Fernández estaba realmente asustada.
—No puedo -dijo—. De veras, debéis dejarme marchar. No podéis sujetarme así. No
me arrastréis. ¡Soltadme! ¿A dónde me lleváis?
Había una casita en un rincón del campo, y se encontraban ya a las puertas de la
misma. Un segundo después la pareja la había empujado hacia dentro, cerrando la puerta
detrás de ellos, y asegurándola luego con una gran tranca de madera.
Montse Fernández echó una mirada en derredor, y pudo ver que el lugar estaba limpio y lleno de
pacas de heno. También pudo darse cuenta de que era inútil resistir. Sería mejor estarse
quieta, y tal vez a fin de cuentas la pareja aquella no le haría daño. Advirtió, empero, las
protuberancias en las partes delanteras de los pantalones de ambos, y no tuvo la menor
duda de que sus ideas andaban de acuerdo con aquella excitación.
—Quiero que veas la yerga de mi padre ¡y también tienes que ver sus bolas!
Y siguió desabrochando los botones de la bragueta de su progenitor. Asomó el faldón
de la camisa, con algo debajo que abultaba de manera singular.
~¡Oh!, estate ya quieto, padre —susurró el hijo—. Déjale ver a la señorita tu macana.
Dicho esto alzó la camisa, y exhibió a la vista de Montse Fernández un miembro tremendamente
erecto, con una cabeza ancha como una ciruela, muy roja y gruesa, pero no de tamaño muy
fuera de lo común. Se encorvaba considerablemente hacia arriba, y la cabeza, dividida en
su mitad por la tirantez del frenillo, se inclinaba mucho más hacia su velludo vientre. El
arma era sumamente gruesa, bastante aplastada y tremendamente hinchada.
La joven sintió el hormigueo de la sangre a la vista de aquel miembro. La nuez era
tan grande como un huevo, regordeta, de color púrpura, y despedía un fuerte olor. El
muchacho hizo que se acercara, y que con su blanca manecita lo apretara.
—¿No le dije que era mayor que el mío? -siguió diciendo el jovenzuelo—. Véalo, el
mío ni siquiera se aproxima en tamaño al de mi padre.
Montse Fernández se volvió. El muchacho había abierto sus pantalones para dejar totalmente a la
vista su formidable pene. Estaba en lo cierto: no podía compararse en tamaño con el del
padre.
El mayor de los dos agarró a Montse Fernández por la cintura. También Tim intentó hacerlo, así
como meter sus manos por debajo de sus ropas. Entrambos la zarandearon de un lado a
otro, hasta que un repentino empujón la hizo caer sobre el heno. Su falda no tardó en volar
hacia arriba.
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El vestido de Montse Fernández era ligero y amplio, y la muchacha no llevaba calzones. Tan
pronto vio la pareja de hombres sus bien torneadas y blancas piernas, que dando un
resoplido se arrojaron ambos a un tiempo sobre ella. Siguió una lucha en la que el padre,
de más peso y más fuerte que el muchacho, llevó la ventaja. Sus calzones estaban caídos
hasta los talones y su grande y grueso carajo llegaba muy cerca del ombligo de Montse Fernández. Esta
se abrió de piernas, ansiosa de probarlo.
Pasó su mano por debajo y lo encontró caliente como la lumbre, y tan duro como una
barra de hierro. El hombre, que malinterpretó sus propósitos, apartó con rudeza su mano, y
sin ayuda colocó la punta de su pene sobre los rojos labios del sexo de Montse Fernández. Esta abrió lo
más que pudo sus juveniles miembros, y el campesino consiguió con varias estocadas
alojarlo hasta la mitad.
Llegado este momento se vio abrumado por la excitación y dejó escapar un terrible
torrente de fluido sumamente espeso. Descargó con violencia y, al tiempo de hacerlo, se
introdujo dentro de ella hasta que la gran cabeza dio contra su matriz, en el interior de la
cual virtió parte de su semen.
Me estás matando! —gritó la muchacha, medio sofocada—. ¿Qué es esto que
derramas en mi interior?
—Es la leche, eso es lo que es —observó Tim, que se había agachado para deleitarse
con la contemplación del espectáculo—. ¿No te dije que era bueno para joder?
Montse Fernández pensó que el hombre la soltaría, y que le permitiría levantarse, pero estaba
equivocada. El largo miembro, que en aquellos momentos se insertaba hasta lo más hondo
de su ser, engrosaba y se envaraba mucho más que antes.
El campesino empezó a moverse hacia adelante y hacía atrás, empujando sin piedad
en las partes íntimas de Montse Fernández a cada nueva embestida. Su gozo parecía ser infinito. La
descarga anterior hacía que el miembro se deslizara sin dificultades en los movimientos de
avance y retroceso, y que con la brusquedad de los mismos alcanzara las regiones más
blandas.
Poco a poco Montse Fernández llegó a un grado extremo de excitación. Se entreabrió su boca,
pasó sus piernas sobre las espaldas de el y se asió a las mismas convulsivamente. De esta
manera pudo favorecer cualquier movimiento suyo, y se deleitaba al sentir las fieras
sacudidas con que el sensual sujeto hundía su ardiente arma en sus entrañas.
Por espacio de un cuarto de hora se libró una batalla entre ambos. Montse Fernández se había
venido con frecuencia, y estaba a punto de hacerlo de nuevo, cuando una furiosa cascada
de semen surgió del miembro del hombre e inundó sus entrañas.
El individuo se levantó después, y retirando su carajo, que todavía exudaba las
últimas gotas de su abundante eyaculación, se quedó contemplando pensativamente el
jadeante cuerpo que acababa de abandonar.
Su miembro todavía se alzaba amenazador frente a ella, vaporizante aún por efecto
del calor de la vaina. Tim, con verdadera devoción filial, procedió a secarlo y a devolverlo,
hinchado todavía por la excitación a que estuvo sometido, a la bragueta del pantalón de su
padre.
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Hecho esto el joven comenzó a ver con ojos de carnero a Montse Fernández, que seguía acostada
en el heno, recuperándose poco a poco. Sin encontrar resistencia, se fue sobre ella y
comenzó a hurgar con sus dedos en las partes intimas de la muchacha.
Esta vez fue el padre quien acudió en su auxilio. Tomó en su mano el arma del hijo y
comenzó a pelarla, con movimientos de avance y retroceso, hasta que adquirió rigidez. Era
una formidable masa de carne que se bamboleaba frente al rostro de Montse Fernández.
—¡Que los cielos me amparen! Espero que no vayas a introducir eso dentro de mí —
murmuró Montse Fernández.
—Claro que si —contestó el muchacho con una de sus estúpidas sonrisas. Papá me la
frota y me da gusto, y ahora voy a joderte a ti.
El padre conducía en aquellos momentos el taladro hacia los muslos de la muchacha.
Su vulva, todavía inundada con las eyaculaciones que el campesino había vertido en su
interior, recibió rápidamente la roja cabeza. Tim empujó, y doblándose sobre ella introdujo
el aparato hasta que sus pelos rozaron la piel de Montse Fernández.
—¡Oh, es terriblemente larga! —gritó ella—. Lo tienes demasiado grande,
muchachito tonto. No seas tan violento. ¡Oh, me matas! ¡Cómo empujas! ¡No puedes ir
más adentro ya!
¡Con suavidad, por favor! Está totalmente dentro. Lo siento en la cintura. ¡Oh, Tim!
¡Muchacho horrible!
—Dáselo —murmuró el padre, al mismo tiempo que le cosquilleaba los testículos y
las piernas—. Tiene que caberle entero, Tim. ¿No es una belleza? ¡Qué coñito tan apretado
tiene! ¿no es así muchachito?
—¡Uf! No hables, padre, así no puedo joder.
Durante unos minutos se hizo el silencio. No se oía mas ruido que el que hacían los
dos cuerpos en la lucha entablada sobre el heno. Al cabo, el muchacho se detuvo. Su cara
jo, aunque duro como el hierro, y firme como la cera, no había expelido una sola gota, al
parecer. Lo extrajo completamente enhiesto, vaporoso y reluciente por la humedad.
—No puedo venirme —dijo, apesadumbrado.
—Es la masturbación —explicó el padre.
—Se la hago tan a menudo que ahora la extraña.
Montse Fernández yacía jadeante y en completa exhibición.
Entonces el hombre llevó su mano a la yerga de Tim, y comenzó a frotarla
vigorosamente hacia atrás y hacia adelante. La muchacha esperaba a cada momento que se
viniera sobre su cara.
Después de un rato de esta sobreexcitación del hijo, el padre llevó de repente la
ardiente cabeza de la yerga a la vulva de Montse Fernández, y cuando la introducía un verdadero diluvio
de esperma salió de ella, para anegar el interior de la muchacha. Tim empezó a retorcerse y
a luchar, y terminó por mordería en el brazo.
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Cuando hubo terminado por completo esta descarga, y el enorme miembro del
muchacho dejó de estremerse, el jovenzuelo lo retiró lentamente del cuerpo de Montse Fernández, y ésta
pudo levantarse.
Sin embargo, ellos no tenían intención de dejarla marchar, ya que, después de abrir la
puerta, el muchacho miró cautelosamente en torno, y luego, volviendo a colocar la tranca,
se volvió hacia Montse Fernández para decirle:
—Fue divertido, ¿no? —observó—, le dije que mi padre era bueno para esto.
—Si, me lo dijiste, pero ahora tienes que dejarme marchar. Anda, sé bueno.
Una mueca a modo de sonrisa fue su única respuesta.
Montse Fernández miró hacia el hombre y quedó aterrorizada al verlo completamente desnudo,
desprovisto de toda prenda de vestir, excepción hecha de su camisa y sus zapatos, y en un
estado de erección que hacía temer otro asalto contra sus encantos, todavía más terrible que
los anteriores.
Su miembro estaba literalmente lívido por efecto de la tensión, y se erguía hasta tocar
su velludo vientre. La cabeza había engrosado enormemente por efecto de la irritación
previa, y de su punta pendía una gota reluciente.
~¿Me dejarás que te joda de nuevo? —preguntó el hombre, al tiempo que agarraba a
la damita por la cintura y llevaba la mano de ella a su instrumento.
—Haré lo posible —murmuró Montse Fernández.
Y viendo que no podía contar con ayuda alguna, sugirió que él se sentara sobre el
heno para montarse ella a caballo sobre sus rodillas y tratar de insertarse la masa de carne
pardusca.
Tras de algunas arremetidas y retrocesos entró el miembro, y comenzó una segunda
batalla no menos violenta que la primera. Transcurrió un cuarto de hora completo. Al
parecer, era el de mayor edad el que ahora no podía lograr la eyaculación.
¡Cuán fastidiosos son!, pensó Montse Fernández.
—Frótamelo, querida —dijo el hombre, extrayendo su miembro del interior del
cuerpo de ella, todavía más duro que antes.
Montse Fernández lo agarró con sus manecitas y lo frotó hacia arriba y hacia abajo. Tras un rato
de esta clase de excitación, se detuvo al observar que el enorme pomo exudaba un chorrito
de semen. Apenas lo había encajado de nuevo en su interior, cuando un torrente de leche
irrumpió en su seno.
Alzándose y dejándose caer sobre él alternativamente, Montse Fernández bombeó hasta que él
hubo terminado por completo, después de lo cual la dejaron irse.
Al fin llegó el día; despuntó la mañana fatídica en la que la hermosa Julia Delmont
había de perder el codiciado tesoro que con tanta avidez se solicita por una parte, y tan
irreflexivamente se pierde por otra.
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Era todavía temprano cuando Montse Fernández oyó sus pasos en las escaleras, y no bien
estuvieron juntas cuando un millar de agradables temas de charla dieron pábulo a tina
conversación animada, hasta que Julia advirtió que habla algo que Montse Fernández se reservaba. En
efecto, su hablar animoso no era sino una mas-cara quc escondía algo que se mostraba
renuente a confiar a su compañera.
—Adivino que tienes algo qué decirme, Montse Fernández; algo que todavía no me dices, aunque
deseas hacerlo. ¿De qué se trata. Montse Fernández?
—¿No lo adivinas? —preguntó ésta, con una maliciosa sonrisa que jugueteaba
alrededor de los hoyuelos que se formaban junto a las comisuras de sus rojos labios.
—¿Será algo relacionado con el padre Ambrosio? —preguntó Julia—. ¡Oh, me siento
tan terriblemente culpable y apenada cuando le veo ahora, no obstante que él me dijo que
no había malicia en lo que hizo!
—No la había, de eso puedes estar segura. Pero, ¿qué fue lo que hizo?
—¡Oh, si te contara! Me dijo unas cosas.., y luego pasó su brazo en torno a mi cintura
y me besó hasta casi quitarme el aliento.
—¿Y luego? —preguntó Montse Fernández.
—¡Qué quieres que te diga, querida! Dijo e hizo mil cosas, ¡hasta llequé a pensar que
iba a perder la razón!
—Dime algunas de ellas, cuando menos.
—Bueno, pues después de haberme besado tan fuertemente, metió sus manos por
debajo de mis ropas y jugueteó con mis pies y con mis medias.., y luego deslizó su mano
más arriba.., hasta que creí que me iba a desvanecer.
— ¡Ah, picaruela! Estoy segura que en todo momento te gustaron sus caricias.
—Claro que si. ¿Cómo podría ser de otro modo? Me hizo sentir lo que nunca antes
había sentido en toda mi vida.
—Vamos, Julia, eso no fue todo. No se detuvo ahí, tú lo sabes.
—¡Oh, no, claro que no! Pero no puedo hablarte de lo que hizo después.
—¡Déjate de niñerías! —exclamó Montse Fernández, simulando estar m*****a por la reticencia de
su amiga—. ¿Por qué no me lo confiesas todo?
—Supongo que no tiene remedio, pero parecía tan escandaloso, y era todo tan nuevo
para mí, y sin embargo tan sin malicia... Después de haberme hecho sentir que moría por
efecto de un delicioso estremecimiento provocado con sus dedos, de repente tomó mi mano
con la suya y la posó sobre algo que tenía él, y que parecía como el brazo de un niño. Me
invitó a agarrarlo estrechamente. Hice lo que me indicaba, y luego miré hacía abajo y vi
una cosa roja, de piel completamente blanca y con venas azules, con una curiosa punta
redonda color púrpura, parecida a una ciruela. Después me di cuenta de que aquella cosa
salía entre sus piernas, y que estaba cubierta en su base por una gran mata de pelo negro y
rizado.
Julia dudó un instante.
—Sigue —le dijo Montse Fernández, alentándola.
—Pues bien; mantuvo mi mano sobre ella e hizo que la frotara una y otra vez. ¡Era
tan larga, estaba tan rígida y tan caliente!
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No cabía dudarlo, sometida como estaba a la excitación por parte de aquella pequeña
beldad.
—Después tomó mi otra mano y las puso ambas sobre aquel objeto peludo. Me
espanté al ver el brillo que adquirían sus ojos, y que su respiración se aceleraba, pero él me
tranquilizó. Me llamó querida niña, y, levantándose, me pidió que acariciara aquella cosa
dura con mis senos. Me la mostró muy cerca de mi cara.
—¿Fue todo? -preguntó Montse Fernández, en tono persuasivo.
—No, no. Desde luego, no fue todo; ¡pero siento tanta vergüenza...! ¿Debo
continuar? ¿Será correcto que divulgue estas cosas? Bien. Después de haber cobijado aquel
monstruo en mí seno por algún tiempo, durante el cual latía y me presionaba ardiente y
deliciosamente, me pidió que lo besara.
Lo complací en el acto. Cuando puse mis labios sobre él, sentí que exhalaba un
aroma sensual. A petición suya seguí besándolo. Me pidió que abriera mis labios y que
frotara la punta de aquella cosa entre ellos. Enseguida percibí una humedad en mi lengua y
unos instantes después un espeso chorro de cálido fluido se derramó sobre mi boca y bañó
luego mi cara y mis manos.
Todavía estaba jugando con aquella cosa, cuando el ruido de una puerta que se abría
en el otro extremo de la iglesia obligó al buen padre a esconder lo que me había confiado,
porque —dijo— la gente vulgar no debe saber lo que tú sabes, ni hacer lo que yo te he
permitido hacer”.
Sus modales eran tan gentiles y corteses, que me hicieron sentir que yo era
completamente distinta a todas las demás muchachas. Pero dime querida Montse Fernández, ¿cuáles
eran las misteriosas noticias que querías comunicarme? Me muero por saberlas.
—Primero quiero saber si el buen padre Ambrosio te habló o no de los goces... o
placeres que proporciona el objeto con el que estuviste jugueteando, y si te explicó alguna
de las maneras por medio de las cuales tales deleites pueden alcanzarse sin pecar.
—Claro que sí. Me dijo que en determinados casos el entregarse a ellos constituía un
mérito.
—Supongo que después de casarse, por ejemplo.
—No dijo nada al respecto, salvo que a veces el matrimonio trae consigo muchas
calamidades, y que en ocasiones es hasta conveniente la ruptura de la promesa
matrimonial.
Montse Fernández sonrió. Recordó haber oído algo del mismo tenor de los sensuales labios del
cura.
—Entonces, ¿en qué circunstancias, según él, estarían permitidos estos goces?
—Sólo cuando la razón se encuentra frente a justos motivos, aparte de los de
complacencia, y esto sólo sucede cuando alguna jovencita, seleccionada por los demás por
sus cualidades anímicas, es dedicada a dar alivio a los servidores de la religión.
—Ya veo —comenté Montse Fernández—. Sigue.
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—Entonces me hizo ver lo buena que era yo, y lo muy meritorio que sería para mí el
ejercicio del privilegio que me concedía, y que me entregara al alivio de sus sentidos y de
los de aquellos otros a quienes sus votos les prohibían casarse, o la satisfacción por otros
medios de las necesidades que la naturaleza ha dado a todo ser viviente. Pero Montse Fernández, tú
tienes algo qué decirme, estoy segura de ello.
—Está bien, puesto que debo decirlo, lo diré; supongo que no hay más remedio.
Debes saber, entonces, que el buen padre Ambrosio decidió que lo mejor para ti sería que
te iniciaras luego, y ha tomado medidas para que ello ocurra hoy.
—¡No me digas! ¡Ay de mí! ¡Me dará tanta vergüenza! ¡Soy tan terriblemente
tímida!
~¡Oh, no, querida! Se ha pensado en todo ello. Sólo un hombre tan piadoso y
considerado como nuestro querido confesor hubiera podido disponerlo todo en la forma
como la ha hecho. Ha arreglado las cosas de modo que el buen padre podrá disfrutar de
todas las bellezas que tu encantadora persona puede ofrecerle sin que tú lo veas a él, ni él
te vea a ti.
~¿Cómo? ¿Será en la oscuridad, entonces?
—De ninguna manera; eso impediría darle satisfacción al sentido de la vista, y
perderse el gran gusto de contemplar los deliciosos encantos en cuya posesión tiene puesta
su ilusión el querido padre Ambrosio.
—Tus lisonjas me hacen sonrojarme, Montse Fernández. Pero entonces, ¿cómo sucederán las
cosas?
—A plena luz —explicó Montse Fernández en el tono en que una madre se dirige a su hija—. Será
en una linda habitación de mi casa; se te acostará sobre un diván adecuado, y tu cabeza
quedará oculta tras una cortina, la que hará las veces de puerta de una habitación más
interior, de modo que únicamente tu cuerpo, totalmente desnudo, quede a disposición de tu
asaltante.
—¡Desnuda! ¡Qué vergüenza!
—¡Ah, Julia. mi dulce y tierna Julia! —murmuró Montse Fernández—, al mismo tiempo que un
estremecimiento de éxtasis recorría su cuerpo—. ¡ Pronto gozarás grandes delicias! ¡
Despertarás los goces exquisitos reservados para los inmortales, y te darás así cuenta de
que te estás aproximando al periodo llamado pubertad, cuyos goces estoy segura de que ya
necesitas!
—¡Por favor, Montse Fernández, no digas eso!
—Y cuando al fin —siguió diciendo su compañera, cuya imaginación la había
conducido ya a sueños carnales que exigían imperiosamente su satisfacción—, termine la
lucha, llegue el espasmo, y la gran cosa palpitante dispare su viscoso torrente de líquido
enloquecedor. . . ¡Oh! entonces ella sentirá el éxtasis, y hará entrega de su propia ofrenda.
—¿Qué es lo que murmuras?
Montse Fernández se levantó.
—Estaba pensando —dijo con aire soñador— en las delicias de eso de lo que tan mal
te expresas tú.
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Siguió una conversación en torno a minucias, y mientras la misma se desarrollaba,
encontré oportunidad para oír otro diálogo. no menos interesante para mí, y del cual, sin
embargo, no daré más que un extracto a mis lectores.
Sucedió en la biblioteca, y eran los interlocutores los señores Delmont y Verbouc.
Era evidente que había versado, por increible que ello pudiera parecer, sobre la entrega de
la persona de Montse Fernández al señor Delmont, previo pago de determinada cantidad, la cual
posteriormente sería invertida por el complaciente señor Verbouc para provecho de ‘su
querida sobrina
No obstante lo bribón y sensual que aquel hombre era, no podía dejar de sobornar de
algún modo su propia conciencia por el infame trato convenido.
—Sí —decía el complaciente y bondadoso tío—, los intereses de mi sobrina están
por encima de todo, estimado señor. No es que sea imposible un matrimonio en el futuro,
pero el pequeño favor que usted pide creo que queda compensado por parte nuestra —
como hombres de mundo que somos, usted me entiende, puramente como hombres de
mundo— por el pago de una suma suficiente para compensaría por la pérdida de tan frágil
pertenencia.
En este momento dejó escapar la risa, principalmente porque su obtuso interlocutor
no pudo entenderle.
Al fin se llegó a un acuerdo, y quedaron por arreglarse Únicamente los actos
preliminares. El señor Delmont quedó encantado, saliendo de su torpe y estólida
indiferencia cuando se le informó que la venta debía efectuarse en el acto, y que por
consiguiente tenía que posesionarse de inmediato de la deliciosa virginidad que durante
tanto tiempo anheló conquistar.
En el ínterin, el bueno y generoso de nuestro querido padre Ambrosio hacia ya algún
tiempo que se encontraba en aquella mansión, y tenía lista la habitación donde estaba
prevista la consumación del sacrificio.
Llegado este momento, después de un festín a título de desayuno, el señor Delmont
se encontró con que sólo existía una puerta entre él y la víctima de su lujuria. De lo que no
tenía la más remota idea era de quién iba a ser en realidad su víctima. No pensaba más que
en Montse Fernández.
Seguidamente dio vuelta a la cerradura y entró en la habitación, cuyo suave calor
templó los estimulados instintos sexuales que estaban a punto de entrar en acción,
¡Qué maravillosa visión se ofreció a sus ojos extasiados! Frente a él, recostado sobre
un diván y totalmente desnudo, estaba el cuerpo de una jovencita. Una simple ojeada era
suficiente para revelar que era una belleza, pero se hubieran necesitado varios minutos para
describirla en detalle, después de descubrir por separado cada una de sus deliciosas partes
sus bien torneadas extremidades, de proporciones infantiles; con Unos senos formados por
dos de las más selectas y blancas colinas de suave carne, coronadas con dos rosáceos
botones; las venas azules que corrían serpenteando aquí y allá, que se veían al través de
una superficie nacarada como riachuelos de fluido sanguíneo, y que daban mayor realce a
la deslumbrante blancura de la piel.
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Y además, ¡oh! además el punto central por el que suspiran los hombres: los
sonrosados y apretados labios en los que la naturaleza gusta de solozarse, de la que ella
nace y a la que vuelve: ¡la source! Allí estaba, a la vista, en casi toda su infantil perfección.
Todo estaba allí menos.., la cabeza. Esta importante parte se hacia notar por su
ausencia, y las suaves ondulaciones de la hermosa virgen evidenciaban que para ella no era
inconveniente que no estuviera a la vista.
El señor Delmont no se asombró ante aquel fenómeno, ya que había sido preparado
para él, así como para guardar silencio. Se dedicó, en consecuencia, a observar con deleite
los encantos que habían sido preparados para solaz suyo.
No bien se hubo repuesto de la sorpresa y la emoción causadas por su primera visión
de la beldad desnuda, comenzó a sentir los efectos provocados por el espectáculo en los
órganos sexuales que responden bien pronto en hombre de su temperamento a las
emociones que normalmente deben causarlos.
Su miembro, duro y henchido, se destacaba en su bragueta, y amenazaba con salir de
su confinamiento. Por lo tanto lo liberé permitiéndole a la gigantesca arma que apareciera
sin obstáculos, y a su roja punta que se irguiera en presencia de su presa.
Lector: yo no soy más que una pulga, y por lo tanto mis facultades de percepción son
limitadas. Por lo mismo carezco de capacidad para describir los pasos lentos y la forma
cautelosa en que el embelesado violador se fue aproximando gradualmente a su víctima.
Sintiéndose seguro y disfrutando esta confianza, el señor Delmont recorrió con sus
ojos y con sus manos todo el cuerpo. Sus dedos abrieron la vulva, en la que apenas había
florecido un ligero vello, en tanto que la muchacha se estremeció y contorsionaba al sentir
el intruso en sus partes más intimas, para evitar el manoseo lujurioso, con el recato propio
de las circunstancias.
Luego la atrajo hacia si, y posó sus cálidos labios en el bajo vientre y en los tiernos y
sensibles pezones de sus juveniles senos. Con mano ansiosa la tomó por sus ampulosas
caderas, y atrayéndola más hacia él le abrió las blancas piernas y se colocó en medio de
ellas.
Lector: acabo de recordarte que no soy más que una pulga. Pero aun las pulgas
tenemos sentimientos, y no trataré de explicarte cuáles fueron los míos cuando contemplé
aquel excitado miembro aproximarse a los prominentes labios de la húmeda vulva de Julia.
Cerré los ojos. Los instintos sexuales de la pulga macho despertaron en mi, y hubiera
deseado —si, lo hubiera deseado ardientemente— estar en el lugar del señor Delmont.
Mientras tanto, con firmeza y sin miramientos, él se dio a la tarea demoledora. Dando
un repentino brinco trató de adentrarse en las partes vírgenes de la joven Julia, falló el
golpe. Lo intentó de nuevo, y otra vez el frustrado aparato quedó tieso y jadeante sobre el
palpitante vientre de su víctima.
Durante este periodo de prueba Julia hubiera podido sin duda echar a rodar el
complot gritando más o menos fuerte, de no haber sido por las precauciones tomadas por el
prudente corruptor y sacerdote, el padre Ambrosio.
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Julia estaba narcotizada.
Una vez más Delmont se lanzó al ataque. Empujó con fuerza hacia adelante, afianzó
sus pies en el piso, se enfureció, echó espumarajos y... ¡por fin! la elástica y suave barrera
cedió, permitiéndole entrar. Dentro, con una sensación de éxtasis triunfal. Dentro, de modo
que el placer de la estrecha y húmeda compresión arrancó a sus labios sellados un gemido
de placer. Dentro, basta que su arma, enterrada hasta los pelos de su bajo vientre, quedó
instalada, palpitante y engruesando por momentos en la funda de ella, ajustada como un
guante.
Siguió entonces una lucha que ninguna pulga sería capaz de describir. Gemidos de
dicha y de sensaciones de arrobo escaparon de sus labios babeantes. Empujó y se inclinó
hacia adelante con los ojos extraviados y los labios entreabiertos, e incapaz de impedir la
rápida consumación de su libidinoso placer, aquel hombrón entregó su alma, y con ella un
torrente de fluido seminal que, disparado con fuerza hacia adentro, bañó la matriz de su
propia hija.
De todo ello fue testigo Ambrosio, que se escondió para presenciar el lujurioso
drama, mientras Montse Fernández, al otro lado de la cortina, estaba lista para impedir cualquier
comunicación hablada de parte de su joven visitante.
Esta precaución fue, empero, completamente innecesaria, ya que Julia, lo bastante
recobrada de los efectos del narcótico para poder sentir el dolor, se había desmayado.
Capítulo XI
TAN PRONTO COMO HUBO ACABADO EL COMBATE, y el vencedor,
levantándose del tembloroso cuerpo de la muchacha, Comenzó a recobrarse del éxtasis
provocado por tan delicioso encuentro, se corrió repentinamente la cortina, y apareció la
propia Montse Fernández detrás de la misma.
Si de repente una bala de cañón hubiera pasado junto al atónito señor Delmont, no le
habría causado ni la mitad de la consternación que sintió cuando, sin dar completo crédito
a sus ojos, se quedó boquiabierto contemplando, alternativamente, el cuerpo postrado de su
víctima y la aparición de la que creía que acababa de poseer.
Montse Fernández, cuyo encantador “negligée” destacaba a la perfección sus juveniles encantos,
aparentó estar igualmente estupefacta, pero, simulando haberse recuperado, dio un paso
atrás con una perfectamente bien estudiada expresión de alarma.
—¿Qué... qué es todo esto? —preguntó Delmont, cuyo estado de agitación le impidió
incluso advertir que todavía no había puesto orden en su ropa, y que aún colgaba entre sus
piernas el muy importante instrumento con el que acababa de dar satisfacción a sus
impulsos sexuales, todavía abotagado y goteante, plenamente expuesto entre sus piernas.
—¡Cielos! ¿Será posible que haya cometido yo un error tan espantoso? —exclamó
Montse Fernández, echando miradas furtivas a lo que constituía una atractiva invitación.
—Por piedad, dime de qué error se trata, y quién está ahí
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—clamó el tembloroso violador, señalando mientras hablaba la desnuda persona
recostada frente a él.
—¡Oh, retírese! ¡Váyase! —gritó Montse Fernández, dirigiéndose rápidamente hacia la muerta
seguida por el señor Delmont, ansioso de que se le explicara el misterio.
Montse Fernández se encaminó a un tocador adjunto, cerró la puerta, asegurándola bien, y se dejó
caer sobre un lujoso diván, de manera que quedaran a la vista sus encantos, al mismo
tiempo que simulaba estar tan sobrecogida de horror, que no se daba cuenta de la
indecencia de su postura.
—¡Oh! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? —sollozaba, con el rostro escondido entre
sus manos, aparentemente angustiada.
Una terrible sospecha cruzó como rayo por la mente de su acompañante, quien
jadeante y semiahogado por la emoción, indagó:
—¡Habla! ¿Quién era...? ¿Quién?
—No tuve la culpa. No podía saber que era usted el que habían traído para mí... y no
sabiéndolo.., puse a Julia en mi lugar.
El señor Delmont se fue para atrás, tambaleándose. Una sensación todavía confusa de
que algo horrible había sucedido se apoderó de su ser; un vértigo nubló su vista, y luego,
gradualmente, fue despertando a la realidad. Sin embargo, antes de que pudiera articular
una sola palabra, Montse Fernández —bien adiestrada sobre la forma en que tenía que actuar— se
apresuró a impedirle que tuviera tiempo de pensar.
—¡Chist! Ella no sabe nada. Ha sido un error, un espantoso error, y nada más. Si está
decepcionado es por culpa mía, no suya. Jamás me pasó por el pensamiento que pudiera
ser usted. Creo —añadió haciendo un lindo puchero, sin dejar por ello de lanzar una
significativa mirada de reojo al todavía protuberante miembro— que fue muy poco amable
de ellos no haberme dicho que se trataba de usted.
El señor Delmont tenía frente a él a la hermosa muchacha. Lo cierto era que,
independientemente del placer que hubiere encontrado en el i****to involuntario, se había
visto frustrado en su intención original, perdiendo algo por lo que había pagado muy buen
precio.
~¡Oh, si ellos descubrieran lo que he hecho! —murmuró Montse Fernández, modificando
ligeramente su postura para dejar a la vista una de sus piernas hasta la altura de la rodilla.
Los ojos de Delmont centellearon. A despecho suyo volvía a sentirse calmado; sus
pasiones a****les afloraban de nuevo.
—¡Si ellos lo descubrieran! —gimió otra vez Montse Fernández.
Al tiempo que lo decía, se medio incorporó para pasar sus lindos brazos en torno al
cuello del engañado padre.
El señor Delmont la estrechó en un firme abrazo.
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—¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? —susurró Montse Fernández, que con una mano había asido el
pegajoso dardo de su acompañante, y se entretenía en estrujarlo y moldearlo con su cálida
mano.
El cuitado hombre, sensible a sus toques y a todos sus encantos, y enardecido de
nuevo por la lujuria, consideró que lo mejor que le deparaba su sino era gozar su juvenil
doncellez.
—Si tengo que ceder —dijo Montse Fernández—, tráteme con blandura. ¡Oh, qué manera de
tocarme ¡Oh, quite de ahí esa mano! ¡Cielos! ¿Qué hace usted?
No tuvo tiempo más que para echar un vistazo a su miembro de cabeza enrojecida,
rígido y más hinchado que nunca, y unos momentos después estaba ya sobre ella.
Montse Fernández no ofreció resistencia, y enardecido por su ansia amorosa, el señor Delmont
encontró enseguida el punto exacto.
Aprovechándose de su posición ventajosa empujó violentamente con su pene todavía
lubricado hacia el interior de las tiernas y juveniles partes íntimas de la muchacha.
Montse Fernández gimió.
Poco a poco el dardo caliente se fue introduciendo más y más adentro, hasta que se
juntaron sus vientres, y estuvo él metido hasta los testículos.
Seguidamente dio comienzo una violenta y deliciosa batalla, en la que Montse Fernández
desempeñó a la perfección el papel que le estaba asignado, y excitada por el nuevo
instrumento de placer, se abandonó a un verdadero torrente de deleites. El señor Delmont
siguió pronto su ejemplo, y descargó en el interior de Montse Fernández una copiosa corriente de su
prolífica esperma.
Durante algunos momentos permanecieron ambos ausentes, bañados en la exudación
de sus mutuos raptos, y jadeantes por el esfuerzo realizado, hasta que un ligero ruido les
devolvió la noción del mundo. Y antes de que pudieran siquiera intentar una retirada, o un
cambio en la inequívoca postura en que se encontraban, se abrió la puerta del tocador y
aparecieron, casi simultáneamente, tres personas.
Estas eran el padre Ambrosio, el señor Verbouc y la gentil Julia Delmont.
Entre los dos hombres sostenían el semidesvanecido cuerpo de la muchacha, cuya
cabeza se inclinaba lánguidamente a un lado, reposando sobre el robusto hombro del padre,
mientras Verbouc, no menos favorecido por la proximidad de la muchacha, sostenía el
liviano cuerpo de ésta con un brazo nervioso, y contemplaba su cara con mirada de lujuria
insatisfecha, que sólo podría igualar la reencarnación del diablo. Ambos hombres iban en
desabillé apenas decente, y la infortunada Julia estaba desnuda, tal como, apenas un cuarto
de hora antes, había sido violentamente mancillada por su propio padre.
—¡Chist! —susurró Montse Fernández, poniendo su mano sobre los labios de su amoroso
compañero—. Por el amor de Dios, no se culpe a si mismo. Ellos no pueden saber quién
hizo esto. Sométase a todo antes que confesar tan espantoso hecho. No tendría piedad.
Estése atento a no desbaratar sus planes.
El señor Delmont pudo ver de inmediato cuán ciertos eran los augurios de Montse Fernández.
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—¡Ve, hombre lujurioso! —exclamó el piadoso padre Ambrosio—. ¡Contempla el
estado en que hemos encontrado a esta pobre criatura! Y posando su manaza sobre el
lampiño monte de Venus de la joven Julia, exhibió impúdicamente a los otros sus dedos
escurriendo la descarga paternal.
—¡Espantoso! —comentó Verbouc—. ¡Y si llegara a quedar embarazada!
—¡Abominable! —gritó el padre Ambrosio—. Desde luego tenemos que impedirlo.
Delmont gemiro
Mientras tanto., Ambrosio y su coadjutor introdujeron a su joven víctima en la
habitación, y comenzaron a tentar y a acariciar todo su cuerpo, y a dedicarse a ejecutar
todos los actos lascivos que preceden a la desenfrenada entrega a la posesión lujuriosa.
Julia, aún bajo los efectos del sedante que le habían administrado, y totalmente confundida
por el proceder de aquella virtuosa pareja, apenas se daba cuenta de la presencia de su
digno padre. que todavía se encontraba sujeto por los blancos brazos de Montse Fernández, y con su
miembro empotrado aún en su dulce vientre.
~¡Vean cómo corre la leche piernas abajo! —exclamó Verbouc, introduciendo
nerviosamente su mano entre los muslos de Julia—. ¡Qué vergüenza!
—Ha escurrido hasta sus lindos píececítos —observó Ambrosio, alzándole una de sus
bien torneadas piernas, con la pretensión de proceder al examen de sus finas botas de
cabritilla, sobre las que se podía ver más de una gota de líquido seminal, al mismo tiempo
que con ojos de fuego exploraba con avidez la rosada grieta que de aquella manera quedó
expuesta a su mirada.
Delmont gimió de nuevo.
—¡Oh. Dios qué belleza! —gritó Verbouc, dando una palmada en sus redondas
nalgas—. Ambrosio: proceda para evitar cualquier posible consecuencia de un hecho tan
fuera de lo común. Únicamente la emisión de un hombre vigoroso puede remediar una
situación semejante.
—Sí, es cierto, hay que administrársela —murmuró Ambrosio, cuyo estado de
excitación durante este intervalo puede ser mejor imaginado que descrito.
Su sotana se alzaba manifiestamente por la parte delantera, y todo su comportamiento
delataba sus violentas emociones.
Ambrosio se despojó de su sotana y dejó en libertad su enorme miembro, cuya
rubicunda e hinchada cabeza parecía amenazar a los cielos.
Julia, terriblemente asustada, inició un débil movimiento de huida mientras el señor
Verbouc, gozoso, la sostenía exhibiéndola en su totalidad.
Julia contempló por segunda vez el miembro terriblemente erecto de su confesor, y.
adivinando sus intenciones por razón de la experiencia de iniciación por la que acababa de
pasar, casi se desvaneció de pánico.
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Ambrosio, como sí tratara de ofender los sentimientos de ambos —padre e hija—
dejó totalmente expuestos sus tremendos órganos genitales, y agitó el gigantesco pene en
sus rostros.
Delmont, presa del terror, y sintiéndose en manos de los dos complotados, contuvo la
respiración y se refugió tras de Montse Fernández, la que, plenamente satisfecha por el éxito de la
trama, se dedicó a aconsejarle que no hiciera nada y les permitiese hacer su voluntad.
Verbouc, que había estado tentando con sus dedos las húmedas partes íntimas de la
pequeña Julia, cedió la muchacha a la furiosa lujuria de su amigo, disponiéndose a gozar
de su pasatiempo favorito de contemplar la violación.
El sacerdote, fuera de sí a causa de la lujuria que lo embargaba, se quitó las prendas
de vestir más íntimas, sin que por ello perdiera rigidez su miembro durante la operación y
procedió a la deliciosa tarea que le esperaba, “Al fin es mía”. murmuro.
Ambrosio se apoderó en el acto de su presa, pasó sus brazos en torno a su cuerpo, y
la levantó en vilo para llevar a la temblorosa muchacha al sofá próximo y lanzarse sobre su
cuerpo desnudo. Y se entregó en cuerpo y alma a darse satisfacción. Su monstruosa arma,
dura como el acero, tocaba ya la rajita rosada, la que, si bien había sido lubricada por el
semen del señor Delmont, no era una funda cómoda para el gigantesco pene que la
amenazaba ahora.
Ambrosio proseguía sus esfuerzos, y el señor Delmont sólo podía ver, mientras lz~
figura del cura se retorcía sobre el cuerpo de su hijita, una ondulante masa negra y sedosa.
Con sobrada experiencia para verse obstaculizado durante mucho rato, Ambrosio iba
ganando terreno, y era también lo bastante dueño de sí para no dejarse arrastrar demasiado
pronto por el placer, venció toda oposición, y un grito desgarrador de Julia anunció la
penetración del inmenso ariete.
Grito tras grito se fueron sucediendo hasta que Ambrosio, al fin firmemente enterrado
en el interior de la jovencita, advirtió que no podía ahondar más, y comenzó los deliciosos
movimientos de bombeo que habían de poner término a su placer, a la vez que a la tortura
de su víctima.
Entretanto Verbouc, cuya lujuria había despertado con violencia a la vista de la
escena entre el señor Delmont y su hija, y la que subsecuentemente protagonizaron aquel
insensato hombre y su sobrina, corrió hacia Montse Fernández y, apartándola del abrazo en que la tenía
su desdichado amigo, le abrió de inmediato las piernas, dirigió una mirada a su orificio, y
de un solo empujón hundió su pene en su cuerpo, para disfrutar de las más intensas
emociones, en una vulva ya bien lubricada por la abundancia de semen que había recibido.
Ambas parejas estaban en aquel momento entregadas a su delirante copulación, en un
silencio sólo alterado por los quejidos de la semiconsciente Julia, el estertor de la
respiración del bárbaro Ambrosio, y los gemidos y sollozos del señor Verbouc.
La carrera se hizo más rápida y deliciosa. Ambrosio, que a la fuerza había adentrado
en la estrecha rendija de la jovencita su gigantesco pene, hasta la mata de pelos negros y
rizados que cubrían su raíz, estaba lívido de lujuria. Empujaba. impelía y embestía con la
fuerza de un toro, y de no haber sido porque al fin la naturaleza la favoreció llevando su
éxtasis a su culminación, hubiera sucumbido a los efectos de tan tremenda excitación, para
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caer presa de un ataque que probablemente hubiera imposibilitado para siempre la
repetición de una escena semejante.
Un fuerte grito se escapó de la garganta de Ambrosio. Verbouc sabía bien lo que ello
representaba: se estaba viniendo. Su éxtasis sirvió para apresurar a la otra pareja, y un
aullido de lujuria llenó el ámbito mientras los dos monstruos inundaban a sus víctimas de
líquido seminal. Pero no bastó una, sino que fueron precisas tres descargas de la prolífica
esencia del cura en la matriz de la tierna joven, para que se apaciguara la fiebre de deseo
que había hecho presa de él.
Decir simplemente que Ambrosio había descargado, no daría una idea real de los
hechos. Lo que en realidad hizo fue arrojar verdaderos borbotones de semen en el interior
de Julia, en espesos y fuertes chorros, al tiempo que no cesaba de lanzar gemidos de éxtasis
cada vez que una de aquellas viscosas inyecciones corría a lo largo de su enorme uretra, y
fluían en torrentes en el interior del dilatado receptáculo. Transcurrieron algunos minutos
antes de que todo terminara, y el brutal cura abandonara su ensangrentada y desgarrada
víctima.
Al propio tiempo el señor Verbouc dejaba expuestos los abiertos muslos y la
embadurnada vulva de su sobrina, la cual yacía todavía en el soñoliento trance que sigue al
deleite intenso, despreocupada de la espesa exudación que, gota a gota, iba formando un
charco en el suelo, entre sus piernas enfundadas en seda.
—¡Ah, qué delicia! —exclamó Verbouc—. Después de todo, se encuentra deleite en
el cumplimiento del deber, ¿no es asi, Delmont?
Y volviéndose hacia el anhelado sujeto, continuó:
—Si el padre Ambrosio y yo mismo no hubiéramos mezclado nuestras humildes
ofrendas con la prolífica esencia que al parecer aprovecha usted tan bien, nadie hubiera
podido predecir qué entuerto habría acontecido. ¡Oh, sí!, no hay nada como hacer las cosas
debidamente, ¿no es cierto, Delmont?
—No lo sé; me siento enfermo, estoy como en un sueño, sin que por ello sea
insensible a sensaciones que me provocan un renovado deleite. No puedo dudar de su
amistad.., de que sabrán mantener el secreto. He gozado mucho, y sin embargo, sigo
excitado. No sabría decir lo que deseo. ¿Qué será, amigos míos?
El padre Ambrosio se aproximó, y posando su manaza sobre el hombro del pobre
hombre, le dio aliento con unas cuantas palabras susurradas en tono reconfortante.
Como una pulga que soy, no puedo permitirme la libertad de mencionar cuáles
fueron dichas palabras, pero surtieron el efecto de disipar pronto las nubes de horror que
obscurecían la vida del señor Delmont. Se sentó, y poco a poco fue recobrando la calma.
Julia, también recuperada ya, tomó asiento junto al fornido sacerdote, que al otro lado
tenía a Montse Fernández. Hacía ya tiempo que ambas muchachas se sentían más o menos a gusto. El
santo varón les hablaba como un padre bondadoso, y consiguió que el señor Delmont
abandonara su actitud retraída, y que este honorable hombre, tras una copiosa libación de
vino, comen-zara asimismo a sentirse a sus anchas en el medio en que se encontraba,
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Pronto los vigorizantes vapores del vino surtieron su efecto en el señor Delmont, que
empezó a lanzar ávidas miradas hacia su hija. Su excitación era evidente, y se manifestaba
en el bulto que se advertía balo sus ropas.
Ambrosio se dio cuenta de su deseo y lo alentó. Lo llevó junto a Julia. la que, todavía
desnuda, no tenía manera de ocultar sus encantos. Su padre la miró con ojos en los que
predominaba la lujuria. Una segunda vez ya no sería tan pecaminosa, pensó.
Ambrosio asintió con la cabeza para alentarlo, mientras Montse Fernández desabrochaba sus
pantalones para apoderarse de su rígido pene, y apretarlo dulcemente entre sus manos.
El señor Delmont entendió la posición, y pocos instantes después estaba encima de su
hija. Montse Fernández condujo el i****tuoso miembro a los rojos labios del sexo de Julia, y tras unos
empujones más, el semienloquecido padre había penetrado por completo en el interior del
cuerpo de su linda hija.
La lucha que siguió se vio intensificada por las circunstancias de aquella horrible
conexión. Tras de un brutal y rápido galope el señor Delmont descargó, y su hija recibió en
lo más recóndito de su juvenil matriz las culpables emisiones de su desnaturalizado padre.
El padre Ambrosio, en quien predominaba el instinto sexual, tenía otra debilidad más,
que era la de predicar. Lo hizo por espacío de una hora, no tanto sobre temas religiosos,
sino refiriéndose a otras cuestiones más mundanas, y que desde luego no suelen ser
sancionadas por la santa madre iglesia. En esta ocasión pronunció un discurso que me fue
imposible seguir, por lo que decidí echarme a dormir en la axila de Montse Fernández.
Ignoro cuánto tiempo más hubiera durado su disertación, pero como en aquel punto
la gentil Montse Fernández se posesionó de su enorme colgajo entre sus manecitas y comenzó a
cosquillearlo, el buen hombre se vio obligado a hacer una pausa, justificada por las
sensaciones despertadas por ella,
Verbouc, por su parte, que según se recordará lo único que codiciaba era un coño
bien lubricado, sólo se preocupaba por lo bien aceitadas que estaban las deliciosas partes
íntimas de la recién ganada para la causa, Julia. Además, la presencia del padre contribuía
a aumentar el apetito, en lugar de constituir un impedimento para que aquellos dos
libidinosos hombres se abstuvieran de gozar de los encantos de su hija. Y Montse Fernández, que
todavía sentía escurrir el semen de su cálida vulva, era presa de anhelos que las batallas
anteriores no habían conseguido apaciguar del todo.
Verbouc comenzó a ocuparse de nuevo de los infantiles encantos de Julia
aplicándoles lascivos toquecitos, pasando impúdicamente sus manos sobre las redondeces
de sus nalgas, y deslizando de vez en cuando sus dedos entre las colinas.
El padre Ambrosio, no menos activo, había pasado su brazo en torno a la cintura de
Montse Fernández, y acercando a él su semidesnudo cuerpo depositaba en sus lindos labios ardientes
besos.
A medida que ambos hombres se entregaban a estos jugueteos, el deseo se
comunicaba en sus armas, enrojecidas e inflamadas por efecto de los anteriores escarceos,
y firmemente alzadas con la amenazadora mira puesta en las jóvenes criaturas que estaban
en su poder.
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Ambrosio, cuya lujuria nunca requería de grandes incentivos, se apoderé bien pronto
de Montse Fernández. Esta se dejó ser acostada sobre el sofá que ya había sido testigo de dos encuentros
anteriores, donde, nada renuente, siguió por el contrario estimulando el desnudo y
llameante carajo. para permitirle después introducirse entre sus muslos, favoreciendo el
desproporcionado ataque lo más que le fue posible, hasta enterrar por entero en su húmeda
hendidura el terrible instrumento.
El espectáculo excité de tal modo los sentimientos del señor Delmont, que se hizo
evidente que no necesitaba ya de mayor estímulo para intentar un segundo coup una vez
que el cura hubiese terminado su asalto.
El señor Verbouc, que durante algún tiempo estuvo lanzando lascivas miradas a la
hija del señor Delmont, estaba también en condiciones de gozar una vez más. Reflexionaba
que las repetidas violaciones que ya había experimentado ella de parte de su padre y del
sacerdote, la habrían dejado preparada para la clase de trabajo que le gustaba realizar, y se
daba cuenta, tanto por la vista como por el tacto, de que sus partes intimas estaban
suficientemente lubricadas para dar satisfacción a sus más caros antojos, debido a las
violentas descargas que habían recibido.
Verbouc lanzó una mirada en dirección al cura, que en aquellos momentos estaba
entretenido en gozar de su sobrina, y acercándose después a la Montse Fernández Julia la colocó sobre
un canapé en postura idónea para poder hundir hasta los testículos su rígido miembro en el
delicado cuerpo de ella, lo que consiguió, aunque con considerable esfuerzo.
Este nuevo e intenso goce llevó a Verbouc a los bordes de la enajenación;
presionando contra la apretada vulva de la jovencita, que le ajustaba como un guante, se
estremecía de gozo de pies a cabeza.
—¡Oh, esto es el mismo cielo! —murmuró, mientras hundía su qran miembro hasta
los testículos pegados a la base del mismo.
~—¡Dios mío, qué estrechez! ¡Qué lúbrico deleite!
Y otra firme embestida le arrancó un quejido a la pobre Julia.
Entretanto el padre Ambrosio, con los ojos semicerrados, los labios entreabiertos y
las ventanas de la nariz dilatadas, no cesaba de batirse contra las hermosas partes íntimas
de la joven Montse Fernández, cuya satisfacción sexual denunciaban sus lamentos de placer.
—¡Oh, Dios mío! ¡Es... es demasiado grande... enorme vuestra inmensa cosa! ¡Ay de
mi, me llega hasta la cintura! ¡Oh! ¡Oh! ¡Es demasiado; no tan recio, querido padre!
¡Cómo empujáis! ¡Me mataréis! Suavemente.., más despacio. . . Siento vuestras grandes
bolas contra mis nalgas.
—¡Detente un momento! —gritó Ambrosio, cuyo placer era ya incontenible, y cuya
leche estaba a punto de vertirse—. Hagamos una pausa. ¿Cambiamos de pareja, amigo
mío? Creo que la idea es atractiva.
—¡No, oh, no! ¡Ya no puedo más! Tengo que seguir. Esta hermosa criatura es la
delicia en persona.
—Estate quieta, querida Montse Fernández, o harás que me venga. No oprimas mi arma tan
arrebatadoramente.
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—No puedo evitarlo, me matas de placer. Anda, sigue, pero suavemente. ¡Oh, no tan
bruscamente! No empujes tan brutalmente. ¡Cielos, va a venirse! Sus ojos se cierran, sus
labios se abren... ¡Dios mío! Me estáis matando, me descuartizáis con esa enorme cosa.
¡Ah! ¡Oh! ¡Veníos, entonces! Veníos querido.., padre... Ambrosio. Dadme vuestra ardiente
leche... ¡Oh! ¡Empujad ahora! ¡Más fuerte.., más.., matadme si así lo deseáis!
Montse Fernández pasó sus blancos brazos en torno al bronceado cuello de él, abrió lo más que
pudo sus blandos y hermosos muslos, y engulló totalmente el enorme instrumento, hasta
confundir y restregar su vello con el de su monte de Venus.
Ambrosio sintió que estaba a punto de lanzar una gran emisión directamente a los
órganos vitales de la criatura que se encontraba debajo de él.
—¡Empujad, empujad ahora! —gritó Montse Fernández, olvidando todo sentido de recato, y
arrojando su propia descarga entre espasmos de placer—. ¡Empujad... empujad... metedlo
bien adentro...! ¡Oh, sí de esa manera! ¡Dios mío, qué tamaño, qué longitud! Me estáis
partiendo en dos, bruto mío. ¡Oh, oh! ¡Os estáis viniendo. . . lo siento...! ¡Dios ..... . qué
leche! iOh, qué chorros!
Ambrosio descargaba furiosamente, como el semental que era, embistiendo con todas
sus fuerzas el cálido vientre que estaba debajo de él.
Al fin se levantó de mala gana de encima de Montse Fernández, la cual, libre de sus tenazas, se
volteó para ver a la otra pareja. Su tío estaba administrando una rápida serie de cortas
embestidas a su amiguita, y era evidente que estaba próximo al éxtasis.
Julia, por su parte, cuya reciente violación y el tremendo trato que recibió después a
manos del bruto de Ambrosio la habían lastimado y enervado, no experimentaba el menor
gusto, pero dejaba hacer, como una masa inerte en brazos de su asaltante.
Cuando al fin, tras algunos empujones más, Verbouc cayó hacia adelante al momento
de hacer su voluptuosa descarga, de lo único que ella se dio cuenta fue de que algo caliente
era inyectado con fuerza en su interior, sin que experimentara más sensaciones que las de
languidez y fatiga.
Siguió otra pausa tras de este tercer ultraje, durante la cual el señor Delmont se
desplomó en un rincón, y aparentemente se quedó dormido. Comenzó entonces una serie
de actividades eróticas. Ambrosio se recostó sobre el canapé, e hizo que Montse Fernández se
arrodillara sobre él con el fin de aplicar sus labios sobre su húmeda vulva, para llenarla de
besos y toques de lo más lascivo y depravado que imaginarse pueda.
El señor Verbouc, no queriendo ser menos que su compañero, jugueteó de manera
igualmente libidinosa con la inocente Julia. Después la tendieron sobre el sofá, y
prodigaron toda clase de caricias a sus encantos, no ocultando su admiración por su
lampiño monte de Venus, y los rojos labios de su coño juvenil.
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No tardaron en verse evidenciados sus deseos por el enderezamiento de dos rígidos
miembros, otra vez ansiosos de gustar placeres tan selectos y extáticos como los gozados
anteriormente.
Sin embargo, en aquel momento se puso en ejecución un nuevo programa. Ambrosio
fue el primero en proponerlo.
—Ya nos hemos hartado de sus coños —dijo crudamente, volviéndose hacia
Verbouc, que estaba jugueteando con los pezones de Montse Fernández—. Ahora veamos de qué están
hechos sus traseros. Esta adorable criatura sería un bocado digno del propio Papa, y Montse Fernández
tiene nalgas de terciopelo, y un culo digno de que un emperador se venga dentro de él.
La idea fue aceptada enseguida, y se procedió a asegurar a las víctimas para poder
llevarla a cabo. Resultaba monstruoso. y parecía imposible el poderlo consumar, a la vista
de la desproporción existente. El enorme miembro del cura quedó apuntando al pequeño
orificio posterior de Julia, en tanto que Verbouc amenazaba a su sobrina en la misma
dirección. Un cuarto de hora se consumió en los preparativos, y después de una espantosa
escena de lujuria y libertinaje, ambas jóvenes recibieron en sus entrañas los cálidos chorros
de las impías descargas.
Al fin la calma sucedió a las violentas emociones que habían hecho presa en los
actores de tan monstruosa escena, y la atención se fijó de nuevo en el señor Delmont.
Aquel digno ciudadano, como ya señalé anteriormente, se había retirado a un rincón
apartado, quedando al parecer vencido por el sueño, o embriagado por el vino, o tal vez por
ambas cosas.
—Está muy tranquilo —observó Verbouc.
—Una conciencia diabólica es mala compañía —observó el padre Ambrosio, con su
atención concentrada en el lavado de su oscilante instrumento.
—Vamos, amigo, llegó tu turno. He aquí un regalo para ti —siguió diciendo
Verbouc, al tiempo que mostraba en todo su esplendor, para darle el adecuado ambiente a
sus palabras, los encantos más íntimos de la casi insensible Julia—. Levántate y
disfrútalos. ¿Pero, qué ocurre con este hombre? ¡Cielos!, que... ¿qué es esto?
Verbouc dio un paso atrás.
El padre Ambrosio se inclinó sobre el desdichado Delmont para auscultar su corazón.
—Está muerto —dijo tranquilamente.
Efectivamente, había fallecido.
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Capitulo XII
LA MUERTE REPENTINA ES UN SUCESO COMUN, especialmente los casos de
personas cuyos antecedentes han hecho suponer la existencia de algún trastorno funcional,
de manera que la sorpresa pronto cede su lugar a los habituales testimonios de condolencia,
y luego a un estado de resignación a un suceso que nada tiene de extraño.
La transición puede expresarse de la siguiente manera:
—¿Quién iba a creerlo?
—¿Es posible?
—Siempre lo sospeché.
—¡Pobre amigo!
—Nadie debe sorprenderse.
Esta interesante fórmula fue debidamente aplicada cuando el infeliz señor Delmont
rindió su tributo a la madre tierra, como dice la frase común.
Una quincena después que el infortunado caballero hubo abandonado esta vida, todos
sus amigos estuvieron acordes en que desde hacia tiempo habían descubierto síntomas que
más tarde o más temprano tenían que resultar fatales. Casi se enorgullecían de su
perspicacia, aun cuando admitían reverentemente los inescrutables designios de la
providencia.
Por lo que hace a mí, seguía mi vida más o menos como de ordinario, salvo que se
me figuró que las piernas de Julia debían tener un saborcillo más picante que las de Montse Fernández,
y en consecuencia las sangré regularmente para mi sustento, por la mañana y por la noche.
Nada más natural que Julia pasara la mayor parte de su tiempo junto a su querida
amiga Montse Fernández, y que el sensual padre Ambrosio y su protector, el libidinoso pariente de mi
querida Montse Fernández, trataran de encontrar el momento oportuno para repetir las anteriores
experiencias con la joven y dócil muchacha.
Que asi fue puedo atestiguarlo bien, ya que mis noches fueron de lo más
desagradables e incómodas, siempre expuesta a interrupciones en mi reposo por las
incursiones de largos y peludos miembros por los vericuetos de las ingles en que me había
refugiado yo temporalmente, y siempre en peligro de yerme arrastrada por los
horriblemente espesos torrentes de viscoso semen a****l.
En resumen, la joven e impresionable Julia estaba completamente ahormada, y
Ambrosio y su amigo disfrutaban a sus anchas poseyéndola. Ellos habían alcanzado sus
objetivos. ¿Qué les importaban los sacrificios de ellos?
Mientras tanto, otros y muy distintos eran los pensamientos de Montse Fernández, a la que yo
había abandonado. Pero a la larga, sintiéndome hasta cierto punto asqueada por la
demasiada frecuencia con que me entregaba a la nueva dieta, resolví abandonar las medias
de la linda Julia, y retornar —revenir a mon mouton, como dicen los franceses— a la dulce
y suculenta alimentación de la salaz Montse Fernández.
Así lo hice, y voici le resultat:
Una noche Montse Fernández se acostó bastante más temprano que de costumbre. El padre
Ambrosio estaba ausente por haber sido enviado en misión a una apartada parroquia, y su
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querido y complaciente tío padecía un fuerte ataque de gota, padecimiento que en los
últimos tiempos lo aquejaba con relativa frecuencia.
La muchacha se había ya arreglado el cabello para pasar la noche, y se había también
desprovisto de algunas de sus ropas. Se estaba quitando su camisa de noche, la que tenía
que pasar por la cabeza, y en el curso de esta operación inadvertidamente se le cayeron los
calzones, dejando al descubierto, frente al espejo, las hermosas protuberancias y la
exquisita suavidad y transparencia de la piel de sus nalgas.
Tanta belleza hubiera enardecido a un anacoreta, pero ¡ay! no había en aquel
momento ningún asceta a la vista susceptible de enardecerse. En cuanto a mí, poco faltó
para que me quebrara la más larga de mis antenas, y me torciera mi pata derecha en sus
contorsiones por extraer la prenda por encima de su cabeza.
Llegados a este punto debo explicar que desde que el astuto padre David Brown se había
visto privado de gozar los encantos de Montse Fernández, renovó el bestial y nada piadoso juramento de
que, aunque fuere por sorpresa, se apoderaría de nuevo de la fortaleza que ya una vez había
sido suya. El recuerdo de su felicidad arrancaba lágrimas a sus sensuales ojitos, al tiempo
que, por reflejo, se distendía su enorme miembro.
David Brown formuló el terrible juramento de que jodería a Montse Fernández en estado natural,
según sus propias y brutales palabras, y yo, que no soy más que una pulga, las oí y
comprendí su alcance.
La noche era oscura y llovía. Ambrosio estaba ausente y Verbouc enfermo y
desamparado. Era forzoso que Montse Fernández estuviera sola. Todas estas circunstancias las conocía
bien David Brown, y obró en consecuencia. Alentado por sus recientes experiencias sobre la
geografía de la vecindad, se encaminó directamente a la ventana de la habitación de Montse Fernández,
y habiéndola encontrado como esperaba, sin correr el pestillo y. por lo tanto, abierta, entró
con toda tranquilidad y gateó hasta meterse debajo de la cama.
Desde este punto de vista David Brown contempló con pulso palpitante la toilette de la
hermosa Montse Fernández, hasta el momento en que comenzó a quitarse la camisa en la forma que ya
he descrito. Entonces pudo David Brown gozar de la vista de la muchacha en toda su
espléndida desnudez, y mugió ahogadamente como un toro.
En la posición yacente en que se encontraba no tenía dificultad alguna para ver de
cintura abajo la totalidad del cuerpo de ella y sus ojos se solazaban en la contemplación de
los globos gemelos que formaban sus nalgas, abriéndose y cerrándose a medida que la
muchacha retorcía su elástico cuerpo en el esfuerzo por pasar la camisa por encima de su
cabeza.
David Brown no pudo aguantar más tiempo; su deseo alcanzó el punto de ebullición, y
sin ruido pero prontamente, se deslizó fuera de su escondite para alzarse frente a ella, y sin
pérdida de tiempo abrazó el desnudo cuerpo con una de sus manos, mientras colocaba la
otra sobre sus rojos labios.
El primer impulso de Montse Fernández fue el de gritar, pero este recurso femenino le estaba
vedado. Su segunda idea fue desmayarse, y es por la que hubiera optado de no haber
mediado cierta circunstancia. Esta circunstancia era el hecho de que mientras el audaz
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asaltante la mantenía firmemente sujeta junto a él, algo duro, largo y caliente presionaba de
modo insistente entre sus suaves nalgas, y yacía palpitante entre la separación de ellas y a
lo largo de su espalda. En ese crítico momento los ojos de Montse Fernández tropezaron con la imagen
de él en el espejo de la cómoda, y reconocieron a sus espaldas el feo y abotagado rostro del
sensual sacerdote, coronado por un círculo de rebelde cabello rojo.
Montse Fernández comprendió la situación en un abrir y cerrar de ojos. Hacia ya casi una semana
que se había desprendido de los abrazos de Ambrosio y su tío, y tal hecho tuvo mucho que
ver, desde luego, en lo que siguió. Lo que hizo a partir de aquel momento fue puro
disimulo de la lasciva muchacha.
Se dejó caer suavemente de espaldas sobre la vigorosa figura del padre David Brown, y
creyendo este feliz individuo que realmente se desmayaba, al mismo tiempo que retiraba la
mano con que le cerraba la boca empleó ambos brazos para sostenerla.
La irresistible belleza de la persona que sostenía entre sus brazos llevó la excitación
de David Brown casi hasta la locura. Montse Fernández estaba prácticamente desnuda, y él deslizó sus
manos sobre su pulida piel, mientras su inmensa arma, ya rígida y distendida por efecto de
la impaciencia, palpitaba vigorosamente al contacto con la hermosa que tenía abrazada.
Tembloroso, David Brown acercó su rostro al de ella, e imprimió un largo y voluptuoso
beso sobre sus dulces labios.
Montse Fernández se estremeció y abrió los ojos.
David Brown renovó sus caricias.
—¡Oh! —exclamó lánguidamente—. ¿Cómo osáis venir aquí? ¡Por favor, soltadme
en el acto! ¡Es vergonzoso!
David Brown sonrió con aire de satisfacción. Siempre había sido feo, pero en aquel
momento resultaba verdaderamente odioso por su terrible lujuria.
—Así es —dijo—. Es una vergüenza tratar de esta manera a una muchacha tan linda,
¡pero es tan delicioso, vida mía!
Montse Fernández suspiró.
Más besos y un deslizamiento de manos sobre su desnudo cuerpo. Una mano grande
y tosca se posó sobre su monte de Venus, y un atrevido dedo, separando los húmedos
labios, se introdujo en el interior de la cálida rendija para tocar el sensible clítoris.
Montse Fernández cerró los ojos y dejó escapar otro suspiro, al propio tiempo que aquel sensible
órgano comenzaba a su vez a distenderse. En el caso de mi joven amiga no era en modo
alguno un órgano diminuto, ya que a causa del lascivo masaje del feo David Brown se alzó, se
puso rígido, y se asomó partiendo casi los labios por sí solo.
Montse Fernández estaba ardiendo, y el brillo del deseo se asomaba a sus ojos. Se había
contagiado, y lanzando una mirada a su seductor pudo ver la terrible mirada de lascivia
retratada en su rostro mientras jugueteaba con sus secretos encantos.
La muchacha se agitaba temblorosa; un ardiente deseo del placer del coito se
posesionó de ella, e incapaz de controlar por más tiempo sus afanes, llevó con rapidez su
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mano derecha hacia atrás para asir la inmensa arma que amenazaba sus nalgas, aunque no
pudo hacerlo en toda su envergadura.
Se encontraron las miradas de ambos; la lujuria ardía en ellas. Montse Fernández sonrió, David Brown
repitió su beso sensual, e introdujo en la boca de ella su inquieta lengua. La muchacha no
tardó en secundar sus lascivas caricias, y dejó el campo libre tanto a sus inquietas manos
como a sus cálidos besos. Poco a poco la atrajo hacia una silla, en la que se sentó Montse Fernández en
impaciente espera de lo que el sacerdote quisiera hacer después.
David Brown se quedó de pie frente a ella. Su sotana de seda negra, que le llegaba hasta
los talones, se alzaba prominente en la parte delantera; sus mejillas, al rojo vivo por la
violencia de sus deseos, sólo encontraban rival en sus encendidos labios, y su respiración
era agitada, como anticipo del éxtasis. Sabía que no tenía nada que temer y mucho que
gozar.
—Esto es demasiado —murmuró Montse Fernández—, ¡idos!
—Imposible, después de haberme tomado la m*****ia de entrar.
—Pero podéis ser descubierto, y entonces mi reputación estará arruinada.
—No es probable. Sabes que estamos completamente solos, y que no hay
probabilidad alguna de que nos m*****en. Además, eres tan deliciosa, chiquilla mía, tan
fresca, tan juvenil y tan hermosa, que. .. no retires la pierna; únicamente ponía mi mano
sobre tu suave muslo. El hecho es que quiero joderte, querida.
Montse Fernández pudo ver cómo el enorme bulto se enderezaba más.
—¡Qué obsceno sois! ¡Qué palabras empleáis!
—¿Lo crees así, mi niñita mimada? —dijo David Brown, tomando de nuevo el sensible
clítoris entre sus dedos pulgar e índice, para masajearlo convenientemente—. Me nacen
por el placer de sentir este coñito entreabierto que trata astutamente de esquivar mis
toques.
—¡Vergüenza debería daros! —exclamó Montse Fernández, riendo, empero, a su pesar.
David Brown se aproximó para inclinarse hacia ella y tomar su lindo rostro entre sus
manos. Al hacerlo, Montse Fernández pudo advertir que la sotana, casi levantada por la fuerza de los
deseos comunicados al miembro del padre, se encontraba a escasos centímetros del pecho
de ella, de modo que podía percibir los latidos que hacían que la prenda de seda negra
subiera y bajara alternativamente.
La tentación resultaba irresistible, y acabó por pasar su delicada manecíta por debajo
de las ropas del cura y subirla lo bastante más arriba para agarrar una gran masa peluda de
la que pendían dos bolas tan grandes como huevos de gallina.
—¡Oh, Dios mío! ¡Qué cosa tan enorme! —murmuró la muchacha.
—Toda llena de preciosa leche espesa —suspiró David Brown, mientras jugueteaba con
los dos lindos senos tan próximos a él.
Montse Fernández se acomodó mejor, y de nuevo atrapó con ambas manos el duro y tieso tronco
del enorme pene.
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—¡Qué espanto! ¡Este es un monstruo! —exclamó la lasciva muchacha—. ¡De veras
que es grande! ¡Qué tamaño el suyo!
—Si; ¿no es un buen carajo? —observó David Brown, adelantándose y alzando la sotana
para poder mostrar mejor el gigantesco miembro.
Montse Fernández no pudo resistir la tentación, y alzando todavía más las ropas del cura dejó el
pene en completa libertad y expuesto en toda su longitud.
Las pulgas no sabemos mucho de medidas de espacio y de tiempo, y por ello no
puedo daros las dimensiones exactas del arma en la que la muchacha tenía en aquellos
momentos puestos los ojos. Era, sin embargo, de proporciones gigantescas.
Tenía una gran cabeza roma y roja que emergía en el extremo de un largo tronco
parduzco. El agujero que se veía en su cima, que habitualmente es tan pequeño, era en el
caso que consideramos una verdadera grieta humedecida por el fluido seminal acumulado
ahí. A todo lo largo de aquel tronco corrían gruesas venas azules, y al pie del mismo crecía
una verdadera maraña de hirsutos pelos rojos. Dos grandes testículos colgaban debajo.
—¡Cielos! ¡Madre santa! —murmuró Montse Fernández, cerrando sus ojos al tiempo que les daba
un ligero apretón.
La ancha y roma cabeza, hinchada y enrojecida por efecto del exquisito cosquilleo de
la muchacha, se encontraba en aquel momento totalmente desnuda, y emergía tiesa, libre
de los pliegues de la piel que Montse Fernández restiraba hacia atrás de la gran columna blanca. Ella
jugueteaba gozosa con su adquisición, y cada vez retiraba más atrás la aterciopelada piel
del objeto que tenía entre sus manos.
David Brown suspiró.
—¡Qué deliciosa criatura eres! —dijo, mirándola con ojos centelleantes—. Tengo
que joderte enseguida o lo arrojaré todo sobre ti.
—¡No, no debéis desperdiciar ni una gota! —exclamó Montse Fernández—. Debéis estar muy
urgido para querer veniros tan pronto.
—No puedo evitarlo. Por favor estate quieta un momento me vendré.
—¡Qué cosa tan grande! ¿Cuánta leche dará?
David Brown se detuvo y susurró al oído de la muchacha algo que no pude oír.
— ¡Verdaderamente delicioso, pero es increíble!
—Es cierto, dame una oportunidad de probártelo. Estoy ansioso de hacerlo, lindura.
¡Míralo! ¡Tengo que joderte!
Blandió su monstruoso pene colocándolo frente a ella. Después lo inclinó hacia
abajo, para después soltarlo de repente. Saltó hacia arriba como un resorte, y al hacerlo se
descubrió espontáneamente, dejando paso a la roja nuez, que exudaba una gota de semen
por la uretra.
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Todo esto sucedió cerca de la cara de Montse Fernández, que sintió un sensual olorcillo emanado
del miembro, el que vino a incrementar el trastorno de sus sentidos. Continuó jugando con
el pene, y acariciándolo.
—Basta, te lo ruego, querida, o lo desperdiciaré todo en el aire.
Montse Fernández se estuvo quieta unos segundos, aunque asida con toda la fuerza de su mano al
carajo de David Brown.
Entretanto él se divertía en moldear con una de sus manos los juveniles senos de la
muchacha, mientras con los dedos de la otra recorría en toda su extensión su húmedo coño.
El jugueteo la enloqueció. Su clítoris se hinchó y devino caliente, se aceleró su respiración,
y las llamas del deseo encendieron su lindo rostro.
La nuez se endurecía cada vez más: brillaba ya como fruta en sazón. Al observar a
hurtadillas el feo y desnudo vientre del hombre, lleno de pelos rojos, y sus parduscos
muslos, velludos como los de un mono, Montse Fernández devino carmesí de lujuria. El gran pene, cada
vez más grueso, amenazaba los cielos y provocaba en su ser las más indescriptibles
emociones.
Excitada sobremanera, enlazó con sus brazos el vigoroso cuerpo del gran bruto y lo
cubrió de sensuales besos. Su misma fealdad incrementaba sus sensaciones libidinosas.
—No, no debéis desperdiciarlo; no permitiré que lo desperdiciéis
.
Después, deteniéndose por un instante, gimió con un peculiar acento de placer, y
bajando su complaciente cabeza abrió sus rosados labios para recibir de inmediato lo más
que pudo del lascivo manjar.
—¡Oh, qué delicia! ¡Cómo cosquilleas! ¡Qué... qué gusto me das!
—No os permitiré desperdiciarlo: beberé hasta la última gota —susurró Montse Fernández
apartando por un momento su cabeza de la reluciente nuez.
Después, bajándola de nuevo, posó sus labios, proyectados hacia adelante, sobre la
gran cabeza, y abriéndolos con delicadeza recibió entre ellos el orificio de la ancha uretra.
—¡Madre santa¡ —exclamó David Brown—. ¡Esto es el cielo! ¡Cómo voy a venirme! ¡
Dios mío, cómo lames y chupas!
Montse Fernández aplicó su puntiaguda lengua al orificio, y dio de lengüetazas a todos sus
contornos.
~¡Qué bien sabe! Tenéis que darme todavía una o dos gotas mas.
—No puedo seguir, no puedo —murmuraba el sacerdote, empujando hacia adelante
al mismo tiempo que con sus dedos cosquilleaba el endurecido clítoris de Montse Fernández, puesto al
alcance de su mano.
Después Montse Fernández tomó de nuevo entre sus labios la cabeza de aquella gran yerga, mas
no pudo conseguir que la nuez entrara en su boca por completo, tan monstruosamente
ancho era.
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Lamiendo y succionando, deslizando con lentos y deliciosos movimientos la piel que
rodeaba el rojo y sensible lomo de la tremenda yerga, Montse Fernández estaba provocando unos
resultados que ella sabía no iban a dilatar mucho en producirse.
—¡Ah, madre santa! ¡Casi me estoy viniendo! Siento.,. ¡Oh. chupa ahora! ¡Vas a
recibirlo!
David Brown alzó sus brazos al aíre, su cabeza cayó hacía atrás, abrió las piernas, se
retorcieron convulsivamente sus manos, quedaron en blanco sus ojos, y Montse Fernández sintió que un
fuerte espasmo recorría el monstruoso pene.
Momentos después fue casi derribada de espaldas por el chorro continuo que como
un torrente arrojaban los órganos genitales del cura y le corrían garganta abajo.
No obstante todos sus deseos y esfuerzos, la voraz muchacha no pudo evitar que un
chorro escapara por la comisura de sus labios cuando David Brown, fuera de sí por efecto del
placer, empujaba hacia adelante con sacudidas sucesivas, con cada una de las cuales
enviaba a la garganta de ella un nuevo chorro de leche. Montse Fernández resistió todos sus empellones,
y se mantuvo asida al arma de la que manaban aquellos borbotones, hasta que todo hubo
terminado.
—¿Cuánto dijisteis? —musitó ella—. ¿Una taza de té llena? Fueron dos.
—¡Adorable criatura! —exclamó David Brown cuando al fin pudo recuperar el aliento—.
¡Qué placer tan divino me proporcionaste! Ahora me toca a mí, y tienes que permitirme
examinar todas estas cositas tuyas que tanto adoro.
—¡Ah, qué delicioso fue! Estoy casi ahogada —comentó Montse Fernández—. ¡Cuán viscosa era!
¡Dios mío, qué cantidad!
—Sí, lindura. Te la prometí toda, y me excitaste de tal modo que de seguro recibiste
una buena dosis. Fluía a borbotones.
—Sí, efectivamente así fue.
—Ahora verás qué buena lamida te doy, y cuán deliciosa-. mente te joderé después.
Uniendo la acción a la palabra, el sensual cura se colocó entre los muslos de Montse Fernández,
blancos como la leche, y adelantando su cara hacia ellos introdujo su lengua entre los
labios de la roja grieta. Después, moviéndola en torno al endurecido clítoris, la obsequió
con un cosquilleo tan exquisito, que la muchacha difícilmente podía contener sus gritos.
—¡Oh, Dios mío! ¡Me chupas la vida! ¡Oh...! Estoy... ¡Voy a venirme! ¡Me. vengo!
Y con un repentino movimiento de avance hacia la activa lengua, Montse Fernández se vino
abundantemente en el rostro de David Brown, el que recibió lo más que pudo dentro de su
boca, con epicúreo deleite.
Después el cura se alzó. Su enorme pene, que se había apenas reblandecido, se
encontraba otra vez en tensión viril, y emergía ante él en estado de terrible erección.
Literalmente resoplaba de lujuria a la vista de la Montse Fernández y bien dispuesta muchacha.
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—Ahora tengo que joderte —le dijo al tiempo que la empujaba hacia la cama—.
Tengo que poseerte y darte una probada de esta yerga en tu cuerpecito. ¡Ah, qué jodida te
voy a dar!
Despojándose rápidamente de su sotana y sus prendas interiores, el gran bruto, cuyo
cuerpo estaba totalmente cubierto de pelo y de piel tan morena como la de un mulato, tomó
el frágil cuerpo de la hermosa Montse Fernández en sus musculosos brazos y lo depositó suavemente
sobre la cama. David Brown contempló por unos instantes su cuerpo tendido y palpitante,
mitad por efecto del deseo y mitad a causa del terror que le causaba la furiosa embestida.
Luego contempló con aire satisfecho su tremendo pene, erecto de lujuria, y subiéndose
presto al lecho se arrojó sobre ella y se cubrió con las ropas de la cama.
Montse Fernández, medio ahogada debajo del gran bruto peludo, sintió el tieso pene entre sus
piernas, y bajó la mano para tentarlo de nuevo.
—¡Cielos, qué tamaño! ¡Nunca me cabrá!
—Sí, claro que si: lo tendrás todo: entrará hasta los testículos, sólo que tendrás que
cooperar para que no te lastime.
Montse Fernández se ahorró la m*****ia de contestar, porque enseguida una lengua ansiosa penetró
en su boca hasta casi sofocarla.
Después pudo darse cuenta de que el sacerdote se había levantado poco a poco, y de
que la caliente cabeza de su gigantesco pene estaba tratando de abrirse paso a través de los
húmedos labios de su rosada rendija.
No puedo seguir adelante con el relato detallado de los actos preliminares. Se
llevaron díez minutos, pero al término de ellos el torpe David Brown estaba enterrado hasta los
testículos en el lindo cuerpo de la joven, que, con sus suaves piernas enlazadas sobre la
espalda del moreno sacerdote, recibía las caricias de éste, que se solazaba sobre su víctima,
y daba comienzo a los lascivos movimientos que habían de conducirle a desembarazarse de
su ardiente fluido.
Veinticinco centímetros, cuando menos, de endurecido músculo habían calado las
partes íntimas de la jovencita, y palpitaban en el interior de ellas, al propio tiempo que una
mata de pelos hirsutos frotaba el delicado monte de la infeliz Montse Fernández.
—¡Oh, Dios mío! ¡Cómo me lastimáis! —se quejó ella—. -Cielos! ¡Me estáis
descuartizando!
David Brown inició un movimiento.
—¡No lo puedo aguantar! ¡Realmente está demasiado grande! ¡Oh! ¡Sacadlo! ¡Ay,
qué embestidas!
David Brown empujó sin piedad dos o tres veces.
—Aguarda un momento, diablita; sólo hasta que te ahogue con mi leche. ¡Oh, cuán
estrecha eres! ¡Parece que me estás sorbiendo la yerga! ¡Al fin! ahora está dentro, ya es
todo tuvo.
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—¡Piedad, por favor!
David Brown embistió duro y rápido, empujón tras empujón al mismo tiempo que giraba
y se contorsionaba sobre el muelle cuerpo de la muchacha, y sufría un verdadero ataque de
lujuria. Su enorme pene amenazaba estallar por la intensidad de su placer y el
enloquecedor deleite del momento.
—Ahora por fin te estoy jodiendo.
— ¡Jodedme! —Murmuró Montse Fernández, abriéndose todavía más de piernas, a medida que la
intensidad de las sensaciones se iban posesionando de su persona—. ¡Jodedme bien! ¡Más
duro!
Y con un hondo gemido de placer inundó a su brutal violador con una copiosa
descarqa, al propio tiempo que se arrojaba hacia adelante para recibir una formidable
embestida del hombre.
Las piernas de Montse Fernández se flexionaban espasmódicamente cuando David Brown se lanzó
entre ellas, siguió metiendo y sacando su largo y ardiente miembro entre las mismas, con
movimientos lujuriosos. Algunos suspiros mezclados con besos de los apretados labios del
lascivo invasor; unos quejidos de pacer y las rápidas vibraciones del armazón de la cama,
todo ello denunciaba la excitación de la escena.
David Brown no necesitaba incentivos. La eyaculación de su complaciente compañera le
había proporcionado el húmedo medio que deseaba, y se aprovechó del mismo para iniciar
una serie de movimientos de entrada y salida que causaron a Montse Fernández tanto placer como dolor.
La muchacha lo secundó con todas sus fuerzas. Atiborrada por completo, suspiraba
hondo y se estremecía bajo sus firmes embestidas. Su respiración se convirtió en un
estertor; se cerraron sus-ojos por efecto del brutal placer que experimentaba en un casi
ininterrumpido espasmo de la emisión. Las posaderas de su rudo amante se abrían y
cerraban a cada nuevo esfuerzo que hacia para asestar estocadas en el cuerpo de la linda
chiquilla.
Después de mucho batallar se detuvo un momento.
— Ya no puedo aguantar más, me voy a venir. Toma mi leche, Montse Fernández. Vas a recibir
torrentes de ella, ricura.
Montse Fernández lo .sabía. Todas las venas de su monstruoso cara jo estaban henchidas a su
máxima tensión. Resultaba insoportablemente grande. Parecía el gigantesco miembro de
un asno.
David Brown empezó a moverse de nuevo. De sus labios caía la saliva. Con una
sensación de éxtasis, Montse Fernández esperaba la corriente seminal.
David Brown asestó uno o dos golpes cortos, pero profundos, lanzó un gemido y se
quedó rígido, estremeciéndose sólo ligeramente de pies a cabeza, y a continuación salió de
su yerga un tremendo chorro de semen que inundó la matriz de la jovencita. El gran bruto
enterró su cabeza en las almohadas, hizo un postrer esfuerzo para adentrarse más en ella,
apoyándose con los pies en el pie de la cama.
—¡Oh, la leche! —chilló Montse Fernández—. ¡La siento! ¡Qué torrente! ¡Oh, dádmela! ¡Padre
santo, qué placer!
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~¡Ahí está! ¡Tómala! -grító el cura mientras, tras el primer chorro arrojado en el
interior de ella, embestía de nuevo salvajemente hacia adentro, enviando con cada empujón
un nuevo torrente de cálida leche.
~¡Oh, qué placer!
Aun cuando Montse Fernández había anticipado lo peor, no tuvo idea de la inmensa cantidad de
semen que aquel hombre era capaz de emitir. La arrojaba hacia fuera en espesos
borbotones que iban a estrellarse contra su misma matriz.
—¡Oh, me estoy viniendo otra vez!
Y Montse Fernández se hundió semidesfallecida bajo el robusto hombre, mientras su ardiente
fluido seguía inundándola con sus chorros viscosos.
Otras cinco veces, aquella misma noche, Montse Fernández recibió el contenido de los grandes
testículos de David Brown, y de no haber sido porque la claridad del día les advirtió que era
tiempo de que él se marchara, hubieran empezado de nuevo.
Cuando el astuto David Brown abandonó la casa y se apresuró a retirarse a su humilde
celda, amaneciendo ya, se vio forzado a admitir que había llenado su vientre de
satisfacción, de la misma manera que Montse Fernández vio inundadas de leche sus entrañas. Y suerte
tuvo la jovencita de que sus dos protectores estuvieran incapacitados, porque de otra
manera habrían descubierto, por el lastimoso estado en que se encontraban sus juveniles
partes intimas, que un intruso había traspasado los umbrales de las mismas.
La juventud es elástica, todo el mundo lo sabe. Y Montse Fernández era muy joven y muy elástica.
Si vosotros hubieseis visto la inmensa máquina de David Brown, lo habríais aseverado
conmigo Su elasticidad natural le permitió admitir no sólo la introducción de aquel ariete,
sino también dejar de sentir la menor m*****ia al cabo de un par de días.
Tres días después de este interesante episodio regresó el padre Ambrosio. Una de sus
primeras preocupaciones fue buscar a Montse Fernández. Al encontrarla la invitó a entrar en un boudoir.
—¡Vela! —gritó, mostrándole su instrumento, inflamado y en actitud de presentar
armas—. No he tenido distracción alguna durante una semana, y mi yerga está que arde,
querida Montse Fernández.
Dos minutos después, la cabeza de Montse Fernández reposaba sobre la mesa del departamento
mientras que, con la ropa recogida sobre su espalda, dejaba al descubierto sus turgentes
nalgas, las que el lascivo cura golpeó vigorosamente con su largo miembro, después de
haber solazado su vista en la contemplación de sus rollizas nalgas.
Tras otro minuto ya su instrumento se había introducido en el coño por detrás, basta
aplastar contra las posaderas el negro y rizado pelo de la base. Tras sólo unas cuantas
embestidas arrojó borbotones de leche hasta la cintura de ella.
El buen padre estaba demasiado excitado por la larga abstinencia para que con sólo
esto perdiera rigidez su miembro, por lo que retiró aquel instrumento propio de un
semental, todavía resbaladizo y vaporoso, para llevarlo al pequeño orificio situado entre el
par de deliciosas nalgas de su amiga. Montse Fernández le ayudó y, dado lo bien aceitado como estaba,
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se deslizó hacia adentro, para no tardar en obsequiar a la muchacha con otra tremenda
dosis procedente de sus prolíficos testículos. Montse Fernández sintió la ardiente descarga, y recibió
gustosa la cálida leche proyectada contra sus entrañas. Después la puso de espaldas sobre
la mesa y le succionó el clítoris por espacio de un cuarto de hora, obligándola a venirse dos
veces en su boca. A continuación la jodió en la forma natural.
Acto seguido se retiró Montse Fernández a su habitación para lavarse, y tras un ligero descanso se
puso su vestido de calle y se fue.
Aquella noche se informó que el señor Verbouc había empeorado. El ataque había
alcanzado regiones que fueron motivo de alarma para su médico de cabecera. Montse Fernández le
deseó a su tío que pasara una buena noche y se retiró a su habitación.
Julia se había instalado en la alcoba de Montse Fernández para pasar la noche, y ambas
muchachas, para aquel entonces ya bien enteradas de la naturaleza y las propiedades del
sexo masculino, estaban recostadas intercambiando ideas y aventuras.
—Pensé que iba a morir —dijo Julia— cuando el padre Ambrosio introdujo su cosa
grande y fea muy adentro de mi pobre cuerpo, y cuando acabó creí que le había dado un
ataque, y no podía entender qué era aquella cosa viscosa, aquella sustancia caliente que
arrojaba dentro de mí. ¡Oh!
—Entonces, querida, comenzaste a sentir la fricción en tu sensible cosita, y la
caliente leche del padre Ambrosio brotó a chorros, cubriéndolo todo.
—Si, así fue, y todavía me siento inundada cuando lo hace.
—¡Silencio! ¿No oíste?
Ambas muchachas se levantaron y se pusieron a escuchar. Montse Fernández, más habituada a las
características de su alcoba de lo que pudiera estarlo Julia, concentró su atención en la
ventana. En el momento de hacerlo el postigo cedió gradualmente, y apareció la cabeza de
un hombre.
Julia descubrió también al aparecido y estuvo a punto de gritar, pero Montse Fernández le hizo una
seña para que guardara silencio.
—¡Chist! No te alarmes —susurró Montse Fernández—. No nos quiere comer; sólo que es
indebido m*****arle a una de tan cruel manera.
—¿Qué quiere? —preguntó Julia, semiescondiendo su linda cabeza entre sus prendas
de dormir, pero sin dejar de observar con ojo atento al intruso.
Durante esta breve conversación el hombre se estuvo preparando para entrar en la
alcoba, y habiendo ya abierto lo bastante la ventana para poder hacerlo, deslizó su amplia
humanidad al través de la abertura. Al poner pie en el piso de la habitación quedaron al
descubierto la voluminosa figura y las feas facciones del sensual padre David Brown.
—¡Madre santa, un cura! —exclamó la joven huésped de Montse Fernández—. ¡Y bien gordo por
cierto! ¡Oh Montse Fernández! ¿Qué quiere?
—Pronto lo sabremos —susurró la otra.
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Entretanto David Brown se había aproximado a la cama.
—¿Qué? ¿Será posible? ¿Un doble agasajo? —exclamó él—. ¡ Encantadora Montse Fernández! Es
realmente un placer inesperado.
—¡Qué vergüenza, padre David Brown!
Julia había desaparecido bajo las ropas de la cama.
En dos minutos se despojó el cura de sus vestimentas, y sin esperar a que se le
invitara a hacerlo, se lanzó como rayo sobre la cama.
—¡Oh! —gritó Julia—. ¡Me está tentando!
— ¡Ah, sí! Las dos seremos bien manoseadas, te lo aseguro
—murmuró Montse Fernández al sentir la enorme arma de David Brown presionando su espalda—.
¡Que vergonzoso comportamiento el de usted, al entrar sin nuestro permiso!
—En tal caso, ¿puedo entrar, preciosidad? —repuso el cura, al tiempo que ponía en
manos de Montse Fernández su tieso instrumento.
—Puede quedarse, puesto que ya está dentro.
—Gracias —murmuro David Brown, apartando las piernas de Montse Fernández e insertando la
enorme cabeza de su pene entre ellas.
Montse Fernández sintió la estocada, y mecánicamente pasó sus brazos en torno al dorso de Julia.
David Brown empujó de nuevo, pero Montse Fernández se escabulló de un brinco. Se levantó, y
apartando las ropas de la cama dejó al descubierto el peludo cuerpo del sacerdote y la
gentil figura de su compañera.
Julia se volvió instintivamente y se encontró con que, apuntando en línea recta a su
nariz, se enderezaba el rígido pene del buen padre, que parecía próximo a estallar a causa
de la lujuria despertada en su poseedor por la compañía en que se encontraba.
—Tiéntalo —susurró Montse Fernández.
Sin atemorizarse, Julia lo agarró con su blanca manita.
—¡Cómo late! Se va haciendo cada vez mayor, a fe mía. Ambas muchachas se
bajaron entonces de la cama, y ansiosas por divertirse comenzaron a estrujar y a frotar el
voluminoso pene del sacerdote, hasta que éste estuvo a punto de venirse.
— ¡ Esto es el cielo! —dijo el padre David Brown con la mirada perdida, y un ligero
movimiento convulsivo en sus dedos que denotaba su placer.
—Basta, querida, de lo contrario se vendrá —observó Montse Fernández, adoptando un aire de
persona experimentada, al que creía tener derecho, según ella, en virtud de sus anteriores
relaciones con el monstruo.
Por su parte, el padre David Brown no estaba dispuesto a desperdiciar sus disparos
cuando estaban a su alcance dos objetivos tan lindos.
Permaneció inactivo durante el manoseo al que las muchachas sometieron su pene,
pero ahora había atraído suavemente hacia si a la joven Julia, para alzarle la camisa y dejar
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a la vista todos sus secretos encantos. Deslizó sus ansiosas manos en torno a los adorables
muslos y las nalgas de la muchacha, y con los pulgares abrió después la rosada vulva, para
introducir su lasciva lengua en su interior, y besarla en forma por demás excitante en la
misma matriz.
Julia no podía permanecer insensible a este tratamiento y cuando al fin, tembloroso
de deseo y de desenfrenada lujuria, el osado cura la puso de espaldas sobre la cama, abrió
sus juveniles muslos y le permitió ver los sonrosados bordes de su bien ajustada rendija.
David Brown se metió entre sus piernas, y adelantándose hacia ella mojó la gruesa punta de su
miembro en los húmedos labios del coño. Montse Fernández prestó entonces su ayuda, y tomando entre
sus manos el inmenso pene, le descubrió y encaminó adecuadamente hacia el orificio.
Julia contuvo el aliento y se mordió los labios. David Brown asestó una violenta
estocada. Julia, brava como una leona, aguantó el golpe, y la cabeza se introdujo. Más
empujones, mayor presión, y en menos tiempo que toma para escribirlo Julia había
engullido totalmente el enorme pene del sacerdote.
Una vez cómodamente posesionado de su cuerpo, David Brown inició una serie de
rítmicas embestidas a fondo, y Julia, presa de sensaciones indescriptibles, echó hacia atrás
la cabeza, y se cubrió el rostro con una mano mientras con la otra se asía de la cintura de
Montse Fernández.
—¡Oh, es enorme, pero qué gusto me da!
— ¡ Está completamente dentro! ¡ Se ha enterrado hasta las bolas! —exclamó Montse Fernández.
—¡Ah! ¡Qué delicia! ¡Voy a venirme! ¡No puedo aguantar! ¡Su vientre es como
terciopelo! ¡Toma! ¡Toma esto!
Aquí siguió una feroz embestida.
—¡Oh! —exclamó Julia.
En aquel momento se le ocurrió una fantasía al libidinoso gigante, y extrayendo el
vaporizante miembro de las partes íntimas de Julia. se lanzó entre las piernas de Montse Fernández y lo
alojó en el interior de su deliciosa vulva. El palpitante objeto se metió muy adentro de su
juvenil coño, mientras el propietario del mismo babeaba de gusto por la tarea a que estaba
entregado.
Julia veía asombrada la aparente facilidad con que el padre hundía su gran yerga en el
interior del blanco cuerpo de su amiga.
Tras de pasar un cuarto de hora en esta erótica postura, tiempo en el cual Montse Fernández
oprimió al padre contra su pecho y rindió por dos veces su cálido tributo sobre la cabeza de
la enorme vara, una vez más se retira David Brown, y buscó calmar el ardor que le consumía
derramando su caliente leche en el interior de la delicada personita de Julia.
Tomó a la damita entre sus brazos, de nuevo se montó sobre su cuerpo, y sin gran
dificultad, presionando su ardiente yerga contra el suave coño de ella, se dispuso a
inundarlo con una lasciva descarga.
Siguió una furiosa serie de estocadas rápidas pero profundas, al final de las cuales
David Brown, al tiempo que dejaba escapar un hondo suspiro, empujó hasta lo más hondo de
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la delicada muchacha, y comenzó a vomitar en su interior un verdadero diluvio de semen.
Chorro tras chorro brotaba de su pene mientras él, con los ojos en blanco y los labios
temblorosos, llegaba al éxtasis.
La excitación de Julia había alcanzado su máximo, y se sumó al goce de su violador
en el paroxismo final, a un grado de terrible enajenación que no hay pulga capaz de
describir.
Las orgías que siguieron en esta lasciva noche fueron algo que excede también mis
capacidades narrativas. Tan pronto como David Brown se hubo recobrado de su primera
eyaculación, anunció con palabras de grueso calibre su propósito de gozar de Montse Fernández. Y,
dicho y hecho, puso inmediatamente manos a la obra.
Durante un largo cuarto de hora permaneció enterrado hasta los pelos en el coño de
ella, conteniéndose hasta que la naturaleza se impuso, para que Montse Fernández recibiera la descarga
en su matriz.
El padre sacó su pañuelo de Holanda, con el que enjugó los chorreantes coños de
ambas beldades. Entonces las dos muchachas asieron el miembro del sacerdote, y le
aplicaron tantos tiernos y lascivos toques que excitaron de nuevo el fogoso temperamento
del sacerdote, hasta el punto de lograr infundirle nuevas fuerzas y virilidad imposibles de
describir. Su enorme pene, enrojecido y engrosado en virtud de los ejercicios anteriores,
veía amenazador a la pareja que lo manoseaba llevándolo ora a un lado, ora a otro. Varias
veces Montse Fernández chupó la enardecida cabeza y cosquilleó con la punta de su lengua el orificio
de la uretra.
Esta era, por lo visto, una de las formas favoritas de gozar de David Brown. ya que
rápidamente introdujo lo más que pudo la cabeza de su gran yerga en la boca de la
muchacha.
Después las hizo rodar una y otra vez, desnudas tal como vinieron al mundo, pegando
sus gruesos labios en sus chorreantes coños, una y otra vez. Besó ruidosamente y manoteó
las redondeces de sus nalgas, introduciendo de vez en cuando uno de sus dedos en los
orificios de los culos.
Luego David Brown y Montse Fernández, ambos a una, convencieron a Julia para que le permitiera al
padre meter en su boca la punta de su pene, y tras un buen rato de cosquillear y excitar al
monstruoso carajo, vomitó tal torrente en la garganta de la muchacha, que casi la ahogó.
Siguió un corto intervalo, y de nuevo el inusitado hecho de poder gozar de dos
muchachas tan tentadoras y espirituales despertó todo el vigor de David Brown.
Colocándolas una junto a otra comenzó a introducir su miembro alternativamente en
cada una, y tras de algunas brutales embestidas lo retiraba de un coño para meterlo en el
otro. Después se tumbó sobre su espalda, y atrayendo a las muchachas sobre él le chupó el
coño a una mientras la otra se enterraba en su yerga hasta juntarse los pelos de ambos
cuerpos. Una y otra vez arrojó en el interior de ellas su prolífica esencia.
Sólo el alba puso término a aquellas escenas de orgía.
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Mientras tales escenas se desarrollaban en aquella casa, otra muy diferente tenía lugar
en la alcoba del señor Verbouc, y cuando tres días más tarde el padre Ambrosio regresaba
de otra de sus ausencias, encontró a su amigo y protector al borde de la muerte.
Unas pocas horas bastaron para poner término a la vida y aventuras de tan excéntrico
caballero.
Después de su deceso su viuda, que nunca se distinguió por sus luces intelectuales,
comenzó a presentar síntomas de locura, y en el paroxismo de su desvarío nunca dejaba de
llamar al sacerdote. Pero cuando en cierta ocasión un anciano y respetable padre fue
llamado de urgencia, la buena señora negó indignada que aquel hombre pudiera ser un
sacerdote, y pidió a gritos que se le enviara “el del gran instrumento”. Su lenguaje y su
comportamiento fueron motivo de escándalo general, por lo que se la tuvo que encerrar en
un asilo, en el que sigue delirando en demanda del gran pene.
Montse Fernández, que de esta suerte se quedó sin protectores, bien pronto prestó oídos a los
consejos de su confesor, y aceptó tomar los velos.
Julia, huérfana también, resolvió compartir la suerte de su amiga, y como quiera que
su madre otorgó enseguida su consentimiento, ambas jóvenes fueron recibidas en los
brazos de la Santa Madre Iglesia el mismo día, y una vez pasado el noviciado hicieron a un
tiempo los votos definitivos.
Cómo fueron observados estos votos de castidad no es cosa que yo, una humilde
pulga, deba juzgar. Únicamente puedo decir que al terminar la ceremonia ambas
muchachas fueron trasladadas privadamente al seminario, en el que las aguardaban catorce
curas.
Sin darles apenas tiempo a las nuevas devotas a desvestirse, los canallas,
enfervorecidos por la perspectiva de tan preciada recompensa, se lanzaron sobre ellas, y
uno tras otro saciaron su diabólica lujuria.
Montse Fernández recibió arriba de veinte férvidas descargas en todas las posturas imaginables, y
Julia, apenas menos vigorosamente asaltada, acabó por desmayarse, exhausta por la rudeza
del trato a que se vio sometida.
La habitación estaba bien asegurada, por lo que no había que temer interrupciones, y
la sensual comunidad, reunida para honrar a las recién admitidas hermanas, disfrutó de sus
encantos a sus anchas.
También Ambrosio estaba allí, ya que hacía tiempo que se había convencido de la
imposibilidad de conservar a Montse Fernández para él solo, y a mayor abundamiento temía la
animosidad de sus cofrades
.
David Brown también formaba parte de su equipo, y su enorme miembro causaba
estragos en los juveniles encantos que atacaba.
El Superior tenía asimismo oportunidad de dar rienda suelta a sus perversos gustos, y
ni siquiera la recién desflorada y débil Julia escapó a la ordalía de sus ataques. Tuvo que
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someterse y permitir que, entre indescriptibles emociones placenteras, arrojara su viscoso
semen en sus entrañas.
Los gritos de los que se venían, la respiración entrecortada de aquellos otros que
estaban entregados al acto sensual, el chirriar y crujir del mobiliario, las apagadas voces y
las interrumpidas conversaciones de los observadores, todo tendía a dar mayor magnitud a
la monstruosidad de las libidinosas escenas, y a hacer más repulsivos los detalles de esta
batahola eclesiástica.
Obsesionada por estas ideas, y disgustada sobremanera por las proporciones de la
orgía, huí, y no me detuve hasta no haber puesto muchos kilómetros de distancia entre mi
ser y los protagonistas de esta odiosa historia, ni tampoco, desde aquel momento, acaricié
la idea de volver a entrar en relaciones de familiaridad con Montse Fernández o con Julia.
Bien sé que ellas vinieron a ser los medios normales de dar satisfacción a los
internados en el seminario. Sin duda la constante y fuerte excitación sexual que tenían que
resentir había de marchitar en poco tiempo los hermosos encantos juveniles que tanta
admiración me inspiraron. Pero, hasta donde cabe. mi tarea ha terminado, he cumplido mi
promesa y se han terminado mis primeras memorias. Y si bien no es atributo de una pulga
el moralizar, sí está en su mano escoger su propio alimento.
Hastiada de aquellas mujercitas sobre las que he disertado, hice lo que hacen tantos
otros que, no obstante no ser pulgas, tal como lo recordé a mis lectores al comenzar esta
primera narración, hacen lo mismo, chupar la sangre: emigré, con la nueva promesa a misCapitulo I
NACÍ, PERO COMO NO SABRÍA DECIR COMO, cuándo o dónde, y por lo tanto
debo permitirle al lector que acepte esta afirmación mía y que la crea si bien le parece. Otra
cosa es asimismo cierta: el hecho de mi nacimiento no es ni siquiera un átomo menos
cierto que la veracidad de estas memorias, y si el estudiante inteligente que profundice en
estas s se pregunta cómo sucedió que en el transcurso de mi paso por la vida
—o tal vez hubiera debido decir mi brinco por ella— estuve dotada de inteligencia,
dotes de observación y poderes retentivos de memoria que me permitieron conservar el
recuerdo de los maravillosos hechos y descubrimientos que voy a relatar, únicamente
podré contestarle que hay inteligencias insospechadas por el vulgo, y leyes naturales cuya
existencia no ha podido ser descubierta todavía por los más avanzados científicos del
mundo.
Oí decir en alguna parte que mi destino era pasarme la vida chupando sangre. En
modo alguno soy el más insignificante de los seres que pertenecen a esta fraternidad
universal, y si llevo una existencia precaria en los cuerpos de aquellos con quienes entro en
contacto, mi propia experiencia demuestra que lo hago de una manera notablemente
peculiar, ya que hago una advertencia de mi ocupación que raramente ofrecen otros seres
de otros grados en mi misma profesión. Pero mi creencia es que persigo objetivos más
nobles que el de la simple sustentación de mi ser por medio de las contribuciones de los
incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mio, y con un alma que está muy por
encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando alturas de
percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo de la
grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al
describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto,
cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en
que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo
que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me
llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la
verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora
como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general
inexistente.
Estaba entregado a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una
jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como
el aroma de su... pero estoy divagando.
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Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas
atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es
natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el
momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Montse Fernández,
bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que
también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Montse Fernández era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su
juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que
placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave
como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Montse Fernández sabía, desde luego,
cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera
hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya
más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros
se volvieron a mirar a la linda Montse Fernández, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras
de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones
masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de
todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré
que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba
una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la otra con el fin de desatarse las
elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una
de otra sus rollizas pantorrillas, Montse Fernández se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que
el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la
oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo
vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba
sus labios por entre las sombras.
De pronto Montse Fernández dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de
leerla también. los incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mio, y con un alma
que está muy por encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando
alturas de percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en el pináculo
de la grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al
describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
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De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto,
cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en
que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo
que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me
llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la
verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora
como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general
inexistente.
Estaba entregado a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una
jovencita de alrededor de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como
el aroma de su... pero estoy divagando.
Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas
atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es
natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el
momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Montse Fernández,
bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que
también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Montse Fernández era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura perfecta. No obstante su
juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a adquirir proporciones como las que
placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave
como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Montse Fernández sabía, desde luego,
cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera
hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los hombres ya
más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros
se volvieron a mirar a la linda Montse Fernández, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras
de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones
masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de
todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré
que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba
una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la otra con el fin de desatarse las
elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
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Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una
de otra sus rollizas pantorrillas, Montse Fernández se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que
el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse luego en la
oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo
vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba
sus labios por entre las sombras.
De pronto Montse Fernández dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de
leerla también.
“Esta noche, a las ocho, estaré en el antiguo lugar”. Eran las únicas palabras escritas
en el papel, pero al parecer tenían un particular interés para ella. puesto que se mantuvo en
la misma postura por algún tiempo en actitud pensativa.
Se había despertado mi curiosidad, y deseosa de saber más acerca de la interesante
joven, lo que me proporcionaba la agradable oportunidad de continuar en tan placentera
promiscuidad, me apresuré a permanecer tranquilamente oculta en un lugar recóndito y
cómodo, aunque algo húmedo, y no salí del mismo, con el fin de observar el desarrollo de
los acontecimientos, hasta que se aproximó la hora de la cita.
Montse Fernández se vistió con meticulosa atención, y se dispuso a trasladarse al jardín que
rodeaba la casa de campo donde moraba, fui con ella.
Al llegar al extremo de una larga y sombreada avenida la muchacha se sentó en una
banca rústica, y esperó la llegada de la persona con la que tenía que encontrarse.
No pasaron más de unos cuantos minutos antes de que se presentara el joven que por
la mañana se había puesto en comunicación con mi deliciosa amiguita.
Se entabló una conversación que, sí debo juzgar por la abstracción que en ella se
hacía de todo cuanto no se relacionara con ellos mismos, tenía un interés especial para
ambos.
Anochecía, y estábamos entre dos luces. Soplaba un airecillo caliente y confortable, y
la joven pareja se mantenía entrelazada en el banco, olvidados de todo lo que no fuera su
felicidad mutua.
—No sabes cuánto te quiero, Montse Fernández -murmuró el joven, sellando tiernamente su
declaración con un beso depositado sobre los labios que ella ofrecía.
—Sí, lo sé —contestó ella con aire inocente—. ¿No me lo estás diciendo
constantemente? Llegaré a cansarme de oír esa canción.
Montse Fernández agitaba inquietamente sus lindos pies, y se veía meditabunda.
—¿Cuándo me explicarás y enseñarás todas esas cosas divertidas de que me has
hablado? —preguntó ella por fin, dirigiéndole una mirada, para volver luego a clavar la
vista en el suelo.
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—Ahora —repuso el joven—. Ahora, querida Montse Fernández, que estamos a solas y libres de
interrupciones. ¿Sabes, Montse Fernández? Ya no somos unos chiquillos.
Montse Fernández asintió con un movimiento de cabeza.
—Bien; hay cosas que los niños no saben, y que los amantes no sólo deben conocer,
sino también practicar.
—¡Válgame Dios! —dijo ella, muy seria.
— Sí —continuó su compañero—. Hay entre los que se aman cosas secretas que los
hacen felices, y que son causa de la dicha de amar y ser amado.
—¡Dios mío! —exclamó Montse Fernández—. ¡Qué sentimental te has vuelto, Carlos! Todavía
recuerdo cuando me decías que el sentimentalismo no era más que una patraña.
—Así lo creía, hasta que me enamoré de ti —replicó el joven.
—¡Tonterías! —repuso Montse Fernández—. Pero sigamos adelante, y i cuéntame lo que me
tienes prometido.
—No te lo puedo decir si al mismo tiempo no te lo enseño
—contestó Carlos—. Los conocimientos sólo se aprenden observándolos en la
práctica.
—¡Anda, pues! ¡Sigue adelante y enséñame! —exclamó la muchacha, en cuya
brillante mirada y ardientes mejillas creí- descubrir que tenía perfecto conocimiento de la
clase de instrucción que demandaba.
En su impaciencia había un no sé qué cautivador. El joven cedió a este atractivo y,
cubriendo con su cuerpo el de la Montse Fernández damita, acercó sus labios a los de ella y la besó
embelesado.
Montse Fernández no opuso resistencia; por el contrario colaboró devolviendo las caricias de su
amado.
Entretanto la noche avanzaba; los árboles desaparecían tras. la oscuridad, y extendían
sus altas copas como para proteger a los jóvenes contra la luz que se desvanecía.
De pronto Carlos se deslizó a un lado de ella y efectuó un ligero movimiento. Sin
oposición de parte de Montse Fernández pasó su mano por debajo de las enaguas de la muchacha. No
satisfecho con el goce que le causó tener a su alcance sus medias de seda, intentó seguir
más arriba, y sus inquisitivos dedos entraron en contacto con las suaves y temblorosas
carnes de los muslos de la muchacha.
El ritmo de la respiración de Montse Fernández se apresuró ante este poco delicado ataque a sus
encantos. Estaba, empero, muy lejos de resistirse; indudablemente le placía el excitante
jugueteo.
-Tócalo -murmuró—. Te lo permito.
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Carlos no necesitaba otra invitación. En realidad se disponía a seguir adelante, y
captando en el acto el alcance del permiso, introdujo sus dedos más adentro.
La complaciente muchacha abrió sus muslos cuando él lo hizo, y de inmediato su
mano alcanzó los delicados labios rosados de su linda rendija.
Durante los diez minutos siguientes la pareja permaneció con los labios pegados,
olvidada de todo. Sólo su respiración denotaba la intensidad de las sensaciones que los
embargaba en aquella embriaguez de lascivia. Carlos sintió un delicado objeto que adquiría
rigidez bajo sus ágiles dedos, y que sobresalía de un modo que le era desconocido.
En aquel momento Montse Fernández cerró sus ojos, y dejando caer su cabeza hacia atrás se
estremeció ligeramente, al tiempo que su cuerpo devenía ligero y lánguido, y su cabeza
buscaba apoyo en el brazo de su amado.
—¡Oh, Carlos! —murmuró—. ¿Qué me estás haciendo? ¡Qué deliciosas sensaciones
me proporcionas!
El muchacho no permaneció ocioso, pero habiendo ya explorado todo lo que le
permitía la postura forzada en que se encontraba, se levantó, y comprendiendo la necesidad
de satisfacer la pasión que con sus actos había despertado, le rogó a su compañera que le
permitiera conducir su mano hacia un objeto querido, que le aseguró era capaz de
producirle mucho mayor placer que el que le habían proporcionado sus dedos.
Nada renuente, Montse Fernández se asió a un nuevo y delicioso objeto y, ya fuere porque
experimentaba la curiosidad que simulaba, o porque realmente se sentía transportada por
deseos recién nacidos, no pudo negarse a llevar de la sombra a la luz el erecto objeto de su
amigo.
Aquellos de mis lectores que se hayan encontrado en una situación similar, podrán
comprender rápidamente el calor puesto en empuñar la nueva adquisición, y la mirada de
bienvenida con que acogió su primera aparición en público.
Era la primera vez que Montse Fernández contemplaba un miembro masculino en plena
manifestación de poderío, y aunque no hubiera sido así, el que yo podía ver cómodamente
era de tamaño formidable. Lo que más le incitaba a profundizar en sus conocimientos era
la blancura del tronco y su roja cabeza, de la que se retiraba la suave piel cuando ella
ejercía presión.
Carlos estaba igualmente enternecido. Sus ojos brillaban y su mano seguía
recorriendo el juvenil tesoro del que había tomado posesión.
Mientras tanto los jugueteos de la manecita sobre el juvenil miembro con el que
había entrado en contacto habían producido los efectos que suelen observarse en
circunstancias semejantes en cualquier organismo sano y vigoroso, como el del caso que
nos ocupa.
Arrobado por la suave presión de la mano, los dulces y deliciosos apretones, y la
inexperiencia con que la jovencita tiraba hacia atrás los pliegues que cubrían la exuberante
fruta, para descubrir su roja cabeza encendida por el deseo, y con su diminuto orificio en
espera de la oportunidad de expeler su viscosa ofrenda, el joven estaba enloquecido de
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lujuria, y Montse Fernández era presa de nuevas y raras sensaciones que la arrastraban hacia un
torbellino de apasionada excitación que la hacía anhelar un desahogo todavía desconocido.
Con sus hermosos ojos entornados, entreabiertos sus húmedos labios, la piel caliente
y enardecida a causa de los desconocidos impulsos que se habían apoderado de su persona,
era víctima propicia para quienquiera que tuviese aquel momento la oportunidad. y
quisiera lograr sus favores y arrancarle su delicada rosa juvenil.
No obstante su juventud. Carlos no era tan ciego como para dejar escapar tan
brillante oportunidad. Además su pasión, ahora a su máximo, lo incitaba a seguir adelante,
desoyendo los consejos de prudencia que de otra manera hubiera escuchado.
Encontró palpitante y bien húmedo el centro que se agitaba bajo sus dedos;
contempló a la hermosa muchacha tendida en una invitación al deporte del amor, observó
sus hondos suspiros, que hacían subir y bajar sus senos, y las fuertes emociones sensuales
que daban vida a las radiantes formas de su joven compañera.
Las suaves y turgentes piernas de la muchacha estaban expuestas a las apasionadas
miradas del joven.
A medida que iba alzando cuidadosamente sus ropas íntimas, Carlos descubría los
secretos encantos de su adorable compañera, hasta que sus ojos en llamas se posaron en los
rollizos miembros rematados en las blancas caderas y el vientre palpitante.
Su ardiente mirada se posó entonces en el centro mismo de atracción, en la rosada
hendidura escondida al pie de un turgente monte de Venus, apenas sombreado por el más
suave de los vellos.
El cosquilleo que le había administrado, y las caricias dispensadas al objeto
codiciado, habían provocado el flujo de humedad que suele suceder a la excitación, y Montse Fernández
ofrecía una rendija que antojábase un durazno, bien rociado por el mejor y más dulce
lubricante que pueda ofrecer la naturaleza.
Carlos captó su oportunidad, y apartando suavemente la mano con que ella le asía el
miembro, se lanzó furiosamente, sobre la reclinada figura de ella.
Apresó con su brazo izquierdo su breve cintura; abrazó las mejillas de la muchacha
con su cálido aliento, y sus labios apretaron los de ella en un largo, apasionado y
apremiante beso. Tras de liberar a su mano izquierda, trató de juntar los cuerpos lo más
posible en aquellas partes que desempeñan el papel activo en el placer sensual,
esforzándose ansiosamente por completar la unión.
Montse Fernández sintió por primera vez en su vida el contacto mágico del órgano masculino con
los labios de su rosado orificio.
Tan pronto como percibió el ardiente contacto con la dura cabeza del miembro de
Carlos se estremeció perceptiblemente, y anticipándose a los placeres de los actos
venéreos, dejó escapar una abundante muestra de su susceptible naturaleza.
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Carlos estaba embelesado, y se esforzaba en buscar la máxima perfección en la
consumación del acto.
Pero la naturaleza, que tanto había influido en el desarrollo de las pasiones sexuales
de Montse Fernández, había dispuesto, que algo tenía que realizarse antes de que fuera cortado tan
fácilmente un capullo tan tempranero.
Ella era muy joven, inmadura —incluso en el sentido de estas visitas mensuales que
señalan el comienzo de la pubertad— y sus partes, aun cuando estaban llenas de
perfecciones y de frescura, estaban poco preparadas para la admisión de los miembros
masculinos, aun los tan moderados como el que, con su redonda cabeza intrusa, se luchaba
en aquel momento por buscar alojamiento en ellas.
En vano se esforzaba Carlos presionando con su excitado miembro hacia el interior
de las delicadas partes de la adorable muchachita.
Los rosados pliegues del estrecho orificio resistían todas las tentativas de penetración
en la mística gruta. En vano también la linda Montse Fernández, en aquellos momentos inflamada por
una excitación que rayaba en la furia, y semienloquecida por efecto del cosquilleo que ya
había resentido, secundaba por todos los medios los audaces esfuerzos de su joven amante.
La membrana era fuerte y resistía bravamente. Al fin, en un esfuerzo desesperado por
alcanzar el objetivo propuesto, el joven se hizo atrás por un momento, para lanzarse luego
con todas sus fuerzas hacia adelante, con lo que consiguió abrirse paso taladrando en la
obstrucción, y adelantar la cabeza y parte de su endurecido miembro en el sexo de la
muchacha que yacía bajo él.
Montse Fernández dejó escapar un pequeño grito al sentir forzada la puerta que conducía a sus
secretos encantos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para resistir el dolor con la
esperanza del alivio que parecía estar a punto de llegar.
Se ha dicho que ce n’est que le premier coup qui coute, pero cabe alegar que también
es perfectamente posible que quelquejois il cauto trops, como puede inferir el lector
conmigo en el caso presente.
Sin embargo y por muy extraño que pueda parecer, ninguno de nuestros amantes
tenía la menor idea al respecto, pues entregados por entero a las deliciosas sensaciones que
se habían apoderado de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos
que ambos sentían que iban a llevarlos a un éxtasis.
Todo el cuerpo de Montse Fernández se estremecía de delirante impaciencia, y de sus labios rojos
se escapaban cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregada en
cuerpo y alma a las delicias del coito. Sus contracciones musculares en el arma que en
aquellos momentos la tenía ya ensartada, el firme abrazo con que sujetaba el contorsionado
cuerpo del muchacho, la delicada estrechez de la húmeda funda, ajustada como un guante,
todo ello excitaba los sentidos de Carlos hasta la locura.
Hundió su instrumento hasta la raíz en el cuerpo de ella, hasta que los dos globos que
abastecían de masculinidad al campeón alcanzaron contacto con los firmes cachetes de las
nalgas de ella. No pudo avanzar más, y se entregó de lleno a recoger la cosecha de sus
esfuerzos.
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Pero Montse Fernández, insaciable en su pasión, tan pronto como vio realizada la completa unión
Que deseaba, entregándose al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le
proporcionaba, estaba demasiado excitada para interesarse o preocuparse por lo que
pudiera ocurrir después. Poseída por locos espasmos de lujuria, se apretujaba contra el
objeto de su placer y, acogiéndose a los brazos de su amado, con apagados quejidos de
intensa emoción extática y grititos de sorpresa y deleite, dejo escapar una copiosa emisión
que, en busca de salida, inundó los testículos de Carlos.
Tan pronto como el joven pudo comprobar el placer que le procuraba a la hermosa
Montse Fernández, y advirtió el flujo que tan profusamente había derramado sobre él, fue presa también
de un acceso de furia lujuriosa. Un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas.
Su instrumento se encontraba totalmente hundido en las entrañas de ella. Echándose hacia
atrás, extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza y volvió a hundirlo. Sintió un
cosquilleo crispante, enloquecedor. Apretó el abrazo que le mantenía unido a su joven
amante, y en el mismo instante en que otro grito de arrebatado placer se escapaba del
palpitante pecho de ella, sintió su propio jadeo sobre el seno de Montse Fernández, mientras derramaba
en el interior de su agradecida matriz un verdadero torrente de vigor juvenil.
Un apagado gemido de lujuria satisfecha escapó de los labios entreabiertos de Montse Fernández,
al sentir en su interior el derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de
la emisión le arrancó a Carlos un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido
con los ojos en blanco, como el acto final del drama sensual.
El grito fue la señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las
ramas de los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de pie
delante de los jóvenes amantes.
El horror heló la sangre de ambos.
Carlos, escabulléndose del que había sido su lúbrico y cálido refugio, y con un
esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió ante la aparición, como quien huye de una
espantosa serpiente.
Por su parte la gentil Montse Fernández, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se
cubrió el rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su
goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa del temor, se dispuso a esperar la tormenta
que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse, a ella con toda la presencia de ánimo de que
era capaz.
No se prolongó mucho su incertidumbre.
Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al jovencito
por el brazo, mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que pusiera orden en su
vestimenta.
—¡Muchacho imprudente! —murmuró entre dientes—. ¿Qué hiciste? ¿Hasta qué
extremos te ha arrastrado tu pasión loca y salvaje? ¿Cómo podrás enfrentarte a la ira de tu
ofendido padre? ¿Cómo apaciguarás su justo resentimiento cuando yo, en el ejercicio de mi
deber moral, le haga saber el daño causado por la mano de su único hijo?
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Cuando terminó de hablar, manteniendo a Carlos todavía sujeto por la muñeca, la luz
de la luna descubrió la figura de un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años,
bajo, gordo y más bien corpulento. Su rostro, francamente hermoso, resultaba todavía más
atractivo por efecto de un par de ojos brillantes que, negros como el azabache, lanzaban en
torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento. Vestía hábitos clericales, cuyo
sombrío aspecto y limpieza hacían resaltar todavía más sus notables proporciones
musculares y su sorprendente fisonomía, Carlos estaba confundido por completo, y se
sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el fiero intruso se volvió hacia su joven
compañera de goces libidinosos.
—En cuanto a ti, infeliz muchacha, sólo puedo expresarte mi máximo horror y mí
justa indignación. Olvidándote de los preceptos de nuestra santa madre iglesia, sin
importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso muchacho que pruebe la
fruta prohibida. ¿Qué te queda ahora? Escarnecida por tus amigos y arrojada del hogar de
tu tío, tendrás que asociarte con las bestias del campo, y. como Nabucodonosor, serás
eludida por los tuyos para evitar la contaminación, y tendrás que implorar por los caminos
del Señor un miserable sustento. ¡Ah, hija del pecado, criatura entregada a la lujuria y a
Satán! Yo te digo que...
El extraño había ido tan lejos en su amonestación a la infortunada muchacha, que
Montse Fernández, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió lágrimas y súplicas en
demanda de perdón para ella y para su joven amante,
—No digas más —siguió, al cabo. el fiero sacerdote—. No digas más. Las
confesiones no son válidas, y las humillaciones sólo añaden lodo a tu ofensa. Mi mente no
acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero si obedeciera los
dictados de mis actuales inclinaciones me encaminaría directamente hacia tus custodios
naturales para hacerlas saber de inmediato las infamias que por azar he descubierto.
—;Por piedad! ¡Compadeceos de mí! —suplicó Montse Fernández, cuyas lágrimas se deslizaban
por unas mejillas que hacía poco habían resplandecido de placer.
—¡Perdonadnos. padre! ¡Perdonadnos a los dos! Haremos cuanto esté en nuestras
manos como penitencia. Se dirán seis misas y muchos padrenuestros sufragados por
nosotros, Se emprenderá sin duda la peregrinación al sepulcro de San Engulfo, del que me
hablabais el otro día. Estoy dispuesto a cualquier sacrificio si perdonáis a mi querida Montse Fernández.
El sacerdote impuso silencio con un ademán. Después tomó la palabra, a veces en un
tono piadoso que contrastaba con sus maneras resueltas y su natural duro.
—¡Basta! —dijo—. Necesito tiempo. Necesito invocar la ayuda de la Virgen bendita,
que no conoce e] pecado, pero que, sin experimentar el placer carnal de la copulación de
los mortales, trajo al mundo al niño Jesús en el establo de Belén. Pasa a yerme mañana a la
sacristía, Montse Fernández. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es la voluntad divina con
respecto a tu pecado. En cuanto a ti, joven impetuoso, me reservo todo juicio y toda acción
hasta el día siguiente, en el que te espero a la misma hora.
Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes cuando el padre les
advirtió que debían marcharse ya.
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La noche hacía mucho que había caído, y se levantaba el relente.
—Entretanto, buenas noches, y que la paz sea con vosotros. Vuestro secreto está a
salvo conmigo hasta que nos volvamos a ver —dijo el padre antes de desaparecer.
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Capitulo II
CURIOSA POR SABER EL DESARROLLO DE UNA aventura en la que ya estaba
verdaderamente interesada, al propio tiempo que por la suerte de la gentil y amable Montse Fernández,
me sentí obligada a permanecer junto a ella, y por lo tanto tuve buen cuidado de no
m*****arla con mis atenciones, no fuera a despertar su resistencia y a desencadenar un
ataque a destiempo, en un momento en el que para el buen éxito de mis propósitos
necesitaba estar en el propio campo de operaciones de la joven.
No trataré de describiros el mal rato que pasó mi joven protegida en el intervalo
transcurrido desde el momento en que se produjo el enojoso descubrimiento del padre
confesor y la hora señalada por éste para visitarle en la sacristía, con el fin de decidir sobre
el sino de la infortunada Montse Fernández.
Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, la asustada muchacha se presentó ante
la puerta de aquélla y llamó.
La puerta se abrió y apareció el padre en el umbral.
A un signo del sacerdote Montse Fernández entró, permaneciendo de pie frente a la imponente
figura del santo varón.
Siguió un embarazoso silencio que se prolongó por algunos segundos. El padre
Ambrosio lo rompió al fin para decir:
—Has hecho bien en acudir tan puntualmente, hija mía. La estricta obediencia del
penitente es el primer signo espiritual que conduce al perdón divino.
Al oír aquellas bondadosas palabras Montse Fernández cobró aliento y pareció descargarse de un
peso que oprimía su corazón.
El padre Ambrosio siguió hablando, al tiempo que se sentaba sobre un largo cojín
que cubría una gran arca de roble.
—He pensado mucho en ti, y también rogado por cuenta tuya, hija mía. Durante
algún tiempo no encontré manera alguna de dejar a mi conciencia libre de culpa, salvo la
de acudir a tu protector natural para revelarle el espantoso secreto que involuntariamente
llegué a poseer.
Hizo una pausa, y Montse Fernández, que sabía muy bien el severo carácter de su tío, de quien
además dependía por completo, se echó a temblar al oír tales palabras.
Tomándola de la mano y atrayéndola de manera que tuvo que arrodillarse ante él,
mientras su mano derecha presionaba su bien torneado hombro, continuó el padre:
—Pero me dolía pensar en los espantosos resultados que hubieran seguido a tal
revelación, y pedí a la Virgen Santísima que me asistiera en tal tribulación. Ella me señaló
un camino que, al propio tiempo que sirve a las finalidades de la sagrada iglesia, evita las
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consecuencias que acarrearía el que el hecho llegase a conocimiento de tu tío. Sin
embargo, la primera condición necesaria para que podamos seguir este camino es la
obediencia absoluta.
Montse Fernández, aliviada de su angustia al oír que había un camino de salvación, prometió en el
acto obedecer ciegamente las órdenes de su padre espiritual.
La jovencita estaba arrodillada a sus pies. El padre Ambrosio inclinó su gran cabeza
sobre la postrada figura de ella. Un tinte de color enrojecía sus mejillas, y un fuego extraño
iluminaba sus ojos. Sus manos temblaban ligeramente cuando se apoyaron sobre los
hombros de su penitente, pero no perdió su compostura. Indudablemente su espíritu estaba
conturbado por el conflicto nacido de la necesidad de seguir adelante con el cumplimiento
estricto de su deber, y los tortuosos pasos con que pretendía evitar su cruel exposición.
El santo padre comenzó luego un largo sermón sobre la virtud de la obediencia, y de
la absoluta sumisión a las normas dictadas por el ministro de la santa iglesia.
Montse Fernández reiteró la seguridad de que seria muy paciente, y de que obedecería todo cuanto
se le ordenara.
Entretanto resultaba evidente para mí que el sacerdote era víctima de un espíritu
controlado pero rebelde, que a veces asomaba en su persona y se apoderaba totalmente de
ella, reflejándose en sus ojos centelleantes y sus apasionados y ardientes labios.
El padre Ambrosio atrajo más y más a su hermosa penitente, hasta que sus lindos
brazos descansaron sobre sus rodillas y su rostro se inclinó hacia abajo con piadosa
resignación, casi sumido entre sus manos.
—Y ahora, hija mía —siguió diciendo el santo varón— ha llegado el momento de
que te revele los medios que me han sido señalados por la Virgen bendita como los únicos
que me autorizan a absolverte de la ofensa. Hay espíritus a quienes se ha confiado el alivio
de aquellas pasiones y exigencias que la mayoría de los siervos de la iglesia tienen
prohibido confesar abiertamente, pero que sin duda necesitan satisfacer. Se encuentran
estos pocos elegidos entre aquellos que ya han seguido el camino del desahogo carnal. A
ellos se les confiere el solemne y sagrado deber de atenuar los deseos terrenales de nuestra
comunidad religiosa, dentro del más estricto secreto.
Con voz temblorosa por la emoción, y al tiempo que sus amplias manos descendían
de los hombros de la muchacha hasta su cintura, el padre susurró:
—Para ti, que ya probaste el supremo placer de la copulación, está indicado el
recurso a este sagrado oficio. De esta manera no sólo te será borrado y perdonado el
pecado cometido, sino que se te permitirá disfrutar legítimamente de esos deliciosos
éxtasis, de esas insuperables sensaciones de dicha arrobadora que en todo momento
encontrarás en los brazos de sus fieles servidores. Nadarás en un mar de placeres sensuales,
sin incurrir en las penalidades resultantes de los amores ilícitos. La absolución seguirá a
cada uno de los abandonos de tu dulce cuerpo para recompensar a la iglesia a través de sus
ministros, y serás premiada y sostenida en tu piadosa labor por la contemplación —o mejor
dicho, Montse Fernández, por la participación en ellas— de las intensas y fervientes emociones que el
delicioso disfrute de tu hermosa persona tiene que provocar.
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Montse Fernández oyó la insidiosa proposición con sentimientos mezclados de sorpresa y placer.
Los poderosos y lascivos impulsos de su ardiente naturaleza despertaron en el acto
ante la descripción ofrecida a su fértil imaginación. ¿Cómo dudar?
El piadoso sacerdote acercó su complaciente cuerpo hacia ella, y estampó un largo y
cálido beso en sus rosados labios.
—Madre Santa —murmuró Montse Fernández, sintiendo cada vez más excitados sus instintos
sexuales—. ¡Es demasiado para que pueda soportarlo! Yo quisiera... me pregunto... ¡no sé
qué decir!
—Inocente y dulce criatura. Es misión mía la de instruirte. En mi persona encontrarás
el mejor y más apto preceptor para la realización dc los ejercicios que de hoy en adelante
tendrás que llevar a cabo.
El padre Ambrosio cambió de postura. En aquel momento Montse Fernández advirtió por vez
primera su ardiente mirada de sensualidad, y casi le causó temor descubrirla.
También fue en aquel instante cuando se dio cuenta de la enorme protuberancia que
descollaba en la parte frontal de la sotana del padre santo.
El excitado sacerdote apenas se tomaba ya el trabajo de disimular su estado y sus
intenciones.
Tomando a la hermosa muchacha entre sus brazos la besó larga y apasionadamente.
Apretó el suave cuerpo de ella contra su voluminosa persona, y la atrajo fuertemente para
entrar en contacto cada vez más íntimo con su grácil figura.
Al cabo, consumido por la lujuria, perdió los estribos, y dejando a Montse Fernández parcialmente
en libertad, abrió el frente de su sotana y dejó expuesto a los atónitos ojos de su joven
penitente y sin el menor rubor, un miembro cuyas gigantescas proporciones, erección y
rigidez la dejaron completamente confundida.
Es imposible describir las sensaciones despertadas en Montse Fernández por el repentino
descubrimiento de aquel formidable instrumento.
Su mirada se fijó instantáneamente en él, al tiempo que el padre, advirtiendo ~su
asombro, pero descubriendo que en él no había mezcla alguna de alarma o de temor, lo
colocó tranquilamente entre sus manos. El entablar contacto con tan tremenda cosa se
apoderó de Montse Fernández un terrible estado de excitación.
Como quiera que hasta entonces no había visto más que el miembro de moderadas
proporciones de Carlos, tan notable fenómeno despertó rápidamente en ella la mayor de las
sensaciones lascivas, y asiendo el inmenso objeto lo mejor que pudo con sus manecitas se
acercó a él embargada por un deleite sensual verdaderamente extático.
—Santo Dios! ¡Esto es casi el cielo! —murmuró Montse Fernández—. ¡Oh, padre, quién hubiera
creído que iba yo a ser escogida para semejante dicha!
Esto era demasiado para el padre Ambrosio. Estaba encantado con la lujuria de su
linda penitente y por el éxito de su infame treta. (En efecto, él lo había planeado todo,
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puesto que facilitó la entrevista de los jóvenes, y con ella la oportunidad de que se
entregasen a sus ardorosos juegos, a escondidas de todos menos de él, que se agazapó
cerca del lugar de la cita para contemplar con centelleantes ojos el combate amoroso).
Levantándose rápidamente alzó el ligero cuerpo de la joven Montse Fernández, y colocándola
sobre el cojín en el que estuvo sentado él momentos antes levantó sus rollizas piernas y
separando lo más que pudo sus complacientes muslos, contempló por un instante la
deliciosa hendidura rosada que aparecía debajo del blanco vientre. Luego, sin decir
palabra, avanzó su rostro hacía ella, e introduciendo su impúdica lengua tan adentro como
pudo en la húmeda vaina dióse a succionar tan deliciosamente, que Montse Fernández, en un gran
éxtasis pasional, y sacudido su joven cuerpo por espasmódicas contracciones de placer,
eyaculó abundantemente, emisión que el santo padre engulló cual si fuera un flan.
Siguieron unos instantes de calma.
Montse Fernández reposaba sobre su espalda, con los brazos extendidos a ambos lados y la cabeza
caída hacia atrás, en actitud de delicioso agotamiento tras las violentas emociones provocas
por el lujurioso proceder del reverendo padre.
Su pecho se agitaba todavía bajo la violencia de sus transportes, y sus hermosos ojos
permanecían entornados en lánguido reposo.
El padre Ambrosio era de los contados hombres capaces de controlar sus instintos
pasionales en circunstancias como las presentes. Continuos hábitos de paciencia en espera
de alcanzar los objetos propuestos, el empleo de la tenacidad en todos sus actos, y la
cautela convencional propia de la orden a la que pertenecía, no se habían borrado por
completo no obstante su temperamento fogoso, y aunque de natural incompatible con la
vocación sacerdotal, y de deseos tan violentos que caían fuera de lo común, había
aprendido a controlar sus pasiones hasta la mortificación.
Ya es hora de que descorramos el velo que cubre el verdadero carácter de este
hombre. Lo hago respetuosamente, pero la verdad debe ser dicha.
El padre Ambrosio era la personificación viviente de la lujuria. Su mente estaba en
realidad entregada a satisfacerla, y sus fuertes instintos a****les, su ardiente y vigorosa
constitución, al igual que su indomable naturaleza, lo identificaban con la imagen física y
mental del sátiro de la antigüedad.
Pero Montse Fernández sólo lo conocía como el padre santo que no sólo le había perdonado su
grave delito, sino que le habla también abierto el camino por el que podía dirigirse, sin
pecado, a gozar de los placeres que tan firmemente tenía fijos en su juvenil imaginación.
El osado sacerdote, sumamente complacido por el éxito de una estratagema que había
puesto en sus manos lujuriosas una víctima y también por la extraordinaria sensualidad de
la naturaleza de la joven, y el evidente deleite con que se entregaba a la satisfacción de sus
deseos, se disponía en aquellos momentos a cosechar los frutos de su superchería, y
disfrutaba lo indecible con la idea de que iba a poseer todos los delicados encantos que
Montse Fernández podía ofrecerle para mitigar su espantosa lujuria.
Al fin era suya, y al tiempo que se retiraba de su cuerpo tembloroso, conservando
todavía en sus labios la muestra de la participación que había tenido en el placer
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experimentado por ella, su miembro, todavía hinchado y rígido, presentaba una cabeza
reluciente a causa de la presión de la sangre y el endurecimiento de los músculos.
Tan pronto como la joven Montse Fernández se hubo recuperado del ataque que acabamos de
describir, inferido por su confesor en las partes más sensibles de su persona, y alzó la
cabeza de la posición inclinada en que reposaba, sus ojos volvieron a tropezar con el gran
tronco que el padre mantenía impúdicamente expuesto.
Montse Fernández pudo ver el largo y grueso mástil blanco, y la mata de negros pelos rizados de
donde emergía, oscilando rígidamente hacia arriba, y la cabeza en forma de huevo que
sobresalía en el extremo, roja y desnuda, y que parecía invitar el contacto de su mano.
Contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo y carne, e incapaz de resistir la
tentación la tomó de nuevo entre sus manos.
La apretó, la estrujó, y deslizó hacia atrás los pliegues de piel que la cubrían para
observar la gran nuez que la coronaba. Maravillada, contempló el agujerito que aparecía en
su extremo, y tomándolo con ambas manos lo mantuvo, palpitante, junto a su cara.
—¡Oh. padre! ¡Qué cosa tan maravillosa! —exclamó—. ¡Qué grande! ¡ Por favor,
padre Ambrosio, decidme cómo debo proceder para aliviar a nuestros santos ministros
religiosos de esos sentimientos que según usted tanto los inquietan, y que hasta dolor les
causan!
El padre Ambrosio estaba demasiado excitado para poder contestar, pero tomando la
mano de ella con la suya le enseñó a la inocente muchacha cómo tenía que mover sus
dedos de atrás y adelante en su enorme objeto.
Su placer era intenso, y el de Montse Fernández no parecía ser menor.
Siguió frotando el miembro entre las suaves palmas de sus manos, mientras
contemplaba con aire inocente la cara de él. Después le preguntó en voz queda si ello le
proporcionaba gran placer, y si por lo tanto tenía qué seguir actuando tal como lo hacía.
Entretanto, el gran pene del padre Ambrosio engordaba y crecía todavía más por
efecto del excitante cosquilleo al que lo sometía la jovencita.
—Espera un momento. Si sigues frotándolo de esta manera me voy a venir —dijo por
lo bajo—. Será mejor retardarlo todavía un poco.
—¿Se vendrá, padrecito? —inquirió Montse Fernández ávidamente—. ¿Qué quiere decir eso?
—¡Ah, mi dulce niña, tan adorable por tu belleza como por tu inocencia! ¡Cuán
divinamente llevas a cabo tu excelsa misión! —exclamó Ambrosio, encantado de abusar de
la evidente inexperiencia de su joven penitente, y de poder así envilecería—. Venirse
significa completar el acto por medio del cual se disfruta en su totalidad del placer venéreo
y supone el escape de una gran cantidad de fluido blanco y espeso del interior de la cosa
que sostienes entre tus manos, y que al ser expelido proporciona igual placer al que la
arroja que a la persona que, en el modo que sea, la recibe.
Montse Fernández recordó a Carlos y su éxtasis, y entendió enseguida a lo que el padre se refería.
—¿Y este derrame le proporcionaría alivio, padre?
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—Claro que sí, hija mía, y por ello deseo ofrecerte la oportunidad de que me
proporciones ese alivio bienhechor, como bendito sacrificio de uno de los más humildes
servidores de la iglesia.
—¡Qué delicia! —murmuró Montse Fernández—. Por obra mía correrá esa rica corriente, y es
únicamente a mí a quien el santo varón reserva ese final placentero. ¡Cuánta felicidad me
proporciona poderle causar semejante dicha!
Después de expresar apasionadamente estos pensamientos, inclinó la cabeza. El
objeto de su adoración exhalaba un perfume difícil de definir. Depositó sus húmedos labios
sobre su extremo superior, cubrió con su adorable boca el pequeño orificio, y luego besó
ardientemente el reluciente miembro.
—¿Cómo se llama ese fluido? —preguntó Montse Fernández, alzando una vez más su lindo rostro.
—--Tiene varios nombres —replicó el santo varón—. Depende de la clase social a la
que pertenezca la persona que lo menciona. Pero entre nosotros, hija mía, lo llamaremos
leche.
—¿Leche? —repitió Montse Fernández inocentemente, dejando escapar el erótico vocablo por
entre sus dulces labios, con una unción que en aquellas circunstancias resultaba natural.
—Sí, hija mía, la palabra es leche. Por lo menos así quisiera que lo llamaras tú. Y
enseguida te inundaré con esta esencia tan preciosa.
—¿Cómo tengo que recibirla? —preguntó Montse Fernández, pensando en Carlos, y en la
tremenda diferencia relativa entre su instrumento y el gigantesco pene que en aquellos
instantes tenía ante sí.
—Hay varios modos para ello, todos los cuales tienes que aprender. Pero ahora no
estamos bien acomodados para el principal de los actos del rito venéreo, la copulación
permitida de la que ya hemos hablado. Por consiguiente debemos sustituirlo por otro medio
más sencillo, así que en lugar de que descargue esta esencia llamada leche en el interior de
tu cuerpo, teniendo en cuenta que la suma estrechez de tu hendidura provocaría que fluyera
con extrema abundancia, empezaremos con la fricción por medio de tus obedientes dedos,
hasta que llegue el momento en que se aproximen los espasmos que acompañan a la
emisión. Llegado el instante, a una señal mía tomarás entre tus labios lo más que quepa en
ellos de la cabeza de este objeto. hasta que, expelida la última gota, me retire satisfecho,
por lo menos temporalmente.
Montse Fernández, cuyo lujurioso instinto le había permitido disfrutar la descripción hecha por el
confesor, y que estaba tan ansiosa como él mismo por llevar a cumplimiento el atrevido
programa, manifestó rápidamente su voluntad de complacer.
Ambrosio colocó una vez más su enorme pene en manos de Montse Fernández.
Excitada tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto, que tenía asido
entre ambas manos con verdadero deleite, la joven se dio a cosquillear, frotar y exprimir el
enorme y tieso miembro, de manera que proporcionaba al licencioso cura el mayor de los
goces.
No contenta con friccionarlo con sus delicados dedos, Montse Fernández, dejando escapar
palabras de devoción y satisfacción, llevó la espumeante cabeza a sus rosados labios, y la
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introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus toques y con las
suaves caricias de su lengua la deliciosa eyaculación que debía sobrevenir.
Esto era más de lo que el santo varón había esperado, ya que nunca supuso que iba a
encontrar una discípula tan bien dispuesta para el irregular ataque que había propuesto.
Despertadas al máximo sus sensaciones por el delicioso cosquilleo de que era objeto, se
disponía a inundar la boca y la garganta de la muchachita con el flujo de su poderosa
descarga.
Ambrosio comenzó a sentir que no tardaría en venirse, con lo que iba a terminar su
placer.
Era uno de esos seres excepcionales, cuya abundante eyaculación seminal es mucho
mayor que la de los individuos normales. No sólo estaba dotado del singular don de poder
repetir el acto venéreo con intervalos cortos, sino que la cantidad con que terminaba su
placer era tan tremenda como desusada. La superabundancia parecía estar en relación con
la proporción con que hubieran sido despertadas sus pasiones a****les, y cuando sus
deseos libidinosos habían sido prolongados e intensos, sus emisiones de semen lo eran
igualmente.
Fue en estas circunstancias que la dulce Montse Fernández había emprendido la tarea de dejar
escapar los contenidos torrentes de lujuria de aquel hombre. Iba a ser su dulce boca la
receptora de los espesos y viscosos torrentes que hasta el momento no había
experimentado, e ignorante como se encontraba de los resultados del alivio que tan ansiosa
estaba de administrar, la hermosa doncella deseaba la consumación de su labor, y el
derrame de leche del que le había hablado el buen padre.
El exuberante miembro engrosaba y se enardecía cada vez más, a medida que los
excitantes labios de Montse Fernández apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno
al pequeño orificio. Sus blancas manos lo privaban de su dúctil piel, o cosquilleaban
alternativamente su extremo inferior.
Dos veces retiró Ambrosio la cabeza de su miembro de los rosados labios de la
muchacha, incapaz ya de aguantar los deseos de venirse al delicioso contacto de los
mismos.
Al fin Montse Fernández, impaciente por el retraso, y habiendo al parecer alcanzado un máximo
de perfección en su técnica, presionó con mayor energía que antes el tieso dardo.
Instantáneamente se produjo un envaramiento en las extremidades del buen padre.
Sus piernas se abrieron ampliamente a ambos lados de su penitente. Sus manos se
agarraron convulsivamente del cojín. Su cuerpo se proyectó hacia delante y se enderezó.
—¡Dios santo! ¡Me voy a venir! —exclamó al tiempo que con los labios
entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente víctima. Después
se estremeció profundamente, y entre lamentos y entrecortados gritos histéricos su pene,
por efecto de la provocación de la jovencita, comenzó a expeler torrentes de espeso y
viscoso fluido.
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Montse Fernández, comprendiendo por los chorros que uno tras otro inundaban su boca y
resbalaban garganta abajo, así como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al
máximo los efectos de lo que ella había provocado, siguió succionando y apretujando hasta
que, llena de las descargas viscosas, y semiasfixiada por su abundancia, se vio obligada a
soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros sobre su rostro.
-¡Madre santa! —exclamó Montse Fernández, cuyos labios y cara estaban inundados de la leche
del padre—. ¡Qué placer me ha provocado! Y a usted, padre mío, ¿no le he proporcionado
el preciado alivio que necesitaba?
El padre Ambrosio, demasiado agitado para poder contestar, atrajo a la gentil
muchacha hacia sus brazos, y comprimiendo sus chorreantes labios los cubrió con
húmedos besos de gratitud y de placer.
Transcurrió un cuarto de hora en reposo tranquilo, que ningún signo de turbación
exterior vino a interrumpir.
La puerta estaba bajo cerrojo, y el padre había escogido bien el momento.
Mientras tanto Montse Fernández, terriblemente excitada por la escena que hemos tratado de
describir, había concebido el extravagante deseo de que el rígido miembro de Ambrosio
realizara con ella misma la operación que había sufrido con el arma de moderadas
proporciones de Carlos.
Pasando sus brazos en torno al robusto cuello de su confesor, le susurró tiernas
palabras de invitación, observando, al hacerlo, el efecto que causaban en el instrumento
que adquiría ya rigidez entre sus piernas.
—Me dijisteis que la estrechez de esta hendidura —y Montse Fernández colocó la ancha mano de
él sobre la misma, presionándola luego suavemente— os haría descargar una abundante
cantidad de leche que poseéis. ¿Por qué no he de poder, padre mío, sentirla derramarse
dentro de mi cuerpo por la punta de esta cosa roja?
Era evidente lo mucho que la hermosura de la joven Montse Fernández, así como la inocencia e
ingenuidad de su carácter, inflamaban el natural ya de por sí sensual del sacerdote. Saberse
triunfador, tenerla absolutamente impotente entre sus manos, la delicadeza y refinamiento
de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y
desenfrenados deseos. Era suya, suya para gozarla a voluntad, suya para satisfacer
cualquier capricho de su terrible lujuria, y estaba lista a entregarse a la más desenfrenada
sensualidad.
—¡Por Dios, esto es demasiado! —exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo
encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud—. Dulce muchachita, no
sabes lo que pides. La desproporción es terrible, y sufrirás demasiado al intentarlo.
—Lo soportaré todo —replicó Montse Fernández— con tal de poder sentir esta cosa terrible
dentro de mí, y gustar de los chorros de leche.
—¡Santa madre de Dios! Es demasiado para ti, Montse Fernández. No tienes idea de las medidas
de esta máquina, una vez hinchada, adorable criatura, nadarían en un océano de leche
caliente.
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—-Oh padrecito! ¡Qué dicha celestial!
—Desnúdate, Montse Fernández. Quitate todo lo que pueda entorpecer nuestros movimientos, que
te prometo serán en extremo violentos.
Cumpliendo la orden, Montse Fernández se despojó rápidamente de sus vestidos, y buscando
complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos, a fin de que su miembro
se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se despojó de hasta la
más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo.
El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que se
ofrecían a su vista. La amplitud de sus caderas, los capullos de sus senos, la nívea blancura
de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y lo rotundo de sus muslos, el
blanco y plano vientre con su adorable monte, y, por sobre todo, la encantadora hendidura
rosada que destacaba debajo del mismo, asomándose tímidamente entre los rollizos
muslos, hicieron que él se lanzara sobre la joven con un rugido de lujuria.
Ambrosio atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo suave y
deslumbrante contra el suyo. La cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su
licenciosa lengua prometió a la jovencita todos los goces del paraíso mediante la
introducción de su gran aparato en el interior de su vulva.
Montse Fernández acogió estas palabras con un gritito de éxtasis, y cuando su excitado estuprador
la acostó sobre sus espaldas sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del pene gigantesco
presionando los calientes y húmedos labios de su orificio casi virginal.
El santo varón, encontrando placer en el contacto de su pene con los calientes labios
de la vulva de Montse Fernández, comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la
gran nuez de la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina.
La pasión enfervorizaba a Montse Fernández. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la
cabeza de su miembro entre los húmedos labios de su rendija en lugar de disuadiría la
espoleaban hasta la locura, y finalmente, profiriendo un débil grito, se inclinó hacia
adelante y expulsó el viscoso tributo de su lascivo temperamento.
Esto era exactamente lo que esperaba el desvergonzado cura. Cuando la dulce y
caliente emisión inundó su enormemente desarrollado pene, empujó resueltamente, y de un
solo golpe introdujo la mitad de su voluminoso apéndice en el interior de la hermosa
muchacha.
Tan pronto como Montse Fernández se sintió empalada por la entrada del terrible miembro en el
interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba, y olvidándose del dolor
que sufría rodeó con sus piernas las espaldas de él, y alentó a su enorme invasor a no
guardarle consideraciones.
—Mi tierna y dulce chiquilla —murmuró el lascivo sacerdote—. Mis brazos te
rodean, mi arma está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del
paraíso.
—Lo sé; lo siento. No os hagáis hacia atrás; dadme el delicioso objeto hasta donde
podáis.
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—Toma, pues. Empujo, aprieto, pero estoy demasiado bien dotado para poder
penetrarte fácilmente. Tal vez te reviente. pero ahora ya es demasiado tarde. Tengo que
poseerte... o morir.
Las partes de Montse Fernández se relajaron un poco, y Ambrosio pudo penetrar unos centímetros
más. Su palpitante miembro, húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia
el interior de la jovencita. Su placer era intenso, y la cabeza de su instrumento estaba
deliciosamente comprimida por la vaina de Montse Fernández.
—Adelante, padrecito. Estoy en espera de la leche que me habéis prometido.
El confesor no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus
tremendos poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo
esfuerzo sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo
enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de Montse Fernández.
Esta furiosa introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil
víctima, animada por sus propios deseos, pudo soportar.
Con un desmayado grito de angustia física, Montse Fernández anunció que su estuprador había
vencido toda la resistencia que su juventud había opuesto a la entrada de su miembro, y la
tortura de la forzada introducción de aquella masa borró la sensación de placer con que en
un principio había soportado el ataque.
Ambrosio lanzó un grito de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente
había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete. Sentía el
enloquecedor contacto con inexpresable placer. Veía a la muchacha estremecerse por la
angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero. Pasare lo que
pasare, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus brazos el cuerpo de la
hermosa muchacha, y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro.
—Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar. Te daré la
leche de que te hablaba. Pero antes tengo que despertar mi naturaleza con este lujurioso
cosquilleo. Bésame, Montse Fernández, y luego la tendrás. Y cuando mi caliente leche me deje para
adentrarse en tus juveniles entrañas, experimentarás los exquisitos deleites que estoy
sintiendo yo. ¡Aprieta. Montse Fernández! Déjame también empujar, chiquilla mía! Ahora entra de
nuevo, ¡Oh...! ¡Oh...!
Ambrosio se levantó por un momento y pudo ver el inmenso émbolo a causa del cual
la linda hendidura de Montse Fernández estaba en aquellos momentos extraordinariamente distendida.
Firmemente empotrado en aquella lujuriosa vaina, y saboreando profundamente la
suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en los que estaba encajado, empujó sin
preocuparse del dolor que su miembro provocaba, y sólo ansioso de procurarse el máximo
deleite posible. No era hombre que fuera a detenerse en tales casos ante falsos conceptos
de piedad, en aquellos momentos empujaba hacia dentro lo más posible, mientras que
febrilmente rociaba de besos los abiertos y temblorosos labios de la pobre Montse Fernández.
Por espacio de unos minutos no se oyó Otra cosa que los jadeos y sacudidas con que
el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción, y el glu-glu de su inmenso pene
cuando alternativamente entraba y salía del sexo de la Montse Fernández penitente.
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No cabe suponer que un hombre como Ambrosio ignorara el tremendo poder de goce
que su miembro podía suscitar en una persona del sexo opuesto, ni que su tamaño y
capacidad de descarga eran capaces de provocar las más excitantes emociones en la joven
sobre la que estaba accionando.
Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Montse Fernández.
El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer
provocada por la vigorosa arma del santo varón, y no tardaron los quejidos y lamentos de
la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio sofocados en lo más hondo de su
ser, que expresaban su deleite.
—¡Padre mío! ¡Padrecito, mi querido y generoso padrecito! Empujad, empujad:
puedo soportarlo. Lo deseo. Estoy en el cielo. ¡El bendito instrumento tiene una cabeza tan
ardiente! ¡Oh, corazón mío! ¡Oh... oh! Madre bendita, ¿qué es lo que siento?
Ambrosio veía el efecto que provocaba. Su propio placer llegaba a toda prisa. Se
meneaba furiosamente hacia atrás y hacia adelante, agasajando a Montse Fernández a cada nueva
embestida con todo el largo de su miembro, que se hundía hasta los rizados pelos que
cubrían sus testículos.
Al cabo, Montse Fernández no pudo resistir más, y obsequió al arrebatado violador con una cálida
emisión que inundó todo su rígido miembro.
Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se
apoderó de la joven y encantadora Montse Fernández. Se aferró con desesperación al fornido cuerpo del
sacerdote, que agasajaba a su voluptuoso angelical cuerpo con toda la fuerza y poderío de
sus viriles estocadas, y lo alojó en su estrecha y resbalosa vaina hasta los testículos.
Pero ni aún en su éxtasis Montse Fernández perdió nunca de vista la perfección del goce. El santo
varón tenía que expeler su semen en el interior de ella, tal como lo había hecho Carlos, y la
sola idea de ello añadió combustible al fuego de su lujuria.
Cuando, por consiguiente, el padre Ambrosio pasó sus brazos en torno a su esbelta
cintura, y hundió hasta los pelos su pene de semental en la vulva de Montse Fernández, para anunciar
entre suspiros que al fin llegaba la leche, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo
que pudo, y en medio de gritos de placer recibió los chorros de su emisión en sus órganos
vitales.
Así permaneció él por espacio de dos minutos enteros, durante los que se iban
sucediendo las descargas, cada una de las cuales era recibida por Montse Fernández con profundas
manifestaciones de placer, traducidas en gritos y contorsiones.
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Capitulo III
NO CREO QUE EN NINGUNA OTRA OCASIÓN haya tenido que sonrojarme con
mayor motivo que en esta oportunidad. Y es que hasta una pulga tenía que sentirse
avergonzada ante la proterva visión de lo que acabo de dejar registrado. Una muchacha tan
joven, de apariencia tan inocente, y sin embargo, de inclinaciones y deseos tan lascivos.
Una persona de frescura y belleza infinitas; una mente de llameante sensualidad convertida
por el accidental curso de los acontecimientos en un activo volcán de lujuria.
Muy bien hubiera podido exclamar con el poeta de la antigüedad: ‘¡Oh, Moisés!”, o
como el más práctico descendiente del patriarca: “¡Por las barbas del profeta!”
No es necesario hablar del cambio que se produjo en Montse Fernández después de las
experiencias relatadas. Eran del todo evidentes en su porte y su conducta.
Lo que pasó con su juvenil amante, lamas me he preocupado por averiguarlo, pero
me inclino a creer que el padre Ambrosio no permanecía al margen de esos gustos
irregulares que tan ampliamente le han sido atribuidos a su orden, y que también el
muchacho se vio inducido poco a poco, al igual que su joven amiga, a darle satisfacción a
los insensatos deseos del sacerdote.
Pero volvamos a mis observaciones directas en lo que concierne a la linda Montse Fernández.
Si bien a una pulga no le es posible sonrojarse, sí puede observar, y me impuse la
obligación de encomendar a la pluma y a la tinta la descripción de todos los pasajes
amatorios que consideré pudieran tener interés para los buscadores de la verdad. Podemos
escribir —por lo menos puede hacerlo esta pulga, pues de otro modo estas s no
estarían bajo los ojos del lector— y eso basta.
Transcurrieron varios días antes de que Montse Fernández encontrara la oportunidad de volver a
visitar a su clerical admirador, pero al fin se presentó la ocasión, y ni qué decir tiene que
ella la aprovechó de inmediato.
Había encontrado el medio de hacerle saber a Ambrosio que se proponía visitarlo, y
en consecuencia el astuto individuo pudo disponer de antemano las cosas para recibir a su
linda huésped como la vez anterior.
Tan pronto como Montse Fernández se encontró a solas con su seductor se arrojó en sus brazos, y
apresando su gran humanidad contra su frágil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias.
Ambrosio no se hizo rogar para devolver todo el calor de su abrazo, y así sucedió que
la pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y
reclinada, cara a cara, sobre el cofre acojinado a que aludimos anteriormente.
Pero Montse Fernández no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido, por
experiencia sabía que el padre podía proporcionárselo.
Ambrosio no estaba menos excitado. Su sangre afluía rápidamente, sus negros ojos
llameaban por efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse
en su hábito denunciaba a las claras el estado de sus sentidos.
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Montse Fernández advirtió la situación: ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el
padre no se preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar
mayormente su deseo, antes que en apaciguarlo.
Sin embargo, pronto demostró Ambrosio que no requería incentivos mayores, y
deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente dilatada en forma tal, que su sola vista
despertó deseos frenéticos en Montse Fernández. En cualquiera otra ocasión Ambrosio hubiera sido
mucho más prudente en darse gusto, pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos
habían superado su capacidad de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los
juveniles encantos que se le ofrecían.
Estaba ya sobre su cuerpo. Su gran humanidad cubría por completo el cuerpo de ella.
Su miembro en erección se clavaba en el vientre de Montse Fernández, cuyas ropas estaban recogidas
hasta la cintura.
Con una mano temblorosa llegó Ambrosio al centro de la hendidura objeto de su
deseo; ansiosamente llevó la punta caliente y carmesí hacia los abiertos y húmedos labios.
Empujó, luchó por entrar.., y lo consiguió. La inmensa máquina entró con paso lento pero
firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro.
Unas cuantas firmes y decididas embestidas completaron la conjunción, y Montse Fernández
recibió en toda su longitud el inmenso y excitado miembro de Ambrosio. El estuprador
yacía jadeante sobre ella, en completa posesión de sus más íntimos encantos.
Montse Fernández, dentro de cuyo vientre se había acomodado aquella vigorosa masa, sentía al
máximo los efectos del intruso, cálido y palpitante.
Entretanto Ambrosio había comenzado a moverse hacia atrás y hacia adelante. Montse Fernández
trenzó sus blancos brazos en torno a su cuello, y enroscó sus lindas piernas enfundadas en
seda sobre sus espaldas, presa de la mayor lujuria.
—¡Qué delicia! —murmuró Montse Fernández, besando arrolladoramente sus gruesos labios—.
Empujad más.., todavía más. ¡Oh, cómo me forzáis a abrirme, y cuán largo es! ¡Cuán
cálido. cuan.., oh... oh!
Y soltó un chorro de su almacén, en respuesta a las embestidas del hombre, al mismo
tiempo que su cabeza caía hacia atrás y su boca se abría en el espasmo del coito.
El sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro
anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería prolongar su
placer hasta el máximo.
Montse Fernández comprimió el terrible dardo introducido hasta lo más intimo de su persona, y
sintió crecer y endurecerse todavía más, en tanto que su enrojecida cabeza presionaba su
juvenil matriz.
Casi inmediatamente después su pesado amante, incapaz de controlarse por más
tiempo, sucumbió a la intensidad de las sensaciones, y dejó escapar el torrente de su
viscoso líquido.
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—¡Oh, viene de vos! —gritó la excitada muchacha—. Lo siento a chorros. ¡Oh,
dadme ....... más! ¡Derramadlo en mi interior.., empujad más, no me compadezcáis. . .!
¡Oh, otro chorro! ¡Empujad! -Desgarradme si queréis, pero dadme toda vuestra leche!
Antes hablé de la cantidad de semen que el padre Ambrosio era capaz de derramar,
pero en esta ocasión se excedió a sí mismo. Había estado almacenado por espacio de una
semana, y Montse Fernández recibía en aquellos momentos una corriente tan tremenda, que aquella
descarga parecía más bien emitida por una jeringa, que la eyaculación de los órganos
genitales de un hombre.
Al fin Ambrosio desmontó de su cabalgadura, y cuando Montse Fernández se puso de pie
nuevamente sintió deslizarse una corriente de líquido pegajoso que descendía por sus
rollizos muslos.
Apenas se había separado el padre Ambrosio cuando se abrió la puerta que conducía
a la iglesia, y aparecieron en el portal otros dos sacerdotes. El disimulo resultaba
imposible.
—Ambrosio —exclamó el de más edad de los dos, un hombre que andaría entre los
treinta y los cuarenta años—. Esto va en contra de las normas y privilegios de nuestra
orden, que disponen que toda clase de juegos han de practicarse en común.
—Tomadla entonces —refunfuñó el aludido—. Todavía no es demasiado tarde. Iba a
comunicaros lo que había conseguido cuando...
—. . . cuando la deliciosa tentación de esta rosa fue demasiado fuerte para ti, amigo
nuestro —interrumpió el otro, apoderándose de la atónita Montse Fernández al tiempo que hablaba, e
introduciendo su enorme mano debajo de sus vestimentas para tentar los suaves muslos de
ella.
—Lo he visto todo al través del ojo de la cerradura —susurró el bruto a su oído—.
No tienes nada qué temer; únicamente queremos hacer lo mismo contigo.
Montse Fernández recordó las condiciones en que se le había ofrecido consuelo en la iglesia, y
supuso que ello formaba parte de sus nuevas obligaciones. Por lo tanto permaneció en los
brazos del recién llegado sin oponer resistencia.
En el ínterin su compañero había pasado su fuerte brazo en torno a la cintura de
Montse Fernández, y cubría de besos las mejillas de ésta.
Ambrosio lo contemplaba todo estupefacto y confundido.
Así fue como la jovencita se encontró entre dos fuegos, por no decir nada de la
desbordante pasión de su posesor original. En vano miraba a uno y después a otro en
demanda de respiro, o de algún medio de escapar del predicamento en que se encontraba.
A pesar de que estaba completamente resignada al papel al que la había reducido el
astuto padre Ambrosio, se sentía en aquellos momentos invadida por un poderoso
sentimiento de debilidad y de miedo hacia los nuevos asaltantes.
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Montse Fernández no leía en la mirada de los nuevos intrusos más que deseo rabioso, en tanto que
la impasibilidad de Ambrosio la hacía perder cualquier esperanza de que el mismo fuera a
ofrecer la menor resistencia.
Entre los dos hombres la tenían emparedada, y en tanto que el que habló primero
deslizaba su mano hasta su rosada vulva, el otro no perdió tiempo en posesionarse de los
redondeados cachetes de sus nalgas.
Entre ambos, a Montse Fernández le era imposible resistir.
—Aguardad un momento —dijo al cabo Ambrosio—. Sí tenéis prisa por poseerla
cuando menos desnudadla sin estropear su vestimenta, como al parecer pretendéis hacerlo.
—Desnúdate, Montse Fernández —siguió diciendo—. Según parece, todos tenemos que
compartirte, de manera que disponte a ser instrumento voluntario de nuestros deseos
comunes. En nuestro convento se encuentran otros cofrades no menos exigentes que yo, y
tu tarea no será en modo alguno una sinecura, así que será mejor que recuerdes en todo
momento los privilegios que estás destinada a cumplir, y te dispongas a aliviar a estos
santos varones de los apremiantes deseos que ahora ya sabes cómo suavizar.
Así planteado el asunto, no quedaba alternativa.
Montse Fernández quedó de píe, desnuda ante los tres vigorosos sacerdotes, y levantó un
murmullo general de admiración cuando en aquel estado se adelantó hacia ellos.
Tan pronto como el que había llevado la voz cantante de los recién llegados —el
cual, evidentemente, parecía ser el Superior de los tres— advirtió la hermosa desnudez que
estaba ante su ardiente mirada, sin dudarlo un instante abrió su sotana para poner en
libertad un largo y anchuroso miembro, tomó en sus brazos a la muchacha, la puso de
espaldas sobre el gran cofre acojinado, brincó sobre ella, se colocó entre sus lindos muslos,
y apuntando rápidamente la cabeza de su rabioso campeón hacia el suave orificio de ella,
empujó hacia adelante para hundirlo por completo hasta los testículos.
Montse Fernández dejó escapar un pequeño grito de éxtasis al sentirse empalada por aquella nueva
y poderosa arma.
Para el hombre la posesión entera de la hermosa muchacha suponía un momento
extático, y la sensación de que su erecto pene estaba totalmente enterrado en el cuerpo de
ella le producía una emoción inefable. No creyó poder penetrar tan rápidamente en sus
jóvenes partes, pues no había tomado en cuenta la lubricación producida por el flujo de
semen que ya había recibido.
El Superior, no obstante, no le dio oportunidad de reflexionar, pues dióse a atacar con
tanta energía, que sus poderosas embestidas desde largo produjeron pleno efecto en su
cálido temperamento, y provocaron casi de inmediato la dulce emisión.
Esto fue demasiado para el disoluto sacerdote. Ya firmemente encajado en la estrecha
hendidura, que te quedaba tan ajustada como un guante, tan luego como sintió la cálida
emisión dejó escapar un fuerte gruñido y descargó con furia.
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Montse Fernández disfrutó el torrente de lujuria de aquel hombre, y abriendo las piernas cuanto
pudo lo recibió en lo más hondo de sus entrañas, permitiéndole que saciara su lujuria
arrojando las descargas de su impetuosa naturaleza.
Los sentimientos lascivos más fuertes de Montse Fernández se reavivaron con este segundo y
firme ataque contra su persona, y su excitable naturaleza recibió con exquisito agrado la
abundancia de líquido que el membrudo campeón había derramado en su interior. Pero, por
salaz que fuera, la jovencita se sentía exhausta por esta continua corriente, y por ello
recibió con desmayo al segundo de los intrusos que se disponía a ocupar el puesto recién
abandonado por el superior.
Pero Montse Fernández quedó atónita ante las proporciones del falo que el sacerdote ofrecía ante
ella. Aún no había acabado de quitarse la ropa, y ya surgía de su parte delantera un erecto
miembro ante cuyo tamaño hasta el padre Ambrosio tenía que ceder el paso.
De entre los rizos de rojo pelo emergía la blanca columna de carne, coronada por una
brillante cabeza colorada, cuyo orificio parecía constreñido para evitar una prematura
expulsión de jugos.
Dos grandes y peludas bolas colgaban de su base, y completaban un cuadro a la vista
del cual comenzó a hervir de nuevo la sangre de Montse Fernández, cuyo juvenil espíritu se aprestó a
librar un nuevo y desproporcionado combate.
—¡Oh, padrecito ¡ ¿Cómo podré jamás albergar tamaña cosa dentro de mi personita?
—Preguntó acongojada—. ¿Cómo me será posible soportarlo una vez que esté dentro de
mí? Temo que me va a dañar terriblemente.
—Tendré mucho cuidado, hija mía. Iré despacio. Ahora estás bien preparada por los
jugos de los santos varones que tuvieron la buena fortuna de precederme.
Montse Fernández tentó el gigantesco pene.
El sacerdote era endiabladamente feo, bajo y obeso, pero sus espaldas parecían las de
un Hércules.
La muchacha estaba poseída por una especie de locura erótica. La fealdad de aquel
hombre sólo servía para acentuar su deseo sensual. Sus manos no bastaban para abarcar
todo el grosor del miembro. Sin embargo, no lo soltaba; lo presionaba y le dispensaba
inconscientemente caricias que incrementaban su rigidez. Parecía una barra de acero entre
sus suaves manos.
Un momento después el tercer asaltante estaba encima de ella, y la joven, casi tan
excitada como el padre, luchaba por empalarse con aquella terrible arma.
Durante algunos minutos la proeza pareció imposible, no obstante la buena
lubricación que ella había recibido con las anteriores inundaciones de su vaina.
Al cabo, con una furiosa embestida, introdujo la enorme cabeza y Montse Fernández lanzó un
grito de dolor. Otra arremetida y otra más; el infeliz bruto, ciego a todo lo que no fuera
darse satisfacción, seguía penetrando.
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Montse Fernández gritaba de angustia, y hacía esfuerzos sobrehumanos por deshacerse del salvaje
atacante.
Otra arremetida, otro grito de la víctima, y el sacerdote penetró hasta lo más profundo
en su interior.
Montse Fernández se había desmayado.
Los dos espectadores de este monstruoso acto de corrupción parecieron en un
principio estar prestos a intervenir, pero al propio tiempo daban la impresión de
experimentar un cruel placer al presenciar aquel espectáculo. Y ciertamente así era, como
lo evidenciaron después sus lascivos movimientos y el interés que pusieron en observar el
más minucioso de los detalles.
Correré un velo sobre las escenas de lujuria que siguieron, sobre los
estremecimientos de aquel salvaje a medida que, seguro de estar en posesión de la persona
de la joven y Montse Fernández muchacha, prolongó lentamente su gocé hasta que su enorme y férvida
descarga puso fin a aquel éxtasis, y cedió el paso a un intervalo para devolver la vida a la
pobre muchacha.
El fornido padre había descargado por dos veces en su interior antes de retirar su
largo y vaporoso miembro, y el volumen de semen expelido fue tal, que cayó con ruido
acompasado hasta formar un charco sobre el suelo de madera.
Cuando por fin Montse Fernández se recobró lo bastante para poder moverse, pudo hacerse el
lavado que los abundantes derrames en sus delicadas partes hacían del todo necesario.
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Capitulo IV
SE SACARON ALGUNAS BOTELLAS DE VINO, de una cosecha rara y añeja, y
bajo su poderosa influencia Montse Fernández fue recobrando poco a poco su fortaleza.
Transcurrida una hora, los tres curas consideraron que había tenido tiempo bastante
para recuperarse, y comenzaron de nuevo a presentar síntomas de que deseaban volver a
gozar de su persona.
Excitada tanto por los efectos del vino como por la vista y el contacto con sus
lascivos compañeros, la jovencita comenzó a extraer de debajo las sotanas los miembros de
los tres curas. los cuales estaban evidentemente divertidos con la escena, puesto que no
daban muestra alguna de recato.
En menos de un minuto Montse Fernández tuvo a la vista los tres grandes y enhiestos objetos. Los
besó y jugueteó con ellos, aspirando la rara fragancia que emanaba de cada uno, y
manoseando aquellos enardecidos dardos con toda el ansia de una consumada Chipriota.
—Déjanos joderte —exclamó piadosamente el Superior, cuyo pene se encontraba en
aquellos momentos en los labios de Montse Fernández.
—Amén —cantó Ambrosio.
El tercer eclesiástico permaneció silencioso, pero su enorme artefacto amenazaba al
cielo.
Montse Fernández fue invitada a escoger su primer asaltante en esta segunda vuelta. Eligió a
Ambrosio, pero el Superior interfirió.
Entretanto, aseguradas las puertas, los tres sacerdotes se desnudaron, ofreciendo así a
la mirada de Montse Fernández tres vigorosos campeones en la plenitud de la vida, armado cada uno de
ellos con un membrudo dardo que, una vez más, surgía enhiesto de su parte frontal, y que
oscilaba amenazante.
—~Uf! ;Vaya monstruos! —exclamó la jovencita, cuya vergüenza no le impedía ir
tentando, alternativamente, cada uno de aquellos temibles aparatos.
A continuación la sentaron en el borde de la mesa, y uno tras otro succionaron sus
partes nobles, describiendo círculos con sus cálidas lenguas en torno a la húmeda
hendidura colorada. en la que poco antes habían apaciguado su lujuria. Montse Fernández se abandonó
complacida a este juego, y abrió sus piernas cuanto pudo para agradecerlo.
—Sugiero que nos lo chupe uno tras otro —propuso el Superior.
—Bien dicho —corroboró el padre David Brown, el pelirrojo de temible erección—.
Pero hasta el final. Yo quiero poseerla una vez mas.
—De ninguna manera, David Brown —dijo el Superior—. Ya lo hiciste dos veces; ahora
tienes que pasar a través de su garganta, o conformarte con nada.
Montse Fernández no quería en modo alguno verse sometida a otro ataque de parte de David Brown,
por lo cual cortó la conversación por lo sano asiendo su voluminoso miembro, e
introduciendo lo más que pudo de él entre sus lindos labios.
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La muchacha succionaba suavemente hacia arriba y hacia abajo de la azulada nuez,
haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más posible en el interior de sus
húmedos labios. Sus lindas manos se cerraban alrededor del largo y voluminoso dardo, y lo
agarraban en un trémulo abrazo, mientras ella contemplaba cómo el monstruoso pene se
endurecía cada vez más por efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de
sus toques.
No tardó David Brown ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se
asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas de
pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través de la
garganta de la muchacha.
Montse Fernández retiró la piel del dardo para facilitar la emisión del chorro basta la última gota.
El fluido de David Brown era tan espeso y cálido como abundante. y chorro tras chorro
derramó todo el líquido en la boca de ella.
Montse Fernández se lo tragó todo.
—He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hija mía —dijo el
Superior cuando, a continuación, Montse Fernández aplicó sus dulces labios a su ardiente miembro.
—Hallarás en ella mayor motivo de dolor que de placer, pero los caminos de Venus
son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados gradualmente.
—Me someteré a todas las pruebas, padrecito —replicó la muchacha—. Ahora ya
tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy una de las elegidas para aliviar los
deseos de los buenos padres.
—Así es, hija mía, y recibes por anticipado la bendición del cielo citando obedeces
nuestros más insignificantes deseos, y te sometes a todas nuestras indicaciones, por
extrañas e irregulares que parezcan.
Dicho esto, tomó a la muchacha entre sus robustos brazos y la llevó una vez más al
cofre acojinado, colocándola de cara a él, de manera que dejara expuestas sus desnudas y
hermosas nalgas a los tres santos varones.
Seguidamente, colocándose entre los muslos de su víctima, apuntó la cabeza de su
tieso miembro hacía el pequeño orificio situado entre las rotundas nalgas de Montse Fernández, y
empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a penetrar en su orificio, de
manera novedosa y antinatural.
—¡Oh, Dios! —gritó Montse Fernández—. No es ése el camino. Las-....... ¡Por favor...! ¡Oh, por
favor...! ¡Ah...! ¡Tened piedad! ¡Ob, compadeceos de mí! . . . ¡Madre santa! . . . ¡Me
muero!
Esta última exclamación le fue arrancada por una repentina y vigorosa embestida del
Superior, la que provocó la introducción de su miembro de semental hasta la raíz. Montse Fernández
sintió que se había metido en el interior de su cuerpo hasta los testículos.
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Pasando su fuerte brazo en torno a sus caderas, se apretó Contra su dorso, y comenzó
a restregarse contra sus nalgas con el miembro insertado tan adentro del recto de ella como
le era posible penetrar. Las palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del
henchido miembro y, Montse Fernández, mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho
que bien sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo.
Los otros dos sacerdotes veían aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una
lenta masturbación.
El Superior, enloquecido de placer por la estrechez de aquella nueva y deliciosa
vaina, accioné en torno a las nalgas de Montse Fernández hasta que, con una embestida final, llenó sus
entrañas con una cálida descarga. Después, al tiempo que extraía del cuerpo de ella, su
miembro, todavía erecto y vaporizante, declaré que había abierto una nueva ruta para el
placer, y recomendó al padre Ambrosio que la aprovechara.
Ambrosio, cuyos sentimientos en aquellos momentos deben ser mejor imaginados
que descritos, ardía de deseo.
El espectáculo del placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado
gradualmente un estado de excitación erótica que exigía perentoria satisfacción.
—De acuerdo —grité—. Me introduciré por el templo de Sodoma, mientras tú
llenarás con tu robusto centinela el de Venus.
—Di mejor que con placer legítimo —repuso el Superior con una mueca sarcástica—
. Sea como dices. Me placerá disfrutar nuevamente esta estrecha hendidura
Montse Fernández yacía todavía sobre su vientre, encima del lecho improvisado, con sus
redondeces posteriores totalmente expuestas, más muerta que viva como consecuencia del
brutal ataque que acababa de sufrir. Ni una sola gota del semen que con tanta abundancia
había sido derramado en su oscuro nicho había salido del mismo, pero por debajo su raja
destilaba todavía la mezcla de las emisiones de ambos sacerdotes.
Ambrosio la sujeté. Colocada a través de los muslos del Superior, Montse Fernández se encontré
con el llamado del todavía vigoroso miembro contra su colorada vulva. Lentamente lo guié
hacia su interior, hundiéndose sobre él. Al fin entré totalmente, basta la raíz.
Pero en ese momento el vigoroso Superior pasó sus brazos en torno a su cintura, para
atraerla sobre sí y dejar sus amplias y deliciosas nalgas frente al ansioso miembro de
Ambrosio, que se encamínó directamente hacía la ya bien humedecida abertura entre las
dos lomas.
Hubo que vencer las mil dificultades que se presentaron, pero al cabo el lascivo
Ambrosio se sintió enterrado dentro de las entrañas de su víctima.
Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante del bien lubricado canal.
Retardé lo más posible su desahogo. y pudo así gozar de las vigorosas arremetidas con que
el Superior embestía a Montse Fernández por delante.
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De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Superior llegó al final, y Montse Fernández sintió su
sexo rápidamente invadido por la leche.
No pudo resistir más y se vino abundantemente, mezclándose su derrame con los de
sus asaltantes.
Ambrosio, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo a
la linda muchacha fuertemente empalada.
David Brown no pudo resistir la oportunidad que le ofrecía el hecho de que el Superior se
hubiera retirado para asearse, y se lanzó sobre el regazo de Montse Fernández para conseguir casi
enseguida penetrar en su interior, ahora liberalmente bañado de viscosos residuos.
Con todo y lo enorme que era el monstruo del pelirrojo, Montse Fernández encontré la manera de
recibirlo y durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los
suspiros y los voluptuosos quejidos de los combatientes.
En un momento dado sus movimientos se hicieron más agitados. Montse Fernández sentía como
que cada momento era su último instante. El enorme miembro de Ambrosio estaba
insertado en su conducto posterior hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de
David Brown echaba espuma de nuevo en el interior de su vagina.
La joven era sostenida por los dos hombres, con los pies bien levantados del suelo, y
sustentada por la presión, ora del frente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con
que los sacerdotes introducían sus excitados miembros por sus respectivos orificios.
Cuando Montse Fernández estaba a punto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y la
tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a punto de descargar, y unos
momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el gigantesco pene enviaba en
viscosos chorros.
—¡Ah...! ¡Me vengo! —gritó David Brown, y diciendo esto inundó el interior de Montse Fernández,
con gran deleite de parte de ésta.
—¡A mí también me llega! —gritó Ambrosio, alojando más adentro su poderoso
miembro, al tiempo que lanzaba un chorro de leche dentro de los intestinos de Montse Fernández.
Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus cuerpos en el interior
del de Montse Fernández, a la que proporcionaron con esta doble sensación un verdadero diluvio de
goces.
Cualquiera puede comprender que una pulga de inteligencia mediana tenía que estar
ya asqueada de espectáculos tan desagradables como los que presencié y que creí era mi
deber revelarlos. Pero ciertos sentimientos de amistad y de simpatía por la joven Montse Fernández me
impulsaron a permanecer aún en su compañía.
Los sucesos vinieron a darme la razón y, como veremos mas tarde, determinaron mis
movimientos en el futuro.
No habían transcurrido más de tres días cuando la joven, a petición de ellos, se reunió
con los tres sacerdotes en el mismo lugar.
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En esta oportunidad Montse Fernández había puesto mucha atención en su “toilette”, y como
resultado de ello aparecía más atractiva que nunca, vestida con sedas preciosas, ajustadas
botas de cabritilla, y unos guantes pequeñísimos que hacían magnífico juego con el resto
de las vestimentas.
Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y la recibieron tan
calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó a] rostro, inflamándolo de deseo.
Se aseguró la puerta de inmediato, y enseguida cayeron al suelo los paños menores de
Ion sacerdotes, y Montse Fernández se vio rodeada por el trío y sometida a las más diversas caricias, al
tiempo que contemplaba sus miembros desvergonzadamente desnudos y amenazadores.
El Superior fue el primero en adelantarse con intención de gozar de Montse Fernández.
Colocándose descaradamente frente a ella la tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos
besos sus labios y su rostro.
Montse Fernández estaba tan excitada como él.
Accediendo a su deseo, la muchacha se despojó de sus prendas interiores,
conservando puestos su exquisito vestido, sus medias de seda y sus lindos zapatitos de
cabritilla. Así se ofreció a la admiración y al lascivo manoseo de los padres.
No pasó mucho antes de que el Superior, sumiéndose deliciosamente sobre su
reclinada figura, se entregara por completo a sus juveniles encantos, y se diera a calar la
estrecha hendidura, con resultados evidentemente satisfactorios.
Empujando, prensando, restregándose contra ella, el Superior inició deliciosos
movimientos, que dieron como resultado despertar tanto su susceptibilidad como la de su
compañera. Lo revelaba su pene, cada vez más duro y de mayor tamaño.
—¡Empuja! Oh, empuja más hondo! —murmuró Montse Fernández.
Entretanto Ambrosio y David Brown, cuyo deseo no admitía espera, trataron de
apoderarse de alguna parte de la muchacha.
David Brown puso su enorme miembro en la dulce mano de ella, y Ambrosio, sin
acobardarse, trepó sobre el cofre y llevó la punta de su voluminoso pene a sus delicados
labios.
Al cabo de un momento el Superior dejó de asumir su lasciva posición.
Montse Fernández se alzó sobre el canto del cofre. Ante ella se encontraban los tres hombres, cada
uno de ellos con el miembro erecto, presentando armas. La cabeza del enorme aparato de
David Brown estaba casi volteada contra su craso vientre.
El vestido de Montse Fernández estaba recogido hasta su cintura, dejando expuestas sus piernas y
muslos, y entre éstos la rosada y lujuriosa fisura, en aquellos momentos enrojecida y
excitada por los rápidos movimientos de entrada y salida del miembro del Superior.
—¡Un momento! —ordenó éste—. Vamos a poner orden en nuestros goces. Esta
hermosa muchacha nos tiene que dar satisfacción a los tres: por lo tanto es menester que
regulemos nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que
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desencadenemos. Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero como
Ambrosio se viene como un asno, y llena de humo todas las regiones donde penetra,
propongo pasar yo por delante. Desde luego, David Brown debería ocupar el tercer lugar, ya
que con su enorme miembro puede partir en dos a la muchacha, y echaremos a perder
nuestro juego.
—La vez anterior yo fui el tercero —exclamó David Brown—. No veo razón alguna para
que sea yo siempre el último. Reclamo el segundo lugar.
—Está bien, así será —declaró el Superior—. Tú, Ambrosio, compartirás un nido
resbaladizo.
—No estoy conforme —replicó el decidido eclesiástico....... Si tú vas por delante, y
David Brown tiene que ser el segundo, pasando por delante de mí, yo atacaré la retaguardia, y
así verteré mi ofrenda por otra vía.
—¡Hacerlo como os plazca! —gritó Montse Fernández—. Lo aguantaré todo; pero, padrecitos,
daos prisa en comenzar.
Una vez más el Superior introdujo su arma, inserción que Montse Fernández recibió con todo
agrado. Lo abrazó, se apretó contra él, y recibió los chorros de su eyaculación con
verdadera pasión extática de su parte.
Seguidamente se presentó David Brown. Su monstruoso instrumento se encontraba ya
entre las rollizas piernas de la joven Montse Fernández. La desproporción resultaba evidente, pero el
cura era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y tras de varias tentativas
violentas e infructuosas, consiguió introducir-se. y comenzó a profundizar en las partes de
ella con su miembro de mulo.
No es posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del pene de
aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Montse Fernández, como vano sería también intentar
describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartada y distendida por el
inmenso órgano genital del padre David Brown.
Después de una lucha que se llevó diez minutos completos, Montse Fernández acabó por recibir
aquella ingente masa hasta los testículos, que se comprimían contra su ano.
Montse Fernández se abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo
de sus encantos.
David Brown no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y tardó un cuarto de
hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas descargas.
Montse Fernández las recibió con profundas muestras de deleite, y mezcló una copiosa emisión de
su parte con los espesos derrames del lujurioso padre.
Apenas había retirado David Brown su monstruoso miembro del interior de Montse Fernández,
cuando ésta cayó en los también poderosos brazos de Ambrosio,
De acuerdo con lo que había manifestado anteriormente, Ambrosio dirigió su ataque
a las nalgas, y con bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre
los tiernos pliegues del orificio trasero.
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En vano batallaba para poder alojarlo. La ancha cabeza de su arma era rechazada a
cada nuevo asalto, no obstante la brutal lujuria con que trataba de introducirse, y el
inconveniente que representaba el que se encontraban de pie.
Pero Ambrosio no era fácil de derrotar. Lo intentó una y otra vez, hasta que en uno de
sus ataques consiguió alojar la punta del pene en el delicioso orificio.
Una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar unos cuantos centímetros más, y
de una sola embestida el lascivo sacerdote consiguió enterrarlo hasta los testículos.
Las hermosas nalgas de Montse Fernández ejercían un especial atractivo sobre el lascivo
sacerdote. Una vez que hubo logrado la penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se
sintió excitado en grado extremo, Empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con
verdadero éxtasis, sin importarle el dolor que provocaba con la dilatación, con tal de poder
experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las delicadas y juveniles
partes íntimas de ella.
Montse Fernández lanzó un grito aterrador al sentirse empalada por el tieso miembro de su brutal
violador, y empezó una desesperada lucha por escapar, pero Ambrosio la retuvo, pasando
sus forzudos brazos en torno a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del
febricitante cuerpo de Montse Fernández, sin cejar en su esfuerzo invasor.
Paso a paso, empeñada en esta lucha, la jovencita cruzó toda la estancia, sin que
Ambrosio dejara de tenerla empalada por detrás.
Como es lógico. este lascivo espectáculo tenía que surtir efecto en los espectadores.
Un estallido de risas surgió de las gargantas de éstos, que comenzaron a aplaudir el vigor
de su compañero, cuyo rostro, rojo y contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras
emociones.
Pero el espectáculo despertó. además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos.
cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban
satisfechos.
En su caminata, Montse Fernández había llegado cerca del Superior, el cual la tomó en sus brazos,
circunstancias que aprovechó Ambrosio para comenzar a mover su miembro dentro de las
entrañas de ella, cuyo intenso calor le proporcionaba el mayor de los deleites.
La posición en que se encontraban ponía los encantos naturales de Montse Fernández a la altura de
los labios del Superior, el cual instantáneamente los pegó a aquellos, dándose a succionar
en la húmeda rendija.
Pero la excitación provocada de esta manera exigía un disfrute más sólido, por lo
que, tirando de la muchacha para que se arrodillará, al mismo tiempo que él tomaba asiento
en su silla, puso en libertad a su ardiente miembro, y lo introdujo rápidamente dentro del
suave vientre de ella.
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Así, Montse Fernández se encontró de nuevo entre dos fuegos, y las fieras embestidas del padre
Ambrosio por la retaguardia se vieron complementadas con los tórridos esfuerzos del padre
Superior en otra dirección.
Ambos nadaban en un mar de deleites sensuales: ambos se entregaban de lleno en las
deliciosas sensaciones que experimentaban, mientras que su víctima, perforada por delante
y por detrás por sus engrosados miembros, tenía que soportar de la mejor manera posible
sus excitados movimientos.
Pero todavía le aguardaba a la hermosa otra prueba de fuego, pues no bien el
vigoroso David Brown pudo atestiguar la estrecha conjunción de sus compañeros, se sintió
inflamado por la pasión, se montó en la silla por detrás del Superior, y tomando la cabeza
de la pobre Montse Fernández depositó su ardiente arma en sus rosados labios. Después avanzando su
punta, en cuya estrecha apertura se apercibían ya prematuras gotas, la introdujo en la linda
boca de la muchacha, mientras hacía qóce con su suave mano le frotara el duro y largo
tronco.
Entretanto Ambrosio sintió en el suyo los efectos del miembro introducido por
delante por el Superior, mientras que el de éste, igualmente excitado por la acción trasera
del padre, sentía aproximarse los espasmos que acompañan a la eyaculación.
Empero, David Brown fue el primero en descargar, y arrojó un abundante chaparrón en la
garganta de la pequeña Montse Fernández.
Le siguió Ambrosio, que, echándose sobre sus espaldas, lanzó un torrente de leche en
sus intestinos, al propio tiempo que el Superior inundaba su matriz.
Así rodeada, Montse Fernández recibió la descarga unida de los tres vigorosos sacerdotes.
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Capitulo V
T
TRES DÍAS DESPUES DE LOS ACONTECIMIENTOS relatados en las s
precedentes,
Montse Fernández compareció tan sonrosada y encantadora como siempre en el salón de
recibimiento de su tío.
En el ínterin, mis movimientos habían sido erráticos, ya que en modo alguno era
escaso mi apetito, y cualquier nuevo semblante posee para mí siempre cierto atractivo, que
me hace no prolongar demasiado la residencia en un solo punto.
Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y
que no vacilo en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero.
Por medio de ella tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto
padre Ambrosio.
No voy a reproducir aquí su discurso, tal como lo oí desde mi posición ventajosa.
Bastará con que mencione los puntos principales de su exposición, y que informe acerca de
sus objetivos.
Era manifestó que Ambrosio estaba inconforme y desconcertado por la súbita
participación de sus cofrades en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y
diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que para presentarlo a él
como completamente ajeno a la maniobra.
En resumen, y con tal fin, Ambrosio acudió directamente al tío de Montse Fernández, y le relató
cómo había sorprendido a su sobrina y a su joven amante en el abrazo de Cupido, en forma
que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del
muchacho, y correspondido a ella.
Al dar este paso el malvado sacerdote presequía una finalidad ulterior. Conocía
sobradamente el carácter del hombre con el que trataba, y también sabía que una parte
importante de su propia vida real no era del todo desconocida del tío.
En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Ambrosio era hombre de fuertes
pasiones, sumamente erótico, y lo mismo suceda con el tío de Montse Fernández.
Este último se había confesado a fondo con Ambrosio, y en el curso de sus
confesiones había revelado unos deseos tan irregulares, que el sacerdote no tenía duda
alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado.
Los ojos del señor Verbouc hacía tiempo que habían codiciado en secreto a su
sobrina. Se lo había confesado. Ahora Ambrosio le aportaba pruebas que abrían sus ojos a
la realidad de que ella había comenzado a abrigar sentimientos de la misma naturaleza
hacia el sexo opuesto.
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La condición de Ambrosio se le vino a la mente. Era su confesor espiritual, y le pidió
consejo
.
El santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría
en ventaja para ambos compartir el premio.
Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de Verbouc, la cual Ambrosio
no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sensual, o ponerle más
encanto al mismo, era presenciar el acto de la cópula carnal, y completar luego su
satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio
paciente.
El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario
secreto (la tía de Montse Fernández era una minusválida que no salía de su habitación>, y Ambrosio
preparó a Montse Fernández para el suceso que iba a desarrollarse.
Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola
palabra acerca de su intimidad anterior, y tras de informarle que su tío había sabido, quién
sabe por qué conducto, lo ocurrido con su novio, le fue revelando poco a poco los
proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado en su
tío, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo
resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos, fuesen los que fuesen.
El señor Verbouc era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los
cincuenta años. Como tío suyo que era, siempre le había inspirado profundo respeto a
Montse Fernández, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia. Se
había hecho cargo de ella desde la muerte de su hermano, y la trató siempre, si no con
afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter.
Evidentemente Montse Fernández no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una
ocasión tal, ni siquiera que su pariente encontrara una excusa para ella.
No me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Montse Fernández, el embarazo con
que recibió los abrazos demasiado tiernos de su tío, y las bien merecidas censuras.
La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que el señor Verbouc colocó
a su hermosa sobrina sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se
había formulado de poseerla.
—No debes ofrecer una resistencia tonta, Montse Fernández —explicó su tío—. No dudaré ni
aparentaré recato. Basta con que este buen padre haya santificado la operación, para que
posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente compañerito lo gozó ya con tu
consentimiento.
Montse Fernández estaba profundamente confundida. Aunque sensual, como hemos visto ya, y
hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en
el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su
pariente. Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera
la presencia y supuesta aquiescencia del padre Ambrosio podían aminorar el recelo con
que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente.
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Montse Fernández temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto. Esta
nueva actitud la ofendía.
El cambio habido entre el reservado y severo tío, cuya cólera siempre había
lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituada a recibir con reverencia, y aquel
ardiente admirador, sediento de los favores que ella acababa de conceder a otro, la afectó
profundamente, aturdiéndola y disgustándola
Entretanto el señor Verbouc, que evidentemente no estaba dispuesto a concederle
tiempo para reflexionar. y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su
joven sobrina en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de
besos apasionados y prohibidos.
Ambrosio, hacia el cual se había vuelto la muchacha ante esta exigencia, no le
proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción
ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su
placer y su lujuria.
En tales circunstancias adversas toda resistencia sc hacía difícil.
Montse Fernández era joven e infinitamente impotente, por comparación. bajo el firme abrazo de
su pariente. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía,
Verbone se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su sobrina. Sus
nerviosos dedos apresaban va el hermoso satín de sus muslos. Otro empujón firme, y no
obstante que Montse Fernández sequía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo, la lasciva mano
alcanzó los rosados labios del mismo, y los dedos temblorosos separaron la cerrada y
húmeda hendidura, fortificación que defendía su recato.
Hasta ese momento Ambrosio no había sido más que un callado observador del
excitante conflicto. Pero no llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso
brazo izquierdo en torno a la esbelta cintura de la muchacha, encerró en su derecha las dos
pequeñas manos de ella, las que, así sujetas, la dejaban fácilmente a merced de las lascivas
caricias de su pariente.
—Por caridad —suplico ella, jadeante por sus esfuerzos—. ¡Soltadme! ¡Es
demasiado horrible! ¡Es monstruoso! ¿Cómo podéis ser tan crueles? ¡Estoy perdida!
—En modo alguno estás perdida linda sobrina —replicó el tío—. Sólo despierta a los
placeres que Venus reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen
la valentía de disfrutadlos mientras les es posible hacerlo.
—He sido espantosamente engañada —gritó Montse Fernández, poco convencida por esta
ingeniosa explicación—. Lo veo todo claramente. ¡Qué vergüenza! No puedo permitíroslo.
no puedo! ¡Oh, no de ninguna manera! ¡Madre santa! ¡Soltadne, tío! ¡Oh! ¡Oh!
—Estate tranquila, Montse Fernández, Tienes que someterte. Sí no me lo permites de otra manera,
lo tomaré por la fuerza. Así que abre estas lindas piernas; déjame sentir el exquisito
calorcito de estos suaves y lascivos muslos; permíteme que ponga mí mano sobre este
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divino vientre... ¡Estate quieta, loquita! Al fin eres mía. ¡Oh, cuánto he esperado esto,
Montse Fernández!
Sin embargo, Montse Fernández ofrecía todavía cierta resistencia, que sólo servía para excitar
todavía más el anormal apetito de su asaltante, mientras Ambrosio la seguía sujetando
firmemente.
—¡Oh, qué hermosas nalgas! —exclamó Verbouc, mientras deslizaba sus intrusas
manos por los aterciopelados muslos de la pobre Montse Fernández, y acariciaba los redondos mofletes
de sus posaderas—. ¡Ah, qué glorioso coño! Ahora es todo para mí, y será debidamente
festejado en el momento oportuno.
—¡Soltadme! —gritaba Montse Fernández—. ;Oh. oh!
Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta de la atormentada muchacha
mientras entre los dos hombres se la forzaba a ponerla de espaldas sobre un sofá próximo.
Cuando cayó sobre él se vio obligada a recostarse, por obra del forzudo Ambrosio,
mientras el señor Verbouc, que había levantado los vestidos de ella para poner al
descubierto sus piernas enfundadas en medias de seda, y las formas exquisitas de su
sobrina, se hacía para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que
Montse Fernández se veía forzada a hacer.
—Tío ¿estáis loco? -gritó Montse Fernández una vez más, mientras que con sus temblorosas
extremidades luchaba en vano por esconder las lujuriosas desnudeces exhibidas en toda su
crudeza—. ¡Por favor, soltadme!
—Sí, Montse Fernández, estoy loco, loco de pasión por ti, loco de lujuria por poseerte, por
disfrutarte, por saciarme con tu cuerpo. La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y
disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de esta estrecha y pequeña funda.
Al tiempo que decía esto, el señor Verbouc se aprestaba al acto final del i****tuoso
drama. Desabrochó sus prendas inferiores, y sin consideración alguna de recato exhibió
licenciosamente ante los ojos de su sobrina las voluminosas y rubícundas proporciones de
su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia ella con aire amenazador.
Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas
por el sacerdote, y aplicando su arma rampante contra el tierno orificio, trató de realizar la
conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su
sobrina.
Pero las continuas contorsiones del lindo cuerpo de Montse Fernández, el disgusto y horror que se
habían apoderado de la misma, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes,
constituían efectivos impedimentos para que el tío alcanzara la victoria que esperó
conseguir fácilmente,
Nunca deseé más ardientemente que en aquellos momentos contribuir a desarmar a
un campeón, y enternecida por los lamentos de la gentil Montse Fernández, con el cuerpo de una pulga,
pero con el alma de una avispa, me lancé de un brinco al res**te.
Hundir mi lanceta en la sensible cubierta del escroto del señor Verbouc fue cuestión
de un segundo, y surtió el efecto deseado. Una aguda sensación de dolor y comezón le
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hicieron detenerse. El intervalo fue fatal, ya que unos momentos después los muslos y el
vientre de la joven Montse Fernández se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su
i****tuoso pariente.
Las maldiciones, dichas no en voz alta, pero sí desde lo más hondo, siguieron a este
inesperado contratiempo. El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa
posición e, incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil.
No bien hubo librado el señor Verbouc a su sobrina de la m*****a situación en que se
encontraba, cuando el padre Ambrosio comenzó a manifestar la violencia de su propia
excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena. Mientras daba
satisfacción al sentido del acto, manteniendo firmemente asida con su poderoso abrazo a
Montse Fernández, su hábito no pedía disimular por la parte delantera del estado de rigidez que su
miembro había adquirido. Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones
impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda
cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute.
—¡Ah! exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su
confesor—. He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizo —y tomándolo
deliberadamente en sus manos, dióse a manipularlo con evidente deleite.
— ;Qué monstruo! ¡Cuán fuerte es y cuán tieso se mantiene!
El padre Ambrosio se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo
encendido cíe1 rostro, y colocando a la asustada Montse Fernández en posición más propicia, llevó su
roja protuberancia a la húmeda abertura, y procedió a introducirla dentro con desesperado
esfuerzo.
Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el sistema nervioso de la
víctima de su lujuria a cada nuevo empujón.
Aunque no era esta la primera vez que el padre Ambrosio haba tocado entradas como
aquélla, cubierta de musgo, el hecho de que estuviera presente su tío, lo indecoroso de toda
la escena, el profundo convencimiento —que por vez primera se le hacía presente— del
engaño de que habla sido víctima por parte del padre y de su egoísmo, fueron elementos
que se combinaron para sofocar en su interior aquellas extremas sensaciones de placer que
tan poderosamente se habían manifestado otrora.
Pero la actuación de Ambrosio no le dio tiempo a Montse Fernández para reflexionar, ya que al
sentir la suave presión, como la de un guante, de su delicada vaina, se apresuró a completar
la conjunción lanzándose con unas pocas vigorosas y diestras embestidas a hundir su
miembro en el cuerpo de ella hasta los testículos.
Siguió un intervalo de refocilamíento bárbaro, de rápidas acometidas y presiones,
firmes y continuas, hasta que un murmullo sordo en la garganta de Montse Fernández anunció que la
naturaleza reclamaba en ella sus derechos, y que el combate amoroso había llegado a la
crisis exquisita, en la que espasmos de indescriptible placer recorren rápida y
voluptuosamente el sistema nervioso; con la cabeza echada hacia atrás, los labios partidos
y los dedos crispados, su cuerpo adquirió la rigidez inherente a estos absorbentes efectos,
en el curso de los cuales la ninfa derrama su juvenil esencia para mezclarla con los chorros
evacuados por su amante.
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El contorsionado cuerpo de Montse Fernández, sus ojos vidriosos y sus manos temblorosas,
revelaban a las claras su estado, sin necesidad de que lo delatara también el susurro de
éxtasis que se escapaba trabajosamente de sus labios temblorosos.
La masa entera de aquella potente arma, ahora bien lubricada, trabajaba
deliciosamente en sus juveniles partes. La excitación de Ambrosio iba en aumento por
momentos, y su miembro, rígido como el hierro, amenazaba a cada empujón con descargar
su viscosa esencia.
—¡Oh, no puedo aguantar más! ¡Siento que me viene la leche, Verbouc! Tiene usted
que joderla. Es deliciosa. Su vaina me ajusta como un guante. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
Más vigorosas y más frecuentes embestidas —un brinco poderoso— una verdadera
sumersión del robusto hombre dentro de la débil figurita de ella, un abrazo apretado, y
Montse Fernández, con inefable placer, sintió la cálida inyección que su violador derramaba en chorros
espesos y viscosos muy adentro de sus tiernas entrañas.
Ambrosio retiro su vaporizante pene con evidente desgano, dejando expuestas las
relucientes partes de la jovencita, de las cuales manaba una espesa masa de secreciones.
—Bien —exclamó Verbouc, sobre quien la escena había producido efectos
sumamente excitantes—. Ahora me llegó el turno, buen padre Ambrosio. Ha gozado usted
a mi sobrina bajo mis ojos conforme lo deseaba, y a fe mía que ha sido bien violada. Ella
ha compartido los placeres con usted; mis previsiones se han visto confirmadas; puede
recibir y puede disfrutar, y uno puede saciarse en su cuerpo. Bien. Voy a empezar. Al fin
llegó mi oportunidad; ahora no puede escapárseme. Daré satisfacción a un deseo
largamente acariciado. Apaciguaré esa insaciable sed de lujuria que despierta en mí la hija
de mí hermano. Observad este miembro; ahora levanta su roja cabeza. Expresa mi deseo
por ti, Montse Fernández. Siente, mi querida sobrina, cuánto se han endurecido los testículos de tu tío.
Se han llenado para ti.
Eres tú quien ha logrado que esta cosa se haya agrandado y enderezado tanto: eres tú
la destinada a proporcionarle alivio. ¡Descubre su cabeza, Montse Fernández! Tranquila, mi chiquilla;
permitidme llevar tu mano. ¡Oh, déjate de tonterías! Sin rubores ni recato. Sin resistencia.
¿Puedes advertir su longitud? Tienes que recibirlo todo en esa caliente rendija que el padre
Ambrosio acaba de rellenar tan bien. ¿Puedes ver los grandes globos que penden por
debajo, Montse Fernández? Están llenos del semen que voy a descargar para goce tuyo y mío. Sí, Montse Fernández,
en el vientre de la hija de mi hermano.
La idea del terrible i****to que se proponía consumar ana-día combustible al fuego
de su excitación, y le provocaba una superabundante sensación de lasciva impaciencia,
revelada tanto por su enrojecida apariencia, como por la erección del dardo con el que
amenazaba las húmedas partes de Montse Fernández.
El señor Verbouc tomó medidas de seguridad. No había, en realidad, y tal como lo
había dicho, escapatoria para Montse Fernández. Se subió sobre su cuerpo y le abrió las piernas,
mientras Ambrosio la mantenía firmemente sujeta. El violador vio llegada la oportunidad.
El camino estaba abierto, los blancos muslos bien separados, los rojos y húmedos labios
del coño de la linda jovencita frente a él. No podía esperar más. Abriendo los labios del
sexo de su sobrina, y apuntando la roja cabeza de su arma hacia la prominente vulva, se
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movió hacia adelante, y de un empujón y con un alarido de placer sensual la hundió en
toda su longitud en el vientre de Montse Fernández.
—¡Oh, Dios! ¡Por fin estoy dentro de ella! —chillaba Verbouc—. ¡Oh! ¡Ah! ¡Qué
placer! ¡Cuán hermosa es! ¡Cuán estrecho! ¡Oh!
El buen padre Ambrosio sujetó a Montse Fernández más firmemente.
Esta hizo un esfuerzo violento, y dejó escapar un grito de dolor y de espanto cuando
sintió entrar el turgente miembro de su tío que, firmemente encajado en la cálida persona
de su víctima, comenzó una rápida y briosa carrera hacia un placer egoísta. Era el cordero
en las fauces del lobo, la paloma en las garras del águila. Sin piedad ni atención siquiera
por los sentimientos de ella, atacó por encima de todo hasta que, demasiado pronto para su
propio afán lascivo, dando un grito de placentero arrobo, descargó en el interior de su
sobrina un abundante torrente de su i****tuoso fluido.
Una y otra vez los dos infelices disfrutaron de su víctima. Su fogosa lujuria,
estimulada por la contemplación del placer experimentado por el otro, los arrastró a la
insania.
Bien pronto trató Ambrosio de atacar a Montse Fernández por las nalgas, pero Verbouc, que sin
duda tenía sus motivos para prohibírselos, se opuso a ello. El sacerdote, empero. sin
cohibirse, bajó la cabeza de su enorme instrumento para introducirlo por detrás en el sexo
de ella. Verbouc se arrodilló por delante para contemplar el acto, al concluir el cual —con
verdadero deleite— dióse a succionar los labios del bien relleno coño de su sobrina.
Aquella noche acompañé a Montse Fernández a la cama, pues a pesar de que mis nervios habían
sufrido el impacto de un espantoso choque, no por ello había disminuido mi apetito, y fue
una fortuna que mi joven protegida no poseyera una piel tan irritable como para escocerse
demasiado por mis afanes para satisfacer mi natural apetito.
El descanso siguió a la cena con que repuse mis energías, y hubiera encontrado un
retiro seguro y deliciosamente cálido en eí tierno musgo que cubría el túmulo de la linda
Montse Fernández, de no haber sido porque, a medianoche, un violento alboroto vino a trastornar mi
digno reposo.
La jovencita había sido sujetada por un abrazo rudo y poderoso, y una pesada
humanidad apisonaba fuertemente su delicado cuerpo. Un grito ahogado acudió a los
atemorizados labios de ella, y en medio de sus vanos esfuerzos por escapar, y de sus no
más afortunadas medidas para impedir la consumación de los propósitos de su asaltante,
reconocí la voz y la persona del señor Verbouc.
La sorpresa había sido completa, y al cabo tenía que resultar inútil la débil resistencia
que ella podía ofrecer. Su tío, con prisa febril y terrible excitación provocada por el
contacto con sus aterciopeladas extremidades, tomó posesión de sus más secretos encantos
y presa de su odiosa lujuria adentró su pene rampante en su joven sobrina.
Siguió a continuación una furiosa lucha, en la que cada uno desempeñaba un papel
distinto.
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El violador, igualmente enardecido por las dificultades de su conquista, y por las
exquisitas sensaciones que estaba experimentando, enterró su tieso miembro en la lasciva
funda, y trató por medio de ansiosas acometidas de facilitar una copiosa descarga, mientras
que Montse Fernández, cuyo temperamento no era lo suficientemente prudente como para resistir la
prueba de aquel violento y lascivo ataque, se esforzaba en vano por contener los violentos
imperativos de la naturaleza despertados por la excitante fricción, que amenazaban con
traicionaría, hasta que al cabo, con grandes estremecimientos en sus miembros y la
respiración entrecortada, se rindió y descargó su derrame sobre el henchido dardo que tan
deliciosamente palpitaba en su interior.
El señor Verbone tenía plena conciencia de lo ventajoso de su situación, y cambiando
de táctica como general prudente, tuvo buen cuidado de no expeler todas sus reservas, y
provoco un nuevo avance de parte de su gentil adversaria.
Verbouc no tuvo gran dificultad en lograr su propósito, si bien la pugna pareció
excitarlo hasta el frenesí. La cama se mecía y se cimbraba: la habitación entera vibraba con
la trémula energía de su lascivo ataque; ambos cuerpos se encabritaban y rodaban,
convirtiéndose en una sola masa.
La injuria, fogosa e impaciente, los llevaba hasta el paroxismo en ambos lados. El
daba estocadas, empujaba, embestía, se retiraba hasta dejar ver la ancha cabeza enrojecida
de su hinchado pene junto a los rojos labios de las cálidas partes de Montse Fernández, para hundirlo
luego hasta los negros pelos que le nacían en el vientre, y se enredaban con el suave y
húmedo musgo que cubría el monte de Venus de su sobrina, hasta que un suspiro
entrecortado delató el dolor y el placer de ella.
De nuevo el triunfo le había correspondido a él, y mientras su vigoroso miembro se
envainaba hasta las raíces en el suave cuerpo de ella, un tierno, apagado y doloroso grito
habló de su éxtasis cuando, una vez más, el espasmo de placer recorrió todo su sistema
nervioso. Finalmente, con un brutal gruñido de triunfo, descargó una tórrida corriente de
líquido viscoso en lo más recóndito de la matriz de ella.
Poseído por el frenesí de un deseo recién renacido y todavía no satisfecho con la
posesión de tan linda flor, el brutal Verbouc dio vuelta al cuerpo de su semidesmayada
sobrina, para dejar a la vista sus atractivas nalgas. Su objeto era evidente, y lo fue más
cuando, untando el ano de ella con la leche que inundaba su sexo, empujó su índice lo más
adentro que pudo.
Su pasión había llegado de nuevo a un punto febril. Encaminó su pene hacia las
rotundas nalgas, y encimándose sobre su cuerpo recostado, situó su reluciente cabeza sobre
el pequeño orificio, esforzándose luego por adentrarse en él. Al cabo consiguió su
propósito, y Montse Fernández recibió en su recto, en toda su extensión, la vara de su tío. La estrechez
de su ano proporcionó al mismo el mayor de los placeres, y siguió trabajando lentamente
de atrás hacía adelante durante un cuarto de hora por lo menos, al cabo de cuyo lapso su
aparato habla adquirido la rigidez del hierro, y descargó en las entrañas de su sobrina
torrentes de leche.
Ya había amanecido cuando el señor Verbouc soltó a su sobrina del abrazo lujurioso
en que había saciado su pasión, logrado lo cual se deslizó exhausto para buscar abrigo en
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su trío lecho. Montse Fernández, por su parte, ahíta y rendida, se sumió en un pesado sueño, del que no
despertó hasta bien avanzado el día.
Cuando salió de nuevo de su alcoba. Montse Fernández había experimentado un cambio que no le
importaba ni se esforzaba en lo más mínimo por analizar. La pasión se había posesionado
de ella para formar parte de su carácter; se habían despertado en su interior fuertes
emociones sexuales, y les había dado satisfacción. El refinamiento en la entrega a las
mismas había generado la lujuria, y la lascivia había facilitado el camino hacia la
satisfacción de los sentidos sin comedimiento, e incluso por vías no naturales.
—Montse Fernández —casi una chiquilla inocente hasta bacía bien poco— se había convertido de
repente en una mujer de pasiones vio-. lentas y de lujuria incontenible.
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Capitulo VI
NO DE INCOMODAR AL LECTOR CON EL relato de cómo sucedió que un día
me encontré cómodamente oculto en la persona del buen padre David Brown; ni me detendré a
explicar cómo fue que estuve presente cuando el mismo eclesiástico recibió en confesión a
una elegante damita de unos veinte años de edad.
Pronto descubrí, por la marcha de su conversación, que aunque relacionada de cerca
con personas de rango, la dama no poseía títulos, si bien estaba casada con uno de los más
ricos terratenientes de la población.
Los nombres no interesan aquí. Por lo tanto suprimo el de esta linda penitente.
Después que el confesor hubo impartido su bendición tras de poner fin a la ceremonia
por medio de la cual había entrado en posesión de lo más selecto de los secretos de la joven
se-flora, nada renuente, la condujo de la nave de la iglesia a la misma pequeña sacristía
donde Montse Fernández recibió su primera lección de copulación santificada.
Pasó el cerrojo a la puerta y no se perdió tiempo. La dama se despojó de sus ropas, y
el fornido confesor abrió su sotana para dejar al descubierto su enorme arma, cuya
enrojecida cabeza se alzaba con aire amenazador. No bien se dio cuenta de esta aparición,
la dama se apoderó del miembro, como quien se posesiona a como dé lugar de un objeto de
deleite que no le es de ninguna manera desconocido.
Su delicada mano estrujó gentilmente el enhiesto pilar que constituía aquel tieso
músculo, mientras con los ojos lo devoraba en toda su extensión y sus henchidas
proporciones.
—Tienes que metérmelo por detrás —comenté la dama—. En leorette. Pero debes
tener mucho cuidado, ¡es tan terriblemente grande!
Los ojos del padre David Brown centelleaban en su pelirroja cabezota, y en su enorme
arma se produjo un latido espasmódico que hubiera podido alzar una silla.
Un segundo después la damita se había arrodillado sobre la silla, y el padre
David Brown, aproximándose a ella, levantó sus finas y blancas ropas interiores para dejar
expuesto un rechoncho y redondeado trasero, bajo el cual, medio escondido entre unos
turgentes muslos, se veían los rojos labios de una deliciosa vulva, profusamente sombreada
por matas de pelos castaños que se rizaban en torno a ella.
David Brown no esperó mayores incentivos. Escupiendo en la punta de su miembro,
colocó su cálida cabeza entre los húmedos labios y después, tras muchas embestidas y
esfuerzos, consiguió hacerlo entrar hasta los testículos.
Se adentró más... y más.., y más, hasta que dio la impresión de que el hermoso
recipiente no podría admitir más sin peligro de sufrir daño en sus órganos vitales, Entre
tanto el rostro de ella reflejaba el extraordinario placer que le provocaba el gigantesco
miembro.
De pronto el padre David Brown se detuvo. Estaba dentro hasta los testículos. Sus pelos
rojos y crispados acosaban los orondos cachetes de las nalgas de la dama. Esta había
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recibido en el interior de su cuerpo, en toda su longitud, la vaina del cura. Entonces
comenzó un encuentro que sacudía la banca y todos los muebles de la habitación.
Asiéndose con ambos brazos en torno al frágil cuerpo de ella, el sensual sacerdote se
tiraba a fondo en cada embestida, sin retirar más que la mitad de la longitud de su
miembro, para poder adentrarse mejor en cada ataque, hasta que la dama comenzó a
estremecerse por efecto de las exquisitas sensaciones que le proporcionaba un asalto de tal
naturaleza. A poco, con los ojos cerrados y la cabeza caída hacia adelante, derramé sobre el
invasor la cálida esencia de su naturaleza,
El padre David Brown, entretanto, seguía accionando en el interior de la caliente vaina, y
a cada momento su arma se endurecía más, hasta llegar a asemejarse a una barra de acero
sólido.
Pero todo tiene su fin, y también lo tuvo el placer del buen sacerdote, ya que después
de haber empujado, luchado, apretado y batido con furia, su vara no pudo resistir más, y
sintió alcanzar el punto de la descarga de su savia, llegando de esta suerte al éxtasis.
Llego por fin. Dejando escapar un grito hundió hasta la raíz su miembro en el interior
de la dama, y derramé en su matriz un abundante chorro de leche. Todo había terminado,
había pasado el último espasmo. Había sido derramada la última gota, y David Brown yacía
como muerto.
El lector no imaginará que el buen padre David Brown iba a quedar satisfecho con sólo
este único coup que acababa de asestar con tan excelentes efectos, ni tampoco que la dama,
cuyos licenciosos apetitos habían sido tan poderosamente apaciguados, no deseaba ya
nuevos escarceos. Por el contrarío, esta cópula no había hecho más que despertar las
adormecidas facultades sensuales de ambos, y de nuevo sintieron despertar la llama del
deseo.
La dama yacía sobre su espalda; su fornido violador se lanzó sobre ella, y hundiendo
su ariete hasta que se juntaron los pelos de ambos, se vino de nuevo, llenando su matriz de
un viscoso torrente.
Todavía insatisfecha, la lasciva pareja continuó en su excitante pasatiempo. Esta vez
David Brown se recostó sobre su espalda, y la damita, tras de juguetear lascivamente con sus
enormes órganos genitales, tomó la roja cabeza de su pene entre sus rosados labios, al
tiempo que lo estimulaba con toquecitos enloquecedores hasta conseguir el máximo de
tensión, todo ello con una avidez que acabé por provocar una abundante descarga de fluido
espeso y caliente, que esta vez inundó su linda boca y corrió garganta abajo.
Luego la dama, cuya lascivia era por lo menos igual a la de su confesor, se colocó
sobre la corpulenta figura de éste, y tras de haber asegurado otra gran erección, se empaló
en el palpitante dardo hasta no dejar a la vista nada más que las grandes bolas que colgaban
debajo de la endurecida arma. De esta manera succionó hasta conseguir una cuarta
descarga de David Brown. Exhalando un fuerte olor a semen, en virtud de las abundantes
eyaculaciones del sacerdote, y fatigada por la excepcional duración del entretenimiento,
dióse luego a contemplar cómodamente las monstruosas proporciones y la capacidad fuera
de lo común de su gigantesco confesor.
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Capitulo VII
MONTSE FERNÁNDEZ TENÍA UNA AMIGA, UNA DAMITA SÓLO unos pocos meses mayor que
ella, hija de un adinerado caballero, que vivía cerca del señor Verbouc. Julia, sin embargo.
era de temperamento menos ardiente y voluptuoso, y Montse Fernández comprendió pronto que no
habla madurado lo bastante para entender los sentimientos pasionales, ni comprender los
fuertes instintos que despierta el placer.
Julia era ligeramente más alta que su joven amiga, algo menos rolliza, pero con
formas capaces de deleitar los ojos y cautivar el corazón de un artista por lo perfecto de su
corte y lo exquisito de sus detalles.
Se supone que una pulga no puede describir la belleza de las personas. ni siquiera la
de aquellas que la alimentan. Todo lo que puedo decir, por lo tanto, es que Julia Delmont
constituía a mi modo de ver un estupendo regalo, y algún día lo sería para alguien del sexo
opuesto, ya que estaba hecha para despertar el deseo del más insensible de los hombres, y
para encantar con sus graciosos modales y su siempre placentera figura al más exigente
adorador de Venus.
El padre de Julia poseía, como hemos dicho, amplios recursos; su madre era una
bobalicona que se ocupaba bien poco de su hija, o de otra cosa que no fueran sus deberes
religiosos, en el ejercicio de los cuales empleaba la mayor parte de su tiempo, así como en
visitar a las viejas devotas de la vecindad que estimulaban sus predilecciones.
El señor Delmont era relativamente joven. De constitución robusta, estaba lleno de
vida, y como quiera que su piadosa cónyuge estaba demasiado ocupada para permitirle los
goces matrimoniales a los que el pobre hombre tenía derecho, éste los buscaba por Otros
lados.
El señor Delmont tenía una amiga, una muchacha joven y linda que, según deduje, no
estaba satisfecha con limitarse a su adinerado protector.
El señor Delmont en modo alguno limitaba sus atenciones a su amiga; sus
costumbres eran erráticas, y sus inclinaciones francamente eróticas.
En tales circunstancias, nada tiene de extraño que sus ojos se fijaran en el hermoso
cuerpo de aquel capullo en flor que era la sobrina de su amigo, Montse Fernández. Ya había tenido
oportunidad de oprimir su enguantada mano, de besar —desde luego con aire paternal— su
blanca mejilla, e incluso de colocar su mano temblorosa —claro que por accidente— sobre
sus rollizos muslos.
En realidad, Montse Fernández, mucho más experimentada que la mayoría de las muchachas de su
tierna edad, se había dado cuenta de que el señor Delmont sólo esperaba una oportunidad
para llevar las cosas a sus últimos extremos.
Y esto era precisamente lo que hubiera complacido a Montse Fernández, pero era vigilada
demasiado de cerca, y la nueva y desdichada situación en que acababa de entrar acaparaba
todos sus pensamientos
.
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El padre Ambrosio, empero, se percataba bien de la necesidad de permanecer sobre
aviso, y no dejaba pasar oportunidad alguna, cuando la joven acudía a su confesionario,
para hacer preguntas directas y pertinentes acerca de su comportamiento para con los
demás, y de la conducta que los otros observaban con su penitente.
Así fue como Montse Fernández llegó a confesarle a su guía espiritual los sentimientos
engendrados en ella por el lúbrico proceder del señor Delmont.
El padre Ambrosio le dio buenos consejos, y puso inmediatamente a Montse Fernández a la tarea
de succionarle el pene.
Una vez pasado este delicioso episodio, y borradas que fueron las huellas del placer,
el digno sacerdote se dispuso con su habitual astucia, a sacar provecho de los hechos de
que acababa de tener conocimiento.
Su sensual y vicioso cerebro no tardó en concebir un plan cuya audacia e inquietud
yo, un humilde insecto, no sé que haya sido nunca igualada.
Desde luego, en el acto decidió que la joven Julia tenía algún día que ser suya. Esto
era del todo natural. Pero para lograr este objetivo, y divertirse al mismo tiempo con la
pasión que indiscutiblemente Montse Fernández había despertado en el señor Delmont, concibió una
doble consumación, que debía llevarse a cabo por medio del más indecoroso y repulsivo
plan que jamás haya oído el lector.
Lo primero que había que hacer era despertar la imaginación de Julia, y avivar en ella
los latentes fuegos de la lujuria.
Esta noble tarea la confiaría el buen sacerdote a Montse Fernández, la que, debidamente instruida,
se comprometió fácilmente a realizarla.
Puesto que ya se había roto el hielo en su propio caso, Montse Fernández, a decir verdad, no
deseaba otra cosa sino conseguir que Julia fuera tan culpable como ella. Así que se dio a la
tarea de corromper a su joven amiga. Cómo lo logró, vamos a verlo a su debido tiempo.
Fue sólo unos días después de la iniciación de la joven Montse Fernández en los deleites del delito
en su forma i****tuosa que hemos ya relatado, y en los que no había tenido mayor
experiencia porque el señor Verbouc tuvo que ausentarse del bogar. A la larga, sin
embargo, tenía que presentarse la nueva oportunidad, y Montse Fernández se encontró por segunda vez,
sola y serena, en compañía de su tío y del padre Ambrosio.
La tarde era fría, pero en la estancia reinaba un calor-cito placentero por efecto de
una estufa instalada en el lujoso departamento. Los suaves y mullidos sofás y otomanas
que amueblaban la habitación proporcionaban a la misma un aire de indolencia y
abandono. A la brillante luz de una lámpara exquisitamente perfumada los dos hombres
parecían elegantes devotos de Baco y de Venus cuando se sentaron, ligeros de ropa,
después de una suntuosa colación.
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En cuanto a Montse Fernández, estaba por así decirlo excedida en belleza. Vistiendo un
encantador ‘negligie’, medio descubría y medio ocultaba aquellos encantos en flor de que
tan orgullosa podía mostrarse.
Sus brazos, admirablemente bien torneados, sus suaves piernas revestidas de seda, el
seno palpitante, por el que asomaban dos manzanitas blancas, exquisitamente redondeadas
y rematadas en otras tantas fresas, las bien formadas caderas, y unos diminutos pies
aprisionados en ajustados zapatitos, eran encantos que, sumados a otros muchos, formaban
un delicado y delicioso conjunto con el que se hubieran intoxicado las deidades mismas, y
en las que iban a complacerse los dos lascivos mortales.
Se necesitaba, empero, un pequeño incentivo más para aumentar la excitación de los
infames y anormales deseos de aquellos dos hombres que en dicho momento, con ojos
inyectados por la lujuria, contemplaban a su antojo el despliegue los tesoros que estaba a
su alcance.
Seguros de que no habían de ser interrumpidos, se disponían ambos a hacer los
lascivos attouchernents que darían satisfacción al deseo de solazarse con lo que tenían a la
vista.
Incapaz de contener su ansiedad, el sensual tío extendió su mano, y atrayendo hacia
sí a su sobrina, deslizó sus dedos entre sus piernas a modo de sondeo. Por su parte el
sacerdote se posesionó de sus dulces senos, para sumir su cara en ellos.
Ninguno de los dos se detuvo en consideraciones de pudor que interfirieran con su
placer, así que los miembros de los dos robustos hombres fueron exhibidos luego en toda
su extensión, y permanecieron excitados y erectos, con las cabezas ardientes por efecto de
la presión sanguínea y la tensión muscular.
—¡Oh, qué forma de tocarme! —murmuró Montse Fernández, abriendo voluntariamente sus
muslos a las temblorosas manos de su tío, mientras Ambrosio casi la ahogaba al prodigarle
deliciosos besos con sus gruesos labios,
En un momento determinado la complaciente mano de Montse Fernández apresó en el interior de
su cálida palma el rígido miembro del vigoroso sacerdote.
—¿Qué, amorcito, no es grande? ¿Y no arde en deseos de expeler su jugo dentro de
ti? ¡Oh, cómo me excitas, hija mía! Tu mano. .. tu dulce mano. .. ¡Ay! ¡Me muero por
insertarlo en tu suave vientre! ¡Bésame, Montse Fernández! ¡Verbouc, vea en qué forma me excita su
sobrina!
—¡Madre santa, qué carajo! ¡Ve, Montse Fernández, qué cabeza la suya! ¡Cómo brilla! ¡Qué
tronco tan largo y tan blanco! ¡Y observa cómo se encorva cual si fuera una serpiente en
acecho de su víctima! ¡Ya asoma una gota en la punta! ¡Mira, Montse Fernández!
—¡Oh, cuán dura es! ¡Cómo vibra! ¡Cómo acomete! ¡Apenas puedo abarcarla! ¡ Me
matáis con estos besos, me sorbéis la vida!
El señor Verbouc hizo un movimiento hacia adelante, y en el mismo momento puso
al descubierto su propia arma, erecta y al rojo vivo, desnuda y húmeda la cabeza.
Los ojos de Montse Fernández se iluminaron ante el prospecto.
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—Tenemos que establecer un orden para nuestros placeres, Montse Fernández —dijo su tío—.
Debemos prolongar lo más que nos sea posible nuestros éxtasis. Ambrosio es
desenfrenado. ¡Qué espléndido a****l es! ¡Hay que ver qué miembro! ; Está dotado como
un garañón! ¡Ah, sobrinita mía, mi criatura, con eso va a dilatar tu rendija. La hundirá
hasta tus entrañas, y tras de una buena carrera descargará un torrente de leche para placer
tuyo!
—¡Qué gusto! —murmuró Montse Fernández—. Anhelo recibirlo hasta mi cintura. Sí, sí. No
apresuremos el delicioso final; trabajemos todos para ello.
Hubiera dicho algo más, pero en aquel momento la roja punta del rígido miembro del
señor Verbouc entró en su boca.
Con la mayor avidez Montse Fernández recibió el duro y palpitante objeto entre sus labios de
coral, y admitió tanto como pudo de ella. Comenzó a lamer alrededor con su lengua, y
hasta trató de introducirla en la roja abertura de la extremidad. Estaba excitada hasta el
frenesí. Sus mejillas ardían, su respiración iba y venía con ansiedad espasmódica. Se aferró
más aún al miembro del lúbrico sacerdote, y su juvenil estrecho coño palpitaba de placer
anticipado.
Hubiera querido continuar cosquilleando, frotando y excitando el henchido tronco del
lascivo Ambrosio, pero el fornido sacerdote le hizo seña de que se detuviera.
—Aguarda un momento, Montse Fernández —suspiró—, vas a hacer que me venga.
Montse Fernández soltó el enorme dardo blanco y se echó hacia atrás, de manera que su tío pudo
accionar despaciosamente hacia dentro y hacia fuera de su boca, sin que la mirada de ella
dejara por un solo momento de prestar ansiosamente atención a las extraordinarias
dimensiones del miembro de Ambrosio.
Nunca había gustado Montse Fernández con tanto deleite de un pene, como ahora estaba
disfrutando el respetable miembro de su tío. Por tal razón aplicó sus labios al mismo con la
mayor fruición, sorbiendo morbosamente la secreción que de vez en cuando exudaba la
punta. El señor Verbouc estaba arrobado con sus atentos servicios.
A continuación el cura se arrodilló, y pasando la rasurada cabeza por entre las piernas
de Verbouc, que estaba de pie ante su sobrina, abrió los rollizos muslos de ésta para apartar
después con sus dedos los rojos labios de su vulva, e introducir su lengua hacia dentro, al
tiempo que con sus gruesos labios cubría sus juveniles y excitadas partes.
Montse Fernández se estremecía de placer. Su tío se puso aún más rígido, y empujó fuertemente
dentro de la Montse Fernández boca de la muchacha, la cual tomó sus testículos entre sus manos para
estrujarlos con suavidad. Retiró hacía atrás la piel del ardiente tronco, y reanudó su succión
con evidente deleite.
— Vente ya! —dijo Montse Fernández, abandonando por un momento la viscosa cabeza con
objeto de poder hablar y tomar aliento—. ¡Vente, tío! ¡Me agrada tanto saborearlo!
—Podrás hacerlo, queridita, pero todavía no. No debemos ir tan aprisa.
—¡Oh, cómo me mama! ¡Cómo me lame su lengua! ¡Estoy ardiendo! ¡Me mata!
—¡Ah, Montse Fernández! Ahora no sientes más que placer: te has reconciliado con los goces de
nuestros contactos i****tuosos.
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—De veras que sí, querido tío. Ponme tu carajo de nuevo en la boca.
—Todavía no, Montse Fernández, amor mío.
—No me hagas aguardar demasiado. Me estáis enloqueciendo. ¡Padre! ¡Padre! ¡Oh,
ya viene hacia mí, se prepara para joderme! ¡Dios santo, qué carajo! ¡Piedad! ¡Me partirá
en dos!
Entretanto Ambrosio, enardecido por el delicioso jugueteo con el que estuvo
entretenido, devino demasiado excitado para permanecer como estaba, y aprovechando la
oportunidad de una momentánea retirada de Verbouc, se puso de píe y tumbó sobre sus
espaldas, en el blando sofá, a la hermosa muchacha.
Verbouc tomó en su mano el formidable pene del santo padre, le dio un par de
sacudidas preliminares, retiro la piel que rodeaba su cabeza en forma de huevo, y
encaminando la punta anchurosa y ardiente hacia la rosada hendidura, la empujó
vigorosamente dentro del vientre de ella.
La humedad que lubricaba las partes nobles de la criatura facilitó la entrada de la
cabeza y la parte delantera, y el arma del sacerdote pronto quedó sumida. Siguieron fuertes
embestidas, y con brutal lujuria reflejada en el rostro, y escasa piedad por la juventud de su
víctima, Ambrosio la ensartó. La excitación de Montse Fernández superaba el dolor, por lo que se abrió
de piernas hasta donde le fue posible para permitirle regodearse según su deseo en la
posesión de su belleza.
Un ahogado lamento escapó de los entreabiertos labios de Montse Fernández cuando sintió aquella
gran arma, dura como el hierro, presionando su matriz, y dilatándola con su gran tamaño.
El señor Verbouc no perdía detalle del lujurioso espectáculo que se ofrecía a su vista,
y se mantuvo al efecto cerca de la excitada pareja. En un momento dado depositó su poco
menos vigoroso miembro en la mano convulsa de su sobrina.
Ambrosio, tan pronto como se sintió firmemente alojado en el lindo cuerpo que
estaba debajo de él, refrenó su ansiedad. Llamando en auxilio suyo el extraordinario poder
de autocontrol con el que estaba dotado, pasó sus manos temblorosas sobre las caderas de
la muchacha, y apartando sus ropas descubrió su velludo vientre, con el que a cada
sacudida frotaba el mullido monte de ella.
De pronto el sacerdote aceleró su trabajo. Con poderosas y rítmicas embestidas se
enterraba en el tierno cuerpo que yacía debajo de él. Apretó fuertemente hacia adelante, y
Montse Fernández enlazó sus blancos brazos en torno a su musculoso cuello. Sus testículos golpeaban
las rechonchas posaderas de ella, su instrumento había penetrado hasta los pelos que,
negros y rizados, cubrían por completo el sexo de ella.
—Ahora lo tiene. Observa, Verbouc, a tu sobrina. Ve cómo disfruta los ritos
eclesiásticos. ¡Ah, qué placer! ¡Cómo me mordisquen con su estrecho coñito!
—¡Oh, querido, querido...! ¡Oh, buen padre, jodedme! Me estoy viniendo. ¡Empujad!
¡Empujad! Matadme con él, si gustáis, pero no dejéis de moveros! ¡Así! ¡Oh! ¡Cielos! ¡Ah!
¡Ah! ¡Cuán grande es! ¡Cómo se adentra en mí!
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El canapé crujía a causa de sus rápidas sacudidas.
—¡Oh. Dios! —gritó Montse Fernández—. ¡Me está matando.., realmente es demasiado... Me
muero... Me estoy viniendo! Y dejando escapar un grito abogado, la muchacha se vino,
inundando el grueso miembro que tan deliciosamente la estaba jodiendo.
El largo pene engruesó y se enardeció todavía más. También la bola que lo remataba
se hinchó, y todo el tremendo aparato parecía que iba a estallar de lujuria. La joven Montse Fernández
susurraba frases incoherentes, de las que sólo se entendía la palabra joder.
Ambrosio, también completamente enardecido, y sintiendo su enorme yerga atrapada
en las juveniles carnes de la muchacha, no pudo aguantar más, y agarrando las nalgas de
Montse Fernández con ambas manos, empujó hacia el interior toda la tremenda longitud de su miembro
y descargó, arrojando los espesos chorros de su fluido, uno tras otro, muy adentro de su
compañera de juego.
Un bramido como de bestia salvaje escapó de su pecho a medida que arrojaba su
cálida leche.
—¡Oh, ya viene! ¡Me está inundando! ¡La siento! ¡Ah, qué delicia!
Mientras tanto el carajo del sacerdote, bien hundido en el cuerpo de Montse Fernández, seguía
emitiendo por su henchida cabeza el semen perlino que inundaba la juvenil matriz de ella.
—¡Ah, qué cantidad me estáis dando! —comentó Montse Fernández, mientras se bamboleaba
sobre sus pies, y sentía correr en todas direcciones, piernas abajo, el cálido fluido—. ¡Cuán
blanco y viscoso es!
Esta era exactamente la situación que más ansiosamente esperaba el tío, y por lo tanto
procedió sosegadamente a aprovecharla. Miró sus lindas medias de seda empapadas, metió
sus dedos entre los rojos labios de su coño, embarró el semen exudado sobre su lampiño
sexo. Seguidamente, colocando a su sobrina adecuadamente frente a él, Verbouc exhibió
una vez más su tieso y peludo campeón, y excitado por las excepcionales escenas que tanto
le habían deleitado, contempló con ansioso celo las tiernas partes de la joven Montse Fernández,
completamente cubiertas como estaban por las descargas del sacerdote, y exudando todavía
espesas y copiosas gotas de su prolífico fluido.
Montse Fernández, obedeciendo a sus deseos, abrió lo más posible sus piernas. Su tío colocó
ansiosamente su desnuda persona entre los rollizos muslos de la joven.
—Estate quieta, mi querida sobrina. Mí carajo no es tan gordo ni tan largo como el
del padre Ambrosio, pero sé muy bien cómo joder, y podrás comprobar sí la leche de tu tío
no es tan espesa y pungente como la de cualquier eclesiástico. Ve cómo estoy de envarado.
..—¡Y cómo me haces esperar! —dijo Montse Fernández—. Veo tu querida yerga aguardando
turno. ¡Cuán roja se ve! ¡Empújame, querido tío! Ya estoy lista de nuevo, y el buen padre
Ambrosio te ha aceitado bien el camino.
El duro miembro tocó con su enrojecida cabeza los abiertos labios, todavía
completamente resbalosos, y su punta se afianzó con firmeza. Luego comenzó a penetrar el
miembro propiamente dicho, y tras unas cuantas embestidas firmes aquel ejemplar pariente
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se había adentrado hasta los testículos en el vientre de su sobrina, solazándose
lujuriosamente entre el tufo que evidenciaba sus anteriores e impías venidas con el padre.
—Querido tío —exclamó la muchacha—. Acuérdate de quién estás jodiendo. No se
trata de una extraña, es la hija de tu hermano, tu propia sobrina. Jódeme bien, entonces, tío.
Entrégame todo el poder de tu vigoroso carajo. ¡Jódeme! ¡Jódeme hasta que tu i****tuosa
leche se derrame en mi interior! ¡Ah! ¡Oh! ¡Oh!
Y sin poderse contener ante el conjuro de sus propias ideas lujuriosas, Montse Fernández se
entregó a la más desenfrenada sensualidad, con gran deleite de su tío.
El vigoroso hombre, gozando la satisfacción de su lujuria preferida, se dedicó a
efectuar una serie de rápidas y poderosas embestidas. No obstante lo anegada que se
encontraba, la vulva de su linda oponente era de por sí pequeña, y lo bastante estrecha para
pellizcarle deliciosamente en la abertura, y provocar así que su placer aumentara
rápidamente.
Verbouc se alzó para lanzarse con rabia dentro del cuerpo de ella, y la hermosa joven
se asió con el apremio de una lujuria todavía no saciada. Su yerga engrosó y se endureció
todavía más.
El cosquilleo se hizo pronto casi insoportable. Montse Fernández se entregó por entero al placer
del acto i****tuoso, hasta que el señor Verbouc, dejando escapar un suspiro, se vino dentro
de su sobrina, inundando de nuevo la matriz de ella con su cálido fluido. Montse Fernández llegó
también al éxtasis, y al propio tiempo que recibía la poderosa inyección, placenteramente
acogida, derramaba una no menos ardiente prueba de su goce.
Habiéndose así completado el acto, se le dio tiempo a Montse Fernández para hacer sus
abluciones, y después, tras de apurar un tonificante vaso lleno de vino hasta los bordes, se
sentaron los tres para concertar un diabólico plan para la violación y el goce de la Montse Fernández
Julia Delmont.
Montse Fernández confesó que el señor Delmont la deseaba, y que evidentemente estaba en espera
de la oportunidad para encaminar las cosas hacia la satisfacción de su capricho.
Por su parte, el padre Ambrosio confesó que su miembro se enderezaba a la sola
mención del nombre de la muchacha. La había confesado, y admitió jocosamente que
durante la ceremonia no había podido controlar sus manos, ya que su simple aliento
despertaba en él ansías sensuales incontenibles.
El señor Verbouc declaró que estaba igualmente ansioso de proporcionarse solaz en
sus dulces encantos, cuya sola descripción lo enloquecía. Pero el problema estaba en cómo
poner en marcha el plan.
—Si la violara sin preparación, la destrozaría —exclamó el padre Ambrosio,
exhibiendo una vez más su rubicunda máquina, todavía rezumando las pruebas de su
último goce, que aún no había enjugado.
—Yo no puedo gozarla primero. Necesito la excitación de una copulación previa —
objetó Verbouc.
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—Me gustaría ver a la muchacha bien violada —dijo Montse Fernández—. Observaría la
operación con deleite, y cuando el padre Ambrosio hubiese introducido su enorme cosa en
el interior de ella, tú podrías hacer lo mismo conmigo para compensarme el obsequio que
le haríamos a la linda Julia.
—Sí, esa combinación podría resultar deliciosa.
—¿Qué habrá que hacer? —inquirió Montse Fernández—. ¡Madre santa, cuán tiesa está de nuevo
vuestra yerga, querido padre Ambrosio!
—Se me ocurre una idea que sólo de pensar en ella me provoca una violenta
erección. Puesta en práctica sería el colmo de la lujuria, y por lo tanto del placer.
—Veamos de qué se trata —exclamaron los otros dos al Unísono.
—Aguardad un poco —dijo el santo varón, mientras Montse Fernández desnudaba la roja cabeza
de su instrumento para cosquillear cn el húmedo orificio con la punta de su lengua.
—Escuchadme bien —dijo Ambrosio—. El señor Delmont está enamorado de Montse Fernández.
Nosotros lo estamos de su hija, y a esta criatura que ahora me está chupando el cara jo le
gustaría ver a la tierna Julia ensartada en él hasta lo más hondo de sus órganos vitales, con
el único y lujurioso afán de proporcionarse una dosis extra de placer. Hasta aquí todos
estamos de acuerdo. Ahora prestadme atención, y tú, Montse Fernández, deja en paz mí instrumento. He
aquí mi plan: me consta que la pequeña Julia no es insensible a sus instintos a****les. En
efecto, ese diablito siente ya la comezón de la carne.
Un poco de persuasión y Otro poco de astucia pueden hacer el resto. Julia accederá a
que se le alivien esas angustias del apetito carnal. Montse Fernández debe alentaría al efecto. Entretanto
la misma Montse Fernández inducirá al señor Delmont a ser más atrevido. Le permitirá que se le
declare, si así lo desea él. En realidad, ello es indispensable para que el plan resulte. Ese
será el momento en que debo intervenir yo. Le sugeriré a Delmont que el señor Verbouc es
un hombre por encima de los prejuicios vulgares, y que por cierta suma de dinero estará
conforme en entregarle a su hermosa y virginal sobrina para que sacie sus apetitos.
—No alcanzo a entenderlo bien —comentó Montse Fernández.
—No veo el objeto —intervino Verbouc—. Ello no nos aproximará más a la
consumación de nuestro plan.
—Aguardad un momento —continuó el buen padre—. Hasta este momento todos
hemos estado de acuerdo. Ahora Montse Fernández será vendida a Delmont. Se le permitirá que
satisfaga secretamente sus deseos en los hermosos encantos de ella. Pero la víctima no
deberá verlo a él, ni él a ella, a.—fin de guardar las apariencias. Se le introducirá en una
alcoba agradable, podrá ver el cuerpo totalmente desnudo de una encantadora mujer, se le
hará saber que se trata de su víctima, y que puede gozarla.
—¿Yo? —interrumpió Montse Fernández—. ¿Para qué todo este misterio?
El padre Ambrosio sonrió malévolamente.
—Ya lo sabrás, Montse Fernández, ten paciencia. Lo que deseamos es disfrutar de Julia Delmont,
y lo que el señor Delmont quiere es disfrutar de tu persona. Únicamente podemos alcanzar
nuestro objetivo evitando al propio tiempo toda posibilidad de escándalo. Es preciso que el
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señor Delmont sea silenciado, pues de lo contrario podríamos resultar perjudicados por la
violación de su hija. Mi propósito es que el lascivo señor Delmont viole a su propia hija, en
lugar de a Montse Fernández, y que una vez que de esta suerte nos haya abierto el camino, podamos
nosotros entregarnos a la satisfacción de nuestra lujuria. Si Delmont cae en la trampa,
podremos revelarle el i****to cometido, y recompensárselo con la verdadera posesión de
Montse Fernández, a cambio de la persona de su hija, o bien actuar de acuerdo con las circunstancias.
—¡Oh, casi me estoy viniendo ya! —gritó el señor Verbouc—. ¡Mi arma está que
arde! ¡Qué trampa! ¡Qué espectáculo tan maravilloso!
Ambos hombres se levantaron, y Montse Fernández se vio envuelta en sus abrazos. Dos duros y
largos dardos se incrustaban contra su gentil cuerpo a medida que la trasladaban al canapé.
Ambrosio se tumbó sobre sus espaldas, Montse Fernández se le montó encima, y tomó su pene de
semental entre las manos para llevárselo a la vulva.
El señor Verbouc contemplaba la escena.
Montse Fernández se dejó caer lo bastante para que la enorme arma se adentrara por completo;
luego se acomodó encima del ardiente sacerdote, y comenzó una deliciosa serie de
movimientos Ondulatorios.
El señor Verbouc contemplaba sus hermosas nalgas subir y bajar, abriéndose y
cerrándose a cada sucesiva embestida.
Ambrosio se había adentrado hasta la raíz, esto era evidente. Sus grandes testículos
estaban pegados debajo de ella, y los gruesos labios de Montse Fernández llegaban a ellos cada vez que
la muchacha se dejaba caer.
El espectáculo le sentó muy bien a Verbouc. El virtuoso tío se subió al canapé,
dirigió su largo y henchido pene hacia el trasero de Montse Fernández, y sin gran dificultad consiguió
enterrarlo por completo hasta sus entrañas.
El culito de su sobrina era ancho y suave como un guante, y la piel de las nalgas
blanca como el alabastro. Verbouc, empero, no prestaba la menor atención a estos detalles.
Su miembro estaba dentro, y sentía la estrecha compresión del músculo del pequeño
orificio de entrada como algo exquisito. Los dos carajos se frotaban mutuamente, sólo
separados por una tenue membrana.
Montse Fernández experimentaba los enloquecedores efectos de este doble deleite. Tras una
terrible excitación llegaron los transportes finales conducentes al alivio, y chorros de leche
inundaron a la grácil Montse Fernández.
Después Ambrosio descargó por dos veces en la boca de Montse Fernández, en la que también
vertió luego su tío su i****tuoso fluido, y así terminó la sesión.
La forma en que Montse Fernández realizó sus funciones fue tal, que mereció sinceros encomios
de sus dos compañeros. Sentada en el canto de una silla, se colocó frente a ambos de
manera que los tiesos miembros de uno y otro quedaron a nivel con sus labios de coral,
Luego, tomando entre sus labios el aterciopelado glande, aplicó ambas manos a frotar,
cosquillear y excitar el falo y sus apéndices.
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De esta manera puso en acción en todo el poder nervioso de los miembros de sus
compañeros de juego, que, con sus miembros distendidos a su máximo, pudieron gozar del
lascivo cosquilleo hasta que los toquecitos de Montse Fernández se hicieron irresistibles, y entre
suspiros de éxtasis su boca y su garganta fueron inundadas con chorros de semen.
La pequeña glotona los bebió por completo. Y lo mismo habría hecho con los de una
docena, si hubiera tenido oportunidad para ello.
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Capitulo VIII
MONTSE FERNÁNDEZ SEGUIA PROPORCIONANDOME EL MAS delicioso de los alimentos.
Sus juveniles miembros nunca echaron de menos las sangrías carmesí provocadas por mis
piquetes, los que, muy a pesar mío, me veía obligada a dar para obtener mi sustento.
Determiné, por consiguiente, continuar con ella, no obstante que, a decir verdad, su
conducta en los últimos tiempos había devenido discutible y ligeramente irregular.
Una cosa manifiestamente cierta era que había perdido todo sentido de la delicadeza
y del recato propio de una doncella, y vivía sólo para dar satisfacción a sus deleites
sexuales.
Pronto pudo verse que la jovencita no había desperdiciado ninguna de las
instrucciones que se le dieron sobre la parte que tenía que desempeñar en la conspiración
urdida. Ahora me propongo relatar en qué forma desempeñó su papel.
No tardó mucho en encontrarse Montse Fernández en la mansión del se-flor Delmont, y tal vez por
azar, o quizás más bien porque así lo había preparado aquel respetable ciudadano, a solas
con él.
El señor Delmont advirtió su oportunidad y cual inteligente general, se dispuso al
asalto. Se encontró con que su linda compañera, o estaba en el limbo en cuanto a sus
intenciones, o estaba bien dispuesta a alentarías.
El señor Delmont había ya colocado sus brazos en torno a la cintura de Montse Fernández y, como
por accidente la suave mano derecha de ésta comprimía ya bajo su nerviosa palma el
varonil miembro de él.
Lo que Montse Fernández podía palpar puso de manifiesto la violencia de su emoción. Un
espasmo recorrió el duro objeto de referencia a todo lo largo, y Montse Fernández no dejó de
experimentar otro similar de placer sensual.
El enamorado señor Delmont la atrajo suavemente necia sí, y abrazó su cuerpo
complaciente. Rápidamente estampó un cálido beso en su mejilla y le susurró palabras
halagüe.as para apartar su atención de sus maniobras. Intentó algo más: frotó la mano de
Montse Fernández sobre el duro objeto, lo que le permitió a la jovencita advertir que h excitación podría
ser demasiado rápida.
Montse Fernández se atuvo estrictamente a su papel en todo momento: era una muchacha inocente
y recatada.
El señor Delmont, alentado por la falta de resistencia de parte de su joven amiga, dio
otros pasos todavía más decididos. Su inquieta mano vagó por entre los ligeros vestidos de
Montse Fernández, y acarició sus complacientes pantorrillas. Luego, de repente, al tiempo que besaba
con verdadera pasión sus rojos labios, pasó sus temblorosos dedos por debajo para tentar
su rollizo muslo.
Montse Fernández lo rechazó. En cualquier otro momento se hubiera acostado sobre sus espaldas
y le hubiera permitido hacer lo peor, pero recordaba la lección, y desempeñó su papel
perfectamente.
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—¡Oh, qué atrevimiento el de usted! —gritó la jovencita—. ¡Qué groserías son éstas!
¡No puedo permitírselas! Mi tío dice que no debo consentir que nadie me toque ahí. En
todo caso nunca antes de...
Montse Fernández dudó, se detuvo, y su rostro adquirió una expresión boba.
El señor Delmont era tan curioso como enamoradizo.
—¿Antes de qué. Montse Fernández?
—¡Oh, no debo explicárselo! No debí decir nada al respecto. Sólo sus rudos modales
me lo han hecho olvidar.
—¿Olvidar qué?
—Algo de lo que me ha hablado a menudo mi tío —contestó sencillamente Montse Fernández.
—¿Pero qué es? ¡Dímelo!
—No me atrevo. Además, no entiendo lo que significa.
—Te lo explicaré si me dices de qué se trata.
—¿Me promete no contarlo?
- Desde luego.
—Bien. Pues lo que él dice es que nunca tengo que permitir que me pongan las
manos ahí, y que sí alguien quiere hacerlo tiene que pagar mucho por ello.
~¿Dijo eso, realmente?
—Sí, claro que sí. Dijo que puedo proporcionarle una buena suma de dinero, y que
hay muchos caballeros ricos que pagarían por lo que usted quiere hacerme, y dijo también
que no era tan estúpido como para dejar perder semejante oportunidad.
—Realmente, Montse Fernández, tu tío es un perfecto hombre de negocios, pero no creí que fuera
un hombre de esa clase.
—Pues sí que lo es —gritó Montse Fernández—. Está engreído con el dinero, ¿sabe usted?, y yo
apenas si sé lo que ello significa, pero a veces dice que va a vender mi doncellez.
—¿Es posible? —pensó Delmont—. ¡Qué tipo debe ser ése! ¡Qué buen ojo para los
negocios ha de tener!
Cuanto más pensaba el señor Delmont acerca de ello, más convencido estaba de la
verdad que encerraba la ingenua explicación dada por Montse Fernández. Estaba en venta, y él iba a
comprarla. Era mejor seguir este camino que arriesgarse a ser descubierto y castigado por
sus relaciones secretas.
Antes, empero, de que pudiera terminar de hacerse estas prudentes reflexiones, se
produjo una interrupción provocada por la llegada de su hija Julia. y, aunque
renuentemente, tuvo que dejar la compañía de Montse Fernández y componer sus ropas debidamente.
Montse Fernández dio pronto una excusa y regresó a su hogar, dejando que los acontecimientos
siguieran su curso.
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El camino emprendido por la linda muchachita pasaba a través de praderas, y era un
camino de carretas que salía al camino real muy cerca de la residencia de su tío.
En esta ocasión había caído ya la tarde, y el tiempo era apacible. El sendero tenía
varias curvas pronunciadas, y a medida que Montse Fernández seguía camino adelante se entretenía en
contemplar el ganado que pastaba en los alrededores.
Llegó a un punto en el que el camino estaba bordeado por árboles, y donde tina serie
de troncos en línea recta separaba la carretera propiamente dicha del sendero para
peatones. En las praderas próximas vio a varios hombres que cultivaban el campo, y un
poco más lejos a un grupo de mujeres que descansaba un momento de las labores de la
siembra, entretenidas en interesantes coloquios.
Al otro lado del camino había una cerca de setos, y como se le ocurriera mirar hacia
allá, vio algo que la asombró. En la pradera había dos a****les, un garañón y una yegua.
Evidentemente el primero se había dedicado a perseguir a la segunda, hasta que consiguió
darle alcance no lejos de donde se encontraba Montse Fernández.
Pero lo que más sorprendió y espantó a ésta fue el maravilloso espectáculo del gran
miembro parduzco que, erecto por la excitación, colgaba del vientre del semental, y que de
vez en cuando se encorvaba en impaciente búsqueda del cuerpo de la hembra.
Esta debía haber advertido también aquel miembro palpitante, puesto que se había
detenido y permanecía tranquila, ofreciendo su parte trasera al agresor.
El macho estaba demasiado urgido por sus instintos amorosos para perder mucho
tiempo con requiebros, y ante los maravillados ojos de la jovencita montó sobre la hembra
y trató de introducir su instrumento.
Montse Fernández contemplaba el espectáculo con el aliento contenido, y pudo ver cómo, por fin,
el largo y henchido miembro del caballo desaparecía por entero en las partes posteriores de
la hembra.
Decir que sus sentimientos sexuales se excitaron no sería más que expresar el
resultado natural del lúbrico espectáculo. En realidad estaba más que excitada; sus instintos
libidinosos se habían desatado. Mesándose las manos clavó la mirada para observar con
todo interés el lascivo espectáculo, y cuando, tras una carrera rápida y furiosa, el a****l
retiró su goteante pene, Montse Fernández dirigió a éste una golosa mirada, concibiendo la insania de
apoderarse de él para darse gusto a sí misma.
Obsesionada con tal idea, Montse Fernández comprendió que tenía que hacer algo para borrar de
su mente la poderosa influencia que la oprimía. Sacando fuerzas de flaqueza apartó los
ojos y reanudó su camino, pero apenas había avanzado una docena de pasos cuando su
mirada tropezó con algo que ciertamente no iba a aliviar su pasión.
Precisamente frente a ella se encontraba un joven rústico de unos dieciocho años, de
facciones Montse Fernándezs, aunque de expresión bobalicona, con la mirada puesta en los amorosos
corceles entregados a su pasatiempo. Una brecha entre los matorrales que bordeaban el
camino le proporcionaba un excelente ángulo de vista, y estaba entregado a la
contemplación del espectáculo con un interés tan evidente como el de Montse Fernández.
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Pero lo que encadenó la atención de ésta en el muchacho fue el estado en que
aparecía su vestimenta, y la aparición de un tremendo miembro, de roja y bien desarrollada
cabeza. que desnudo y exhibiéndose en su totalidad, se erguía impúdico.
No cabía duda sobre el efecto que el espectáculo desarrollado en la pradera había
causado en el muchacho, puesto que éste se había desabrochado los bastos calzones para
apresar entre sus nerviosas manos un arma de la que se hubiera enorgullecido un carmelita.
Con ojos ansiosos devoraba la escena que se desarrollaba en la pradera, mientras que con
la mano derecha desnudaba la firme columna para friccionaría vigorosamente hacia arriba
y hacía abajo, completamente ajeno al hecho de que un espíritu afín era testigo de sus
actos.
Una exclamación de sobresalto que involuntariamente se le escapó a Montse Fernández motivó
que él mirara en derredor suyo. y descubriera frente a él a la hermosa muchacha, en el
momento en que su lujurioso miembro estaba completamente expuesto en toda su gloriosa
erección.
—¡Por Dios! —exclamó Montse Fernández tan pronto como pudo recobrar el habla—. ¡Qué
visión tan espantosa! ¡Muchacho desvergonzado! ¿Qué estás haciendo con esta cosa roja?
El mozo, humillado, trató de introducir nuevamente en su bragueta el objeto que
había motivado la pregunta, pero su evidente confusión y la rigidez adquirida por el
miembro hacían difícil la operación. por no decir que enfadosa.
Montse Fernández acudió solícita en su auxilio.
—¿Qué es esto? Deja que te ayude. ¿Cómo se salió? ¡Cuán grande y dura es! ¡Y qué
larga! ¡A fe mía que es tremenda tu cosa, muchacho travieso!
Uniendo la acción a las palabras, la jovencita posó su pequeña mano en el erecto
pene del muchacho, y estrujándolo en su cálida palma hizo más difícil aún la posibilidad de
poder regresarlo a su escondite.
Entretanto el muchacho, que gradualmente recobraba su estólida presencia de ánimo,
y advertía la inocencia de su nueva desconocida, se abstuvo de hacer nada en ayuda de sus
loables propósitos de esconder el rígido y ofensivo miembro. En realidad se hizo
imposible, aun cuando hubiera puesto algo de SU parte, ya que tan pronto corno su mano
lo asió adquirió proporciones todavía mayores, al mismo tiempo que la hinchada y roja
cabeza brillaba como una ciruela madura.
—¡Ah, muchacho travieso! —observó Montse Fernández—. ¿Qué debo hacer? —siguió diciendo,
al tiempo que dirigía una mirada de enojo a la hermosa faz del rústico muchacho.
—¡Ah, cuán divertido es! —suspiró el mozuelo—. ¿Quién hubiera podido decir que
usted estaba tan cerca de mí cuando me sentí tan mal, y comenzó a palpitar y engrosar
hasta ponerse como está ahora?
—Esto es incorrecto —observó la damita-, apretando más aún y sintiendo que las
llamas de la lujuria crecían cada vez mas dentro de ella—. Esto es terriblemente incorrecto,
pícaruelo.
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—¿Vio usted lo que hacían los caballos en la pradera?
—preguntó el muchacho, mirando con aire interrogativo a Montse Fernández, cuya belleza parecía
proyectarse sobre su embotada mente como el sol se cuela al través de un paisaje lluvioso.
—Sí, lo vi. —replicó la muchacha con aire inocente—. ¿Qué estaban haciendo? ¿Qué
significaba aquello?
—Estaban jodiendo —repuso el muchacho con una sonrisa de lujuria—. Él deseaba a
la hembra y la hembra deseaba al semental, así es que se juntaron y se dedicaron a joder.
—¡Vaya, qué curioso! —contestó la joven, contemplando con la más infantil
sencillez el gran objeto que todavía estaba entre sus manos, ante el desconcierto del
mozuelo.
—De veras que fue divertido, ¿verdad? ¡Y qué instrumento el suyo! ¿Verdad,
señorita?
—Inmenso —murmuró Montse Fernández sin dejar de pensar un solo momento en la cosa que
estaba frotando de arriba para abajo con su mano.
—¡Oh, cómo me cosquillea! —suspiró su compañero—. ¡Qué hermosa es usted! ¡Y
qué bien lo frota! Por favor, siga, señorita. Tengo ganas de venirme.
—¿De veras? —murmuró Montse Fernández—. ¿Puedo hacer que te vengas?
Montse Fernández miró el henchido objeto, endurecido por efecto del suave cosquilleo que le
estaba aplicando; y cuya cabeza tumefacta parecía que iba a estallar. El prurito de observar
cuál sería el efecto de su interrumpida fricción se posesionó por completo de ella, por lo
que se aplicó con redoblado empeño a la tarea.
—¡Oh, si, por favor! ¡Siga! ¡Estoy próximo a venirme! ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué bien lo hace!
¡Apriete más. . ., frote más aprisa. . . pélela bien. . .! Ahora otra vez.. . ¡Oh, cielos! ¡Oh!
El largo y duro instrumento engrosaba y se calentaba cada vez más a medida que ella
lo frotaba de arriba abajo.
—¡Ah! ¡Uf! ¡Ya viene! ¡Uf! ¡Oooh! —exclamó el rústico entrecortadamente
mientras sus rodillas se estremecían y su cuerpo adquiría rigidez, y entre contorsiones y
gritos ahogados su enorme y poderoso pene expelió un chorro de líquido espeso sobre las
manecitas de Montse Fernández, que, ansiosa por bañarlas en el calor del viscoso fluido, rodeó por
completo el enorme dardo, ayudándolo a emitir hasta la última gota de semen.
Montse Fernández, sorprendida y gozosa. bombeó cada gota —que hubiera chupado de haberse
atrevido— y extrajo luego su delicado pañuelo de Holanda para limpiar de sus manos la
espesa y perlina masa.
Después eí jovenzuelo, humillado y con aire estúpido, se guardó el desfallecido
miembro, y miró a su compañera con una mezcla de curiosidad y extrañeza.
—¿Dónde vives? —preguntó al fin, cuando encontró palabras para hablar..
—No muy lejos de aquí —repuso Montse Fernández—. Pero no debes seguirme ni tratar de
buscarme, ¿sabes? Si lo haces te iría mal
—prosiguió la damita—, porque nunca más volvería a hacértelo, y encima serias
castigado.
—¿Por qué no jodemos como el semental y la potranca?
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—sugirió el joven, cuyo ardor, apenas apaciguado, comenzaba a manifestarse de
nuevo.
—Tal vez lo hagamos algún día, pero ahora, no. Llevo prisa porque estoy retrasada.
Tengo que irme enseguida.
—Déjame tentarte por debajo de tus vestidos. Dime, ¿cuándo vendrás de nuevo?
—Ahora no —dijo Montse Fernández, retirándose poco a poco—, pero nos encontraremos otra
vez.
Montse Fernández acariciaba la idea de darse gusto con el formidable objeto que escondía tras sus
calzones.
—Dime —preguntó ella—. ¿Alguna vez has. .. has jodido?
—No, pero deseo hacerlo. ¿No me crees? Está bien, entonces te diré que. .. si, lo he
hecho.
—¡Qué barbaridad! —comentó la jovencita
—A mi padre le gustaría también joderte —agregó sin titubear ni prestar atención a
su movimiento de retirada.
—¿Tu padre? ¡Qué terrible! ¿Y cómo lo sabes?
—Porque mi padre y yo jodemos a las muchachas juntos. Su instrumento es mayor
que el mío.
—Eso dices tú. Pero ¿será cierto que tu padre y tú hacéis estas horribles cosas juntos?
—Sí, claro está que cuando se nos presenta la oportunidad. Deberías verlo joder. ¡
Uyuy!
Y rió como un idiota.
—No pareces un muchacho muy despierto —dijo Montse Fernández.
—Mi padre no es tan listo como yo —replicó el jovenzuelo riendo más todavía, al
tiempo que mostraba otra vez la yerga semienhiesta—. Ahora ya sé cómo joderte, aunque
sólo lo haya hecho una vez. Deberías yerme joder.
Lo que Montse Fernández pudo ver fue el gran instrumento del muchacho, palpitante y erguido.
—¿Con quién lo hiciste, malvado muchacho?
—Con una jovencita de catorce años. Ambos la jodimos, mi padre y yo nos la
dividimos.
—¿Quién fue el primero? —inquirió Montse Fernández.
—Yo, y mi padre me sorprendió. Entonces él quiso hacerlo también y me hizo
sujetarla. Lo hubieras visto joder... ¡Uyuy!
Unos minutos después Montse Fernández había reanudado su camino, y llegó a su hogar sin
posteriores aventuras.
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Capitulo IX
CUANDO MONTSE FERNÁNDEZ RELATO EL RESULTADO DE su entrevista de aquella tarde
con el señor Delmont, unas ahogadas risitas de deleite escaparon de los labios de los otros
dos conspiradores. No habló, sin embargo, del rústico jovenzuelo con quien había
tropezado por el camino. De aquella parte de sus aventuras del día consideró del todo
innecesario informar al astuto padre Ambrosio o a su no menos sagaz pariente.
El complot estaba evidentemente a punto de tener éxito. La semilla tan discretamente
sembrada tenía que fructificar necesariamente, y cuando el padre Ambrosio pensaba en el
delicioso agasajo que algún día iba a darse en la persona de la hermosa Julia Delmont, se
alegraban por igual su espíritu y sus pasiones a****les, solazándose por anticipado con las
tiernas exquisiteces próximas a ser suyas, con el ostensible resultado de que se produjera
una gran distensión de su miembro y que su modo de proceder denunciara la profunda
excitación que se había apoderado de él.
Tampoco el señor Verbouc permanecía impasible. Sensual en grado extremo, se
prometía un estupendo agasajo con los encantos de la hija de su vecino, y el sólo
pensamiento de este convite producía los correspondientes efectos en su temperamento
nerviosa.
Empero, quedaban algunos detalles por solucionar. Estaba claro que el simple del
señor Delmont daría los pasos necesarios para averiguar lo que había de cierto en la
afirmación de Montse Fernández de que su tío estaba dispuesto a vender su virginidad.
El padre Ambrosio, cuyo conocimiento del hombre le había hecho concebir tal idea,
sabia perfectamente con quién estaba tratando. En efecto, ¿quién, en el sagrado sacramento
de la confesión, no ha revelado lo más intimo de su ser al pío varón que ha tenido el
privilegio de ser su confesor?
El padre Ambrosio era discreto; guardaba al pie de la letra el silencio que le ordenaba
su religión. Pero no tenía empacho en valerse de los hechos de los que tenía conocimiento
por este camino para sus propios fines, y cuáles eran ellos ya los sabe nuestro lector a estas
alturas.
El plan quedó, pues, ultimado. Cierto día, a convenir de común acuerdo, Montse Fernández
invitaría a Julia a pasar el día en casa de su tío, y se acordó asimismo que el señor Delmont
seria invitado a pasar a recogerla en dicha ocasión. Después de cierto lapso de inocente
coqueteo por parte de Montse Fernández, ateniéndose a lo que previamente se le habría explicado, ella
se retiraría, y bajo el pretexto de que había que tomar algunas precauciones para evitar un
posible escándalo, le seria presentada en una habitación idónea, acostada sobre un sofá, en
el que quedarían a merced suya sus encantos personales. si bien la cabeza permanecería
oculta tras una cortina cuidadosamente corrida. De esta manera el señor Delmont ansioso
de tener el tierno encuentro, podría arrebatar la codiciada joya que tanto apetecía de su
adorable víctima, mientras que ella, ignorante de quién pudiera ser el agresor, nunca podría
acusarlo posteriormente de violación, ni tampoco avergonzarse delante de él.
A Delmont tenía que explicársele todo esto, y se daba por seguro su consentimiento.
Una sola cosa tenía que ocultársele: el que su propia hija iba a sustituir a Montse Fernández. Esto no
debía saberlo hasta que fuera demasiado tarde.
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Mientras tanto Julia tendría que ser preparada gradualmente y en secreto sobre lo que
iba a ocurrir, sin mencionar, naturalmente, el final catastrófico y la persona que en realidad
consumaría el acto. En este aspecto, el padre Ambrosio se sentía en su elemento, y por
medio de preguntas bien encaminadas y de gran número de explicaciones en el
confesionario, en realidad innecesarias, había ya puesto a la muchacha en antecedentes de
cosas en las que nunca antes había soñado, todo lo cual Montse Fernández se habría apresurado a
explicar y confirmar.
Todos los detalles fueron acordados finalmente en una reunión con junta, y la
consideración del caso despertó por anticipado apetitos tan violentos en ambos hombres,
que se dispusieron a celebrar su buena suerte entregándose a la posesión de la linda y joven
Montse Fernández con una pasión nunca alcanzada hasta aquel entonces.
La damita, por su parte, tampoco estaba renuente a prestarse a las fantasías, y como
quiera que en aquellos momentos estaba tendida sobre el blando sofá con un endurecido
miembro en cada mano, sus emociones subieron de intensidad, y se mostraba ansiosa de
entregarse a los vigorosos brazos que sabía estaban a punto de reclamaría.
Como de costumbre, el padre Ambrosio fue el primero. La volteó boca abajo,
haciéndola que exhibiera sus rollizas nalgas lo más posible. Permaneció unos momentos
extasiado en la contemplación de la deliciosa prospectiva, y de la pequeña y delicada
rendija apenas visible debajo de ellas. Su arma, temible y bien aprovisionada de esencia, se
enderezó bravamente, amenazando las dos encantadoras entradas del amor.
El señor Verbouc, como en otras ocasiones, se aprestaba a ser testigo del
desproporcionado asalto, con el evidente objeto de desempeñar a continuación su papel
favorito.
El padre Ambrosio contempló con expresión lasciva los blancos y redondeados
promontorios que tenía enfrente. Las tendencias clericales de su educación lo invitaban a la
comisión de un acto de infidelidad a la diosa, pero sabedor de lo que esperaba de él su
amigo y patrono, se contuvo por el momento.
—Las dilaciones son peligrosas —dijo—. Mis testículos están repletos, la querida
niña debe recibir su contenido, y usted, amigo mío, tiene que deleitarse con la abundante
lubricación que puedo proporcionarle.
Esta vez, cuando menos, Ambrosio no había dicho sino la verdad. Su poderosa
arma, en cuya cima aparecía la chata y roja cabeza de amplias proporciones, y que daba la
impresión de un hermoso fruto en sazón, se erguía frente a su vientre, y sus inmensos
testículos, pesados y redondos, se veían sobrecargados del venenoso licor que se
aprestaban a descargar. Una espesa y opaca gota —un auant courrier del chorro que había
de seguir— asomó a la roma punta de su pene cuando, ardiendo en lujuria el sátiro se
aproximaba a su víctima.
Inclinando rápidamente su enorme dardo, Ambrosio llevó la gran nuez de su
extremidad junto a los labios da la tierna vulva de Montse Fernández, y comenzó a empujar hacia
adentro.
—¡Oh, qué dura! ¡Cuán grande es! —comentó Montse Fernández—. ¡Me hacéis daño! ¡Entra
demasiado aprisa! ¡Oh, detenéos!
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Igual hubiera sido que Montse Fernández implorara a los vientos. Una rápida sucesión de
sacudidas, unas cuantas pausas entre ellas, más esfuerzos, y Montse Fernández quedó empalada.
—¡Ah! —exclamó el violador, volviéndose con aire triunfal hacia su coadjutor, con
los ojos centelleantes y sus lujuriosos labios babeando de gusto—. ¡Ah, esto es
verdaderamente sabroso. Cuán estrecha es y, sin embargo, lo tiene todo adentro. Estoy en
su interior hasta los testículos!
El señor Verbouc practicó un detenido examen. Ambrosio estaba en lo cierto. Nada
de sus órganos genitales, aparte de sus grandes bolas, quedaba a la vista, y éstas estaban
apretadas contra las piernas de Montse Fernández.
Mientras tanto Montse Fernández sentía el calor del invasor en su vientre. Podía darse cuenta de
cómo el inmenso miembro que tenía adentro se descubría y se volvía a cubrir, y acometida
en el acto por un acceso de lujuria se vino profusamente, al tiempo que dejaba escapar un
grito desmayado.
El señor Verbouc estaba encantado.
—¡Empuja, empuja! —decía—. Ahora le da gusto. Dáselo todo... ¡Empuja!
Ambrosio no necesitaba mayores incentivos, y tomando a Montse Fernández por las caderas se
enterraba hasta lo más hondo a cada embestida. El goce llegó pronto; se hizo atrás hasta
retirar todo el pene, salvo la punta, para lanzarse luego a fondo y emitir un sordo gruñido
mientras arrojaba un verdadero diluvio de caliente fluido en el interior del delicado cuerpo
de Montse Fernández.
La muchacha sintió el cálido y cosquilléante chorro disparado a toda violencia en su
interior, y una vez más rindió su tributo. Los grandes chorros que a intervalos inundaban
sus órganos vitales, procedentes de las poderosas reservas del padre Ambrosio —cuyo
singular don al respecto expusimos ya anteriormente— le causaban a Montse Fernández las más
deliciosas sensaciones, y elevaban su placer al máximo durante las descargas.
Apenas se hubo retirado Ambrosio cuando se posesionó de su sobrina el señor
Verbouc, y comenzó un lento disfrute de sus más secretos encantos. Un lapso de veinte
minutos bien contados transcurrió desde el momento en que el lujurioso tío inició su goce,
hasta que dio completa satisfacción a su lascivia con una copiosa descarga, la que Montse Fernández
recibió con estremecimientos de deleite sólo capaces de ser imaginados por una mente
enferma.
—Me pregunto —dijo el señor Verbouc después de haber recobrado el aliento, y de
reanimarse con un buen trago de vino—, me pregunto por qué es que esta querida chiquilla
me inspira tan completo arrobo. En sus brazos me olvido de mí y del mundo entero.
Arrastrado por la embriaguez del momento me transporto hasta el límite del éxtasis.
La observación del tío —o reflexión, llámenle ustedes como gusten— iba en parte
dirigida al buen padre, y en parte era producto de elucubraciones espirituales interiores que
afloraban involuntariamente convertidas en palabras.
—Creo poder decírtelo —repuso Ambrosio sentenciosamente—. Sólo que tal vez no
quieras seguir mi razonamiento.
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—De todos modos puedes exponérmelo —replicó Verbouc—. Soy todo oídos, y me
interesa mucho saber cuál es la razón, según tú.
—Mí razón, o quizá debiera decir mis razones —observó el padre Ambrosio— te
resultarán evidentes cuando conozcas mi hipótesis.
Después, tomando un poco de rapé —lo cual era un hábito suyo cuando estaba
entregado a alguna reflexión importante— prosiguió:
—El placer sensual debe estar siempre en proporción a las circunstancias que se
supone lo producen. Y esto resulta paradójico, ya que cuando más nos adentramos en la
sensualidad y cuanto más voluptuosos se hacen nuestros gustos, mayor necesidad hay de
introducir variación en dichas circunstancias.
Hay que entender bien lo que quiero decir, y por ello trataré de explicarme más
claramente. ¿Por qué tiene que cometer un hombre una violación, cuando está rodeado de
mujeres deseosas de facilitarle el uso de su cuerpo? Simplemente porque no le satisface
estar de acuerdo con la parte opuesta en la satisfacción de sus apetitos.
Precisamente es en la [alta de Consentimiento donde encuentra el placer. No cabe
duda de que en ciertos momentos un hombre de mente cruel, que busca sólo su satisfacción
sensual y no encuentra una mujer que se preste a saciar sus apetitos, viola a una mujer o
una niña, sin mayor motivo que la inmediata satisfacción de los deseos que lo enloquecen;
pero escudriña en los anales de tales delitos, y encontrarás que la mayor parte de ellos son
el resultado de designios deliberados, planeados y ejecutados en circunstancias que
implican el acceso legal y fácil de medios de satisfacción. La oposición al goce proyectado
sirve para abrir el apetito sexual, y añadir al acto características de delito, o de violencia
que agregan un deleite que de otro modo no existiría. Es malo, está prohibido, luego vale la
pena perseguirlo; se convierte en una verdadera obsesión poder alcanzarlo.
—¿Por qué, también —siguió diciendo— un hombre de constitución vigorosa y
capaz de proporcionar satisfacción a una mujer adulta prefiere una criatura de apenas
catorce años? Contestó: porque el deleite lo encuentra en lo anormal de la situación, que
proporciona placer a su imaginación, y constituye una exacta adaptación a las
circunstancias de que hablaba. En efecto, lo que trabaja es, desde luego, la imaginación. La
ley de los contrastes opera lo mismo en este caso como en todos los demás.
La simple diferencia de sexos no le basta al sibarita; le es necesario añadir otros
contrastes especiales para perfeccionar la idea que ha concebido. Las variantes son
infinitas, pero todas están regidas por la misma norma; los hombres altos prefieren las
mujeres pequeñas; los bien parecidos, las mujeres feas; los fuertes seleccionan a las
mujeres tiernas y endebles, y éstas, a la inversa, anhelan compañeros robustos y vigorosos.
Los dardos de Cupido llevan la incompatibilidad en sus puntas, y su plumaje es el de las
más increíbles incongruencias.
Nadie, salvo los a****les inferiores, los verdaderos brutos, se entregan a la cópula
indiscriminada con el sexo opuesto, e incluso éstos manifiestan a veces preferencias y
deseos tan irregulares como los de los hombres. ¿Quién no ha visto el comportamiento
fuera de lo común de una pareja de perros callejeros, o no se ha reído de los apuros de la
vieja vaca que, llevada al mercado con su rebaño, desahoga sus instintos sexuales
montándose sobre el lomo de su vecina más próxima?
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—De esta manera contesto a tus preguntas —terminó diciendo— y explico tus
preferencias por tu sobrina, tu dulce pero prohibida compañera de juegos, cuyas deliciosas
piernas estoy acariciando en estos momentos.
Cuando el padre Ambrosio hubo concluido su disertación, dirigió una fugaz mirada a
la linda muchacha, cosa que bastó para hacer que su gran arma adquiriera sus mayores
dimensiones.
—Ven, mi fruto prohibido —dijo él—. Déjame que te joda; déjame disfrutar de tu
persona a plena satisfacción. Ese es mi mayor placer, mi éxtasis, mi delirante disfrute. Te
inundaré de semen, te poseeré a pesar de los dictados de la sociedad. Eres mía ¡ven!
Montse Fernández echó una mirada al enrojecido y rígido miembro de su confesor, y pudo
observar la mirada de él fija en su cuerpo juvenil. Sabedora de sus intenciones, se dispuso a
darles satisfacción.
Como ya su majestuoso pene había entrado con frecuencia en su cuerpo en toda su
extensión, el dolor de la distensión había ya cedido su lugar al placer, y su juvenil y
elástica carne se abrió para recibir aquella gigantesca columna con dificultad apenas
limitada a tener que efectuar la introducción cautelosamente.
El buen hombre se detuvo por unos momentos a contemplar el buen prospecto que
tenía ante sí; luego, adelantándose, separó los rojos labios de la vulva de Montse Fernández, y metió
entre ellos la lisa bellota que coronaba su gran arma. Montse Fernández la recibió con un
estremecimiento de emoción.
Ambrosio siguió penetrando hasta que, tras de unas cuantas embestidas furiosas,
hundió toda la longitud del miembro en el estrecho cuerpo juvenil que lo recibió hasta los
testículos.
Siguieron una serie de embestidas, de vigorosas contorsiones de parte de uno, y de
sollozos espasmódicos y gritos ahogados de la otra. Si el placer del hombre pío era intenso,
el de su joven compañera de juego era por igual inefable, y el duro miembro estaba ya bien
lubricado como consecuencia de las anteriores descargas. Dejando escapar un quejido de
intensa emoción logró una vez más la satisfacción de su apetito, y Montse Fernández sintió los chorros
de semen abrasándole violentamente las entrañas.
—¡Ah, cómo me habéis inundado los dos! —dijo Montse Fernández. Y mientras hablaba podía
observarse un abundante escurrimiento que, procedente de la conjunción de los muslos,
corría por sus piernas basta llegar al suelo.
Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar a la observación, llegó a la
tranquila alcoba un griterío procedente del exterior. que acabó por atraer la atención de
todos los presentes, no obstante que cada vez se debilitaba mas.
Llegando a este momento debo poner a mis lectores en antecedentes de una o dos
cosas que hasta ahora, dadas mis dificultades de desplazamiento, no consideré del caso
mencionar. El hecho es que las pulgas, aunque miembros ágiles de la sociedad, no pueden
llegar a todas partes de inmediato, aunque pueden superar esta desventaja con el despliegue
de una rara agilidad, no común en otros insectos.
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Debería haber explicado, como cualquier novelista, aunque tal vez con más
veracidad, que la tía de Montse Fernández, la señora Verbouc, que ya presenté a mis lectores
someramente en el capítulo inicial de mi historia, ocupaba una habitación en una de las
alas de la casa, donde, al igual que la señora Delmont, pasaba la mayor parte del tiempo
entregada a quehaceres devotos, y totalmente despreocupada de los asuntos mundanos, ya
que acostumbraba dejar en manos de su sobrina el manejo de los asuntos domésticos de la
casa.
El señor Verbouc había ya alcanzado el estado de indiferencia ante los requiebros de
su cara mitad, y rara vez visitaba su alcoba, o perturbaba su descanso con objeto de
ejercitar sus derechos maritales.
La señora Verbouc, sin embargo, era todavía joven —treinta y dos primaveras habían
transcurrido sobre su devota y piadosa cabeza— era hermosa, y había aportado a su esposo
una considerable fortuna.
No obstante sus píos sentimientos, la señora Verbouc apetecía a veces el consuelo
más terrenal de los brazos de su esposo. y saboreaba con verdadero deleite el ejercicio de
sus derechos en las ocasionales visitas que él hacía a su recámara.
En esta ocasión la señora Verbouc se había retirado a la temprana hora en que
acostumbraba hacerlo, y la presente disgresión se hace indispensable para poder explicar lo
que sigue. Dejemos a esta amable señora entregada a los deberes de la toilette, que ni
siquiera una pulga osa profanar, y hablemos de otro y no menos importante personaje,
cuyo comportamiento será también necesario que analicemos.
Sucedió, pues, que el padre David Brown, cuyas proezas en el campo de la diosa del
amor hemos ya tenido ocasión de relatar, estaba resentido por la retirada de la joven Montse Fernández
de la Sociedad de la Sacristía, y sabiendo bien quién era ella y dónde podía encontrarla,
rondó durante varios días la residencia del señor Verbouc, a fin de recobrar la posesión de
la deliciosa prenda que el marrullero padre Ambrosio les había escamoteado a sus
confreres
Le ayudó en la empresa el Superior, que lamentaba asimismo amargamente la
pérdida sufrida, aunque no sospechaba el papel que en la misma había desempeñado el
padre Ambrosio.
Aquella tarde el padre David Brown se había apostado en las proximidades de la casa, y.
en busca de una oportunidad, se aproximó a una ventana para atisbar al través de ella,
seguro de que era la que daba a la habitación de Montse Fernández.
¡Cuán vanos son, empero, los cálculos humanos! Cuando el desdichado David Brown, a
quien le habían sido arrebatados sus placeres, estaba observando la habitación sin perder
detalle, el objeto de sus cuitas estaba entregado en otra habitación a la satisfacción de su
lujuria, en brazos de sus rivales.
Mientras, la noche avanzaba, y observando David Brown que todo estaba tranquilo, logró
empinarse hasta alcanzar el nivel de la ventana. Una débil luz iluminaba la habitación en la
que el ansioso cure pudo descubrir una dama entregada al pleno disfrute de un sueño
profundo.
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Sin dudar que sería capaz de ganarse una vez más los favores de Montse Fernández con sólo poder
hacer que escuchara sus palabras, y recordando la felicidad que representó el haber
disfrutado de sus encantos, el audaz pícaro abrió furtivamente la ventana y se adentró en el
dormitorio. Bien envuelto en el holgado hábito monacal, y escondiendo su faz bajo la
cogulla, se deslizó dentro de la cama mientras su gigantesco miembro. ya despierto al
placer que se le prometía, se erguía contra su hirsuto vientre.
La señora Verbouc, despertada de un sueño placentero, y sin siquiera poder
sospechar que fuera otro y no su fiel esposo quien la abrazara tan cálidamente, se volvió
con amor hacia el intruso, y. nada renuente, abrió por propia voluntad sus muslos para
facilitar el ataque.
David Brown, por su parte, seguro de que era la joven Montse Fernández a quien tenía entre sus
brazos, con mayor motivo dado que no oponía resistencia a sus caricias, apresuró los
preliminares, trepando con la mayor celeridad sobre las piernas de la señora para llevar su
enorme pene a los labios de una vulva bien humedecida. Plenamente sabedor de las
dificultades que esperaba encontrar en una muchacha tan joven, empujó con fuerza hacia el
interior.
Hubo un movimiento: dio otro empujón hacia abajo, se oyó un quejido de la dama, y
lentamente, pero de modo seguro, la gigantesca masa de carne endurecida se fue sumiendo,
hasta que quedó completamente enterrada. Entonces, mientras, entraba, la señora Verbouc
advirtió por vez primera la extraordinaria diferencia: aquel pene era por lo menos de doble
tamaño que el de su esposo. A la duda siguió la certeza. En la penumbra alzó la cabeza, y
pudo ver encima de ella el excitado rostro del feroz padre David Brown.
Instantáneamente se produjo una lucha, un violento alboroto, y una yana tentativa por
parte de la dama para librarse del fuerte abrazo con que la sujetaba su asaltante.
Pero pasara lo que pasara. David Brown estaba en completa posesión y goce de su
persona. No hizo pausa alguna: por el contrario, sordo a los gritos, hundió el miembro en
toda su longitud, y se dio gran prisa en consumar su horrible victoria. Ciego de ira y de
lujuria no advirtió siquiera la apertura de la puerta de la habitación, ni la lluvia de golpes
que caía sobre sus posaderas, hasta que, con los dientes apretados y el sordo bramido de un
toro, le llegó la crisis, y arrojó un torrente de semen en la renuente matriz de su víctima.
Sólo entonces despertó a la realidad y, temeroso de las consecuencias de su ultraje, se
levantó a toda prisa, escondió su húmeda arma, y se deslizó fuera de la cama por el lado
opuesto a aquel en que se encontraba su asaltante.
Esquivando lo mejor que pudo los golpes del señor Verbouc, y manteniendo los
vuelos de su sayo por encima de la cabeza, a fin de evitar ser reconocido, corrió hacia la
ventana por la cual había entrado, para dar desde ella un gran brinco. Al fin consiguió
desaparecer rápidamente en la oscuridad, seguido por las imprecaciones del enfurecido
marido.
Ya antes habíamos dicho que la señora Verbouc estaba inválida, o por lo menos así lo
creía ella, y ya podrá imaginar el lector el efecto que sobre una persona de nervios
desquiciados y de maneras recatadas había de causar el ultraje inferido. Las enormes
proporciones del hombre, su fuerza y su furia casi la habían matado, y yacía inconsciente
sobre el lecho que fue mudo testigo de su violación.
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El señor Verbouc no estaba dotado por la naturaleza con asombrosos atributos de
valor personal, y cuando vio que el asaltante de su esposa se alzaba satisfecho de su
proeza, lo dejó escapar pacíficamente.
Mientras, el padre Ambrosio y Montse Fernández, que siguieron al marido ultrajado desde una
prudente distancia, presenciaron desde la puerta entreabierta el desenlace de la extraña
escena,
Tan pronto como el violador se levantó tanto Montse Fernández como Ambrosio lo reconocieron.
La primera desde luego tenía buenas razones, que ya le constan al lector, para recordar el
enorme miembro oscilante que le colgaba entre las piernas.
Mutuamente interesados en guardar el secreto, fue bastante el intercambio de una
mirada para indicar la necesidad de mantener la reserva, y se retiraron del aposento antes
de que cualquier movimiento de parte de la ultrajada pudiera denunciar su proximidad.
Tuvieron que transcurrir varios días antes de que la pobre señora Verbouc se
recuperara y pudiera abandonar la cama. El choque nervioso había sido espantoso, y sólo la
conciliatoria actitud de su esposo pudo hacerle levantar cabeza.
El señor Verbouc tenía sus propios motivos para dejar que el asunto se olvidara, y no
se detuvo en miramientos para aligerarse del peso del mismo.
Al día siguiente de la catástrofe que acabo de relatar, el señor Verbouc recibió la
visita de su querido amigo y vecino, el señor Delmont, y después de haber permanecido
encerrado con él durante una hora, se separaron con amplias sonrisas en los labios y los
más extravagantes cumplidos.
Uno había vendido a su sobrina, y el otro creyó haber comprado esa preciosa joya
llamada doncellez.
Cuando por la noche el tío de Montse Fernández anunció que la venta había sido convenida, y que
el asunto estaba arreglado, reinó gran regocijo entre los confabulados.
El padre Ambrosio tomó inmediatamente posesión de la supuesta doncellez, e
introduciendo en el interior de la muchacha toda la longitud de su miembro, procedió,
según sus propias palabras, a mantener el calor en aquel hogar. El señor Verbouc, que
como de costumbre se reservó para entrar en acción después de que hubiere terminado su
confrere. atacó en seguida la misma húmeda fortaleza, como la nombraba él jocosamente,
simplemente para aceitarle el paso a su amigo.
Después se ultimó hasta el postrer detalle, y la reunión se levantó, confiados todos en
el éxito de su estratagema.
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Capitulo X
DESDE SU ENCUENTRO CON EL RÚSTICO MOZUELO cuya simpleza tanto le
había interesado, en la rústica vereda que la conducía a su casa, Montse Fernández no dejó de pensar en
los términos en los que aquél se había expresado, y en la extraña confesión que el
jovenzuelo le había hecho sobre la complicidad de su padre en sus actos sexuales.
Estaba claro que su amante era tan simple que se acercaba a la idiotez, y, a juzgar por
su observación de que “mi padre no es tan listo como yo” suponía que el defecto era
congénito. Y lo que ella se preguntaba era si el padre de aquel simplón poseía —tal como
lo declaró el muchacho— un miembro de proporciones todavía mayores que las del hijo.
Dado su hábito de pensar casi siempre en voz alta, yo sabía a la perfección que a
Montse Fernández no le importaba la opinión de su tío, ni le temía ya al padre Ambrosio. Sin duda
alguna estaba resuelta a seguir su propio camino, pasare lo que pasare, y por lo tanto no me
admiré lo más mínimo cuando al día siguiente, aproximadamente a la misma hora, la vi
encaminarse hacia la pradera.
En un campo muy próximo al punto en que observó el encuentro sexual entre el
caballo y la yegua, Montse Fernández descubrió al mozo entregado a una sencilla labor agrícola. Junto a
él se encontraba una persona alta y notablemente morena, de unos cuarenta y cinco años.
Casi al mismo tiempo que ella divisó a los individuos, el jovenzuelo la advirtió a ella,
y corrió a su encuentro, después de que, al parecer, le dijera una palabra de explicación a
su compañero, mostrando su alegría con una amplia sonrisa de satisfacción.
—Este es mi padre —dijo, señalando al que se encontraba a sus espaldas—, ven y
pélasela.
—¡Qué desvergüenza es esta, picaruelo! —repuso Montse Fernández más inclinada a reírse que a
enojarse—. ¿Cómo te atreves a usar ese lenguaje?
—¿A qué viniste? —preguntó el muchacho—. ¿No fue para joder?
En ese momento habían llegado al punto donde se encontraba el hombre, el cual
clavó su azadón en el suelo, y le sonrió a la muchacha en forma muy parecida a como lo
hacía el chico.
Era fuerte y bien formado, y. a juzgar por las apariencias, Montse Fernández pudo comprobar que
si poseía los atributos de que su hijo le habló en su primera entrevista.
—Mira a mi padre, ¿no es como te dije? —observó el jovenzuelo—. ¡Deberías verlo
joder!
No cabía disimulo. Se entendían entre ellos a la perfección, y sus sonrisas eran más
amplias que nunca. El hombre pareció aceptar las palabras del hijo como un cumplido, y
posó su mirada sobre la delicada jovencita. Probablemente nunca se había tropezado con
una de su clase, y resultaba imposible no advertir en sus ojos una sensualidad que se
reflejaba en el brillo de sus ojazos negros.
Montse Fernández comenzó a pensar que hubiera sido mejor no haber ido nunca a aquel lugar.
—Me gustaría enseñarte la macana que tiene mi padre
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—dijo el jovenzuelo, y, dicho y hecho, comenzó a desabrochar los pantalones de su
respetable progenitor.
Montse Fernández se cubrió los ojos e hizo ademán de marcharse. En el acto el hijo le interceptó
el paso, cortándole el acceso al camino.
—Me gustaría joderte —exclamó el padre con voz ronca—. A Tim también le
gustaría joderte, de manera que no debes irte. Quédate y serás jodida.
Montse Fernández estaba realmente asustada.
—No puedo -dijo—. De veras, debéis dejarme marchar. No podéis sujetarme así. No
me arrastréis. ¡Soltadme! ¿A dónde me lleváis?
Había una casita en un rincón del campo, y se encontraban ya a las puertas de la
misma. Un segundo después la pareja la había empujado hacia dentro, cerrando la puerta
detrás de ellos, y asegurándola luego con una gran tranca de madera.
Montse Fernández echó una mirada en derredor, y pudo ver que el lugar estaba limpio y lleno de
pacas de heno. También pudo darse cuenta de que era inútil resistir. Sería mejor estarse
quieta, y tal vez a fin de cuentas la pareja aquella no le haría daño. Advirtió, empero, las
protuberancias en las partes delanteras de los pantalones de ambos, y no tuvo la menor
duda de que sus ideas andaban de acuerdo con aquella excitación.
—Quiero que veas la yerga de mi padre ¡y también tienes que ver sus bolas!
Y siguió desabrochando los botones de la bragueta de su progenitor. Asomó el faldón
de la camisa, con algo debajo que abultaba de manera singular.
~¡Oh!, estate ya quieto, padre —susurró el hijo—. Déjale ver a la señorita tu macana.
Dicho esto alzó la camisa, y exhibió a la vista de Montse Fernández un miembro tremendamente
erecto, con una cabeza ancha como una ciruela, muy roja y gruesa, pero no de tamaño muy
fuera de lo común. Se encorvaba considerablemente hacia arriba, y la cabeza, dividida en
su mitad por la tirantez del frenillo, se inclinaba mucho más hacia su velludo vientre. El
arma era sumamente gruesa, bastante aplastada y tremendamente hinchada.
La joven sintió el hormigueo de la sangre a la vista de aquel miembro. La nuez era
tan grande como un huevo, regordeta, de color púrpura, y despedía un fuerte olor. El
muchacho hizo que se acercara, y que con su blanca manecita lo apretara.
—¿No le dije que era mayor que el mío? -siguió diciendo el jovenzuelo—. Véalo, el
mío ni siquiera se aproxima en tamaño al de mi padre.
Montse Fernández se volvió. El muchacho había abierto sus pantalones para dejar totalmente a la
vista su formidable pene. Estaba en lo cierto: no podía compararse en tamaño con el del
padre.
El mayor de los dos agarró a Montse Fernández por la cintura. También Tim intentó hacerlo, así
como meter sus manos por debajo de sus ropas. Entrambos la zarandearon de un lado a
otro, hasta que un repentino empujón la hizo caer sobre el heno. Su falda no tardó en volar
hacia arriba.
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El vestido de Montse Fernández era ligero y amplio, y la muchacha no llevaba calzones. Tan
pronto vio la pareja de hombres sus bien torneadas y blancas piernas, que dando un
resoplido se arrojaron ambos a un tiempo sobre ella. Siguió una lucha en la que el padre,
de más peso y más fuerte que el muchacho, llevó la ventaja. Sus calzones estaban caídos
hasta los talones y su grande y grueso carajo llegaba muy cerca del ombligo de Montse Fernández. Esta
se abrió de piernas, ansiosa de probarlo.
Pasó su mano por debajo y lo encontró caliente como la lumbre, y tan duro como una
barra de hierro. El hombre, que malinterpretó sus propósitos, apartó con rudeza su mano, y
sin ayuda colocó la punta de su pene sobre los rojos labios del sexo de Montse Fernández. Esta abrió lo
más que pudo sus juveniles miembros, y el campesino consiguió con varias estocadas
alojarlo hasta la mitad.
Llegado este momento se vio abrumado por la excitación y dejó escapar un terrible
torrente de fluido sumamente espeso. Descargó con violencia y, al tiempo de hacerlo, se
introdujo dentro de ella hasta que la gran cabeza dio contra su matriz, en el interior de la
cual virtió parte de su semen.
Me estás matando! —gritó la muchacha, medio sofocada—. ¿Qué es esto que
derramas en mi interior?
—Es la leche, eso es lo que es —observó Tim, que se había agachado para deleitarse
con la contemplación del espectáculo—. ¿No te dije que era bueno para joder?
Montse Fernández pensó que el hombre la soltaría, y que le permitiría levantarse, pero estaba
equivocada. El largo miembro, que en aquellos momentos se insertaba hasta lo más hondo
de su ser, engrosaba y se envaraba mucho más que antes.
El campesino empezó a moverse hacia adelante y hacía atrás, empujando sin piedad
en las partes íntimas de Montse Fernández a cada nueva embestida. Su gozo parecía ser infinito. La
descarga anterior hacía que el miembro se deslizara sin dificultades en los movimientos de
avance y retroceso, y que con la brusquedad de los mismos alcanzara las regiones más
blandas.
Poco a poco Montse Fernández llegó a un grado extremo de excitación. Se entreabrió su boca,
pasó sus piernas sobre las espaldas de el y se asió a las mismas convulsivamente. De esta
manera pudo favorecer cualquier movimiento suyo, y se deleitaba al sentir las fieras
sacudidas con que el sensual sujeto hundía su ardiente arma en sus entrañas.
Por espacio de un cuarto de hora se libró una batalla entre ambos. Montse Fernández se había
venido con frecuencia, y estaba a punto de hacerlo de nuevo, cuando una furiosa cascada
de semen surgió del miembro del hombre e inundó sus entrañas.
El individuo se levantó después, y retirando su carajo, que todavía exudaba las
últimas gotas de su abundante eyaculación, se quedó contemplando pensativamente el
jadeante cuerpo que acababa de abandonar.
Su miembro todavía se alzaba amenazador frente a ella, vaporizante aún por efecto
del calor de la vaina. Tim, con verdadera devoción filial, procedió a secarlo y a devolverlo,
hinchado todavía por la excitación a que estuvo sometido, a la bragueta del pantalón de su
padre.
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Hecho esto el joven comenzó a ver con ojos de carnero a Montse Fernández, que seguía acostada
en el heno, recuperándose poco a poco. Sin encontrar resistencia, se fue sobre ella y
comenzó a hurgar con sus dedos en las partes intimas de la muchacha.
Esta vez fue el padre quien acudió en su auxilio. Tomó en su mano el arma del hijo y
comenzó a pelarla, con movimientos de avance y retroceso, hasta que adquirió rigidez. Era
una formidable masa de carne que se bamboleaba frente al rostro de Montse Fernández.
—¡Que los cielos me amparen! Espero que no vayas a introducir eso dentro de mí —
murmuró Montse Fernández.
—Claro que si —contestó el muchacho con una de sus estúpidas sonrisas. Papá me la
frota y me da gusto, y ahora voy a joderte a ti.
El padre conducía en aquellos momentos el taladro hacia los muslos de la muchacha.
Su vulva, todavía inundada con las eyaculaciones que el campesino había vertido en su
interior, recibió rápidamente la roja cabeza. Tim empujó, y doblándose sobre ella introdujo
el aparato hasta que sus pelos rozaron la piel de Montse Fernández.
—¡Oh, es terriblemente larga! —gritó ella—. Lo tienes demasiado grande,
muchachito tonto. No seas tan violento. ¡Oh, me matas! ¡Cómo empujas! ¡No puedes ir
más adentro ya!
¡Con suavidad, por favor! Está totalmente dentro. Lo siento en la cintura. ¡Oh, Tim!
¡Muchacho horrible!
—Dáselo —murmuró el padre, al mismo tiempo que le cosquilleaba los testículos y
las piernas—. Tiene que caberle entero, Tim. ¿No es una belleza? ¡Qué coñito tan apretado
tiene! ¿no es así muchachito?
—¡Uf! No hables, padre, así no puedo joder.
Durante unos minutos se hizo el silencio. No se oía mas ruido que el que hacían los
dos cuerpos en la lucha entablada sobre el heno. Al cabo, el muchacho se detuvo. Su cara
jo, aunque duro como el hierro, y firme como la cera, no había expelido una sola gota, al
parecer. Lo extrajo completamente enhiesto, vaporoso y reluciente por la humedad.
—No puedo venirme —dijo, apesadumbrado.
—Es la masturbación —explicó el padre.
—Se la hago tan a menudo que ahora la extraña.
Montse Fernández yacía jadeante y en completa exhibición.
Entonces el hombre llevó su mano a la yerga de Tim, y comenzó a frotarla
vigorosamente hacia atrás y hacia adelante. La muchacha esperaba a cada momento que se
viniera sobre su cara.
Después de un rato de esta sobreexcitación del hijo, el padre llevó de repente la
ardiente cabeza de la yerga a la vulva de Montse Fernández, y cuando la introducía un verdadero diluvio
de esperma salió de ella, para anegar el interior de la muchacha. Tim empezó a retorcerse y
a luchar, y terminó por mordería en el brazo.
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Cuando hubo terminado por completo esta descarga, y el enorme miembro del
muchacho dejó de estremerse, el jovenzuelo lo retiró lentamente del cuerpo de Montse Fernández, y ésta
pudo levantarse.
Sin embargo, ellos no tenían intención de dejarla marchar, ya que, después de abrir la
puerta, el muchacho miró cautelosamente en torno, y luego, volviendo a colocar la tranca,
se volvió hacia Montse Fernández para decirle:
—Fue divertido, ¿no? —observó—, le dije que mi padre era bueno para esto.
—Si, me lo dijiste, pero ahora tienes que dejarme marchar. Anda, sé bueno.
Una mueca a modo de sonrisa fue su única respuesta.
Montse Fernández miró hacia el hombre y quedó aterrorizada al verlo completamente desnudo,
desprovisto de toda prenda de vestir, excepción hecha de su camisa y sus zapatos, y en un
estado de erección que hacía temer otro asalto contra sus encantos, todavía más terrible que
los anteriores.
Su miembro estaba literalmente lívido por efecto de la tensión, y se erguía hasta tocar
su velludo vientre. La cabeza había engrosado enormemente por efecto de la irritación
previa, y de su punta pendía una gota reluciente.
~¿Me dejarás que te joda de nuevo? —preguntó el hombre, al tiempo que agarraba a
la damita por la cintura y llevaba la mano de ella a su instrumento.
—Haré lo posible —murmuró Montse Fernández.
Y viendo que no podía contar con ayuda alguna, sugirió que él se sentara sobre el
heno para montarse ella a caballo sobre sus rodillas y tratar de insertarse la masa de carne
pardusca.
Tras de algunas arremetidas y retrocesos entró el miembro, y comenzó una segunda
batalla no menos violenta que la primera. Transcurrió un cuarto de hora completo. Al
parecer, era el de mayor edad el que ahora no podía lograr la eyaculación.
¡Cuán fastidiosos son!, pensó Montse Fernández.
—Frótamelo, querida —dijo el hombre, extrayendo su miembro del interior del
cuerpo de ella, todavía más duro que antes.
Montse Fernández lo agarró con sus manecitas y lo frotó hacia arriba y hacia abajo. Tras un rato
de esta clase de excitación, se detuvo al observar que el enorme pomo exudaba un chorrito
de semen. Apenas lo había encajado de nuevo en su interior, cuando un torrente de leche
irrumpió en su seno.
Alzándose y dejándose caer sobre él alternativamente, Montse Fernández bombeó hasta que él
hubo terminado por completo, después de lo cual la dejaron irse.
Al fin llegó el día; despuntó la mañana fatídica en la que la hermosa Julia Delmont
había de perder el codiciado tesoro que con tanta avidez se solicita por una parte, y tan
irreflexivamente se pierde por otra.
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Era todavía temprano cuando Montse Fernández oyó sus pasos en las escaleras, y no bien
estuvieron juntas cuando un millar de agradables temas de charla dieron pábulo a tina
conversación animada, hasta que Julia advirtió que habla algo que Montse Fernández se reservaba. En
efecto, su hablar animoso no era sino una mas-cara quc escondía algo que se mostraba
renuente a confiar a su compañera.
—Adivino que tienes algo qué decirme, Montse Fernández; algo que todavía no me dices, aunque
deseas hacerlo. ¿De qué se trata. Montse Fernández?
—¿No lo adivinas? —preguntó ésta, con una maliciosa sonrisa que jugueteaba
alrededor de los hoyuelos que se formaban junto a las comisuras de sus rojos labios.
—¿Será algo relacionado con el padre Ambrosio? —preguntó Julia—. ¡Oh, me siento
tan terriblemente culpable y apenada cuando le veo ahora, no obstante que él me dijo que
no había malicia en lo que hizo!
—No la había, de eso puedes estar segura. Pero, ¿qué fue lo que hizo?
—¡Oh, si te contara! Me dijo unas cosas.., y luego pasó su brazo en torno a mi cintura
y me besó hasta casi quitarme el aliento.
—¿Y luego? —preguntó Montse Fernández.
—¡Qué quieres que te diga, querida! Dijo e hizo mil cosas, ¡hasta llequé a pensar que
iba a perder la razón!
—Dime algunas de ellas, cuando menos.
—Bueno, pues después de haberme besado tan fuertemente, metió sus manos por
debajo de mis ropas y jugueteó con mis pies y con mis medias.., y luego deslizó su mano
más arriba.., hasta que creí que me iba a desvanecer.
— ¡Ah, picaruela! Estoy segura que en todo momento te gustaron sus caricias.
—Claro que si. ¿Cómo podría ser de otro modo? Me hizo sentir lo que nunca antes
había sentido en toda mi vida.
—Vamos, Julia, eso no fue todo. No se detuvo ahí, tú lo sabes.
—¡Oh, no, claro que no! Pero no puedo hablarte de lo que hizo después.
—¡Déjate de niñerías! —exclamó Montse Fernández, simulando estar m*****a por la reticencia de
su amiga—. ¿Por qué no me lo confiesas todo?
—Supongo que no tiene remedio, pero parecía tan escandaloso, y era todo tan nuevo
para mí, y sin embargo tan sin malicia... Después de haberme hecho sentir que moría por
efecto de un delicioso estremecimiento provocado con sus dedos, de repente tomó mi mano
con la suya y la posó sobre algo que tenía él, y que parecía como el brazo de un niño. Me
invitó a agarrarlo estrechamente. Hice lo que me indicaba, y luego miré hacía abajo y vi
una cosa roja, de piel completamente blanca y con venas azules, con una curiosa punta
redonda color púrpura, parecida a una ciruela. Después me di cuenta de que aquella cosa
salía entre sus piernas, y que estaba cubierta en su base por una gran mata de pelo negro y
rizado.
Julia dudó un instante.
—Sigue —le dijo Montse Fernández, alentándola.
—Pues bien; mantuvo mi mano sobre ella e hizo que la frotara una y otra vez. ¡Era
tan larga, estaba tan rígida y tan caliente!
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No cabía dudarlo, sometida como estaba a la excitación por parte de aquella pequeña
beldad.
—Después tomó mi otra mano y las puso ambas sobre aquel objeto peludo. Me
espanté al ver el brillo que adquirían sus ojos, y que su respiración se aceleraba, pero él me
tranquilizó. Me llamó querida niña, y, levantándose, me pidió que acariciara aquella cosa
dura con mis senos. Me la mostró muy cerca de mi cara.
—¿Fue todo? -preguntó Montse Fernández, en tono persuasivo.
—No, no. Desde luego, no fue todo; ¡pero siento tanta vergüenza...! ¿Debo
continuar? ¿Será correcto que divulgue estas cosas? Bien. Después de haber cobijado aquel
monstruo en mí seno por algún tiempo, durante el cual latía y me presionaba ardiente y
deliciosamente, me pidió que lo besara.
Lo complací en el acto. Cuando puse mis labios sobre él, sentí que exhalaba un
aroma sensual. A petición suya seguí besándolo. Me pidió que abriera mis labios y que
frotara la punta de aquella cosa entre ellos. Enseguida percibí una humedad en mi lengua y
unos instantes después un espeso chorro de cálido fluido se derramó sobre mi boca y bañó
luego mi cara y mis manos.
Todavía estaba jugando con aquella cosa, cuando el ruido de una puerta que se abría
en el otro extremo de la iglesia obligó al buen padre a esconder lo que me había confiado,
porque —dijo— la gente vulgar no debe saber lo que tú sabes, ni hacer lo que yo te he
permitido hacer”.
Sus modales eran tan gentiles y corteses, que me hicieron sentir que yo era
completamente distinta a todas las demás muchachas. Pero dime querida Montse Fernández, ¿cuáles
eran las misteriosas noticias que querías comunicarme? Me muero por saberlas.
—Primero quiero saber si el buen padre Ambrosio te habló o no de los goces... o
placeres que proporciona el objeto con el que estuviste jugueteando, y si te explicó alguna
de las maneras por medio de las cuales tales deleites pueden alcanzarse sin pecar.
—Claro que sí. Me dijo que en determinados casos el entregarse a ellos constituía un
mérito.
—Supongo que después de casarse, por ejemplo.
—No dijo nada al respecto, salvo que a veces el matrimonio trae consigo muchas
calamidades, y que en ocasiones es hasta conveniente la ruptura de la promesa
matrimonial.
Montse Fernández sonrió. Recordó haber oído algo del mismo tenor de los sensuales labios del
cura.
—Entonces, ¿en qué circunstancias, según él, estarían permitidos estos goces?
—Sólo cuando la razón se encuentra frente a justos motivos, aparte de los de
complacencia, y esto sólo sucede cuando alguna jovencita, seleccionada por los demás por
sus cualidades anímicas, es dedicada a dar alivio a los servidores de la religión.
—Ya veo —comenté Montse Fernández—. Sigue.
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—Entonces me hizo ver lo buena que era yo, y lo muy meritorio que sería para mí el
ejercicio del privilegio que me concedía, y que me entregara al alivio de sus sentidos y de
los de aquellos otros a quienes sus votos les prohibían casarse, o la satisfacción por otros
medios de las necesidades que la naturaleza ha dado a todo ser viviente. Pero Montse Fernández, tú
tienes algo qué decirme, estoy segura de ello.
—Está bien, puesto que debo decirlo, lo diré; supongo que no hay más remedio.
Debes saber, entonces, que el buen padre Ambrosio decidió que lo mejor para ti sería que
te iniciaras luego, y ha tomado medidas para que ello ocurra hoy.
—¡No me digas! ¡Ay de mí! ¡Me dará tanta vergüenza! ¡Soy tan terriblemente
tímida!
~¡Oh, no, querida! Se ha pensado en todo ello. Sólo un hombre tan piadoso y
considerado como nuestro querido confesor hubiera podido disponerlo todo en la forma
como la ha hecho. Ha arreglado las cosas de modo que el buen padre podrá disfrutar de
todas las bellezas que tu encantadora persona puede ofrecerle sin que tú lo veas a él, ni él
te vea a ti.
~¿Cómo? ¿Será en la oscuridad, entonces?
—De ninguna manera; eso impediría darle satisfacción al sentido de la vista, y
perderse el gran gusto de contemplar los deliciosos encantos en cuya posesión tiene puesta
su ilusión el querido padre Ambrosio.
—Tus lisonjas me hacen sonrojarme, Montse Fernández. Pero entonces, ¿cómo sucederán las
cosas?
—A plena luz —explicó Montse Fernández en el tono en que una madre se dirige a su hija—. Será
en una linda habitación de mi casa; se te acostará sobre un diván adecuado, y tu cabeza
quedará oculta tras una cortina, la que hará las veces de puerta de una habitación más
interior, de modo que únicamente tu cuerpo, totalmente desnudo, quede a disposición de tu
asaltante.
—¡Desnuda! ¡Qué vergüenza!
—¡Ah, Julia. mi dulce y tierna Julia! —murmuró Montse Fernández—, al mismo tiempo que un
estremecimiento de éxtasis recorría su cuerpo—. ¡ Pronto gozarás grandes delicias! ¡
Despertarás los goces exquisitos reservados para los inmortales, y te darás así cuenta de
que te estás aproximando al periodo llamado pubertad, cuyos goces estoy segura de que ya
necesitas!
—¡Por favor, Montse Fernández, no digas eso!
—Y cuando al fin —siguió diciendo su compañera, cuya imaginación la había
conducido ya a sueños carnales que exigían imperiosamente su satisfacción—, termine la
lucha, llegue el espasmo, y la gran cosa palpitante dispare su viscoso torrente de líquido
enloquecedor. . . ¡Oh! entonces ella sentirá el éxtasis, y hará entrega de su propia ofrenda.
—¿Qué es lo que murmuras?
Montse Fernández se levantó.
—Estaba pensando —dijo con aire soñador— en las delicias de eso de lo que tan mal
te expresas tú.
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Siguió una conversación en torno a minucias, y mientras la misma se desarrollaba,
encontré oportunidad para oír otro diálogo. no menos interesante para mí, y del cual, sin
embargo, no daré más que un extracto a mis lectores.
Sucedió en la biblioteca, y eran los interlocutores los señores Delmont y Verbouc.
Era evidente que había versado, por increible que ello pudiera parecer, sobre la entrega de
la persona de Montse Fernández al señor Delmont, previo pago de determinada cantidad, la cual
posteriormente sería invertida por el complaciente señor Verbouc para provecho de ‘su
querida sobrina
No obstante lo bribón y sensual que aquel hombre era, no podía dejar de sobornar de
algún modo su propia conciencia por el infame trato convenido.
—Sí —decía el complaciente y bondadoso tío—, los intereses de mi sobrina están
por encima de todo, estimado señor. No es que sea imposible un matrimonio en el futuro,
pero el pequeño favor que usted pide creo que queda compensado por parte nuestra —
como hombres de mundo que somos, usted me entiende, puramente como hombres de
mundo— por el pago de una suma suficiente para compensaría por la pérdida de tan frágil
pertenencia.
En este momento dejó escapar la risa, principalmente porque su obtuso interlocutor
no pudo entenderle.
Al fin se llegó a un acuerdo, y quedaron por arreglarse Únicamente los actos
preliminares. El señor Delmont quedó encantado, saliendo de su torpe y estólida
indiferencia cuando se le informó que la venta debía efectuarse en el acto, y que por
consiguiente tenía que posesionarse de inmediato de la deliciosa virginidad que durante
tanto tiempo anheló conquistar.
En el ínterin, el bueno y generoso de nuestro querido padre Ambrosio hacia ya algún
tiempo que se encontraba en aquella mansión, y tenía lista la habitación donde estaba
prevista la consumación del sacrificio.
Llegado este momento, después de un festín a título de desayuno, el señor Delmont
se encontró con que sólo existía una puerta entre él y la víctima de su lujuria. De lo que no
tenía la más remota idea era de quién iba a ser en realidad su víctima. No pensaba más que
en Montse Fernández.
Seguidamente dio vuelta a la cerradura y entró en la habitación, cuyo suave calor
templó los estimulados instintos sexuales que estaban a punto de entrar en acción,
¡Qué maravillosa visión se ofreció a sus ojos extasiados! Frente a él, recostado sobre
un diván y totalmente desnudo, estaba el cuerpo de una jovencita. Una simple ojeada era
suficiente para revelar que era una belleza, pero se hubieran necesitado varios minutos para
describirla en detalle, después de descubrir por separado cada una de sus deliciosas partes
sus bien torneadas extremidades, de proporciones infantiles; con Unos senos formados por
dos de las más selectas y blancas colinas de suave carne, coronadas con dos rosáceos
botones; las venas azules que corrían serpenteando aquí y allá, que se veían al través de
una superficie nacarada como riachuelos de fluido sanguíneo, y que daban mayor realce a
la deslumbrante blancura de la piel.
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Y además, ¡oh! además el punto central por el que suspiran los hombres: los
sonrosados y apretados labios en los que la naturaleza gusta de solozarse, de la que ella
nace y a la que vuelve: ¡la source! Allí estaba, a la vista, en casi toda su infantil perfección.
Todo estaba allí menos.., la cabeza. Esta importante parte se hacia notar por su
ausencia, y las suaves ondulaciones de la hermosa virgen evidenciaban que para ella no era
inconveniente que no estuviera a la vista.
El señor Delmont no se asombró ante aquel fenómeno, ya que había sido preparado
para él, así como para guardar silencio. Se dedicó, en consecuencia, a observar con deleite
los encantos que habían sido preparados para solaz suyo.
No bien se hubo repuesto de la sorpresa y la emoción causadas por su primera visión
de la beldad desnuda, comenzó a sentir los efectos provocados por el espectáculo en los
órganos sexuales que responden bien pronto en hombre de su temperamento a las
emociones que normalmente deben causarlos.
Su miembro, duro y henchido, se destacaba en su bragueta, y amenazaba con salir de
su confinamiento. Por lo tanto lo liberé permitiéndole a la gigantesca arma que apareciera
sin obstáculos, y a su roja punta que se irguiera en presencia de su presa.
Lector: yo no soy más que una pulga, y por lo tanto mis facultades de percepción son
limitadas. Por lo mismo carezco de capacidad para describir los pasos lentos y la forma
cautelosa en que el embelesado violador se fue aproximando gradualmente a su víctima.
Sintiéndose seguro y disfrutando esta confianza, el señor Delmont recorrió con sus
ojos y con sus manos todo el cuerpo. Sus dedos abrieron la vulva, en la que apenas había
florecido un ligero vello, en tanto que la muchacha se estremeció y contorsionaba al sentir
el intruso en sus partes más intimas, para evitar el manoseo lujurioso, con el recato propio
de las circunstancias.
Luego la atrajo hacia si, y posó sus cálidos labios en el bajo vientre y en los tiernos y
sensibles pezones de sus juveniles senos. Con mano ansiosa la tomó por sus ampulosas
caderas, y atrayéndola más hacia él le abrió las blancas piernas y se colocó en medio de
ellas.
Lector: acabo de recordarte que no soy más que una pulga. Pero aun las pulgas
tenemos sentimientos, y no trataré de explicarte cuáles fueron los míos cuando contemplé
aquel excitado miembro aproximarse a los prominentes labios de la húmeda vulva de Julia.
Cerré los ojos. Los instintos sexuales de la pulga macho despertaron en mi, y hubiera
deseado —si, lo hubiera deseado ardientemente— estar en el lugar del señor Delmont.
Mientras tanto, con firmeza y sin miramientos, él se dio a la tarea demoledora. Dando
un repentino brinco trató de adentrarse en las partes vírgenes de la joven Julia, falló el
golpe. Lo intentó de nuevo, y otra vez el frustrado aparato quedó tieso y jadeante sobre el
palpitante vientre de su víctima.
Durante este periodo de prueba Julia hubiera podido sin duda echar a rodar el
complot gritando más o menos fuerte, de no haber sido por las precauciones tomadas por el
prudente corruptor y sacerdote, el padre Ambrosio.
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Julia estaba narcotizada.
Una vez más Delmont se lanzó al ataque. Empujó con fuerza hacia adelante, afianzó
sus pies en el piso, se enfureció, echó espumarajos y... ¡por fin! la elástica y suave barrera
cedió, permitiéndole entrar. Dentro, con una sensación de éxtasis triunfal. Dentro, de modo
que el placer de la estrecha y húmeda compresión arrancó a sus labios sellados un gemido
de placer. Dentro, basta que su arma, enterrada hasta los pelos de su bajo vientre, quedó
instalada, palpitante y engruesando por momentos en la funda de ella, ajustada como un
guante.
Siguió entonces una lucha que ninguna pulga sería capaz de describir. Gemidos de
dicha y de sensaciones de arrobo escaparon de sus labios babeantes. Empujó y se inclinó
hacia adelante con los ojos extraviados y los labios entreabiertos, e incapaz de impedir la
rápida consumación de su libidinoso placer, aquel hombrón entregó su alma, y con ella un
torrente de fluido seminal que, disparado con fuerza hacia adentro, bañó la matriz de su
propia hija.
De todo ello fue testigo Ambrosio, que se escondió para presenciar el lujurioso
drama, mientras Montse Fernández, al otro lado de la cortina, estaba lista para impedir cualquier
comunicación hablada de parte de su joven visitante.
Esta precaución fue, empero, completamente innecesaria, ya que Julia, lo bastante
recobrada de los efectos del narcótico para poder sentir el dolor, se había desmayado.
Capítulo XI
TAN PRONTO COMO HUBO ACABADO EL COMBATE, y el vencedor,
levantándose del tembloroso cuerpo de la muchacha, Comenzó a recobrarse del éxtasis
provocado por tan delicioso encuentro, se corrió repentinamente la cortina, y apareció la
propia Montse Fernández detrás de la misma.
Si de repente una bala de cañón hubiera pasado junto al atónito señor Delmont, no le
habría causado ni la mitad de la consternación que sintió cuando, sin dar completo crédito
a sus ojos, se quedó boquiabierto contemplando, alternativamente, el cuerpo postrado de su
víctima y la aparición de la que creía que acababa de poseer.
Montse Fernández, cuyo encantador “negligée” destacaba a la perfección sus juveniles encantos,
aparentó estar igualmente estupefacta, pero, simulando haberse recuperado, dio un paso
atrás con una perfectamente bien estudiada expresión de alarma.
—¿Qué... qué es todo esto? —preguntó Delmont, cuyo estado de agitación le impidió
incluso advertir que todavía no había puesto orden en su ropa, y que aún colgaba entre sus
piernas el muy importante instrumento con el que acababa de dar satisfacción a sus
impulsos sexuales, todavía abotagado y goteante, plenamente expuesto entre sus piernas.
—¡Cielos! ¿Será posible que haya cometido yo un error tan espantoso? —exclamó
Montse Fernández, echando miradas furtivas a lo que constituía una atractiva invitación.
—Por piedad, dime de qué error se trata, y quién está ahí
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—clamó el tembloroso violador, señalando mientras hablaba la desnuda persona
recostada frente a él.
—¡Oh, retírese! ¡Váyase! —gritó Montse Fernández, dirigiéndose rápidamente hacia la muerta
seguida por el señor Delmont, ansioso de que se le explicara el misterio.
Montse Fernández se encaminó a un tocador adjunto, cerró la puerta, asegurándola bien, y se dejó
caer sobre un lujoso diván, de manera que quedaran a la vista sus encantos, al mismo
tiempo que simulaba estar tan sobrecogida de horror, que no se daba cuenta de la
indecencia de su postura.
—¡Oh! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? —sollozaba, con el rostro escondido entre
sus manos, aparentemente angustiada.
Una terrible sospecha cruzó como rayo por la mente de su acompañante, quien
jadeante y semiahogado por la emoción, indagó:
—¡Habla! ¿Quién era...? ¿Quién?
—No tuve la culpa. No podía saber que era usted el que habían traído para mí... y no
sabiéndolo.., puse a Julia en mi lugar.
El señor Delmont se fue para atrás, tambaleándose. Una sensación todavía confusa de
que algo horrible había sucedido se apoderó de su ser; un vértigo nubló su vista, y luego,
gradualmente, fue despertando a la realidad. Sin embargo, antes de que pudiera articular
una sola palabra, Montse Fernández —bien adiestrada sobre la forma en que tenía que actuar— se
apresuró a impedirle que tuviera tiempo de pensar.
—¡Chist! Ella no sabe nada. Ha sido un error, un espantoso error, y nada más. Si está
decepcionado es por culpa mía, no suya. Jamás me pasó por el pensamiento que pudiera
ser usted. Creo —añadió haciendo un lindo puchero, sin dejar por ello de lanzar una
significativa mirada de reojo al todavía protuberante miembro— que fue muy poco amable
de ellos no haberme dicho que se trataba de usted.
El señor Delmont tenía frente a él a la hermosa muchacha. Lo cierto era que,
independientemente del placer que hubiere encontrado en el i****to involuntario, se había
visto frustrado en su intención original, perdiendo algo por lo que había pagado muy buen
precio.
~¡Oh, si ellos descubrieran lo que he hecho! —murmuró Montse Fernández, modificando
ligeramente su postura para dejar a la vista una de sus piernas hasta la altura de la rodilla.
Los ojos de Delmont centellearon. A despecho suyo volvía a sentirse calmado; sus
pasiones a****les afloraban de nuevo.
—¡Si ellos lo descubrieran! —gimió otra vez Montse Fernández.
Al tiempo que lo decía, se medio incorporó para pasar sus lindos brazos en torno al
cuello del engañado padre.
El señor Delmont la estrechó en un firme abrazo.
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—¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? —susurró Montse Fernández, que con una mano había asido el
pegajoso dardo de su acompañante, y se entretenía en estrujarlo y moldearlo con su cálida
mano.
El cuitado hombre, sensible a sus toques y a todos sus encantos, y enardecido de
nuevo por la lujuria, consideró que lo mejor que le deparaba su sino era gozar su juvenil
doncellez.
—Si tengo que ceder —dijo Montse Fernández—, tráteme con blandura. ¡Oh, qué manera de
tocarme ¡Oh, quite de ahí esa mano! ¡Cielos! ¿Qué hace usted?
No tuvo tiempo más que para echar un vistazo a su miembro de cabeza enrojecida,
rígido y más hinchado que nunca, y unos momentos después estaba ya sobre ella.
Montse Fernández no ofreció resistencia, y enardecido por su ansia amorosa, el señor Delmont
encontró enseguida el punto exacto.
Aprovechándose de su posición ventajosa empujó violentamente con su pene todavía
lubricado hacia el interior de las tiernas y juveniles partes íntimas de la muchacha.
Montse Fernández gimió.
Poco a poco el dardo caliente se fue introduciendo más y más adentro, hasta que se
juntaron sus vientres, y estuvo él metido hasta los testículos.
Seguidamente dio comienzo una violenta y deliciosa batalla, en la que Montse Fernández
desempeñó a la perfección el papel que le estaba asignado, y excitada por el nuevo
instrumento de placer, se abandonó a un verdadero torrente de deleites. El señor Delmont
siguió pronto su ejemplo, y descargó en el interior de Montse Fernández una copiosa corriente de su
prolífica esperma.
Durante algunos momentos permanecieron ambos ausentes, bañados en la exudación
de sus mutuos raptos, y jadeantes por el esfuerzo realizado, hasta que un ligero ruido les
devolvió la noción del mundo. Y antes de que pudieran siquiera intentar una retirada, o un
cambio en la inequívoca postura en que se encontraban, se abrió la puerta del tocador y
aparecieron, casi simultáneamente, tres personas.
Estas eran el padre Ambrosio, el señor Verbouc y la gentil Julia Delmont.
Entre los dos hombres sostenían el semidesvanecido cuerpo de la muchacha, cuya
cabeza se inclinaba lánguidamente a un lado, reposando sobre el robusto hombro del padre,
mientras Verbouc, no menos favorecido por la proximidad de la muchacha, sostenía el
liviano cuerpo de ésta con un brazo nervioso, y contemplaba su cara con mirada de lujuria
insatisfecha, que sólo podría igualar la reencarnación del diablo. Ambos hombres iban en
desabillé apenas decente, y la infortunada Julia estaba desnuda, tal como, apenas un cuarto
de hora antes, había sido violentamente mancillada por su propio padre.
—¡Chist! —susurró Montse Fernández, poniendo su mano sobre los labios de su amoroso
compañero—. Por el amor de Dios, no se culpe a si mismo. Ellos no pueden saber quién
hizo esto. Sométase a todo antes que confesar tan espantoso hecho. No tendría piedad.
Estése atento a no desbaratar sus planes.
El señor Delmont pudo ver de inmediato cuán ciertos eran los augurios de Montse Fernández.
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—¡Ve, hombre lujurioso! —exclamó el piadoso padre Ambrosio—. ¡Contempla el
estado en que hemos encontrado a esta pobre criatura! Y posando su manaza sobre el
lampiño monte de Venus de la joven Julia, exhibió impúdicamente a los otros sus dedos
escurriendo la descarga paternal.
—¡Espantoso! —comentó Verbouc—. ¡Y si llegara a quedar embarazada!
—¡Abominable! —gritó el padre Ambrosio—. Desde luego tenemos que impedirlo.
Delmont gemiro
Mientras tanto., Ambrosio y su coadjutor introdujeron a su joven víctima en la
habitación, y comenzaron a tentar y a acariciar todo su cuerpo, y a dedicarse a ejecutar
todos los actos lascivos que preceden a la desenfrenada entrega a la posesión lujuriosa.
Julia, aún bajo los efectos del sedante que le habían administrado, y totalmente confundida
por el proceder de aquella virtuosa pareja, apenas se daba cuenta de la presencia de su
digno padre. que todavía se encontraba sujeto por los blancos brazos de Montse Fernández, y con su
miembro empotrado aún en su dulce vientre.
~¡Vean cómo corre la leche piernas abajo! —exclamó Verbouc, introduciendo
nerviosamente su mano entre los muslos de Julia—. ¡Qué vergüenza!
—Ha escurrido hasta sus lindos píececítos —observó Ambrosio, alzándole una de sus
bien torneadas piernas, con la pretensión de proceder al examen de sus finas botas de
cabritilla, sobre las que se podía ver más de una gota de líquido seminal, al mismo tiempo
que con ojos de fuego exploraba con avidez la rosada grieta que de aquella manera quedó
expuesta a su mirada.
Delmont gimió de nuevo.
—¡Oh. Dios qué belleza! —gritó Verbouc, dando una palmada en sus redondas
nalgas—. Ambrosio: proceda para evitar cualquier posible consecuencia de un hecho tan
fuera de lo común. Únicamente la emisión de un hombre vigoroso puede remediar una
situación semejante.
—Sí, es cierto, hay que administrársela —murmuró Ambrosio, cuyo estado de
excitación durante este intervalo puede ser mejor imaginado que descrito.
Su sotana se alzaba manifiestamente por la parte delantera, y todo su comportamiento
delataba sus violentas emociones.
Ambrosio se despojó de su sotana y dejó en libertad su enorme miembro, cuya
rubicunda e hinchada cabeza parecía amenazar a los cielos.
Julia, terriblemente asustada, inició un débil movimiento de huida mientras el señor
Verbouc, gozoso, la sostenía exhibiéndola en su totalidad.
Julia contempló por segunda vez el miembro terriblemente erecto de su confesor, y.
adivinando sus intenciones por razón de la experiencia de iniciación por la que acababa de
pasar, casi se desvaneció de pánico.
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Ambrosio, como sí tratara de ofender los sentimientos de ambos —padre e hija—
dejó totalmente expuestos sus tremendos órganos genitales, y agitó el gigantesco pene en
sus rostros.
Delmont, presa del terror, y sintiéndose en manos de los dos complotados, contuvo la
respiración y se refugió tras de Montse Fernández, la que, plenamente satisfecha por el éxito de la
trama, se dedicó a aconsejarle que no hiciera nada y les permitiese hacer su voluntad.
Verbouc, que había estado tentando con sus dedos las húmedas partes íntimas de la
pequeña Julia, cedió la muchacha a la furiosa lujuria de su amigo, disponiéndose a gozar
de su pasatiempo favorito de contemplar la violación.
El sacerdote, fuera de sí a causa de la lujuria que lo embargaba, se quitó las prendas
de vestir más íntimas, sin que por ello perdiera rigidez su miembro durante la operación y
procedió a la deliciosa tarea que le esperaba, “Al fin es mía”. murmuro.
Ambrosio se apoderó en el acto de su presa, pasó sus brazos en torno a su cuerpo, y
la levantó en vilo para llevar a la temblorosa muchacha al sofá próximo y lanzarse sobre su
cuerpo desnudo. Y se entregó en cuerpo y alma a darse satisfacción. Su monstruosa arma,
dura como el acero, tocaba ya la rajita rosada, la que, si bien había sido lubricada por el
semen del señor Delmont, no era una funda cómoda para el gigantesco pene que la
amenazaba ahora.
Ambrosio proseguía sus esfuerzos, y el señor Delmont sólo podía ver, mientras lz~
figura del cura se retorcía sobre el cuerpo de su hijita, una ondulante masa negra y sedosa.
Con sobrada experiencia para verse obstaculizado durante mucho rato, Ambrosio iba
ganando terreno, y era también lo bastante dueño de sí para no dejarse arrastrar demasiado
pronto por el placer, venció toda oposición, y un grito desgarrador de Julia anunció la
penetración del inmenso ariete.
Grito tras grito se fueron sucediendo hasta que Ambrosio, al fin firmemente enterrado
en el interior de la jovencita, advirtió que no podía ahondar más, y comenzó los deliciosos
movimientos de bombeo que habían de poner término a su placer, a la vez que a la tortura
de su víctima.
Entretanto Verbouc, cuya lujuria había despertado con violencia a la vista de la
escena entre el señor Delmont y su hija, y la que subsecuentemente protagonizaron aquel
insensato hombre y su sobrina, corrió hacia Montse Fernández y, apartándola del abrazo en que la tenía
su desdichado amigo, le abrió de inmediato las piernas, dirigió una mirada a su orificio, y
de un solo empujón hundió su pene en su cuerpo, para disfrutar de las más intensas
emociones, en una vulva ya bien lubricada por la abundancia de semen que había recibido.
Ambas parejas estaban en aquel momento entregadas a su delirante copulación, en un
silencio sólo alterado por los quejidos de la semiconsciente Julia, el estertor de la
respiración del bárbaro Ambrosio, y los gemidos y sollozos del señor Verbouc.
La carrera se hizo más rápida y deliciosa. Ambrosio, que a la fuerza había adentrado
en la estrecha rendija de la jovencita su gigantesco pene, hasta la mata de pelos negros y
rizados que cubrían su raíz, estaba lívido de lujuria. Empujaba. impelía y embestía con la
fuerza de un toro, y de no haber sido porque al fin la naturaleza la favoreció llevando su
éxtasis a su culminación, hubiera sucumbido a los efectos de tan tremenda excitación, para
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caer presa de un ataque que probablemente hubiera imposibilitado para siempre la
repetición de una escena semejante.
Un fuerte grito se escapó de la garganta de Ambrosio. Verbouc sabía bien lo que ello
representaba: se estaba viniendo. Su éxtasis sirvió para apresurar a la otra pareja, y un
aullido de lujuria llenó el ámbito mientras los dos monstruos inundaban a sus víctimas de
líquido seminal. Pero no bastó una, sino que fueron precisas tres descargas de la prolífica
esencia del cura en la matriz de la tierna joven, para que se apaciguara la fiebre de deseo
que había hecho presa de él.
Decir simplemente que Ambrosio había descargado, no daría una idea real de los
hechos. Lo que en realidad hizo fue arrojar verdaderos borbotones de semen en el interior
de Julia, en espesos y fuertes chorros, al tiempo que no cesaba de lanzar gemidos de éxtasis
cada vez que una de aquellas viscosas inyecciones corría a lo largo de su enorme uretra, y
fluían en torrentes en el interior del dilatado receptáculo. Transcurrieron algunos minutos
antes de que todo terminara, y el brutal cura abandonara su ensangrentada y desgarrada
víctima.
Al propio tiempo el señor Verbouc dejaba expuestos los abiertos muslos y la
embadurnada vulva de su sobrina, la cual yacía todavía en el soñoliento trance que sigue al
deleite intenso, despreocupada de la espesa exudación que, gota a gota, iba formando un
charco en el suelo, entre sus piernas enfundadas en seda.
—¡Ah, qué delicia! —exclamó Verbouc—. Después de todo, se encuentra deleite en
el cumplimiento del deber, ¿no es asi, Delmont?
Y volviéndose hacia el anhelado sujeto, continuó:
—Si el padre Ambrosio y yo mismo no hubiéramos mezclado nuestras humildes
ofrendas con la prolífica esencia que al parecer aprovecha usted tan bien, nadie hubiera
podido predecir qué entuerto habría acontecido. ¡Oh, sí!, no hay nada como hacer las cosas
debidamente, ¿no es cierto, Delmont?
—No lo sé; me siento enfermo, estoy como en un sueño, sin que por ello sea
insensible a sensaciones que me provocan un renovado deleite. No puedo dudar de su
amistad.., de que sabrán mantener el secreto. He gozado mucho, y sin embargo, sigo
excitado. No sabría decir lo que deseo. ¿Qué será, amigos míos?
El padre Ambrosio se aproximó, y posando su manaza sobre el hombro del pobre
hombre, le dio aliento con unas cuantas palabras susurradas en tono reconfortante.
Como una pulga que soy, no puedo permitirme la libertad de mencionar cuáles
fueron dichas palabras, pero surtieron el efecto de disipar pronto las nubes de horror que
obscurecían la vida del señor Delmont. Se sentó, y poco a poco fue recobrando la calma.
Julia, también recuperada ya, tomó asiento junto al fornido sacerdote, que al otro lado
tenía a Montse Fernández. Hacía ya tiempo que ambas muchachas se sentían más o menos a gusto. El
santo varón les hablaba como un padre bondadoso, y consiguió que el señor Delmont
abandonara su actitud retraída, y que este honorable hombre, tras una copiosa libación de
vino, comen-zara asimismo a sentirse a sus anchas en el medio en que se encontraba,
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Pronto los vigorizantes vapores del vino surtieron su efecto en el señor Delmont, que
empezó a lanzar ávidas miradas hacia su hija. Su excitación era evidente, y se manifestaba
en el bulto que se advertía balo sus ropas.
Ambrosio se dio cuenta de su deseo y lo alentó. Lo llevó junto a Julia. la que, todavía
desnuda, no tenía manera de ocultar sus encantos. Su padre la miró con ojos en los que
predominaba la lujuria. Una segunda vez ya no sería tan pecaminosa, pensó.
Ambrosio asintió con la cabeza para alentarlo, mientras Montse Fernández desabrochaba sus
pantalones para apoderarse de su rígido pene, y apretarlo dulcemente entre sus manos.
El señor Delmont entendió la posición, y pocos instantes después estaba encima de su
hija. Montse Fernández condujo el i****tuoso miembro a los rojos labios del sexo de Julia, y tras unos
empujones más, el semienloquecido padre había penetrado por completo en el interior del
cuerpo de su linda hija.
La lucha que siguió se vio intensificada por las circunstancias de aquella horrible
conexión. Tras de un brutal y rápido galope el señor Delmont descargó, y su hija recibió en
lo más recóndito de su juvenil matriz las culpables emisiones de su desnaturalizado padre.
El padre Ambrosio, en quien predominaba el instinto sexual, tenía otra debilidad más,
que era la de predicar. Lo hizo por espacío de una hora, no tanto sobre temas religiosos,
sino refiriéndose a otras cuestiones más mundanas, y que desde luego no suelen ser
sancionadas por la santa madre iglesia. En esta ocasión pronunció un discurso que me fue
imposible seguir, por lo que decidí echarme a dormir en la axila de Montse Fernández.
Ignoro cuánto tiempo más hubiera durado su disertación, pero como en aquel punto
la gentil Montse Fernández se posesionó de su enorme colgajo entre sus manecitas y comenzó a
cosquillearlo, el buen hombre se vio obligado a hacer una pausa, justificada por las
sensaciones despertadas por ella,
Verbouc, por su parte, que según se recordará lo único que codiciaba era un coño
bien lubricado, sólo se preocupaba por lo bien aceitadas que estaban las deliciosas partes
íntimas de la recién ganada para la causa, Julia. Además, la presencia del padre contribuía
a aumentar el apetito, en lugar de constituir un impedimento para que aquellos dos
libidinosos hombres se abstuvieran de gozar de los encantos de su hija. Y Montse Fernández, que
todavía sentía escurrir el semen de su cálida vulva, era presa de anhelos que las batallas
anteriores no habían conseguido apaciguar del todo.
Verbouc comenzó a ocuparse de nuevo de los infantiles encantos de Julia
aplicándoles lascivos toquecitos, pasando impúdicamente sus manos sobre las redondeces
de sus nalgas, y deslizando de vez en cuando sus dedos entre las colinas.
El padre Ambrosio, no menos activo, había pasado su brazo en torno a la cintura de
Montse Fernández, y acercando a él su semidesnudo cuerpo depositaba en sus lindos labios ardientes
besos.
A medida que ambos hombres se entregaban a estos jugueteos, el deseo se
comunicaba en sus armas, enrojecidas e inflamadas por efecto de los anteriores escarceos,
y firmemente alzadas con la amenazadora mira puesta en las jóvenes criaturas que estaban
en su poder.
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Ambrosio, cuya lujuria nunca requería de grandes incentivos, se apoderé bien pronto
de Montse Fernández. Esta se dejó ser acostada sobre el sofá que ya había sido testigo de dos encuentros
anteriores, donde, nada renuente, siguió por el contrario estimulando el desnudo y
llameante carajo. para permitirle después introducirse entre sus muslos, favoreciendo el
desproporcionado ataque lo más que le fue posible, hasta enterrar por entero en su húmeda
hendidura el terrible instrumento.
El espectáculo excité de tal modo los sentimientos del señor Delmont, que se hizo
evidente que no necesitaba ya de mayor estímulo para intentar un segundo coup una vez
que el cura hubiese terminado su asalto.
El señor Verbouc, que durante algún tiempo estuvo lanzando lascivas miradas a la
hija del señor Delmont, estaba también en condiciones de gozar una vez más. Reflexionaba
que las repetidas violaciones que ya había experimentado ella de parte de su padre y del
sacerdote, la habrían dejado preparada para la clase de trabajo que le gustaba realizar, y se
daba cuenta, tanto por la vista como por el tacto, de que sus partes intimas estaban
suficientemente lubricadas para dar satisfacción a sus más caros antojos, debido a las
violentas descargas que habían recibido.
Verbouc lanzó una mirada en dirección al cura, que en aquellos momentos estaba
entretenido en gozar de su sobrina, y acercándose después a la Montse Fernández Julia la colocó sobre
un canapé en postura idónea para poder hundir hasta los testículos su rígido miembro en el
delicado cuerpo de ella, lo que consiguió, aunque con considerable esfuerzo.
Este nuevo e intenso goce llevó a Verbouc a los bordes de la enajenación;
presionando contra la apretada vulva de la jovencita, que le ajustaba como un guante, se
estremecía de gozo de pies a cabeza.
—¡Oh, esto es el mismo cielo! —murmuró, mientras hundía su qran miembro hasta
los testículos pegados a la base del mismo.
~—¡Dios mío, qué estrechez! ¡Qué lúbrico deleite!
Y otra firme embestida le arrancó un quejido a la pobre Julia.
Entretanto el padre Ambrosio, con los ojos semicerrados, los labios entreabiertos y
las ventanas de la nariz dilatadas, no cesaba de batirse contra las hermosas partes íntimas
de la joven Montse Fernández, cuya satisfacción sexual denunciaban sus lamentos de placer.
—¡Oh, Dios mío! ¡Es... es demasiado grande... enorme vuestra inmensa cosa! ¡Ay de
mi, me llega hasta la cintura! ¡Oh! ¡Oh! ¡Es demasiado; no tan recio, querido padre!
¡Cómo empujáis! ¡Me mataréis! Suavemente.., más despacio. . . Siento vuestras grandes
bolas contra mis nalgas.
—¡Detente un momento! —gritó Ambrosio, cuyo placer era ya incontenible, y cuya
leche estaba a punto de vertirse—. Hagamos una pausa. ¿Cambiamos de pareja, amigo
mío? Creo que la idea es atractiva.
—¡No, oh, no! ¡Ya no puedo más! Tengo que seguir. Esta hermosa criatura es la
delicia en persona.
—Estate quieta, querida Montse Fernández, o harás que me venga. No oprimas mi arma tan
arrebatadoramente.
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—No puedo evitarlo, me matas de placer. Anda, sigue, pero suavemente. ¡Oh, no tan
bruscamente! No empujes tan brutalmente. ¡Cielos, va a venirse! Sus ojos se cierran, sus
labios se abren... ¡Dios mío! Me estáis matando, me descuartizáis con esa enorme cosa.
¡Ah! ¡Oh! ¡Veníos, entonces! Veníos querido.., padre... Ambrosio. Dadme vuestra ardiente
leche... ¡Oh! ¡Empujad ahora! ¡Más fuerte.., más.., matadme si así lo deseáis!
Montse Fernández pasó sus blancos brazos en torno al bronceado cuello de él, abrió lo más que
pudo sus blandos y hermosos muslos, y engulló totalmente el enorme instrumento, hasta
confundir y restregar su vello con el de su monte de Venus.
Ambrosio sintió que estaba a punto de lanzar una gran emisión directamente a los
órganos vitales de la criatura que se encontraba debajo de él.
—¡Empujad, empujad ahora! —gritó Montse Fernández, olvidando todo sentido de recato, y
arrojando su propia descarga entre espasmos de placer—. ¡Empujad... empujad... metedlo
bien adentro...! ¡Oh, sí de esa manera! ¡Dios mío, qué tamaño, qué longitud! Me estáis
partiendo en dos, bruto mío. ¡Oh, oh! ¡Os estáis viniendo. . . lo siento...! ¡Dios ..... . qué
leche! iOh, qué chorros!
Ambrosio descargaba furiosamente, como el semental que era, embistiendo con todas
sus fuerzas el cálido vientre que estaba debajo de él.
Al fin se levantó de mala gana de encima de Montse Fernández, la cual, libre de sus tenazas, se
volteó para ver a la otra pareja. Su tío estaba administrando una rápida serie de cortas
embestidas a su amiguita, y era evidente que estaba próximo al éxtasis.
Julia, por su parte, cuya reciente violación y el tremendo trato que recibió después a
manos del bruto de Ambrosio la habían lastimado y enervado, no experimentaba el menor
gusto, pero dejaba hacer, como una masa inerte en brazos de su asaltante.
Cuando al fin, tras algunos empujones más, Verbouc cayó hacia adelante al momento
de hacer su voluptuosa descarga, de lo único que ella se dio cuenta fue de que algo caliente
era inyectado con fuerza en su interior, sin que experimentara más sensaciones que las de
languidez y fatiga.
Siguió otra pausa tras de este tercer ultraje, durante la cual el señor Delmont se
desplomó en un rincón, y aparentemente se quedó dormido. Comenzó entonces una serie
de actividades eróticas. Ambrosio se recostó sobre el canapé, e hizo que Montse Fernández se
arrodillara sobre él con el fin de aplicar sus labios sobre su húmeda vulva, para llenarla de
besos y toques de lo más lascivo y depravado que imaginarse pueda.
El señor Verbouc, no queriendo ser menos que su compañero, jugueteó de manera
igualmente libidinosa con la inocente Julia. Después la tendieron sobre el sofá, y
prodigaron toda clase de caricias a sus encantos, no ocultando su admiración por su
lampiño monte de Venus, y los rojos labios de su coño juvenil.
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No tardaron en verse evidenciados sus deseos por el enderezamiento de dos rígidos
miembros, otra vez ansiosos de gustar placeres tan selectos y extáticos como los gozados
anteriormente.
Sin embargo, en aquel momento se puso en ejecución un nuevo programa. Ambrosio
fue el primero en proponerlo.
—Ya nos hemos hartado de sus coños —dijo crudamente, volviéndose hacia
Verbouc, que estaba jugueteando con los pezones de Montse Fernández—. Ahora veamos de qué están
hechos sus traseros. Esta adorable criatura sería un bocado digno del propio Papa, y Montse Fernández
tiene nalgas de terciopelo, y un culo digno de que un emperador se venga dentro de él.
La idea fue aceptada enseguida, y se procedió a asegurar a las víctimas para poder
llevarla a cabo. Resultaba monstruoso. y parecía imposible el poderlo consumar, a la vista
de la desproporción existente. El enorme miembro del cura quedó apuntando al pequeño
orificio posterior de Julia, en tanto que Verbouc amenazaba a su sobrina en la misma
dirección. Un cuarto de hora se consumió en los preparativos, y después de una espantosa
escena de lujuria y libertinaje, ambas jóvenes recibieron en sus entrañas los cálidos chorros
de las impías descargas.
Al fin la calma sucedió a las violentas emociones que habían hecho presa en los
actores de tan monstruosa escena, y la atención se fijó de nuevo en el señor Delmont.
Aquel digno ciudadano, como ya señalé anteriormente, se había retirado a un rincón
apartado, quedando al parecer vencido por el sueño, o embriagado por el vino, o tal vez por
ambas cosas.
—Está muy tranquilo —observó Verbouc.
—Una conciencia diabólica es mala compañía —observó el padre Ambrosio, con su
atención concentrada en el lavado de su oscilante instrumento.
—Vamos, amigo, llegó tu turno. He aquí un regalo para ti —siguió diciendo
Verbouc, al tiempo que mostraba en todo su esplendor, para darle el adecuado ambiente a
sus palabras, los encantos más íntimos de la casi insensible Julia—. Levántate y
disfrútalos. ¿Pero, qué ocurre con este hombre? ¡Cielos!, que... ¿qué es esto?
Verbouc dio un paso atrás.
El padre Ambrosio se inclinó sobre el desdichado Delmont para auscultar su corazón.
—Está muerto —dijo tranquilamente.
Efectivamente, había fallecido.
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Capitulo XII
LA MUERTE REPENTINA ES UN SUCESO COMUN, especialmente los casos de
personas cuyos antecedentes han hecho suponer la existencia de algún trastorno funcional,
de manera que la sorpresa pronto cede su lugar a los habituales testimonios de condolencia,
y luego a un estado de resignación a un suceso que nada tiene de extraño.
La transición puede expresarse de la siguiente manera:
—¿Quién iba a creerlo?
—¿Es posible?
—Siempre lo sospeché.
—¡Pobre amigo!
—Nadie debe sorprenderse.
Esta interesante fórmula fue debidamente aplicada cuando el infeliz señor Delmont
rindió su tributo a la madre tierra, como dice la frase común.
Una quincena después que el infortunado caballero hubo abandonado esta vida, todos
sus amigos estuvieron acordes en que desde hacia tiempo habían descubierto síntomas que
más tarde o más temprano tenían que resultar fatales. Casi se enorgullecían de su
perspicacia, aun cuando admitían reverentemente los inescrutables designios de la
providencia.
Por lo que hace a mí, seguía mi vida más o menos como de ordinario, salvo que se
me figuró que las piernas de Julia debían tener un saborcillo más picante que las de Montse Fernández,
y en consecuencia las sangré regularmente para mi sustento, por la mañana y por la noche.
Nada más natural que Julia pasara la mayor parte de su tiempo junto a su querida
amiga Montse Fernández, y que el sensual padre Ambrosio y su protector, el libidinoso pariente de mi
querida Montse Fernández, trataran de encontrar el momento oportuno para repetir las anteriores
experiencias con la joven y dócil muchacha.
Que asi fue puedo atestiguarlo bien, ya que mis noches fueron de lo más
desagradables e incómodas, siempre expuesta a interrupciones en mi reposo por las
incursiones de largos y peludos miembros por los vericuetos de las ingles en que me había
refugiado yo temporalmente, y siempre en peligro de yerme arrastrada por los
horriblemente espesos torrentes de viscoso semen a****l.
En resumen, la joven e impresionable Julia estaba completamente ahormada, y
Ambrosio y su amigo disfrutaban a sus anchas poseyéndola. Ellos habían alcanzado sus
objetivos. ¿Qué les importaban los sacrificios de ellos?
Mientras tanto, otros y muy distintos eran los pensamientos de Montse Fernández, a la que yo
había abandonado. Pero a la larga, sintiéndome hasta cierto punto asqueada por la
demasiada frecuencia con que me entregaba a la nueva dieta, resolví abandonar las medias
de la linda Julia, y retornar —revenir a mon mouton, como dicen los franceses— a la dulce
y suculenta alimentación de la salaz Montse Fernández.
Así lo hice, y voici le resultat:
Una noche Montse Fernández se acostó bastante más temprano que de costumbre. El padre
Ambrosio estaba ausente por haber sido enviado en misión a una apartada parroquia, y su
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querido y complaciente tío padecía un fuerte ataque de gota, padecimiento que en los
últimos tiempos lo aquejaba con relativa frecuencia.
La muchacha se había ya arreglado el cabello para pasar la noche, y se había también
desprovisto de algunas de sus ropas. Se estaba quitando su camisa de noche, la que tenía
que pasar por la cabeza, y en el curso de esta operación inadvertidamente se le cayeron los
calzones, dejando al descubierto, frente al espejo, las hermosas protuberancias y la
exquisita suavidad y transparencia de la piel de sus nalgas.
Tanta belleza hubiera enardecido a un anacoreta, pero ¡ay! no había en aquel
momento ningún asceta a la vista susceptible de enardecerse. En cuanto a mí, poco faltó
para que me quebrara la más larga de mis antenas, y me torciera mi pata derecha en sus
contorsiones por extraer la prenda por encima de su cabeza.
Llegados a este punto debo explicar que desde que el astuto padre David Brown se había
visto privado de gozar los encantos de Montse Fernández, renovó el bestial y nada piadoso juramento de
que, aunque fuere por sorpresa, se apoderaría de nuevo de la fortaleza que ya una vez había
sido suya. El recuerdo de su felicidad arrancaba lágrimas a sus sensuales ojitos, al tiempo
que, por reflejo, se distendía su enorme miembro.
David Brown formuló el terrible juramento de que jodería a Montse Fernández en estado natural,
según sus propias y brutales palabras, y yo, que no soy más que una pulga, las oí y
comprendí su alcance.
La noche era oscura y llovía. Ambrosio estaba ausente y Verbouc enfermo y
desamparado. Era forzoso que Montse Fernández estuviera sola. Todas estas circunstancias las conocía
bien David Brown, y obró en consecuencia. Alentado por sus recientes experiencias sobre la
geografía de la vecindad, se encaminó directamente a la ventana de la habitación de Montse Fernández,
y habiéndola encontrado como esperaba, sin correr el pestillo y. por lo tanto, abierta, entró
con toda tranquilidad y gateó hasta meterse debajo de la cama.
Desde este punto de vista David Brown contempló con pulso palpitante la toilette de la
hermosa Montse Fernández, hasta el momento en que comenzó a quitarse la camisa en la forma que ya
he descrito. Entonces pudo David Brown gozar de la vista de la muchacha en toda su
espléndida desnudez, y mugió ahogadamente como un toro.
En la posición yacente en que se encontraba no tenía dificultad alguna para ver de
cintura abajo la totalidad del cuerpo de ella y sus ojos se solazaban en la contemplación de
los globos gemelos que formaban sus nalgas, abriéndose y cerrándose a medida que la
muchacha retorcía su elástico cuerpo en el esfuerzo por pasar la camisa por encima de su
cabeza.
David Brown no pudo aguantar más tiempo; su deseo alcanzó el punto de ebullición, y
sin ruido pero prontamente, se deslizó fuera de su escondite para alzarse frente a ella, y sin
pérdida de tiempo abrazó el desnudo cuerpo con una de sus manos, mientras colocaba la
otra sobre sus rojos labios.
El primer impulso de Montse Fernández fue el de gritar, pero este recurso femenino le estaba
vedado. Su segunda idea fue desmayarse, y es por la que hubiera optado de no haber
mediado cierta circunstancia. Esta circunstancia era el hecho de que mientras el audaz
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asaltante la mantenía firmemente sujeta junto a él, algo duro, largo y caliente presionaba de
modo insistente entre sus suaves nalgas, y yacía palpitante entre la separación de ellas y a
lo largo de su espalda. En ese crítico momento los ojos de Montse Fernández tropezaron con la imagen
de él en el espejo de la cómoda, y reconocieron a sus espaldas el feo y abotagado rostro del
sensual sacerdote, coronado por un círculo de rebelde cabello rojo.
Montse Fernández comprendió la situación en un abrir y cerrar de ojos. Hacia ya casi una semana
que se había desprendido de los abrazos de Ambrosio y su tío, y tal hecho tuvo mucho que
ver, desde luego, en lo que siguió. Lo que hizo a partir de aquel momento fue puro
disimulo de la lasciva muchacha.
Se dejó caer suavemente de espaldas sobre la vigorosa figura del padre David Brown, y
creyendo este feliz individuo que realmente se desmayaba, al mismo tiempo que retiraba la
mano con que le cerraba la boca empleó ambos brazos para sostenerla.
La irresistible belleza de la persona que sostenía entre sus brazos llevó la excitación
de David Brown casi hasta la locura. Montse Fernández estaba prácticamente desnuda, y él deslizó sus
manos sobre su pulida piel, mientras su inmensa arma, ya rígida y distendida por efecto de
la impaciencia, palpitaba vigorosamente al contacto con la hermosa que tenía abrazada.
Tembloroso, David Brown acercó su rostro al de ella, e imprimió un largo y voluptuoso
beso sobre sus dulces labios.
Montse Fernández se estremeció y abrió los ojos.
David Brown renovó sus caricias.
—¡Oh! —exclamó lánguidamente—. ¿Cómo osáis venir aquí? ¡Por favor, soltadme
en el acto! ¡Es vergonzoso!
David Brown sonrió con aire de satisfacción. Siempre había sido feo, pero en aquel
momento resultaba verdaderamente odioso por su terrible lujuria.
—Así es —dijo—. Es una vergüenza tratar de esta manera a una muchacha tan linda,
¡pero es tan delicioso, vida mía!
Montse Fernández suspiró.
Más besos y un deslizamiento de manos sobre su desnudo cuerpo. Una mano grande
y tosca se posó sobre su monte de Venus, y un atrevido dedo, separando los húmedos
labios, se introdujo en el interior de la cálida rendija para tocar el sensible clítoris.
Montse Fernández cerró los ojos y dejó escapar otro suspiro, al propio tiempo que aquel sensible
órgano comenzaba a su vez a distenderse. En el caso de mi joven amiga no era en modo
alguno un órgano diminuto, ya que a causa del lascivo masaje del feo David Brown se alzó, se
puso rígido, y se asomó partiendo casi los labios por sí solo.
Montse Fernández estaba ardiendo, y el brillo del deseo se asomaba a sus ojos. Se había
contagiado, y lanzando una mirada a su seductor pudo ver la terrible mirada de lascivia
retratada en su rostro mientras jugueteaba con sus secretos encantos.
La muchacha se agitaba temblorosa; un ardiente deseo del placer del coito se
posesionó de ella, e incapaz de controlar por más tiempo sus afanes, llevó con rapidez su
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mano derecha hacia atrás para asir la inmensa arma que amenazaba sus nalgas, aunque no
pudo hacerlo en toda su envergadura.
Se encontraron las miradas de ambos; la lujuria ardía en ellas. Montse Fernández sonrió, David Brown
repitió su beso sensual, e introdujo en la boca de ella su inquieta lengua. La muchacha no
tardó en secundar sus lascivas caricias, y dejó el campo libre tanto a sus inquietas manos
como a sus cálidos besos. Poco a poco la atrajo hacia una silla, en la que se sentó Montse Fernández en
impaciente espera de lo que el sacerdote quisiera hacer después.
David Brown se quedó de pie frente a ella. Su sotana de seda negra, que le llegaba hasta
los talones, se alzaba prominente en la parte delantera; sus mejillas, al rojo vivo por la
violencia de sus deseos, sólo encontraban rival en sus encendidos labios, y su respiración
era agitada, como anticipo del éxtasis. Sabía que no tenía nada que temer y mucho que
gozar.
—Esto es demasiado —murmuró Montse Fernández—, ¡idos!
—Imposible, después de haberme tomado la m*****ia de entrar.
—Pero podéis ser descubierto, y entonces mi reputación estará arruinada.
—No es probable. Sabes que estamos completamente solos, y que no hay
probabilidad alguna de que nos m*****en. Además, eres tan deliciosa, chiquilla mía, tan
fresca, tan juvenil y tan hermosa, que. .. no retires la pierna; únicamente ponía mi mano
sobre tu suave muslo. El hecho es que quiero joderte, querida.
Montse Fernández pudo ver cómo el enorme bulto se enderezaba más.
—¡Qué obsceno sois! ¡Qué palabras empleáis!
—¿Lo crees así, mi niñita mimada? —dijo David Brown, tomando de nuevo el sensible
clítoris entre sus dedos pulgar e índice, para masajearlo convenientemente—. Me nacen
por el placer de sentir este coñito entreabierto que trata astutamente de esquivar mis
toques.
—¡Vergüenza debería daros! —exclamó Montse Fernández, riendo, empero, a su pesar.
David Brown se aproximó para inclinarse hacia ella y tomar su lindo rostro entre sus
manos. Al hacerlo, Montse Fernández pudo advertir que la sotana, casi levantada por la fuerza de los
deseos comunicados al miembro del padre, se encontraba a escasos centímetros del pecho
de ella, de modo que podía percibir los latidos que hacían que la prenda de seda negra
subiera y bajara alternativamente.
La tentación resultaba irresistible, y acabó por pasar su delicada manecíta por debajo
de las ropas del cura y subirla lo bastante más arriba para agarrar una gran masa peluda de
la que pendían dos bolas tan grandes como huevos de gallina.
—¡Oh, Dios mío! ¡Qué cosa tan enorme! —murmuró la muchacha.
—Toda llena de preciosa leche espesa —suspiró David Brown, mientras jugueteaba con
los dos lindos senos tan próximos a él.
Montse Fernández se acomodó mejor, y de nuevo atrapó con ambas manos el duro y tieso tronco
del enorme pene.
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—¡Qué espanto! ¡Este es un monstruo! —exclamó la lasciva muchacha—. ¡De veras
que es grande! ¡Qué tamaño el suyo!
—Si; ¿no es un buen carajo? —observó David Brown, adelantándose y alzando la sotana
para poder mostrar mejor el gigantesco miembro.
Montse Fernández no pudo resistir la tentación, y alzando todavía más las ropas del cura dejó el
pene en completa libertad y expuesto en toda su longitud.
Las pulgas no sabemos mucho de medidas de espacio y de tiempo, y por ello no
puedo daros las dimensiones exactas del arma en la que la muchacha tenía en aquellos
momentos puestos los ojos. Era, sin embargo, de proporciones gigantescas.
Tenía una gran cabeza roma y roja que emergía en el extremo de un largo tronco
parduzco. El agujero que se veía en su cima, que habitualmente es tan pequeño, era en el
caso que consideramos una verdadera grieta humedecida por el fluido seminal acumulado
ahí. A todo lo largo de aquel tronco corrían gruesas venas azules, y al pie del mismo crecía
una verdadera maraña de hirsutos pelos rojos. Dos grandes testículos colgaban debajo.
—¡Cielos! ¡Madre santa! —murmuró Montse Fernández, cerrando sus ojos al tiempo que les daba
un ligero apretón.
La ancha y roma cabeza, hinchada y enrojecida por efecto del exquisito cosquilleo de
la muchacha, se encontraba en aquel momento totalmente desnuda, y emergía tiesa, libre
de los pliegues de la piel que Montse Fernández restiraba hacia atrás de la gran columna blanca. Ella
jugueteaba gozosa con su adquisición, y cada vez retiraba más atrás la aterciopelada piel
del objeto que tenía entre sus manos.
David Brown suspiró.
—¡Qué deliciosa criatura eres! —dijo, mirándola con ojos centelleantes—. Tengo
que joderte enseguida o lo arrojaré todo sobre ti.
—¡No, no debéis desperdiciar ni una gota! —exclamó Montse Fernández—. Debéis estar muy
urgido para querer veniros tan pronto.
—No puedo evitarlo. Por favor estate quieta un momento me vendré.
—¡Qué cosa tan grande! ¿Cuánta leche dará?
David Brown se detuvo y susurró al oído de la muchacha algo que no pude oír.
— ¡Verdaderamente delicioso, pero es increíble!
—Es cierto, dame una oportunidad de probártelo. Estoy ansioso de hacerlo, lindura.
¡Míralo! ¡Tengo que joderte!
Blandió su monstruoso pene colocándolo frente a ella. Después lo inclinó hacia
abajo, para después soltarlo de repente. Saltó hacia arriba como un resorte, y al hacerlo se
descubrió espontáneamente, dejando paso a la roja nuez, que exudaba una gota de semen
por la uretra.
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Todo esto sucedió cerca de la cara de Montse Fernández, que sintió un sensual olorcillo emanado
del miembro, el que vino a incrementar el trastorno de sus sentidos. Continuó jugando con
el pene, y acariciándolo.
—Basta, te lo ruego, querida, o lo desperdiciaré todo en el aire.
Montse Fernández se estuvo quieta unos segundos, aunque asida con toda la fuerza de su mano al
carajo de David Brown.
Entretanto él se divertía en moldear con una de sus manos los juveniles senos de la
muchacha, mientras con los dedos de la otra recorría en toda su extensión su húmedo coño.
El jugueteo la enloqueció. Su clítoris se hinchó y devino caliente, se aceleró su respiración,
y las llamas del deseo encendieron su lindo rostro.
La nuez se endurecía cada vez más: brillaba ya como fruta en sazón. Al observar a
hurtadillas el feo y desnudo vientre del hombre, lleno de pelos rojos, y sus parduscos
muslos, velludos como los de un mono, Montse Fernández devino carmesí de lujuria. El gran pene, cada
vez más grueso, amenazaba los cielos y provocaba en su ser las más indescriptibles
emociones.
Excitada sobremanera, enlazó con sus brazos el vigoroso cuerpo del gran bruto y lo
cubrió de sensuales besos. Su misma fealdad incrementaba sus sensaciones libidinosas.
—No, no debéis desperdiciarlo; no permitiré que lo desperdiciéis
.
Después, deteniéndose por un instante, gimió con un peculiar acento de placer, y
bajando su complaciente cabeza abrió sus rosados labios para recibir de inmediato lo más
que pudo del lascivo manjar.
—¡Oh, qué delicia! ¡Cómo cosquilleas! ¡Qué... qué gusto me das!
—No os permitiré desperdiciarlo: beberé hasta la última gota —susurró Montse Fernández
apartando por un momento su cabeza de la reluciente nuez.
Después, bajándola de nuevo, posó sus labios, proyectados hacia adelante, sobre la
gran cabeza, y abriéndolos con delicadeza recibió entre ellos el orificio de la ancha uretra.
—¡Madre santa¡ —exclamó David Brown—. ¡Esto es el cielo! ¡Cómo voy a venirme! ¡
Dios mío, cómo lames y chupas!
Montse Fernández aplicó su puntiaguda lengua al orificio, y dio de lengüetazas a todos sus
contornos.
~¡Qué bien sabe! Tenéis que darme todavía una o dos gotas mas.
—No puedo seguir, no puedo —murmuraba el sacerdote, empujando hacia adelante
al mismo tiempo que con sus dedos cosquilleaba el endurecido clítoris de Montse Fernández, puesto al
alcance de su mano.
Después Montse Fernández tomó de nuevo entre sus labios la cabeza de aquella gran yerga, mas
no pudo conseguir que la nuez entrara en su boca por completo, tan monstruosamente
ancho era.
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Lamiendo y succionando, deslizando con lentos y deliciosos movimientos la piel que
rodeaba el rojo y sensible lomo de la tremenda yerga, Montse Fernández estaba provocando unos
resultados que ella sabía no iban a dilatar mucho en producirse.
—¡Ah, madre santa! ¡Casi me estoy viniendo! Siento.,. ¡Oh. chupa ahora! ¡Vas a
recibirlo!
David Brown alzó sus brazos al aíre, su cabeza cayó hacía atrás, abrió las piernas, se
retorcieron convulsivamente sus manos, quedaron en blanco sus ojos, y Montse Fernández sintió que un
fuerte espasmo recorría el monstruoso pene.
Momentos después fue casi derribada de espaldas por el chorro continuo que como
un torrente arrojaban los órganos genitales del cura y le corrían garganta abajo.
No obstante todos sus deseos y esfuerzos, la voraz muchacha no pudo evitar que un
chorro escapara por la comisura de sus labios cuando David Brown, fuera de sí por efecto del
placer, empujaba hacia adelante con sacudidas sucesivas, con cada una de las cuales
enviaba a la garganta de ella un nuevo chorro de leche. Montse Fernández resistió todos sus empellones,
y se mantuvo asida al arma de la que manaban aquellos borbotones, hasta que todo hubo
terminado.
—¿Cuánto dijisteis? —musitó ella—. ¿Una taza de té llena? Fueron dos.
—¡Adorable criatura! —exclamó David Brown cuando al fin pudo recuperar el aliento—.
¡Qué placer tan divino me proporcionaste! Ahora me toca a mí, y tienes que permitirme
examinar todas estas cositas tuyas que tanto adoro.
—¡Ah, qué delicioso fue! Estoy casi ahogada —comentó Montse Fernández—. ¡Cuán viscosa era!
¡Dios mío, qué cantidad!
—Sí, lindura. Te la prometí toda, y me excitaste de tal modo que de seguro recibiste
una buena dosis. Fluía a borbotones.
—Sí, efectivamente así fue.
—Ahora verás qué buena lamida te doy, y cuán deliciosa-. mente te joderé después.
Uniendo la acción a la palabra, el sensual cura se colocó entre los muslos de Montse Fernández,
blancos como la leche, y adelantando su cara hacia ellos introdujo su lengua entre los
labios de la roja grieta. Después, moviéndola en torno al endurecido clítoris, la obsequió
con un cosquilleo tan exquisito, que la muchacha difícilmente podía contener sus gritos.
—¡Oh, Dios mío! ¡Me chupas la vida! ¡Oh...! Estoy... ¡Voy a venirme! ¡Me. vengo!
Y con un repentino movimiento de avance hacia la activa lengua, Montse Fernández se vino
abundantemente en el rostro de David Brown, el que recibió lo más que pudo dentro de su
boca, con epicúreo deleite.
Después el cura se alzó. Su enorme pene, que se había apenas reblandecido, se
encontraba otra vez en tensión viril, y emergía ante él en estado de terrible erección.
Literalmente resoplaba de lujuria a la vista de la Montse Fernández y bien dispuesta muchacha.
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—Ahora tengo que joderte —le dijo al tiempo que la empujaba hacia la cama—.
Tengo que poseerte y darte una probada de esta yerga en tu cuerpecito. ¡Ah, qué jodida te
voy a dar!
Despojándose rápidamente de su sotana y sus prendas interiores, el gran bruto, cuyo
cuerpo estaba totalmente cubierto de pelo y de piel tan morena como la de un mulato, tomó
el frágil cuerpo de la hermosa Montse Fernández en sus musculosos brazos y lo depositó suavemente
sobre la cama. David Brown contempló por unos instantes su cuerpo tendido y palpitante,
mitad por efecto del deseo y mitad a causa del terror que le causaba la furiosa embestida.
Luego contempló con aire satisfecho su tremendo pene, erecto de lujuria, y subiéndose
presto al lecho se arrojó sobre ella y se cubrió con las ropas de la cama.
Montse Fernández, medio ahogada debajo del gran bruto peludo, sintió el tieso pene entre sus
piernas, y bajó la mano para tentarlo de nuevo.
—¡Cielos, qué tamaño! ¡Nunca me cabrá!
—Sí, claro que si: lo tendrás todo: entrará hasta los testículos, sólo que tendrás que
cooperar para que no te lastime.
Montse Fernández se ahorró la m*****ia de contestar, porque enseguida una lengua ansiosa penetró
en su boca hasta casi sofocarla.
Después pudo darse cuenta de que el sacerdote se había levantado poco a poco, y de
que la caliente cabeza de su gigantesco pene estaba tratando de abrirse paso a través de los
húmedos labios de su rosada rendija.
No puedo seguir adelante con el relato detallado de los actos preliminares. Se
llevaron díez minutos, pero al término de ellos el torpe David Brown estaba enterrado hasta los
testículos en el lindo cuerpo de la joven, que, con sus suaves piernas enlazadas sobre la
espalda del moreno sacerdote, recibía las caricias de éste, que se solazaba sobre su víctima,
y daba comienzo a los lascivos movimientos que habían de conducirle a desembarazarse de
su ardiente fluido.
Veinticinco centímetros, cuando menos, de endurecido músculo habían calado las
partes íntimas de la jovencita, y palpitaban en el interior de ellas, al propio tiempo que una
mata de pelos hirsutos frotaba el delicado monte de la infeliz Montse Fernández.
—¡Oh, Dios mío! ¡Cómo me lastimáis! —se quejó ella—. -Cielos! ¡Me estáis
descuartizando!
David Brown inició un movimiento.
—¡No lo puedo aguantar! ¡Realmente está demasiado grande! ¡Oh! ¡Sacadlo! ¡Ay,
qué embestidas!
David Brown empujó sin piedad dos o tres veces.
—Aguarda un momento, diablita; sólo hasta que te ahogue con mi leche. ¡Oh, cuán
estrecha eres! ¡Parece que me estás sorbiendo la yerga! ¡Al fin! ahora está dentro, ya es
todo tuvo.
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—¡Piedad, por favor!
David Brown embistió duro y rápido, empujón tras empujón al mismo tiempo que giraba
y se contorsionaba sobre el muelle cuerpo de la muchacha, y sufría un verdadero ataque de
lujuria. Su enorme pene amenazaba estallar por la intensidad de su placer y el
enloquecedor deleite del momento.
—Ahora por fin te estoy jodiendo.
— ¡Jodedme! —Murmuró Montse Fernández, abriéndose todavía más de piernas, a medida que la
intensidad de las sensaciones se iban posesionando de su persona—. ¡Jodedme bien! ¡Más
duro!
Y con un hondo gemido de placer inundó a su brutal violador con una copiosa
descarqa, al propio tiempo que se arrojaba hacia adelante para recibir una formidable
embestida del hombre.
Las piernas de Montse Fernández se flexionaban espasmódicamente cuando David Brown se lanzó
entre ellas, siguió metiendo y sacando su largo y ardiente miembro entre las mismas, con
movimientos lujuriosos. Algunos suspiros mezclados con besos de los apretados labios del
lascivo invasor; unos quejidos de pacer y las rápidas vibraciones del armazón de la cama,
todo ello denunciaba la excitación de la escena.
David Brown no necesitaba incentivos. La eyaculación de su complaciente compañera le
había proporcionado el húmedo medio que deseaba, y se aprovechó del mismo para iniciar
una serie de movimientos de entrada y salida que causaron a Montse Fernández tanto placer como dolor.
La muchacha lo secundó con todas sus fuerzas. Atiborrada por completo, suspiraba
hondo y se estremecía bajo sus firmes embestidas. Su respiración se convirtió en un
estertor; se cerraron sus-ojos por efecto del brutal placer que experimentaba en un casi
ininterrumpido espasmo de la emisión. Las posaderas de su rudo amante se abrían y
cerraban a cada nuevo esfuerzo que hacia para asestar estocadas en el cuerpo de la linda
chiquilla.
Después de mucho batallar se detuvo un momento.
— Ya no puedo aguantar más, me voy a venir. Toma mi leche, Montse Fernández. Vas a recibir
torrentes de ella, ricura.
Montse Fernández lo .sabía. Todas las venas de su monstruoso cara jo estaban henchidas a su
máxima tensión. Resultaba insoportablemente grande. Parecía el gigantesco miembro de
un asno.
David Brown empezó a moverse de nuevo. De sus labios caía la saliva. Con una
sensación de éxtasis, Montse Fernández esperaba la corriente seminal.
David Brown asestó uno o dos golpes cortos, pero profundos, lanzó un gemido y se
quedó rígido, estremeciéndose sólo ligeramente de pies a cabeza, y a continuación salió de
su yerga un tremendo chorro de semen que inundó la matriz de la jovencita. El gran bruto
enterró su cabeza en las almohadas, hizo un postrer esfuerzo para adentrarse más en ella,
apoyándose con los pies en el pie de la cama.
—¡Oh, la leche! —chilló Montse Fernández—. ¡La siento! ¡Qué torrente! ¡Oh, dádmela! ¡Padre
santo, qué placer!
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~¡Ahí está! ¡Tómala! -grító el cura mientras, tras el primer chorro arrojado en el
interior de ella, embestía de nuevo salvajemente hacia adentro, enviando con cada empujón
un nuevo torrente de cálida leche.
~¡Oh, qué placer!
Aun cuando Montse Fernández había anticipado lo peor, no tuvo idea de la inmensa cantidad de
semen que aquel hombre era capaz de emitir. La arrojaba hacia fuera en espesos
borbotones que iban a estrellarse contra su misma matriz.
—¡Oh, me estoy viniendo otra vez!
Y Montse Fernández se hundió semidesfallecida bajo el robusto hombre, mientras su ardiente
fluido seguía inundándola con sus chorros viscosos.
Otras cinco veces, aquella misma noche, Montse Fernández recibió el contenido de los grandes
testículos de David Brown, y de no haber sido porque la claridad del día les advirtió que era
tiempo de que él se marchara, hubieran empezado de nuevo.
Cuando el astuto David Brown abandonó la casa y se apresuró a retirarse a su humilde
celda, amaneciendo ya, se vio forzado a admitir que había llenado su vientre de
satisfacción, de la misma manera que Montse Fernández vio inundadas de leche sus entrañas. Y suerte
tuvo la jovencita de que sus dos protectores estuvieran incapacitados, porque de otra
manera habrían descubierto, por el lastimoso estado en que se encontraban sus juveniles
partes intimas, que un intruso había traspasado los umbrales de las mismas.
La juventud es elástica, todo el mundo lo sabe. Y Montse Fernández era muy joven y muy elástica.
Si vosotros hubieseis visto la inmensa máquina de David Brown, lo habríais aseverado
conmigo Su elasticidad natural le permitió admitir no sólo la introducción de aquel ariete,
sino también dejar de sentir la menor m*****ia al cabo de un par de días.
Tres días después de este interesante episodio regresó el padre Ambrosio. Una de sus
primeras preocupaciones fue buscar a Montse Fernández. Al encontrarla la invitó a entrar en un boudoir.
—¡Vela! —gritó, mostrándole su instrumento, inflamado y en actitud de presentar
armas—. No he tenido distracción alguna durante una semana, y mi yerga está que arde,
querida Montse Fernández.
Dos minutos después, la cabeza de Montse Fernández reposaba sobre la mesa del departamento
mientras que, con la ropa recogida sobre su espalda, dejaba al descubierto sus turgentes
nalgas, las que el lascivo cura golpeó vigorosamente con su largo miembro, después de
haber solazado su vista en la contemplación de sus rollizas nalgas.
Tras otro minuto ya su instrumento se había introducido en el coño por detrás, basta
aplastar contra las posaderas el negro y rizado pelo de la base. Tras sólo unas cuantas
embestidas arrojó borbotones de leche hasta la cintura de ella.
El buen padre estaba demasiado excitado por la larga abstinencia para que con sólo
esto perdiera rigidez su miembro, por lo que retiró aquel instrumento propio de un
semental, todavía resbaladizo y vaporoso, para llevarlo al pequeño orificio situado entre el
par de deliciosas nalgas de su amiga. Montse Fernández le ayudó y, dado lo bien aceitado como estaba,
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se deslizó hacia adentro, para no tardar en obsequiar a la muchacha con otra tremenda
dosis procedente de sus prolíficos testículos. Montse Fernández sintió la ardiente descarga, y recibió
gustosa la cálida leche proyectada contra sus entrañas. Después la puso de espaldas sobre
la mesa y le succionó el clítoris por espacio de un cuarto de hora, obligándola a venirse dos
veces en su boca. A continuación la jodió en la forma natural.
Acto seguido se retiró Montse Fernández a su habitación para lavarse, y tras un ligero descanso se
puso su vestido de calle y se fue.
Aquella noche se informó que el señor Verbouc había empeorado. El ataque había
alcanzado regiones que fueron motivo de alarma para su médico de cabecera. Montse Fernández le
deseó a su tío que pasara una buena noche y se retiró a su habitación.
Julia se había instalado en la alcoba de Montse Fernández para pasar la noche, y ambas
muchachas, para aquel entonces ya bien enteradas de la naturaleza y las propiedades del
sexo masculino, estaban recostadas intercambiando ideas y aventuras.
—Pensé que iba a morir —dijo Julia— cuando el padre Ambrosio introdujo su cosa
grande y fea muy adentro de mi pobre cuerpo, y cuando acabó creí que le había dado un
ataque, y no podía entender qué era aquella cosa viscosa, aquella sustancia caliente que
arrojaba dentro de mí. ¡Oh!
—Entonces, querida, comenzaste a sentir la fricción en tu sensible cosita, y la
caliente leche del padre Ambrosio brotó a chorros, cubriéndolo todo.
—Si, así fue, y todavía me siento inundada cuando lo hace.
—¡Silencio! ¿No oíste?
Ambas muchachas se levantaron y se pusieron a escuchar. Montse Fernández, más habituada a las
características de su alcoba de lo que pudiera estarlo Julia, concentró su atención en la
ventana. En el momento de hacerlo el postigo cedió gradualmente, y apareció la cabeza de
un hombre.
Julia descubrió también al aparecido y estuvo a punto de gritar, pero Montse Fernández le hizo una
seña para que guardara silencio.
—¡Chist! No te alarmes —susurró Montse Fernández—. No nos quiere comer; sólo que es
indebido m*****arle a una de tan cruel manera.
—¿Qué quiere? —preguntó Julia, semiescondiendo su linda cabeza entre sus prendas
de dormir, pero sin dejar de observar con ojo atento al intruso.
Durante esta breve conversación el hombre se estuvo preparando para entrar en la
alcoba, y habiendo ya abierto lo bastante la ventana para poder hacerlo, deslizó su amplia
humanidad al través de la abertura. Al poner pie en el piso de la habitación quedaron al
descubierto la voluminosa figura y las feas facciones del sensual padre David Brown.
—¡Madre santa, un cura! —exclamó la joven huésped de Montse Fernández—. ¡Y bien gordo por
cierto! ¡Oh Montse Fernández! ¿Qué quiere?
—Pronto lo sabremos —susurró la otra.
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Entretanto David Brown se había aproximado a la cama.
—¿Qué? ¿Será posible? ¿Un doble agasajo? —exclamó él—. ¡ Encantadora Montse Fernández! Es
realmente un placer inesperado.
—¡Qué vergüenza, padre David Brown!
Julia había desaparecido bajo las ropas de la cama.
En dos minutos se despojó el cura de sus vestimentas, y sin esperar a que se le
invitara a hacerlo, se lanzó como rayo sobre la cama.
—¡Oh! —gritó Julia—. ¡Me está tentando!
— ¡Ah, sí! Las dos seremos bien manoseadas, te lo aseguro
—murmuró Montse Fernández al sentir la enorme arma de David Brown presionando su espalda—.
¡Que vergonzoso comportamiento el de usted, al entrar sin nuestro permiso!
—En tal caso, ¿puedo entrar, preciosidad? —repuso el cura, al tiempo que ponía en
manos de Montse Fernández su tieso instrumento.
—Puede quedarse, puesto que ya está dentro.
—Gracias —murmuro David Brown, apartando las piernas de Montse Fernández e insertando la
enorme cabeza de su pene entre ellas.
Montse Fernández sintió la estocada, y mecánicamente pasó sus brazos en torno al dorso de Julia.
David Brown empujó de nuevo, pero Montse Fernández se escabulló de un brinco. Se levantó, y
apartando las ropas de la cama dejó al descubierto el peludo cuerpo del sacerdote y la
gentil figura de su compañera.
Julia se volvió instintivamente y se encontró con que, apuntando en línea recta a su
nariz, se enderezaba el rígido pene del buen padre, que parecía próximo a estallar a causa
de la lujuria despertada en su poseedor por la compañía en que se encontraba.
—Tiéntalo —susurró Montse Fernández.
Sin atemorizarse, Julia lo agarró con su blanca manita.
—¡Cómo late! Se va haciendo cada vez mayor, a fe mía. Ambas muchachas se
bajaron entonces de la cama, y ansiosas por divertirse comenzaron a estrujar y a frotar el
voluminoso pene del sacerdote, hasta que éste estuvo a punto de venirse.
— ¡ Esto es el cielo! —dijo el padre David Brown con la mirada perdida, y un ligero
movimiento convulsivo en sus dedos que denotaba su placer.
—Basta, querida, de lo contrario se vendrá —observó Montse Fernández, adoptando un aire de
persona experimentada, al que creía tener derecho, según ella, en virtud de sus anteriores
relaciones con el monstruo.
Por su parte, el padre David Brown no estaba dispuesto a desperdiciar sus disparos
cuando estaban a su alcance dos objetivos tan lindos.
Permaneció inactivo durante el manoseo al que las muchachas sometieron su pene,
pero ahora había atraído suavemente hacia si a la joven Julia, para alzarle la camisa y dejar
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a la vista todos sus secretos encantos. Deslizó sus ansiosas manos en torno a los adorables
muslos y las nalgas de la muchacha, y con los pulgares abrió después la rosada vulva, para
introducir su lasciva lengua en su interior, y besarla en forma por demás excitante en la
misma matriz.
Julia no podía permanecer insensible a este tratamiento y cuando al fin, tembloroso
de deseo y de desenfrenada lujuria, el osado cura la puso de espaldas sobre la cama, abrió
sus juveniles muslos y le permitió ver los sonrosados bordes de su bien ajustada rendija.
David Brown se metió entre sus piernas, y adelantándose hacia ella mojó la gruesa punta de su
miembro en los húmedos labios del coño. Montse Fernández prestó entonces su ayuda, y tomando entre
sus manos el inmenso pene, le descubrió y encaminó adecuadamente hacia el orificio.
Julia contuvo el aliento y se mordió los labios. David Brown asestó una violenta
estocada. Julia, brava como una leona, aguantó el golpe, y la cabeza se introdujo. Más
empujones, mayor presión, y en menos tiempo que toma para escribirlo Julia había
engullido totalmente el enorme pene del sacerdote.
Una vez cómodamente posesionado de su cuerpo, David Brown inició una serie de
rítmicas embestidas a fondo, y Julia, presa de sensaciones indescriptibles, echó hacia atrás
la cabeza, y se cubrió el rostro con una mano mientras con la otra se asía de la cintura de
Montse Fernández.
—¡Oh, es enorme, pero qué gusto me da!
— ¡ Está completamente dentro! ¡ Se ha enterrado hasta las bolas! —exclamó Montse Fernández.
—¡Ah! ¡Qué delicia! ¡Voy a venirme! ¡No puedo aguantar! ¡Su vientre es como
terciopelo! ¡Toma! ¡Toma esto!
Aquí siguió una feroz embestida.
—¡Oh! —exclamó Julia.
En aquel momento se le ocurrió una fantasía al libidinoso gigante, y extrayendo el
vaporizante miembro de las partes íntimas de Julia. se lanzó entre las piernas de Montse Fernández y lo
alojó en el interior de su deliciosa vulva. El palpitante objeto se metió muy adentro de su
juvenil coño, mientras el propietario del mismo babeaba de gusto por la tarea a que estaba
entregado.
Julia veía asombrada la aparente facilidad con que el padre hundía su gran yerga en el
interior del blanco cuerpo de su amiga.
Tras de pasar un cuarto de hora en esta erótica postura, tiempo en el cual Montse Fernández
oprimió al padre contra su pecho y rindió por dos veces su cálido tributo sobre la cabeza de
la enorme vara, una vez más se retira David Brown, y buscó calmar el ardor que le consumía
derramando su caliente leche en el interior de la delicada personita de Julia.
Tomó a la damita entre sus brazos, de nuevo se montó sobre su cuerpo, y sin gran
dificultad, presionando su ardiente yerga contra el suave coño de ella, se dispuso a
inundarlo con una lasciva descarga.
Siguió una furiosa serie de estocadas rápidas pero profundas, al final de las cuales
David Brown, al tiempo que dejaba escapar un hondo suspiro, empujó hasta lo más hondo de
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la delicada muchacha, y comenzó a vomitar en su interior un verdadero diluvio de semen.
Chorro tras chorro brotaba de su pene mientras él, con los ojos en blanco y los labios
temblorosos, llegaba al éxtasis.
La excitación de Julia había alcanzado su máximo, y se sumó al goce de su violador
en el paroxismo final, a un grado de terrible enajenación que no hay pulga capaz de
describir.
Las orgías que siguieron en esta lasciva noche fueron algo que excede también mis
capacidades narrativas. Tan pronto como David Brown se hubo recobrado de su primera
eyaculación, anunció con palabras de grueso calibre su propósito de gozar de Montse Fernández. Y,
dicho y hecho, puso inmediatamente manos a la obra.
Durante un largo cuarto de hora permaneció enterrado hasta los pelos en el coño de
ella, conteniéndose hasta que la naturaleza se impuso, para que Montse Fernández recibiera la descarga
en su matriz.
El padre sacó su pañuelo de Holanda, con el que enjugó los chorreantes coños de
ambas beldades. Entonces las dos muchachas asieron el miembro del sacerdote, y le
aplicaron tantos tiernos y lascivos toques que excitaron de nuevo el fogoso temperamento
del sacerdote, hasta el punto de lograr infundirle nuevas fuerzas y virilidad imposibles de
describir. Su enorme pene, enrojecido y engrosado en virtud de los ejercicios anteriores,
veía amenazador a la pareja que lo manoseaba llevándolo ora a un lado, ora a otro. Varias
veces Montse Fernández chupó la enardecida cabeza y cosquilleó con la punta de su lengua el orificio
de la uretra.
Esta era, por lo visto, una de las formas favoritas de gozar de David Brown. ya que
rápidamente introdujo lo más que pudo la cabeza de su gran yerga en la boca de la
muchacha.
Después las hizo rodar una y otra vez, desnudas tal como vinieron al mundo, pegando
sus gruesos labios en sus chorreantes coños, una y otra vez. Besó ruidosamente y manoteó
las redondeces de sus nalgas, introduciendo de vez en cuando uno de sus dedos en los
orificios de los culos.
Luego David Brown y Montse Fernández, ambos a una, convencieron a Julia para que le permitiera al
padre meter en su boca la punta de su pene, y tras un buen rato de cosquillear y excitar al
monstruoso carajo, vomitó tal torrente en la garganta de la muchacha, que casi la ahogó.
Siguió un corto intervalo, y de nuevo el inusitado hecho de poder gozar de dos
muchachas tan tentadoras y espirituales despertó todo el vigor de David Brown.
Colocándolas una junto a otra comenzó a introducir su miembro alternativamente en
cada una, y tras de algunas brutales embestidas lo retiraba de un coño para meterlo en el
otro. Después se tumbó sobre su espalda, y atrayendo a las muchachas sobre él le chupó el
coño a una mientras la otra se enterraba en su yerga hasta juntarse los pelos de ambos
cuerpos. Una y otra vez arrojó en el interior de ellas su prolífica esencia.
Sólo el alba puso término a aquellas escenas de orgía.
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Mientras tales escenas se desarrollaban en aquella casa, otra muy diferente tenía lugar
en la alcoba del señor Verbouc, y cuando tres días más tarde el padre Ambrosio regresaba
de otra de sus ausencias, encontró a su amigo y protector al borde de la muerte.
Unas pocas horas bastaron para poner término a la vida y aventuras de tan excéntrico
caballero.
Después de su deceso su viuda, que nunca se distinguió por sus luces intelectuales,
comenzó a presentar síntomas de locura, y en el paroxismo de su desvarío nunca dejaba de
llamar al sacerdote. Pero cuando en cierta ocasión un anciano y respetable padre fue
llamado de urgencia, la buena señora negó indignada que aquel hombre pudiera ser un
sacerdote, y pidió a gritos que se le enviara “el del gran instrumento”. Su lenguaje y su
comportamiento fueron motivo de escándalo general, por lo que se la tuvo que encerrar en
un asilo, en el que sigue delirando en demanda del gran pene.
Montse Fernández, que de esta suerte se quedó sin protectores, bien pronto prestó oídos a los
consejos de su confesor, y aceptó tomar los velos.
Julia, huérfana también, resolvió compartir la suerte de su amiga, y como quiera que
su madre otorgó enseguida su consentimiento, ambas jóvenes fueron recibidas en los
brazos de la Santa Madre Iglesia el mismo día, y una vez pasado el noviciado hicieron a un
tiempo los votos definitivos.
Cómo fueron observados estos votos de castidad no es cosa que yo, una humilde
pulga, deba juzgar. Únicamente puedo decir que al terminar la ceremonia ambas
muchachas fueron trasladadas privadamente al seminario, en el que las aguardaban catorce
curas.
Sin darles apenas tiempo a las nuevas devotas a desvestirse, los canallas,
enfervorecidos por la perspectiva de tan preciada recompensa, se lanzaron sobre ellas, y
uno tras otro saciaron su diabólica lujuria.
Montse Fernández recibió arriba de veinte férvidas descargas en todas las posturas imaginables, y
Julia, apenas menos vigorosamente asaltada, acabó por desmayarse, exhausta por la rudeza
del trato a que se vio sometida.
La habitación estaba bien asegurada, por lo que no había que temer interrupciones, y
la sensual comunidad, reunida para honrar a las recién admitidas hermanas, disfrutó de sus
encantos a sus anchas.
También Ambrosio estaba allí, ya que hacía tiempo que se había convencido de la
imposibilidad de conservar a Montse Fernández para él solo, y a mayor abundamiento temía la
animosidad de sus cofrades
.
David Brown también formaba parte de su equipo, y su enorme miembro causaba
estragos en los juveniles encantos que atacaba.
El Superior tenía asimismo oportunidad de dar rienda suelta a sus perversos gustos, y
ni siquiera la recién desflorada y débil Julia escapó a la ordalía de sus ataques. Tuvo que
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someterse y permitir que, entre indescriptibles emociones placenteras, arrojara su viscoso
semen en sus entrañas.
Los gritos de los que se venían, la respiración entrecortada de aquellos otros que
estaban entregados al acto sensual, el chirriar y crujir del mobiliario, las apagadas voces y
las interrumpidas conversaciones de los observadores, todo tendía a dar mayor magnitud a
la monstruosidad de las libidinosas escenas, y a hacer más repulsivos los detalles de esta
batahola eclesiástica.
Obsesionada por estas ideas, y disgustada sobremanera por las proporciones de la
orgía, huí, y no me detuve hasta no haber puesto muchos kilómetros de distancia entre mi
ser y los protagonistas de esta odiosa historia, ni tampoco, desde aquel momento, acaricié
la idea de volver a entrar en relaciones de familiaridad con Montse Fernández o con Julia.
Bien sé que ellas vinieron a ser los medios normales de dar satisfacción a los
internados en el seminario. Sin duda la constante y fuerte excitación sexual que tenían que
resentir había de marchitar en poco tiempo los hermosos encantos juveniles que tanta
admiración me inspiraron. Pero, hasta donde cabe. mi tarea ha terminado, he cumplido mi
promesa y se han terminado mis primeras memorias. Y si bien no es atributo de una pulga
el moralizar, sí está en su mano escoger su propio alimento.
Hastiada de aquellas mujercitas sobre las que he disertado, hice lo que hacen tantos
otros que, no obstante no ser pulgas, tal como lo recordé a mis lectores al comenzar esta
primera narración, hacen lo mismo, chupar la sangre: emigré, con la nueva promesa a mis
lectores de un segundo volumen, en el peregrinar por escoger mi propio alimento.
lectores de un segundo volumen, en el peregrinar por escoger mi propio alimento.
... Continue»
Posted by reininblack 1 year ago  |  Categories: Group Sex, Hardcore, Voyeur  |  Views: 821  |  
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TENNESSEE 3 (La Joya Negra)

TENNESSEE 3 (La Joya Negra)






Verla subir y bajar siempre me cachondeo, en cualquier posicion que la tuviera me gustaba y lo disfrutaba, pero cuando me montaba, era lo maximo.
De esa forma sentia que no era yo quien me la cojia, ni que se dejaba cojer porque yo queria. Cuando me montaba era ella quien solita se clavaba en mi verga, porque ella asi lo queria.

Patricia era una buena niña, de buenos sentimientos, decente, una chica fuera de serie, pero cuando cojiamos se transformaba totalmente. Yo estaba seguro que con el novio no cojia y lo que es mas, cada dia sentia que terminaria con el novio por mi.

Ese mismo dia en la mañana me conto que dos años atras tuvo un novio, fue el que la desfloro. Tuvo sexo con el porque el le habia prometido que se casarian. Dice ella que solo se la cojio por la panocha, le dio una mamadilla y en cinco minutos todo se habia acabado. Por dos meses no le bajo la regla y tres pruebas de embarazo de la farmacia resultaron positivas. Cuando Patricia le conto a ese noviecillo que estaba embarazada, el muy cobarde se regreso a Peru. El infeliz era peruano e ilegal aqui en el pais y con tal de no hacerse responsable, prefirio regresarse a su pais. Patricia tomo la decision de criar al niño sola y sacarlo adelante.
En esos mismos dias, ella tuvo una caida y fue al doctor para ver como estaba su bebe. Para sorpresa de ella, nunca estuvo embarazada. La preocupacion y el estres le provocaron un embarazo mental. Despues que supo su verdad, se tranquilizo, dejo el estres y su regla se normalizo. Estuvo un año sola y luego conocio al novio actual, pero por la experiencia que tuvo con su primer novio no se dejaba cojer con el segundo.
Pero decia que a mi me sentia diferente, por eso desde el primer dia que lo hicimos no se nego. Y asi hemos mantenido ese ritmo hasta ese mismo dia por la tarde.

Patricia estaba encima de mi, clavandose ella sola mi verga en su panocha a sentones. Me encantaba verla asi porque ademas de lo que sentia en mi verga, veia sus chichotas brincar para todos lados al ritmo de la cojida.
Mientras trataba de concentrarme en el sexo, no podia dejar de pensar en la historia que me conto esa mañana y me hizo verla con otros ojos. Yo la queria en serio, como a una amiga, no la estaba usando solo para cojer, en verdad la apreciaba, pero desde ese momento me prometi que me esforzaria mas para hacerla feliz dentro y fuera de la cama, aunque tuviera su novio, al que sospechaba, cortaria tarde o temprano.

Me levante para quedar sentado y poder abrazar su cuerpo, le chupe las tetas y luego pase a su boca. El dedo del medio de mi mano derecha se lo meti en el culo, de esa forma le estaba perforando sus dos hoyitos al mismo tiempo. Patricia nunca habia sentido eso, asi que sus gemidos se hicieron mas fuertes. Tan fuertes que no nos dimos cuenta que alguien mas estaba en el departamento, tampoco nos dimos cuenta que la puerta de la recamara se abrio.

“What the fuck?”

Patricia y yo volteamos al mismo tiempo a la puerta al sonido de la voz y al mirar quien estaba ahi, Patricia volvio a voltear hacia mi y se cubrio la cara llena de vergüenza.

Era Daysia, yo le habia dado una copia de la llave para que cuando necesitara algo de mi departamento fuera a buscarlo. Asi de profunda era la confianza entre nosotros.

Daysia apenas nos vio, dijo lo que dijo, dio la media vuelta y se fue corriendo. Patricia se bajo de encima de mi, y se sento en la orilla de la cama llorando. Habia perdido a su mejor amiga.

Como pude la tranquilice y le dije que no se preocupara, que yo lo resolveria. Sabia que Daysia estaba fingiendo ese coraje, porque hasta la fecha no le habiamos dicho a Patricia la verdad de que no eramos novios.
Al fin Patricia dejo de llorar, le ayude a vestirse, nos despedimos y la acompañe hasta la puerta diciendole que no se preocupara y asegurandole que todo estaria bien. Ella me dio un beso en la boca y se fue por un lado del departamento. Yo no me meti, camine hacia el otro lado, sabia que Daysia seguia en el estacionamiento de los inquilinos de los departamentos.

Me acerque a mi carro por la puerta del lado del copiloto, abri la puerta y me meti. Solo deje pasar unos segundo de silencio.

“¿Que te pasa, Daysia?” pregunte en ingles. Ella no sabe español.

“¿Porque Carlos? ¿Porque?”

“¿Porque que?”

“¿Porque te la estabas cojiendo?”

“Porque queriamos cojer, Daysia. Cuando dos personas quieren hacerlo, lo hacen y ya. Asi es la cosa.”

“¿Y yo que?”

“Daysia, el que tu y yo nos hayamos hecho pasar por novios para hacer caer a Patricia en nuestra trampa, no quiere decir que teniamos que hacer ‘todo’ lo que hacen los novios.”

“Ya lo se. Pero tenia la esperanza que tambien quisieras cojer conmigo.”

Eso me paro en seco. La verdad nunca imagine que Daysia quisiera eso. A mi se me antojaba cojermela, estaba buenisima. Un poco mas alta que Patricia, caderas anchas, nalgona y tetas medianas. Sinceramente si habia fantaseado con cojermela, pero nunca me le insinue porque pense que me diria que no.

“¿Es porque soy negra?” rompio ella el silencio.

“¿Perdon?”

“Te pregunte que si es porque soy negra que no quieres cojer conmigo. ¿Te doy asco?”

“Por Dios, Daysia, tu sabes bien que el racismo no va conmigo.”

“Si, lo se, perdon, Carlos. Tienes razon. Perdoname.”

Daysia se solto llorando, cubrio su rostro con sus manos y apoyo su cabeza en el volante.

“Siempre sospeche que te estabas cojiendo a Patty, que no solo lo hicieron cuando sucedio lo del bikini [i](TENNESSEE [Venganza contra un novio]). Y no me m*****a, pero yo tambien quiero hacerlo contigo. Tambien soy tu amiga, pero pasas mas tiempo con ella.”

“No es mi culpa, Daysia. Siempre que te invitamos a un lado se te presentan otros asuntos o tu mama te esta llamando.”

“Es que tu no entiendes, es dificil con mi mama.”

“Tienes razon, Daysia.” Le dije seriamente. “No te entiendo. Puedo entender que quieras ayudar a tu mama y a tu hermanito, pero que tu mama quiera controlar tu vida como si fueras una niña, eso no lo puedo entender.”

Daysia se quedo callada, dejo de llorar y se limpio las lagrimas. Su mirada se perdio hacia el frente mirando a la gente que nadaba en la alberca. De pronto volteo a verme y sin avisarme se me lanzo como una devoradora a besarme. Yo, por supuesto que le correspondi el beso, y ella como una experta, hurgaba dentro de mi boca con su lengua.

“¿Me cojerias tambien a mi como lo haces con Patty?” Me pregunto al tiempo que con su mano izquierda me agarraba la verga por encima de los shorts.

“Claro que si, Daysia. Siempre que quieras y tengamos tiempo. A mi se me antoja tu cuerpo. Estas buenisima, pero no pense que tu tambien quisieras hacerlo. Ademas de que casi nunca estamos solos, y cuando lo estamos, ahi esta tu mama llamandonte.”

“¿Entonces si me cojerias si te lo pido?”

“Claro que si, pero hoy no. Ya se me hace tarde para el trabajo.”

“A mi tambien,” me dijo. “De hecho venia por mi gorra de McDonald’s porque ayer la olvide aqui y ya debo irme.”

Daysia, ahora muy contenta, me dio otro beso y se salio del carro. Yo me quede otro momento. Necesitaba digerir lo que acababa de oir.
Esa noche, Daysia y yo hablamos por telefono. Nos poniamos de acuerdo en como hacerle para cojer sin que fueramos interrumpidos por su mama.
Al dia siguiente ella trabajaria en la mañana en su trabajo de secretaria, pero en su segundo trabajo de medio tiempo en McDonald’s tenia el dia libre. Solo que no se lo diria a su mama. Yo iria a recogerla al McDonald’s despues de que su mama la fuera a dejar y creyera que la dejo trabajando.

A la tarde siguiente, le dije a Patricia que no podia verla porque estaria con Daysia. Patricia me vio con esos ojos celosos, pero ya le habia platicado lo que sucedio y tuvo que aceptar. Daniela, quien en el Strip Club llamado Jaguars se hacia llamar Kasandra, nos esperaba esa noche y le llame para decirle que no iriamos, entonces me dirigi a levantar a Daysia.

Daysia parecia una niña impaciente, desde que se subio al carro no dejaba de besarme, incluso cuando nos subimos a la Expressway, me saco la verga y me la iba jalando todo el camino.

Al llegar a mi departamento, cerramos todo. Queria que esto fuera algo especial para Daysia, asi que compre unas velas aromaticas y las deje prendidas cuando fui a recogerla. Al llegar, todo el departamento estaba impregnado con el suave aroma a cerezas, aroma favorito de Daysia.

Yo me acomode en la cama, no teniamos mucho tiempo para la hora que se supone que Daysia saldria de trabajar. Ella se dirigio al baño y yo, de dos o tres patadas me quite todo hasta quedar en boxers. Apenas me los iba a quitar pero el ruido de la puerta del baño abriendose llamo mi atencion.
La figura que vi me dejo con la boca abierta. Daysia vestia un baby doll que la hacia resaltar. Ya que Daysia es una mujer negra, hacia contraste con la tela blanca del baby doll, una tela que transparentaba y logicamente por debajo se veia la piel negra de su cuerpo. En la parte de las tetas tenia ranuras que permitia que ese par de pezones negros asomaran para afuera.

Se veia preciosa. Estaba buenisima. Sus piernas no gordas, pero llenas de carne parecian que brillaban. Me le quede viendo fijamente a los ojos. ¿Como era posible que no me habia cojido antes a este mujeron si casi iba a cumplir un año que la conocia.
Un detalle que no les habia platicado de Daysia es que sus ojos no son negros ni cafes sino borrados. Cuando uno los mira, parecen grises.

“¿Te gusta mi cuerpo?”

“¿Mi verga debajo de los boxers te dice algo?”

Bajo su mirada y vio que la cabeza de mi verga ya asomaba por la orilla del elastico apuntando hacia el techo. Algunas gotas de mi semen ya escurrian.

“Se te ve deliciosa.”

“Nada comparada contigo. Mira ese cuerpo que tienes. Estas buenisima.”

Los halagos parecian gustarle a Daysia, cada vez que se los decia, ella ponia una cara bien picara. Al contrario de Patricia, los gestos de Daysia y sus muecas la hacian parecer cada vez mas puta.

Se acerco a la cama, mas bien a mi y comenzamos a besarnos. Sus besos tenian mucha pasion. Yo me pasaba de besar sus labios a besar su cuello, sus mejillas, le daba mordidas en las orejas, mientras con mis manos recorria su cuerpo.
Me encanto pasar mis manos en sus nalgas, la parte baja del baby doll consistia en una diminuta tanga, lo que dejaba sus cachetotes traseros al descubierto. Yo podia sentir en mis manoseos que Daysia apretaba las nalgas como si fueran sensibles al toque. Despues de un rato de agasaje, Daysia me empujo y cai sentado en la cama y ella empinandose hacia el frente, saco mi verga tiesa de debajo de los boxers y empuñandola con una mano, comenzo sus movimientos hacia arriba y abajo.

Con la presion que hacia con su mano me hacia sentir que no me la estaba jalando sino que estaba cojiendo una panocha. Yo no pude mas que disfrutar de esa jalada, me deje caer de espalda mientras que Daysia seguia apretandole el pescuezo al ganso.

“Oh, Daysia, oh. Siguele asi.”

“¿Te gusta, papi?”

“Me encanta. Tu mano es magica.”

“Y espera a que sientas lo demas.”

Dicho esto, de una bocanada se metio toda mi verga hasta las profundidades de su boca, yo no estoy circuncidado y ella con solo sus labios me hacia la piel hasta atras. Me dolia, pero con su lengua reponia el dolor en placer.

“Oye, se nota que eres toda una experta mamando verga.”

“En eso si tengo mucha experiencia. Cuando era freshman en la High School cobraba $10 dollars por una mamada. De hecho tuve que dejar de hacerlo porque mi mama encontro en mi cuarto unos volantes que repartia entre mis compañeros para que se supiera y el que quisiera me contactara.”

Ahora entendia porque la mama de Daysia era asi con ella. Ella misma se habia acarreado sobre si que su mama fuera exageradamente estricta con ella. Aunque si ya era mayor de edad, no deberia seguir siendo asi con ella.
En eso estaba pensando cuando senti que Daysia queria forzar su lengua por el orificio de mi pene, me mordia la cabeza y lamia todo el palo, claro, incluia tambien chuparme los huevos.
Antes que expulsara toda mi leche, Daysia se fue lentamente montando en mi, al parecer era mi turno de tomar el control, nos besabamos al tiempo que yo le sacaba la bata del baby doll, me hubiera gustado juguetear mas con el baby doll, ya que sus pezones salian por las ranuritas de la bata para chuparselos a mi antojo, pero el tiempo era corto. Teniamos unas tres horas mas menos algunos 45 minutos de camino para regresar al McDonald’s.
La piel morena de Daysia era exitante, se sentia muy suave, nunca antes habia estado con una mujer de color. De hecho, Daysia era apenas la sexta mujer que me iba a cojer, pero nunca imagine que me llevaria una gran sorpresa.
Los pezones de Daysia era negros y muy grandes, las tetas eran medianas, en repetidas ocasiones trate de meterme una chiche entera a la boca, y era muy poco lo que me faltaba para tenerla toda adentro. Mientras chupaba, lamia y mordia sus pezones, con mis manos le apretaba las nalgas, las cuales tenia muy suaves, pero firmes.
Nuestras lenguas enroscadas buscaban mas de nuestro sabor. Nos pusimos de rodillas en la cama y lentamente fui sacandole la tanga del baby doll. Cuando la tenia a las rodillas, la fui empujando hacia atras hasta dejarla sobre su espalda.

“Wow, tienes la panocha peluda.”

“Bueno, siempre dijiste que te gustan mas peludas porque eso te hacia sentir que estabas con una mujer y no con una niña. Desde que me dijiste eso, deje de razurarme con la esperanza de estar contigo. Quiero ser para ti una mujer.”

“Y eres toda una mujer.”

Pero no sabia el secreto que esta mujer guardaba.
Le saque la tanga y la hice a un lado, mi lengua se preparaba para probar por primera vez esa panocha, por lo que podia ver, ya estaba mojada.
Mi lengua saboreaba esos labios negros, me imagino que Daysia se habia untado alguna clase de crema porque sabia a chocolate. Los labios de Daysia eran pequeños y el hoyo se veia aun mas pequeño. Pero por muy chiquita que estuviera su panocha, no se la podia perdonar. Me la comia con gusto imaginando que no seria la ultima vez que me la cojeria.

Daysia no gemia ni gritaba, solamente le escuchaba una respiracion agitada. Cuando me aseguro que la hice venir dos veces, prepare mi verga para metersela por ese hoyitos mojado.

“Metemelo despacito, papi, ya viste que la tengo bien apretada.”

“No te preocupes, mamasita. Te la metere despacio y poco a poco.”

“No, ¿sabes que? Mejor ponte de rodillas y sientate en tus piernas.”

No se porque me pidio eso, pero lo hice y Daysia se monto encima de mi. Se fue metiendo mi verga poco a poco y lentamente. Su rostro mostraba que le dolia mucho, eso en verdad me sorprendio. La panocha la tenia bien apretada y por su expresion sabia que era mas dolor que placer para ella. Al fin tenia toda mi verga dentro, pero lo apretado que lo senti, comence a pensar que en realidad se la habia metido por el culo y no por la panocha. Envolvi su cuerpo con mi brazo derecho mientras ella subia y bajaba lentamente en mi verga, por el frente se veia que la tenia en la panocha, pero lo apretado que se sentia me decia que la tenia en el culo.
Con mi mano izquierda le abri las nalgas y con los dedos de la derecha le busque el culo, si lo halle y poco a poco le fui metiendo el dedo del medio.
Aunque lo tenia apretado, no lo era tanto como Patricia, pero lo que si me sorprendio era lo apretado de la panocha. La estaba perforando por ambos lados, Daysia ya habia acelerado el ritmo en mi verga. Si seguia asi, haria que me viniera pronto.

“¿Quieres darme por detras?” me pregunto.

“Caray, ¿podria esta cojida ser mas sabrosa? Por supuesto que quiero darte por detras.”

“Bueno, deja mi gatito un ratito, y dame por el chiquito.”

La iba a acomodar de a perrito, pero no quiso.

“Mejor acuestate y yo me subo arriba de ti.”

Me parecio extraño. Asi es como me encanta cojerme a Patricia, pero con Daysia me parecio extraño. Pero como era nuestra primera vez juntos, quise darle el gusto, aunque a veces lo que me decia o pedia me parecia que no tenia sentido.

Me acoste y subiendose encima de mi se fue clavando en mi verga. Sabia que se la estaba metiendo por el culo, pero por alguna razon estaba cubriendose la panocha con su mano.

Daysia subia y bajaba en mi verga por un largo rato, sus tetas medianas no se movian tanto como las de Patricia. Poco mas y tendriamos que volver.
Con Daysia nunca supe cuando se venia porque nunca gemia, solo agitaba su respiracion. Pero por su propia admision ya llevaba como tres orgasmos a parte de los dos que le di cuando le mamaba la panocha.

Yo quise jugar otro rato con su panocha, mamarsela y meterle unos dedos, asi que cuando Daysia me dijo que se habia venido una vez mas, la tome de la cintura para levantarla.

“Ahora si, deja comertela otro rato.” Le dije.

“No, mira, mejor deja te chupo la verga, hay algo que siempre quise hacer y quiero probar contigo.”

La actitud de Daysia me desconcertaba, pero no quise entrar en discusion, asi que nuevamente accedi a sus deseos. Me quede acostado boca arriba mirando al techo dispuesto a disfrutar de esta nueva mamada que me dijo queria probar en mi. Primero que nada, senti que con la bata del baby doll me limpio la verga, no le pregunte porque pero supuse que no le gusta probar su propio sabor y entonces senti su lengua envolviendo la cabeza de mi verga.

Deje a Daysia hacer lo que mejor le parecia y aprovechandose de eso, en una bocanada se metio uno de mis huevos, luego el otro y finalmente los dos juntos. Nunca me habian hecho sentir eso, ni siquiera la experta Daniela/Kasandra la primera vez que nos conocimos (TENNESSEE 2 [Strip Club]), me di cuenta que Daysia tenia mucha experiencia pero inexplicablemente le faltaba experiencia tambien.
Podia sentir que para mamar verga se pintaba sola, pero para cojer, parecia que no sabia lo que hacia.
Entonces Daysia hizo algo que me llevo a niveles extremos, algo que nunca pense sentir y por supuesto, que nunca pense en dejar que me hicieran.

Me paso la lengua por el culo.

No puedo explicar lo que senti, aparte del placer, extasis y sorpresa. Levante la cabeza para mirarla, su rostro metido entre mis piernas, me devolvio la mirada y con sus ojos grises me decia que no iba a parar, que ni siquiera lo pensara.
Tuve que rendirme a ese placer, no podia hacer nada, solo disfrutarlo y sinceramente... si que lo estaba disfutando.

Una sonrisa se me escapo cuando recorde la forma en que me dijo que habia algo que siempre quiso hacer y queria probar conmigo. Al principio pense que se trataba de una garganta profunda. Aunque no tengo la verga grande, ninguna de las mujeres con las que habia estado se habia metido toda mi verga a la boca. Pense que no conoceria niveles mas altos de placer, Daysia me habia hecho llegar al epitome del placer. No podia, no puedo y nunca podre negar que su lengua en mi culo me volvio loco. Era una situacion enormemente placentera, no podia haber algo mejor.
Pero Daysia volvio a sacarme de mis pensamientos. Dejo de lamerme el culo y se volvio a meter mi verga a la boca y en el momento menos esperado, sin ensalivarse el dedo, me lo metio hasta el fondo en el culo.
Ahora bien, aunque eso NO ME GUSTA, me hizo sentir la verga muy diferente, sus mamadas eran mas fuertes, el placer mas intenso, era como si chupara al tiempo que succionaba para sacarme todo lo que hubiera adentro y en espacio de escasos dos minutos me hizo descargar toda mi furia en su cara. Nunca antes habia expulsado tanto esperma como ese dia. La cara de Daysia ya no era totalmente negra. La mayor parte de la cara estaba cubierta por ese liquido blanco, espeso y pegajoso.

En verdad que Daysia era toda una joya.

Una joya negra.

Daysia aun no se limpiaba la cara, se volvio a meter mi verga a la boca para dejarmela limpia. Su dedo ya lo habia sacado de mi culo y esa venida me habia hecho hasta sudar.

Para limpiarme el sudor de la cara, estire mi mano para alcanzar la bata blanca del baby doll y secarme con ella. Daysia no se dio cuenta de ese movimiento porque seguia, con su boca, limpiando mi verga.
Cuando acerque la bata a mi cara, mire lo que Daysia tanto trataba de ocultar.
Sin avisarle y con movimientos bruscos, me safe de debajo de Daysia y forzandola la tumbe de espalda sobre la cama. Con mi mano izquierda la sostenia del pecho acostada y con la derecha y con mis piernas abria las piernas de Daysia. Ella luchaba para que no lo hiciera, pero mi fuerza fue aun mayor que la de ella. Por su color no se distinguia bien, pero si pude descubrir lo que me imagine y aun para estas mas seguro, le pase la mano por su panocha y la mancha quedo en mis dedos.
Daysia solo cubrio su cara con sus manos y comenzo a llorar.

"¿Eras... virgen?"

Daysia no dijo nada, seguia sollozando, la queria mucho y a pesar de todo me dolia verla llorar, pero aun no me podia calmar por lo que acababa de descubrir.

"CHIN-GA-DO. ¿Porque no me lo dijiste antes?"

"Porque sabia que si te lo decia no me ibas a querer cojer..."

"PERO POR SUPUESTO QUE NO LO HUBIERA HECHO..." interrumpi con un grito. Luego suavizando la voz. "Al menos no asi, Daysia. ¿Te das cuenta de lo que me acabas de hacer?"

"¿Que diferencia habria si lo supieras o no si como quiera me la ibas a meter?"

Mire a Daysia directamente a los ojos. En verdad esta mujer no sabia la diferencia. Al parecer ella nunca habia soñado con una noche romantica, llena de pasion, pero sobre todo... AMOR.

"Vistete," le dije. "Se nos hace tarde y debo irte a dejar antes que tu mama vaya por ti."

"Ok."

Se volvio a meter al baño, escuche el agua correr y yo me vesti sin asearme pensando en lo sucedido.
Ya en el carro, reinaba el silencio hasta que Daysia ya no lo soporto.

"Ya nunca mas me vas a volver a hablar, ¿verdad?" Me dijo en voz baja.

"Daysia, ¿nunca soñaste con una velada romantica? ¿Que tu primera vez fuera algo especial?"

"Para mi fue especial."

"No, Daysia. No lo fue. Te coji, te hice mi puta. Eso esta muy lejos de ser especial. ¿Sabes la diferencia entre cojer y hacer el amor?"

“Yo quiero ser tu puta”

No podia creer lo que me estaba escuchando decir, el antiguo Carlos, el que amaba a una sola mujer con toda el alma, el decente, serio, amoroso, ese Carlos estaba resurgiendo de las cenizas como el fenix. Al parecer aun habia un codigo de honor en mi cinico corazon.

En el camino fui explicandole a Daysia la diferencia entre hacer el amor y solo cojer. Me sentia mal por la forma en que sucedieron las cosas. Si otra fuera la situacion, con orgullo hubiera proclamado que desde ese dia en adelante convertiria a Daysia en mi puta como lo hice con Patricia y Daniela/Kasandra, pero no era el caso.
Lo que no podia entender es como una mujer tan experta en temas del sexo halla resultado tan inexperta e ignorante en asuntos de sueños y deseos. Quiza su mama era tan dura que lo unico que Daysia buscaba era atencion, no importaba como se la dieran, siempre y cuando le dieran atencion.

Al llegar a McDonald's miramos a todos lados, cuando ya estuvimos seguros que la mama de Daysia aun no llegaba, ella se bajo.

"Carlos, ¿me puedes perdonar por el mal rato que te hice pasar?"

“No fue mal rato, Daysia. Solo deseo que me hubieras dicho la verdad antes." Con una sonrisa. "Te hubiera preparado algo especial."

Al llegar a mi departamento, lo primero que vi fue el baby doll de Daysia, no se si lo olvido o lo dejo intencionalmente. La mancha de sangre no era grande, solo que me toco la suerte que me iba a limpiar la cara con esa parte.

El tiempo siguio su marcha, por supuesto que despues le regale a Daysia una noche como lo sueña toda mujer, y al fin comprendio la diferencia entre hacer el amor y solo cojer. En efecto, tambien a ella la hice mi puta. Solo que a Daysia no me la cojia tan seguido como a Patricia y a Daniela/Kasandra, a causa de su mama.

Entonces llego Octubre del 2011, mi cumpleaños, y en mi departamento se habian reunido Patricia, quien se convirtio en mi amante principal. Daysia y yo decidimos decirle la verdad de que no eramos novios, pero no le dijimos sobre la trampa del bikini. Despues Patricia termino con su novio, pero ella y yo nunca comenzamos una relacion formal. Saber que Daysia no era mi novia, eso la motivo a postularse como mi mujer principal, la primera de las tres.

En mi departamento estaba tambien Daniela/Kasandra y sus tres hermanas, Aracely, Damaris y Darcy, que por cierto, esa misma mañana me habia cojido a Aracely, segun ella como regalo de cumpleaños, debo admitirlo, tambien ella fue una muy buena cojida.

Se encontraba tambien reunido en el departamento Manuel, el unico amigo que pude hacer en Tennessee y su hermosa esposa Nora, ella estaba buenisima, pero nunca, ni siquiera en mis mas locos sueños podria imaginar cojermela. Ademas de que en ese momento tenia seis o siete meses de embarazo de su segunda niña.

Las cuatro hermanas querian bailarme, pero yo les habia advertido antes que no lo hicieran, por lo menos hasta que Manuel y Nora se fueran. Si Nora se llegara a enterar que las cuatro hermanas eran strippers, Manuel tendria problemas porque para Nora, las cuatro hondureñas tambien eran conocidas de Manuel, pero ella no se imaginaba donde las habiamos conocido.

Patricia todo el tiempo se la paso sentada mi lado agarrada de mi brazo como mostrandole a todo el mundo que ella era la dueña y señora de... pues de mi. Eso no me m*****o ni me incomodo, antes bien me sentia a gusto de que todos pensaran que era mi novia, aunque nosotros sabiamos la verdad.

Se lo que estan pensando. Falta alguien en la fiesta.

Todos estabamos en la sala de mi departamento teniendo conversaciones divertidas, a veces un poquito subidas de tono. Incluso Nora participo en la conversacion. aunque eso se me hizo raro porque Nora es muy seria, muy reservada, pero ya ven lo que dicen por ahi: "Las serias son las mas peligrosas".

Entonces el timbre sono y siendo que Daniela/Kasandra era quien estaba mas cerca a la puerta, ella abrio.

Alli estaba parada, con una caja mediana en sus manos envuelta con papel de regalo.
Ella y Daniela/Kasandra se miraron muy desafiantes. Nunca se habian visto.

"¿Y tu quien eres?" pregunto Daniela/Kasandra con cierta frialdad.

"Daysia."... Continue»
Posted by Irakundomania 2 years ago  |  Categories: Anal, First Time, Interracial Sex  |  Views: 472  |  
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Con mi suegra otra vez ( relato II )

Con mi suegra otra vez (relato II)

En mi relato anterior conté como llegamos a la primera relación sexual con mi suegra Cecilia. Luego de ese encuentro hubo algunos más, los que relataré en sucesivas entregas.
Recordaré que ella era una bella mujer, viuda de 62 años excelentemente bien llevados, con un físico que daba envidia a muchas mujeres y mayormente a las de su edad. Era una mujer bien parecida, de unos ojos celestes cielo y con pocas señales en su cuerpo que delatara a una mujer de esa edad, más allá de una pancita incipiente que no alteraba sincronía de un cuerpo apetecible.
La primera experiencia había resultado absolutamente satisfactoria y habíamos quedado convencidos en repetir la experiencia. En esa oportunidad ella había vuelto a experimentar sensaciones que creía olvidadas e irrepetibles, en tanto que de mi parte, el morbo de coger a mi suegra, me despertaba una calentura como hacía mucho tiempo no experimentaba.
Demás está decir que dada la relación familiar nos vimos con frecuencia después de aquel primer encuentro sexual. En todas ellas conservamos el recato y tratamos de no hacer relucir el deseo que continuaba latente. Sin embargo en ocasiones que quedamos solos conversamos sobre el tema de nuestra relación. Ella me contó que desde hacía como seis años que no tenía sexo, y que además las relaciones de ese tipo con su esposo cuando vivía, habían sido muy convencionales, es decir que no había juegos previos y todo se reducía a unos besos, un poco de toqueteo en los órganos genitales y en seguida la penetración. Más de una vez se había quedado sin llegar al orgasmo. Parece que esa situación era muy común en matrimonios de cierta edad donde la templanza podía más que la pasión.
Ahora voy a contarles como pudimos volver a encontrarnos para repetir nuestros juegos sexuales.
Una mañana mi esposa recibe un llamado de su madre, pidiendo mi presencia para ver unas cuentas que le habían llegado por un impuesto pagado fuera de término, pues quería ver cómo resolverlo.
A mi llamó la atención el motivo que anunciaba, pero marché presuroso a verla en su departamento de camino al trabajo. Llevaba la secreta esperanza de que se tratara de una estratagema para encontrarnos a solas.
En el camino manejando, iba recordando la primera vez que pude ver a mi suegra desnuda por unos minutos. Fue en mi casa al poco tiempo de casarme. Ella se había quedado a dormir, y cuando se estaba bañando se abrió la puerta del baño y quedó expuesta a mi vista en su desnudez a pleno. Si bien ella no se había dado cuenta pues estaba enjabonándose con los ojos cerrados, no pude detenerme mucho tiempo por temor a que me descubrieran fisgando. En otra oportunidad, en su departamento, tuve que ir al baño y allí encontré caídas las bragas que se había cambiado. Las llevé a mi cara y mi nariz se sumergió en ellas para tomar contacto con los olores de sus jugos vaginales que me embriagaron de deseo. En esa oportunidad me excité tanto que no abandoné el baño sino después de hacerme una bruta paja oliendo las bragas de mi suegra y mojándolas con mi esperma.
Cecilia me recibió con una vestimenta digna de una estrella de cine. Lucía una bata color negro entreabierta que dejaba ver un corpiño, bragas, portaligas y medias del mismo color. Había acusado recibo de un comentario que le hice la vez anterior en el sentido que la ropa interior negra me excita sobremanera y me predispone muy bien para el amor. Realmente me impactó esa vestimenta y me calenté mucho más.
No bien cerró la puerta del departamento me empujó hacia una pared y me estampó un tremendo beso de lengua que duró un par de minutos mientras nos abrazamos fuertemente. Cuando logré zafar de ese beso la tomé de la mano y la llevé hacia el living.
Me senté en una silla mientras ella se mantenía de pie a mi lado. En esa posición comencé a acariciarla. Primero su cara, luego su pecho amasando ese par de tetas que me fascinaban. Lentamente mis manos bajaron y se deslizaron por sus piernas para detenerse en el vértice deseado. Jugué con su vello púbico haciéndole rulos. Deslicé un par de dedos en su raja que ya estaba mojada de sus jugos. La abrace fuerte y besé apasionadamente sus senos, pecho, abdomen y su almeja, mientras mis manos se aferraban con fuerza a su culo y deslizaba un par de dedos por su raja posterior. Entre suspiros, Ceci me tomaba de la cabeza dándome besos en ella y diciéndome lo bien que se sentía.
En un paréntesis la miré a los ojos y le pregunté
…Supongo que lo del impuesto era una excusa para volver a vernos a solas, no? Por lo que veo no hubo reproches de conciencia…
… Un poco si, para que lo voy a negar, pero la sesión de sexo que tuvimos días pasado fue tan extraordinariamente buena, que el placer experimentado superó todo el remordimiento que pudiera haber sentido. No te imaginas lo que es volver a sentirse sexualmente completa. A mi edad yo pensaba que esas vivencias ya no las podían volver a sentir. Además me hiciste hacer cosas que nunca pensé que las haría. No veía el momento de poder volver a repetir esos momentos. Para eso inventé eso del impuesto. Quería que vinieras lo más rápido posible para que volvieras a hacerme feliz otra vez, lo harás, no? …
…Por supuesto Ceci. Y te garanto que la volveremos a pasar tan bien como aquella vez. Solo con verte como estas vestida has despertado mis pasiones más locas…
… No se hable más y pasemos a los hechos para aprovechar la mañana...
De inmediato nos fuimos a la cama. El deseo no podía esperar más, me tomó de la mano y nos metimos en la habitación, no sin antes tomar la precaución de dejar la puerta de entrada trabada.
Esta vez no hubo tanto recato y cortina bajas como había acontecido la vez anterior. Todo transcurrió a la luz del día, lo cual era lo que más me apetecía porque siempre me gustó ver la desnudez femenina en todo su esplendor.
Rápidamente me puse a la tarea poniéndola desnuda. Una de las cosas que más me excita es desnudarla sacándole las prendas muy lentamente y al mismo tiempo besar y pasar mi lengua prolijamente por todas las partes descubiertas. Quité su bata besando sus brazos, torso y piernas. Ceci me respondía con ronroneos como una gata mimosa. Llegó el turno del corpiño que liberó ante mis ojos su par de tetas que ya mostraban los pezones duros por la calentura. Atrapé cada una de esas tetas con mis manos y comencé a darle masajes circulares estrujándolas a cada momento a la vez que susurraba en su oído palabras procaces que parecía excitarla aun más. Luego llegó el turno de los pezones. Estaban duros como piedras, así que empecé rozándolos suavemente con mis dedos para terminar con ligeros pellizcos, y acabar metiéndolos en mi boca para chuparlos y morderlos. Ceci ya estaba en la gloria.
Luego bajé mis manos y muy despacio empecé a deslizar sus bragas hacia sus pies. Cuando estaba totalmente desnuda comencé a acariciarla suave y despacio, besar su cara y cuello. Ceci tenía una híper sensibilidad en el cuello y orejas así que fue hurgar y lamer esas zonas para que empezara a excitarse sobremanera dejando escapar los consabidos suspiros y quejidos. Rápidamente empecé a buscar con mi mano la entrepierna para jugar con su vello púbico y a frotar suave pero rápidamente su vagina, sin llegar a introducirle mis dedos. Eso lo dejaba para más adelante. En cierto momento detuve mis caricias para anunciarle
… Esta vez será algo distinto porque ya superamos muchas barreras, entre ellas la de la primera vez, en donde todo fue dejar librado a nuestros instintos la pasión contenida de tus años de abstinencia y mi loca sorpresa de coger a mi suegra. Hoy debemos darle al encuentro un toque de erotismo y desenfado así que te voy a pedir que te levantes y te pasees ante mí desnuda así puedo apreciar tu cuerpo desnudo en toda su dimensión a la luz del día…
…Te parece? Te va gustar? Tengo algo de vergüenza.
… Sin duda, si no, no te lo pediría…
Comenzó a moverse de un lado a otro. Yo la guiaba con una de mis manos, mientras que con la otra le acariciaba el culo, las tetas y la conchita cada vez que pasaba. En uno de esos movimientos la hice sentar en mis rodillas y dándole besos la empecé a franelear más intensamente. Mis manos buscaron su vértice piloso y comencé a pasarle mis dedos por su raja en el clásico movimiento vertical, deteniéndome cada tanto en su clítoris para rozarlo, apretarlo y pellizcarlo. De a poco fui introduciendo mis dedos en su cueva a modo de una verga acariciando sus genitales por dentro. Mis dedos se regaron con sus jugos. Así mojados se los puse dentro de su boca para que los saboreara, intuí que era la primera vez que los probaba por la cara que puso. Mientras tanto su respiración comenzó a acelerarse y su boca dejaba escapar gemidos de placer. De a uno fueron sucediéndose varios orgasmos que la ponían tensa y temblorosa a la vez.
Cuando me detuve un instante Ceci aprovechó para tomar la iniciativa. Se dejó caer de mis rodillas y agachada, tomó mi herramienta con sus manos y se detuvo unos momentos observándola de la cabeza al tronco y descapullándola después. Parecía que estaba reconociendo el terreno porque de inmediato se llevó mi poronga a la boca para darme una mamada tan buena como la anterior. Está vez jugó con su lengua en el glande dándole lamidas y metiendo la punta de la misma dentro del conducto urinario dándome un goce difícil de describir. La detuve a tiempo porque estaba a punto de correrme.
Me puse de pié y aprovechando que estaba arrodillada comencé a pasarle una y otra vez mi verga por todo su rostro, pringándola con mis jugos pre seminales. Me agaché poniendo mi pecho a su espalda para tomarla de sus senos y exprimirlos con una mano, mientras la otra volvió a la almeja para seguir acariciándola.
Ya estábamos listos para la cama, suspendimos el diálogo y continuamos ahora si con la acción. De a poco Ceci se fue bajando hacia mi entrepierna y tomando mi pene se lo introdujo de una vez en su boca empezando a darme lengua y mas lengua, mientras que su mano comenzó el sube y baja de una bonita paja. Cada tanto me mordía suavemente produciéndome un suave shock eléctrico que me estremecía. Así estuvo varios minutos dándome placer hasta que tuve que pedirle que parara, y la invité a hacer un sesenta y nueve.
Entonces empecé a darle una mamada a su vagina con todas mis ganas. Chupar conchas siempre fue mi fuerte. Por supuesto que ante ese embate Ceci detuvo su mamada y se dejó estar para recibir su cuota de placer. Mi lengua trabajó a destajo yendo y viniendo por el conducto vaginal, introduciéndose y mordiendo. Así estuve largos minutos. Nuevamente los gemidos cada vez más profundos y el pedido de que no parara. Me di cuenta que estaba llegando nuevamente a un orgasmo y me detuve para decirle
… Ceci querida, sería muy bueno que los dos llegáramos a acabar al mismo tiempo, te garantizo que puede ser otra experiencia maravillosa que no has tenido hasta ahora, dame esa oportunidad. Vamos sincronizando las mutuas mamadas y anunciando cuando estamos próximos al orgasmo. Recuerda que voy a acabar en tu boca y vos en la mía. Ambas nos vamos a tragar los líquidos del otro y chupar hasta que no quede ni una gota, de acuerdo?...
… Lo que vos digas está bien. Sigamos que estoy recontra caliente y quiero sentir nuevamente las sensaciones de un orgasmo…
Y la acción siguió. Cada uno poniendo su mejor empeño en la tarea dándonos a full. Cuando yo empecé a ver que ella se ponía tensa, a la vez que a mí me empezaban los cosquilleos previos a la eyaculación, le dije
… Ceci, creo que me estoy por venir, a vos te falta mucho?...
… No Papi, estoy llegando al cielo y pronto. Muérdeme el clítoris un poquito que yo también me vengo…
… Por supuesto mamita, ahí va…
… Ay, ay, ay, esto es una locura, siento que estoy yendo. Dame más que ya acabo…
Y pasó lo que tanto chupar y chupar cada uno lo suyo había provocado. Una explosión de placer que nos hizo temblar y convulsionarnos al mismo tiempo, mientras su boca se llenaba de esperma y la mía de sus jugos vaginales. Ceci casi se ahoga cuando recibió el chorro porque en ese momento tenía la pija muy adentro de su boca, pero resolvió muy bien la situación empezando a tragar mi semen y a degustarlo. Cuando se dio cuenta que no salía más líquido de mi miembro, golosamente limpió lo que quedaba chupando los restos, al tiempo que me decía
… No está mal, es sabroso. Es salado y con sabor agradable. Tenías razón cuando me dijiste que me voy a volver adicta…
… Yo sabía que te iba a gustar. Es algo distinto a todo lo que has probado. Ese gusto no lo vas a encontrar en ningún lado salvo que sea con otro hombre…
… Con el tuyo me basta y sobra. Pero ahora relajémonos un poco porque seguramente habrá más, no? No me vas a dejar con las ganas de sentir ese pedazo en mi conchita, por favor…
… Por supuesto que habrá más, pero mi instrumento y mis testículos necesitan un rato para reponerse. Estás de acuerdo?...
… Lo que tú digas…
Y nos recostamos de espaldas uno al lado del otro. Para no dejar caer la temperatura comencé con mi mano a acariciar los vellos de su triángulo, haciendo rulos. Despacio me fui dando vuelta hacia ella y con la otra mano a tocarle los pezones pellizcándolos suavemente, los que rápidamente reaccionaron poniéndose duros. Fue en ese momento que comencé a chuparlos mientras que con la mano apretaba las tetas con fuerza. A todo esto, la otra mano seguía con los pendejos pero cada tanto introducía un dedo en la cueva y pellizcaba el clítoris. Con estos movimientos al unísono logré que Ceci empezara a ponerse a mil y apelara a mi pedazo acariciándolo. En seguida empezó un ligero masaje y como el flaco no reaccionaba todavía le dije
… Dame un poco más de tiempo para ponerme a tono. Pero si tal vez te lo pones en la boca y lo chupas un poco, sienta deseos de volver a la vida…
Lo hizo de inmediato. Tomo el fláccido pene con una mano y se lo llevó a la boca empezando a chupar con mucha suavidad. Con la otra mano me acariciaba los testículos. Esas maniobras dieron su fruto al cabo de unos minutos y mi poronga empezó a tomar vigor. Cuando me sentí duro nuevamente me liberé de su chupada y empecé un franeleo con mayor intensidad. Mi boca volvió a buscar sus esplendidas tetas y a succionar sus pezones, mientras que con mis manos nuevamente apretaba sus redondeces estrujándolas casi con desesperación.
Ceci también tomo iniciativa, me agarró el palo y volvió a pajearme, demostrando que ya había recuperado sus conocimientos juveniles. Fue ese momento que le propuse irnos a un sillón del comedor para practicar otra pose. Me senté y le pedí que se sentara sobre mi pija, rápidamente se dejó caer hasta que se la metió con decisión hasta el fondo de su concha. Se escuchó un fuerte gemido dándole la bienvenida. Ella entendió el juego rápidamente, y una vez que hubo recibido bien el tronco en todo sus interior, inició un sube y baja que nos daba mucho placer. Ya próximo al orgasmo, le pedí que se detuviera, para cambiar de posición. Se dio vuelta y quedamos enfrentados pero siempre con mi falo penetrando en su totalidad la cueva del placer. Fue allí que le dije.
… Suegrita, seguí cabalgándome pero ten cuidado que en cualquier momento me vengo…
… Yo también estoy casi a punto de caramelo, pero estoy gozando tanto con el pedazo bien adentro que quisiera demorarlo un poco, me dejas?...
… Por supuesto. Yo también estoy gozándote como si fueras una puta profesional, lo bien que lo estás haciendo…
… Ay no me digas así que no me gusta. No me compares con una puta…
… Lo que pasa es que lo vienes haciendo tan bien que parece que lo hubieras hecho siempre así?…
Interrumpimos el diálogo porque el goce era tanto, que no había lugar para palabras. Solo suspiros, gemidos, gritos y respiración muy profunda preanunciando el orgasmo que se avecinaba. Nuevamente tuvimos la suerte de coincidir con el momento crucial. Y allí se fue mi segundo polvo dentro de la veterana vagina de mi suegra entre sus gemidos de placer. Luego lo de siempre, silencio por unos minutos hasta que recuperamos el habla. Fue ella la que empezó.
… Realmente estás gozando conmigo o lo haces de puro antojo de cogerte a tu suegra? Me dijeron que todos los hombres tienen esa fantasía tarde o temprano. Dime la verdad porque no me gustaría que solo fuera un capricho…
.. Creo que ya te lo dije. Si bien es cierto que la fantasía con la suegra siempre está, contigo fue un deseo desde primer día que te conocí. Desde ese momento me gustaste y sabía que llegaría el momento en que el deseo se iba a convertir en realidad. Tardamos un poco, pero valió la pena, no? Y tú qué me dices?...
… Gracias por decirme eso. Has hecho que este momento de sexo y lujuria también sea completo. Y que te puedo decir? Que he gozado como una loca chupando esa verga dura y parada y bebiendo la leche que me diste. Que sentir ese pedazo dentro de mi cueva fue una sensación de maravilla. Por momentos deseaba que no tuvieras que parar y seguir así todo el día. En fin, un goce absoluto que espero no acabe aquí. Seguirás viniendo?...
…S i tú me dejas, ya lo creo. Espero que no vuelva a pasar mucho tiempo para que tengamos otra oportunidad. Recuerda que aun tenemos muchos juegos por realizar, y estoy seguro que te van a gustar…
Luego de un rato en el cual nos quedamos pensando. No sé qué pensaba ella. Yo empecé a recordar el día que la conocí y cuando me dije en ese momento, yo me voy a coger a esta mujer. Aclaro que siempre, desde muchacho me gustaron las mujeres mayores que yo.
Nos levantamos, nos vestimos, volvimos a darnos unos chupones de lengua para luego despedirnos.
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Posted by pepitito 4 years ago  |  Categories: Mature  |  Views: 864  |  
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La profesora de ingles y mi suegra ( Parte II )

La Profesora de Ingles

La profesora de inglés


Yo tenía entonces 15 años y estudiaba por la mañana. Era un buen alumno y mis padres querían que yo profundizara el idioma inglés porque razonaban, y la vida les dio razón, que me iba a ser de utilidad para mi futuro. Decidieron mandarme a reforzar las clases del colegio con una profesora particular que vivía a dos cuadras de casa.

Yendo al colegio por la mañana, me quedaba la tarde libre, así que a las 15 horas iba donde la profesora. Esta era una señora de origen inglés aunque nacida en el país y hablaba muy bien el idioma sajón. A la hora de las lecciones tenía un solo alumno, yo.

Esta mujer, Mrs. Alice era casada y no había tenido hijos. Su marido trabajaba jornada completa y volvía a casa por la noche. Con las clases de inglés reforzaba el presupuesto familiar y matizaba su tiempo libre. Alice era una mujer alta, calculo un metro setenta y cinco, delgada y con unas tetas tamaño 100, que yo gustosamente miraba cuando ella se agachaba.

Debo decir que para esa época yo era virgen sexualmente. Todo el sexo que yo practicaba eran unas pajas que me hacía mirando mujeres desnudas o con ropa interior en algunas revistas que circulaban entre los muchachos de mi edad. Nunca había visto a una mujer desnuda, ni siquiera a mi madre. Esa era la razón de mis desvelos por mirarle las tetas a Mrs. Alice y no ponía cuidado en ello. Demás está decir que ella se daba cuenta y según supe entender con el tiempo, se calentaba tanto como yo. Así estábamos lecciones va y viene, cuando un día llego y me la encuentro con una camisa muy escotada que dejaba casi a la intemperie sus senos.

Como es de imaginar, yo no atendía la lección y estaba embobado mirando sus pechos. Obviamente la profesora se daba cuenta de mis miradas, pero eso parecía que le gustaba y mucho. Supongo que su libido fue creciendo hasta que no pudo más y me dijo con voz muy zalamera

- Te gustan mis pechos? Digo porque no haces más que mirarlos. Realmente te apetecen? –

Como te imaginaras, le decía a mi suegra, yo me quedé totalmente cortado sin saber que responder. Había sido pillado in fraganti. Respondí entrecortadamente

- Si señora me gustan y mucho, y disculpe usted pero es que son tan bellos que no me resistía a dejar de mirarlos. Sabe, nunca los había tenido tan cerca mío –

- Vaya muchacho y que dirías si te digo que a mí me gustan que me los miren, serías capaz de hacerlo y guardar el secreto entre nosotros dos. Me gustan que me los miren y que me los toquen y besen. Si me prometes que esto queda entre nosotros dos, te dejo verlos? –

- Si Mrs. Alice, dije entre asombrado y ansioso. Seré una tumba.-

Y uniendo la acción a la palabra, se desprendió la camisa y quedaron sus tetas al aire sujetadas por un corpiño que le iba ajustadísimo. Con la mirada me invitó a que le desabrochara la prenda y así quedaron totalmente expuestos a mi atónita mirada y mis deseos, un par de limones carnosos que yo devoraba con la mirada.

- Anda ven, tómalos entre tus manos y juega con ellos. Me gusta que me los expriman y me pellizquen este botoncito que está en la punta que se llama pezón. Anímate que no te voy a regañar. –

Antes que Alice repitiera el envite estaba yo con una teta en cada mano masajeando y pellizcando sus pezones mientras Alice echaba su cabeza hacia atrás y dejaba oír sus primeros suspiros. Instintivamente y sin recibir ninguna indicación, me lancé a tratar de metérmelos en la boca, cosa imposible por su tamaño, tal que solo me quedó la alternativa de chupar y chupar en medio de los jadeos de mi profesora. No recuerdo cuanto tiempo estuve en esa acción, solo recuerdo que Alice me dijo en algún momento de mi festín que éste había terminado y debíamos continuar con las clases, al tiempo que me recordó nuestro pacto de silencio. Recuerdo que su rostro estaba rojo y sus labios marcado por sus dientes. Calculo, que habría tenido un orgasmo por lo encendida que estaba.

Yo la miré sin saber que decir, pero como era ella la que mandaba la batuta, me retraje y traté con mucho esfuerzo continuar con mi clase. Recuerdo que me quedé con una erección brutal y me dolían los testículos.

Las clases se sucedieron sin que se repitiera aquella sesión de mamada y parecía que había sido cosa para olvidar. Desde ya que yo respeté mi pacto de silencio, pero esperaba novedades al respecto. Y estas llegaron para mi felicidad.

Terminada una de las clases Alice me dijo que les avisara a mis padres que la próxima iba a ser de dos horas largas porque debíamos repasar muchas lecciones. Recuerdo que fue un día jueves que llegué a su casa. Me abrió la puerta y me recibió con un vestido casi trasparente que dejaba ver que no tenia corpiño y solo llevaba un calzón. Mi corazón dio un vuelco y que quedé de una pieza.

- Entra muchacho no te hagas rogar que hoy vas a tener las mejores lecciones de tu corta vida. Creías que me había olvidado de aquella tarde que me diste tanto gusto sorbiéndome mis pechos? Pues no. Esta tarde no solo tendremos pechos para tu gusto sino otros manjares, porque yo también pretendo lo mío. –

- Usted dirá señora que debo hacer yo. - Dije tartamudeando.

- Pues ya te estás quitando la ropa y vienes para el dormitorio que voy a enseñarte a hacer el amor. Porque según me ha parecido nunca has debutado en las lides del sexo.-

Más pronto que corriendo me quité mis prendas, que no eran muchas y quedé como mi madre me trajo al mundo. Alice se desbrochó el vestido y lo dejó caer al suelo quedando solo con sus bragas. Me pidió que se las quitara lentamente y así fue que por primera vez en mi vida vi un coño. Qué espectáculo madre mía! Se me presentó pleno de vellos púbicos tal como yo había visto en fotos, solo que éste lo tenía frente a mí. Quedé fascinado mirándolo y sin saber que hacer hasta que Alice me llamó a la realidad invitándome a ir a la cama.

Lo que vino después fue algo que aún hoy guardo celosamente en mi memoria, no solo porque fue mi primera vez sino por la dulzura y esmero que puso esa mujer para iniciarme. Desde ya que ella también estaría gozando al desvirgar a un muchacho de 15 años, pero lo hizo de una manera magistral. Acostada al lado mío primero me pidió que repitiera mis juegos con sus pechos tal como la vez anterior. Alentado con la propuesta me di a la tarea besando, lamiendo, chupando y mordiendo cada una de esas tetas que para mí eran lo máximo. Me prendí de sus pezones chupándolos como un bebé con el eco de los gemidos de Alice. Hoy, después de tanto tiempo transcurrido, todavía me emociono con el recuerdo.

Así estuve largos rato chupando y lamiendo esas tetas deseadas, hasta que ella me detuvo y empezó a acariciar todo mi cuerpo. Comenzó dándome unos besos de lengua que me sorprendieron aunque respondí con lo mío. Luego siguió con besos y caricias por todo mi pecho lamiendo y mordiéndome las tetillas, para bajar lentamente a mi zona genital y tomar mi pene con su mano acariciándolo suavemente. Se deslizó hacia abajo y colocó mi verga dura como un garrote, próxima a su boca.

Puso toda su experiencia al servicio de mi causa. Descapulló mi pene muy despacio y posó su lengua sobre el glande, para luego lamerlo repetidas veces. Siguió su tarea sorbiendo y chupando mi aparato viril con una suavidad y delicadeza que aun hoy me asombra. Su lengua recorría toda la extensión de mi miembro repetidas veces como sorbiendo un helado. Luego introdujo el ariete en su boca para chupar y lamer una y otra vez hasta que como ya te imaginarás empecé a sentir las sensaciones previas a una corrida, de la cual avisé pero Alice parecía poseída y no cesaba con su servicio. Intenté contenerme pero el goce pudo más y en medio de violentas convulsiones descargué en su boca todo el semen que creía tener, y que Alice recibió encantada sorbiéndolo y tragándolo. Como no cesaba de chupar esa corrida resultó interminable y así quedé derretido en la cama, eso sí, con mi pene totalmente limpio porque la profesora se ocupó de no dejar ni una sola gota.

- Te gustó mi amor?- Me dijo con una voz tan tierna que aún hoy resuena en mis oídos.

- No sabe cuánto me hizo gozar. Es mi primera vez y eso estuvo fabuloso, la verdad es que no tenía la menor idea de lo mucho que se puede gozar con una mujer. –

- Ahora descansemos un poco que la lección aun no termina. Hay mucho más que tienes que aprender, porque me imagino que todavía quiere más, no? –

- Claro que quiero, si lo que viene es tan bueno como lo que hicimos, créame que lo voy a disfrutar mucho. –

Creo que el respiro no habrá durado ni diez minutos y ya me sentía otra vez en plenitud. Así lo demostraba mi picha que estaba enhiesta como hacía unos minutos. Alice se dio cuenta y tomando nuevamente el manejo de la situación me dijo.


- Ahora te toca a ti tomar el papel activo. Estás dispuesto? –

- Por supuesto, dígame qué debo hacer y lo hago de inmediato.-

- Vas a bajar hacia mi entrepierna y cuando yo abra las mismas, vas a jugar con mucha delicadeza con tus manos, dedos y boca con mi vagina, de acuerdo? Ese es un juego que a nosotras las mujeres nos da mucho placer –

No me hice repetir la instrucción. Me bajé a su zona pélvica, jugué unos minutos con su pelambre porque me llamaba mucho la atención ese cabello rubio, corto y enrulado. Luego abrí sus piernas con mis manos y comencé tímidamente a meter mis dedos en su cueva. Como me lo había indicado, lo hice muy despacio y en forma suave como acariciando esa cavidad que estaba húmeda y viscosa. Primero fue un dedo, y luego otros dos. Los metía y sacaba a un ritmo constante. Mis movimientos tenían como eco los gemidos de Mrs. Alice que me alentaba con frases amorosas. De repente y como dando respuesta a una orden natural me acerqué con mi boca dispuesto a degustar su vulva. En mi mente tengo el recuerdo de la fuerte sensación que le produje a Alice y a mí mimo. Imagínate, era la primera vez que tenía una concha frente a mis ojos y boca, y no salía de mi asombro. Sin embargo, encontré la serenidad para lanzarme con mi boca a degustar el sitio tantas veces soñado. Mi lengua inexperta buscó la cavidad que me estaba esperando y que me recibía con sus jugos que sorbí con gusto. Yo chupaba y lamía, metía mi lengua dentro de su sexo iniciándome en una experiencia inédita. Mi lengua, buscaba cada rincón de esa cueva en un incesante entra y sale que arrancaba suaves gritos de satisfacción de la profesora. De pronto, cuando estaba en esa tarea con todo mi empeño, la sentí vibrar y estremecerse en toda su humanidad dando profundos quejidos que acompañaron a una descarga de jugos que inundaron mi boca.

Debido a mi inexperiencia yo no estaba al tanto de las acabadas femeninas. Me asusté y detuve por un momento mí accionar hasta que una voz imperativa me ordenó

- No te detengas, sigue, sigue que me estoy derramando como hace tiempos no lo hacía. Sigue Daniel, por favor no te detengas. –
No me detuve. Seguí dándole lengua y chupadas hasta que ya casi exhausto, suavemente me apartó con sus manos y me pidió que me recostara junto a ella. Así lo hice y me recibió con un profundo beso de lengua con el que me agradecía el momento que le había hecho vivir.
Cuando recuperó el aliento, me explicó con lujo de detalles lo que había experimentado. Me habló primero de sus dudas respecto a mí y mi juventud, me dijo que mi audacia mirándole los senos le habían ido desatando sus prejuicios y su libido, liberando su deseo de tener sexo con un joven de mi edad. Me habló también de las sensaciones que acababa de experimentar y de la profundidad del orgasmo que había tenido, después de mucho tiempo, según recordaba, pues las relaciones con su marido además de infrecuentes, se habían transformado en algo tedioso. Esas fueron mis primeras lecciones prácticas de sexo, aunque todavía me esperaban otras.
Me sentía un hombre realizado recibiendo sus elogios por la manera que le había comido su chocha. Como recompensa Alice volvió a recuperar su iniciativa tomando mi verga en sus manos y comenzando a pajearme lenta y suavemente. Sentí que nuevamente estaba llegando al clímax y se lo manifesté. Interrumpió sus caricias y me pidió que me montara sobre ella para penetrarla.
Mi falta de experiencia y mis nervios me jugaron una mala pasada pues no atinaba a dar en la cavidad vaginal. Ella me tranquilizó y con una mano experta me guió al destino asignado que estaba esperando la llegada de mi verga que se deslizó con facilidad en su húmeda vagina. Que satisfacción cuando me sentí dentro de ella! Era mi primera vez! No lo podía creer, me parecía estar en el paraíso.
- Ahora que estás adentro tienes que moverte empujando y retirando tu miembro las veces que quieras. Cuanto más lo hagas más vamos a gozar ambos, anda Daniel que vas bien orientado. –
Con ese estímulo empecé mi mete y saca despacio primero y a medida que sentía que Alice gozaba, y yo también por supuesto, comencé a apurar el ritmo embistiendo con mi fuerza juvenil la apetecida cueva. Una y otra vez mi verga entraba y salía de su concha, sentí el deseo de decirle cosas y así lo hice.
- Como me gustas mamita, esto es formidable, siento un placer total. Dime que te gusta y que tú también estas gozando. Te quiero Alice, te quiero. Ya había perdido el respeto y la tuteaba –

- Claro que me gusta y estoy feliz gozando como me coges. Sigue así mi muchacho, sigue que pronto me voy a correr otra vez. –

Seguí con mi tarea. Estaba fuera de mí. Metía y sacaba, la tomé de sus caderas con ambas manos para tratar de penetrarla hasta el fondo. Quería demostrarle mi virilidad. Todo fue bien hasta que no pude más y le dije

- Yo también siento que voy a acabar dentro de ti, ya me viene, no lo puedo evitar, ah, ah, ah…-

- Qué bueno, un poco más y yo te acompaño mi amor, soy tuya, derrama toda tu leche en mi cueva. Me vengo, me vengo…-

La fortuna quiso que acabáramos ambos al mismo momento. Mientras seguía derramando todo el semen que me quedaba, la abracé fuerte y la colmé de besos que Alice me devolvió con una ternura casi maternal. Me tomo la cabeza entre sus manos y acariciándome me repetía una y otra vez.
- Daniel, mi amor, que feliz que me has hecho. Te amo mi muchacho, te amo. No quisiera que este momento termine nunca. Gracias, muchas gracias.

Siguió hablándome un largo rato. La verdad es que no me acuerdo de sus palabras porque estaba sumido en un profundo sopor y transportado a las nubes. No sabía ni como me llamaba.

Pasado unos minutos, Alice miró el reloj y me anunció que debíamos volver a la vida porque habían pasado más de dos horas desde que había llegado y era hora de irme. Antes me colmó de besos y caricias con la promesa de repetir ese encuentro.

Efectivamente ese encuentro fue el primero de una larga serie de sesiones de sexo que mantuvimos por casi más de dos años y que debimos terminar cuando acabé el colegio secundario y comencé la universidad.

Sin embargo el recuerdo de esos momentos vividos son permanentes. Llevo en mi retina la forma de sus pechos, en mi boca el sabor de su vulva y en mi nariz el aroma inconfundible de sus jugos vaginales.

( Continuará )

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Posted by pepitito 3 years ago  |  Categories: Mature  |  Views: 1169  |  
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Doña Carmen y mi primera vez

Conocí a Doña Carmen en forma accidental, literalmente hablando. Iba en bicicleta, por las calles de mi barrio, perdí el equilibrio y me caí lastimándome mis piernas y brazos.

Este relato es real y ocurrió hace como 40 años. Yo tenía en ese entonces 15 recién cumplidos y como era época de vacaciones escolares yo deambulaba por todos lados con mi bici. El accidente ocurrió justo enfrente de la casa de Doña Carmen, quien muy generosamente me hizo pasar a su casa para curar mis heridas, pese a mi obstinada oposición.

Recuerdo que trajo agua oxigenada con la que limpio mis heridas con un algodón. Estaba yo sentado en el living de su casa y para curar mis piernas hubo de agacharse. Fue en ese momento que reparé en sus tetas. Eran un par de limones de buen tamaño que se insinuaban a los costados de un escote bastante amplio que permitía hacer volar la imaginación. A esa edad, estaba de moda una actriz de cine llamada Isabel Sarli que tenía una tetas descomunales que todos soñábamos con llevarnos a la boca y que marcaba el ritmo de nuestras apetencias sexuales. Seguramente todavía teníamos en nuestro inconsciente los recuerdos maternales.

Doña Carmen era una señora de unos 55 años, alta y rellena sin llegar a ser gorda. La verdad es que no recuerdo más atributos que sus tetas que me fascinaron desde que las vi. Era viuda desde hacía 5 años y no tenía hijos. Vivía sola en esa casa con una mucama, y no trabajaba porque el marido le había dejado unas cuantas propiedades de las que vivía de rentas. Es decir, tenía un muy buen pasar.

Durante el tiempo que duró la curación me hizo mil preguntas sobre mi vida, mi familia, mis estudios y donde vivía. Mi casa estaba a solo 6 cuadras de allí. Al momento de despedirme y luego de darme un cariñoso beso en la mejilla me invitó a visitarla en cualquier momento.

Solo por probar, volví a la semana siguiente y toqué timbre. Salió su mucama y después de preguntar a su ama, me hizo pasar. Doña Carme me recibió muy contenta y me invitó a tomar el té. Charlamos largo rato y antes de marcharme me hizo prometer que regresaría exactamente en 3 días a la misma hora, y para mi sorpresa me pidió que no comentara con nadie de esa cita. Ni con mi familia.

Los ratones comenzaron a trabajar en mi cabeza y empecé a hacerme ilusiones. Para esa época toda mi experiencia con mujeres había sido un par de encuentros con una prima un año menor que yo que había llegado a casa del interior del país para acompañar a su madre en visitas médicas. Nos quedamos solos un par de veces y aprovechamos para desnudarnos y acariciarnos mutuamente aunque sin que lograra penetrarla porque su mamá le había advertido sobre su virginidad y la posibilidad de quedar preñada. A lo más que pude llegar a que me hiciera unas brutas pajas que derramaba en su incipientes tetas.

Sin dudar un instante, al tercer día estaba yo timbrando. Me recibió Doña Carmen en persona, pues me dijo que la mucama tenía el día libre. Conversamos acerca de mi vida, si tenía novia y de a poco caímos en el tema adonde ella quería llevarme. Luego de preguntarme si yo era discreto y si sabía guardar secretos me dijo que quería invitarme a un juego que me iba a gustar mucho. Jugar al matrimonio, dijo.

Si bien yo esperaba algo de eso, no imaginaba que se trataría dicho juego, pero me dije para mí que no tenía nada que perder, así que acepté y me dejé llevar. Me pidió unos minutos y salió hacia las habitaciones, para regresar luciendo bragas y corpiño negros, debajo de un levantadora del mismo color. Cuando la vi casi me desmayo.

Se reclinó en un sillón que había en el recibidor y me pidió que me sentara enfrente. Mirándome a los ojos abrió muy despacio la levantadora, sacó una teta de su corpiño y la empezó a apretar y sobar, mientras no me quitaba los ojos de los míos. Soltó su otro limón y repitió la caricia, aunque esta vez se dedicó a apretar y pellizcar el pezón. Luego con ambas manos en cada una de sus tetas las apretaba, sobaba e intentaba lamerlas y morder sus pezones. Según avanzaba su tarea, mas seguidos iban escapando sus gemidos de su boca. A todo esto, yo miraba bastante desconcertado pero entusiasmado por el espectáculo que parecía una clase práctica para mí.

Casi de inmediato liberó una de sus manos y deslizándola por debajo de su braga empezó a pasarla por su raya. Yo miraba atentamente y vi, o mejor dicho intuí, que se metía sus dedos en la cueva para sacarlos y volverlos a meter haciéndose una paja, la primera paja femenina que veía. La veterana se cascaba la panocha al tiempo que se satisfacía masajeando una teta. Su cara denotaba que estaba gozando, por la paja que se hacía, pero más por tener un espectador. Siguió por largo rato dándole a la cuca, hasta que sintiéndose próxima a derramar, interrumpió la labor con un profundo suspiro. Debo decir que yo estaba como una moto con mi falo como un ariete que quería escapar de su guarida..

Se recompuso casi de inmediato, se acomodó la ropa, me tomó de la mano y me llevó a su dormitorio. Me pidió que me quitara la ropa y me descalzara. Cuando intenté quedarme en calzoncillos, una voz firme me dijo

- Eso también, desnudito totalmente mi amor-

Yo estaba mudo, no podía articular palabras por la emoción y la sorpresa. No hacía más que obedecer sus instrucciones. Estaba de pié, en bolas y con mi ariete apuntando al cielo.

- Tranquilo que lo vamos a pasar muy bien. Ahora tienes que quitarme el corpiño y el calzón. Lentamente por favor-
Ella estaba de espaldas en la cama y yo me puse de rodillas para comenzar mi tarea. Primero liberé sus tetas de la celda que los retenía. Todavía hoy tiemblo cuando me acuerdo la sensación que tuve al verlos cerca y rozarlos con mi mano. En mi fantasía eran las tetas de Isabel Sarli que se ofrecían para mí. Como quedé un tanto alelado, su voz me indicó que procediera con las bragas. Lo hice y ante mi apareció el primer coño que yo veía en mi vida. Este era un verdadero coño y no la rayita de mi prima. Rodeado de una espesa pelambre de rulos cortos, hirsutos y negros como el azabache, se presentó ante mis ojos como el mejor coño de mi vida. ¡Era el primero!
Lo recuerdo muy bien porque me marcó para toda la vida en lo que hace a mi preferencia por las conchas peludas. En un acto de puro instinto me arrojé sobre esa pelambre y empecé a refregar mi cara sobre ella. Luego mis manos comenzaron a jugar con sus pelos acariciándolos. Ya lanzado, busqué con mis manos el triángulo famoso y me encontré con unos labios pardos, gruesos y carnosos, que al separarlos dejaron a la vista una vulva rosada y jugosa.
Cuando ya me disponía a zambullirme sobre esa panocha, una voz me llamó a la realidad
- No, no, no. Ven aquí a mi lado, quiero que me des un beso y me dejes acariciarte un poco.-
Me acosté junto a ella que tomó mi cara con sus manos y llevándola junto a la suya, me dio un beso profundo. Con su lengua abrió mis labios y buscó mi interior haciéndome vibrar. Era también mi primer beso de lengua y no sabía bien como responder. Me dejé llevar por el instinto y respondí como pude con mi lengua en su interior bucal.
Mientras se sucedía ese interminable beso, sus manos bajaron por mi cuerpo hasta donde estaba mi polla para apresarla y menearla. Yo estaba duro como una piedra y al solo tocarme casi me vengo. A esa edad y viviendo mi primer gran experiencia sexual mi capacidad de contención era nula. Doña Carmen, conocedora de estas lides impidió que me corriera apretándome fuertemente la base de mi pene al tiempo que me decía
- No tan rápido mi pequeño, ya hay tiempo para eso. Cálmate un poco que quiero llevarme tu miembro a mi boca y disfrutarlo.-
Sin dejar de apretarme, se lo llevó a la boca y lo engulló de una sola vez. Parecía gozar muchísimo. Me bajó la piel del prepucio y lamió la cabezota en medio de hondos suspiros. Luego de unos minutos de lamer y chupar y viendo que yo ya no aguantaba más porque mi cara denotaba el esfuerzo que hacía aguantando, soltó su mano y metiéndose la verga en la boca recibió una seguidilla de chorros de semen que parecían no acabar. Demás está decir que tragó todo lo que pudo y lo que se derramó, lo recogió con su mano para bebérselo..
¡Menuda situación la mía! Había sido tan intensa la sensación de goce de mi derrame que estaba un tanto mareado y no sabía para donde arrancar, además estaba enojado conmigo mismo por no haber podido retenerme. Carmen me sacó del marasmo con palabras dulces y animosas.
- ¡Bravo mi rey! Me has regalado un polvo como nunca lo había recibido. Eso se llama la fuerza de la juventud. No sabes el gusto que me has dado después de tanto tiempo sin llevar ese néctar a mi boca-

- Señora, ha sido muy lindo y la verdad es que lo gocé mucho, pero si usted no se enoja me gustaría chupar sus tetas que me enloquecen desde el primer día que las vi.-

- Por supuesto que puedes, tómalas y hazme gozar a mi también.-
No sabía cómo ni dónde empezar. Las miraba y me parecía un sueño. Al fin me decidí. Las tomé en mis manos para iniciar una intensa sesión de besos, lamida, chupada y mordiscones, alternando una y otra teta. A cada rato debía parar para tomar aire. Estaba en esa apasionada tarea cuando empecé a escuchar tibios gemidos que poco a poco se hicieron más intensos anunciando el primer orgasmo de Doña Carmen. Yo me asusté un poco porque primero su cuerpo se tensó y me tomó la cabeza con sus manos apretándome contra sus senos, al tiempo que dejó salir de su boca un profundo suspiro de satisfacción.
Cuando noté que Doña Carmen estaba normal, le pregunté
- Está bien señora? Me asusté un poco al verla así.

- Claro que estoy bien, más que bien, requetebién. No sabes lo hermoso que me resultó sentir tu mamada en mis senos. Sentir esa lengua traviesa tuya por mis tetas y tus mordiditas en mis pezones fueron lo más. Fue todo una delicia que te voy a recompensar, pero antes quiero seguir aprovechando de la habilidad y aguante de tu lengua. Puedo?-

- Lo que usted diga señora. Seguramente será algo lindo como todo lo que hemos hecho hasta ahora.-

- Ven, ponte sobre mi cuerpo mirando hacia mis pies. De acuerdo?-

- Pues sí, ya estoy en posición, y ahora qué?

- Ahora vamos a gozar ambos al mismo tiempo. Yo te voy a comer tu pene y tú me vas a comer mi panocha. Cuando digo comer debes entender que tienes que darme gusto con tu lengua en mis labios vaginales y en mi cueva. Tienes toda la libertad para hacer lo que te venga en ganas.-

Puesto sobre ella con mi cara nuevamente frente a esa hermosa concha empecé por chupar sus negros vellos. Los que estaban rodeando su cuca estaban pringados por los jugos que había derramado Doña Carmen. Algunos se enredaron en mis dientes como era de esperar. Ahora tenía su sexo a mi vista pero en posición inversa a la que había tenido previamente. Listo para el ataque me detuve un instante para percibir un olor que tampoco había olido en mi vida. Me llegaba un aroma raro, que pronto descubrí que provenía de su veterana cuca, que lejos de disgustarme operaba en mi como un afrodisíaco que aceleraba mis apetitos carnales.

Con mis manos aparté con suavidad su entrepierna para tener mejor panorama. Era una delicia esa panocha, los labios carnosos de color parduzco que abiertos dejaban ver una cueva rosada y viscosa. Metí mi lengua a trabajar empezando por la paredes de su entrepierna para luego ir hacia el centro del universo sexual y lamer sus labios en movimientos de arriba hacia abajo en repetidas oportunidades que fueron arrancando suspiros y gemidos de mi pareja. En eso estaba cuando por casualidad, con un dedo rocé un pequeño pezón que estaba cubierto por sus labios. Nomás hacerlo, Doña Carmen pegó un brinco y me anunció que había tocado su punto máximo de placer, su clítoris. Me pidió que lo chupara y mordiera suavemente. Así lo hice y Carmen volvió a descargarse con otro orgasmo en mi boca. De su panocha salieron unos jugos que no tuve más remedio que beberlos a su pedido. He de decir que tampoco me disgustaron.
Mientras yo me entretenía con su coño, Doña Carmen que ya tenía mi verga en su boca, succionaba el glande y con su lengua hacía puntillas en la comisura de mi aparato, dándome un goce inenarrable. Con sus manos se aferraba al cipote y me masturbaba con movimientos rápidos. Parecía que recuperaba viejos conocimientos
sobre la materia.

Volviendo a mi tarea, diré que luego del polvo que derramó Doña Carmen en mi boca, yo seguí lamiendo su chocha porque le había tomado el gusto. Mi lengua, curiosa, hurgó los rincones más profundos de su cueva buscando nuevas sensaciones, que por cierto fueron mayores para Doña Carmen pues a cada embestida me respondía con gruñidos de satisfacción. A partir de ese día también me hice adicto a chupar coños.

Estábamos muy entusiasmados cada uno con su juguete, aunque en mi caso sentía una doble excitación. Por un lado comerme el coño de Doña Carmen y por el otro el clímax que me producían la mamada que recibía. Era una carrera para ver quien acababa primero. Además de mi lengua, me ayudaba en la faena con mis labios y hasta con la nariz y mis dedos, eran un festival de toqueteos en la cuca de la señora que ella agradecía mamando con mayor intensidad mi verga.

Eso no podía continuar indefinidamente, así que empecé a sentir sensaciones de correrme y se lo dije. Solo me respondió

- Cuando quieras mi amor, quiero tragar toda tu lechita.
Sentí que mis huevos se comprimían y de mi falo salió otra vez una seguidilla de semen que regó la cavidad bucal de Doña Carmen, quien prevenida no dejó escapar ni una gota. Bebió todo y los restos que quedaron en la punta también fueron absorbidos con una rápida succión.
Nos recostamos uno al lado del otro para recomponer fuerzas. Era risible ver nuestros rostros encharcados con nuestros jugos. Empezamos a besarnos y lamernos recíprocamente nuestras caras para limpiarnos de los pegotes. Parecíamos dos gatos haciéndonos la higiene.
- Como estas?- Me preguntó

- Muy bien, de maravillas. Todo es nuevo para mí y lo que me está enseñando es fabuloso. Esto del sexo es lo máximo.

- Y aun nos restan algunas tareas que en un rato emprenderemos porque quiero que me cojas bien cogida. Necesito sentir tu pene en mi panocha después de tanto tiempo de abstinencia.-

- Eso le iba a preguntar y no me animaba.-

- Ahora vamos a pasar al baño para limpiarnos un poco y de inmediato si tu poronga está dispuesta vamos a darnos otro gusto.-
Pasamos al baño. En ese momento, viéndola en pelotas y de pié, recién pude apreciar la inmensidad de Doña Carmen. Verdaderamente era imponente. Toda una matrona con esas tetas que se sacudían al caminar. Pude apreciar en detalle su culo portentoso, algo caído pero conservando la forma y la consistencia que daría envidia a alguna chavala. Como si eso fuera poco, su terrible panocha peluda que invitaba a comerla nuevamente. Yo estaba en la gloria y deseaba que ese momento no acabara nunca.
Ella se metió a la ducha y me invitó a hacer lo mismo. Todo un espectáculo, ambos en bolas y acariciándonos bajo el agua. Tomó un jabón y me lo pasó por todo el cuerpo. Como es natural se detuvo un buen rato con mi pene y testículos, dándoles una limpieza especial. Cuando acabó me entregó el jabón y mirándome me sugirió que yo hiciera lo mismo con ella. No me hice de rogar y se lo pasé por su cuerpo y piernas. Se abrió de piernas para facilitarme la limpieza de su panocha que estaba pringosa de mi semen. Acabamos, nos secamos y vuelta al lecho para seguir con nuestros juegos. Yo presentía que venía lo mejor.
Y vino lo mejor porque fue una larga sesión en que repetimos los toqueteos y juegos sexuales que nos habíamos regalado previamente. Yo le sobé sus tetas, besé, lamí y mordí sus pezones, volví a meterme dentro de su panocha con mi lengua, besé su vulva, devoré los jugos que Doña Carme derramaba para mí. Ella, por su parte, me comió a besos de lengua, me pellizcó y mordió mis tetitas, me dio un beso en mi agujero trasero que no esperaba y me trastorno, para luego darse un banquete con mi polla que, gracias a mi juventud, volvía a estar dura como al principio.
Eligió para la ceremonia de la penetración la posición llamada del misionero, según me dijo. Se colocó un cojín debajo de sus caderas para ofrecer mejor panorama, se abrió bien de piernas y me dijo
- Ven, te espero. La quiero toda, todita adentro mío. Apúrate y no me hagas esperar que estoy muy caliente y necesito esa pija-
Yo ya no podía hablar, se me había secado la garganta. Solo atiné a decirle
- Ya voy señora.-
Me acomodé despacio tomándola de la cintura y colocando mis rodillas debajo de sus nalgas, tomé mi verga con una mano y lentamente la fui metiendo en su vulva, que la recibió sin mayores contratiempos porque estaba lubricada al máximo. Fui despacio controlándome. Ella trataba de animarme pidiéndome que se la metiera toda. No le hice caso, estaba en el papel del macho dominante, así que fui hacia mi meta muy despacio. Cuando llegué hasta el final del recorrido, sentí unas piernas que atenazaron mi cintura impidiéndome retirarme. Con un poco de esfuerzo comencé a mover mis caderas haciendo el movimiento que tantas veces había visto en los a****les. Fue tremendo. Doña Carmen en éxtasis, deliraba y no me llamaba por mi nombre sino mencionaba a un tal Ramón, pidiéndome que se la enterrara toda sin dejar nada afuera. Seguí y seguí con toda la fuerza de juventud. Sentía que podía controlar mi orgasmo y me dedique a follar con todo ímpetu, para goce y satisfacción de mi amante que además de apretarme con sus piernas, ahora me clavaba sus uñas en mi espalda. Yo firme en mi tarea deslicé mis manos por su culo hasta llegar a su raya y encontrar su agujero. Metí el dedo mayor hasta el fondo y fue en ese momento que Doña Carmen explotó porque me anunció que se derramaba.
- Me vengo mi muchacho, nomás meterme el dedo en mi agujerito y ya no me puedo contener, me vengo amorcito.-
Esas palabras y su rostro convulsionado me excitaron mucho y de tal manera que yo también exploté llenando su cueva con lo que quedaba de mi leche que resultó suficiente para que mi amante la sintiera dentro suyo. A pesar de mi descarga, como sería mi calentura que mi verga todavía se mantenía firme así que seguí con el mete saca ignorando los pedidos a gritos de Doña Carmen para que parara porque ya no podía más. Viendo que cada vez se revolvía más y su mirada se extraviaba, me detuve y quité mi pinga de su chocho que aparecía bien abierto y derramaba mis mocos.
Pasaron varios minutos antes que Doña Carmen recuperara la cordura. Me abrazó muy fuerte y me colmó de besos al tiempo que me agradecía por haberla hecho gozar tanto.
- Quién es Ramón.- Le pregunté curioso.
- Mi difunto marido. Era un diablo para el sexo, lo extraño mucho.-
Miró el reloj de su mesa de noche y se dio cuenta que habían pasado varias horas de mi llegada y se acercaba la hora del regreso de su mucama , así que me llevó nuevamente al baño, me dio una ducha rápida con sus manos, me secó y me pidió que me vistiera para marcharme.
Antes de partir y después de muchos besos en los morros me hizo jurar que lo que había pasado era un secreto entre ambos y nadie debía conocerlo. Si le prometía reserva absoluta volvería a convocarme. Me dio su número de teléfono y me pidió que la llamara cada semana. Así lo hice y por suerte pudimos repetir nuestros juegos, donde con un poco, mas de experiencia disfruté tanto o más que esa primera vez.



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Posted by pepitito 3 years ago  |  Categories: First Time, Masturbation, Mature  |  Views: 2975  |  
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Mi experiencia de mamanding

Esta historia que os voy a contar me ocurrió el pasado fin de semana. Trabajo de camarero en un local nocturno, aunque alguna vez he tenido alguna experiencia similar este finde con el tema del mamanding creo que se a sobrepasado un poco.

La noche había sido bastante normal, hasta la hora de cerrar. Me tocó invitar a algunos clientes a abandonar el local para poder cerrar. Justamente quedaba solo un grupo de tres chicas las cuales no debería ser muy complicado el despacharlas. Según les digo de irse, como a todo el mundo, se hacen las remolonas y se intentan quedar más rato. Sin más preámbulo, son ellas las que me proponen jugar al mamanding. Como yo estaba solo en el local y a nadie le amarga un dulce, acepté. Salí de la barra y me quede en medio. Según me fui a desabrochar el pantalón ellas me dijeron que no, que yo no hiciera nada, que ellas lo hacían todo.

La que parecía la más lanzada miró a sus amigas y les dio un beso en la boca de forma muy pasional, a continuación se acercó a mi y sin dejar de mirarme a la cara con ojos de deseo, me desabrochó los pantalones y me los bajó. Cogió mi pene con suavidad y empezó a darle pequeños besos a modo de caricias. Rápidamente mi pene cogió forma y dureza. Ella pasó de los dulces besos a lamer todo lo largo de mi miembro.

Después de esto, invitó a sus amigas a probarla mientras ellas estaban mirando desde unos pasos más atrás.

Esta primera chica, me agarró la polla con su mano y se la ofreció primero a una de sus amigas. Una rubia que ciertamente tenia pinta de ser una chica fácil. Esta rubia no se anduvo con tonterías y se introdujo todo mi miembro en la boca. Lentamente se lo fue sacando poco a poco mientras ponía morritos. Tal cual terminó, le pasó mi polla a la otra chica que hizo exactamente lo mismo.

Entonces cogió la iniciativa la rubia. Acerco su cara mi polla y empezó a jugar con su lengua por la base de mi pene sin llegar a los testículos. Las otras dos chicas la miraban con ansias y deseos a la vez que no paraban de salivar. En cuanto la rubia se paso a meterse mis testículos en la boca, la primera chica se puso a pasar su lengua por mi glande.

El juego de tener dos bocas a la vez dándome placer era todo una cascada de sensaciones, no podía identificar exactamente que me daba más placer, pero la suma era tremendamente excitante.

El siguiente paso de tener las tres chicas disfrutando a la vez de mi polla, fue todo una experiencia. Juntaron sus bocas lo más que pudieron y yo simplemente movía mi polla de un lado para otro. Ellas como si de serpientes se tratasen, sacan sus lenguas para buscar mi polla. Uno de los momentos más excitantes y de mayor placer fue cuando se colocaron una a cada lado y otra en frente. La de los lados abrían sus bocas y yo introducía mi miembro entre sus bocas. Era como si cada una me comiera media polla. Cada una su lado y con su propia técnica. A la vez que la tercera chica se quedaba con la punta de la polla y que también se la comía. Yo no me pude resistir a eso y dejé que ellas hicieran todo. Era un mundo de placer indescriptible, por la base del pene notaba como por un lado me la chupaban mientras que por el otro eran simples caricias con la punta de la lengua y todo esto aderezado con repertorio de besos, mordidas, caricias y succiones en el glande. El mamanding a tres bandas es de la mejores cosas que he probado.

Como estaba muy excitado, les dije que mejor un ratito cada una, porque las tres a la vez era una cosa insoportable de placer. Ellas no tuvieron problemas en cambiar y pasaron a comérmela en solitario. Empezó la primera chica de todas aprovechando que ya tenía la punta en la boca. Me agarró por el culo y sin más, empezó a mover la cabeza de forma salvaje para autofollarse la boca con mi polla. Era toda una experta en eso. Las otras dos chicas la miraban y luego me miraban a mi mientras dejaban escapar parte de su saliva por la boca. En cuanto se cansó entró la rubia en acción. Esta directamente fue a por la garganta profunda. Se fue metiendo mi polla en la boca poco a poco hasta que le hizo tope su cara con mis abdominales. Esta se la veía muy viciosa, con toda mi polla en su boca, no dejaba de mirarme con ojitos un poco hinchados y con alguna que otra lágrima. A la vez que hacía ruidos intentando hablar, aunque no se entendiera nada. La tercera chica era más sosa y aunque también consiguió la garganta profunda, no fue nada así especial respecto a las otras dos que eran unas auténticas diosas del mamanding.

Muy a mi pesar, noté que llegaba mi momento de la corrida. Así que las avisé y la que parecía más sosita dijo que soltase mi leche por su escote. Se abrió la camiseta que llevaba y se apretó las tetas para recibir todo mi semen caliente. A la segunda sacudida salió toda la leche y descargué sobre sus tetas mientras la rubia y la otra se relamían con esa imagen. De hecho, una vez soltada toda la leche, limpiaron a su amiga con sus propias lenguas.

Después de esto, el próximo día que vengan les invito a alguna copa por si vuelve a caer la breva o hay algo más.... Continue»
Posted by Touluose 5 months ago  |  Categories: Group Sex, Taboo  |  Views: 2968  |  
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Mi primera travesty


Hola a todos, quiero contar un poco de mis experiencias sexuales, en especial con trans. Empiezo diciendo que tengo 27 años, soy profesional y tengo un empleo bastante bueno con el cual tengo unos ingresos altos para el promedio en un país como Colombia, me doy mis lujos pero no soy millonario, debo aclara que hasta hace poco me consideraba el más heterosexual de todos, tengo una relación estable con una mujer desde hace más de 3 años y antes de eso siempre tuve novias, la verdad los hombres no me van, pero las trans… eso es otra cosa! Me despiertan un morbo que realmente me producen muchas ganas de hacer cosas que hasta hace un par de años jamás imaginé.

Siempre he sido una persona sexualmente muy activo (y ahora en todo sentido) a pesar de mi relación sentimental siempre tuve otras parejas estrictamente para tener sexo y las prostitutas, o como las llamamos en Colombia, “prepagos” siempre me han llamado la atención porque dejas de lado un poco toda lo complicado que puede ser el drama post-relación y el momento en que en general las cosas se tienden a complicar al explicar que tienes una novia y no piensas dejarla POR NADA del mundo. Empecé a buscar prostitutas a una muy temprana edad, con tan solo 17 años y con un documento falso solía ir a bares a buscar un “defogue” sexual que me permitiera hacer las cosas que mi novia de la época se negaba a hacer (sexo oral) después de encontrar lo placentero que era y de volverme cliente recurrente de una bar en mi ciudad encontré a una mujer ya un poco madura -más de 30- que me hablo del sexo anal, la verdad fue muy bueno y me gustó mucho hacerlo, creo que el morbo que me daba metérselo por el ano me hizo tener uno de los mejores polvos de mi vida.

Con el paso del tiempo me convertí en cliente de ella dure más o menos unos tres años en los que al menos una vez al mes la visitaba a ella para tener sexo con ella, hacíamos de todo, inclusive alguna vez me metió un dedo en el ano mientras me chupaba el pene, la verdad al principio es feo pero a medida que me sequia chupando e introduciendo su dedo tuvo una eyaculación tremenda. Cuando estaba terminando mi carrera me fui de intercambio a Estados a Unidos junto con mi novia de la época, debo decir que allí, a pesar de viajar y vivir con mi novia, siempre encontré la manera de “probar nuevos mundos” una inglesa, una rusa, una dominicana, varias americanas, en general la lista es larga. Pero la verdad el sexo era muy normalito nada de anal, de vez en cuando oral y la verdad en un país extraño y con unas leyes como las americanas nunca me animé a buscar una prostituta (en tv siempre se ven las personas que van presas por buscar prostitutas) la verdad no me animé. Al volver a Colombia –al mediados de 2009- mi relación con mi novia de toda la Universidad había terminado y yo me encontraba en un sinfín de búsqueda de sexo sin sentido con mujeres de todas razas y religiones.

En una noche en un prostíbulo que solía frecuentar me vi enredado en una pelea con una gente que se veía realmente peligrosa, ahí decidí retirarme de ese mundo. Un día, después de mucho tiempo, hablando con un amigo igual de morboso que yo, me comentó de un sitio web de prepagos que eran muy buenas y era muy seguro porque iban hasta tu casa y todo se realizaba en privado y en general nadie se iba a enterar de todo esto. Después de un par de semana ya todas las niñas de la página habían pasado por mi apartamento, debo decir hasta de dos en dos.

Entonces decidí empezar a buscar otras páginas de prepagos, scorts, prostitutas y demás términos con los que pudiese encontrar algo en internet, entre página y página vi a una en particular que me dejó impresionado, un trasero enorme, unas tetas preciosas y una cara más bonita que la de mi novia. Empecé a leer la descripción que ponía en su perfil y hablaba de ser una niña culta, con clase, perfecta para acompañarte cuando lo necesites y dispuesta a todo en la cama (ahora viene la mejor parte) ACTIVA Y PASIVA!!!

En ese momento la verdad no entendía nada, debo ser honesto, las únicas que trans que había visto fue en alguna cuadra de la zona más peligrosa de mi ciudad, un hombre con barba, la típica de 3 días, parado en una esquina con una falda que le dejaba ver las bolas por debajo de ella y una peluca tipo Cher en los 80, una imagen realmente grotesca, pero sabía que en la comunidad gay el activo y pasivo eran los roles en la relación sexual, hasta por un momento pensé que la nena que me tenía embobado era una lesbiana que solo prestaba servicio a otras mujeres (oh ignorancia!!!!) al hacer click en una sección de la página para ver todas las modelos del website me encuentro con el título de “shemales of the world”, o en español, “travestis del mundo” la verdad en ese momento mi corazón empezó a palpitar a mil por hora, no entendía que me pasaba, la verdad juraba que estaba equivocado que esa página era de mujeres, mire otros perfiles de otras “niñas” que se veían igual de buenas y de todas juraba que eran mujeres, hasta que le vi la foto a una que era una mujer hermosa y que en una de sus fotos tenía un PENE, e inclusive más grande que el mío.

La verdad no lo entendía, como estos “manes” se podían ver tan femeninAs la verdad no entendía nada, pero debo decirlo estaba muy excitado, la verdad la idea me dejo muy curioso, esa misma noche en la página porno que solía frecuentar vi que tenía una sección de shemales, y me pudo la curiosidad y entre a la página a ver un poco más de ese mundo que me tenía tan intrigado. Dando vueltas por la página y buscando videos largos (odio los videos porno de minuto y medio) di con un video que una brasilera hermosa, pequeñita, con una cintura hermosa y un tipo negro con un pene inmenso, mientras veía el video sinceramente no creía que fuese una tranny. Después de un largo oral el hombre desnudo a la hermosa y pequeña mujer, cuando oh señores era una mujer completa con un pene en full erección. El hombre bajó y le empezó a hacer un oral de película a esta bella “dama”, la verdad a estas alturas ya estaba desnudo masturbándome como loco frente al pc. En el momento que el hombre se acuesta y la tarnny se le monta en el “reverse cowgirl” cabalgándolo y con una mano masturbándose. No pude más eyacule de una manera exagerada en lo que estoy seguro la mejor masturbación de mi vida.

Durante un tiempo empecé a ver cada vez más seguido porno trans. Orgias, gang-bangs y hasta reverse gang-bangs, la verdad me había vuelto un fanático del porno trans y de vez en cuando volvía a la página de las trans prepago para masturbarme con la idea de lo rico que la podía pasar con cualquiera de ellas. La verdad el pudor me pudo muchas veces más que lo cachondo que estuviese. Muchas veces las llamaba y cuadraba la cita y mientras me preparaba inventaba alguna excusa para cancelarlo a última hora. Inclusive una vez a una la llame a decirle que no y la verdad me respondió de una manera muy grosera y me llamo hasta “marica de closet”, la verdad ahí le cogí más pudor al tema y lo frene por un buen tiempo.

Seguía viendo porno de trans y hasta me aprendí el nombre de alguna, Valkiria Drumond, Ana Mancini, en general las principales que encuentras online. Después de un mal rato una compañera de trabajo que después de haber tenido un orgasmo tras yo hacerle el oral y ya con condón puesto y listo para penetrarla, le entro el remordimiento de que mi novia era muy buena persona para hacerle eso. La verdad en ese momento quedé muy caliente, en todo sentido, y con ganas de –como se dice en Colombia- comerme lo que sea, en ese momento decidí llamar a alguna trans de la página y sacarme la calentura tan impresionante que tenía y mataba dos pájaros de un solo tiro, aunque tenía decidido ser solo activo quería que la trans tuviese un pene muy grande para si me ganaba la calentura chupárselo, pero por lo grande no dejármelo meter.

Entre a la página y vi una negra de ébano con una tetas muy grande, un culo impresionante y un pedazo que parecía un pepino, la verdad aunque la cara no fuese lo más bonito sinceramente yo no la quería para cogerla a besos, sino para darle hasta el cansancio. Tome valor y le marque al número 3@#€¬€#@0 del otro lado esuche una voz fuerte y sinceramente no muy femenina.

– Alo
-Hola hermosa mi nombre es tal… vi tus fotos en tal página… y me pareces muy sexi me gustaría contratar un servicio. La verdad vale la pena decir que durante todo este tiempo la voz me temblaba de una manera impresionante.
-Si mi amor el servicio cuesta tanto… (Vale la pena decir que acá en Colombia cuestan por lo menos el doble que cualquier prepago mujer) soy activa, pasiva, sexo oral y podemos hacer todo lo que quieras. Atiendo en un hotel en la zona gay de la ciudad.

Prosiguió diciendo algo que me dio riso e inclusive después le pregunte el porqué de esta pregunta y del tono que uso.
-Vas a tomar el servicio ¿Si? o ¿No?

La verdad el tono fue fuerte y me hizo dudarlo pero esta vez la calentura me pudo, decidí jugármela todo y me fui para allá.

Al llegar y estar frente al hotel la llame de nuevo y me dio risa que mientras hablamos me pidió 10 minutos para alistarme, ahí entendí que creía que mi llamada no era seria y que creía que estaba llamando por curiosidad, le dije que no hay problema que la esperaba en la tienda de la esquina y me timbrara al celular cuando estuviera lista, en ese momento mire hacia las ventanas del hotel y le vi en la ventana de su habitación desnuda y con una tetas tremendas al aire, la verdad ahí me decidí que esto lo iba a hacer y a disfrutar de una manera sin igual, la saludé y me dispuse a esperarla.

Pasados los 10 minutos recibí en mi celular una llamada de ella, le conteste y me dijo que estaba lista y esperándome, me dio el número de habitación y me dispuse a subir. En la recepción del hotel me dio un poco de pena con la joven que se encontraba en recepción al anunciarme para la habitación que iba, en parte porque era muy bonita y en parte porque me la imaginaba pensando –quien lo ve tan machito y viene a comer trava- pero pensaba que no importaba que esto tenía que hacerlo y quitarme la curiosidad de una vez.

Al entrar a la habitación me encuentro con un cuerpo escultural de más de 2 metros de alta, vestida tan solo con un hilo dental blanco y unas medias hasta los muslos del mismo color, que con el contraste de su piel negra eran realmente un gusto para la vista. La salude de beso en la mejilla, recuerdo que en ese momento recibí una llamada inoportuna de una asesora de mi banco que tuve que cortar inclusive de manera grosera, entre en la habitación recuerdo que le di un beso en la mejilla y le roce mi pene que ya se encontraba a mil con el de ella que estaba dormido. Me abrazo y obviamente por mi cara de nerviosismo me pregunto si era mi primera vez, le respondí que si, me dijo que estuviera tranquilo que solo iba a pasar lo que yo quisiera. De inmediato la volteé y la puse en cuatro sobre la cama y le empecé a besar las nalgas y tímidamente le pase mi mano por el hilo dental sintiéndole el pene que todavía lo tenía dormido. En ese momento ella me corto y me pidió que me pusiera cómodo que ella iba al baño a refrescarse. Me dispuse a desnudarme y me quede tan solo en bóxer sentado sobre la cama rogando que nada malo fuese a pasar y que este encuentro fuera de recordar. Sentí que abrió la llave del baño, de seguro se estaba bañando las partes de su cuerpo que iban a entrar en acción

No pasaron más de 5 minutos cuando sentí que abrió la puerta del baño y salió totalmente desnuda, al verla con el pene todavía morcillón y de por si ya más grande que el mío en erección, lo único que se me vino a la cabeza fue cogerlo y empezar a pajiarlo –masturbarlo- como si del mío se tratara, me pregunto si me gustaba y la verdad estaba embobado, ya el pudor o temor se me había pasado y todo era pura excitación, le besaba los senos mientras con mi mano derecha le masturbaba ese pene que ya se empezaba a excitar y crecer en su tamaño, después de un tiempo de masturbale y besarle los senos para que se pusiera a tono ella me pidió si se lo quería chupar, no atiné a decirle nada y tan solo me lleve ese impresionante pedazo negro, venoso e inmenso a la boca y empecé a chuparlo recordando lo que a mí me gustaba que me hicieran.

Honestamente la sensación de tener un pene en la boca y así de grande es supremamente excitante mi pene estaba ya apunto de eyacular de lo excitado que estaba ella noto que mi erección en el bóxer era muy notoria y me quito mi bóxer e hicimos un 69 fantástico con una chupada que la situó entre las 3 mejores que me han hecho. Después de unos 10 minutos mi dijo que quería mi culito virgen, pero la verdad no había poder en el mundo para dejarme meter ese pedazo tan grande en mi culo. Le dije que no que era yo el que quería comerme ese culo que impresionante que ella tenía, me dijo que quería que me la cogiera en cuatro. Sacó lubricante, yo saque un condón de mi chaqueta y ella se dispuso a ponérmelo con la boca en una chupada genial. Me unto un poco de lubricante en mi pene y que en cuatro frente a mí. La verdad esa visión de esas piernas tan largas con ese culo tan enorme y ese pedazo de pene de no menos de 24cms colgando frente a mí continuando siendo a día de hoy una de las mejores visiones que he tenido en mi vida. En ese momento me dispuse a penetrarla disfrutando el momento en el que mi pene entraba en ese culo y veía como mi pene blanco se perdía entre esas nalgas negras. Empecé con un ritmo muy lento y tratando de meterlo de manera profunda, después de unas 4 ó 5 “estocadas” empecé a subir el ritmo y a metérselo de una manera más rápida. La verdad estaba muy excitado con todo lo que estaba viviendo y después de unos 10 minutos en esta posición y de oír los gemidos de ella me pregunte qué sería de mi amigo que estaba chupando hace un rato. Estire mi mano y oh sorpresa la erección seguía a mil y ella no se estaba masturbando ni nada, tan solo disfrutaba de mis arremetidas. Cuando empiezo a masturbarle ella me pide que quiere acostarse boca arriba con sus piernas a mi hombro y que así se lo meta.

La verdad esta posición es fenomenal porque podía ver como entre esas nalgas negras su culito con carnes internas rosaditas se abría campo a pene y sinceramente para mi esta imagen es más agradable que observar un cuadro de Picasso, en esta posición mientras se lo metía con un ritmo frenético ella se masturbaba y gemía cada vez más fuerte, la verdad no fue mucho lo que aguanté y eyacule de una manera impresionante la verdad yo creo que tan solo en otra ocasión que les comentaré más adelante eyacule de una manera más fuerte.

Después de limpiarme y pagar lo correspondiente al servicio le pagué por el servicio con una propina adicional por el gran servicio que me dio, nos dispusimos a hablar un rato me recomendó a algunas amigas de ella, una en especial con la que más adelante tuve una relación muy excitante y me recomendó que cuidados tener para lograr disfrutar del sexo con trannys.

Pido disculpas por lo extenso del texto pero honestamente al escribir este relato es la primera vez que comparto esta experiencia con alguien y quería ser tan descriptivo como fuera posible, para los interesado en saber sobre esta hermosa negra de ébano, su nombre artístico es Paris Conti y la verdad la recomiendo al 150% porque esta experiencia fue inolvidable y la verdad me muero de ganas por repetir pero por cosas de trabajo yo me tuve que cambiar de ciudad y trabajar en otra ciudad de mi país, pero la verdad espero en mis próximas vacaciones repetir con esta Diosa de ébano.

Agradezco los comentarios que puedan hacer y la retroalimentación para mejorar mis próximos relatos.
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Posted by colombianhero 1 year ago  |  Categories: Interracial Sex, Shemales, Taboo  |  Views: 177  |  
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Mi primera vez

Esta historia sucedió hace 20 días

Estuvimos chateando mas o menos un mes, gracias a una página de contactos. En un principio pensé que sería un boludeo de los tantos que se dan por chat y que no llegaríamos a nada.
Para mi sorpresa el domingo a la noche recibo un mensaje avisando que el martes a la mañana estaría disponible y que si quería podríamos encontrarnos.
Acepté enseguida y organizamos el encuentro en su casa. Pasé todo el lunes con la cabeza dándome vueltas por la expectativa de tener mi primera experiencia y el martes temprano me levanté, preparé mis cosas y fuí para su casa.
Una vez que me recibió nos pusimos a charlar un rato para distender, yo no tenía experiencia y no sabía como actuar así que habíamos acordado que el llevaría el ritmo del encuentro.
Después de conversar un poco, cuando me notó ya relajado se acercó y me comió la boca. Así empezamos a besarnos y franelear mientras nos íbamos quitando la ropa. Alternaba besos con mordiscos a mis tetillas que me subieron la temperatura a full y en un momento llevó mi mano a su pija y empecé a franeleársela por sobre el short que tenía puesto. Sentí el bulto duro y totalmente caliente le bajé el short.
Cuando vi su pija oscura (es morocho), algo mas grande y mas gruesa que la mía no me aguanté y me la metí en la boca. Me encontré saboreando por primera vez en mi vida una verga y la chupé con todas las ganas. Le lamía los huevos y el tronco, la chupaba y jugaba con la lengua en la base de la cabeza hasta que me la metí por completo hasta la garganta.
A todo esto el seguía franeleándome, me tocaba las nalgas, jugaba con los dedos en mi culo, me empujaba la cabeza contra su verga metiéndomela hasta el fondo. Me hizo parar y me guió a la habitación para que estuviéramos mas cómodos, cuando pasé me abrazó de atrás, me apoyó la pija entre las nalgas y me siguió franeleando parados contra un mueble mientras refregaba la cabeza de su pija en mi culo. Se agachó y empezó a lamerme y meterme la lengua en el culo, cosa que me calentó mucho mas todavía.
Yo había ido con la idea de ir despacio pero con la calentura que tenía me olvidé de todo, deseaba desesperadamente que me clavara esa verga hermosa. Nos acostamos de costado y siguió pasando la cabeza de la pija por mi culo hasta que se la agarré y la guié para que me la metiera. Empujaba el culo contra el para que entrara y aflojaba un poco cuando me dolía hasta que la tuve adentro y empezó a bombear. Todo lo que me había imaginado y hasta leído por ahí se quedó corto frente a las sensaciones que sentí en ese momento. Estuvimos un rato así hasta que me puse boca abajo para que pudiera penetrarme con todo. Me la metió hasta el fondo mientras yo separaba mis nalgas para que entrara mas y aceleró el ritmo. Me sentía en la gloria, sentía sus huevos golpear contra mi cada vez que embestía hasta que sentí que se hinchaba dentro de mi y acababa.
Fue al baño a lavarse y se acostó al lado mío para descansar un poco mientras conversábamos. Al rato empecé a acariciarle la pija y cuando se le paró se la chupé de nuevo, pero esta vez seguí hasta que acabó en mi boca y me tragué la leche.
Charlamos un buen rato, descansamos y tomamos algo y antes de irme empezamos otra franela donde nos pajeamos uno al otro. Acabé primero y entonces terminé de pajearlo mientras se la chupaba de nuevo.
Por ese día eso fué todo, me vestí y nos despedimos hasta la próxima oportunidad que tengamos.
Y así, desvirgado y con el culito roto pero feliz, me fuí a seguir con mis cosas.
La próxima les cuento...


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Posted by AlbertCrow 2 months ago  |  Categories: Anal, Gay Male, First Time  |  Views: 670  |  
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Mi primera vez con otra mujer

Esta vez relataré sobre la primera vez que estuve con otra mujer.

Haciendo memoria… yo habré tenido unos 15 años aproximadamente, no estoy segura, la primera vez que tuve un contacto sexual con otra mujer. De lo que estoy segura es que fue cuando entré a primero medio.

Bueno, yo era nueva en aquel colegio, pues el anterior solo era hasta octavo básico. Además, era la primera vez que iba en un colegio mixto. Yo ya sabía sobre las lesbianas, realmente era casi imposible no saber de ellas yendo en un colegio lleno de mujeres, pero nunca había hablado con ninguna, no había tenido la oportunidad hasta ese entonces.

La primera amiga que tuve ahí fue una compañera de curso llamada Marcela. Ella era unos 3 años mayor que yo, había quedado repitiendo todos esos años debido a que era bastante irresponsable. Éramos bien distintas en ese sentido, pero a pesar de eso nos llevábamos bien.

La semana de celebración del aniversario del colegio la invité a quedarse a mi casa, ya que no teníamos clases formales. Y ya en la noche, bien tarde, hablando ella me contó que no estaba ni ahí con el colegio, le aburría demasiado, y que ahora que tenía 18 años iba a poder hacer lo que quisiera. Le pregunté, entonces, por qué le aburría tanto, y me respondió que la verdad es que prefería gastar las tardes divirtiéndose con amigos o pololos en vez de estudiar y esas cosas, además de que en su casa siempre había problemas y discusiones con su mamá y su hermana mayor, asique tampoco era ameno su hogar.
Mientras nos acomodábamos en mi pieza para ir dormir ella me contaba, sobre cuando perdió su virginidad, con cuántos había estado; me habló sobre sexo en general… yo estaba asombrada por su experiencia, que en comparación a la mía era como una montaña a un campo.

-¿Oye? –me preguntó después de que terminara de contarme sus cosas- ¿Y a ti te gusta alguien?

-No, nadie en este momento –le respondí yo, algo avergonzada por mi inexperiencia.

-Ah… -se quedó pensativa- , pero igual has pinchado y todo eso po, ¿cierto?

-No…

Yo pensé que se iba a reír o algo así, yo estaba muy roja. Pero se quedó pensativa.

-¿Qué pasa? –quise saber.

-Bueno, estaba pensando… ¿quieres aprender a dar besos? –me quedé en silencio, no sabía que decir- O sea, es que igual son ricos y, bueno, somos amigas, asique no pasa nada po.

-¿Cómo, quieres que nos demos un beso nosotras? –yo sabía que eso quería pero estaba muy nerviosa y no sabía cómo reaccionar.

-Mm… si po, si no tiene nada de malo, somos amigas no mas.

-Pero es que igual es como raro... –insistía yo.

-No seas fome, ¿Qué podría pasar? Es solo un beso.

-Ya… bueno, ya…

Nunca había esperado estar en esa situación, pero ahí estaba, iba a dar mi primer beso a otra mujer. Estábamos sentadas en el borde de mi cama, ambas en pijama. Lo único que hice fue quedarme quieta mientras ella de a poco se acercaba a mi cara. Cuando sentí su respiración cerca de mi boca se detuvo para decirme mientras ponía su mano en mi pierna:

-Relájate un poco y abre la boca –y yo hice caso.

Entonces nuestros labios hicieron contacto. Al principio fue un simple topón, pero de a poco ella atrapó mi labio inferior con su boca, humedeciéndolo. Entonces yo comencé a hacer lo mismo con su labio superior. Ciertamente era muy rico, una humedad muy suave. Estuvimos así bastante rato, hasta que finalmente ella se echó para atrás. Ambas teníamos las mejillas muy rojas.

-¿Te gustó…?

-Si… -dije sonriendo torpemente-, muy suave y… rico –le dije, más relajada ahora que había terminado.

Ella se rio, relajándose también, pero estaba lejos de terminar.

-¿De nuevo? –me preguntó

Y yo asentí, a pesar de que no me lo esperaba. Ya me sentía más en confianza, y me había gustado la sensación. Pero esta vez fue diferente, porque ella comenzó a usar su lengua sobre mis labios, y se sentía mucho más suave y más rico. Entonces yo la imité y comencé a sacar mi lengua, y al toparse con la de ella alcancé por primera vez una sensación de placer. Sin entenderlo muy bien, yo me había empezado a calentar. Pronto dejé escapar un suspiro y mi respiración se estaba agitando. Ella se alejó de nuevo y me miró, y seguramente entendió lo que me pasaba.

-¿Te has masturbado alguna vez?

-No, nunca… - dije yo, ya mucho más desinhibida.

-¿Hagámoslo? –otra vez no sabía como reaccionar- Solo si quieres, es decir, quizá sea mucho… pero estoy media caliente… y creo que tu también.

Ella tenía razón, a pesar de que yo no lo entendía del todo.

-¿Cómo se hace? –pregunté, y ella sonrió.

Ella, suspirando, se empezó a bajar su parte inferior del pijama mientras yo miraba, atónita. Luego se sacó sus calzones, dejando desnudas sus caderas. Ella no se depilaba por completo, me dijo, le gustaba tener un poco de pelito, se sentía más “mujer”. Yo pensé que se iba a detener ahí, pero ella siguió desnudándose, y poco a poco yo descubría sus curvas y su cuerpo mucho mas desarrollado que el mío. Lo último que se sacó fueron sus sostenes, y cuando vi sus pechos moverse mi sentimiento de acaloramiento aumentó, y sentía un cosquilleo entre mis piernas.

No era la primera vez que veía a otra mujer desnuda frente a mí, claro, pero la situación era distinta, era mucho más erótica. Ella se acercó a mi nuevamente, y sin decir nada volvió a besarme, y yo le respondía, sintiéndome cada vez más excitada.

-Debes quitarte la ropa también –me dijo al separar sus labios de los míos y mientras se recostaba en mi cama.

-¿Puede ser solo lo de abajo? –pregunté yo, con vergüenza de estar desnuda frente a ella con mi cuerpo aún no completamente desarrollado, pero dispuesta a seguir en aquella aventura.

-Nopo, la idea es que estemos iguales.

Y aunque le porfié un rato, terminé accediendo a su petición y comencé a desnudarme, temiendo que entrara justo alguien a mi pieza, aunque ya estarían todos durmiendo. Cuando estuve desnuda completamente ella se quedó mirando, pero al notar mi incomodidad no dijo nada.

-Me masturbaré para que me veas, y luego lo hacemos juntas, ¿ya? –me dijo.

-Ya… -asentí.

Ella primero comenzó a tocarse los pechos, y yo solo la miraba, roja de calentura y vergüenza. Estaba tan excitada que no podía evitar seguir mirando lo que hacía. Poco a poco una de sus manos comenzó a bajar por su vientre mientras ella abría sus piernas y las doblaba, dejándome ver su vagina, la primera vagina que veía desde ese ángulo. Entonces hizo un primer contacto con su genital y vi en su cara cómo el placer comenzaba a esparcirse por su cuerpo. Mire nuevamente su vagina, y noté su humedad en sus dedos, que dibujaban circulitos en su parte superior, donde estaba su clítoris.

-En esta parte es donde se siente más rico… -dijo ella explicándome – hazlo tu también.

Mi vagina estaba húmeda cuando la toqué. Muy suave, demasiado suave… nunca me lo había imaginado realmente, que se podía sentir así de lubricado. Y esa suavidad hacía que se sintiera muy placentero. Pero cuando hallé aquel punto exacto donde se encuentra el máximo placer sentí como si ondas eléctricas se expandieran a mi cuerpo cada vez que lo tocaba.

Ella me miraba cómo me tocaba mientras ella se masturbaba, y yo la miraba a ella. No decíamos nada, solo nos gozábamos. Yo me recosté a su lado en la cama mientras me masturbaba y notaba cómo aumentaba el placer a medida que me seguía tocando. Minutos después Marcela tuvo un orgasmo, en silencio se quejaba de placer mientras se seguía masturbando y tocando los pechos.

Pasó un rato y yo aún no acababa, ni sabía cómo se iba a sentir, no sabía si estaba cerca o no, solo se sentía cada vez más rico. Me sentía como lanzándome a un vacío al cual no se le ve el fondo, pero sientes que cada vez se acerca más y más, pues caes cada vez más rápido.

Entonces ella se acercó a mí y me comenzó a dar besos en el cuello, y yo no pude hacer nada más que sentir su lengua en él. Me daban escalofríos de placer que me dejaban cada vez más cerca de explotar.

-Eres linda, muy linda –me susurró ella al oído-. Debo admitir que de hace tiempo que quería esto, pero no me atrevía a decirte aún… yo te quiero.

Mientras yo me masturbaba ella me abrazó y poco rato después una fuerza indescriptible salió desde mi vientre, haciendo que contrajera mis músculos intensamente. Fue increíble, sentía como se me iba el aire y no podía respirar, era desesperante y placentero a la vez.

Estuvimos recostadas un rato sobre mi cama, apenas con fuerzas para vestirnos nuevamente y acostarnos bajo las sabanas.

Así nos quedamos dormidas, y despertamos al día siguiente de muy buen humor. Y aunque tuve un poco de problemas para aceptarlo, me declaré lesbiana por lo de aquella noche, y comencé a salir con Marcela. Ella parecía una experta, ya sabía muchas cosas sobre sexo, tanto con hombres como con mujeres, ya que ella era bi, me contó. Los pocos meses de ese año escolar más las vacaciones fue lo que duró mi relación con ella, esos 5 meses fueron el despertar de mi hambre sexual.
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Posted by coleccionista 2 years ago  |  Categories: Lesbian Sex, Masturbation  |  Views: 760  |  
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